La Regenta

por Leopoldo Alas «Clarín»

Librería de Fernando Fé, Madrid

1900.




Prólogo


Creo que fue Wieland quien dijo _que los pensamientos de los hombres
valen más que sus acciones, y las buenas novelas más que el género
humano_. Podrá esto no ser verdad; pero es hermoso y consolador.
Ciertamente, parece que nos ennoblecemos trasladándonos de este mundo al
otro, de la realidad en que somos tan malos a la ficción en que valemos
más que aquí, y véase por qué, cuando un cristiano el hábito de pasar
fácilmente a mejor vida, inventando personas y tejiendo sucesos a imagen
de los de por acá, le cuesta no poco trabajo volver a este mundo.
También digo que si grata es la tarea de fabricar género humano
recreándonos en ver cuánto superan las ideales figurillas, por toscas
que sean, a las vivas figuronas que a nuestro lado bullen, el regocijo
es más intenso cuando visitamos los talleres ajenos, pues el andar
siempre en los propios trae un desasosiego que amengua los placeres de
lo que llamaremos creación, por no tener mejor nombre que darle.

Esto que digo de visitar talleres ajenos no significa precisamente una
labor crítica, que si así fuera yo aborrecía tales visitas en vez de
amarlas; es recrearse en las obras ajenas sabiendo cómo se hacen o cómo
se intenta su ejecución; es buscar y sorprender las dificultades
vencidas, los aciertos fáciles o alcanzados con poderoso esfuerzo; es
buscar y satisfacer uno de los pocos placeres que hay en la vida, la
admiración, a más de placer, necesidad imperiosa en toda profesión u
oficio, pues el admirar entendiendo que es la respiración del arte, y el
que no admira corre el peligro de morir de asfixia.

El estado presente de nuestra cultura, incierto y un tanto enfermizo,
con desalientos y suspicacias de enfermo de aprensión, nos impone la
crítica afirmativa, consistente en hablar de lo creemos bueno,
guardándonos el juicio desfavorable de los errores, desaciertos y
tonterías. Se ha ejercido tanto la crítica negativa en todos los
órdenes, que por ella quizás hemos llegado a la insana costumbre de
creernos un pueblo de estériles, absolutamente inepto para todo. Tanta
crítica pesimista, tan porfiado regateo, y en muchos casos negación de
las cualidades de nuestros contemporáneos, nos han traído a un estado de
temblor y ansiedad continuos; nadie se atreve a dar un paso, por miedo
de caerse. Pensamos demasiado en nuestra debilidad y acabamos por
padecerla; creemos que se nos va la cabeza, que nos duele el corazón y
que se nos vicia la sangre, y de tanto decirlo y pensarlo nos vemos
agobiados de crueles sufrimientos. Para convencernos de que son
ilusorios, no sería malo suspender la crítica negativa, dedicándonos
todos, aunque ello parezca extraño, a infundir ánimos al enfermo,
diciéndole: «Tu debilidad no es más que pereza, y tu anemia proviene del
sedentarismo. Levántate y anda, tu naturaleza es fuerte: el miedo la
engaña, sugiriéndole la desconfianza de sí misma, la idea errónea de que
para nada sirves ya, y de que vives muriendo». Convendría, pues, que los
censores disciplentes se callarán por algún tiempo, dejando que alzasen
la voz los que repartan el oxígeno, la alegría, la admiración, los que
alientan todo esfuerzo útil, toda iniciativa fecunda, toda idea feliz,
todo acierto artístico, o de cualquier orden que sea.

Estas apreciaciones de carácter general, sugeridas por una situación
especialísima de la raza española, las aplico a las cosas literarias,
pues en este terreno estamos más necesitados que en otro alguno de
prevenirnos contra la terrible epidemia. Por mi parte, declaro que
muchas veces no he cogido el aparato de aereación (a que impropiamente
hemos venido dando el nombre de _incensario_) por tener las manos
aferradas al telar con mayor esclavitud de la que yo quisiera. Pero a la
primera ocasión de descanso, que felizmente coincide con una dichosa
oportunidad, la publicación de este libro, salgo con mis alabanzas,
gozoso de dárselas a un autor y a una obra que siempre fueron de los más
señalados en mis preferencias. Así, cuando el editor de _La Regenta_ me
propuso escribir este prólogo, no esperé a que me lo dijera dos veces,
creyéndome muy honrado con tal encomienda, pues no habiendo celebrado en
letras de molde la primera salida de una novela que hondamente me
cautivó, creía y creo deber mío celebrarla y enaltecerla como se merece,
en esta tercera salida, a la que seguirán otras, sin duda, que la lleven
a los extremos de la popularidad.

Hermoso es que las obras literarias vivan, que el gusto de leerlas, la
estimación de sus cualidades, y aun las controversias ocasionadas por su
asunto, no se concreten a los días más o menos largos de su aparición.
Por desgracia nuestra, para que la obra poética o narrativa alcance una
longevidad siquiera decorosa no basta que en sí tenga condiciones de
salud y robustez; se necesita que a su buena complexión se una la
perseverancia de autores o editores para no dejarla languidecer en
obscuro rincón; que estos la saquen, la ventilen, la presenten,
arriesgándose a luchar en cada nueva salida con la indiferencia de un
público, no tan malo por escaso como por distraído. El público responde
siempre, y cuando se le sale al encuentro con la paciencia y
tranquilidad necesarias para esperar a las muchedumbres, estas llegan,
pasan y recogen lo que se les da. No serían tan penosos los plantones
_aguardando el paso del público_, si la Prensa diera calor y verdadera
vitalidad circulante a las cosas literarias, en vez de limitarse a
conceder a las obras un aprecio compasivo, y a prodigar sin ton ni son a
los autores adjetivos de estampilla. Sin duda corresponde al presente
estado social y político la culpa de que nuestra Prensa sea como es, y
de que no pueda ser de otro modo mientras nuevos tiempos y estados
mejores no le infundan la devoción del Arte. Debemos, pues, resignarnos
al plantón, sentarnos todos en la parte del camino que nos parezca menos
incómoda, para esperar a que pase la Prensa, despertadora de las
muchedumbres en materias de arte; que al fin ella pasará; no dudemos que
pasará: todo es cuestión de paciencia. En los tiempos que corren, esa
preciosa virtud hace falta para muchas cosas de la vida artística; sin
ella la obra literaria corre peligro de no nacer, o de arrastrar vida
miserable después de un penoso nacimiento. Seamos pues pacientes,
sufridos, tenaces en la esperanza, benévolos con nuestro tiempo y con la
sociedad en que vivimos, persuadidos de que uno y otra no son tan malos
como vulgarmente se cree y se dice, y de que no mejorarán por virtud de
nuestras declamaciones, sino por inesperados impulsos que nazcan de su
propio seno. Y como esto del público y sus perezas o estímulos, aunque
pertinente al asunto de este prólogo, no es la principal materia de él,
basta con lo dicho, y entremos en _La Regenta_, donde hay mucho que
admirar, encanto de la imaginación por una parte, por otra recreo del
pensamiento.

Escribió Alas su obra en tiempos no lejanos, cuando andábamos en aquella
procesión del _Naturalismo_, marchando hacia el templo del arte con
menos pompa retórica de la que antes se usaba, abandonadas las
vestiduras caballerescas, y haciendo gala de la ropa usada en los actos
comunes de la vida. A muchos imponía miedo el tal Naturalismo,
creyéndolo portador de todas las fealdades sociales y humanas; en su
mano veían un gran plumero con el cual se proponía limpiar el techo de
ideales, que a los ojos de él eran como telarañas, y una escoba, con la
cual había de barrer del suelo las virtudes, los sentimientos puros y el
lenguaje decente. Creían que el Naturalismo substituía el Diccionario
usual por otro formado con la recopilación prolija de cuanto dicen en
sus momentos de furor los carreteros y verduleras, los chulos y golfos
más desvergonzados. Las personas crédulas y sencillas no ganan para
sustos en los días en que se hizo moda hablar de aquel sistema, como de
una rara novedad y de un peligro para el arte. Luego se vio que no era
peligro ni sistema, ni siquiera novedad, pues todo lo esencial del
Naturalismo lo teníamos en casa desde tiempos remotos, y antiguos y
modernos conocían ya la soberana ley de ajustar las ficciones del arte a
la realidad de la naturaleza y del alma, representando cosas y personas,
caracteres y lugares como Dios los ha hecho. Era tan sólo novedad la
exaltación del principio, y un cierto desprecio de los resortes
imaginativos y de la psicología espaciada y ensoñadora.

Fuera de esto el llamado Naturalismo nos era familiar a los españoles en
el reino de la Novela, pues los maestros de este arte lo practicaron con
toda la libertad del mundo, y de ellos tomaron enseñanza los noveladores
ingleses y franceses. Nuestros contemporáneos ciertamente no lo habían
olvidado cuando vieron traspasar la frontera el estandarte naturalista,
que no significaba más que la repatriación de una vieja idea; en los
días mismos de esta repatriación tan trompeteada, la pintura fiel de la
vida era practicada en España por Pereda y otros, y lo había sido antes
por los escritores de costumbres. Pero fuerza es reconocer del
Naturalismo que acá volvía como una corriente circular parecida al _gulf
stream_, traía más calor y menos delicadeza y gracia. El nuestro, la
corriente inicial, encarnaba la realidad en el cuerpo y rostro de un
humorismo que era quizás la forma más genial de nuestra raza. Al volver
a casa la onda, venía radicalmente desfigurada: en el paso por Albión
habíanle arrebatado la socarronería española, que fácilmente
convirtieron en _humour_ inglés las manos hábiles de Fielding, Dickens y
Thackeray, y despojado de aquella característica elemental, el
naturalismo cambió de fisonomía en manos francesas: lo que perdió en
gracia y donosura, lo ganó en fuerza analítica y en extensión,
aplicándose a estados psicológicos que no encajan fácilmente en la forma
picaresca. Recibimos, pues, con mermas y adiciones (y no nos asustemos
del símil comercial) la mercancía que habíamos exportado, y casi
desconocíamos la sangre nuestra y el aliento del alma española que aquel
ser literario conservaba después de las alteraciones ocasionadas por sus
viajes. En resumidas cuentas: Francia, con su poder incontrastable, nos
imponía una reforma de nuestra propia obra, sin saber que era nuestra;
aceptámosla nosotros restaurando el Naturalismo y devolviéndole lo que
le habían quitado, el humorismo, y empleando este en las formas
narrativa y descriptiva conforme a la tradición cervantesca.

Cierto que nuestro esfuerzo para integrar el sistema no podía tener en
Francia el eco que aquí tuvo la interpretación seca y descarnada de las
purezas e impurezas del natural, porque Francia poderosa impone su ley
en todas las artes; nosotros no somos nada en el mundo, y las voces que
aquí damos, por mucho que quieran elevarse, no salen de la estrechez de
esta pobre casa. Pero al fin, consolémonos de nuestro aislamiento en el
rincón occidental, reconociendo en familia que nuestro arte de la
naturalidad con su feliz concierto entre lo serio y lo cómico responde
mejor que el francés a la verdad humana; que las crudezas descriptivas
pierden toda repugnancia bajo la máscara burlesca empleada por Quevedo,
y que los profundos estudios psicológicos pueden llegar a la mayor
perfección con los granos de sal española que escritores como D. Juan
Valera saben poner hasta en las más hondas disertaciones sobre cosa
mística y ascética.

Para corroborar lo dicho, ningún ejemplo mejor que _La Regenta_, muestra
feliz del Naturalismo restaurado, reintegrado en la calidad y ser de su
origen, empresa para _Clarín_ muy fácil y que hubo de realizar sin
sentirlo, dejándose llevar de los impulsos primordiales de su grande
ingenio. Influido intensamente por la irresistible fuerza de opinión
literaria en favor de la sinceridad narrativa y descriptiva, admitió
estas ideas con entusiasmo y las expuso disueltas en la inagotable vena
de su graciosa picardía. Picaresca es en cierto modo _La Regenta_, lo
que no excluye de ella la seriedad, en el fondo y en la forma, ni la
descripción acertada de los más graves estados del alma humana. Y al
propio tiempo, ¡qué feliz aleación de las bromas y las veras, fundidas
juntas en el crisol de una lengua que no tiene semejante en la expresión
equívoca ni en la gravedad socarrona! Hermosa es la verdad siempre; pero
en el arte seduce y enamora más cuando entre sus distintas vestiduras
poéticas escoge y usa con desenfado la de la gracia, que es sin duda la
que mejor cortan españolas tijeras, la que tiene por riquísima tela
nuestra lengua incomparable, y por costura y acomodamiento la prosa de
los maestros del siglo de oro. Y de la enormísima cantidad de sal que
_Clarín_ ha derramado en las páginas de _La Regenta_ da fe la tenacidad
con que a ellas se agarran los lectores, sin cansancio en el largo
camino desde el primero al último capítulo. De mí sé decir que pocas
obras he leído en que el interés profundo, la verdad de los caracteres y
la viveza del lenguaje me hayan hecho olvidar tanto como en esta las
dimensiones, terminando la lectura con el desconsuelo de no tener por
delante otra derivación de los mismos sucesos y nueva salida o
reencarnación de los propios personajes.

Desarróllase la acción de _La Regenta_ en la ciudad que bien podríamos
llamar patria de su autor, aunque no nació en ella, pues en _Vetusta_
tiene _Clarín_ sus raíces atávicas y en _Vetusta_ moran todos sus
afectos, así los que están sepultados como los que risueños y alegres
viven, brindando esperanzas; en _Vetusta_ ha transcurrido la mayor parte
de su existencia; allí se inició su vocación literaria; en aquella
soledad melancólica y apacible aprendió lo mucho que sabe en cosas
literarias y filosóficas: allí estuvieron sus maestros, allí están sus
discípulos. Más que ciudad, es para él _Vetusta_ una casa con calles, y
el vecindario de la capital asturiana una grande y pintoresca familia de
clases diferentes, de varios tipos sociales compuesta. ¡Si conocerá bien
el pueblo! No pintaría mejor su prisión un artista encarcelado durante
los años en que las impresiones son más vivas, ni un sedentario la
estancia en que ha encerrado su persona y sus ideas en los años maduros.
Calles y personas, rincones de la Catedral y del Casino, ambiente de
pasiones o chismes, figures graves o ridículas pasan de la realidad a
las manos del arte, y con exactitud pasmosa se reproducen en la mente
del lector, que acaba por creerse vetustense, y ve proyectada su sombra
sobre las piedras musgosas, entre las sombras de los transeúntes que
andan por la _Encimada_, o al pie de la gallardísima torre de la Iglesia
Mayor.

Comienza _Clarín_ su obra con un cuadro de vida clerical, prodigio de
verdad y gracia, sólo comparable a otro cuadro de vida de casino
provinciano que más adelante se encuentra. Olor eclesiástico de viejos
recintos sahumados por el incienso, cuchicheos de beatas, visos negros
de sotanas raídas o elegantes, que de todo hay allí, llenan estas
admirables páginas, en las cuales el narrador hace gala de una
observación profunda y de los atrevimientos más felices. En medio del
grupo presenta _Clarín_ la figura culminante de su obra: el Magistral
don Fermín de Pas, personalidad grande y compleja, tan humana por el
lado de sus méritos físicos, como por el de sus flaquezas morales, que
no son flojas, bloque arrancado de la realidad. De la misma cantera
proceden el derrengado y malicioso Arcediano, a quien por mal nombre
llaman _Glocester_, el Arcipreste don Cayetano Ripamilán, el beneficiado
D. Custodio, y el propio Obispo de la diócesis, orador ardiente y
asceta. Pronto vemos aparecer la donosa figura de D. Saturnino Bermúdez,
al modo de transición zoológica (con perdón) entre el reino clerical y
el laico, ser híbrido, cuya levita parece sotana, y cuya timidez
embarazosa parece inocencia: tras él vienen las mundanas, descollando
entre ellas la estampa primorosa de Obdulia Fandiño, tipo feliz de la
beatería bullanguera, que acude a las iglesias con chillonas elegancias,
descotada hasta en sus devociones, perturbadora del personal religioso.
La vida de provincias, ofreciendo al coquetismo un campo muy
restringido, permite que estas diablesas entretengan su liviandad y
desplieguen sus dotes de seducción en el terreno eclesiástico, toleradas
por el clero, que a toda costa quiere atraer gente, venga de donde
viniere, y congregarla y nutrir bien los batallones, aunque sea forzoso
admitir en ellos para hacer bulto _lo peor de cada casa_.

Por fin vemos a doña Ana Ozores, que da nombre a la novela, como esposa
del ex-regente de la Audiencia D. Víctor Quintanar. Es dama de alto
linaje, hermosa, de estas que llamamos distinguidas, nerviosilla,
soñadora, con aspiraciones a un vago ideal afectivo, que no ha realizado
en los años críticos. Su esposo le dobla la edad: no tienen hijos, y con
esto se completa la pintura, en la cual pone _Clarín_ todo su arte, su
observación más perspicaz y su conocimiento de los escondrijos y
revueltas del alma humana. Doña Ana Ozores tiene horror al vacío, cosa
muy lógica, pues en cada ser se cumplen las eternas leyes de Naturaleza,
y este vacío que siente crecer en su alma la lleva a un estado
espiritual de inmenso peligro, manifestándose en ella una lucha
tenebrosa con los obstáculos que le ofrecen los hechos sociales,
consumados ya, abrumadores como una ley fatal. Engañada por la idealidad
mística que no acierta a encerrar en sus verdaderos términos, es víctima
al fin de su propia imaginación, de su sensibilidad no contenida, y se
ve envuelta en horrorosa catástrofe.... Pero no intentaré describir en
pocas palabras la sutil psicología de esta señora, tan interesante como
desgraciada. En ella se personifican los desvaríos a que conduce el
aburrimiento de la vida en una sociedad que no ha sabido vigorizar el
espíritu de la mujer por medio de una educación fuerte, y la deja
entregada a la ensoñación pietista, tan diferente de la verdadera
piedad, y a los riesgos del frívolo trato elegante, en el cual los
hombres, llenos de vicios, e incapaces de la vida seria y eficaz,
estiman en las mujeres el formulismo religioso como un medio seguro de
reblandecer sus voluntades.... Los que leyeron _La Regenta_ cuando se
publicó, léanla de nuevo ahora; los que la desconocen, hagan con ella
conocimiento, y unos y otros verán que nunca ha tenido este libro
atmósfera de oportunidad como la que al presente le da nuestro estado
social, repetición de las luchas de antaño, traídas del campo de las
creencias vigorosas al de las conciencias desmayadas y de las
intenciones escondidas.

No referiré el asunto de la obra capital de Leopoldo Alas: el lector
verá cómo se desarrolla el proceso psicológico y por qué caminos corre a
su desenlace el problema de doña Ana de Ozores, el cual no es otro que
discernir si debe perderse por lo clerical o por lo laico. El modo y
estilo de esta perdición constituyen la obra, de un sutil parentesco
simbólico con la historia de nuestra raza. Verá también el lector que
_Clarín_, obligado en el asunto a escoger entre dos males, se decide por
el mal seglar, que siempre es menos odioso que el mal eclesiástico, pues
tratándose de dar la presa a uno de los dos diablos que se la disputan,
natural es que sea postergado el que se vistió de sotana para sus
audaces tentaciones, ultrajando con su vestimenta el sacro dogma y la
dignidad sacerdotal. Dejando, pues, el asunto a la curiosidad y al
interés de los lectores, sólo mencionaré los caracteres, que son el
principal mérito de la obra, y lo que le da condición de duradera. La de
Ozores nos lleva como por la mano a D. Álvaro de Mesía, acabado tipo de
la corrupción que llamamos de buen tono, aristócrata de raza, que sabe
serlo en la capital de una región histórica, como lo sería en Madrid o
en cualquier metrópoli europea; hombre que posee el arte de hacer amable
su conducta viciosa y aun su tiranía caciquil. ¡Con que admirable fineza
de observación ha fundido Alas en este personaje las dos naturalezas: el
cotorrón guapo de buena ropa y el jefe provinciano de uno de estos
partidos circunstanciales que representan la vida presente, el poder
fácil, sin ningún ideal ni miras elevadas! Ambas naturalezas se
compenetran, formando la aleación más eficaz y práctica para grandes
masas de _distinguidos_, que aparentan energía social y sólo son
_materia inerte_ que no sirve para nada.

De D. Álvaro, fácil es pasar a la gran figura del Magistral D. Fermín de
Pas, de una complexión estética formidable, pues en ella se sintetizan
el poder fisiológico de un temperamento nacido para las pasiones y la
dura armazón del celibato, que entre planchas de acero comprime cuerpo y
alma. D. Fermín es fuerte, y al mismo tiempo meloso; la teología que
atesora en su espíritu acaba por resolvérsele en reservas mundanas y en
transacciones con la realidad física y social. Si no fuera un abuso el
descubrir y revelar simbolismos en toda obra de arte, diría que Fermín
de Pas es más que un clérigo, es el estado eclesiástico con sus
grandezas y sus desfallecimientos, el oro de la espiritualidad
inmaculada cayendo entre las impurezas del barro de nuestro origen.
Todas las divinidades formadas de tejas abajo acaban siempre por
rendirse a la ley de la flaqueza, y lo único que a todos nos salva es la
humildad de aspiraciones, el arte de poner límites discretos al camino
de la imposible perfección, contentándonos con ser hombres en el menor
grado posible de maldad, y dando por cerrado para siempre el ciclo de
los santos. En medio de sus errores, Fermín de Pas despierta simpatía,
como todo atleta a quien se ve luchando por sostener sobre sus espaldas
un mundo de exorbitante y abrumadora pesadumbre. Hermosa es la pintura
que Alas nos presenta de la juventud de su personaje, la tremenda lucha
del coloso por la posición social, elegida erradamente en el terreno
levítico, y con él hace gallarda pareja la vigorosa figura de su madre,
modelada en arcilla grosera, con formas impresas a puñetazos. Las
páginas en que esta mujer medio salvaje dirige a su cría por el camino
de la posición con un cariño tan rudo como intenso y una voluntad feroz,
son de las más bellas de la obra.

Completan el admirable cuadro de la humanidad vetustense el D. Víctor
Quintanar, cumplido caballero con vislumbres calderonianas, y su
compañero de empresas cinegéticas el graciosísimo _Frígilis_; los
marqueses de Vegallana y su hijo, tipos de encantadora verdad; las
pizpiretas señoras que componen el femenil rebaño eclesiástico; los
canónigos y sacristanes y el prelado mismo, apóstol ingenuo y orador
fogoso. No debemos olvidar a Carraspique ni a Barinaga, ni al
graciosísimo ateo, ni a la turbamulta de figuras secundarias que dan la
total impresión de la vida colectiva, heterogénea, con picantes matices
y espléndida variedad de acentos y fisonomías. Bien quisiera no
concretar el presente artículo al examen de _La Regenta_, extendiéndome
a expresar lo que siento sobre la obra entera de Leopoldo Alas; pero
esto sería trabajo superior a mis cortas facultades de crítico, y además
rebasaría la medida que se me impone para esta limitada prefación.
Escribo tan sólo un juicio formado en los días de la primera salida de
la hermosa novela, y lo que intenté decir entonces, tributando al
compañero y amigo el debido homenaje, lo digo ahora, seguro de que en
esta manifestación tardía el tiempo avalora y aquilata mi sinceridad.
Pero no entraré en el estudio integral del carácter literario de
_Clarín_, como creador de obras tan bellas en distintos órdenes del arte
y como infatigable luchador en el terreno crítico. Su obra es grande y
rica, y el que esto escribe no acertaría a encerrarla en una clara
síntesis, por mucho empeño que en ello pusiera. Otros lo harán con el
método y serenidad convenientes cuando llegue la ocasión de ofrecer al
ilustre hijo de Asturias la consagración solemne, oficial en cierto
modo, de su extraordinario ingenio, consagración que cuanto más tardía
será más justa y necesaria. Como un Armando Palacio, está la literatura
oficial en apremiante deuda con Leopoldo Alas. Esperando la reparación,
toda España y las regiones de América que son nuestras por la lengua y
la literatura, le tienen por personalidad de inmenso relieve y valía en
el grupo final del siglo que se fue y de este que ahora empezamos, grupo
de hombres de estudio, de hombres de paciencia y de hombres de
inspiración, por el cual tiende nuestra raza a sacudir su pesimismo,
diciendo: «No son los tiempos tan malos ni el terruño tan estéril como
afirman los de fuera y más aún los de dentro de casa. Quizás no demos
todo el fruto conveniente; pero flores ya hay; y viéndolas y
admirándolas, aunque el fruto no responda a nuestras esperanzas,
obligados nos sentimos todos a conservar y cuidar el árbol».


B. Pérez Galdós Madrid, enero de 1901.




Tomo I





--I--


La heroica ciudad dormía la siesta. El viento Sur, caliente y perezoso,
empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el
Norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los
remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles que iban de arroyo en
arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina revolando y
persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire
envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de pilluelos, aquellas
migajas de la basura, aquellas sobras de todo se juntaban en un montón,
parábanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas,
dispersándose, trepando unas por las paredes hasta los cristales
temblorosos de los faroles, otras hasta los carteles de papel mal pegado
a las esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla
que se incrustaba para días, o para años, en la vidriera de un
escaparate, agarrada a un plomo.

Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía la
digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre
sueños el monótono y familiar zumbido de la campana de coro, que
retumbaba allá en lo alto de la esbelta torre en la Santa Basílica. La
torre de la catedral, poema romántico de piedra, delicado himno, de
dulces líneas de belleza muda y perenne, era obra del siglo diez y seis,
aunque antes comenzada, de estilo gótico, pero, cabe decir, moderado por
un instinto de prudencia y armonía que modificaba las vulgares
exageraciones de esta arquitectura. La vista no se fatigaba contemplando
horas y horas aquel índice de piedra que señalaba al cielo; no era una
de esas torres cuya aguja se quiebra de sutil, más flacas que esbeltas,
amaneradas, como señoritas cursis que aprietan demasiado el corsé; era
maciza sin perder nada de su espiritual grandeza, y hasta sus segundos
corredores, elegante balaustrada, subía como fuerte castillo, lanzándose
desde allí en pirámide de ángulo gracioso, inimitable en sus medidas y
proporciones. Como haz de músculos y nervios la piedra enroscándose en
la piedra trepaba a la altura, haciendo equilibrios de acróbata en el
aire; y como prodigio de juegos malabares, en una punta de caliza se
mantenía, cual imantada, una bola grande de bronce dorado, y encima otra
más pequeña, y sobre esta una cruz de hierro que acababa en pararrayos.

Cuando en las grandes solemnidades el cabildo mandaba iluminar la torre
con faroles de papel y vasos de colores, parecía bien, destacándose en
las tinieblas, aquella romántica mole; pero perdía con estas galas la
inefable elegancia de su perfil y tomaba los contornos de una enorme
botella de champaña.--Mejor era contemplarla en clara noche de luna,
resaltando en un cielo puro, rodeada de estrellas que parecían su
aureola, doblándose en pliegues de luz y sombra, fantasma gigante que
velaba por la ciudad pequeña y negruzca que dormía a sus pies.

Bismarck, un pillo ilustre de Vetusta, llamado con tal apodo entre los
de su clase, no se sabe por qué, empuñaba el sobado cordel atado al
badajo formidable de la _Wamba_, la gran campana que llamaba a coro a
los muy venerables canónigos, cabildo catedral de preeminentes calidades
y privilegios.

Bismarck era de oficio delantero de diligencia, era _de la tralla_,
según en Vetusta se llamaba a los de su condición; pero sus aficiones le
llevaban a los campanarios; y por delegación de Celedonio, hombre de
iglesia, acólito en funciones de campanero, aunque tampoco en propiedad,
el ilustre diplomático _de la tralla_ disfrutaba algunos días la honra
de despertar al venerando cabildo de su beatífica siesta, convocándole a
los rezos y cánticos de su peculiar incumbencia.

El delantero, ordinariamente bromista, alegre y revoltoso, manejaba el
badajo de la Wamba con una seriedad de arúspice de buena fe. Cuando
_posaba_ para la hora del coro--así se decía--Bismarck sentía en sí algo
de la dignidad y la responsabilidad de un reloj.

Celedonio ceñida al cuerpo la sotana negra, sucia y raída, estaba
asomado a una ventana, caballero en ella, y escupía con desdén y por el
colmillo a la plazuela; y si se le antojaba disparaba chinitas sobre
algún raro transeúnte que le parecía del tamaño y de la importancia de
un ratoncillo. Aquella altura se les subía a la cabeza a los pilluelos y
les inspiraba un profundo desprecio de las cosas terrenas.

--¡Mia tú, Chiripa, que dice que pué más que yo!--dijo el monaguillo,
casi escupiendo las palabras; y disparó media patata asada y podrida a
la calle apuntando a un canónigo, pero seguro de no tocarle.

--¡Qué ha de poder!--respondió Bismarck, que en el campanario adulaba a
Celedonio y en la calle le trataba a puntapiés y le arrancaba a viva
fuerza las llaves para subir a tocar las _oraciones_--. Tú pués más que
toos los delanteros, menos yo.

--Porque tú echas la zancadilla, mainate, y eres más grande.... Mia,
chico, ¿quiés que l'atice al señor Magistral que entra ahora?

--¿Le conoces tú desde ahí?

--Claro, bobo; le conozco en el menear los manteos. Mia, ven acá. ¿No
ves cómo al andar le salen pa tras y pa lante? Es por la fachenda que se
me gasta. Ya lo decía el señor Custodio el beneficiao a don Pedro el
campanero el otro día: «Ese don Fermín tié más orgullo que don Rodrigo
en la horca», y don Pedro se reía; y verás, el otro dijo después, cuando
ya había pasao don Fermín: «¡Anda, anda, buen mozo, que bien se te
conoce el colorete!». ¿Qué te paece, chico? Se pinta la cara.

Bismarck negó lo de la pintura. Era que don Custodio tenía envidia. Si
Bismarck fuera canónigo y _dinidad_ (creía que lo era el Magistral) en
vez de ser delantero, con un mote _sacao_ de las cajas de cerillas, se
daría más tono que un zagal. Pues, claro. Y si fuese campanero, el de
verdad, vamos don Pedro... ¡ay Dios! entonces no se hablaba más que con
el Obispo y el señor Roque el mayoral del correo.

--Pues chico, no sabes lo que te pescas, porque decía el beneficiao que
en la iglesia hay que ser humilde, como si dijéramos, rebajarse con la
gente, vamos achantarse, y aguantar una bofetá si a mano viene; y si no,
ahí está el Papa, que es... no sé cómo dijo... así... una cosa como...
el criao de toos los criaos.

--Eso será de boquirris--replicó Bismarck--. ¡Mia tú el Papa, que manda
más que el rey! Y que le vi yo pintao, en un santo mu grande, sentao en
su coche, que era como una butaca, y lo llevaban en vez de mulas un tiro
de _carcas_ (curas según Bismarck), y lo cual que le iban espantando las
moscas con un paraguas, que parecía cosa del teatro... hombre... ¡si
sabré yo!

Se acaloró el debate. Celedonio defendía las costumbres de la Iglesia
primitiva; Bismarck estaba por todos los esplendores del culto.
Celedonio amenazó al campanero interino con pedirle la dimisión. El de
la tralla aludió embozadamente a ciertas bofetadas probables _pa en_
bajando. Pero una campana que sonó en un tejado de la catedral les llamó
al orden.

--¡El _Laudes_!--gritó Celedonio--, toca, que avisan.

Y Bismarck empuñó el cordel y azotó el metal con la porra del formidable
badajo.

Tembló el aire y el delantero cerró los ojos, mientras Celedonio hacía
alarde de su imperturbable serenidad oyendo, como si estuviera a dos
leguas, las campanadas graves, poderosas, que el viento arrebataba de la
torre para llevar sus vibraciones por encima de Vetusta a la sierra
vecina y a los extensos campos, que brillaban a lo lejos, verdes todos,
con cien matices.

Empezaba el Otoño. Los prados renacían, la yerba había crecido fresca y
vigorosa con las últimas lluvias de Septiembre. Los castañedos,
robledales y pomares que en hondonadas y laderas se extendían sembrados
por el ancho valle, se destacaban sobre prados y maizales con tonos
obscuros; la paja del trigo, escaso, amarilleaba entre tanta verdura.
Las casas de labranza y algunas quintas de recreo, blancas todas,
esparcidas por sierra y valle reflejaban la luz como espejos. Aquel
verde esplendoroso con tornasoles dorados y de plata, se apagaba en la
sierra, como si cubriera su falda y su cumbre la sombra de una nube
invisible, y un tinte rojizo aparecía entre las calvicies de la
vegetación, menos vigorosa y variada que en el valle. La sierra estaba
al Noroeste y por el Sur que dejaba libre a la vista se alejaba el
horizonte, señalado por siluetas de montañas desvanecidas en la niebla
que deslumbraba como polvareda luminosa. Al Norte se adivinaba el mar
detrás del arco perfecto del horizonte, bajo un cielo despejado, que
surcaban como naves, ligeras nubecillas de un dorado pálido. Un jirón de
la más leve parecía la luna, apagada, flotando entre ellas en el azul
blanquecino.

Cerca de la ciudad, en los ruedos, el cultivo más intenso, de mejor
abono, de mucha variedad y esmerado, producía en la tierra tonos de
colores, sin nombre, exacto, dibujándose sobre el fondo pardo obscuro de
la tierra constantemente removida y bien regada.

Alguien subía por el caracol. Los dos pilletes se miraron estupefactos.
¿Quién era el osado?

--¿Será Chiripa?--preguntó Celedonio entre airado y temeroso.

--No; es un _carca_, ¿no oyes el manteo?

Bismarck tenía razón; el roce de la tela con la piedra producía un rumor
silbante, como el de una voz apagada que impusiera silencio. El manteo
apareció por escotillón; era el de don Fermín de Pas, Magistral de
aquella santa iglesia catedral y provisor del Obispo. El delantero
sintió escalofríos. Pensó:

«¿Vendrá a pegarnos?».

No había motivo, pero eso no importaba. Él vivía acostumbrado a recibir
bofetadas y puntapiés sin saber por qué. A todo poderoso, y para él don
Fermín era un personaje de los más empingorotados, se le figuraba
Bismarck usando y abusando de la autoridad de repartir cachetes. No
discutía la legitimidad de esta prerrogativa, no hacía más que huir de
los grandes de la tierra, entre los que figuraban los sacristanes y los
polizontes. Se avenía a esta ley, cuyos efectos procuraba evitar. Si él
hubiera sido señor, alcalde, canónigo, fontanero, guarda del Jardín
Botánico, empleado en casillas, sereno, algo grande, en suma, hubiera
hecho lo mismo ¡dar cada puntapié! No era más que Bismarck, un
delantero, y sabía su oficio, huir de los _mainates_ de Vetusta.

Pero allí no había modo de escapar. O tirarse por una ventana, o esperar
el nublado. El caracol estaba interceptado por el canónigo. Bismarck no
tuvo más recurso que hacerse un ovillo, esconderse detrás de la Wamba,
encaramado en una viga, y aguardar así los acontecimientos.

Celedonio no extrañaba aquella visita. Recordaba haber visto muchas
tardes al señor Magistral subir a la torre antes o después de coro.

¿Qué iba a hacer allí aquel señor tan respetable? Esto preguntaban los
ojos del delantero a los del acólito. También lo sabía Celedonio, pero
callaba y sonreía complaciéndose en el pavor de su amigo.

El continente altivo del monaguillo se había convertido en humilde
actitud. Su rostro se había revestido de repente de la expresión
oficial. Celedonio tenía doce o trece años y ya sabía ajustar los
músculos de su cara de chato a las exigencias de la liturgia. Sus ojos
eran grandes, de un castaño sucio, y cuando el pillastre se creía en
funciones eclesiásticas los movía con afectación, de abajo arriba, de
arriba abajo, imitando a muchos sacerdotes y beatas que conocía y
trataba.

Pero, sin pensarlo, daba una intención lúbrica y cínica a su mirada,
como una meretriz de calleja, que anuncia su triste comercio con los
ojos, sin que la policía pueda reivindicar los derechos de la moral
pública. La boca muy abierta y desdentada seguía a su manera los
aspavientos de los ojos; y Celedonio en su expresión de humildad
beatífica pasaba del feo tolerable al feo asqueroso.

Así como en las mujeres de su edad se anuncian por asomos de contornos
turgentes las elegantes líneas del sexo, en el acólito sin órdenes se
podía adivinar futura y próxima perversión de instintos naturales
provocada ya por aberraciones de una educación torcida. Cuando quería
imitar, bajo la sotana manchada de cera, los acompasados y ondulantes
movimientos de don Anacleto, familiar del Obispo--creyendo manifestar
así su vocación--, Celedonio se movía y gesticulaba como hembra
desfachatada, sirena de cuartel. Esto ya lo había notado el _Palomo_,
empleado laico de la Catedral, perrero, según mal nombre de su oficio.
Pero no se había atrevido a comunicar sus aprensiones a ningún superior,
obedeciendo a un criterio, merced al cual había desempeñado treinta años
seguidos con dignidad y prestigio sus funciones complejas de aseo y
vigilancia.

En presencia del Magistral, Celedonio había cruzado los brazos e
inclinado la cabeza, después de apearse de la ventana. Aquel don Fermín
que allá abajo en la calle de la Rúa parecía un escarabajo ¡qué grande
se mostraba ahora a los ojos humillados del monaguillo y a los aterrados
ojos de su compañero! Celedonio apenas le llegaba a la cintura al
canónigo. Veía enfrente de sí la sotana tersa de pliegues escultóricos,
rectos, simétricos, una sotana de medio tiempo, de rico castor delgado,
y sobre ella flotaba el manteo de seda, abundante, de muchos pliegues y
vuelos.

Bismarck, detrás de la Wamba, no veía del canónigo más que los bajos y
los admiraba. ¡Aquello era señorío! ¡Ni una mancha! Los pies parecían
los de una dama; calzaban media morada, como si fueran de Obispo; y el
zapato era de esmerada labor y piel muy fina y lucía hebilla de plata,
sencilla pero elegante, que decía muy bien sobre el color de la media.

Si los pilletes hubieran osado mirar cara a cara a don Fermín, le
hubieran visto, al asomar en el campanario, serio, cejijunto; al notar
la presencia de los campaneros levemente turbado, y en seguida
sonriente, con una suavidad resbaladiza en la mirada y una bondad
estereotipada en los labios. Tenía razón el delantero. De Pas no se
pintaba. Más bien parecía estucado. En efecto, su tez blanca tenía los
reflejos del estuco. En los pómulos, un tanto avanzados, bastante para
dar energía y expresión característica al rostro, sin afearlo, había un
ligero encarnado que a veces tiraba al color del alzacuello y de las
medias. No era pintura, ni el color de la salud, ni pregonero del
alcohol; era el rojo que brota en las mejillas al calor de palabras de
amor o de vergüenza que se pronuncian cerca de ellas, palabras que
parecen imanes que atraen el hierro de la sangre. Esta especie de
congestión también la causa el orgasmo de pensamientos del mismo estilo.
En los ojos del Magistral, verdes, con pintas que parecían polvo de
rapé, lo más notable era la suavidad de liquen; pero en ocasiones, de en
medio de aquella crasitud pegajosa salía un resplandor punzante, que era
una sorpresa desagradable, como una aguja en una almohada de plumas.
Aquella mirada la resistían pocos; a unos les daba miedo, a otros asco;
pero cuando algún audaz la sufría, el Magistral la humillaba cubriéndola
con el telón carnoso de unos párpados anchos, gruesos, insignificantes,
como es siempre la carne informe. La nariz larga, recta, sin corrección
ni dignidad, también era sobrada de carne hacia el extremo y se
inclinaba como árbol bajo el peso de excesivo fruto. Aquella nariz era
la obra muerta en aquel rostro todo expresión, aunque escrito en griego,
porque no era fácil leer y traducir lo que el Magistral sentía y
pensaba. Los labios largos y delgados, finos, pálidos, parecían
obligados a vivir comprimidos por la barba que tendía a subir,
amenazando para la vejez, aún lejana, entablar relaciones con la punta
de la nariz claudicante. Por entonces no daba al rostro este defecto
apariencias de vejez, sino expresión de prudencia de la que toca en
cobarde hipocresía y anuncia frío y calculador egoísmo. Podía asegurarse
que aquellos labios guardaban como un tesoro la mejor palabra, la que
jamás se pronuncia. La barba puntiaguda y levantisca semejaba el candado
de aquel tesoro. La cabeza pequeña y bien formada, de espeso cabello
negro muy recortado, descansaba sobre un robusto cuello, blanco, de
recios músculos, un cuello de atleta, proporcionado al tronco y
extremidades del fornido canónigo, que hubiera sido en su aldea el mejor
jugador de bolos, el mozo de más partido; y a lucir entallada levita, el
más apuesto azotacalles de Vetusta.

Como si se tratara de un personaje, el Magistral saludó a Celedonio
doblando graciosamente el cuerpo y extendiendo hacia él la mano derecha,
blanca, fina, de muy afilados dedos, no menos cuidada que si fuera la de
aristocrática señora. Celedonio contestó con una genuflexión como las de
ayudar a misa.

Bismarck, oculto, vio con espanto que el canónigo sacaba de un bolsillo
interior de la sotana un tubo que a él le pareció de oro. Vio que el
tubo se dejaba estirar como si fuera de goma y se convertía en dos, y
luego en tres, todos seguidos, pegados. Indudablemente aquello era un
cañón chico, suficiente para acabar con un delantero tan insignificante
como él. No; era un fusil porque el Magistral lo acercaba a la cara y
hacía con él puntería. Bismarck respiró: no iba con su personilla aquel
disparo; apuntaba el carca hacia la calle, asomado a una ventana. El
acólito, de puntillas, sin hacer ruido, se había acercado por detrás al
Provisor y procuraba seguir la dirección del catalejo. Celedonio era un
monaguillo de mundo, entraba como amigo de confianza en las mejores
casas de Vetusta, y si supiera que Bismarck tomaba un anteojo por un
fusil, se le reiría en las narices.

Uno de los recreos solitarios de don Fermín de Pas consistía en subir a
las alturas. Era montañés, y por instinto buscaba las cumbres de los
montes y los campanarios de las iglesias. En todos los países que había
visitado había subido a la montaña más alta, y si no las había, a la más
soberbia torre. No se daba por enterado de cosa que no viese a vista de
pájaro, abarcándola por completo y desde arriba. Cuando iba a las aldeas
acompañando al Obispo en su visita, siempre había de emprender, a pie o
a caballo, como se pudiera, una excursión a lo más empingorotado. En la
provincia, cuya capital era Vetusta, abundaban por todas partes montes
de los que se pierden entre nubes; pues a los más arduos y elevados
ascendía el Magistral, dejando atrás al más robusto andarín, al más
experto montañés. Cuanto más subía más ansiaba subir; en vez de fatiga
sentía fiebre que les daba vigor de acero a las piernas y aliento de
fragua a los pulmones. Llegar a lo más alto era un triunfo voluptuoso
para De Pas. Ver muchas leguas de tierra, columbrar el mar lejano,
contemplar a sus pies los pueblos como si fueran juguetes, imaginarse a
los hombres como infusorios, ver pasar un águila o un milano, según los
parajes, debajo de sus ojos, enseñándole el dorso dorado por el sol,
mirar las nubes desde arriba, eran intensos placeres de su espíritu
altanero, que De Pas se procuraba siempre que podía. Entonces sí que en
sus mejillas había fuego y en sus ojos dardos. En Vetusta no podía
saciar esta pasión; tenía que contentarse con subir algunas veces a la
torre de la catedral. Solía hacerlo a la hora del coro, por la mañana o
por la tarde, según le convenía. Celedonio que en alguna ocasión,
aprovechando un descuido, había mirado por el anteojo del Provisor,
sabía que era de poderosa atracción; desde los segundos corredores,
mucho más altos que el campanario, había él visto perfectamente a la
Regenta, una guapísima señora, pasearse, leyendo un libro, por su huerta
que se llamaba el Parque de los Ozores; sí, señor, la había visto como
si pudiera tocarla con la mano, y eso que su palacio estaba en la
rinconada de la Plaza Nueva, bastante lejos de la torre, pues tenía en
medio de la plazuela de la catedral, la calle de la Rúa y la de San
Pelayo. ¿Qué más? Con aquel anteojo se veía un poco del billar del
casino, que estaba junto a la iglesia de Santa María; y él, Celedonio,
había visto pasar las bolas de marfil rodando por la mesa. Y sin el
anteojo ¡quiá! en cuanto se veía el balcón como un ventanillo de una
grillera. Mientras el acólito hablaba así, en voz baja, a Bismarck que
se había atrevido a acercarse, seguro de que no había peligro, el
Magistral, olvidado de los campaneros, paseaba lentamente sus miradas
por la ciudad escudriñando sus rincones, levantando con la imaginación
los techos, aplicando su espíritu a aquella inspección minuciosa, como
el naturalista estudia con poderoso microscopio las pequeñeces de los
cuerpos. No miraba a los campos, no contemplaba la lontananza de montes
y nubes; sus miradas no salían de la ciudad.

Vetusta era su pasión y su presa. Mientras los demás le tenían por sabio
teólogo, filósofo y jurisconsulto, él estimaba sobre todas su ciencia de
Vetusta. La conocía palmo a palmo, por dentro y por fuera, por el alma y
por el cuerpo, había escudriñado los rincones de las conciencias y los
rincones de las casas. Lo que sentía en presencia de la heroica ciudad
era gula; hacía su anatomía, no como el fisiólogo que sólo quiere
estudiar, sino como el gastrónomo que busca los bocados apetitosos; no
aplicaba el escalpelo sino el trinchante.

Y bastante resignación era contentarse, por ahora, con Vetusta. De Pas
había soñado con más altos destinos, y aún no renunciaba a ellos. Como
recuerdos de un poema heroico leído en la juventud con entusiasmo,
guardaba en la memoria brillantes cuadros que la ambición había pintado
en su fantasía; en ellos se contemplaba oficiando de pontifical en
Toledo y asistiendo en Roma a un cónclave de cardenales. Ni la tiara le
pareciera demasiado ancha; todo estaba en el camino; lo importante era
seguir andando. Pero estos sueños según pasaba el tiempo se iban
haciendo más y más vaporosos, como si se alejaran. «Así son las
perspectivas de la esperanza, pensaba el Magistral; cuanto más nos
acercamos al término de nuestra ambición, más distante parece el objeto
deseado, porque no está en lo porvenir, sino en lo pasado; lo que vemos
delante es un espejo que refleja el cuadro soñador que se queda atrás,
en el lejano día del sueño...». No renunciaba a subir, a llegar cuanto
más arriba pudiese, pero cada día pensaba menos en estas vaguedades de
la ambición a largo plazo, propias de la juventud. Había llegado a los
treinta y cinco años y la codicia del poder era más fuerte y menos
idealista; se contentaba con menos pero lo quería con más fuerza, lo
necesitaba más cerca; era el hambre que no espera, la sed en el desierto
que abrasa y se satisface en el charco impuro sin aguardar a descubrir
la fuente que está lejos en lugar desconocido.

Sin confesárselo, sentía a veces desmayos de la voluntad y de la fe en
sí mismo que le daban escalofríos; pensaba en tales momentos que acaso
él no sería jamás nada de aquello a que había aspirado, que tal vez el
límite de su carrera sería el estado actual o un mal obispado en la
vejez, todo un sarcasmo. Cuando estas ideas le sobrecogían, para
vencerlas y olvidarlas se entregaba con furor al goce de lo presente,
del poderío que tenía en la mano; devoraba su presa, la Vetusta
levítica, como el león enjaulado los pedazos ruines de carne que el
domador le arroja.

Concentrada su ambición entonces en punto concreto y tangible, era mucho
más intensa; la energía de su voluntad no encontraba obstáculo capaz de
resistir en toda la diócesis. Él era el amo del amo. Tenía al Obispo en
una garra, prisionero voluntario que ni se daba cuenta de sus prisiones.
En tales días el Provisor era un huracán eclesiástico, un castigo
bíblico, un azote de Dios sancionado por su ilustrísima.

Estas crisis del ánimo solían provocarlas noticias del personal: el
nombramiento de un Obispo joven, por ejemplo. Echaba sus cuentas: él
estaba muy atrasado, no podría llegar a ciertas grandezas de la
jerarquía. Esto pensaba, en tanto que el beneficiado don Custodio le
aborrecía principalmente porque era Magistral desde los treinta.

Don Fermín contemplaba la ciudad. Era una presa que le disputaban, pero
que acabaría de devorar él solo. ¡Qué! ¿También aquel mezquino imperio
habían de arrancarle? No, era suyo. Lo había ganado en buena lid. ¿Para
qué eran necios? También al Magistral se le subía la altura a la cabeza;
también él veía a los vetustenses como escarabajos; sus viviendas viejas
y negruzcas, aplastadas, las creían los vanidosos ciudadanos palacios y
eran madrigueras, cuevas, montones de tierra, labor de topo.... ¿Qué
habían hecho los dueños de aquellos palacios viejos y arruinados de la
Encimada que él tenía allí a sus pies? ¿Qué habían hecho? Heredar. ¿Y
él? ¿Qué había hecho él? Conquistar. Cuando era su ambición de joven la
que chisporroteaba en su alma, don Fermín encontraba estrecho el recinto
de Vetusta; él que había predicado en Roma, que había olfateado y
gustado el incienso de la alabanza en muy altas regiones por breve
tiempo, se creía postergado en la catedral vetustense. Pero otras veces,
las más, era el recuerdo de sus sueños de niño, precoz para ambicionar,
el que le asaltaba, y entonces veía en aquella ciudad que se humillaba a
sus plantas en derredor el colmo de sus deseos más locos. Era una
especie de placer material, pensaba De Pas, el que sentía comparando sus
ilusiones de la infancia con la realidad presente. Si de joven había
soñado cosas mucho más altas, su dominio presente parecía la tierra
prometida a las cavilaciones de la niñez, llena de tardes solitarias y
melancólicas en las praderas de los puertos. El Magistral empezaba a
despreciar un poco los años de su próxima juventud, le parecían a veces
algo ridículos sus ensueños y la conciencia no se complacía en repasar
todos los actos de aquella época de pasiones reconcentradas, poco y mal
satisfechas. Prefería las más veces recrear el espíritu contemplando lo
pasado en lo más remoto del recuerdo; su niñez le enternecía, su
juventud le disgustaba como el recuerdo de una mujer que fue muy
querida, que nos hizo cometer mil locuras y que hoy nos parece digna de
olvido y desprecio. Aquello que él llamaba placer material y tenía mucho
de pueril, era el consuelo de su alma en los frecuentes decaimientos del
ánimo.

El Magistral había sido pastor en los puertos de Tarsa ¡y era él, el
mismo que ahora mandaba a su manera en Vetusta! En este salto de la
imaginación estaba la esencia de aquel placer intenso, infantil y
material que gozaba De Pas como un pecado de lascivia.

