Pequeñeces...

por

El P. Luis Coloma

de la

Compañia de Jesús

SEXTA EDICIÓN

Bilbao
ADMINISTRACIÓN DE «EL MENSAJERO DEL CORAZÓN DE JESÚS»
Calle de Ayala
1898

ES PROPIEDAD

QUEDA HECHO EL DEPÓSITO QUE SEÑALA LA LEY

BILBAO--Imp. de Corazón del Jesús, Muelle de Marzana, 7.




Al Lector[1]

[Nota 1: Al publicarse por primer vez esta novela en _El Mensajero
de Corazón de Jesús_, púsole su autor este prólogo dirigido a los
lectores de dicha Revista, que por muchas y poderosas razones, nos ha
parecido conveniente reproducir integro en esta sexta edición. (Nota de
los editores.)]


Lector amigo: Si eres hombre corrido y poco asustadizo, conocedor de las
miserias humanas y amante de la verdad, aunque esta amargue, éntrate sin
miedo por las páginas de este libro; que no encontrarás en ellas nada
que te sea desconocido o se te haga molesto. Mas si eres alma pía y
asombradiza; si no has salido de esos limbos del entendimiento que
engendra, no tanto la inocencia del corazón como la falta de
experiencia; si la desnudez de la verdad te escandaliza o hiere tu amor
propio su rudeza, detente entonces y no pases adelante sin escuchar
primero lo que debo decirte.

Porque témome mucho, lector amigo, que, de ser esto así y si no te
mueven mis razones, te espera más de un sobresalto entre las páginas de
este libro. Yo dejé correr en él la pluma con entera independencia,
rechazando con horror, al trazar mi pintura, esa teoría perversa que
ensancha el criterio de moralidad hasta desbordar las pasiones,
ocultando de manera más o menos solapada la pérfida idea de hacer pasar
por lícito todo lo que es agradable; mas confiésote de igual modo que,
si no con espanto, con grave fastidio al menos, y hasta con cierta _ira
literaria_, rechacé también aquel otro extremo contrario, propio de
algunas conciencias timoratas que se empeñan en ver un peligro en
dondequiera que aparece algo que deleita. Porque juzgo que, por sobra de
valor, yerran los primeros, en no ver abismos donde puede haber flores;
y tengo para mí que, por hartura de miedo, yerran también los segundos,
en no concebir una flor sin que oculte detrás un precipicio. Y andando,
andando, y partiendo los unos de un principio falso y los otros de una
verdad santa, llegan todos de la exageración al engaño, y pasan luego a
la demencia; pareciéndoles a aquellos que pueden servir de guía a la
juventud las crudezas de Zola, y creyendo estos que no conviene enseñar
a los niños el Credo y los Artículos de la Fe sin introducir algunas
prudentes modificaciones, de que yo pudiera citarle algún ridículo
ejemplo. Extraño fenómeno y singular aprieto para el escritor el de
estos dos extremos opuestos, hijos legítimos de la confusión de ideas en
todo orden de cosas que caracteriza nuestra época, y reconoce por
origen, entre otras mil causas, la orgullosa suficiencia propia, el
desprecio de la autoridad que legítimamente define, la falta de
profundidad y método en los estudios, el magisterio superficial, intruso
e interesado de los periódicos, y la funesta propensión a juzgar lo que
pasa en el corazón ajeno por lo que sucede en el propio.

Cierto, ciertísimo, lector pío y discreto, que peca de inmoral y merece
toda censura el autor que encomia a los ladrones y recomienda sus hurtos
y los facilita; o el que protestando contra ellos y reconociendo su
inmoralidad, traza, sin embargo, con buenas intenciones y poquísima
prudencia, cuadros de peligrosa belleza, de tentación seductora, que
ejercen sobre el lector incauto, y aun sobre el que por tal no se tiene,
la atracción siniestra del abismo. Mas no por eso has de deducir de
aquí, lector pío siempre, y esta vez no discreto si tal deduces, que sea
igualmente inmoral el escritor que confiesa paladinamente que hay
ladrones, que da la voz de alerta contra ellos y los saca a la vergüenza
pública, pintándolos con todas aquellas sus negras tintas que sufre el
decoro y hacen al vicio antipático y odioso, y se ayuda así del mal para
hacer el bien, a la manera que la primavera se ayuda del estiércol para
fabricar la rosa.

Y no me digas que se corre siempre el riesgo fatalísimo de abrir los
ojos a la inocencia; porque te diré entonces que si el tal autor supo
guardar ese _prudente decoro_ que indiqué antes, y esa inocencia de que
hablas es la verdadera inocencia del corazón, pura y santa, única que
todo lo ignora, así en teoría como en práctica, preciso será que pase
por aquellas páginas sin comprender lo que se dice entre líneas y coja
la rosa sin sospechar que existe el estiércol. Y si por ventura lo
sospecha y lo descubre, señal clara y evidente de que no estaban esos
ojos tan cerrados como tú creías, y no siendo ya inocencia pura del
corazón, sino mera ignorancia del entendimiento, le aprovechará por
ende, si no como medicina todavía, como preservativo, al menos, la
lección que encerró allí el autor en prudente logogrifo, y como
estiércol sucio y hediondo aprehenderá forzosamente lo que como tal se
le presenta. Y si se le convierte en ponzoña la triaca, culpa será suya
y no del médico, porque la malicia no estará entonces en el que escribe,
sino en la propia voluntad del que lee; que, como dijo un poeta antiguo:

Del más hermoso clavel,
pompa del jardín ameno,
el áspid saca veneno,
la oficiosa abeja, miel.

Con este criterio, lector amigo, escribí yo el libro que entre las manos
tienes, y lealmente te lo aviso para que lo arrojes a tiempo si mi modo
de pensar no te satisface. Y si por acaso te maravilla que siendo yo
quien soy me entre con tanta frescura por terrenos tan peligrosos, has
de tener en cuenta que, aunque _novelista_ parezco, soy sólo
_misionero_, y así como en otros tiempos subía un fraile sobre una mesa
en cualquier plaza pública y predicaba desde allí rudas verdades a los
distraídos que no iban al templo, hablándoles, para que bien lo
entendieran, su mismo grosero lenguaje, así también armo yo mi tinglado
en las páginas de una novela, y desde allí predico a los que de otro
modo no habían de escucharme, y les digo en su propia lengua verdades
claras y necesarias que no podrían jamás pronunciarse bajo las bóvedas
de un templo.

Porque si tú, lector pío y candoroso, sentado a las márgenes de los
arroyos de leche y miel que fertilizan la Jerusalén celestial que
habitas, has creído que existe la noción del bien y del mal en todos
los corazones, con la misma claridad que tú la posees en tu
entendimiento iluminado por la gracia, estás en un error crasísimo. En
el mundo, y en cierta clase de mundo, sobre todo, el mal suele
desconocerse a sí mismo, por esa misma confusión de ideas que en todos
los órdenes reina. Cuando la relajación es general, sucede en una
sociedad lo que a bordo de un barco acontece: que como todo se mueve
igualmente, parece que nadie camina; preciso es que alguien se detenga
para que haya un punto fijo que marque el atropellamiento de los otros y
el rumbo peligroso de los que siguen caminando.

Jamás harás conocer a un bizco su propio estrabismo, si no le pones
delante un espejo fiel que le retrate su torcida vista; porque el ojo de
la cara que sirve para ver y conocer a los demás no puede, sin un
milagro que equivalga a esta gracia que tú disfrutas, verse y conocerse
a sí mismo. Grande y caritativa obra, por tanto, será la del libro que
sirva de punto fijo para avisar a los del barco que se alejan de la
orilla; que sirva de espejo fiel al bizco desdichado, para que,
comenzando por conocer allí su vista extraviada, acabe por odiarla en sí
mismo.

Y aquí tienes explicado de paso el porqué me detengo a veces en
pormenores harto nimios, que desdeñaría como artista y a que no
descendería como religioso. Porque el último parapeto del bizco que no
quiere mirar derecho es negar que entienda el que le reprende de
achaques de vista; por eso, cuando le pone delante el censor detalles
íntimos conocidos sólo de los del gremio, concédele al punto la ventaja
inmensa de la experiencia y se rinde a discreción, pensando que, si no
fue también bizco allá en sus tiempos aquel que le reprende, entre
muchos que bizquean debieron de apuntarle los dientes; y gran paso es ya
este dado en el corazón que quiere ganarse, porque le invita a la
confianza y le asegura la indulgencia, la idea de que aquel censor
inexorable estudió en su mismo libro y venció sus mismas flaquezas.

Y si todas estas cosas me concedes, y me arguyes todavía que no cuadra a
la gravedad de _El Mensajero_ publicar historias tan profanas, pídote
que consideres una cosa, en que de seguro no habrás parado mientes. No
todos los suscriptores de _El Mensajero_ son como tú, piadosos y
espirituales: en sus listas, numerosísimas hasta un punto increíble
para lo que suelen ser estas cosas en España, figuran al lado de
místicas abadesas, señoras muy del mundo, y junto a congregantes de San
Luis, hombres despreocupados y hasta jóvenes alegres. Preciso es, pues,
que toda esta multitud heterogénea encuentre allí alimento que la nutra
y que le agrade, y la sana doctrina que paladea con delicia la abadesa
en la _Intención_ de cada mes, seria, profunda y devota, es manjar harto
sublime para el embotado paladar de aquellos otros que sólo podrán
tragar esa misma celestial doctrina, envuelta en una salsa lícitamente
profana.

Dejen, pues, las almas pías ese rincón de _El Mensajero_ para esos
pobres hambrientos, a quienes hay que alimentar por sorpresa con la
santa doctrina de Cristo; que muy superior a la caridad que consiste en
dar es la que consiste en comprender y soportar las humanas flaquezas.
Esa es la que me hace a mí tomar la pluma y escribir para ellos, aun a
trueque de escuchar, como en cierta ocasión he oído, que rebaja el
carácter sacerdotal escribir cosas tan baladíes. ¡Como si la caridad se
rebajara alguna vez, por mucho que descienda!...

Y con esto, lector amigo, te dejo en paz, y libre quedas para entrarte,
si te place, por las páginas de mi libro o dar media vuelta a la
derecha. Témome, sin embargo, y en tus ojillos devotos lo conozco, que
ansías ya por leerlo, y no lo dejarás hasta devorarlo letra a letra;
porque si mis razones no te han convencido, como deseo, es fácil que la
curiosidad te impulse contra lo que yo pretendo.

Quédate, pues, con Dios, y Él te bendiga, que yo por mi parte

Con estas cosas que digo
y las que paso en silencio,
a mis soledades voy,
de mis soledades vengo.

Bilbao, 1 de enero de 1890.

* * * * *




Libro Primero




--I--

Something is rotten in the state of Denmark.
(Hay algo en Dinamarca que huele a podrido.)

Shakespeare, Hamlet.


Las dos torrecillas del colegio se levantaban agudas y airosas como
flechas disparadas contra el cielo azul, sereno y radiante, que suele
cobijar a Madrid en los primeros días de junio. La verdura del jardín
parecía una esmeralda caída en la arena, un oasis de bosquecillos de
lilas que ya se marchitaban y de azucenas que comenzaban a abrirse,
perdido en las áridas llanuras que por el lado del colegio rodean a la
corte de España. El agua saltaba en las fuentes y corría por los pilones
murmurando; oíanse alegres voces de niños en lo interior del edificio;
gorjeos de ruiseñores y jilgueros en los árboles, y más allá, pasada la
verja, ni niños, ni agua, ni flores, ni pájaros... Una llanura estéril,
un pueblo de barracas; y allá en el horizonte, lejos, lejos, Madrid, la
corte de España, asomando sus cúpulas y sus torres entre esa neblina que
pone más de relieve la limpidez de la atmósfera, esa especie de vaho que
se levanta de las grandes capitales, semejante a las emanaciones de una
hedionda charca.

Terminaba aquel día el curso, había tenido ya lugar la distribución de
premios, y llegaba la hora de las despedidas. Cruzábanse por todas
partes enhorabuenas y adioses, encargos y recomendaciones; y padres,
madres, niños y criados, revueltos en confuso tropel, invadían todas las
dependencias del colegio, rebosando esa satisfacción purísima del
premio justamente alcanzado, del trabajo concluido, de la esperanza
cierta de descanso; esa ruidosa alegría que despierta en el escolar de
todas las edades la mágica palabra: _¡Vacaciones!_

El acto había estado brillantísimo; en el fondo del salón ocupaban un
estrado, ricamente dispuesto, los cien alumnos del colegio, con sus
uniformes azules y plata, agitados todos por la emoción, buscando con
los ojillos inquietos, arreboladas las mejillas y el corazón palpitante,
entre la muchedumbre que llenaba el local, al padre, a la madre, a los
hermanos que habían de ser testigos y partícipes del triunfo. Coronaba
el estrado un magnífico cuadro de la Dolorosa, _Nuestra Señora del
Recuerdo_, titular del colegio, y a su derecha presidía el acto el
cardenal arzobispo de Toledo, bajo riquísimo dosel, y el rector y
profesores del colegio sentados en tomo. Llenaban el resto del inmenso
salón los padres y madres de los niños, alternando la gran señora con la
modesta comercianta; el grande de España con el industrial acomodado;
alegres todos, satisfechos, mirándose entre sí y sonriendo amigos y
desconocidos, como si el sentimiento de la paternidad, igualmente
herido, acortase las distancias y estrechase las relaciones,
despertando en todas las almas idéntica felicidad, la misma dicha, igual
deseo de considerarse y abrazarse como hermanos.

La orquesta dio principio al acto, tocando magistralmente la obertura de
_Semíramis_. El rector, anciano religioso, honra y gloria de la Orden a
que pertenecía, pronunció después un breve discurso, que no pudo
terminar. Al fijarse sus apagados ojos en aquel montón de cabecitas
rubias y negras, que atentamente le miraban, apiñadas y expresivas como
los angelitos de una gloria de Murillo, comenzó a balbucear, y las
lágrimas le cortaron la palabra.

--¡No lloro porque os vais!--pudo decir, al cabo--. ¡Lloro porque muchos
no volverán nunca!...

La nube de cabecitas comenzó a agitarse negativamente y un aplauso
espontáneo y bullicioso brotó de aquellas doscientas manitas, como una
protesta cariñosa que hizo sonreír al anciano en medio de sus lágrimas.

El secretario del colegio comenzó a leer entonces los nombres de los
alumnos premiados: levantábanse estos ruborosos y aturdidos por el miedo
a la exhibición y la embriaguez del triunfo; iban a recibir la medalla y
el diploma de manos del arzobispo, entre los aplausos de los compañeros,
los sones de la música y los bravos del público, y volvían presurosos a
sus sitios, buscando con la vista en los ojos de sus padres y de sus
madres la mirada de inmenso cariño y orgullo legítimo, que era para
ellos complemento del triunfo. Un niño pequeñito de ocho años subió
gateando las gradas del estrado, púsose de puntillas para divisar a su
madre, viola a lo lejos y con la punta del diploma le envió un beso...
Chicos y grandes aplaudieron con entusiasmo: los unos, por ese instinto
de ángel que hace comprender al niño lo que es santo y bello; los otros,
por esa tierna simpatía que despierta en el corazón de todo padre o
madre cuanto tiende a revelar el puro amor de hijo.

El acto parecía ya terminado: el arzobispo iba a dar la bendición y todo
el mundo se levantaba para recibirla de rodillas... Un niño blanco y
rubio, bello y candoroso como un ángel de Fra Angélico, se adelantó
entonces a la mitad del estrado: realzaba el encanto de su edad y su
inocencia, _ese no sé qué_ aristocrático y delicadamente fino que
atrae, subyuga y hasta enternece en los niños de grandes casas; y su
larga cabellera rubia, cortada por delante como la de un pajecillo del
siglo XV, le daba el aspecto de aquel príncipe Ricardo que pintó Millais
en su célebre cuadro _Los hijos de Eduardo_.

Detuviéronse todos a su vista, quedando cada cual en su sitio en el más
profundo silencio. Volvió entonces el niño hacia el cuadro de la Virgen
sus grandes ojos azules, rebosando candor y pureza, y con vocecita de
ángel comenzó a decir[2]:

Dulcísimo recuerdo de mi vida,
Bendice a los que vamos a partir...
¡Oh Virgen del Recuerdo dolorida,
Recibe tú mi adiós de despedida,
Y acuérdate de mí!...

¡Lejos de aquestos tutelares muros,
Los compañeros de mi edad feliz,
No serán a tu amor jamás perjuros;
Se acordarán de ti!

[Nota 2: Esta poesía es original del padre Alarcón, y fue leída en
una solemnidad semejante a la que aquí describimos.]

Un aplauso general salió del grupo de los niños, como un grito de
entusiasta asentimiento. Los grandes no aplaudían; con el alma en los
ojos y las lágrimas en estos, escuchaban inmóviles. El niño se adelantó
dos pasos, y llevándose las manitas al pecho, prosiguió lentamente:

Mas siento al alejarme una agonía,
Cual no la suele el corazón sentir..
¿En palabras de niño quién confía?
Temo... no sé qué temo, Madre mía,
Por ellos y por mí...

Nadie respiraba; las lágrimas, al caer, no hacían ruido. El niño volvió
entonces al público los cándidos ojos, con esa mirada vaga de la
inocencia que parece investigar siempre algo ignorado, y prosiguió con
tristeza que conmovía y sencillez que llegaba al alma:

Dicen que el mundo es un jardín ameno,
Y que áspides oculta ese jardín...
Que hay frutos dulces de mortal veneno,
Que el mar del mundo está de escollos lleno...
¿Y por qué estará así?

Dicen que por el oro y los honores,
Hombres sin fe, de corazón ruin,
Secan el manantial de sus amores
Y a su Dios y a su patria son traidores...
¿Por qué serán así?

Dicen que de esta vida los abrojos,
Quieren trocar en mundanal festín;
Que ellos, ellos motivan tus enojos,
Y que ese llanto de tus dulces ojos,
¡Lo causan ellos, sí!

Algunas mujeres enrojecieron, porque por la boquita del niño parecía
hablar la voz de muchas conciencias; varios hombres bajaron la cabeza, y
una voz enérgica, pero alterada, repitió a lo lejos:--¡Sí! ¡Sí!--. Era
un anciano general, abuelo de un alumno del colegio. El niño parecía
conmovido, como pueden estar los ángeles a la vista de las miserias
humanas; movió tristemente la cabecita, cruzó las manos y prosiguió con
la expresión de un querubín que mira a la tierra:

Ellos, ¡ingratos!, de pesarte llenan...
¿Seré yo también sordo a tu gemir?
¡No! Yo no quiero frutos que envenenan,
No quiero goces que a mi Madre apenan,
¡No quiero ser así!

En los escollos de esta mar bravía
Yo no quiero sin gloria sucumbir;
Yo no quiero que llores por mí un día;
No quiero que me llores, Madre mía...
¡No quiero ser así!

Y mientras yo responda a tu reclamo,
Mientras me juzgue con tu amor feliz,
Y ardiendo en este afecto en que me inflamo,
Te diga muchas veces que te amo,
¿Te olvidarás de mí?

¡Ah, no, dulce recuerdo de mi vida!
Siempre que luche en peligrosa lid,
Siempre que llore mi alma dolorida,
Al recordar mi adiós de despedida,
¡Te acordarás de mí!

Y en retorno de amor y fe sincera,
Jamás sin tu recuerdo he de vivir.
Tuya será mi lágrima postrera...
¡Hasta que muera, Madre; hasta que muera
Me acordaré de ti!

Tú en pago, Madre, cuando llegue el plazo
De alzar el vuelo al celestial confín,
Estrechándome a ti con dulce abrazo,
No me apartes jamás de tu regazo.
¡No me apartes de ti!

Calló el niño, y no resonó un aplauso; sólo estalló un sollozo, un
inmenso sollozo que pareció salir de mil pechos por una sola boca,
arrastrando los encontrados afectos de amor, ternura, vergüenza,
entusiasmo, piedad y arrepentimiento, que en aquellos corazones había
despertado la cándida vocecita del niño... A una señal del rector,
lanzáronse todos los que en el estrado estaban en brazos de sus padres,
estallando entonces una verdadera tempestad de besos, gritos, abrazos,
bendiciones, llantos de alegría y gemidos de gozo. Sólo el niño que
había declamado los versos quedó solitario en su asiento, sin padre ni
madre que le recibieran en sus brazos; la pobre criatura dirigió una
larga mirada al dichoso grupo, y con sus premios en la mano, salió
lentamente por una ancha galería en que comenzaban a amontonar ya los
criados los equipajes de los niños que se marchaban. Había en un extremo
un gran mundo con las iniciales F. L. en la tapa, y sobre él se sentó el
niño como esperando algo, con los premios al lado, la cabeza baja y la
gorrita en la mano, triste, silencioso, inmóvil. La alegre algazara del
salón llegaba a sus oídos, y poco a poco fuese levantado su pechito,
hinchóse su garganta y rompió a llorar amargamente, en silencio, sin
sollozos, sin suspiros, como lloran los que tienen en el corazón el
manantial de sus lágrimas. Los criados comenzaban ya a cargar los
equipajes, y los grupos de padres y niños se dirigían a la puerta con
alegre barullo, sin que nadie reparase en el niño solitario, a veces, un
compañero le daba al pasar una palmada cariñosa, o un profesor que
corría apresurado le enviaba una sonrisa, y el niño sonreía también
sorbiéndose las lágrimas.

Una señora gorda, de aspecto bondadoso, hallóse en aquellas apreturas al
lado del niño, llevando de la mano a un chiquillo gordinflón que sólo
había obtenido un premio de gimnasia. Notó este las lágrimas de su
compañero, y tirando de las faldas a la señora, le dijo al oído:

--Mamá... mamá... Luján está llorando.

--¿Por qué lloras, hijo?--le preguntó la señora compadecida--. ¡Si has
declamado muy bien! ¿No has sacado premio?

Púsose el niño muy encarnado y, levantando la cabeza con infantil
orgullo, contestó mostrando los que junto a sí tenía:

--Cinco... y dos _excelencias_...

--Digo... ¿Cinco premios y todavía lloras?...

El niño no contestó; bajó la cabeza como avergonzado, y de nuevo
corrieron sus lágrimas.

--Pero, ¿qué tienes, hijo?--insistió la señora--. ¿Estás malo?... ¿Por
qué lloras?

Un inmenso desconsuelo, que desgarraba el alma en aquella carita de
ángel, se pintó en las facciones del niño; con los dientecillos
apretados y los ojos rebosando lágrimas y amarguras, contestó al cabo:

--Porque estoy solo. Mi mamá no ha venido. ¡Nadie ha visto mis
premios!...

La señora pareció comprender toda la profunda amargura que encerraba
aquel sencillo lamento. Saltáronsele las lágrimas, y mientras con una
mano acariciaba la rubia cabeza del niño, apretaba con la otra contra su
seno la de su hijo, como si temiese que pudiera faltarle alguna vez
aquel blando regazo.

--¡Ángel de Dios!--decía al mismo tiempo--. ¡Pobrecito mío!... Tú mamá
no habrá podido venir; estará fuera, sin duda... ¿Cómo se llama?...

--La condesa de Albornoz--respondió el niño.

Una violenta expresión de ira se pintó en el rostro de la señora al oír
este nombre; volvióse bruscamente hacia una joven que la acompañaba, y
exclamó con más impetuosidad que prudencia:

--Pero, ¿has visto?... ¡Si esto clama al cielo!... ¡Pícara madre!
¡Pícara madre!... Mientras este ángel llora, estará ella escandalizando
a Madrid como acostumbra.

--¡Calla mujer!--replicó la otra, mirando con inquietud al niño...

--Pero ¿quién ve con paciencia esto?... ¡Lástima de hijo para tal
madre!... Desde el fin del mundo hubiera venido yo por ver recibir al
mío su premio de gimnasia... ¡Anda con Dios, hijo! Eso indica que cuando
seas grande sabrás tirar de un carro... ¡Con tal que me seas bueno!...
¿No es verdad, Calixto, vida mía?...

Y estampaba en las mofletudas mejillas de su hijo esos estrepitosos y
apretados besos de las madres, que parecen mordiscos del alma.

El niño, enjugándose sus grandes ojos de un azul profundo, como el mar
visto de lejos, no se enteraba de nada. La señora volvió a decirle:

--Vamos, hijo mío, no llores... Anda, Calixto, no seas pazguato, dile
algo a ese niño... ¿No ves que llora?... ¿Cómo te llamas, hijo?

--Paquito Luján--respondió el niño.

--Pues no llores, Paquito, que tu mamá te estará esperando en casa...
Mira, Calixto, dale una de las cajas de dulces que te he traído..., o
mejor será que le des las dos; yo te compraré otras.

Y como viese que el niño rechazaba la linda cajita de la Mahonesa, que
no del todo satisfecho le alargaba Calixto, añadió:

--Tómalas, hijo... Esta para ti, y la otra para tus hermanos... ¿No
tienes hermanitos?...

--Tengo a Lilí.

--Pues llévale una a Lilí. Y llévale también esto... y la buena señora
estampó en las mejillas del niño, llenas de lágrimas, otros dos sonoros
besos, que en vano pretendían suplir en ellas el calor que les faltaba
de los besos de su madre. Un lacayo con larga librea verde aceituna,
coronas condales en los botones y sombrero de copa con gran cucarda
rizada en la mano, se acercó entonces al grupo:

--Cuando el señorito quiera, está esperando el coche--dijo
respetuosamente al niño.

El pobre señorito se levantó de un salto, y abrazando con un movimiento
lleno de gracia al gimnasta Calixto, se dirigió a la puerta, sin querer
entregar al lacayo el envoltorio de sus premios. En la verja del jardín
le detuvo el padre rector, que allí estaba despidiendo a los niños;
besóle Paquito la mano, y abrazándole él cariñosamente, le habló breve
rato al oído.

Púsose el niño muy encarnado, corrieron de nuevo sus lágrimas y con
verdadera efusión llevó por segunda vez a sus labios la mano del
religioso.

Poco a poco fueron desfilando los carruajes, y cesaron al fin los gritos
de despedida.

--¡Adiós!... ¡Adiós!...--repetía el anciano.

Todavía aparecían algunas manitas saludando a lo lejos por las
ventanillas de los coches:

--¡Adiós!... ¡Adiós!...

Ocultáronse al fin todos en el último recodo del camino, y sólo quedó la
llanura árida, la polvorienta carretera, el pueblo de barracas, el
colegio solitario, silencioso como una jaula de jilgueros vacía, y a lo
lejos, acechando entre la bruma, Madrid, la gran charca.

El pobre viejo dejó caer entonces los brazos abatidos, bajó tristemente
la cabeza, y entróse en la capilla murmurando:

¡Oh Virgen del Recuerdo dolorida!
¿Se acordarán de ti?




--II--


Era aquella misma tarde poca la animación y escasa la concurrencia en el
_fumoir_ de la duquesa de Bara. Casi tendida ésta en una
_chaise-longue_, quejábase de jaqueca, fumando un rico cigarro puro,
cuya reluciente anilla acusaba su auténtico abolengo: tenía sobre las
faldas, sin anudarlo, un delantillo de finísimo cuero y elegante corte,
para preservar de los riesgos de un incendio los encajes de su _matinée_
de seda cruda, y sacudía de cuando en cuando la ceniza en un lindo barro
cocido, que representaba un grupo de amorcillos naciendo de cascarones
de huevo en el fondo de un nido.

Pilar Balsano fumaba, haciendo figuras, otro cigarro no tan fuerte, pero
sí tan largo como el de la duquesa, y Carmen Tagle se desquijaraba
chupando un _entreacto_ que se mostraba algún tanto rebelde.

--Está visto que no tira--dijo de pronto.

Y para cobrar nuevas fuerzas se bebió poquito a poco, y con aire muy
distinguido, una tercera copita del whisky, bastante fuerte, que
juntamente con el té, los brioches y _sandwiches_, habían servido en
rico frasco de cristal de Bohemia.

La señora de López Moreno, gorda y majestuosa como las talegas de su
marido, contraía sus gruesos labios para chupar un cigarrito de papel, y
reíase maternalmente al ver a su hija Lucy, recién salida del colegio,
dar pequeñas chupadas en el cigarro mismo de Angelito Castropardo.
Chupaba la niña y tosía haciendo monadas; chupaba Angelito para darle
magistral ejemplo, y tomaba a chupar y a toser la colegialita,
encontrando el juego muy divertido. Parecía complacerla mucho tener por
maestro un grande de España, y procuraba estudiar el chic de aquellas
ilustres damas, que como modelos de distinción le proponía su madre.
Todavía, sin embargo, encontraban en ellas sus ojos de colegiala cosas
harto extrañas.

Disgustaban a la duquesa las risotadas de la banquera; pero pasaban de
dos millones las hipotecas que el cónyuge de esta tenía sobre los bienes
de aquella, y ante la perspectiva de una prórroga necesaria, era preciso
preparar el terreno con paciencia y amabilidades.

Leopoldina Pastor, varonil solterona que pasaba ya de los cuarenta,
guapa y muy erudita, despachaba una buena ración de brioche _milanaise_,
disputando con don Casimiro Pantojas, antiguo director de Instrucción
Pública, académico de la Lengua y celebérrimo literato. Habíase
inaugurado aquella semana el tranvía del barrio de Salamanca, y
lamentábase el académico de que el vulgo de Madrid se empeñase en hacer
masculino el nuevo vehículo, contra el dictamen de algún colega suyo,
que por femenino lo tenía.

La señorita de Pastor, ardiente defensora de los fueros gramaticales,
prometióle hacer por todas partes propaganda de _la tranvía_; pero
escapósele al bueno de don Casimiro que era el académico en cuestión don
Salustiano Olózaga, y Leopoldina varió al punto de dictamen, exclamando
muy enfadada:

--¡Imposible que sea femenino!... Olózaga es un indecente amadeísta que
ha impuesto a Thiers el Toisón de oro; y eso no se lo perdona ninguna
alfonsina... ¡Pues no faltaba más!... ¡El tranvía se dice, y el tranvía
se dirá!...

Y todos convinieron en poner pantalones al tranvía, incluso Fernando
Gallarta y Gorito Sardona, gomosos del Veloz; y el grave marqués de
Butrón, ministro plenipotenciario antes de la gloriosa, y gastrónomo
distinguido únicamente después de ella. Era el marqués en extremo
peludo, y la reina Isabel solía llamarle Robinsón Crusoe, porque, según
aseguraba, sólo con la cara de su ministro plenipotenciario podía
figurarse al famoso náufrago vestido de pieles en su isla desierta. Y en
honor de la verdad, aquellos destinos del orbe entero, que encerraba
Napoleón en el pliegue vertical de su frente, podían quedar entre las
cejas del marqués perfectamente arropados, como entre dos pellejos de
conejo.

Frunció, pues, Butrón el formidable pliegue, y mirando la ceniza de su
cigarro, dijo solemnemente:

--¡Olózaga!... El y sólo él sirve de puntal a esta situación que se
desmorona... Sin su habilidad y sus esfuerzos, tendríamos ya la
Restauración planteada hace medio año.

Indignáronse mucho las damas, y Carmen Tagle exclamó lastimeramente:

--¡Y tanta apoplejía vacante!... ¡Tanta pulmonía desperdiciada!...

El marqués, que estaba realmente al tanto de los manejos de la política
reaccionaria, siguió perorando, y Carmen Tagle dejó de prestar atención
para ponerla a lo que pasaba a sus espaldas, detrás de un caballete de
terciopelo rojo, medio cubierto airosamente con una pieza de seda del
siglo XVI, sobre la cual se destacaba una linda acuarela de Worms.
Asomaban por entre las rojas patas del caballete las faldas de una dama
y las piernas de un caballero, y eran estos incógnitos María Valdivieso
y Paco Vélez, que sostenían allí hacía media hora una pelotera de dos
mil demonios. La colegialita Lucy alargaba también la oreja a ver si
pescaba algo, y pescó, en efecto, por dos o tres veces, el nombre de
Isabel Mazacán y el de cierto actual ministro, muy joven y muy guapo,
llamado García Gómez. A poco hizo otra pesca más gorda: habíasele
escapado a la dama un iracundo ¡Canalla! y al caballero una grosera
palabrota que hizo a Lucy pegar un respingo, poniéndose muy colorada, y
a Carmen Tagle exclamar entre dientes, con su proverbial frescura:

--_Ô mon Dieu; quel gros mot_!...

Y levantando la voz un poco, dijo volviendo el rostro hacia el
caballete:

--Pero, María, ¿no vienes?... Mira que se está enfriando el té...

Apareció entonces la Valdivieso por el laberinto de monerías y riquezas
artísticas que llenaba la pieza, y vino a sentarse junto a Carmen Tagle,
muy sofocada y echando por los ojos relámpagos de ira. Paco Vélez salió
por el otro lado del escondite con las manos en los bolsillos, coloradas
las orejas y mordiéndose los labios, y se detuvo a examinar, con aire de
inteligente, una bellísima lámpara de cobre repujado que sobre una
columna salomónica hacía pendant con el caballete. Lucy, que no conocía
a la Valdivieso, preguntó muy bajito a su maestro Castropardo, si aquel
otro señor era su marido.

¡Su marido!... ¡Jesús, y qué risa tan grande y tan guasona le entró
entonces a Angelito Castropardo!... Pero ¿de dónde diablos había sacado
aquella criatura la peregrina idea de que fuese aquel un matrimonio?...

--¡Como reñían de ese modo!...--dijo, muy apurada, Lucy.

Castropardo sufrió otro acceso de hilaridad, y pudiendo apenas decir
entre su risa «¡Pues tiene sombra la pregunta!», fue a contar al oído de
la duquesa la ocurrencia de la colegiala.

Pasóseles por alto a todos los demás este pequeño incidente, distraídos
con la negra pintura de la situación actual, que deliberadísimamente les
hacía el peludo diplomático; sabía muy bien que eran el brazo derecho de
los políticos de la Restauración las señoras de la grandeza, y tenía él
a su cargo enardecer y dirigir el celo de tan ilustres conspiradores.
Ellas, con sus alardes de españolismo y sus algaradas aristocráticas,
habían conseguido hacer el vacío en torno de don Amadeo de Saboya y la
reina María Victoria, acorralándolos en el palacio de la plaza de
Oriente, en medio de una corte de _cabos furrieles y tenderos
acomodados_, según la opinión de la duquesa de Bara; de _indecentillos_,
añadía Leopoldina Pastor, que no llegaba siquiera a indecentes. Las
damas acudían a la Fuente Castellana, tendidas en sus carretelas, con
clásicas mantillas de blonda y peinetas de teja, y la flor de lis,
emblema de la Restauración, brillaba en todos los tocados que se lucían
en teatros y saraos. Allí mismo y en aquel momento, la señora de López
Moreno llevaba una colosal, empedrada de brillantes; y con mejor gusto
para aquella hora y aquel traje, llevábanla también las otras damas, de
oro mate con esmaltes. Leopoldina Pastor lucía una de trapo del tamaño
de una zanahoria, colocada en lo más alto de su sombrero.

Pavoroso era el cuadro que el marqués dibujaba... Aislado el pobre rey,
miraba sin cesar hacia la frontera, esperando la contestación a su
discurso del 3 de abril que aún no había obtenido respuesta el 21 de
junio. Sucedíanse las crisis ministeriales, frecuentes, periódicas, como
calenturas de terciana, hasta engendrar un ministerio llamado de Santa
Rita, por ser esta Santa abogada de imposibles. Sublevábanse en las
provincias tropas y paisanos; los tenderos se amotinaban en Madrid y
daban una pedrada al alcalde; y cinco días antes, el 18 de junio, un
populacho soez recorría las calles apedreando los cristales, y rompiendo
los faroles de la iluminación con que celebraban muchos el aniversario
del pontificado de Pío IX, mientras un gentío inmenso, de todos los
colores y matices, aplaudía en los jardines del Retiro _El Príncipe
Lila_, grotesca sátira en que designaban al monarca reinante con el
nombre de _Macarroni I_. Varios gomosos del Veloz-Club, de los cuales
era uno Paco Vélez, habían pagado a tres saboyanitos para que,
escondidos en un palco proscenio del teatro a que asistía don Amadeo,
interrumpiesen de repente la función, cantando al son de sus violines y
arpas el conocido estribillo:

Cicirinella tenía un gallo
E tutta la notte montava a caballo,
Montava la notte bella
¡Viva il gallo de Cicirinella!

Divertía esto mucho a las damas, porque claro está que ello había de
allanar el camino de la Restauración porque ansiosas trabajaban; pero lo
temible, lo negro--y el marqués acentuaba los pavorosos tintes de su
rostro, enarcando las pieles de sus cejas--, era que los carlistas
comenzaban a removerse en el norte, y los republicanos en todas partes,
y hacíase difícil defender de tanta boca abierta la única y apetecida
tajada.

--La Restauración es cosa hecha--concluyó _Robinsón_ con acento
profético--; pero sólo llegaremos a ella atravesando un charco de
sangre... ¡Preveo para España un _noventa y tres_ con todos sus
horrores!...

Sobrecogiéronse las damas, y en voz queda, contenida, cual si viesen
asomar, como María Antonieta por las ventanas del Temple, la cabeza de
la Lamballe, clavada en una pica, comenzaron a hablar de la
guillotina... Morir las aterraba. ¿Qué sabían ellas lo que era morir?
Tan sólo lo comprendían en el Teatro Real, dejándose caer poco a poco en
la poltrona de Violeta Valery, cantando al compás de la orquesta y en
los brazos de Alfredo: _¡Addio d'il passato_!

La duquesa dijo con voz desfallecida que ella había visto en Londres, en
la galería de madame Toussaud, la guillotina misma en que murió Luis
XVI. La señora de López Moreno se llevó la mano a su gordo pescuezo,
como si ya sintiese allí el filo de la fatal cuchilla. Leopoldina Pastor
no se asustaba: de morir ella, moriría como Carlota Corday, despachando
antes media docena de indecentes, como Marat. Carmen Tagle dio un
suspiro, sacó un poquito la lengua y preguntó si aquello dolería mucho.

--Tan sólo se siente un ligero frescor--contestó a lo lejos una voz
cavernosa.

Volviéronse todos asustados, creyendo encontrar la sombra de
Robespierre, que venía a comunicarles el dictamen de su experiencia.

Tan sólo vieron a don Casimiro Panojas, sonriente, apretándose con una
mano el gaznate, rompiendo con la otra el rabo de un conejito de
porcelana de Sajonia que, entre mil costosas baratijas, adornaba una
mesa. Distraído siempre el buen señor, trituraba de continuo lo que
cogía al alcance de sus dedos de espárrago, y a estos destrozos sin
cuento de muebles y cachivaches debía el apodo de _el Ciclón Literario_.

Riéronse todos; y la salida del académico, que no era otra sino el
informe de Guillotín a la Asamblea francesa sobre su terrible invento,
vino a aclarar algo la sombría atmósfera. Una racha viviente, un huracán
femenino que apareció en la puerta, acabó de despejarla del todo; entró
Isabel Mazacán, con su paso de Diana cazadora, alta la cabeza, altiva la
mirada; demasiado señoril para _cocotte_ demasiado desvergonzada para
gran dama.

Besó a la duquesa, quitóse un guante, bebió dos sorbos de té...

--Butrón, un cigarro--dijo, y con el aplomo de un veterano, de repente,
sin preámbulos, hizo estallar esta bomba:

--Está nombrada la camarera mayor de Palacio.

La sorpresa hizo saltar de sus asientos a damas y caballeros, y
desapareció como por ensalmo la jaqueca de la duquesa.

--¿Quién es?...

--Pero ¿quién podía ser?...

Porque ¿quién podía ser, en efecto, si la gran habilidad de las señoras
alfonsinas había estado en desairar a la reina María Victoria, dejando
vacante el cargo de camarera mayor, que exige como requisito
indispensable la grandeza de España, y es de suyo tan alto y delicado
que no recibe, sino presta autoridad a la persona misma de la reina?...

--¡Bah!--exclamó al cabo la duquesa--, alguna coronela de Alcolea...

--Alguna burguesa distinguida--dijo Carmen Tagle.

--Miss Zaeo, artista ecuestre--opinó Gorito Sardona.

Y Paco Vélez, en crudo, sin repulgos, sin que ninguna dama se espantase,
ni ningún caballero le cruzara el rostro de una bofetada, añadió:

--Paca la alta... _artiste anonyme_...

Angelito Castropardo, en pie detrás de la gorda López Moreno, la
designaba con gesto picaresco, guiñando un ojo como si preguntase si era
ella; mas la Mazacán, con mucha pausa y sin que la voluminosa banquera
pudiese comprender por la expresión de su rostro qué decía, ni a quién
hablaba, le contestó, subrayando las palabras:

--No es _gorda_ de España... Es _grande_ de España.

Recrudecióse la sorpresa con asomos de indignación, y hasta el mesurado
diplomático contrajo sus pellejos de conejo, exclamando:

--¡Imposible!... ¡Imposible!...

--Será alguna grande de provincia... Alguna indecente que nosotros no
conocemos--dijo Leopoldina Pastor.

--No, señor; es grande de la corte, y de la cepa... y me extraña no
encontrarla aquí...

--¿Aquí?--gritó la duquesa irguiéndose amenazadora.

Y revolvió los ojos en todas direcciones, como buscando debajo de alguna
mesa o en lo alto de algún _étagére_ a la nueva camarera.

--Pero ¿quién es?... ¿Quién es?--gritaron todos.

Isabel Mazacán dejaba escapar una sonrisita maliciosa, como quien
saborea un triunfo anticipado; presentó una copa a Paco Vélez para que
se la llenase de whisky, vacióla de un trago, y acabó al fin de soltar
la bomba.

--Curra Albornoz--dijo.

Lo enorme de la afirmación destruyó su efecto. Un «¡bah!» general de
incredulidad brotó de todos los labios, y la duquesa se hundió de nuevo
en las profundidades de su _chaise-longue_, exclamando:

--¡Eso es una _canard_!

--¡Sí, señor!... ¡Un camelo!--añadió Gorito muy indignado.

Tocóle la vez de enfurecerse a Isabel Mazacán, y mientras el viejo
Butrón disimulaba un repentino sobresalto, como si juzgase aquel
nombramiento cosa de grave peligro, dijo ella muy contrariada por el
fiasco de su noticia:

--Pues, señor, ¡me pasmo de su pasmo de ustedes!... ¿A qué viene ese
espanto?... ¿Acaso Curra ha tenido alguna vez vergüenza?

--¡Eso es otra cosa!--replicó con fresquísima naturalidad la duquesa--.
Pero la enormidad que tú le atribuyes sería peor que una culpa; sería
una pifia...¡Camarera mayor de _la Cisterna_!... ¡Qué ridiculez!...

--Mira que lo sé de buena tinta...

--Vamos, mujer, dilo sin miedo, que ninguna de nosotras se ha de poner
colorada--exclamó María Valdivieso con la intención de un toro de ocho
años--. ¿Te lo ha dicho García Gómez?...

La Mazacán titubeó un momento, y sin ruborizarse tampoco por las
comentadas intimidades que con el lindo ministro tenía, dijo al cabo:

--García Gómez me lo ha dicho.

--¡Pues aunque lo diga San García Gómez no lo creo!--replicó
impertérrita la duquesa--. Necesitaría yo verla en el coche de _la
Cisterna_ para comprender.

--Ya lo irás comprendiendo, mujer, no te apures--la interrumpió Isabel
Mazacán con mucha sorna--. ¿Te acuerdas de que Currita estaba en París
cuando la abdicación de la reina? ¿Te acuerdas de que nadie se acordó de
invitarla a la ceremonia?... Bien se guardó ella de decirlo; pero su
marido, ese Villamelón, que tiene más de _melón_ que de _villa_, lo dejó
escapar una noche en casa de Camponegro... ¡Pues ahí tienes la madre
del cordero!... Ella no ha perdonado el desaire, y quiere ahora sacarse
la espina; porque, ¡pásmate, Beatriz, pásmate!... Ni aun siquiera le han
ofrecido el cargo; ¡ella, ella es quien lo ha solicitado!...

Horrorizáronse todos, y la Mazacán continuó:

--Verdad es que se hace pagar carillo, porque ha sacado seis mil duros
de sueldo, y...

--¿Seis mil duros de sueldo?... ¡Qué barbaridad!... Pero si ningún
sueldo de Palacio pasó nunca de tres mil duros...

--Pues para Curra pasa de seis mil, porque, además de ellos, se ha
sacado también...

Aquí intercaló la amiga de García Gómez una risita de todos los diablos,
y añadió muy despacito:

--...la Secretaría particular de don Amadeo, para ese Juanito Velarde,
que es ahora su consejero íntimo.

--¿Velarde?--exclamó Pilar Balsano muy sorprendida--. ¡Yo nada sabía!...

--¿Ahora te desayunas de eso?... ¡Vamos, Pilar, que estás siempre en
Belén con los pastores!...

--Lo veía mucho con Villamelón, pero nada sospechaba...

--¿Y querías mayor indicio?... En ese matrimonio modelo son comunes
hasta las afecciones; el consejero más íntimo de Currita es el amigo que
Villamelón pasea... En eso conozco yo quién está de turno.

Riéronse todos, como siempre que la Mazacán empuñaba la tijera, y la
señora de López Moreno dijo muy satisfecha:

--¡Qué Isabel esta!... ¡Con qué gracia crucifica a todo el mundo!...

No sentó bien a la Mazacán aquel familiar _Isabel_, y como no tenía
sobre sus tierras hipoteca ninguna de la banquera, la contestó
recalcando mucho el nombre de pila de esta:

--Por eso tengo la seguridad de que a nadie calumnio, mi señora doña
Ramona...

La duquesa, que aún no se daba por convencida, quiso replicar algo; pero
el marqués, desasosegado y nervioso, impuso silencio, extendiendo una
mano que parecía tener, como las de Jacob, mitones de cabrito...

--¡Basta, basta, señores!--dijo--. ¡Están ustedes jugando con fuego!...

Y lanzando en torno una mirada escrutadora, que brillaba entre sus cejas
como el sol entre nubarrones, añadió:

--Todos tenemos aquí los mismos intereses, y se puede hablar claro... De
ser cierto lo que Isabel dice, el tal nombramiento traerá cola... Lo de
la abdicación es exacto, pero fue un olvido; yo estaba allí también, y
me lo contó Pepe Cerneta, y la misma señora me lo repitió, lamentándose
de ello... Por eso, cuando noté que Currita se había resentido, escribí
yo mismo a la reina, aconsejándola que la desagraviara...

--¡Pues muy mal hecho!... ¡Lástima de tiempo perdido!--le interrumpió
Isabel Mazacán con un mohín graciosísimo.

--¡No, Isabel, no!... Que cuando un partido está en desgracia, su
política ha de ser siempre la de barrer para adentro... Por eso la
señora me contestó hace poco que la invitaría para la primera comunión
de nuestro príncipe en Roma... ¡Figúrense ustedes el compromiso que será
para mí si la señora da ese paso en falso!... ¡Jesús, Jesús, qué
disparate!... Pero, Isabel, cabeza de pájaro, ¿por qué no me dijiste eso
a mí solo?...

--¡Pues me gusta la salida!... ¿Para que se lo guardara usted muy
tapadito?...

--¡Pues claro está!, ¡para eso mismo!... Es menester que todo eso quede
entre nosotros, y hable yo cuanto antes con Currita...

--Aquí la tendrá usted de un momento a otro.

--¿Aquí?...

--Aquí mismo... Quedé citada con ella para ir a la visita de los niños
de la Inclusa; ella es de la Junta de Damas.

--¡Oh, sí!--exclamó Carmen Tagle en tono muy devoto--. Currita tiene a
esos pobrecitos niños un afecto tiernísimo...

--Maternal--dijo Gorito en el mismo tono.

--Verdaderamente maternal--repitieron varios muy compungidos; y todos se
echaron a reír, incluso la colegialita, con sencillez candorosísima,
mientras Butrón, muy apurado, repetía con el ademán de Neptuno
pacificando los mares:

--¡Juicio, señores; juicio, por Dios!... Que nadie diga una palabra, ni
se den por entendidos con ella, hasta que yo le hable.

--¡Ay, no, no; lo que es eso no!--exclamó la Mazacán muy desolada--. Por
nada del mundo renuncio yo al gustito de hacerla rabiar un rato...

--¡Pero si eso no puede ser cierto!... ¡Si todo podrá arreglarse!

--Pues mientras usted lo arregla, nosotras nos divertiremos...

Butrón quiso invocar los fueros de su autoridad, pero ya era tarde... A
través de la puerta del _fumoir_ vieron todos adelantarse, por el salón
vecino, a una dama muy pequeñita, flaca, que caminaba con menudos pasos
sobre sus altos tacones, dando golpecitos en el suelo con el regatón del
largo palo de su sombrilla de encajes. Tenía el pelo rojo, el rostro
lleno de pecas, y sus pupilas grises eran tan claras que parecían
borrarse a cierta distancia, haciendo el extraño efecto de los muertos
ojos de una estatua.

Al verla, Leopoldina Pastor corrió al soberbio piano de Erard, que
estaba en un ángulo, arrancó de un solo tirón la rica y antigua colcha
brocada que lo cubría, y se puso a tocar furiosamente el flamante himno
de doña María Victoria, una de las intemperancias filarmónicas en que
tan fecundo fue siempre el partido progresista. Gorito Sardona saltó
frente a la puerta, sobre un puff de badana japonesa, y cogiendo a guisa
de sombrero una de las bandejas del té, de cincelada plata antigua, se
descubrió ante la dama lentamente, tieso, sin mover la cabeza,
extendiendo el brazo hasta formar con el cuerpo ángulo recto, como solía
saludar por todas partes el rey don Amadeo.

Currita se detuvo un momento en el dintel, sin perder su aire de niña
tímida, de ingenua colegiala; oyó el himno, vio a Gorito, abarcó la
situación con una sola y rápida ojeada... y dobló de repente el cuerpo
con distinción exquisita, para contestar al saludo amadeísta con otro
saludo de corte, profundo, pausado, a la derecha, a la izquierda,
poniendo en elegantísima caricatura la ceremoniosa reverencia usual de
la reina doña María Victoria.




--III--


El 21 de junio de 1832, Fernando VII, arrastrando los pies más por la
gota que por los años, y María Cristina, en todo el apogeo de su lozanía
y su belleza, sacaban de pila en la colegiata e iglesia parroquial de la
Santísima Trinidad, del Real Sitio de San Ildefonso, a un niño que se
llamó Fernando, Cristián, Robustiano, Carlos, Luis Gonzaga, Alfonso de
la Santísima Trinidad, Anacleto, Vicente.

Era hijo primogénito de los marqueses de Villamelón, grandes de España,
gentilhombre él de su majestad el rey, y dama de honor ella de su
majestad la reina. Fue la última criatura que apadrinó Fernando en este
valle de lágrimas; quince meses después bajó al sepulcro en el Real
Palacio de Madrid, cumpliéndose a la letra el símil de la botella de
cerveza con que el socarrón monarca comparaba a su pueblo. Él era el
corcho que saltaba, la revolución el espumoso líquido que se difundía
por todas partes.

Aquella misma tarde quiso Fernando examinar de cerca a su ahijado, y en
su propia cámara, hundido él en su poltrona, puso al recién nacido sobre
sus rodillas, abrióle la boquita con un dedo, y metióle su nariz de pura
raza borbónica, como si quisiera examinarle la embocadura del esófago.
El caso era portentoso, y asustado Fernando al cerciorarse de ello,
retiró la nariz prontamente... El tierno Villamelón había venido al
mundo con toda la dentadura completa.

Enrique IV nació con dos dientes, Mirabeau con dos muelas, y quien de
tal modo superaba al gran rey, y se sobreponía al famoso tribuno,
preciso era que diese también de sí grandes cosas. Villamelón padre
lloraba de gozo, y el conde de Alcudia, que allí se hallaba presente, le
aconsejó que emplease para la lactancia de su hijo las veintisiete vacas
y cuarenta cabras que servían de amas de cría al hipopótamo parvulito,
regalo de Abbás-Pachá, que se criaba en París, en el jardín de las
plantas. Mas Fernando VII opinó que le diesen de mamar chuletas, y lo
destetaran luego con aguardiente, y aquella misma noche envió a su
ahijado, como regalo de padrino, un gran trinchante de oro macizo, que
tenía esculpidas en el cabo las armas de España.

