ANGELINA

(NOVELA MEXICANA)


POR

RAFAEL DELGADO

Con un estudio preliminar de V. GARCÍA CALDERÓN

CASA EDITORIAL MAUCCI

Gran medalla en las Exposiciones de Viena de 1903, Madrid 1907, Budapest
1907 y gran premio en la de Buenos Aires 1910.

Calle de Mallorca, 166.--BARCELONA
ES PROPIEDAD DE ESTA CASA EDITORIAL

AL

Sr. D. José M. Roa Bárcena
en prenda de respetuosa amistad,

EL AUTOR



Colección de Escritores Americanos dirigida por Ventura García Calderón.

XI







RAFAEL DELGADO Y SU NOVELA _ANGELINA_


Con este libro obtuvo el gran novelista mexicano el más sonado éxito;
con él hemos querido propagar en América su nombre[*]. En sus armoniosas
páginas reconocemos un acento nuestro. Allí revive y se prolonga la
musical historia de _María_.

[Nota *: A la exquisita amabilidad del eminente abogado mexicano, Don
Miguel Hernández Sáuregui, heredero de los derechos del novelista,
debemos la autorización para publicar este libro.]

No sé si, como aseguran cuerdos jueces, volvemos en América al
romanticismo de Espronceda, si otra vez repetiremos el «románticos
somos» de Rubén Darío, del Rubén envejecido y suspirando por la juventud
que se acabó. Retorno encantador que sería solo censurable si
romanticismo significara otra vez el tumulto forense de una poesía
callejera; mas no si regresáramos, por los collados de Bécquer, al
reclamo lunático, al epitalamio triste del ruiseñor y la noche. Son
_rimas_ nuevas algunos cantos de Darío y en ciertas _arias_ de Jiménez,
que sedujeron a América, toda la Sevilla becqueriana está con sus
divinos suspirantes y la guitarra de luto.

En tales libros han aprendido a amar y a delirar nuestras mujeres. Por
ellos son abnegadas víctimas del cruel amor e incomparables amantes. Son
Elviras y no han cesado de ser Julietas. Y en ese coro de vivientes
pasionarias, tan americano, tan nuestro, en la sentimental alegoría de
la poesía sin ventura, yo creo que la mexicana y la colombiana vienen
juntas. La Angelina de este libro está, silvestre y coronada, con
María....

Como la historia de Isaacs, ésta también--según nos dice el autor en el
prólogo--fué «más vivida que imaginada». Alterando apenas ciertas fechas
y ciertos nombres, nos relata una aventura propia. ¿Pueden acaso, las
ajenas, contarse bien? Delgado no lo cree. Dirigiéndose en el prólogo de
_Los Parientes Ricos_ al que leyere, confiesa que «el autor está siempre
en la obra» y que «eso de la impersonalidad en la novela es empeño tan
arduo y difícil que, a decir verdad, lo tengo por sobrehumano e
imposible». El relatará, pues, su aventura y con ella la de las
mocedades americanas y mejicanas hacia 1860, cuando los libros de
nuestro romanticismo tardío enseñan todos la santidad de amar, la vital
necesidad de amar y al mismo tiempo el perenne fracaso de los idilios,
la crispada rebelión de los puños y la fatalista languidez de los labios
que cantan con Leopardi el desposorio del Amor y la Muerte.

Leopardi y Bécquer son los cultos de la adolescencia sentimental de
Rafael Delgado. En 1881, a los veintiocho años, leía estudios sobre
ambos poetas desamparados, en la «Sociedad Sánchez Oropeza» de Orizaba.
El protagonista de _Angelina_ confiesa que sabe de memoria versos de
Justo Sierra y prosas de Altamirano. Pero también conoce algunas quejas
de esa generación mexicana de grandes clásicos. Con tal lectura se
modera y mitiga el moceril romanticismo. Ya su generación pone el oído a
los consejos de la escuela realista. Y la novela _La Calandria_ que
publicara Delgado en 1889, en la _Revista Nacional de Letras y
Ciencias_, es obra de regionalista y costumbrista. Cuando años más
tarde, dice a su amigo don Francisco Sosa que en el plan de sus relatos
no entra por mucho el enredo, y que para él «la novela es historia»,
adivinamos que ha adoptado una idea de los Goncourt presentida ya en
América por don Ricardo Palma.

Acercándose a la historia, llegan estos románticos a la vida; pero en su
pesquisa de la veracidad y el documento se apartan siempre, con
aprensivo ademán, del estercolero de Job en donde Zola prospera y se
solaza. Y porque vienen con Lamartine de un país de azahares y de lunas
de miel, queda en sus personajes una bondad contagiosa, en su estilo una
recóndita y efusiva dulzura que se infiltra en el alma como una bruma de
noviembre.

Nada puede dar mejor idea del operado cambio que el cuento _Amor de
niño_ (publicado en un tomo de relatos breves) en donde está en
crisálida la novela _Angelina_. Es la encantadora y juvenil locura de un
chiquillo que se enamora hasta enfermar... de un cuadro, del lienzo en
donde vive una de las más suaves heroínas de Shakespeare. Cordelia es el
primer amor de este adolescente que delira. El episodio recuerda, hasta
en el tono, un relato de Heine: aquella estatua feminizada por el musgo
que el futuro poeta de los _lieder_ iba a besar, con una oscura congoja
de Werther bisoño, en un rincón del parque familiar. Todos los
románticos--se llamen Heine o Delgado--irán después a más carnales
musas, pero ya llevan en la frente el signo de ceniza. Y ante las
abnegaciones y los rendimientos de los acendrados cariños, no podrán ser
en su pristina simplicidad, el joven y el amante. Una intrusa jamás
olvidada, la obsesionante compañera de un pacto adolescente, acude
siempre a citas que no fueron para ella: Cordelia impalpable y
silenciosa, estatua derribada en el jardín que heló y eternizó con
labios de mármol perfecto, el primer beso. Es casi la tragedia de este
libro.

María muere, Angelina se retira para olvidar, a un convento, para
olvidar un amor que ya adivina amenguado en el perfecto amante de su
fantasía. Porque ellas también, a su manera, son resignadas víctimas de
la educación sentimental y casi mística. Sus lecturas favoritas, la
sarracena ardentía de su sangre española, no les dejan entrever otra
ventura que un «amor de exceso» como dijo el poeta, en donde amor y beso
fueran síntesis de la eternidad». Pero cuando la vida va a enseñarles la
dolorosa experiencia de su fragilidad, ellas no quieren aventurarse por
la senda en que la señora de Bovary camina, velada y suspirando, hacia
el amor que engaña. Éstas «hijas de María» expiarán su candor en la
celda horrenda y nuestros conventos son asilos de novias, desamparadas.

Ningún epílogo, podía ser, pues, más americano que el de _Angelina_.
Americano, aún cuando fuera antaño europeo también. Traducida en la
actualidad, haría sonreir. Recordaría esos grabados encantadores en
donde Lamartine, de cara al «empíreo», increpa al cielo por su ventura
perdida; aquellas imágenes de Elvira, de pie en la barca, bajo la luna
que entumece los corazones y los lagos.... Pero estamos seguros de que
seduce y seducirá esta obra a cuantos nacimos en países románticos. En
esos países donde hay siempre margaritas que deshojar, versos ingenuos
en los abanicos, novias que juran, desde una reja nocturna, el amor
vitalicio de Angelina.

VENTURA GARCÍA CALDERÓN

[Ilustración]




PRÓLOGO DE LA PRIMERA EDICIÓN


Allá te va esa novela, lector amigo; allá te van esas páginas
desaliñadas o incoloras, escritas de prisa, sin que ni primores de
lenguaje ni gramaticales escrúpulos hayan detenido la pluma del autor.
Son la historia de un muchacho pobre; pobre muchacho tímido y crédulo,
como todos los que allá por el 67 se atusaban el naciente bigote,
creyéndose unos hombres hechos y derechos; historia sencilla, vulgar,
más vivida que imaginada, que acaso resulte interesante y simpática para
cuantos están a punto de cumplir los cuarenta. Como el Rodolfo de mi
novela, gran lector de libros románticos, eran todos mis compañeros de
mocedad,--te lo aseguro a fe de caballero,--y ni más ni menos que como
Villaverde algunas ciudades de cuyo nombre no quiero acordarme.

Ruégote por tu vida, amigo lector, que no te metas en honduras, que no
te empeñes en averiguar dónde está Villaverde, cuna de mi protagonista.
Mira que perderías el tiempo y correrías peligro de mentir. Ya sabes que
los noveladores inventan ciudades que no existen, y de las cuales no te
daría noticia ni el mismísimo García Cubas.... Tampoco busques en los
capitulejos que vas a leer _hondas trascendencias y problemas_ al uso.
No entiendo de tamañas _sabidurías_, y aunque de ellas supiera me
guardaría de ponerlas en novela; que a la fin y a la postre las obras de
este género,--poesía, pura poesía,--no son más que libros de grata,
apacible diversión para entretener desocupados y matar las horas,
libritos efímeros que suelen parar, olvidados y comidos de polilla, en
un rincón de las bibliotecas. Además: una novela es una obra artística;
el objeto principal del Arte es la belleza, y... ¡con eso le basta!

Mas si por acaso fueses de esos críticos zahoríes que adivinan o
presumen de adivinar las intenciones y propósitos de un autor, para que
el mejor día no salgas diciendo que quise decir _esto o aquello_,
declaróte que tengo en aborrecimiento las novelas _tendenciosas_, y que
con esta novelita, si tal nombro merecen estas páginas, sólo aspiro a
divertir tus fastidios y alegrar tus murrias. Y no me pidas otra cosa, y
queda con Dios.

Orizaba, a 30 de Julio de 1893.


[Ilustración]

[Ilustración]




I


La diligencia iba que volaba. Sin embargo, me parecía lenta y pesada
como una tortuga. Ya no me causaba repugnancia el hedor de los cueros
engrasados, ni me ahogaba el polvo, ni me arrancaban una sola queja los
tumbos del incómodo y ruidoso vehículo. Hubiera yo querido duplicar el
tiro, emborrachar a los cocheros y hostigar a las bestias, a fin de
recorrer en pocos minutos las tres leguas que faltaban para llegar a
Villaverde. Aniquilado por la impaciencia, me arrinconé en el asiento,
delante de la anciana y junto al ganadero; recogí la indomable cortina y
me puse a contemplar el paisaje, aquellos campos fértiles y ricos,
aquellas montañas cubiertas de abetos, vistos diez años antes, a través
de las lágrimas, una fría mañana del mes de Enero a los fulgores
purpúreos del sol naciente.

Nada había variado: las arboledas, más copadas, conservaban la misma
disposición, el mismo aspecto; el caserío de la hacienda próxima volvía
ante mis ojos igual, idéntico, como una estampa admirada en la niñez, y
que el mejor día, cuando menos lo esperamos, viene a recordarnos épocas
dichosas. Blancas las paredes del lado del Poniente; las orientales,
pardas, ennegrecidas por los vientos salobres de la Costa. Las
enredaderas, que trepaban por la torrecilla hasta prender sus tallos en
la cruz de hierro, hacían gala de sus festones floridos, y en las
cornisas, en los tejados, en los árboles, friolentas palomas, pichones
tornasolados, esperaban la noche para recogerse al amoroso nido.

El triste Octubre prodigaba en laderas y rastrojos amarillas flores, y
al soplo del viento que pasaba susurrando, los fresnos se estremecían y
dejaban caer las muertas hojas.

En el ancho camino el rechinar lejano de una carreta vacía, y orilladas
a un vallado de piedras, paso a paso, vuelto el arado doblegadas al yugo
y seguidas de los gañanes, media docena de yuntas que volvían de los
barbechos. En el real solitario, junto al estanque de aguas turbias, una
parvada de ocas; los techos pajizos envueltos en la gasa del humo
vespertino; detrás, la casa de la hacienda, vetusta en parte, con aires
de arruinada fortaleza, en parte sonriente y alegre, restaurada,
rejuvenecida al gusto europeo, dejando adivinar en las vidrieras
luminosas y en las verdes persianas un interior elegante y rico.

Fondo de aquel hermoso cuadro, graciosa cordillera, valles conocidos y
amados, un cielo límpido y puro, por el cual ascendía la creciente luna
semivelada en un celaje.

--¿De quién es esta hacienda?--pregunté.

Hícelo, acaso con el pensamiento, porque nadie me respondió. La anciana
dormitaba; el ganadero doblaba cuidadosamente, por la milésima vez, su
valioso zarapo multicolor.

--¿Cómo se llama esta finca? ¿De quién es?--repetí.