¡Cuántas veces en el púlpito, ceñido al robusto y airoso cuerpo el
roquete, cándido y rizado, bajo la señoril muceta, viendo allá abajo, en
el rostro de todos los fieles la admiración y el encanto, había tenido
que suspender el vuelo de su elocuencia, porque le ahogaba el placer, y
le cortaba la voz en la garganta! Mientras el auditorio aguardaba en
silencio, respirando apenas, a que la emoción religiosa permitiera al
orador continuar, él oía como en éxtasis de autolatría el chisporroteo
de los cirios y de las lámparas; aspiraba con voluptuosidad extraña el
ambiente embalsamado por el incienso de la capilla mayor y por las
emanaciones calientes y aromáticas que subían de las damas que le
rodeaban; sentía como murmullo de la brisa en las hojas de un bosque el
contenido crujir de la seda, el aleteo de los abanicos; y en aquel
silencio de la atención que esperaba, delirante, creía comprender y
gustaba una adoración muda que subía a él; y estaba seguro de que en tal
momento pensaban los fieles en el orador esbelto, elegante, de voz
melodiosa, de correctos ademanes a quien oían y veían, no en el Dios de
que les hablaba. Entonces sí que, sin poder él desechar aquellos
recuerdos se le presentaba su infancia en los puertos; aquellas tardes
de su vida de pastor melancólico y meditabundo.--Horas y horas, hasta el
crepúsculo, pasaba soñando despierto, en una cumbre, oyendo las esquilas
del ganado esparcido por el cueto ¿y qué soñaba? que allá, allá abajo,
en el ancho mundo, muy lejos, había una ciudad inmensa, como cien veces
el lugar de Tarsa, y más; aquella ciudad se llamaba Vetusta, era mucho
mayor que San Gil de la Llana, la cabeza del partido, que él tampoco
había visto. En la gran ciudad colocaba él maravillas que halagaban el
sentido y llenaban la soledad de su espíritu inquieto. Desde aquella
infancia ignorante y visionaria al momento en que se contemplaba el
predicador no había intervalo; se veía niño y se veía Magistral: lo
presente era la realidad del sueño de la niñez y de esto gozaba.

Emociones semejantes ocupaban su alma mientras el catalejo, reflejando
con vivos resplandores los rayos del sol se movía lentamente pasando la
visual de tejado en tejado, de ventana en ventana, de jardín en jardín.

Alrededor de la catedral se extendía, en estrecha zona, el primitivo
recinto de Vetusta. Comprendía lo que se llamaba el barrio de la
_Encimada_ y dominaba todo el pueblo que se había ido estirando por
Noroeste y por Sudeste. Desde la torre se veía, en algunos patios y
jardines de casas viejas y ruinosas, restos de la antigua muralla,
convertidos en terrados o paredes medianeras, entre huertos y corrales.
La Encimada era el barrio noble y el barrio pobre de Vetusta. Los más
linajudos y los más andrajosos vivían allí, cerca unos de otros,
aquellos a sus anchas, los otros apiñados. El buen vetustente era de la
Encimada. Algunos fatuos estimaban en mucho la propiedad de una casa,
por miserable que fuera, en la parte alta de la ciudad, a la sombra de
la catedral, o de Santa María la Mayor o de San Pedro, las dos
antiquísimas iglesias vecinas de la Basílica y parroquias que se
dividían el noble territorio de la Encimada. El Magistral veía a sus
pies el barrio linajudo compuesto de caserones con ínfulas de palacios;
conventos grandes como pueblos; y tugurios, donde se amontonaba la plebe
vetustense, demasiado pobre para poder habitar las barriadas nuevas allá
abajo, en el Campo del sol, al Sudeste, donde la Fábrica Vieja levantaba
sus augustas chimeneas, en rededor de las cuales un pueblo de obreros
había surgido. Casi todas las calles de la Encimada eran estrechas,
tortuosas, húmedas, sin sol; crecía en algunas la yerba; la limpieza de
aquellas en que predominaba el vecindario noble o de tales pretensiones
por lo menos, era triste, casi miserable, como la limpieza de las
cocinas pobres de los hospicios; parecía que la escoba municipal y la
escoba de la nobleza pulcra habían dejado en aquellas plazuelas y
callejas las huellas que el cepillo deja en el paño raído. Había por
allí muy pocas tiendas y no muy lucidas. Desde la torre se veía la
historia de las clases privilegiadas contada por piedras y adobes en el
recinto viejo de Vetusta. La iglesia ante todo: los conventos ocupaban
cerca de la mitad del terreno; Santo Domingo solo, tomaba una quinta
parte del área total de la Encimada: seguía en tamaño las Recoletas,
donde se habían reunido en tiempo de la Revolución de Septiembre dos
comunidades de monjas, que juntas eran diez y ocupaban con su convento y
huerto la sexta parte del barrio. Verdad era que San Vicente estaba
convertido en cuartel y dentro de sus muros retumbaba la indiscreta voz
de la corneta, profanación constante del sagrado silencio secular; del
convento ampuloso y plateresco de las Clarisas había hecho el Estado un
edificio para toda clase de oficinas, y en cuanto a San Benito era
lóbrega prisión de mal seguros delincuentes. Todo esto era triste; pero
el Magistral que veía, con amargura en los labios, estos despojos de que
le daba elocuente representación el catalejo, podía abrir el pecho al
consuelo y a la esperanza contemplando, fuera del barrio noble, al Oeste
y al Norte, gráficas señales de la fe rediviva, en los alrededores de
Vetusta, donde construía la piedad nuevas moradas para la vida
conventual, más lujosas, más elegantes que las antiguas, si no tan
sólidas ni tan grandes. La Revolución había derribado, había robado;
pero la Restauración, que no podía restituir, alentaba el espíritu que
reedificaba y ya las Hermanitas de los Pobres tenían coronado el
edificio de su propiedad, tacita de plata, que brillaba cerca del
Espolón, al Oeste, no lejos de los palacios y _chalets_ de la Colonia, o
sea el barrio nuevo de americanos y comerciantes del reino. Hacia el
Norte, entre prados de terciopelo tupido, de un verde obscuro, fuerte,
se levantaba la blanca fábrica que con sumas fabulosas construían las
Salesas, por ahora arrinconadas dentro de Vetusta, cerca de los
vertederos de la Encimada, casi sepultadas en las cloacas, en una casa
vieja, que tenía por iglesia un oratorio mezquino. Allí, como en nichos,
habitaban las herederas de muchas familias ricas y nobles; habían
dejado, en obsequio al Crucificado, el regalo de su palacio ancho y
cómodo de allá arriba por la estrechez insana de aquella pocilga,
mientras sus padres, hermanos y otros parientes regalaban el perezoso
cuerpo en las anchuras de los caserones tristes, pero espaciosos de la
Encimada. No sólo era la iglesia quien podía desperezarse y estirar las
piernas en el recinto de Vetusta la de arriba, también los herederos de
pergaminos y casas solariegas, habían tomado para sí anchas cuadras y
jardines y huertas que podían pasar por bosques, con relación al área
del pueblo, y que en efecto se llamaban, algo hiperbólicamente, parques,
cuando eran tan extensos como el de los Ozores y el de los Vegallana. Y
mientras no sólo a los conventos, y a los palacios, sino también a los
árboles se les dejaba campo abierto para alargarse y ensancharse como
querían, los míseros plebeyos que a fuerza de pobres no habían podido
huir los codazos del egoísmo noble o regular, vivían hacinados en casas
de tierra que el municipio obligaba a tapar con una capa de cal; y era
de ver cómo aquellas casuchas, apiñadas, se enchufaban, y saltaban unas
sobre otras, y se metían los tejados por los ojos, o sean las ventanas.
Parecían un rebaño de retozonas reses que apretadas en un camino,
brincan y se encaraman en los lomos de quien encuentran delante.

A pesar de esta injusticia distributiva que don Fermín tenía debajo de
sus ojos, sin que le irritara, el buen canónigo amaba el barrio de la
catedral, aquel hijo predilecto de la Basílica, sobre todos. La Encimada
era su imperio natural, la metrópoli del poder espiritual que ejercía.
El humo y los silbidos de la fábrica le hacían dirigir miradas recelosas
al Campo del Sol; allí vivían los rebeldes; los trabajadores sucios,
negros por el carbón y el hierro amasados con sudor; los que escuchaban
con la boca abierta a los energúmenos que les predicaban igualdad,
federación, reparto, mil absurdos, y a él no querían oírle cuando les
hablaba de premios celestiales, de reparaciones de ultra-tumba. No era
que allí no tuviera ninguna influencia, pero la tenía en los menos.
Cierto que cuando allí la creencia pura, la fe católica arraigaba, era
con robustas raíces, como con cadenas de hierro. Pero si moría un obrero
bueno, creyente, nacían dos, tres, que ya jamás oirían hablar de
resignación, de lealtad, de fe y obediencia. El Magistral no se hacía
ilusiones. El Campo del Sol se les iba. Las mujeres defendían allí las
últimas trincheras. Poco tiempo antes del día en que De Pas meditaba
así, varias ciudadanas del barrio de obreros habían querido matar a
pedradas a un forastero que se titulaba pastor protestante; pero estos
excesos, estos paroxismos de la fe moribunda más entristecían que
animaban al Magistral.--No, aquel humo no era de incienso, subía a lo
alto, pero no iba al cielo; aquellos silbidos de las máquinas le
parecían burlescos, silbidos de sátira, silbidos de látigo. Hasta
aquellas chimeneas delgadas, largas, como monumentos de una idolatría,
parecían parodias de las agujas de las iglesias....

El Magistral volvía el catalejo al Noroeste, allí estaba la _Colonia_,
la Vetusta novísima, tirada a cordel, deslumbrante de colores vivos con
reflejos acerados; parecía un pájaro de los bosques de América, o una
india brava adornada con plumas y cintas de tonos discordantes.

Igualdad geométrica, desigualdad, anarquía cromáticas. En los tejados
todos los colores del iris como en los muros de Ecbátana; galerías de
cristales robando a los edificios por todas partes la esbeltez que podía
suponérseles; alardes de piedra inoportunos, solidez afectada, lujo
vocinglero. La ciudad del sueño de un indiano que va mezclada con la
ciudad de un usurero o de un mercader de paños o de harinas que se
quedan y edifican despiertos. Una pulmonía posible por una pared maestra
ahorrada; una incomodidad segura por una fastuosidad ridícula. Pero no
importa, el Magistral no atiende a nada de eso; no ve allí más que
riqueza; un Perú en miniatura, del cual pretende ser el Pizarro
espiritual. Y ya empieza a serlo. Los indianos de la Colonia que en
América oyeron muy pocas misas, en Vetusta vuelven, como a una patria, a
la piedad de sus mayores: la religión con las formas aprendidas en la
infancia es para ellos una de las dulces promesas de aquella España que
veían en sueños al otro lado del mar. Además los indianos no quieren
nada que no sea de buen tono, que huela a plebeyo, ni siquiera pueda
recordar los orígenes humildes de la estirpe; en Vetusta los descreídos
no son más que cuatro pillos, que no tienen sobre qué caerse muertos;
todas las personas pudientes creen y practican, como se dice ahora.
Páez, don Frutos Redondo, los Jacas, Antolínez, los Argumosa y otros y
otros ilustres Américo Vespucios del barrio de la Colonia siguen
escrupulosamente en lo que se les alcanza las costumbres _distinguidas_
de los Corujedos, Vegallanas, Membibres, Ozores, Carraspiques y demás
familias nobles de la Encimada, que se precian de muy buenos y muy
rancios cristianos. Y si no lo hicieran por propio impulso los Páez, los
Redondo, etc., etc., sus respectivas esposas, hijas y demás familia del
sexo débil obligaríanles a imitar en religión, como en todo, las
maneras, ideas y palabras de la envidiada aristocracia. Por todo lo cual
el Provisor mira al barrio del Noroeste con más codicia que antipatía;
si allí hay muchos espíritus que él no ha sondeado todavía, si hay mucha
tierra que descubrir en aquella América abreviada, las exploraciones
hechas, las _factorías_ establecidas han dado muy buen resultado, y no
desconfía don Fermín de llevar la luz de la fe más acendrada, y con ella
su natural influencia, a todos los rincones de las bien alineadas casas
de la Colonia, a quien el municipio midió los tejados por un rasero.

Pero, entre tanto, De Pas volvía amorosamente la visual del catalejo a
su Encimada querida, la noble, la vieja, la amontonada a la sombra de la
soberbia torre. Una a Oriente otra a Occidente, allí debajo tenía, como
dando guardia de honor a la catedral, las dos iglesias antiquísimas que
la vieron tal vez nacer, o por lo menos pasar a grandezas y esplendores
que ellas jamás alcanzaron. Se llamaban, como va dicho, Santa María y
San Pedro; su historia anda escrita en los cronicones de la Reconquista,
y gloriosamente se pudren poco a poco víctimas de la humedad y hechas
polvo por los siglos. En rededor de Santa María y de San Pedro hay
esparcidas, por callejones y plazuelas casas solariegas, cuya mayor
gloria sería poder proclamarse contemporáneas de los ruinosos templos.
Pero no pueden, porque delata la relativa juventud de estos caserones su
arquitectura que revela el mal gusto decadente, pesado o recargado, de
muy posteriores siglos. La piedra de todos estos edificios está
ennegrecida por los rigores de la intemperie que en Vetusta la húmeda no
dejan nada claro mucho tiempo, ni consienten blancura duradera.

Don Saturnino Bermúdez, que juraba tener documentos que probaban al
inteligente en heráldica venirle el Bermúdez del rey Bermudo en persona,
era el más perito en la materia de contar la historia de cada uno de
aquellos caserones, que él consideraba otras tantas glorias nacionales.
Cada vez que algún Ayuntamiento radical emprendía o proyectaba siquiera
el derribo de algunas ruinas o la expropiación de algún solar por
utilidad pública, don Saturnino ponía el grito en el cielo y publicaba
en _El Lábaro_, el órgano de los ultramontanos de Vetusta, largos
artículos que nadie leía, y que el alcalde no hubiera entendido, de
haberlos leído; en ellos ponía por las nubes el mérito arqueológico de
cada tabique, y si se trataba de una pared maestra demostraba que era
todo un monumento. No cabe duda que el señor don Saturnino, siquiera
fuese por bien del arte, mentía no poco, y abusaba de lo románico y de
lo mudéjar. Para él todo era mudéjar o si no románico, y más de una vez
hizo remontarse a los tiempos de Fruela los fundamentos de una pared
fabricada por algún modesto cantero, vivo todavía. Estos lapsus del
erudito no lastimaban su reputación, porque los pocos que podían
descubrirlos los consideraban piadosas exageraciones, anacronismos
beneméritos, y los demás vetustenses no leían nada de aquello. Mas no
por esto dejaba el sabio de sacar a relucir la retórica, en que creía,
ostentando atrevidas imágenes, figuras de gran energía, entre las que
descollaban las más temerarias personificaciones y las epanadiplosis más
cadenciosas: hablaban las murallas como libros y solían decir: «tiemblan
mis cimientos y mis almenas tiemblan»; y tal puerta cochera hubo que
hizo llorar con sus discursos patéticos; por lo cual solía terminar el
artículo del arqueólogo diciendo: «En fin, señores de la comisión de
obras, _sunt lacrimae rerum!_».

Más de media hora empleó el Magistral en su observatorio aquella tarde.
Cansado de mirar o no pudiendo ver lo que buscaba allá, hacia la Plaza
Nueva, adonde constantemente volvía el catalejo, separose de la ventana,
redujo a su mínimo tamaño el instrumento óptico, guardolo cuidadosamente
en el bolsillo y saludando con la mano y la cabeza a los campaneros,
descendió con el paso majestuoso de antes, por el caracol de piedra. En
cuanto abrió la puerta de la torre y se encontró en la nave Norte de la
iglesia, recobró la sonrisa inmóvil, habitual expresión de su rostro,
cruzó las manos sobre el vientre, inclinó hacia delante un poco con
cierta languidez entre mística y romántica la bien modelada cabeza, y
más que anduvo se deslizó sobre el mármol del pavimento que figuraba
juego de damas, blanco y negro. Por las altas ventanas y por los
rosetones del arco toral y de los laterales entraban haces de luz de
muchos colores que remedaban pedazos del iris dentro de las naves. El
manteo que el canónigo movía con un ritmo de pasos y suave contoneo iba
tomando en sus anchos pliegues, al flotar casi al ras del pavimento,
tornasoles de plumas de faisán, y otras veces parecía cola de pavo real;
algunas franjas de luz trepaban hasta el rostro del Magistral y ora lo
teñían con un verde pálido blanquecino, como de planta sombría, ora le
daban viscosa apariencia de planta submarina, ora la palidez de un
cadáver.

En la gran nave central del trascoro había muy pocos fieles, esparcidos
a mucha distancia; en las capillas laterales, abiertas en los gruesos
muros, sumidas en las sombras, se veía apenas grupos de mujeres
arrodilladas o sentadas sobre los pies, rodeando los confesonarios. Aquí
y allí se oía el leve rumor de la plática secreta de un sacerdote y una
devota en el tribunal de la penitencia. En la segunda capilla del Norte,
la más obscura, don Fermín distinguió dos señoras que hablaban en voz
baja. Siguió adelante. Ellas quisieron ir tras él, llamarle, pero no se
atrevieron. Le esperaban, le buscaban, y se quedaron sin él.

--Va al coro--dijo una de las damas. Y se sentaron sobre la tarima que
rodeaba el confesonario, sumido en tinieblas. Era la capilla del
Magistral. En el altar había dos candeleros de bronce, sin velas,
sujetos con cadenillas de hierro. Delante del retablo estaba un Jesús
Nazareno de talla; los ojos de cristal, tristes, brillaban en la
obscuridad; los reflejos del vidrio parecían una humedad fría. Era el
rostro el de un anémico; la expresión amanerada del gesto anunciaba una
idea fija petrificada en aquellos labios finos y en aquellos pómulos
afilados, como gastados por el roce de besos devotos.

Sin detenerse pasó el Magistral junto a la puerta de escape del coro;
llegó al crucero; la valla que corre del coro a la capilla mayor estaba
cerrada. Don Fermín, que iba a la sacristía, dio el rodeo de la nave del
trasaltar flanqueada por otra crujía de capillas. Frente a cada una de
estas, empotrados en la pared del ábside había haces de columnas entre
los que se ocultaban sendos confesonarios, invisibles hasta el momento
de colocarse enfrente de ellos. Allí comúnmente ataban y desataban
culpas los beneficiados. De uno de estos escondites salió, al pasar el
Provisor, como una perdiz levantada por los perros, el señor don
Custodio el beneficiado, pálido el rostro, menos las mejillas
encendidas con un tinte cárdeno. Sudaba como una pared húmeda. El
Magistral miró al beneficiado sin sonreír, pinchándole con aquellas
agujas que tenía entre la blanda crasitud de los ojos. Humilló los suyos
don Custodio y pasó cabizbajo, confuso, aturdido en dirección al coro.
Era gruesecillo, adamado, tenía aires de comisionista francés vestido
con traje talar muy pulcro y elegante. El cuerpo bien torneado se lo
ceñía, debajo del manteo ampuloso, un roquete que parecía prenda
mujeril, sobre la cual ostentaba la muceta ligera, de seda, propia de su
beneficio. Este don Custodio era un enemigo doméstico, un beneficiado de
la oposición. Creía, o por lo menos propalaba todas las injurias con que
se quería derribar al Provisor, y le envidiaba por lo que pudiera haber
de cierto en el fondo de tantas calumnias. De Pas le despreciaba; la
envidia de aquel pobre clérigo le servía para ver, como en un espejo,
los propios méritos. El beneficiado admiraba al Magistral, creía en su
porvenir, se le figuraba obispo, cardenal, favorito en la corte,
influyente en los ministerios, en los salones, mimado por damas y
magnates. La envidia del beneficiado soñaba para don Fermín más
grandezas que el mismo Magistral veía en sus esperanzas. La mirada de
este fue en seguida, rápida y rastrera, al confesonario de que salía el
envidioso. Arrodillada junto a una de las celosías vio una joven pálida
con hábito del Carmen.

No era una señorita; debía de ser una doncella de servicio, una
costurera, o cosa así, pensó el Magistral. Tenía los ojos cargados de
una curiosidad maliciosa más irritada que satisfecha; se santiguó, como
si quisiera comerse la señal de la cruz, y se recogió, sentada sobre
los pies, a saborear los pormenores de la confesión, sin moverse del
sitio, pegada al confesonario lleno todavía del calor y el olor de don
Custodio.

El Magistral siguió adelante, dio vuelta al ábside y entró en la
sacristía. Era una capilla en forma de cruz latina, grande, fría, con
cuatro bóvedas altas. A lo largo de todas las paredes estaba la
cajonería, de castaño, donde se guardaba ropas y objetos del culto.
Encima de los cajones pendían cuadros de pintores adocenados, antiguos
los más, y algunas copias no malas de artistas buenos. Entre cuadro y
cuadro ostentaban su dorado viejo algunas cornucopias cuya luna
reflejaba apenas los objetos, por culpa del polvo y las moscas. En medio
de la sacristía ocupaba largo espacio una mesa de mármol negro, del
país. Dos monaguillos con ropón encarnado, guardaban casullas y capas
pluviales en los armarios. El _Palomo_, con una sotana sucia y escotada,
cubierta la cabeza con enorme peluca echada hacia el cogote, acababa de
barrer en un rincón las inmundicias de cierto gato que, no se sabía
cómo, entraba en la catedral y lo profanaba todo. El perrero estaba
furioso. Los monaguillos se hacían los distraídos, pero él, sin
mirarles, les aludía y amenazaba con terribles castigos hipotéticos,
repugnantes para el estómago principalmente. El Magistral siguió
adelante fingiendo no parar mientes en estos pormenores groseros, tan
extraños a la santidad del culto. Se acercó a un grupo que en el otro
extremo de la sacristía cuchicheaba con la voz apagada de la
conversación profana que quiere respetar el lugar sagrado. Eran dos
señoras y dos caballeros. Los cuatro tenían la cabeza echada hacia
atrás. Contemplaban un cuadro. La luz entraba por ventanas estrechas
abiertas en la bóveda y a las pinturas llegaba muy torcida y menguada.
El cuadro que miraban estaba casi en la sombra y parecía una gran mancha
de negro mate. De otro color no se veía más que el frontal de una
calavera y el tarso de un pie desnudo y descarnado. Sin embargo, cinco
minutos llevaba don Saturnino Bermúdez empleados en explicar el mérito
de la pintura a aquellas señoras y al caballero que llenos de fe y con
la boca abierta escuchaban al arqueólogo. El Magistral encontraba casi
todos los días a don Saturnino en semejante ocupación. En cuanto llegaba
un forastero de alguna importancia a Vetusta, se buscaba por un lado o
por otro una recomendación para que Bermúdez fuese tan amable que le
acompañara a ver las antigüedades de la catedral y otras de la Encimada.
Don Saturnino estaba muy ocupado todo el día, pero de tres a cuatro y
media siempre le tenían a su disposición cuantas personas decentes, como
él decía, quisieran poner a prueba sus conocimientos arqueológicos y su
inveterada amabilidad. Porque además del primer anticuario de la
provincia, creía ser--y esto era verdad--el hombre más fino y cortés de
España. No era clérigo, sino anfibio. En su traje pulcro y negro de los
pies a la cabeza se veía algo que Frígilis, personaje darwinista que
encontraremos más adelante, llamaba la adaptación a la sotana, la
influencia del medio, etc.; es decir, que si don Saturnino fuera tan
atrevido que se decidiera a engendrar un Bermúdez, este saldría ya
diácono por lo menos, según Frígilis. Era el arqueólogo bajo, traía el
pelo rapado como cepillo de cerdas negras; procuraba dejar grandes
entradas en la frente y se conocía que una calvicie precoz le hubiera
lisonjeado no poco. No era viejo: «La edad de Nuestro Señor Jesucristo»,
decía él, creyendo haber aventurado un chiste respetuoso, pero algo
mundano. Como lo de parecer cura no estaba en su intención, sino en las
leyes naturales, don Saturno--así le llamaban--después de haber perdido
ciertas ilusiones en una aventura seria en que le tomaron por clérigo,
se dejaba la barba, de un negro de tinta china, pero la recortaba como
el boj de su huerto. Tenía la boca muy grande, y al sonreír con
propósito de agradar, los labios iban de oreja a oreja. No se sabe por
qué entonces era cuando mejor se conocía que Bermúdez no se quejaba de
vicio al quejarse del pícaro estómago, de digestiones difíciles y sobre
todo de perpetuos restriñimientos. Era una sonrisa llena de arrugas, que
equivalía a una mueca provocada por un dolor intestinal, aquella con que
Bermúdez quería pasar por el hombre más _espiritual_ de Vetusta, y el
más capaz de comprender una pasión profunda y alambicada. Pues debe
advertirse que sus lecturas serias de cronicones y otros libros viejos
alternaban en su ambicioso espíritu con las novelas más finas y
psicológicas que se escribían por entonces en París. Lo de parecer
clérigo no era sino muy a su pesar. Él se encargaba unas levitas de
tricot como las de un lechuguino, pero el sastre veía con asombro que
vestir la prenda don Saturno y quedar convertida en sotana era todo uno.
Siempre parecía que iba de luto, aunque no fuera. Sin embargo, pocas
veces quitaba la gasa del sombrero porque se tenía por pariente de toda
la nobleza vetustense, y en cuanto moría un aristócrata estaba de
pésame. Allá, en el fondo de su alma, se creía nacido para el amor, y su
pasión por la arqueología era un sentimiento de la clase de sucedáneos.
Al ver en las novelas más acreditadas de Francia y de España que los
personajes de mejor sociedad sentían sobre poco más o menos las mismas
comezones de que él era víctima, ya no vaciló en pensar que lo que le
había faltado había sido un escenario. Las muchachas de Vetusta eran
incapaces de comprenderle, así como él se confesaba a solas que no se
atrevería jamás a acercarse a una joven para decirle cosa mayor en
materia de amores.

Tal vez las casadas, algunas por lo menos, podrían entenderle mejor. La
primera vez que pensó esto tuvo remordimientos para una semana; pero
volvió la idea a presentarse tentadora, y como en las novelas que
saboreaba sucedía casi siempre que eran casadas las heroínas, pecadoras
sí, pero al fin redimidas por el amor y la mucha fe, vino en averiguar y
dar por evidente que se podía querer a una casada y hasta decírselo, si
el amor se contenía en los límites del más acendrado idealismo. En
efecto, don Saturno se enamoró de una señora casada; pero le sucedió con
ella lo mismo que con las solteras; no se atrevió a decírselo. Con los
ojos sí se lo daba a entender, y hasta con ciertas parábolas y alegorías
que tomaba de la Biblia y otros libros orientales; pero la señora de sus
amores no hacía caso de los ojos de don Saturno ni entendía las
alegorías ni las parábolas; no hacía más que decir a espaldas de
Bermúdez:

--No sé cómo ese don Saturno puede saber tanto: parece un mentecato.

Esta señora que llamaban en Vetusta la Regenta, porque su marido, ahora
jubilado, había sido regente de la Audiencia, nunca supo la ardiente
pasión del arqueólogo. Este joven sentimental y amante del saber se
cansó de devorar en silencio aquel amor único y procuró ser veleidoso,
aturdirse, y esto último poco trabajo le costaba, porque nunca se vio
hombre más aturdido que él en cuanto una mujer quería marearle con una o
dos miradas. Cuatro años hacía que no perdía baile, ni reunión de
confianza, ni teatro, ni paseo, y todavía las damas, cada vez que le
veían bailando un rigodón (no se atrevía con el wals ni con la polka)
repetían:

--¡Pero este Bermúdez está desconocido!

¡Todos, todos empeñados en que era un cartujo! Esto le desesperaba.
Cierto que jamás había probado las dulzuras groseras y materiales del
amor carnal; pero eso ¿le constaba al público? Cierto que primero
faltaba el sol que don Saturnino a misa de ocho; pero esta devoción, así
como el comulgar dos veces al mes, en nada empecía (su estilo) a los
títulos de hombre de mundo que él reclamaba. ¡Y si las gentes supieran!
¿Quién era un embozado que de noche, a la hora de las criadas, como
dicen en Vetusta, salía muy recatadamente por la calle del Rosario,
torcía entre las sombras por la de Quintana y de una en otra llegaba a
los porches de la plaza del Pan y dejaba la Encimada aventurándose por
la Colonia, solitaria a tales horas? Pues era don Saturnino Bermúdez,
doctor en teología, en ambos derechos, civil y canónico, licenciado en
filosofía y letras y bachiller en ciencias: el autor ni más ni menos, de
_Vetusta Romana_, _Vetusta Goda_, _Vetusta Feudal_, _Vetusta Cristiana_,
y _Vetusta Transformada_, a tomo por Vetusta. Era él, que salía
disfrazado de capa y sombrero flexible. No había miedo que en tal guisa
le reconociera nadie. ¿Y adónde iba? A luchar con la tentación al aire
libre; a cansar la carne con paseos interminables; y un poco también a
olfatear el vicio, el crimen pensaba él, crimen en que tenía seguridad
de no caer, no tanto por esfuerzos de la virtud como por invencible
pujanza del miedo que no le dejaba nunca dar el último y decisivo paso
en la carrera del abismo. Al borde llegaba todas las noches, y solía ser
una puerta desvencijada, sucia y negra en las sombras de algún callejón
inmundo. Alguna vez desde el fondo del susodicho abismo le llamaba la
tentación; entonces retrocedía el sabio más pronto, ganaba el terreno
perdido, volvía a las calles anchas y respiraba con delicia el aire
puro; puro como su cuerpo; y para llegar antes a las regiones del ideal
que eran su propio ambiente, cantaba la _Casta diva_ o _el Spirto
gentil_ o _el Santo Fuerte_, y pensaba en sus amores de niño o en alguna
heroína de sus novelas.

¡Ah, cuánta felicidad había en estas victorias de la virtud! ¡Qué clara
y evidente se le presentaba entonces la idea de una Providencia! ¡Algo
así debía de ser el éxtasis de los místicos! Y don Saturno apretando el
paso volvía a su casa ebrio de idealismo, mojando los embozos de la capa
con las lágrimas que le hacía llorar aquel baño de idealidad, como él
decía para sus adentros. Su enternecimiento era eminentemente piadoso,
sobre todo en las noches de luna.

Encerrado en su casa, en su despacho, después de cenar, o bien escribía
versos a la luz del petróleo o manejaba sus librotes; y por fin se
acostaba, satisfecho de sí mismo, contento con la vida, feliz en este
mundo calumniado donde, dígase lo que se quiera, aún hay hombres buenos,
ánimos fuertes. Esta voluptuosidad ideal del bien obrar, mezclándose a
la sensación agradable del calorcillo del suave y blando lecho,
convertía poco a poco a don Saturno en otro hombre; y entonces era el
imaginar aventuras románticas, de amores en París, que era el país de
sus ensueños, en cuanto hombre de mundo. Solía volver a sus novelas de
la hora de dormirse la imagen de la Regenta, y entablaba con ella, o
con otras damas no menos guapas, diálogos muy sabrosos en que ponía el
ingenio femenil en lucha con el serio y varonil ingenio suyo; y entre
estos dimes y diretes en que todo era espiritualismo y, a lo sumo, vagas
promesas de futuros favores, le iba entrando el sueño al arqueólogo, y
la lógica se hacía disparatada, y hasta el sentido moral se pervertía y
se desplomaba la fortaleza de aquel miedo que poco antes salvara al
doctor en teología.

A la mañana siguiente don Saturno despertaba malhumorado, con dolor de
estómago, llena el alma de pesimismo desesperado y de flato el
cuerpo.--¡Memento homo!--decía el infeliz, y se arrojaba del lecho con
tedio, procurando una reacción en el espíritu mediante agudos y
terribles remordimientos y propósitos de buen obrar, que facilitaba con
chorros de agua en la nuca y lavándose con grandes esponjas. Tal vez era
la limpieza, esa gran virtud que tanto recomienda Mahoma, la única que
positivamente tenía el ilustre autor de _Vetusta Transformada_. Después
de bien lavado iba a misa sin falta, a buscar el hombre nuevo que pide
el Evangelio. Poco a poco el hombre nuevo venía; y por vanidad o por fe
creía en su regeneración todas las mañanas aquel devoto del Corazón de
Jesús. Por eso el espíritu no envejecía: era el estómago, el pícaro
estómago el que no hacía caso de la fervorosa contrición del pobre
hombre. ¡Y que le dijeran a don Saturno que la materia no es vil y
grosera!

Aquel día había recibido antes de comer un billete perfumado de su
amiguita Obdulia Fandiño, viuda de Pomares. ¡Qué emoción! No quiso abrir
el misterioso pliego hasta después de tomar la sopa. ¿Por qué no soñar?

¿Qué era aquello? O. F. decían dos letras enroscadas como culebras en el
lema del sobre.--De parte de doña Obdulia, había dicho el criado.
Aquella señora, todo Vetusta lo sabía, era una mujer despreocupada, tal
vez demasiado; era una original.... Entonces... acaso... ¿por qué no?...
una cita.... Ellos, al fin, se entendían algo, no tanto como algunos
maliciaban, pero se entendían.... Ella le miraba en la iglesia y
suspiraba. Le había dicho una vez que sabía más que el Tostado, elogio
que él supo apreciar en todo lo que valía, por haber leído al ilustre
hijo de Ávila. En cierta ocasión ella había dejado caer el pañuelo, un
pañuelo que olía como aquella carta, y él lo había recogido y al
entregárselo se habían tocado los dedos y ella había dicho:--«Gracias,
Saturno». Saturno, sin don.

Una noche en la tertulia de Visitación Olías de Cuervo, Obdulia le había
tocado con una rodilla en una pierna. Él no había retirado la pierna ni
ella la rodilla; él había tocado con el suyo el pie de la hermosa y ella
no lo había retirado.... Una cucharada de sopa se le atragantó. Bebió
vino y abrió la carta.

Decía así: «Saturnillo: usted que es tan bueno ¿querrá hacerme el
obsequio de venir a esta su casa a las tres de la tarde? Le espero
con...». Hubo que dar vuelta a la hoja.

--Impaciencia--pensó el sabio. Pero decía: «...Le espero con unos amigos
de Palomares que quieren visitar la catedral acompañados de una persona
inteligente... etc., etc.». Don Saturno se puso colorado como si
estuviera en ridículo delante de una asamblea.

--No importa--se dijo--esta visita a la catedral es un pretexto.

Y añadió:--¡Bien sabe Dios que siento la profanación a que se me
invita!

Se vistió lo más correctamente que supo, y después de verse en el espejo
como un Lovelace que estudia arqueología en sus ratos de ocio, se fue a
casa de doña Obdulia.

Tal era el personaje que explicaba a dos señoras y a un caballero el
mérito de un cuadro todo negro, en medio del cual se veía apenas una
calavera de color de aceituna y el talón de un pie descarnado.
Representaba la pintura a San Pablo primer ermitaño; el pintor era un
vetustense del siglo diez y siete, sólo conocido de los especialistas en
antigüedades de Vetusta y su provincia. Por eso el cuadro y el pintor
eran tan notables para Bermúdez.

El señor de Palomares vestía un gabán de verano muy largo, de color de
pasa, y llevaba en la mano derecha un jipijapa impropio de la estación,
pero de cuatro o cinco onzas--su precio en la Habana--y por esto pensaba
que podía usarlo todo el otoño. Se creía el señor Infanzón en el caso de
comprender el entusiasmo artístico del sabio mejor que las señoras,
quien por su natural ignorancia tenían alguna disculpa si no se pasmaban
ante un cuadro que no se veía. Buscó alguna frase oportuna y por de
pronto halló esto:

--¡Oh! ¡mucho! ¡evidentemente! ¡conforme!

Después inclinó la cabeza hacia el pecho, como para meditar, pero en
realidad de verdad--estilo de Bermúdez--para descansar, con una reacción
proporcionada, de la postura incómoda en que el sabio le había tenido un
cuarto de hora. Por fin el del jipijapa exclamó:

--Me parece, señor Bermúdez, que ese famosísimo cuadro del ilustre....

--Cenceño.--Pues; del ilustrísimo Cenceño; luciría más si....

--Si se pudiera ver--interrumpió la esposa del señor Infanzón.

Este fulminó terrible mirada de reprensión conyugal y rectificó
diciendo:

--Luciría más... si no estuviera un poquito ahumado.... Tal vez la
cera... el incienso....

--No señor; ¡qué ahumado!--respondió el sabio, sonriendo de oreja a
oreja--. Eso que usted cree obra del humo es la pátina; precisamente el
encanto de los cuadros antiguos.

--¡La pátina!--exclamó el del pueblo convencido--. Sí, es lo más
probable. Y se juró, en llegando a Palomares, mirar el diccionario para
saber qué era pátina.

En aquel momento el Magistral se acercaba a saludar a don Saturno;
reconoció a Obdulia y se inclinó sonriente; pero menos sonriente que al
saludar a Bermúdez. Después dobló la cabeza y parte del cuerpo ante los
de Palomares que le fueron presentados por el sabio.

--El señor don Fermín de Pas, Magistral y provisor de la diócesis....

--¡Oh! ¡oh! ¡ya! ¡ya!--exclamó Infanzón que hacía mucho admiraba de
lejos al señor Magistral. La señora del lugareño manifestó deseos de
besar la mano del Provisor, pero la mirada del marido la contuvo otra
vez, y no hizo más que doblar las rodillas como si fuera a caerse. El
Magistral hablaba en voz alta de modo que sus palabras resonaban en las
bóvedas y los demás con el ejemplo se arrimaron también a gritar. Pronto
las carcajadas de Obdulia Fandiño, frescas, perladas, como las llamaba
don Saturno, llenaron el ambiente, profanado ya con el olor mundano de
que había infestado la sacristía desde el momento de entrar. Era el olor
del billete, el olor del pañuelo, el olor de Obdulia con que el sabio
soñaba algunas veces. Mezclado al de la cera y del incienso le sabía a
gloria al anticuario, cuyo ideal era juntar así los olores místicos y
los eróticos, mediante una armonía o componenda, que creía él debía de
ser en otro mundo mejor la recompensa de los que en la tierra habían
sabido resistir toda clase de tentaciones.

Obdulia, que disimulaba mal su aburrimiento mientras se hablaba de
cuadros, ojivas, arcos peraltados, dovelas y otras tonterías que no
había entendido nunca, se animó con la presencia del Magistral de quien
era hija de confesión, por más que él había procurado varias veces
entregarla a don Custodio, hambriento de esta clase de presas. Aquella
mujer le crispaba los nervios a don Fermín; era un escándalo andando. No
había más que notar cómo iba vestida a la catedral. «Estas señoras
desacreditan la religión». Obdulia ostentaba una capota de terciopelo
carmesí, debajo de la cual salían abundantes, como cascada de oro, rizos
y más rizos de un rubio sucio, metálico, artificial. ¡Ocho días antes el
Magistral había visto aquella cabeza a través de las celosías del
confesonario completamente negra! La falda del vestido no tenía nada de
particular mientras la dama no se movía; era negra, de raso. Pero lo
peor de todo era una coraza de seda escarlata que ponía el grito en el
cielo. Aquella coraza estaba apretada contra algún armazón (no podía ser
menos) que figuraba formas de una mujer exageradamente dotada por la
naturaleza de los atributos de su sexo. ¡Qué brazos! ¡qué pecho! ¡y todo
parecía que iba a estallar! Todo esto encantaba a don Saturno mientras
irritaba al Magistral, que no quería aquellos escándalos en la iglesia.
Aquella señora entendía la devoción de un modo que podría pasar en otras
partes, en un gran centro, en Madrid, en París, en Roma; pero en Vetusta
no. Confesaba atrocidades en tono confidencial, como podía referírselas
en su tocador a alguna amiga de su estofa. Citaba mucho a su amigo el
Patriarca y al campechano obispo de Nauplia; proponía rifas católicas,
_organizaba_ bailes de caridad, novenas y jubileos a puerta cerrada,
para las personas decentes... ¡mil absurdos! El Magistral le iba a la
mano siempre que podía, pero no podía siempre. Su autoridad, que era
absoluta casi, no conseguía sujetar aquel azogue que se le marchaba por
las junturas de los dedos. La doña Obdulita le fatigaba, le mareaba. ¡Y
ella que quería seducirle, hacerle suyo como al obispo de Nauplia, aquel
prelado tan fino que no se separaba de ella cuando vivieron en el hotel
de la Paix, en Madrid, tabique en medio! Las miradas más ardientes, más
negras de aquellos ojos negros, grandes y abrasadores eran para De Pas;
los adoradores de la viuda lo sabían y le envidiaban. Pero él maldecía
de aquel bloqueo.

--«Necia, ¿si creerá que a mí se me conquista como a don Saturno?».

A pesar de esta cordial antipatía, siempre estaba afable y cortés con la
viuda, porque en este punto no distinguía entre amigos y enemigos. Era
menester que una persona estuviese debajo de sus pies, aplastada, para
que don Fermín no usase con ella de formas irreprochables. La urbanidad
era un dogma para el Magistral lo mismo que para Bermúdez, pero sacaban
de ella muy diferente partido.

Mientras se hablaba de lo mucho bueno que había en la catedral y el
lugareño se pasmaba y su señora repetía aquellas admiraciones, Obdulia
se miraba como podía, en las altas cornucopias.

El Magistral se despidió. No podía acompañar a aquellas señoras, lo
sentía mucho... pero le esperaba la obligación... el coro. Todos se
inclinaron.

--Lo primero es lo primero--dijo el de Palomares, aludiendo a la
Divinidad y haciendo una genuflexión (no se sabe si ante la Divinidad o
ante el Provisor.)

Afortunadamente, según don Fermín, nada les serviría su inutilidad,
mientras que Bermúdez era una crónica viva de las antigüedades
vetustenses.

Don Saturno estiró las cejas y dio señales de querer besar el suelo;
después miró a Obdulia con mirada seria, penetrante, como con una sonda,
como diciéndole:

--Ya lo oyes; soy yo, el primer anticuario de Vetusta, según la opinión
del mejor teólogo, quien se declara esclavo tuyo. Todo esto quiso decir
con los ojos; pero ella no debió de entenderlo, porque se despidió del
Magistral dejándole el alma, por conducto de las pupilas, entre los
pliegues amplios y rítmicos del manteo. De este se despojó don Fermín,
después de acercarse a un armario y muy gravemente vistió el ajustado
roquete, la señoril muceta y la capa de coro.

--¡Qué guapo está!--dijo desde lejos Obdulia, mientras los lugareños
admiraban con la fe del carbonero otro cuadro que alababa don Saturnino.

Dieron vuelta a toda la sacristía. Cerca de la puerta había algunos
cuadros nuevos que eran copias no mal entendidas de pintores célebres. A
la Infanzón debieron de agradarle más que las maravillas de Cenceño, sin
duda porque se veían mejor. Pero su prudente esposo, considerando que
Bermúdez pasaba con afectado desdén delante de aquellos vivos y
flamantes colores, dio un codazo a su mujer para que entendiera que por
allí se pasaba sin hacer aspavientos. Entre aquellos cuadros había una
copia bastante fiel y muy discretamente comprendida del célebre cuadro
de Murillo _San Juan de Dios_, del Hospital de incurables de Sevilla. A
la señora de pueblo le llamó la atención la cabeza del santo, que desde
que se ve una vez no se olvida.

--¡Oh, qué hermoso!--exclamó sin poder contenerse.

Miró don Saturno con sonrisa de lástima y dijo:

--Sí, es bonito; pero muy conocido.

Y volvió la espalda a San Juan, que llevaba sobre sus hombros al
pordiosero enfermo, entre las tinieblas.

El señor Infanzón dio un pellizco a su mujer; se puso muy colorado y en
voz baja la reprendió de esta suerte:

--Siempre has de avergonzarme. ¿No ves que eso no tiene... pátina?

Salieron de la sacristía.--Por aquí--dijo Bermúdez señalando a la
derecha; y atravesaron el crucero no sin escándalo de algunas beatas que
interrumpieron sus oraciones para descoser y recortar la coraza de fuego
de Obdulia. La falda de raso, que no tenía nada de particular mientras
no la movían, era lo más subversivo del traje en cuanto la viuda echaba
a andar. Ajustábase de tal modo al cuerpo, que lo que era falda parecía
apretado calzón ciñendo esculturales formas, que así mostradas, no
convenían a la santidad del lugar.

--Señores, vamos a ver el Panteón de los Reyes--murmuró muy quedo el
arqueólogo, que iba ya preparando sendos trocitos de su _Vetusta Goda_ y
de su _Vetusta Cristiana_. Y en honor de la verdad se ha de decir que un
rey se le iba y otro se le venía; esto es, que los mezclaba y confundía,
siendo la falda de Obdulia la causa de tales confusiones, porque el
sabio no podía menos de admirar aquella atrevidísima invención, nueva en
Vetusta, mediante la que aparecían ante sus ojos graciosas y
significativas curvas que él nunca viera más que en sueños. Con gran
pesadumbre comprendía el devoto anticuario que el contraste del lugar
sagrado con las insinuaciones talares de la Fandiño, en vez de apagar
sus fuegos interiores, era alimento de la combustión que deploraba, como
si a una hoguera la echasen petróleo....

Entraron en la capilla del Panteón. Era ancha, obscura, fría, de tosca
fábrica, pero de majestuosa e imponente sencillez. El taconeo
irrespetuoso de las botas imperiales, color bronce, que enseñaba Obdulia
debajo de la falda corta y ajustada; el estrépito de la seda frotando
las enaguas; el crujir del almidón de aquellos bajos de nieve y espuma
que tal se le antojaban a don Saturno, quien los había visto otras
veces; hubieran sido parte a despertar de su sueño de siglos a los reyes
allí sepultados, a ser cierto lo que el arqueólogo dijo respecto del
descanso eterno de tan respetables señores:

--Aquí descansan desde la octava centuria los señores reyes don..., y
pronunció los nombres de seis o siete soberanos con variantes en las
vocales, en sentir del lugareño, que siguiendo corrupciones vulgares,
decía _ue_ en vez de _oi_ y otros adefesios.

Estaba el del pueblo profundamente maravillado de la sabiduría y
elocuencia de don Saturnino.

Dentro de una cripta cavada en uno de los muros, había un sepulcro de
piedra de gran tamaño cubierto de relieves e inscripciones ilegibles.
Entre el sepulcro y el muro había estrecho pasadizo, de un pie de ancho
y del otro lado, a la misma distancia, una verja de hierro. En la parte
interior la obscuridad era absoluta. Del lado de la verja quedaron los
lugareños. Bermúdez, y en pos de él Obdulia, se perdieron de vista en el
pasadizo sumido en tinieblas. Después de la enumeración de don Saturno,
hubo un silencio solemne. El sabio había tosido, iba a hablar.

--Encienda usted un fósforo, señor Infanzón--dijo Obdulia.

--No tengo... aquí. Pero se puede pedir una vela.

--No señor, no hace falta. Yo sé las inscripciones de memoria... y
además, no se pueden leer.

--¿Están en latín?--se atrevió a decir la Infanzón.

--No señora, están borradas.

No se hizo la luz. El arqueólogo habló cerca de un cuarto de hora.
Recitó, fingiendo el pícaro que improvisaba, los capítulos 1.º, 2.º, 3.º
y 4.º de una de sus _Vetustas_ y ya iba a terminar con el epílogo que
copiaremos a la letra, cuando Obdulia le interrumpió diciendo:

--¡Dios mío! ¿Habrá aquí ratones? Yo creo sentir....

Y dio un chillido y se agarró a don Saturno que, patrocinado por las
tinieblas, se atrevió a coger con sus manos la que le oprimía el hombro;
y después de tranquilizar a Obdulia con un apretón enérgico, concluyó de
esta suerte:

--Tales fueron los preclaros varones que galardonaron con el alboroque
de ricas preseas, envidiables privilegios y pías fundaciones a esta
Santa Iglesia de Vetusta, que les otorgó perenne mansión ultratelúrica
para los mortales despojos; con la majestad de cuyo depósito creció
tanto su fama, que presto se vio siendo emporio, y gozó hegemonía,
digámoslo así, sobre las no menos santas iglesias de Tuy, Dumio, Braga,
Iria, Coimbra, Viseo, Lamego, Celeres, Aguas Cálidas _et sic de
coeteris_.

--¡Amén!--exclamó la lugareña sin poder contenerse; mientras Obdulia
felicitaba a Bermúdez con un apretón de manos, en la sombra.




--II--


El coro había terminado: los venerables canónigos dejaban cumplido por
aquel día su deber de alabar al Señor entre bostezo y bostezo. Uno tras
otro iban entrando en la sacristía con el aire aburrido de todo
funcionario que desempeña cargos oficiales mecánicamente, siempre del
mismo modo, sin creer en la utilidad del esfuerzo con que gana el pan de
cada día. El ánimo de aquellos honrados sacerdotes estaba gastado por el
roce continuo de los cánticos canónicos, como la mayor parte de los
roquetes, mucetas y capas de que se despojaban para recobrar el manteo.
Se notaba en el cabildo de Vetusta lo que es ordinario en muchas
corporaciones: algunos señores prebendados no se hablaban; otros no se
saludaban siquiera. Pero a un extraño no le era fácil conocer esta falta
de armonía: la prudencia disimulaba tales asperezas, y en conjunto
reinaba la mayor y más jovial concordia. Había apretones de mano,
golpecitos en el hombro, bromitas sempiternas, chistes, risas, secretos
al oído. Algunos, taciturnos, se despedían pronto y abandonaban el
templo; no faltaba quien saliera sin despedirse.

Cuando entraba el Magistral, el ilustrísimo señor don Cayetano
Ripamilán, aragonés, de Calatayud, apoyaba una mano en el mármol de la
mesa, porque los codos no llegaban a tamaña altura, y exclamaba después
de haber olfateado varias veces, como perro que sigue un rastro:

--Hame dado en la nariz olor de...

La presencia del Provisor contuvo al señor Arcipreste, que, cortando la
cita, añadió:

--¿Parece que hemos tenido faldas por aquí, señor De Pas?

Y sin esperar respuesta hizo picarescas alusiones corteses, pero un poco
verdes, a la hermosura esplendorosa de la viudita.

Era don Cayetano un viejecillo de setenta y seis años, vivaracho,
alegre, flaco, seco, de color de cuero viejo, arrugado como un pergamino
al fuego, y el conjunto de su personilla recordaba, sin que se supiera a
punto fijo por qué, la silueta de un buitre de tamaño natural; aunque,
según otros, más se parecía a una urraca, o a un tordo encogido y
despeluznado. Tenía sin duda mucho de pájaro en figura y gestos, y más,
visto en su sombra. Era anguloso y puntiagudo, usaba sombrero de teja de
los antiguos, largo y estrecho, de alas muy recogidas, a lo don Basilio,
y como lo echaba hacia el cogote, parecía que llevaba en la cabeza un
telescopio; era miope y corregía el defecto con gafas de oro montadas en
nariz larga y corva. Detrás de los cristales brillaban unos ojuelos
inquietos, muy negros y muy redondos. Terciaba el manteo a lo
estudiante, solía poner los brazos en jarras, y si la conversación era
de asunto teológico o canónico, extendía la mano derecha y formaba un
anteojo con el dedo pulgar y el índice. Como el interlocutor solía ser
más alto, para verle la cara Ripamilán torcía la cabeza y miraba con un
ojo solo, como también hacen las aves de corral con frecuencia. Aunque
era don Cayetano canónigo y tenía nada menos que la dignidad de
arcipreste, que le valía el honor de sentarse en el coro a la derecha
del Obispo, considerábase él digno de respeto y aun de admiración no por
estos vulgares títulos, ni por la cruz que le hacía ilustrísimo, sino
por el don inapreciable de poeta bucólico y epigramático. Sus dioses
eran Garcilaso y Marcial, su ilustre paisano. También estimaba mucho a
Meléndez Valdés y no poco a Inarco Celenio. Había venido a Vetusta de
beneficiado a los cuarenta años; treinta y seis había asistido al coro
de aquella iglesia y podía tenerse por tan vetustense como el primero.
Muchos no sabían que era de otra provincia. Además de la poesía tenía
dos pasiones mundanas: la mujer y la escopeta. A la última había
renunciado; no a la primera, que seguía adorando con el mismo pudibundo
y candoroso culto de los treinta años. Ni un solo vetustense, aun
contando a los librepensadores que en cierto restaurant comían de carne
el Viernes Santo, ni uno solo se hubiera atrevido a dudar de la castidad
casi secular de don Cayetano. No era eso. Su culto a la dama no tenía
que ver nada con las exigencias del sexo. La mujer era el sujeto
poético, como él decía, pues se preciaba de hablar como los poetas de
mejores siglos y al asunto solía llamarlo sujeto. Sentía desde su
juventud, imperiosa necesidad de ser galante con las damas, frecuentar
su trato y hacerlas objeto de madrigales tan inocentes en la intención,
cuanto llenos de picardía y pimienta en el concepto. Hubo en el Cabildo
épocas de negra intransigencia en que se persiguió la manía de Ripamilán
como si fuera un crimen, y se habló de escándalo, y de quemar un libro
de versos que publicó el Arcipreste a costa del marqués de Corujedo,
gran protector de las letras. Por este tiempo fue cuando se quiso
excomulgar a don Pompeyo Guimarán, personaje que se encontrará más
adelante.