La reina deseó también cerciorarse del prodigio, metiendo la punta de su
rosado dedo en la boca de Villameloncito, y don Tadeo Calomarde, que
llegó en aquel momento, quiso hacer la misma experiencia,
introduciéndole el suyo manchado de tinta. Mas el niño apretó entonces
fuertemente sus precoces herramientas, haciendo lanzar al ministro un
ligero chillido.

--Se conoce que no es tonto--dijo Fernando VII.

Rieron todos la agudeza del monarca, y la frase salió de la cámara
regia, cruzó por los salones, pasó por las antesalas, y al bajar las
escaleras comentábanla ya todos, muy admirados del talento de la
criatura, asegurando que a los tres días de nacida había recitado a su
augusto padrino el Padrenuestro, el Avemaría, parte de la letanía
lauretana y una fabulita de don Tomás Iriarte; aquella que empieza:

Por entre unas matas
Seguido de perros,
No diré corría,
Volaba un conejo...

El caso era prodigioso, y de entonces dató la fama de hombre de talento
que había de gozar el marqués futuro de Villamelón, hasta que los
repetidos esfuerzos de sus majaderías dieron con ella al traste.

A los veinte años cumplidos, y puesto ya, por muerte de su padre, en
posesión de su título, entró en la Academia de Artillería, y el año de
59 marchó a la guerra de África, a bordo de la escuadra que mandaba el
general don Segundo Herrera. Ansioso de pisar suelo africano y teñir su
espada virgen en sangre agarena, saltó Villamelón a tierra, en el sitio
que llaman de Cabo Negro, con ánimos bastantes para atravesar todo
Marruecos y llegar a Túnez, donde un su abuelo había ganado la Grandeza
entrando en la Alcazaba con don Juan de Austria... Mas de repente
brotaron de entre las cerradas malezas que cubrían la rojiza playa como
el áspero vello de una fiera bestia, varios rifeños dispersos, que
recibieron a los exploradores con el fuego de sus espingardas...
Villamelón no titubeó un momento: olvidóse de Marruecos, renunció a
Túnez y renegó de aquel su abuelo que ganó la Grandeza en la Alcazaba,
para ganar él la chalupa a toda prisa y refugiarse en el último rincón
de su camarote de la _Blanca_, sin que volviese a subir sobre cubierta,
hasta regresar de nuevo a la Península con patente de enfermo. Los
rifeños le habían parecido muy feos en aquella corta entrevista, y tan
mal educados, que imposible se hacía a toda persona decente tener trato
alguno con ellos.

Pidió entonces su retiro, y entró en Madrid triunfante, como Napoleón en
París de vuelta de la campaña de Egipto, precedido de la fama de sus
hazañas en el combate _terro-naval_ de Cabo Negro. El combate
_terro-naval_ corrió por toda la corte, ponderado por el héroe mismo, y
un día que daba la guardia en Palacio, como grande de España, y
mencionaba por centésima vez, durante la comida, el combate
_terro-naval_ de Cabo Negro, le dijo de pronto la reina:

--Mira, Villamelón; varía alguna vez, y que no sea siempre
_terro-naval_... Siquiera por hoy, que sea _navo-terrestre_.

Y bautizado por los regios labios _navo-terrestre_, quedó Villamelón
para todos los días de su vida.

Era por aquel tiempo el marqués, sin ser derrochador, bastante
libertino; pero no con aquel aristocrático libertinaje de los Lauzun y
los Frousac, señoriles hasta en sus vicios, caballerescos hasta en la
infamia, que sacudían de sí todo lo vulgar y grosero, con la misma
elegante pulcritud con que sacudían el polvillo del perfumado tabaco de
sus chorreras de encaje. Su libertinaje era, por el contrario, aquel
otro libertinaje tan común en España entre los jóvenes de alta alcurnia:
mezcla extraña, tipo híbrido del manolo y del _sportmen_, del gitano y
del muscadin, que se diría nacido del antitético matrimonio de un torero
andaluz con una _soubrette_ parisiense. Harto al cabo de chulas y de
lorettes, de toros y de handicaps, de manzanilla y champagne, de callos
y de _foie-gras_, resolvió a los treinta años _dar fin_; esto es,
casarse... Mas para que Villamelón _diese fin_, preciso era que alguna
hija de Eva _diese principio_, puesto que por una de esas anomalías que
tienen su razón de ser en el torcido criterio de ciertas clases
sociales, se ha convenido en que el hombre piensa dar fin en aquel mismo
matrimonio en que juzga la mujer dar principio.

El trabajo de la elección, _l'embarras du choix_, como él mismo decía,
no fue para Villamelón grande, porque en ningún orden de ideas era
descontentadizo. Creía en Dios como en una persona excelente con quien
se cumple de sobra, dejándole de cuando en cuando una tarjeta en el
cancel de una iglesia; el hombre era para él un tubo digestivo muy bien
dispuesto; la vida, una peregrinación, que, con la bolsa bien repleta y
el estómago bien lleno, podía hacerse cómodamente; y el matrimonio, la
fusión de dos rentas y la prolongación de una estirpe que había de
llevar su ilustre nombre, ni más ni menos que llevan el suyo los toros
de Veraguas o las yeguas de Mecklemburgo.

Viose, pues, a Villamelón, el héroe del combate _navo-terrestre_ de Cabo
Negro, que tanto se había asustado con la desnudez relativa de los
rifeños, pedir sin repugnancia y obtener sin espanto la mano de una
ilustre salvaje completamente desnuda de alma; porque así como en
bosques y desiertos se encuentran salvajes que ofenden la decencia con
la desnudez de sus cuerpos, así también se encuentran en plazas y
salones otros salvajes vestidos por fuera, que insultan el pudor con la
desnudez interna de sus almas. Para ellos son del todo inútiles cuantas
prendas más o menos postizas usa la humanidad para encubrir sus vicios,
y lo mismo el santo rubor que la falsa hipocresía, el noble decoro que
la falaz preocupación, les provocan la carcajada de extrañeza que causó
a Cetewayo, destronado rey de los zulús, la camisa que le ofrecían sus
vencedores ingleses.

Esta ilustre salvaje civilizada era la excelentísima señora doña
Francisca de Borja Solís y Gorbea, condesa de Albornoz, marquesa de
Catañalzor, dos veces grande de España por derecho propio, y marquesa de
Villamelón y de Paracuéllar, con otra Grandeza, por el héroe de la
batalla _navo-terrestre_ de Cabo Negro, su ilustre marido.

Pero por una de esas excepciones que apartan en algo al individuo de las
reglas generales del tipo para constituir en el un carácter propio,
tenía la condesa un pudor especial, un extraño pudor que pudiera muy
bien llamarse el pudor de su marido. Porque lejos de ser este
matrimonio, como tantos otros de su clase, la pareja de perros que se
esfuerzan por andar tan apartados como permite la traílla harto elástica
que los une, veíaseles, por el contrario, siempre juntos en todas
partes, abrumando él a ella con cariñosas atenciones, correspondiente
ella a él con monadas de niña tímida, de candorosa colegiala cuyo
encantador enfantillage, sobrepuesto a su desvergonzado cinismo, traía a
la imaginación el extraño fantasma de un caribe bebiendo en delicadísima
copita de cristal de Bohemia, poquito a poco y sorbo a sorbito,
espumante sangre caliente; de un antropófago que con tenedor y cuchillo
de brillantísima plata se comiese con la mayor pulcritud posible un
beefsteak de carne humana.

Villamelón, sin embargo, había realizado su ensueño; porque su esposa
prolongó su estirpe añadiéndole una niña y un niño, y la renta de él,
que, según su frase, daba para comer, se unió a la de ella, que daba a
su vez para cenar; para comer y cenar, se entiende, con todas las
opíparas reglas del arte, porque Villamelón honró siempre su precocidad
dentífrica y el trinchante de oro macizo, regalo de su augusto padrino,
siendo glotón a la vez que gastrónomo, _gourmand_ a la vez que
_gourmet_; un tonel sin fondo en cuanto a la cantidad de lo que bebía y
engullía, y un inteligente Brillat-Savarin en cuanto a la calidad y modo
de lo que engullía, sordo siempre a los clamores de la indigestión, que
de cuando en cuando se encargaba de predicar moral a su estómago.

La esposa, por su parte, era también feliz; zambullida en su
desvergüenza, como los héroes griegos en la Estigia, habíase hecho como
ellos invulnerable, y con su audacia infinita y su cínica travesura
femenina, lograba el único fin de su vida, natural anhelo de su vanidad
inmensa: sobreponerse a todo el mundo, ser siempre la primera y lograr
que todas las lenguas le rindiesen vasallaje, ocupándose constantemente,
para bien o para mal, que eso poco importaba, de su persona y de sus
cosas. De ella hubiera podido decirse lo que de cierto personaje dijo un
escritor elegantísimo: «Si asiste a una boda, quisiera ser la novia; si
a un bautizo, el recién nacido, si a un entierro, el muerto».

Y aunque nadie hubiera podido explicar la razón de ser de esta
supremacía de que gozaba Currita en la corte, sin embargo, con esa
vergonzosa condescendencia para el escandaloso que es a nuestro juicio
el pecado capital de la alta sociedad madrileña y el origen y fuente de
sus deformidades, todo el mundo, desde el caballero cumplido hasta el
tahúr elegante, desde la dama honrada hasta la hembra sin decoro, se
sujetaban a ella de modo más o menos directo, sin dejar por eso de
proclamar que en belleza la aventajaban todas, en alcurnia la igualaban
muchas, en riquezas la superaban bastantes, y sólo en audacia y
desvergüenza caminaba siempre la primera... ¿Sería, pues, esta la razón
de ser de aquella supremacía? ¿Sería que a fuerza de ver refinado el
vicio y respirar la atmósfera de escándalo llegan ciertas sociedades a
la aberración de aquellos pueblos bárbaros que prestan su homenaje más
profundo y su culto más entusiasta al ídolo más monstruoso?...

Limitémonos a indicar el hecho sin tratar de analizarlo, y veamos lo que
hizo Currita aquella tarde en casa de la duquesa de Bara.

Esta se había incorporado en su asiento, y Currita llegó hasta ella,
saludando a derecha e izquierda, al son del himno de doña María
Victoria, siempre con su cándida risita:

--¡Gracias! ¡Gracias, amado pueblo!

--_À tout seigneur, tout honneur_!--le dijo la duquesa devolviéndole sus
besos.

Agrupáronse todos en torno a Currita, que se había sentado junto a la
duquesa, desairando una taza de té que le ofrecían; pidió en cambio una
copita de whisky, porque era de rigor en aquel tiempo, entre algunas
damas elegantes que pretendían formar el cogollito _de la crème_, fumar
y empinar de lo lindo, con mucha distinción y gracia. El respetable
Butrón le ofreció un cigarro.

--¡Ay, no, no--dijo ella con su melodiosa vocecita--; eso es paja!...
Dame tú uno más fuerte, Gorito...

Y mientras Gorito le daba un veguero, capaz de tumbar de espaldas a un
sargento de caballería, y lo encendía ella pulcramente con una prosaica
cerilla, le dijo la duquesa:

--¡Pero vamos, mujer... cuenta, cuenta!...

--¿Y qué he de contar yo--dijo ella entre dos chupadas--, si veo que lo
saben ustedes todo?...

--¿Pero es cierto?--preguntó Butrón azorado.

--¡Ciertísimo!--replicó con énfasis Currita.

El peludo Butrón levantó ambas manos al cielo, la Mazacán paseó por la
horrorizada concurrencia una mirada de triunfo, y la duquesa,
irguiéndose iracunda, exclamó violentamente:

--¿Y lo dices con esa frescura?... ¿Y tienes valor para venir a decirlo
aquí, en mi casa?...

Currita pareció quedarse sorprendida, casi espantada, y paseando por
todo el auditorio sus claros ojos admirablemente azorados, dijo con el
tonillo lastimero de una niña a quien amenazan con azotes:

--Pero entendámonos... ¿Qué es lo que ustedes saben?...

--Que estás nombrada camarera mayor de _la Cisterna_--dijo Isabel
Mazacán con todos sus bríos.

Currita pensó desmayarse.

--¿Yo?--dijo con la ruborosa indignación de una virgen de cuya virtud se
duda--. ¿Y ustedes lo han creído?...

--¡Nadie, nadie!--exclamó Butrón soltando el resoplido inmenso de un
gigante a quien quitan de sobre el pecho una montaña--Nadie ha dudado ni
por un momento de tu lealtad, hija mía querida, y cree que...

--¡Jesús, señor, qué gentes!, ¡qué lenguas!, ¡qué modo de tergiversar
hasta lo más sencillo!--decía Currita con voz debilitada.

Y enjugándose con su finísimo pañuelo una lágrima, que, falsa o
verdadera, apareció en sus ojos, dejaba ver al descuido la bellísima
flor de lis que traía en el pecho, y una magnífica pulsera de oro, en
que con sus gruesos brillantes se leía incrustada la cifra de Isabel II.

--El caso no puede ser más sencillo--prosiguió con aquella suave
vocecita que jamás dejaba un mismo y pausado tono--. Ayer, en el
consejillo, trataron del nombramiento de camarera, porque la verdad es
que la posición de esa pobre Cisterna no puede ser más desairada... Pues
nada, hija, el ministro de Ultramar[3] tuvo la ocurrencia de proponer
que me hicieran a mí la oferta.

[Nota 3: Advertimos desde luego al lector, que ni en este ni en
ninguno de los personajes que se presentan en los muchos episodios
históricos de esta novela desempeñando cargos oficiales, se ha querido
retratar ni aun siquiera aludir a los que realmente hubieran podido
ocupar aquellos cargos en la época a que nos referimos. Por más que
disten mucho ciertas personalidades de sernos simpáticas, nos inspiran a
lo menos compasión, y al fustigar sin piedad al vicio y al escándalo,
nos guardamos muy bien de ensañarnos con persona alguna determinada, a
que puede el arrepentimiento haber colocado ya al abrigo de toda
censura. Con más razón que Crévillon podemos decir: _Jamais aucune fiel
a empoisoné ma plume_.]

--¡Indecente!--gritó Leopoldina Pastor--. ¿Y tu marido no le ha dado ya
una estocada?

--Bien la merece; pero, después de todo, el pobre Fernandito es quien
tiene la culpa--continuó Currita con aire de pacientísima esposa--. Se
empeñó en que su amigo Juanito Velarde había de ser secretario
particular de don Amadeo, habló al ministro, este le ayudó, y
envalentonado con eso, se ha atrevido a tanto el señor ministro... Lo
que yo le decía a Fernandito: si le das el pie a esa gente, se tomarán
la mano... En fin, hija, el presidente del Consejo en persona estuvo a
hacerme la propuesta... ¡Por supuesto que yo no lo recibí; Fernandito se
entendió con él, y tuvieron una escena!... Yo, muerta de susto, porque
creí que lo iba a plantar en la calle y acabaría la cuestión a tiros...
En fin, se fue por donde había venido, con las orejas calientes; y sabe
Dios lo que en venganza dirán de mí ahora... Esto ha sido todo; por eso,
cuando al entrar oí el himno y vi el saludo de Gorito, creí que era una
broma que ustedes me daban...

Butrón hizo una profunda señal de asentimiento, y la duquesa, ya
amansada del todo y queriendo remediar su anterior arranque, dijo
vivamente:

--¿Pero podías creer otra cosa?

Y cogiéndola la muñeca en que traía la pulsera de Isabel II, besóle la
mano con gran cariño, diciendo:

--Si fueras tú camarera de _la Cisterna_ merecerías que se te volviese
un grillete esta pulsera.

--¿No me la habías visto?--dijo con mucha naturalidad Currita--. Me la
regaló la reina el último día de mi santo.

Mientras la de Albornoz hablaba, Isabel Mazacán, muy impaciente,
cuchicheaba al oído de Butrón, diciéndole:

--¡Pero qué grandísima embustera!... ¡Pero qué modo de inventar
historias!... ¡Mentira, Butrón, mentira todo!... Si me dijo García Gómez
que justamente en el consejillo había dado cuenta el ministro de
Ultramar del deseo de ella, y entonces quedó acordado el nombramiento,
supuesta la aprobación de _la Cisterna_... Hoy, hoy por la mañana, es
cuando debe de haber ido el presidente del Consejo a notificárselo a
Currita.

Y luego, no bien cesó de hablar ésta, se apresuró a decir en voz alta,
con marcado aire de triunfo:

--¿Lo ven ustedes?... ¿Lo ven ustedes cómo era lo que yo decía?... Lo
mismo, lo mismo que está diciendo Curra fue lo que me contó a mí García
Gómez.

Currita, que tenía sobradísimas razones para saber que García Gómez
debía de haber dicho cosas muy distintas, dio un par de chupaditas al
cigarro, que con tanto hablar ya se apagaba, y dijo a la Mazacán muy
despacito:

--Pues mira; también tengo mi quejilla contra... _tu_ García Gómez...
Porque como ministro de Estado que es, entretiene sus ocios registrando
toda la correspondencia que viene de París... ¡Sí hija mía, sí; no lo
defiendas!... En el _gabinete negro_ se abre toda la correspondencia
antes de que llegue a su destino, y por eso pudo decir en el consejillo
que ayer vino para mí una carta de la reina, que debió probar al
Ministerio todo lo absurdo de sus pretensiones.

Comprendieron todos, y Butrón el primero, a qué carta aludía Currita, y
exclamaron en coro general, que dejaba sobresalir bastante las sordas
notas de la envidia:

--¿Te ha escrito la reina?...

--Sí--replicó Currita--; me escribe invitándome para la primera comunión
del príncipe Alfonso en Roma...

Y se quedó mirando de hito en hito a Isabel Mazacán, cuyas misteriosas
ganas de acompañar a la reina destronada en aquella expedición eran de
todos conocidas. Esta, que hacía largo tiempo que sentía furiosos
hormigueos en la lengua, se aprestó a soltar alguna de sus crudezas.
Pero Butrón, que no cabía en sí de gozo al ver que su pifia diplomática
quedaba orillada, se apresuró a detenerla, llevándosela al hueco de una
ventana, donde por algún tiempo dialogaron vivamente.

Mientras tanto, Currita, con la vaga mirada fija en el espacio, como era
siempre su extraña costumbre mientras hablaba, no los perdía de vista,
trazando al sino tiempo su itinerario. A principios de julio pensaba
marchar con Fernandito a Bélgica, para pasar un mes escaso con Mariano
Osuna en su castillo de Beauraing; después no sabía a punto fijo dónde
iría a esperar el 15 de octubre, fecha en que estaba citada con la reina
en Marsella, para emprender el viaje a Roma: quizá fuera a Trouville...
El verano anterior lo había pasado allí en una _villa_ preciosa, frente
al Chalet Cordier, que era el de M. Thiers... Y por cierto que era
Thiers un vejete muy simpático y muy limpio, a pesar de ser republicano;
su mujer, una _bourgeoise_ así, así... vamos, bastante pasable. Pues ¿y
la cuñada mademoiselle Dosne, la ninfa Egeria del presidente?... Era
cosa graciosísima verla coser los botones de la bata de son _beau-frère_
Adolphe... Parecía el ama de llaves de un notario acomodado.

--¡Era una trinidad deliciosa!

Y con su ingenuidad de colegiala, describió entonces Currita, con todos
sus pormenores, una picantísima caricatura de los esposos Thiers: una
indecencia verdusca publicada en Burdeos y recogida al punto por la
policía.

--A mí me proporcionó un ejemplar el duque Decazes, y no pude resistir a
la tentación de enviársela por el correo, con una fajita, a mademoiselle
Dosne... ¡La cara que pondría!... ¡Ella que es tan pulcra, tan
comedida!...

Y a renglón seguido, sin transición ninguna, Currita se enterneció
profundamente al pensar en el gozo inmenso que la esperaba en Roma,
besando la sandalia del Santísimo Padre Pío IX... ¡Qué figura tan
gigantesca la del Pontífice! ¡Qué anciano aquel tan venerable!... Y
todas las señoras comenzaron a ponderar su adhesión al santo Pío IX,
prontas a sacrificarle vida, hacienda, todo, todo menos el alma, por
tenerla ya de antiguo comprometida con el diablo... Carmen Tagle dijo
que le había mirado siempre como si fuese su abuelo; la señora de López
Moreno añadió muy conmovida que ella le enviaba todos los años una pipa
de doce arrobas del riquísimo moscatel de sus soleras jerezanas, y la
duquesa, verdaderamente indignada, trajo a la memoria los atropellos a
que cinco días antes se habían entregado las turbas, apedreando los
faroles de la iluminación con que celebraban los católicos el
aniversario del Pontificado del augusto anciano; sólo en el palacio de
Medinaceli rompieron veintidós faroles y treinta y siete cristales... ¡Y
mientras tanto, los ministros y las autoridades se solazaban en un
concierto instrumental celebrado en Palacio!... ¡Qué Gobierno aquel, y
qué populacho tan impío y tan asqueroso!... Siquiera ellas veneraban la
persona del Pontífice encendiendo faroles en honra suya, y limitábanse
tan sólo a apedrear a todas horas la moral divina del Dios a quien aquel
representaba.

Esto no lo dijeron, por supuesto, aquellas señoras; pero lo pensó, sin
decirlo, don Casimiro Pantojas, que atentamente las escuchaba, después
de haber desorejado a toda una desdichada familia de conejitos de
porcelana y arrancado los rabos a una parejita de bulldogs, fabricados
en Bristol.

Y en esto concluyó Isabel Mazacán su aparte con el marqués de Butrón, y
disculpándose con Currita de no acompañarla a la visita de la Inclusa,
por habérsele ya hecho tarde, se marchó al parecer algún tanto
disgustada. Currita decidió entonces volverse a su casa, y el marqués de
Butrón se despidió también en el acto.

--¿Tiene usted coche, Butrón?--preguntó ella al diplomático.

--No--respondió este presuroso, aprovechando la ocasión que tan pronto
se le ofrecía de hablar a solas con Currita.

--Pues le llevaré a usted en mi berlina adonde quiera.

--A la calle de Isabel la Católica... Tengo que hacer en la embajada
alemana.

--Justamente me coge de paso.

Currita bajó las escaleras apoyada en el brazo de Butrón, encontrando al
pie de su berlina, preciosa monería, verdadero juguete forrado de raso
azul con botones de terciopelo, que parecía el delicado estuche
destinado a guardar una joya.

El diplomático no las tenía todas consigo: para él era evidente que
Isabel Mazacán no exageraba ni mentía al repetir las noticias del lindo
ministro García Gómez. Pero ¿cómo interpretar entonces la repentina
mudanza de Currita? La oportuna carta de la reina Isabel podía
explicarla por completo, porque el olvido de la abdicación quedaba con
ella satisfecho; y desagraviada Currita, pudo a tiempo renunciar a su
revancha. Tranquilo por esta parte Butrón, quiso, sin embargo, asegurar
más y más al partido la alianza preciosa de Currita; porque hay ciertas
políticas indecorosas y a la larga funestas, que, aun tendiendo a fines
honestos, no saben prescindir de individualidades asquerosas. _Barrer
para adentro_ era la política de Butrón, como si la basura sirviera en
alguna parte para otra cosa que para infestar el recinto que la
encierra.

Fuese, pues, derecho al bulto, no bien el coche se puso en movimiento, y
apoyado en la autoridad de sus años, en la confianza del parentesco que
con Villamelón tenía y en su dignidad de jefe de la _brigada femenina_
conspiradora, le pidió categóricas explicaciones del hecho... Mas
Currita, volviendo a abrir palmo y medio los claros ojos y muy espantada
y ofendida, y casi llorosa, se limitó a repetir la historia ya referida,
con nuevas afirmaciones y protestas... Suponer otra cosa era un insulto
verdadero. ¿Por quién se la tomaba a ella? ¿Pues no había dado toda su
vida pruebas del más leal afecto a la real familia?... Y aun cuando ella
fuese capaz de semejante infamia, ¿se la hubiera permitido acaso
Fernandito, cuya sangre había corrido en el combate _navo-terrestre_ de
Cabo Negro, al grito de Isabel II?... Justamente tenía él tal odio a la
intrusa casa de Saboya, que jamás ponía el sello de una carta sin
colocar al pobre don Amadeo con la cabeza para abajo. ¡Que lo había
dicho Isabel Mazacán, cuyas intimidades con el ministro revolucionario
debía hacerla a ella misma tan sospechosa!... ¿Pues no sabía todo el
mundo que la tal condesa de Mazacán era una intriganta, que andaba
detrás del viaje a Roma con la reina, para tapar a García Gómez ciertos
líos antiguos que debía de arreglar allí con un príncipe italiano?...

Y tales cosas dijo Currita, y tales protestas hizo, y con tal acento las
pronunció, que el mismo Butrón con ser tan ducho, se quedó perplejo, y
entre las afirmaciones contrarias de aquellas dos condesas igualmente
tramposas, sólo sacó en claro una nueva confirmación de aquel principio
práctico que de toda la vida había profesado: la mujer aborrece a la
serpiente por celos y envidias del oficio.

Mientras tanto, la berlina corría desempedrando las calles y doblando
las esquinas, con esas airosas vueltas que imprime a un fogoso tronco
la hábil mano de un cochero experto. A la mitad de la calle del Turco, y
dominando el ruidoso rodar del carruaje, llegó a oídos de la pareja un
extraño rumor lejano: esa especie de sordo mugido, amenazador,
imponente, que sólo es común al mar encrespado y a las muchedumbres
alborotadas... Currita y Butrón miráronse sorprendidos, y repararon
entonces en algunos transeúntes que venían presurosos de la calle de
Alcalá, y en el conserje de la Escuela de Ingenieros, que cerraba
apresuradamente la puerta de este edificio. Era esto harto común en
aquellos tiempos de alborotos continuos, y la berlina avanzó, sin
acortar su carrera, hasta la calle de Alcalá, para tomar luego por la
del Barquillo.

Era esto, sin embargo, imposible; un largo y compacto cordón humano,
compuesto de una muchedumbre heterogénea y abigarrada, llenaba de un
cabo a otro la calle de Alcalá, cubriéndola en toda la gran extensión
que por ambos extremos abarcaba la vista.

Era aquella una manifestación pacífica de la democracia, que con grandes
clamores y largos garrotes y extrañas banderas enarboladas se dirigía a
Palacio pidiendo la entrada en el ministerio de don Manuel Ruiz
Zorrilla.

El cochero de Currita, Tom Sickles, enorme tipo del automedonte
británico, que pedía a voces el tricornio y la peluca empolvada, y se
había sentado en Londres en el pescante del duque de Edimburgo, y en
París en el de la princesa Matilde, dirigió los caballos corriendo a lo
largo de la manifestación, por ver si adelantaba la cabeza de esta y
podía entrar por la calle del Caballero de Gracia o por la de Peligros.
También era ya tarde, y viose precisado a detenerse frente al
Veloz-Club, entre el remolino que allí se iba amontonando, de lujosos
trenes que volvían de la Castellana y humildes simones que pretendían
inútilmente cruzar de un lado a otro. Butrón quiso volver atrás y salir
por cualquiera bocacalle a la Carrera de San Jerónimo.

--¡Pero si esto es muy divertido!--decía Currita con infantil
alborozo--. ¡Qué delicia!... Mire usted, Butrón; mire usted qué
graciosos van todos con sus cintitas encarnadas... ¡Uy, aquel
jorobadito!... ¡Qué mono!... ¡Ah, pícaro!... ¡lleva una bandera en que
pide _reforma_!... ¡Pues claro está que la necesita!... ¡pobrecito!,
¡sobre todo por la espalda!...

Otro carruaje se interpuso en aquel momento entre la muchedumbre y la
berlina, impidiendo la vista a Currita: en él iba el gobernador civil de
Madrid, muy rollizo y pomposo, que se dirigía a Palacio y veíase forzado
también a detenerse.

--Ahí va ese mastodonte--dijo Butrón al oído de Currita--. En cuanto nos
vea juntos se figura que conspiramos.

Estas sencillas palabras del diplomático parecieron despertar en Currita
una de esas ideas atrevidas que se conciben de repente, por más que
tarden en madurar años enteros. Asomóse a la portezuela como si desease
que el gobernador la viera, y sin contestar al respetuoso saludo que al
divisarla este le hizo, metióse bruscamente para dentro y se cubrió con
el pañuelo parte del rostro, como si quisiera entonces esconderse.

--¡Qué mal huele la democracia!--decía para ocultar a Butrón aquellas
maniobras--. ¡Pero qué peste echan!...

El coche del gobernador arrancó al fin trabajosamente a lo largo de la
calle, y desde aquel momento, nerviosa y agitada Currita, pareció
impacientarse mucho por aquella misma detención que poco antes la había
divertido tanto. Frente a frente de ella, un poco más hacia la Puerta
del Sol, asomaban por los balcones del Veloz-Club, bajo sus toldillos de
verano, aristocráticos racimos de cabezas de gomosos desocupados, que
miraban el democrático desfile con esa especie de medrosa curiosidad
burlona, a la vez que tímida, con que se contemplan desde lo alto de un
tendido los terribles retozos de una piara de ridículas bestias feroces;
parecíales imposible en aquel momento que la bestia pudiera alguna vez
alzar su zarpa hasta ellos. La vista de aquellos elegantes espectadores
acabó de impacientar a Currita, y de tal modo se enardeció ante ellos su
afán de exhibirse y singularizarse, que tiró del cordoncillo hasta
descoyuntar el dedo del cochero, y sacó la cabeza por la ventanilla
gritando:

--_Go on, Tom, go on_! _Run Through_!... _Carry them off_!...[4]

[Nota 4: ¡Adelante, Tom, adelante!... ¡Atraviesa!...
¡Arróllalos!...]

Tom no se hizo repetir la orden: sacó el hercúleo pecho, tirando de las
riendas, con el esfuerzo de aquellos antiguos aurigas esculpidos por
Fidias en los frontones del Partenón, de pie sobre un carro, deteniendo
con una mano el galope de cuatro caballos. Piafaron los suyos,
encabritándose, castigóles él suavemente con la fusta, y aflojando de
repente las bridas, los lanzó con la velocidad y el empuje de una flecha
a través de la turba democrática, desapareciendo como un relámpago por
la calle de Peligros.

Un alarido terrible de terror y de ira salió de la muchedumbre, que se
bamboleó a uno y otro lado del surco abierto por el coche; comenzó la
gente a correr asustada, los gomosos del Veloz-Club se metieron para
dentro, cerrando prontamente sus balcones, y el jorobado que pedía
_reforma_ estuvo a pique de sufrirla por completo entre los pies de los
caballos y las ruedas de la berlina.

Mientras tanto, asombrado Butrón de aquel brusco arranque, y muerto de
susto ante audacia tan temeraria, echaba a toda prisa las cortinillas
para que no le viesen; y Currita, riendo como una loca, se asomaba por
el vidrio de la trasera para ver a los transeúntes refugiarse asustados
en los portales, y a los guardias públicos correr detrás de la berlina,
haciendo señas de que parasen. Mas Tom Sickles, arrebatada la cara de
remolacha, hacía terribles visajes, como si llevase los caballos
desbocados, mientras con suaves vibraciones de las riendas más y más los
azuzaba. En la calle de Isabel la Católica, Tom Sickles hizo otro
prodigio: coche y caballos quedaron parados en firme, de un golpe, ante
la embajada alemana. La señora estaba servida, mereciendo él la corona
triunfal de los Juegos Hípicos.

Currita encontró enfilados a la puerta de su casa tres coches,
reconociendo al punto en uno de los cocheros la escarapela encarnada,
propia de los ministros. Apeóse entonces en las mismas caballerizas, y
por una escalera reservada para el uso de la servidumbre llegó a sus
habitaciones sin ser vista de nadie. Al ruido de la campanilla acudió
Kate, la doncella inglesa de la señora.

--¿Quién está con el señor?--preguntó a esta.

--El señor ministro de la Gobernación... El señor duque de Bringas y don
Juan Velarde juegan en el billar.

--Dile a don Joselito que no recibo a nadie... Tengo mucha jaqueca.

Kate pareció titubear un momento y se decidió al fin a decir
tímidamente:

--¿Ni tampoco a don Juan Velarde?...

--Tampoco: a nadie, a nadie...

De nuevo volvió a insinuar Kate con mucha delicadeza:

--El señorito volverá hoy del colegio...

--¡Es verdad!... ¡Pobre Paquito!...

--Y querrá ver a la señora...

--No, no... que se entretenga con Lilí... Mañana lo veré... ¡Tengo una
jaqueca horrible!




--IV--


Cuando Paquito Luján llegó a su casa comenzaba a oscurecer, y la
escalera y el vestíbulo estaban ya completamente iluminados: cuatro
grandes estatuas desnudas, de mármol blanco, alumbraban este y aquella,
elevando sus manos artísticos candelabros de bronce con seis mecheros.
Al pie de la escalera, un enorme oso de Noruega sentado gravemente sobre
sus patas de detrás, presentaba con las de delante una bandeja de plata
destinada a recibir las tarjetas de visita. Era este un capricho del
príncipe de Gales que había visto Currita en el palacio de Sandringham,
y apresurádose a copiar a costa de dinero.

La aflicción del niño había desaparecido, con esa dichosa rapidez con
que se suceden en la infancia emociones a emociones. La impaciencia, la
natural impaciencia, mezcla de ternura de hijo y del deseo de ser
alabado, era la que le agitaba en aquel momento, ansioso de caer con sus
premios en los brazos de su padre, de su madre, de Lilí, su hermanita
del alma... Sentado en el testero del carruaje, con sus premios muy
agarrados, apoyaba los piececillos en el asiento de enfrente, haciendo
verdaderos esfuerzos para delante, que creía él ayudaban al coche a
rodar más rápidamente.

Al entrar en Madrid hubo que perder cuatro minutos encendiendo los
faroles, y un poco más allá los empleados del resguardo detuvieron de
nuevo al coche para registrarlo todo de arriba a abajo... ¡Qué
desesperación! ¡Qué feos y qué tontos eran aquellos hombres! De seguro
que ninguno de ellos había tenido nunca padre ni madre, ni Lilí, ni
sacado en todos los días de su vida un solo premio... Cuando él fuera
grande había de ahorcar a todos los empleados del resguardo, colgándolos
como los chorizos que había visto una vez en la chimenea del capataz del
Encinar, allá en Extremadura... ¡Y todavía, al doblar la esquina de la
Universidad, se atravesó un coche, y después un carro de mudanzas y
luego un gran ómnibus, y hubo que perder otros tres minutos! Al entrar
al fin en la última calle, ya tenía el niño la mano en la llave de la
portezuela, dispuesto a abrirla, asomando al mismo tiempo la carita,
porque de seguro estarían esperándole en algún balcón su padre, su
madre, o Lilí, o quizá los tres juntos... Ya les enseñaría él desde allí
abajo los premios, y creerían que no era más que uno, y verían luego que
eran cinco y dos excelencias. ¡Qué risa entonces!... Pero los balcones
estaban todos cerrados, y no se veía en ellos alma viviente. El coche
entró al fin en la casa, haciendo retemblar los cristales de la gran
mampara, y se detuvo al pie de la anchurosa y alfombrada escalera...
También estaba esta vacía, y sólo vio el niño al pie de ella al grave
oso de Noruega, _Bruin_, como le llamaban en casa, abriendo su gran boca
armada de dientes enormes y presentándole la bandeja, como si le
invitara a depositar en ella sus premios. Mas no los soltó el niño, y
oprimiéndolos contra su pecho, subió a brincos la escalera, hasta llegar
al vestíbulo; cerróle allí el paso una extraña figura que se paseaba de
un lado a otro con las manos a la espalda. Era un enano feísimo, pero
perfectamente proporcionado: verdadero pigmeo, émulo de aquel famoso
Roby que presentaron en la mesa del rey de Sajonia dentro de un pastel
de venado. Tendría poco más de un metro de altura, y hallábase
correctamente vestido de etiqueta, frac y corbata blanca, calzón corto,
media de seda negra y zapato con hebilla. Llamábanle en la casa _don
Joselito_, y cobraba siete mil reales de sueldo, con la sola obligación
de anunciar las visitas y realzar con su estrafalaria figura la aureola
de elegante originalidad que rodeaba en todo a Currita.

Inclinóse el enano respetuosamente ante el señorito, y con su vocecilla
chillona y algún tanto imperiosa, díjole que no podía ver a la señora,
por haberse acostado media hora antes con una espantosa jaqueca. Un
repentino vapor de lágrimas vino a empañar los hermosos ojos azules del
niño; volvió bruscamente la espalda al enano sin decir palabra y echó a
correr hacia las habitaciones de su padre.

Allí estaba Villamelón, repantigado en una butaca, hablando
misteriosamente con el ministro de la Gobernación. Lanzóse el niño a su
padre, y echándole los brazos al cuello, le dio dos besos.

--¡Hola, caballerito!--exclamó Villamelón--. ¿Ya de vuelta?... ¡Me
alegro!...

Y como viese que con cierto rubor orgulloso le presentaba el niño sus
premios, añadió sin tomarlos:

--¡Hola, hola, los premios!... ¡Pobre chiquitín!... ¡Muy bonitos!...
Bien, bien, me alegro... Ea, toma... toma, y dile a Germán que te lleve
esta noche al circo.

Y entregándole al niño dos pesetas que había sacado del bolsillo del
chaleco, volvió a reanudar su misteriosa conversación con el señor
ministro.

Quedóse el niño parado un momento, con los ojos abiertos; dio luego una
repentina media vuelta, girando sobre una pierna, y encarnado como la
grana, bamboleándose cual si estuviera ebrio, fue a arrimarse a una
mesita llena de caprichosas chucherías; había debajo una figura
japonesa, con la boca muy abierta, y por ella arrojó el niño, con mucho
disimulo, el regalo de su padre, las ¡dos pesetas!... Luego echó a
correr, saliendo disparado del saloncito; detúvose un momento en el
dintel, detrás de las cortinas, y agobiado, con los bracitos colgando y
caída la cabecita, siguió una galería que iba a parar a la Nursery[5],
al destierro, a la Siberia de los niños, que el desapegado egoísmo de la
condesa de Albornoz había importado para sus hijos de Inglaterra a su
casa.

[Nota 5: Llámase en Inglaterra Nursery al departamento especial en
que viven los niños con sus criados completamente aislados del resto de
la familia.]

Resonaba en el fondo de la galería un piano destemplado que parecía
balbucear, de mala gana, un monótono tema de los ejercicios de Hanon.
Esta música sonó, sin embargo, como un concierto celeste en los oídos
del niño; desapareció su abatimiento, renació su alegría y echó a correr
de nuevo hacia aquella estancia.

--¡Lilí!...

--¡Paquito!...

Y un ángel, una bellísima muñeca de nueve años, saltó del asiento del
piano para caer en los brazos del niño, confundiéndose por un momento
con sus besos, sus gritos, su risa, su alegría, sus almas inocentes y
sus vidas inmaculadas, como se confundían los bucles de oro que
rodeaban, como una aureola de rayos de sol, las preciosas cabezas de
ambos.

El niño se acordó al fin de sus premios.

--¡Mira!... ¡Mira!...

Lilí abrió mucho los ojos admirada, apretó los labios y echó atrás las
manitas; su crítica fue la crítica de las grandes admiraciones, la
crítica monosílaba.

--¡Uy!--dijo.

--¡Cinco!... ¡Son cinco y dos excelencias!...

--¿Me darás uno, Paquito?

--¡Tonta!... Eso no se da... Se pone en un marco... Pepito Vargas dice
que su mamá se los pone en un marco...

--¿Grande..., grande?--dijo Lilí, indicando con sus manitas uno capaz de
encerrar al _Pasmo de Sicilia_.

--Sí, grande, grande... Y mira: este es de Aritmética, y este...

No pudo continuar el niño; una mano seca, pegada a un puño inmaculado,
salió por entre las cortinas, y después un brazo largo, y luego un
hombro puntiagudo, y más tarde un rostro encarnado, característico,
original, británico, como la cerveza de Bass o las galletas de
Huntley...

--¡Mademoiselle!--dijo Lilí asustada.

Y la mano seca, pegada al puño inmaculado, agarró a la niña por un brazo
y se la llevó para adentro, oyéndose una voz metálica, estridente, que
desgarraba el tímpano como un resorte que rechina.

--_What's that, Miss_?... _You have to learn your piano lesson until
eight o'clock_...[6]

[Nota 6: ¿Qué es esto, Miss?... Hay que estudiar la lección de piano
hasta las ocho.]

Entonces huyó el niño de allí desolado; corrió ciego a la Nursery y se
arrojó de cabeza en su blanca camita, con la enconada amargura y la
sombría desesperación del suicida que se arroja, solo y sin esperanzas,
en un abismo oscuro, negro, profundo... El sueño, el sueño bendito, fiel
amigo de los niños, suave consolador de todos sus pesares, vino al fin a
acallar sus sollozos y contener sus lágrimas, adormeciéndole allí mismo,
sin variar de postura, vestido todavía y con sus premios en la mano...

Y mientras tanto, Villamelón proseguía su misteriosa plática con el
ministro. Contaba por aquel entonces el marqués más de cuarenta años, y
los estragos de su juventud salíanle prematuramente al rostro. Colgábale
la nariz encarnada y algo granujienta, hundíansele las mejillas, dejando
salir los pómulos; arqueábasele ya el abdomen, y todo anunciaba en él
esa caricatura de la juventud en que consiste la vejez de muchos. Su
cuerpo había sido gallardo y conservaba aún restos de arrogancia; mas
su rostro ofrecía perfecta semejanza con el de aquel enano de Felipe IV,
titulado _El Primo_, que retrató Velázquez y copió Goya, grabándolo al
aguafuerte: tenía la misma nariz colgante, los mismos ojos tristes, el
mismo bigote retorcido, la misma frente extensa y pensadora, con la sola
diferencia de que Villamelón partía por medio su ya escasa cabellera con
una raya que, arrancando de la raíz del pelo, llegaba hasta el cogote,
formándole sobre las orejas dos pequeños cuernecitos.

Y aquella frente elevada, de abultados parietales, que reclamaba para sí
el dicho de la zorra al busto: _Tu cabeza es hermosa, pero sin seso_,
tenía, en efecto, actitudes magníficas cuando, surcada por un pliegue
vertical, se inclinaba, como en aquel momento, al excelentísimo señor
don Juan Antonio Martínez, ministro de la Gobernación, y le decía con el
aire de Bismarck a Gortschakoff, al establecer entre ambos el equilibrio
europeo:

--Desengáñese, usted, Martínez... La tesis del doctor Wood es absurda...
Nadie me probará que el pastel de ratas sea superior al de erizos y
ardillas... ¿Usted me entiende?...

El excelentísimo Martínez hizo un gesto que no significaba si entendía o
dejaba de entender; desde que el pobre señor había pasado el puente
natural que lleva del banco azul a las grandes mesas de la corte,
caminaba de indigestión en indigestión, y sentía en el estómago la
nostalgia de aquellas nutritivas sopas de ajo, no digeridas del todo,
que habían hecho de él un tanto robusto hombre de Estado, y fueron su
cotidiano alimento en los tiempos en que rompía sus primeros calzones
entre los pilletes de cierta playa de las costas asturianas... ¡Santo
Dios, y qué dolores de tripas más atroces le había costado el _pâté
foie-gras_ del último viernes de Palacio! ¡Qué _coliquera_ más terrible
_le chou à la crème_ que sirvieron dos días antes en la embajada
francesa!... El excelentísimo Martínez creyóse por un momento
envenenado, y desde entonces fue para él artículo de fe aquel principio
de Addison:

«Cuando veo las mesas a la moda cubiertas de todas las riquezas de las
cuatro partes del mundo, me imagino ver la gota, la hidropesía, la
fiebre, el letargo y la mayor parte de las enfermedades, ocultas en
emboscadas, debajo de cada servilleta.»

--Usted lo ha de ver, Martínez--prosiguió Villamelón--; el jueves
próximo haré servir los dos pasteles sin decir lo que contienen, y
veremos por cuál se declaran las opiniones. ¿Me entiende usted,
Martínez?... Excuso decirle que cuento con su voto.

Erizáronsele los cabellos al excelentísimo Martínez ante la perspectiva
de una indigestión de ratas... ¿Cómo podría curársela, si no era
tragándose un gato?

--Y todo eso--prosiguió Villamelón con ligerísima sonrisa que denunciaba
traidoramente su convencimiento íntimo de la superioridad con que
manejaba el asunto no es más que la excentricidad inglesa, influyendo y
echando a perder su cocina... Y cuidado que yo soy imparcial, porque mi
cocina es la cocina eléctrica: lo mejor de lo mejor, venga de donde
viniere: este es mi lema. ¿Me entiende usted, Martínez?... Pero no hay
que darle vueltas, amigo mío, y por más que digan, en la cocina, como en
todo, Francia camina la primera. Esto no tiene vuelta de hoja,
Martínez... Los ingleses devoran, los alemanes zampan, los italianos
comen, los españoles se alimentan; pero sólo los franceses gozan, y ahí
está el quid, Martínez: en gozar, en gozar comiendo. ¿Me entiende usted?

Martínez no entendía, y tomando por burla lo que sólo era cansada
muletilla de Villamelón, tanto _Martínez_ y tanto _¿me entiende?_, se
apresuró a responder algo amostazado:

--¿En gozar?... ¡O en reventar, señor marqués, que no es lo mismo!...

--¡No, no, no y mil veces no, Martínez! Eso es una de tantas
preocupaciones. ¿Me entiende usted? Cierto que el hombre es un ser
débil, insuficiente, que apenas puede soportar ocho comidas diarias;
pero la indigestión no proviene de comer mucho, sino de comer mal...
Déme usted un cocinero de primera fuerza, de raza, _d'élans_, y yo le
garantizo salud eterna... ¡Oh, bien lo entendía el príncipe Orloff con
su ojo tuerto y su brazo manco!... Yo le he visto en París elegir
cocinero en público concurso; acudieron diez a su palacio de la embajada
rusa: yo fui del jurado, y probamos, antes de fallar, ciento cuarenta
platos[7]. ¡Ah!, no, no, Martínez; no es el comer mucho, lo que trae la
indigestión... Mi santa madre lo decía: Tripa llena, alaba a Dios.

[Nota 7: Histórico.]

Y se quedó tan orondo con la cita, porque una de las genialidades de
Villamelón era la de nombrar de continuo a su madre, anteponiéndole
siempre el calificativo de santa, y poniendo en su boca aforismos tan
singulares, y de mal gusto a veces, como el que acababa de soltar.

Entraron en esto el duque de Bringas y Juanito Velarde, que habían
terminado ya su partida de billar, y a poco anunció un criado que la
señora condesa no asistiría a la comida por haber tomado ya un
_consommé_ en sus habitaciones, y acostádose al punto con una fuerte
jaqueca.

Esta noticia pareció afectar muy poco al caro esposo de la dama y al
duque de Bringas; al ministro de la Gobernación hízole, por el
contrario, malísimo efecto, dando a sospechar, por sus muestras de
disgusto, que algo que la ausencia de Currita chasqueaba por completo le
había traído allí y héchole aguantar con paciencia las majaderías
culinarias del héroe del combate _navo-terrestre_ de Cabo Negro; como
Butrón temía, el nombramiento de camarera mayor comenzaba a mover la
cola. Juanito Velarde pareció también muy contrariado, comió poco y
habló menos durante toda la comida. Villamelón hizo el gasto, como
siempre, blandiendo el trinchante de oro macizo, regalo de Fernando VII,
que usó durante toda su vida, y pasando por las tres distintas fases que
en aquella hora solemne se reflejaban en su persona: hondamente
preocupado al principio, como hombre que tiene entre manos el más grave
negocio; comunicativo, pero dogmático; afable, pero todavía circunspecto
a los medios, y alegre, bonachón, magnánimo y hasta tierno a los
postres, como si la corriente de satisfacción que le brotaba del
estómago le dotase de aquellas cualidades que no poseía en ayunas. Esta
era la hora de pedirle favores, seguro de alcanzarlos, y esta era la
hora también en que Villamelón, arrastrado por un resabio de educación
malísima que jamás pudieron quitarle ni su santa madre, ni su dulce
esposa, hacía bolitas de miga de pan con la punta de los dedos y las
disparaba a las narices de los comensales, con muestras del más cariñoso
agasajo y el más tierno regocijo.

Mientras tanto, si algún diablo cojuelo hubiese levantado el techo del
_boudoir_ de la condesa de Albornoz, hubiérase descubierto una extraña
escena: hallábase este alumbrado por una gran lámpara, sostenida por un
negro desnudo, de tamaño natural, admirablemente tallado en ébano, y
Currita, sentada ante un pequeño _secrétaire_ muy bajo, parecía
completamente absorta en un singular estudio caligráfico, mientras
vagaba por sus labios una finísima sonrisa, semejante, no en lo
terrible, pero sí en la solapada y astuta, a la que puso el genio de
Liezen-Mayer en los labios de Isabel de Inglaterra, al representarla en
el acto de firmar la sentencia de muerte de su prima María Stuard.

Con su elegante letra inglesa, fina y corrida, había escrito al frente
de un pliego: _¡Qué animal más hermoso es el hombre!_ Y con facilidad
maravillosa iba copiando, en distintos caracteres de letras, esta frase
tan extraña y tan equívoca, que parecía ser reflejo de esa idea íntima,
ese pensamiento oculto que jamás se formula y es, sin embargo, el
primero que se apresura a estampar todo hombre cuando algo que escribe y
algo en que se puede escribir le invitan a solas a trazar allí un
concepto. La inscripción se multiplicaba, unas veces en letras
rechonchas y apretadas; otras, en perfiles largos y finitos; algunas, en
caracteres diminutos, cual patitas de moscas entrelazadas que se
prolongasen en forma de cadeneta. En esta tarea empleó Currita media
hora larga, con el esfuerzo y la atención de un chiquillo aplicado que
copia una plana, o de un petardista prudente que ensaya el modo de
falsificar o desfigurar una letra.

Diose al fin por satisfecha de sus ensayos, y con los renglones de
cadeneta y la letra de patitas de mosca, que no tenía con la suya
ordinaria el más remoto punto de contacto, púsose a escribir una carta,
en un pliego de papel sencillo, sin timbre ni inicial alguna. La carta
no fue larga, y en el sobre decía:

EXCMO. SR. GOBERNADOR CIVIL
DE
_Madrid_

Faltábale todavía el sello, y púsoselo Currita sonriendo socarronamente,
y cuidando de colocar con la cabeza para abajo el busto del rey don
Amadeo. Afianzólo luego con dos o tres puñaditas de su cerrada mano, que
parecía complacerse en aplastar al pobre monarca, principio y fin de la
dinastía saboyana.

Cualquiera hubiera creído con esto ya listo el negocio y que sólo
faltaba llamar a un criado para enviar la misteriosa carta al correo. No
lo juzgó así la ilustre condesa: entróse en la estancia vecina, que era
su alcoba, y volvió a salir al cabo de un buen cuarto de hora
completamente transformada. Habíase despojado de su elegante traje de
calle, y puéstose en su lugar una falda de lana negra modestísima y una
mantilla muy usada, cuyo sencillo velo le ocultaba parte del rostro;
traía en la mano una bujía encendida, puesta en una palmatoria de plata,
y en la otra una llave de gran tamaño. Cogió la carta y echó a andar: en
aquel momento un reloj lejano daba las once y media.

Era el palacio de Villamelón uno de esos antiguos caserones, ya raros en
Madrid, con anchas galerías, espaciosas salas y cómodos departamentos,
rodeados por todas partes de pasillos y escaleras excusadas para el uso
de la servidumbre. Comunicábanse las habitaciones de Currita con las de
Villamelón por la alcoba, y por un cuarto contiguo al del baño, con un
largo pasadizo; terminaba este por un lado en el cuarto de Kate, la
doncella inglesa, y por otro en una estrecha escalerilla que iba a parar
a un jardín muy reducido. Cerrando, pues, la puerta de la alcoba, la que
había a la mitad del pasillo, y la que ponía en comunicación al
_boudoir_ con los dos salones de la entrada, quedaba el resto de las
habitaciones de Currita aislado por completo y en comunicación directa
con la calle: a ella daba salida una puertecita, abierta en la tapia del
jardín a espaldas del palacio, detrás de un pequeño invernadero. Allí se
dirigió Currita después de dejar la luz apagada al pie de la escalera
con tal desembarazo y tan gentil desenvoltura, que conocíase bien a las
claras no ser aquella la primera de sus nocturnas escapatorias.