--Santa Clara.... Es de un tal Fernández....--murmuró el campesino,
exclamando en seguida, sin dejar el jorongo:--¡Buena boyada! ¡Hartos
pesos! Alzan aquí unas cosechas, amigo, unas cosechas... que... ¡vaya!

Seguí entregado a la contemplación del paisaje.

Para mí se hacía transparente, como para dejarme ver entre sombras una
casa humilde y modesta, la casa paterna, donde me aguardaban mis tías,
dos hermanas de mi madre, dos ancianas amables y cariñosas.

Unico amparo del niño desdichado que no tuvo la buena suerte de conocer
a sus padres, ellas le recogieron, le criaron, y a costa de no pocos
sacrificios le proporcionaban educación. El que salió chiquillo volvía
hecho un mancebo; venía crecido y guapo; negro bozo le sombreaba los
labios; no había malogrado tantos afanes, y en él cifraban las buenas
señoras toda su dicha.

Ya estarían disponiéndose para ir a recibirle; ya le tendrían lista la
alcoba y la merienda. ¡Ah! sí, todo quedaría dispuesto y bien arreglado.
La recamarita, aquella que daba al patio, muy aseada y cuca, con su cama
albeando, con su aguamanil provisto de todo. Y allí estaría, sin duda,
el retrato del abuelo, muy estirado, de gran uniforme, el pecho cuajado
de cruces.... ¡El abuelito! Un general del antiguo ejército, honor y
gloria de la familia; santanista feroz que peleó en Tampico y en
Veracruz, que se batió como un héroe en Churubusco; y que siguió a
S.A.S. a las Antillas, de donde volvió desengañado, viejo, enfermo,
y... pobre.

Habrían colocado también, a la cabecera, el cuadrito de San Luis
Gonzaga, que no quise llevarme, a pesar de las súplicas de mi tía
Carmen. Ella me le regaló el día que hice mi primera comunión. Piadoso
obsequio, dulce recuerdo de aquel Viernes de Dolores venturoso y feliz
en que mi alma tenía la pureza de las azucenas; en que los cielos y la
tierra me sonreían, cuando en el templo alfombrado de amapolas, entre el
humo de los incensarios, a los acordes solemnes del órgano, delante de
un altar, resplandeciente, me acerqué trémulo, anonadado, a recibir el
Pan Eucarístico.

Me parece que veo al sacerdote, venerable anciano de aspecto dulcísimo
como San Vicente de Paul, que, seguido de los acólitos que vestían
mantos nuevos y sobrepellices limpias, descendía, trayendo en una mano
áureo copón, y en la otra la Forma Inmaculada.

De un lado las niñas, cubiertas con velos vaporosos, ceñida la sién de
rosas blancas; del opuesto nosotros, los varoncitos, de gala, ornado el
brazo con un moño de moaré flecado de oro. Y luego, la salida del
Templo, después de dar gracias. ¡Ah! ¡Qué alegremente que repicaban las
campanas! ¡Cómo olían los aires a primavera! Venían las brisas cargadas
de azahar, y esparcían por la ciudad no sólo el aroma de los naranjales,
sino los mil olores de los huertos y de los bosques cercanos; los aromas
embriagantes de las amapolas, de los acónitos y de los _jinicuiles_
florecidos, como si la naturaleza despilfarrara todos sus perfumes en
obsequio de los niños que volvían a sus hogares. Y allí, ¡qué fiesta tan
hermosa! ¡Qué desayuno aquel! ¡El comedor que parecía un jardín! Sobre
blanco mantel las garrafas llenas de leche fresca; en fuentes que sólo
salían cuando repicaban recio, pasteles, tortas, hojaldres, las
bizcotelas del convento de las Teresitas, suaves, esponjadas, porosas,
llovidas de azúcar como nieve; vasos y copas que de limpios parecían
diamantes. En grandes jarrones de porcelana española,--los viejos
jarrones de la familia,--frescos ramilletes de rosas, lirios y azucenas;
y por todas partes, regados aquí y allá, pétalos rosados, amarillos,
blancos, purpúreos; y apiladas en torno de mi taza, las místicas y
caducas balsaminas,--_los chinos de castor_,--que de ordinario
engalanaban la humilde lamparilla de la Dolorosa, lucían ahora en aquel
banquete religioso su nívea veste manchada de carmín.

En la vasera, convertida en altar, entre dos candelabros con las velas
encendidas, el cuadrito de San Luis Gonzaga, el santo angelical,
ofreciendo de rodillas, ante la Reina de los Cielos, lisada corona, la
vida y el alma. Enfrente el retrato del abuelito, el abuelo que muy
grave y seriote parecía desarrugar el adusto ceño para sonreir a su
nieto.

Al concluir el alegre desayuno, cuando me levantaba yo ahito de
pasteles, mi tía Pepa, entre afable y severa, me detuvo diciendo:

--Te falta una cosa, Rodolfo....

--¿Qué cosa, tía?

--¡Dar gracias, Rorró!...

Me hicieron rezar el Padre nuestro, el Ave María, la oración de San
Luisito, y un requiem, y otro, y otro más, por el abuelito, por la
abuelita y por mis padres.

¡Cómo me entristecieron las fúnebres preces! ¡Pasó por mi alma no sé
qué, algo como una sombra de fugitivo dolor!

El carruaje iba a todo correr por el ancho camino. La noche venía, y el
caserío se perdía en las tinieblas. Al fin de la dehesa, al otro lado
del riachuelo, detrás de una hilera de sauces babilónicos, blanqueaba el
templo, cuyas campanas convocaban a la oración.

En las vertientes, en los repliegues de las montañas, en las espesuras
del valle, fulguraban las hogueras. La noche obscurecía los matorrales
cercanos; llegaban hasta nosotros el mugir de las reses y el _tomear_ de
los vaqueros; un ejército alado cruzaba los espacios raudo y vibrante, y
en el cielo sin nubes brillaba la triste luna con apacible claridad.

Desde lo alto de la cuesta descubrimos la ciudad. Silenciosa y lánguida,
se me antojó rendida de cansancio. A la pálida luz del astro nocturno
columbré los principales edificios: el convento de los franciscanos,
pesado y sombrío; la iglesia del Cristo con su arrogante cúpula; la
Parroquia, la Casa Municipal, y a la derecha, en el montecillo, en una
loma, siempre tapizada de mullido césped, la capilla de San Antonio,
donde las muchachas solteras y sin galán iban a rezar y a decir aquello
de

Bendito San Antonio, tres cosas te pido: salvación, y dinero, y un
buen marido;

y donde los chicos de la Escuela del Cura y los de la Escuela Nacional
reñían tremendas batallas.

Allí, en la sabanita, a espaldas del santuario, eran las carreras de
caballos el día de San Juan.

Poco tiempo, pocas horas, y de mañanita iría yo con algunos amigos de la
infancia a recorrer aquellos sitios. Subiríamos al campanario para mirar
desde allí el magnífico panorama de Villaverde, tan hermoso, tan bello
para mí, que otros, tal vez mejores, no me le hicieran olvidar.

La diligencia se detuvo en la garita. Los guardas salieron a cobrar no
sé qué gabela de seguridad pública, con lo cual no había contado el
pobre estudiante escaso de dineros. ¿Qué hacer? ¿Le detendrían si no
pagaba? Lleno de angustia registré mis bolsillos.... ¡Nada! El ganadero
comprendió lo que me pasaba, y desprendido, francote como era,
veracruzano al fin, pagó por la anciana y por mí, antes de que dijésemos
una palabra. Diciendo pestes del recaudador, que le oía sereno e
inmutable, y echando ternos contra el Gobierno, que cobraba semejantes
impuestos sin mantener en los caminos ni un soldado, volvió a su asiento
y a su zarape multicolor.

Allí el vehículo comenzó a dar tumbos y más tumbos. Las calles de
Villaverde estaban peores que la carretera. Fuí reconociendo las casas y
sitios de aquel barrio perdidos en mi memoria. Tenduchas solitarias,
alumbradas por un farolillo; casucas de madera deshabitadas y
miserables; expendios de bebidas y comestibles, donde grupos de obreros
y campesinos charlaban y fumaban frente a un vaso de toronjil o de
naranja amarga. Más adelante jarcierías y almacenes de pasturas; ancho
portal en que pernoctaban unos arrieros, y cerca del cual ardía una
fogata; luego, la calle anchísima.... Allí más animación, más vida;
gentes que iban y venían; el alumbrado público, faroles con lámparas de
petróleo, que solo servían para dejar que se viese la obscuridad;
jinetes que volvían de las haciendas y de los pueblos cercanos; un
almacén de ultramarinos, EL PUERTO DE VIGO, iluminado profusamente,
centelleando en las botellas, en los frascos y en las latas de sardinas
el reflejo de los quinqués; una botica soñolienta, hipnotizada por sus
reverberos y sus aguas de colores, la botica de don Procopio Meconio;
delante del mostrador un marchante en espera; detrás un mancebo que
hacía píldoras, y en la puerta el dueño, de charla con un amigo.

Al pasar por el Convento reconocí al P. Solis que sabía muy tranquilo,
embozándose en la capa; dos calles adelante al doctor Sarmiento, lo
mismo que siempre, con levita larga, el bastón bajo el brazo y el
sombrero espeluznado caído hacia la nuca. Por fin... ¡la Casa de
Diligencias! El zaguán abierto de par en par, personas que aguardaban,
mozos dispuestos para cerrar la puerta luego que entrase el ruidoso
vehículo.

¡Hemos llegado! El Administrador, un joven cejijunto, de negra y espesa
barba, un poquito cargado de espaldas, sale a recibir a los viajeros,
seguido de varios curiosos, los cuales, viendo que no han llegado
amigos, ni parientes, ni personajes notables, ni muchachas bonitas, se
retiran mohínos, haciendo un gesto de contrariedad.

Pronto las mulas quedan desenganchadas. Un momento antes entraban
sudorosas, echando espuma, sacando chispas del empedrado; ahora se
pasean solas por el gran patio, arrastrando las cadenas, sonando sus
cadenas tintinantes.

El ganadero recoge cajitas y bultos chicos, se echa al hombro el zarape,
y baja de un salto. Cortés y comedido ayuda a la anciana que no sin
dificultades llega a tierra, toda envarada y adolorida. Sigo yo,
cargando el abrigo y la exigua maleta estudiantil, y buscando a mis
tías. ¡En vano! ¡No estaban allí! Se habrían retardado.... Creerían que
la diligencia llegaba más tarde.... Me dispuse a salir cuando sentí que
me tocaban el hombro.

--¡Aquí estoy! ¿Ya no me conoces? ¿No me conoce usted? Soy Andrés.

Era un antiguo criado nuestro que cuando la familia vino a menos dejó la
casa y se dedicó al comercio.

--¡Andrés! ¿Tú?

--¡Qué grande está usted!

--No me hables así. ¡De tú! ¡De tú!

El buen viejo, trémulo de emoción, arrasados en lágrimas los ojos, me
echó los brazos.

--¡Estás hecho un hombre! ¡Y qué buen mozo! ¡Si el amo viviera!... ¡Si
tu mamá pudiera verte!...

--¿Y mis tías?

--No vinieron.... Ya sabes: como doña Carmelita está un poco mala....

--¿De qué?--pregunté inquieto.

--Lo de siempre.... Los achaques.... Anda, que te están esperando. Dame
la maletita. ¿No dejas nada?

--No; mañana temprano vendrás por el baúl.

En marcha. A la salida me despedí, muy de prisa, de mis compañeros de
viaje.

Andrés no dejaba de verme ni de acariciarme. A cada paso me decía.

--Pero, niño... ¡si estás tamaño!




II


Tomé por calles que conducían a la casa paterna. En ella debían vivir
mis tías. Nadie me había dicho lo contrario hasta que Andrés me detuvo:

--¿A dónde vas? ¿Ya no conoces tu tierra?

--A casa.

--Si ya no viven donde antes.

--¿Pues dónde?...

--Por aquí....

Echándome el brazo me impulsó a seguir por una callejuela.

--¿Cuándo mudaron de casa?

--¡Uh! ¡Hace tiempo! Como vendieron la casita.... Yo les dije que no lo
hicieran; pero fué preciso....

Estas palabras del antiguo servidor de mis padres fueron para mí como un
rayo de luz. Todo lo comprendí. La situación de mis tías era, sin duda,
por extremo precaria. Ahora me daba yo cuenta de la tristeza que
informaba sus cartas; ahora estimaba yo en lo justo la magnitud de sus
afanes y de sus sacrificios.

Andrés prosiguió:

--Están muy pobres. No han querido decirte nada para no afligirte. ¡Las
pobrecitas te quieren mucho!

--¡Que si me quieren! ¡Vaya!