Pasó aquella galerna de fanatismo, y el Arcipreste, que no lo era
entonces, sobrenadó con su cargamento de bucólicas inocentadas,
bienquisto de todos, menos de conejos y perdices en los montes. Pero
¡cuán lejanos estaban aquellos tiempos! ¿Quién se acordaba ya de
Meléndez Valdés, ni de las _Églogas y Canciones por un Pastor de
Bílbilis_, o sea don Cayetano Ripamilán? El romanticismo y el
liberalismo habían hecho estragos. Y había pasado el romanticismo, pero
el género pastoril no había vuelto, ni los epigramas causaban efecto por
maliciosos que fueran. No era don Cayetano uno de tantos canónigos
_laudatores temporis acti_, como decía él; no alababa el tiempo pasado
por sistema, pero en punto a poesía era preciso confesar que la
revolución no había traído nada bueno.

--Vivimos en una sociedad hipócrita, triste y mal educada--solía él
decir a los jóvenes de Vetusta, que le querían mucho--. Ustedes, por
ejemplo, no saben bailar. Díganme, si no, ¿de dónde se sacan que puede
ser buena crianza el coger a una señorita por la cintura y apretarla
contra el pecho?

Creía que se bailaba en los salones la polka íntima que él, años atrás,
había visto bailar en Madrid, con ocasión de cierto viaje curioso.

--En mi tiempo bailábamos de otra manera.

El Arcipreste olvidaba de buena fe que él nunca había bailado más que
con alguna silla. Eso sí; allá, cuando seminarista, había sido gran
tañedor de flauta y bailarín sin pareja. De todas maneras, figurándose
con la abundante y poética fantasía que Dios le había dado, los
rigodones en que había lucido garbo y talle, solía, en _petit
comité_--según decía--terciar el manteo, colocar la teja debajo del
brazo, levantar un poco la sotana y bailar unos solos muy pespunteados y
conceptuosos, llenos de piruetas, genuflexiones y hasta trenzados.

Reíanse de todo corazón los muchachos y el buen Arcipreste quedaba en
sus glorias, logrando con los pies triunfos que ya su pluma no alcanzaba
en los tiempos de prosa a que habíamos llegado.

Esto de los bailes solía acontecer en las tertulias a donde el setentón
acudía sin falta, porque desde que los médicos le habían prohibido
escribir y hasta leer de noche, no podía pasar sin la sociedad más
animada y galante. El tresillo le aburría y los conciliábulos de
canónigos y obispos de levita, como él decía siempre, le ponían triste.
«No era liberal ni carlista. Era un sacerdote». La juventud le atraía y
prefería su trato al de los más sesudos vetustenses. Los poetillas y
gacetilleros de la _localidad_ tenían en él un censor socarrón y
malicioso, aunque siempre cortés y afable. Encontrábase en la calle, por
ejemplo, con Trifón Cármenes, el poeta de más alientos de Vetusta, el
eterno vencedor en las justas incruentas, de la gaya ciencia; le llamaba
con un dedo, acercaba su corva nariz a la ancha oreja del vate y
decíale:

--He visto aquello.... No está mal; pero no hay que olvidar lo de
_versate manu_. ¡Los clásicos, Trifoncillo, los clásicos sobre todo!
¿Dónde hay sencillez como aquella:

Yo he visto un pajarillo
posarse en un tomillo?

Y recitaba la tierna poesía de Villegas hasta el último verso, con
lágrimas en los ojos y agua en los labios. La mayoría del cabildo
absolvía de esa falta de formalidad al Arcipreste a condición de que se
le tuviera por chocho.

--Y aun así y todo--decía un canónigo muy buen mozo, nuevo en Vetusta y
en el oficio, pariente del ministro de Gracia y Justicia--aun así y todo
no se puede llevar en calma la imprudencia con que habla de todo; suelta
la sin hueso y juzga precipitadamente, y emplea vocablos y alusiones
impropias de una dignidad.

A este mismo señor canónigo que embozadamente le había reprendido
algunas veces por la pimienta de sus epigramas, solía taparle la boca el
Arcipreste diciendo:

--Nada, nada, repito lo que mi paisano y queridísimo poeta Marcial dejó
escrito para casos tales, es a saber:

_Lasciva est nobis pagina, vita proba est._

Con lo cual daba a entender, y era verdad, que él tenía los verdores en
la lengua, y otros, no menos canónigos que él, en otra parte. Y no era
de estos días el ser don Cayetano muy honesto en el orden aludido, sino
que toda la vida había sido un boquirroto en tal materia, pero nada más
que un boquirroto. Y esta era la traducción libre del verso de Marcial.

El Arcipreste estaba muy locuaz aquella tarde. La visita de Obdulia a la
catedral había despertado sus instintos anafrodíticos, su pasión
desinteresada por la mujer, diríase mejor, por la señora. Aquel olor a
Obdulia, que ya nadie notaba, sentíalo aún don Cayetano.

El Magistral contestaba con sonrisas insignificantes. Pero no se
marchaba. Algo tenía que decir al Arcipreste. No era De Pas de los que
solían quedarse al tertulín, como llamaban a la sabrosa plática de la
sacristía después del coro. Si hacía bueno, los del tertulín
acostumbraban salir juntos a paseo por una carretera o ir al Espolón. Si
llovía o amenazaba, prolongaban el palique hasta que el _Palomo_ hacía
un discreto ruido con las llaves de la catedral y cada canónigo se iba a
su casa. No se crea por esto que eran íntimos amigos los aficionados a
platicar después del coro. Acontecía allí lo que es ley general de los
corrillos. Entre todos murmuraban de los ausentes, como si ellos no
tuvieran defectos, estuvieran en el justo medio de todo y en la vida
hubieran de separarse. Pero marchaba uno, y los demás le guardaban
cierto respeto por algunos minutos. Cuando ya debía de estar en su casa
el temerario, alguno de los que quedaban, decía de repente:

--Como ese otro.... Y todos sabían que aquel gesto de señalar a la puerta
y tales palabras significaban:

--¡Fuego graneado! Y no le quedaba hueso sano a _ese otro_.

El Arcipreste no era de los que menos murmuraban.

Él le había puesto el apodo que llevaba sin saberlo, como una maza, al
señor Arcediano don Restituto Mourelo. En el cabildo nadie le llamaba
Mourelo, ni Arcediano, sino Glocester. Era un poco torcido del hombro
derecho don Restituto--por lo demás buen mozo, casi tan alto como el
pariente del ministro--, y como este defecto incurable era un obstáculo
a las pretensiones de gallardía que siempre había alimentado, discurrió
hacer de tripas corazón, como se dice, o sea sacar partido, en calidad
de gracia, de aquella tacha con que estaba señalado. En vez de
disimularlo subrayaba el vicio corporal torciéndose más y más hacia la
derecha, inclinándose como un sauce llorón. Resultaba de aquella extraña
postura que parecía Mourelo un hombre en perpetuo acecho, adelantándose
a los rumores, avanzada de sí mismo para saber noticias, cazar
intenciones y hasta escuchar por los agujeros de las cerraduras.
Encontraba el Arcediano, sin haber leído a Darwin, cierta misteriosa y
acaso cabalística relación entre aquella manera de _F_ que figuraba su
cuerpo y la sagacidad, la astucia, el disimulo, la malicia discreta y
hasta el maquiavelismo canónico que era lo que más le importaba. Creía
que su sonrisa, un poco copiada de la que usaba el Magistral, engañaba
al mundo entero. Sí, era cierto que don Restituto disfrutaba de dos
caras: iba con los de la feria y volvía con los del mercado; disimulaba
la envidia con una amabilidad pegajosa y fingía un aturdimiento en que
no incurría nunca.--Pero, decía el Arcipreste, ni su amabilidad engaña a
todos, ni aunque sea un redomado vividor es tan Maquiavelo como él
supone.

Hablaba, siempre que podía, al oído del interlocutor, guiñaba los ojos
alternativamente, gustaba de frases de segunda y hasta tercera
intención, como cubiletes de prestidigitador, y era un hipócrita que
fingía ciertos descuidos en las formas del culto externo, para que su
piedad pareciese espontánea y sencilla. Todo se volvía secretos. Decía
él que abría el corazón por única vez al primero que quería oírle.

--Por la boca muere el pez, ya lo sé. No soy yo de los que olvidan que
en boca cerrada no entran moscas; pero con usted no tengo inconveniente
en ser explícito y franco, acaso por la primera vez en mi vida. Pues
bien, oiga usted el secreto.

Y lo decía. Hablaba en voz baja, con misterio. Entraba en la sacristía
muchas veces diciendo de modo que apenas se le oía:

--¡Buen tiempo tenemos, señores! ¡Mucho dure!

Ripamilán, que años atrás iba de tapadillo al teatro alguna rara vez,
escondiéndose en las sombras de una platea de proscenio o sea _bolsa_,
vio una noche el drama titulado: _Los hijos de Eduardo_, arreglado por
Bretón de los Herreros, y en cuanto salió a escena Glocester, el Regente
jorobado y torcido y lleno de malicias, exclamó:

--¡Ahí está el Arcediano!

La frase hizo fortuna y Glocester fue en adelante don Restituto Mourelo
para toda Vetusta ilustrada. Allí estaba, oyendo con fingida
complacencia los chistes picarescos del Arcipreste, cuya lengua temía,
presente y ausente. Cuando don Cayetano volvía la espalda, pues hablaba
girando con frecuencia sobre los talones, Glocester guiñaba un ojo al
Deán y barrenaba con un dedo la frente. Quería aludir a la locura del
poeta bucólico. El cual continuaba diciendo:

--No señores, no hablo a humo de pajas; yo sé la vida que llevaba esta
señora viuda en la corte, porque era muy amiga del célebre obispo de
Nauplia, a quien yo traté allí con gran intimidad. En una fonda de la
calle del Arenal tuve ocasión de conocer bien a esa Obdulia, a quien
antes apenas saludaba aquí, a pesar de que éramos contertulios en casa
del Marqués de Vegallana. Ahora somos grandes amigos. Es epicurista. No
cree en el sexto.

Hubo una carcajada general. Sólo el Provisor se contentó con sonreír,
inclinarse y poner cara de santo que sufre por amor de Dios el escándalo
de los oídos. El Arcediano rio sin ganas.

La historia de Obdulia Fandiño profanó el recinto de la sacristía, como
poco antes lo profanaran su risa, su traje y sus perfumes.

El Arcipreste narraba las aventuras de la dama como lo hubiera hecho
Marcial, salvo el latín.

--Señores, a mí me ha dicho Joaquinito Orgaz que los vestidos que luce
en el Espolón esa señora....

--Son bien escandalosos...--dijo el Deán.

--Pero muy ricos--observó el pariente del ministro.

--Y muchos; nunca lleva el mismo; cada día un perifollo nuevo--añadió el
Arcediano--; yo no sé de dónde los saca, porque ella no es rica; a pesar
de sus pretensiones de noble, ni lo es ni tiene más que una renta
miserable y una viudedad irrisoria....

--Pues a eso voy--interrumpió triunfante don Cayetano--. Me ha dicho el
chico de Orgaz, que acabó la carrera de médico en San Carlos, que estos
últimos años Obdulita servía en Madrid a su prima Tarsila Fandiño, la
célebre querida del célebre....

--Sí ¿qué?--Que le servía de trotaconventos, digámoslo así. Es decir,
no tanto: pero vamos, que la acompañaba y... claro, la otra,
agradecida... le manda ahora los vestidos que deja, y como los deja
nuevos y tiene tantos y tan ricos....

El cabildo, que fingía oír por educación, nada más, al Arcipreste, se
interesaba de veras con la crónica. Ripamilán saboreaba la plática
lasciva sólo por lo que tenía de gracejo. Los demás empezaron a
estorbarse oyendo juntos aquellas murmuraciones. El Arcipreste clavaba
los ojuelos negros y punzantes en el Magistral, confesor de Obdulia;
parecía buscar su testimonio.

El Provisor no estaba allí más que para hablar a solas con don Cayetano.
Sufría sus impertinencias con calma. Le estimaba. Le perdonaba aquellos
inocentes alardes de erotismo retórico porque conocía sus costumbres
intachables y su corazón de oro. Eran muy buenos amigos, y Ripamilán el
más decidido y entusiástico partidario de don Fermín en las luchas del
cabildo. Otros le seguían por interés, muchos por miedo; don Cayetano,
incapaz de temer a nadie, le servía y le amaba porque, según él, era el
único hombre superior de la catedral. El Obispo era un bendito,
Glocester un taimado con más malicia que talento; el Magistral un sabio,
un literato, un orador, un hombre de gobierno, y lo que valía más que
todo, en su concepto, un hombre de mundo. Cuando se le hablaba de los
supuestos cohechos del Provisor, de su tiranía, de su comercio sórdido,
se indignaba el anciano y negaba en redondo hasta los casos de simonía
más probables. Si le traían a cuento el capítulo de las aventuras
amorosas, que no pasaban de ser rumores anónimos, sin fundamento que
hiciera prueba, el Arcipreste sonreía al negar, dando a entender que
aquello era posible, pero importaba menos.

--La verdad es que don Fermín es muy buen mozo, y, si las beatas se
enamoran de él viéndole gallardo, pulcro, elegante y hablando como un
Crisóstomo en el púlpito, él no tiene la culpa ni la cosa es contraria a
las sabias leyes naturales.

El Magistral sabía todo lo que Ripamilán pensaba de él y le consideraba
el más fiel de sus parciales. Por eso le esperaba. Tenía que hacerle
ciertas preguntas que, no tratándose del Arcipreste, podrían ser
peligrosas. Glocester había olido algo.

--«¿Cómo no se marchaba el Magistral? ¿Cómo sufría aquella jaqueca? No,
pues él tampoco dejaba el puesto». Era el de Mourelo el más cordial
enemigo que tenía el Provisor. Precisamente el trabajo de maquiavelismo
más refinado del Arcediano consistía en mantener en la apariencia buenas
relaciones con «el déspota», pasar como partidario suyo y minarle el
terreno, prepararle una caída que ni la de don Rodrigo Calderón.
Vastísimos eran los planes de Glocester, llenos de vueltas y revueltas,
emboscadas y laberintos, trampas y petardos y hasta máquinas infernales.
Don Custodio el beneficiado era su lugarteniente. Este le había dado
aquella tarde la noticia de que la Regenta estaba en la capilla del
Magistral esperándole para confesar. Novedad estupenda. La Regenta, muy
principal señora, era esposa de don Víctor Quintanar, Regente en varias
Audiencias, últimamente en la de Vetusta, donde se jubiló con el
pretexto de evitar murmuraciones acerca de ciertas dudosas
incompatibilidades; pero en realidad porque estaba cansado y podía vivir
holgadamente saliendo del servicio activo. A su mujer se la siguió
llamando la Regenta. El sucesor de Quintanar era soltero y no hubo
conflicto; pasó un año, vino otro regente con señora y aquí fue ella.
La Regenta en Vetusta era ya para siempre la de Quintanar de la ilustre
familia vetustense de los Ozores. En cuanto a la _advenediza_ tuvo que
perdonar y contentarse con ser: la _otra_ Regenta. Además, el conflicto
duraría poco; ya empezaba a usarse el nombre de «Presidente» y pronto
habría nombre distinto para cada cual. Entretanto la Regenta era la de
Ozores. La cual siempre había sido hija de confesión de don Cayetano,
pero este, que de algunos años a esta parte sólo confesaba a algunas
pocas personas, señoras casi todas, de alta categoría, escogidísimos
amigos y amigas, al cabo se había cansado también de esta leve carga,
pesada para sus años; y resuelto a retirarse por completo del
confesonario, había suplicado a sus hijas de confesión que le librasen
de este trabajo y hasta señalado sucesor en tan grave e interesante
ministerio; sucesor diferente según las personas. Esta especie de
herencia, o mejor, sucesión _inter vivos_, era muy codiciada en el
cabildo y por todos los dependientes del clero catedral. Antes de la
reacción religiosa que en Vetusta, como en toda España, habían producido
los excesos de los libre-pensadores improvisados en tabernas, cafés y
congresos, era el Arcipreste el confesor de la nata de la Encimada,
porque tenía la manga ancha en ciertas materias; pero ya la moda había
cambiado, se hilaba más delgado en asuntos pecaminosos y el Magistral
que se iba con pies de plomo era preferido. Sin embargo, unas por
costumbre, otras por no dar un desaire a don Cayetano, y algunas por
seguir contentas con aquel sistema de la manga ancha, algunas damas
continuaban asistiendo al tribunal del latitudinario, hasta que él mismo
se cansó y con buenos modos empezó a sacudirse las moscas.

Don Custodio, joven ardentísimo en sus deseos, creía demasiado en los
milagros de fortuna que hace la confesión auricular y atribuía a ellos
sin razón los progresos del Magistral; por esto acechaba la sucesión del
Arcipreste con más avaricia que todos, con pasión imprudente. Había
averiguado que doña Olvido, la orgullosa hija única de Páez, uno de los
más ricos americanos de _La Colonia_ había pasado, tiempo atrás, del
confesonario de Ripamilán al de don Fermín. Esto era ya una gollería.
Pero ¡oh escándalo! ahora (don Custodio lo había averiguado escuchando
detrás de una puerta), ahora el chocho del poeta bucólico dejaba al
Magistral la más apetecible de sus joyas penitenciarias, como lo era sin
duda la digna y virtuosa y hermosísima esposa de don Víctor Quintanar.
¡Y don Custodio sentía la alegórica baba de la envidia manar de sus
labios! Después de haber tropezado en el trasaltar con el Provisor, se
había dirigido hacia el trascoro, y dentro de la capilla del _otro_,
había visto, mirando de soslayo, dos señoras; _nuevas_ sin duda, pues no
sabían que aquella tarde no _se sentaba_ don Fermín. Había vuelto a
pasar, había mirado mejor y con disimulo, y pudo conocer, a pesar de las
sombras de la capilla, que una de aquellas damas era la Regenta en
persona.

Entró en el coro, y se lo dijo a Glocester. El Arcediano aspiraba a esta
sucesión particular; creía pertenecerle por razón de su dignidad el
honor de confesar a doña Ana Ozores. «Con el Obispo no había que contar;
el Deán era un viejo que no hacía más que comer y temblar; en una
procesión de desagravios cuatro borrachos le habían dado un susto, del
que sólo se repuso su estómago; digería muy bien, pero no discurría; no
pensaba más que lo suficiente para seguir vegetando y asistiendo al
coro; tampoco había que contar con él. El Arcipreste renunciaba a la
Regenta, ¿pues qué dignidad seguía? la suya; la jerarquía indicaba al
Arcediano. Se trataba, pues, de un atropello, de una injusticia que
clamaba al cielo, y no podía clamar al Obispo, porque este era esclavo
de don Fermín». Esta opinión de Glocester la aprobaba don Custodio; no
tenía el beneficiado la pretensión excesiva de coger para sí tan buen
bocado, pero quería que a lo menos no se lo comiera su enemigo. Adulaba
a Glocester y le animaba a luchar por la justa causa de sus derechos.
Glocester, halagado, y con color de remolacha, dijo al oído del
confidente:

--¿Será libre elección de esa señora?--Y separándose un poco, para ver
el efecto de su malicia, miró al beneficiado con ojos llenos de
picaresca intención, mientras los carrillos cárdenos e hinchados
delataban un buche de risa, próxima a derramarse por las comisuras de
los labios.

--Puede ser--contestó don Custodio, subrayando las palabras, para darse
por enterado de la intención del otro.

Mientras el Arcipreste profanaba los cuatro lados de la cruz latina, que
era sacristía, con el relato mundano de la vida y milagros de Obdulia
Fandiño, Glocester, sonriendo, pensaba en los motivos que podía tener el
Magistral para oír a don Cayetano, en vez de correr al confesonario al
pie del cual le esperaba la más codiciada penitente de Vetusta la noble.

Se juraba a sí mismo el Maquiavelo del cabildo no abandonar el puesto
sin saber a qué atenerse.

El Magistral había resuelto no entrar aquel día en la capilla que
llamaban suya. Confesar aquella tarde hubiera sido una excepción,
motivo para dar que decir. ¿Estarían allí todavía aquellas señoras? Al
bajar de la torre y pasar por el trascoro las había visto, las había
conocido, eran la Regenta y Visitación; estaba seguro. ¿Cómo habían
venido sin avisar? Don Cayetano debía de saberlo. Cuando una señora de
las principales, como era la Regenta, quería hacerse hija de confesión
del Magistral, le avisaba en tiempo oportuno, le pedía hora. Las
personas desconocidas, las mujeres de pueblo no se atrevían a tanto, y
las pocas de esta clase que confesaban con él acudían en montón a la
capilla obscura cuyos secretos envidiaba don Custodio; allí esperaban el
turno de las penitentes anónimas. Estas humildes devotas ya sabían
cuáles eran los días de descanso para el Magistral. Aquel era uno y por
eso la capilla estuvo desierta hasta que llegaron las dos señoras.
Visitación se confesaba cada dos o tres meses, no conocía a punto fijo
los días _fastos_ y _nefastos_, ignoraba cuándo se sentaba el Provisor y
cuándo no. La Regenta venía por primera vez, «¿por qué no le había
avisado? El suceso era bastante solemne y había de sonar lo suficiente
para merecer preliminares más ceremoniosos. ¿Era orgullo? ¿Era que
aquella señora pensaba que él había de beber los vientos para averiguar
cuándo vendría a favorecerle con su visita?... ¿Era humildad? ¿Era que
con una delicadeza y un buen gusto cristiano y no común en las damas de
Vetusta, quería confundirse con la plebe, confesar de incógnito, ser una
de tantas?». Esta hipótesis le halagaba mucho al Magistral. Le parecía
un rasgo poético y sinceramente religioso. «Estaba cansado de Obdulias y
Visitaciones. El poco seso de estas, y otras damas, les hacía ser
irreverentes, groseras, sí, groseras, con el sacramento y en general
con todo el culto. Se tomaban confianzas que eran profanaciones;
adquirían pronto una familiaridad importuna que daba ocasión a las
calumnias de los necios y de los mal intencionados».

«No era él un don Custodio, ignorante de lo que es el mundo, lleno de
ensueños, ambicioso de cierto oropel eclesiástico, que tal vez se gana
en el confesonario, para que le halagasen todavía revelaciones
imprudentes, que sólo servían para inundarle el alma de hastío. Esperaba
algo nuevo, algo más delicado, algo selecto». Sabía, por rumores, que el
Arcipreste había aconsejado a la Regenta que acudiese a la capilla del
Magistral, puesto que él se retiraba del confesonario. Pero don Cayetano
nada le había dicho. Además, como en materia de confesión los buenos
clérigos son muy reservados, Ripamilán, que sabía tratar en serio los
asuntos serios, nunca había hablado al Magistral de lo que podía ser la
Regenta, juzgada desde el tribunal sagrado. Aquella tarde esperaba De
Pas saber algo. Pero Glocester no se marchaba. Ya no se hablaba de
Obdulia, ni de su prima la de Madrid, su modelo; se hablaba del tiempo;
y Glocester no se movía. Se habían ido despidiendo todos los señores
canónigos; quedaban los tres y el _Palomo_, que abría y cerraba cajones
con estrépito y murmuraba; maldiciones sin duda.

Don Cayetano contuvo su verbosidad, comprendió que algo deseaba decirle
el Magistral, que estorbaba Glocester; recordó de repente que él también
quería hablar al Provisor, y como en casos tales no se mordía la lengua,
cortó la conversación diciendo:

--¡Ah! ¡pícara memoria! don Fermín, una palabra, con permiso del señor
Arcediano... es decir, no es una palabra, tenemos que hablar largo...
son intereses espirituales.

Glocester se mordió los labios; saludó con el torcido tronco, haciéndose
un arco de puente, y salió de la sacristía diciendo para su alzacuello
morado y blanco:

--«¡Este vejete chocho y mal educado me las ha de pagar todas juntas!».

El Arcipreste se burlaba de la diplomacia y del maquiavelismo del
Arcediano con salidas de tono, indirectas del Padre Cobos y otros
expedientes por el estilo.

--«Si todos fueran como yo, Glocester no sabría qué hacer de su
habilidad y disimulo. ¡Ay de los zorros, si las gallinas no fuesen
gallinas!».

Glocester salía siempre por la puerta del claustro, abierta al extremo
Norte del crucero; por allí llegaba antes a su casa: pero esta vez quiso
salir por la puerta de la torre, porque así pasaba junto a la capilla
del Magistral. Miró; no había nadie. Entonces se detuvo, volvió a mirar
con ahínco, dio un paso dentro de la capilla; no había nadie; estaba
seguro. «¡Luego aquellas señoras se habían ido sin confesión; luego el
Magistral se permitía el lujo de desairar nada menos que a la Regenta!».
El Arcediano vio un mundo de intrigas que podían fundarse en este
descuido del Provisor. Tomó agua bendita en una pila grande de mármol
negro, y mientras se santiguaba, inclinándose frente al altar del
trascoro, decía para sí:

--Este será el talón de Aquiles. Ese desaire te costará caro. Lo
explotaré.

Y salió de la catedral haciendo cálculos por los dedos, que se le
antojaban cábalas, asechanzas, espionaje, intrigas y hasta postigos
secretos y escaleras subterráneas.

El Arcipreste había abierto la boca al oír a De Pas que la Regenta
estaba en la catedral, según le habían dicho, y que él no había corrido
a saludarla y a confesarla, si a eso venía, como era de suponer.

--¿Pero qué pensará ese ángel de bondad?--gritaba don Cayetano, asustado
de veras.

--A ver, Rodríguez (el _Palomo_) corre a la capilla del señor Magistral,
y si está allí una señora....

Era inútil. Entraba en aquel momento Celedonio el acólito que se metió
en la conversación diciendo:

--No señor, ya se han ido. Eran doña Visita y la señora Regenta. Se han
ido. Yo hablé con ellas. Les dije que hoy no se sentaba el señor
Magistral; y doña Visita que ya quería irse antes, cogió del brazo a
doña Ana y se la llevó.

--¿Y qué decían?--preguntó don Cayetano.

--Doña Ana callaba. Doña Visita estaba incomodada porque la señora
Regenta había querido venir sin mandar antes un recado. Creo que fueron
a paseo, porque doña Visita dijo no sé qué del Espolón.

--¡Al Espolón!--gritó Ripamilán, cogiendo con una mano un brazo del
Magistral y con la otra la teja--. ¡Al Espolón!

--¡Pero don Cayetano!--Es cuestión de honra para mí; de ese desaire
tengo yo culpa en cierto modo.

--Pero si no fue desaire--repetía el Provisor dejándose llevar, y con el
rostro hermoseado por una especie de luz espiritual de alegría que lo
inundaba.

--Sí, señor; y de todos modos, desaire o no, yo quiero dar una
explicación a mi querida amiga.... ¡Al Espolón! Por el camino
hablaremos; quiero que V. conozca bien a esa mujer, psicológicamente,
como dicen los pedantes de ahora; es una gran mujer, un ángel de bondad
como le tengo dicho; un ángel que no merece un feo.

--Pero, si no hubo feo.... Yo le explicaré a V.... Yo no sabía....

Y hablaban en voz baja, porque ya iban andando por la nave Sur de la
catedral, dirigiéndose a la puerta. La última capilla de este lado era
la de Santa Clementina. Era grande, construida siglos después que las
otras capillas, en el diez y siete. Tenía cuatro altares en el centro;
las paredes estaban adornadas con profusión de hojarasca, arabescos y
otros cosméticos del género decadente a que pertenecía.

El Magistral y el Arcipreste oyeron voces dentro de la capilla. De Pas
no paró la atención en ellas, pero Ripamilán se detuvo, olfateando, y
tendió el cuello en actitud de escuchar.

--¡Así Dios me valga, son ellos!--dijo pasmado.

--¿Quién?--Ellos; la viudita y don Saturno; reconozco el chirrido de
ese grillo destemplado.

Y el Arcipreste que manifestara poco antes tanta prisa por salir del
templo, se empeñó en entrar en Santa Clementina. El Magistral le siguió,
para ocultar su deseo de llegar al Espolón cuanto antes.

Eran _ellos_, en efecto.

En medio de la capilla, don Saturnino sudando copiosamente, cubierta la
levita de telarañas y manchas de cal, rojo el rostro, cárdenas las
orejas, arengaba a su auditorio, con un brazo extendido en dirección de
la bóveda. Estaba indignado, al parecer, y su indignación la comunicaba
de grado o por fuerza a los Infanzones.

--Señores--exclamaba--ya lo ven ustedes: esta capilla es el lunar, el
feo lunar, el borrón diré mejor, de esta joya gótica. Han visto ustedes
el panteón, de severa arquitectura románica, sublime en su desnudez; han
visto el claustro, ojival puro; han recorrido las galerías de la bóveda,
de un gótico sobrio y nada amanerado; han visitado la cripta llamada
Capilla Santa de reliquias, y han podido ver un trasunto de las
primitivas iglesias cristianas; en el coro han saboreado primores del
relieve, si no de un Berruguete, de un Palma Artela, desconocido, pero
sublime artífice; en el retablo de la Capilla mayor han admirado y
gustado con delicia los arranques geniales, sí, geniales puedo decir,
del cincel de un Grijalte; y _reasumiendo_, en toda la Santa Basílica
han podido corroborar la idea de que este templo es obra de arte severo,
puro, sencillo, delicado... _Empero_ aquí, señores, forzoso es
confesarlo, el mal gusto desbordado, la hinchazón, la redundancia se han
dado cita para labrar estas piedras en las que lo amanerado va de la
mano con lo extravagante, lo recargado con lo deforme. Esta Santa
Clementina, hablo de su capilla, es una deshonra del arte, la ignominia
de la catedral de Vetusta.

Calló un momento para limpiar el sudor de la frente y del cogote con el
pañuelo perfumado de Obdulia, porque el suyo estaba empapado tiempo
hacía en elocuencia liquefacta.

Los Infanzones sudaban también. El marido tenía en la cabeza una olla de
grillos. Había oído en hora y media un curso peripatético--¡a pie y
andando todo el tiempo!--de arqueología y arquitectura y otro curso de
historia pragmática. El desgraciado ya confundía a los califas de
Córdoba con las columnas de la Mezquita, y ya no sabía cuáles eran más
de ochocientos, si las columnas o los califas; el orden dórico, el
jónico y el corintio, los mezclaba con los Alfonsos de Castilla, y ya
dudaba si la fundación de Vetusta se debía a un fraile descalzo o al
arco de medio punto; _reasumiendo_, como decía el sabio; sentía náuseas
invencibles y apenas oía al arqueólogo, preocupándole más sus esfuerzos
por contener impulsos del estómago cuya expansión hubiera sido una
irreverencia.

--Si estuviéramos en un barco, no sería tan inoportuno--pensaba--¡pero
en una catedral!

El Infanzón estaba en rigor como en alta mar, y cada vez que oía decir
la nave del Norte, la nave del Sur, la nave principal, se creía al
frente de una escuadra y se figuraba que don Saturno apestaba a brea.
Pero el pobre lugareño seguía diciendo que sí a todo.

«Estaba conforme, aquello era una profanación. ¡Qué pesadez la de
aquellos doseletes, la de aquellas hornacinas! ¡Vaya si eran pesados!
Como que el Infanzón temía que se le cayeran encima; porque se meneaban,
sin duda. Pero ¡buen Dios! añadía para sus adentros; si el género
plateresco es cargante y pesadísimo ¿dónde habrá cosa más plateresca que
este señor don Saturnino?».

Se le pasó por la imaginación si estaría burlándose de ellos porque eran
de un pueblo de pesca. Pero, no; aquella cara no debía de mentir;
hablaba de veras; era verdad lo del rey Veremundo y lo de la emigración
de la piña pérsica a las columnas árabes; sólo que todo aquello ¡qué le
importaba a él que era un compromisario!

La digna esposa de Infanzón también estaba cansada, aburrida, despeada,
pero no aturdida. Hacía más de una hora que no oía palabra de cuanto
hablaba aquel charlatán, sin vergüenza, libertino. «¡Oh, si no fuera
porque su marido todo lo consideraba inconveniencia y falta de
educación! ¡Si no fuera porque estaban en la casa de Dios!... Estaba
escandalizada, furiosa. ¡Bonito papel iban representando ella y el
bobalicón de su marido! Le había hecho señas, pero inútilmente. Él
pensaba que aludía a lo de la arquitectura y se hacía el distraído. ¿Y
la doña Obdulita? No, y que parecía maestra en aquel teje maneje. No
habían desperdiciado ni una sola ocasión. ¡Claro! y así les habían
traído y llevado por desvanes y bodegas, muertos de cansancio. En cuanto
estaba obscuro... ¡claro!... se daban la mano. Ella lo había visto una
vez y supuesto las demás. Y él la pisaba el pie... y siempre juntos; y
en cuanto había algo estrecho querían pasar a la una... y pasaban ¡qué
desenfreno! ¿Pero de dónde le venía a su marido la amistad de aquella
señorona?». Hasta celos sentía la noble lugareña. No hablaba ni palabra;
y si Obdulia y Bermúdez hubieran estado menos preocupados con el
Renacimiento, hubiesen notado el ceño y la sequedad de la antes amable y
cortés señora de pueblo. Don Saturno reanudó su discurso. Se trataba de
probar sus injuriosas afirmaciones.

--Véase si no--continuaba--lo que salta a los ojos, a los del alma
quiero decir, de toda persona de gusto. ¡Malhaya el dignísimo Obispo,
salvo el respeto debido, malhaya el dignísimo Obispo don García Madrejón
que consintió este confuso acervo de adornos y follajes, quinta esencia
de lo barroco, de la profusión manirrota y de la falsedad. Cartelas,
medallas, hornacinas (y señalaba con el dedo), capiteles, frontones
rotos, guirnaldas, colgadizos, hojarasca, arabescos, que pululáis por
las decoraciones de puertas, ventanas, tragaluces y pechinas; en nombre
del arte, de la santa idea de sobriedad y la no menos inmortal e
inmaculada de armonía, yo os condeno a la maldición de la historia!

--Pues oiga usted--se atrevió a decir la Infanzón sin mirar a su
esposo--; diga usted lo que quiera, esta capilla me parece a mí muy
bonita; y me parece en cambio muy feo profanar el templo... ¡blasfemando
así de Dios y sus santos!

Ea, se había cansado; quería dar la batalla al libertino y escogía, con
un pudor evidente, el terreno neutral, del arte, puro y desinteresado.
Además le gustaba de veras la capilla y no quería más contemplaciones.

El lugareño creyó que su mujer se había vuelto loca.

«Estaría mareada como él». Quiso hablar, pero no lo consiguió en cuanto
quiso. Obdulia soltó al aire una carcajada, que oyó don Cayetano desde
fuera. Don Saturno, cortado y sospechando algo del motivo de aquella
inesperada oposición, se contentó con inclinarse a lo Magistral y torcer
la boca y las cejas de una manera inventada por él mismo frente al
espejo. Quería aquello decir que un Bermúdez no disputaba con señoras.
Sólo contestó:

--Señora... yo no profano nada.... El Arte....

--¡Sí profana usted!--¡Pero mujer, pero Carolina!--¡Oh! déjela usted,
señor Infanzón; yo respeto todas las opiniones.

Y temiendo que la lugareña llevase la mejor parte en lo de profanar o no
profanar, se apresuró a añadir:

--Por lo demás, ya usted comprenderá, amigo mío, que yo sigo los cánones
de la belleza clásica condenando enérgicamente el gusto barroco.... Esto
es plateresco....

--¡Churrigueresco!--exclamó el compromisario queriendo así compensar la
protesta disparatada de su mujer.

--¡Churrigueresco!--repitió--¡da náuseas!--y se vio claramente que las
sentía.

--¡Churrigueresco!--pudo decir otra vez.

--¡Rococó!--concluyó Obdulia.

En aquel momento el Arcipreste se inclinaba para saludarla como si fuera
a besarle las botas color bronce.

Salieron a la calle todos juntos. Don Saturno se apresuró a despedirse.
De sus mejillas brotaba fuego. Iba a cuerpo y tenía mucho frío. El
viento caliente le sabía a cierzo.

--¡Temo una pulmonía!--dijo, mientras escapaba abrochándose la levita
por la cintura.

Necesitaba saborear a solas las emociones de aquella tarde.

«Amaba y creía ser amado».




--III--


Aquella tarde hablaron la Regenta y el Magistral en el paseo. El
Arcipreste procuró que se encontraran y por su confianza con la Regenta
facilitó la entrevista.

Pocas veces habían cruzado la palabra la hermosa dama y el Provisor, y
nunca había pasado la conversación de los lugares comunes a que obliga
el trato social.

Doña Ana Ozores no era de ninguna cofradía. Pagaba una cuota mensual en
las Escuelas Dominicales, pero no asistía a las lecciones ni a las
conferencias; vivía lejos del círculo en que el Provisor reinaba. Este
visitaba poco a las personas que no podían o no querían servirle en sus
planes de propaganda. Cuando el señor don Víctor Quintanar era Regente
de Vetusta, el Magistral le visitaba en todas las solemnidades en que
exigían este acto de cortesía las costumbres del pueblo; estas visitas
las pagaba con la exactitud que usaba en estos asuntos el señor
Quintanar, el más cumplido caballero de la ciudad, después de Bermúdez.
Los cumplimientos del Magistral fueron escaseando, sin saberse por qué,
cuando se jubiló don Víctor, y por fin cesaron las visitas. Don Víctor y
don Fermín se hablaban algunas veces en la calle, en el Espolón; se
saludaban siempre con la mayor amabilidad. Se estimaban mutuamente. Las
calumnias con que la maledicencia perseguía a De Pas tenían un aislador
en don Víctor; por su conducto no se propagaban, y aun tomaba a su cargo
deshacer su perniciosa influencia. Doña Ana jamás había hablado a solas
con el Magistral, y después que cesaron las visitas apenas volvió a
verle de cerca. A lo menos ella no lo recordaba. Don Cayetano, que sabía
esto, hizo un simulacro de presentación diplomática en el tono jocoserio
que nunca abandonaba. Ellos, la Regenta y el Magistral, habían hablado
poco; todo casi se lo había dicho Ripamilán y lo demás Visitación, que
acompañaba a la de Quintanar. Doña Ana volvió pronto a su casa. Se
recogió temprano aquella noche.

De la breve conversación de la tarde no recordaba más que esto: que al
día siguiente, después del coro, el Magistral la esperaba en su capilla.
Le había indicado, aunque por medio de indirectas, que convenía, al
mudar de confesor, hacer confesión general.

Había hablado con mucha afabilidad, con voz meliflua, pero poco, con
cierto tono frío, y algo distraído al parecer. No le había visto los
ojos. No le había visto más que los párpados, cargados de carne blanca.
Debajo de las pestañas asomaba un brillo singular.

Cerca del lecho, arrodillada, rezó algunos minutos la Regenta.

Después se sentó en una mecedora junto a su tocador, en el gabinete,
lejos del lecho por no caer en la tentación de acostarse, y leyó un
cuarto de hora un libro devoto en que se trataba del sacramento de la
penitencia en preguntas y respuestas. No daba vuelta a las hojas. Dejó
de leer. Su mirada estaba fija en unas palabras que decían: _Si comió
carne_...

Mentalmente y como por máquina repetía estas tres voces, que para ella
habían perdido todo significado; las repetía como si fueran de un idioma
desconocido.

Después, saliendo de no sabía qué pozo negro su pensamiento, atendió a
lo que leía. Dejó el libro sobre el tocador y cruzó las manos sobre las
rodillas. Su abundante cabellera, de un castaño no muy obscuro, caía en
ondas sobre la espalda y llegaba hasta el asiento de la mecedora, por
delante le cubría el regazo; entre los dedos cruzados se habían enredado
algunos cabellos. Sintió un escalofrío y se sorprendió con los dientes
apretados hasta causarle un dolor sordo. Pasó una mano por la frente; se
tomó el pulso, y después se puso los dedos de ambas manos delante de los
ojos. Era aquella su manera de experimentar si se le iba o no la vista.
Quedó tranquila. No era nada. Lo mejor sería no pensar en ello.

«¡Confesión general!». Sí, esto había dado a entender aquel señor
sacerdote. Aquel libro no servía para tanto. Mejor era acostarse. El
examen de conciencia de sus pecados de la temporada lo tenía hecho desde
la víspera. El examen para aquella confesión general podía hacerlo
acostada. Entró en la alcoba. Era grande, de altos artesones, estucada.
La separaba del tocador un intercolumnio con elegantes colgaduras de
_satín_ granate. La Regenta dormía en una vulgarísima cama de matrimonio
dorada, con pabellón blanco. Sobre la alfombra, a los pies del lecho,
había una piel de tigre, auténtica. No había más imágenes santas que un
crucifijo de marfil colgado sobre la cabecera; inclinándose hacia el
lecho parecía mirar a través del tul del pabellón blanco.

Obdulia, a fuerza de indiscreción, había conseguido varias veces entrar
allí.

--«¡Qué mujer esta Anita!

»Era limpia, no se podía negar, limpia como el armiño; esto al fin era
un mérito... y una pulla para muchas damas vetustenses».

Pero añadía Obdulia:--«Fuera de la limpieza y del orden, nada que
revele a la mujer elegante. La piel de tigre, ¿tiene un _cachet_? Ps...
qué sé yo. Me parece un capricho caro y extravagante, poco femenino al
cabo. ¡La cama es un horror! Muy buena para la alcaldesa de Palomares.
¡Una cama de matrimonio! ¡Y qué cama! Una grosería. ¿Y lo demás? Nada.
Allí no hay sexo. Aparte del orden, parece el cuarto de un estudiante.
Ni un objeto de arte. Ni un mal _bibelot_; nada de lo que piden el
_confort_ y el buen gusto. La alcoba es la mujer como el estilo es el
hombre. Dime cómo duermes y te diré quién eres. ¿Y la devoción? Allí la
piedad está representada por un Cristo vulgar colocado de una manera
contraria a las _conveniencias_».

--«¡Lástima--concluía Obdulia, sin sentir lástima--, que un _bijou_ tan
precioso se guarde en tan miserable joyero!».

«¡Ah! debía confesar que el juego de cama era digno de una princesa.
¡Qué sabanas! ¡Qué almohadones! Ella había pasado la mano por todo
aquello, ¡qué suavidad! El satín de aquel cuerpecito de regalo no
sentiría asperezas en el roce de aquellas sábanas».

Obdulia admiraba sinceramente las formas y el cutis de Ana, y allá en el
fondo del corazón, le envidiaba la piel de tigre. En Vetusta no había
tigres; la viuda no podía exigir a sus amantes esta prueba de cariño.
Ella tenía a los pies de la cama la caza del león, ¡pero estampada en
tapiz miserable!

Ana corrió con mucho cuidado las colgaduras granate, como si alguien
pudiera verla desde el tocador. Dejó caer con negligencia su bata azul
con encajes crema, y apareció blanca toda, como se la figuraba don
Saturno poco antes de dormirse, pero mucho más hermosa que Bermúdez
podía representársela. Después de abandonar todas las prendas que no
habían de acompañarla en el lecho, quedó sobre la piel de tigre,
hundiendo los pies desnudos, pequeños y rollizos en la espesura de las
manchas pardas. Un brazo desnudo se apoyaba en la cabeza algo inclinada,
y el otro pendía a lo largo del cuerpo, siguiendo la curva graciosa de
la robusta cadera. Parecía una impúdica modelo olvidada de sí misma en
una postura académica impuesta por el artista. Jamás el Arcipreste, ni
confesor alguno había prohibido a la Regenta esta voluptuosidad de
distender a sus solas los entumecidos miembros y sentir el contacto del
aire fresco por todo el cuerpo a la hora de acostarse. Nunca había
creído ella que tal abandono fuese materia de confesión.

Abrió el lecho. Sin mover los pies, dejose caer de bruces sobre aquella
blandura suave con los brazos tendidos. Apoyaba la mejilla en la sábana
y tenía los ojos muy abiertos. La deleitaba aquel placer del tacto que
corría desde la cintura a las sienes.

--«¡Confesión general!»--estaba pensando--. Eso es la historia de toda
la vida. Una lágrima asomó a sus ojos, que eran garzos, y corrió hasta
mojar la sábana.

Se acordó de que no había conocido a su madre.

Tal vez de esta desgracia nacían sus mayores pecados.

«Ni madre ni hijos». Esta costumbre de acariciar la sábana con la
mejilla la había conservado desde la niñez.--Una mujer seca, delgada,
fría, ceremoniosa, la obligaba a acostarse todas las noches antes de
tener sueño. Apagaba la luz y se iba. Anita lloraba sobre la almohada,
después saltaba del lecho; pero no se atrevía a andar en la obscuridad y
pegada a la cama seguía llorando, tendida así, de bruces, como ahora,
acariciando con el rostro la sábana que mojaba con lágrimas también.
Aquella blandura de los colchones era todo lo _maternal_ con que ella
podía contar; no había más suavidad para la pobre niña. Entonces debía
de tener, según sus vagos recuerdos, cuatro años. Veintitrés habían
pasado, y aquel dolor aún la enternecía. Después, casi siempre, había
tenido grandes contrariedades en la vida, pero ya despreciaba su
memoria; una porción de necios se habían conjurado contra ella; todo
aquello le repugnaba recordarlo; pero su pena de niña, la injusticia de
acostarla sin sueño, sin cuentos, sin caricias, sin luz, la sublevaba
todavía y le inspiraba una dulcísima lástima de sí misma. Como aquel a
quien, antes de descansar en su lecho el tiempo que necesita, obligan a
levantarse, siente sensación extraña que podría llamarse nostalgia de
blandura y del calor de su sueño, así, con parecida sensación, había Ana
sentido toda su vida nostalgia del regazo de su madre. Nunca habían
oprimido su cabeza de niña contra un seno blando y caliente; y ella, la
chiquilla, buscaba algo parecido donde quiera. Recordaba vagamente un
perro negro de lanas, noble y hermoso; debía de ser un terranova.--¿Qué
habría sido de él?--. El perro se tendía al sol, con la cabeza entre
las patas, y ella se acostaba a su lado y apoyaba la mejilla sobre el
lomo rizado, ocultando casi todo el rostro en la lana suave y caliente.
En los prados se arrojaba de espaldas o de bruces sobre los montones de
yerba segada. Como nadie la consolaba al dormirse llorando, acababa por
buscar consuelo en sí misma, contándose cuentos llenos de luz y de
caricias. Era el caso que ella tenía una mamá que le daba todo lo que
quería, que la apretaba contra su pecho y que la dormía cantando cerca
de su oído:

Sábado, sábado, morena,
cayó el pajarillo en trena
con grillos y con cadenaaa....

Y esto otro:

Estaba la pájara pinta
a la sombra de un verde limón....

Estos cantares los oía en una plaza grande a las mujeres del pueblo que
arrullaban a sus hijuelos....

Y así se dormía ella también, figurándose que era la almohada el seno de
su madre soñada y que realmente oía aquellas canciones que sonaban
dentro de su cerebro. Poco a poco se había acostumbrado a esto, a no
tener más placeres puros y tiernos que los de su imaginación.

Pensando la Regenta en aquella niña que había sido ella, la admiraba y
le parecía que su vida se había partido en dos, una era la de aquel
angelillo que se le antojaba muerto. La niña que saltaba del lecho a
obscuras era más enérgica que esta Anita de ahora, tenía una fuerza
interior pasmosa para resistir sin humillarse las exigencias y las
injusticias de las personas frías, secas y caprichosas que la criaban.

--«¡Vaya una manera de hacer examen de conciencia!»--pensó doña Ana algo
avergonzada.

Salió descalza de la alcoba, cogió el devocionario que estaba sobre el
tocador y corrió a su lecho. Se acostó, acercó la luz y se puso a leer
con la cabeza hundida en las almohadas. _Si comió carne_, volvieron a
ver sus ojos cargados de sueño; pero pasó adelante. Una, dos, tres
hojas... leía sin saber qué. Por fin, se detuvo en un renglón que decía:

--«Los parajes por donde anduvo...».

Aquello lo entendió. Había estado, mientras pasaba hojas y hojas,
pensando, sin saber cómo, en don Álvaro Mesía, presidente del casino de
Vetusta y jefe del partido liberal dinástico; pero al leer: «Los parajes
por donde anduvo», su pensamiento volvió de repente a los tiempos
lejanos. Cuando era niña, pero ya confesaba, siempre que el libro de
examen decía «pase la memoria por los lugares que ha recorrido», se
acordaba sin querer de la barca de Trébol, de aquel gran pecado que
había cometido, sin saberlo ella, la noche que pasó dentro de la barca
con aquel Germán, su amigo.... ¡Infames! La Regenta sentía rubor y
cólera al recordar aquella calumnia. Dejó el libro sobre la mesilla de
noche--otro mueble vulgar que irritaba el buen gusto de Obdulia--apagó
la luz... y se encontró en la barca de Trébol, a medianoche, al lado de
Germán, un niño rubio de doce años, dos más que ella. Él la abrigaba
solícito con un saco de lona que habían encontrado en el fondo de la
barca. Ella le había rogado que se abrigara él también. Debajo del saco,
como si fuera una colcha, estaban los dos tendidos sobre el tablado de
la barca, cuyas bandas obscuras les impedían ver la campiña; sólo veían
allá arriba nubes que corrían delante de la cara de la luna.

--¿Tienes frío?--preguntaba Germán.

Y Ana respondía, con los ojos muy abiertos, fijos en la luna que corría,
detrás de las nubes:

--¡No!--¿Tienes miedo?--¡Ca!--Somos marido y mujer--decía él.

--¡Yo soy una mamá! Y oía debajo de su cabeza un rumor dulce que la
arrullaba como para adormecerla; era el rumor de la corriente.

Se habían contado muchos cuentos. Él había contado además su historia.
Tenía papá en Colondres y mamá también.

--¿Cómo era una mamá?

Germán lo explicaba como podía.

--¿Dan muchos besos las mamás?

--Sí.--¿Y cantan?--Sí, yo tengo una hermanita que le cantan. Yo ya soy
grande.

--¡Y yo soy una mamá! Después venía la historia de ella. Vivía en
Loreto, una aldea, algo lejos de la ría por aquel lado, pero tocando con
el mar por allá arriba, por el arenal. Vivía con una señora que se
llamaba aya y doña Camila. No la quería. Aquella señora aya tenía
criados y criadas y un señor que venía de noche y le daba besos a doña
Camila, que le pegaba y decía: «Delante de ella no, que es muy
maliciosa».