Era la noche oscura, y la solitaria plaza a que la puerta del jardín
daba salida perdíase a lo lejos entre solares en construcción, alumbrada
acá y allá por algunos faroles, cuyas luces parecían brillar en medio
de un nimbo de vapor amarillento. La puerta de una tienda de
ultramarinos dejaba escapar en la esquina próxima un cuadro de luz
vivísima, y veíase en el fondo al tendero, inmóvil ante el mostrador,
ajustando sus cuentas. A cuarenta pasos, debajo de un andamiaje, una
farola hacía resaltar las negras siluetas de un chulo de chaquetilla
corta y una chula de falda almidonada y pañuelo de seda a la cabeza, que
dialogaban vivamente. Aparecía lo demás oscuro y solitario, teniendo
todo ello un aspecto de inquietud, de vista panorámica, que completaba
allá muy lejos, desde un cuarto piso, el sonido de un mal piano, en que
unas manos aleves asesinaban la inmortal cavatina de Bellini _Casta diva
ché inargenti_...

La condesa, la gran señora que tan raras veces bajaba de su carruaje,
como si se desdeñase de pisar con sus elegantes brodequins el polvo de
que estaba formada, se internó por aquellos oscuros vericuetos, y
atravesando varias callejas, solitarias en aquella hora, que parecían
serle muy conocidas, vino a desembocar en la plazuela de Santo Domingo.
La afluencia de gente era todavía grande en aquella encrucijada, tan
concurrida siempre, y Currita bajó la cuesta para ganar, al abrigo del
jardinillo, la Costanilla de los Ángeles. Atravesó rápidamente la calle
del Arenal, entró por la de las Fuentes, y dando un gran rodeo por
detrás del ministerio de la Gobernación, llegó al fin a la calle de
Carretas y depositó por su propia mano en el buzón de la casa de Correos
la carta misteriosa... Si aquella mujer era una criminal, era, sin duda,
de aquellos criminales avezados y prudentes que miran siempre en todo
cómplice un camino peligroso que va a parar en presidio.

Entonces emprendió el camino de vuelta por las mismas calles por donde
había ido, sin tener más que un tropiezo. Un viejo, de aspecto decente,
se detuvo de pronto ante ella; sorprendida Currita, pegóse a la pared, y
el hombre hizo entonces ademán de darle una moneda de cinco céntimos,
una _perra chica_, como llamaban entonces y aún llaman hoy a esas piezas
pequeñas. Habíala tomado por una de esas pobres vergonzantes que a las
altas horas de la noche extienden en silencio su mano descarnada al
transeúnte que se retira solicitado por el descanso u hostigado por los
vicios.

Así lo comprendió la condesa, y con gran impulso de risa tomó la moneda,
teniendo todavía valor para profanar en sus impuros labios aquella
hermosa deprecación, aquella santa respuesta que da la fe a su hermana
la caridad, por la humilde boca del pobre:

--¡Dios se lo pague!...

Cuando la condesa entró en su _boudoir_, presentaba este un aspecto
siniestro: la lámpara agonizaba en manos del negro, cuyos blancos
dientes de marfil incrustado resaltaban en la oscuridad, como la sonrisa
del genio del mal, complaciéndose en las tinieblas.

Tres horas después resonaban gritos y lamentos al otro extremo de la
casa... Era Paquito Luján, que entumecido por el fresco de la madrugada
y aterrado por la oscuridad, despertaba allá en la Nursery, olvidado de
todos en aquel suntuoso palacio, morada del padre y la madre que le
habían dado el ser, y de diecisiete criados dedicados a su servicio.




--V--


Rióse mucho al otro día la condesa de Albornoz al oír contar a su hijo
Paquito sus extrañas aventuras de la noche precedente: al verse solo, a
oscuras, vestido y acostado en una cama que no era la suya del colegio,
comenzó el niño a gritar lleno de angustia, sin que nadie contestase a
sus lamentos. Oíalos Miss Buteffull desde su cama y comprendió al punto
la causa: sin duda, nadie se había acordado en la casa de que el pobre
niño había vuelto del colegio; quizá se había puesto malo de pronto;
quizá habían entrado ladrones y lo estaban asesinando... Miss Buteffull,
compadecida, encendió la vela de su palmatoria. Un decoroso reparo la
detuvo de repente: el caso era grave... Tenía ella cuarenta y cinco
años, once el niño, la hora de la noche era avanzada. ¿Cómo entrar sola
en su cuarto?... Miss Buteffull apagó la palmatoria.

Mientras tanto, los clamores desesperados del niño despertaban también a
la doncella de Lilí, Magdalena, que dormía allí cerca, y acudía esta
presurosa en su auxilio; tranquilizábalo con gran cariño, hacíale
acostar y permanecía sentada junto a su camita, hasta dejarlo dormido
nuevamente.

Esta relación produjo en Currita una de las repentinas crisis de amor
materno que solían atacarla de cuando en cuando en sus días de
aburrimiento. Solía entonces pasar horas enteras en la Nursery jugando
con sus hijos: comíaselos a besos, llamábales sus _pichoncitos_,
hacíales traer costosos juguetes y golosinas de todos géneros; y
complaciéndose en poner en ridículo a Miss Buteffull y en decir pestes
de los padres del colegio, destruía en media hora todo lo bueno que, a
costa de mil trabajos, habían sembrado y podían sembrar en adelante
estos y aquella en los tiernos corazones de ambos niños; porque uno de
los grandes escollos en que tropiezan los esfuerzos de las personas
dedicadas a la educación, consiste en la imprudente y culpable ligereza
con que se complacen muchos padres en presentar ante sus hijos a
preceptores y maestros, no como amigos íntimos encargados de guiar sus
pasos, ni como seres benéficos que les dispensan el favor insigne de
formar sus corazones y alumbrar sus entendimientos, sino como tiranos
que les oprimen y mortifican, como carceleros cuya vigilancia hay que
burlar con ardides y tretas más o menos inocentes. Destrúyese así la
buena opinión necesaria a todo el que manda para ser respetado; la fe
humana precisa a todo el que enseña para ser creído, y sólo una cosa
existe, a nuestro juicio, que sea tan perjudicial a la educación como lo
es esta misma: la pugna que a veces descubre el niño entre la moral de
sus padres y la moral de sus maestros... Imposible es describir las
angustiosas perplejidades, las dolorosas dudas que, con harta triste
frecuencia, despiertan estas contradicciones en las almas de los niños:
vese en ellas la lucha del entendimiento con el corazón, demostrándole
aquel que es sana la doctrina del maestro, esforzándose este por
persuadirle que no puede ser mala la práctica contraria del padre o de
la madre que tanto aman, que no puede ser cierto lo que, por el solo
hecho de serlo, ha de dar irremisiblemente a aquellos seres tan amados
la patente de perversos... ¡Ah! Jamás olvidará el que escribe estas
líneas las angustias de un pobre niño, modelo de candor y de juicio, al
oír explicar cierta lección del Catecismo; quedóse el niño muy
pensativo, fuese luego poco a poco angustiando, hasta exclamar al fin
convulso, con el corazón encogido, los ojos llenos de lágrimas y
temblorosas las manitas:

--¡Entonces... entonces... mi papá es muy malo, muy malo... y se va a ir
al infierno!

Importábasele todo esto muy poco a Currita, y sus granizadas
intermitentes de besos, de mimos y de imprudencias borraban por completo
en el ánimo candoroso de Lilí los largos olvidos y la egoísta
indiferencia de su madre; mas no lograban lo mismo en el niño aquellas
sensiblerías tempestuosas. Había en el fondo de aquel tierno corazoncito
un rinconcillo oculto, en que la memoria iba depositando con implacable
fidelidad la lista de todos los agravios, como un grano de simiente
venenosa entre una vegetación salubre, como un tallo de cicuta que había
de hacer brotar en aquella selva virgen el sombrío rencor, el rencor
callado y paciente, árbol siniestro que produce a la larga los
envenenados frutos del odio. Todavía aquel corazón angelical perdonaba
fácilmente lo que reputaba por injuria; mas ya había dado un paso
adelante, ya le era imposible olvidarlo por completo.

No era, sin embargo, el aburrimiento el que había traído aquella mañana
a la condesa de Albornoz a entretenerse con sus hijos: parecía, por el
contrario, preocupada, un poco inquieta, y notábase en ella esa
agitación nerviosa de todo el que espera algo que teme o le importa.
Lilí tuvo una idea felicísima: propuso a su madre que hiciese retratar a
Paquito con sus premios. Púsose el niño muy encarnado, y movió
negativamente la cabeza.

--¡Pues es verdad!--exclamó Currita encantada--. Sí, sí, ahora mismo...
¡Verás qué bonito!... ¡A ver, Germán!... Avise usted al señor marqués
que vamos a subir a la _cabaña_ a que nos haga un retrato...

Desprendióse el niño, al oír esto, de los brazos de Lilí, que, saltando
de alegría, le abrazaba, y exclamó con enérgica ira:

--¡No!, ¡no!... ¡Papá, no!...

--¿Pero por qué?--dijo sorprendida Currita, agarrándole por un brazo.

Forcejeaba el niño por desasirse, muy colorado y conmovido, y con los
hermosos ojos llenos de lágrimas.

--¿Pero por qué, por qué?--repetía Currita.

--¡Me dijo que me fuera!... ¡Me dio dos pesetas!--gritó al fin el niño
con gran desconsuelo; y sollozando amargamente, escondió la preciosa
carita en el seno de su madre.

¡Qué rayo de luz hubiera sido aquel lamento del niño para una de esas
madres santas y prudentes que estudian y dirigen hasta el más ligero
latido del corazón de sus hijos!... En él aparecía revelado un noble
pundonor, que iba ya camino del orgullo, y una precoz propensión a la
venganza, que espera oculta y paciente la hora de devolver desaire por
desaire y ofensa por ofensa. Mas Currita sólo vio en todo aquello un
capricho de niño voluntarioso, y entre caricias y reflexiones, halagos y
amenazas, intentó persuadir al niño a que se dejara hacer el retrato:
cedió este en la apariencia, y Currita subió con ambos niños de la mano
a la espléndida _cabaña_ en que tenía el marqués de Villamelón su taller
fotográfico.

Porque el ocio, esa gran pesadumbre de los grandes, que en vez de
lágrimas tiene bostezos, había despertado en el ilustre prócer y
guerrero invicto la afición a la fotografía, no encontrando en él la
aptitud necesaria para el cultivo de otras artes más elevadas. Comer,
beber, dormir y retratar a todo bicho viviente que cruzaba ante la
magnífica lente de su cámara oscura eran las útiles tareas que llenaban
y aun hacían rebosar la vida de aquel ilustre prócer, a cuyos abuelos
cabía tanta parte en las gloriosas empresas de la antigua España.

Acudió, pues, Villamelón presuroso, como siempre, a la menor indicación
de Currita, envuelto en su fresca bata escocesa, que apenas le pasaba
de la cintura; venía con él uno de esos magníficos perrazos de
Kamschatka, de un blanco amarillento, que arrastran en su país pesados
trineos, y había sido el paje continuo de Currita en una larga temporada
en que le pareció muy espiritual hacer grandes excursiones a caballo.

Villamelón comenzó al punto a preparar la máquina con sus dedos
manchados de nitrato de plata, y Currita disponía mientras tanto el
artístico grupo en que habían de retratarse los niños. Colocóse en el
centro un gran sitial gótico, preciosa joya arqueológica y artística, y
hundidos en él ambos niños y estrechamente abrazados, habían de aparecer
examinando juntos el diploma de los premios, un exacto facsímile de una
bellísima miniatura del siglo XV; tendido a la larga ante ellos, _Tock_,
el perrazo amarillento, apoyaba el hocico en el rojo almohadón de
terciopelo en que descansaban los pies de los niños.

--¡Delicioso!--exclamaba encantada Currita--. Mira, Fernandito, parece
un cuadro de Meissonnier.

Los premios, sin embargo, no aparecían por ninguna parte, y Paquito se
encogía de hombros, asegurando ignorar dónde los había puesto.

--¡Tonto!--gritó Lilí, dándole una palmada--, si los dejaste abajo...

Y en menos de dos minutos fue por ellos y los trajo, mostrándose muy
sorprendida de que los vivos colores del diploma apareciesen desteñidos
en algunos sitios como por gotas de agua. El niño se puso muy encarnado
y no dijo una palabra: sus lágrimas de la noche anterior eran la causa
de aquellas manchas.

En aquel momento anunció un criado a Currita que el señor ministro de la
Gobernación deseaba hablarla con urgencia. Volvióse ella bruscamente a
su marido, dejando caer el diploma que tenía en la mano, y él se
incorporó asustado, quedándole por la cabeza el paño negro con que se
cubría para enfocar la máquina; por debajo asomaban sus bigotes
retorcidos, su nariz colgante, sus ojos azorados en aquel momento, fijos
en Currita, con la medrosa expresión del escolar desaplicado cogido in
fraganti.

La esposa dio dos pasos hacia el esposo, desmintiendo con los rayos, que
de sus claros ojos brotaban, la suave vocecita y el pausado tono con que
dijo:

--¿Pues no comió ayer aquí ese _buey Apis_?...

--Es un animal--replicó el marido; y para ocultar su turbación,
escondióse bajo el paño negro, poniéndose a enfocar de nuevo la máquina.

--Óyeme, Fernandito, que te estoy hablando--añadió Currita con relamida
pausa.

Incorporóse de nuevo Fernandito, cada vez más turbado, sin quitarse el
paño negro de la cabeza.

--¿Dijo anoche algo el _buey Apis_ sobre el nombramiento?

--Nada--balbuceó Villamelón.

--¿Nada?... ¿Estás cierto?...

Los labios de Villamelón temblaron como tiemblan los del chico que va a
soltar una mentira.

Y pensándolo mejor, sin duda, recordó al cabo Fernandito que el ministro
de la Gobernación, el _buey Apis_, como por razón de su corpulencia le
llamaban, tan sólo le había dicho que el pastel de ratas debía de ser
muy indigesto. ¡Vaya usted a ver qué tontería! Pero en cambio manifestó
a Juanito Velarde que aquello no podía quedar así, que nadie se burlaba
impunemente del Gobierno y que estaba decidido a reclamar de Currita la
aceptación del nombramiento, apoyándose en una carta que--¡frase poco
ministerial!...--había de refregarle por los hocicos...

--¿Una carta?--exclamó Currita realmente sorprendida--. ¿Pero de
quién?...

--¡Mía!... ¡Mía!...--balbuceó Villamelón; y comprendiendo que con esto
soltaba el trueno gordo, pidió a la tierra que se lo tragase. Mas la
tierra no tuvo por conveniente darle gusto. Currita avanzó otros dos
menudos pasitos, y suavizando más y más su acento, mientras más y más se
encolerizaba, añadió:

--¿Pero tú le has escrito, Fernandito?...

Villamelón bajó la cabeza anonadado.

--¿Pero no te dije que fueras a hablarle?... ¿Que en todo este negocio
no había que soltar por escrito una sola letra?... ¿Lo ves,
Fernandito?...

Villamelón retrocedió un paso como quien espera un cachete, y Currita
adelantó otro, diciendo después de una pausa:

--¿Y dijo que iba a... a... a presentarme esa carta?

--Eso decía Velarde.

--¿Estás seguro?...

--Segurísimo.

Villamelón dio otro paso atrás y Currita otro adelante, repitiendo con
tan suave voz que parecía una caricia:

--¿Lo ves?... ¿Lo ves, Fernandito?...

Y tirando de repente con rabioso arranque del paño negro, hundióle la
cabeza a su ilustre esposo en la especie de saco que aquel formaba;
volvió luego la espalda pausadamente, y sin perder su suavidad, salió de
la _cabaña_.

Lilí se reía a carcajadas al ver a su padre forcejeando por sacar la
cabeza del saco negro, y corrió a Paquito para decirle al oído un
secreto muy grande, muy grande...

--¡Pero qué tonto es papá!...

Paquito no la escuchaba, sin embargo: durante toda esta escena había
sentado en el sitial gótico a _Tock_, el perrazo amarillento, que se
dejaba manejar con esa especie de cariñosa paciencia con que a los niños
soportan los perros. Colgóle después de su collar de hierro repujado las
cinco medallas de los premios, y colocándole en la cabeza el diploma en
forma de cucurucho, gritó a Lilí con extraño acento:

--¡Anda, que lo retrate papá!... ¡A _Tock_ le doy yo todos mis
premios!...

Mientras tanto, pasmábase el lacayo al oír que su señora le daba, al
pasar, la extraña orden de encender sin pérdida de tiempo la chimenea
del _boudoir_, era aquel día el 25 de junio y el calor comenzaba ya a
ser sofocante. Obedeció, sin embargo, con esa especie de impasibilidad
automática, propia de los criados de grandes casas, y cuando el
excelentísimo ministro de la Gobernación, don Juan Antonio Martínez,
_buey Apis_, por otro nombre, entró en el _boudoir_, ardía ya en la
chimenea un alegre fuego, y a su lado le esperaba Currita, tendida en
una chaise longue, envuelta en una bata de raso, perfectamente
enguatada, y arropados los pies con un plaid escocés finísimo:
descansaba su cabeza en una gran almohada con lazos color de rosa, y
tendiéndole al verle entrar su franca manecita, dijo con la débil voz de
un enfermo desahuciado:

--¡Adiós, Martínez!... Sólo a usted hubiera yo recibido hoy.

El _buey Apis_ dio un mugido, expresión fiel de la admiración, la
sorpresa y el sobresalto que al punto le embargaron, y comenzó a sudar a
la vista de la chimenea encendida.

--¿Pero qué es esto, señora condesa?--exclamó desolado--. ¿Sigue la
jaqueca?...

--Fatal... ¡Fatal estoy!--contestó Currita--. Creo que tengo
calentura... ¡y unos escalofríos!...

Y la muy ladina estremecía el débil cuerpecillo, señalando al mismo
tiempo al ministro una pequeña _marquesita_ colocada junto al fuego y al
alcance de su mano: en ella se sentó el excelentísimo Martínez,
dispuesto a dejarse tostar en su mullido asiento como san Lorenzo en las
parrillas.

--¡Lo siento... lo siento en el alma!--dijo.

Y con sencillez verdaderamente progresista, añadió, recordando la
rústica farmacopea de su tierra nativa:

--¿Por qué no se pone usted dos ruedas de patatas en las sienes?... Eso
alivia mucho.

--¿Patatas?--exclamó Currita estremeciéndose de espanto. ¡Jesús,
Martínez, por Dios!... Prefiero la jaqueca.

Martínez comprendió que había asomado la oreja lugareña bajo la piel del
ministro cortesano, y entró en materia, dejando a un lado compasivos
preámbulos y recetas caseras.

--Siento entonces venir a aumentarle a usted la jaqueca; pero el negocio
es grave y urgente...

La condesa acomodó la roja cabecita en su blanda almohada con lazos rosa
y fijó en el ministro sus claros ojos, que expresaban admirablemente la
extrañeza. Afianzóse Martínez las gafas de oro, torció la descomunal
cabeza, y amenazando a Currita con su gordo y porrón dedo, como hace el
dómine que echa al niño una reprimenda cariñosa, le dijo:

--En Palacio están muy disgustados...

Currita se encogió de hombros, haciendo un gracioso pucherito como quien
dice: ¿Y a mí qué me cuenta usted?...

--Sí, señora--prosiguió el ministro--. Su majestad el rey, muy
ofendido... Su majestad la reina, sentidísima.

Diole a Currita ganas de reír la pomposa hinchazón con que pronunciaba
el ministro demócrata aquellas sonoras palabras: Palacio...,
majestad..., rey..., reina, que parecían llenarle la ancha bocaza, y
preguntó con su suavidad acostumbrada:

--¿Quién?... ¿_La Cisterna_?...

Crecióse el ministro como un toro de Veragua al que plantan una pica.

--No, señora--exclamó ofendido en su orgullo dinástico--; su majestad la
reina de España, doña María Victoria.

--¡Ya!...--dijo Currita--. ¿Y qué tengo yo que ver con los sentimientos
de esa señora?...

--¿Qué tiene usted que ver?...--exclamó el ministro, sofocado por el
calor de la chimenea y la calma zumbona de Currita--. ¿Pues le parece a
usted poco solicitar el cargo de camarera mayor, para desairarlo luego
después de concedido?... ¿Así se juega con una reina modelo de virtudes?
¡Pues sepa usted que el Gobierno está decidido a reclamar
enérgicamente!...

Y el ministro, descompuesto, sudando la gota gorda, colorado como una
remolacha, y con ambos puños apoyados en las respectivas rodillas,
fijaba en Currita sus ojos de besugo, como si pretendiese tragársela de
un solo bocado. No le intimidaban, sin embargo, a ella los mugidos del
_buey Apis_; incorporóse un poquito, y muy extrañada y ofendida, y con
los claros ojos fijos siempre en el vacío, comenzó a decir con su suave
vocecita algún tanto apurada:

--¡Pero Martínez, por Dios, no se descomponga así!... ¡Se pone usted tan
feo!... Preciso es que haya en eso alguna equivocación, algún _quid pro
quo_, para que un hombre de su talento de usted diga semejantes
desatinos... ¿Yo, camarera de _la Cister..._ quiero decir, de doña
Victoria?... ¿De dónde ha salido eso?

--¡De usted misma, señora condesa, de usted misma!--gritó el ministro--.
¿Se atreverá usted a negar delante del ministro de Ultramar que ha
solicitado el cargo de camarera, con tal que diesen a Velarde la
Secretaría del rey, y a usted seis mil duros de sueldo?...

--¡Pues ya lo creo que lo negaré!--contestó Currita con todo su
desparpajo.

--¿Sí?... Pues veremos si su marido de usted lo niega igualmente, cuando
todos los periódicos de Madrid publiquen esta carta.

Y el _buey Apis_ sacó una de su bolsillo, que puso extendida ante los
ojos de Currita, como si pretendiese cumplir su bestial amenaza de
refregársela por los hocicos. La condesa fue a echar mano al papel con
grande prisa, pero el ministro lo retiró al punto, diciendo brutalmente:

--¡Ca!... Esta no la suelto yo ni un momento; pero ahora mismo la oirá
usted de cabo a rabo.

Y poniéndose las gafas sobre la frente, porque era miope, comenzó a leer
la carta. En ella, el marqués de Villamelón, de acuerdo con su esposa,
pedía para esta, por medio del ministro de Ultramar, el puesto de
camarera mayor de la reina, con las dos condiciones indicadas antes por
Martínez: la Secretaría particular de don Amadeo para Juanito Velarde y
los seis mil duros de sueldo para la dama misma. La prueba no podía ser
más concluyente, y Currita pudo comprender toda la imprudencia de su
caro esposo al dejar escapar aquella prenda. No se apuró mucho, sin
embargo: mientras el ministro leía, habíase ido incorporando poco a
poco, haciendo mohínes de espanto y gestos de protesta, y de repente,
con la agilidad de una gata cazadora que se lanza sobre el incauto
ratoncillo, arrancó de manos del ministro la peligrosa carta y la arrojó
al fuego... El papel se enroscó un segundo entre las llamas, quedando al
momento convertido en cenizas.

Atónito el ministro retrocedió bruscamente en la butaca, soltando una
palabrota: mas Currita, sin ofenderse por ella, ni asombrarse tampoco,
dejóse caer de nuevo en su almohada como si tal cosa, diciendo con su
cándida risita:

--¡Vamos, vamos, Martínez!... Preciso será que se ponga usted dos
parches de patata... ¡Eso refresca mucho!...




--VI--


Jamás había pasado el pacífico portero de Villamelón susto tan tremendo
como el que le tenía reservado el señor gobernador de Madrid para aquel
día memorable, 26 de junio... Eran las diez de la mañana, y Baltasar,
sin haberse vestido aún la larga librea azul, con anchas franjas en las
bocamangas y cuello, cubiertas de escudos heráldicos, limpiaba
cuidadosamente el polvo a las soberbias arcas florentinas, los enormes
sitiales antiguos y las armaduras de brillante acero que adornaban el
vestíbulo. Púsose después a peinar las largas lanas de Bruin, el oso de
Noruega, su mudo compañero; y en esta operación se hallaba, cuando un
tropel de gente sospechosa invadió de repente la casa, en actitud nada
tranquilizadora. Asustado Baltasar, cerró de golpe la gran mampara de
cristales; pero, a los repetidos porrazos que en ella dieron los que de
fuera entraban, cayeron rotos dos de los magníficos vidrios esmerilados
que ostentaban en medio la cifra y corona de Villamelón, y aterrado
entonces Baltasar, huyó escaleras arriba con el mandil remangado,
atropellando a su paso al diminuto _don Joselito_, que pacíficamente
frotaba con cáscara de limón las varillas metálicas que sujetaban la
mullida alfombra en cada peldaño de la escalera. El enano huyó también
dando gritos, y a poco la servidumbre entera del palacio corría por
todas partes azorada, abriendo y cerrando puertas, e infundiendo la
alarma por todo el vecindario.

Mientras tanto, los invasores llegaban a una antecámara completamente
desierta, y el que parecía capitanearlos comenzó a golpear el suelo con
su bastón de borlas, citando a la condesa de Albornoz en nombre de la
justicia. Era este individuo el jefe de orden público, y venía en nombre
del gobernador a registrar el palacio de la condesa e incautarse de
todos sus papeles. Acompañábanle media docena de guardias municipales,
un alcalde de barrio y hasta diez o doce hombres de mala catadura,
provistos de grandes garrotes, que parecían por las trazas pertenecer a
la por aquel tiempo famosa _partida de la porra_. Guardáronse todas las
puertas, quedando franca para todo el mundo la entrada, prohibida para
todos la salida.

Mientras tanto, dormía Villamelón el sueño del justo. Currita, por el
contrario, levantada contra su costumbre desde muy temprano, como si
algo esperase, notó al punto el alboroto; púsose muy pálida, y una
sonrisa de diablillo crispó por un momento sus delgados labios.
Temblando como una azorada, entró Kate, la doncella inglesa, a
participarle lo ocurrido; pareció entonces azorarse mucho la dama, como
si de nuevo la cogiese, y quiso a toda prisa avisar al marqués de Butrón
lo que acontecía. Las puertas estaban ya, sin embargo, guardadas y
prohibida la salida; púdose, a pesar de todo, hacer saltar la tapia del
jardín a un pinche de cocina, y este fue el encargado de llevar al
diplomático la embajada de la condesa.

El despertar de Villamelón fue horrible: la imagen del terror había
quedado grabada de antiguo en su cerebro, bajo la forma de los salvajes
rifeños de África, y ellos, con sus espingardas, fueron los primeros
fantasmas que vio asomar en su imaginación en ese primer momento de
confusión de ideas que sigue al despertar de todo hombre. El
excelentísimo Martínez, el colosal _buey Apis_, vino al punto a
destacarse entre ellos, presentándole con una mano su imprudente carta,
echándole la otra al pescuezo para conducirle sin piedad al Saladero...
Villamelón pensó morir del susto, porque a su carta, y sólo a su carta,
como muy bien le había profetizado el día antes Currita, podía atribuir
la repentina llegada de la policía. Pronto, sin embargo, tomó su
partido: acurrucóse de nuevo en la cama y juzgó lo más prudente darse
allí mismo por muerto. ¿No era Currita quien le había metido en aquellos
berenjenales?... ¡Pues allá se las compusiera ella como buenamente
pudiese!... En vano le instaba la condesa, temblando de ira, para que se
levantase y saliera a recibir la caterva de polizontes: Villamelón
contestaba que estaba constipado, que estaba sudoroso y cogería de
seguro un pasmo a poco que le diese el aire.

El tiempo urgía, y la intrépida Currita viose al fin precisada a salir
ella misma al encuentro de los invasores: no lo hubiera hecho con más
arrogancia la viuda de Padilla al presentarse a las tropas de Carlos V
en el alcázar de Toledo. Con altivo continente pidió al jefe de orden
público el mandato del gobernador, legalizado por el juez, único que,
según las leyes vigentes, podía autorizar aquel atropello: presentóse
respetuosamente el funcionario, y rasgólo ella en dos pedazos después de
leerlo. Hizo entonces una valiente protesta en que sacó a relucir sus
leales opiniones alfonsinas, y mandando a un viejo empleado en la
contaduría de la casa que guiase a sus habitaciones a aquellas gentes y
presenciara el registro, retiróse dignamente a la sala de billar,
seguida de sus doncellas como una reina de sus damas: allí hizo traer a
los dos niños, Lilí y Paquito, y abrazándolos tiernamente y sentándolos
en sus rodillas, parecía parodiar el triste grupo de la reina María
Antonieta, refugiándose con sus hijos en un rincón de las Tullerías,
invadidas por el populacho. Kate lloraba desconsolada; Miss Buteffull se
había puesto el sombrero y los guantes, como si esperase la orden de
marchar.

No hacía Currita aquellos alardes artísticos sentimentales a humo de
pajas: la noticia había corrido en un segundo por los círculos políticos
y aristocráticos de la corte, extendiéndose después por casinos y cafés,
tiendas y plazuelas. El pueblo comenzó a agolparse con su estúpida
curiosidad a las puertas del palacio, y a poco una larga hilera de
coches ocupaba toda la calle, suspendían un momento su pausada marcha,
abríanse y cerrábanse con estrépito las portezuelas, y bajaban
encopetados señorones, aristocráticos gomosos y damas elegantes; venían
estas de trapillo, mirando a todas partes, entre asustadas y curiosas, y
abrazaban a Currita haciendo exclamaciones de sorpresa, de indignación,
de entusiasmo y de lástima. Esto era lo que esperaba la taimada condesa;
con su sonrisa de colegiala, apretaba a unos la mano en silencio,
repetía a otros la relación del atropello, y elevaba los ojos al cielo
con aire de víctima resignada que se inmola, abrazada a sus hijos, en
aras de la proscrita dinastía. ¿Qué sería de ellos? ¡Pobres hijos
suyos!... ¡Y Fernandito, tan afectado, tan nervioso, postrado en cama e
inspirando su salud serios cuidados! Quizá les esperaba el destierro,
quizá la cárcel, quizá... ¡Oh! Las damas se estremecían de furor y de
espanto, hablando todas a un tiempo, confortando a la víctima con sus
consejos y dándose todas al diablo allá en sus adentros, porque era a
Currita y no a ellas a quien había tocado la suerte de hacerse
sospechosa a la policía y llegar al apogeo de la celebridad de un solo
salto.

Llegaron también varios periodistas a caza de noticias, lápiz en ristre
y reparos a la espalda, y fueron muy bien recibidos, dignándose la misma
Currita darles noticias del suceso. Pedro López, el cronista de los
salones elegantes, que acudía a comidas y saraos con los bolsillos del
frac forrados de hule para poderse llevar a mansalva dulces y
emparedados, estuvo admirable. Currita le tendió una mano, enternecida a
la vista de aquel fiel amigo que tantas veces había descrito los
primores de su falda, él se la estrechó en silencio, repitiendo por tres
veces:

--¡Ominoso!... ¡ominoso!... ¡ominoso!...

Y apartándose un buen trecho, púsose a garrapatear con ardor febril en
su cartera, no sin que todas las damas y muchos caballeros vinieran a
hacérsele presentes, mendigando una mención honorífica en aquella
crónica que había de ser al otro día la _great attraction_ de la corte.
La apoteosis de Currita prometía ser ruidosísima, y preciso era figurar
en ella, aunque sólo fuera de comparsa.

Llegó Leopoldina Pastor, sofocadísima, con un devocionario enorme en la
mano: venía de Misa, porque estaba haciendo en San Pascual una novena
para impetrar del cielo una apoplejía fulminante para don Salustiano de
Olózaga. Irritóse mucho de que Currita no hubiese tirado por la ventana
al jefe de orden público; juró que no saldría de allí aquel indecente
sin oír antes de sus labios cuatro palabritas bien dichas, y alborotando
y accionando, y sacando la lengua a los agentes de orden público que
encontró al paso, fue a parar al comedor, porque eran ya las doce,
estaba en ayunas, tenía hambre y se hacía imposible salir de allí hasta
que terminara el registro. Muchas damas y caballeros la siguieron,
dispuestos a caer sobre las provisiones de Villamelón como una nube de
langostas, y el pasmo de todos fue entonces grande... Sorprendieron al
moribundo marqués en un rincón del comedor, apoyado en un trinchero de
roble, zampándose en pie y a toda prisa, y mirando a todas partes
azorado, una inmensa jícara de suculento chocolate, con una pirámide
colosal de dorados picatostes... Pasado el primer susto, y no escuchando
ya en la casa otro ruido extraordinario que el incesante ir y venir de
la gente que de la calle entraba, Villamelón sintió en toda su pujanza
el aguijón más terrible que podía hostigarle: ¡el aguijón del hambre! En
vano llamó una vez y otra vez que le trajesen como todos los días:

Ancha bandeja con tazón chinesco,
Rebosando de hirviente chocolate.

Los criados, diseminados por la casa, no acudían a su llamada, y
prefiriendo Villamelón los riesgos de otra muerte a la muerte de hambre,
decidió al cabo levantarse y escurrirse por pasadizos y corredores hasta
la misma cocina, en busca del cotidiano alimento: una vez en posesión de
él, refugióse en el rincón más cercano y allí comenzó a devorarlo.

La llegada de los importunos huéspedes hízole levantar el campo, huyendo
hacia el interior con el chocolate en una mano y los picatostes en la
otra. Mas, con grandes risotadas le detuvo la señoril y hambrienta
turba, y alcanzándole Leopoldina Pastor por los cortos faldones de la
bata, le gritaba muerta de risa:

--¿Pero dónde vas, Fernandito?... ¡No te vayas, hombre!... ¡Si para
sentir es menester comer!... ¡Si nosotros venimos a ayudarte!...

Y desde el _maître d'hôtel_ hasta _don Joselito_, comenzaron a trabajar,
sin dar apenas abasto en servir a la emocionada concurrencia un _lunch_
improvisado, un _pic-nic_ sustancioso.




--VII--


Era el marqués de Butrón una de esas medianías que en los tiempos de
escasas notabilidades pasan por eminencias, debiendo sólo su altura a
las escasas proporciones de los hombres y cosas de su época. Hase dicho,
sin embargo, que no hay hombre grande para su ayuda de cámara, y no se
libraba el gran _Robinsón_ de esta ley general de las ilustres
celebridades. Consistía, pues, una de sus secretas flaquezas en teñirse
cuidadosamente la barba, blanca ya por completo, para ponerla al nivel
de su todavía abundante cabellera, que se conservaba negra como las alas
del cuervo.

Disponíase, pues, el respetable diplomático en aquella mañana del 26 de
junio a esta operación importantísima, cuando le pasaron
precipitadamente el recado de Currita. El peludo señor perdió por
completo la cabeza, y temiéndolo todo de la bellaquería de la condesa,
que tenía él muy bien conocida, pidió a toda prisa un simón, y sin
acordarse para nada de que su barba sin teñir iba a revelar el hasta
entonces bien guardado secreto a las lenguas más hábiles en cortar sayos
que encerraba la corte, corrió al palacio de aquella equívoca oveja que
tanto le importaba conservar en el redil alfonsino. Los polizontes que
guardaban la puerta le dejaron pasar, según la consigna, mirándole con
esa especie de receloso respeto que a las gentes bajas de un partido
causan siempre los pájaros gordos del partido contrario.

La noticia de su llegada causó sensación profundísima entre la turba de
amigos y amigas que invadía el palacio, y todos, hasta los que en el
comedor se hallaban, corrieron a su encuentro. Su presencia allí daba al
suceso una importancia y un colorido que había muy bien calculado
Currita al mandarle buscar con tanta urgencia. El gran _Robinsón_
extendió ambos brazos al verla, exclamando: «¡Hija mía!», y la dama se
dejó caer en ellos con filial abandono, sollozando fuertemente y
mostrando a sus hijos, que se agarraban asustados a la falda de Miss
Buteffull, siempre tiesa e impasible.

El coro general de damas comenzaba a emocionarse; pero acertó a reparar
Gorito Sardona en la desteñida barba del diplomático, y apresuróse a
comunicar el descubrimiento al oído de Carmen Tagle; echóse a reír ella,
díjolo a su vecina, esta al que tenía al lado, y a poco, una porción de
solapadas risitas hacían fracasar por completo la parte patética del
espectáculo.

Butrón, sin embargo, no cayó en la cuenta, y con el majestuoso
continente que las circunstancias requerían, arrastró con suavidad a
Currita al próximo gabinete. Sudaba como un pato, y la camisa no le
llegaba al cuerpo, temiendo alguna nueva trapisonda de la ilustre
condesa, que viniera a desacreditar sus manejos diplomáticos. Azorado y
en voz baja, y mirando a todas partes, como si temiese ver aparecer a
los polizontes que invadían el palacio, le dijo:

--Pero ¿qué es esto?... ¡Habla, hija mía!...

Currita se dejó caer en un sofá, cubriéndose el rostro con el pañuelo.

--¡Estoy perdida!--dijo.

El respetable Butrón abrió la boca, como si fuera a tragarse un queso
entero.

--¡Fernandito es un imbécil!--continuó Currita muy afligida.

Butrón movió de arriba abajo la cabeza en señal de profundo
asentimiento.

--Le ha engañado Martínez... Me ha comprometido atrozmente... Es
horrible, horrible... ¡Infame, Butrón, infame!

--¡Habla bajo!--exclamaba el diplomático, sobresaltado--. Sosiégate,
hija mía, sosiégate... y cuenta para todo conmigo... Para todo, ¿lo
oyes?... para todo...

Y con las dos peludas manos apretaba _Robinsón_ con efusión paternal la
mano de Currita.

--Lo sé, Butrón, lo sé, y por eso acudí a usted al punto--dijo ella más
sosegada--. ¡Pero es horrible, horrible!... ¡Figúrese usted que todo lo
que decían de mi nombramiento de camarera es cierto!...

--¿Cierto?--exclamó Butrón como si se le atragantase en el esófago el
queso que antes parecía tragarse.

--Fernandito le escribió al ministro solicitando para mí el cargo...
¡sin decirme nada, Butrón!... ¡sin contar conmigo!... ¡Vamos, si es
horrible, horrible!... ¡Ay, qué marido!... Le aseguro a usted que si no
fuera por mis hijos entablaba el divorcio...

Aquí derramó Currita algunas lágrimas en aras del honrado Himeneo, cuya
antorcha corría riesgo de apagarse, y continuó muy bajito:

--Por eso, como yo no sabía nada, dije antes de ayer en casa de Beatriz
lo que creía, ¡claro está!, la verdad... Que el ministro vino a
ofrecerme el cargo, y yo me había negado a aceptarlo muy ofendida,
tomándolo por una majadería de esa gentuza... Figúrese usted mi sorpresa
cuando ayer se me entra por las puertas ese animal de Martínez, tan
ordinario, tan groserote, muy ofendido con mi negativa, gritando como un
energúmeno que nadie jugaba con el Gobierno, y amenazándome con una
carta de Fernandito, que iba a refregarme... ¡por los hocicos, Butrón,
por los hocicos!...

Y aquí ahogó de nuevo el llanto la voz de Currita, prosiguiendo a poco
entre sollozos:

--¡Qué ultraje, Butrón, qué vergüenza!... ¡Creí morirme de
sentimiento!... ¡Al padre de mis hijos debo esta ofensa!... Bien se lo
he dicho mil veces: tu condescendencia con esa gentuza nos va a perder,
Fernandito...

--Pero ¿viste tú esa carta?--exclamó Robinsón estupefacto.

--¡La vi, Butrón, la he leído!... ¡Qué vergüenza!... ¡Creí morirme!...
Decía el _buey Apis_ que el ministro iba a publicarla en los periódicos
si yo no aceptaba el cargo. ¡Lloré, supliqué, pidiéndosela en nombre de
mi honra, en nombre de mis hijos!... Todo en vano: o aceptaba yo el
cargo, o la carta se publicaba... Entonces le ofrecí dinero, y mi hombre
empezó a blandearse... Me pidió cinco mil duros; luego tres mil,
¡regateando, Butrón, regateando como un judío!... Por fin se cerró el
trato en los tres mil, y anoche, a la una, volvió a entregarme la carta
y recibir el pago... Porque, claro está, yo no tenía dinero bastante,
tampoco podía pedírselo a Fernandito, y he tenido que empeñar una
porción de joyas...

Butrón escuchaba asombrado, tragándose, una a una, como un bolonio, toda
aquella sarta de mentiras, diestramente entrelazadas con algunas escasas
verdades; cruzó las manos con trágico ademán y exclamó con el aire de un
Catón escandalizado:

--¡Eso es nauseabundo!

--¡Pero si hay más, Butrón, si hay más!... ¡Si es infame!--prosiguió
Currita muy animada--. A la una me entregó anoche el _buey Apis_ la
carta... A las diez llega hoy, de repente, la policía a registrarme mis
papeles... ¡Negocio redondo que buscaba el gran canalla!... ¡Coger de
nuevo la carta y quedarse con mi dinero!...

--Pero ¿la han cogido?--exclamó Butrón consternado.

--¡Ca!... ¡Primero me quitan la vida!... Tuve tiempo de romperla y echar
los pedazos por el vertedero del baño.

--¡Berr!--hizo Butrón como si le dieran náuseas; y con las manos
cruzadas a la espalda, actitud de las grandes perplejidades, y fruncido
el formidable guardapolvo de sus cejas, señal en él de graves
preocupaciones, comenzó a medir a grandes pasos la estancia. Currita le
miraba marchar con el rabillo del ojo, dando de cuando en cuanto
nerviosos suspiritos.

Indudable era para Butrón que la dama era una tramposa; pero lo que
decía era en todo perfectamente verosímil y explicaba por completo la
extraña visita de la policía. ¿Qué había ido, si no, a buscar en aquella
casa?... Por otra parte, aquel repentino suceso aseguraba al partido la
alianza de aquella mujer que dominaba al Madrid elegante con el poderoso
imperio de la moda, y esto bastaba a las teorías del diplomático;
detúvose, pues, de repente ante ella y díjole solemnemente:

--Es preciso hacer una manifestación ruidosísima, que levante el
espíritu y sirva de protesta a este atropello...

Currita se encogió de hombros, disimulando bajo una perplejidad afectada
el rayo de vanidosa alegría que iluminó su semblante.

--¡Pero, Butrón, por Dios!--dijo--, por mí no hay inconveniente; pero ya
ve usted que quien pierde aquí es Fernandito.

--Mira, Curra, Fernandito no pierde nada, porque nada tiene que
perder... Tu marido es un imbécil Y eso lo sabe todo el mundo.

--Es verdad--dijo con heroica conformidad Currita.

--Además, yo te garantizo el secreto... El negocio es grave y puede
sacarse de él mucho partido.

--Eso bien lo veo yo... Por eso no me opongo... Después de todo, lo
primero que hay que mirar es el bien de la causa... Yo todo se lo
sacrifico... Bien lo he probado siempre... ¡Bien lo estoy ahora
probando!...

Y Currita se enterneció otra vez, emboscando entre sus nuevas lagrimitas
este ruego inocentísimo:

--Lo único que pido es que escriba usted mismo a la señora la verdad de
lo que está pasando... ¡Le tengo un miedo a los enredos, a los chismes
de este Madrid!... ¡Esa Isabel Mazacán es tan chismosa... me tiene una
envidia!...

Cuadróse Butrón delante de la dama y dijo golpeándose el pecho:

--¡Confía en mí, Curra!... ¡Yo respondo!

En aquel momento llamaron a la puerta: el registro había ya terminado y
el jefe de orden público pedía permiso a la señora condesa para
presentarle sus excusas.

--¡Ay, no, no!--exclamó Currita--. Dígale usted que puedo muy bien
pasarme sin ellas.

--Y añádale--dijo Butrón con toda la majestad olímpica que su misión
allí requería--que la señora condesa de Albornoz se reserva el derecho
de protestar en todos los terrenos de semejante atropello... Y dígale
también que toda la aristocracia española y todas las gentes sensatas y
honradas están a su lado para apoyarla y defender la causa santa que
ella representa en estos momentos...

Esto dijo Butrón con arrogante tono, y acentuando mucho la palabra
_causa_, paseó después una larga mirada por la concurrencia, como quien
dice: «¿Habéis entendido?», y entróse por los grupos, dejando caer
palabras huecas que la curiosidad y la necedad rellenaron de grandes
cosas.

--El negocio es grave--decía--. ¡Currita, admirable! ¡Una heroína!...
¡Mariana Pineda!...

Entró entonces el viejo empleado en la contaduría, don Pablo Solera, que
había presenciado el registro: traía las orejas muy coloradas y un gran
papel en la mano, que presentó a la condesa... Rodeáronle todos llenos
de curiosidad, haciéndole mil preguntas, que el viejo se apresuró a
satisfacer aturdido, en parte, al verse ante tan ilustre concurrencia.

El registro había sido escrupuloso en demasía y durado dos horas
enteras: el jefe del orden público había leído todas las cartas que
encontró a mano, sin perdonar pesquisa alguna, registrado todos los
papales, hojeado todos los libros y puesto aparte todo aquello en que
creyó encontrar miasmas conspiradores, para sujetarlo al examen del
gobernador de la provincia. El prudente viejo le exigió entonces un
recibo, firmado por el mismo jefe de orden público, en el cual habían de
consignarse todos los papeles que se llevaba, y este era el documento
que don Pablo presentaba a la condesa.

--¿Hay algo importante?--preguntóle Butrón en voz baja, leyendo la
lista al mismo tiempo que Currita.

--¡Pchs!... Nada--contestó esta.

Mas sus ojos se fijaban con extrañeza en esta partida inventariada en la
larga lista: «Un paquete de veinticinco cartas, atado con una cinta de
color de rosa».

El respetable Butrón tomó de nuevo la palabra. El peligro había pasado,
pero era necesario sacar todo el partido posible de aquella victoria:
hacíase indispensable meter mucho ruido, gran ruido, propagar el
escándalo por todas partes para despertar la indignación y excitar los
ánimos en contra del Gobierno y de la dinastía intrusa... Para ello,
todas las señoras acudirían aquella tarde a la Castellana con las
airosas mantillas españolas y las clásicas peinetas de teja, que eran ya
señal convenida de valiente protesta; y a la noche siguiente, él, Butrón
mismo, daría un gran baile en honra de Currita de puro carácter
político, al cual podían ya darse por convidados todos los presentes...
Las señoras lucirían todas, en la cabeza, la flor de lis, emblema de sus
esperanzas; los caballeros, un lazo blanco y azul en el ojal del frac,
colores propios y significativos de los desterrados Borbones.

El entusiasmo fue entonces indescriptible; las damas rodearon el grupo
que Currita y Butrón formaban, empujándose unas a otras, charlando todas
a un tiempo, esgrimiendo los colosales abanicos que por aquel verano
estaban de moda con el poco elegante nombre de _Pericones_.

--¡Bien! ¡Bravo!--gritó Gorito Sardona--. ¡El coro de los puñales!...
¡Butrón, a usted le toca bendecirlos!

Y se puso a cantar el

Giusta é la guerra, e in cuore
Mi parla un santo ardore,

de Meyerbeer en los _Hugonotes_. Esto hizo reír mucho a todas aquellas
señoras, y unas en pos de otras comenzaron a retirarse, nerviosas,
entusiasmadas, confesándose mutuamente que era muy entretenido conspirar
danzando y luciendo trapos en la Castellana; que era más fácil de lo que
ellas creían derribar un trono a abanicazos.

Mientras tanto, Villamelón, escurriéndose tras cortinas, puertas y
tapices, miraba desfilar la ilustre concurrencia sin osar presentarse
ante ella. Lo que más le incomodaba a él era que le hubiesen roto dos
cristales, allá abajo, en la mampara.

Al verse a solas Currita, preguntó al viejo empleado, enseñándole la
lista:

--Pero diga usted, don Pablo... ¿De quién eran esas veinticinco cartas?

El viejo se encogió de hombros.

--No sé--contestó--. El jefe de orden público leyó tres o cuatro y se
las guardó con una risita que me dio mala espina.

--¿Pero dónde estaban?

--En aquella arquita antigua que está en el gabinete de la señora
condesa... Es un cajoncito con secreto.

--¿En el _secrétaire_ del _boudoir_?--dijo Currita aún más
sorprendida--. ¡Pero si allí no había nada!... A ver, venga usted
conmigo.

Había, en efecto, en un rincón del _boudoir_, una preciosa _arquilla_,
obra acabadísima de marquetería italiana del siglo XVI, de ébano,
tallado con ricas incrustaciones de carey, plata, jaspes y bronces.
Currita abrió la gran tapa delantera, cuyas bisagras y cerrajas doradas
dejaban ver, a través de sus artísticos calados, un fondo de terciopelo
rojo, y entonces apareció el interior de aquel precioso mueble,
compuesto de bellísimos arquitos, de galerías en miniatura en que
encajaban infinidad de cajoncillos, ocultándose los unos a los otros,
con múltiples secretos.

--Pero ¿dónde estaban esas cartas?--preguntó Currita impaciente,
abriendo uno a uno los lindos cajoncitos.

--Aquí abajo--contestó don Pablo.

Y apretando un resorte de bronce, hizo saltar otro cajoncito oculto, que
dejó escapar, al abrirse, un suave olor de violetas secas. Currita metió
dentro la mano y encontró en el fondo un ramo marchito de aquellas
fragantes flores; miró algún tiempo con cierta extrañeza, como quien
pretende recordar algo, y exclamó al fin, cayendo en la cuenta:

--¡Ya!

Y de repente, poniéndose muy seria con la enfurruñada cara de quien se
teme un chasco pesado, murmuró muy enfadada:

--¡Pues tendría que ver!... ¡Estaría bonito!...




--VIII--


Bueno estaba para bollos el horno del señor gobernador a las dos de la
tarde de aquel mismo día 26 de junio. La noticia de la visita de la
policía al palacio de Villamelón había llegado a las altas esferas del
Gobierno, causando en ellas sorpresa y disgusto: ignorábase allí la
causa de aquella violenta medida del gobernador, y esperábase todavía,
por otra parte, obligar a la Albornoz a aceptar el cargo de camarera, a
pesar de la escena cómico-dramática que entre ella y el excelentísimo
Martínez había tenido lugar la víspera. Porque, como el lector habrá ya
adivinado, no obstante los enredos de la tramposa señora, los
compromisos de esta con el Gobierno eran tan reales y positivos como
había asegurado dos días antes la condesa de Mazacán en casa de la
duquesa de Bara.

Resentida profundamente Currita por lo que ella creyera desaire de la
abdicación, había decidido al punto pasarse con armas y bagajes al
enemigo, satisfaciendo de este modo sus femeniles deseos de venganza y
realizando al mismo tiempo su continuo anhelo de dar que hablar a todo
el mundo y ser siempre la primera de la primera línea. El nuevo monarca
era joven y guapo, y una vez teniéndole ella a su alcance en el puesto
de camarera, parecíale fácil amalgamar en poco tiempo, en sí misma, dos
personalidades históricas que le eran muy simpáticas: mademoiselle de La
Vallière y la princesa de los Ursinos.

Costóle, sin embargo, algún trabajo reducir a Villamelón a secundar sus
planes, porque encastillado este en lo que llamaba su honor, empeñábase
en vivir y morir fiel a la dinastía caída. Supo al cabo Currita
convencerle, y cauta siempre, y sin dar ella la cara, encargóle a él
entablar las negociaciones con don Juan Antonio Martínez y el ministro
de Ultramar, personajes ambos que con traidora previsión había procurado
desde mucho tiempo antes atraer a su casa, importándosele un bledo los
aristocráticos aspavientos de sus ilustres amigas. Las condiciones
impuestas por la condesa eran un considerable aumento de sueldo para
ella y la Secretaría particular de don Amadeo para Juanito Velarde,
adorado amigo que a la sazón privaba.