--Nada les digas. Veremos a ver por dónde salen. Para tu gobierno: ya no
pueden seguir dándote la mesada. Las ayudo cuanto puedo, pero ya
comprenderás que no les doy mucho; los tiempos están malos; no se paga
un peso.... Sin embargo, si quieres, haremos un esfuerzo, cueste lo que
costare. ¿Tienes que estudiar mucho todavía? Pues si no es mucho, si no
es mucho alcanzará. ¡Aunque me quede sin nada! ¡Al fin, para lo que yo he
de vivir! Al fin no hago más que pagar lo que a los amos les debo....

Y sin dejarme contestar pasó a otra cosa.

--Pero, niño... ¡si estás tamaño! ¡qué grande! ¡qué buen mozo!

Detúvose delante de una casa de pobre apariencia. Asió el llamador, y

--¡Tan! ¡Tan!

No tardaron en abrir. Apareció una joven que me miró con insistente
curiosidad.

--Entren...--dijo.

--¡Doña Carmelita!--gritó Andrés, entrando,--¡Doña Carmelita! ¡Aquí está
el niño! ¡Muy grande! Y... ¡muy formal!

No sabía yo por dónde dirigirme. Llegaron a mis oídos voces conocidas,
sonó en la cerradura de la puerta contigua ruido de llave, y salió mi
tía Pepa, tendiendo los brazos.

--¡Muchacho! ¡Muchacho! Mi Rorró, ven, ven para que te abrace!

Estrechándome, repetía con su locuacidad de siempre:

--¡Niño de mi alma! ¡Si estás tan alto que no te alcanzo! Entra para que
te veamos.

La emoción la ahogaba. Me besó en las mejillas, como si fuera yo un
chiquitín. Estaba llorando. Me dejó húmedo el rostro.

--¡Entra para que te vea Carmen!--Y agregó sigilosamente, agarrándome de
un brazo:--La pobrecilla está muy malita, muy malita. Te vas a
entristecer al verla. No te lo hemos dicho para que no perdieras la
tranquilidad en tus estudios. El doctor Sarmiento dice que no tiene
remedio; pero que la cosa va larga; vivirá así, tullida, más o menos,
pero que eso de sanar, sólo por milagro.... Pero mira, mira, tengo mucha
fe en la Santísima Virgen. Entra, Rorró, entra. La pobre Carmen se va a
poner tan contenta. Todito el santo día ha estado diciendo: «¿Por dónde
vendrá mi señor don Rofoldo? ¿Por dónde vendrá? ¡Dios quiera y no le
pase una desgracia!»

Entramos en la salita. ¡Qué pobre y qué triste! De una ojeada, a la luz
de la vela que traía la joven que nos abrió la puerta, aprecié lo que
encerraba: algunos muebles vetustos; sillas seculares de alto respaldar
y garras de león, resto de antiguos esplendores domésticos; dos
rinconeras con sus nichos de hoja de lata; un sofá tapizado de cerda.

En la pieza siguiente, cerca de la ventana cerrada, yacía la enferma
sentada en un sillón de vaqueta, envuelta en grueso pañolón de lana. En
la cabeza tenía un pañuelo blanco, atado bajo la barba.

--¡Rodolfito!--exclamó con acento débil--¡Rodolfito! ¡Ven, dame un
abrazo; mira que no puedo levantarme!

Llegué a su lado y me incliné para estrecharla contra mi pecho y darle
un beso en la frente. Tenía los ojos arrasados de lágrimas. Apenas podía
hablar. Levantó el único brazo que tenía expedito, y me acariciaba con
dulzura infantil.

--¡Aquí, a mi lado! Siéntate aquí, mientras te ponen la cena. ¿Tendrás
hambre, no es cierto? Se come muy mal por esos caminos. ¡Pepa, Pepa! Pon
la vela aquí, cerca, para que vea yo bien al señor de la casa.

Tía Carmen arrimó la mesita, en la cual, en un candelero de latón, ardía
con luz rojiza una vela de sebo. Como no me viese a su gusto, insistió
impaciente:

Obedeciéronla. Me senté a su lado. Andrés y tía Pepa permanecían de pie
delante de nosotros. Desde la puerta, que daba paso a las habitaciones
interiores, la joven nos veía. Era alta y esbelta; vestía de blanco, y
me pareció de singular hermosura.

La enferma secó sus lágrimas. Siempre fué adusta y severa; jamás
lisonjeaba, nunca tenía una frase dulce y afable. La enfermedad había
quebrantado aquel carácter entero, férreo, como de una pieza. Ahora
tenía ternuras y delicadezas que conmovían profundamente.

--¡Vamos, ya te veo a mi gusto! ¡Jesús! ¡Qué guapo que estás! Mira,
Pepa, mira: ¡ya tiene bigotito! ¡Enterito a su abuelo!

Su voz era débil y apagada. Como si el pensamiento la abandonara para
volar hacia las regiones de ultra-tumba, quedóse la anciana silenciosa,
fija en el suelo la mirada. Después de un rato prosiguió, sonriendo
dolorosamente, con esa sonrisa de los ancianos próximos a morir:

--¿Cómo me encuentras, hijo? ¿Mal, verdad? ¿Te acuerdas? ¡Antes tan
fuerte, tan activa! ¡Estaba yo en todo! Ahora, aquí me tienes, como
presa, como si tuviera grillos... ¡peor que si los tuviera! Aquí me
tienes, clavada en el butaque, sin poder dar un paso; sin poder ayudar a
tu tía. ¡La pobrecilla, que no para! Y yo que en nada le aligero el
trabajo; antes, al contrario, le doy quehacer. ¡Estos nervios, hijo!
Don Pancho Sarmiento, (es muy bueno con nosotras, ¡si vieras!) dice que
todo lo que tengo es cosa de los nervios. ¡Nervios, nervios, y ello es
que a mí se me van las fuerzas más y más cada día!...

Cuando dijo esto me hizo una señal de inteligencia, como indicándome que
la engañaban, que ella no creía nada de cuanto le decían acerca de su
enfermedad.

--Que te pongan la cena. Mientras hablaremos de otra cosa. Para cosas
tristes, tiempo habrá.

Procuré tranquilizarla. Le referí mil casos de enfermedades nerviosas
que tenían aspecto de gravísimos males, y que con el tiempo y el cuidado
habían desaparecido, dejando a los pacientes buenos y sanos.

Pareció convencida y, volviéndose a mí, me dijo sonriendo:

--Te habrás paseado mucho. Vas a ver esto muy triste. Tendrás razón,
hijo; aquí nadie se mueve; todos viven como cansados, como abrumados de
fastidio. Saliste bien de tus exámenes, ¡ya lo sabemos! Nos lo dijo
Ricardito Tejeda la noche que vino a visitarnos. El pobrecillo te quiere
mucho. Nos contó que tenías mucho miedo. Nosotras rezamos por tí; Pepa
fué a misa ese día, y yo le encendí una lamparita a San Luisito, a tu
San Luisito, para que te sacara con bien.

Y dime, ¿te entregaron el dinero que te mandamos para el traje? Ya
sabemos que sí; pero te lo pregunto por saber si te lo dieron a tiempo.

--Sí; y por cierto que sentí mucho que ustedes hicieran ese
sacrificio....

--¡Ah muchacho! ¿Ya vienes con lo del sacrificio, como en todas tus
cartas? ¡Qué sacrificio!

--No, tía, pero....

--Era preciso que te presentaras bien. Por fortuna en esos días
recibimos un dinerito, el de la casa. ¿Ya sabes que la vendimos?

--Sí;--contesté--creo que me lo escribieron.

--Tú dirás: ¡estaba ya tan vieja! En reponerla se hubiera gastado más.

Comprendí que trataban de engañarme, de hacerme creer que vivían
cómodamente.

--Mira, Pepa: que le pongan a éste la cena. ¡Se come tan mal por esos
caminos!...

Mi tía, la joven y Andrés se retiraron al comedor. No tardaron en
llamarme. La joven se presentó diciendo:

--Que ya está la cena....

Acaricié a mi pobre tía, y pasé al sitio donde me esperaban. Las buenas
señoras quisieron tratarme a cuerpo de rey, y sin embargo, ¡qué cena tan
modesta y tan triste!




III


Cerré la puerta, dejó en la mesa la brillante palmatoria, y de un soplo
apagué la bujía.

De codos en el alféizar me puse a contemplar el cielo. Los vientos
otoñales habían extendido en pocos minutos negro manto de nubes,
uniformemente obscuras, y sólo en un punto ralas y tenues, hacia el
Oriente, donde a través de blancos velos dejaban adivinar las más altas
regiones del éter, los océanos superiores del aire, limpios, surcados
por mil celajes voladores. Oíase el ruido lejano de la lluvia. Las
plantas del jardincillo se balanceaban rumorosas. Las adelfas
columpiaban sus tallos flexibles; los floripondios mecían en la
obscuridad sus campanas de raso, y en la espléndida copa de un naranjo
las primeras gotas, gruesas y resonantes, caían con ímpetu
extraordinario, precursoras de un largo aguacero.

Estaba yo en la casa de los míos. Pero ¡ay! qué triste aparecía ante mis
ojos. No era aquella casita la casita alegre y risueña que me vió nacer,
que albergó mi niñez y que me vió salir de allí bañado en lágrimas. ¡La
casa de mis padres era ajena! ¿Quiénes la habitaban? Acaso quien no era
capaz de amarla y de estimar sus bellezas. Allí murieron mis padres,
dejándome en la cuna; allí el abuelo se durmió tranquilamente en el
Señor; allí corrió mi vida regocijada y venturosa. ¡Con qué pena
dejarían mis tías aquella casa, centro de todos sus afectos, relicario
de los más dulces recuerdos! Me la imaginaba, y mis ojos se llenaban de
lágrimas. Bien visto, estaba solo; las buenas ancianas pronto
emprenderían el eterno viaje, y me quedaría yo abandonado en un mundo
que me causaba miedo.

La lluvia arreciaba. Truenos lejanos, pálido fulgurar de relámpagos
distantes, anunciaban que la tempestad invadía la cordillera. El agua
caía a torrentes. En el naranjo aleteaban los pájaros, amedrentados al
sentir inundado su nido. Una mariposa nocturna pasó rozándome la frente.

Encendí la bujía y cerré la vidriera. Allí estaba mi lecho de niño: la
camita de hierro con sus blancas colgaduras, y por la cual había yo
suspirado tantas veces en el frío y desolado dormitorio del colegio.
Allí estaba el aguamanil provisto de todo, con su toalla tejida por la
tía Pepa. Junto a la cama, arriba del buró, el cuadrito de San Luis
Gonzaga. Enfrente, sobre la cómoda, el retrato del abuelito. A un lado
un estante lleno de libros, y cerca de la ventana el pupitre del
escolar, el negro pupitre de estudiante, compañero cariñoso del niño,
confidente de sus amarguras, casi testigo de sus triunfos, mudo
depositario de sus esperanzas. Allí había colocado la mano discreta de
la tía mis primeros libros de estudia, conservados cuidadosamente en la
familia; desde el Catecismo de Ripalda y el Fleury, hasta la Gramática
de Iriarte, aquella gramática atiborrada de malos versos, que puso en
mis manos don Basilio, el eterno alcalde de Villaverde, una noche
inolvidable, la noche del reparto de premios.

Abrí los libros. Aun conservaban en sus guardas la caricatura del
maestro, don Román López, _el pomposísimo Cicerón_, como le llamábamos
porque nunca hablaba del orador de Túsculo sin aplicarle rimbombante
epíteto, y legibles todavía, notas, significados de inusitadas voces,
sólo usadas de tal o cual poeta; listas de condiscípulos condenados a
ser detenidos dos o tres horas, por no haber acertado con no sé qué
dificultades horacianas.

¡Felices tiempos aquellos! ¡Cómo varían las cosas! ¿Dónde están las
alegrías de aquella época? ¿Dónde los infantiles regocijos? ¿A dónde se
fueron las ilusiones rosadas, las mariposillas de la infancia? Ahora
todo ha cambiado; no hay sueños para el alma; la frente, antes soñadora,
tiene ya la palidez del primer dolor; ya probé las amarguras de la vida,
y sé que sus dejos se quedan en los labios para siempre.