Le decían que tenía un papá que la quería mucho y era el que mandaba los
vestidos y el dinero y todo. Pero él no podía venir, porque estaba
matando moros. La castigaban mucho, pero no la pegaban; eran encierros,
ayunos y el castigo peor, el de acostarse temprano. Se escapaba por la
puerta del jardín y corría llorando hacia el mar; quería meterse en un
barco y navegar hasta la tierra de los moros y buscar a su papá. Algún
marinero la encontraba llorando y la acariciaba. Ella le proponía el
viaje, el marinero se reía, le decía que sí, la cogía en los brazos,
pero el pícaro la llevaba a casa del aya y la volvían al encierro. Una
tarde se había escapado por otro camino, pero no encontraba el mar.
Había pasado junto a un molino; un perro le había cerrado el paso al
atravesar el puente de la acequia, hecho con un tronco hueco de castaño;
Ana se había echado sobre el tronco porque se mareaba viendo el agua
blanca que ladraba debajo como el perro enfrente de ella. El perro había
pasado por encima de Anita; no había querido morderla. Ella entonces,
desde la otra orilla, le llamó y le dijo:

--Chito, toma, ahí tienes eso.

Era su merienda que llevaba en un bolsillo; un poco de pan con manteca
mojado en lágrimas.

Casi siempre comía el pan de la merienda salado por las lágrimas. Cuando
estaba sola lloraba de pena; pero delante del aya, de los criados y del
hombre, lloraba de rabia. Había encontrado después del molino un bosque
y lo había cruzado corriendo, cantando, y eso que tenía aún los ojos
llenos de llanto, pero cantaba de miedo. Al salir del bosque había visto
un prado de yerba muy verde y muy alta....

--¿Y allí estaba yo, verdad?--gritó Germán.

--Es verdad.--Y te dije si querías embarcarte en la barca de Trébol,
que el barquero había sido mi criado, y yo era de Colondres, que está al
otro lado de la ría.

--Es verdad. La Regenta recordaba todo esto como va escrito, incluso el
diálogo; pero creía que, en rigor, de lo que se acordaba no era de las
palabras mismas, sino de posterior recuerdo en que la niña había animado
y puesto en forma de novela los sucesos de aquella noche.

Después se habían dormido. Ya era de día cuando los despertó una voz que
gritaba desde la orilla de Colondres. Era el barquero que veía su barca
en un islote que dejaba el agua en medio de la ría al bajar la marea. El
barquero los riñó mucho. A ella la condujo a Loreto un hijo de aquel
hombre; pero en el camino los halló un criado del aya. Andaban
buscándola por todo el mundo. Creían que se había caído al mar. Doña
Camila estaba enferma del susto, en cama. El hombre que besaba al aya
cogió a Anita por un brazo y se lo apretó hasta arrancarle sangre. Pero
ella no lloró.

Le preguntaron dónde había pasado la noche y no quiso contestar por
temor de que castigaran a Germán si se sabía. La encerraron, no le
dieron de comer aquel día, pero no declaró nada. A la mañana siguiente
el aya hizo llamar al barquero de Trébol. Según aquel hombre, los niños
se habían concertado para pasar juntos una noche en la barca. ¿Quién lo
diría? Ana confesó al cabo que habían dormido juntos, pero que había
sido sin querer. Su propósito había sido hacerse dueños de la barca una
noche, aunque los riñeran en casa, pasar de orilla a orilla ellos solos,
tirando por la cuerda, y después volverse él a Colondres y ella a
Loreto. Pero el agua de la ría se había marchado, la barca tropezó en
el fondo con las piedras en mitad del pasaje y por más esfuerzos que
habían hecho no habían conseguido moverla. Y se habían acostado y se
habían dormido. De haber podido romper la cuerda que sujetaba la lancha
se hubieran ido a la tierra del moro, porque Germán sabía el camino por
el mar; ella hubiera buscado a su papá y él hubiera matado muchos moros;
pero la cuerda era muy fuerte. No pudieron romperla y se acostaron para
contarse cuentos de dormir.

Lo mismo había referido Germán al barquero, pero no se creyó la
historia.

¡Qué escándalo! doña Camila cogió a Anita por la garganta y por poco la
ahoga. Después dijo un refrán desvergonzado en que se insultaba a su
madre y a ella, según comprendió mucho más tarde, porque entonces no
entendía aquellas palabras.

Doña Camila culpaba al hombre que le daba besos, de las picardías de la
niña.

--Tú le has abierto los ojos con tus imprudencias.

Anita no entendía y el hombre, el señor del aya, reía a carcajadas.

Desde aquel día el hombre la miraba con llamaradas en los ojos, y
sonreía, y en cuanto salía de la habitación el aya le pedía besos a
ella, pero nunca quiso dárselos.

Vino un cura y se encerró con Ana en la alcoba de la niña y le preguntó
unas cosas que ella no sabía lo que eran. Más adelante meditando mucho,
acabó por entender algo de aquello. Se la quiso convencer de que había
cometido un gran pecado. La llevaron a la iglesia de la aldea y la
hicieron confesarse. No supo contestar al cura y este declaró al aya que
no servía la niña para el caso todavía, porque por ignorancia o por
malicia, ocultaba sus pecadillos. Los chicos de la calle la miraban
como el hombre que besaba a doña Camila; la cogían por un brazo y
querían llevársela no sabía a dónde. No volvió a salir sin el aya. A
Germán no había vuelto a verle.

--He escrito a tu papá diciéndole lo que tú eres. En cuanto cumplas los
once años, irás a un colegio de Recoletas.

Esta amenaza de doña Camila no pasó de amenaza, pero Ana no sentía salir
de Loreto, ir donde quiera.

Desde entonces la trataron como a un animal precoz. Sin enterarse bien
de lo que oía, había entendido que achacaban a culpas de su madre los
pecados que la atribuían a ella....

Al llegar a este punto de sus recuerdos la Regenta sintió que se
sofocaba, sus mejillas ardían. Encendió luz, apartó de sí la colcha
pesada y sus formas de Venus, algo flamenca, se revelaron exageradas
bajo la manta de finísima lana de colores ceñida al cuerpo. La colcha
quedó arrugada a los pies.

Aquellos recuerdos de la niñez huyeron, pero la cólera que despertaron,
a pesar de ser tan lejana, no se desvaneció con ellos.

--«¡Qué vida tan estúpida!»--pensó Ana, pasando a reflexiones de otro
género.

Aumentaba su mal humor con la conciencia de que estaba pasando un cuarto
de hora de rebelión. Creía vivir sacrificada a deberes que se había
impuesto; estos deberes algunas veces se los representaba como poética
misión que explicaba el por qué de la vida. Entonces pensaba:

--«La monotonía, la insulsez de esta existencia es aparente; mis días
están ocupados por grandes cosas; este sacrificio, esta lucha es más
grande que cualquier aventura del mundo».

En otros momentos, como ahora, tascaba el freno la pasión sojuzgada;
protestaba el egoísmo, la llamaba loca, romántica, necia y decía:--¡Qué
vida tan estúpida!

Esta conciencia de la rebelión la desesperaba; quería aplacarla y se
irritaba. Sentía cardos en el alma. En tales horas no quería a nadie, no
compadecía a nadie. En aquel instante deseaba oír música; no podía haber
voz más oportuna. Y sin saber cómo, sin querer se le apareció el Teatro
Real de Madrid y vio a don Álvaro Mesía, el presidente del Casino, ni
más ni menos, envuelto en una capa de embozos grana, cantando bajo los
balcones de Rosina:

_Ecco ridente il ciel..._ La respiración de la Regenta era fuerte,
frecuente; su nariz palpitaba ensanchándose, sus ojos tenían fulgores de
fiebre y estaban clavados en la pared, mirando la sombra sinuosa de su
cuerpo ceñido por la manta de colores.

Quiso pensar en aquello, en Lindoro, en el Barbero, para suavizar la
aspereza de espíritu que la mortificaba.

--¡Si yo tuviera un hijo!... ahora... aquí... besándole, cantándole....

Huyó la vaga imagen del rorro, y otra vez se presentó el esbelto don
Álvaro, pero de gabán blanco entallado, saludándola como saludaba el rey
Amadeo.

Mesía al saludar humillaba los ojos, cargados de amor, ante los de ella
imperiosos, imponentes.

Sintió flojedad en el espíritu. La sequedad y tirantez que la
mortificaban se fueron convirtiendo en tristeza y desconsuelo....

_Ya no era mala_, ya sentía como ella quería sentir; y la idea de su
sacrificio se le apareció de nuevo; pero grande ahora, sublime, como una
corriente de ternura capaz de anegar el mundo. La imagen de don Álvaro
también fue desvaneciéndose, cual un cuadro disolvente; ya no se veía
más que el gabán blanco y detrás, como una filtración de luz, iban
destacándose una bata escocesa a cuadros, un gorro verde de terciopelo y
oro, con borla, un bigote y una perilla blancos, unas cejas grises muy
espesas... y al fin sobre un fondo negro brilló entera la respetable y
familiar figura de su don Víctor Quintanar con un nimbo de luz en torno.
Aquel era el sujeto del sacrificio, como diría don Cayetano. Ana Ozores
depositó un casto beso en la frente del caballero.

Y sintió vehementes deseos de verle, de besarle en realidad como al
cuadro disolvente.

Mala hora, sin duda, era aquella. Pero la casualidad vino a favorecer el
anhelo de la casta esposa. Se tomó el pulso, se miró las manos; no veía
bien los dedos, el pulso latía con violencia, en los párpados le
estallaban estrellitas, como chispas de fuegos artificiales, sí, sí,
estaba mala, iba a darle el ataque; había que llamar; cogió el cordón de
la campanilla, llamó. Pasaron dos minutos. ¿No oían?... Nada. Volvió a
empuñar el cordón... llamó. Oyó pasos precipitados. Al mismo tiempo que
por una puerta de escape entraba Petra, su doncella, asustada, casi
desnuda, se abrió la colgadura granate y apareció el cuadro disolvente,
el hombre de la bata escocesa y el gorro verde, con una palmatoria en la
mano.

--¿Qué tienes, hija mía?--gritó don Víctor acercándose al lecho. «Era
el ataque, aunque no estaba segura de que viniese con todo el aparato
nervioso de costumbre; pero los síntomas los de siempre; no veía, le
estallaban chispas de brasero en los párpados y en el cerebro, se le
enfriaban las manos, y de pesadas no le parecían suyas...». Petra corrió
a la cocina sin esperar órdenes; ya sabía lo que se necesitaba, tila y
azahar.

Don Víctor se tranquilizó. «Estaba acostumbrado al ataque de su querida
esposa; padecía la infeliz, pero no era nada».

--No pienses en ello, que ya sabes que es lo mejor.

--Sí, tienes razón; acércate, háblame, siéntate aquí.

Don Víctor se sentó sobre la cama y _depositó_ un beso paternal en la
frente de su señora esposa. Ella le apretó la cabeza contra su pecho y
derramó algunas lágrimas. Notadas que fueron las cuales por don Víctor
exclamó este:

--¿Ves? ya lloras; buena señal. La tormenta de nervios se deshace en
agua; está conjurado el ataque, verás como no sigue.

En efecto, Ana comenzó a sentirse mejor. Hablaron. Ella manifestó una
ternura que él le agradeció en lo que valía. Volvió Petra con la tila.

Don Víctor observó que la muchacha no había reparado el desorden de su
traje, que no era traje, pues se componía de la camisa, un pañuelo de
lana, corto, echado sobre los hombros y una falda que, mal atada al
cuerpo, dejaba adivinar los encantos de la doncella, dado que fueran
encantos, que don Víctor no entraba en tales averiguaciones, por más que
sin querer aventuró, para sus adentros, la hipótesis de que las carnes
debían de ser muy blancas, toda vez que la chica era rubia
azafranada....

Con la tila y el azahar Anita acabó de serenarse. Respiró con fuerza;
sintió un bienestar que le llenó el alma de optimismo.

«¡Qué solícita era Petra! y su Víctor ¡qué bueno!».

«Y había sido hermoso, no cabía duda. Verdad era que sus cincuenta y
tantos años parecían sesenta; pero sesenta años de una robustez
envidiable; su bigote blanco, su perilla blanca, sus cejas grises le
daban venerable y hasta heroico aspecto de brigadier y aun de general.
No parecía un Regente de Audiencia jubilado, sino un ilustre caudillo en
situación de cuartel».

Petra, temblando de frío, con los brazos cruzados, unos blanquísimos
brazos bien torneados, se retiró discretamente, pero se quedó en la sala
contigua esperando órdenes.

Ana se empeñó en que Quintanar--casi siempre le llamaba así--bebiese
aquella poca tila que quedaba en la taza.

¡Pero si don Víctor no creía en los nervios! ¡Si estaba sereno! Muerto
de sueño, pero tranquilo.

«No importaba. Era un capricho. No lo conocía él, pero se había
asustado».

--Que no, hija mía; que te juro....

--Que sí, que sí... Don Víctor tomó tila y acto continuo bostezó
enérgicamente.

--¿Tienes frío?--¡Frío yo! Y pensó que dentro de tres horas, antes de
amanecer, saldría con gran sigilo por la puerta del parque--la huerta de
los Ozores--. Entonces sí que haría frío, sobre todo, cuando llegaran al
Montico, él y su querido Frígilis, su Pílades cinegético, como le
llamaba.

Iban de caza; una caza prohibida, a tales horas, por la Regenta. Anita
no dejó a Víctor tan pronto como él quisiera. Estaba muy habladora su
querida mujercita. Le recordó mil episodios de la vida conyugal siempre
tranquila y armoniosa.

--¿No quisieras tener un hijo, Víctor?--preguntó la esposa apoyando la
cabeza en el pecho del marido.

--¡Con mil amores!--contestó el ex-regente buscando en su corazón la
fibra del amor paternal. No la encontró; y para figurarse algo parecido
pensó en su reclamo de perdiz, escogidísimo regalo de Frígilis.

--«Si mi mujer supiera que sólo puedo disponer de dos horas y media de
descanso, me dejaría volver a la cama».

Pero la pobrecita lo ignoraba todo, debía ignorarlo. Más de media hora
tardó la Regenta en cansarse de aquella locuacidad nerviosa. ¡Qué de
proyectos! ¡qué de horizontes de color de rosa! Y siempre, siempre
juntos Víctor y ella.

--¿Verdad?--Sí, hijita mía, sí; pero debes descansar; te exaltas
hablando....

--Tienes razón; siento una fatiga dulce.... Voy a dormir.

Él se inclinó para besarle la frente, pero ella echándole los brazos al
cuello y hacia atrás la cabeza, recibió en los labios el beso. Don
Víctor se puso un poco encarnado; sintió hervir la sangre. Pero no se
atrevió. Además, antes de tres horas debía estar camino del Montico con
la escopeta al hombro. Si se quedaba con su mujer, adiós cacería.... Y
Frígilis era inexorable en esta materia. Todo lo perdonaba menos faltar
o llegar tarde a un madrugón por el estilo.

--«Sálvense los principios»--pensó el cazador.

--¡Buenas noches, tórtola mía!

Y se acordó de las que tenía en la pajarera.

Y después de _depositar_ otro beso, por propia iniciativa, en la frente
de Ana, salió de la alcoba con la palmatoria en la diestra mano; con la
izquierda levantó el cortinaje granate; volviose, saludó a su esposa con
una sonrisa, y con majestuoso paso, no obstante calzar bordadas
zapatillas, se restituyó a su habitación que estaba al otro extremo del
caserón de los Ozores.

Atravesó un gran salón que se llamaba el estrado; anduvo por pasillos
anchos y largos, llegó a una galería de cristales y allí vaciló un
momento. Volvió pies atrás, desanduvo todos los pasillos y discretamente
llamó a una puerta.

Petra se presentó en el mismo desorden de antes.

--¿Qué hay? ¿se ha puesto peor?

--No es eso, muchacha--contestó don Víctor.

«¡Qué desfachatez! Aquella joven ¿no consideraba que estaba casi
desnuda?».

--Es que... es que... por si Anselmo se duerme y no oye la señal de don
Tomás (Frígilis)... Como es tan bruto Anselmo.... Quiero que tú me llames
si oyes los tres ladridos... ya sabes... don Tomás....

--Sí, ya sé. Descuide usted, señor. En cuanto ladre don Tomás iré a
llamarle. ¿No hay más?--añadió la rubia azafranada, con ojos
provocativos.

--Nada más. Y acuéstate, que estás muy a la ligera y hace mucho frío.

Ella fingió un rubor que estaba muy lejos de su ánimo y volvió la
espalda no muy cubierta. Don Víctor levantó entonces los ojos y pudo
apreciar que eran, en efecto, encantos los que no velaba bien aquella
chica.

Se cerró la puerta del cuarto de Petra y don Víctor emprendió de nuevo
su majestuosa marcha por los pasillos.

Pero antes de entrar en su cuarto se dijo:

--«Ea; ya que estoy levantando voy a dar un vistazo a mi gente».

En un extremo de la galería de cristales había una puerta; la empujó
suavemente y entró en la casa-habitación de sus pájaros que dormían el
sueño de los justos.

Con la mano que llevaba libre hizo una pantalla para la luz de la
palmatoria, y de puntillas se acercó a la canariera. No había novedad.
Su visita inoportuna no fue notada más que por dos o tres canarios, que
movieron las alas estremeciéndose y ocultaron la cabeza entre la pluma.
Siguió adelante. Las tórtolas también dormían; allí hubo ciertos
murmullos de desaprobación, y don Víctor se alejó por no ser indiscreto.
Se acercó a la jaula «del tordo más filarmónico de la provincia, sin
vanidad». El tordo estaba enhiesto sobre un travesaño, _con los hombros
encogidos_; pero no dormía. Sus ojos se fijaron de un modo impertinente
en los de su amo y no quiso reconocerle. Toda la noche se hubiera estado
el animalejo mira que te mirarás, con aire de desafío, sin bajar la
mirada; «le conocía bien; era muy aragonés. ¡Y cómo se parecía a
Ripamilán!». Siguió adelante. Quiso ver la codorniz; pero la salvaje
africana se daba de cabezadas, asustada, contra el techo de lienzo de su
jaula chata y la dejó tranquilizarse. Ante el reclamo de perdiz quedó
extasiado. Si algún pensamiento impuro manchara acaso su conciencia poco
antes, la contemplación del reclamo, aquella obra maestra de la
naturaleza, le devolvió toda la elevación de miras y grandeza de
espíritu que convenía al primer ornitólogo y al cazador sin rival de
Vetusta.

Equilibrado el ánimo, volvió don Víctor al amor de las sábanas.

En aquella estancia dormían años atrás, en la cama dorada de Anita, él y
ella, amantes esposos. Pero... habían coincidido en una idea.

A ella la molestaba él con sus madrugones de cazador; a él le molestaba
ella porque le hacía sacrificarse y madrugar menos de lo que debía, por
no despertarla. Además, los pájaros estaban en una especie de destierro,
muy lejos del amo. Traerlos cerca estando allí Anita sería una crueldad;
no la dejarían dormir la mañana. Pero él ¡con qué deleite hubiera
saboreado el primer silbido del tordo, el arrullo voluptuoso de las
tórtolas, el monótono ritmo de la codorniz, el chas, chas cacofónico,
dulce al cazador, de la perdiz huraña!

No se recuerda quién, pero él piensa que Anita, se atrevió a manifestar
el deseo de una separación en cuanto al tálamo--_quo ad thorum_--. Fue
acogida con mal disimulado júbilo la proposición tímida, y el matrimonio
mejor avenido del mundo dividió el lecho. Ella se fue al otro extremo
del caserón, que era caliente porque estaba al Mediodía, y él se quedó
en su alcoba. Pudo Anita dormir en adelante la mañana, sin que nadie
interrumpiera esta delicia; y pudo Quintanar levantarse con la aurora y
recrear el oído con los cercanos conciertos matutinos de codornices,
tordos, perdices, tórtolas y canarios. Si algo faltaba antes para la
completa armonía de aquella pareja, ya estaba colmada su felicidad
doméstica, por lo que toca a la concordia.

Y a este propósito solía decir don Víctor, recordando su magistratura:

--«La libertad de cada cual se extiende hasta el límite en que empieza
la libertad de los demás; por tener esto en cuenta, he sido siempre
feliz en mi matrimonio».

Quiso dormir el poco tiempo de que disponía para ello, pero no pudo. En
cuanto se quedaba trasvolado, soñaba que oía los tres ladridos de
Frígilis.

¡Cosa extraña! Otras veces no le sucedía esto, dormía a pierna suelta y
despertaba en el momento oportuno.

¡Habría sido la tila! Volvió a encender luz. Cogió el único libro que
tenía sobre la mesa de noche. Era un tomo de mucho bulto. «Calderón de
la Barca» decían unas letras doradas en el lomo. Leyó.

Siempre había sido muy aficionado a representar comedias, y le deleitaba
especialmente el teatro del siglo diecisiete. Deliraba por las
costumbres de aquel tiempo en que se sabía lo que era honor y
mantenerlo. Según él, nadie como Calderón entendía en achaques del
puntillo de honor, ni daba nadie las estocadas que lavan reputaciones
tan a tiempo, ni en el discreteo de lo que era amor y no lo era, le
llegaba autor alguno a la suela de los zapatos. En lo de tomar justa y
sabrosa venganza los maridos ultrajados, el divino don Pedro había
discurrido como nadie y sin quitar a «El castigo sin venganza» y otros
portentos de Lope el mérito que tenían, don Víctor nada encontraba como
«El médico de su honra».

--Si mi mujer--decía a Frígilis--fuese capaz de caer en liviandad digna
de castigo....

--Lo cual es absurdo aun supuesto...--Bien, pero suponiendo ese
absurdo... yo le doy una sangría suelta.

Y hasta nombraba el albéitar a quien había de llamar y tapar los ojos,
con todo lo demás del argumento. Tampoco le parecía mal lo de prender
fuego a la casa y vengar secretamente el supuesto adulterio de su mujer.
Si llegara el caso, que claro que no llegaría, él no pensaba prorrumpir
en preciosa tirada de versos, porque ni era poeta ni quería calentarse
al calor de su casa incendiada; pero en todo lo demás había de ser, dado
el caso, no menos rigoroso que tales y otros caballeros parecidos de
aquella España de mejores días.

Frígilis opinaba que todo aquello estaba bien en las comedias, pero que
en el mundo un marido no está para divertir al público con emociones
fuertes, y lo que debe hacer en tan apurada situación es perseguir al
seductor ante los tribunales y procurar que su mujer vaya a un convento.

--¡Absurdo! ¡absurdo!--gritaba don Víctor--jamás se hizo cosa por el
estilo en los gloriosos siglos de estos insignes poetas.

--Afortunadamente--añadía calmándose--yo no me veré nunca en el doloroso
trance de escogitar medios para vengar tales agravios; pero juro a Dios
que llegado el caso, mis atrocidades serían dignas de ser puestas en
décimas calderonianas.

Y lo pensaba como lo decía. Todas las noches antes de dormir se daba un
atracón de honra a la antigua, como él decía; honra habladora, así con
la espada como con la discreta lengua. Quintanar manejaba el florete, la
espada española, la daga. Esta afición le había venido de su pasión por
el teatro. Cuando _trabajaba_ como aficionado, había comprendido en los
numerosos duelos que tuvo en escena la necesidad de la esgrima, y con
tal calor lo tomó, y tal disposición natural tenía, que llegó a ser
poco menos que un maestro. Por supuesto, no entraba en sus planes matar
a nadie; era un espadachín lírico. Pero su mayor habilidad estaba en el
manejo de la pistola; encendía un fósforo con una bala a veinticinco
pasos, mataba un mosquito a treinta y se lucía con otros ejercicios por
el estilo. Pero no era jactancioso. Estimaba en poco su destreza; casi
nadie sabía de ella. Lo principal era tener aquella sublime idea del
honor, tan propia para redondillas y hasta sonetos. Él era pacífico;
nunca había pegado a nadie. Las muertes que había firmado como juez, le
habían causado siempre inapetencias, dolores de cabeza, a pesar de que
se creía irresponsable.

Leía, pues, don Víctor a Calderón, sin cansarse, y próximo estaba a ver
cómo se atravesaban con sendas quintillas dos valerosos caballeros que
pretendían la misma dama, cuando oyó tres ladridos lejanos. «¡Era
Frígilis!».

Doña Ana tardó mucho en dormirse, pero su vigilia ya no fue impaciente,
desabrida. El espíritu se había refrigerado con el nuevo sesgo de los
pensamientos. Aquel noble esposo a quien debía la dignidad y la
independencia de su vida, bien merecía la abnegación constante a que
ella estaba resuelta. Le había sacrificado su juventud: ¿por qué no
continuar el sacrificio? No pensó más en aquellos años en que había una
calumnia capaz de corromper la más pura inocencia; pensó en lo presente.
Tal vez había sido providencial aquella aventura de la barca de Trébol.
Si al principio, por ser tan niña, no había sacado ninguna enseñanza de
aquella injusta persecución de la calumnia, más adelante, gracias a
ella, aprendió a guardar las apariencias; supo, recordando lo pasado,
que para el mundo no hay más virtud que la ostensible y aparatosa. Su
alma se regocijó contemplando en la fantasía el holocausto del general
respeto, de la admiración que como virtuosa y bella se le tributaba. En
Vetusta, decir la Regenta era decir la perfecta casada. Ya no veía Anita
la _estúpida existencia_ de antes. Recordaba que la llamaban madre de
los pobres. Sin ser beata, las más ardientes fanáticas la consideraban
buena católica. Los más atrevidos Tenorios, famosos por sus temeridades,
bajaban ante ella los ojos, y su hermosura se adoraba en silencio. Tal
vez muchos la amaban, pero nadie se lo decía.... Aquel mismo don Álvaro
que tenía fama de atreverse a todo y conseguirlo todo, la quería, la
adoraba sin duda alguna, estaba segura; más de dos años hacía que ella
lo había conocido, pero él no había hablado más que con los ojos, donde
Ana fingía no adivinar una pasión que era un crimen.

Verdad era que en estos últimos meses, sobre todo desde algunas semanas
a esta parte, se mostraba más atrevido... hasta algo imprudente, él que
era la prudencia misma, y sólo por esto digno de que ella no se irritara
contra su infame intento... pero ya sabría contenerle; sí, ella le
pondría a raya helándole con una mirada.... Y pensando en convertir en
carámbano a don Álvaro Mesía, mientras él se obstinaba en ser de fuego,
se quedó dormida dulcemente.

En tanto allá abajo, en el parque, miraba al balcón cerrado del tocador
de la Regenta, don Víctor, pálido y ojeroso, como si saliera de una
orgía; daba pataditas en el suelo para sacudir el frío y decía a
Frígilis, su amigo....

--¡Pobrecita! ¡cuán ajena estará, allá en su tranquilo sueño, de que su
esposo la engaña y sale de casa dos horas antes de lo que ella
piensa!...

Frígilis sonrió como un filósofo y echó a andar delante. Era un señor ni
alto ni bajo, cuadrado; vestía cazadora de paño pardo; iba tocado con
gorra negra con orejeras y por único abrigo ostentaba una inmensa
bufanda, a cuadros, que le daba diez vueltas al cuello. Lo demás todo
era utensilios y atributos de caza, pero sobrios, como los de un Nemrod.

Don Víctor, al llegar a la puerta del parque, volvió a mirar hacia el
balcón, lleno de remordimientos.

--Anda, anda, que es tarde--murmuró Frígilis.

No había amanecido.




--IV--


La familia de los Ozores era una de las más antiguas de Vetusta. Era el
tal apellido de muchos condes y marqueses, y pocos nobles había en la
ciudad que no fueran, por un lado o por otro, algo parientes de tan
ilustre linaje.

Don Carlos, padre de Ana, era el primogénito de un segundón del conde de
Ozores. Don Carlos tuvo dos hermanas, Anunciación y Águeda, que con su
padre habitaron mucho tiempo el caserón de sus mayores. La rama
principal, la de los condes, vivía años hacía emigrada.

El primogénito del segundón quiso tener una carrera, ser algo más que
heredero de algunas caserías, unos cuantos foros y un palacio achacoso
de goteras. Fue ingeniero militar. Se portó como un valiente; en muchas
batallas demostró grandes conocimientos en el arte de Vauban, construyó
duraderos y bien dispuestos fuertes en varias costas, y llegó pronto a
coronel de ejército, comandante del cuerpo. Cansado de casamatas,
cortinas, paralelas y castillos, procurose un empleo en la corte y fue
perdiendo sus aficiones militares, quedándose sólo con las científicas:
prefirió la física, las matemáticas a las aplicaciones de tales
ciencias, al arte, y cada día fue menos guerrero. Pero al mismo tiempo
se entregaba a las delicias de Capua, y por fin, después de muchos
amoríos, tuvo un amor serio, una pasión de sabio (o cosa parecida) que
ya no es joven.

Loco de amor se casó don Carlos Ozores a los treinta y cinco años con
una humilde modista italiana que vivía en medio de seducciones sin
cuento, honrada y pobre. Esta fue la madre de Ana que, al nacer, se
quedó sin ella.

--«¡Menos mal!»--pensaban las hermanas de don Carlos allá en su caserón
de Vetusta.

Su matrimonio había originado al coronel un rompimiento con su familia.
Se escribieron dos cartas secas y no hubo más relaciones.

--Si viviera mi padre--pensaba Ozores--de fijo perdonaba este matrimonio
desigual.

--¡Si viviera padre, moriría del disgusto!--decían las solteronas
implacables.

Toda la nobleza vetustense aprobaba la conducta de aquellas señoritas,
que vieron un castigo de Dios en el desgraciado puerperio de la modista
italiana, su cuñada indigna.

El palacio de los Ozores era de don Carlos; sus hermanas se lo dijeron
en otra carta fría y lacónica:

«Estaban dispuestas a abandonarlo, si él lo exigía; sólo le pedían que
pensase cómo se había de conservar aquel resto precioso de tanta
nobleza».

El coronel contestó «que por Dios y todos los santos continuasen
viviendo donde habían nacido, que él se lo suplicaba por bien de la
misma finca, que sin ellas se vendría a tierra». Las solteronas, sin
contestar ni transigir en lo del matrimonio, se quedaron en el palacio
para que no se derrumbara.

A don Carlos le dolió mucho que ni siquiera se le preguntase por su
hija. La nobleza vetustense opinó que muerto el perro no se acabase la
rabia; que la muerte providencial de la modista no era motivo suficiente
para hacer las paces con el infame don Carlos ni para enterarse de la
suerte de su hija.

Tiempo había para proteger a la niña, sin menoscabo de la dignidad, si,
como era de presumir, la conducta loca de su padre le arrastraba a la
pobreza. Además, se corrió por Vetusta que don Carlos se había hecho
masón, republicano y por consiguiente ateo. Sus hermanas se vistieron de
negro y en el gran salón, en el estrado, recibieron a toda la
aristocracia de Vetusta, como si se tratara de visitas de duelo.

La estancia estaba casi a obscuras; por los grandes balcones no se
dejaba pasar más que un rayo de luz; se hablaba poco, se suspiraba y se
oía el aleteo de los abanicos.

--¡Cuánto mejor hubiese sido que se hubiera vuelto loco!--exclamó el
marqués de Vegallana, jefe del partido conservador de Vetusta.

--¡Qué... loco!--contestó una de las hermanas, doña Anunciación--. Diga
usted, marqués, que ojalá Dios se acordase de él, antes que verle así.

Hubo unánime aprobación por señas. Muchas cabezas se inclinaron
lánguidamente; y se volvió a suspirar. Aquello del republicanismo no
necesitaba comentarios.

Don Carlos, en efecto, se había hecho liberal de los avanzados; y de los
estudios físicos matemáticos había pasado a los filosóficos; y de
resultas era un hombre que ya no creía sino lo que tocaba, hecha
excepción de la libertad que no la pudo tocar nunca y creyó en ella
muchos años. La vida de liberal en ejercicio de aquellos tiempos tenía
poco de tranquila. Don Carlos se dedicó a filósofo y a conspirador, para
lo cual creyó oportuno pedir la absoluta.

--«Yo ingeniero, no podría conspirar nunca (creía en el espíritu de
cuerpo); como particular puedo procurar la salvación del país por los
medios más adecuados».

No hay que pensar que era tonto don Carlos, sino un buen matemático,
bastante instruido en varias materias. Pudo reunir una mediana
biblioteca donde había no pocos libros de los condenados en el Índice.
Amaba la literatura con ardor y era, por entonces, todo lo romántico que
se necesitaba para conspirar con progresistas.

Lo que pudiera haber de falso y contradictorio en el carácter de don
Carlos, era obra de su tiempo. No le faltaba talento, era apasionado y
se asimilaba con facilidad ideas que entendía muy pronto, pero no se
distinguía por lo original ni por lo prudente. Su amor propio de
libre-pensador no había llegado a esa jerarquía del orgullo en que sólo
se admite lo que uno crea para sí mismo. De todas maneras, era
simpático.

De sus defectos su hija fue la víctima. Después de llorar mucho la
muerte de su esposa, don Carlos volvió a pensar en asuntos que a él se
le antojaban serios, como v. gr., propagar el libre examen dentro de
círculo determinado de españoles; procurar el triunfo del sistema
representativo en toda su integridad. Tanto valía entonces esto como
dedicarse a bandolero sin protección, por lo que toca a la necesidad de
vivir a salto de mata. Un conspirador no puede tener consigo una niña
sin madre. Le hablaron de colegios, pero los aborrecía. Tomó un aya,
una española inglesa que en nada se parecía a la de Cervantes, pues no
tenía encantos morales, y de los corporales, si de alguno disponía,
hacía mal uso. Esto lo ignoraba don Carlos, que admitió el aya en
calidad de católica liberal. Se le había dicho:

--«Es una mujer ilustrada, aunque española; educada en Inglaterra donde
ha aprendido el noble espíritu de la tolerancia».

Y además, curaba el entendimiento y el corazón a los niños con píldoras
de la Biblia y pastillas de novela inglesa para uso de las familias.
Era, en fin, una hipocritona de las que saben que a los hombres no les
gustan las mujeres beatas, pero tampoco descreídas, sino, así un término
medio, que los hombres mismos no saben cómo ha de ser. La hipocresía de
doña Camila llegaba hasta el punto de tenerla en el temperamento, pues
siendo su aspecto el de una estatua anafrodita, el de un ser sin sexo,
su pasión principal era la lujuria, satisfecha a la inglesa: una lujuria
que pudiera llamarse metodista si no fuera una profanación.

Tuvo que emigrar don Carlos, y Ana quedó en poder de doña Camila, que
por imprudencia imperdonable de Ozores se vio disponiendo a su antojo de
la mayor parte de las rentas de su amo, cada vez más flacas, pues las
conspiraciones cuestan caras al que las paga.

Aconsejaron los médicos aires del campo y del mar para la niña y el aya
escribió a don Carlos que un su amigo, Iriarte, el que le había
recomendado a doña Camila, vendía en una provincia del Norte, limítrofe
de Vetusta, una casa de campo en un pueblecillo pintoresco, puerto de
mar y saludable a todos los vientos. Ozores dio órdenes para que se
vendiese como se pudiera en la provincia de Vetusta la poca hacienda
que no había malbaratado antes, y la mitad del producto de tan loca
enajenación la dedicó a la compra de aquella quinta de su amigo Iriarte.
La otra mitad fue destinada al socorro de los patriotas más o menos
auténticos. En Vetusta no le quedaba más que su palacio que habitaban,
sin pagar renta, las solteronas. La casa de campo y los predios que la
rodeaban y pertenecían, valían mucho menos de lo que podía presumir el
conspirador, si juzgaba por lo que le costaban, pero él no paraba
mientes en tal materia: se iba arruinando ni más ni menos que su patria;
pero así como la lista civil le dolía lo mismo que si la pagase él
entera, de las mangas y capirotes que hacían con sus bienes le importaba
poco. No era todo desprendimiento; vagamente veía en lontananza un
porvenir de indemnizaciones patrióticas que aunque estaban en el
programa de su partido, a él no le alcanzaron.

A las nuevas haciendas de don Carlos se fueron Anita, el aya, los
criados y tras ellos el _hombre_, como llamó siempre la niña al
personaje que turbaba no pocas veces el sueño de su inocencia. Era
Iriarte, el amante de doña Camila y antiguo dueño de la casa de campo.

El aya había procurado seducir a don Carlos; sabía que su difunta esposa
era una humilde modista, y ella, doña Camila Portocarrero que se creía
descendiente de nobles, bien podía aspirar a la sucesión de la italiana.
Creyó que don Carlos se había casado por compromiso, que era un hombre
que se casaba con la servidumbre. Conocía este tipo y sabía cómo se le
trataba. Pero fue inútil. En el poco tiempo que pudo aprovechar para
hacer la prueba de su sabio y complicado sistema de seducción, don
Carlos no echó de ver siquiera que se le tendía una red amorosa. Por
aquella época era él casi sansimoniano. Emigró Ozores y doña Camila juró
odio eterno al ingrato, y consagró, con la paciencia de los reformistas
ingleses, un culto de envidia póstuma a la modista italiana que había
conseguido casarse con aquel estuco. Anita pagó por los dos.

El aya afirmaba en todas partes, entre interjecciones aspiradas, que la
educación de aquella señorita de cuatro años exigía cuidados muy
especiales. Con alusiones maliciosas, vagas y envueltas en misterios a
la condición social de la italiana, daba a entender que la ciencia de
educar no esperaba nada bueno de aquel retoño de meridionales
concupiscencias. En voz baja decía el aya que «la madre de Anita tal vez
antes que modista había sido bailarina».

De todas suertes, doña Camila se rodeó de precauciones pedagógicas y
preparó a la infancia de Ana Ozores un verdadero gimnasio de moralidad
inglesa. Cuando aquella planta tierna comenzó a asomar a flor de tierra
se encontró ya con un rodrigón al lado para que creciese derecha. El aya
aseguraba que Anita necesitaba aquel palo seco junto a sí y estar atada
a él fuertemente. El palo seco era doña Camila. El encierro y el ayuno
fueron sus disciplinas.

Ana que jamás encontraba alegría, risas y besos en la vida, se dio a
soñar todo eso desde los cuatro años. En el momento de perder la
libertad se desesperaba, pero sus lágrimas se iban secando al fuego de
la imaginación, que le caldeaba el cerebro y las mejillas. La niña
fantaseaba primero milagros que la salvaban de sus prisiones que eran
una muerte, figurábase vuelos imposibles.

«Yo tengo unas alas y vuelo por los tejados, pensaba; me marcho como
esas mariposas»; y dicho y hecho, ya no estaba allí. Iba volando por el
azul que veía allá arriba.

Si doña Camila se acercaba a la puerta a escuchar por el ojo de la
llave, no oía nada. La niña con los ojos muy abiertos, brillantes, los
pómulos colorados, estaba horas y horas recorriendo espacios que ella
creaba llenos de ensueños confusos, pero iluminados por una luz difusa
que centelleaba en su cerebro.

Nunca pedía perdón; no lo necesitaba. Salía del encierro pensativa,
altanera, callada; seguía soñando; la dieta le daba nueva fuerza para
ello. La heroína de sus novelas de entonces era una madre. A los seis
años había hecho un poema en su cabecita rizada de un rubio obscuro.
Aquel poema estaba compuesto de las lágrimas de sus tristezas de
huérfana maltratada y de fragmentos de cuentos que oía a los criados y a
los pastores de Loreto. Siempre que podía se escapaba de casa; corría
sola por los prados, entraba en las cabañas donde la conocían y
acariciaban, sobre todo los perros grandes; solía comer con los
pastores. Volvía de sus correrías por el campo, como la abeja con el
jugo de las flores, con material para su poema. Como Poussin cogía
yerbas en los prados para estudiar la naturaleza que trasladaba al
lienzo. Anita volvía de sus escapatorias de salvaje con los ojos y la
fantasía llenos de tesoros que fueron lo mejor que gozó en su vida. A
los veintisiete años Ana Ozores hubiera podido contar aquel poema desde
el principio al fin, y eso que en cada nueva edad le había añadido una
parte. En la primera había una paloma encantada con un alfiler negro
clavado en la cabeza; era la reina mora; su madre, la madre de Ana que
no parecía. Todas las palomas con manchas negras en la cabeza podían
ser una madre, según la lógica poética de Anita.

La idea del libro, como manantial de mentiras hermosas, fue la
revelación más grande de toda su infancia. ¡Saber leer! esta ambición
fue su pasión primera. Los dolores que doña Camila le hizo padecer antes
de conseguir que aprendiera las sílabas, perdonóselos ella de todo
corazón. Al fin supo leer. Pero los libros que llegaban a sus manos, no
le hablaban de aquellas cosas con que soñaba. No importaba; ella les
haría hablar de lo que quisiese.

Le enseñaban geografía; donde había enumeraciones fatigosas de ríos y
montañas, veía Ana aguas corrientes, cristalinas y la sierra con sus
pinos altísimos y soberbios troncos; nunca olvidó la definición de isla,
porque se figuraba un jardín rodeado por el mar; y era un contento. La
historia sagrada fue el maná de su fantasía en la aridez de las
lecciones de doña Camila. Adquirió su poema formas concretas, ya no fue
nebuloso; y en las tiendas de los israelitas, que ella bordó con franjas
de colores, acamparon ejércitos de bravos marineros de Loreto, de pierna
desnuda, musculosa y velluda, de gorro catalán, de rostro curtido,
triste y bondadoso, barba espesa y rizada y ojos negros.

La poesía épica predomina lo mismo que en la infancia de los pueblos en
la de los hombres. Ana soñó en adelante más que nada batallas, una
Ilíada, mejor, un Ramayana sin argumento. Necesitaba un héroe y le
encontró: Germán, el niño de Colondres. Sin que él sospechara las
aventuras peligrosas en que su amiga le metía, se dejaba querer y acudía
a las citas que ella le daba en la barca de Trébol.

Nada le decía de aquellas grandes batallas que le obligaba a ganar en
el extremo Oriente, en las que ella le asistía haciendo el papel de
reina consorte, con arranques de amazona. Algunas veces le propuso,
hablándole al oído, viajes muy arriesgados a países remotos que él ni de
nombre conocía. Germán aceptaba inmediatamente, y estaba dispuesto a
convertirse en diligencia si Ana aceptaba el cargo de mula, o viceversa.
No era eso. La niña quería ir a tierra de moros de verdad, a matar
infieles o a convertirlos, como Germán quisiera. Germán prefería
matarlos; y dicho y hecho se metían en la barca, mientras el barquero
dormía a la sombra de un cobertizo en la orilla. A costa de grandes
sudores conseguían un ligero balanceo del gran navío que tripulaban y
entonces era cuando se creían bogando a toda vela por mares nunca
navegados.

Germán gritaba:--¡Orza!... ¡a babor, a estribor! ¡hombre al agua!...
¡un tiburón!...

Pero tampoco era aquello lo que quería Anita; quería marchar de veras,
muy lejos, huyendo de doña Camila. La única ocasión en que Germán
correspondió al tipo ideal que de su carácter y prendas se había forjado
Anita, fue cuando aceptó la escapatoria nocturna para ver juntos la luna
desde la barca y contarse cuentos. Este proyecto le pareció más viable
que el de irse a Morería y se llevó a cabo. Ya se sabe cómo entendió la
grosera y lasciva doña Camila la aventura de los niños. Era de tal
índole la maldad de esta hembra, que daba por buenas las desazones que
el lance pudiera causarle, por la responsabilidad que ella tenía, con
tal de ver comprobados por los hechos sus pronósticos.

--«¡Como su madre!--decía a las personas de confianza--. _¡improper!
¡improper!_ ¡Si ya lo decía yo! El instinto... la sangre.... No basta la
educación contra la naturaleza».

Desde entonces educó a la niña sin esperanzas de salvarla; como si
cultivara una flor podrida ya por la mordedura de un gusano. No esperaba
nada, pero cumplía su deber. Loreto era una aldea, y como doña Camila
refería la aventura a quien la quisiera oír, llorando la infeliz,
rendida bajo el peso de la responsabilidad (y ella poco podía contra la
naturaleza), el escándalo corrió de boca en boca, y hasta en el casino
se supo lo de aquella confesión a que se obligó a la reo. Se discutió el
caso fisiológicamente. Se formaron partidos; unos decían que bien podía
ser, y se citaban multitud de ejemplos de precocidad semejante.

--Créanlo ustedes--decía el amante de doña Camila--el hombre nace
naturalmente malo, y la mujer lo mismo.

Otros negaban la verosimilitud del hecho cuando menos.

--«Si ponen ustedes eso en un libro nadie lo creerá».

Ana fue objeto de curiosidad general. Querían verla, desmenuzar sus
gestos, sus movimientos para ver si se le conocía en algo.

--Lo que es desarrollada lo está y mucho para su edad...--decía el
hombre de doña Camila, que saboreaba por adelantado la lujuria de lo
porvenir.

--En efecto, parece una mujercita. Y se la devoraba con los ojos; se
deseaba un milagroso crecimiento instantáneo de aquellos encantos que no
estaban en la niña sino en la imaginación de los socios del casino.

A Germán, que no pareció por Loreto, se le atribuían quince años. «Por
este lado no había dificultad». Doña Camila se creyó obligada en
conciencia a indicar algo a la familia. Al padre no; sería un golpe de
muerte. Escribió a las tías de Vetusta.

«¡Era el último porrazo! ¡El nombre de los Ozores deshonrado! porque al
fin Ozores era la niña, aunque indigna».

Entonces doña Anuncia, la hermana mayor, escribió a don Carlos, porque
el caso era apurado. No le contaba el lance de la deshonra _c_ por _b_,
porque ni sabía cómo había sido, ni era decente referir a un padre tales
escándalos, ni una señorita, una soltera, aunque tuviese más de cuarenta
años, podía descender a ciertos pormenores. Se le escribió a don Carlos
nada más que esto: que era preciso llevar consigo a Anita, pues si la
niña no vivía al lado de su padre, corría grandes riesgos, si no estaba
en peligro inminente, el honor de los Ozores. Don Carlos entonces no
podía restituirse a la patria, como él decía.

Pasaron años, pudo y quiso acogerse a una amnistía y volvió desengañado.
Doña Camila y Ana se trasladaron a Madrid y allí vivían parte del año
los tres juntos, pero el verano y el otoño los pasaban en la quinta de
Loreto.

La calumnia con que el aya había querido manchar para siempre la pureza
virginal de Anita se fue desvaneciendo; el mundo se olvidó de semejante
absurdo, y cuando la niña llegó a los catorce años ya nadie se acordaba
de la grosera y cruel impostura, a no ser el aya, su hombre, que seguía
esperando, y las tías de Vetusta. Pero se acordaba y mucho Ana misma. Al
principio la calumnia habíale hecho poco daño, era una de tantas
injusticias de doña Camila; pero poco a poco fue entrando en su espíritu
una sospecha, aplicó sus potencias con intensidad increíble al enigma
que tanta influencia tenía en su vida, que a tantas precauciones
obligaba al aya; quiso saber lo que era aquel pecado de que la acusaban,
y en la maldad de doña Camila y en la torpe vida, mal disimulada, de
esta mujer, se afiló la malicia de la niña que fue comprendiendo en qué
consistía tener honor y en qué perderlo; y como todos daban a entender
que su aventura de la barca de Trébol había sido una vergüenza, su
ignorancia dio por cierto su pecado. Mucho después, cuando su inocencia
perdió el último velo y pudo ella ver claro, ya estaba muy lejos aquella
edad; recordaba vagamente su amistad con el niño de Colondres, sólo
distinguía bien el recuerdo del recuerdo, y dudaba, dudaba si había sido
culpable de todo aquello que decían. Cuando ya nadie pensaba en tal
cosa, pensaba ella todavía y confundiendo actos inocentes con verdaderas
culpas, de todo iba desconfiando. Creyó en una gran injusticia que era
la ley del mundo, porque Dios quería, tuvo miedo de lo que los hombres
opinaban de todas las acciones, y contradiciendo poderosos instintos de
su naturaleza, vivió en perpetua escuela de disimulo, contuvo los
impulsos de espontánea alegría; y ella, antes altiva, capaz de oponerse
al mundo entero, se declaró vencida, siguió la conducta moral que se le
impuso, sin discutirla, ciegamente, sin fe en ella, pero sin hacer
traición nunca.

Ya era así cuando su padre volvió de la emigración. No le satisfizo
aquel carácter.

¿No se le había dicho que la niña era un peligro para el honor de los
Ozores? Pues él veía, por el contrario, una muchacha demasiado tímida y
reservada, de una prudencia exagerada para sus años. Ya le pesaba de
haber entregado su hija a la gazmoñería inglesa que, según él, no
servía para la raza latina. Volvía de la emigración muy latino.
Afortunadamente allí estaba él para corregir aquella educación viciosa.
Despidió a doña Camila y se encargó de la instrucción de su hija. En el
extranjero se había hecho don Carlos más filósofo y menos político. Para
España no había salvación. Era un pueblo gastado. América se tragaba a
Europa, además. Le preocupaban mucho las carnes en conserva que venían
de los Estados Unidos.

--«Nos comen, nos comen. Somos pobres, muy pobres, unos miserables que
sólo entendemos de tomar el sol».

Él sí era pobre, y más cada día, pero achacaba su estrechez a la
decadencia general, a la falta de sangre en la raza y otros disparates.
Le quedaban la biblioteca, que había mejorado, y los amigos, nuevos, por
supuesto.

Todos los días se ponía a discusión delante de Ana, al tomar café, la
divinidad de Cristo. Unos le llamaban el primer demócrata. Otros decían
que era un símbolo del sol y los apóstoles las constelaciones del
Zodiaco.

Ana procuraba retirarse en cuanto podía hacerlo sin ofender la
susceptibilidad de aquel libre-pensador que era su padre. ¡Con qué
tristeza pensaba la niña, sin querer pensarlo, que los amigos de su
padre eran personas poco delicadas, habladores temerarios! Y su mismo
papá, esto era lo peor, y había que pensarlo también, su querido papá
que era un hombre de talento, capaz de inventar la pólvora, un reloj, el
telégrafo, cualquier cosa, se iba volviendo loco a fuerza de filosofar,
y no sabía vivir con una hija que ya entendía más que él de asuntos
religiosos.

Aquella sumisión exterior, aquel sacrificio de la vida ordinaria, de
las relaciones vulgares a las preocupaciones y a las injusticias del
mundo no eran hipocresía en Anita, no eran la careta del orgullo; pero
no podía juzgarse por tales apariencias de lo que pasaba dentro de ella.
Así como en la infancia se refugiaba dentro de su fantasía para huir de
la prosaica y necia persecución de doña Camila, ya adolescente se
encerraba también dentro de su cerebro para compensar las humillaciones
y tristezas que sufría su espíritu. No osaba ya oponer los impulsos
propios a lo que creía conjuración de todos los necios del mundo, pero a
sus solas se desquitaba. El enemigo era más fuerte, pero a ella le
quedaba aquel reducto inexpugnable.

Nunca le habían enseñado la religión como un sentimiento que consuela;
doña Camila entendía el Cristianismo como la Geografía o el arte de
coser y planchar; era una asignatura de adorno o una necesidad
doméstica. Nada le dijo contra el dogma, pero jamás la dulzura de Jesús
procuró explicársela con un beso de madre. María Santísima era la Madre
de Dios, en efecto; pero una vez que Ana volvió del campo diciendo que
la Virgen, según le constaba a ella, lavaba en el río los pañales del
Niño Jesús, doña Camila, indignada, exclamó:

--_¡Improper!_ ¿quién le inculcará a esta chiquilla estas sandeces del
vulgo?