El encargo era fácil, dado el afán que de llenar aquel desairado cargo
con un grande de España existía en la corte y en el Gobierno.
Villamelón, sin embargo, cometió una pifia contra las terminantes
prescripciones de Currita. Habíale encargado esta que por ningún
concepto soltara prenda por escrito en el manejo de aquel negocio, y por
no faltar el majadero a una cita que con cierta viuda problemática
tenía, a la misma hora en que le citaba también el ministro, dejó
escapar aquella malhadada carta dirigida a este, que tan serias
complicaciones había de traer más tarde.

Mientras tanto, la carta de la reina Isabel vino a desbaratar todo lo
hecho, y con su desfachatez sin igual, volvióse atrás Currita, dejando a
la corte y al Gobierno burlados, y en las astas del toro a su marido. No
satisfecha con esto, y para acallar los peligrosos rumores, que,
atizados por Isabel Mazacán, corrían de lo sucedido, imaginó denunciarse
a sí misma al gobernador, escribiéndole un anónimo en que con pruebas
patentes y señales manifiestas aseguraba que la condesa de Albornoz y
el marqués de Butrón urdían un complot vastísimo, existiendo en poder de
ellos papeles muy importantes para la causa alfonsina. El incauto
gobernador cayó en el garlito, y ya hemos visto la admirable profundidad
con que secundó los atrevidos planes de aquella ilustre bribona, cuyas
mezquinas intriguillas traían en conmoción a toda la corte. La visita de
la policía afianzaba para siempre la fama de su lealtad alfonsina,
dándole una importancia en el partido que la ponía por completo a
cubierto de las pretensiones de la corte amadeísta. Así lo comprendió el
excelentísimo señor don Juan Antonio Martínez, y hecho un basilisco fue
a pedir al gobernador cuenta de su torpeza; alborotóse este, y
guardándose muy bien de confesar que sólo en un anónimo cifraba él las
pruebas del complot de Currita, aseguró campanudamente que le constaba
la existencia de una vasta conspiración alfonsina, que el marqués de
Butrón la dirigía, y que la señora condesa de Albornoz era una
trapisondista de tomo y lomo.

--¡Si me lo querrá usted decir a mí!--exclamó el _buey Apis_ resollando
por la herida.

Y contó al gobernador, con todos sus pormenores, la historia del
nombramiento de camarera y la escena de la carta arrojada al fuego, que
había ya hecho desternillar de risa, en las narices mismas del ministro,
a todos sus compañeros de gabinete. Mordióse el gobernador los labios,
comenzando a sospechar que habían hecho un pan como unas hostias, y el
_pas trop de zéle_ de Talleyrand acudió a su mente como un reproche.
Detuvo, sin embargo, un momento su cólera y sus temores la entrada del
jefe de orden público, que venía a entregarle los papeles sorprendidos
en poder de Currita.

Lanzóse el gobernador sobre ellos con todo el ardor de su picado amor
propio, y púsole su mala suerte ante los ojos, lo primero, un
plieguecillo de esquela, con el timbre de la condesa de Albornoz, y
escrito en él, con diversos caracteres de letra, este extraño letrero:
_¡Qué animal tan hermoso es el hombre!_ Examinaba atentamente el
gobernador el papelillo, creyendo encontrar alguna clave oculta o algún
santo y seña misterioso entre aquellos diversos caracteres de letras,
rechondas y apretadas unas, largas y finitas otras, diminutas cual
patitas de moscas entrelazadas que se prolongasen en forma de cadeneta,
las últimas. Estas despertaron en su mente un vivo recuerdo; buscó
apresuradamente el anónimo que encerraba la denuncia, cotejó ambas
letras, y el velo se rasgó entonces por completo. ¡Era la misma!...
Probado quedaba que la excelentísima señora condesa de Albornoz era una
trapisondista de tomo y lomo, y el excelentísimo señor gobernador de
Madrid un majadero de siete suelas.

Su furor no tuvo entonces límite, y vino a aumentarlo el cazurro
Martínez, que con los carrillos hinchados y la boca llena de risa
reventaba por soltar la presa, y soltóla al fin, diciendo a modo de
fisga:

--¡Abortó la conspiración!... ¡España puede ya dormir tranquila!...

Su excelencia encontraba cierto maligno gustito en no ser la única
víctima de los enredos de aquella grandísima tuna que tan pesados
chascos estaba dando a los Epaminondas y Arístides de la España con
honra. El señor gobernador comenzó a echar sapos y culebras por la boca,
lo mismo que cualquier rufián de callejuelas, y volviendo y revolviendo
los papeles, vino a topar con el paquete de las veinticinco cartas. Su
gozo fue entonces inmenso: tenía ya asegurada la venganza.

La noche anterior había hecho Currita un escrupuloso escrutinio en sus
papeles, quitando de en medio lo que podía comprometerla, y poniendo
bien a la vista lo que favorecía sus planes; excusado es decir que la
carta de la reina Isabel quedó en puesto tan visible, que presto pudo
dar con ella el jefe de orden público. Dos descuidos imperdonables tuvo,
sin embargo: quedósele traspapelado en la carta de escribir el
plieguecillo en que había hecho sus pruebas caligráficas y olvidóse por
completo de que en un cajoncito oculto de la arquilla antigua del
_boudoir_ existía, hacía más de tres años, un paquete de cartas. Eran
estas de cierto capitán de artillería, andaluz, de gran familia,
arrogantísima figura y poquísima vergüenza, que había antecedido a
Juanito Velarde en el puesto de confianza que a la sazón ocupaba este en
la casa.

Triunfante el gobernador, preguntó a Martínez si le parecía conveniente
publicar aquellas cartas en los periódicos.

--Pero, hombre, no sea usted mentecato--replicó el ministro--. ¿Cree
usted que hay alguien en Madrid que no sepa o suponga que esas cartas
existen o han existido?...

--Pero entonces, ¿qué partido sacamos de ellas?

--Uno muy sencillo... ¿No tiene usted que devolvérselas a la condesa?

--¡Claro está!... Como que el jefe de orden público le ha dejado recibo.

--Pues en vez de enviárselas usted a la mujer, se las envía al marido...
Es la única manera de practicar en este asunto la obra de misericordia
de enseñar al que no sabe.

--¡Magnífico!--exclamó el gobernador, admirado de la maquiavélica
política de su excelencia.

Y, sin pérdida de tiempo, púsose a escribir un atento B. L. M. al
marqués de Villamelón, presentándole mil excusas por el mal rato que le
había dado aquella mañana, anunciándole la devolución de los papeles
incautados y suplicándole cortésmente los repasase uno a uno y muy en
particular las veinticinco cartas del paquete, no fuera que por
casualidad se hubiese alguna de ellas traspapelado.

En aquel momento, un portero entregó al señor gobernador una esquelita
perfumada, que parecía ser de una dama coqueta, y era del lindo ministro
García Gómez, el elegante de la situación, el _dandy_ de aquel gabinete
eminentemente progresista. Enterado por su amiga Isabel Mazacán de la
orden del día dada por el marqués de Butrón en la casa de Currita,
apresurábase a poner en conocimiento de la primera autoridad de la
provincia la manifestación de mantillas y peinetas que las damas de la
aristocracia preparaban para aquella tarde en la Fuente Castellana. El
gobernador comenzó a bufar de nuevo, amenazando entre enérgicas
interjecciones hacer con mantillas y peinetas lo que Esquilache hizo con
capas y sombreros.

--¡Pero, hombre, no sea usted mentecato!--volvió a decir el ministro con
su risa de paleto--. Eso tiene muy fácil remedio.

--¿Cuál?

--Llame usted a Claudio Molinos.

Llegó Claudio Molinos, bribón consumado, especie de baratero político
que en aquel tiempo alcanzó gran boga, y era, según la voz pública, el
galeoto del Gobierno en sus enjuagues de mala ley, y el reclutador y
generalísimo de la partida de la porra. Recibiéronle ambos personajes de
igual a igual, y con grandes extremos, y después de una corta
conferencia, tornó a salir Claudio Molinos muy apresurado. Martínez
salió también con gran pachorra, inclinada la cabezota, y las manos y el
bastón a la espalda, y quedóse el gobernador muy satisfecho,
restregándose las manos chiquitas y regordetas con alguna que otra uña
no limpia del todo.

A las seis y media de aquella misma tarde no se veía un solo carruaje en
el Retiro ni en el Parque, y centenares de ellos, por el contrario,
atravesaban al trote largo el Paseo de Recoletos, atestado ya de gente,
y seguían en confuso remolino hacia la Fuente Castellana. Jamás Viena
corriendo hacia el Práter, Berlín hacia el Linden, París hacia el
Bosque, habían presentado espectáculo tan original y pintoresco como el
que ofrecía a la puesta del sol aquella inmensa avalancha de trenes
lujosísimos, la mayor parte descubiertos, atestados de mujeres de todos
tipos, de todas edades, con trajes de colores vivos, mantillas blancas o
negras, peinetas de teja y flores en la cabeza, en el pecho, en las
manos, en los asientos y portezuelas de los coches, en las frontaleras
de los caballos y en las libreas de los cocheros, confundiéndose, sin
atropellarse, en aquella baraúnda ordenadísima, carruajes, caballos,
jinetes, arneses, prendidos, libreas, cocheros con la fusta enarbolada,
lacayos con los brazos cruzados, retintines de bocados y crujidos de
látigos, efluvios de primavera y perfumes de tocador, olor a búcaro de
la tierra recién regada, y fragancia de lilas, azucenas y violetas;
envuelto todo como en una gasa en un polvillo fino y brillante,
iluminado todo con golpes de luz bellísimos por los reflejos del sol
poniente, que penetraba por entre las copas de los árboles, haciendo
brotar resplandores de incendio en la plata de los arneses, los botones
de las libreas y el herraje de los coches.

Por las anchas aceras de la calle de Alcalá desembocaba también en
Recoletos muchedumbre compacta de gente de a pie, destacándose de trecho
en trecho grupos de mantillas más o menos bien llevadas, peinetas de
teja puestas en cabezas más o menos airosas. No correspondía, sin
embargo, la animación y la algazara al número y al lujo de aquella
muchedumbre; marchaban los paseantes con esa curiosidad más ávida
mientras más medrosa, que inspiraba siempre un espectáculo peligroso;
con esa curiosidad propia del cobarde que espera oír a cada momento el
estampido de un arma de fuego. Las damas de los coches, por su parte,
cruzaban entre sí saludos, señas y sonrisas, sin poder disimular un
involuntario azoramiento, semejante al del chico descarado que se
resuelve a hacer una travesura en las barbas mismas del maestro.

De repente, a la altura de la Casa de la Moneda, paráronse los
paseantes, agrupándose bajo los árboles, y los coches moderaron su
carrera, llamándose a derecha e izquierda para dejar una calle en
medio... Por ella se adelantaba al trote largo un magnífico landó de
Binder, caídas a uno y otro lado las capotas de _chagrín_ finísimo,
arrastrado por dos soberbios bayos oscuros, dos steppers de grande
alzada y poderoso trote que la mano férrea de Tom Sickles manejaba tan
fácilmente como movía el viento los ramos de lilas y claveles que lucían
los nobles brutos en las brillantes frontaleras. Tendida en los
almohadones de raso, con aire distinguidísimo, paseaba la condesa de
Albornoz su desvergüenza, dando la derecha a su amiga y pariente la
marquesa de Valdivieso; vestían entre las dos primas los colores
nacionales: traje amarillo con mantilla negra la de Albornoz; rojo con
mantilla blanca la de Valdivieso, y grandes peinetas de carey una y
otra, con ramos de claveles blancos y encarnados en la cabeza y en el
pecho. Arremolinábase la gente al verlas pasar, las damas las saludaban
con los pañuelos desde los coches, arrojándoles flores muchas de ellas,
y una turba de gomosos a caballo trotaban a uno y otro estribo del
coche, a guisa de caballerizos. De esta manera triunfal hizo Currita su
entrada en la Castellana.

Formaban ya allí los carruajes ordenada fila, y entonces pudo apreciar
el marqués de Butrón todo el numero y arrogancia de sus huestes
femeninas. Allí estaba él en un landó de colores oscuros, teniendo a su
derecha a la marquesa, respetable señora que llevaba uno de los nombres
más ilustres de España, y podía hacer gala de una de las reputaciones
más sin tacha de la corte. Más lejos iba Isabel Mazacán con Leopoldina
Pastor, en un milord preciosísimo; Pilar Balsano, la duquesa de Bara,
Carmen Tagle y otra infinidad de estrellas y constelaciones del gran
mundo, entre las que descollaba la señora de López Moreno con su hija
Lucy, vestida ella de azul con mantilla blanca y grandes rosas en la
cabeza, ocupando casi por completo una gran carretela con arreos a la
calesera, y cochero y lacayo con sombrero calañés, pantalón y chupa de
oscuro terciopelo. Todas ellas, mujeres problemáticas, y otras mil y mil
mujeres frívolas y superficiales en apariencia, pero honradas en el
fondo las más, sólidamente virtuosas y sensatas muchas de ellas,
saludaban al pasar a la ilustre bribona, inclinándose todas a su paso,
rindiéndole el homenaje de sus sonrisas y su envidia, haciéndose reas de
la perniciosa condescendencia con el vicio, llaga mortal de las grandes
sociedades, contribuyendo con su presencia y con su lujo, por necedad,
por debilidad o por malicia, al gran pecado del escándalo, al triunfo de
la más ruin bellaca que urdió jamás trapisondas en la corte.

No duró mucho, sin embargo, la apoteosis... Nadie ha podido explicar
nunca cómo sucedió aquello: unos dicen que vino del Hipódromo; otros,
que del barrio de Salamanca; algunos, que de un hotelito que, emboscado
en un jardín, existe en la Castellana. Es lo cierto que, de repente,
apareció en la fila de coches un gran landó a la Daumontl con cuatro
caballos blancos; venían dentro dos mujerzuelas de vida airada,
abigarradamente vestidas de encarnado, con pomposas mantillas y enormes
peinetas, poniendo en asquerosa caricatura a las damas de la
aristocracia. En el asiento de enfrente, un rufián con sombrero de copa
un poco ladeado y largas patillas postizas, parecía parodiar a cierto
prócer famoso que en aquel tiempo hacía gran papel en las filas
alfonsinas[8].

[Nota 8: Histórico todo.]

Aquello no fue un bofetón, fue una coz, una patada del excelentísimo
Martínez, que acababa de un golpe con las peinetas y mantillas, con más
facilidad que acabó Esquilache con los sombreros y las capas. Díjose
luego que, desde una ventana del hotelito escondido, había él
presenciado la escena, con las manos a la cabeza, sacudiendo la
cabezota, dejando oír su risita de cazurro, de paleto empingorotado.

--¡Ju, ju, ju, ju!...

Entonces hubo un momento de confusión grandísima, de alarma verdadera:
algunos hombres de a pie y de a caballo se lanzaron sobre el coche con
los bastones enarbolados, para hacerlo salir de la fila. Intervinieron
los guardias de orden público en favor de las mujerzuelas, y mientras
tanto, huyeron en un segundo los lujosos trenes, al galope, a la
desbandada, mordiéndose los hombres el bigote de despecho, escondiendo
las mujeres, llenas de vergüenza, los rostros azorados.

Sólo quedó Currita incorporada en su coche, abriendo mucho los claros
ojos, abofeteando a todas aquellas mujeres honradas, cuya culpa
consistía en admitirla a ella en su trato, con estas candorosísimas
palabras, dichas para tranquilizar a su prima:

--Pero mujer... ¿Qué ha sucedido?... ¿Por qué se van?... Que haya otras
dos más, ¿qué importa?...




--IX--


Los periódicos ministeriales de la tarde guardaban un estudiado silencio
sobre la visita de la policía al palacio de Villamelón, como si
obedeciesen todos a una misma consigna. Los diarios oposicionistas, por
el contrario, soltaban, ocupándose del suceso, todos los registros de
sus respectivas trompeterías, prorrumpiendo en gemidos o gritos de
horror, según les soplaba el viento, a la elegía o al ditirambo...

Ningunos gemidos, sin embargo, tan perfumados; ningunos gritos de horror
tan rítmicos, como los lanzados por la pluma del espiritual Pedro López
en el artículo _El primer paso_, que publicaba aquella tarde _La Flor de
Lis_. Indudable era que Pedro López había mascado raíz de lirio antes de
lanzar aquellos suspiros confitados, que había modulado sus gritos de
horror sobre aquellos trinos de Stagno:

Voi parlate di patria
E patria piu non è.

que había llorado sobre el rosado papel lágrimas de agua de Colonia; que
había, en fin, creído, al empuñar la pluma en sus manos lavadas con
_pâte agnel_, tremolar una bandera con un palo de sombrilla por asta y
un encaje de Bruselas por lienzo... ¡Oooh!... Cuando Pedro López posó
su turbada planta en el palacio de los marqueses, cuando vio profanadas
por groseros pies de sicarios de un poder bastardo y despótico aquellas
mullidas alfombras que tantas veces habían hollado en rítmicos
movimientos del baile las bellezas más valiosas de la corte, angustia
mortal oprimió su corazón, nube de sangre cegó sus ojos, y una palmada
de su propia mano vino a herir su frente sin que--¡pásmese el
lector!--notase Pedro López que sonaba a hueco... Sonóle a un ¡ay!
fatídico, a voz triste, lejana, misteriosa, crepuscular, que murmuraba a
lo lejos: ¡El primer paso!... ¡El primer paso dado hacia el noventa y
tres... el primer paso dado hacia el Terror!... ¡Oooh!... Allí había
visto Pedro López sumida en el más profundo desconsuelo, y vistiendo
elegante _saut du lit_, con falda _plissée_, de fular de seda y encajes
crema a la bella condesa de Albornoz, ideal como la Ofelia de
Shakespeare a orillas del lago, digna como la María Stuard de Schiller
en el castillo de Fotheringhay, sublime como la princesa Isabel, la
hermana de Luis XVI, que llamó la posteridad el _Ángel de la
guillotina_... ¡Aaaah! Allí había visto Pedro López y estrechado su mano
al hidalgo caballero, al pundonoroso marqués de Villamelón, postrado en
el lecho del dolor, cual león enfermo, derramando lágrimas de varonil
despecho por no poder desenvainar, en defensa de su noble hogar
allanado, la gloriosa espada de cien ilustres progenitores... ¡Oooh!...
Y en torno de aquellas dos nobles figuras realzadas aquel día por el
infortunio, elevadas por ruin despotismo de un gobierno sobre el
gloriosísimo pedestal de la picota de sus iras, Pedro López había visto
agruparse, más hermosas mientras más doloridas, y tan elegantes en su
sencillo negligé; de mañana como en sus soberbias _toilettes_ de otras
ocasiones, a las bellísimas duquesas de A., B. y C.; a las lindísimas
marquesas de D., E. y F.; a las encantadoras condesas de G., H. y L; a
las preciosas vizcondesas de J., K. y L.; a las monísimas baronesas de
M., N. y Ñ., y a las espirituales señoras y señoritas de O., P. y Q.
También el sexo feo estaba dignamente representado por el venerable
marqués de Butrón, espejo de caballeros, y por los duques, marqueses,
condes, vizcondes, barones y señores de tal o cual, y por otras muchas
personas notables que, en lo inmenso de su emoción, quizá dejaba Pedro
López involuntariamente de enumerar.. ¡Aaah! ¡El primer paso!... Todas
las frentes parecían inclinarse bajo el peso de un mismo pavoroso
pensamiento... Mas habló el ilustre marqués de Butrón, y al eco de su
mágica palabra irguiéronse las nobles cabezas y viéronse allí ilustres
vendeanos dispuestos a disputar palmo a palmo el terreno; garridas
Marfisas y Bradamantes, capaces de realizar con el brillo de sus ojos
las proezas de aquellas heroicas amazonas de las primeras cruzadas...

Aquí ponía Pedro López cuatro líneas de puntitos suspensivos, y añadía
luego:

«Nosotros oímos sus palabras, y un rayo de celeste esperanza se deslizó
en nuestro pecho».

Más puntitos suspensivos.

«El villano atentado del gobernador de Madrid ha sido el primer paso
dado hacia el Terror... Mas--¡renazca la esperanza!--ya

...El león de Castilla
Sacude la melena!!!»

Y a renglón seguido:

«Excusado es decir que la esplendidez proverbial de los marqueses de
Villamelón proporcionó a la ilustre concurrencia un exquisito lunch
improvisado, en que llamaran la atención de todos los delicados sorbetes
de naranja, servidos en la misma cáscara de la fruta, que no obstante lo
impropio de la hora, hizo el calor del día deliciosos. Felicitamos a los
marqueses de Villamelón por haber introducido esta elegante novedad, que
no tardará en ser imitada en las mesas y salones de la corte».

Todas estas y otras majaderías por el estilo leía Currita con ávido
deleite, mirando con desdén, desde la altura de su triunfo, a Metternich
y a Pitt, a Cavour y a Bismarck. Parecía muy natural que la llamasen a
ella Ofelia, María Stuard y Ángel de la guillotina; reíase allá en sus
adentros de ver transformado a su marido en león enfermo y pundonoroso
caballero, y dejábalo correr todo junto, porque sabía muy bien que nadie
sube hoy al templo de la fama sin alas hechas de recortes de periódicos.
Vino entonces a colmar su satisfacción el director de cierta famosa
revista, que con grandes reverencias y aspavientos, y presentándole una
tarjeta en que el marqués de Butrón eficazmente le recomendaba,
manifestó su deseo de publicar en la revista el retrato de la heroica
condesa y algunos grabados de actualidad relativos al suceso que todo
Madrid discutía. Recibióle ella con esa amable condescendencia, propia
de las grandes señoras con cualquier pelafustán que las adula, y
concedióle su petición al punto, quedando convenido que la revista
publicaría el retrato de la condesa con el traje que había de lucir
aquella misma tarde en la manifestación de mantillas y peinetas de la
Castellana, y otros dos grabados conmemorativos, representando uno la
fachada del palacio en el acto de ser invadido por la policía, y otro el
momento en que salió Currita con varonil entereza al encuentro de los
invasores.

--Convendría entonces--dijo el periodista--tener algunas fotografías del
local, que sirvan de pauta al artista para marcar bien los detalles.

--Desde luego--replicó Currita muy complacida--. El señor marqués es muy
aficionado al arte, y tendrá gusto en proporcionárselas a usted él
mismo.

Y sin pérdida de tiempo envió un recado a Fernandito, suplicándole
viniese en el acto al salón en que se hallaban. Pronto trajo un lacayo
la respuesta: el señor marqués había pedido a las cuatro la berlina y
aún no había vuelto a su casa.

Fernandito corría, en efecto, en aquel momento, detrás de una duda
misteriosa que ansiaba resolver. Con grandísima zozobra había recibido
el B. L. M. del gobernador, y tranquilo ya, después de leerlo, púsose a
registrar cuidadosamente los papeles devueltos. Leyó la primera de las
veinticinco cartas sin comprenderla; en la segunda tropezóse con esta
frase, escrita de puño y letra del artillero: «En cuanto a tu marido,
bueno será que le suprimamos el _villa_ y le dejemos _melón_: está
probado que el pobre pertenece a la familia de las _cucurbitáceas_».

Fernandito no leyó más: con la boca y los ojos muy abiertos quedóse
largo tiempo suspenso, hasta que, levantándose de repente y entrando en
su cuarto de vestir, cogió un bastón con puño de plata, una delgada caña
de bambú nudosa y flexible que cortaba el aire con silbidos de culebra
al esgrimirla con gran furia Villamelón, dirigiéndose presuroso y
descompuesto a las habitaciones de la espiritual Currita, de la vaporosa
Ofelia, de la sentimental María Stuard, a quien amenazaba, sin duda, en
vez del poético lago o del dramático tajo, un trancazo soberano, una
paliza descomunal.

No quiso Dios, sin embargo, que acabase de manera tan prosaica criatura
tan ideal; a la mitad de una gran galería, adornada con plantas
exóticas, jaulas de pájaros y curiosidades de todos géneros, salió al
encuentro de Villamelón el gran perro de Kamschatka, meneando
cariñosamente la cola, y de repente, cual si resonasen en sus oídos
aquellos acentos de Otelo:

...a compir la vendetta
il ciel me invita,

descargó en la cabeza del perro el trancazo descomunal que reservaba,
sin duda, para la poética Ofelia... Luego, como el borracho que,
engolosinado con la primera copa, no para ya hasta apurar la botella,
comenzó a menudear sobre los lomos del animal una granizada de golpes,
una lluvia de palos, como jamás se registró igual en los anales perrunos
de la helada península Kamschatka. Jadeante y sudoroso, volvió a su
cuarto, desnudóse apresuradamente y se metió en la cama.

¡Morro, ma vindicato
Si, doppo lei morro!

Diez minutos después volvió a levantarse y pidió la berlina; fuese
derecho a Fornos, después al Casino, luego al Veloz, recibiendo por
todas partes enhorabuenas e interpelaciones acerca del suceso que todo
Madrid comentaba; hacía con grandes reserva y disimulo, al oído de
cuantos amigos prudentes se iba encontrando, cierta pregunta misteriosa.

Encogíanse algunos de hombros; otros se echaban a reír; contestábanle
todos que no, y Villamelón seguía adelante con su enigmático empeño.
Encontróse, al cabo, en un apartado gabinete del Veloz, a un viejo con
grandes patillas canas y una cabellera blanca y espesísima, más digna de
coronar la frente del rey Lear que aquel rostro encarnado y granujiento
en que había dejado impresa su huella todos los vicios. Contrastaba su
indisputable aire de gran señor con su traje abandonado y hasta sucio, y
dábale todo ello el aspecto de un anciano monarca disfrazado de tendero.
Hallábase sentado ante una gran botella de ginebra, que despachaba poco
a poco en una inmensa copa de cristal, echando de cuando en cuando
algunos terrones de azúcar. Llamábase Pedro de Vivar, era segundón de
una gran casa, vivía del juego el tiempo que no estaba borracho y
hacíanle famoso en Madrid su cinismo y sus cuentos chocarreros,
conociéndole todo el mundo por el nombre de Diógenes. Era de esas
personas que han llegado a tener _cosas_, y una vez en posesión de esta
ejecutoria, pueden ya cometer a mansalva toda clase de desmanes sin otro
temor que el de ver a las gentes encogerse de hombros murmurando:

--¡Cosas de Fulano!

Sabíalo él muy bien y aprovechábase de ello para decir a todo el mundo
las mayores desvergüenzas con el acierto que le inspiraba siempre su
claro entendimiento y su mucha práctica del mundo. Era un sinapismo
ambulante, que dejaba siempre al pasar algunas ampollas levantadas.

Acercósele, pues, el inocente Villamelón, preocupado por su idea, y
después de algunas palabras insignificantes que dieron tiempo a Diógenes
para vaciar por dos veces la copa, soltó al fin la pregunta misteriosa
mirando a todas partes con cuidado:

--¡Hombre, Diógenes!... Tú que conoces a todo el mundo, ¿podrías decirme
quién es la familia de Cucurbitáceas?

Miróle Diógenes un momento de hito en hito, pensando sin duda que más
presto se conoce la necedad o el talento de un hombre por sus preguntas
que por sus respuestas, y díjole al cabo:

--¡Ya lo creo!... Ven acá...

Y llevándole frente a un espejo, y cogiéndole con una mano por el
cogote, diole con la otra una gran palmada en la cabeza, añadiendo muy
serio:

--Aquí tienes a la madre...

Luego, gritóle desaforadamente al oído:

No se envanezca de su ilustre raza
Quien debió ser melón y es calabaza!!!...

Al otro día, los periódicos ministeriales de la mañana rompían al fin la
estudiada reserva que se habían impuesto, y uno de ellos, _La España con
Honra_, publicaba un pequeño suelto en que se veía la manaza de Martínez
levantando la punta del velo que encubría el suceso, con esa táctica
refinada de la malicia que, sin necesidad de nombrar, designa señalando
con el dedo.

«Ayer--decía el periódico--ha sido objeto de grandes comentarios en
todos los círculos la visita de la policía al palacio de los señores
marqueses de Villamelón, previo auto del juez y orden del gobernador,
según prescriben las leyes vigentes. Por un lamentable descuido del
jefe del orden público fueron comprendidos entre los papeles políticos
incautados en las habitaciones de la señora marquesa algunas cartas
importantes de índole puramente doméstica. El señor gobernador devolvió
al punto caballerosamente estos papeles al señor marqués de Villamelón,
comprendiendo que en asuntos conyugales sólo al marido toca hacer
reclamaciones. Creemos, sin embargo, que el lance no tendrá
consecuencias de ningún género, dada la prudencia proverbial de las
personas interesadas.»

Otro periódico ministerial, _El Puente de Alcolea_, completaba estas
noticias con el siguiente sueltecito, en que no asomaba ya la manaza,
sino la pataza del excelentísimo Martínez, descargando una coz digna de
la formidable pezuña del legítimo _buey Apis_:

«Es completamente inexacto que el registro llevado a cabo por la policía
en el palacio del señor marqués de Villamelón no produjese resultado
alguno. El señor gobernador no erró la pista: tan sólo equivocó la
pieza, y en vez de saltar la liebre saltó un venado».

Y más adelante añadía, describiendo el concurso de personajes ilustres
que habían acudido al palacio de Villamelón en aquellos momentos
críticos:

«Con gran asombro de todos, llegó también presuroso el señor marqués de
Butrón, trayendo blanca por completo su poblada barba, negra de
ordinario, como las alas del cuervo. No es creíble que el sentimiento y
el sobresalto del señor marqués fuesen tan grandes que le hicieran
encanecer la barba de repente: creemos más bien que habría olvidado
aquella mañana los secretos de alquimia de su tocador, sin duda por no
tener presente la siguiente anécdota que le recomendamos:

Cuentan de Carlos V que, visitando una vez cierto convento de Alemania,
vio un monje que tenía la barba negra y el pelo blanco por completo.
Preguntóle la causa de tan extraño fenómeno, y el monje contestó:

--Señor... He trabajado más con la cabeza que con los dientes.

Presentóse algunos meses después al César un embajador polaco que tenía
el cabello negro y la barba blanca. Recordó entonces Carlos la respuesta
del fraile y dijo a sus cortesanos:

--He aquí un embajador que ha trabajado más con los dientes que con la
cabeza.

Sea, pues, más cauto en lo sucesivo el ilustre diplomático, si no quiere
que se haga sobre su persona la reflexión que sobre el embajador polaco
hacía Carlos V».

Villamelón y Currita leyeron cada uno por su parte todas estas noticias
y guardáronse muy bien de comunicarse mutuamente sus impresiones,
pareciéndole a ella más prudente hacerse la sueca y a él más fácil
hacerse el desentendido. El marqués, por su parte, había ya desahogado
su corazón en el perro amarillento de Kamschatka, y Currita se apresuró
a desahogarlo también en la fina amistad de Juanito Velarde, que acudió
muy alarmado a pedir categóricas explicaciones del hecho. La sola fecha
de las cartas bastó para tranquilizarle por completo, y este fiel amigo
tomó entonces a su cargo acortar las distancias y echar a la mar
pelillos, repitiendo al oído de uno y otro cónyuge la frase del pato de
la fábula:

Paz, caballeros, paz.

Firmáronse, pues, estas sin grandes repugnancias, y aquella noche
comieron los tres juntos en familia, para ir luego a casa del marqués de
Butrón, donde Currita quería presentar a su amigo y protegido Juanito
Velarde.

Mientras tanto, las gacetillas de _La España con Honra_ y _El Puente de
Alcolea_ corrían por todo Madrid, entre las rechiflas, burlas y
sarcasmos de tirios y troyanos, capuletos y montescos. ¡Cosa singular!
Los que con más ahínco clavaban el diente y más satisfechos corrían de
un lado a otro comentando la noticia, eran los ellos y las ellas que la
tarde antes honraban a Currita en la Castellana como a una reina y se
aprestaban a honrarla del mismo modo aquella noche en el baile del
marqués de Butrón; que no parece sino que en ciertas sociedades quita la
envidia con una mano lo que la adulación da con la otra, sin comprender
que mientras más al desnudo deja la deformidad del ídolo que adora, más
indecoroso y repugnante aparece el culto que le tributa.

A las once, el calor y la afluencia de gente hacían ya insoportable la
estancia e imposible el tránsito por los salones del marqués de Butrón:
hallábanse abiertas de par en par cuantas puertas y ventanas había en la
casa, y más que concurso de gentes, parecía aquello un confuso revoltijo
de joyas, plumas, flores, telas vistosísimas y mujeres medio desnudas,
entre las que se destacaban las manchas oscuras de los hombres,
revolviéndose entre ellas sofocados y sudorosos, como un enjambre de
gusanos negros que hubiera fermentado aquella compacta masa de mundo,
demonio y carne... En el gabinete más próximo al vestíbulo, el marqués y
la marquesa de Butrón recibían a sus convidados, viendo desfilar con la
misma amable sonrisa grandes nombres y grandes vergüenzas, inocencias
completas y malicias refinadas, honras sin tacha y reputaciones
escandalosas, barajadas y confundidas en aquella casa, sin disputa
alguna noble y honrada, por la impúdica y funesta tolerancia de las
grandes sociedades modernas.

A las doce menos cuarto llegó la condesa de Albornoz, imponiendo a todo
el mundo su desvergüenza y su cinismo, haciendo fango en el mismo cieno,
según la enérgica expresión de un historiador antiguo. Venía apoyada en
el brazo de Juanito Velarde y caminaba a retaguardia su marido. El
marqués y la marquesa de Butrón salieron a su encuentro, y mientras
Fernandito les presentaba al adorado amigo, decía Currita con su
encantadora vocecita de niña tímida:

--¡Es un pícaro, Butrón, un pícaro!... No diré yo que sea un converso,
pero es un catecúmeno que por primera vez se pone hoy nuestra enseña.

Y con su abanico de plumas señalaba la fiel partidaria de los Borbones
el lacito azul y blanco que, una vez desechada la Secretaría particular
de don Amadeo, aparecía también en el frac de Juanito Velarde. Butrón
estrechó la mano de este, murmurando algunas frases corteses, y metiendo
Currita la cabeza entre ambos con el descoco más infantil del mundo,
dijo muy bajito, saltando casi de alegría, con la pueril vanagloria de
la niña que pescara en una fuente un pececillo encamado:

--¡Conquista mía, Butrón, conquista mía!... Ya ve usted si me debe el
partido...

Mientras tanto, la llegada de Currita había producido un murmullo
general y unísono en que se hermanaba la obscena chocarrería que con un
guiño truhanesco cambiaron entre sí los lacayos del vestíbulo, con las
pulcras y aceradas observaciones que se comunicaban al oído las damas
más relamidas que llenaban los salones. Nadie, sin embargo, dejó de
apretarse y estrujarse por estrechar la mano de la heroína del día y
alcanzar, aunque sólo fuera desde lejos, alguna de las sonrisas de sus
labios que a diestro y siniestro iba prodigando.

Bailóse entonces, en honra suya, una especie de rigodón de honor, en que
tomaron parte las damas más ilustres y los caballeros más empingorotados
que se hallaban presentes. Butrón bailó con Currita, la marquesa con
Fernandito, Juanito Velarde, como presentado de la heroína, con la
duquesa de Astorga, una de las mujeres más sensatas y honradas que
figuraban en la corte.

Creció la marejada al compás de aquel rigodón, comenzando a sublevarse
los pudores de todas las que se creían con derecho a tomar parte en
aquella honorífica cuadrilla.

El calor arreciaba con la mayor afluencia de gente, y muchas señoras se
habían refugiado en un salón bajo que se prolongaba en un pequeño jardín
también atestado de gente y vistosamente iluminado con farolillos a la
veneciana. Varios lacayos con pelucas empolvadas y gran librea verde y
amarilla, colores de la casa, cruzaban por todas partes, ofreciendo a la
concurrencia, en grandes bandejas de plata, _sorbetes a la Albornoz_.
Eran los famosos helados de naranja, servidos en la mitad de la cáscara
de la fruta, artísticamente vaciada al efecto. Currita, impulsada por el
repostero de Butrón, llegaba a las columnas de Hércules de la celebridad
femenina.

--¡Magnífico!--exclamó tomando uno la duquesa de Bara--. El pensamiento
es oportuno... Curra simbolizada por un sorbete... No se puede dar
imagen más completa de su frescura. ¿No es verdad, Diógenes?...

Diógenes acudió, arrastrando los pies, y se dejó caer en una silla.

--Estoy malo--dijo.

--¿Qué tienes, hombre?...

--¿Qué ha de tener?--dijo Carmen Tagle--. Lo que tienen las cepas:
oidium...

Diógenes soltó una atrocidad, acompañada de la interjección favorita que
solía emplear entre señoras, sustituyendo a otras más enérgicas:
¡Polaina!... Había merendado aquella tarde en San Antonio una ensalada
de pepinos y se le habían indigestado algún tanto. Riéronse mucho las
damas, entonando el consabido estribillo:--¡Qué cosas tiene!--y Carmen
Tagle, para desagraviarle, le ofreció un sorbete diciendo:

--Vamos, hombre... Tómate _un Curra Albornoz_ y te curas... No es más
indigesta la ensalada de pepinos que el suelto de _El Puente de
Alcolea_, y ahí la tienes a ella bailando tan fresca.

--¡Sí, es mucha Curra esa!--dijo lastimeramente una señora vieja,
avellanada, pringosa, que asomaba entre rasos y blondas, como en su
papelillo calado un dulce de almíbar.

--Yo nunca creí que tuviera valor para presentarse aquí esta
noche--observó otra.

--¡Bah!... A eso y mucho más llega su desvergüenza.

--¿Su desvergüenza?--preguntó Diógenes--. ¿Y por qué?

--¿Por qué?... Capaz serás tú de defenderla.

--¡Pues ya lo creo que la defiendo!... ¡Su desvergüenza!... La
desvergüenza de ustedes justifica la suya... Si vosotras la tenéis para
recibirla, ¿por qué no la ha de tener ella para presentarse?...

--¡Vaya!--exclamó escandalizada la marquesa de Lebrija, presidenta
general de tres asociaciones piadosas--. Yo quisiera que me dijera usted
qué se hace entonces en Madrid con esa clase de personas...

Miróla Diógenes de hito en hito, y con la procaz desvergüenza de su
lenguaje de taberna, con la inexorable lógica de su profundo buen
sentido, contestó al cabo:

--¡Cerrarles a piedra y lodo la puerta, o no quejarse, señora mía!...
¡Polaina!... Si levanta usted la tapa del común, ¿con qué cara viene a
quejarse luego de que apeste?...



--X--


Se ha dicho que la hipocresía es un homenaje que el vicio rinde a la
virtud, y es igualmente cierto que la falsa idea del honor es un
acatamiento que los bribones hacen a los hombres de bien, esclavos del
honor verdadero. Este es un hijo humano de la moral divina del
Evangelio; aquel, una teoría convencional dictada por la moral
acomodaticia de los pícaros y los necios; aquel defiende, cual una
coraza de brillante acero, la pureza del alma y la rectitud de la
conciencia, y este pretende defender con la celada de Bayardo al gran
polichinela social, revestido de todas las miserias y todas las
ridiculeces humanas.

De aquí que el honor, según estos, nunca pueda perderse, y se ofenda con
razón el embustero porque le digan que miente, y el ratero pida una
satisfacción al que le acusa de robo, y el presidiario que arrastra una
cadena pueda llevar al campo del honor al juez que se la ha impuesto. De
aquí también que la sangre que mancha la conciencia lave el honor hasta
dejarlo limpio, y sean llamados a resolver casos de honra hombres que
jamás conocieron la vergüenza: Eacos, Minos y Radamante, vacíos de
mollera o cargados de picardías, que sólo por deficiencias del Código no
llevan otra cadena que la que les sujeta el reloj en el chaleco. De aquí
también que la condesa de Albornoz tuviera así mismo su cachuco de
honor, y se lo hubiera herido profundamente el suelto de _La España con
Honra_.

Hay personas que padecen una especie de estrabismo moral que les hace
ver lo flaco donde está lo gordo, y lo gordo donde sólo lo flaco existe.
Villamelón no vio otra cosa que le llegara al alma, en el registro de la
policía, sino el que le hubiesen roto dos cristales de la mampara, y dio
orden de que jamás se compusiesen, recordando que Wellington nunca
reemplazó los de su casa, rotos por el pueblo de Londres, un día que
este se olvidó de Waterloo; todo lo demás echábalo él en el montón de
las bagatelas enojosas, indignas de ocupar la atención de un hombre
serio, de las _pequeñeces_ de una sociedad corrompida y etiquetera, que
rotulaba con la manoseada frase de _cuestiones bizantinas_.

Currita, por su parte, tampoco halló otro motivo de ofensa en lo que
acerca de su persona publicaban los periódicos, que aquella coletita de
_La España con Honra_: «Creemos, sin embargo, que el lance no tendría
consecuencias, dada la prudencia proverbial de las personas
interesadas».

Tenía Currita puesta la celada de Bayardo sobre su fama de mujer a la
moda, y esto iba a pegarle en la cimera, a herir directamente su honor,
significando, como significa en sustancia, que era ella una Jimena sin
ningún Cid que la defendiese; atroz insulto, ofensa imperdonable hecha a
una dama que sobrepujaba en celebridad a cuantos toreros, cantantes,
saltimbanquis, pulgas industriosas y monos sabios habían hasta entonces
alcanzado fama en la corte.

--¡Lo veremos!--dijo la fiera Albornoz, y nombró al punto paladín de su
causa a su buen amigo Juanito Velarde.

Larga entrevista celebraron ambos a solas hasta bien entrada la noche, y
al despedirle Currita en la puerta del _boudoir_ díjole con suaves
mimitos:

--Conque quedamos en que yo encargaré el almuerzo en Fornos... y habrá
_écrevisses à la Bordelaise_...

Velarde hizo una mueca que parecía una sonrisa, y siguió adelante:
detúvose en la puerta del salón y volvió la cabeza. Hízole entonces ella
otra cariñosa señal de despedida, y él salió al fin lentamente,
preocupado, como si le arrancasen de allí a la fuerza.

La noche estaba hermosísima, y Velarde siguió a pie por las extraviadas
calles que llevaban al palacio de Villamelón, tropezando a cada paso con
los humildes vecinos de las buhardillas y sotabancos, que tomaban el
fresco sentados en las aceras. Presto llegó a la Plaza de Oriente, dio
dos vueltas en torno del jardín circular y sentóse al cabo en un banco,
frente al palacio.

Por la puerta del príncipe salía un chorro de luz vivísima, que cortaba
con un gran rectángulo las negras sombras del adoquinado; a su reflejo
distinguíanse los centinelas, armas al brazo, a la puerta de sus
garitas; gentes de medio pelo, soldados y criados de servicio, por ser
aquel día domingo, poblaban los jardines, ya sentados, ya paseando;
algunos grupos de chiquillos trasnochadores corrían de acá para allá con
gran algazara, riéndose porque se caían, riéndose porque se levantaban,
riendo siempre con esa alegría de la infancia, espontánea y
comunicativa, que recuerda la alegría de los pájaros cuando saludan al
alba. Una rueda de niñas gritaba al lado mismo de Velarde, cantando
acompasadamente:

Luna, lunera,
Cascabelera,
Dame dos cuartos
Para pajuela...

Él, extraño a todo, con ambos codos apoyados en los muslos, dibujaba
caprichosas figuras en la arena, con su elegante _roten_ con puño de
malaquita... Al amanecer del día siguiente debía de batirse con el
director de _La España con Honra_; así se lo había exigido Currita,
ávida siempre de ruido, confundiendo la voz de la celebridad con los
gritos del escándalo, creyendo que aquel desafío había de colocar la
única perla que faltaba a la corona merecida de su última escaramuza. En
vano le hizo presente Velarde el ridículo inmenso que atraería aquel
duelo sobre Villamelón, sobre ella, sobre él mismo; había ya Currita
tirado su programa, y su espíritu inquieto, arrastrado siempre por mil
objetos que le atraían sin satisfacerle, habíase fijado en aquel duelo
que ansiaba ver realizado con esa fuerza expansiva del vapor comprimido
que caracteriza los deseos en las almas de temple enérgico.

¿Acaso tenía ella la culpa de que Villamelón fuese un Juan Lanas?...
¿Iba a dejar ella que un periodistilla cualquiera se riese de su
aislamiento?... ¿Sería capaz de abandonarla en aquel trance, él, su
único amigo, el hombre en que había puesto su amistad y su confianza?...
Y, por otra parte, la suerte de ambos estaba ligada y érales necesario,
desde luego, hablar gordo a aquella gentuza: a ella, para que
entendiesen de una vez para siempre que sabía hacerse respetar; a él,
porque era muy joven, comenzaba su carrera en el mundo, y ningún paso
más acertado, ningún exordio más oportuno que poner el pie en esta senda
erizada de peligros, descalabrando a un periodista; que no en balde se
ha dicho:

En aquesta salvaje y fiera liza,
Lleva más razón quien más atiza.

Además, ella no pedía ninguna catástrofe, ningún duelo a muerte;
contentábase con un poco de ruido, un duelo de mojiganga como tantos
otros: cruzar un par de tiros e irse después a almorzar en Fornos...
Ella se encargaba del almuerzo y haría poner, desde luego, _écrevisses à
la Bordelaise_, que era, en sus días de broma, el plato favorito del
buen Juanito Velarde. ¿Acaso podía darse atención mas exquisita? ¿Por
ventura había en todo aquello algo de particular?...

--¡Nada, absolutamente nada!--pensaba el paladín trazando monigotes en
la arena; pero ante la perspectiva del duelo, ante la idea de cruzar un
par de tiros, parecíale oír ya el estampido de las armas de fuego; y a
este eco siniestro surgía en su mente el fantasma del crimen, primero;
el de la muerte, después; el del infierno, por último, donde no hay
reposo ni paz, ni descanso, ni esperanza, sino eterno llanto, eterno
crujir de dientes, eterna rabia. Velarde quiso reírse de esta idea que
había oído llamar tantas veces espantajo de niños y de viejas; mas la
risa volteriana no encajaba entonces en sus labios, y se reía, sí, se
reía, pero sintiendo al mismo tiempo en la raíz del pelo cierta especie
de molesto escalofrío. Porque aquel hombre no era un malvado: era un
pobre muchacho lleno de ilusiones a quien la vida del gran mundo se le
subía a la cabeza, como se sube un vino de mucho cuerpo en un estómago
acostumbrado sólo al agua. Al llegar de su provincia, trayendo por todo
patrimonio algo semejante a lo que el antiguo fuero de Vizcaya asignaba
a los segundones de casas nobles, un árbol, una teja y una armadura,
encontróse de repente en medio de aquel brillante mundo, cuyas puertas
le franqueaba su ilustre nombre, y parecióle entonces, como a Galo en
Roma, que detrás de aquella asamblea de dioses nada había ya. Quiso
entonces tomar en ella asiento por derecho propio, y la casualidad y su
bonita figura le depararon a Currita, Angélica a la sazón vacante, a
quien plugo darle en su casa el destino de Medoro. Diole esto gran
importancia a Velarde, y agarrado a las faldas de Currita y a los
faldones de Villamelón, fuese introduciendo en todos los salones de la
corte, mientras se preparaba a entrar con algún brillante destino en
aquel Palacio real que tenía delante, prefiriendo su vanidad y su
haraganería la vida aparatosa del palaciego a la vida activa del
político. Así se lo prometía Currita a todas horas, y así se lo había
prometido la noche antes el marqués de Butrón, el astuto viejo que
barría para dentro en los tiempos de desgracia, mientras no llegaba la
hora de barrer para fuera, que sería seguramente la hora del triunfo.

Velarde dejó de mirar a la tierra para mirar al Palacio que tenía
delante, morada del monarca cuyo secretario particular había estado a
punto de ser... ¡Qué fastidio tener que esperar de nuevo tanto
tiempo!... Porque preciso era que se fuese _aquel_ y que viniese después
el otro, y mientras tanto, ¿quién sabe?... ¡Quizá alguno de aquellos
tiritos que iban a cruzarse vendría a hacer trizas el cántaro de la
lechera que Currita y Butrón le ayudaban a fabricar!...

De repente vino a interrumpir sus reflexiones un vozarrón juvenil que
resonaba a su lado, modulando entre sus discordantes notas todas las
delicadezas del cariño y la ternura.

--Pero ajonde usted, madre--decía--. ¡Si es que no coge usted náa!...

Velarde volvió la cabeza y vio un aguaducho a su espalda: sentados a una
mesilla de hierro había un muchachote que parecía un obrero y una vieja
que era sin duda su madre. Un vaso de horchata helada de chufas estaba
en medio, y ambos metían dentro la cuchara, tragándose él con delicia
cuanto salía, mirándole ella con plácida sonrisa y mojando apenas su
cuchara, como si le dejase a él saborear a sus anchas la golosina y le
bastase a ella saborear la dicha inmensa de ser aquel un obsequio del
hijo de su alma.

Velarde comprendió al punto todo lo que aquello significaba, el valor
inmenso de aquella dicha comprada por ocho cuartos, y una oleada de
afectos y sentimientos dormidos se levantó entonces de su corazón,
poniéndole de repente delante todo el pasado, con la amargura del bien
por nuestra culpa perdido, con la poesía que reviste en la mente de la
juventud todo recuerdo, con ese vago hormigueo de sombras queridas que
despiertan en la imaginación toda época lejana... En medio estaba su
madre, cuyo primogénito era, y en torno sus hermanos pequeñitos,
llorando todos, como los había dejado él tres años antes al darles el
último abrazo. Ella le había estrechado entonces contra su corazón con
delirio, con fuerza increíble, como si quisiese incrustarle a él en el
pecho todo lo que le amaba o quisiera incrustarse en el suyo propio
aquella imagen tan querida; su frente ya arrugada descansaba en su
hombro, y sus labios temblorosos le dijeron al oído:

--¡Juan, hijo mío!... ¡Que seas buen cristiano y reces a la Virgen de
Regla!... ¡Que te acuerdes de tu padre, que murió como un santo!... ¡Te
lo digo, hijo, te lo digo; lo sé, lo sé, que no puede morir bien quien
no vive como cristiano!...

Y luego, más tarde, allá por la madrugada, cuando preocupado él con su
viaje cerraba las maletas en su cuarto, oyó en el silencio de la noche
moverse la llave en la cerradura: salió al punto y encontró a su madre a
medio vestir, descalza, que venía cautelosamente de puntillas a mirar
por el ojo de la llave.

--¿Qué es eso, mamá?... ¿Tiene usted algo?

--No, hijo, nada; no tengo nada... ¡Es que quería verte otra vez, hijo
del alma!... ¡Es que te vas mañana!...

Y volvió a decirle al oído, llorando, con la energía de la fe que ofrece
un remedio seguro, con la angustia del amor que se agarra a una
esperanza:

--¡Que reces a la Virgen de Regla, Juan!... ¡Que seas siempre buen
cristiano, hijo del alma!

Velarde sintió vergüenza de sí mismo, y la ola misteriosa subió, subió
del corazón a los ojos, hasta hacerle llorar, con la cabeza entre las
manos, llorar a lágrima viva, llorar también sollozando, con más
debilidad que una mujer, con más pavor que un niño... ¡Su madre sí que
le adoraba!... ¡No le aconsejaría ella cruzar un par de tiros,
ofendiendo a Dios; ponerse delante de una bala con riesgo de perder la
vida, con riesgo de perder el alma! ¡Y se habían pasado ya tres años sin
verla!... ¡Y estaba tan lejos la santa viejecita! ¡Y acababa él, ingrato
y perverso, de dejar pasar cerca de dos meses sin escribir una letra a
la pobre anciana!...

Velarde sintió la necesidad de escribirle al punto, de vaciar en un
papel aquel cariño, aquella angustia, aquellas lágrimas que le
asfixiaban, y a grandes pasos tomó el camino de su casa, repasando lo
que había de decirle, hilvanando una carta llena de cariño, de
protestas, de esperanzas halagüeñas, de todo lo que a ella más le
gustara... ¡Celebraba ella tanto sus gracias! ¡Cuánto se había reído
veinte años atrás, cuando explicándole un día el catecismo, se espantaba
él de que fueran sólo tres los enemigos del alma!