En uno de los libros, al abrirle al acaso, tropezaron mis ojos con un
nombre de mujer: ¡MATILDE! Así, entre dos admiraciones, como un grito de
alegría, como la expresión de la más dulce esperanza, como la confesión
de un afecto sofocado en el pecho, que un día se nos escapa irresistible
y delata ante la malicia estudiantil, ante la cruel y dura indiscreción
de los condiscípulos, que una mujer de ese nombre tiene en nuestro
corazón un altar, donde recibe culto y homenajes; donde sólo ella reina,
señora de todo afecto puro, dueño de todos los pensamientos, soberana de
nuestro albedrío. Y me pareció mirar una niña pálida y rubia, esbelta y
graciosa, de grandes ojos de color de violeta; una niña en cuyo
semblante puso el cielo angelicales bellezas, que ataviada gallardamente
con rica veste azul, corta la falda, dejando ver unos pies brevísimos,
pasaba y huía, e iba a perderse entre la sombra que proyectaba en el
muro el blanco lecho: la dulce niña objeto de mi primer amor, de ese
amor primero que embalsama con su aroma de azucenas la más larga vida,
toda una existencia.

No pude contenerme, y llevé a mis labios aquel libro, aquella página,
aquel nombre que no gusto de repetir, aunque resuena en mis oídos como
celeste melodía; que está grabado en mi corazón; que no se aparta de mi
mente; que para mí expresa todo cuanto hay de tierno y puro y santo aquí
en la tierra.

No le olvido ni le olvidaré; quizás porque de niño le escribí tantas
veces, a todas horas, en todas partes, en los libros, en los cuadernos,
en cualquier papel que tenía yo cerca, cuando en mis manos había un
lápiz o una pluma. Nombre escrito en las arenas de la ribera; en las
cortezas de los árboles; en la bóveda azul las noches consteladas,
trazándole con el pensamiento, como sobre una pauta, de estrella en
estrella, para verle extendido por los espacios ilimitados, irradiando
en divina canopea.

¡Cómo me río ahora, al copiar estas páginas, de mis romanticismos de
entonces! ¡Cómo me burlo de aquellos raptos amorosos, de aquellos
éxtasis quijotescos! Pero ¡ay! no lo hago impunemente; que me hiero en
el pecho, me desgarro el corazón como si me arrastrara yo sobre él un
haz de espinas. Y sin embargo, aquello era una locura, un delirio de
loco. Aquella vida siempre dada al ensueño, siempre mecida en los
columpios de la fantasía, alimentada y nutrida con platillos
lamartinianos, era desviada, acaso perniciosa; pero ¡ay! tan bella, que
cada hora, suya se me antojaba como el canto de un poema sublime cuyas
delicadezas y excelsitudes nos arrancan de esta pobre vida terrena y nos
llevan a vivir en un mundo ideal; me parecen como una sinfonía
adormecedora, algo como la música de los grandes maestros, así como de
Mozart, Beethoven o Wagner, que nos saca de la penosa y prosaica vida
material y por breves horas nos hace felices, aniquilando en nosotros
todo dolor, todo fastidio.

El cansancio me tenía rendido; el estropeo del viaje en la malhadada
diligencia me había magullado de pies a cabeza, y principié a sentir el
desmayo precursor del sueño. A los diez y siete años siempre se duerme
bien. Ni tristezas domésticas ni el recuerdo de venturas desvanecidas
nos quitan el sueño. La cama albeaba en un rincón; el cariño velaba
cerca de mí, y el aguacero con su ruido monótono me arrullaría
dulcemente. ¡A la cama! Un soplo.... ¡Pfff! Ahora, como dijo Bécquer:

_A dormir y roncar como un sochantre._




IV


No sé a qué hora desperté. Desconocí el sitio en que me hallaba, me
volví del otro lado y seguí durmiendo hasta las ocho de la mañana. No
quisieron, sin duda, despertarme, para que me desquitara de las
desmañanadas del Colegio.

--¡Que duerma hasta que quiera!--dirían las buenas señoras.--Harto habrá
madrugado en diez años de encierro.

La luz que se filtraba por las junturas del techo y por las hendiduras
de la ventana, alegre y regocijada me hizo dejar el lecho. Fuera
resonaba la escoba cantante de una barredora inteligente, cantaban
pajarillos y cacareaban las gallinas. Un gallo ronco lanzaba, de tiempo
en tiempo, su canto de ensoberbecido sultán.

Presentía yo hermoso día, uno de esos inolvidables días que dan a las
almas de los niños festivo buen humor; uno de esos días que convidan, a
sacudir el yugo escolar para irse por los campos a tenderse bajo los
álamos del río, cabe las ondas murmurantes, cerca de las piedras
cubiertas de musgo, lejos del dómino cetrino e irrascible, lejos de las
coplas del Iriarte, de las discusiones del Foro y de las catilinarias
terríficas; día de los más bellos para _salar_. Me olvidé de mi edad, me
imaginé que tenía siete años, me persuadí de ello, y me dije:

--Lo que es hoy, me desayuno, y dejo al _pomposísimo_ don Román con sus
odas y sus églogas. ¡Allá se las avenga! Ahora.... ¡Al cerro del Cristo,
a las dehesas del Escobillar, a cortar guayabas en las sabanillas que
bordan las orillas del Pedregoso!

Y, dicho y hecho, en pie. Pronto estuve listo. No procuré cambiar de
traje, y me puse el muy empolvado de la víspera, que me olía a lo que
huelen los caminos de la Mesa Central, a sequedad y tierra estéril.
Cuando entré en el comedor,--¡qué comedor!--una pieza de seis varas
cuadradas, mi tía Pepa, muy risueña y parlera, me esperaba sentada a la
mesa.

--¡Por Dios, Rorró! ¡Quieres que me dé un ataque! Son las nueve, y aquí
me tienes, sin probar bocado, en espera del caballero, mientras éste
duerme como un marqués. Carmen no ha dormido en toda la noche, pensando
en tí, muy contenta de haberte visto. ¡Tiene tu tía unas cosas! Dice que
pronto liará el petate; que ya viniste y que, tal vez, eso nada más
espera Dios para llevársela. Así sucede todos los días; siempre
amargándonos la vida con tristezas, ¡siempre haciéndonos llorar! Pero
¡vaya! a todo esto ni quien piense en el desayuno.... ¡Señora Juana: aquí
estamos ya! ¡El chocolatito! Tú tomarás café con leche, ¿no es eso?
Ustedes los muchachos no gustan ya del chocolate; dicen que es
antigualla. Yo, hijo, como tu abuelo, chocolate y nada más; chocolate
bueno eso sí. Mira, Rorró: a eso sí no puedo acostumbrarme, al
chocolate malo. ¿Comes algo? Dílo, muchacho, que para eso estás en tu
casa. Señora Juana: a ver qué le hace usted a Rodolfo.... ¡Hay que
chiquear al niño!...

La buena de mi tía, no me dejaba hablar. Suelta de lengua, viva,
ingeniosa, era difícil cortarle el hilo una vez que principiaba a
hablar. No bien pidió el almuerzo, siguió diciendo:

--¿Ya sabes que está con nosotros una joven? ¿No la viste anoche?

--Creo que sí....

--¡Muy buena! ¡Muy buena! ¡Cómo un pan de gloria! Y te quiere mucho....
Parece que te conoció desde que eras así. ¿Te acuerdas qué travieso? ¿Te
acuerdas de cuando rompiste el juego de café de tu tía Carmen? Me parece
que te veo: te fuiste a esconder en la bodega. De allí te sacamos para
que vinieras a comer, y viniste pálido y lloroso. ¡Tú dirás! Por unos
cacharros cualesquiera.... Eran de China, y muy bonitos; pero qué
importaba. ¡Todavía se acuerda de ellos tu tía! ¿Por que te sonrojas?
¡Vaya, hijo! ¿Todavía tienes miedo de que te castigue tu madrina?

Efectivamente, el recuerdo de aquella diablura me sacaba al rostro los
colores. Se trataba de un precioso servicio de café, de legítima
procedencia chinesca, que mi abuelo compró en un puerto del Pacífico, a
bordo de un navío inglés que volvía del Celeste Imperio. Era el encanto
de la casa. Un día, jugando a la pelota, ¡chas! quedó hecho pedazos.

--Pues bien, como te iba yo diciendo:--prosiguió mi tía,--es muy buena
muchacha... y te quiere mucho. Las últimas camisas que te mandamos las
hizo ella, y ¡con qué cuidado!

--Dígame usted, tía, ¿quién es esa joven?

--¡Ahora te diré!--e interrumpiéndome, gritó:

--¡Angelina! ¡Angelina! ¡Ven acá!

Y continuó, dirigiéndose a mí:

--Está, con Carmen. Si tú vieras: es muy hábil para todo, muy hacendosa,
o, como dice, señora Juana, ¡_muy mujer_! Es la alegría de la casa.
Parece un pajarito que a todas horas está cantando. Nos tiene un cariño,
un amor... que.... ¡Si te diga que pareces de la familia! ¡Qué cuidados
con Carmen! Es muy viva, muy sabia; escribe que es un, ¡encanto! Ya
conoces su letra; ella escribe cuando yo estoy con la jaqueca. La
pobrecita ha sido muy desgraciada. ¡Dios le dé un buen marido!...

--Pues... pedírselo a San Antonio.

--Lo merece, hijo, lo merece.

--Ya tendrá novio, ¿verdad, tía Pepa? O, por lo menos, sus
amartelados....

--¿Qué? ¿qué dices?

--Que ya tendrá novio....

--¿Novio Angelina? ¡Por Dios, Rorró! ¡Qué otro vienes!

Y en tono dulce y suplicante agregó:

--¡Ay!, ¡Rorró! ¡No hagas malos juicios de las personas!...

En aquellos momentos llegó la joven. Tímida y cortada se detuvo en el
umbral; bajaba los ojos, y al parecer distraída jugaba con la punta del
delantal.

--¿Me llamaba usted, doña Pepita?--dijo.

--Sí,--respondió mi tía,--para que conozcas al sobrino. ¿No deseabas
conocerlo? Pues aquí lo tienes. Ya lo ves.

La doncella murmuró una excusa. Mi tía continuó, dirigiéndose a mí:

--Aquí tienes a la que, con esas manecitas, te hizo las camisas que te
gustaron tanto; la que bordó aquellos pañuelos que te mandamos de cuelga
el día que cumpliste diez y siete años, ¡Mentira parece! ¡Y quien te
conoció, así, chirriquitín, que cabías en un azafate!...

Elogié las habilidades de Angelina. Esta, confusa y contrariada, no
alzaba los ojos para verme.

Mientras señora Juana ponía delante de mí el café, el pan, la
mantequilla, y no recuerdo qué más, y en tanto que la tía Pepa me
servía, admiré a la joven. Era alta, esbeltísima y arrogante; había en
ella esa externa y encantadora debilidad de las personas sensibles y
delicadas que reside en todo el cuerpo y que se revela en todos los
movimientos. Su rostro era de lo más distinguido. Pálida, con palideces
de azucena, aquella carita fina y dulce se hacía casi marmórea por el
contraste que producían en ella lo negro de los cabellos y lo espeso de
las cejas. Permanecía con la vista baja, con cierto aire gazmoño, sí,
gazmoño, que no me causó buena impresión. ¿Cómo hacer para que me dejara
ver sus ojos?

--Vea usted, vea usted. Angelina...,--dije precipitadamente,--ese
pajarito que está bañándose.

Volvió el rostro, levantó la cabeza, y miró hacia la jaula.

--¿Ese es el que ha estado cantando?

--¡Ese!--contestó, volviéndose a mí.

¡Qué hermosa! Ojos negros, luminosos, húmedos; nariz delgada, fina,
correctísima; boca agraciada; mejillas en las cuales se dibujaban apenas
lindos hoyuelos, que más acentuados, al reir la joven, serían
encantadores.

--¡Buen cantante!--díjele, mirando al pajarillo.

--Le molestaría un poco. Desde muy temprano se suelta cantando. A
veces,--agregó, haciendo un mohín risueño,--¡está insufrible!

Pude gozar entonces de la belleza singular de aquella boca, de aquellos
labios rosados que dejaron ver, al plegarse dulcemente, una dentadura
irreprochable.

Mi tía Pepa se entretenía con el chocolate, y yo me servía en una
rebanada de pan la fresca e incitante mantequilla.

La anciana, como si quisiera establecer entre nosotros una corriente de
recíproca simpatía, exclamó después de engullirse una sopa.

--Oye, Angelina: Rodolfo está muy contento de las camisas que le
mandamos, y dice que nadie las hará mejores. Elogia mucho las marcas de
los pañuelos, y....

--¡Ay, señor!--murmuró la joven, trémula, y levemente sonrojada.

--Y dice también...--prosiguió la santa señora, en un arranque de
indiscreta sencillez,--dice... que....

Comprendí la inconveniencia de mi tía, y la interrumpí.

--Tía, ¿qué tal, está bueno el soconusco?

Pero ella no me oyó, o no quiso oírme.

--Dice que si ya....

--¡Tía!--exclamé sin poderme contener.--¡Eso no debe decirse!