En este particular don Carlos aprobaba el criterio de doña Camila;
precisamente él creía que el Misterio de la Encarnación era como la
lluvia de oro de Júpiter; y remontándose más, en virtud de la Mitología
comparada, encontraba en la religión de los indios dogmas parecidos.

Ana en casa de su padre disponía de pocos libros devotos. Pero en
cambio, sabía mucha Mitología, con velos y sin ellos.

Sólo aquello que el rubor más elemental manda que se tape, era lo que
ocultaba don Carlos a su hija. Todo lo demás podía y debía conocerlo.
¿Por qué no? Y con multitud de citas explicaba y recomendaba Ozores la
educación _omnilateral_ y _armónica_, como la entendía él.

--Yo quiero--concluía--que mi hija sepa el bien y el mal para que
libremente escoja el bien; porque si no ¿qué mérito tendrán sus obras?

Sin embargo, si su hija fuese funámbula y trabajase en el alambre, don
Carlos pondría una red debajo, aunque perdiese mérito el ejercicio.

De las novelas modernas algunas le prohibía leer, pero en cuanto se
trataba de arte clásico «de verdadero arte», ya no había velos, podía
leerse todo. El romántico Ozores era clásico después de su viaje por
Italia.

--¡El arte no tiene sexo!--gritaba--. Vean ustedes, yo entrego a mi
hija esos grabados que representan el arte antiguo, con todas las
bellezas del desnudo que en vano querríamos imitar los modernos. ¡Ya no
hay desnudo! Y suspiraba.

La Mitología llegó a conocerla Anita como en su infancia la historia de
Israel.

--_¡Honni soit qui mal y pense!_--repetía don Carlos; y lo otro de: _Oh,
procul, procul estote prophani_.

Y no tomaba más precauciones.

Por fortuna en el espíritu de Ana la impresión más fuerte del arte
antiguo y de las fábulas griegas, fue puramente estética; se excitó su
fantasía, sobre todo, y, gracias a ella, no a don Carlos, aquel
inoportuno estudio del desnudo clásico no causó estragos.

La muchacha envidiaba a los dioses de Homero que vivían como ella había
soñado que se debía vivir, al aire libre, con mucha luz, muchas
aventuras y sin la férula de un aya semi-inglesa.

También envidiaba a los pastores de Teócrito, Bion y Mosco; soñaba con
la gruta fresca y sombría del Cíclope enamorado, y gozaba mucho, con
cierta melancolía, trasladándose con sus ilusiones a aquella Sicilia
ardiente que ella se figuraba como un nido de amores. Pero como de
abandonarse a sus instintos, a sus ensueños y quimeras se había
originado la nebulosa aventura de la barca de Trébol, que la avergonzaba
todavía, miraba con desconfianza, y hasta repugnancia moral, cuanto
hablaba de relaciones entre hombres y mujeres, si de ellas nacía algún
placer, por ideal que fuese. Aquellas confusiones, mezcla de malicia y
de inocencia, en que la habían sumergido las calumnias del aya y los
groseros comentarios del vulgo, la hicieron fría, desabrida, huraña para
todo lo que fuese amor, según se lo figuraba. Se la había separado
sistemáticamente del trato íntimo de los hombres, como se aparta del
fuego una materia inflamable. Doña Camila la educaba como si fuera un
polvorín. «Se había equivocado su natural instinto de la niñez; aquella
amistad de Germán había sido un pecado, ¿quién lo diría? Lo mejor era
huir del hombre. No quería más humillaciones». Esta aberración de su
espíritu la facilitaban las circunstancias. Don Carlos no tenía más
amistad que la de unos cuantos hongos, filosofastros y conspiradores;
estos caballeros debían de estar solos en el mundo; si tenían hijos y
mujer, no los presentaban ni hablaban de ellos nunca. Anita no tenía
amigas. Además don Carlos la trataba como si fuese ella el arte, como si
no tuviera sexo. Era aquella una educación neutra. A pesar de que
Ozores pedía a grito pelado la emancipación de la mujer y aplaudía cada
vez que en París una dama le quemaba la cara con vitriolo a su amante,
en el fondo de su conciencia tenía a la hembra por un ser inferior, como
un buen animal doméstico. No se paraba a pensar lo que podía necesitar
Anita. A su madre la había querido mucho, le había besado los pies
desnudos durante la luna de miel, que había sido exagerada; pero poco a
poco, sin querer, había visto él también en ella a la antigua modista, y
la trató al fin como un buen amo, suave y contento. Fuera por lo que
fuere, él creía cumplir con Anita llevándola al Museo de Pinturas, a la
Armería, algunas veces al Real y casi siempre a paseo con algunos
libre-pensadores, amigos suyos, que se paraban para discutir a cada diez
pasos. Eran de esos hombres que casi nunca han hablado con mujeres. Esta
especie de varones, aunque parece rara, abunda más de lo que pudiera
creerse. El hombre que no habla con mujeres se suele conocer en que
habla mucho de la mujer en general; pero los amigotes de Ozores ni esto
hacían; eran pinos solitarios del Norte que no suspiraban por ninguna
palmera del Mediodía.

Aunque Ana llegaba a la edad en que la niña ya puede gustar como mujer,
no llamaba la atención; nadie se había enamorado de ella. Entre doña
Camila y don Carlos habían ajado las rosas de su rostro; aquella
turgencia y expansión de formas que al amante del aya le arrancaban
chispas de los ojos, habían contenido su crecimiento; Anita iba a
transformarse en mujer cuando parecía muy lejos aún de esta crisis;
estaba delgada, pálida, débil; sus quince años eran ingratos: a los diez
tenía las apariencias de los trece, y a los quince representaba dos
menos. Como todavía no se ha convenido en mantener a costa del Erario a
los filósofos, don Carlos que no se ocupaba más que en arreglar el mundo
y condenarlo tal como era, se vio pronto en apurada situación económica.

--«Ya estaba cansado; bastante había combatido en la vida», según él, y
no se le ocurrió buscar trabajo; no quería trabajar más. Prefirió
retirarse a su quinta de Loreto, accediendo a las súplicas de Anita que
se lo pedía con las manos en cruz. La pobre muchacha se aburría mucho en
Madrid. Mientras a su imaginación le entregaban a Grecia, el Olimpo, el
Museo de Pinturas, ella, Ana Ozores, la de carne y hueso, tenía que
vivir en una calle estrecha y obscura, en un mísero entresuelo que se le
caía sobre la cabeza. Ciertas vecinas querían llevarla a paseo, a una
tertulia y a los teatros extraviados que ellas frecuentaban. La pobreza
en Madrid tiene que ser o resignada o cursi. Aquellas vecinas eran
cursis. Anita no podía sufrirlas; le daban asco ellas, su tertulia y sus
teatros. Pronto la llamaron el comino orgulloso, la mona sabia. Los seis
meses de aldea los pasaba mucho mejor, aun con ser aquel lugar el de su
antiguo cautiverio y el de la aventura de la barca, y la calumnia
subsiguiente. Pero de cuantos podrían recordarle aquella _vergüenza_,
sólo veía ella al señor Iriarte, el hombre del aya, que visitaba a don
Carlos y miraba a la niña con ojos de cosechero que se prepara a recoger
los frutos.

Cuando don Carlos decidió vivir en Loreto todo el año, para hacer
economías, Ana le besó en los ojos y en la boca y fue por un día entero
la niña expansiva y alegre que había empezado a brotar antes de ser
trasplantada al invernadero pedagógico de doña Camila. Otros años se
llevaba a la aldea algún cajón de libros; esta vez se mandó con el
maragato la biblioteca entera, el orgullo legítimo de don Carlos.

Un día de sol, en Mayo, Ana que se preparaba a una vida nueva, por
dentro, cantaba alegre limpiando los estantes de la biblioteca en la
quinta. Colocaba en los cajones los libros, después de sacudirles el
polvo, por el orden señalado en el catálogo escrito por don Carlos.

Vio un tomo en francés, forrado de cartulina amarilla; creyó que era una
de aquellas novelas que su padre le prohibía leer y ya iba a dejar el
libro cuando leyó en el lomo: _Confesiones de San Agustín_.

¿Qué hacía allí San Agustín?

Don Carlos era un libre-pensador que no leía libros de santos, ni de
curas, ni de _neos_, como él decía. Pero San Agustín era una de las
pocas excepciones. Le consideraba como filósofo.

Ana sintió un impulso irresistible; quiso leer aquel libro
inmediatamente. Sabía que San Agustín había sido un pagano libertino, a
quien habían convertido voces del cielo por influencia de las lágrimas
de su madre Santa Mónica. No sabía más. Dejó caer el plumero con que
sacudía el polvo; y en pie, bañados por un rayo de sol su cabeza pequeña
y rizada y el libro abierto, leyó las primeras páginas. Don Carlos no
estaba en casa. Ana salió con el libro debajo del brazo; fue a la
huerta. Entró en el cenador, cubierto de espesa enredadera perenne. Las
sombras de las hojuelas de la bóveda verde jugueteaban sobre las hojas
del libro, blancas y negras y brillantes; se oía cerca, detrás, el
murmullo discreto y fresco del agua de una acequia que corría despacio
calentándose al sol; fuera de la huerta sonaban las ramas de los altos
álamos con el suave castañeteo de las hojas nuevas y claras que
brillaban como lanzas de acero.

Ana leía con el alma agarrada a las letras. Cuando concluía una página,
ya su espíritu estaba leyendo al otro lado. Aquello sí que era nuevo.
Toda la Mitología era una locura, según el santo. Y el amor, aquel amor,
lo que ella se figuraba, pecado, pequeñez; un error, una ceguera. Bien
había hecho ella en vivir prevenida. Recordó que en Madrid dos
estudiantes le habían escrito cartas a que ella no contestaba. Era su
única aventura, después de la vergüenza de la barca de Trébol. El santo
decía que los niños son por instinto malos, que su perversión innata
hace gozar y reír a los que los aman; pero sus gracias son defectos; el
egoísmo, la ira, la vanidad los impulsan.

--«Es verdad, es verdad»--pensaba ella arrepentida.

Pero entonces hacía falta otra cosa. ¿Aquel vacío de su corazón iba a
llenarse? Aquella vida sin alicientes, negra en lo pasado, negra en lo
porvenir, inútil, rodeada de inconvenientes y necedades ¿iba a terminar?
Como si fuera un estallido, sintió dentro de la cabeza un «sí» tremendo
que se deshizo en chispas brillantes dentro del cerebro. Pasaba esto
mientras seguía leyendo; aún estaba aturdida, casi espantada por aquella
voz que oyera dentro de sí, cuando llegó al pasaje en donde el santo
refiere que paseándose él también por un jardín oyó una voz que le decía
«_Tole, lege_» y que corrió al texto sagrado y leyó un versículo de la
Biblia.... Ana gritó, sintió un temblor por toda la piel de su cuerpo y
en la raíz de los cabellos como un soplo que los erizó y los dejó
erizados muchos segundos.

Tuvo miedo de lo sobrenatural; creyó que iba a aparecérsele algo....
Pero aquel pánico pasó, y la pobre niña sin madre sintió dulce corriente
que le suavizaba el pecho al subir a las fuentes de los ojos. Las
lágrimas agolpándose en ellos le quitaban la vista.

Y lloró sobre las _Confesiones de San Agustín_, como sobre el seno de
una madre. Su alma se hacía mujer en aquel momento.

Por la tarde acabó de leer el libro. Dejó los últimos capítulos que no
entendía.

De noche, en la biblioteca, discutían don Carlos, un clérigo de Loreto y
varios aficionados a la filosofía y a la buena sidra, que prodigaba el
arruinado Ozores por tal de tener contrincantes. Decía que pensar a
solas es pensar a medias. Necesitaba una oposición. El capellán quería
dejar bien puesto el pabellón de la Iglesia y pasar agradablemente las
noches que se hacían eternas en Loreto, aun en primavera.

Ana, sentada lejos, casi hundida y perdida en una butaca grande de
gutapercha, de grandes orejas, donde había ella soñado mucho despierta,
soñaba también ahora con los ojos muy abiertos, inmóviles. Pensaba en
San Agustín; se le figuraba con gran mitra dorada y capa de raso y oro,
recorriendo el desierto en un África que poblaba ella de fieras y de
palmeras que llegaban a las nubes. Era, como en la infancia, un
delicioso imaginar; otro canto de su poema. Sólo con recordar la dulzura
de San Agustín al reconciliarse en su cátedra con un amigo que asistió a
oírle, del cual vivía separado, sentía Ana inefable ternura que le hacía
amar al universo entero en aquel obispo.

En el mismo instante juraba don Carlos que el cristianismo era una
importación de la Bactriana.

No estaba seguro de que fuera Bactriana lo que había leído, pero en sus
disputas de la aldea era poco escrupuloso en los datos históricos,
porque contaba con la ignorancia del concurso.

El capellán no sabía lo que era la Bactriana; y así le parecía el más
ridículo y gracioso disparate la ocurrencia de traer de allí el
cristianismo.

Y muerto de risa decía:--Pero hombre, buena _Batrania_ te dé Dios;
¿dónde ha leído eso el señor Ozores?

«El capellán no era un San Agustín--pensaba Anita--; no, porque San
Agustín no bebería sidra ni refutaría tan mal argumentos como los de su
padre. No importaba, el clérigo tenía razón y eso bastaba; decía grandes
verdades sin saberlo». Don Carlos en aquel momento se puso a defender a
los maniqueos.

--Menos absurdo me parece creer en un Dios bueno y otro malo, que creer
en Jehová Eloïm que era un déspota, un dictador, un polaco.

«¡Su padre era maniqueo! Buenos ponía a los maniqueos San Agustín, que
también había creído errores así. Pero su padre llegaría a convertirse;
como ella, que tenía lleno el corazón de amor para todos y de fe en Dios
y en el santo obispo de Hiponax».

Después, buscando en la biblioteca, halló el _Genio del Cristianismo_,
que fue una revelación para ella. Probar la religión por la belleza, le
pareció la mejor ocurrencia del mundo. Si su razón se resistía a los
argumentos de Chateaubriand, pronto la fantasía se declaraba vencida y
con ella el albedrío.

--«Valiente mequetrefe era el señor Chateaubriand, según don Carlos. Él
tenía sus obras porque el estilo no era malo».--Se hablaba muy mal de
Chateaubriand por aquel tiempo en todas partes. Después leyó Ana _Los
Mártires_. Ella hubiera sido de buen grado Cimodocea, su padre podía
pasar por un Demodoco bastante regular, sobre todo después de su viaje a
Italia que le había hecho pagano. Pero ¿Eudoro? ¿dónde estaba Eudoro?
Pensó en Germán. ¿Qué habría sido de él?

Difícil le fue encontrar entre los libros de su padre otros que
hablasen, para bien se entiende, de religión. Un tomo del _Parnaso
Español_ estaba consagrado a la poesía religiosa. Los más eran versos
pesados, obscuros, pero entre ellos vio algunos que le hicieron mejor
impresión que el mismo Chateaubriand. Unas quintillas de Fray Luis de
León comenzaban así:

Si quieres, como algún día,
alabar rubios cabellos,
alaba los de María,
más dorados y más bellos
que el sol claro al mediodía.

El poeta eclesiástico que olvidaba otros cabellos para alabar los de
María, le pareció sublime en su ternura; aquellos cinco versos
despertaron en el corazón de Ana lo que puede llamarse el _sentimiento
de la Virgen_, porque no se parece a ningún otro. Y aquella fue su
locura de amor religioso.

María, además de Reina de los Cielos, era una Madre, la de los
afligidos. Aunque se le hubiese presentado no hubiera tenido miedo. La
devoción de la Virgen entró con más fuerza que la de San Agustín y la de
Chateaubriand en el corazón de aquella niña que se estaba convirtiendo
en mujer. El Ave María y la Salve adquirieron para ella nuevo sentido.
Rezaba sin cesar. Pero no bastaba aquello, quería más, quería inventar
ella misma oraciones.

Don Carlos tenía también el _Cantar de los cantares_, en la versión
poética de San Juan de la Cruz. Estaba entre los libros prohibidos para
Anita.

--A mí no me la dan--decía don Carlos guiñando un ojo--; esta _amada_
podrá ser la Iglesia, pero... yo no me fío... no me fío....

Y disparataba sin conciencia; porque él, incapaz de calumniar a sus
semejantes, cuando se trataba de santos y curas creía que no estaba de
más.

Ana leyó los versos de San Juan y entonces sintió la lengua expedita
para improvisar oraciones; las recitaba en verso en sus paseos
solitarios por el monte de Loreto que olía a tomillo y caía a pico sobre
el mar.

Versos _a lo San Juan_, como se decía ella, le salían a borbotones del
alma, hechos de una pieza, sencillos, dulces y apasionados; y hablaba
con la Virgen de aquella manera.

Notaba Anita, excitada, nerviosa--y sentía un dolor extraño en la cabeza
al notarlo--una misteriosa analogía entre los versos de San Juan y
aquella fragancia del tomillo que ella pisaba al subir por el monte.

Verdad era que de algún tiempo a aquella parte su pensamiento, sin que
ella quisiese, buscaba y encontraba secretas relaciones entre las cosas,
y por todas sentía un cariño melancólico que acababa por ser una jaqueca
aguda.

Una tarde de otoño, después de admitir una copa de cumín que su padre
quiso que bebiera detrás del café, Anita salió sola, con el proyecto de
empezar a escribir un libro, allá arriba, en la hondonada de los pinos
que ella conocía bien; era _una obra_ que días antes había imaginado,
una colección de poesías «A la Virgen».

Don Carlos le permitía pasear sin compañía cuando subía al monte de los
tomillares por la puerta del jardín; por allí no podía verla nadie, y al
monte no se subía más que a buscar leña.

Aquel día su paseo fue más largo que otras veces. La cuesta era ardua,
el camino como de cabras; pavorosos acantilados a la derecha caían a
pico sobre el mar, que deshacía su cólera en espuma con bramidos que
llegaban a lo alto como ruidos subterráneos. A la izquierda los
tomillares acompañaban el camino hasta la cumbre, coronada por pinos
entre cuyas ramas el viento imitaba como un eco la queja inextinguible
del océano. Ana subía a paso largo. El esfuerzo que exigía la cuesta la
excitaba; se sentía calenturienta; de sus mejillas, entonces siempre
heladas, brotaba fuego, como en lejanos días. Subía con una ansiedad
apasionada, como si fuera camino del cielo por la cuesta arriba.

Después de un recodo de la senda que seguía, Ana vio de repente nuevo
panorama; Loreto quedó invisible. Enfrente estaba el mar, que antes oía
sin verlo; el mar, mucho mayor que visto desde el puerto, más pacífico,
más solemne; desde allí las olas no parecían sacudidas violentas de una
fiera enjaulada, sino el ritmo de una canción sublime, vibraciones de
placas sonoras, iguales, simétricas, que iban de Oriente a Occidente. En
los últimos términos del ocaso columbraba un anfiteatro de montañas que
parecían escala de gigantes para ascender al cielo; nubes y cumbres se
confundían, y se mandaban reflejados sus colores. En lo más alto de
aquel _cumulus_ de piedra azulada Ana divisó un punto; sabía que era un
santuario. Allí estaba la Virgen. En aquel momento todos los celajes del
ocaso se rasgaban brotando luz de sus entrañas para formar una aureola
a la Madre de Dios, que tenía en aquella cima su templo. La puesta del
sol era una apoteosis. Las velas de las lanchas de Loreto, hundidas en
la sombra del monte, allá abajo, parecían palomas que volaban sobre las
aguas.

Al fin llegó Ana a la _hondonada de los pinos_. Era una cañada entre dos
lomas bajas coronadas de arbustos y con algunos ejemplares muy lucidos
del árbol que le daba nombre. El cauce de un torrente seco dejaba ver su
fondo de piedra blanquecina en medio de la cañada; un pájaro, que a la
niña se le antojó ruiseñor, cantaba escondido en los arbustos de la loma
de poniente. Ana se sentó sobre una piedra cerca del cauce seco. Se
creía en el desierto. No había allí ruido que recordara al hombre. El
mar, que ya no veía ella, volvía a sonar como murmullo subterráneo; los
pinos sonaban como el mar y el pájaro como un ruiseñor. Estaba segura de
su soledad. Abrió un libro de memorias, lo puso en sus rodillas, y
escribió con lápiz en la primera página: «A la Virgen».

Meditó, esperando la inspiración sagrada.

Antes de escribir dejó hablar al pensamiento.

Cuando el lápiz trazó el primer verso, ya estaba terminada, dentro del
alma, la primera estancia. Siguió el lápiz corriendo sobre el papel,
pero siempre el alma iba más deprisa; los versos engendraban los versos,
como un beso provoca ciento; de cada concepto amoroso y rítmico brotaban
enjambres de ideas poéticas, que nacían vestidas con todos los colores y
perfumes de aquel decir poético, sencillo, noble, apasionado.

Cuando todavía el pensamiento seguía dictando a borbotones, tuvo la mano
que renunciar a seguirle, porque el lápiz ya no podía escribir; los
ojos de Ana no veían las letras ni el papel, estaban llenos de lágrimas.
Sentía latigazos en las sienes, y en la garganta mano de hierro que
apretaba.

Se puso en pie, quiso hablar, gritó; al fin su voz resonó en la cañada;
calló el supuesto ruiseñor, y los versos de Ana, recitados como una
oración entre lágrimas, salieron al viento repetidos por las resonancias
del monte. Llamaba con palabras de fuego a su Madre Celestial. Su propia
voz la entusiasmó, sintió escalofríos, y ya no pudo hablar: se doblaron
sus rodillas, apoyó la frente en la tierra. Un espanto místico la dominó
un momento. No osaba levantar los ojos. Temía estar rodeada de lo
sobrenatural. Una luz más fuerte que la del sol atravesaba sus párpados
cerrados. Sintió ruido cerca, gritó, alzó la cabeza despavorida... no
tenía duda, una zarza de la loma de enfrente se movía... y con los ojos
abiertos al milagro, vio un pájaro obscuro salir volando de un matorral
y pasar sobre su frente.




--V--


La señorita doña Anunciación Ozores había llegado a los cuarenta y siete
años sin salir de la provincia de Vetusta. Era por consiguiente una gran
molestia, tal vez un peligro, aventurarse a recorrer en veinte horas de
diligencia la carretera de la costa que llegaba hasta Loreto. La
acompañaron en su viaje don Cayetano Ripamilán, canónigo respetable por
su condición y sus años, y una antigua criada de los Ozores.

Había muerto don Carlos de repente, de noche, sin confesión, sin ningún
sacramento. El médico decía que algún derrame, algún vaso....
Materialismo puro. Doña Anuncia veía la mano de Dios que castiga sin
palo ni piedra. Esto no impidió que durante el viaje manifestase la
señorita de Ozores, vestida de riguroso luto, un dolor apenas mitigado
por la resignación cristiana.

«Ana, la hija de la modista, había caído en cama; estaba sola, en poder
de criados; no había más remedio que ir a recogerla. Ante aquella muerte
concluían las diferencias de familia».

--«Muerto el perro se acabó la rabia»,--había dicho uno de los nobles de
Vetusta.

Doña Anuncia y don Cayetano encontraron a la joven en peligro de muerte.
Era una fiebre nerviosa; una crisis terrible, había dicho el médico; la
enfermedad había coincidido con ciertas transformaciones propias de la
edad; propias sí, pero delante de señoritas no debían explicarse con la
claridad y los pormenores que empleaba el doctor. Don Cayetano podía
oírlo todo, pero doña Anuncia hubiera preferido metáforas y perífrasis.
«El desarrollo contenido», «la crítica y misteriosa metamorfosis», «la
crisálida que se rompe», todo eso estaba bien; pero el médico añadía
unos detalles que doña Anuncia no vacilaba en calificar de groseros.

--«¡Qué gentes trataba mi hermano!»--decía poniendo los ojos en blanco.

Quince días había vivido sola en poder de criados aquella pobre niña,
huérfana y enferma, pues doña Anuncia no se decidió a emprender el viaje
de las veinte horas hasta que se le pidió esta obra de caridad en nombre
de su sobrina moribunda. Ana estaba ya enferma cuando la sobrecogió la
catástrofe. Su enfermedad era melancólica; sentía tristezas que no se
explicaba. La pérdida de su padre la asustó más que la afligió al
principio. No lloraba; pasaba el día temblando de frío en una
somnolencia poblada de pensamientos disparatados. Sintió un egoísmo
horrible lleno de remordimientos. Más que la muerte de su padre le dolía
entonces su abandono, que la aterraba. Todo su valor desapareció; se
sintió esclava de los demás. No bastaba la fuerza de sufrir en silencio,
ni el refugiarse en la vida interior; necesitaba del mundo, un asilo.
Sabía que estaba muy pobre. Su padre, pocos meses antes de morir, había
vendido a vil precio a sus hermanas el palacio de Vetusta. Aquel era el
último resto de su herencia. El producto de tan mala venta había servido
para pagar deudas antiguas. Pero quedaban otras. La misma quinta estaba
hipotecada y su valor no podía sacar a nadie de apuros. En manos del
filósofo no había hecho más que ir perdiendo.

--«Es decir, que estoy casi en la miseria».

Sus derechos de orfandad, que le dijeron que serían una ayuda irrisoria,
poco más que nada, tardaría en cobrarlos; no tenía quien le explicase
cómo y dónde se pedían. Estaba sola, completamente sola; ¿qué iba a ser
de ella? Los amigos del filósofo no le sirvieron de nada. No sabían más
que discutir. El capellán no apareció por allí; la muerte repentina de
don Carlos olía un poco a azufre.

Un día, tres o cuatro después de enterrado su padre, Ana quiso
levantarse y no pudo. El lecho la sujetaba con brazos invisibles. La
noche anterior se había dormido con los dientes apretados y temblando de
frío. Había querido escribir a sus tías de Vetusta y no había podido
coordinar las palabras; hasta dudaba de su ortografía.

Tuvo pesadillas, y aunque hizo esfuerzos para no declararse enferma, el
mal pudo más, la rindió. El médico habló de fiebre, de grandes cuidados
necesarios; le hizo preguntas a que ella no sabía ni quería contestar.
Estaba sola y era absurdo. El doctor dijo que no tenía con quien
entenderse; añadió pestes de la incuria de los criados.

--«La dejarán a usted morir, hija mía».

Ana dio gritos, se asustó mucho, se sintió muy cobarde; llorando y con
las manos en cruz pidió que llamaran a sus tías, unas hermanas de su
padre que vivían en Vetusta y que tenía entendido que eran muy buenas
cristianas.

Las tías sentían un vago remordimiento por la compra del caserón.
Comprendían que valía más, mucho más de lo que habían pagado por él,
abusando de la situación apurada de don Carlos, que además era un
aturdido en materia de intereses. ¡Él, que había renegado de la fe de
los Ozores!--«Por no ser víctima de una mixtificación».

Se presentaba ocasión de tranquilizar la conciencia amparando a la
desventurada hija del hermano de sus pecados.

Doña Anuncia pudo apreciar mejor la grandeza de su buena obra cuando vio
que Ana «estaba en la calle» o poco menos. La quinta que ellas habían
imaginado digna de un Ozores, aunque fuese extraviado, era una casa de
aldea muy pintada, pero sin valor, con una huerta de medianas
utilidades. Y además estaba sujeta a una deuda que mal se podría enjugar
con lo que ella valía. Estaba fresca Anita. Ni rico había sabido hacerse
el infeliz ateo. ¡Perder el alma y el cuerpo, el cielo y la tierra!
Negocio redondo. Pero, en fin, a lo hecho pecho.

Había echado sobre sus hombros una carga bien pesada: mas ¿quién no
tiene su cruz?

Ana tardó un mes en dejar el lecho.

Pero doña Anuncia se aburría en Loreto, donde no había sociedad; y el
viaje, la vuelta a Vetusta, se precipitó contra los consejos del
mediquillo grosero, que prodigaba los términos técnicos más
transparentes.

En cuanto llegaron a Vetusta, la huérfana tuvo «un retraso en su
convalecencia», según el médico de la casa, que era comedido y no
llamaba las cosas por su nombre.

El retraso fue otra fiebre en que la vida de Ana peligró de nuevo.

Las señoritas de Ozores y la nobleza de Vetusta suspendieron el juicio
que iba a merecerles la hija de don Carlos y de la modista italiana
hasta poder reunir datos suficientes. Mientras la joven estuvo entre la
vida y la muerte, doña Anuncia encontró irreprochable su conducta.

En honor de la verdad, nada había que decir contra su educación ni
contra su carácter: hacía muy buena enferma. No pedía nada; tomaba todo
lo que le daban, y si se le preguntaba:

--¿Cómo estás, Anita?

--Algo mejor, señora--contestaba la joven siempre que podía.

Otras veces no contestaba porque le faltaban fuerzas para hablar. Y a
veces no oía siquiera.

Durante la nueva convalecencia no fue impertinente.

No se quejaba; todo estaba bien; no se permitía excesos.

En el círculo aristocrático de Vetusta, a que pertenecían naturalmente
las señoritas de Ozores, no se hablaba más que de la abnegación de estas
santas mujeres.

Glocester, o sea don Restituto Mourelo, canónigo raso a la sazón, decía
con voz meliflua y misteriosa en la tertulia del marqués de Vegallana:

--Señores, esta es la virtud antigua; no esa falsa y gárrula filantropía
moderna. Las señoritas de Ozores están llevando a cabo una obra de
caridad que, si quisiéramos analizarla detenidamente, nos daría por
resultado una larga serie de buenas acciones. No sólo se trata de echar
sobre sí la enorme carga de mantener, y creo que hasta vestir y calzar,
a una persona que las sobrevivirá, según todas las probabilidades, carga
que es de por vida o vitalicia por consiguiente; sino que además esa
joven representa una abdicación, que me abstengo de calificar, una
abdicación de su señor padre....

--Una abdicación abominable--se atrevió a decir un barón tronado.

--Abominable--añadió Glocester inclinándose--. Representa una alianza
nefasta en que la sangre, a todas luces azul, de los Ozores, se mezcló
en mal hora con sangre plebeya; y lo que es lo peor... según todos
sabemos, representa esa niña la poco meticulosa moralidad de su madre,
de su infausta....

--Sí, señor--interrumpió la marquesa de Vegallana, que no toleraba los
discursos de Glocester--; sí señor, su madre era una perdida, corriente;
pero la chica se presenta bien, según dicen sus tías; es muy dócil y muy
callada.

--Ya lo creo que calla; como que no puede hablar aún de pura debilidad.

Esto lo dijo el médico de la aristocracia, don Robustiano, que asistía a
Anita.

Aquella noche se acordó en la tertulia acoger a la hija de don Carlos
como una Ozores, descendiente de la mejor nobleza. No se hablaría para
nada de su madre; esto quedaba prohibido, pero ella sería considerada
como sobrina de quien tantos elogios merecía.

Gran consuelo recibieron doña Anuncia y doña Águeda al saber por el
médico esta resolución de la nobleza vetustense.

Ana estaba muchas horas sola. Sus tías tenían costumbre de
trabajar--hacer calceta y colcha--en el comedor; la alcoba de la
sobrina estaba al otro extremo de la casa.

Además, las ilustres damas pasaban mucho tiempo fuera del triste caserón
de sus mayores. Visitaban a lo mejor de Vetusta, sin contar la visita al
Santísimo y la Vela, que les tocaba una vez por semana. Asistían a todas
las novenas, a todos los sermones, a todas las cofradías, y a todas las
tertulias de buen tono. Comían dos o tres veces por semana fuera de
casa. Lo más del tiempo lo empleaban en pagar visitas. Esta era la
ocupación a que daban más importancia entre todas las de su atareada
existencia. No pagar una visita _de clase_, les parecía el mayor crimen
que se podía cometer en una sociedad civilizada. Amaban la religión,
porque éste era un timbre de su nobleza, pero no eran muy devotas; en su
corazón el culto principal era el de la clase, y si hubieran sido
incompatibles la Visita a la Corte de María y la tertulia de Vegallana,
María Santísima, en su inmensa bondad, hubiera perdonado, pero ellas
hubieran asistido a la tertulia.

La etiqueta, según se entendía en Vetusta, era la ley por que se
gobernaba el mundo; a ella se debía la armonía celeste.

Suprimida la etiqueta, las estrellas chocarían y se aplastarían
probablemente. ¿Qué sabía de estas cosas la sobrinita? Esta era la
cuestión. Las miradas de doña Águeda, algo más gruesa, más joven y más
bondadosa que su hermana, iban cargadas de estas preguntas cuando se
clavaban en Anita al darle un caldo.

La huérfana sonreía siempre; daba las gracias siempre. Estaba conforme
con todo. Las tías veían con impaciencia que se prolongaba aquel estado.
La niña no acababa de sanar, ni recaía; no se presentaba ninguna
solución. Además, así no se podía conocer su verdadero carácter. Aquella
sumisión absoluta podía ser efecto de la enfermedad. Don Robustiano dijo
que eso era.

Una tarde, tal vez creyendo que dormía la sobrinilla o sin recordar que
estaba cerca, en el gabinete contiguo a su alcoba hablaron las dos
hermanas de un asunto muy importante.

--Estoy temblando, ¿a qué no sabes por qué?--decía doña Anuncia.

--¿Si será por lo mismo que a mí me preocupa?

--¿Qué es?--Si esa chica...--Si aquella vergüenza...--¡Eso!--¿Te
acuerdas de la carta del aya?

--Como que yo la conservo.--Tenía la chiquilla doce o catorce años,
¿verdad?

--Algo menos, pero peor todavía.

--Y tú crees... que...--¡Bah! Pues claro.--¿Si será una Obdulita?

--O una Tarsilita. ¿Te acuerdas de Tarsila que tuvo aquel lance con
aquel cadete, y después con Alvarito Mesía no sé qué amoríos?

--Todo era inocencia--decían los bobalicones de aquí.

--Pues mira la inocencia; creo que en Madrid tiene así los amantes
(juntando y separando los dedos.)

--Si es claro, si genio y figura...--Cuando falta una base firme...
--¡Si sabrá una!...--¿Pues, Obdulita? Ya ves lo que se dijo el año
pasado; después se negó, se aseguró que era una calumnia...--¡A mí,
que soy tambor de marina!

--¡Si sabrá una!--¡Si una hubiera querido! Y suspiró esta señorita de
Ozores. Suspiró su hermana también.

Ana que descansaba, vestida, sobre su pobre lecho, saltó de él a las
primeras palabras de aquella conversación. Pálida como una muerta, con
dos lágrimas heladas en los párpados, con las manos flacas en cruz, oyó
todo el diálogo de sus tías.

No hablaban a solas como delante de los señores _de clase_; no eran
prudentes, no eran comedidas, no rebuscaban las frases. Doña Anuncia
decía palabras que la hubieran escandalizado en labios ajenos. La
conversación tardó en volver al pecado de Ana, a la vergüenza de que les
hablaba la carta de doña Camila. La huérfana oía, desde su alcoba,
historias que sublevaban su pudor, que le enseñaban mil desnudeces que
no había visto en los libros de Mitología. Pero aquellas mujeres ya se
habían olvidado de ella. Tarsila, Obdulia, Visitación, otro pimpollo que
se escapaba por el balcón en compañía de su novio, la misma marquesa de
Vegallana, sus hijas, sus sobrinas de la aldea, todo Vetusta, la de
clase inclusive, salía allí a la vergüenza, en aquella venganza
solitaria de las dos señoritas incasables de Ozores. En aquel mundo de
flaquezas, de escándalos, ¿quién recordaba ya la aventura, poco conocida
al cabo, de la sobrinilla enferma?

Volvieron sin embargo las solteronas al punto de partida; según ellas,
se trataba de un marinero que había abusado de la inocencia o de la
precocidad de la niña. Se discutió, como en el casino de Loreto, la
verosimilitud del delito desde el punto de vista fisiológico. Hablaron
aquellas señoritas como dos comadronas matriculadas. ¡Qué riqueza de
datos! ¡Qué empirismo tan provisto de documentos! Doña Anuncia tenía la
boca llena de agua. Buscaba a cada momento el recipiente de porcelana
que estaba a los pies de su butaca.

«En cuanto a la moral, tampoco era el caso grave, porque en Vetusta
nadie debía de saber nada. Lo malo sería que aquella muchacha hubiera
seguido con vida tan disoluta. Pero no había motivo para creerlo. Nada
más habían sabido que la condenase. Sobre todo, pronto se había de ver».

Ana, que tuvo valor para sufrir hasta la última palabra, comprendió que
sus tías lo perdonaban todo menos las apariencias: que con tal de ser en
adelante como ellas, se olvidaba lo pasado, fuese como fuese. Cómo eran
ellas ya lo iba conociendo. Pero estudiaría más.

Había habido algunos minutos de silencio.

Doña Águeda lo rompió diciendo:

--Y yo creo que la chica, si se repone, va a ser guapa.

--Creo que era algo raquítica, por lo menos estaba poco desarrollada....

--Eso no importa; así fuí yo, y después que...--Ana sintió brasas en las
mejillas--empecé a engordar, a comer bien y me puse como un rollo de
manteca.

Y suspiró otra vez doña Águeda, acordándose del rollo que había sido.

Doña Anuncia había tenido sus motivos para no engordar: unos amores
románticos rabiosos. De aquellos amores le habían quedado varias
canciones a la luna, en una especie de canto llano que ella misma
acompañaba con la guitarra. Una de las canciones comenzaba diciendo:

Esa luna que brilla en el cielo
melancólicamente me inspira:
es el último son de mi lira
que por última vez resonó.

Se trataba de un condenado a muerte.

El bello ideal de doña Anuncia había sido siempre un viaje a Venecia con
un amante; pero una vez que el siglo estaba _metalizado_ y las muchachas
no sabían enamorarse, ella quería utilizar, si era posible, la hermosura
de Ana, que si se alimentaba bien sería guapa como su padre y todos los
Ozores, pues lo traían de raza. Sí, era preciso darle bien de comer,
engordarla. Después se le buscaba un novio. Empresa difícil, pero no
imposible. En un noble no había que pensar. Estos eran muy finos, muy
galantes con las de su clase, pero si no tenían dote se casaban con las
hijas de los americanos y de los pasiegos ricos. Lo sabían ellas por una
dolorosa experiencia. Los chicos _innobles_, que pudiera decirse, de
Vetusta, no eran grandes proporciones; pero aunque se quisiera
apencar--apencar decía doña Águeda en el seno de la confianza--, con
algún abogadote, ninguno de aquellos bobalicones se atrevería a enamorar
a una Ozores, aunque se muriese por ella. La única esperanza era un
americano. Los indianos deseaban más la nobleza y se atrevían más,
confiaban en el prestigio de su dinero. Se buscaría por consiguiente un
americano. Lo primero era que la chica sanase y engordase.

Ana comprendió su obligación inmediata; sanar pronto.

La convalecencia iba siendo impertinente. Toda su voluntad la empleó en
procurar cuanto antes la salud.

Desde el día en que el médico dijo que el comer bien era ya oportuno,
ella, con lágrimas en los ojos, comió cuanto pudo. A no haber oído
aquella conversación de las tías, la pobre huérfana no se hubiera
atrevido a comer mucho, aunque tuviera apetito, por no aumentar el peso
de aquella carga: ella. Pero ya sabía a qué atenerse. Querían engordarla
como una vaca que ha de ir al mercado. Era preciso devorar, aunque
costase un poco de llanto al principio el pasar los bocados.

La naturaleza vino pronto en ayuda de aquel esfuerzo terrible de la
voluntad. Ana quería fuerzas, salud, colores, carne, hermosura, quería
poder librar pronto a sus tías de su presencia. El cuidarse mucho, el
alimentarse bien le pareció entonces el deber supremo. El estado de su
ánimo no contradecía estos propósitos.

Aquellos accesos de religiosidad que ella había creído revelación
providencial de una vocación verdadera, habían desaparecido. Ellos
determinaron la crisis violenta que puso en peligro la vida de Ana, pero
al volver la salud no volvieron con ella: la sangre nueva no los traía.

En los insomnios, en las exaltaciones nerviosas, que tocaban en el
delirio, las visiones místicas, las intuiciones poderosas de la fe, los
enternecimientos repentinos le habían servido de consuelo unas veces y
de tormento otras. Había notado con tristeza que aquella fe suya era
demasiado vaga; creía mucho y no sabía a punto fijo en qué; su desgracia
más grande, la muerte de su padre, no había tenido consuelo tan fuerte
como ella lo esperaba en la piedad que había creído tan firme y tan
honda, aunque tan nueva. Para aquella ausencia, para la necesidad que
sentía de creer que vería a su padre en otro mundo, servíale sin embargo
la religión; pero muy poco para consuelo de los propios males, para
remediar las angustias del egoísmo asustado, de los apuros del momento
que nacían de la soledad y la pobreza. El pánico de su abandono, que fue
el sentimiento que venció a todos, no lo curaba la fe.

--«La Virgen está conmigo»--pensaba Ana en el lecho, allá en Loreto, y
acababa por llorar, por rezar fervorosamente y sentir sobre su cabeza
las caricias de la mano invisible de Dios; pero sobrevenía un ataque
nervioso, sentía la congoja de la soledad, de la frialdad ambiente, del
abandono sordo y mudo, y entonces las imágenes místicas no acudían.
Hacía falta un amparo visible. Por eso pensó en sus tías a quien no
conocía, de las que sabía poco bueno, y deseó su presencia, creyó
firmemente en la fuerza de la sangre, en los lazos de la familia.

Durante la convalecencia de la primera fiebre, las primeras fuerzas que
tuvo las gastó el cerebro imaginando poemas, novelas, dramas y poesías
sueltas. Comenzaba este componer constante, este imaginar sin tregua por
ser agradable entretenimiento y además halagaba su vanidad; pero al fin
era un tormento. Todo lo que imaginaba le parecía excelente, y al
contemplar la belleza que acababa de crear, la admiraba tanto que
lloraba enternecida, lloraba lo mismo que cuando pensaba en el amor del
Niño Jesús y de su Santa Madre. En algunos momentos de reflexión serena
examinaba con disgusto la semejanza de aquellas dos emociones. Tan
profunda y sinceramente enternecida se sentía al contemplar la belleza
artística que ella creaba, como contemplando la hermosura de la idea de
Dios. ¿Sería que uno y otro sentimiento eran religiosos? ¿O era que en
la vanidad, en el egoísmo estaba la causa de aquel enternecimiento? De
todas suertes ella padecía mucho. Se le figuraba que toda la vida se le
había subido a la cabeza; que el estómago era una máquina parada, y el
cerebro un horno en que ardía todo lo que ella era por dentro. El pensar
sin querer, contra su voluntad, algo complicado, original, delicado,
exquisito, llegó a causarle náuseas, y se le antojó envidiar a los
animales, a las plantas, a las piedras.

En la convalecencia de la segunda fiebre, en Vetusta, volvió esta
actividad indomable del pensamiento a molestarla; pero poco después de
comenzar a comer bien, mediante aquellos esfuerzos supremos, notó que
unas ruedas que le daban vueltas dentro del cráneo se movían más
despacio y con armónico movimiento. Ya no imaginaba tantos héroes y
heroínas, y los que le quedaban en la cabeza eran menos fantásticos, sus
sentimientos menos alambicados, y se complacía en describir su belleza
exterior; los colocaba en parajes deliciosos y pintorescos y acababan
todas las aventuras en batallas o en escenas de amor.

Al despertar todas las mañanas se sorprendía Anita con una sonrisa en el
alma y una plácida pereza en el cuerpo. Las tías le permitían levantarse
tarde, y gozaba con delicia de aquellas horas. Para ella su lecho no
estaba ya en aquel caserón de sus mayores, ni en Vetusta, ni en la
tierra; estaba flotando en el aire, no sabía dónde. Ella se dejaba
columpiar dentro de la blanda barquilla en aquel navegar aéreo de sus
ensueños.... Y mientras los personajes de su fantasía se decían ternezas,
ella les preparaba un suculento almuerzo en un jardín de fragancias
purísimas y penetrantes. Ana aspiraba con placer voluptuoso los aromas
ideales de sus visiones turgentes.

Algunas veces, por desgracia, el príncipe ruso vestido con pieles finas
o el noble escocés que lucía torneada y robusta pantorrilla con media de
cuadros brillantes, se convertían de repente en un caballero enfermo del
hígado, pálido, delgado, tocado con sombrero de jipijapa, que se
despedía de la señora de sus pensamientos diciendo:

--«Adiosito. Ahorita vuelvo»,--con un balanceo de hamaca en los
diminutivos. Era el indiano que veían en lontananza ella y las tías.

Doña Águeda era muy buena cocinera; conocía el empirismo del arte, y
además lo profesaba por principios. Sabía de memoria «_El Cocinero
Europeo_», un libro que contiene el arte de confeccionar todos los
platos de las cocinas inglesa, francesa, italiana, española y otras.
Pero salía por un ojo de la cara el guisar como el _Europeo_, según doña
Águeda. Cuando se trataba de una gran comida o merienda de la
aristocracia, ella dirigía las operaciones en la cocina del marqués de
Vegallana y entonces recurría al _Europeo_. En su casa había muy poco
dinero y allí se contentaba con las recetas que heredara de sus mayores.
Maravillas y primores de la cocina casera comió Anita en cuanto el
estómago pudo tolerarlas. Doña Águeda con unos ojos dulzones,
inútilmente grandes, que nadie había querido para sí, miraba extasiada a
la convaleciente que iba engordando a ojos vistas, según las de Ozores.
Mientras la joven saboreaba aquellos manjares tributando un elogio a la
cocinera a cada bocado, doña Águeda, satisfecha en lo más profundo de su
vanidad, pasaba la mano pequeña y regordeta con dedos como chorizos
llenos de sortijas, por el cabello ondeado entre rubio y castaño de la
sobrinita de sus pecados, como ella decía. El artista y su obra se
dedicaban mutuas sonrisas entre plato y plato.

Doña Anuncia no cocinaba, pero iba a la compra con la criada y traía lo
mejor de lo más barato. Ayudábala a comprar bien un antiguo catedrático
de psicología, lógica y ética, gran partidario de la escuela escocesa y
de los embutidos caseros. No se fiaba mucho ni del testimonio de sus
sentidos ni de las longanizas de la plaza. Era muy amigo de doña Anuncia
y la ayudaba a regatear.

La solterona después del mercado recorría las casas de la nobleza para
pregonar aquel exceso de caridad con que ella y su hermana daban ejemplo
al mundo.

--Si ustedes la vieran--decía--está desconocida; se la ve engordar.
Parece un globo que se va hinchando poco a poco. Verdad es que aquella
Águeda tiene unas manos.... En fin, ustedes saben por experiencia cómo
guisa mi hermanita. Yo me desvivo por la niña. En casa no entendemos la
caridad a medias. Todos los días se ve recoger a un pariente pobre,
¿para qué? para ahorrar un criado o una doncella; se le arroja un
mendrugo y no se le paga soldada. Pero nosotras entendemos la caridad de
otro modo. En fin, ustedes verán a la niña. Y que va a ser guapa. Ya
verán ustedes.

En efecto, la nobleza iba en romería a ver el prodigio, a ver engordar a
la niña.

El elemento masculino notó mucho antes que el femenino la extraordinaria
belleza de Anita. Pocos meses después de la fiebre, Ana había crecido
milagrosamente, sus formas habían tomado una amplitud armónica que tenía
orgullosa a la nobleza vetustense. La verdad era que el tipo
aristocrático no se perdía, pese a la chusma que no quiere clases.
Aquella niña en cuanto la habían separado de una vida vulgar, en poder
de un padre extraviado y liberalote, y la habían alimentado bien, había
recobrado el tipo de la raza. Se votó por unanimidad que era
hermosísima. La plebe opinaba lo mismo que la nobleza, y la clase media
era de igual parecer. En poco tiempo se consolidó la fama de aquella
hermosura y Anita Ozores fue por aclamación la muchacha más bonita del
pueblo. Cuando llegaba un forastero, se le enseñaba la torre de la
catedral, el Paseo de Verano, y, si era posible, la sobrina de las de
Ozores. Eran las tres maravillas de la población.

Doña Águeda agradecía este triunfo como Fidias pudiera haber agradecido
la admiración que el mundo tributó a su Minerva.

--¡Es una estatua griega!--había dicho la marquesa de Vegallana, que se
figuraba las estatuas griegas según la idea que le había dado un
adorador suyo, amante de las formas abultadas.

--¡Es la Venus _del Nilo_!--decía con embeleso un pollastre llamado
Ronzal, alias el Estudiante.

--Más bien que la de Milo la de Médicis--rectificaba el joven y ya sabio
Saturnino Bermúdez, que sabía lo que quería decir, o poco menos.

--¡Es _un_ Fidias!--exclamaba el marqués de Vegallana, que había viajado
y recordaba que se decía: «un Zurbarán», «un Murillo», etc., etc.,
tratándose de cuadros.

Y Bermúdez se atrevía a rectificar también:

--En mi opinión más parece de Praxíteles.

El marqués se encogía de hombros.

--Sea Praxíteles. Las señoras eran las que podían juzgar mejor, porque
muchas de ellas habían conseguido ver a Anita como se ven las estatuas.
No sabían si era _un_ Fidias o _un_ Praxíteles, pero sí que era una real
moza; un _bijou_, decía la baronesa tronada que había estado ocho días
en la Exposición de París.

Su belleza salvó a la huérfana. Se la admitió sin reparo en _la clase_,
en la intimidad de la clase por su hermosura. Nadie se acordaba de la
modista italiana.--Tampoco Ana debía mentarla siquiera, según orden
expresa de las tías--. Se había olvidado todo, incluso el republicanismo
del padre, todo: era un perdón general. Ana era de la clase; la honraba
con su hermosura, como un caballo de sangre y de piel de seda honra la
caballeriza y hasta la casa de un potentado.

Las señoritas nobles no envidiaban mucho a Anita, porque era pobre. Para
ellas la hermosura era cosa secundaria; daban más valor a la dote y a
los vestidos, y creían que las proporciones--los novios
aceptables--harían lo mismo. Sabían a qué atenerse. En las tertulias, en
los bailes, en las excursiones campestres no le faltarían a _la sobrina_
adoradores; los muchachos de la aristocracia eran casi todos libertinos
más o menos disimulados; les atraería la hermosura de Ana, pero no se
casarían con ella. Cada niña aristócrata no necesitaba más cuidado que
prohibir a su novio formal--el futuro esposo--_hacer el amor_ a la
huérfana, a lo menos en presencia de su futura. Si Anita se descuidaba,
pensaban las herederas, podía verse comprometida sin ninguna utilidad.
Dentro de la nobleza no era probable que se casara. Los nobles ricos
buscaban a las aristócratas ricas, sus iguales; los nobles pobres
buscaban su acomodo en la parte nueva de Vetusta, en la Colonia india,
como llamaban al barrio de los americanos los aristócratas. Un indiano
plebeyo, un _vespucio_--como también los apellidaban--pagaba caro el
placer de verse suegro de un título, o de un caballero linajudo por lo
menos.

El cálculo de las tías respecto al matrimonio de Ana no se había
modificado a pesar de la gran hermosura de su sobrina. Por guapa no se
casaría con un noble; era preciso abdicar, dejarla casarse con un
ricacho plebeyo. Entre tanto, se necesitaba mucha vigilancia y tener
advertida a la niña.