--¿Náa más?--decía muy asombrado, y la madre se reía, se reía... ¡Dios
mío! ¡De qué manera tan distinta se reía él veinte años después, en
medio de sus lágrimas!... ¡Ay! ¡Entonces tenía él seis años, y preciso
fue que pasaran otros veinte para hacerle comprender que eran sólo tres
en efecto, y que con ellos solos bastaba y sobraba!...

A la mitad de la calle del Arenal comenzó a seguirle un muchacho,
empeñado en venderle un décimo de la lotería.

--¡Mañana se juega!--gritaba.

Velarde lo rechazó por dos veces impaciente, dándole la última vez un
palo; mas variando de pronto de opinión, volvió atrás y le compró, no
sólo el décimo, sino el billete entero. ¡Si aquel billete saliese
premiado, cuántas cosas había de hacer entonces!... Y pensando en ello y
haciendo combinaciones, llegó Velarde al final de la calle del Príncipe,
donde estaba situada su casa: pidió luz y se encerró en su cuarto. En un
cajón de su escritorio estaba en un cuadrito la estampa de la Virgen de
Regla que el día de su marcha le había regalado su madre; púsola en pie,
delante de sí, apoyada en el tintero, y comenzó a escribir, a escribir,
y se llevó dos horas escribiendo... Estaba contentísimo; sus negocios
marchaban muy bien, y la Restauración era cosa segura. La condesa de
Albornoz...

¡Oh, no, no, no!... ¡Imposible que figurara aquel nombre en aquella
carta!...

Borrólo, pues, con apretadas y menudas tachaduras, para que no pudiera
entenderse, y puso en su lugar el marqués de Butrón... El marqués de
Butrón le había asegurado que no tardaría un año, y prometido para
entonces un porvenir brillantísimo. Esta sería la ocasión de pensar en
el de los niños: Enrique y Pedro podrían venirse con él a Madrid, y
Luisito, el chiquitín, su niño querido, su ojito derecho, podría
quedarse allí hasta que se graduara de bachiller... Pero de esto ya
hablarían despacio, porque pensaba... ¡Ah!, pensaba... ¿No lo había ella
adivinado?... ¿El corazón no se lo había dicho? Pues pensaba ir a pasar
con ellos todo el mes de agosto y quedarse allí hasta el 8 de
septiembre, para hacer con toda la familia la novena de la Virgen de
Regla... Luego venían las preguntas sin fin, después los encargos sin
cuento, y, a lo último, el trueno gordo, lo que había de hacer estallar
de gozo y de consuelo el corazón de su pobre viejecita... El día 3 de
julio, aniversario de la muerte de su padre, iría a confesar y comulgar,
para solemnizar en lo posible aquella tristísima fecha.

Y conforme lo iba escribiendo, así lo iba pensando el desdichado,
pidiéndole al mismo tiempo a la Virgen de Regla que le sacara en bien de
aquel par de tiritos que a la mañana siguiente habían de cruzarse...
Porque, claro está, que en aquello estaba ya su honor interesado: era
negocio resuelto, pecado cometido de que le era ya imposible excusarse.

Echó entonces él mismo la carta en el correo, y a las dos se acostó sin
desnudarse del todo, para descansar hasta el alba. El cansancio de la
noche precedente, pasada en el baile del marqués de Butrón, le rindió
bien pronto y durmióse al fin pensando en su madre, que le llevaba de la
mano, como cuando era niño, al santuario de la Virgen de Regla,
encaramado sobre un peñasco, dominando el mar que se confunde en el
horizonte con el cielo, como si fuese imposible presentar dos imágenes
distintas del infinito, y vuelve después, soberbio siempre y constante,
a estrellarse contra las rocas de la costa, mugiendo como una
desesperación eterna e impotente...

A las cuatro despertó Velarde despavorido, porque su criado le sacudía
bruscamente por un brazo: habían llegado dos señores en un coche, y se
espantaban y no podían creer que estuviese dormido todavía. Vistióse
apresuradamente, bajó azorado, aturdido, y entró con ellos en el coche;
y este comenzó a rodar, sin que él se diese cuenta de lo que hablaban,
ni de lo que le decían, ni del camino que tomaban, ni pudiera definir
otra cosa en su mente que un cartel de toros pegado en la esquina de la
casa de Alcañices y un guardia que, al pasar ellos, abría la verja del
Retiro, con grandes patillas blancas, iguales a las de Diógenes. ¿Por
qué tendría aquel hombre patillas y no bigote?... Esto le preocupó un
momento, y volvió a acordarse de ello cuando, una hora después, se
detenía el coche a la entrada de una inmensa alameda formada por árboles
frondosísimos, en que miles y miles de pájaros cantaban en todos los
tonos las maravillas de Dios... Había allí un hombrecillo con patillas
ralas y gafas de oro, tan pálido como él, tan azorado y tembloroso, con
otros dos señores muy serios. Parecióle a Velarde que hablaban entre sí,
y medían el terreno, y le daban a él una pistola y otra al hombrecillo,
y los ponían a los dos frente a frente. Sonó luego una palmada, después
un tiro... Velarde dio un salto atroz y un alarido horrible, y árboles,
montes, tierra y firmamento giraron bruscamente derrumbándose sobre él
para aplastarle: cególe después una nube de sangre, luego otra negra, y
después nada... nada más vio en la tierra...

Sólo vería en lo alto a Jesucristo, vivo y terrible, que se adelantaba a
juzgarle, y detrás la eternidad, oscura, inmensa, implacable.




--XI--


La noticia de la muerte de Velarde llegó a Madrid al punto, y la condesa
de Mazacán fue la primera que se presentó en casa de la Albornoz con la
intención dañadísima de darle la triste nueva. Inmutóse Currita
atrozmente, y por un momento pareció que el mundo entero se le venía
encima.

--En Madrid ha hecho esto una impresión horrible--dijo la Mazacán
apretando el torniquete--; todo el mundo habla de su pobre madre: era él
su único amparo...

Currita comprendió el terrible reproche que esta intencionada
observación encerraba, y sin tiempo para reflexionar, y convirtiendo en
ira contra los demás el propio remordimiento, achaque común de todos
los mezquinos, olvidóse de su suavidad y mansedumbre, y se revolvió
furiosa, como una gata arisca a que pisan el rabo; en la impetuosidad de
su ira, cometió la imprudencia de disculparse:

--¿Y qué tengo yo que ver con eso?--gritó--. ¿Acaso le he dicho yo que
se bata? ¿Quién le mandó meterse en camisa de once varas?... También el
papel de don Quijote tiene sus quiebras, hija mía...

--Y las suyas el de Dulcinea del Toboso, querida--replicó la Mazacán
comenzando a sulfurarse.

--¡Ya lo creo que las tiene!... Sobre todo cuando se atraviesa lo que yo
me sé...

--¿Y qué es ello?...

--La envidia, hija, la envidia.

--¿La envidia?... ¿De quién?...

--Tuya, por ejemplo.

La Mazacán saltó a su vez hecha una hiena, porque el tiro fue a dar en
el blanco.

--¿Mía?...--gritó--¿Yo... envidia... de ti? ¿De la Villamelón? ¿De la
Vi... lla... me... lo... na?

Y se reía con una carcajada en que iban envueltos todos los rencorcillos
mujeriles de tiempos atrás almacenados, mientras acentuaba las sílabas
de aquel Vi... lla... me... lo... na, que era, por una extraña manía, el
mayor insulto que podía hacérsele a Currita.

Entonces comenzó entre la espiritual Ofelia y la Diana cazadora una
contienda digna de tener a Pedro López por cronista. Peleáronse como dos
rabaneras, lanzáronse a la cara verdades y calumnias, puñados de fango
amasado con agua de Colonia, con el desparpajo y el encono de dos
Marfisas o Bradamantes de cabo de barrio, dispuestas a agarrarse por el
moño y rodar por la mullida alfombra, lo mismo que ruedan las otras por
en medio del arroyo. La Mazacán había roto los guantes apretando los
puños y daba gritos con su hermosa voz de soprano. La otra, tiesa en su
asiento, erguida la cabecita como la de una víbora que se defiende,
escupía sus desvergüenzas sin moverse, sin mirar a ninguna parte, como
una figurilla de ira petrificada.

En mitad de la contienda aludió Isabel Mazacán a las cartas del
artillero, y este recuerdo trajo otro a la memoria de Currita, que
pareció causarle grande sobresalto. Marchóse atropelladamente dejando a
su rival con el insulto en la boca y corrió en busca de Kate, su
doncella. Juanito Velarde debía de tener una porción de cartas suyas y
era preciso recogerlas sin pérdida de tiempo antes de que fuesen a parar
a otras manos y resultase algún compromiso como el de marras. Kate subió
apresuradamente a un coche, y una hora después entregaba todas las
cartas a su señora: entre ellas venía por equivocación el billete de la
lotería que la noche anterior compró Juanito Velarde al retirarse a su
casa. ¡Extraña burla de la suerte! Aquel billete estaba premiado con
15.000 duros, que, después de tirar muy despacio sus planes, se apresuró
a cobrar la condesa de Albornoz secretamente.

Madrid entero comenzó a desfilar otra vez por casa de Currita, dándole
el pésame por aquella desgracia, con uno de esos cinismos de que ofrece
la corte frecuentes ejemplos... Ella estaba pasada de pena; había
sentido en el alma la muerte de aquel pobre muchacho, tan simpático, tan
cariñoso, apegado como un perro a Fernandito y a ella... El golpe había
sido atroz, y se encontraba mala de resultas; porque ella no sabía nada,
nada... ¡Claro está! Habíase guardado muy bien el pobrecillo de decirles
una palabra a Fernandito y a ella, comprendiendo que, por delicadeza le
impedirían, desde luego, semejante disparate... Porque, después de todo,
había sido aquella una impertinencia de bonísima intención; una de esas
pruebas de amistad que se prestan a interpretaciones a pesar de su
heroísmo, y llegan hasta a ofender el decoro... y por otra parte, traía
aquello una cola larga, larga, que les era muy gravosa...

Aquí bajaba Currita la voz, y añadía en el mayor secreto al oído de los
charlatanes y charlatanas de profesión que más fama de ello gozaban en
la corte:

--Figúrese usted que esa pobre gente no tiene fortuna y la madre queda
en la miseria... Yo no la conozco; pero claro está que es cuestión de
delicadeza... Por eso Fernandito y yo hemos tenido que hacer un
sacrificio, y ya están depositados en el Banco de España 15.000 duros
para que esa infeliz cobre la renta...

Y así era, en efecto: Currita había depositado en el Banco de España los
15.000 duros ganados a la lotería por Velarde, y escrito luego una carta
a la madre de este, dándole el pésame por la _heroica muerte_ de su hijo
y lamentándose de aquel duelo a que su excesiva caballerosidad le había
arrastrado. Añadíale después, con un rodeo no exento de habilidad ni de
ficticia delicadeza, que siéndoles conocidas las circunstancias de su
posición a su marido y a ella, querían ambos demostrar la amistad íntima
que con el simpático Juanito les unía, ofreciéndole a ella una renta y
un capital que quedaban depositados en el Banco de España y cuyos
resguardos le enviaba adjuntos.

Y una vez terminada esta carta, Currita se encogió de hombros y se quedó
tan fresca.

Mientras tanto, nadie se cuidaba de preparar a aquella pobre madre para
el golpe atroz que la amagaba; y feliz ella con la carta de Juanito,
disponíase, con la exagerada previsión del cariño que se complace en
forjar necesidades que no existen, por el solo gusto de ponerles
remedio, a preparar las habitaciones de aquel hijo querido que, no
obstante su ingratitud y sus defectos, se le presentaba entonces como el
modelo más acabado de amor de hijos. Nada hay tan dispuesto a perdonar
como el corazón de una madre, ni nada tampoco como la ausencia para
borrar de la memoria los defectos de las personas queridas, y poner sólo
delante sus buenas prendas y los momentos de dicha debidos a su cariño.

Entró, pues, en aquellas habitaciones cerradas tres años hacía,
santuario de su amor de madre que ella sola visitaba, y comenzó a
disponer lo que había de retirarse, lo que había de sustituirse y lo que
se había de añadir, para que nada faltara al huésped y encontrase allí
satisfechas las nuevas necesidades que hubiese adquirido en la corte.
Anunciáronle, entonces, la visita del párroco, y ella bajó algún tanto
extrañada, porque era la hora intempestiva por todos conceptos. El buen
señor había leído en los periódicos la terrible catástrofe, y corrió
desolado a casa de la infeliz madre para prepararla poco a poco, antes
que algún indiscreto le diera la noticia de un golpe.

Con mil angustias y rodeos, y sin saber él mismo lo que se decía,
comenzó su triste tarea, viniendo a decirle al cabo que su hijo estaba
enfermo en Madrid y muy grave.

La pobre mujer saltó de la silla blanca cual un papel, extrañada y casi
irritada como si fuese aquello una broma horrible que vinieran a darle.

--¡Imposible!--gritó--. ¡Si me escribió ayer! ¡Si tengo yo aquí la
carta!...

Y daba vueltas como loca por el cuarto buscándola, y la puso abierta
ante los ojos del cura, temblando como una azogada, con los ojos
desencajados, sintiendo horribles escalofríos que le comenzaban en la
nuca y le seguían por toda la espalda.

--¿Lo ve usted? ¿Lo ve usted?...--decía--. Y viene por el mes de
agosto... hasta la Virgen de Regla... Y el día 3 se va a confesar...
¡No, no, imposible que se muera! ¡Hijo de mi alma!...

Acudieron los tres chicos y las dos criadas, demudados todos,
presintiendo, al oír los gritos de su madre, después de la entrada del
cura, alguna espantosa catástrofe. Este le tomó la carta, y comprendió
por la fecha que la había escrito el desdichado algunas horas antes de
su muerte.

--Por desgracia, mis noticias son posteriores--dijo--. Después de
escrito esto, le atacó una apoplejía fulminante, y está muy grave... muy
grave.

--¡Jesús del alma!... ¡Virgen de Regla!--exclamó la madre; y clavando su
mano en el brazo del cura e hincándole los ojos en la cara, le preguntó
con los labios blancos:

--¿Y se ha confesado?... ¿Sabe usted si se ha confesado?

El cura no respondió, y ella volvió a repetir la pregunta, sacudiéndole
el brazo.

--¡Su alma, señor cura, su alma sobre todo!--exclamaba con angustia que
hubiera roto un corazón de piedra.

Preciso fue decirle que nada se sabía de aquello, y ella dominó de
repente su dolor, poniéndose a dar órdenes para marchar a Madrid aquel
mismo día, en aquel mismo momento; órdenes secas, lacónicas,
terminantes, crujidos de su dolor inmenso que aguijoneaba la
impaciencia... El correo pasaba a las cuatro, y necesitaban dos horas de
coche para llegar a la primera estación de la vía férrea. Enrique
vendría con ella; Pedro, a un gesto de su madre, corrió al parador a
encargar un coche; las criadas salieron a disponer las maletas; Luisito,
el chiquitín, comenzó a llorar; su madre le besó en la frente.

--No llores--le dijo.

Ella no derramaba una lágrima: asustado el cura, quería detenerla.

--Pero si no alcanza usted el tren--le decía.

--Se pone un especial.

--Eso cuesta muy caro.

--Tengo diez mil reales en casa... Y si no, se vende todo... Se pide
limosna.

--Pero, señora, espere usted...

--¿Y su alma, señor cura, y su alma?--gritaba ella con _los ojos_ muy
abiertos--. ¿Acaso esperará la muerte?... ¡Y estará allí solo..., solo,
el hijo de mi vida, sin su madre que le haga confesar, que le ayude a
bien morir si Dios le llama, que le cierre los ojos y le acueste en la
tierra!...

Volvió Perico demudado, temblándole las manitas, queriendo sonreír y no
pudiendo... La voz le faltaba: no había llegado al parador. ¿A qué
correr tras la desdicha, si salía al encuentro la esperanza?... En el
camino habíale dicho Martín Romero que él tenía noticias que Juanito
estaba mejor, casi bien del todo...

--¿Lo ve usted?... ¿Lo ve usted?--gritó la madre triunfante.

Y tuvo una explosión de alegría formidable, rompiendo a reír
violentamente y entrecortando su risa con profundos sollozos sin
lágrimas.

El cura se apresuró a desmentir aquella falsa nueva, hija de una
compasión estúpida, y preciso fue ya decirle de una vez que su hijo
había muerto... Pero el cura se detuvo allí espantado y no tuvo valor
para decirle cómo ni cuándo.

Ella recibió el golpe encogiéndose, retrocediendo, oscilando, dejándose
caer en una silla, sin voz, sin pulso, sin alientos, sin lágrimas,
meneando la cabeza y agitando los labios como una idiota, llevándose
ambas manos al corazón, donde sentía algo que se le moría de pronto,
cierta cosa helada y terrible como debe de ser la muerte...

El cura lloraba como un niño y procuraba consolarla: ella le escuchaba
con los ojos fijos y enjutos, como se escucha un viento que brama, sin
comprender lo que dicen sus mugidos que aterran, pero sabiendo bien que
traen consigo el rayo y la tormenta. Sus hijos se arrojaron en sus
brazos llorando, y al contacto de aquellas tres cabezas despertó su
corazón de madre, desgarrándole el pecho un sollozo inmenso, y
encontrando al fin su dolor una salida, un alivio, un consuelo: ¡las
lágrimas!...

Todo el mundo en el pueblo respetó aquella pena sin medida, y nadie tuvo
valor para referirle los horribles detalles de la muerte de su hijo. Mas
a los tres días llegó la carta de Currita, y allí los encontró todos
juntos la mísera anciana.

Su instinto de madre le hizo adivinar cuanto allí había, y sin proferir
una queja ni desplegar los labios lívidos por el dolor y la ira, hizo
pedazos los resguardos del Banco, los metió en un sobre con la carta que
los acompañaba y lo devolvió todo a la condesa sin añadir una sola
letra.

Quedóse esta estupefacta al recibir aquella extraña respuesta, y se
encogió de hombros murmurando:

--Será alguna vieja rara... ¡Vaya usted a ver: una cosa hecha con tanta
delicadeza!

Y quedóse luego muy pensativa, porque no sabía qué hacerse con aquellos
15.000 duros que había pretendido regalar a su legítima dueña. Sus
escrúpulos de _Zapirón_ se resistían a embolsárselos del todo, y el
recto tribunal de su conciencia le aconsejó entonces emplearlos en
alguna obra benéfica. Ocurriósele dar un gran baile, una fiesta
ruidosísima y brillante, a beneficio de los niños de la Inclusa, pero
la estación estaba ya muy adelantada; todo el mundo había creído
asfixiarse pocas noches antes en el baile de Butrón, y ella debía
también emprender al fin de semana su viaje a Bélgica. Entonces tuvo una
idea felicísima: hacer con aquel dinero un espléndido donativo al papa
Pío IX, cuando fuera a visitarlo a Roma, a principios de otoño.
Entusiasmóle por completo este pensamiento, que acallaba sus escrúpulos
y satisfacía su vanidad, imaginándose ver ya en todos los periódicos de
Europa pomposos elogios tributados a la piadosa munificencia de la
excelentísima señora condesa de Albornoz.

Aquella noche llegó María Valdivieso muy animada, cerca ya de las
nueve... Era preciso, indispensable y urgentísimo que Currita se viniese
con ella al Circo del Príncipe Alfonso... _Debutaba_ Miss Jesup, una
_diva_ monísima hija de un general yanqui. Había venido recomendada a
Pepa Alcocer y a otras varias de la Grandeza; Paco Vélez se lo había
dicho.

--El lunes pasado, justamente el día que murió Velarde, cantó en casa de
Alcocer el rondó final de _Cereréntola_... ¡Chica! En mi vida he oído
cosa igual: va a tener un succés asombroso... Conque vístete y vámonos,
que no quiero perder el aria final del primer acto... ¡Chica! ¡Qué gran
verdad aquella!... Yo me la apropio.

Y se puso a cantar con malísima voz y detestable oído el

Sempre libera deggio
Transvolar di gioia in gioia

de la _Traviata_, ópera a la sazón muy en boga y escogida por Miss Jesup
para presentarse por primera vez en la escena madrileña.

--¡Ay, no, no!--dijo Currita muy displicente--. No tengo ganas de ópera.

--Pero, mujer... ¿Te vas a enterrar en vida?... Tres días hace que no
sales.

--Y además, ya tú ves, de luto...

--¡Pero si llevas ya cinco días!... ¿A cuándo aguardas para dejarlo?...
No me lo hubiera yo puesto diez minutos por Juanito Velarde, porque por
más que tú digas, era muy soso, hija, muy sosito.

--Entonces, me pondré esta noche medio luto... Justamente tengo un
vestido sin estrenar, blanco y negro; es bonito, pero no creo que pueda
servir para otra cosa.

--Pues aprovecha la ocasión, tonta... Pero anda lista, que es muy tarde.

Y ella misma se levantó para tirar de la campanilla y dar a Kate las
órdenes necesarias.

Currita se vistió en breve tiempo, y mientras tanto dábale conversación
la Valdivieso, ponderándole la voz y la hermosura de Miss Jesup y lo
bien que había estado Stagno la noche anterior en _Un ballo in
maschera_, sobre todo en el aria final, cuando lo asesinaban. Paco Vélez
se lo había dicho.

--Oye, y a propósito de muertos... ¿Te contestó ya la madre de Velarde?

--Justamente hoy he tenido carta... Por cierto que debe de ser una vieja
rara...

Kate se permitió interrumpir a las dos primas, preguntando si la señora
condesa llevaría guantes blancos o negros.

--¿Qué te parece, María?

--Los blancos irán bien...

--Me parece que caerán mejor los negros.

--Traiga usted un par de cada color y lo veremos.

--Pues sí; debe de ser una vieja rara... Figúrate que se niega a recibir
la pensión.

--¡Jesús, mujer, qué rareza!

--Lo que oyes... Me escribe una carta muy agradecida, muy altisonante,
con su poquito de deberes morales y de Providencia divina, y concluye
diciendo que nada necesita y que todo le sobra.

--Pues mejor para ti... Eso más te encuentras.

--Sí, pero ya tú ves; yo tenía hecho ya por el pobre Juanito ese
sacrificio, y no porque la doctora de su madre se niegue me voy a volver
atrás... Por eso he pensado, cuando vaya a Roma por octubre, hacer el
donativo de esos 15.000 duros al Padre Santo, para que le conceda
indulgencias...

María Valdivieso se quedó muy edificada, y las dos primas salieron,
cogiendo Currita, distraída con la conversación, un guante blanco y otro
negro. Echó de ver su error al ir a ponérselos, ya cerca del teatro, y
quiso volver a su casa para cambiarlos. Mas la Valdivieso, riendo como
una loca, le dijo:

--Pero, mujer, no seas tonta, póntelos... Lo tomarán por una
originalidad, y mañana tienes ya la moda en planta.

--¡Pues es verdad!--exclamó encantada Currita.

Y así sucedió en efecto: a todos pareció muy chic aquel nuevo capricho,
y a la noche siguiente se veían por todas partes en el teatro trajes de
dos colores diversos con guantes de dos colores distintos.

El _debut_ de Miss Jesup alcanzó una ovación ruidosísima, y sólo hubo
que lamentar un chistoso ridículo. Al final del último acto, cuando la
heroína acabada de expirar en la escena, y Alfredo, su padre y el doctor
entonaban el último terceto, una racha de viento colado pilló descuidada
a la _diva_ y le arrancó, después de difunta, un estrepitoso estornudo.

Al día siguiente no se hablaba de otra cosa en Madrid que de la ovación
de la Jesup, de su importuno estornudo y de los guantes de Currita;
nadie se acordaba ya del nombramiento de camarera, ni de la muerte de
Velarde, ni del registro de la policía.

Currita respiró ya tranquila, viendo cortada por completo, gracias a sus
manejos, la larga cola que había profetizado Butrón a su nombramiento de
camarera; su consecuencia política quedaba fuera de toda duda,
produciendo, entre otros resultados, tres _pequeñeces_ diversas:

Una madre desolada.

Un alma en el infierno.

Y la moda de los guantes distintos.

Mientras tanto, Villamelón preparaba con grande afán las fotografías de
donde habían de sacarse los grabados para la _Revista Ilustrada_; todo
lo demás habíalo echado en el cajón de las _cuestiones bizantinas_.

Fin del libro primero




Libro II




--I--


El tren expreso de Marsella a París traía cuatro horas de retraso, por
haberse roto un puente la noche antes entre Gallician y Saint-Gilles.
Los viajeros llegaron a las cuatro y media a la gran capital, apeándose
en la _gare de Lyon_, hambrientos y malhumorados. Un hombre de unos
treinta años saltó el primero de un _sleeping-car_, y atravesando el
andén antes que la multitud lo invadiese, llegó al carrefour con ese
aire seguro y exento de toda perplejidad que anuncia siempre al viajero
práctico en añagazas de aduanas, estaciones y caminos de hierro.

Hizo una señal al primero de los muchos coches de alquiler que en
ordenada fila esperaban, y el cochero acudió presuroso, midiendo antes
con la vista, de pies a cabeza, la traza del viajero. Traía este por
todo equipaje una de esas _fundas_ inglesas arrolladas en correas, que
encierran tanto en tan poco trecho y bastan para guardar todo lo
necesario a cualquier _touriste_ inglés que se dispone a dar la vuelta
al mundo.

El cochero pareció quedar satisfecho de su examen: entre las ricas
pieles que forraban el abrigo del viajero, había descubierto su vista
perspicaz lo que basta para constituir un gran personaje a los ojos del
vulgo parisiense: asomaba una cintita amarilla y blanca por el ojal de
su americana. ¡_Il était decoré_!...

Al poner el pie en el estribo, limitóse a decir el viajero en francés
muy bien acentuado:

--_Grand Hôtel_... _Boulevard des Capucins_...

El coche arrancó dando tumbos como cualquier simón de nuestra España, y
el viajero no pareció experimentar esa sorpresa mezclada de admiración,
curiosidad y entusiasmo que embarga a todo el que llega a París, una,
dos, tres y hasta cuatro o cinco veces.

Arrellanóse en los almohadones de raído paño azul del coche y sin
conceder siquiera una mirada al primer aliento de París, que comenzaba
ya a ensordecer y atronar sus oídos, arrancando de la gran plaza
irregular de la Bastilla, en que desembocan cuatro boulevards y diez
calles, púsose a pasar revista con gran cuidado a los papeles contenidos
en una bolsa de viaje, cuya correa le cruzaba el pecho de derecha a
izquierda.

Ninguno de ellos faltaba: en la bolsa de la derecha había varias cartas
abiertas, algunos papeles sueltos y un pequeño atadito de billetes de
Banco; en la izquierda, un gran cartapacio, sellado con una corona real
sobre lacre rojo. En el sobre decía:

A SU ALTEZA REAL, EL DUQUE DE AOSTA,
REY DE ESPAÑA.

El viajero dio varias vueltas al cartapacio con cierta curiosidad
contenida, y aun llegó a mirar al trasluz con el intento de distinguir
algo de lo interiormente escrito a través del sobre. La satinada
superficie del rico papel de hilo no dejaba, sin embargo, traslucir su
secreto, y el viajero tuvo que contentarse con leer una y otra vez
aquellas letras gordas y corridas del sobrescrito, trazadas por una mano
más acostumbrada a firmar y anotar que a escribir extenso, y tan
orgullosamente italiana sin duda, que anteponía el triste ducado de
Aosta a la Corona real de España.

El coche había cruzado, mientras tanto, el bulevar Beaumarchais y el de
Filles du Calvaire, y llegado al del Temple, sin que el viajero hubiera
dirigido una sola mirada a las magnificencias que va presentando París a
los ojos del que llega, a medida que se avanza hacia el bulevar des
Italiens y el de Capucins, centro vertiginoso de la gran Babilonia y
lupanar dorado y perfumado donde acuden a revolcarse, a costa de su oro,
el vicio y la locura de los cuatro ángulos de la tierra. Allí la calle
se convierte en plaza, la acera en calle; la multitud en torrente que se
precipita con cierto relativo silencio por entre dos paredes de cristal,
formadas por los escaparates inmensos de las tiendas atestadas de cuanto
puede dar de sí la industria humana para transformar lo superfluo en
necesario, lo elegante en fastuoso, lo precioso en maravilla, la vida en
fiebre de vanidades locas y concupiscencias monstruosas.

El viajero, abismado en sus reflexiones en medio de aquella multitud
inmensa, cuyo rasgo característico es el de ofrecer siempre el aspecto
del ocioso que corre en pos del placer y no del que marcha en busca del
trabajo, había acabado por sacar una carterita de piel de Rusia y
puéstose a ajustar en ella enmarañadas cuentas. Al frente de una hoja
escribió _esperanzas_ y al frente de la otra _realidades_, y así, debajo
de aquello que sin duda esperaba, como debajo de aquello otro que al
parecer poseía, comenzó a amontonar guarismos que formaban números y
estos a su vez sumas, restas, multiplicaciones y divisiones, que se
confundían en caos aritmético, y vinieron a producir al cabo en la
columna de las esperanzas, bajo una raya horizontal, esta cifra preñada
de misterios: _Doscientos mil duros y una cartera_. En la hoja de las
realidades, el resultado no necesitaba interpretación alguna; decía
simplemente: _Cero_.

Y como si todavía hubiese podido deslizarse en aquella absoluta carencia
de realidades algún error ilusorio, el viajero, rascándose a veces un
momento con el extremo del lápiz la ancha y hermosa frente, prosiguió
trazando guarismos y haciendo cálculos, hasta tirar otra raya
horizontal, derecha, negra e inflexible como un destino adverso, por
debajo de la cual apareció esta vez algo menos que cero, una cantidad
negativa, una deuda formidable, que era, sin duda alguna, la única
realidad con que aquel hombre contaba en el mundo:

_¡¡150.000 duros al 15 por 100!!..._

El viajero quedóse un momento mirando aquella cifra angustiosa, y
apretando el lápiz entre sus blancos dientes, hasta romperle la punta,
apartó al fin los ojos como asustado, para fijarlos en el golpe de vista
más admirable que puede ofrecer la inmensa Babilonia de París.

El coche atravesaba entonces la Plaza de la Concordia, regada con la
sangre de María Antonieta y Luis XVI; al frente se extendía la calle
Real, cerrada en el fondo por la soberbia fachada de la Magdalena,
descansando sobre sus cincuenta y dos gigantescas columnas corintias; a
la espalda, el palacio Borbón, asomando por detrás del puente de la
Concordia, rodeado de jardines y de estatuas; a la izquierda, la avenida
de los Campos Elíseos, cerrada a enorme distancia por el Arco de la
Estrella; a la derecha, del lado de acá del río y entre los frondosos
jardines imperiales, lo que quedaba entonces de las Tullerías: algunos
muros calcinados por el incendio, un tremendo desengaño histórico, una
imagen de la majestad real, abofeteada, escupida y asesinada a
garrotazos por Rochefort y Luisa Michel; y en medio de la plaza,
levantándose entre las dos fuentes monumentales, como un gigante de
otras edades, el decano de París, el obelisco Lucsor, el amigo de los
faraones, el testigo de las épocas fabulosas que cuenta por meses las
centurias y se ríe, acordándose de sus momias egipcias, de aquel
hormiguero humano que a sus pies se agita, haciéndole repetir lo que
puso años antes un poeta en su lengua de granito:

_Oh! dans cent ans, quels laids squelettes_
_Fera ce peuple impie et fou,_
_Qui se couche sans bandelettes_
_Dans des cercueils qui ferme un clou!_

El viajero pasaba por toda la vista sin fijarse en nada, con esa
indiferencia con que se mira lo que hasta la saciedad nos es conocido.
Tan sólo al salir de la calle Real asomó curiosamente la cabeza, y sus
ojos buscaron a lo lejos la famosa terraza del _Petit-Club_, más
familiarmente _Baby_, que domina toda la Plaza de la Concordia y es
punto de reunión y observatorio predilecto de la _haute gomme_
parisiense.

El día estaba magnífico, y bajo un pabellón de dril, listado de blanco y
rojo, veíanse algunos socios del club fumando y conversando; en la
balaustrada de piedra que da a la plaza, dos o tres jóvenes echados de
bruces veían desfilar los carruajes que por la calle _de Boissy
d'Anglas_ se dirigían al Bosque. El viajero experimentó al ver el
pabellón del Círculo cierto impulso de alegría, y por un movimiento
espontáneo, que tenía mucho de pueril, quitóse el sombrero como para
saludarle a tan enorme distancia, con tanto respeto y entusiasmo, como
si a su sombra hubiera de encontrar _lo menos... 150.000 duros al 15 por
100_, que daban por suma total los varios sumandos de sus realidades.

Sin duda, sabía muy bien que en el _Petit-Club_, en el inocente _Baby_,
se jugaba gordo.

Al descubrirse el viajero, quedó por completo a la vista su fisonomía,
presentando un extraño prodigio... Hubiérase dicho que lord Byron en
persona, abandonando su tumba de Nottingham, atravesaba la plaza de la
Magdalena en un coche de alquiler, saludando el pabellón del _Baby_ cual
si fuera la bandera de Inglaterra.

Tenía aquel hombre la misma hermosura varonil del gran poeta, la misma
bella cabeza airosamente puesta sobre un cuello nervudo, dispuesto
siempre a enderezarse con la altanera inflexión del desdén. Formaba su
rostro el mismo óvalo perfecto, con la barba un poco saliente, los ojos
pardos hermosísimos, el cabello castaño, encrespado en artísticos
remolinos naturales sobre una frente ancha y nobilísima, que parecía
hecha expresamente para ceñir los laureles de una corona. Crispaba sus
labios en ambas extremidades aquel pliegue oblicuo, huella de la
amargura, del desprecio, del escepticismo, del vicio cansado siempre y
no satisfecho nunca, que aparece tan al vivo en los buenos retratos de
Byron, como si por allí se deslizaran todavía aquellas abrumadoras
palabras de su _último lamento_:

¡Por todas partes, implacable y frío,
Fue detrás de mis pasos el hastío!...

Dos cosas faltaban, sin embargo, al viajero para hacerle en todo
semejante al poeta gran señor: su pie izquierdo no cojeaba, ni brillaba
tampoco en su frente el rayo de genio que inspiró _Childe Harold_. Si
por un prodigio del cielo era Byron aquel hombre, había vuelto sin dudas
al mundo dejándose en Nottingham su genio y su cojera, y trayéndose tan
sólo la hermosura de sus veinticinco años y los vicios de toda su vida.
Aquel Byron no hubiese ido a la Grecia para liberarla, sino para
explotarla; en sus ojos no brillaba el ansia de lo ideal, sino el
reflejo de la sensualidad ansiosa de encontrar dinero.

Todo en él era, sin embargo, elegante y aristocrático, y desde las
correas de piel de Rusia con hebillas y asa de plata que sujetaban su
exiguo equipaje, hasta la cartera de la misma piel en que había ajustado
sus cuentas de realidades y esperanzas, revelaban ese señoril lujo de
nimios detalles, propio de las personas nacidas y acostumbradas a vivir
siempre en medio de la opulencia.

Una sola nota discordante resaltaba en su traje, un detalle cursi,
cursísimo, que sólo pudiera concebirse en algún peluquero afamado o en
algún cantante italiano de segundo orden: la cintita amarilla y blanca
que asomaba por el ojal de su americana de viaje. Mas esto probaba, por
el contrario, un profundo conocimiento de aquel terreno que pisaba, en
que cualquier cintajo honorífico aseguraba el respeto y las
consideraciones debidas a un personaje. Era una precaución prudentísima,
una especie de broquel con que se resguardaba el viajero de mil
impertinencias para todos molestas y para él tal vez peligrosas.

El coche se detuvo al fin en el _Boulevard des Capucines_, ante el vasto
pórtico del _Grand Hôtel_. El nuevo lord Byron pagó con esplendidez al
cochero y subió ligeramente las gradas, topándose en la misma puerta con
un viejo alto, con grandes patillazas blancas, que se dirigía a la calle
arrastrando los pies.

Volvióse el viajero rápidamente al verle, como para evitar su encuentro,
y entróse en el _bureau de réception_ para entregar su tarjeta. Mas el
viejo, aligerando el tardo paso y alcanzando al fin al fugitivo, le
gritó en castellano:

--¡Jacobo! ¡Polaina! ¿Me huyes?... Señal de que traes dinero.

--¡Diógenes!... ¿Tú aquí?--exclamó Jacobo, volviéndose muy sorprendido y
alborozado y estrechándole ambas manos con gran cariño.

Mas Diógenes, sacudiendo la gran cabeza y dándole palmadas en la
espalda, dijo sentenciosamente:

El hombre que nace pobre
Con el frío es comparado:
Todos le huyen el cuerpo,
No les suelte un resfriado.

--¡Falso, falsísimo!--gritó Jacobo riendo--. Ni tú has nacido pobre,
ni...

--No lo soy de nacimiento, pero lo soy por enfermedad.

--Pues júntate conmigo: el constipado que tú me sueltes rechazará al que
yo te suelte a ti... Ya sabes, querido: _similia similibus curantur_.

--¿Y qué has hecho entonces en Constantinopla, embajadorcillo?... Yo
creí que te traerías hasta las barbas del Sultán.

Jacobo levantó a la altura de las narices de Diógenes su exiguo
equipaje, diciendo como Simónides:

--_Omnes divitiae sunt mecum!_

--¡Honrado plenipotenciario!--exclamó Diógenes--. Quien no te conozca
que te compre: ya habrás dejado el botín en la estación, farsante... ¿De
dónde vienes ahora?

--De Génova... Y tú ¿qué haces aquí?

--Pasar la pena negra, chico... Anoche me desplumó una sota: cinco mil
francos se llevó de un golpe.

--¿Pero es posible?... ¿Todavía dura la afición?... Yo creí que te
habías cortado la coleta.

--Hasta que me entierren, chico, hasta que me entierren... Ya te darás
una vuelta por el _Petit-Club_; se juega gordo... Anoche ese guacamayo
de Ponoski hizo un copo de dos mil luises.

--¿Está aquí Ponoski?... Con gusto le vería, pero me voy mañana.

--¿Mañana?... ¿Y adónde demonios vas?

--A Madrid.

--¿A Madrid?... ¡Polaina!... ¿A que te peguen un balazo?...

--¡Chico, chico!... ¿Se reparte por allí eso?...

--¿Pues de dónde sales tú, embajadorcillo?... ¿No has visto los
partes?... Hoy por la mañana se ha largado Amadeo a Lisboa, diciendo:
«Ahí queda eso.» Y a estas horas Figuerillas y el lorito de don Emilio
estarán barriendo las calles de Madrid a cañonazos para instalar
decentemente la República... Te desbancaron, chico, te desbancaron...

Quedóse Jacobo estupefacto al oír tales noticias, y cogiendo a Diógenes
por un brazo, exclamó muy inmutado, como si aquella inesperada
catástrofe política tuviera para él gran importancia:

--¿Pero qué estás diciendo?... ¡Eso es imposible!

--¡Polaina!... Ven acá y te lo dirá quien lo sabe. Ayer presentó el
italiano su renuncia a las Cortes, y una hora después estaba aceptada...
Hoy ha salido para Lisboa a las seis, y a estas horas estará ardiendo
Madrid por todos los cuatro costados... Más de veinte telegramas hay ya
en el _Grand Hôtel_ pidiendo cuartos.

Y mientras esto decía Diógenes, muy acalorado, subía con Jacobo las
gradas que llevan del patio a la terraza del _Grand Hôtel_.

Cualquiera hubiérase creído allí en un salón aristocrático de la corte
de España: oíase hablar por todas partes en castellano, con esa
vehemencia y esos gritos propios de los españoles cuando se exaltan, y
en grupos y corrillos acá y allá diseminados, veíanse damas y gomosos de
la aristocracia madrileña, hombres políticos del partido de Isabel II y
algunos de esos personajes innominados que suelen verse a todas horas y
en todas partes, sin que nadie pueda decir de ellos sino que son un tal
Sánchez o un tal Pérez.

Todos discutían las noticias de España, haciendo pronósticos según las
fuerzas de su imaginación y la vehemencia de sus deseos, y mientras unos
creían ver ya al príncipe Alfonso en el trono abandonado por Aosta,
otros se figuraban la República arraigando al amparo de las masas
populares de Madrid, apoderándose del palacio vacío y de la corona
vacante.

El miedo y la distancia ennegrecían todos los colores, y unos y otros
convenían en que Madrid debía de estar a aquellas horas convertido en un
charco inmenso de sangre. Esperábase, pues, con grande ansiedad la
llegada del correo, y con más impaciencia todavía la vuelta del tío
Frasquito, que había ido al pasaje Jouffroy en busca de noticias, y la
del general Pastor y Cánovas del Castillo, que habían sido llamados con
grande urgencia al palacio Basilewsky por la reina destronada.

A la derecha de la última puerta del salón de lectura que se abre en la
terraza, hallábanse algunas señoras sentadas en bancos de hierro: entre
ellas estaban Currita Albornoz y la duquesa de Bara. Más lejos, de pie,
en medio de un grupo de hombres, peroraba Leopoldina Pastor con gran
vehemencia, optando por empuñar las armas y exponiendo su plan
estratégico.

La cosa era sencillísima: bastaba con que la colonia madrileña residente
en París se presentase en la embajada española, cogiera por un brazo al
embajador y lo plantase en la calle, proclamando allí mismo por rey de
España al príncipe Alfonso. ¡Ya contestarían al punto del otro lado de
los Pirineos!... ¿Que chillaba el embajador? Pues se zambullía al
embajador en el Sena, que ya tenía el tal don Salustiano vientre
bastante para sobrenadar lo mismo que una boya... ¿Que Thiers se
enfadaba? Pues se cogía a Thiers por su copetito de pelos y se le
enviaba a cuidar de su casa, dejando en paz la del vecino, y ¡chitón,
chitito!...

Reíanse los caballeros oyendo a Leopoldina, y ella les tiraba de los
botones del chaleco, llamándoles indecentes. ¡Ah, si tuviera ella
pantalones!... Y casi, casi, estaba por ponérselos como Miss Walker, la
médica del Serrallo de Túnez, que paseaba en aquellos días los
boulevards con calzones zuavos y chambergo.

La llegada de Jacobo produjo mala impresión en todo el concurso:
ligábanle con la mayor parte de los presentes lazos de amistad y
parentesco, así por parte de su familia como por la de su mujer, que
llevaba un título ilustre entre la Grandeza. Mas, separado de esta diez
años antes, había hecho en París y en Italia lujosísima vida de soltero,
hasta que, perseguido por sus acreedores, vino a refugiarse de nuevo en
España el año 68, tomando parte activísima en la Revolución y
recorriendo, al lado de Prim, las provincias andaluzas, arengando a las
muchedumbres montado, como Lafayette, en un caballo blanco. Formó parte
de las Cortes Constituyentes del 69, y de repente, cuando el asesinato
de Prim, desapareció otra vez de Madrid, apareciendo a poco en
Constantinopla de ministro plenipotenciario.

Extrañó, pues, a todos, verle aparecer en tan críticos momentos,
abandonando su alto puesto, y recibiéronle con el despreciativo recelo
que infunde siempre el enemigo derrotado que se pasa después de la
batalla al campo victorioso.

Jacobo, sin embargo, aparentando no echar de ver la frialdad con que le
recibían, cercioróse por sí mismo de la verdad de las noticias de
Diógenes, sin dejar traslucir tampoco la inquietud que al pronto le
habían estas causado. Él lo ignoraba todo, o aparentaba ignorarlo; había
salido dos meses antes de Constantinopla para Turín, marchando luego a
Florencia y Génova, y hecho después un viaje delicioso a lo largo de la
corniche italiana, deteniéndose en Bordighera, en Niza y, últimamente,
en Mónaco cerca de una semana.

Currita miraba atentamente desde su asiento al apuesto viajero, retrato
de lord Byron, su héroe favorito, tipo adorable de hombre, según ella,
cuyo magnífico busto desnudo, esculpido en mármol blanco, tenía en su
_boudoir_ siempre a la vista. Al pronto no le había conocido, porque
difícil era reconocer en aquel arrogante mozo al débil jovencillo Jacobo
Téllez-Ponce, casado doce años antes con la marquesa de Sabadell, prima
lejana de Currita; desde entonces no había vuelto a verle esta, y jamás
le hubiera reconocido si, corriendo a ella Leopoldina Pastor, no le
dijera:

--¿Has visto a Jacobo Téllez?... Decían que se había casado en
Constantinopla con una turca monísima... ¿Qué traerá aquí ese indecente?

La duquesa de Bara contestó una indecorosa paparrucha, mirándole con
desprecio; las señoras se echaron a reír, y Currita exclamó muy
admirada:

--¿Pero es ese Jacobo?... ¡Dios mío! Si me estaba pareciendo desde aquí
Byron en persona, mi poeta querido... ¡Qué semejanza tan exacta!...

Y sin esperar más explicaciones, levantóse vivamente para ir a su
encuentro; la duquesa de Bara la detuvo bruscamente por el vestido, y
ella, procurando desasirse, decía:

--Pero, mujer, si es mi primo... La abuela de su mujer y la mía, primas
segundas... ¿Cómo voy yo a desairar a un pariente?...

Este, atraído, sin duda, por el amor de la familia, acercábase en aquel
momento al grupo de las señoras; saludólas besando la mano a la duquesa
y a Currita, que eran sus más allegadas, y esta, con mil cariñosas
monerías, hízole sitio a su lado, en el banco de hierro.

La conversación giró un momento sobre el viaje de Jacobo, hasta que vino
a interrumpirla la entrada del tío Frasquito, que volvía del pasaje
Jouffroy cargado de noticias. Todos corrieron a su encuentro, y Jacobo
el primero; mas antes, deteniéndole Currita por el brazo, con
familiaridad de prima cuarta de su esposa legítima, le dijo:

--¿Nos veremos, Jacobo?... Quiero presentarte a Fernandito... Vivimos en
el segundo piso, número 120.

La duquesa se inclinó al oído de Leopoldina, diciendo:

--¿Oyes?... Quiere presentarlo a Fernandito.

Leopoldina hizo una mueca y replicó:

--Pues, entonces... ¿verde y con asa?...

--¡Alcarraza!--concluyó la duquesa.

Y las dos se echaron a reír con inocente regocijo.




--II--


Engomado, teñido, peinado y reluciente a fuerza de cosméticos, y
bailando sobre las puntas de los pies, por no permitirle andar de otra
manera el calzado estrechísimo, que le torturaba, sin disimularlos del
todo, dos morrocotudos juanetes, entró con grande prisa en la terraza el
tío Frasquito, tío universal de toda la Grandeza de España, y de
aquellos sus adyacentes de nobles de segundo orden, ricachos de todos
cuños, notabilidades políticas y literarias, capigorrones de oficio,
aventureros atrevidos y personajes anónimos que forman el _todo Madrid_
de la corte, el abigarrado _dessus du panier_ del gran mundo madrileño.

Llamábale todo este mundo el _tío Frasquito_, porque el buen tono así lo
había decretado, y él aceptaba complacido el parentesco de todos
aquellos cuya sangre azul empalmaba realmente, siglo antes o siglo
después, con la suya preclarísima; a los demás, sin rechazar tampoco lo
apócrifo del parentesco, colocábalos con cierta protectora
condescendencia en la categoría de _sobrinos espurios_.

En medio, pues, de esta familia universal se destacaba el tío Frasquito,
hacía medio siglo, viendo desfilar generaciones y generaciones,
legítimas o espurias, de sobrinos y sobrinas que nacían y crecían, se
casaban y multiplicaban, se morían y se pudrían, sin que, abroquelado él
tras el corsé apretadísimo que sujetaba las insolentes rebeldías de su
abdomen, hubiese pasado jamás de los treinta y tres años; los suyos,
semejantes a las semanas de Daniel, eran años de años, aunque más
complacientes que aquellas, se alargaban o encogían según demandaban las
circunstancias. Treinta y tres contaba cuando en el año cuarenta asistió
a la boda de la reina de Inglaterra, acompañando al enviado
extraordinario de la corte de España, y los mismos tenía cuando, en
1853, presenció la de su _sobrina_ Eugenia de Guzmán con el emperador
Napoleón III; casamiento desigual, _messa alianza_ humillante que
reprobó en absoluto el tío Frasquito, por no satisfacerle de todo la
prosapia de Bonaparte, y aunque nunca llegó a relegar al nuevo sobrino a
la categoría de los espurios, tampoco consintió en designarle de otro
modo que con el nombre de _mi sobrino el conde consorte de Teba_[9].

[Nota 9: Sabido es que la emperatriz Eugenia, antes de casarse,
llevaba por su ilustre familia el título de condesa de Teba.]

Susurraba la leyenda que el tío Frasquito llevaba en su cuerpo treinta y
dos cosas postizas, entre las cuales se contaba una nalga de corcho. Es
lo cierto que, en el momento en que lo presentamos a nuestros lectores,
volviendo del pasaje Jouffroy para confirmar a sus compatriotas la
abdicación del duque de Aosta, la obesidad había trocado su talle de
palmera en puchero de Alcorcón, y el arte, la industria y hasta la
mecánica trabajaban de consumo y a porfía en la restauración diaria de
aquel Narciso trasnochado, en riesgo siempre de convertirse en acelga,
como en flor se convirtió el antiguo Narciso de la mitología griega.

El tío Frasquito era soltero, rico, vivía ordenadamente, no tenía vicios
conocidos, ni tampoco deudas; era afable, cortés, servicial,
complaciente, tenía modales de doncella pudorosa y cadencias en la voz
de damisela presumida. Coleccionaba sellos diplomáticos, bordaba en
tapicería, tocaba desastrosamente la flauta y pronunciaba las _erres_ de
esa manera gutural y arrastrada, propia de los parisienses, que imitan
en España algunos afrancesados elegantes, y es defecto natural en otros
muchos, para quienes se inventó aquello de: «El perro de San Roque no
tiene rabo, porque Ramón Ramírez se lo ha robado».

Diógenes le llamaba de ordinario _Francesca di Rimini_, a veces _señá
Frasquita_, y perseguíale y acosábale por estrados y salones, y hasta
entre las faldas de las damas, donde el afeminado prócer acostumbraba a
refugiarse, con intempestivos abrazos que le arrugaban y tiznaban la
inmaculada pechera; besos extemporáneos que obligaban a la pulcra
víctima a lavarse y frotarse con _cold cream_; pisotones disimulados que
le deslustraban el calzado y le reventaban los juanetes, o bestiales
apretones de manos que le descoyuntaban los dedos, poniendo en riesgo de
esparcirse por todas partes los treinta y dos componentes que asignaba a
su cuerpo la leyenda.

Aquellos dos viejos, de caracteres y costumbres tan diversas, eran, sin
embargo, dos tipos rezagados de la misma sociedad, dos ejemplares
fósiles de aquellos próceres del pasado siglo, manolos viciosos y
cínicos unos, petimetres, insustanciales y afeminados otros, que
prepararon en España la ruina y el descrédito de la Grandeza.

Entró, pues, el tío Frasquito en la terraza con ademanes de doncella
atribulada, y todos se agolparon en torno suyo, acosándolo a
preguntas... ¡Todo, todo quedaba por nuevos partes confirmado, y el
_sauve qui peut_ era en Madrid general!...

Corroborábase la noticia de que don Amadeo había huido a Lisboa con su
familia, y el telégrafo transmitía los nombres de los individuos que
formaban el primer ministerio de la recién nacida República.

--¡De la Rrrepública española!--exclamó el tío Frasquito quitándose el
sombrero con burlesca solemnidad.

Y entre risas despreciativas y observaciones irónicas, comenzó a leer en
su elegante carterita, donde estaban apuntados los nombres de los nuevos
ministros[10]... ¡Pero qué nombres, Virgen Santísima! ¡Si aquello era
cosa de morirse de risa!... Figueras, Castelar, Pi y Margall, los dos
Salmerones, Nicolás y Paquito... Córdoba.