--¡Adiós! ¿Y por qué no?

--Porque no.

Angelina, turbada, nos veía con penosa curiosidad.

--¡Qué tiene eso! Dice que si ya tienes novio.

La doncella se estremeció de pies a cabeza, se encendió como una
amapola, y bajó los ojos avergonzada.

--¡No!... ¡no!...--repitió entre dientes.

--Ya lo ve usted, tía. ¡Qué malos ratos le hacemos pasar a esta buena
niña!...

Oyóse el repicar de una campanilla. Tía Carmen llamaba. En esto encontró
la doncella su salvación.

--Usted perdone...--dijo--la señora necesita de mí.




V


Arrodillado delante de la enferma conversé largo rato. La pobre anciana,
aunque dulce y cariñosa, en realidad fué siempre áspera y severa, acaso
agria. Contábase en la familia, que en su primera juventud se distinguía
de mi madre y de mi tía Pepa en lo festivo de su conversación, en lo
dulce de su trato. Alegro y bulliciosa, muy dada a fiestas y saraos,
encanto de toda buena sociedad, a los veinte años se tornó silenciosa,
reservada, melancólica. ¿A qué se debió tal cambio? Ello es que la
Carmelita, (así la nombraba el abuelito), renunció a los espectáculos,
moderó su lujo en el vestir, se apartó del trato de sus compañeras, y
engrosó las filas de las solteronas, innumerables en Villaverde. Pero no
era, como ellas, murmuradora y amiga de censurar a toda bicho viviente,
vicio de cortijos y poblachones, donde no se vive más que para espiar a
los vecinos y relatar diariamente cuanto éstos hacen o dejan de hacer.
En mi tía Carmen no arraigó la murmuración ni halló tierra propicia la
maledicencia, acaso porque a la nobleza de su alma repugnaba todo lo
bajo y miserable. Por lo contrario, en todas ocasiones salía en defensa
del ausente, desgarrado en su buen nombre por las tijeras del gremio
solteríl. De aquí que todos la quisieran y la respetaran; de aquí, sin
duda, que nadie, o muy pocos, gustaran de penetrar en los misterios de
aquel cambio de carácter, para ninguno inadvertido, que más que tal era
resultado de una resolución hija de una voluntad inquebrantable y firme.

Se dijo,--así me lo contó una vez don Basilio,--que todo provenía de un
desengaño amoroso. Tía Carmen no tuvo, como todas las muchachas de
Villaverde, muchos novios. Para la festiva y bulliciosa señorita el amor
era cosa muy grave y muy seria, con la cual no debía jugarse, sino algo,
único en la vida, que se alcanza vivo, noble, duradero y dichoso; que
asegura la felicidad o resulta malogrado, pasajero e infeliz, y al cual
todo corazón bien puesto, toda alma elevada debe permanecer fiel en
todos los instantes de la vida, hasta la hora de la muerte. Fué el
caso,--responda de la historia el señor alcalde,--que mi tía residió en
Pluviosilla varios años, a la sazón que mi abuelo desempeñaba allí un
importante papel político. Como era natural, no le faltaron a la tía
Carmita muy finos galanes, donceles amartelados que no la dejaban ni a
sol ni a sombra; que desde la esquina le hacían unos osos fenomenales;
que la seguían a todas partes, lo mismo a las distribuciones piadosas en
la iglesia de San Francisco, que, todos los domingos, a la misa de diez
en el templo de San Juan de la Cruz, que era, en aquel antaño, la
preferida de todas las muchachas lindas y en privanza, como ahora, en
estos felices días, la misa de ocho en Santa Marta.

En un paréntesis agregaba el señor alcalde, que mi tía era uno de los
palmitos más codiciados de la piadosa y próspera Pluviosilla. Y no lo
dudo: en la familia se conservó durante muchos años, una miniatura hecha
en Jalapa por Castillo, una miniatura, que, al decir de mi abuelo, era
de mérito singular; en la cual aparecía la Carmita con una hermosura y
una cierta, majeza, dignas del pincel de Goya. Majeza y hermosura que
nada tenían de ordinario, vulgar y provocativo, cierta gracia andaluza,
sevillana, que robaba las miradas y cautivaba el corazón.

Había que verla en aquel retrato: amplio el escote; corto el talle;
desnudo el torneado brazo; ricillos en las sienes; rica, donairosa
mantilla, y ladeada peineta de boca de olla; ¡ni más ni menos que la
reina, doña María Luisa! ¡Con razón los pisaverdes y lechuginos de
Pluviosilla se bebían los vientos por mi hechicera tía!

Sucedió lo que tenia que suceder, (aquí entra lo más importante de la
historia del señor alcalde), que un gallardo capitán, guapo, discreto,
elegante como el que más, logró clavar una saeta en aquel corazoncito de
roca, y consiguió que la rubia Carmita pusiera alma y vida en tan
brillante y codiciado oficial. Hallósela éste en un sarao; bailó con
ella una contradanza y una ceremoniosa cuadrilla, declaróle su atrevido
pensamiento, y la señorita dijo, terminantemente, que estaba dispuesta a
dar la blanca mano a su admirador, siempre que el afortunado galán (que
la escuchaba atusándose el audaz bigote), se dirigiera, como hacerlo
debe todo caballero de altas prendas, al jefe de la familia, al señor mi
abuelo. El galán, a quien abonaban no sólo particulares prendas sino
también nobilísimo abolengo, habló a su jefe, y con toda solemnidad
pidió la mano de la señorita. Todo se arregló a maravilla; disponíase ya
la boda cuando estalló en el Interior un pronunciamiento. El regimiento
tuvo que salir de Pluviosilla, y el matrimonio quedó aplazado. De todo
esto nada se sabía en la ciudad. La familia hizo de ello un misterio, y
los murmuradores se contentaron con repetir que el capitán Fuenleal
estaba loco por mi tía, pero que ésta envanecida y orgullosa de su
hermosura, jugaba con el corazón de su amartelado, sin dejarse coger en
las amorosas redes, sin dar prenda que la comprometiese más tarde.
Pasaron los días, los meses y los años, y nada supo Pluviosilla del
capitán Fuenleal. Unos contaban que había muerto en campaña, después de
batirse como un héroe; otros que pereciera en un duelo a que le llevó
una aventura escandalosa; quienes que se había casado en Guadalajara con
una rica heredera; quienes qué estaba procesado por un delito que la
Ordenanza castiga con peña de muerte. Hasta que un día la rubia Carmita
dió en vestir lutos, y lutos fueron por toda su vida. Parece cierto--así
lo asegura don Basilio,--que Fuenleal pereció en un duelo; pero no
garantiza que fuera por causas de escandalosos amoríos ni por altos
motivos de pundonor militar. Mi tía permaneció fiel a la memoria de su
único amor, fiel a su brillante y apuesto capitán.

Esta es la historia de la pobre anciana; a esto se atribuía su cambio de
carácter, la melancolía de su rostro sus vestidos de luto, su acritud y
su aspereza aparentes. «Es una rosa,--decía don Basilio,--¡una rosa que
de un día para otro se convirtió en cardo!»

Siempre agria e intolerante conmigo hasta que dejé la casa paterna, hoy,
acaso fuera por los sufrimientos de la enfermedad, se mostraba dulce,
afable, tierna. Se afanaba en mimarme, se complacía en satisfacer el
menor de mis caprichos, y no sabía qué inventar para tenerme contento.

--No, hijito;--decía,--nosotras hemos sido contigo lo que debíamos ser:
hemos hecho las veces de madre. Has que quieras; estás en tu casa; eres
como el jefe de la familia. Aquí estamos para servirte y obedecerte.
Pero qué, ¿vas a salir con ese traje?--agregó viendo el mío empolvado y
sin aliño.--No, vístete otro mejor. ¡Andrés trajo ya el baúl!... Vístete;
sal a pasear, a que te vean....

Y al oírme decir que deseaba yo ir a vagar por los ejidos de Villaverde
y por las márgenes del Pedregoso:

--Pero, dime: ¿estás loco? No: eso será otro día. Ahora, ponte elegante,
y sal a visitar a los viejos amigos. Ni un día ha pasado sin que
pregunten por tí. Visita a don Román, tu maestro; al doctor Sarmiento,
que es tan bueno con nosotras; a don Basilio, que te quiere tanto; al
señor Fernández.... No; a ese no, porque no te conoce. Es el dueño de la
hacienda de Santa Clara. ¡Muy buena persona! Ya irás con Pepa. Ya verás:
¡tiene una hija como una plata! Aquí no le faltan pretendientes.... Ya la
conocerás.... ¿Almorzaste bien? Pues anda, vístete, y sal a pasear.

Hubo que obedecerla. No venía muy provisto el baúl; no había en él mucho
con que engalanarme; pero en dos por tres, con ayuda de tía Pepa y de
Angelina, saqué la ropa, y pronto me presenté delante de la enferma
hecho un veinticuatro.

--¡Eso es, así, como persona decente!--dijo: Tía Pepa Y Angelina me
seguían. Una me veía de arriba abajo con aires de satisfacción maternal.
La doncella, desde la puerta del corredor, donde los pajarillos cantaban
alegremente, me miraba con interés. Cuando yo volvía el rostro, ella
fingía componer una planta que lucía en el pretil hermosos ramilletes
de encendida, flores.

Ya en la puerta me gritó tía Pepa:

--¿A qué hora vuelves? Te esperamos a comer.

Al fin de la calle me ocurrió regresar para ir a la casa del dómine.
Angelina estaba en la ventana. Sin duda había salido a verme.

Al pasar la saludé. Díjele algo que la hizo sonreír.

¿Qué había en el rostro de la doncella que me trajo a la memoria la
angelical figura de Matilde, la dulce niña de mi primer amor?




VI


Villaverde es una ciudad de ocho mil habitantes. Situada entre los
repliegues de una cordillera, en valle pintoresco y dilatado, circundada
de risueñas colinas y de montes altísimos, Villaverde, como la isla de
Calipso, goza de una constante primavera. No agotan calores estivales la
mullida grama de sus dehesas, ni los vientos glaciales del Citlaltépetl
marchitan la exuberante lozanía de sus florestas. Para ella no hay más
que dos estaciones: la que engalana los campos con los dones de Abril, y
la pluviosa que renueva los no empalidecidos verdores de las selvas y de
las llanuras.

Allá por las últimas semanas de septiembre acaban las lluvias diarias y
copiosas, los cielos se despejan, y principia lo que suelen llamar los
villaverdinos el _veranito de octubre_, frescos y hermosos días, cuyas
alegres y límpidas mañanas y cuyos crepúsculos áureos y nacarados vienen
a ser como la nota regocijada de la elegiaca sinfonía otoñal.

Después las brumas entristecen los paisajes, y con ellas, puntuales
mensajeras del plañidero noviembre, llegan a las dehesas y se esparcen
por laderas y rastrojos las flores amarillas.

Repentinamente, una mañanita, los campos aparecen como espolvoreados de
oro de Tíbar, y los picachos y las cumbres se envuelven en gasas
cenicientas.

Así durante los meses invernales. A fines de febrero las nieblas se
remontan, y se van, para que las montañas luzcan sus nuevos trajes, el
vistoso atavío con que se engalanan, los árboles al advenimiento de la
primavera, la cual se acerca precedida de arrasantes huracanados
vientos, que se llevan las frondas caducas, siegan las ramas muertas,
hinchan con su hálito vivífico yemas y brotes, y aceleran el desarrollo
de los capullos.

Estos vientos huracanados recorren los valles, bajan al fondo de las
hondonadas, barren las llanuras e inundan de mil aromas la ciudad:
olores de líquenes y musgos, esencia de azahar, suave fragancia de
liquidámbar y de mil flores campesinas.

Id entonces al Escobillar, subid a la cercana colina, y gozaréis del más
hermoso panorama; trepad a lo más alto, y tendréis ocasión de admirar la
fecunda vega del Pedregoso, celebrada mil y mil veces por los poetas de
Villaverde, y cantada en exámetros latinos y en liras arcaicas por el
_pomposísimo Cicerón_.

Imaginaos una llanura siempre verde, limitada en todas direcciones por
obscuras montañas y risueños collados. El tono subido de los bosques
hace resaltar el tinte alegre de los prados y de los campos de caña
sacarina.

El Pedregoso, gárrulo y cantante en las quebradas, sesgo y cerúleo en
los planíos, corta en dos partes la ciudad. Sinuoso aquí, recto allá,
corre como una serpiente hacia la barranca de Mata-Espesa, libre de
arboledas en algunos sitios, oculto en otros por las alamedas y los
naranjales.