--En el gran mundo de Vetusta--decía doña Anuncia--es preciso un ten
con ten muy difícil de aprender.

Aunque la explicación de este equilibrio o ten con ten era un poco
embarazosa, y más para una señorita que oficialmente debía ignorarlo
todo, y en este caso estaba doña Anuncia, convinieron las hermanas en
que era indispensable dar instrucciones a la chica.

Pocas veces se permitía Ana manifestar deseos, gustos o repugnancias, y
menos estas, tratándose de los gustos y predilecciones de sus tías; pero
una noche no pudo menos de expresar su opinión al volver sola de la
tertulia íntima de Vegallana.

--¿Te has divertido mucho?--preguntó doña Anuncia, que se había quedado
en el comedor, junto a la gran chimenea, leyendo el folletín de _Las
Novedades_. (Era liberal en materia de folletines.)

--No, señora; no me he divertido. Y no quisiera volver allá sin alguna
de ustedes. Cuando voy sola....

--¿Qué?--exclamó doña Anuncia, invitando a su sobrina con el tono áspero
de aquel monosílabo a que no profiriese censura de ningún género contra
la tertulia de su predilección.

--Cuando voy sola... me aburren demasiado aquellos caballeritos.

No era esto lo que quería decir. Bien lo comprendió su tía; pero quería
más claridad y replicó:

--¡Aburren!¡Aburren! Explíquese usted, señorita. ¿Es que le parece poco
fina la sociedad de Vetusta?

Por el usted y la ironía comprendió Ana que doña Anuncia se había
disgustado.

--No es eso, tía; es que hay algunos... muy atrevidos.... No sé qué se
figuran. Ustedes no quieren que yo sea obscura, seria, huraña....

--Claro que no...--Pues que no sean ellos atrevidos. Si Obdulia les
consiente ciertas cosas... yo no quiero, yo no quiero.

--Ni yo quiero tampoco que tú te compares con Obdulia. Ella es... una
cualquier cosa, que no sé cómo la admiten en la tertulia; y por darse
tono, por decir que es íntima de la marquesa y de sus hijas, pasa por
todo. Tú eres de la clase.

--Es que no sólo Obdulia es la que tolera... lo que yo no quiero
tolerar. Las mismas Emma, Pilar y Lola consienten confianzas....

--¡No me toques a las hijas del marqués!--gritó la tía, poniéndose en
pie y dejando caer el Werther sobre la raída alfombra.

--«Soy una bestia, pensó; debí haber callado». Cada vez que faltaba a su
propósito de no contradecir a las tías, sentía una especie de
remordimiento, como el del artista que se equivoca.

Entró doña Águeda. Había oído la conversación desde el gabinete. Las dos
hermanas se miraron. Era llegada la ocasión de explicar lo del ten con
ten.

--Oye, Anita--dijo con voz meliflua la perfecta cocinera--; tú eres una
niña; y aunque nosotras poco sabemos del mundo, tenemos alguna
experiencia, por lo que se observa.

--Eso es; por lo que observamos en los demás.

--En el mundo en que has entrado, y al que perteneces de derecho, es
necesario... un ten con ten especial.

--Un ten con ten, eso.--Sobre todo en el trato con los hombres. Tú
habrás notado que en público los de la clase jamás faltan a la más
estricta y meticulosa... eso, decencia.

--Que es lo principal--dijo doña Anuncia, como quien recita el decálogo.

--Nunca habrás visto a Manolito, ni a Paquito, ni al baroncito, ni al
vizconde, ni a Mesía, que no es noble, pero anda con ellos, propasarse
en lo más mínimo.... Pero en el trato íntimo, el que no es más que de la
clase, ya es otra cosa.

--Otra cosa muy distinta--dijo doña Anuncia, comprendiendo que a ella,
por mayor en edad, le tocaba seguir explicando el ten con ten.

--Como todos somos parientes--continuó--de cerca o de lejos, nos
tratamos como tales; y ni porque se te acerquen mucho para hablarte, ni
porque hagan alusiones picarescas, y siempre llenas de gracia, a la
hermosura de tus hombros, a lo torneado de lo poco, poquísimo de
pantorrilla que te hayan visto al bajarte del coche; por nada de eso, ni
aun por algo más, con tal que no sea mucho, debes asustarte, ni
escandalizarte, ni darte por ofendida.

--De ninguna manera--apoyó doña Águeda.

--Lo contrario es dar a entender una malicia que no debes tener. Tu
inocencia te sirve para tolerar todo eso.

--Así hacen Pilar, Emma y Lola.

--Pero...--Pero, hija...--Pero, si lo que no es de esperar....

--De ninguna manera...--Alguno se propasase a mayores, lo que se llama
mayores, sobre todo, tomándolo en serio y obsequiándote (palabra de la
juventud de doña Anuncia), obsequiándote en regla, entonces no te fíes;
déjale decir, pero no te dejes tocar. Al que te proponga amores
formales, no le toleres pellizcos, ni nada que no sea inofensivo.
Escandalizarse es ridículo, es como no saber con qué se come alguna
cosa....

--Es una falta de educación entre la clase....

--Y tolerar demasiado es exponerse. Tú no te has de casar con ninguno de
ellos....

--Ni gana, tía--dijo Anita sin poder contenerse, pesándole en seguida de
haberlo dicho.

Doña Águeda sonrió.

--Eso de la gana te lo guardas para ti--exclamó doña Anuncia, puesta en
pie otra vez, y dejando caer el Werther al suelo.

--Eres muy orgullosa--añadió.

--Déjala; el que no se consuela....

--Tienes razón; están verdes. Pero lo que importa es que tú no olvides
lo que te digo. Es necesario que dejes antes de entrar en casa de la
marquesa ese aire displicente y ese tonillo seco, porque es una
impertinencia. Lo que está bien, muy bien, y ya ves como lo bueno se te
alaba, es que en público mantengas el severo continente que merece no
menos elogios del público que tu palmito y buen talle.

--Sí, hija mía--interrumpió doña Águeda--. Es necesario sacar partido
de los dones que el Señor ha prodigado en ti a manos llenas.

Ana se moría de vergüenza. Estos elogios eran el mayor martirio. Se
figuraba sacada a pública subasta. Doña Águeda y después su hermana
trataron con gran espacio el asunto de la cotización probable de aquella
hermosura que consideraban obra suya. Para doña Águeda la belleza de Ana
era uno de los mejores embutidos; estaba orgullosa de aquella cara, como
pudiera estarlo de una morcilla. Lo demás, lo que se refería a la
esbeltez, lo había hecho la raza, decía doña Anuncia, que se picaba de
esbelta, porque era delgada.

Al ventilar semejante negocio, el tipo de la trotaconventos de salón,
que sólo se diferencia de las otras en que no hace ruido, asomaba a la
figura de aquellas solteronas, como anuncio de vejez de bruja; la
chimenea arrojaba a la pared las sombras contrahechas de aquellas
señoritas, y los movimientos de la llama y los gestos de ellas producían
en la sombra un embrión de aquelarre.

Lo que eran los hombres, y especialmente los indianos, lo que no les
gustaba, la manera de marearlos, lo que había que conceder antes, lo que
no se había de tolerar después, todo esto se discutió por largo, siempre
concluyendo con la protesta de que era hija tanta sabiduría de la
observación en cabeza ajena.

--Por lo demás, ni tu tía Águeda ni yo manifestamos nunca afición al
matrimonio.

Así fue como se le explicó a la huérfana lo del ten con ten.

Aquella noche lloró en su lecho Ana como lloraba bajo el poder de doña
Camila. Pero había cenado muy bien. Al despertar sintió la deliciosa
pereza que era casi el único placer en aquella vida. Como entonces ya no
había motivo para no madrugar y el trabajo la reclamaba en aquella casa
desde muy temprano, procuraba despertar mucho antes de lo necesario para
gozar de aquellos sueños de la mañana, rebozada con el dulce calor de
las sábanas.

Uno a uno despreciaba todos los elogios que a su hermosura tributaban
los señoritos nobles y los abogadetes de Vetusta y cuantos la veían;
pero al despertar, como una neblina de incienso bien oliente envolvían
su voluptuoso amanecer del alma aquellas dulces alabanzas de tantos
labios condensadas en una sola, y con deleite saboreaba Ana aquel
perfume. Y como la historia ha de atreverse a decirlo todo, según manda
Tácito, sépase que Anita, casta por vigor del temperamento, encontraba
exquisito deleite en verificar la justicia de aquellas alabanzas. Era
verdad, era hermosa. Comprendía aquellos ardores que con miradas unos,
con palabras misteriosas otros, daban a entender todos los jóvenes de
Vetusta. Pero ¿el amor? ¿era aquello el amor? No, eso estaba en un
porvenir lejano todavía. Debía de ser demasiado grande, demasiado
hermoso para estar tan cerca de aquella miserable vida que la ahogaba,
entre las necedades y pequeñeces que la rodeaban. Acaso el amor no
vendría nunca; pero prefería perderlo a profanarlo. Toda su resignación
aparente era por dentro un pesimismo invencible: se había convencido de
que estaba condenada a vivir entre necios; creía en la fuerza superior
de la estupidez general; ella tenía razón contra todos, pero estaba
debajo, era la vencida. Además su miseria, su abandono, la preocupaban
más que todo; su pensamiento principal era librar a sus tías de aquella
carga, de aquella obra de caridad que cada día pregonaban más
solemnemente las viejas.

Quería emanciparse; pero ¿cómo? Ella no podía ganarse la vida
trabajando; antes la hubieran asesinado las Ozores; no había manera
decorosa de salir de allí a no ser el matrimonio o el convento.

Pero la devoción de Ana ya estaba calificada y condenada por la
autoridad competente. Las tías, que habían maliciado algo de aquel
misticismo pasajero, se habían burlado de él cruelmente. Además, la
falsa devoción de la niña venía complicada con el mayor y más ridículo
defecto que en Vetusta podía tener una señorita: la literatura. Era este
el único vicio grave que las tías habían descubierto en la joven y ya se
le había cortado de raíz.

Cuando doña Anuncia topó en la mesilla de noche de Ana con un cuaderno
de versos, un tintero y una pluma, manifestó igual asombro que si
hubiera visto un _rewólver_, una baraja o una botella de aguardiente.
Aquello era una cosa hombruna, un vicio de hombres vulgares, plebeyos.
Si hubiera fumado, no hubiera sido mayor la estupefacción de aquellas
solteronas. «¡Una Ozores literata!».

--«Por allí, por allí asomaba la oreja de la modista italiana que, en
efecto, debía de haber sido bailarina, como insinuaba doña Camila en su
célebre carta».

El cuaderno de versos se había presentado a los padres graves de la
aristocracia y del cabildo.

El marqués de Vegallana, a quien sus viajes daban fama de instruido,
declaró que los versos eran libres.

Doña Anuncia se volvía loca de ira.

--¿Con que indecentes, libres? ¡Quién lo dijera! La bailarina....

--No, Anuncita, no te alteres. Libres quiere decir blancos, que no
tienen consonantes; cosas que tú no entiendes. Por lo demás, los versos
no son malos. Pero más vale que no los escriba. No he conocido ninguna
literata que fuese mujer de bien.

Lo mismo opinó el barón tronado, que había vivido en Madrid mantenido
por una poetisa traductora de folletines.

El señor Ripamilán, canónigo, dijo que los versos eran regulares, acaso
buenos, pero de una escuela romántico-religiosa que a él le empalagaba.

--Son imitaciones de Lamartine en estilo pseudoclásico; no me gustan,
aunque demuestran gran habilidad en Anita. Además, las mujeres deben
ocuparse en más dulces tareas; las musas no escriben, inspiran.

La marquesa de Vegallana, que leía libros escandalosos con singular
deleite, condenó los versos por mojigatos. «Que no se le mezclase a ella
lo humano con lo divino. En la iglesia como en la iglesia, y en
literatura ancha Castilla». Además, no le gustaba la poesía; prefería
las novelas en que se pinta todo a lo vivo, y tal como pasa. «¡Si sabría
ella lo que era el mundo! En cuanto a la _sobrinita_, era indudable que
había que cortarle aquellos arranques de falsa piedad novelesca. Para
ser literata, además, se necesitaba mucho talento. Ella lo hubiera sido
a vivir en otra atmósfera. ¡Lo que habían visto aquellos ojos!». Y
recordaba unas _Aventuras de una cortesana_, que había ella proyectado
allá en sus verdores, ricos de experiencia.

Tan general y viva fue la protesta del _gran mundo_ de Vetusta contra
los conatos literarios de Ana, que ella misma se creyó en ridículo y
engañada por la vanidad.

A solas en su alcoba algunas noches en que la tristeza la atormentaba,
volvía a escribir versos, pero los rasgaba en seguida y arrojaba el
papel por el balcón para que sus tías no tropezasen con el cuerpo del
delito. La persecución en esta materia llegó a tal extremo, tales
disgustos le causó su afán de expresar por escrito sus ideas y sus
penas, que tuvo que renunciar en absoluto a la pluma; se juró a sí misma
no ser la «literata», aquel ente híbrido y abominable de que se hablaba
en Vetusta como de los monstruos asquerosos y horribles.

Las amiguitas, que habían sabido algo, y nunca tenían qué censurar en
Ana, aprovecharon este flaco para _ponerla en berlina_ delante de los
hombres, y a veces lo consiguieron. No se sabía quién--pero se creía que
Obdulia--había inventado un apodo para Ana. La llamaban sus amigas y los
jóvenes desairados _Jorge Sandio_.

Mucho tiempo después de haber abandonado toda pretensión de poetisa, aún
se hablaba delante de ella con maliciosa complacencia de las literatas.
Ana se turbaba, como si se tratase de algún crimen suyo que se hubiera
descubierto.

--En una mujer hermosa es imperdonable el vicio de escribir--decía el
baroncito, clavando los ojos en Ana y creyendo agradarla.

--¿Y quién se casa con una literata?--decía Vegallana sin mala
intención--. A mí no me gustaría que mi mujer tuviese más talento que
yo.

La marquesa se encogía de hombros. Creía firmemente que su marido era un
idiota. «¡A qué llamarán talento los maridos!»--pensaba satisfecha de lo
pasado.

--Yo no quiero que mi mujer se ponga los pantalones--añadía el afeminado
baroncito. Y la marquesa, vengando en él lo de su marido, decía:--Pues
hijo mío, serán ustedes un matrimonio _sans-culotte_.

Fuera de estas defensas relativas de la marquesa, era unánime la
opinión: la literata era un absurdo viviente.

--«Tenían razón en este punto aquellos necios, llegó a pensar Ana; no
escribiría más». Pero ella se vengaba de las burlas, despreciándolas y
desdeñando los obsequios de aquellos que su orgullo tenía por majaderos
aristocráticos. Admitía el culto que se tributaba a su hermosura, pero
como algunos hombres eminentes desvanecidos, uno por uno despreciaba a
los fieles que se prosternaban ante el ídolo. Para ella eran
incompatibles el amor y cualquiera de aquellos nobles audaces antes,
cobardes ya ante su desdén supremo. Era demasiado crédula en cuanto se
refería a las cosas vanas y repugnantes del mundo en que vivía; para
tales materias prefería las advertencias de doña Anuncia al propio
criterio. Al principio se le había figurado que ella, con un poco de
arte, hubiera podido conquistar a cualquiera de aquellos nobles ricos
que se divertían con todas y se casaban con la de mayor dote. Pero le
pareció una indignidad asquerosa semejante idea; ni una sola vez trató
de ensayar sus recursos y prefirió creer a su tía: aquellos aristócratas
interesados no eran maridos posibles. Se acostumbró a esta idea y miraba
a sus amigos y parientes como a los figurines de las sastrerías: en
efecto, los veía tan enclenques de espíritu que se le antojaban de papel
marquilla.

Los _pollos_ de la aristocracia acabaron por confesar que Ana era una
excepción; o calculaba más que sus mismas tías, o era una virtud
efectiva.

--«¡Qué diablo, alguna había de haber!». Los seductores de la clase
media que anhelaban siempre _meter la cabeza_ en la aristocracia,
declararon lo mismo: «Ana era invulnerable».

--Esperará algún príncipe ruso--decía Alvarito Mesía, que vivía entre
plebeyos y nobles. Alvarito no había dicho nunca a Anita: «buenos ojos
tienes». Eran dos orgullos paralelos.

Se fue a Madrid Mesía, a cepillar un poco el provincialismo. Dejaba ya
en Vetusta muchas víctimas de su buen talle y arte de enamorar, pero los
mayores estragos pensaba hacerlos a la vuelta.

La tarde en que Álvaro tomó la diligencia, Ana había salido a paseo con
sus tías por la carretera de Madrid. Encontraron el coche. Álvaro las
vio y saludó desde la berlina. Se encontraron los ojos de Ana y de
Mesía. Se miraron como si hasta aquel momento nunca se hubieran visto
bien.

--«Buenos ojos--pensó el Tenorio--no sabía yo a lo que saben, hasta
ahora».

Y continuó:--«Esa será una de las primeras».

Más de una hora fue viendo aquella nube de polvo que parecía de luz y en
medio los ojos de _la sobrina_.

La _sobrina_ también llevó a casa la imagen de don Álvaro entre ceja y
ceja.

Y pensaba:--«Ese era de los menos malos. Parecía más distinguido; y no
era pesado; tenía cierta dignidad... era comedido... frío con
elegancia... el menos tonto sin duda».

El pesimismo la hizo repetir muchos días seguidos:

--«Se ha ido el menos tonto».

Pero al mes ya no se acordaba de don Álvaro; ni don Álvaro de Ana en
cuanto llegó a Madrid.--«¡Oh! el convento, el convento; ese era su
recurso más natural y decoroso. El convento o el americano».

El confesor de Anita, Ripamilán, oyó la proposición de la joven como
quien oye llover.

--¡Ta, ta, ta, ta!--dijo en voz alta sin pensar que estaba en la
iglesia--. Hija mía, las esposas de Jesús no se hacen de tu maderita.
Haz feliz a un cristiano, que bien puedes, y déjate de vocaciones
improvisadas. La culpa la tiene el romanticismo con sus dramas
escandalosos de monjitas que se escapan en brazos de trovadores con
plumero y capitanes de forajidos. Has de saber, Anita mía, que yo tengo
para ti un novio, paisano mío. Vuélvete a casa, que allá iré yo y te
hablaré del asunto. Aquí sería una profanación.

El candidato de Ripamilán era un magistrado, natural de Zaragoza, joven
para oidor y algo maduro, aunque no mucho, para novio. Tenía entonces la
señorita doña Ana Ozores diez y nueve años y el señor don Víctor
Quintanar pasaba de los cuarenta. Pero estaba muy bien conservado. Ana
suplicó a don Cayetano que nada dijese a sus tías de aquella proporción,
hasta que ella tratase algún tiempo a Quintanar; porque si doña Anuncia
sabía algo, impondría al novio sin más examen.

--«Nada más justo; prefiero que estas cosas las resuelva el corazón;
Moratín, mi querido Moratín, nos lo enseña gallardamente en su comedia
inmortal: _El sí de las niñas_».

Se quedó en ello. ¡Quién hubiera dicho a doña Anuncia que aquel novio
soñado, que ya empezaba a tardar, pasaba todos los días cerca de ellas,
en el Espolón, el Paseo de invierno, o en la carretera de Madrid, orlada
de altos álamos que se juntaban a lo lejos! Ana había notado que todas
las tardes se encontraban con don Tomás Crespo, el íntimo de la casa, y
un caballero que se la comía con los ojos. Don Tomás era una de las
pocas personas a quien ella estimaba de veras, por ver en él prendas
morales raras en Vetusta, a saber: la tolerancia, la alegría expansiva,
y la despreocupación en materias supersticiosas.

El caballero las miraba de lejos, mientras don Tomás se detenía a
saludarlas. Aquel señor era Quintanar; el magistrado. Efectivamente, no
estaba mal conservado. Era muy pulcro de traje y de aspecto simpático.

«Era _un forastero_, palabra de sentido especial en Vetusta, para las
señoritas de Ozores, que no le habían visto aún en ninguna casa _de las
suyas_».

--Es un magistrado--les había dicho Crespo un día--; un aragonés muy
cabal, valiente, gran cazador, muy pundonoroso y gran aficionado de
comedias; representa como Carlos Latorre. Sobre todo en el teatro
antiguo es lo que hay que ver.

Esto era todo lo que las tías sabían del novio que se les preparaba a
escondidas.

Una tarde Crespo, enterado de que la niña ya sabía algo, sin
encomendarse a Dios ni al diablo, detuvo a las de Ozores en la carretera
de Castilla y les presentó al señor don Víctor Quintanar, magistrado.
Las acompañaron aquellos señores durante el paseo y hasta dejarlas en el
sombrío portal del caserón de Ozores. Doña Anuncia ofreció la casa a don
Víctor. Este pensaba que las tías conocían su honesta pretensión, y al
día siguiente, de levita y pantalón negros, visitó a las nobles damas.
Ana le trató con mucha amabilidad. Le pareció muy simpático.

La única persona con quien ella se atrevía a hablar algo de lo que le
pasaba por dentro era don Tomás Crespo, libre, decía él, de todas las
preocupaciones, inclusive la de no tenerlas, que era de las más tontas.

Ana observaba mucho. Se creía superior a los que la rodeaban, y pensaba
que debía de haber en otra parte una sociedad que viviese como ella
quisiera vivir y que tuviese sus mismas ideas. Pero entre tanto Vetusta
era su cárcel, la necia rutina, un mar de hielo que la tenía sujeta,
inmóvil. Sus tías, las jóvenes aristócratas, las beatas, todo aquello
era más fuerte que ella; no podía luchar, se rendía a discreción y se
reservaba el derecho a despreciar a su tirano, viviendo de sueños.

Pero Crespo era una excepción, un amigo verdadero, que entendía a medias
palabras lo que las tías, el barón, etc., etc., no hubieran entendido en
tomos como casas.

A don Tomás le llamaban _Frígilis_, porque si se le refería un desliz de
los que suelen castigar los pueblos con hipócritas aspavientos de
moralidad asustadiza, él se encogía de hombros, no por indiferencia,
sino por filosofía, y exclamaba sonriendo:

--¿Qué quieren ustedes? Somos _frígilis_; como decía el otro.

_Frígilis_ quería decir frágiles. Tal era la divisa de don Tomás: la
fragilidad humana.

Él mismo había sido frágil. Había creído demasiado en las leyes de la
adaptación al medio. Pero de esto ya se hablará en su día. Ocho años más
adelante brillaba en todo su esplendor su noble manía de perdonarlo
todo.

Era sagaz para buscar el bien en el fondo de las almas, y había
adivinado en Anita tesoros espirituales.

--Mire usted, don Víctor--le decía a su amigo--esa niña merece un rey, y
por lo menos un magistrado que pronto será Regente, como usted, v. gr.
Figúrese usted una mina de oro en un país donde nadie sabe explotar las
minas de oro; eso es Anita en mi querida Vetusta. En Vetusta lo mejor es
el arbolado.

--Deje usted la flora, don Tomás.

--Tiene usted razón, me pierdo.... Decía que Anita es una mujer de primer
orden. ¿Ve usted qué hermoso es su cuerpecito que le tiene a usted hecho
un caramelo? Pues cuando vea usted su alma, se derretirá como ese
caramelo puesto al sol. Debo advertir a usted que para mí un alma buena
no es más que un alma sana; la bondad nace de la salud.

--Es usted un poco materialista, pero yo no me enfado. Decía usted que
la niña....

--¡Soy cuerno! señor mío; y usted dispense. A mí no hay que ponerme
motes. Aborrezco los sistemas. Lo que digo es que sólo creo en la bondad
que da la naturaleza; a un árbol la salud ha de entrarle por las
raíces... pues es lo mismo, el alma....

Y seguía filosofando para venir a parar en que Anita era la mejor
muchacha de Vetusta.

Crespo, según él dijo, tomó un día por su cuenta a la joven para
recomendarle al señor Quintanar.

«Era el único novio digno de ella. Los cuarenta años y pico eran como
los de los árboles que duran siglos, una juventud, la primera juventud.
Más viejo es un perro de diez años que un cuervo de ciento, si es cierto
que los cuervos duran siglos».

Ana apreciaba en mucho los consejos de Frígilis. Admitió el trato de
Quintanar, pero a beneficio de inventario y con las demás condiciones
que había impuesto a don Cayetano; no sabrían nada las tías. Don Víctor
aceptó aquella manera de ser pretendiente.--Mire usted--decía
Frígilis--el secretillo es la salsa de estos negocios; la chica picará
más pronto... ya verá usted como pica....

Ana pasaba el tiempo sin sentir al lado de Quintanar.

«Tenía ideas puras, nobles, elevadas y hasta poéticas».

No se teñía las canas, era sencillo, aunque en el lenguaje algo
declamador y altisonante. Este vicio lo debía a los muchos versos de
Lope y Calderón que sabía de memoria; le costaba trabajo no hablar como
Sancho Ortiz o don Gutierre Alfonso.

Pero a solas se decía Anita:--«¿No es una temeridad casarse sin amor?
¿No decían que su vocación religiosa era falsa, que ella no servía para
esposa de Jesús porque no le amaba bastante? Pues si tampoco amaba a don
Víctor, tampoco debía casarse con él».

Consultado Ripamilán, contestó:

--«Que entre un magistrado, que no es Presidente de Sala siquiera, y el
Salvador del mundo, había mucha diferencia. ¿No confesaba Anita que le
agradaba don Víctor? Sí. Pues cada día le encontraría más gracia.
Mientras que en el convento, la que empieza sin amor acaba desesperada».

Don Cayetano, que sabía ponerse serio, llegado el caso, procuró
convencer a su amiguita de que su piedad, si era suficiente para una
mujer honrada en el mundo, no bastaba para los sacrificios del claustro.

--«Todo aquello de haber llorado de amor leyendo a San Agustín y a San
Juan de la Cruz no valía nada; había sido cosa de la edad crítica que
atravesaba entonces. En cuanto a Chateaubriand, no había que hacer caso
de él. Todo eso de hacerse monja sin vocación, estaba bien para el
teatro; pero en el mundo no había Manriques ni Tenorios, que escalasen
conventos, a Dios gracias. La verdadera piedad consistía en hacer feliz
a tan cumplido y enamorado caballero como el señor Quintanar, su paisano
y amigo».

Ana renunció poco a poco a la idea de ser monja. Su conciencia le
gritaba que no era aquél el sacrificio que ella podía hacer. El claustro
era probablemente lo mismo que Vetusta; no era con Jesús con quien iba a
vivir, sino con _hermanas_ más parecidas de fijo a sus tías que a San
Agustín y a Santa Teresa. Algo se supo en el círculo de la nobleza de
las «veleidades místicas» de Anita, y las que la habían llamado _Jorge
Sandio_ no se mordieron la lengua y criticaron con mayor crueldad el
nuevo antojo.

Se confesaba que era virtuosa, en cuanto no se le conocía ningún
_trapicheo_; pero esto era poco para creerse con vocación de santa.

«¿Por ventura las demás eran unas tales?».

--Es guapa, pero orgullosa--decía la baronesa tronada, que tenía a su
marido y a su hijo enamorados en vano de la sobrinita.

No fue Ana quien apresuró su resolución, como esperaba Frígilis; fueron
las tías que descubrieron un novio para la niña. El nuevo pretendiente
era el americano deseado y temido, don Frutos Redondo, procedente de
Matanzas con cargamento de millones. Venía dispuesto a edificar el mejor
_chalet_ de Vetusta, a tener los mejores coches de Vetusta, a ser
diputado por Vetusta y a casarse con la mujer más guapa de Vetusta. Vio
a Anita, le dijeron que aquella era la hermosura del pueblo y se sintió
herido de punta de amor. Se le advirtió que no le bastaban sus onzas
para conquistar aquella plaza. Entonces se enamoró mucho más. Se hizo
presentar en casa de las Ozores y pidió a doña Anuncia la mano de la
sobrina.

Después doña Anuncia se encerró en el comedor con doña Águeda, y
terminada la conferencia compareció Anita. Doña Anuncia se puso en pie
al lado de la chimenea pseudo-feudal: dejó caer sobre la alfombra _La
Etelvina_, novela que había encantado su juventud, y exclamó:

--Señorita... hija mía; ha llegado un momento que puede ser decisivo en
tu existencia. (Era el estilo de _La Etelvina._) Tu tía y yo hemos hecho
por ti todo género de sacrificios; ni nuestra miseria, a duras penas
disimulada delante del mundo, nos ha impedido rodearte de todas las
comodidades apetecibles. La caridad es inagotable, pero no lo son
nuestros recursos. Nosotras no te hemos recordado jamás lo que nos debes
(se lo recordaban al comer y al cenar todos los días), nosotras hemos
perdonado tu origen, es decir, el de tu desgraciada madre, todo, todo ha
sido aquí olvidado. Pues bien, todo esto lo pagarías tú con la más negra
ingratitud, con la ingratitud más criminal, si a la proposición que
vamos a hacerte contestaras con una negativa... incalificable.

--Incalificable--repitió doña Águeda--. Pero creo inútil todo este
sermón--añadió--porque la niña saltará de alegría en cuanto sepa de lo
que se trata.

--Eso quiero; saber en qué puedo yo servir a ustedes a quien tanto debo.

--Todo.--Sí, todo, querida tía.

--Como supongo--prosiguió doña Anuncia--que ya no te acordarás siquiera
de aquella locura del monjío....

--No señora...--En ese caso--interrumpió doña Águeda--como no querrás
quedarte sola en el mundo el día que nosotras faltemos....

--Ni tendrás ningún amorcillo oculto, que sería indecente....

--Y como nosotras no podemos más....

--Y como es tu deber aceptar la felicidad que se te ofrece....

--Te morirás de gusto cuando sepas que don Frutos Redondo, el más rico
del Espolón, ha pedido hoy mismo tu mano.

Ana, contra el expreso mandato de sus tías, no se murió de gusto. Calló;
no se atrevía a dar una negativa categórica.

Pero doña Anuncia no necesitó más para dar rienda suelta al basilisco
que llevaba dentro de sus entrañas. Su sombra en las sombras de la
pared, parecía ahora la de una bruja gigantesca; otras veces,
multiplicándose por los saltos de la llama y por los saltos y
contorsiones de la vieja, figuraba todo el infierno desencadenado; había
momentos en que la sombra de la señorita de Ozores tenía tres cabezas en
la pared y tres o cuatro en el techo, y se diría que de todas ellas
salían gritos y alaridos, según lo que vociferaba doña Anuncia sola.

Doña Águeda misma estaba horrorizada.

La sobrina permaneció ocho días encerrada en su alcoba después de
aquella escena. Al cumplirse el novenario de la encerrona, que algo
tenía de arresto, doña Anuncia se presentó tranquila, digna, severa a
leer la sentencia. «No le faltaría a la hija de la bailarina--¿quién
dudaba ya que la modista había bailado?--no le faltaría una cama en el
palacio de sus mayores; pero ellas, las tías, no tenían qué poner a la
mesa; todo lo había comido la niña».

Ana escribió a Frígilis.

Y al día siguiente don Víctor Quintanar, de tiros largos, como el día de
la primera visita, entró en el estrado de los Ozores. Venía a pedir la
mano de Ana, «a quien creía no ser indiferente».

«Daba aquel paso antes de lo que pensaba, porque acababa de ser
ascendido; iba a Granada en calidad de Presidente de Sala y quería
llevarse a su esposa, si su ardiente deseo era cumplido. Contaba con su
sueldo y algunas viñas y no pocos rebaños en la Almunia de don Godino.
Nunca hubiera sido osado a pedir la mano de tan preclara, ilustre y
hermosa joven sin poder ofrecerle, ya que no la opulencia, una _aurea
mediocritas_, como había dicho el latino».

Doña Anuncia quedó deslumbrada.... ¡Don Godino... _mediocritas_... la
cruz de Isabel la Católica!... Era mucha tentación.

Frígilis había advertido a don Víctor, al ponerle la cruz al pecho, que
a doña Anuncia la enamoraban los discursos que no entendía y las
condecoraciones.

Quintanar mientras hablaba se sentía en ridículo; pero la vieja estaba
fascinada.

«Don Frutos, pensaba ella había aplastado terrones en los suburbios de
Vetusta, doce años antes; se acordaba de haberle visto en mangas de
camisa».

La Ozores contestó: «Que ella no podía disponer de la mano de su
sobrina, aunque la joven consintiera, sin consultar, sin tomar la venia
de la nobleza, de la clase».

Los señores del margen, los de la Audiencia, eran la segunda
aristocracia en Vetusta, aunque no figuraban tanto como en otros días.

La justicia era respetada con un terror supersticioso heredado de muchos
siglos. Los más soliviantados liberales de Vetusta que hablaban de
anarquía y de quemarlo todo, temblaban ante la voz de un ujier de la
Sala de lo Criminal que gritaba porque un testigo cruzaba las piernas:

--¡Guarden ceremonia! La aristocracia, la primera, opinó que Anita hacía
una boda loca.

La hizo. Don Frutos se volvió a Matanzas, prometiendo volver vengado, es
decir, con muchos más millones. Cumplió su promesa.

Pasó un mes, y Ana Ozores de Quintanar, con su caballeresco esposo salía
por la carretera de Castilla en la berlina de aquella diligencia en que
había visto marchar a don Álvaro Mesía por el mismo camino.

Toda Vetusta fue a despedirlos; la nobleza y la clase media. Frígilis
tenía lágrimas en los ojos.

--En cuanto puedan ustedes dar la vuelta... hay que darla--decía con un
pie en el estribo y la cabeza dentro del coche--. Será usted la Regenta
de Vetusta, Anita.

--No lo permite la ley, por causa de las tías--contestaba don Víctor.

--¡Bah, bah! Ya se arreglaría eso.... Será usted la Regenta.

Don Cayetano quiso también subir al estribo, pero no pudo.

Doña Anuncia y doña Águeda habían quedado en el estrado, casi a
obscuras, suspirando, rodeadas de algunos amigos y amigas, quizá los
mismos que les dieran en otra ocasión aquel pésame por la muerte civil
de don Carlos.

--Y ella va contenta--decía el barón.

--¡Uf! Ya lo creo.--La juventud es ingrata...--Señores, que va a
arrancar, _desapartarse_--gritó el zagal de la diligencia.

Y partió el coche. Don Víctor oprimía entre las suyas las manos de
aquella esposa que le envidiaba un pueblo entero.

Un ¡adiós! llenó los ámbitos de la Plaza Nueva: era un adiós triste de
verdad, era la despedida de la maravilla del pueblo; Vetusta en masa
veía marchar a la nueva Presidenta de Sala como pudiera haber visto que
le llevaban la torre de la catedral, otra maravilla.

Entre tanto, Ana pensaba que tal vez no había entre aquella muchedumbre
que admiraba su hermosura otro más digno de poseerla que aquel don
Víctor, a pesar de sus cuarenta y pico, pico misterioso.

Cuando, ya cerca de la noche, mientras subían cuestas que el ganado
tomaba al paso, el nuevo Presidente de Sala le preguntaba si era él por
su ventura el primer hombre a quien había querido, Ana inclinaba la
cabeza y decía con una melancolía que le sonaba al marido a voluptuoso
abandono:

--Sí, sí, el primero, el único.

«No le amaba, no; pero procuraría amarle».

Cerró la noche. Ana, apoyada la cabeza en las sobadas almohadillas de
aquel coche viejo, cerraba los ojos, fingía dormir y escuchaba el ruido
atronador y confuso de vidrios, hierro y madera de la diligencia
desvencijada, y se le antojaba oír en aquel estrépito los últimos
gritos de la despedida.

Ni uno solo de aquellos hombres que quedaban allá abajo le había hablado
de amor, de amor cierto, ni se lo había inspirado. Repasando todos los
años de la inútil juventud, recordaba, como la mayor delicia que pudiera
cargarse al capítulo de amor tal vez, alguna mirada de algún desconocido
en uno de aquellos paseos por las carreteras orladas de árboles poblados
de gorriones y jilgueros.

Entre ella y los jóvenes de la sociedad en que vivía, pronto había
puesto el orgullo de Ana y la necedad de los otros un muro de hielo.

«No se casarían con ella, había dicho doña Anuncia, porque era pobre;
pero ella les tomaba la delantera, y los despreciaba por fatuos y
adocenados».

Si alguno había querido tratarla como a Obdulia, pronto había encontrado
un desdén altivo y una ironía cruel capaces de helar una brasa.

«Tal vez, aunque no era seguro, ni mucho menos, entre aquellos hombres
que la admiraban de lejos, devorándola con los ojos, habría alguno digno
de ser querido... pero las tías se encargaban de mantener las distancias
que exigía el tono, y los pobres abogadillos, o lo que fueran, tal vez
demócratas teóricos, respetaban aquellas preocupaciones, y participaban
a su pesar, de ellas. No se acercaban». Todos los que habían producido
en Ana algún efecto, aunque no grande, hablando con los ojos, eran
cualquier cosa menos proporciones. En Vetusta la juventud pobre no sabe
ganarse la vida, a lo sumo se gana la miseria; muchachos y muchachas se
comen a miradas, se quieren, hasta se lo dicen... pero _lo dejan_; falta
una posición; las muchachas pierden su hermosura y acaban en beatas;
los muchachos dejan el luciente sombrero de copa, se embozan en la capa
y se hacen jugadores.

Los que quieren medrar salen del pueblo; allí no hay más ricos que los
que heredan o hacen fortuna lejos de la soñolienta Vetusta.

«Entre americanos, pasiegos y mayorazguetes fatuos, burdos y grotescos
hubiera podido escoger, seguía pensando Ana. Que lo dijera don Frutos
Redondo.... Pero además, ¿para qué engañarse a sí misma? No estaba en
Vetusta, no podía estar en aquel pobre rincón la realidad del sueño, el
héroe del poema, que primero se había llamado Germán, después San
Agustín, obispo de Hiponax, después Chateaubriand y después con cien
nombres, todo grandeza, esplendor, dulzura delicada, rara y
escogida...».

«Y ahora estaba casada. Era un crimen, pero un crimen verdadero, no como
el de la barca de Trébol, pensar en otros hombres. Don Víctor era la
muralla de la China de sus ensueños. Toda fantástica aparición que
rebasara de aquellos cinco pies y varias pulgadas de hombre que tenía al
lado, era un delito. Todo había concluido... sin haber empezado».

Abrió Ana los ojos y miró a su don Víctor que a la luz de una lámpara de
viaje, calada hasta las orejas una gorra de seda, leía tranquilamente,
algo arrugado el entrecejo, _El Mayor Monstruo los celos o el Tetrarca
de Jerusalén_, del inmortal Calderón de la Barca.




--VI--


El Casino de Vetusta ocupaba un caserón solitario, de piedra ennegrecida
por los ultrajes de la humedad, en una plazuela sucia y triste cerca de
San Pedro, la iglesia antiquísima vecina de la catedral. Los socios
jóvenes querían mudarse, pero el cambio de domicilio sería la muerte de
la sociedad según el elemento serio y de más arraigo. No se mudó el
Casino y siguió remendando como pudo sus goteras y demás achaques de
abolengo. Tres generaciones habían bostezado en aquellas salas estrechas
y obscuras, y esta solemnidad del aburrimiento heredado no debía
trocarse por los azares de un porvenir dudoso en la parte nueva del
pueblo, en la Colonia. Además, decían los viejos, si el Casino deja de
residir en la Encimada, adiós Casino. Era un aristócrata.

Generalmente el salón de baile se enseñaba a los forasteros con orgullo;
lo demás se confesaba que valía poco.

Los dependientes de la casa vestían un uniforme parecido al de la
policía urbana. El forastero que llamaba a un mozo de servicio podía
creer, por la falta de costumbre, que venían a prenderle. Solían tener
los camareros muy mala educación, también heredada. El uniforme se les
había puesto para que se conociese en algo que eran ellos los criados.

En el vestíbulo había dos porteros cerca de una mesa de pino. Era
costumbre inveterada que aquellos señores no saludaran a los socios que
entraban o salían. Pero desde que era de la Junta Ronzal, que había
visto otros usos en sus cortos viajes, los porteros se inclinaban al
pasar un socio sin importancia, y hasta dejaban oír un gruñido, que bien
interpretado podía tomarse por un saludo; si era un individuo de la
Junta se levantaban de su silla cosa de medio palmo, si era Ronzal se
levantaban un palmo entero y si pasaba don Álvaro Mesía, presidente de
la sociedad, se ponían de pie y se cuadraban como reclutas.

Después del vestíbulo se encontraban tres o cuatro pasillos convertidos
en salas de espera, de descanso, de conversación, de juego de dominó,
todo ello junto y como quiera. Más adelante había otra sala más lujosa,
con grandes chimeneas que consumían mucha leña, pero no tanta como
decían los mozos. Aquella leña suscitaba graves polémicas en las juntas
generales de fin de año. En tal estancia se prohibía el estridente
dominó, y allí se juntaban los más serios y los más importantes
personajes de Vetusta. Allí no se debía alborotar porque al extremo de
oriente, detrás de un majestuoso portier de terciopelo carmesí, estaba
la sala del tresillo, que se llamaba el gabinete rojo. En este había de
reinar el silencio, y si era posible también en la sala contigua. Antes
estaba el tresillo cerca de los billares, pero el ruido de las bolas y
los tacos molestaba a los tresillistas que se fueron al gabinete rojo,
donde estaba entonces el de lectura. El gabinete de lectura se fue cerca
de los billares. La sala del tresillo jamás recibía la luz del sol:
siempre permanecía en tinieblas caliginosas, que hacían palpables las
tristes llamas de las bujías semejantes a lámparas de minero en las
entrañas de la tierra.

Don Pompeyo Guimarán, un filósofo que odiaba el tresillo, llamaba a los
del gabinete rojo los monederos falsos. Se le figuraba que en aquel
antro donde se penetraba con silencio misterioso, donde se contenía toda
alegría, toda expansión del ánimo, no se podía hacer nada lícito. Los
más bulliciosos muchachos al entrar en el gabinete del tresillo se
revestían de una seriedad prematura; parecían sacerdotes jóvenes de un
culto extraño. Entrar allí era para los vetustenses como dejar la toga
pretexta y tomar la viril. Jugando o viendo jugar estaba siempre algún
joven pálido, ensimismado, que afectaba despreciar los vanos placeres
hastiado tal vez, y preferir los serios cuidados del solo y el codillo.
Examinar con algún detenimiento a los habituales sacerdotes de este
culto ceremonioso y circunspecto de la espada y el basto, es conocer a
Vetusta intelectual en uno de sus aspectos característicos.

En efecto, aunque el jefe de Fomento aseguraba que todos los vetustenses
eran unos chambones, no era esto más que un pretexto para subir al
_cuarto del crimen_ en busca de más pingües y rápidas ganancias; porque
jugar se jugaba en el Casino de Vetusta con una perfección que ya era
famosa. No faltaban los inexpertos, y aun estos eran necesarios, porque
si no ¿quién ganaría a quién? Pero contra la afirmación del jefe de
Fomento protestaban los hechos. De Vetusta y sólo de Vetusta salieron
aquellos insignes tresillistas que, una vez en esferas más altas,
tendieron el vuelo y llegaron a ocupar puestos eminentes en la
administración del Estado, debiéndolo todo a la ciencia de los estuches.

Hay cuatro mesas en sendas esquinas y otros dos pares en medio. De las
ocho, la mitad están ocupadas. Alrededor, sentados o en pie varios
mirones, los más esclavos de su vicio. Se habla poco. Las más veces para
pedir un cigarro de papel. Se dan pocos consejos. No se necesitan o no
sirven. Basilio Méndez, empleado del Ayuntamiento, es el mejor _espada_
de los presentes. Es pálido y flaco. No se sabe si viste de artesano o
de persona decente, como dicen en Vetusta. El sueldo no le bastaba para
sus necesidades; tiene mujer y cinco hijos; se ayuda con el tresillo; se
le respeta. Juega como quien trabaja sin gusto; de mal humor; es brusco;
apenas contesta si le hablan. Él va a su negocio: una casa de tres pisos
que está construyendo a costa del tresillo junto al Espolón. A su lado
está don Matías el procurador: juega al tresillo para huir del _monte_.
Cuando la suerte le es adversa _arriba_, baja y se expone a ganar al
tresillo todo lo que puede y a perder muy poco, porque si pierde lo
deja. El que descansa en este momento, porque acaba de repartir las
cartas, y juegan cuatro, es la gallina de los huevos de oro del
Procurador y de don Basilio. Le van matando, pero por consunción. Es un
mayorazgo de aldea; le llaman Vinculete. Antes venía de su pueblo
durante las ferias a jugar al tresillo; después se hizo diputado
provincial para venir a jugar al tresillo también, y por fin se hizo
vecino de Vetusta para no separarse nunca de aquellos _espadas_ a quien
admiraba, de camino que les hacía ricos sin sospecharlo. El tresillo de
su pueblo no le divertía.

Vinculete jugaba desde las tres de la tarde hasta las dos de la mañana,
sin más descanso que el preciso para cenar de mala manera. Don Basilio y
el Procurador alternaban en el cuidado de desplumarle; se relevaban;
pero a veces le desplumaban a un tiempo. El cuarto jugador era
cualquiera. En las otras mesas las partidas eran más iguales. Jugaban
muchos forasteros, casi todos empleados.

Es un axioma que en el juego se conoce la buena educación. Había allí
muchas personas muy bien educadas, pero como reinaba la mayor confianza
solía oírse frases como estas:

--Le digo a usted, que me lo ha dado usted.

--Yo le digo a usted, que no.--Yo le digo a usted, que sí.--Pues
miente usted.--Valiente crianza tiene usted.--Mejor que la de usted....
Se trataba de un duro falso. Para que la armonía pudiera subsistir, por
una especie de equilibrio que la naturaleza establecía entre los
temperamentos, resultaba que unos tresillistas eran temerones y de un
genio endiablado, y otros, v. gr. Vinculete, pacíficos como corderos y
miedosos como palomas.

Don Basilio aseguraba que el mayorazguete no jugaba con toda la limpieza
necesaria.

Vinculete solía sostener los fueros de su dignidad, y entonces gritaba
el del Ayuntamiento:

--¡Conmigo nadie se insolenta! Y daba un puñetazo en la mesa.

Vinculete callaba y seguía recibiendo codillos.

Estas disputas, nada frecuentes, interrumpían el silencio pocos
instantes; la calma renacía pronto y volvía aquello a ser un templo
jamás profanado por ríos de sangre.

El gabinete de lectura, que también servía de biblioteca, era estrecho y
no muy largo. En medio había una mesa oblonga cubierta de bayeta verde y
rodeada de sillones de terciopelo de Utrecht. La biblioteca consistía en
un estante de nogal no grande, empotrado en la pared. Allí estaban
representando la sabiduría de la sociedad el _Diccionario_ y la
_Gramática_ de la Academia. Estos libros se habían comprado con motivo
de las repetidas disputas de algunos socios que no estaban conformes
respecto del significado y aun de la ortografía de ciertas palabras.
Había además una colección incompleta de la _Revue des deux mondes_, y
otras de varias ilustraciones. La _Ilustración francesa_ se había dejado
en un arranque de patriotismo; por culpa de un grabado en que aparecían
no se sabe qué reyes de España matando toros. Con ocasión de esta medida
radical y patriótica se pronunciaron en la junta general muchos y muy
buenos discursos en que fueron citados oportunamente los héroes de
Sagunto, los de Covadonga, y por último los del año ocho. En los cajones
inferiores del estante había algunos libros de más sólida enseñanza,
pero la llave de aquel departamento se había perdido.

Cuando un socio pedía un libro de aquellos, el conserje se acercaba de
mal talante al pedigüeño y le hacía repetir la demanda.

--Sí señor, la crónica de Vetusta....

--Pero ¿usted, sabe que está ahí?

--Sí, señor, ahí está...

--El caso es...--y se rascaba una oreja el señor conserje--como no hay
costumbre....

--¿Costumbre de qué?--En fin, buscaré la llave. El conserje daba media
vuelta y marchaba a paso de tortuga.

El socio, que había de ser nuevo necesariamente para andar en tales
pretensiones, podía entretenerse mientras tanto mirando el mapa de Rusia
y Turquía y el _Padre nuestro_ en grabados, que adornaban las paredes de
aquel centro de instrucción y recreo. Volvía el conserje con las manos
en los bolsillos y una sonrisa maliciosa en los labios.

--Lo que yo decía, señorito... se ha perdido la llave.

Los socios antiguos miraban la biblioteca como si estuviera pintada en
la pared.

De los periódicos e ilustraciones se hacía más uso; tanto que aquellos
desaparecían casi todas las noches y los grabados de mérito eran
cuidadosamente arrancados. Esta cuestión del hurto de periódicos era de
las difíciles que tenían que resolver las juntas. ¿Qué se hacía? ¿Se les
ponía grillete a los papeles? Los socios arrancaban las hojas o se
llevaban papel y hierro. Se resolvió últimamente dejar los periódicos
libres, pero ejercer una gran vigilancia. Era inútil. Don Frutos
Redondo, el más rico americano, no podía dormirse sin leer en la cama el
_Imparcial_ del Casino. Y no había de trasladar su lecho al gabinete de
lectura. Se llevaba el periódico. Aquellos cinco céntimos que ahorraba
de esta manera, le sabían a gloria. En cuanto al papel de cartas que
desaparecía también, y era más caro, se tomó la resolución de dar un
pliego, y gracias, al socio que lo pedía con mucha necesidad. El
conserje había adquirido un humor de alcaide de presidio en este trato.
Miraba a los socios que leían como a gente de sospechosa probidad; les
guardaba escasas consideraciones. No siempre que se le llamaba acudía, y
solía negarse a mudar las plumas oxidadas.

Alrededor de la mesa cabían doce personas. Pocas veces había tantos
lectores, a no ser a la hora del correo. La mayor parte de los socios
amantes del saber no leían más que noticias.

El más digno de consideración, entre los abonados al gabinete de
lectura, era un caballero apoplético, que había llevado granos a
Inglaterra y se creía en la obligación de leer la prensa extranjera.
Llegaba a las nueve de la noche indefectiblemente, tomaba _Le Figaro_,
después _The Times_, que colocaba encima, se ponía las gafas de oro y
arrullado por cierto silbido tenue de los mecheros del gas, se quedaba
dulcemente dormido sobre el primer periódico del mundo. Era un derecho
que nadie le disputaba. Poco después de morir este señor, de apoplejía,
sobre _The Times_, se averiguó que no sabía inglés. Otro lector asiduo
era un joven opositor a fiscalías y registros que devoraba la _Gaceta_
sin dejar una subasta. Era un Alcubilla en un tomo: sabía de memoria
cuanto se ha hecho, deshecho, arreglado y vuelto a destrozar en nuestra
administración pública.

A su lado solía sentarse un caballero que tenía un vicio secreto:
escribir cartas a los periódicos de la corte con las noticias más
contradictorias. Firmaba «El Corresponsal» y siempre que un papel de
Madrid decía «Lo de Vestusta» era cosa de él. Al día siguiente desmentía
en otro periódico sus noticias y resultaba que «Lo de Vetusta» no era
nada. Así se había hecho un redomado escéptico en materia de prensa.
«¡Si sabría él cómo se hacían los periódicos!». Cuando franceses y
alemanes vinieron a las manos, _El Corresponsal_ dudaba de la guerra:
era cosa de los bolsistas acaso; no se convenció de que algo había hasta
la rendición de Metz.