[Nota 10: Suponemos que el lector comprenderá que los juicios sobre
personas determinadas que aparecen en boca de los personajes de esta
novela no son juicios del autor, sino reflejo de los que formaban en
aquella época la parte de la sociedad que dichos personajes
representaban. El autor, que tan sin escrúpulos de ningún género ataca
de frente al vicio y a la insolencia, se reserva siempre su juicio sobre
individuos determinados, y se halla muy distante de pretender herir
personalidad ninguna, por despreciable que le parezca.]

--¡Córrrrdoba, señores, Córrrdoba!... ¡Ferrrnandito Córrrdoba,
rrrepublicano!... ¡Quién lo creyerra, cuando íbamos juntos a casa de la
Benavente, cuando Fernando VII lo envió a Portugal con su hermano Luis,
detrás del infante don Carlos y la princesa de Beyrra!... Porr supuesto,
que yo era entonces un niño, una verrdadera criaturra...

El tío Frasquito no cayó en la cuenta de que, según aquellos datos,
debió de haber asistido seis años antes de su nacimiento a los saraos de
la duquesa de Benavente, y prosiguió enumerando a los ministros
restantes: ¡Echegaray, Beranger y Becerra!... ¡Santo Dios!... Si esto
era para España la coz del asno; y aquellos enanillos de gorro frigio,
encadenando al león de Castilla, recordaban aquella grandiosa imagen:

_Ce grand peuple espagnol, aux membres enervés,_
_Expire dans cet antre ou son sort le termine_,
_Triste comme un lion rongé par la vermine_!

¡Y qué chistosamente cursis resultaban siempre aquellos demócratas!...
¿Pues no se les había ocurrido lo primero ir a darle una serenata al
interesantísimo don Emilio tocando la Marsellesa?...

_¡Ah! ça ira, ça ira, ça ira..._
_Celui que s'élève on l'abaissera._
_Celui que s'abaisse on l'élèvera._
_¡Ah! ça ira, ça ira, ça ira..._

--¡Qué delicia!--exclamó Currita--. ¿Y no les echó él un discursito?

--¡Ya lo creo!... Desde el balcón, como cantaba la Nilson en Viena; y
luego obsequió a la concurrencia con carramelos y cigarritos...

--¡Qué monada!... De seguro que este invierno tendrá recepciones.

--¡Sí! Para los ciudadanos _sans culottes_.

--¡Polaina!--exclamó Diógenes--. En cuanto cuelgue un jamón en la
puerta, tiene allí a Madrid entero, y tú, Curra, irás la primera.

Azoróse el tío Frasquito al oír la voz de Diógenes, y temiendo algunos
de sus amagos de intempestivo cariño, fuese escurriendo con disimulo,
soltando casi a media voz su última noticia. Anunciaba también el
telégrafo que don Carlos había entrado en España por Zugarramurdi, y que
aprovechando sus parciales aquella confusión, aprestábanse a hacer un
supremo esfuerzo para apoderarse de la corte.

Disgustó esto mucho a toda la concurrencia, por parecerle más temible el
carlismo que la República, y en aquel momento llegó a confortar los
ánimos un viejo alto, de aspecto marcial y largos y retorcidos bigotes
blancos: era el general Pastor, hermano de Leopoldina, que volvía del
palacio Basilewsky de conferenciar con la reina.

Entró, pues, el general radiante y satisfecho cual si viese ya en
lontananza la cartera de la Guerra, y contestando con sonrisas y
palabras huecas a las mil preguntas que de todas partes le dirigían,
apresuróse a dar cuenta a la condesa de Albornoz y a la duquesa de Bara
de una embajada de su majestad la reina... Esta las designaba para
acompañarle al día siguiente, a la capilla expiatoria del bulevar
Haussman, donde debía celebrarse la Misa de aniversario, algún tanto
retrasada aquel año, del infortunado Luis XVI; el espectáculo prometía
ser curioso, porque los príncipes de Orleans, reconciliados con el conde
de Chambord, asistirían por primera vez, en público, a aquellas
simbólicas honras.

Abrió entonces el saco de noticias el general Pastor, y dando a
entender, con cierta vanidad política, que callaba mucho más de lo que
decía, confirmó todo lo dicho por el _tío Frasquito_, añadiendo que la
proclamación de la República era un paso gigantesco dado hacia la
Restauración; que los desórdenes más terribles no tardarían en estallar
en España, y alarmadas las potencias europeas con los escarmientos de la
Commune en Francia, se apresurarían a intervenir en favor del príncipe
Alfonso. Notas secretas de algunos embajadores extranjeros habían
llegado ya al palacio Basilewsky, y Thiers mismo, temeroso de que el
zurriago de las monarquías coligadas le deparase a él algún latigazo,
negábase a reconocer la nueva República.

Tan sólo míster Harrilin, embajador de los Estados Unidos en España,
habíase apresurado a reconocer el nuevo orden de cosas en nombre de su
Gobierno, presentándose en el palacio de la Presidencia con todo el
ceremonial de costumbres en tiempos de la monarquía, y asegurando en su
discurso, con la truhanesca formalidad de Jonathan en persona, que «los
Estados Unidos de América no podían menos de contemplar con emoción y
simpatía, convertido en República, el imperio de Fernando e Isabel».

--¡Pues vaya con el indecente!--exclamó Leopoldina Pastor hecha una
furia--. Para esos yanquis farsantes, igual da Figueras que Fernando el
Católico, y lo mismo representa una corona que un gorro de algodón.
_Cotton is King_!... ¡Monísimo!... ¡Y pensar que hace tres semanas
bailábamos todas en su casa!... ¡Vamos! Si después de todo, resulta que
cuando se trata de divertirse perdemos todas la vergüenza.

--_¡Tu dixisti!_--gritó Diógenes con grande ahínco.

--Y lo repito--prosiguió Leopoldina--. Pero yo le aseguro a ese
indecente que ha de oír de mis labios cuatro palabritas bien dichas...
¡Oh, si yo lo tenía previsto! En el último baile que dio llevaba medias
azules de algodón...

--Como que su suegro tiene en Boston una fábrica.

--¡Qué delicia!--exclamó Currita--. Pues cuando den la _Jarretière_ al
yerno, ya puede el suegro regalarle la media.

--De seguro que las habrá él anunciado en la Presidencia al terminar su
discurso, como aquel _preacher_ yanqui que terminó su sermón: «Ya os he
demostrado, mis buenos hermanos, que sólo por la virtud se gana el
cielo. Sólo me resta, para terminar, recomendaros la magnífica
sombrerería de Míster Francis Morton, 24, Catherine Street. Allí todos
los artículos son distinguidos y baratos.--_Net cash._--Que viene a ser
_No se fía_».

El timbre eléctrico que anuncia _aux hommes d'équipes_ la llegada de
nuevos viajeros, comenzó a repicar en aquel instante, y, a poco, llegó
Gorito Sardona, muy conmovido, anunciando que la señora de López Moreno
se apeaba en aquel momento en el _Grand Hôtel_, que venía de Madrid, y
que a poco más la asesinan en el camino.

--¡Trae una oreja colgando!--añadió tirándose de una suya.

Horrorizóse la concurrencia, y todos salieron a su encuentro deseosos de
ver a la banquera desorejada. La duquesa, sin embargo, temiendo sin duda
que trasladase esta a sus orejas las famosas hipotecas que sobre sus
tierras tenía, quiso escurrirse por la sala de lectura, con tan mala
suerte, que fue a toparse en el patio mismo con la López Moreno, su hija
Lucy, dos doncellas, un criado, diecisiete baúles y número ilimitado de
cajas y sombrereras. La banquera llegaba pálida y abatida, y tenía, en
efecto, ensangrentado el lóbulo de la oreja izquierda.

Al verse cogida la duquesa, salió al encuentro de la López Moreno,
exclamando muy cariñosa:

--¡Pero, Ramona!... ¿Cómo no me ha avisado usted?

--¿Avisar?--exclamó con espanto la López Moreno--. ¡Gracias que llego
con vida!... ¡Qué viaje, duquesa, qué viaje!... En el camino a poco más
me asesinan... ¡Nací ayer!... ¡Un milagro, un milagro!

--¡Qué horror!--exclamó la duquesa.

Y mirando en torno suyo, con la esperanza de que el prodigio divino no
hubiera alcanzado también al señor López Moreno, añadió:

--Pero ¿dónde está su marido de usted?... ¿No viene?...

La tierna esposa hizo otro gesto de espanto y contestó sin enternecerse
demasiado:

--¡En Matapuerca está..., si es que vive!...

--¿En Matapuerca?--exclamó Diógenes--. ¡No puede ser!... Será en
Matapuerco...

--No, no; en Matapuerca--replicó la López Moreno sin comprender la pulla
del viejo.

Y rodeada de todos los españoles, que atraídos por la curiosidad iban
poco a poco acudiendo, la voluminosa señora comenzó el relato de sus
infortunios... De aquella hecha se llevaba la trampa a la España entera;
la gente se escapaba de Madrid a bandadas, y no parecía sino que la
trompeta del Juicio Final había sonado en la corte.

--¡Me alegro!--exclamó Diógenes--. A esa trompetita estoy yo
aguardando... ¡Qué cosas han de saberse cuando diga el ángel: cada peso
duro con su dueño, y cada hijo con su padre!...

La duquesa le hizo callar de un abanicazo, y la López Moreno, llena de
satisfacción al verse objeto del interés de todos, continuó el relato
de su susto, un susto atroz, una barbaridad de susto... El tren traía
cuarenta y dos coches atestados de gente que iba a Biarritz, a San Juan
de Luz, a Bayona, a cualquiera parte, con tal de pasar la frontera. En
Vitoria añadieron otra máquina y entraron cuatro compañías del
Regimiento de Luchana. ¡Malo!... Por la noche todo fue bien, pero al
llegar a Alsasua, ¡Virgen Santísima!... ¡Los carlistas! Y de pronto,
¡prurrruumm! ¡Una descarga atroz!...

--Pero, de repente, hija, de repente, sin avisar siquiera, sin decir
agua va: nada, nada, nada. ¡Prurrruumm! caiga el que caiga... La tropa,
¡claro está!, contesta ¡prurrruumm! otra descarga. Yo, muerta, Lucy,
muerta debajo del asiento, sin resollar siquiera, y ¡prurrruumm! arriba,
¡prurrruumm! abajo; hora y media de tiritos... De pronto, se abre la
ventanilla, entra una mano, me arranca una oreja y se va...

--¡Qué atrocidad!--exclamaron todos. Y Gorito Sardona, con su guasona
formalidad, añadió:

--¿Pensarían hacer una chuleta?...

--No, señor--replicó la víctima algún tanto ofendida--. Lo que pensaron
fue llevarse un brillante de quinientos duros que traía en ella, y se lo
llevaron en efecto... Decían luego que fue un pillete de la estación,
pero a mí no me quita nadie de la cabeza que fue el cura Santa Cruz...
Como que esto era en mitad del túnel, a oscuras, y en la pared de
enfrente vi yo la sombra del sombrero de teja...

--¡Qué barbaridad!...

--¿Pero usted vio a los carlistas?...

--¿Que si los vi?... Al salir del túnel, en un altito había un montón de
ellos, y en medio uno con entorchados, que era don Carlos... Lucy decía
que no, pero yo creo que sí. Uno chiquitillo, bizco, con barba rubia,
picado de viruelas, que nos hizo con el puño así...

Y la señora de López Moreno enarbolaba el suyo robustísimo, con gesto
horrible de amenaza.

--¡Pero si don Carlos es muy alto, moreno, con barba negra!... Yo le
conocí en Vevey...

--Pues vendría disfrazado; no es tan difícil teñirse la barba de rubio.

--Pero es imposible, teniendo dos metros de largo, encogerse hasta tener
la mitad.

--Podrá ser que me equivoque, pero lo dudo--replicó la López Moreno, que
no renunciaba fácilmente a la honra de haber sido amenazada por un puño
real.

El general Pastor oíalo todo complacidísimo, viendo en aquella
catástrofe los primeros truenos de la terrible tempestad que comenzaba a
desencadenarse en España. De aquel caos había de salir la Restauración,
y la política del partido dirigía, por lo tanto, todos sus esfuerzos a
excitar y mantener el desorden. Una palabra imprudente del general
reveló a los más avisados que estaba bien al tanto de aquellos manejos:
preguntó a la señora de López Moreno si, al salir ella de Madrid, no se
decía nada en la corte de levantamientos socialistas en Andalucía.

--¿Y me lo dice usted a mí?--exclamó la banquera con enérgica ira--.
¿Pues no saben ustedes lo de Matapuerca?...

--¡Ay, por Dios, señora!--la interrumpió Currita con toda su
aristocrática impertinencia--. ¿No podría ser Mata... cualquiera otra
cosa?

--¡Pero si se llama Matapuerca!... Es una dehesa magnífica en la
_provincia_ de Extremadura, de más de tres mil aranzadas, con
veintisiete caseríos... En fin, un pequeño reino... Era de los frailes
Agustinos, y mi marido lo compró cuando lo de Mendizábal...

Currita hizo un gesto de resignación pacientísima, y preguntó:

--¿Y qué ha sucedido en el pequeño reino de Mata... esos animalitos?...

--Pues nada, ¡una friolera!... Que en cuanto proclamaron la República,
invadió la dehesa una horda de aquellos bandidos, asesinaron al aperador
y a tres guardas, y se repartieron las tierras. López Moreno salió para
allá corriendo, y estoy inquietísima... No sé lo que va a hacer...

--¿Pues qué ha de hacer?--exclamó Diógenes--. ¡Polaina! Lo que hicieron
los frailes Agustinos cuando su marido de usted y Mendizábal les
quitaron la dehesa... ¡Tener paciencia!... A cada puerco le llega su San
Martín, doña Ramona; figúrese usted si no le llegará también en
Matapuerca... Amigo, ¡los socialistas, los socialistas!... Esos han
aprendido lógica; ahí tiene usted los nuevos desamortizadores.

La López Moreno iba a contestar muy picada, pero el general Pastor,
frotándose las manos de júbilo, la contuvo, diciendo:

--Nos trae usted excelentes noticias, señora... La cosa marcha viento
en popa, mejor de lo que yo esperaba.

--¡Pues me hace gracia!--exclamó la banquera estupefacta--. No diría
usted lo mismo si le hubiesen robado una dehesa y arrancado una oreja
con un brillante de quinientos duros...

--Nada, doña Ramona, hay que resignarse por algún tiempo a ser reina
destronada de Matapuerca... La Restauración la restablecerá a usted muy
pronto en su trono... ¿Y sabe usted lo que estoy pensando?--añadió el
general como asaltado de una idea repentina--. Que la reina tendrá mucho
gusto en oír de usted misma esas noticias. ¿Tendría usted inconveniente
en venir a Palacio?...

La banquera pensó ahogarse de satisfacción, y la duquesa, que se
apresuraba a pagarle con honras y relumbrones lo que no le pagaba en
dinero, exclamó vivamente:

--¡Magnífica idea! Yo misma la llevaré... Mañana pido a la señora la
audiencia...

--¡Pues ya lo creo que la reina tendrá mucho gusto en oírla!--observó
pausadamente Currita--. Doña Ramona narra muy bien y usa unas armonías
imitativas de muchísimo efecto... Cada vez que dice ¡prurrruumm! parece
materialmente que se huele a pólvora... ¡Qué delicia... oírle contar la
_dégringolade_ de Matapuerca!

La señora de López Moreno no se enteraba de nada de esto, ocupada en dar
gracias, enternecida, al general y a la duquesa... El sueño dorado de
toda su vida, ser recibida en Palacio, iba a realizarse, y no le parecía
cara tamaña honra, al precio de una oreja desgarrada y una dehesa
perdida.

El general, por su parte, seguía la política de Butrón, barrer para
dentro, y calculaba ya las copiosas sangrías que, en nombre de los
conspiradores, podría hacer su espada victoriosa en las repletas arcas
de los consortes López Moreno.

Durante toda esta escena, Currita no había perdido de vista un momento a
Jacobo, que escuchaba atentamente sin darse prisa a subir a su cuarto a
lavarse y descansar. Al disolverse la reunión, porque la hora de comer
se aproximaba, echóle de menos Currita en la terraza; asomóse vivamente
a la sala de lectura, salió al patio y no le encontró por ninguna parte.

Por la escalera de enfrente subía en aquel momento el tío Frasquito
dando el brazo a su sobrina espuria, la reina destronada de Matapuerca,
que se detenía en cada peldaño para ponderarle lo terrible de su susto,
lo soberbio de su dehesa, el dolor de su oreja, lo pavoroso de aquellas
descargas atronadoras...

¡Prurrruumm!




--III--


La oportunidad es en todas las cosas precursora del éxito, y el llegar a
tiempo ha levantado no pocas veces el pedestal de muchas celebridades y
ceñido los laureles a infinitos héroes. Cada carácter requiere, pues,
circunstancias especiales que le favorezcan, época adecuada que le
sirva de marco, _momento histórico_ oportuno que le permita
desarrollarse en toda su pujanza. Un Hércules en los tiempos
prehistóricos, un Cid en los tiempos caballerescos, serían un Quijote en
los tiempos de la partida doble y el tanto por ciento. Un Espartero y un
Mendizábal, por el contrario, hubieran sido en aquellas épocas remotas,
prestamista judío el uno, cuadrillero de la Santa Hermandad el otro.

Jacobo Téllez creía haber tenido la desgracia de errar al nacer, en las
circunstancias de lugar y también en las de tiempo. Entre el oleaje
sangriento de la gran Revolución francesa, juzgaba él que hubiera sido,
por su talento, un Mirabeu; por su valor, un Lafayette; mas entre los
cenagosos remolinos de la Revolución española del 68, tan sólo fue, a
juicio de los que le conocieron, como político, un pobre demonio; como
caudillo, un gran mentecato.

Aquellas dos grandes figuras de aristócratas renegados como él, le
sedujeron por completo; mas el peluquín del uno y la casaca del otro le
venían grandes, y al querer amalgamar en sí mismo aquellas dos
personalidades, rompiendo los lazos morales como el primero, y
seduciendo a las multitudes como el segundo, resultó tan sólo un bribón
infatuado. Así y todo, hizo papel, porque hay Arístides grandes y
Arístides chiquitos; Cincinatos de dos en libra, de tres al cuarto y de
ochavo la _jartáa_, que es como venden en Andalucía los higos chumbos.

Este, pues, higo chumbo revolucionario no llegó desde la aristocrática
piña en que había nacido hasta la plebeya cuna en que vino a florecer,
ni por peripecias dramáticas, ni por trágicas revoluciones: llegó
naturalmente, con suavidad, como tras de la hinchazón viene el pus, y
tras el pus la gangrena. Llegó resbalando sin violencias por la
voluptuosa pendiente que lleva del placer al vicio, del vicio a la
aberración, de la aberración al tedio, al desencanto, al espantoso
vacío del corazón que produce vértigos en la cabeza y despeña al hombre
en todas las locuras y en todas las infamias, en busca de placeres
nuevos que despierten su sensualismo embotado, de impresiones
desconocidas que sacien la voracidad de sus concupiscencias estragadas.

Nada hay más peligroso para el hombre que pasar en breve tiempo por
todas las ilusiones de una larga vida; y Jacobo, con ese afán de gozar
que caracteriza la sociedad presente, que teme dejar para mañana el
placer de que puede disfrutar hoy, que precipita las edades y pasa de la
infancia a la vejez decrépita, suprimiendo la juventud si es que por
juventud se entiende esa edad venturosa en que brotan del corazón nobles
impulsos y bullen en la mente generosas ideas, que constituyen más
tarde, después de solidificadas, los grandes caracteres; Jacobo,
decíamos, había recorrido aquella larga jornada en menos de treinta
años...

A los quince, libre ya de ayos y maestros, era el _sietemesino_ más
galán que aspiraba a afeitarse, y dirigía cotillones en los grandes
salones de la corte; a los veinte, era un afortunado tenorio de mala
ley, que hacía gala en el Veloz Club de sus aventuras escandalosas; a
los veinticinco, era un perdido aristocrático, elegante, modelo, que no
retrocedía ante una estocada de mentirijillas, ni ante un steeplechase,
ni ante un copo de veinte mil duros, y derrochaba los millones de su
mujer con la misma facilidad con que la varilla encantada de un mágico
hace fluir del centro de la tierra tesoros escondidos y guardados por
gnomos y salamandras.

A los treinta había visto, como Salomón, _cuncta quae flunt sub sole_,
pero no comprendía, como él, que todo fuese vanidad y aflicción de
espíritu, sino que lloraba como Alejandro, porque no había otro mundo de
goces que disfrutar; y seco su corazón, embotada su inteligencia por el
prematuro desarrollo de sus pasiones, arruinada su casa por locas
prodigalidades, era un fruto podrido que no había madurado nunca, un
hombre en la flor de la vida a quien faltaba el objeto de la vida, un
ruinoso despojo del placer y la impiedad, que no interrogaba como Hamlet
lo eterno, sino que se arrastraba por todos los rincones de lo terreno,
buscando un charco de placeres desconocidos en que zambullirse y
revolcarse y gozar...

Entonces, por curiosidad, por diversión, por aburrimiento, por encontrar
en las tenebrosidades del misterio algo desconocido que se resolviese en
placer y en dinero, se hizo hombre político. Garibaldi le inició en las
logias de Milán, y Prim le introdujo en Inglaterra, en el complot que
grandes traidores urdían contra el trono de España...

La Revolución triunfó, y a las agitadas emociones del conspirador
sucedieron en Jacobo las halagüeñas embriagueces del triunfo, las
cínicas rapacidades de pretor romano, las ruidosas apoteosis de arcos de
cartón y farolillos de papel a que le llevaban en hombros masas
estúpidas arrastradas por su verbosidad, multitudes frívolas, que, por
tener algo de mujer, prendábanse de su gallardía y gentileza y se
prometían llevarle a defender la soberanía popular en los escaños del
Congreso, a él, aristócrata orgulloso, tan sólo de nombre renegado, que
se reía de ellos llamándoles paletos, babiecas y burgueses mentecatos, y
corría, al separarse de estrechar sus manos, a lavarse y enjabonarse y
perfumarse, para echar lejos de sí aquel insoportable _hedor de la
canalla_...

A poco abríase en su vida un paréntesis negro, tenebroso, ante el cual
la maledicencia misma se detuvo aterrada, temerosa de resbalar en un
charco de sangre...

Un día, el 27 de diciembre, un trabucazo tendió en la calle del Turco a
la audacia más temeraria que dio impulso a la Revolución. El general
Prim había sido asesinado, y su amigo íntimo, su portaestandarte, el
marqués de Sabadell, indicado ya para la cartera de Fomento, desaparecía
súbitamente de la corte, a la misma hora en que corría la falsa nueva de
que las heridas del general no eran de muerte y se habían escapado de
sus labios terribles revelaciones.

Prim murió, sin embargo, el día 30, llevándose a la tumba la clave del
misterio, y tres meses después publicaba la _Gaceta_ un real decreto
nombrando al marqués de Sabadell ministro plenipotenciario de la corte
de España en Constantinopla. «Me he convencido--escribía al presidente
del Consejo el nuevo embajador--que mis disposiciones naturales son para
la vida de Oriente, y pongo todas mis ilusiones en El Cairo, Bagdad,
Ispaham o Constantinopla.»

El resultado de estas ilusiones no tardó en presentarse.

Una mañana, la cadina Sarahí no se asomó a su adorada celosía para mirar
las azuladas montañas del Asia, y la puerta de su quiosco permaneció
cerrada. Susurrábase en el palacio que la noche antes había resonado un
lamento y vístose dos sombras que se perdían en el laberinto de
corredores oscuros, llevando una cosa negra...

El centinela de la torre del mar de Mármara había escuchado sobre el
agua un golpe siniestro.

A la mañana, al otro lado del Bósforo, apareció en la orilla opuesta el
cadáver de un eunuco estrangulado. Desde la embajada española, allá en
lo alto de Pera, veíase flotar sobre el límpido azul de las olas su
largo levitó oscuro, ceñido por el zurriago de cuero de hipopótamo,
insignia de su clase, que había servido de dogal.

El embajador no pudo verlo; había salido aquella noche de Constantinopla
con tan grande urgencia, que sólo llevaba por equipaje una pequeña
maleta de mano... Y con esta pequeña maleta de mano hemos visto a Jacobo
llegar al _Grand Hôtel_, después de merodear dos meses por las logias
más tenebrosas y los garitos más elegantes de Italia.

El ministro fugitivo de Constantinopla hallábase alojado en el cuarto
piso del hotel, en una habitación de doce francos diarios, harto
opulenta para quien sólo contaba en el mundo con tres millones de deuda
al 15 por 100, y sobrado mezquina para lo que juzgaba indispensable a su
decoro el excelentísimo señor don Jacobo Téllez-Ponce Melgarejo, marqués
consorte de Sabadell.

A la luz de un candelabro de color que ardía en uno de los extremos de
la chimenea, devoraba Jacobo los periódicos españoles que relataban el
nuevo cambio político acaecido en España y los franceses que lo
comentaban haciendo pronósticos y formulando juicios, Frecuentes
exclamaciones y aun palabras groseras que se escapaban de sus labios
revelaban en él esa sorda cólera que despiertan en el ánimo violento las
grandes contrariedades.

Arrojó al fin los periódicos y agitándose furioso un instante, y
apretando los puños llenos de rabia, quedóse largo tiempo pensativo,
hundido en la poltrona en que se hallaba sentado, contraída la boca,
frunciendo el entrecejo, fijos los ojos en el fuego de la chimenea,
cuyas movibles llamas prestaban a su rostro un resplandor rojizo.

Hubiérase dicho que meditaba un crimen, y también que lo había
decidido, cuando, dando un fuerte puñetazo en el brazo de la poltrona,
se levantó de repente. El espejo que coronaba la chimenea reflejó
entonces su fisonomía descompuesta, y al verse allí retratado tuvo uno
de esos miedos solitarios, pueriles, que cortan de un solo golpe a la
audacia sus alas gigantescas.

Miró en torno suyo: en la alcoba, forrada de papel oscuro, se movía
suavemente una cortina a impulsos del aire levantado por él mismo al
moverse. Arrojóse a ella vivamente y la descorrió de pronto, y riéndose
entonces de sus miedos infantiles, dirigióse a una gran cómoda de nogal
que había en el fondo.

Sobre ella hallábase abierta y extendida la pequeña maleta, y en el
cajón superior, cerrado con llave que tenía él en su bolsillo, estaba la
cartera de viaje. Sacó el gran cartapacio que dentro venía, y púsolo
sobre un velador que había en el centro.

Resonaron en esto pasos en el corredor de fuera, y Jacobo corrió
vivamente en puntillas a la puerta, escuchó un instante, y con el menor
ruido posible echó la llave por dentro. Escogió entonces, en un pequeño
_nécessaire_ de viaje, un instrumentito con mango de carey, una especie
de limita para las uñas, con hoja delgadísima y perfectamente afilada, y
púsose a caldearla con gran cuidado en la llama de la chimenea.

Aún vaciló un momento, y miró a todas partes otra vez, y prestó oído
atento a los lejanos rumores del bulevar, bocanadas de locura y de
placer que escalaban las ventanas, y se decidió por último.

Con ligereza suma introdujo la hojilla caldeada por debajo del lacre del
cartapacio, y haciéndola girar lentamente, desprendió el sello tan
entero y tan intacto, que de nuevo podía volverse a pegar sin rastro
alguno de fractura. Después púsolo con grande precaución en un extremo
del velador, sobre una hoja de papel blanco.

Quedó abierto el misterioso cartapacio, y Jacobo, con avidez no exenta
de temor, púsose a registrarlo. Dentro venía una carta en italiano, no
muy larga, de la misma letra, gorda y corrida, del sobre, firmada por
Vittorio Emmanuele; venían también otros dos grandes sobres en blanco,
sellados con la insignia de la francmasonería, un compás y una escuadra,
cruzados en forma de rombo, sobre lacre verde.

Mirólos Jacobo por todos lados, sin muestra alguna de sorpresa, y con la
misma habilidad y ligereza de antes, arrancó también los sellos de
ambos: el primero contenía un gran pliego, escrito de letra menuda,
marcados sus párrafos con números romanos en forma de artículos, y
anotados varios de ellos al margen, por la misma letra gorda de la carta
y el sobrescrito.

Jacobo leyó todo ello con atención, mas sin sorpresa, y como si todo lo
que allí se trataba le fuera conocido; tan sólo al recorrer los últimos
artículos en que el nombre del marqués de Sabadell aparecía consignado,
una sonrisa truhanesca entreabrió sus labios mientras murmuraba:

--¡Ah, pillo!...

Llególe entonces el turno al último paquete, que era el más voluminoso:
abriólo con mucho tiento, por haberse pegado una esquinita del sobre, y
al punto salieron de él otros dos en blanco, y un tercero en que venía
escrito un nombre que hizo a Jacobo pegar un salto, murmurando una de
esas palabrotas groseras, familiares en momentos de cólera o sorpresa
aun a personas que presumen de cultas.

Habíase quedado estupefacto; latíale el corazón, temblábanle las
rodillas, y revolvía aquellos papeles con el ansia temerosa, el gozoso
terror, si así es posible sentirlo, del débil hombrecillo que se
encontrara de repente entre las manos fabulosas riquezas de un gigante
formidable que no ha de dejárselas arrebatar. Por dos veces dirigió una
mirada furtiva a la puerta, como si temiera verla abrirse, a pesar de la
llave que la cerraba por dentro.

Había allí un verdadero arsenal de cartas y papeles comprometedores,
importantísimos por los nombres que los firmaban, perfectamente
ordenados y clasificados en una especie de memoria adjunta, en que una
pluma muy hábil había estampado datos interesantes y preciosas
observaciones. Era aquello un tesoro de gran valor, una palanca
formidable que, bien manejada, podía dar al traste en breve tiempo con
gran parte de los políticos revolucionarios que pululaban en España.
Eran letras de cambio pagaderas a la vista, que cualquiera podía cobrar
en poder o en dinero.

Todo lo devoró Jacobo línea a línea, letra a letra, pasando por todas
las emociones de la sorpresa: el pasmo, el rencor, la esperanza, el
recelo; hundiéndose ambas manos en su crespa cabellera y apretándose el
cráneo como para impedir que su atención se distrajese; oprimiendo
algunos de aquellos papeles entre sus dedos temblorosos, como si
quisiera indicar que eran suyos, que a él solo pertenecían, y nadie en
el mundo se los había de arrebatar; a veces, deteníase un instante,
cerraba los ojos y respiraba con fuerza, como si le faltase el
aliento...

Cuando acabó de leer estaba pálido, y la vaga y temerosa mirada que
arrojó en torno expresaba la desconfianza, el temor que hace creer a
todo criminal, aun en medio de un desierto, que le miran y le acechan
ojos escrutadores.

Levantóse entonces y comenzó a pasear, haciendo gestos de temor y de
alegría, piruetas de niño y de loco, parándose ante el espejo como si
quisiera interrogar a su propia imagen, deteniéndose ante el velador
para coger las gotas de esperma que se deslizaban a lo largo de las
bujías color de rosa, y estrujarlas entre los dedos haciendo bolitas con
ademán reflexivo, imponente, amenazador...

De pronto pareció estorbarle la luz y las mató todas de un soplo; luego
abrió la ventana de par en par, y la muchedumbre, siempre compacta, de
París, lo desafiaba, precipitándose por el bulevar entre torrentes de
luz, sin detenerse un momento, sin descansar nunca, como un alma réproba
condenada por Dios a una fiesta eterna.

Entre los remolinos de aquella muchedumbre y los mil cambiantes de luces
de todos colores y reflejos, que asemejaban el bulevar al fantástico
escenario de un baile de hadas, Jacobo sólo veía un pensamiento, un plan
cuyas primeras líneas se le torcían a cada instante, empujadas por ideas
opuestas, por inconvenientes inesperados, por temores fundadísimos que
le hacían titubear, gimiendo de dolor como un niño caprichoso a quien
quitan de las manos una golosina, rugiendo de rabia como un león
encadenado a quien arrancan de las garras su presa; que esto era para él
la idea de devolver aquellos documentos, de no quedarse con ellos
utilizándolos en provecho propio, y siendo actor principalísimo en vez
de mero instrumento... Mas ¿cómo responder entonces a la reclamación del
terrible propietario? ¿Cómo evitar la sospecha de aquel robo, hecha a un
ladrón sin duda, pero al fin y al cabo robo? ¿Cómo prevenir la venganza
terrible e inevitable que había de seguirse al descubrimiento?...

Entre las mil mojigangas ridículas de que tantas veces se había reído en
las logias, destacábase entonces en su imaginación algo terrorífico,
algo amenazador, que tomaba forma sensible en aquella palabra misteriosa
que siempre había pronunciado riendo y recordaba ahora temblando:

--_¡Neckan!_ ¡Venganza!...

Preciso era obrar con prudencia y reflexionar, y pesar, y medir, y
decidir sin tardanza...

Y, como si esperase hallar con el movimiento alguna de esas ideas que se
ocurren de repente al volver una esquina o brotan en medio del arroyo,
lanzóse a la calle después de encerrar en la cómoda todos los papeles, y
siguió por el bulevar des Capucins, y entró por el de la Magdalena, y
recorrió luego toda la calle Real, y entróse después por un laberinto de
calles desconocidas, para volver a las dos horas al hotel, rendido,
fatigado, sin haber pensado nada ni decidido nada tampoco...

Porque era Jacobo de esos hombres audaces a la vez que irresolutos, en
quienes la reflexión, lejos de allanar el camino al entendimiento que
plantea y tirar de la brida a la apasionada voluntad que se desboca,
sólo consiguen enredar al primero en intrincadas imaginaciones, y
exasperar a la segunda hasta hacerla saltar al fin, de repente, de un
golpe, cuando menos lo requiere la oportunidad y lo aconseja la
prudencia. Caracteres por lo general fogosos, impacientes, que obran por
brotes más bien que por razonamientos, y tomando por realidades las
perspectivas de la imaginación, edifican sobre ellas fuertes castillos,
sin más cimientos que el aire.

Por la escalera, agarrándose a la balaustrada, subía renqueando un
viejo, envuelto en un largo y amplio gabán de mackintosk, capaz de
preservar de todas las humedades a un explorador del Polo.

Parecióle a Sabadell aquella estantigua el tío Frasquito en persona, y
comenzó a subir ligeramente con la idea de alcanzarlo. Mas el viejo, al
notar que le perseguían, zambulló el rostro en su gran cuello de pieles,
y ocultando con presteza en el bolsillo del gabán algo que en la mano
llevaba, entróse prontamente en el cuarto contiguo al de Jacobo.
Quedósele este mirando sorprendido y receloso, y dudando entonces de que
fuese el tío Frasquito, entró también en su aposento.

En el fondo de este había una puertecita de escape que dividía en dos un
solo departamento, cerrado para ello con doble pasador por una y otra
parte. Acercóse a ella Jacobo de puntillas y púsose a escuchar
atentamente. Oyó entonces que echaba un fósforo el vecino y aseguraba la
puerta del corredor cerrando la llave por dentro... Oyó después
acercarse a la débil puertecilla unos ligeros pasos que no ahogaba del
todo la alfombra, y sintió un leve crujido en el pasador por la parte
opuesta...

Azorado, Jacobo dio un paso atrás conteniendo casi el aliento, y
lanzando una mirada rápida a la cómoda que guardaba los papeles, sacó
del bolsillo del pantalón un revólver de seis tiros... El vecino le
espiaba, y en su acalorada fantasía vio ya el masón traidor los puñales
de todas las logias de Italia dispuestos a reclamarle el precioso
depósito.

El pestillo crujió de nuevo mientras tanto; indudable era que el vecino
lo echaba o descorría, y como natural era suponerlo echado, podía muy
bien sospecharse que intentaban abrirlo. La puerta, charolada con gran
primor, no presentaba agujero ni resquicio alguno que permitiera la
vista.

Los ligeros pasitos volvieron a resonar otra vez alejándose, y Jacobo
tornó a acercarse con el revólver montado y el oído atento. A poco sonó
una tos sospechosa; no era la pulcra, perfumada y cadenciosa tos del tío
Frasquito, sino una tos asmática, tos de viejo, que recordaba esos
crujidos peculiares que anuncian en las casas ruinosas el próximo
hundimiento.

Otro ruido extraño vino a aumentar su zozobra: oyóse un ligero golpe
metálico, argentino, semejante al de la hoja de un puñal chocando con
precaución sobre una superficie cristalina o marmórea; después, a
intervalos y por largo rato, un ruido sordo de algo que frotaba con
rapidez y ligereza...

Quizá el vecino afilaba el puñal, quizá lo estaba envenenando...

Todo quedó en silencio un breve rato; oyéronse después los ligeros
pasitos en diversas direcciones; tornáronse a acercar a la puerta,
sintiéndose tras ella el roce del vecino sospechoso que espiaba, y más
tarde, al dar la una en el reloj del hotel, oyóse un golpe semejante al
de un cuerpo pesado que cae sobre un colchón de muelles; después un
¡Aaaaaah! prolongadísimo, un bostezo formidable, que vino a tranquilizar
a Jacobo.

Nadie que va a matar se prepara bostezando.

Tranquilo ya entonces, aunque siempre receloso, puso el revólver sobre
la mesa, y con el deleite del avaro que revuelve sus tesoros, engolfóse
de nuevo en la lectura y examen de los papeles.

De repente saltó otra vez azorado en el asiento, echando mano al
revólver: en el cuarto vecino había resonado un salto violento, pasos
precipitados, varios golpes en la puerta, y al punto una voz cascada,
angustiosa, que gritaba en castellano:--¡Socorro!... ¡Socorro!...

Después, con el intervalo de un lamento, volvió a escucharse en francés:

--_Au secours_!... _Au secours_!...




--IV--


De malísimo humor volvió aquella noche al _Grand Hôtel_ el tío
Frasquito: había aguantado dos horas el aristocrático aburrimiento del
Círculo de la Unión, _sancta sanctorum_ del _Faubourg Saint-Germain_
masculino, en que tan escasos profanos logran entrada franca, y es, por
lo mismo, objeto codiciado por todos los vanidosos ilustres. Siempre la
gallina del vecino nos parece una pava, y bostezar en compañía de los
Montmorency y los Rohan no deja de tener cierto encanto, aun para los
que suelen unir sus bostezos a los de los Osunas y los Medinacelis.

Solía quejarse el tío Frasquito con harta frecuencia de dolor de muelas,
y aprovechaba esta ocasión para desplegar toda la boca con gesto
doloroso, poniendo de manifiesto una magnífica dentadura, limpia, igual
y blanca, como las teclas de un piano que le había costado diez mil
francos en casa de Ernest, famoso dentista de Napoleón III.

Lamentábase entonces de sufrir dolores tan acerbos con una dentadura
tan sana, y guardábase muy bien de añadir que radicaban estos en cierta
muela rezagada, única propia, existente allá en los confines de sus
encías, como una piedra miliaria en mitad de un desierto.

La impresión del frío prodújole a la salida del Círculo una ligera
punzada en la muela fósil, y apretó el paso sobresaltado para llegar
pronto al hotel y tomar buchadas de elixir que le librasen de una noche
toledana. En mitad de la escalera miró a todas partes con grandes
precauciones, y no descubriendo alma viviente que sorprendiera su
secreto, sacóse prontamente la dentadura y envolvióla en el pañuelo: eso
le aliviaba mucho, y le desfiguraba tanto, que parecía entonces su
fisonomía una burlesca caricatura de sí misma.

El tío Frasquito tenía su habitación en el piso cuarto, y al llegar al
segundo, notó con sobresalto que alguien le seguía por la escalera...
Apretó el paso azorado, y mirando por el rabillo del ojo, descubrió al
marqués de Sabadell que subía de dos en dos los escalones, para
alcanzarle sin duda. ¡Santo Dios, y qué apuro tan grande!

Zambulló la cara hasta las cejas en el gran cuello de pieles, guardóse
prontamente en el bolsillo la dentadura y apretó a correr hasta llegar
sin resuello a la puerta del aposento.

¡Perrrverrsa suerrte!

Sabadell le seguía sin descanso, y deteníase al fin a la puerta del
cuarto vecino sin osar acercársele, pero mirándole de hito en hito,
extrañado, atento, receloso...

--¡Se tragó la parrtida!--pensó el tío Frasquito--. Mañana sabe todo
Parrrís que no tengo dientes.

Y afligido con esta idea, entróse atropelladamente en su cuarto,
encendió la luz y corrió a asegurar la puertecilla de comunicación por
la parte de dentro, temeroso de que el importuno vecino acechase sus
secretos.

Este parecía, en efecto, abrigar intenciones perversas, porque el tío
Frasquito percibía claramente del otro lado del tabique ruidos extraños
que le desasosegaban, poniéndole nervioso; la puertecilla, sin embargo,
no tenía rendija alguna traidora que diera paso a una mirada, y esto lo
tranquilizó algún tanto.

Tomó sus buchadas de elixir, desaparecióle por completo el dolor de
muelas y púsose a limpiar la dentadura, frotándola con un cepillo de
mango atornillado de plata, que producía al chocar contra el cristal o
el mármol del lavabo sonidos metálicos.

Hecha esta operación, comenzó el tío Frasquito a desprenderse de sus
accesorios componentes para meterse en la cama; mas antes, en puntillas
y ya en mangas de camisa, hizo un tercer viaje de exploración a la
puertecilla sospechosa; el vecino parecía tranquilo y el tío Frasquito
emprendió el viaje de vuelta, dando largas y sigilosas zancadas, y
tarareando muy bajo, con pueril satisfacción, aquello de _Las Hijas de
Eva_:

Tranquila está la venta,
No se oye ni un mosquito...

Quitóse con grandes precauciones la perfumada peluca y calóse
prontamente un gorro de dormir de forma piramidal, terminado en una
borlita: un sencillo y majestuoso _casque à mèche_, de aquellos que
recomendaba Jerónimo Paturot a sus parroquianos por usarlos así monsieur
Víctor Hugo. Sabido es que el _bonnet de nuit_ es entre los franceses
una veneranda institución social que nivela todas las cabezas, como las
niveló en otro tiempo la cuchilla de la guillotina. Felipe Augusto y el
último de los albigentes aparecían tan iguales a la sombra del primero,
como Robespierre y Luis XVI aparecieron siglos después bajo el filo de
la segunda.

Media hora larga tardó el tío Frasquito en desarmarse de todo, y cuando
envuelto en su largo camisón se dejó caer en la cama, Hubiérase dicho
que el tío Frasquito que se acostaba era la raíz cúbica del tío
Frasquito que, rellenado y compuesto, se exhibía por todas partes.

A la luz de la palmatoria que sobre la mesilla de noche ardía púsose a
leer, según su costumbre, una novela del vizconde _d'Arlincourt_, para
conciliar el sueño. Gustábale el género romántico, y pasábansele a veces
las noches de claro en claro, cual si tuviese quince años, compadeciendo
los dolores de alguna Clarisa o participando de las ternezas de algún
Adolfo. La primera cabezada del sueño hízole dar con las narices en la
mesilla de noche, y el libro rodó por el suelo: inclinóse, sin embargo,
a recogerlo, porque el capítulo era interesante y quería terminarlo.

A poco, un fuerte olor a trapo quemado llegó a sus narices, haciéndole
incorporarse con sobresalto, temiendo los riesgos de un incendio. Miró a
todas partes; nada se descubría por ningún lado que denunciase el voraz
elemento, y, sin embargo, el tufillo o trapo quemado seguía dándole en
las narices con progresiva persistencia.

Asomó la cabeza fuera de las cortinas del lecho, miró bajo la almohada,
entre las mantas, en la fosforera de porcelana que sobre la mesilla
tenía... ¡Nada, nada! Quizá había caído alguna prenda de vestir en la
chimenea: algún calcetín, algún pañuelo...

El tío Frasquito saltó fuera de la cama y corrió allí muy alarmado...
¡Tampoco!... El fuego ardía en la chimenea moderadamente, y la espesa
grille metálica que la cerraba no permitía el paso a ninguna brasa.

--¡Cosa más singularr!...

¿Sería quizá en el cuarto vecino, o en el corredor de entrada, o tal vez
en el bulevar, algún incendio formidable que hiciera penetrar a través
de las maderas sus inflamados miasmas? El tío Frasquito corrió primero a
la puerta de entrada, a la de comunicación luego, y a la ventana por
último, sin encontrar rastro alguno de incendio, con las narices
abiertas, olfateando siempre y percibiendo, mientras más se movía de una
parte a otra, el alarmante tufo más marcado.

--Perrro, señorr, ¿qué se quema?... ¡Si esto parrrece cosa de
magia!--pensaba el tío Frasquito, en camisa, en mitad del aposento, con
los brazos cruzados, el cuello tendido, y dirigiendo a los cuatro
ángulos sus narices dilatadas y sus ojos muy abiertos.

Parecióle entonces sentir un calorcillo alarmante en lo alto de la
cabeza, y miró al techo... ¡Nada tampoco!... Volvióse rápidamente, y un
grito de espanto se escapó de sus labios al verse frente a frente de un
espejo... En él se reflejaba su estrafalaria figura, cubierta por el
largo camisón y coronada por el gorro de dormir, en cuya punta brillaba
una rojiza llamita... ¡Cielo divino, allí estaba el incendio!

El miedo no raciocina nunca, y el que sintió el tío Frasquito impidióle
comprender que la borlita del gorro se había inflamado en la palmatoria
al inclinarse para recoger en el suelo el malhadado libro... Perdió,
pues, del todo la cabeza el pobre viejo, lanzóse al timbre eléctrico,
corrió luego a la puerta pidiendo socorro, y aporreando después la de
Jacobo, gritó de nuevo:

--_Au secours_!... _Au secours_!...

Abrióse entonces violentamente la puertecilla y apareció en ella Jacobo,
revólver en mano... Imposible era reconocer al tío Frasquito en aquel
esperpento, y Jacobo no vino en la cuenta de quién era hasta que
tendiendo el fantasma hacia él los brazos abiertos, gritó angustiado:

--¡Jacobo!... ¡Jacobo!...

Este, sin comprender nada todavía, diole por primera providencia un gran
sopapo en la cabeza, y el gorro inflamado rodó por el suelo,--dejando al
descubierto una calavera monda y lironda, blanca y reluciente como un
melón invernizo.

Fue todo aquello una grotesca escena de sainete, acaecida en un segundo,
y, sin embargo, aquella pequeña y ridícula trivialidad de la vida
decidió para siempre de la suerte de Jacobo...

El criado de servicio en aquel departamento llamaba, atraído por el
timbre, a la puerta del cuarto; comprendió entonces el tío Frasquito lo
ridículo de la situación, y cada vez más angustiado, calóse prontamente
una gorra de pelo, envolvióse en un abrigo de pieles, púsose la
dentadura y refugióse en el aposento de Jacobo, diciéndole a este medio
lloroso y suplicante:

--¡Contesta tú, Jacobito!... ¡Que no me vean!...

Entonces, de repente, entre la espesa bruma de temores y perplejidades
que envolvía la mente de Jacobo como una cerrazón del océano,
paralizando su natural audacia, brotó un punto luminoso... El tío
Frasquito era rico, influyente, tenía entrada en todas partes, y aquella
ridícula aventura le ponía en su poder atado de pies y manos, dadas las
femeniles manías del presumido viejo. Las torcidas líneas de su plan
comenzaron al punto a enderezarse, y una idea germinó al fin en su
mente, vaga todavía e indecisa, pero visible ya, como el capullo del
gusano de seda a través de su sedosa borra.

Despidió al criado, disculpando al tío Frasquito con una alarma
infundada, apagó el gorro, todavía inflamado, en la jofaina llena de
agua, abrió un poco la ventana para renovar el aire y volvió presuroso a
su cuarto, donde el tío Frasquito le aguardaba.

Este, sosegado ya y tranquilo, hallábase arrellanado en la poltrona, al
calor del fuego; cuando entró Jacobo, examinaba atentamente, con aire de
aficionado, los tres sellos de lacre arrancados a los cartapacios por el
masón traidor y olvidados en su azoramiento encima de la mesa.

Los papeles estaban a buen recaudo, encerrados bajo llave en la cómoda
del fondo.

--¡Qué alboroto más necio!--exclamó el tío Frasquito al verle.

Y queriendo atenuar lo ridículo de la escena, no dándole importancia
alguna, añadió en seguida:

--¿Qué sellos son estos?... No los conozco...

El tío Frasquito coleccionaba sellos diplomáticos, según ya dijimos, y
tenía un álbum de curiosos ejemplares que compraba a precios muy
subidos. Días antes había pagado doscientos francos por un sello antiguo
de cera de Yacoub Almanzor, que ostentaba en letras árabes esta hermosa
leyenda: «Que Dios juzgue a Yacoub, como Yacoub haya juzgado».

--La corrrona esta es de Italia: corrrona rreal sobre la cruz de
Saboya--prosiguió el tío Frasquito--. Uno idéntico tengo de Víctor
Manuel, perrro estos otros no los conozco...

Embarazado Jacobo al ver en manos del tío Frasquito aquella prueba
flagrante de su atentado, no contestaba, y el viejo, volviendo y
revolviendo en todas direcciones los dos sellos verdes, preguntaba sin
cesar:

--¿De quién son?... ¿Te sirven?

Jacobo, más y más embarazado, contestó por decir algo:

--¿A que no lo aciertas?...

--¡Toma!--exclamó de repente el tío Frasquito--. ¡Ya lo creo! El compás
y la escuadra y la rramita de acacia en medio... ¡Torrrpe de mí! ¡Si
esto huele a logia que trasciende!...

Jacobo se echó a reír forzadamente, y el tío Frasquito, con el ardor de
un amateur que tropieza con una ganga, añadió entusiasmado:

--Pues me los vas a darr, Jacobito... De estos no tengo ninguno, y son
curriosísimos... Supongo que no te servirán; a lo menos, uno me llevo...

¡Cosa extraña y, sin embargo, harto común en caracteres como el de
Jacobo! Cuatro horas llevaba este batallando consigo mismo sin osar
decidirse, y de repente, en un momento, con cuatro palabras tan sólo,
quemó sus naves y decidió su suerte.

--Llévate los tres, si quieres--dijo encogiéndose de hombros.

_Alea jacta est_!... Una vez entregados los sellos, imposible era
colocarlos en su lugar y devolver los papeles, conservando copia de
ellos, como había sido su primera idea, y hacíase preciso correr los
riesgos de aquel audaz atentado, sin que hubiese ya lugar al
arrepentimiento. Aquel punto luminoso le deslumbraba sin duda, o el
capullo de su idea iba poco a poco aclarando la borra nebulosa en que
antes aparecía envuelto.

El tío Frasquito no se hizo repetir la invitación: envolvió los sellos
con gran cuidado en el papel en que se hallaban puestos y guardóselos
prontamente en el bolsillo, como si temiese que Jacobo revocase la
dádiva. Este le miraba hacer con una extraña sonrisa, y cuando el
terrible papelito desapareció en el bolsillo del viejo, murmuró en
lengua turca:

--_¡Olsum!_[11]...

[Nota 11: Amén.]

Y levantándose de pronto, propuso al tío Frasquito pedir un _bowl_ de
_punch_ bien caliente. Excusóse este, dando por pretexto lo avanzado de
la hora; mas Jacobo, con frases cariñosas y expresivas y cierto aire
melancólico que sentaba muy bien a su varonil hermosura, le instó a que
se quedase. ¿Iba a negarle aquel rato de expansión?... ¡Estaba tan
triste, tan abatido, tan solo en el mundo!

Miróle el tío Frasquito extrañado, y la curiosidad, que es la fuerza de
resistencia más sufrida que se conoce, le clavó en el asiento... Quizá
iba a despejar la X misteriosa que se debatía aquella misma tarde en la
terraza del _Grand Hôtel_, la incógnita que representaba la presencia
intempestiva de Jacobo en París, abandonando su Embajada de
Constantinopla. El tío Frasquito recordaba haber aprendido en el Colegio
Imperial, allá cincuenta años antes, aquello de Horacio: «_Fecundi
calices quem non fecere disertum_?». Y el ponche fue aceptado con
disimulado entusiasmo.