Desde lo más alto de la colina del Escobillar veréis la ciudad como un
juego de dominó esparcido en un tapete verde, cortada por la cinta
plateada del río a cuyas márgenes se agolpan caserones y templos.

¡Singular alegría la de aquel valle! ¡Espléndido panorama el de aquel
paisaje en que se mezclan y confunden la serenidades de la tierra fría
con la vegetación abrumadora de las regiones cálidas! Pero ¡ay! no
busquéis en los habitantes de Villaverde una alegría placentera, como
pudierais esperarla, en harmonía con la naturaleza; no busquéis allí
caracteres regocijados, espíritus afables y risueños. Villaverde es la
ciudad de los espíritus desalentados y melancólicos; es la ciudad de las
_almas tristes_.

¿Cosa del clima? No; porque ciudades de la misma región y de naturaleza
idéntica son animadas, alegres, festivas, _jucundas_, como decía el
_pomposísimo Cicerón_. Los villaverdinos son de semblante triste, y en
sus labios tiene la risa dolorosa expresión, como en gentes contrariadas
y pesimistas. Se me antojan prematuramente envejecidos; seres
desventurados para los cuales murió en crisálida la mariposa azul de las
juveniles esperanzas.

Esta tristeza de las almas, en contraste con el risueño aspecto de los
campos, trasciende a todo: a los edificios, a las calles, a los trajes,
a las personas, a su trato, a sus maneras y a su lenguaje.

Los villaverdinos no se entusiasman por nada; hay en su vida algo--o
mucho--de la inmovilidad budística, sólo comparable con esas lagunas
adormecidas, en cuyas aguas, eternamente límpidas y serenas, se retratan
como en espejo clarísimo las copas de los árboles, los pompones de la
enea y la obscuridad de las cercanas espesuras; lagunas perdidas en lo
más recóndito de los bosques, muertas, heladas, sin peces ni ovas, que
cualquiera creería de cristal, que no se estremecen al beso de la luz
meridiana, cuyo reposo no turban cefirillos juguetones ni huracanes
bravíos.

Son los villaverdinos un tesoro de virtudes. En su mirada se
transparentan la mansedumbre y la benevolencia; es en ellos ingente la
piedad, y al par de ésta sobresale la resignación. Pero el sentimiento
religioso no es en las almas villaverdinas plácido y activo, sino, por
lo contrario, lúgubre, apocado, meticuloso. La abnegación y la caridad,
las grandes virtudes del cristiano, fuente de alegría en todas partes,
en Villaverde, aunque espontáneas, tienen algo que en ocasiones causa
disgusto y repugnancia.

De todo recelan los villaverdinos; a nadie conceden su confianza; todo
se lo temen de los extraños, tanto lo malo como lo bueno; nada les
place; todo lo censuran; a nada se atreven por miedo a los demás; viven
con el día y nunca piensan en lo venidero.

De aquí que no prosperen ni adelanten; de aquí su mezquindad y su
pobreza vergonzantes. Son una especie de _cristianos fatalistas_. Lo que
ha de suceder, sucederá, y no sucederá de otra manera. Por eso no medran
ni progresan; por eso lo malo se perpetúa y reina soberano en
Villaverde; por eso los alcaldes son allí eternos, y las bodas muy
raras, y por eso allí nada cambia ni varía. Villaverde es una ciudad en
petrificación. Pueblo por excelencia agrícola, mira cultivados sus
campos como hace cien años, rinde los mismos productos, cosecha los
mismos frutos. Y gasta y consume hoy lo mismo que gastaba y consumía
hace veinte lustros.

Las casas como cortadas por el mismo patrón; los trajes iguales; las
caras parecidas; unísonas las voces. Los varones, agrios, displicentes,
huraños, sombríos; las mujeres, tímidas, asustadizas, amables, pero con
amabilidad monjil. La vida como las cosas y las personas.

Pero en medio de esta rara inmovilidad, secreta y silenciosa como la
sorda y lenta labor de la polilla, una guerra sin treguas ni victorias,
una guerra de pasiones bajas, rastreras y mezquinas, ruines y dolosas,
en que todo bicho viviente toma participación; los unos capitaneados por
la envidia, los otros acaudillados por la codicia, todos azuzados por la
murmuración y aguijoneados por la maledicencia de los que se dicen
ajenos a toda rencilla y enemigos de chismes y rencores.

En Villaverde se murmura de todos y de todo; se averigua qué hacen, y en
qué se ocupan los demás; se lleva cuenta y razón de los actos de cada
vecino; nadie ignora hasta lo más secreto de la vida de los otros, y
quien vive más alejado de los mentideros--que los hay a docenas, en
boticas y tiendas de ultramarinos--pudiera inventariar de memoria las
ropas de quienes no pisan los umbrales de su casa más que por Corpus y
San Juan.

Puede afirmarse que todo villaverdino, al meterse en la cama por la
noche, sabe de cualquiera de sus paisanos cuántas cucharadas de sopa se
engulló ese día, así se trate del vecino más conspicuo como del bracero
más humilde.

Villaverde no pasará nunca de perico perro. ¡Qué ha de pasar! Si a sus
hijos todo los alarma; todo paso adelante o atrás los inquieta, y ni por
la gloria celestial,--que es cuanto hay que ofrecer,--fijarían un clavo
fuera del sitio en que le fijaron sus abuelos.

Me diréis:--¿Y los extranjeros? ¿Y los que de fuera vienen, no dan a
esa ciudad en petrificación ideas nuevas, nuevas costumbres, savia de
vigor que transfundida en ese organismo le rejuvenezca y reviva? ¡Ay!
No; el extranjero se aviene pronto al medio. Enriquece en pocos años,
explotando a los villaverdinos, y se va a gozar a otra parte de los
duros atesorados. Algunos, pocos, lo hacen así; los más, a los dos o
tres años de haber llegado, son ya unos villaverdinos completos, ni más
ni menos que si allí hubieran nacido; como si de rapaces hubiesen
guerreado en homéricas pedreas al pie del cerro del Cristo, en pro o en
contra de la Escuela del Cura; como si hubieran _salado_ en las dehesas
del Escobillar, y aprendido latines en los bancos del _pomposísimo
Cicerón_. A poco en nada difieren de mis paisanos; reúnen los cuatro
reales, se prendan de alguna villaverdina modesta, hacendosa y
pacata,--que las hay lindas como una rosa y buenas como el pan de
gloria,--¡y... _lasciate ogni speranza voi che entrate_!

La belleza del paisaje, la dulzura del clima y la tranquilidad de la
población, seducen a quien pone los pies en Villaverde; la budística
ciudad extiende sus redes misteriosas, y ¡presa segura!

De cierto que los villaverdinos no son localistas, a lo menos de un modo
común y corriente, de modo que choca, como los hijos de una ciudad
vecina. En su localismo se advierte una originalidad digna de ser
apuntada. Alardean de recibir bien al extraño; pocas veces alaban y
ponderan las cosas de la tierra, antes por el contrario las apocan y
menosprecian; miran con indiferencia cuanto hay en la ciudad: la belleza
de los campos y la hermosura de las mujeres; critican acerbamente cuanto
tienen; fingen que nada de otras partes les sorprende; y podéis, con
toda libertad, hacer trizas cualquiera cosa de la tierra en presencia de
un villaverdino, seguros de que no dirá nada en contrario, antes bien,
acentuará la nota burlesca. Pero si observáis con detenimiento a mis
paisanos no tardaréis en descubrir que viven pagados y enorgullecidos de
sus cosas; que para ellos no hay otras como las suyas, y que no las
quieren distintas porque creen, de buena fe, que no las hay mejores.

De lo que sí no hacen misterio, de lo que se muestran francamente
satisfechos, es de la ingénita lealtad que atribuye a los villaverdinos
la leyenda de su viejo blasón. Muéstranse merecedores de cuantas
lindezas les dice el mote; prodigan en todas partes la heráldica presea,
en edificios, sellos, telones, marcas de tabacos y botellas de cerveza;
repiten la empresa en inscripciones castellanas y latinas, en discursos,
en documentos oficiales, en periódicos,--que también tiene periódicos
Villaverde--y hasta en los sermones sale a relucir el famoso lema,
concedido a mi querida ciudad natal por la Muy Católica Majestad del Rey
Don Felipe IV. Fuera el consabido lema poderoso estímulo para mis
paisanos, si éstos entendieran las cosas a derechas, pero Villaverde es
la tierra de las ideas falsas, y el mote lisonjero de su blasón sólo
sirve para que los villaverdinos vivan estacionarios y no suelten los
andadores para entrar, libres y decididos, por los amplios caminos de la
vida moderna.

«_En Villaverde_--dicen sus hijos--_no se hace política_». Y sí se hace,
pero por debajo cuerda, a la calladita, de modo vergonzante, sin riesgos
ni peligros, sin temor de verse derrotados y blanco de odios, rencores y
venganzas. Y como por buenos que sean los diestros que están en el
tendido, si los lidiadores son malos, mala resultará la corrida; para
los buenos villaverdinos no hay chupa que les venga, ni capote que les
salga a gusto. Así no consiguen nunca lo que desean y viven condenados
al perpetuo alcaldazgo de don Basilio, conspicuo villaverdino, reflexivo
y listo, que intriga más de lo que parece y que sabe más de lo que
suponen sus paisanos.

Estos son muy celosos de sus glorias y admiradores fidelísimos de sus
hombres ilustres. No son los tales muchos, ni muy conocidos, pero los
villaverdinos traen a cuento sus nombres, en toda ocasión, vengan o no
vengan al caso.

Dos son los principales. El uno, general victorioso en no sé qué
batallas, que la Historia olvidadiza habrá registrado en sus páginas
inmortales, antiguo cosechero de tabaco, hombre nulo, cuyo habilidad
consistió en rodearse de media docena de ambiciosos villaverdinos, los
cuales le encumbraron, a fuerza de charlatanismo y demasías, hasta donde
propios méritos y altas dotes de inteligencia nunca le hubieran
elevado. El general cayó pronto del encumbrado puesto, y acabó sus días,
triste y descorazonado Cincinato, en miserable ranchejo, cuidando de
unas cuantas vacas tísicas y estériles. En aquel retiro fué hasta oí
último día dechado de patriotas, modelo de firmeza política, y allí
murió, como Napoleón, de una enfermedad hepática, despreciando a los
villaverdinos, y burlándose de sus antiguos partidarios,--a quienes
atribuía el fracaso que le echó por tierra,--y siendo objeto de la
incondicional admiración de todos sus paisanos.

_Para que tan ilustre nombre pasase a los pósteros_,--así lo dijo en
cabildo pleno el _pomposísimo Cicerón_,--el apellido _ilustre_ del
general fué aplicado a todo establecimiento público, escuela, teatro,
hospital, paseo, etcétera, etcétera.

Una lápida conmemorativa,--los villaverdinos se parecen por la
epigrafía,--señala al viajero la casa en que nació el grande hombre. La
_Escuela Nacional_ se llamó: _Escuela Pancracio de la Vega_; el
hospital: _Hospital Pancracio de la Vega_; el teatro,--un teatrillo en
proyecto, nunca concluido y frecuentemente visitado por volatines y
comicotes,--_Gran Teatro Vega_, y así lo demás.

La otra gloria villaverdina fué un buen clérigo que nunca se acordó de
su pueblo natal; un sacerdote austero, sencillo y trabajador, gran
teólogo,--al decir de don Román López--que llegó a canónigo
angelopolitano, y después a obispo, honor a que nunca aspiraron los
villaverdinos; que nunca pensaron alcanzar, y que los llenó de alegría
¡Obispo un hijo de Villaverde! ¡Cielos! ¡Qué dicha! Desde entonces
sueñan mis paisanos con que Villaverde llegue a ciudad episcopal. Y lo
será; sí, señores, lo será. Eso, y más, se merecen sus piadosos hijos.

No digáis en Villaverde que no tiene grandes hombres; no lo digáis, por
vida vuestra, porque luego os replicarán mis paisanos, así sean
jornaleros, o abogados, o médicos, o propietarios vuestros
interlocutores:--«¿Y el Señor General Don Pancracio de la Vega? ¿Y el
Ilmo y Reverendísimo Señor Don Pablo Ortiz y Santa Cruz, Obispo _in
pártibus_ de Malvaria?».... Si está presente el _pomposísimo_ os
dirá:--«¿El General de la Vega? ¡Gran político! ¡El Mecenas de todos
los poetas veracruzanos! ¿Mi maestro el Ilmo Señor Obispo de Malvaria?
¡Gran teólogo! Amigo, amigo... ¡no hay que darle vueltas! ¡El Melchor
Cano de Villaverde!»