El poeta Trifón Cármenes también acudía sin falta a la hora del correo.
Pasaba revista a varios periódicos con febril ansiedad y desaparecía en
seguida con un desengaño más en el alma. Era que «no se lo habían
publicado». Se trataba de alguna poesía o cuento fantástico que había
mandado a cualquier periódico y que no acababa de salir. Cármenes, que
en los certámenes de Vetusta se llevaba todas las rosas naturales, no
podía conseguir que sus versos tuvieran cabida en las prensas
madrileñas; y eso que empleaba en las cartas con que recomendaba las
composiciones, la finura del mundo. La fórmula solía ser esta: «Muy
señor mío y de mi más distinguida consideración: adjuntos le remito unos
versos para que, si los estima dignos de tan señalado honor, vean la luz
pública en las columnas de su acreditado periódico. Escritos sin
pretensiones..., etc., etc.». Pero, nada: no salían. Pedía, después de
un año, que se los devolvieran. Pero «no se devolvían los originales».
Aprovechaba el borrador y publicaba aquello en _El Lábaro_, el periódico
reaccionario de Vetusta.

Otro lector constante era un vejete semi-idiota que jamás se acostaba
sin haber leído todos los _fondos_ de la prensa que llegaba al Casino.
Deleitábale singularmente la prosa amazacotada de un periódico que tenía
fama de hábil y circunspecto. Los conceptos estaban envueltos en tales
eufemismos, pretericiones y circunloquios, y tan se quebraban de
sutiles, que el viejo se quedaba siempre a buenas noches.

--¡Qué habilidad!--decía sin entender palabra.

Por lo mismo creía en la habilidad, porque si él la echara de ver ya no
la habría.

Una noche despertó a su esposa el lector de fondos diciendo:

--Oye, Paca, ¿sabes que no puedo dormir?... A ver si tú entiendes esto
que he leído hoy en el periódico. «No deja de dejar de parecernos
reprensible...». ¿Lo entiendes tú, Paca? ¿Es que les parece reprensible
o que no? Hasta que lo resuelva no puedo dormir....

Estos y otros lectores asiduos se pasan los periódicos de mano en mano,
en silencio, devorando noticias que leen repetidas en ocho o diez
papeles. Así se alimentan aquellos espíritus que antes de las once de la
noche se van a dormir satisfechos, convencidos de que el cajero de tal
parte se ha escapado con los fondos.

Lo han leído en ocho o diez fuentes distintas. Todos estos caballeros
respetables y dignos de estima viven esclavos de tamaña servidumbre, la
servidumbre del noticierismo cortesano. Mucho más de la mitad del caudal
fugitivo de sus conocimientos consiste en los recortes de la
_Correspondencia_ que los periódicos pobres se van echando, como
pelotas, de tijeras en tijeras.

Muchas veces, cuando reinaba aquel silencio de biblioteca, en que
parecía oírse el ruido de la elaboración cerebral de los sesudos
lectores, de repente un estrépito de terremoto hacía temblar el piso y
los cristales. Los socios antiguos no hacían caso, ni levantaban los
ojos; los nuevos, espantados, miraban al techo y a las paredes esperando
ver desmoronarse el edificio.... No era eso. Era que los señores del
billar azotaban el pavimento con las mazas de los tacos. Era proverbial
el ingenioso buen humor de los señores socios.

A las once de la noche no quedaba nadie en el gabinete de lectura. El
conserje, medio dormido, doblaba los papeles, daba media vuelta a la
llave del gas, y dejaba casi en tinieblas la estancia. Y se volvía a
dormir a la conserjería.

Entonces era cuando entraba don Amadeo Bedoya, capitán de artillería, en
traje de paisano, embozado en un carrick de ancha esclavina. Miraba
bien... no había nadie... la obscuridad le favorecía. Se acercaba al
estante con mucha cautela; sacaba una llave, abría el cajón inferior,
tomaba un libro, dejaba otro que venía oculto bajo la esclavina,
escondía el primero entre sus pliegues y cerraba el cajón. Se acercaba a
la mesa, después de respirar fuerte, silbaba la marcha real, y fingía
echar un vistazo a los periódicos. ¡Periódicos a él! Por hacer que
hacemos estaba allí cinco minutos, y salía triunfante. No era un ladrón,
era un bibliófilo. La llave de Bedoya era la que el conserje había
perdido. Don Amadeo era el don Saturnino Bermúdez de tropa. Había sido
un bravo militar; pero como hubiera tenido el honor años atrás de ser
elegido presidente de un _Ateneo de infantería_, y vístose en la
necesidad de estudiar y pronunciar un discurso, se encontró con gran
sorpresa excelente orador en su opinión y la de los jefes, y de una en
otra vino a parar en hombre de letras, hasta el punto de jurarse
solemnemente y con la energía que tan bien sienta en los defensores de
la patria, ser un erudito. Empezó a llamar la atención de los
vetustenses aquel militar que sabía de letras más que muchos paisanos, y
el mismo Bedoya se animaba al trabajo con la gracia de lo que a él se le
antojaba contraste de la artillería y la literatura. Poco a poco llegó a
ser miembro, ya correspondiente, ya de número, de muchas sociedades
científicas, artísticas y literarias. Despuntaba en la Arqueología y en
la Botánica, sobre todo en la relación de esta a la Horticultura. Era
un especialista en las enfermedades de la patata, y tenía un trabajo
sobre el particular que no acababa de premiarle el Gobierno. También le
daba el naipe por la biografía militar. Sabía de varios tenientes
generales que habían sido otros tantos Farnesios y Spínolas, sin que lo
sospechara el mundo; y sacaba a relucir la historia de tal brigadier que
si, conforme no mandó, hubiera mandado la acción de tal parte, hubiera
conquistado la gloria de un Napoleón, en vez de perder las posiciones,
como en efecto las había perdido el general inepto.

De esta clase de biografías de personas que pudieron ser importantes,
estaban las fuentes en libros como aquellos que había en el cajón
inferior del estante del Casino. Más ejemplares habría por el mundo,
pero no se sabía de ellos, y Bedoya era de esa clase de eruditos que
encuentran el mérito en copiar lo que nadie ha querido leer. En cuanto
él veía en el papel de su propiedad los párrafos que iba copiando con
aquella letra inglesa esbelta y pulcra que Dios le había dado, ya se le
antojaba obra suya todo aquello. Pero su fuerte eran las antigüedades.
Para él un objeto de arte no tenía mérito aunque fuese del tiempo de
Noé, si no era suyo. Así como Bermúdez amaba la antigüedad por sí misma,
el polvo por el polvo, Bedoya era más subjetivo como él decía,
necesitaba que le perteneciera el objeto amado. «¡Si él pudiera hablar!
Tamañitos se quedarían Bermúdez y el Magistral y _tutti quanti_». Pero
no podía hablar. Iría a presidio probablemente, si hablara. «En fin, en
puridad, tenía...--y miraba a los lados al decirlo--tenía un precioso
manuscrito de Felipe II, un documento político de gran importancia». Lo
había robado en el archivo de Simancas. ¿Cómo? ese era su orgullo.

Así es que Bedoya, seguro de aquella superioridad, miraba por encima del
hombro a los demás anticuarios y callaba. Callaba por miedo al presidio.

El _cuarto del crimen_, la sala de los juegos de azar, y más
concretamente de la ruleta y el monte estaba en el segundo piso. Se
llegaba a ella después de recorrer muchos pasillos obscuros y estrechos.
La autoridad no había turbado jamás la calma de aquel refugio repuesto y
escondido del arte aleatorio, ni en los tiempos de mayor moralidad
pública. A ruegos de los gacetilleros, singularmente el del _Lábaro_, se
perseguía cruelmente la prostitución, pero el juego no se podía
perseguir. En cuanto a las «infames que comerciaban con su cuerpo», como
decía Cármenes escribiendo de incógnito los fondos del _Lábaro_, ¿cómo
no habían de ser maltratadas, si diariamente se publicaban excitaciones
de este género en la prensa local?

Casi todos los días salía a luz una gacetilla que se titulaba, por
ejemplo: _¡Esas palomas!_ o _¡Fuego en ellas!_ y en una ocasión el
mismísimo don Saturnino Bermúdez escribió su gacetilla correspondiente
que se llamaba a secas: _Meretrices_, y acababa diciendo: «de la
impúdica _scortum_».

Volviendo al juego, si algún gobernador enérgico había amenazado a los
socios del Casino con darles un susto, los jugadores influyentes le
habían pronosticado una cesantía. Lo ordinario siempre fue que hiciese
la vista gorda, y no faltaron a veces subvenciones en la forma más
decorosa posible, como decían las partes contratantes. Los jugadores
vetustenses tenían una virtud: no trasnochaban. Eran hombres ocupados
que tenían que madrugar. Tal médico se recogía a las diez después de
perder las ganancias del día: se levantaba a las seis de la mañana,
recorría todo el pueblo entre charcos y entre lodo, desafiaba la nieve,
el granizo, el frío, el viento; y después de ímprobo trabajo, volvía,
como con una ofrenda ante el altar, a depositar sobre el tapete verde
las pesetas ganadas. Abogados, procuradores, escribanos, comerciantes,
industriales, empleados, propietarios, todos hacían lo mismo. En el
tresillo, en el gabinete de lectura, en el billar, en las salas de
conversación, de dominó y ajedrez, había siempre las mismas personas,
los aficionados respectivos; pero el cuarto del crimen era el lugar
donde se reunían todos los oficios, todas las edades, todas las ideas,
todos los gustos, todos los temperamentos.

No en balde se afirmaba que Vetusta se distinguía por su acendrado
patriotismo, su religiosidad y su afición a los juegos prohibidos. La
religiosidad y el patriotismo se explicaban por la historia; la afición
al juego por lo mucho que llovía en Vetusta. ¿Qué habían de hacer los
socios, si no se podía pasear? Por eso proponía don Pompeyo Guimarán, el
filósofo, que la catedral se convirtiera en paseo cubierto. «_¡Risum
teneatis!_» contestaba Cármenes en la gacetilla del _Lábaro_.

La religiosidad, aunque en la forma lamentable de la superstición, se
manifestaba en el mismo vicio de la tafurería. Se contaban en el Casino
portentos de credulidad de los jugadores más famosos. Un comerciante,
liberal y nada timorato, tenía depositados en la puerta de aquel centro
de recreo un par de zapatos viejos. Llegaba al Casino, calzaba los
zapatos de suela rota y subía a probar fortuna. Juraba que jamás
llevando botas nuevas le había favorecido la suerte. Venía a ser un
jugador de la orden de los descalzos. Entre su fe y cierta maliciosa
experiencia le daban ganancias seguras. Un año hizo una espléndida
novena a San Francisco, a la cual acudió toda _Vetusta edificada_, como
decía Bermúdez.

Después que Bedoya salía del Casino, pasando sin ser visto de los
porteros, que dormían suavemente, no quedaban allí más socios que ocho o
diez trasnochadores jurados. Pocos y siempre los mismos. Unos eran
personajes averiados que habían contraído la costumbre de trasnochar en
Madrid, otros elegantes y calaveras de Vetusta que los imitaban. Pero de
esta tertulia de última hora tendremos que hablar más adelante, porque a
ella asistían personajes importantes de esta historia.

Eran las tres y media de la tarde. Llovía. En la sala contigua al
gabinete viejo estaban los socios de costumbre, los que no jugaban a
nada y los seis que jugaban al ajedrez. Estos habían colocado el
respectivo tablero junto a un balcón, para tener más luz. En el fondo de
la sala parecía que iba a anochecer. Sobre una mesa de mármol brillaba
entre humo espeso de tabaco, como una estrella detrás de niebla, la
llama de una bujía que servía para dar lumbre a los cigarros. Ocultos en
la sombra de un rincón, alrededor de aquella mesa, arrellanados en un
diván unos, otros en mecedoras de paja, estaban media docena de socios
fundadores, que de tiempo inmemorial acudían a las tres en punto a tomar
café y copa. Hablaban poco. Ninguno se permitía jamás aventurar un
aserto que no pudiera ser admitido por unanimidad. Allí se juzgaba a los
hombres y los sucesos del día, pero sin apasionamiento; se condenaba,
sin ofenderle, a todo innovador, al que había hecho algo que saliese de
lo ordinario. Se elogiaba, sin gran entusiasmo, a los ciudadanos que
sabían ser comedidos, corteses e incapaces de exagerar cosa alguna.
Antes mentir que exagerar. Don Saturnino Bermúdez había recibido más de
una vez el homenaje de una admiración prudente en aquel círculo de
señores respetables. Pero en general preferían a esto hablar de
animales: v. gr., del instinto de algunos, como el perro y el elefante,
aunque siempre negándoles, por supuesto, la inteligencia: «el castor
fabrica hoy su vivienda lo mismo que en tiempo de Adán; no hay
inteligencia, es instinto». Hablaban también de la utilidad de otros
irracionales; el cerdo, del cual se aprovechaba todo, la vaca, el gato,
etc., etc. Y aún les parecía más interesante la conversación si se
refería a objetos inanimados. El derecho civil también les encantaba en
lo que atañe al parentesco y a la herencia. Pasaba un socio cualquiera,
y si no le conocía alguno de aquellos fundadores preguntaba:

--¿Quién es ese?--Ese es hijo de... nieto de... que casó con... que era
hermana de....

Y como las cerezas, salían enganchados por el parentesco casi todos los
vetustenses. Esta conversación terminaba siempre con una frase:

--Si se va a mirar, aquí todos somos algo parientes.

La meteorología tampoco faltaba nunca en los tópicos de las
conferencias. El viento que soplaba tenía siempre muy preocupados a los
socios beneméritos. El invierno actual siempre era más frío que todos
los que recordaban, menos uno.

También a veces se murmuraba un poco, pero con el mayor comedimiento,
sobre todo si se hablaba de clérigos, señoras o autoridades.

A pesar de la amenidad de tales conversaciones, el grupo de venerables
ancianos, con los que sólo había un joven y éste calvo, prefería al más
grato palique el silencio; y a él se consagraba principalmente aquella
especie de siesta que dormían despiertos. Casi siempre callaban.

No lejos de ellos, y por cierto molestándolos a veces no poco, había dos
o tres grupos de alborotadores, y a lo lejos se oía el antipático
estrépito del dominó, que habían desterrado de su sala los venerables.
Los del dominó eran siempre los mismos: un catedrático, dos ingenieros
civiles y un magistrado. Reían y gritaban mucho; se insultaban, pero
siempre en broma. Aquellos cuatro amigos, ligados por el seis doble,
hubieran vendido la ciencia, la justicia y las obras públicas por salvar
a cualquiera de la partida. En el salón de baile, donde no se permitía
jugar ni tomar café, se paseaban los señores de la Audiencia y otros
personajes, v. gr., el marqués de Vegallana, los días de mucha agua,
cuando él no podía dar sus paseos.

La animación estaba en los grupos de alborotadores antes citados.

--«Allí no se respetaba nada ni a nadie»--decían los viejos del
rincón.--Aunque estaban a dos pasos de ellos, rara vez se mezclaban las
conversaciones. Los ancianos callaban y juzgaban.

--¡Qué atolondramiento!--dijo un _venerable_ en voz baja.

--Observe usted,--le respondieron--que rara vez hablan de intereses
reales de la provincia.

--Únicamente cuando viene el señor Mesía....

--Oh, es que el señor Mesía... es otra cosa.

--Sí, es mucho hombre. Muy entendido en Hacienda y eso que llaman
Economía política.

--Yo también creo en la Economía política.

--Yo no creo, pero respeto mucho la memoria de Flórez Estrada, a quien
he conocido.

Todo menos disputar; en cuanto asomaba una discusión, se le echaba
tierra encima y a callar todos.

En la mesa de enfrente, gritaba un señor que había sido alcalde liberal
y era usurero con todos los sistemas políticos; malicioso, y enemigo de
los curas, porque así creía probar su liberalismo con poco trabajo.

--Pero, vamos a ver--decía--¿quién le ha asegurado a usted que el
Magistral no ha querido confesar a la Regenta?

--Me lo ha dicho quien vio por sus ojos a doña Anita entrar en la
capilla de don Fermín y a don Fermín salir sin saludar a la Regenta.

--Pues yo los he visto saludarse y hablar en el Espolón.

--Es verdad--gritó un tercero--yo también los vi. De Pas iba con el
Arcipreste y la Regenta con Visitación. Es más, el Magistral se puso muy
colorado.

--¡Hombre, hombre!--exclamó el ex-alcalde fingiendo escandalizarse.

--Pues yo sé más que todos ustedes--vociferó un pollo que imitaba a
Zamacois, a Luján, a Romea, el sobrino, a todos los actores cómicos de
Madrid, donde acababa de licenciarse en Medicina.

Bajó la voz, hizo una seña que significaba sigilo; todos los del corro
se acercaron a él, y con la mano puesta al lado de la boca, como una
mampara, dejando caer la silla en que estaba a caballo, hasta apoyar el
respaldo en la mesa, dijo:

--Me lo ha contado Paquito Vegallana; el Arcipreste, el célebre don
Cayetano, ha rogado a Anita que cambie de confesor, porque....

--¡Hombre, hombre! ¿qué sabes tú por qué?--interrumpió el enemigo del
clero--. ¡El secreto de la confesión!

--¡Bueno, bueno! Yo lo sé de buena tinta. Paquito me lo ha dicho.
Mesía--y bajó mucho más la voz--Mesía le pone varas a la Regenta.

Escándalo general. Murmullo en el rincón obscuro.

«Aquello era demasiado».

«Se podía murmurar, hablar sin fundamento, pero no tanto. Vaya por el
Magistral y el secreto de la confesión; ¡pero tocar a la Regenta! Era un
imprudente aquel sietemesino, sin duda».

--Señores, yo no digo que la Regenta tome varas, sino que Álvaro quiere
ponérselas; lo cual es muy distinto.

Todos negaron la probabilidad del aserto.

--Hombre... la Regenta... ¡es algo mucho!

El pollo se encogió de hombros.

--«Estaba seguro. Se lo había dicho el marquesito, el íntimo de Mesía».

--Y, vamos a ver--preguntó el señor Foja, el ex-alcalde--¿qué tiene que
ver eso de las varas que Mesía quiere poner a la Regenta con el
Magistral y la confesión?

No quería dejar su presa. No siempre en el Casino se podía hablar mal de
los curas.

--Pues tiene mucho que ver; porque el Arcipreste ha pedido auxilio al
otro; quiere dejarle la carga de la conciencia de la otra.

--Muchacho, muchacho, que te resbalas--advirtió el padre del
deslenguado, que estaba presente y admiraba la desfachatez de su hijo,
adquirida positivamente en Madrid, y muy a su costa.

--Quiero decir que Anita es muy cavilosa, como todos sabemos--y seguía
bajando la voz, y los demás acercándose, hasta formar un racimo de
cabezas, dignas de otra Campana de Huesca--es cavilosa y tal vez haya
notado las miradas... y demás ¿eh? del otro... y querrá curar en
salud... y el Arcipreste no está para casos de conciencia complicados, y
el Magistral sabe mucho de eso.

El corro no pudo menos de sonreír en señal de aprobación.

Al papá del maldiciente se le caía la baba, y guiñaba un ojo a un amigo.
No cabía duda que los chicos sólo en Madrid se despabilaban. Caro
cuesta, pero al fin se tocan los resultados.

El desparpajo del muchacho solía suscitar protestas, pero luego vencía
la elocuencia de sus maliciosos epigramas y del retintín manolesco de
sus gestos y acento.

Empezaba entonces el llamado género flamenco a ser de buen tono en
ciertos barrios del arte y en algunas sociedades. El mediquillo vestía
pantalón muy ajustado y combinaba sabiamente los cuernos que entonces se
llevaban sobre la frente con los mechones que los toreros echan sobre
las sienes. Su peinado parecía una peluca de marquetería.

Se llamaba Joaquín Orgaz y _se timaba_ con todas las niñas casaderas de
la población, lo cual quiere decir que las miraba con insistencia y
tenía el gusto de ser mirado por ellas. Había acabado la carrera aquel
año y su propósito era casarse cuanto antes con una muchacha rica. Ella
aportaría el dote y él su figura, el título de médico y sus habilidades
flamencas. No era tonto, pero la esclavitud de la moda le hacía parecer
más adocenado de lo que acaso fuera. Si en Madrid era uno de tantos, en
Vetusta no podía temer a más de cinco o seis rivales importadores de
semejantes maneras. En los meses de vacaciones aprovechaba el tiempo
buscando el trato de las familias ricas o nobles de Vetusta. Se había
hecho amigo íntimo de Paquito Vegallana y, aunque de lejos, algo le
tocaba del esplendor que irradiaba el célebre Mesía, flor y nata de los
elegantes de Vetusta. Orgaz le llamaba Álvaro por lo muy familiar que
era el trato de Paco y de Mesía, y como él tuteaba a Paquito... por eso.

Se animó Joaquín con el buen éxito de sus murmuraciones y sostuvo que
era cursi aquel respeto y admiración que inspiraba la Regenta.

--Es una mujer hermosa, hermosísima; si ustedes quieren, de talento,
digna de otro teatro, de volar más alto... si ustedes me apuran diré que
es una mujer superior--si hay mujeres así--pero al fin es mujer, _et
nihil humani_...

No sabía lo que significaba este latín, ni a dónde iba a parar, ni de
quién era, pero lo usaba siempre que se trataba de debilidades posibles.

Los socios rieron a carcajadas. «¡Hasta en latín sabe maldecir el
pillastre!», pensó el padre, más satisfecho cada vez de los sacrificios
que le costaba aquel enemigo.

Joaquinito, encarnado de placer, y un poco por el anís del mono que
había bebido, creyó del caso coronar el edificio de su gloria cantando
algo nuevo. Se puso en pie, estiró una pierna, giró sobre un tacón y
cantó, o _se_ cantó, como él decía:

Ábreme la puerta,
puerta del postigo....

--«Era preciso acabar con las preocupaciones del pueblo. ¡La Regenta!
¿Dejaría de ser de carne y hueso? Y Álvaro siempre había sido
irresistible...». Orgaz hijo suspendió el baile, que había emprendido
mientras hacía observaciones. En la sala vecina habían sonado unas
pisadas que hacían temblar el pavimento.

--Ahí está el inglés--dijo entre dientes el flamenco; y se puso un poco
pálido.

En efecto, era Ronzal. Pepe Ronzal--alias Trabuco, no se sabe por
qué--era natural de Pernueces, una aldea de la provincia. Hijo de un
ganadero rico, pudo hacer sus estudios, que ya se verá qué estudios
fueron, en la capital. Aficionado al monte, como Vinculete al tresillo,
desde la adolescencia, ni durante las vacaciones quería volver a
Pernueces, ganoso de no perder ni unas judías. No pudo concluir la
carrera. No bastó la tradicional benevolencia de los profesores para que
Trabuco consiguiera hacerse licenciado en ambos derechos.

Una vez le preguntaron en un examen:

--¿Qué es un testamento, hijo mío?

--Testamento... ello mismo lo dice, es el que hacen los difuntos.

Además de Trabuco le llamaban el Estudiante, por una antonomasia irónica
que él no comprendía.

Pasó el tiempo; murió el ganadero, Pepe Ronzal dejó de ser el
Estudiante, vendió tierras, se trasladó a la capital y empezó a ser
hombre político, no se sabe a punto fijo cómo ni por qué.

Ello fue que de una mesa de colegio electoral pasó a ser del
Ayuntamiento, y de concejal pasó a diputado provincial por Pernueces. Si
nunca pudo sacudir de sí la prístina ignorancia, en el andar, y en el
vestir y hasta en el saludar, fue consiguiendo paulatinos progresos, y
se necesitaba ser un poco antiguo en Vetusta para recordar todo lo
agreste que aquel hombre había sido. Desde el año de la Restauración en
adelante pasaba ya Ronzal por hombre de iniciativa, afortunado en amores
de cierto género y en negocios de quintas. Era muy decidido partidario
de las instituciones vigentes. Se peinaba por el modelo de los sellos y
las pesetas, y en cuanto al calzado lo usaba fortísimo, blindado. Creía
que esto le daba cierto aspecto de noble inglés.

--«Yo soy muy inglés en todas mis cosas--decía con énfasis--sobre todo
en las botas».

«_Militaba_» en el partido más reaccionario de los que turnaban en el
poder.

--«Dadme un pueblo sajón, decía, y seré liberal».

Más adelante fue liberal sin que le dieran el pueblo sajón, sino otra
cosa que no pertenece a esta historia.

Era alto, grueso y no mal formado; tenía la cabeza pequeña, redonda y la
frente estrecha; ojos montaraces, sin expresión, asustados, que no movía
siempre que quería, sino cuando podía. Hablar con Ronzal, verle a él
animado, decidor, disparatando con gran energía y entusiasmo, y notar
que sus ojos no se movían, ni expresaban nada de aquello, sino que
miraban fijos con el pasmo y la desconfianza de los animales del monte,
daba escalofríos.

Era de buen color moreno y tenía la pierna muy bien formada. En lo que
se había adelantado a su tiempo era en los pantalones, porque los traía
muy cortos. Siempre llevaba guantes, hiciera calor o frío, fuesen
oportunos o no. Para él siempre había el guante sido el distintivo de la
finura, como decía, del señorío, según decía también. Además, le sudaban
las manos.

Aborrecía lo que olía a plebe. Los _republicanitos_ tenían en él un
enemigo formidable. Un día de San Francisco no puso colgaduras en los
balcones del Casino el conserje. Ronzal, que era ya de la Junta, quiso
arrojar por uno de aquellos balcones al mísero dependiente.

--¡Señor--gritaba el conserje--si hoy es San Francisco de Paula!

--¿Qué importa, animal?--respondió Trabuco furioso--. ¡No hay Paula que
valga: en siendo San Francisco es día de gala y se cuelga!

Así entendía él que servía a las Instituciones.

Con rasgos como este fue haciéndose respetar poco a poco.

Lo que es cara a cara ya nadie se reía de él. No le faltó perspicacia
para comprender que el mundo daba mucho a las apariencias, y que en el
Casino pasaban por más sabios los que gritaban más, eran más tercos y
leían más periódicos del día. Y se dijo:

«Esto de la sabiduría es un complemento necesario. Seré sabio.
Afortunadamente tengo energía--tenía muy buenos puños--y a testarudo
nadie me gana, y disfruto de un pulmón como un manolito (monolito, por
supuesto.) Sin más que esto y leer _La Correspondencia_ seré el
Hipócrates de la provincia».

Hipócrates era el maestro de Platón, maestro al cual nunca llamó
Sócrates Trabuco, ni le hacía falta.

Desde entonces leyó periódicos y novelas de Pigault--Lebrun y Paul de
Kock, únicos libros que podía mirar sin dormirse acto continuo. Oía con
atención las conversaciones que le sonaban a sabiduría; y sobre todo
procuraba imponerse dando muchas voces y quedando siempre encima.

Si los argumentos del contrario le apuraban un poco, sacaba lo que no
puede llamarse el Cristo, porque era un _rotin_, y blandiéndolo gritaba:

--¡Y conste que yo sostendré esto en todos los terrenos! ¡en todos los
terrenos!

Y repetía lo de terreno cinco o seis veces para que el otro se fijara en
el tropo y en el garrote y se diera por vencido.

Comprendía que allí las discusiones de menos compromiso eran las de más
bulto y de cosas remotas, y así, era su fuerte la política exterior.
Cuanto más lejos estaba el país cuyos intereses se discutían, más le
convenía. En tal caso el peligro estaba en los _lapsus_ geográficos.
Solía confundir los países con los generales que mandaban los ejércitos
invasores. En cierta desgraciada polémica hubo de venir a las manos con
el capitán Bedoya que le negaba la existencia del general Sebastopol.

También creyó que su fama de hombre de talento se afianzaría probando
sus fuerzas en el ajedrez y aplicó a este juego mucha energía. Una tarde
que jugaba en presencia de varios socios y llevaba perdidas muchas
piezas, vio su salvación en convertir en reina un peoncillo.

--¡Este va a reina!--exclamó clavando con los suyos los ojos del
adversario.

--No puede ser.--¿Cómo que no puede ser?

Y el contrario, por instinto, retiró una pieza que estorbaba el paso del
peón que debía ir a reina.

--A reina va, y lo hago cuestión personal--añadió envalentonado Trabuco,
dándose un puñetazo en el pecho.

Y el contrario, sin querer, le dejó otra casilla libre.

Y así, de una en otra, jugándose la vida en todas ellas, convirtió el
peón en reina, y ganó el juego el enérgico diputado provincial de
Pernueces.




--VII--


Estas y otras calidades distinguían a Pepe Ronzal, a quien Joaquinito
Orgaz tenía mucho miedo. Tal vez sabía el de Pernueces que Joaquín
imitaba perfectamente sus disparates y manera de decirlos. Además,
Ronzal aborrecía a don Álvaro Mesía y a cuantos le alababan y eran
amigos suyos. Joaquín era uña y carne del Marquesito--el hijo del
marqués de Vegallana--y este el amigo íntimo de don Álvaro.

--Buenas tardes, señores--dijo Ronzal sentándose en el corro.

Dejó los guantes sobre la mesa, pidió café y se puso a mirar de hito en
hito a Joaquín, que hubiera querido hacerse invisible.

--¿De quién se murmura, pollo?--preguntó el diputado dando una palmada
en el muslo no muy lucido del sietemesino.

Para piernas, Ronzal. En efecto, las estiró al lado de las del joven
para que pudiesen comparar aquellos señores. Joaquín contestó:--De
nadie. Y encogió los hombros.--No lo creo. Estos madrileñitos siempre
tienen algo que decir de los infelices provincianos.

--Así es la verdad--dijo el ex-alcalde--. Su amigo de usted el Provisor,
era hoy la víctima.

Ronzal se puso serio.--¡Hola!--dijo--¿también _espifor_? (Espíritu
fuerte en el francés de Trabuco.)

--Se trataba--añadió Foja--de las varas que toma o no toma cierta dama,
hasta hoy muy respetada, y de los refuerzos espirituales que su
atribulada conciencia busca o no busca en la dirección moral de don
Fermín.... ¡Je, je!...

Ronzal no entendía.--A ver, a ver; exijo que se hable claro.

Joaquinito miró a su papá como pidiendo auxilio.

El señor Orgaz se atrevió a murmurar:

--Hombre, eso de exigir...--Sí, señor; exigir. ¡Y hago la cuestión
personal!

--Pero ¿qué es lo que usted exige?--preguntó el muchacho agotando su
valor en este rasgo de energía.

--Exijo lo que tengo derecho a exigir, eso es; y repito que hago la
cuestión personal.

--¿Pero qué cuestión?

--¡Esa! Joaquinito volvió a encogerse de hombros, pálido como un muerto.
Comprendió que el tener razón era allí lo de menos. A Ronzal ya le
echaban chispas los ojos montaraces. Se había embrollado y esto era lo
que más le irritaba siempre, perder el discurso a lo mejor.

--¡Sí, señor, esa cuestión; y quiero que se hable claro!

Ni él mismo sabía lo que exigía.

Foja se encargó de poner las cosas claras.

--El señor Ronzal quiere que se le explique si se piensa que es él quien
pone las varas que esa señora toma o deja de tomar.

--¡Eso es!--dijo Ronzal, que no pensaba en tal cosa, pero que se sintió
halagado con la suposición.

--Quiero saber--añadió--si se piensa que yo soy capaz de poner en tela
de juicio la virtud de esa señora tan respetable....

--Pero ¿qué señora?

--Esa, don Joaquinito, esa; y de mí no se burla nadie.

La disputa se acaloró; tuvieron que intervenir los señores venerables
del rincón obscuro; tan grave fue el incidente. Se pusieron por
unanimidad de parte del señor Ronzal, si bien reconocían que se enfadaba
demasiado. Le explicaron el caso, pues aún no había dejado que le
enterasen. No se trataba de Ronzal. Se había dicho allí con más o menos
prudencia, que el señor Magistral iba a ser en adelante el confesor de
la señora doña Ana de Ozores de Quintanar, porque esta ilustre y
virtuosísima dama, huyendo de las asechanzas de un galán, que no era el
señor Ronzal....

--Es Mesía--interrumpió Joaquín.

--Pues miente quien tal diga--gritó Trabuco muy disgustado con la
noticia--. Y ese señor don Juan Tenorio puede llamar a otra puerta, que
la Regenta es una fortaleza inexpugnable. Y en cuanto al que trae tales
cuentos a un establecimiento público....

--El Casino no es un establecimiento público--interrumpió Foja.

--Y se hablaba entre amigos, en confianza--añadió Orgaz, padre.--Y
eso del don Juan Tenorio vaya usted a decírselo a Mesía--gritó Orgaz
hijo desde la puerta, dispuesto a echar a correr si la pulla ponía fuera
de sí al bárbaro de Pernueces.

No hubo tal cosa. Se puso como un tomate Trabuco, pero no se movió, y
dijo:

--¡Ni Mesía ni San Mesía me asustan a mí! y yo lo que digo, lo digo cara
a cara y a la faz del mundo, _surbicesorbi_ (a la ciudad y al mundo en
el latín ronzalesco.) No parece sino que don Alvarito se come los niños
crudos, y que todas las mujeres se le...--y dijo una atrocidad que
escandalizó a los señores del rincón obscuro.

--¡Silencio!--se atrevió a decir bajando la voz Joaquinito, sin dejar la
puerta.

--¿Cómo silencio? A mí nadie... ¡caballerito!

Se oyó una carcajada sonora, retumbante, que heló la sangre del fogoso
Ronzal. No cabía duda, era la carcajada de Mesía. Estaba hablando con
los señores del dominó en la sala contigua. Le acompañaban Paco
Vegallana y don Frutos Redondo. Llegaron a donde estaba Ronzal. Este
había vuelto a sentarse y se quejaba de que se le había enfriado el
café, que tomaba a pequeños sorbos. Había hecho una seña a los del
corro. Quería decir que callaba por pura discreción.

Don Álvaro Mesía era más alto que Ronzal y mucho más esbelto. Se vestía
en París y solía ir él mismo a tomarse las medidas. Ronzal encargaba la
ropa a Madrid; por cada traje le pedían el valor de tres y nunca le
sentaban bien las levitas. Siempre iba a la penúltima moda. Mesía iba
muchas veces a Madrid y al extranjero. Aunque era de Vetusta, no tenía
el acento del país. Ronzal parecía gallego cuando quería pronunciar en
perfecto castellano. Mesía hablaba en francés, en italiano y un poco en
inglés. El diputado por Pernueces tenía soberana envidia al Presidente
del Casino.

Ningún vetustense le parecía superior al hijo de su madre ni por el
valor, ni por la elegancia ni por la fortuna con las damas, ni por el
prestigio político, si se exceptuaba a don Álvaro. Trabuco tenía que
confesarse inferior a este que era su bello ideal. Ante su fantasía el
Presidente del Casino era todo un hombre de novela y hasta de poema.
Creíale más valiente que el Cid, más diestro en las armas que el Zuavo,
su figura le parecía un figurín intachable, aquella ropa el eterno
modelo de la ropa; y en cuanto a la fama que don Álvaro gozaba de audaz
e irresistible conquistador, reputábala auténtica y el más envidiable
patrimonio que pudiera codiciar un hombre amigo de divertirse en este
pícaro mundo. Aunque pasaba la vida propalando los rumores maliciosos
que corrían acerca del origen de la regular fortuna que se atribuía al
Presidente, él, Ronzal, no creía que ni un solo céntimo hubiese
adquirido de mala fe.

Ronzal era reaccionario dentro de la dinastía y Mesía, dinástico
también, figuraba como jefe del partido liberal de Vetusta que acataba
las Instituciones. En todas partes le veía enfrente, pero vencedor.
Mandaban los de Ronzal, este era diputado de la comisión permanente, y
sin embargo, entraba don Álvaro en la Diputación, y él quedaba en la
sombra; no era Mesía de la casa, tenía allí una exigua minoría, y desde
el portero al Presidente todos se le quitaban el sombrero, y don Álvaro
para aquí, y don Álvaro para allá; y no había alcalde de don Álvaro que
no viese aprobadas sus cuentas, ni quinto de Mesía que no estuviera
enfermo de muerte, ni en fin, expediente que él moviese que no volara.

¡Y sobre todo las mujeres! Muchas veces en el teatro, cuando todo el
público fijaba la atención en el escenario, un espectador, Ronzal, desde
la platea del proscenio clavaba la mirada en el elegante Mesía, aquel
_gallo_ rubio, pálido, de ojos pardos, fríos casi siempre, pero
candentes para dar hechizos a una mujer. Aquella pechera, aquel
_plastón_ (como decía Ronzal) inimitable, de un brillo que no sabían
sacar en Vetusta, que no venía en las camisas de Madrid, atraía los ojos
del diputado provincial como la luz a las mariposas. Atribuía
supersticiosamente al _plastón_ gran parte en las victorias de amor de
su enemigo.

Él, Ronzal, también lucía mucho la pechera, pero insensiblemente tendía
al chaleco cerrado y a la corbata acartonada. Volvía a ver la pechera
del otro, y volvía él a los chalecos abiertos. Miraba a Mesía Ronzal, y
si aplaudía su modelo aborrecido aplaudía él, pero pausadamente y sin
ruido, como el otro. Ponía los codos en el antepecho del palco y cruzaba
las manos, y se volvía para hablar con sus amigos aquel don Álvaro de
una manera singular que Trabuco no supo imitar en su vida. Si Mesía
paseaba los gemelos por los palcos y las butacas, seguía Ronzal el
movimiento de aquellos que se le antojaban dos cañones cargados de
mortífera metralla: ¡infeliz de la mujer a quien apuntara aquel asesino
de corazones! Señora o señorita ya la tenía Ronzal por muerta de amor o
deshonrada cuando menos.

Mejor que todos conocía las víctimas que el don Juan de Vetusta iba
haciendo, le espiaba, seguía, como sus miradas, sus pasos, interpretaba
sus sonrisas, y más de una vez (antes morir que confesarlo), más de una
vez esperó el tiempo que solía tardar el otro en cansarse de una dama
para procurar cogerla en las torpes y groseras redes de la seducción
ronzalesca.

En tales ocasiones solía encontrarse con que aquellos platos de segunda
mesa se los comía Paco Vegallana, el Marquesito.

Todo esto sabía Trabuco, pero no lo decía a nadie.

Negaba las conquistas de Mesía.

--Ya está viejo--solía decir--; no digo que allá en sus verdores, cuando
las costumbres estaban perdidas, gracias a la gloriosa... no digo que
entonces no haya tenido alguna aventurilla.... Pero hoy por hoy, en el
actual momento histórico--el de Pernueces se crecía hablando de esto--la
moralidad de nuestras familias es el mejor escudo.

Estas conversaciones se repetían todos los días; el objeto de la
murmuración variaba poco, los comentarios menos y las frases de efecto
nada. Casi podía anunciarse lo que cada cual iba a decir y cuándo lo
diría.

Don Álvaro notó que su presencia había hecho cesar alguna conversación.
Estaba acostumbrado a ello. Sabía el odio que le consagraba el de
Pernueces y la admiración de que este odio iba acompañada. Le divertía y
le convenía la inquina de Ronzal, gran propagandista de la leyenda de
que era Mesía el héroe; y aquella leyenda era muy útil, para muchas
cosas. También había conocido la imitación grotesca del Estudiante--él
le llamaba así todavía--y se complacía en observarle como si se mirase
en un espejo de _la Rigolade_. No le quería mal. Le hubiera hecho un
favor, siendo cosa fácil. Algunos le había hecho tal vez, sin que el
otro lo supiera.

Aunque sin aludir ya a la Regenta, se volvió a hablar de mujeres
casadas.

Ronzal, como otros días, defendía en tesis general la moralidad
presente, debida a la restauración.

--Vamos, que usted, Ronzalillo, en estos tiempos de moralidad...--dijo
el alcalde, con su malicia de siempre.

Sonrió un momento Trabuco, pero recobrando la serenidad exclamó:

--Ni yo ni nadie; créanme ustedes. En Vetusta la vida no tiene
incentivos para el vicio. No digo que todo sea virtud, pero faltan las
ocasiones. Y la sana influencia del clero, sobre todo del clero
catedral, hace mucho. Tenemos un Obispo que es un santo, un Magistral....

--Hombre, el Magistral... no me venga usted a mí con cuentos.... Si yo
hablara.... Además, todos ustedes saben....

El que empleaba estas reticencias era Foja.

--El señor Magistral--dijo Mesía, hablando por primera vez al corro--no
es un místico que digamos, pero no creo que sea solicitante.

--¿Qué significa eso?--preguntó Joaquinito Orgaz.

Se lo explicó Foja. Se discutió si el Magistral lo era. Dijeron que no
Ronzal, Orgaz padre, el Marquesito, Mesía y otros cuatro; que sí Foja,
Joaquinito y otros dos.

Ganada la votación, para contentar a la minoría, el presidente del
Casino declaró imparcialmente que «el verdadero pecado del Provisor era
la simonía».

El Marquesito, licenciado en derecho civil y canónico se hizo explicar
la palabreja.

Según don Álvaro, la ambición y la avaricia eran los pecados capitales
del Magistral, la avaricia sobre todo; por lo demás era un sabio; acaso
el único sabio de Vetusta; un orador incomparablemente mejor que el
Obispo.

--No es un santo--añadía--pero no se puede creer nada de lo que se dice
de doña Obdulia y él, ni lo de él y Visitación; y en cuanto a sus
relaciones con los Páez, yo que soy amigo de corazón de don Manuel, y
conozco a su hija desde que era así--media vara--protesto contra todas
esas calumniosas especies.

(Ronzal apuntó la palabra: él creía que se decía especias.)

--¿Qué especies?--preguntó el Marquesito, que para eso estaba allí.

--¿No lo sabes? Pues dicen que Olvidito está supeditada a la voluntad de
don Fermín; que no se casa ni se casará porque él quiere hacerla monja,
y que don Manuel autoriza esto, y....

--Y yo juro que es verdad, señor don Álvaro--gritó Foja.

--¿Pero cree usted, también que el Magistral haga el amor a la niña?

--Eso es lo que yo no sé.--Ni lo otro--dijo Ronzal. Mesía le miró
aprobando sus palabras con una inclinación de cabeza y una afable
sonrisa.

--Señores--añadió Trabuco, animándose--esto es escandaloso. Aquí todo se
convierte en política. El señor Magistral es una persona muy digna por
todos conceptos.

--Díjolo Blas.--¡Lo digo yo!--Como si lo dijera el gato. Hubo una
pausa. El ex-alcalde no era un Joaquinito Orgaz.

Aquello de gato pedía sangre, Ronzal estaba seguro, pero no sabía cómo
contestar al liberalote.

Por último dijo:--Es usted un grosero. Foja, que sabía insultar, pero
también perdonaba los insultos, no se tuvo por ofendido.

--Yo lo que digo lo pruebo--replicó--; el Magistral es el azote de la
provincia: tiene embobado al Obispo, metido en un puño al clero; se ha
hecho millonario en cinco o seis años que lleva de Provisor; la curia de
Palacio no es una curia eclesiástica sino una sucursal de los Montes de
Toledo. Y del confesonario nada quiero decir; y de la Junta de las
Paulinas tampoco; y de las niñas del Catecismo... chitón, porque más
vale no hablar; y de la Corte de María... pasemos a otro asunto. En fin,
que no hay por dónde cogerlo. Esta es la verdad, la pura verdad: y el
día que haya en España un gobierno medio liberal siquiera, ese hombre
saldrá de aquí con la sotana entre piernas. He dicho.

El ex-alcalde entendía así la libertad; o se perseguía o no se perseguía
al clero. Esta persecución y la libertad de comercio era lo esencial. La
libertad de comercio para él se reducía a la libertad del interés.
Todavía era más usurero que clerófobo.

Aunque maldiciente, no solía atreverse a insultar a los curas de tan
desfachatada manera, y aquel discurso produjo asombro.

¿Cómo aquel socarrón, marrullero, siempre alerta, se había dejado llevar
de aquel arrebato? No había tal cosa. Estaba muy sereno. Bien sabía su
papel. Su propósito era agradar a don Álvaro, por causas que él conocía;
y aunque el presidente del Casino fingiera defender al canónigo, a Foja
le constaba que no le quería bien ni mucho menos.

--Señor Foja--respondió Mesía, seguro de que todos esperaban que él
hablase--hay cuando menos notable exageración en todo lo que usted ha
dicho.

--_Vox populi_...

--El pueblo es un majadero--gritó Ronzal--. El pueblo crucificó a
Nuestro Señor Jesucristo, el pueblo dio la cicuta a Hipócrates.

--A Sócrates--corrigió Orgaz, hijo, vengándose bajo el seguro de la
presencia de don Álvaro.

--El pueblo--continuó el otro sin hacer caso--mató a Luis diez y seis....

--¡Adiós! ya se desató--interrumpió Foja.

Y cogiendo el sombrero añadió:

--Abur, señores; donde hablan los sabios sobramos los ignorantes.

Y se aproximó a la puerta.--Hombre, a propósito de sabios--dijo don
Frutos Redondo, el americano, que hasta entonces no había hablado--.
Tengo pendiente una apuesta con usted, señor Ronzal... ya recordará
usted... aquella palabreja.

--¿Cuál?--Avena. Usted decía que se escribe con _h_...

--Y me mantengo en lo dicho, y lo hago cuestión personal.

--No, no; a mí no me venga usted con circunloquios; usted había apostado
unos callos....

--Van apostados.--Pues bueno ¡ajajá! Que traigan el Calepino, ese que
hay en la biblioteca.

--¡Que lo traigan! Un mozo trajo el diccionario. Estas consultas eran
frecuentes.

--Búsquelo usted primero con _h_--dijo Ronzal con voz de trueno a
Joaquinito, que había tomado a su cargo, con deleite, la tarea de
aplastar al de Pernueces.

Don Frutos se bañaba en agua de rosa. Un millón, de los muchos que
tenía, hubiera dado él por una victoria así. Ahora verían quién era más
bruto. Guiñaba los ojos a todos, reía satisfecho, frotaba las manos.

--¡Qué callada! ¡qué callada!

Orgaz, solemnemente, buscó avena con _h_. No pareció.

--Será que la busca usted con _b_; búsquela usted con _v_ de corazón.

--Nada, señor Ronzal, no parece.

--Ahora búsquela usted sin _h_--exclamó don Frutos, ya muy serio,
queriendo tomar un continente digno en el momento de la victoria.

Ronzal estaba como un tomate. Miró a Mesía, que fingió estar distraído.

Por fin Trabuco, dispuesto a jugar el todo por el todo, se puso en pie
en medio de la sala y cogió bruscamente el diccionario de manos de
Orgaz, que creyó que iba a arrojárselo a la cabeza. No; lo lanzó sobre
un diván y gritando dijo:

--Señores, sostenga lo que quiera ese libraco, yo aseguro, bajo palabra
de honor, que el diccionario que tengo en casa pone avena con _h_.

Don Frutos iba a protestar, pero Ronzal añadió sin darle tiempo:

--El que lo niegue me arroja un mentís, duda de mi honor, me tira a la
cara un guante, y en tal caso... me tiene a su disposición; ya se sabe
cómo se arreglan estas cosas.

Don Frutos abrió la boca. Foja, desde la puerta, se atrevió a decir:

--Señor Ronzal, no creo que el señor Redondo, ni nadie, se atreva a
dudar de su palabra de usted. Si usted tiene un diccionario en que lleva
_h_ la avena, con su pan se lo coma; y aun calculo yo qué diccionario
será ese.... Debe de ser el diccionario de Autoridades....

--Sí señor; es el diccionario del Gobierno....

--Pues ese es el que manda; y usted tiene razón y don Frutos confunde la
avena con la Habana, donde hizo su fortuna....

Don Frutos se dio por satisfecho. Había comprendido el chiste de la
avena que se había de comer el otro y fingió creerse vencido.

--Señores--dijo--corriente, no se hable más de esto; yo pago la callada.

Casi siempre pasaba él allí por el más ignorante, y el ver a Ronzal
objeto de burla general, le puso muy contento.

Se quedó en que aquella noche cenarían todos los del corro a costa de
don Frutos. ¡Raro desprendimiento en aquel corazón amante de la
economía! Ronzal creyó que una vez más se había impuesto a fuerza de
energía; ¡y ahora delante de don Álvaro! Aceptó la cena y el papel de
vencedor; por más que estaba seguro de que en su casa no había
diccionario. Pero ya que Foja lo decía....

Había cesado la lluvia. Se disolvió la reunión, despidiéndose hasta la
noche. Aquellos eran, fuera de Orgaz padre, los ordinarios
trasnochadores.

La cena sería a última hora. Mesía ofreció asistir a pesar de sus muchas
ocupaciones.

¡Cuánto envidió esta frase Ronzal! Comprendió que todos habían
interpretado lo mismo que él aquellas «ocupaciones». Eran ¡ay! cita de
amor. «¡Tal vez con la Regenta!» pensó el de Pernueces; y se prometió
espiarlos.

Don Álvaro Mesía, Paco Vegallana y Joaquín Orgaz salieron juntos. El
Marquesito comprendió que a don Álvaro le estorbaba Orgaz.

--Oye, Joaquín, ahora que me acuerdo ¿no sabes lo que pasa?

--Tú dirás.--Que tienes un rival temible.--¿En qué... plaza?--Tienes
razón, olvidaba tus muchas empresas.... Se trata de Obdulia.

--Hola, hola--dijo Mesía, sonriendo de pura lástima--; ¿con que tiene
usted en asedio a la viudita?

--Sí--dijo Paco--es... el Gran Cerco de Viena.

Joaquín, a pesar de lo flamenco, se turbó, entre avergonzado y hueco.
Sabía positivamente que don Álvaro había sido amante de Obdulia, porque
ella se lo había confesado. «¡El único!» según la dama. Pero Orgaz
sospechaba que había heredado aquellos amores Paco. Obdulia juraba que
no.

--Pues tu rival es don Saturnino Bermúdez, el descendiente de cien
reyes, ya sabes, mi primo, según él.... Ayer creo que hubo un escándalo
en la catedral, que el _Palomo_ tuvo que echarlos poco menos que a
escobazos: ¿qué creías tú, que Obdulia sólo tenía citas en las
carboneras? Pues también en los palacios y en los templos...

_Pauperum tabernas, regumque turres._

Joaquinito, fingiendo mal buen humor, preguntó:

--Pero tú ¿cómo sabes todo eso?

--Es muy sencillo. La señora de Infanzón... ya sabe este quién es.

--Sí--dijo Mesía--la de Palomares....

--Esa, fue a la catedral con Obdulia, las acompañó el arqueólogo, y en
la capilla de las reliquias, en los sótanos, en la bóveda, en todas
partes creo que se daban unos... apretones.... La Infanzón se lo contó a
mamá que se moría de risa; la lugareña estaba furiosa.... Hoy mi madre,
para divertirse--ya sabes lo que a la pobre le gustan estas
cosas--quería ver a Obdulia y a don Saturno juntos, en casa, a ver qué
cara ponían, aludiendo mamá a lo de ayer. La llamó, pero Obdulia se
disculpó diciendo que esta tarde tenía que pasarla en casa de Visitación
para hacer las empanadas de la merienda... ya sabes, la de la tertulia
de la otra....

--Sí, ya sé.--Con que allí las tienes, con los brazos al aire... y...
ya sabes... en fin, que está el horno para pasteles.

--En honor de la verdad--observó Mesía--la viuda está apetitosa en tales
circunstancias. Yo la he visto en casa de este, con su gran mandil
blanco, su falda bajera ceñida al cuerpo, la pantorrilla un poco al aire
y los brazos _un_ todo al fresco... colorada, excitadota....

El flamenco tragó saliva.--Es la mujer X--dijo sin poder contenerse--.
¿Y él?--añadió.