Horacio no se equivocó, en efecto: Jacobo comenzó inter pocula sus
confidencias, hablando lentamente, muy bajo, a retazos, como un hombre
agobiado de pena que destila gota a gota por los labios la amargura que
inunda su alma... Abrumábale el peso de un remordimiento, de una
espantosa catástrofe de que había sido él causa involuntaria,
obligándole a huir de Constantinopla con el corazón hecho pedazos y la
conciencia salpicada de sangre...

El tío Frasquito pegó un brinco en el asiento, abriendo los ojos
tamaños, y Jacobo inclinó la cabeza entre las manos, mirando atentamente
su copa vacía y guardando silencio.

--¡Hombrre, hombrre... eso es serio!--murmuró el viejo asustado; y como
viese que el otro prolongaba su silencio, tiróle de la lengua, diciendo:

--Serría cuestión de faldas, sin duda...

--O de pantalones, que para el caso viene a ser, en Turquía, lo
mismo--replicó Jacobo.

Y de repente, de un tirón, con el violento esfuerzo de un hombre que
arroja lejos de sí un peso que le abruma, refirió con todos sus detalles
la terrible historia de la cadina Sarahí... El tío Frasquito escuchaba
con la boca abierta, encogiéndose, encogiéndose en la poltrona,
convencido de su pequeñez, a medida que lo novelesco y lo terrible
agigantaban en su imaginación la figura del héroe de aquella aventura
legendaria, de que era el primer confidente y esperaba ser futuro
cronista... Y a la idea de ser el primero en lanzar a los cuatro vientos
de la publicidad la trágica aventura, el tío Frasquito se alargaba, se
alargaba en la poltrona, hasta hombrearse con el héroe como la sombra se
hombrea con el cuerpo y el eco con la música, y Homero con Aquiles, y el
inmortal Virgilio con el divino Eneas. ¡Y pensar que era ya demasiado
tarde para correr de casa en casa aquella misma noche dando la
noticia!...

Jacobo leía en la cara de babieca del tío Frasquito lo que allá para sus
adentros iba pensando, y no pudo contener una sonrisa de triunfo al ver
conseguido su primer intento. Al día siguiente, la historia de la cadina
correría por París entero, justificando gloriosamente su fuga de
Constantinopla, y rodeándole a él de la aureola de lo novelesco, de lo
absurdo, de lo imposible; pedestal el más alto sobre que suele colocar
sus ídolos de un día el público de papanatas ilustres, que anda a caza
de novedades y cuentos.

Harto conocía Jacobo aquel público, y necesitaba y le bastaba un solo
día para sentar seguramente el pie en el nuevo terreno a que sus planes
le llevaban. Quiso, sin embargo, remachar el clavo, y levantándose sin
decir palabra, fuese a la maletilla abierta sobre la cómoda, revolvió un
poco y arrojó después sobre el velador, delante del tío Frasquito, un
pequeño objeto, diciendo:

--¡Único recuerdo de mi idilio de Oriente!...

Era una babucha, pero una babucha inverosímil por su tamaño, de raso
blanco, con puntera de filigrana de oro y lazos de pluma de cisne
sujetos con esmeraldas: una preciosidad artística, cortada sin duda
alguna a la medida del pie de un hada, y hecha, más bien que para
encerrar un pie humano, para guardar joyas y dijes sobre el tocador de
una dama.

El tío Frasquito se quedó pasmado, viéndose otra vez chiquitito,
chiquitito como el _little man_ Carlos Statton, que podía bañarse en
aquella ponchera, y figurándose a Jacobo alto, alto como el Napoleón de
la columna de Vendôme, que mira a los hombres por la coronilla...

Un deseo irresistible, tentador, nació entonces en su alma y se detuvo
en sus labios tímido y respetuoso. Hubiera dado su más preciada joya, su
dentadura misma de Ernest, por tener tan sólo veinticuatro horas aquella
presea de la cadina y pasearla por todos los salones y enseñarla a todos
los curiosos, desempeñando así un _bout de rôle_ en aquella novelesca
tragedia que había de ser al día siguiente tema obligado de todas las
conversaciones. París entero correría a postrarse ante aquel exótico
zapato y él sería entonces el sumo sacerdote que mostrase la reliquia a
la turba de noveleros.

Y como si Jacobo leyese en su frente aquel deseo, y desde las alturas de
la columna de honor en que el viejo le colocaba se dignase realizarlo,
le dijo de pronto:

--Tío Frasquito..., hazme un favor...

--¿Qué?...

--Guárdate eso...

--¡Perrro, hombre!...

--¡Sí, sí!... Llévatelo y que no lo vea más... Para mí es un recuerdo
triste, y para ti es un _bibelot_ curioso, que puedes colocar encima de
tu mesa...

--Perrro, Jacobito, hijo..., no sé si debo...

--Sí debes, hombre, sí debes... Ahí llevas la zapatilla de Ceneréntola;
el día en que encuentres una mujer que pueda calzársela, ese día me la
devuelves.

--Pues entonces es mía parra siemprre--replicó el tío Frasquito
encantado--. No creo que fuerrra de Turquía se calcen las mujeres con
hojas de lirrrio.

Despidióse al fin el tío Frasquito de Jacobo con las mayores muestras de
cariño, y no bien se vio a solas en su cuarto, comenzó a examinar la
babucha por todos lados, acabando por meter dentro las narices...
Retirólas, sin embargo, al punto, haciendo un gesto de disgusto: no
encontraba allí aquel suave perfume de Smirna, mezcla de áloe y de
incienso, que se figuraba él había de dejar dondequiera que se posase el
pie de una odalisca: lejos de eso, olía mal, muy mal--y el tío Frasquito
fruncía la boca y arrugaba las narices--; olía a una cosa rara, así como
mezcla de cuero sin adobar y engrudo medio podrido.

Miró entonces a la suela, y estaba esta limpia, flamante, como si jamás
se hubiera puesto en contacto con el suelo, ni sufrido la presión de la
más ligera golondrina... ¡Hum!... ¿Si resultaría después de todo que el
tal Jacobito era un grandísimo embustero, que le había encajado una
sarta de mentiras?...

Y pensando en esto, el tío Frasquito quedóse largo rato inmóvil, mirando
atentamente la suela del zapato, como si interrogase a la Esfinge...
Encogióse al fin de hombros: después de todo, aunque la reliquia
resultase apócrifa y tuviera que ver con la cadina lo que sus calzones
de él con los del gran Turco, nada se perdía en ello... _Se non è vero,
è bene trovato._ ¡Mayores _pamphlets_ había visto él correr por el
mundo!...

De pronto se acordó de una cosa importantísima, y corrió a dar discretos
golpecitos en la puerta de Jacobo; este, con su truhanesca sonrisa
estereotipada sobre los labios, ocupábase en aquel momento en esconder
en el último rincón de la maleta la babucha compañera de la regalada al
tío Frasquito. La historia de la cadina era cierta, mas la babucha
habíala comprado él en el Gran Bazar, por mero capricho, a uno de esos
viejos turcos de rostro impasible, ojos de vidrio, enorme turbante y
caftán naranjado, que recuerdan todavía en la Constantinopla moderna los
tiempos de Bayaceto y Solimán el magnífico. El tío Frasquito asomó
tímidamente la cabeza, diciendo:

--Jacobo, Jacobito..., dispensa... Me parrrece lo mejor que no digas
nada de aquello...

--¿Y qué es aquello?

--Pues hombre, aquello... Lo del gorrro, lo del incendio.

--¡Ah, ya!, ni siquiera me acordaba.

--¡Pues clarrro está! Es una tonterrría... Perrro ya tú ves; ¡la gente
es tan necia!... Se rríe de todo y lo pone a uno en rridículo...

--Descuida, hombre, descuida... ¿A quién voy yo a contar semejantes
sandeces?

--Pues, buenas noches, Jacobito... Dispensa... Si ocurre algo, pega en
el tabique... Yo tengo el sueño de un pájarrro; en eso parrrezco un
viejo...

El tío Frasquito acostóse al fin muy satisfecho, pensando en mañana, y
al apagar la luz, esta vez con grandes precauciones, tuvo un escalofrío
de espanto... Parecióle que se arremolinaban las tinieblas en medio del
aposento y surgía de ellas mismas el eunuco estrangulado, con el dogal
al cuello, los ojos fuera de las órbitas, el paso lento, la mano
extendida, fría, yerta, que se alargaba, se alargaba hacia él... y le
tiraba de las narices.

El tío Frasquito se tapó la cabeza con la sábana, apretó mucho los ojos
y por tres veces se santiguó muy de prisa.




--V--


El certamen de belleza femenina, celebrado primero en Spa y luego en
Budapest, despertó en la condesa de Albornoz la felicísima idea de hacer
circular por toda Europa artística y civilizada la suya propia.
Verdaderamente, era para ella una desgracia llamarse Albornoz, porque de
ser su nombre menos ilustre, hubiera corrido a la capital del antiguo
reino de los Esteban y Vladimiros a disputar el premio de la hermosura a
Cornelia Szekely, la húngara laureada.

No pudiendo, pues, ganarlo en persona, ideó ganarlo en efigie,
discurriendo para ello hacerse retratar por Bonnat y enviar la obra
maestra de exposición en exposición, para que, apoderándose de ella el
buril y la fotografía, no quedara rincón del mundo en que se ignorase
que la condesa de Albornoz tenía los ojos, según la frase de Diógenes,
pasados por agua. Así y todo, creíalos ella, allá en las morbosas
excitaciones de su amor propio, capaces de realizar el sueño de
Alejandro y de Napoleón: someter el universo.

Esta idea trascendental deteníala en París desde el mes de noviembre, y
tres veces por semana dignábase _poser_, para bien de la humanidad, en
el estudio del gran artista. El retrato debía de estar concluido para la
próxima exposición de Viena, y costábale el caprichito la friolera de
cuarenta mil francos. Carillo era, sin duda, ¿pero para qué, si no, le
había dado Dios el dinero?

Aquella mañana había enviado Currita un recado a Bonnat para que no la
aguardase, a causa de tener que acompañar a su majestad la reina a la
capilla expiatoria del bulevar Haussman. Las once habían dado ya en el
reloj del _Grand Hôtel_, y Kate, la doncella inglesa, prendía con dos
largas agujas de oro en la cabeza de Currita la riquísima mantilla
española de encajes con que se proponía la dama quitar la devoción a los
pocos que la tuviesen, en las honras fúnebres del infortunado Luis XVI.

La duquesa de Bara habíale ya avisado con su doncella que le estaba
aguardando, para ir juntas al palacio Basilewsky, y Currita, nerviosa e
impaciente, preguntaba sin cesar a Kate si el señor marqués no había
vuelto.

--No, señora--respondió la doncella.

--Pero ¿a qué hora salió?... ¿Cómo ha madrugado tanto?

--Si no ha salido...

--¿Pues cómo es eso?

--Porque desde anoche no ha vuelto.

--¡Ya!--exclamó Currita.

Y mirándose en el espejo, se arregló con sumo cuidado un rojo ricito que
con gran prudencia encubría sobre su frente una manchita de pecas.

La duquesa de Bara, cansada de aguardar, llegó en busca de la perezosa.

--¿Pero, Curra, qué haces?... ¡Mira que la reina estará aguardando!...

--¡Vamos, vamos, Beatriz!... Parece que no conoces a la señora: las doce
nos darán sin salir de la cámara.

Y observando que completaba también la _toilette_ de luto de la duquesa
una mantilla española, exclamó muy alborozada:

--¡Mujer, hemos tenido la misma idea!... ¡Qué delicia!... Les _grands
esprits se rencontrent_...

--Para representar a España, no se podía ir de otra manera... Lo que
siento es no haber pensado en el abanico...

--Pues por lo mismo compré yo ayer uno... Míralo, no es feo... ¿Quieres
otro igual? Kate te lo traerá en un momento: lo compré en la _Compagnie
Lyormaise_, ahí, a la vuelta de la esquina.

La duquesa, ante la perspectiva de un abanico gratis, sintió aminorarse
su prisa. Era un abanico muy bonito, de nácar quemado, muy oscuro, con
país de seda negra. Kate lo pagaría en la tienda, y ella se olvidaría,
de seguro, de pagarlo a Kate; porque en estas cosas de pagar era la
duquesa mujer muy distraída... Al salir Kate, avisó que el señor marqués
había vuelto.

--Dispensa un momento, Beatriz--exclamó vivamente Currita--. Voy a decir
adiós a Fernandito.

La duquesa hizo un gesto de complacencia íntima ante la ternura conyugal
de su amiga.

--¡Qué par de tórtolos!--dijo--. Te aseguro que me das envidia.

Y Currita, con patética entonación, contestó desde la puerta:

--Verdaderamente que es un don del cielo no haber tenido en catorce años
de matrimonio un solo disgusto.

Fernandito acababa de llegar, y a la verdad que no eran sus trazas de
haber estado rezando el rosario. Traía en pie el cuello del gabán, ajada
la camisa, un apabullo en el sombrero, rojos e hinchados los ojos, y
trascendíale el aliento a vino trasnochado. Quedóse muy sorprendido y
turbado a la vista de Currita, y con la forzada sonrisa del escolar que
encubre una picardihuela con una mentira, le dijo:

--He estado a ver a los antropófagos... En el Jardín de las Plantas.

Ella, con tiernísima solicitud, exclamó muy alarmada:

--¡Jesús, Fernandito, me dan miedo esas cosas!... ¿Están sueltos?...
¿Muerden?...

--¡Ca, no!... Si son unos negros cualquiera... ¡Más feos!...

Y se abrochaba con disimulo el gabán, para ocultar a Currita que llegaba
su consideración a los antropófagos hasta el punto de visitarlos a las
diez de la mañana, de frac y corbata blanca. Ella, con su sencillez
columbina, no reparaba en esto, y se apresuró a preguntar con ingenuidad
adorable:

--¿Hiciste mi encargo?

--¿Qué encargo?...

--¡Pues me gusta!... ¿No te dije que fueses a ver a Jacobo Téllez?...

--¿A Jacobo Téllez?... ¿Y quién es Jacobo Téllez?

--Pues, hombre, Jacobo Sabadell, el marido de mi prima Elvira.

--¡Ah, ya!... Si yo creía que se llamaba Benito...

En los claros ojos de Currita brilló un relámpago de ira, y a poco más
pierde su mansedumbre.

--Y aunque se llamara Policarpo--exclamó--. ¿Es razón esa para no hacer
lo que te digo?...

--Pues nada, hija, se me olvidó. ¿Qué hemos de hacerle?

--¡Ir ahora mismo! ¿Te enteras?... Y convidarlo a almorzar... Mira que a
mi vuelta he de encontrarlo aquí contigo.

--Bien, hija, descuida, así se hará... ¿Dices que se llama Benito?

--¡Dale con Benito!... Se llama Jacobo, y es un muchacho
distinguidísimo, a quien quiero que consideres como mi primo que es.

Currita disertó un momento sobre el amor de la familia y el imperioso
deber que tiene todo ciudadano de estrechar estos lazos venerandos, y
dejando ya convencido a Fernandito, marchó a reunirse con la duquesa.

Al subir al carruaje ambas damas, apareció el tío Frasquito presuroso,
muy lozano, pulcro y resplandeciente, haciéndolas señas de que le
aguardasen. Subió con ellas al coche, sacó del bolsillo una curiosa
cajita de cartón y púsola sobre sus rodillas. Las damas le miraban
atónitas y él sonreía picaresco; levantó al fin la tapa con mucho
misterio, y entre perfumados papeles de seda apareció la babucha.

Mientras tanto, Jacobo, sin salir de su aposento del Gran Hôtel, daba
vueltas a su proyecto. La claridad de juicio va en razón directa de la
conveniente distancia a que se contemplan los hechos, y al despertar
aquel día, libre ya de las perplejidades y angustias que atormentaban su
ánimo, pudo apreciar su situación con exactitud verdadera.

Las líneas de su plan aparecieron entonces claras y firmes en todos sus
contornos, a la manera que después de una inundación y cuando las aguas
se retiran, aparece distintamente la altura de los collados y lo extenso
de los llanos y lo profundo de los valles. Encontróse entonces Jacobo
con que sus collados eran montañas, y sus llanos desiertos, y sus valles
abismos...

Y lo peor del caso estaba en que el primer abismo que se abría a sus
pies y le era forzoso salvar, habíalo abierto él con sus propias manos
la noche antes, por jugarlo todo impremeditadamente a una sola carta,
olvidando que era su juego de cartas dobles y complicadas. Porque la
babucha comprada en el Gran Bazar y la necedad del tío Frasquito iban a
colocarle aquel mismo día en lo alto de la columna del escándalo, en la
gloriosa picota de la moda, que asentaba esta vez sus cimientos sobre
los cadáveres de dos seres degradados, muerto el uno con un dogal,
cosida la otra a puñaladas y arrojada en su saco de cuero, sin expirar
todavía, viva y palpitante, en lo profundo del mar de Mármara.

Mas desde aquella columna, donde se podían dictar leyes al mundo del
fausto y del escándalo, sólo se lograba inspirar desprecio y repugnancia
invencible a ese otro mundo, no más pequeño, pero sí más desconocido, de
la honradez y la virtud, y justamente en aquel mundo callado y oculto
era donde se escondía la persona que a toda costa necesitaba él en
aquellas circunstancias... ¿Y quién ponía ya diques al viento? ¿Quién
sujetaba al tío Frasquito, que babucha en mano recorría ya las calles de
París en busca de un pedacito de celebridad, de un solo rayito de la
aureola del héroe?...

Preciso era tirar por otro camino, y la casualidad trajo a Jacobo quién
había de indicárselo. Era este Diógenes, que acudía muy de mañana,
atraído por el dinero que se le figuraba traer el plenipotenciario, como
los buitres acuden al olor de la carne muerta.

Diógenes no era como Sabadell, que jamás se apeaba de su papel de gran
señor, y lo mismo gastaba en boato y en caprichos en tiempo de las vacas
gordas que en tiempo de las flacas, con la sola diferencia de pagar en
los de aquellas y no pagar en los de estas. Diógenes, por el contrario,
vivía en una modesta _maison meublée_, y sentábase de diario a la
primera mesa que hallaba puesta, sin esperar a que le invitasen, por
cierta especie de derecho de cuchara que garantía su poquísima
vergüenza, por una tradición constante que la inveterada costumbre había
convertido en ley escrita en las pandectas de la capigorronería
madrileña. Cuando tenía dinero lo derrochaba espléndidamente, y cuando
no lo tenía, pedíalo prestado, con la intención jamás retractada de no
pagarlo nunca, según su axioma favorito: Cobra y no pagues, que somos
mortales.

Aquella mañana habíase propuesto almorzar con Jacobo y llevárselo
después al _Petit-Club_ a tirar de la oreja a Jorge, con ánimo
deliberado de darle por el camino algún _sablazo_ bien dispuesto.

Su sorpresa fue, pues, grande cuando Jacobo, con la austeridad de un san
Pablo primer ermitaño y la fortaleza de un san Antonio en el desierto,
se negó rotundamente a salir del hotel, diciendo que había jurado no
pisar el impuro suelo de París, que jamás tomaría en la mano una carta y
que no pareciéndole ya conveniente marchar a Madrid a causa del cambio
político, había decidido salir a la mañana siguiente para Biarritz,
donde pensaba intentar una reconciliación con--¡polaina!--¡con su
mujer!...

Escuchábale Diógenes en silencio, mirándole de hito en hito, clavados en
sus ojos los suyos, abotagados por la borrachera continua. Cuando acabó
de hablar, díjole muy serio:

--¡Vamos!... Tú dices lo del gitano del cuento: ¡Señó! Toos píen el pan
de cada día... Yo sólo pío que me pongan donde lo haiga, que ya yo me
arreglaré...

--No te entiendo...

--Pues vaya más claro... Tú dices: mi mujer ha ganado su pleito con la
Monterrubio y tiene una porción de miles de renta... Yo tengo el hambre
del hijo pródigo; pues me voy allá y me como el ternero...

Alborotóse Jacobo al oír tan fielmente expresado parte al menos de su
pensamiento, y con aire de dignidad ofendida, exclamó:

--Te aseguro...

--¡Vamos, Jacobito!... ¡Si conoceré yo a los cojos en el modo de
andar!...

--Te digo...

--¡Si sabré yo el lino que cardo, Jacobito!...

--Creo lo que quieras, pero yo...

--¿Si querrán los pollos engañar a los recoveros?, pichón dorado... Mira
niño: ni tú tienes vergüenza, ni yo tampoco; pero para ser pillo, lo
primero que se necesita es talento, y cuando tú vas, ya estoy yo de
vuelta. ¿Estamos?...

La dignidad sublevada de Jacobo pareció sosegarse mucho, y después de un
momento de silencio, preguntó:

--Según eso, ¿te parece mi plan un disparate?...

--¿Un disparate? Para ti, un negocio redondo; para ella, un robo a mano
armada.

--¿Y crees que Elvira...?

--¿Se dejará robar?... ¡Pues ya lo creo!... Lo que es por ella, en
cuanto le guiñes el ojo... Si te quiere, hombre; te quiere lo mismo que
el primer día en que la engañaste. ¡Mentira parece!...

--Pues entonces...

--Entonces, queda el rabo por desollar.

--¿Y de quién es ese rabo?...

--Amigo mío... del padre Cifuentes.

--¡Ya!... Ya me lo habían dicho.

--Pues no te engañaron.

Quedóse Jacobo un momento pensativo, y rascándose después levemente la
cabeza, añadió con su truhanesca sonrisa:

--Entonces... será preciso confesarse con el padre Cifuentes.

Diógenes se puso muy serio.

--Mira, Jacobo--le dijo--. ¿Me ves tú a mí?... Soy un truhán, un
borracho, un perdis, que todo lo que no sea matar, todo lo he hecho...
Pues para que veas: las cosas de Dios yo las respeto... Las respeto,
porque lo mamé. ¡Polaina! Lo mamé con la leche... No soy bueno porque no
quiero jorobarme siéndolo; pero al que se joroba y lo es, yo le venero;
que no porque merezca yo un presidio dejo de conocer que hay quien
merece la gloria; y no porque me revuelque en un lodazal dejo de ver que
hay estrellas en el cielo...

Jacobo escuchaba estupefacto la extraña salida de Diógenes, que
pronunciaba su arenga babeando la ancha bocaza, dando golpes, ora en su
propio pecho, ora en la mesa.

--¿Y a qué viene todo eso?--preguntó al fin Jacobo.

--¿A qué?... A que dejes tranquila a tu mujer, porque sólo con pensar en
ella la manchas.

--¡Pues me hace gracia!... ¡Valiente paladín le ha salido a la
Elvirita!... ¿Y dónde han hecho ustedes su compadrazgo? Supongo que no
será en el confesonario del padre Cifuentes.

--No, por cierto... La veo y la he sabido apreciar en casa de María
Villasis, que es su amiga íntima.

--¿Conque amiga íntima de tu íntima amiga la Villasis?... ¡Ahora lo
entiendo!... ¿Y qué hace esa perfecta viuda, como la llamaba la de Bara
en otro tiempo?... Supongo que te habrá sucedido con ella lo que sucede
con los perros chinos, que de puro feos hacen gracia... ¿Y mi mujer,
será, sin duda, vuestra confidente?...

--¡Alto ahí, canalla, o te rompo el morro!--exclamó Diógenes poniendo su
formidable puño en las narices mismas de Jacobo--. ¿Qué es lo que buscas
tú? ¿Dinero?... Pues ahí tienes a la de Albornoz; una... pelona como tú,
que te dará lo que quieras... ¿Qué más te da, llamarte Jacobo que
monsieur Alphonse?...

¡Oh!... Jacobo se incomodó esta vez de veras, porque jamás le habían
refregado por la cara una verdad tan áspera. Contúvose, sin embargo,
porque sabía cuán terribles eran las embestidas de Diógenes, y con
forzada sonrisa contestó:

--Mira, Diógenes, la borrachera de ayer te dura todavía... ¿En qué
cabeza cabe sino en la tuya, de bala rasa, que fuera yo a venderme a mi
mujer por un puñado de duros?...

--Amigo, cuando no dan más en la puja, hay que decir lo del otro gitano
del cuento... Se confesó de haber robado tres pesetas, y el cura le
dijo: «¿No te da vergüenza, infeliz, de condenarte por tres miserables
pesetas?...» «¿Y qué quería usted que _jiciese_, si no había más?...»

Aquí interrumpió la disputa el marqués de Villamelón, que entraba
restaurado ya por completo de sus desperfectos de la mañana. Al verle
Diógenes, cogió prontamente un periódico y púsose a leer junto a la
chimenea, en el lado opuesto.

El marqués fuese derecho a Jacobo, que ceremoniosamente se levantaba
para recibirle, y apretándole ambas manos, díjole con grande afecto:

--Adiós, Benito, ¿cómo te va?... Tú siempre tan famoso...

Y con protectora afabilidad diole dos cariñosas palmaditas en el hombro
izquierdo.

--Dispensa que no viniera a verte ayer, Benito--prosiguió Villamelón,
sentándose--. Pero en este París, ¿me entiendes?, no hay tiempo para
nada... Curra te espera a almorzar. ¿Lo sabes?... A las dos: un poco
tarde quizá; pero hoy está de servicio con la reina. ¿Me entiendes?

Ofendióse la altivez de Jacobo con los aires protectores del héroe del
combate _navo-terrestre_ de Cabo Negro, y quiso declinar fríamente la
honra del convite; mas Villamelón le atajó la palabra, diciendo:

--¡Nada, nada, nada! ¿Me entiendes?... No admito excusas, Benito; y
Curra se ofendería de muerte. ¿Sabes?... Tiene debilidad por la familia,
y lo que es por ti, delira. Siempre está con Benito arriba, Benito
abajo...

Diógenes gritó desde su asiento:

--Pero, Villamelón..., quiero decir, ¡majadero!... ¡Si no se llama
Benito!...

--¡Ay! Es verdad, que era... ¿Cómo era?...

--Jacobo.

--¡Eso es, Jacobo!... Pues dispensa, Jacobo; pero tengo una memoria
infelicísima, y lo peor es que cada día se me va debilitando...

Quejábase con harta razón Fernandito de su falta de memoria, síntoma
fatal a veces de los reblandecimientos cerebrales. Mas Diógenes, que no
perdonaba ocasión de descargar su terrible mandoble, púsose a recitar
como si leyera en el periódico:

Hablando de cierta historia,
A un necio se preguntó:
--¿Te acuerdas tú?--Y respondió:
--Esperen que haga memoria.
Mi Inés, viendo su idiotismo,
Dijo risueña al momento:
--Haz también entendimiento,
Que te costará lo mismo.

Jacobo y Villamelón se miraron entre sí, miraron después a Diógenes, y
tornado a mirarse ambos, echáronse a reír, diciendo al cabo Fernandito:

--¡Qué cosas tiene!... No hay más remedio que dejarlo o matarlo. ¿Sabes,
Benito?...




--VI--


El tío Frasquito no podía ya con las piernas, y esforzábase en vano por
discurrir algo parecido a la hazaña de Churruca en Trafalgar, cuando
privado también de una de las suyas por una bala de cañón, siguió
mandando el combate desde el puente del navío metido en un tonel de
afrecho.

¡Oh!... ¡Si aquello le hubiese sucedido a él veinte años antes, cuando
en un solo día hizo sesenta y nueve visitas para anunciar el primero
aquel famoso casamiento que alistaba en el número de sus sobrinos a
Luisito Bonaparte, el conde consorte de Teba!

Y lo peor del caso era que cuando, a las cuatro de la tarde, volvió al
Gran Hôtel rendido y desalentado por no haber podido enseñar más que a
las dos terceras partes de la colonia española la babucha apócrifa de la
cadina, encontróse con que la trágica historia tenía una segunda parte,
interesantísima también, pero pía, devota, sentimental, romántica, en
que cabía a su persona no sólo el papel del cronista, sino el de agente
poderoso, de intercesor eficacísimo, de _ama de llaves de la
Providencia_, que hubiera dicho Diógenes, en el bello final de aquel
drama que comenzaba su acción en las barbas del Sultán e iba a
terminarse bajo el manteo del padre Cifuentes. Acordóse el tío Frasquito
de Matilde y Malek-Adhel, y se sintió enternecido; la emoción le produjo
un golpe de tos violentísimo, que fue necesario calmar con tres
caramelos de malvavisco.

Porque Jacobo había acudido a él de nuevo en demanda de auxilio y
abiértole su corazón hasta lo más recóndito. Era singular lo que por él
pasaba, y en vano había intentado explicárselo. La noche antes daba
vueltas en el lecho, inquieto y desvelado, viendo desfilar en su
memoria los treinta y tres años de su vida cargados de placeres, de
aventuras, azares sin mañana, flores sin raíces, gozos sin recuerdo,
locuras sin felicidad que le causaban entonces en el ánimo la impresión
de repugnancia que causa al estómago ahíto e indigestado el recuerdo de
manjares sustanciosos.

El tío Frasquito le escuchaba atento y boquiabierto, creyendo ver
apuntar en el corazón apasionado de Malek-Adhel aquellos alborotos
misteriosos que trocaron los de Rancés y Mañara... Mas de repente,
dejando Jacobo el tono sentimental de su perorata, preguntóle en prosa
llana dónde andaba a la sazón su mujer Elvira.

El tío Frasquito hizo una mueca de disgusto, como si viera trocar a
Malek-Adhel el blanco turbante por el sombrero de copa alta, o le
hicieran saltar de una página de Madame Cottin a otra de la _Guía de
forasteros_.

--¿Elvirrra?--contestó--. Pues no sé, perrro debe de estar en
Biarrriz... Ayerrr dijo la López Morrreno que la había visto.

Quedóse Jacobo mudo y pensativo por un momento, y el tío Frasquito,
reventando de curiosidad, se apresuró a añadir muy atento y oficioso:

--Perrro si quierrres noticias cierrtas, yo conozco a una persona que
puede dármelas.

--¿Quién?...

--El padre Cifuentes.

--¡Hombre!... ¿Conoces tú al padre Cifuentes?...

--¡Ya lo crreo! Si es mi sobrino: hermano de madrrre de la Vegallana...
Es hijo de Tonino Cifuentes, que fue subsecretario de Estado en tiempo
de Iztúrrriz, y entró en la Compañía, cuando...

--¿Pero está también en Biarritz?

--No: está aquí en Parrrís; en la rrue de Sévres... Desde el 68 no ha
estado en España sino de paso.

Y con cierto delicado recelo, añadió tímidamente:

--¿Quierrres que lo vea?...

--No... Quiero verlo yo mismo.

El tío Frasquito brincó otra vez emocionado, viendo ya a Malek-Adhel
fundando, como Rancés, una Trapa, o un hospital como don Miguel de
Mañara... ¡Todo, todo iba saliendo lo mismo, igual, idéntico que en la
_Favorita_!... Fernando, _la bella del Re_, fray Baltasar... Faltaba tan
sólo el convento, y ansioso él de poner la primera piedra, se apresuró a
decir:

--Pues te llevarrré cuando quierrras.

--Mañana mismo.

--Conformes.

Cauto, sin embargo, el tío Frasquito, y deseando prevenir en el ánimo
del novicio las deficiencias que pudiera tener en su papel de fray
Baltasar el padre Cifuentes, apresuróse a decirle que era este un
cuitadito, un infeliz sin pizca alguna de mundo, que hablaba _oportune
et importune_ del infierno, pintando unos diablos feotes y groseros que
en nada se parecían a los diablillos correctos, perfumados, elegantes,
que se figuraba el tío Frasquito de frac y corbata blanca, pelo rizado,
gardenia en el ojal, monóculo en el ojo izquierdo y un lazo de color de
fuego en la punta del rabo.

--Porrque mirrra, la verrrdad--prosiguió con aire de íntima confianza--.
Yo soy muy católico, muy creyente, perrro lo que es el clerrro, deja
mucho que desearr en todas parrtes... No se encuentra un sacerrdote que
nos conozca bien, que sepa amoldarrse a nuestro modo de serr, al modo de
sentirr de las gentes de nuestrrro círrculo... El mismo padre Cifuentes,
el otro día, en el entierrro del general Tercena, me dio la tarrde,
hijo, me dio la tarrde... empeñado en convencerrme de que yo me había de
morrrirr también, y que era menester preparrrarrse y pensarr en lo
eterrno... En fin, hijo, me angustió, ¡me angustió de verrras!... Y
cuando lo de Pepita Abando, ¿tú no sabes?... Estuvo atrroz, atrroz,
crruelísimo... Una muchacha tan buena, tan elegante, tan carrritativa,
que nunca tuvo más pasión que Pablo Verrra, y todo Madrid lo sabía y lo
sancionaba, y hasta su mismo marrrido se hacia cargo... Pues nada, hijo,
el padrre Cifuentes no se lo hizo: se puso malo Pablitos, y Pepita,
¡clarrro está! atrropelló porr todo, y se instaló a su cabecerrra.
Avisarrron al padre Cifuentes, y este contestó que no podía entrarr en
aquella casa sin que Pepita salierrra prrimerro... ¡Figúrrrate tú qué
exigencia!... Ella se negó, porr supuesto, y Pablitos también, y porr
más vueltas que dierrron parrra convencerr al santo varrrón de que errra
una crueldad separrrarlos, y que todo el mundo le crriticarrría a ella
abandonarrlo en la última horrra, nada, nada, nada... Têtu, como un
arrragonés: se metió las manos en las mangas y dijo que no, que no y
que no, y lo dejó morrrirr como un perrro. Y eso que iban ya a pedirr la
bendición a Su Santidad y todo, todo...

--Te advierto esto--prosiguió el tío Frasquito, empinando el
dedo--porrque si piensas consultarrle alguna... vocación o
confesarrte...

--¿Confesarme yo?--exclamó muy ofendido Jacobo--. ¿De dónde sacas tú
eso?

--Como decías que deseabas hablarle...

--¿No es el padre Cifuentes el confesor y el director íntimo de mi
mujer?...

--Sí, porr cierrto...

--Pues lo que yo quiero exigir de él es que obligue a Elvira a acceder a
mis pretensiones.

--¿Perrro cuáles son tus pretensiones, Jacobito?--preguntó el tío
Frasquito muy alarmado.

--Una muy sencilla y muy cristiana... Reunirme con mi mujer y olvidar
todo lo pasado.

--¡Aaah..., yaaa!--exclamó el tío Frasquito estupefacto y desolado, al
ver que la Trapa se quedaba sin fundar, y el hospital sin concluir, y el
novicio sin tomar el hábito.

Y rabiosillo y enfurruñado de que la leyenda de Malek-Adhel tuviera el
ramplón desenlace de cualquiera comedia moratinesca, dejóse llevar de su
espíritu de chismografía hermafrodita, diciendo:

--Perrro ¿has meditado bien tus pretensiones?

--_Je parecen acaso imposibles_?...

--Hombrre, imposibles no... ¿Perrro sabes tú la vida que Elvirrra hace?

--Justamente iba a preguntártelo.

El tío Frasquito hizo dos o tres visajes remilgados de ¡reviento si no
lo digo!, y contestó titubeando:

--Hombrrre, te dirrré... La cosa es pública... perrro yo no sé si
debo...

--¿Pues no has de deber, tío Frasquito?--exclamó Jacobo violento y
azorado--. Yo tengo el derecho de preguntar, y tú, si eres mi amigo,
tienes el deber de responderme.

--¡Ya lo crreo que soy tu amigo, Jacobito! ¿Lo dudas?... Y lo fui de tu
padrre, y de tu abuelo... Quierrro decirr... a tu abuelo lo conocí
siendo yo una criaturrra... Perrro hay ciertas cosas...

--¿Pero qué cosas?... ¡Dilas, hombre, dilas!...

--Pues mirrra, Jacobo, la verdad... Tu mujerr ha dado mucho que hablarr
en todas partes...

--¿De veras?...

--Lo que oyes: siento mucho decírtelo, perrro es muy cierrrto... Está
_déclassée_, hijo, _déclassée_ por completo. Todo Madrid le ha dado de
lado, y sólo se trata con mi sobrina Villasis, ¡otra que tal!... Perrro
siquierrra esta es mujerr de arranque, y gasta y hace ruido...

--¿Pero qué es lo que hace Elvira?...

--¡Horrrorrrres, Jacobito, horrrorrrres!... Empieza porque desde que se
separrró de ti, no se la ha vuelto a verr en ninguna parrte: ni en un
teatro, ni en un baile, ni en la Castellana, ni siquierrra un domingo en
casa de Montijo... Dicen que está fanatizada... Carmen Tagle tuvo una
doncella que había estado en su casa ¡y contaba unas cosas!... Siempre
detrás de los criados, porrque hoy errra día de ayuno, y mañana de Misa,
y al otro día de vigilia... En fin, insufrible; ninguno le paraba... ¡Y
ella, unas rridiculeces!... Decían que dorrmía sobre una tarrrima, y
ayunaba a pan y agua, y a ejemplo de no sé qué varrrón piadoso, se
disciplinaba con un gato[12].

[Nota 12: En la vida de V. P. Eusebio Nieremberg se cuenta, que
solía disciplinarse con uno de esos instrumentos de garfios de hierro
llamados _gatos_, y sin duda a este _gato_ y a este varón ilustre, son a
los que alude el tío Frasquito.]

--¡Qué atrocidad!... ¿Con un gato?... ¡Pero eso es imposible!...

--Pues, hijo, así lo asegurrraban... no te puedes figurrarr lo que nos
rreímos una noche en casa de Carmen Tagle, discutiendo el asunto...
Algunos pensaban que el gato estarrría muerrto; lo que es así, también
yo me disciplinaba... Lo mismo podía hacerrse con un plumerrro...

Jacobo pareció tranquilizarse por completo al oír los _horrrorrrres_ que
el tío Frasquito le relataba, y cortóle el hilo del discurso, diciendo:

--¡Bah!... Si no es más que eso, de mi cuenta corre desfanatizarla.

El tío Frasquito iba a replicar muy disgustado, pero Jacobo le atajó la
palabra, preguntándole:

--¿Y cómo vive Elvira?... ¿Gasta mucho?...

--¡Ca!... Si parrrece la viuda de un cesante... Está seca, desgavilada;
ella, que tenía un cuerpo tan airrroso, tan elegante... En fin, hijo, un
día la vi en casa de mi sobrina Villasis, y me parrreció hasta sucia...
Como si parrra serr santa se necesitarrra serr puerrca, cuando el aseo
es una virrtud que se ejerrcita con agua fresca y un estropajo... De la
casa no te digo nada, porrque no la he visto: tres veces estuve allí
porr currriosidad, y no me rrrecibió ninguna. Perrro vive en un
principal muy modestito, allá, junto a las Carbonerrras...

--Eso no es extraño; la pobre debe andar mal de cuartos.

--¡Ca!, no lo creas... ¿Perrro tú no sabes?... Si está rrica; como que
ganó el pleito con la Monterrrubio y debe de tenerr de quince a veinte
mil durrros de rrrenta.

--¡Hombre!... ¡Lo siento!--exclamó Jacobo muy pesaroso.

--¿De verrras?

--Y tan de veras... Porque siendo ella más rica que yo, no faltarán
malas lenguas que atribuyan al interés mi vuelta a su lado...

--¡Oh, no, no, Jacobito, porr Dios! ¡Porr Dios, Jacobito!... ¡Quien
piense eso..., no te conoce!

--En fin, ya lo veremos... Lo que importa ahora es que yo me entienda
con el padre Cifuentes.

--Pues si te parrrece, mañana irrremos.

--Sin falta.

El tío Frasquito, resignado con el giro clásico que tomaba la leyenda,
convino con Jacobo la hora en que habían de hacer al otro día la
trascendental visita, porque el arrepentido esposo quería marchar a
Biarritz cuanto antes.

Despidiéronse al cabo protector y protegido, y aquel, para lanzar al
público sin pérdida de tiempo la noticia, corrió a ponerse, desde luego,
de punta en blanco para sus nocturnas correrías, y bajar de seguida a la
terraza del hotel, donde toda la colonia española esperaba, como
siempre, la llegada del correo.

Pero ni la incertidumbre de nuevas desdichas en la madre patria, ni los
mil chismes que por la patria adoptiva corrían, lograron apartar la
conversación general de la novelesca historia de la cadina, cuya
apócrifa babucha habían contemplado todos, después de algunas prudentes
precauciones que, para la mise en scène, juzgo indispensable el tío
Frasquito. Porque temeroso este de que algún ánimo suspicaz pusiese en
duda lo auténtico de la presea, apresuróse antes de presentarla a la
veneración pública a frotar la suela sobre el pavimento, a fin de que
apareciese usada, y a desvirtuar con ricas esencias aquel importuno
hedor a zapato nuevo que la noche antes había despertado en sus narices
dudas tan peligrosas.

La duquesa de Bara no había encontrado todavía ocasión oportuna de
hacer el análisis crítico de la solemnidad religioso--política a que
había asistido horas antes, y hasta la señora de López Moreno, reina
destronada de Matapuerca, habíase olvidado por un momento de la honra
insigne que al día siguiente la aguardaba. La duquesa le había anunciado
que su majestad la reina se dignaba recibirla, y a renglón seguido, como
quien no quiere la cosa, habíale pedido prórroga para el pago de
aquellos piquillos que hacía varios años le adeudaba.

--¡Pues no faltaba más!... ¡Lo que usted quiera!--había contestado la
generosa acreedora.

Y a renglón seguido también, y como quien no quiere la cosa, había
plantado esta estaquita matrimonial, con sonrisa indagatoria:

--Lucy y Gonzalito (primogénito de la duquesa), encantados de verse
juntos... ¡Qué pareja tan mona hacen!... Hoy se han ido al
_Skating-Rink_, porque Gonzalo está enseñando a patinar a Lucy...

La duquesa pescó al vuelo la indirecta, y contestó tan sólo con una
sonrisa que encubría este pensamiento:

--¡Estás fresca!... ¡Cualquier día te cobras, endosándome a la niña por
nuera!... ¡Una duquesa de Bara, _née_ López Moreno! ¡Dios nos asista!

Currita, por su parte, guardaba aquella tarde un solemne silencio, hijo
de una rabieta de dos mil demontres que le bailaba por dentro. Jacobo
había desairado su almuerzo con el frívolo pretexto de que necesitaba
descansar del viaje, y ella había descargado su ira sobre el indefenso
Villamelón, que sentado a su espalda, en actitud pensadora, se consolaba
de los rigores de su esposa pensando en las musarañas y distrayendo su
imaginación con vivos recuerdos de su visita a los antropófagos.

Leopoldina Pastor alborotada por ciento, proponiéndose referir a Octavio
Feuillet la historia de la cadina para que escribiese un cuento
original, y lamentándose de que Jacobo Sabadell no apareciese por
ninguna parte, aguardándole todos tan impacientes para tributarle el
justo homenaje de admiración que su novelesca aventura les inspiraba,
tan distinto del frío recibimiento con que le habían acogido la víspera.

Apareció entonces el tío Frasquito, vestido ya de gran gala, cargado de
perfumes y de noticias, que, como las burbujas al hervor del agua,
anunciaba en su rostro una significativa y prolongada sonrisa. La
inesperada resolución de Jacobo causó en el auditorio sensación
profunda, y cuando el tío Frasquito anunció que el héroe pensaba marchar
a Biarritz quizá al día siguiente, dos personas, Diógenes y Currita, no
pudieron contenerse... Levantóse el primero y fuese derecho al tío
Frasquito como si quisiera pegarle, y la segunda, sin que denunciase su
violenta ira más que una extraña vibración en su dulce vocecita, comenzó
a vomitar injurias y vituperios contra la marquesa de Sabadell, su muy
amada prima, con gran pasmo de Villamelón, que recordaba todavía el
sermoncito sobre el amor de la familia que había escuchado aquella
mañana.

La grey femenil hizo coro a los vituperios de Currita, y todos
convinieron en que la marquesa de Sabadell era una intriganta, una beata
hipocritona, una mala esposa que, habiendo campado por su respeto diez
años entre curas y monaguillos, quería ahora oscurecer al pobre Jacobo
bajo la tutela del padre Cifuentes, y que era caso de conciencia y
obligación imprescindible de todo fiel cristiano arrancar a la pícara el
antifaz y advertir al cándido muchacho el lazo que le tendían.

Diógenes, que, a mitad del camino pareció hacer de repente al tío
Frasquito gracia de la vida, arremetió briosamente contra la hueste
femenina, diciendo que era maldición de gitanos: «¡en lengua de hembras
te veas!»; que quien dijo mujer, dijo demonio, y que de tan mala ralea
era la casta, que todos, todos los bichos, hasta las chinches,
¡polaina!, eran mujeres...

Riéronse mucho todas las presentes de la ocurrencia de Diógenes, y este,
más que por darles placer, por machacarles las liendres, contóles
entonces que Dios no había formado a nuestra madre Eva de la costilla de
Adán, sino del rabo de una mona[13]... Porque aunque este fue su primer
intento, y tenía ya la costilla en la mano para formar de ella a la que
había de ser causa de tantas desdichas, una mona que le miraba hacer
atentamente, arrebatóle de repente el hueso y echó a correr para
esconderlo en su madriguera. Quiso el Señor perseguirla y alcanzóla por
el rabo; mas tan fuerte tiró la mona, que el rabo se le arrancó,
quedándosele al Señor en la mano. Encogióse entonces de hombros y dijo:

[Nota 13: Este cuento y el siguiente son antiquísimos cuentos
populares de Andalucía, recogidos por el autor e inventados por el
gracejo, profundo a veces, de los campesinos de aquella tierra. La
sencillez misma de su forma y lo manifiesto de su inocente al par que
picaresca intención, excluyen de ellos toda otra idea irreverente.]

--Para lo que voy a hacer, lo mismo da...

Y de aquel extraño utensilio formó a la madre del linaje humano.

Alborotáronse las damas con el cuento de Diógenes y Currita, pesarosa de
haber dejado escapar en la explosión de ira algo que la convenía tener
muy guardado, apresuróse a seguir la broma, diciendo:

--Pues mira, Diógenes, quizá tenga algo de verdad tu historia, porque a
mí me contaron con respecto a la formación del hombre otra muy parecida.
Dicen que Dios había criado ya a todos los animales; pero le faltaba
todavía crear al hombre; era ya muy tarde y estaba cansado. Entonces,
por ahorrarse tiempo y trabajo, cogió al primer animalillo que encontró
a mano y le dijo:

--Mira, habla tú--y quedó formado el hombre.

Y al decir Currita: «Habla tú», dio un golpecito con la punta de su
abanico en el hombro del marqués de Villamelón, su caro esposo. Este
interpretó la seña como una muestra de reconciliación, y sonrió
satisfecho, dulce y placentero, mientras Currita, inclinándose a su
oído, le dijo muy bajo:

--Mira, Fernandito..., me parece natural que vayas a ver si ha
descansado Jacobo, y que le convides a comer.. Dile que le espero sin
falta, porque tengo que hablarle de cosas que le interesan.

Anunciaron en aquel momento la llegada del correo y Diógenes aprovechó
la confusión natural que esto produjo para acercarse al tío Frasquito y
cogerle sin miramiento alguno por la abierta solapa de su rico gabán de
pieles, que dejaba al descubierto una pechera inmaculada, en cuyo centro
relucía, bajo la corbata blanca, una bellísima turquesa, celeste como el
cielo.

Azoróse el tío Frasquito al verse solo y sin defensa en las garras de
Diógenes, y procuró encubrir sus temores, acogiéndole humilde,
sonriente, cariñoso, llamándole _Perriquito_, y ofreciéndole ricos
cigarros que él no fumaba nunca, pero llevaba siempre a prevención para
casos apurados. Mas Diógenes, fijando en él sus ojos abotagados por el
ron y la ginebra, con el maléfico influjo de la serpiente que magnetiza
al incauto pajarillo, le preguntó con muy malos modos después de un
imperioso «¡oye, Frasquita!», si era cierto que andaba en compadrazgo
con Jacobito.

¡Él, con Jacobito!... ¡Jesús!... Pues si justamente era Jacobo una
persona que le estaba reventando desde su cuarto y que sin saber por qué
se le había indigestado... Verdad era que le había pedido una
recomendación para su sobrino el padre Cifuentes, y él--claro está--,
por salir del compromiso, le había ofrecido una tarjeta; ¿pero en qué
cabeza podía caber que fuera él a acompañarle, ni a mezclarse en asuntos
de familia, ni a meterse en _tripotages_ de mala ley con un loco
semejante?...

Y mientras esto decía el tío Frasquito, iba poco a poco escurriendo
escurriendo su solapa de manos de Diógenes, hasta que, libre al fin,
abrochóse prontamente el gabán hasta la barba, para poner a cubierto su
nívea pechera de cualquier acometida de Diógenes. Este, dejándole hacer,
tornó a preguntarle:

--¿Y cuándo se va Jacobo a Biarritz?...

--Mañana por la noche...

Y con ademán misterioso y tono de íntima confianza, añadió:

--Porr supuesto, que Jacobo sólo va allí al olorrcillo de los millones
de la Monterrrubio, que disfruta hoy Elvirrra... ¿Y qué harrrá ella?...
Porque no cabe en cabeza humana que una muchacha tan buena, tan santita,
quierrra hacerr de nuevo ménage con ese Poncio Pilatos...

Diógenes le volvió la espalda sin preguntarle nada más, y el tío
Frasquito, gozoso de verse libre al solo precio de hacer traición a su
amigo, corrió a noticiar a Currita que Diógenes tomaba partido por la
Sabadell, y a lamentarse con la de Bara de que la policía correccional
no pusiera coto, ni en España, ni en Francia, a los desafueros de aquel
cínico viejo.

Este había salido de la terraza por el salón de lectura, y entrando en
un gabinete, cogió pluma y papel, y con letra inverosímil, púsose a
escribir esta carta:

«Mi querida María...».

Aquí se atascó Diógenes, y rascándose la nariz con el cabo de la pluma,
quedóse perplejo, hasta que añadió por fin al encabezamiento esta
reverente coleta:

«...muy respetada: Mañana sale de aquí para esa el perillán de Jacobito
Sabadell, que lleva las de Caín, pues trata nada menos que de intentar
una reconciliación con su pobre mujer Elvira. Anda huido de
Constantinopla, donde ha hecho no sé qué atrocidades, y por lo visto ha
olido que Elvira tiene dinero y quiere ahorrarle el trabajo de
guardarlo. Mañana, antes de salir, tendrá una conferencia con el padre
Cifuentes, que _Francesca di Rimini_ le servirá de tercero...»

Aquí notó Diógenes que la concordancia era vizcaína, y añadió:

«...o de tercera. Te advierto todo esto por si puedes hacer algo por esa
pobrecita, que será capaz de entregarse atada de pies y manos al bribón
de su marido, si no hay alguien que la aconseje. Si sirvo yo para algo,
incluso para romperle un esternón a Jacobito...».

De nuevo se detuvo Diógenes dudoso, por no saber a punto fijo si Jacobo
podía tener uno o más _esternones_, y dispuesto sin duda a romperle
cuantos tener pudiera, prosiguió al cabo:

«...avísame y ahí me tienes. Yo sigo tan campante con mis sesenta y dos
a cuestas, caminito, caminito de esa cama del hospital que tantas veces
me has pronosticado. ¿Llegará en el sesenta y tres?».

Y dando con esta pregunta por terminada la carta, firmóla como Antonio
Pérez las suyas a _milady_ Richs:

«Perro desollado de vuestra señoría, _Diógenes._»

«P. D.--Un beso a Monina.»

Y aquí se detuvo otra vez perplejo, meneó lentamente la gran cabezota, y
su rostro granujiento tomó una expresión indefinible de ternura y de
tristeza.

Aquella Monina, bellísima criatura de cuatro años, ídolo de su corazón
por un fenómeno semejante al que hace a los grandes perrazos encariñarse
con los niños, que le tiraba de las patillas y le hacía andar a cuatro
pies, guiándole ella por una oreja, había rechazado un día un beso de
sus aguardentosos labios, diciéndole con infantil repugnancia:

--¡No..., que apesta!...

Y Diógenes, el cínico Diógenes, que se burlaba de la opinión del mundo
entero y hacía gala de revolcarse en los más inmundos lodazales, sintió,
ante la repugnancia de aquel ángel, que una gran vergüenza invadía su
corazón y subía hasta su frente, tiñéndola de carmín, y asomaba a sus
ojos llenándolos de lágrimas... Por tres días enteros estuvo sin beber
una copa; al cuarto, rindióle el vicio otra vez; mas jamás volvió a
besar a la niña.