Mi querida ciudad natal es pobre, _paupérrima_, como decía don Román.
Una agricultura descuidada es para ella la única fuente de riqueza,
gracias a las lluvias, que allí, como en Pluviosilla, no escasean. El
suelo es fértil, pero le falta riego. El Pedregoso con su cauce
hondísimo no basta para las necesidades de la tierra.

A la pobreza debemos atribuir la indiferencia de los caracteres y la
tristeza de las almas. En Villaverde nada se desea, y a nada se aspira;
todos están contentos con su suerte. El porvenir es obscuro, y anhelarle
risueño sería una locura. El alcalde perpetuo, don Basilio, dice, cuando
de esto se trata: que en esa falta de aspiraciones está la dicha de
Villaverde y la felicidad de sus gobernados. El vive muy satisfecho. Con
el producto de seis u ocho solares y de un rancho cafetero le basta y
sobra para vestir a la señora alcaldesa, y a su hijo, un muchacho idiota
hinchado de vanidad.

En Villaverde se trabaja poco, lo suficiente para comer, no andar
desnudo, pasar el día, y ¡santas pascuas! Quien se excediese en el
trabajo sería un tonto de capirote. No por eso ganaría más. Así dejara
el alma en la tarea no se guardaría en el bolsillo, ni achocaría para el
arcón media docena de duros. En Villaverde se gana poco, y la vida es
cara. Los méritos de un servidor, de un empleado, son mayores y más
estimados cuando gana poco. Aquello parece una escuela de franciscana
pobreza, una hermandad de miseria voluntaria. En Villaverde nadie paga,
ni aunque le ahorquen, más de lo que pagaron sus abuelos, allá en los
tiempos felices del estanco del tabaco, época venturosa para mi querida
ciudad, lo mismo que para Pluviosilla, su vecina afortunada y próspera.

Pero me diréis:--«¿Y esas haciendas, esas fincas, que, como Santa Clara
y Mata-Espesa, levantan prodigiosas cosechas? ¿Santa Clara, Mata-Espesa,
dijisteis? Pues queda dicho todo. En ella cifran los de Villaverde
prosperidad y bienestar.

_El pomposísimo Cicerón_, en sus días de murria, cuando no tenía un
real, y se olvidaba de los grandes autores del siglo de Augusto, y
renegaba de Villaverde, y no se le daba un ardite la susodicha empresa
del glorioso blasón, me decía de sus paisanos:

--¡Unos verónicos! ¡Unos verónicos! ¡Ni buenos ni malos! ¡Para ellos...
¡ni pena ni gloria!

Y añadía, mesándose el copete ralo y encanecido:

--¡Está en la sangre! ¡En la sangre!




VII


¡El aire de la tierra natal! ¡Qué grato y qué fresco esa mañana! El sol
inundaba el valle y dibujaba en los muros de las vetustas casas la
sombra ondulada de los aleros. De las húmedas montañas, bañadas la
víspera por copiosa lluvia, soplaba un vientecillo halagador y
perfumado. Seguí hasta las afueras de la ciudad, a fin de gozar,
siquiera fuese por breves horas, del magnífico panorama que se extendía
delante de mí: variado lomerío, dilatada llanura, espesas arboledas que
dan pintoresco fondo a la capilla de San Antonio, una iglesita que tiene
aspecto de melindrosa vejezuela. Faldeando la colina va el camino de la
sierra, desde allí quebrado y pedregoso. Por ahí subían lentamente unos
arrieros, silbando una canción popular, arreando a unos cuantos asnillos
enclenques cargados de loza arribeña: ollas y cazuelas vidriadas que
centelleaban con el sol. Un ranchero, jinete en parda mula, venía por el
llano, y allá, cerca de las vertientes del Escobillar, trazaban las
yuntas surcos profundos en la tierra negra y vigorosa. Los galanes las
seguían paso a paso, guiando el arado, muy enhiesta la crinada pica.
¡Qué benéfico el aire de las montañas! Insufla en los pulmones vida
nueva, acelera la sangre y comunica a las almas dulcísima alegría. ¡Cómo
suspiré, durante diez años, en las soledades del Colegio, por aquellos
sitios y por aquel espectáculo! ¡Cómo, mil y mil veces, a la hora de la
siesta, desde el balconcillo del dormitorio, ante la colina poblada de
cactos, cansada de las arideces del Valle de México, soñé despierto con
la húmeda belleza de la tierra natal!

No puedo olvidar aquellos tristes días. Jueves y domingos salíamos de
paseo, a lo largo del fangoso río, cuyas aguas parecían dormidas a la
sombra de los sauces piramidales. Allí, cerca de una hacienda, frente
por frente de una aldea salinera, entre cuyos montículos estériles
yergue una pobre palma, mísera desterrada de fecundo suelo, su empolvado
penacho, había un sitio que hasta en lo más crudo del invierno hacía
gala de sus hierbajes verdes. Era mi sitio predilecto. Mientras la turba
estudiantil iba y venía buscando nidos en los árboles, o, vigilada por
el Padre Rector, jugaba al salta-cabrillas, yo me tendía en la hierba, y
dejaba que mi pensamiento volara más allá de la populosa ciudad, más
allá del obscuro lago de Texcoco. Y volaba, volaba, tramontaba los
volcanes, y seguía, a través de bosques y espesuras, en busca de
regiones amadas, de rostros amigos, de voces cariñosas. Entonces, el
paisaje que yo tenía delante se iba borrando poco a poco: el suelo
pajizo; la acequia fangosa; la llanura inundada; los chopos cenicientos
del camino polvoso, siempre lleno de viandantes; las hileras de sauces
melancólicos; la ciudad lejana, túrrida, envuelta en pesados vapores; la
aldea salinera, situada como en un islote; la remota cordillera de
Ajusco y los picachos de la Cruz del Marqués. Bañados en la luz de
brillante crepúsculo, surgían ante mis ojos valles y colinas, llanuras y
dehesas, bosques y heredades, en donde la rica vegetación de las tierras
cálidas desplegaba su frondosidad incomparable. El Citlaltépetl, corona
espléndida de las serranías, aparecía bañado en rosada luz, como si le
iluminaran los fuegos de la aurora. Tornaba yo a la casa de mis padres.
Villaverde me convidaba a recorrer sus calles desiertas, y el acento
tierno y conmovido de los míos resonaba en mis oídos regocijado y
amante.

De aquel ensueño me sacaba la voz del Rector o el toque de _Ángelus_ en
la cercana Catedral. Honda tristeza se apoderaba de mi espíritu, y
lento, retrasado, perezoso, volvía yo al colegio, entregado a la
subyugadora melancolía que despierta en los jóvenes el espectáculo
siempre nuevo de la tarde moribunda, de la llegada de la noche. Dulce
nostalgia; anhelo de algo sublime; grato sentimiento de muerte, que
alivia, consuela, y eleva las almas hacia la bóveda celeste, ya
entenebrecida y salpicada de luceros.

El sueño de aquellos días de largo destierro, la ilusión de aquellas
tardes invernales, era una realidad. Estaba yo en Villaverde.

¿Adónde iría yo? ¿En busca de los amigos de mis primeros años? Acaso me
recibirían indiferentes y fríos. Regresé por donde había venido, y al
azar, sin darme cuenta de lo que hacía, me interné en la ciudad, por las
calles céntricas, camino de la plaza. Me detuve en el puente. El
Pedregoso, el gárrulo Pedregoso corría, como siempre, límpido y parlero;
como le vi tantas veces cuando era yo niño: espumoso al tropezar con una
roca; cerúleo y adormecido en sus pozas umbrías, bajo el dosel de los
álamos, queriendo arrastrar a su paso las espiras lánguidas de los
convólvulos perennes.

Buscaba yo rostros conocidos, y muchos vi, pero empalidecidos, como
fotografías borradas. Todas las gentes me miraban curiosas, como si
quisieran reconocerme, para llamarme por mi nombre. Temerosas de un
chasco no se atrevían a hablarme, y se daban por satisfechas con verme
de pies a cabeza y examinar mi traje de cortesano. Me pareció que unas a
otras se preguntaban al verme:

--¿Quién es éste? ¿A qué vendrá?

¡Pobre de mí que había soñado con un recibimiento caluroso! Todos me
conocían, me vieron crecer y me tuteaban.... Me detuve en un tenducho, y
pregunté por don Román López. El tendero salió a la puerta, y
señalándome una casa me dijo:

--¡Allí, joven, allí!... ¡En aquella casa pintada de amarillo! ¡El ruido de
los muchachos le dirá dónde! ¡Allí está la escuela!

¿Y si mi buen maestro, si el _pomposísimo_ no me recibía cariñosamente?
Eché calle arriba, y llamé a la puerta de la _Casa de Estudios_. Así
solía decir el dómine. No gustaba de que su _establecimiento_ fuese
equiparado ni con la _Escuela del Cura_ ni con la _Escuela Nacional_.

Un chico abrió la puerta. Un muchacho jetudo, de cabello erizado y ojos
lacrimonos. Había tormenta. Alguna tempestad producida por un concertado
gallego o por alguna oración de infinitivo revesada y de tres bemoles.

El granuja sonrió al mirarme, viendo en mí el iris de la suspirada
bonanza.

--¡Pase usté!--me dijo.

--¿El señor maestro?...

--¡Pase usté!

Y me colé por la puertecilla del cancel.

Ruido de la chiquillería que se ponía en pie. Movimiento de sorpresa en
el dómine....

--¡Silencio!--exclamó, levantándose y subiéndose a la frente las
antiparras. Y dirigiéndose a mí:

--¡Adelante, caballero!

Dejó el libro en la mesa, un horacio antiquísimo, y vino paso a paso a
recibirme.




VIII


Atravesó el dómine por entre la doble hilera de bancos, diciendo a los
chicos que tomaran asiento. Los muchachos le obedecieron cuchicheando.
Se felicitaban sin duda, de mi llegada. Don Román vestía su eterno
traje, su traje típico: pantalones anchos; larga levita negra, verduzca
y mugrienta; chaleco blanco, pringado de rapé en las solapas; el cuello
de la camisa altísimo, arrugado, sin almidón; ancho y apretado corbatín.
Así le conocí cuando era yo niño, cuando mis buenas tías me confiaron a
la férula resonante de aquel buen anciano, maestro de dos o tres
generaciones de villaverdinos. Esto de la férula no es figura retórica;
el _pomposísimo_ la tenía, y muy sólida, de perdurable zapotillo,
ennegrecida por el uso. Verdugo diligente e implacable, dispuesto a
vengar en las manos infantiles el menor desmán, cualquiera osadía contra
los poetas del siglo de Augusto, don Román no se andaba con chicas, ni
tenía piedad; quien la hacía la pagaba, así fuera el hijo del alcalde.

Don Román se detuvo a dos pasos de mí. Me vió atentamente, y
componiéndose los anteojos me preguntó en tono de notario aburrido.

--¿Qué mandaba usted?

No tardó en reconocerme, y abriendo los brazos exclamó:

--¡Rodolfo! ¡Rodolfo! ¿Tú por aquí? Ya sabía yo que de un día a otro
llegarías.... ¡Bendito sea Dios! ¡Y qué crecido estás! ¡Alabado sea el
Señor que me concede verte hecho un varoncito, un lechuguino de lo más
guapo! Y... ante todo, ¡ya lo sé! ¡ya lo sé! Como siempre estoy
preguntando por tí. Ya sé que has salido muy aprovechado.... No como
estos asnillos que para nada sirven. Ni uno solo de estos bribones
sacará buey de barranco.

El pobre anciano, loco de alegría, se complacía en mirarme, y me
abrazaba, y pasaba por mis mejillas sus manos larguiluchas y exangües.

--Pasa, muchacho; vamos a la sala.... Tengo muchas ganas de platicar
contigo. ¿Y tus tías? Como siempre ¿no es eso? Las pobrecillas siempre
afligidas y achacosas.... A toda hora pensando en el sobrinito, en el
sobrinito mimado. ¡Quiérelas mucho, Rodolfo! Por tí... ¡hacen
milagros!... Pero, ¡qué tengo que decirte, cuando eres tan bueno y tan
noblote! ¡Pasa, muchachito, pasa!

Decía esto acariciándose e impulsándome hacia adelante, entre la doble
hilera de bancas. Los chicos abrían tamaños ojos para verme, como
sorprendidos de la rara dulzura de su maestro. Cerca de la mesa se
detuvo don Román, volvióse hacia la chiquillería, y prorrumpió
solemnemente, en tono de sermón:

--Este, éste que ven ustedes, es uno de mis discípulos más queridos.
Muchas veces, muchas, os he hablado de él. Es inteligente, bueno,
estudioso.... Tomadle por modelo. Este sí que no me daba, como ustedes,
tantos disgustos; éste sí que no hacía concordancias gallegas, y se
sabía al dedillo los pretéritos, y entendía, como un maestro, al _dulce
Virgilio, al conciso Tácito, y al asiático y pomposísimo Cicerón_.