--¿Quién?--El sabihondo ese...--¡Ah! ¿don Saturnino? Pues tampoco fue
a casa. Contestó muy fino en una esquela perfumada, como todas las
suyas, que parecen de _cocotte_ de sacristía....

--¿Qué contestó?

--Que estaba en cama y que hiciera mamá el favor de mandarle la receta
de aquella purga tan eficaz que ella conoce. El pobre Bermúdez sería
feliz, dado que te desbanque, si no fueran esas irregularidades de las
vías digestivas. Joaquín siguió algunos minutos hablando de aquellas
bromas y se despidió.

--¡Pobre diablo!--dijo Mesía.

--Es pesado como un plomo. Callaron. Vegallana miraba de soslayo a su
amigo de vez en cuando. Don Álvaro iba pensativo. Aquel silencio era de
esos que preceden a confidencias interesantes de dos amigos íntimos.

Aquella amistad era como la de un padre joven y un hijo que le trata
como a un camarada respetable y de más seso. Pero además Paco veía en su
Mesía un héroe. Ni el ser heredero del título más envidiable de Vetusta,
ni su buena figura, ni su partido con las mujeres, envanecían a Paco
tanto como su intimidad con don Álvaro. Cuarenta años y alguno más
contaba el presidente del Casino, de veinticinco a veintiséis el futuro
Marqués y a pesar de esta diferencia en la edad congeniaban, tenían los
mismos gustos, las mismas ideas, porque Vegallana procuraba imitar en
ideas y gustos a su ídolo. No le imitaba en el vestir, ni en las
maneras, porque discretamente, al notar algunos conatos de ello, don
Álvaro le había hecho comprender que tales imitaciones eran ridículas y
cursis. Burlándose de Trabuco había apartado a Paco, que tenía instintos
de verdadero elegante, de tales propósitos. Y así era el Marquesito
original, vestía a la moda, según la entendía su sastre de Madrid, que
le tomaba en serio, que le cuidaba, como a parroquiano inteligente y de
mérito. No exageraba ni por ajustar demasiado la ropa ni por dejarla muy
holgada, ni se excedía en los picos de los cuellos, ni en las alas de
los sombreros.

Procuraba tener estilo indumentario para no parecerse a cualquier
figurín. No creía en los sastres de Vetusta y ni unas trabillas
compraba en su tierra. Nadie era sastre en su patria. En verano prefería
los sombreros blancos, los chalecos claros y las corbatas alegres. La
esencia del vestir bien estaba en la pulcritud y la corrección, y el
peligro en la exageración adocenada. Era blanco, sonrosado, pero sin
rastro de afeminamiento, porque tenía hermosa piel, buena sangre, mucha
salud; las mujeres le alababan sobre todo la boca, dientes inclusive, la
mano y el pie. Hasta en aquellos lugares donde el hombre suele perder
todo encanto, porque es el deber, lograba conquistas verdaderas y de
ello se pagaba no poco el Marquesito, que trataba con desdén a las
queridas ganadas en buena lid, y con grandes miramientos y hasta cariño
a las que le costaban su dinero. Su literatura se había reducido a la
_Historia de la prostitución_ por Dufour, a _La Dama de las Camelias_ y
sus derivados, con más algunos panegíricos novelescos de la mujer caída.
Creía en el buen corazón de las que llamaba Bermúdez meretrices y en la
corrupción absoluta de las clases superiores. Estaba seguro de que si no
venía otra irrupción de Bárbaros, el mundo se pudriría de un día a otro.
Lo lamentaba, pero lo encontraba muy divertido.

Además, pensaba que el buen casado necesita haber corrido muchas
aventuras. Él estaba destinado a cierta heredera tan escuálida como
virtuosa, y había puesto por condición, para comprometer su mano, que le
dejaran muchos años de libertad en la que se prepararía a ser un buen
marido.

La duda que le atormentaba y consultaba con Mesía era esta:

--¿Debo casarme pronto para que mi mujer no llegue a mis brazos hecha
una vieja? ¿Debo preferir tomarla vieja y ser libre más tiempo para
disfrutar de otras lozanías?

No pensaba él, por supuesto, abstenerse del amor adúltero en casándose:
pero ¿y la comodidad? ¿y el andar a salto de mata, ocultándose como un
criminal?

Prefería seguir preparándose para ser un buen esposo.

Después de Mesía, pocos seductores había tan afortunados como el
Marquesito. La vanidad solía ayudarle en sus conquistas; no pocas
mujeres se rendían al futuro marqués de Vegallana; pero otras veces, y
esto era lo que él prefería, vencían sus ojos azules, suaves y amorosos,
su manera de entender los placeres.

--Para gozar--decía--las de treinta a cuarenta. Son las que saben más y
mejor, y quieren a uno por sus prendas personales.

Como una dama rica y elegante deja vestidos casi nuevos a sus doncellas,
Mesía más de una vez dejaba en brazos de Paco amores apenas usados. Y
Paco, por ser quien era el otro, los tomaba de buen grado. Tanto le
admiraba.

Paco era de mediana estatura y cogido del brazo de su amigo parecía
bajo, porque Mesía era más alto que el buen mozo de Pernueces.

--¿A dónde vamos?--preguntó Vegallana, queriendo provocar así la
confidencia que esperaba.

Don Álvaro se encogió de hombros.

--Puede ser que esté ella en mi casa.

--¿Quién?--Anita. ¡Bah! Don Álvaro sonrió, mirando con cariño paternal
a Paco.

Le cogió por los hombros y le atrajo hacia sí, mientras decía:
--Muchacho, ¡tú eres _l'enfant terrible_! ¡Qué ingenuidad! Pero ¿quién
te ha dicho a ti?...

--Estos. Y puso Paco dos dedos sobre los ojos.

--¿Qué has visto? No puede ser. Yo estoy seguro de no haber sido
indiscreto.

--¿Y ella?--Ella... no estoy seguro de que sepa que me gusta.

--¡Bah! Estoy seguro yo.... Y más; estoy seguro de que le gustas tú.

Una mano de Mesía tembló ligeramente sobre el hombro de Vegallana.

El Marquesito lo sintió, y vio en el rostro de su amigo grandes
esfuerzos por ocultar alegría. Los ojos fríos del _dandy_ se animaron.
Chupó el cigarro y arrojó el humo para ocultar con él la expresión de
sus emociones.

Anduvieron algunos pasos en silencio.

--¿Qué has visto tú... en ella?

--¡Hola, hola! Parece que pica.

--¡Ya lo creo! ¿Y dónde creerás que pica?

Vegallana se volvió para mirar a Mesía.

Este señaló el corazón con ademán joco-serio.

--¡Puf!--hizo con los labios Paco.

--¿Lo dudas?--Lo niego.--No seas tonto. ¿Tú no crees en la posibilidad
de enamorarse?

--Yo me enamoro muy fácilmente....

--No es eso.--¿Y te pones colorado?--Sí; me da vergüenza, ¿qué
quieres? Esto debe de ser la vejez.--Pero, vamos a ver, ¿qué sientes?

Mesía explicó a Paco lo que sentía. Le engañó como engañaba a ciertas
mujeres que tenían educación y sentimientos semejantes a los del
Marquesito. La fantasía de Paco, sus costumbres, la especial perversión
de su sentido moral le hacían afeminado en el alma en el sentido de
parecerse a tantas y tantas señoras y señoritas, sin malos humores,
ociosas, de buen diente, criadas en el ocio y el regalo, en medio del
vicio fácil y corriente.

Era muy capaz de un sentimentalismo vago que, como esas mujeres, tomaba
por exquisita sensibilidad, casi casi por virtud. Pero esta virtud para
damas se rige por leyes de una moral privilegiada, mucho menos severa
que la desabrida moral del vulgo. Paco, sin pensar mucho en ello, y sin
pensar claramente, esperaba todavía un amor puro, un amor grande, como
el de los libros y las comedias; comprendía que era ridículo buscarlo y
se declaraba escéptico en esta materia; pero allá adentro, en regiones
de su espíritu en que él entraba rara vez, veía vagamente _algo mejor_
que el ordinario galanteo, algo más serio que los apetitos carnales
satisfechos y la vanidad contenta. Necesitaba para que todo eso saliera
a la superficie, para darse cuenta de ello, que fantasía más poderosa
que la suya provocase la actividad de su cerebro; la elocuencia de
Mesía, insinuante, corrosiva, era el incentivo más a propósito. En un
cuarto de hora, empleado en recorrer calles y plazuelas, don Álvaro hizo
sentir al otro aquellos algos indefinidos del amor dosimétrico, que era
la más alta idealidad a que llegaba el espíritu del Marquesito.

«Sí, todo aquello era puro. Se trataba de una mujer casada, es verdad;
pero el amor ideal, el amor de las almas elegantes y escogidas no se
para en barras. En París, y hasta en Madrid, se ama a las señoras
casadas sin inconveniente. En esto no hay diferencia entre el amor puro
y el ordinario».

Importaba mucho al jefe del partido liberal dinástico de Vetusta que
Paquito le creyera enamorado de aquella manera sutil y alambicada. Si se
convencía de la pureza y fuerza de esta pasión, le ayudaría no poco. La
amistad entre los Vegallana y la Regenta era íntima. Paco jamás había
dicho una palabra de amor a su amiga Anita, y esta le estimaba mucho; lo
poco expansiva que era ella con Paco lo había sido mejor que con otros;
en la casa del Marqués, además, se la podía ver a menudo; en otras casas
pocas veces. Si Mesía quería conseguir algo, no era posible prescindir
de Paquito. Supongamos que Ana consentía en hablar con don Álvaro a
solas, ¿dónde podía ser? ¿En casa del Regente? Imposible, pensaba el
seductor; esto ya sería una traición formal, de las que asustan más a
las mujeres; semejantes enredos no podía admitirlos la Regenta: por lo
menos al principio. La casa de Paco era un terreno neutral; el lugar más
a propósito para comenzar en regla un asedio y esperar los
acontecimientos. Don Álvaro lo sabía por larga experiencia. En casa de
Vegallana había ganado sus más heroicas victorias de amor. Su orgullo le
aconsejaba que no hiciera en favor de Ana Ozores una excepción que a
todo Vetusta le parecería indispensable.

Por lo mismo, quería él vencer allí para que vieran.

Había de ser en el salón amarillo, en el célebre salón amarillo. ¿Qué
sabía Vetusta de estas cosas? Tan mujer era la Regenta como las demás;
¿por qué se empeñaban todos en imaginarla invulnerable? ¿Qué blindaje
llevaba en el corazón? ¿Con qué unto singular, milagroso, hacía
incombustible la carne flaca aquella hembra? Mesía no creía en la virtud
absoluta de la mujer; en esto pensaba que consistía la superioridad que
todos le reconocían. Un hombre hermoso, como él lo era sin duda, con
tales ideas tenía que ser irresistible.

«Creo en mí y no creo en ellas». Esta era su divisa.

Para lo que servía aquel supersticioso respeto que inspiraba a Vetusta
la virtud de la Regenta era, bien lo conocía él, para aguijonearle el
deseo, para hacerle empeñarse más y más, para que fuese poco menos que
verdad aquello del enamoramiento que le estaba contando a su amiguito.

«Él era, ante todo, un hombre político; un hombre político que
aprovechaba el amor y otras pasiones para el medro personal». Este era
su dogma hacía más de seis años. Antes conquistaba por conquistar. Ahora
con su cuenta y razón; por algo y para algo. Precisamente tenía entre
manos un vastísimo plan en que entraba por mucho la señora de un
personaje político que había conocido en los baños de Palomares. Era
otra virtud. Una virtud a prueba de bomba; del gran mundo. Pues bien,
había empezado a minar aquella fortaleza. ¡Era todo un plan! Esperaba en
el buen éxito, pero no se apresuraba. No se apresuraba nunca en las
cosas difíciles. Él, el conquistador a lo Alejandro, el que había
rendido la castidad de una robusta aldeana en dos horas de pugilato, el
que había deshecho una boda en una noche, para sustituir al novio, el
Tenorio repentista, en los casos graves procedía con la paciencia de un
estudiante tímido que ama platónicamente. Había mujeres que sólo así
sucumbían; a no ser que abundasen las ocasiones de los ataques bruscos
con seguridad del secreto; entonces se acortaban mucho los plazos del
rendimiento. La señora del personaje de Madrid era de las que exigían
años. Pero el triunfo en este caso aseguraba grandes adelantos en la
carrera, y esto era lo principal en Mesía, el hombre político. Ahora se
empezaba a hablar en Vetusta de si él ponía o no ponía los ojos en la
Regenta. ¡Vergüenza le daba confesárselo a sí propio! ¡Dos años hacía
que ella debía creerle enamorado de sus prendas! Sí, dos años llevaba de
prudente sigiloso culto externo, casi siempre mudo, sin más elocuencia
que la de los ojos, ciertas idas y venidas y determinadas actitudes ora
de tristeza, ora de impaciencia, tal vez de desesperación. Y ¡mayor
vergüenza todavía! otros dos años había empleado en merecer el poeta
Trifón Cármenes, enamorado líricamente de la Regenta. Bien lo había
conocido don Álvaro, y aunque el rival no le parecía temible, era muy
ridículo coincidir con tamaño personaje en la fecha de las operaciones y
en el sistema de ataque. Pero al principio no había más remedio, había
que proceder así. Claro es que el poeta se había quedado muy atrás; no
había pasado de esta situación, poco lisonjera: la Regenta no sabía que
aquel chico estaba enamorado de ella. Le veía a veces mirarla con fijeza
y pensaba:

«¡Qué distraído es ese poetilla de _El Lábaro_! deben de tenerle muy
preocupado los consonantes». Y en seguida se olvidaba de que había
Cármenes en el mundo. Entonces ya no le quedaba al poeta más testigo de
su dolor que Mesía, la única persona del mundo que entendía el sentido
oculto y hondo de los versos eróticos de Cármenes. Aquellas elegías
parecían charadas, y sólo podía descifrarlas don Álvaro dueño de la
clave.

Esta parte ridícula, según él, de su empeño, ponía furioso unas veces al
gentil Mesía y otras de muy buen humor. ¡Era chusco! ¡Él, rival de
Trifón! Había que dar un asalto. Ya debía de estar aquello bastante
preparado. Aquello era el corazón de la Regenta.

El presidente del Casino apreciaba el progreso de la cultura por la
lentitud o rapidez en esta clase de asuntos. Vetusta era un pueblo
primitivo. Dígalo si no lo que a él le pasaba con Anita Ozores. Verdad
era que en aquellos dos años había rendido otras fortalezas. Pero
ninguna aventura había sido de las ruidosas; nada podía saber la Regenta
de cierto y el amor y la constancia del discreto adorador debían de ser
para ella cosa poco menos que segura. La prudencia y el sigilo eran
dotes positivas de don Álvaro en tales asuntos. Sus aventuras actuales
pocos las conocían; las que sonaban y hasta refería él siempre eran
antiguas. Con esto y la natural vanidad que lleva a la mujer a creerse
querida de veras, la Regenta podía, si le importaba, creer que el
Tenorio de Vetusta había dejado de serlo para convertirse en fino,
constante y platónico amador de su gentileza. Esto era lo que él quería
saber a punto fijo. ¿Creería en él? ¿le sacrificaría la tranquilidad de
la conciencia y otras comodidades que ahora disfrutaba en su hogar
honrado?

Algunas insinuaciones tal vez temerarias le habían hecho perder terreno,
y con ellas había coincidido el cambio de confesores de la Regenta.

«Todo se puede echar a perder ahora», había pensado don Álvaro. «La
devoción sería un rival más temible que Cármenes; el Magistral un
cancerbero más respetable que don Víctor Quintanar, mi buen amigo».

No había más remedio que jugar el todo por el todo.

Había llegado la época de la recolección: ¿serían calabazas? No lo
esperaba; los síntomas no eran malos; pero, aunque se lo ocultase a sí
mismo, no las tenía todas consigo. Por eso le irritaba más la
supersticiosa fe de Vetusta en la virtud de aquella señora; le irritaba
más porque él, sin querer, participaba de aquella fe estúpida.

«Y con todo, yo tengo datos en contra, pensaba, ciertos indicios. Y
además, no creía en la mujer fuerte. ¡Señor, si hasta la Biblia lo dice!
¿Mujer fuerte? ¿Quién la hallará?».

Si hubiese conocido Paco Vegallana estos pensamientos de su amigo, que
probaban la falsedad de su amor, le hubiera negado su eficaz auxilio en
la conquista de la Regenta. Sólo el amor fuerte, invencible, podía
disculparlo todo. A lo menos así lo decía la moral de Paco. Queriendo
tanto y tan bien como decía don Álvaro, nada de más haría la Regenta en
corresponderle. Una mujer casada, peca menos que una soltera cometiendo
una falta, porque, es claro, la casada... no se compromete.

--«¡Esta es la moral positiva!--decía el Marquesito muy serio cuando
alguien le oponía cualquier argumento--. Sí, señor, esta es la moral
moderna, la científica; y eso que se llama el Positivismo no predica
otra cosa; lo inmoral es lo que hace daño positivo a alguien. ¿Qué daño
se le hace a un marido _que no lo sabe_?».

Creía Paco que así hablaba la filosofía de última novedad, que él
estimaba excelente para tales aplicaciones, aunque, como buen
conservador, no la quería en las Universidades.

«¿Por qué? Porque el saber esas cosas no es para chicos».

Cuando llegaron al portal del palacio de Vegallana, su futuro dueño
tenía lágrimas en los ojos. ¡Tanto le había ablandado el alma la
elocuencia de Mesía! ¡Qué grande contemplaba ahora a su don Álvaro!
Mucho más grande que nunca. «¿Con que el escéptico redomado, el hombre
frío, el _dandy_ desengañado, tenía otro hombre dentro? ¡Quién lo
pensara! ¡Y qué bien casaban aquellos colores (aquellos matices
delicados, quería decir Paco), aquel contraste de la aparente
indiferencia, del elegante pesimismo con el oculto fervor erótico, un si
es no es romántico!». Si en vez de la _Historia de la prostitución_
Paquito hubiese leído ciertas novelas de moda, hubiera sabido que don
Álvaro no hacía más que imitar--y de mala manera, porque él era ante
todo un hombre político--a los héroes de aquellos libros elegantes. Sin
embargo, algo encontraba Paco en sus lecturas parecido a Mesía; era este
una Margarita Gauthier del sexo fuerte; un hombre capaz de redimirse por
amor. Era necesario redimirle, ayudarle a toda costa.

«Y que perdonase don Víctor Quintanar, incapaz de ser escéptico, frío y
prosaico por fuera, romántico y dulzón por dentro».

Cuando subían la escalera, Paco Vegallana, el muchacho de más partido
entre las mozas del ídem, estaba resuelto:

1.º A favorecer en cuanto pudiese los amores, que él daba por seguros,
de la Regenta y Mesía. Y

2.º A buscar para uso propio, un acomodo neo-romántico, una _pasión
verdad_, compatible con su afición a las formas amplias y a las
turgencias hiperbólicas, que él no llamaba así por supuesto.

--¿Quién está arriba?--preguntó a un criado, seguro de que estaría la
Regenta «porque se lo daba el corazón».

--Hay dos señoras.--¿Quiénes son? El criado meditó.--Una creo que es
doña Visita, aunque no las he visto; pero se la oye de lejos... la
otra... no sé.

--Bueno, bueno--dijo Paco, volviéndose a Mesía--. Son ellas. Estos días
Visita no se separa de Ana.

A Mesía le temblaron un poco las piernas, muy contra su deseo.

--Oye--dijo--llévame primero a tu cuarto. Quiero que allí me expliques,
como si te fueras a morir, la verdad, nada más que la verdad de lo que
hayas notado en ella, que puede serme favorable.

--Bien; subamos. Paco se turbó. La verdad de lo que había notado... no
era gran cosa. Pero ¡bah! con un poco de imaginación... y precisamente
él estaba tan excitado en aquel momento....

Las habitaciones del Marquesito estaban en el segundo piso. Al llegar al
vestíbulo del primero, oyeron grandes carcajadas.... Era en la cocina.
Era la carcajada eterna de Visita.

--¡Están en la cocina!--dijo Mesía asombrado y recordando otros tiempos.

--Oye--observó Paco--¿no esperaba Visita a Obdulia en su casa para hacer
empanadas y no sé qué mas?

--Sí, ella lo dijo.--Entonces... ¿cómo está aquí Visitación?

--¿Y qué hacen en la cocina?

Una hermosa cabeza de mujer, cubierta con un gorro blanco de fantasía,
apareció en una ventana al otro lado del patio que había en medio de la
casa. Debajo del gorro blanco flotaban graciosos y abundantes rizos
negros, una boca fresca y alegre sonreía, unos ojos muy grandes y
habladores hacían gestos, unos brazos robustos y bien torneados, blancos
y macizos, rematados por manos de muñeca, mostraban, levantándolo por
encima del gorro, un pollo pelado, que palpitaba con las ansias de la
muerte; del pico caían gotas de sangre.

Obdulia, dirigiéndose a los atónitos caballeros, hizo ademán de retorcer
el pescuezo a su víctima y gritó triunfante:

--¡Yo misma! ¡he sido yo misma! ¡Así a todos los hombres!...

«¡Era Obdulia! ¡Obdulia! Luego no estaba la otra».




--VIII--


El marqués de Vegallana era en Vetusta el jefe del partido más
reaccionario entre los dinásticos; pero no tenía afición a la política y
más servía de adorno que de otra cosa. Tenía siempre un favorito que era
el jefe verdadero. El favorito actual era (¡oh escándalo del juego
natural de las instituciones y del turno pacífico!) ni más ni menos, don
Álvaro Mesía, el jefe del partido liberal dinástico. El reaccionario
creía resolver sus propios asuntos y en realidad obedecía a las
inspiraciones de Mesía. Pero este no abusaba de su poder secreto. Como
un jugador de ajedrez que juega solo y lo mismo se interesa por los
blancos que por los negros, don Álvaro cuidaba de los negocios
conservadores lo mismo que de los liberales. Eran panes prestados. Si
mandaban los del Marqués, don Álvaro repartía estanquillos, comisiones y
licencias de caza, y a menudo algo más suculento, como si fueran
gobierno los suyos; pero cuando venían los liberales, el marqués de
Vegallana seguía siendo árbitro en las elecciones, gracias a Mesía, y
daba estanquillos, empleos y hasta prebendas. Así era el turno pacífico
en Vetusta, a pesar de las apariencias de encarnizada discordia. Los
soldados de fila, como se llamaban ellos, se apaleaban allá en las
aldeas, y los jefes se entendían, eran uña y carne. Los más listos algo
sospechaban, pero no se protestaba, se procuraba sacar tajada doble,
aprovechando el secreto.

Vegallana tenía una gran pasión: la de «tragarse leguas», o sea dar
paseos de muchos kilómetros.

Le aburrían las intrigas de politiquilla.

Era cacique honorario; el cacique en funciones, su mano derecha, Mesía.
Don Álvaro era al Marqués en política lo que a Paquito en amores, su
Mentor, su Ninfa Egeria. Padre e hijo se consideraban incapaces de
pensar en las respectivas materias sin la ayuda de su Pitonisa. Aquí
estaba el secreto de la política de Vegallana, conocido por pocos.

Los más, al salir de una junta del «Salón de Antigüedades», solían
exclamar:

--¡Qué cabeza la de este Marqués! Nació para amaños electorales, para
manejar pueblos.

--No, y los años no le rinden; siempre es el mismo.

Y todo lo que alababan era obra del otro, de Mesía.

Cuando este quería castigar a alguno de los suyos, le ponía enfrente de
un candidato reaccionario a quien había que dejar el triunfo. El Marqués
agradecía a don Álvaro su abnegación, y le pagaba diciéndole, por
ejemplo:

--Oiga usted, mi correligionario, Fulano quiere tal cosa, pero a mí me
carga ese hombre; haga usted que triunfe el pretendiente liberal. Y
entonces Mesía premiaba los servicios de algún servidor fidelísimo.

¡Quién le hubiera dicho a Ronzal que él debía el verse diputado de la
Comisión a una de estas sabias combinaciones!

El Marqués decía que «la fatalidad le había llevado a militar en un
partido reaccionario; el nacimiento, los compromisos de clase; pero su
temperamento era de liberal». Tenía grandes «amistades personales» en
las aldeas, y repartía abrazos por el distrito en muchas leguas a la
redonda. Durante las elecciones, cuando muchos, casi todos, le creían
manejando la complicada máquina de las influencias, el único servicio
positivo y directo que prestaba era el de agente electoral. Pedía un
puñado de candidaturas a Mesía y las repartía por las parroquias
electorales que visitaba en sus paseos de Judío Errante.

Cuando emprendía una excursión por camino desconocido, contaba los
pasos, aunque hubiese medidas oficiales, porque no se fiaba de los
kilómetros del Gobierno. Contaba los pasos y los millares los señalaba
con piedras menudas que metía en los bolsillos de la americana. Llegaba
a casa y descargaba sobre una mesa aquellos sacos para contar más
satisfecho las piedras miliarias. Aquella noche en la tertulia se
hablaba en primer término del paseo de Vegallana.

--¿A dónde bueno, Marqués?--le preguntaba un amigo que le encontraba en
el campo.

--A Cardona por la Carbayeda... mil ciento uno... mil ciento dos...
tres... cuatro...--y seguía marcando el paso, apoyándose en un palo con
nudos y ahumado, como el de los aldeanos de la tierra.

Aquel garrote, la sencilla americana y el hongo flexible de anchas alas
eran la garantía de su popularidad en las aldeas. Tenía todo el orgullo
y todas las preocupaciones de sus compañeros en nobleza vetustense,
pero afectaba una llaneza que era el encanto de las almas sencillas.

Tenía otra manía, corolario de sus paseos, la manía de las pesas y
medidas. Sabía en números decimales la capacidad de todos los teatros,
congresos, iglesias, bolsas, circos y demás edificios notables de
Europa. «Covent Garden tiene tantos metros de ancho por tantos de largo,
y tantos de altura»; y hallaba el cubo en un decir Jesús. El Real tiene
tantos metros cúbicos menos que la Gran Ópera. Mentía cuando quería
deslumbrar al auditorio, pero podía ser exacto, asombrosamente exacto si
se le antojaba. «A mí hechos, datos, números--decía--; lo demás...
filosofía alemana».

En arquitectura le preocupaban mucho las proporciones. Para que hubiese
proporción entre la catedral y la plazuela, convendría retirar tres o
cuatro metros la catedral. Y él lo hubiera propuesto de buen grado. Era
el enemigo natural de D. Saturnino Bermúdez en materia de monumentos
históricos y ornato público. Todo lo quería alineado. Soñaba con las
calles de Nueva York--que nunca había visto--y si le sacaban este
argumento:

--«Pero la nobleza se opone por su propia esencia a esas igualdades».

Contestaba:--«Señor mío, _distingue tempora_... (no quería decir eso)
no tergiversemos, no involucremos, _post hoc ergo propter hoc_ (tampoco
quería decir eso.) La verdadera desigualdad está en la sangre, pero los
tejados deben medirse todos por un rasero. Así lo hace América, que nos
lleva una gran ventaja».

La Colonia, la parte nueva de Vetusta, merced a la influencia poderosa
del Marqués, por un rasero se había medido.

No había una casa más alta que otra.

Protestaban algunos americanos que querían hacer palacios de ocho pisos
para ver desde las guardillas el campanario de su pueblo; pero el
Municipio, bajo la presión del Marqués, nivelaba todos los tejados
«dejando para otras esferas de la vida las naturales desigualdades de la
sociedad en que vivimos», como decía el Marqués en un artículo anónimo
que publicó en _El Lábaro_.

La Marquesa tenía a su esposo por un grandísimo majadero, condición que
ella creía casi universal en los maridos. Ella sí que era liberal. Muy
devota, pero muy liberal, porque lo uno no quita lo otro. Su devoción
consistía en presidir muchas cofradías, pedir limosna con gran descaro a
la puerta de las iglesias, azotando la bandeja con una moneda de cinco
duros, regalar platos de dulce a los canónigos, convidarles a comer,
mandar capones al Obispo y fruta a las monjas para que hicieran
conservas. La libertad, según esta señora, se refería principalmente al
sexto mandamiento. «Ella no había sido ni mala ni buena, sino como todas
las que no son completamente malas, pero tenía la virtud de la más
amplia tolerancia. Opinaba que lo único bueno que la aristocracia de
ahora podía hacer era divertirse. ¿No podía imitar las virtudes de la
nobleza de otros tiempos? Pues que imitara sus vicios». Para la Marquesa
no había más que Luis XV y Regencia. Los muebles de su salón amarillo y
la chimenea de su gabinete estaban copiados de una sala de Versalles,
según aseguraban el tapicero y el arquitecto; pero el amor de la
Marquesa a lo mullido y almohadillado había ido introduciendo grandes
modificaciones en el salón Regencia.

El capitán Bedoya, el gran anticuario, murmuraba del salón amarillo
diciendo:

--«La Marquesa se empeña en llamar aquello estilo de la Regencia; ¿por
dónde? como no sea de la regencia de Espartero...». Los muebles eran
lujosos, pero estaban maltratados y lo que era peor, desde el punto de
vista arqueológico, convertidos en flagrantes anacronismos.

Les había hecho sufrir varios cambios, aunque siempre sobre la base del
amarillo, cubriéndolos con damasco, primero, con seda brochada después,
y últimamente con raso basteado, _capitoné_ que ella decía, en
almohadillas muy abultadas y menudas, que a don Saturnino se le
antojaban impúdicas. El tapicero protestó en tiempo oportuno; en el
salón sentaba mal lo _capitoné_, según su dogma, pero la Marquesa se
reía de estas imposiciones oficiales. En los demás muebles del salón,
espejos, consolas, colgaduras, etc., se había pasado de lo que
entendiera el mueblista por Regencia a la mezcla más escandalosa, según
el capricho y las comodidades de la Marquesa. Si se le hablaba de mal
gusto, contestaba que la moda moderna era lo _confortable_ y la
libertad. Los antiguos cuadros de la escuela de Cenceño sin duda, pero
al fin venerables como recuerdos de familia, los había mandado al
segundo piso, y en su lugar puso alegres acuarelas, mucho torero y mucha
manola y algún fraile pícaro; y con escándalo de Bedoya y de Bermúdez
hasta había colgado de las paredes cromos un poco verdes y nada
artísticos. En el gabinete contiguo, donde pasaba el día la Marquesa, la
anarquía de los muebles era completa, pero todos eran cómodos; casi
todos servían para acostarse; sillas largas, mecedoras, marquesitas,
confidentes, taburetes, todo era una conjuración de la pereza; en
entrando allí daban tentaciones de echarse a la larga. El sofá de panza
anchísima y turgente con sus botones ocultos entre el raso, como
pistilos de rosas amarillas, era una muda anacreóntica, acompañada con
los olores excitantes de las cien esencias que la Marquesa arrojaba a
todos los vientos.

La excelentísima señora doña Rufina de Robledo, marquesa de Vegallana,
se levantaba a las doce, almorzaba, y hasta la hora de comer leía
novelas o hacía crochet, sentada o echada en algún mueble del gabinete.
La gran chimenea tenía lumbre desde Octubre hasta Mayo. De noche iba al
teatro doña Rufina siempre que había función, aunque nevase o cayeran
rayos; para eso tenía carruajes. _Si no había teatro_, y esto era muy
frecuente en Vetusta, se quedaba en su gabinete donde recibía a los
amigos y amigas que quisieran hablar de sus cosas, mientras ella leía
periódicos satíricos con caricaturas, revistas y novelas. Sólo
intervenía en la conversación para hacer alguna advertencia del género
de los epigramas del Arcipreste, su buen amigo. En estas breves
interrupciones, doña Rufina demostraba un gran conocimiento del mundo y
un pesimismo de buen tono respecto de la virtud. Para ella no había más
pecado mortal que la hipocresía; y llamaba hipócritas a todos los que no
dejaban traslucir aficiones eróticas que podían no tener. Pero esto no
lo admitía ella. Cuando alguno _salía garante_ de una virtud, la
Marquesa, sin separar los ojos de sus caricaturas, movía la cabeza de un
lado a otro y murmuraba entre dientes postizos, como si rumiase
negaciones. A veces pronunciaba claramente:

--A mí con esas... que soy tambor de marina.

No era tambor, pero quería dar a entender que había sido más fiel a las
costumbres de la Regencia que a sus muebles. Sus citas históricas solían
referirse a las queridas de Enrique VIII y a las de Luis XIV.

En tanto, el salón amarillo estaba en una discreta obscuridad, si había
pocos tertulios. Cuando pasaban de media docena, se encendía una lámpara
de cristal tallado, colgada en medio del salón. Estaba a bastante
altura; sólo podía llegar a la llave del gas Mesía, el mejor mozo. Los
demás se quejaban. Era una injusticia.

--«¿Para qué poner tan alta la lámpara?»--decían algunos un tanto
ofendidos.

Doña Rufina se encogía de hombros.

--«Cosas de ese»--respondía--aludiendo a su marido.

No era muy escrupuloso el Marqués en materia de moral privada; pero una
noche había entrado palpando las paredes para atravesar el salón y
llegar al gabinete, cuya puerta estaba entornada; su mano tropezó con
una nariz en las tinieblas, oyó un grito de mujer--estaba seguro--y
sintió ruido de sillas y pasos apagados en la alfombra. Calló por
discreción, pero ordenó a los criados que colocaran más alta la lámpara.
Así nadie podría quitarle luz ni apagarla. Pero resultó una desigualdad
irritante, porque Mesía, poniéndose de puntillas, llegaba todavía a la
llave del gas.

De las tres hijas de los marqueses, dos, Pilar y Lola, se habían casado
y vivían en Madrid; Emma, la segunda, había muerto tísica. Aquella
escasa vigilancia a que la Marquesa se creía obligada cuando sus hijas
vivían con ella, había desaparecido. Era el único consuelo de tanta
soledad. En tiempo de ferias, doña Rufina hacía venir alguna sobrina de
las muchas que tenía por los pueblos de la provincia. Aquellas lugareñas
linajudas esperaban con ansia la época de las ferias, cuando les tocaba
el turno de ir a Vetusta. Desde niñas se acostumbraban a mirar como
temporada de excepcional placer la que se pasaba con la tía, en medio de
lo _mejorcito_ de la capital. Algunos padres timoratos oponían algunos
argumentos de aquella moralidad privada que no preocupaba al Marqués,
pero al fin la vanidad triunfaba y siempre tenía su sobrina en ferias la
señora marquesa de Vegallana. Las sobrinitas ocupaban los aposentos de
las hijas ausentes;--el de Emma no volvió a ser habitado, pero se
entraba en él cuando hacía falta--. Las muchachas animaban por algunas
semanas con el ruido de mejores días aquellas salas y pasillos, alcobas
y gabinetes, demasiado grandes y tristes cuando estaban desiertos. De
noche, sin embargo, no faltaba algazara en el piso principal, hubiera
sobrinas o no. En el segundo, de día y de noche había aventuras, pero
silenciosas. Un personaje de ellas siempre era Paquito. Cuando estaba
sereno, juraba que no había cosa peor que perseguir a la servidumbre
femenina en la propia casa; pero no podía dominarse. _Videor meliora_,
le decía don Saturno sin que Paco le entendiese. En la tertulia de la
Marquesa, con sobrinas o sin ellas, predominaba la juventud. Las
muchachas de las familias más distinguidas iban muy a menudo a hacer
compañía a la pobre señora que se había quedado sin sus tres hijas.
Previamente se daba cita al novio respectivo; y cuando no, esperaban los
acontecimientos. Allí se improvisaban los noviazgos, y del salón
amarillo habían salido muchos matrimonios _in extremis_, como decía
Paquito creyendo que _in extremis_ significaba una cosa muy divertida.
Pero lo que salía más veces, era asunto para la crónica escandalosa. Se
respetaba la casa del Marqués, pero se despellejaba a los tertulios. Se
contaba cualquier aventurilla y se añadía casi siempre:

--«Lo más odioso es que esas... tales hayan escogido para sus... cuales
una casa tan respetable, tan digna». Los liberales avanzados, los que no
se andaban con paños calientes, sostenían que la casa era lo peor.

Sin embargo, los maldicientes procuraban ser presentados en aquella casa
donde había tantas aventuras.

Aunque algo se habían relajado las costumbres y ya no era un círculo tan
estrecho como en tiempo de doña Anuncia y doña Águeda (q. e. p. d.) el
_de la clase_, aún no era para todos el entrar en la tertulia de
confianza de Vegallana. Los mismos tertulios procuraban cerrar las
puertas, porque se daban tono así, y además no les convenían testigos.
«Estaban mejor en _petit comité_». El espíritu de tolerancia de la
Marquesa había contagiado a sus amigos. Nadie espiaba a nadie. Cada cual
a su asunto. Como el ama de la casa autorizaba sobradamente la tertulia,
las mamás que nada esperaban ya de las vanidades del mundo, dejaban ir a
las niñas solas. Además, nunca faltaban casadas todavía ganosas de
cuidar la honra de sus retoños o de divertirse por cuenta propia. ¿Y
quién duda que estas se harían respetar? Allí estaba Visitación por
ejemplo. Algunas madres había que no pasaban por esto; pero eran las
ridículas, así como los maridos que seguían conducta análoga. Algún
canónigo solía dar mayores garantías de moralidad con su presencia,
aunque es cierto que no era esto frecuente, ni el canónigo paraba allí
mucho tiempo. El clero catedral prefería visitar a la Marquesa de día. A
los escrupulosos se les llamaba hipócritas y adelante.

La Marquesa sabía que en su casa se enamoraban los jóvenes un poco a lo
vivo. A veces, mientras leía, notaba que alguien abría la puerta con
gran cuidado, sin ruido, por no distraerla; levantaba los ojos; faltaba
Fulanito: bueno. Volvía a notar lo mismo, volvía a mirar, faltaba
Fulanita, bueno ¿y qué? Seguía leyendo. Y pensaba: «Todos son personas
decentes, todos saben lo que se debe a mi casa, y en cuestión de
_peccata minuta_... allá los interesados». Y encogía los hombros. Este
criterio ya lo aplicaba cuando vivían con ella sus hijas. Entonces
seguía pensando: Buenas son mis nenas; si alguno se propasa, las
conozco, me avisarán con una bofetada sonora... y lo demás... niñerías;
mientras no avisan, niñerías. En efecto, sus hijas se habían casado y
nadie se las había devuelto quejándose de lesión enormísima. Si había
habido algo, serían niñerías. Y la otra había muerto porque Dios había
querido. Una tisis, la enfermedad de moda. Cuando se había tratado de
sus hijas, al notar algún síntoma de peligro, siempre había puesto con
franqueza y maestría el oportuno remedio, sin escándalo, pero sin
rodeos.

Pero con las amiguitas que ahora iban a acompañarla por las noches, no
tomaba ninguna precaución.

--«Madres tienen», decía, o «con su pan se lo coman».

Y añadía siempre lo de:

--«Mientras no falten a lo que se debe a esta casa...».

Uno de los que más partido habían sacado de estas ideas de la Marquesa y
de su tertulia era Mesía.

«Pero a aquel hombre se le podía perdonar todo. ¡Qué tacto! ¡qué
prudencia! ¡qué discreción!».

«Entre monjas podría vivir este hombre sin que hubiera miedo de un
escándalo».

A Paco, a su adorado Paco, le había puesto cien veces por modelo la
habilidad y el sigilo de Mesía al sorprender al hijo de sus entrañas en
brazos de alguna costurera, planchadora o doncella de la casa.

Su Paco era torpe, no sabía....

--«¡Es indecente que yo te sorprenda en tus desmanes, muchacho!... No
llegas al plato y te quieres comer las tajadas.... Aprende primero a ser
cauto y después... tu alma tu palma».

Y añadía, creyendo haber sido demasiado indulgente:

--«Además, esas aventuras... no deben tenerse en casa.... Pregunta a
Mesía». Era su madre quien había iniciado al Marquesito en el culto que
tributaba al Tenorio vetustense.

La Marquesa, viendo incorregible a su hijo, tomó el partido de subir
siempre al segundo piso tosiendo y hablando a gritos.

En la época en que venían las sobrinas, había además de tertulia
conciertos, comidas, excursiones al campo, todo como en los mejores
tiempos. La alegría corría otra vez por toda la casa; no había rincones
seguros contra el atrevimiento de los amigos íntimos; y en los
gabinetes, y hasta en las alcobas donde estaba aún el lecho virginal de
las hijas de Vegallana, sonaban a veces carcajadas, gritos comprimidos,
delatores de los juegos en que consistía la vida de aquella Arcadia
casera.

Aquella Arcadia la veía don Álvaro con ojos acariciadores; en aquella
casa tenía el teatro de sus mejores triunfos; cada mueble le contaba una
historia en íntimo secreto; en la seriedad de las sillas panzudas y de
los sillones solemnes con sus brazos e ídolos orientales, encontraba una
garantía del eterno silencio que les recomendaba. Parecía decirle la
madera de fino barniz blanco: No temas; no hablará nadie una palabra.
En el salón amarillo veía el galán un libro de memorias, de memorias
dulces y alegres, no cuando Dios quería, sino ahora y siempre; las
prendas por su bien halladas eran los tapices discretos, la seda de los
asientos, basteada, turgente, blanda y muda; la alfombra tupida que se
parecía al mismo Mesía en lo de apagar todo rumor que delatase secretos
amorosos.

El Marqués pasaba por todo. Eran cosas de su mujer.

«Si no había podido moralizarla a ella, mal había de moralizar a sus
tertulios». Él vivía en el segundo piso.

Había comprendido que el salón amarillo había ido perdiendo poco a poco
la severidad propia de un estrado, y se había decidido a convertir en
_sala de recibir_ la del segundo, que estaba sobre el salón Regencia.

La Marquesa jamás subía al nuevo estrado. Toda visita, fuese de quien
fuese, la recibía abajo. Las del Marqués, cuando eran de cumplido, se
morían de frío en el salón de antigüedades. El salón de antigüedades y
el despacho del Marqués, «constituían, como él decía, la parte seria de
la casa». En el despacho todo era de roble mate; nada, absolutamente
nada, de oro; madera y sólo madera. Vegallana tenía en mucho la
severidad de su despacho; nada más serio que el roble para casos tales.
La «sobriedad del mueblaje» rayaba en pobreza.

--¡Mi celda!--decía el Marqués con afectación.

Daba frío entrar allí y Vegallana entraba pocas veces. De las paredes
del _salón de antigüedades_ pendían tapices más o menos auténticos, pero
de notoria antigüedad.

Era lo único que al capitán Bedoya le parecía digno de respeto en aquel
museo de trampas, según su expresión. El Marqués tenía la vanidad de ser
anticuario por su dinero; pero le costaba mucha plata lo que resultaba
al cabo obra de los _truqueurs_, palabra del capitán. El implacable
Bedoya, asiduo tertulio de la Marquesa, compadecía a Vegallana y hasta
le despreciaba; pero por no disgustarle, no había querido darle pruebas
inequívocas de una triste verdad, a saber: que sus muebles Enrique II
del salón de antigüedades, eran menos viejos que el mismo Marqués. Este
los tenía por auténticos, por coetáneos del hijo del rey caballero; ¡los
había comprado él mismo en París!... Pues Bedoya, al que le aducía este
argumento en casa de Vegallana, le llamaba aparte, y sin que nadie los
viera, subía con él al segundo piso; se encerraba en el salón de
antigüedades, y con el mismo sigilo de ladrón con que sacaba libros del
Casino, se dirigía a una silla Enrique II, le daba media vuelta, buscaba
cierta parte escondida de un pie del mueble; allí había hecho él varios
agujeros con un cortaplumas y los había tapado con cera del color de la
silla; quitaba la cera con el cortaplumas, raspaba la madera y... ¡oh
triunfo! esta no se deshacía en polvo; saltaba en astillas muy pequeñas,
pero no en polvo.

--¿Ve usted?--decía Bedoya.

--¿Qué?--La madera es nueva; si fuese del tiempo que el Marqués supone,
se desharía en polvo; la madera vieja siempre deja caer el polvo de los
roedores: eso lo conocemos nosotros, no los aficionados, que no tienen
más que dinero y credulidad; ¡esto es _truquage_, puro _truquage_!

Ponía la cera en los agujeros, dejaba la silla en su sitio, y descendía
triunfante diciendo por la escalera:

--¡Con que ya ve usted! ¡Sólo que al pobre Marqués, por supuesto, no hay
que decirle una palabra!

Mucho sintió Paco Vegallana en el primer momento, encontrar en su casa
a Obdulia aquella tarde. No estaba él para bromas. Las confidencias de
don Álvaro le habían enternecido, y su espíritu volaba en una atmósfera
ideal; aquel airecillo romántico le hacía en las entrañas sabrosas
cosquillas, más punzantes por la falta de uso. Pocas veces se hallaba él
en semejante disposición de ánimo.

Obdulia y Visitación, desde la ventana de la cocina que daba al patio,
les llamaban a grandes voces, riendo como locas.

--¡Aquí! ¡aquí! ¡a trabajar todo el mundo!--gritaba Visita chupándose
los dedos llenos de almíbar.

--¿Pero qué es esto, señoras? ¿No estaban ustedes en casa de Visita
preparando la merienda?

Visita se ruborizó levemente.

Se celebró a carcajadas el chasco que se llevaría el pobre Joaquinito
Orgaz, que había ido _a caza_ de Obdulia....

Obdulia lo explicó todo. En casa de Visita faltaban los moldes de cierto
flan invención de la difunta doña Águeda Ozores; además, el horno de la
cocina no tenía tanto hueco como el de la cocina de la Marquesa; en fin,
no le adornaban otras condiciones técnicas, que no entendían ellos.
Vamos, que ni los emparedados, ni los flanes, ni los almíbares se
habrían podido hacer en la cocina de Visita, y sin decir ¡agua va!
habían trasladado su campamento a casa de Vegallana.

La idea les había parecido muy graciosa a Obdulia y a Visita. Habían
sorprendido a la Marquesa que dormía la siesta en su gabinete. Salvo el
haberla despertado, todo le había parecido bien. Y sin moverse había
dado sus órdenes.

--A Pedro (el cocinero), a Colás (el pinche) y a las chicas, que ayuden
a estas señoras y que vayan por todo lo que necesiten.

Y doña Rufina, volviéndose a las damas, había dicho sonriente:

--Ea; ahora fuera gente loca; a la cocina y dejadme en paz.

Y se había enfrascado en la lectura de _Los Mohicanos_ de Dumas.

Visita hacía muy a menudo semejantes irrupciones en casa de cualquier
amiga. Ella entendía así la amistad. ¡Pero si su cocina era infernal! La
chimenea devolvía el humo; no se podía entrar allí sin asfixiarse, ni en
el comedor, que estaba cerca. Pocos vetustenses podían jactarse de haber
visto ni el comedor ni la cocina de Visita. Y eso que tenía tertulia, y
se presentaban charadas y se corría por los pasillos. Pero ella cerraba
ciertas puertas para que no pasase el humo; y decía señalando a los
estrechos y obscuros pasadizos:

--Por ahí corran ustedes lo que quieran, loquillas, pero nadie me abra
esa puerta.

Toda su prodigalidad de señora que recibe de confianza, se reducía a
entregar vestidos y pañuelos de estambre, todo viejo, para que los
_pollos_ de imaginación se disfrazasen de mujeres o de turcos. Aquellas
prendas se depositaban en una alcoba donde había una cama de excusa,
pero sin colchón ni ropa; con las cuerdas al aire. Aquél era el
vestuario de los actores y actrices de charadas. Se vestían todos juntos
porque todo se ponía sobre el propio traje. Además Visita no alumbraba
el cuarto, ¿para qué? Desde la sala se oía a lo mejor, detrás de las
cortinillas de tafetán verde:

--Pepe que le doy a usted un cachete.

--Hola, hola, eso no estaba en el programa....

--Niños, niños, formalidad.

--¿Por qué no les da usted una luz, Visita?

--Señores, porque esos locos son capaces de quemar la casa....

--Tiene razón Visita, tiene razón--gritaban desde dentro Joaquín Orgaz o
el Pepe de la bofetada.

Donde Visitación demostraba su intimidad con los amigos, su franqueza y
trato sencillísimo era en casa de los demás. Allí hacía locuras.

Hablaba mucho, a gritos, con diez carcajadas por cada frase. Se le había
alabado su aturdimiento gracioso a los quince años, y ya cerca de los
treinta y cinco aún era un torbellino, una cascada de alegría, según le
decía en el álbum Cármenes el poeta. Lo que era una catarata de mala
crianza, según doña Paula, la madre del Provisor, que nunca había
querido pagarle las visitas. Pero catarata, cascada, torbellino, todo lo
era con cuenta y razón. Su aturdimiento era obra de un estudio profundo
y minucioso: se aturdía mientras su ojo avizor buscaba la presa... algún
dije, una golosina, cualquier cosa menos dinero. Creía, o mejor, fingía
creer, que las cosas no valen nada, que sólo la moneda es riqueza.

--Señora, le debo a usted dos cuartos de la limosna que dio usted por mí
el otro día.

--Deje usted, Visita, vaya una cantidad... no me avergüence usted.

--¡No faltaba más!... Tome usted.... ¡Y qué alfiletero tan mono!

--No vale nada.--¡Es precioso!--Está a su disposición.

--No me lo diga usted dos veces...--Está a su disposición... ¡vaya una
alhaja!

--¿Sí? Pues me lo llevo... mire usted que yo soy una urraca....

Y sí que era una urraca, como que así la llamaba doña Paula: la urraca
ladrona.

Donde hacía estragos era en los comestibles.

Llegaba a casa de una vecina riendo a carcajadas.

--¿Sabes lo que me pasa? Nada, que no parece; hemos perdido la llave del
armario o de la alacena... y aquí me tienes muerta de hambre. A ver, a
ver, dame algo, socarrona; o meriendo, o me caigo de hambre.

Dos veces a la semana se jugaba en su casa a la lotería o a la aduana.
Se dejaba un fondo para una merienda en el campo; se nombraba una
comisión para que lo preparase todo. Sus miembros eran invariablemente
Visita y un primo suyo. Visita, por economía, y porque le daban asco el
pastelero y el confitero, fabricaba por su cuenta, y bajo su dirección,
los hojaldres, los almíbares, todo lo que podía hacerse en su cocina.
Después resultaba que en su cocina no se podía hacer nada. ¡El pícaro
humo! El casero, que no ensanchaba el horno... ¡diablos coronados! Dios
la perdonara.

El caso es que recurría en el apuro a la cocina de Vegallana, u otra de
buena casa, las más veces a aquella. Allí se hacía todo. Visita disponía
de los criados del Marqués; previo el consentimiento del cocinero, por
lo que respecta a la cocina, sacaba algunas provisiones de la despensa;
mandaba a la tienda por azúcar, pasas, pimienta, sal, ¡diablos
coronados! si el señor Pedro no abría los cajones de sus armarios; que
viniera todo lo que se necesitaba. «¿Dinero? Deje usted, ahí tengo yo
cuenta». Después todo aquello aparecía en la cuenta del Marqués.
Equivocaciones; como habían ido sus criados a comprar.... Se comían la
merienda. En la primera noche de tertulia se hacían los comentarios.

--Visita, ¿qué tal, nos hemos empeñado?

--Poca cosa... un piquillo...--Pues a ver, a ver, que se pague.--Nada
más justo.--A escote.--Dejen ustedes, ¿se quieren ustedes callar? No
se hable de eso, no merece la pena.

Visita tenía p