Y entonces, a tan gran distancia del bello angelito, creyó faltar a su
propósito escribiendo en aquella postdata la palabra _beso_, y
borrándola con grandes tachaduras, puso en su lugar: «A Monina, que le
llevaré un muñeco que dice papá y mamá». Después escribió en el sobre:

Mme. LA MARQUISE DE VILLASIS

_Villa María._

_Biarritz._




--VII--


El capricho de una soberana hizo en poco tiempo de un villorio olvidado
uno de los centros más a la moda entre los semidioses que regulan sus
costumbres, su lujo, sus necesidades y hasta su conciencia, a veces, por
las extravagantes leyes de esta tirana caprichosa.

La emperatriz Eugenia levantó en Biarritz la ville Eugénie, y Biarritz
quedó al nivel de Trouville, Dieppe y Etretat. Los españoles lo invaden
en verano, los ingleses en invierno y los rusos en otoño, como si por
turno quisieran disfrutar sus comodidades bastante problemáticas y sus
encantos harto discutibles.

El lujo se apresuró a levantar allí villas y palacios; la especulación,
hoteles y casinos; sólo la piedad se quedó con las manos quietas. En
Biarritz apenas si existe una iglesia.

En la carretera de Bayona hay hacia el lado del mar una villa deliciosa,
que se asienta en un reducido parque como una paloma en su nido de
verdura: extiéndese aquel a lo largo del camino, cerrado por una gran
verja de hierro, en cuya puerta campea en uno y otro lado este letrero:
Villa María. Da esta entrada a una gran calle, que sombreada por árboles
magníficos, describe tres caprichosas vueltas, salta un diminuto
riachuelo y lleva a una plazoleta semicircular, atestada de flores,
especie de _square_ delicioso, que sirve como de patio de honor a la
casa.

Tres gradas de mármol blanco dan ingreso al piso bajo, destinado sólo a
recibimiento y adornado con esa pulcra sencillez que adopta todo lo
bello y destierra todo lo suntuoso, y constituye el buen gusto y la
elegancia en el decorado de un palacio de campo. En el fondo del
vestíbulo abríase la puerta del salón, y llegábase por este a un pequeño
gabinete, tapizado todo de cretona, con grandes flores cobrizas. Ocupaba
uno de sus frentes una chimenea de mármol blanco, y formaba el otro una
gran ventana de cristales, abierta de arriba abajo, que dejaba entrar el
sol a raudales y permitía ver la verdura del parque en primer término,
la arena de la playa más lejos y el azul del mar en lontananza.

Las once habían dado ya en el reloj del torreoncito de la villa, y dos
señoras, sentadas a uno y otro lado de la chimenea, hablaban en el
gabinete. Una lloraba en silencio; la otra parecía consolarla.

Representaba esta más de cuarenta años, y su falta absoluta de
pretensiones en nada disimulaba la sorda lima del tiempo. Un sencillo
peine de concha sujetaba su abundante cabellera, blanca casi por
completo, y su rica bata de paño labrado, con vueltas de terciopelo,
lejos de prestar realce alguno a su persona, parecía más bien recibir
ella misma del talle airoso y noble de la dama la severa elegancia de su
corte y de sus pliegues.

Su rostro, algo moreno y nada correcto en sus rasgos, tenía, sin
embargo, esa móvil belleza que da la expresión y viene a ser, con
respecto a la fisonomía, lo que el colorido con respecto al dibujo:
belleza más bien moral que física, que se escapa siempre al pincel, y
constituía el principal encanto de aquella señora, dotada de cierta
viveza natural que no le quitaba señorío; cierta gracia espontánea y
cariñosa que, unida a un ligerísimo ceceo, acusaban su procedencia
andaluza.

Era la otra mucho más joven, parecía abatida y estaba enferma; su rostro
descolorido formaba un óvalo perfecto, y llamaban en él la atención los
ojos, por lo dulces; la boca, por lo triste. Aquellos, grandes, azules,
de mirada vaga, un poco alta, como lo es en medio del dolor la mirada de
la esperanza; esta, pálida, caída por los extremos, con esa curvatura
que indica el sufrimiento habitual y es el primer signo que estampa la
agonía en los enfermos desahuciados y en los condenados a muerte. Traía
puesto un sombrero oscuro, sin velo, un largo abrigo de piel de nutria,
y escondía sus enguantadas manos en un manguito de la misma piel.

Era esta señora la marquesa de Sabadell, y la otra, en cuya casa se
hallaba, era la de Villasis, su amiga íntima.

El correo de aquella mañana había traído a las dos señoras noticias
importantes: la de Villasis había recibido la carta de Diógenes, y otra
larga y detallada del padre Cifuentes. La marquesa de Sabadell, por su
parte, encontróse al volver de misa con una carta, que hizo vibrar en un
instante cuantas fibras sensibles existían en su corazón: por un
momento creyó la infeliz mujer que iba a desmayarse.

Diez años se le habían pasado sin ver la letra de Jacobo, y aun antes de
fijar los ojos en el sobre, ese algo certero y misterioso que en
circunstancias dadas agita el corazón y fija de repente el pensamiento
en un punto remoto y olvidado, le avisó de quién era la carta.

Tambaleándose entró en su alcoba, bebió con mano trémula un sorbo de
agua y dejóse caer sin fuerzas en una butaca, mirando la carta que tenía
en las manos, sin osar abrirla.

El pasado entero se le vino a la memoria de un golpe, como una de esas
grandes olas que revientan en la playa, borrando por completo la espuma
de otras menores. Sus breves días de ventura, cuando enamorada
perdidamente de su esposo y creyéndose de él correspondida, habíase
creído en posesión del falso objeto de la vida, que es la dicha, y se
había olvidado del objeto verdadero, que es Dios, se le pusieron
delante.

Esta fue su única culpa, culpa de hijos ingratos en que incurre la
inmensa mayoría del linaje humano, que se olvida de Dios en la felicidad
y sólo le recuerda en el llanto, porque cuadra más a su condición
egoísta pedir remedios que agradecer bondades. ¡Harto lo conocía ella
entonces y harto lo estaba expiando!...

Vinieron luego las pequeñas infidelidades y los pequeños desencantos,
sufridos sin reproche, perdonados sin restricción, que no lograron
derribar el ídolo de aquella alma enamorada, manso río sin borrascas,
arpa eolia en que hasta los mugidos del huracán se transformaban en
suspiros... Después vinieron las grandes ofensas, y a poco los terribles
descubrimientos de vicios enormes, que brotaban como setas monstruosas
bajo el aspecto de seductor de aquel esposo adorado; de inclinaciones
depravadas, pasiones indómitas, costumbres disolutas e innumerables
defectos, que nacían y vivían en su alma como en la carne podrida los
gusanos asquerosos.

El ídolo hízose monstruoso, y la infeliz mujer quiso arrojarlo de su
corazón indignada, como se arroja lo que ofende, lo que mancha, lo que
deshonra; mas el alma íbasele detrás, llena de angustias y de vergüenza,
porque el ídolo seguía en pie, siempre reinando en ella, y no por ser
monstruoso dejaba de ser ídolo.

Llegó al fin la ruina, y tras la ruina vino luego el abandono, los
largos días solitarios, esperando en vano una carta mil veces contestada
antes de ser escrita, aguardando siempre la demanda de un perdón ya de
antemano concedido, acostándose con la agonía de despertar... de
despertar al día siguiente para hallarse de nuevo sola, ¡sola!, en la
arena del combate y del dolor, preguntándose a sí misma como el
infortunado Delfín de Francia a su madre María Antonieta: ¿Hoy es
todavía ayer?... ¡Y el ayer era siempre hoy, el ídolo era ídolo
siempre!...

Y en aquel momento, al revolver aquella carta, después de tantos años,
aquel turbio oleaje de penas abrumadoras, punzantes desdenes, ofensas
terribles, negras ingratitudes, lágrimas solitarias y despreciados
sacrificios, veía la infeliz levantarse en su corazón el amor a su
marido, vivo siempre, fuerte, avasallador, resistiendo al olvido, al
desdén, al insulto, al tiempo mismo y a la ausencia misma, viviendo sin
esperanzas que le mantuvieran y le dieran savia, y por eso, inmortal
como el alma.

La pobre mujer tuvo miedo de sí misma, y un llanto amarguísimo brotó de
su corazón a raudales. Acordóse de su hijo, cuyo ángel de la guarda era
ella, encargada de defender sus intereses y su educación contra su padre
mismo, y temió que aquel amor apasionado fuera en su corazón el punto
flaco que la llevara a pactar con el enemigo, la planta viciosa que
arrebata a cuantas la rodean los jugos de la tierra, apropiándose ella
sola la savia que vivifica y da frescura y lozanía.

Había en el fondo de la alcoba un tríptico precioso sobre un
reclinatorio sencillísimo, y en este se arrojó la marquesa, llorando a
mares, para leer a los pies de la Virgen la carta inesperada.

Jacobo, sin preámbulos de ningún género, anunciaba a su mujer su próxima
llegada, para tratar con ella de asuntos importantes, cuyo arreglo le
había _aconsejado_ el padre Cifuentes, excelente persona que había
conocido en París, _llenando su corazón abatido de esperanza y de
consuelo_...

La marquesa creyó haber leído mal aquel último párrafo de la breve
carta, y tornó una y otra vez a leerlo. La hipocresía era el único vicio
que jamás había observado en Jacobo, y, o aquella carta la rebosaba por
todas sus letras, o Dios había hecho en él uno de sus prodigios.
¿Confortado con esperanzas y consuelos del padre Cifuentes, aquel
corazón cuyo frío egoísmo le mantenía siempre fresco e insensible, como
un cadáver entre témpanos de nieve?...

Absurdo era esto, pero era posible; era su oración cotidiana hacía doce
años, su plegaria más ardiente, su súplica más repetida, y ¡Dios era tan
bueno, tan grande, tan Padre!...

Y aunque algo duro e inflexible se alzaba en el fondo de su corazón,
gritando que aquello era una farsa, una nueva vileza, la marquesa
ahogaba esta voz sin darse cuenta de ello, para dejar entrar allí un
rayo de sol que disipase las tinieblas de su triste abandono, para dejar
que la esperanza y el deseo levantasen juntos y a su placer un bello
castillo en el aire.

Sin acordarse de desayunar siquiera, ni detenerse más tiempo que el
preciso para lavarse en el tocador los ojos llorosos, corrió Elvira a
casa de la marquesa de Villasis, haciéndose la ilusión de que iba a
buscar en el claro entendimiento y en el cariño acendrado de su amiga un
consejo prudente, y yendo en realidad en busca de algo que con la
autoridad de aquella pudiera robustecer y dar cuerpo a su esperanza...

La Villasis sabía muy bien a qué atenerse, porque el padre Cifuentes le
daba en su carta cuenta detallada de su entrevista con Jacobo. Habíasele
presentado este disimulando, bajo su arrogante petulancia, el
encogimiento y la especie de miedo receloso que suelen infundir los
jesuitas a las personas mundanas que sólo les conocen por las mil
patrañas que en pro y en contra de ellos corren contadas o escritas.

Mas al ver delante de sí aquel hombre pequeñito, insignificante en su
persona hasta la vulgaridad, llano en el decir hasta el desaliño, que
jamás sacaba las manos de las mangas, como no fuera para tomar rapé en
su tabaquera de cuerno, y ponía de manifiesto con deplorable frecuencia
un pañuelo de hierbas insolente de puro feo, a cuadros azules y
amarillos, con algunos vivitos verdes, trocóse su recelo en desprecio, y
con la desdeñosa frialdad que guarda el grande orgullo para el pequeño
que juzga empingorotado sobre una superioridad usurpada, manifestóle su
_deseo_ de reconciliarse con su mujer, olvidando todo lo pasado, y
expresóle su _voluntad_ de que fuera él mismo quien aconsejara a la
esposa abandonada acceder a sus pretensiones.

Y entonces fue cuando Jacobo quedó convencido de que el padre Cifuentes
era un infeliz, un cuitadito sin pizca alguna de mundo, como el tío
Frasquito le había dicho antes.

Las manos del jesuita se hundieron más y más en lo profundo de sus
mangas, y muy alborozado y satisfecho, opinó que nada había más conforme
a la moral cristiana que la paz de la familia y el perdón de las
injurias... Pero--y aquí apareció de nuevo la tabaquera de cuerno para
suministrar a los dedos del padre Cifuentes un polvo digno del gran
Federico--en cuanto a aconsejar él a la señora marquesa que accediese a
las pretensiones del señor marqués, había de tener en cuenta el señor
marques que la señora marquesa nada le había consultado, y que la
primera condición del consejo prudente es la de ser pedido...

Jacobo abrió la boca para replicar, pero el pañuelo a cuadros azules y
amarillos, con algunos vivitos verdes, salió a relucir, y el padre
Cifuentes añadió que creía, tenía entendido, le parecía probable que la
señora marquesa de Sabadell estaba a punto de salir de Biarritz, y que
en el caso de no encontrarla, lo más prudente y oportuno para el señor
marqués sería dirigirse a la señora marquesa de Villasis, persona muy su
amiga, de grandes luces y mayores virtudes, para la cual se brindaba a
darle una carta suplicándole que las tomase ella en el asunto.

El tío Frasquito, que con gran falta de delicadeza, hija de su deseo
vehementísimo de seguir las peripecias del drama, se había constituido
en testigo de la conferencia, metió entonces su cucharada, asegurando
que aquello estaba muy bien pensado, que su sobrino el padre Cifuentes
tenía razón hasta por encima del solideo, y que lo más derecho para su
sobrino Jacobo era dirigirse desde luego a su sobrina Villasis, porque
lo que esta no alcanzase de su sobrina Sabadell nadie en el mundo,
fuera o no sobrino suyo, podría alcanzarlo.

Jacobo meditó un momento el plan que le proponían y pensando escribir,
desde luego, a su esposa, para detener su marcha con la noticia de su
ida, aceptó a todo evento la carta para la marquesa de Villasis y
despidióse del padre Cifuentes, llamándole don Gregorio. En todo el
transcurso de la plática había evitado con marcada afectación designarle
con el nombre de _Padre_, llamándole siempre señor Cifuentes.

El señor Cifuentes acompañó hasta la puerta a la aristocrática pareja,
con sus manos siempre metidas en las mangas, y al verla desaparecer en
el coche, permitióse murmurar del sobrino de su tío y de su tío mismo,
diciendo para su sotana:

--¡Exacta alegoría del mundo!... La necedad amparando al vicio.

Y sin perder un momento, púsose a escribir a la marquesa de Villasis,
dándole un juicio sobre los planes de Jacobo, que coincidía por completo
con el dado ya por Diógenes, suplicándole que evitase a toda costa que
Elvira y su marido se viesen, a fin de que este no pudiera engañarla, y
encargándole también, con grandes instancias, que ahuyentara para
siempre con algún recurso de su femenil ingenio a aquel desdichado que
pretendía explotar a su infeliz mujer, con grave riesgo de su inocente
hijo.

Guardóse muy bien la Villasis de comunicar a Elvira estas noticias, y
como el experto médico que debilita en varias dosis un brebaje demasiado
fuerte, trocándolo de veneno en medicina, dispúsose a desengañar a la
infeliz, poco a poco y por partes. Leyó, pues, atentamente la carta que
agitaba y temblorosa le presentaba Elvira, y devolviósela sin decir
palabra. Ella le interrogaba con los tristes ojos preñados de lágrimas;
la Villasis dijo entonces moviendo lentamente la cabeza:

--Eres turco y no te creo...

Elvira bajó anonadada la suya, porque le pareció que aquellas palabras
derrumbaban de un golpe el castillo que allá en el fondo de su corazón
levantaron antes la esperanza y el deseo. Dos grandes lágrimas se
desprendieron de sus ojos, mientras murmuraba tímidamente:

--¡He rezado tanto!... ¡He llorado tanto!...

--¡Es verdad!... ¡Pero ha mentido tanto!... ¡Ha rodado tanto!...

--Dios puede hacer un milagro...

--Y el hombre puede hacerlo inútil.

--Yo espero que no...

--Yo temo que sí.

--¿Pero a ti quién te lo dice?...

--¿Y a ti quién te lo asegura?

El llanto de Elvira se trocó entonces en sollozos, y como si aquella
pena fuese nueva para ella, sintió en toda su plenitud la primera
necesidad de todos los débiles en la desgracia: buscar unos brazos
amigos en que arrojarse, un pecho leal en que esconder el rostro lleno
de lágrimas...

La Villasis la recibió en los suyos, estrechándola contra su corazón,
besándola en la frente, hablándola al oído, con la voz suave y cariñosa
con que se habla a un niño enfermo o desolado. Ella, sollozando sin
cesar, repetía:

--¿Y qué hago?... ¿Qué hago?...

--Irte.

--¿Pero adónde?...

--A Lourdes... A esperar junto a la Virgen Santísima que pase la
tormenta.

--Irá allí a buscarme...

--No irá... Yo me encargo de detenerlo.

--Pero, ¿y si fuera verdad, María?--tornó a decir Elvira, aferrándose a
su idea--. ¿Y si su arrepentimiento es cierto y se encuentra el pobre
con que le cierro la puerta?...

--Entonces sabré yo conocerlo y te lo llevaré a Lourdes yo misma...
Iremos los tres a buscarte: él, yo y tu hijo.

--¡Ay, Alfonsito!... ¡Pobre hijo de mi corazón!... ¿Y qué hago con él?
¿Me lo llevo?...

--No, déjalo en el colegio.

--¡Oh, no, no, eso no!--exclamó Elvira fuera de sí--. ¿Y si su padre va
a verlo y se lo lleva y me lo quita?... ¡Hijo de mi alma!... ¡Verme yo
sin él!... ¡Me muero entonces!... ¡Me muero!

Y ante esta idea que la aterraba, la infeliz mujer, abrumada por el
dolor y debilidad por la inanición, sufrió un ligero desvanecimiento.
Hízola la marquesa tomar una taza de caldo y una copa de vino generoso,
y poco a poco logró al fin tranquilizarla.

Entonces concertaron su plan: Elvira había de partir aquella misma noche
a Lourdes, acompañada de mademoiselle Carmagnac, señora muy respetable,
que había sido aya de la única hija de la marquesa de Villasis. Esta
dictó a Elvira una carta que había de entregar a Jacobo cuando se
presentara en casa de su esposa; decíale en ella que asuntos muy
urgentes le impedían esperarle en Biarritz, y que la marquesa de
Villasis quedaba con amplios poderes para tratar con él toda clase de
negocios, conformándose Elvira, desde luego, con lo que ambos
concertaran.

A todo asentía la marquesa de Sabadell con esa especie de inercia moral
que enerva la voluntad cuando en cualquier negocio de la vida se apaga
la fe y muere la esperanza. Mas en las naturalezas heroicas crecen las
fuerzas en la misma proporción que crece el dolor del sacrificio, y sin
derramar una lágrima ni mostrarse ya acongojada ni afligida, ocupóse tan
sólo de sus preparativos de marcha.

Las dos señoras almorzaron juntas en casa de la Sabadell, entregó esta a
su amiga algunos papeles importantes que la Villasis quería tener a
mano, por si en su conferencia con Jacobo le fueran necesarios, y
marcharon después ambas a Guichon, pequeña aldehuela situada entre
Bayona y Biarritz, donde los jesuitas expulsados de España por la
Revolución habían abierto el colegio en que Alfonsito Téllez se educaba.

Despidióse Elvira de su hijo sin decir cuándo ni adónde iba, y el rector
del colegio, que conocía a fondo todas las pesadumbres de la dama, quedó
encargado de no permitir que el niño recibiese otra visita que la de la
marquesa de Villasis durante la corta ausencia de su madre. Dos horas
después despedíase aquella de Elvira en la estación de la Negresse, y
volvía triste y preocupada a la Villa María, dando al punto orden de no
recibir a nadie.

Encerróse temprano en su gabinete y pasó gran parte de la noche
repasando y estudiando los papeles de Elvira, y escribiendo una especie
de documentos en forma de artículos numerados. Levantóse muy de mañana
al otro día, fuese a la capilla de Santa Eugenia, oyó dos misas y
comulgó devotamente; la prudencia de la mujer había tirado la noche
antes sus cálculos, y la fe de la cristiana iba a buscar entonces en el
Sacramento la gracia divina que necesitaba para vencer en la lucha.

La mañana estaba magnífica y prometía uno de esos espléndidos días de
invierno en que los miembros se desentumecen, el alma se alegra y el
barómetro sube, como si quisiera descubrir a lo lejos la llegada de la
primavera. A las tres de la tarde hallábase abierto de par en par el
mirador de cristales del gabinete que ya conocemos, y el sol entraba a
raudales, llenándolo todo de luz, de colores y de reflejos. La marquesa
amaba el sol y el aire con la pasión con que los aman los pobres, y
odiaba ese misterioso y coquetuelo _petit jour_ en que se refugian las
beldades trasnochadas para ocultar los estragos del tiempo. Uníanse en
el jardín las carcajadas de Monina, que saltaba a la cuerda, con los
mugidos del mar, que azotaba a la costa, como si en aquella naturaleza
tan bella, tan en calma, tan espléndida, se armonizara lo inocente con
lo terrible, el mar y el niño, la extrema debilidad y la extrema
fiereza.

La Villasis, apoyada en la ventana, seguía con la vista los juegos y
carreras de aquel bello ángel, que ocupaba y llenaba por completo su
corazón, con ser este tan grande. Era aquella niña su nieta, hija de su
única hija, muerta al darla a luz cinco años antes, y huérfana también
de padre. De repente, la marquesa cerró la ventana y sentóse junto a
ella, al lado del pequeño _secrétaire_ en que solía despachar su
correspondencia ordinaria. Había escuchado a lo lejos el ruido de un
coche que se deslizaba sobre las enarenadas calles del parque, y a poco,
un criado anunciaba en el gabinete al marqués de Sabadell.

La marquesa se santiguó vivamente no bien desapareció el lacayo, fijó un
momento sus grandes y vivos ojos negros en un cuadro bellísimo de la
Virgen que había en el testero, y volvióse hacia la puerta, tan risueña,
tan señora y tan serena como cuando recibía en Madrid a sus amigos
íntimos.




--VIII--


Para que el lector pueda comprender toda la importancia que tenía para
Jacobo aquella entrevista, preciso es ponerle en aquellos antecedentes
que el tiempo y la casualidad han suministrado hasta hoy, haciendo
alguna luz en las tinieblas que rodean a crímenes todavía impunes y a
intrigas no del todo desenredadas.

Nadie ignora que la masonería quedó triunfante en España al estallar la
Revolución de 1868; pareció, sin embargo, con harta razón, a algunos
caciques de la secta que no estaba aún maduro el pueblo de España para
plantear la República, y resolvieron entronizar mientras tanto a un
monarca constitucional que fuera entre sus manos un mero instrumento.
Fue entonces elegido a este propósito el duque de Aosta, y encargáronse
de ofrecerle la corona, como delegados de la secta, el general Prim y
don Manuel Ruiz Zorrilla, nombrado más tarde Gran Oriente honorario del
Supremo Consejo de España.

Estallaron con estas causas graves disidencias en el seno mismo de las
logias, que vinieron a dar por resultado el asesinato del general Prim,
mientras la comisión encargada de ofrecer oficialmente la corona de
España al duque de Aosta volvía de Florencia.

Formaba parte de aquella comisión cierto personaje, hombre práctico y
prudente, cuya memoria nos guardaremos bien de deshonrar, suponiéndole,
sin dato alguno fidedigno que lo pruebe, afiliado a las sectas; es, sin
embargo, cierto que dicho personaje tomaba caluroso partido por la
política de una de aquellas fracciones, y llevaba consigo en aquel
viaje, con designio misterioso, papeles de gran importancia que
comprometían a muchos de los secuaces de la política contraria.

La muerte sorprendió al personaje en Génova el 11 de diciembre, e
ignórase al presente por qué mano fueron a parar entonces aquellos
papeles a cierta logia de Milán, que los remitió más tarde a Víctor
Manuel como armas preciosas que podían muy bien afianzar en España el
trono siempre vacilante de su hijo, atando de pies y manos a ciertos
políticos venales, modelo en todas las épocas de deslealtad y de
imprudencia.

Acertó entonces a llegar a Milán, fugitivo de Constantinopla, el marqués
de Sabadell, perdido y arruinado, y presentóse en aquella logia, donde
años antes le había iniciado Garibaldi. Acogiéronle los venerables como
a enviado del Gran Arquitecto, y presentáronle al punto a Víctor Manuel
como el hombre a propósito para llevar a España documentos e
instrucciones, e imprimir a la política de don Amadeo el rumbo deseado
en Italia.

El refuerzo llegó, sin embargo, tarde y ya hemos visto cómo la caída del
duque de Aosta destruyó en París las cuentas galanas que no sin probable
fundamento tiraba Jacobo. Viose entonces de nuevo solo y arruinado, y la
necesidad, mala consejera siempre y móvil las más de las veces de
empresas descabelladas, sugirióle la idea de utilizar en provecho propio
el precioso depósito, y aquí comenzaron las complicaciones y los
peligros, los planes trazados y abortados.

Era su idea madre poner sus preciosas armas al servicio de alfonsinos o
carlistas, según tuvieran estos o aquellos más o menos probabilidades de
triunfo, y para destruir por de pronto el mal efecto que en los primeros
había causado su repentina presencia en París, apresuróse a propalar por
medio del tío Frasquito la novelesca historia de la cadina, que tan
_gloriosamente_ justificaba su fuga de Constantinopla.

Mas érale preciso al mismo tiempo y antes que nada hacer perder la pista
a los masones chasqueados, y a este propósito ideó Jacobo reconciliarse
con su mujer y oscurecerse a su lado por un año, durante el cual viviría
tranquilamente de las rentas de esta, garantizaría con ellas, en lo
posible, el pago de sus deudas y tantearía el terreno despacio y sin
ruido, hasta encontrar el mejor postor a los servicios que pensaba sacar
a pública subasta.

Su reconciliación con Elvira era, por tanto, la clave del arco que había
fabricado, y tratábase de colocarla en aquella entrevista. Entró, pues,
en el gabinete, armado de toda su osadía, sereno, risueño y con aire de
amigo que prepara a otro con su presencia una sorpresa inesperada y
agradable. Al verle entrar la marquesa, tendióle la mano con grande
afecto, diciendo cariñosamente:

--¡Adiós, Jacobo!... ¿Cómo te va?... Pero, ¡Dios mío! ¡Si por ti no pasa
el tiempo!... Te encuentro lo mismo, lo mismo que cuando nos vimos hace
cinco años en Bruselas. ¿Te acuerdas?

Jacobo apretó cordialmente entre las suyas la mano que la dama le
tendía, y le contestó con no menor cariño y agasajo:

--¡Ya lo creo que me acuerdo!... Los encuentros contigo no se olvidan
fácilmente... Pero tú sí que te has plantado en los veinticinco años:
siempre tan...

--¡Jacobo, por Dios!... Que abofeteas a la verdad por decir una
galantería. ¿No me ves la cabeza?... ¡Blanca!

--¡Ca!... Eso es refinamiento de coquetería; que te empolvas el pelo,
como las marquesas de la corte de Luis XV...

--Ya voy teniendo algún punto de contacto con ellas...--exclamó riendo
la marquesa--. A lo menos, en lo añejo de la fecha.

Jacobo habíase sentado mientras tanto en una silla, al otro lado del
pequeño secrétaire, que vino a quedar entre ambos; encontróse algún
tanto embarazado después de este primer saludo, y esperando que la
marquesa entrase la primera en el terreno en que uno y otro deseaban
encontrarse, púsose a hablar de la afluencia de hombres políticos de
todos colores que llegaban en aquellos días a Biarritz; parecía aquello
la costa a que la República de España fuese arrojando los restos del
naufragio de la monarquía saboyana.

La marquesa dio entonces el primer paso, diciendo con intención
marcadísima:

--Sí... Parece que Biarritz es el teatro escogido para las negociaciones
diplomáticas.

Hízose Jacobo el sueco y contestó con tono doctoral de hombre político:

--Dudosas se presentan... No creo que cuaje ninguna...

--¿Ninguna?--preguntó riendo la marquesa--. ¿Ni tampoco las mías?

--¡Ah, ya! ¡Eso es otra cosa!--replicó jovialmente Jacobo--. A la
diplomacia de las faldas no hay quien resista. Recuerdo haberle oído a
Castelar que el mundo es de las faldas y de las faldas: es decir, de las
enaguas y de las sotanas.

--Pues téngaselo usted por dicho, señor de Bismarck... Porque supongo
sabrás que estoy nombrada plenipotenciaria...

--Sí--replicó Jacobo--, ya me han entregado las credenciales.

Y al decir esto, puso sobre la mesita del _secrétaire_ la carta que,
dictada por la Villasis misma, le había escrito Elvira la víspera.
Leyóla atentamente la marquesa, como si le fuera desconocida, y
devolviósela a Jacobo, diciendo:

--Me parece que están en regla... Puede el señor Bismarck, cuando guste,
exponerme la marcha de su política.

--Yo creo más correcto que el señor..

Jacobo se detuvo sonriendo, como si ignorase el nombre de su antagonista
diplomático, y la marquesa le apuntó muy formalmente:

--Antonelli... Así no saldremos de faldas.

--...que monseñor Antonelli exponga antes la suya... El mundo ha sido
siempre el decano del cuerpo diplomático.

--Y por lo mismo debe de hablar el último; con que cayó usted en un
renuncio, señor de Bismarck... Pero no hay que apurarse por ello, que yo
expondré la mía con una sinceridad impropia del oficio... Mi política es
esta: «Padre nuestro que estás en los cielos... Hágase tu voluntad...
Perdónanos nuestras deudas, _como nosotros perdonamos a nuestros
deudores_... No nos dejes caer en _la tentación_... Líbranos de
_mal_...».

La marquesa supo dar tal inflexión a algunas de estas palabras, que su
política fue perfectamente comprendida por Jacobo. Aquello de que los
deudores quedaban perdonados sentóle muy bien y le llenó de esperanza.

--¡Política italiana!--dijo moviendo la cabeza--. Es la más hábil.

--Italiana no, romana--replicó vivamente la marquesa--. ¡Es la más
santa!...

Jacobo creyó llegado el momento de dejar este tono humorístico, tan
peculiar a los españoles hasta en los más graves asuntos, y se dispuso a
entrar en materia; colocó los guantes que se había quitado sobre la mesa
del _secrétaire_, y apoyando en ella ambos codos y dando vueltas al
magnífico brillante que en uno de sus meñiques tenía, comenzó a decir
mirando sus reflejos:

--Mira, María... Me alegro de tratar contigo este asunto mejor que con
Elvira, porque eres una mujer de mundo y sabrás comprender mi situación
y ponerte en mi caso... Elvira es un ángel... con alas de cisne; tú eres
también un ángel, pero con alas de águila...

La imagen resultaba bonita, y la marquesa agradeció el cumplido con una
ligera sonrisa.

--Mi situación actual--prosiguió Jacobo--puede concretarse en esta
fórmula: «He corrido mucho y me he cansado pronto». Recuerdo haber leído
en Confucio...

La marquesa no pudo contener la risa al oír el santo Padre que con tan
pedantesca formalidad alegaba Jacobo, y corrido este algún tanto,
preguntó contrariado:

--¿Te ríes?...

--No, hombre, no... Me río del autor, no de la cita... Veamos la
sentencia.

--Y bien profunda que es--replicó Jacobo--: «Subía la montaña de
Tam-Sam, y el reino de Sú me pareció pequeño; seguí subiendo al monte
de Tai-Sam, más elevado aún, y el imperio me pareció pequeño». Así me ha
sucedido a mí: mientras más alto me han elevado los eventos de mi vida,
más despreciables me han parecido mis triunfos.

--Pues verdaderamente que el señor Confucio no anduvo desacertado en la
parabolita--dijo la marquesa--. Pero al aplicarte tú el cuento, te las
calzas al revés, amigo mío... No debes de decir _subí_, sino _bajé_,
porque esos _triunfos_ de tu vida no te han ensalzado, sino rebajado
mucho... Por eso debiste decir: «Bajé al charco de Tam-Sam y la idea de
la virtud la perdí de vista, me hundí en la cisterna de Tai-Sam, mucho
más profunda, mucho más cenagosa, y las ideas del honor y del deber se
borraron del todo...»

Esta brusca e inesperada arremetida desconcertó por completo a Jacobo, y
mordiéndose los labios, dijo amargamente:

--¡Política romana, con todas sus intransigencias!...

--¡Política _bismarckiana_! la tuya, con todas sus criminales, ¡nótalo
bien!, ¡sus criminales condescendencias!...

Jacobo bajó en silencio la cabeza, pálido de ira, y se puso a estirar
sus guantes sobre la mesa; comprendió que ese tergiversado criterio
moral, que disfraza con pomposos nombres ruines defectos y vicios
enormes, se lo rechazaban allí por falso; que la _política romana_
llamaba al pan pan y al vino vino, al vicio vicio, a la infamia infamia,
y a las _pequeñeces_ monstruosidades, y convencióse, por ende, de que
había errado el camino, tratando de justificar el pasado. Resolvióse,
pues, a cantar la palinodia por completo, y a echar mano al mismo tiempo
de lo que juzgaba él su artillería de reserva.

La marquesa, por su parte, habíale acometido tan brusca y cruelmente
para ensanchar el campo en que quería examinarle, y no descubrir con una
confianza harto prematura y harto crédula el lazo que tendía ella al
farsante con su estrategia.

--Tienes razón, María--dijo al cabo gravemente--. Pero no podrás menos
de concederme que algo indica y algo merece el amor propio que se
doblega hasta hacer esta confesión, y que no es caritativo ni cristiano
retirar a quien quiere salir del charco la mano que puede ayudarle... El
padre Cifuentes--añadió con triste sonrisa--, con ser más _romano_ que
tú, me ha concedido ambas cosas.

--¿Qué te ha dicho el padre Cifuentes?...

--Me dio para ti esta carta--contestó Jacobo entregándole una.

Leyóla también la marquesa como si le fuera desconocida, y aparentando
darle un alcance que por ningún concepto tenía, dijo vivamente, con aire
de satisfacción grandísima:

--Esto es ya otra cosa... El voto del padre Cifuentes es para mí
decisivo, y me tienes por completo de tu parte. Expónme ahora tus
deseos, claros y concretos.

«¡Castelar tenía razón!... ¡Indudable era que las sotanas partían con
las faldas el imperio del mundo!...» Y mientras esto pensaba Jacobo, con
cierto rabioso despecho, que le hacía aún más antipático al padre
Cifuentes, púsose a trazar un plan encantador, un verdadero idilio
aristocrático, mitad campestre, mitad feudal, que fue exponiendo poco a
poco y por partes.

Él no tenía deseos, ni podía concebir otros que los que Elvira tuviese:
él era el vencido, el perdonado, y no podía tener otras aspiraciones que
obedecer en todo y por todo, y resucitar aquel tiempo lejano en que tan
felices habían sido ambos, amándose tanto, tanto... Y aquí pareció
Jacobo muy conmovido, y dio muestras de su erudición, trayendo a la
memoria aquello de Dante:

Nessun maggior dolore
Che ricordarsi del tempo felice
Nella miseria.

y parafraseándolo con aquello otro del marqués de Santillana:

La mayor cuita que aver
Puede ningún amador,
Es membrarse del placer
En el tiempo del dolor.

La marquesa parecía encantada y también conmovida, y le instó a que,
dejando a un lado honrosas delicadezas, le manifestara el plan de vida
que sería su gusto entablar, supuesta, _como ya podía suponerse_, su
reconciliación con Elvira.

Creyóse ya Jacobo con esto dueño del campo, y su vanidad inmensa le hizo
sentir la satisfacción de haber sabido engañar, antes que el goce de
haber logrado su objeto. Las mil frases bonitas que había leído y
conservado en la memoria para matizar con ellas su pintoresca elocuencia
acudieron en tropel a sus labios saliendo a borbotones. ¿Qué plan de
vida podía tener él, como no fuera pasar la suya entera adorando a
Elvira, con una pasión humilde, discreta, satisfecha con arder a lo
lejos, como en la última grada del altar el cirio de un pobre?...

Allá en tierra de Granada tenía él un castillo antiguo, la torre de
Téllez-Ponce, con terrenos de labor y montes espesísimos, donde,
desengañado de la Revolución, había soñado muchas veces combatirla,
realizando el ideal del grande de España antiguo, apoyado en el arado y
en la espada, siendo a la vez señor y protector de la comarca, padre de
sus colonos, y al mismo tiempo su caudillo... ¿Querría Elvira ayudarle
en aquella obra, encerrándose con él en aquel retiro?

¡Ah, si la Grandeza entera de España, comprendiendo al fin sus intereses
hiciera lo mismo, y dejando a los ricos improvisados y a los políticos
de pacotilla, el lujo con sus vicios, el poder con sus truhanerías,
fuese ella caritativa en los campos, mientras eran ellos usureros en la
corte, diese ella su mano al pobre campesino, mientras ellos le rechazan
con altanería, el pueblo, el verdadero pueblo comprendería al fin cuáles
eran sus amigos sinceros, y el lodo de la política podría fermentar en
la corte, producir revoluciones, lanzar sobre el país decretos
inmundos!... Mas toda aquella insolencia expiraría sin fuerzas sobre la
yerba de los campos, y la ola de cieno no mancharía jamás el dintel de
sus iglesias y castillos, defendidos por un baluarte de caseríos.

La marquesa miraba y escuchaba a Jacobo con entusiasmo, con
admiración..., con admiración tan grande y profunda, como que algo
parecido a aquella hermosa perorata lo había leído ella en Veuillot
hacía varios años; como que allí mismo, en el _secrétaire_ que tenía
delante, hallábase guardada entre los papeles de Elvira la escritura de
venta de la torre de Téllez-Ponce, sacada a pública subasta por los
acreedores de Jacobo y comprada bajo cuerda por Elvira misma, para
salvar de los usureros aquel último recuerdo histórico de la familia a
que pertenecía su hijo.

La bondadosa sonrisa de la marquesa no desapareció, y sin embargo, ante
farsa tan innoble, y entusiasmada y conmovida, apresuróse a asegurar a
Jacobo que no podía imaginar un plan más al gusto de Elvira, y que ella
lo aceptaba desde luego y lo refrendaba en su nombre.

--¿No es verdad que mi idea es profunda?--exclamó Jacobo, cegado por la
vanidad de orador, que era la más grande y la más mimada de todas sus
vanidades.

¡Ah, muchas y tristes experiencias le había costado concebirla y
desarrollarla!... Y lo que en aquel momento le hacía encontrarla más
oportuna, más cara a su entendimiento y más grata a su razón, era que
ella misma venía a orillar el único reparo que al intentar su
reconciliación con Elvira se le había puesto delante: reparo de
delicadeza, de hombre de pundonor que quiere ponerse a cubierto de las
hablillas del vulgo.

Habíase enterado en París por el tío Frasquito de que Elvira había
ganado un pleito de interés, que era a la sazón muy rica, y esto estuvo
a punto de retraerle, porque el mundo era muy malévolo y mil lenguas
murmuradoras se apresurarían a decir que no eran el desengaño y el
arrepentimiento, sino el dinero de su mujer y la ruina propia los que le
impulsaban a dar aquel paso... Mas retirándose a Téllez-Ponce, podían
vivir con las rentas de aquella finca suya, de él propia, y conservar el
caudal de Elvira intacto, para patrimonio de su hijo.

Aquella era la primera vez que en todo el transcurso de la conversación
nombraba Jacobo al niño, y hacíalo para asegurar una fraudulenta
impostura. La marquesa sintió que el corazón se le oprimía, oyéndole
hablar de aquel arrepentimiento en que no entraba la idea de Dios; de
aquel amor a su mujer en que no entraba la ternura hacia su hijo, y
dulcificando con un esfuerzo de su poderosa voluntad más y más su
sonrisa, y dando a su acento más marcado tinte de confianza y de cariño,
dijo moviendo desdeñosamente la cabeza:

--¡Bah!... No pienses en eso...

--Sí, María, sí; hay que pensar en ello, porque lo que se cuenta de los
hombres, sea o no cierto, ocupa de ordinario tanto lugar en sus vidas
como lo que realmente han hecho. ¡Bien lo sé yo por experiencia propia!

--¡Obrar bien, que Dios es Dios!--dijo sentenciosamente la marquesa--.
¡Ese es mi lema!

--Y el mío también... desde hace algún tiempo. Pero no hay que perder de
vista que si la virtud depende de nuestras propias acciones, la honra
depende de la opinión ajena.

--Pues ya tienes en favor tuyo la de las gentes honradas... ¿Qué más
quieres?...

--Nada, nada más quiero--replicó Jacobo--. Por eso, en cuanto el padre
Cifuentes me lo aconsejó, cesaron al punto mis dudas.

--Y además de eso--añadió la marquesa con ingenuidad sencillísima--, tu
pensamiento ha coincidido con el mío... ¡Claro está!, un hombre decente
no podía pensar otra cosa; y por eso había yo previsto, para acallar tus
escrúpulos, un remedio facilísimo.

--¿Cuál?--preguntó Jacobo algún tanto suspenso.

La marquesa levantó la tapa del secrétaire, y sacando el documento
escrito por ella misma la noche antes, púsoselo a Jacobo ante los ojos,
diciendo con su sonrisa habitual, tan franca y tan simpática:

--Con firmar este papel estamos ya del otro lado.

Jacobo comenzó a leer el documentó con algún sobresalto, y a medida que
recorría sus renglones, contraíanse sus labios y tornábanse color de
grana sus orejas. La marquesa fijaba en él una mirada de compasión
profunda. Él, al terminar su lectura, arrojó el papel sobre la mesa,
murmurando:

--¡Pero, María!... ¡Imposible!... ¡Imposible!... ¡Yo no firmo eso!...

El documento era una renuncia completa y explícita a toda intervención y
a todo derecho que pudiera concederle la ley a la administración de los
bienes de su mujer y al usufructo del caudal de su hijo, tan
perfectamente detallada, meditada con tal prudencia, que la codicia y la
rapacidad de Jacobo quedaban atadas de pies y manos con sólo poner allí
la firma...

Antonelli había vencido a Bismarck; el ángel, con alas de águila, había
cogido bajo el pie al demonio, con alas de murciélago.

Jacobo, herido en su vanidad, derrotado en sus planes, revolvíase
furioso al verse cogido en sus propias redes, mientras la marquesa, muy
sorprendida y admirada, preguntábale sin perder un punto de su aparente
ingenuidad y su señoril aplomo:

--¿Pero por qué no quieres firmar?... ¿Qué encuentras en ello de malo?

--Porque..., porque..., porque firmar eso, es renunciar a mi dignidad de
marido.

--¿A tu dignidad de marido?... ¿Pues no decías hace un momento que tan
sólo el reparo que este papel allana te había hecho vacilar al intentar
lo que intentas?

--Es que ese papel rebaja mi dignidad...

--Ese papel realza y asegura tu dignidad en la opinión pública...

--Cuando se trata del honor hay que prescindir de la opinión...

--¿Prescindir de la opinión?... ¿Pues no decías ahora mismo que lo que
se dice de los hombres, sea o no cierto, ocupa de ordinario tanto lugar
en su vida como lo que realmente han hecho?

--Hay casos en que el testimonio de la propia conciencia es, para el
hombre de honor, suficiente:

--¡Pero hombre... de honor!... ¡Si me decías hace un momento que, aunque
la virtud depende de nuestras propias acciones, la honra depende de la
opinión ajena!...

Jacobo forcejeaba como el lobo cogido en la trampa para buscar una
salida, y no hallándola, exclamó al fin, rompiendo el freno de las
formas, último que suele romper el más inepto de los diplomáticos:

--¡Política romana con todas sus hipócritas bajezas y sus intrigas de
sacristía!...

--¡Cuidado con lo que dices, Jacobo!--exclamó enérgicamente la
marquesa--. ¡Mira que me autorizas a pensar que tu política
_bismarckiana_ ocultaba alguna vileza!

--¡La tuya sí que oculta una intriga en que asoma la mano del padre
Cifuentes!...

--¿La mano del padre Cifuentes?... ¡Pobre padre Cifuentes!... La
descubrirás tú, sin duda, desde aquella montaña de Tai-Sam a que subiste
hace poco... Yo, como vivo en terreno llano, no la descubro.

Jacobo, golpeando con ambos guantes la tapa de la mesa, guardaba
silencio. La marquesa le preguntó al cabo, sin perder su serena calma:

--¿Conque decididamente no firmas?

--No firmo--replicó Jacobo con ira.

--Pues conste que, si la reconciliación no se efectúa, tú tienes la
culpa; que tu mujer ha cedido cuanto es posible ceder, y tú..., tú
mismo, por una obcecación bien sospechosa, destruyes todo lo hecho.

--Destruyo lo que tú o ese bendito Cifuentes habéis urdido; pero yo me
entenderé con Elvira...

--Es que Elvira no vendrá a Biarritz.

--Pues iré yo a buscarla.

--¿A que no vas?

--¡Pero, señor!--exclamó Jacobo exasperado--. ¿Son estas las gentes
timoratas?... ¿De dónde saca mi mujer esos aires de independencia?...
Nosotros no estamos separados legalmente y la ley me autoriza para
reclamar cuando quiera a mi mujer y a mi hijo.

La marquesa se irguió entonces en su butaca, arrogante y amenazadora,
desplegando por vez primera sus poderosas alas de águila. Con el puño
cerrado dio un fuerte golpe sobre la mesa, diciendo al mismo tiempo:

--¡Inténtalo!... ¡Atrévete!... ¡Inténtalo, y en el momento en que des el
primer paso, presenta ella ante esos tribunales una demanda de divorcio
que te hunde por completo!...

El aspecto, la voz, el enérgico desprecio de aquel reto sobrecogieron a
Jacobo por un momento; recobrando, sin embargo, bien pronto su audacia,
replicó lleno de rabia:

--¡Que la presente si quiere!... ¿Dónde tiene las pruebas?...

--En su poder las tiene... Suficientes para alcanzar un divorcio:
bastantes para hacer poner el capuchón... a cualquiera que lo merezca...

--¡María!

--¡Jacobo!... ¿Te habías pensado tú que por el solo hecho de ser buena
había de ser tu mujer siempre mártir?... La paciencia tiene un límite
que marca a veces el decoro, y ¡ay de las zorras el día en que las
gallinas se cansen de ser gallinas!...

La terrible indicación de la marquesa amedrentó a Jacobo en medio de su
aturdimiento y de su rabia; y quiso sondear si la existencia de aquellas
pruebas era una mera amenaza.

--¡No se me asusta a mí con leones de paja!--exclamó irónicamente--. Mi
conciencia me dice que esas pruebas no existen, y no creo en ellas...

--Pues a ver si tus ojos convencen a tu conciencia--replicó vivamente la
marquesa.

Y abriendo de un tirón el cajoncillo del secrétaire, mostró a Jacobo,
desde lejos, un paquete de cuatro o cinco cartas, diciendo:

--A fe que la letra de Rosa Peñarrón y la tuya propia son lo bastante
claras para que no necesiten en los tribunales de peritos que las
reconozcan.

La sangre entera de Jacobo refluyó en su rostro, y por uno de esos
brutales impulsos con que, en el hombre de la naturaleza y no de la
civilización se manifiesta el instinto, hizo ademán de arrancárselas a
la dama. Mas esta, veloz como el rayo, abrió de un solo golpe la ventana
de cristales, y echando fuera el busto entero y la mano en que tenía las
cartas, gritó con gran fuerza:

--¡Monina!... ¡Que te vas a caer!... No saltes más... Mademoiselle,
quite usted a la niña la cuerda...

Y volviéndose después a Jacobo, un poco pálida, pero perfectamente
serena, añadió sin abandonar la ventana:

--¡Creí que se mataba!... ¡Con estos diablos de niños no se gana para
sustos!

Jacobo habíase quedado aplanado en su asiento, y tartamudeó entonces:

--¿Tienes aquí a Monina?...

--¿Pues no la había de tener?... ¿Quién me separa a mí de mi niña?...
¿Tú no la conoces?... ¿Quieres verla?...

Y sin esperar respuesta, volvió a gritar desde la ventana:

--¡Mademoiselle!... Traiga usted aquí a la niña...

A poco entraba Monina seguida del aya, y corrió a echarse en el regazo
de su abuela, mirando a Jacobo con esa media sonrisa de los niños
mimados, acariciados por todo el mundo, que parece decir al extraño:
¿Pero no me dice usted que soy muy bonito?...

Jacobo, aturdido por completo, no le decía nada, intentando en vano
adivinar por dónde habían llegado a manos de Elvira aquellas cartas,
pruebas irrefragables de uno de los episodios más vergonzosos y
comprometedores de su vida.

La marquesa abrazaba a su nieta como hubiera abrazado al ángel de su
guardia, dando gracias a Dios desde lo íntimo de su pecho por haber dado
a Jacobo el golpe de gracia con una espada de hoja de lata. Porque
aquellos terribles papeles con que su presencia de espíritu y su
enérgica audacia habían anonadado al farsante, eran simplemente tres o
cuatro cartas de sus administradores que en el cajoncito del secrétaire
estaban guardadas. El hecho vergonzoso era cierto, mas las pruebas no
existían, y muerta la Peñarrón, único cómplice, dos años antes,
imposible era que Jacobo descubriese ya el engaño.

El astuto Antonelli había atado para siempre a Bismarck con hilo de
araña.

Jacobo, sin hacer una sola caricia a la niña, despidióse fríamente, y
Monina le miró marchar, chupándose, con altivez de dama ofendida, tres
dedos al mismo tiempo.

Aturdido todavía y lleno de saña, entróse precipitadamente Jacobo en el
carruaje y dio orden al cochero de volver a Bayona, al Hotel de Saint
Etienne, donde se había apeado la víspera. Biarritz era demasiado
pequeño para permanecer oculto y evitar embarazosos encuentros con los
emigrados alfonsinos y carlistas que, desde mucho tiempo antes, poblaban
todos los contornos, y los hombres políticos y medrosos de todo jaez con
que la caída de don Amadeo y la proclamación de la República engrosaban
en aquellos mismos días el número de españoles dispersos.

El desengaño había sido cruel, y tornábase de nuevo angustiosa la
situación de Jacobo al ver hundirse todas sus ilusiones, dejando tan
sólo en su ánimo zozobras y rencores terribles que encendían en su
corazón, contra la marquesa de Villasis y el padre Cifuentes, la rabia
implacable que siente el perverso contra todo aquel en quien se ve
forzado a reconocer el derecho de despreciarle.

De las heridas que el derrotado plenipotenciario de Constantinopla
llevaba en el alma, ninguna escocía tanto a su vanidad, ninguna
irritaba tanto su soberbia como el que fueran sus vencedores una beata y
un fraile.

En el paroxismo de su furor imaginábase estrangular algún día a la
taimada Villasis con el pañuelo a cuadros azules y amarillos del
hipócrita Cifuentes.

Fin del libro segundo




Libro III




--I--


Memorable fue aquella noche... Pedro López aseguró al día siguiente,
bajo su firma, en las columnas de _La Flor de Lis_, que el espíritu de
Meyerbeer había abandonado la mansión de las armonías para inspirar en
el Real el estreno de _Dinorah_. Algo impalpable y armónico que se
reflejaba en las voces de los cantantes y en los ecos de la orquesta lo
había visto él, Pedro López, descender del carro de Febo, que decora el
techo, y dinfundirse por la atmósfera embriagadora de la espléndida
sala...

También Villamelón había visto algo; sentado de espaldas al escenario,
en el fondo del palco, apoyada la pensadora cabeza en el débil
tabiquillo y fijos los ojos en el techo, recibía de lleno el formidable
soplo de aquel feísimo Eolo que, por detrás del carro de Febo, parece
lanzar pulmonías y catarros sobre las calvas, vistas en proyección, de
los melómanos faltos de pelo.

Currita, sentada en primer término, frente a Leopoldina Pastor,
hallábase arrobada por aquel sublime terceto de la compañía, final del