Ya me lo esperaba yo. Milagro que no acabó el discurso con algún
exámetro oportuno. Los chicos, al oir el consabido epíteto, sonrieron
maliciosamente, señal de que el apodo puesto al maestro por nosotros
diez años antes, seguía en uso. Los bribonzuelos reían y se miraban unos
a otros con caritas de diablillos regocijados.

--Vamos:--prosiguió--os doy la mañana, a fin de que celebréis la llegada
de mi discípulo muy amado. Pero, oídme; nadie se irá hasta que suenen
las doce. Quedaos aquí, sin cometer faltas. El mejor día volverá este
joven, y os examinará, y ya veremos, ya veremos cuáles son vuestros
adelantos en la hermosa lengua latina.

Don Román levantó la cabeza y agregó:

--Tú, Pancho Martínez....

Un mozuelo trigueño, vivaracho, de simpático aspecto, salió al frente.

Mientras el niño acudía al llamado de su maestro eché una ojeada por el
salón. En nada había variado. Los mismos muebles, los mismos objetos;
las papeleras manchadas de tinta, con letreros en las tapas, grabados a
punta de cortaplumas; el pizarrón, el mismo pizarrón de otro tiempo, en
su caballete verde; la mesa del dómine ocupada por los mismos libros,
todos muy bien colocados. Allí estaba la campanilla, con el mango roto,
y el tintero circundado de plumas de ave,--don Román no usaba de
otras,--y al lado la palmeta de zapotillo. En las paredes, ennegrecidas
y desconchadas, dos o tres mapas amarillentos; arriba del sillón
magistral, muy pulido y resobado, la Virgen de Guadalupe, la patrona de
la escuela; delante de la imagen una lamparita, un vaso azul lleno de
aceite obscuro, en el cual sobrenadaba una mariposilla moribunda.

No bien entramos en la salita se oyó el vocerío de la turba escolar,
festiva, retozona. Ruidos, carcajadas, estrépito de libros cerrados de
golpe, las mil y mil voces, francas y alegres, de la dichosa libertad
infantil.

El anciano retrocedió colérico. Abrió la puerta; por ella se precipitó
desbordado, recordándome felices años, un torrente de ingenuas
carcajadas. Don Román, severo e irascible, dictó nuevas órdenes, amenazó
con duros castigos, y luego, haciendo un gesto de dolor, pronto borrado
por una expresión resignada de tristeza, vino al estrado.

--Siéntate, siéntate aquí, en este sillón. ¡Qué gusto me da verte!
Cuando te fuiste creí que no me volverías a ver.... Estoy ya muy viejo.
¿No me ves? En Febrero cumpliré los setenta y dos. Los achaques me
tienen triste y desmazalado. Tú consideras todo esto, ¿no es verdad?
¡Viejo, enfermo, solo y pobre! ¿No te parece cosa triste, cosa que parte
el alma, esta situación mía después de haber trabajado tanto? Todos
ustedes se van logrando. Tengo discípulos en toda clase de oficios y
profesiones. Unos, en altos puestos de la política, los que fueron más
desaplicados, (muchos no pasaron del _quis vel quid_); otros en la
Iglesia, (dos me han dado ya la comunión); otros, médicos, y buenos
médicos; otros abogados; otros, como tú, ¡en camino de ser gente de
provecho!

A decir verdad, nunca valí gran cosa ni por la conducta ni por la
aplicación; de seguro que pocos estudiantes dieron más guerra que yo al
_pomposísimo_ maestro. Pero tal era de bondadoso el señor don Román.
Cuando estaban en sus bancos, todos eran flojos, incapaces, asnillos;
luego, con excepción de aquellos por extremo perdularios, todos
resultaban excelentes, cumplidos, aprovechados.

Pero es lo cierto que don Román me quiso siempre como a un hijo; que me
trató con suma benevolencia; que pocas veces sintieron mis manos los
golpes de su férula, y que el buen anciano, no obstante su pobreza, me
dio lecciones durante dos años, sin exigir de mis tías extipendio
alguno.

Me apenó ver a mi maestro tan triste y abatido, cuando estaba tan cerca
del sepulcro. Hubiera yo deseado ser rico, riquísimo, para ampararle
contra la miseria, darle cuanto quisiera, y comprar para él, si tal cosa
fuese posible, salud y mocedad.

--¿Te he dicho que estoy pobre? Pues estoy más pobre de lo que tú puedas
imaginártelo. Tengo pocos discípulos. ¡Ya viste cuántos! Sólo faltaron
dos; unos bribones que se van a salar todos los días; unos pícaros que
no tienen remedio. ¡Qué hemos de hacer! Hijo mío, nadie quiere que sus
hijos aprendan el latín. ¡Tú dirás! ¡El latín que es la llave de las
ciencias! Ni latín, ni otras cosas; todo lo que puedo enseñar, todo lo
que sé, ¡cuanto aprendiste aquí! Dicen que estoy atrasado; que mi manera
de enseñar es _anacrónica_, ¿has oido? ¿_anacrónica_? Eso lo dicen los
pedantes de hoy en día; y todo porque mascullan el francés. Eso dicen
los que aquí aprendieron todo lo que saben, y que ahora no quieren
confesar que me lo deben todo. Dicen que ya no sirvo para nada.... ¿Para
nada? Pues a que no se ponen delante de mi, y abren el Tácito, o el
Terencio, y traducen el pasaje que yo les señale? Pero eso sí, sin que
se ayuden de versiones francesas... Oye: lo que más me duele, lo que me
llega a lo más vivo, lo que me desgarra el corazón, lo que siento aquí,
como la hoja de un puñal, es que dicen....--El pobre anciano quería
llorar; el rostro se le contraía dolorosamente, su voz se iba poniendo
trémula, en sus ojos asomaba una lágrima,--dicen...--hizo un esfuerzo y
acabó--¡qué estoy chocho!

Me partía el corazón al ver al pobre anciano. Lloraba como un chiquillo.
Deseoso de alivio y de consuelo vejado por la maldad y la ingratitud,
abría su alma, sencilla y llena de dolores, a un pobre muchacho que años
antes fué su discípulo y del cual esperaba frases compasivas, palabras
cariñosas.

--Y como dicen que estoy chocho, y como andan repitiendo eso por todas
partes, me faltan discípulos, y faltándome discípulos me falta trabajo;
y sin trabajo, como tú lo comprenderás, me falta dinero. ¡No hay
remedio! Me moriré de hambre, y me enterrarán de limosna. Diez o doce
discípulos, que pagan poco, ¡y es cuánto! Unas leccioncitas ¡y nada más!

--Don Román,--respondí--no hay que abatirse. Nada es eterno; los tiempos
varían... el mejor día....

--Sí, hijo mío, variarán los tiempos, quién lo duda, pero ¡no para mí! No
me queda más que prepararme para morir cristianamente. Pobrezas,
miserias, hambres, contumelias, todo lo sufro con paciencia. Lo que me
apena y me amarga, lo que me contrista y conturba es la ingratitud.

--No hay que abatirse, señor maestro. En cambio tiene usted la gratitud
y el amor de muchos.

--¿Abatirme? ¡Eso no!--replicó en un arranque de energía.--¡Eso no!
Nadie me verá rendido. Al contrario: altivo, con soberbia dignidad. Por
eso no me quieren. Siempre que se ofrece les ajusto las cuentas a esos
ingratos, a esos charlatanes. ¡Que lo diga Agustín, ese macuache, que
aprendió aquí, aquí, todo lo que sabe, y que ahora está de Director,
(¡yo no sé lo que podrá dirigir!) de ¡Director de la «Escuela Nacional!».
El otro día,--aquí sonrió satisfecho el buen anciano,--el otro día,
publicó en «La Voz de Villaverde», (el periódico ese que sacaron cuando
las elecciones del Jefe Político), un papasal, dándosela de espíritu
fuerte, de libre pensador, y yo,--el dómine habló quedito, como temeroso
de que le oyesen--¿qué hice? Tomé la pluma, y burla burlando le puse de
oro y azul. Mandé a «El Montañés» tres comunicados de chupa y daca.
Hijo: mi hombre vio lumbre, y gritó, pateó, rabió. Pero no escarmienta,
y sigue disparatando a su gusto en esa «Voz de Villaverde» que no es voz
ni cosa que lo valga, sino un papelucho asqueroso, indigno de una ciudad
que, como la muestra, es patria de tantos hombros ilustres, como el
General de la Vega, y mi respetable y siempre respetado maestro el
ilustrísimo Sr. D. Pablo Ortiz y Santa Cruz, ¡Obispo «in pártibus» de
Malvaria! El mejor día, luego que me deje el reuma, le largo un artículo
morrocotudo, en latín, en latín crespo y ciceroniano, y entonces ya
veremos, ya veremos si es capaz de entender una palabra... ¡una sola!
¡Y el otro! ¡otro que bien baila! ¿Ocaña, Jacinto Ocaña, el que vino de
Pluviosilla tan sabio como un guardacantón, y que ahora regenta la
«Escuela del Cura?» Este no habla mal de mí en los mentideros, ni me
insulta en los periódicas, ni se burla de mis canas en la botica de
Meconio, no; pero un día, en «El Puerto de Vigo», en la tienda de mi
compadre don Venancio, cuando ya se acercaban los exámenes, dijo que no
quería que yo fuese de sinodal a su escuela porque mi método es
«anacrónico». ¿De dónde habrá sacado la palabreja? Así dijo, y eso que
yo le hice el discurso que pronunció el 16 de Septiembre. Yo no fuí a
los exámenes. El señor cura, que es persona excelentísima, me invitó;
pero ¡mamola! ¡no fuí, no fuí!... ¡Qué había de ir este pobre viejo!
Ocaña vino después a darme satisfacciones, y con mil hipocresías me negó
lo dicho.... ¡Embustero! Si yo lo supe todo por boca de Santiaguito, el
hijo de mi compadre don Venancio, que es mi discípulo. El chiquillo me
contó la cosa del pe al pa. Pero, hijo mío: no hablemos más de eso.
¡Estoy muy contento; me da gusto verte tan grande! Dime: ¿has aprendido
bien? ¿vas a seguir los estudios? Síguelos, síguelos, que harás buena
carrera. Todavía te acordarás del latín, ¿verdad? Ya lo veremos.
Vendrás, y veremos si puedes traducir una cosita que tengo guardada por
ahí: una oda sálica al Pedregoso, nuestro rojo Tíber. ¡Te gustará, estoy
cierto de que te ha de gustar!

Dieron las doce en la torre de la Parroquia, y en las demás iglesias de
Villaverde. ¡Las campanas de la ciudad natal! Grave y solemne la de la
Parroquia; gritonas y disonantes las del Cristo; destemplada la de San
Antonio, muy compasada y majestuosa la del convento franciscano.

Otra vez la bulla, el vocerío, el cerrar de libros y el estrépito de
gavetas.

--¡Voy a ver a esos diablejos!--dijo contrariado el anciano.--¿Me
aguardas o te vas? Mira: ven una noche; de noche estoy aquí, no salgo
nunca. De noche no tengo que lidiar con el rebaño; ven y oirás la odita.
Pero antes ¡dame un abrazo! ¡Vaya, muchacho, si eres ya un hombre! Di a
tus tías que por allá iré.




IX


A la salida me detuvo en la esquina unos cuantos minutos. Iba delante de
mí un grupo de chiquillos que venían de la «Escuela Nacional», alegres,
parlanchines, con sus bolsas de brin en bandolera, muy cuidadosos de sus
tinteros, unas botellitas tapadas con un corcho y pendientes de un hilo
que los granujas se enredaban en el índice de la mano derecha. Casi a mi
lado avanzaban paso a paso algunos discípulos de don Román, con el
Nebrija bajo el brazo, serios, graves, orgullosos, muy pagados de su
ciencia, como personas de altísimos saberes. Mientras los escolares se
detenían en la esquina para emprender en la parte más llana de la acera
un partido de canicas o de burras, los latinistas del «pomposísimo
Cicerón» siguieron de largo, volviéndose para mirarme con cierta
curiosidad entre burlona e impertinente. Al fin de la calle, delante de
una tienda, una carreta, tirada por una yunta, aguardaba la salida de
los gañanes. Estaba cargada de barriles de aguardiente y pilones de
azúcar blanquísima, cuyos cristales, heridos por el sol, centellaban con
diamantinas luces. Los animales, entornados los ojos, parecían dormitar.
El buey de la izquierda, un hermoso buey sardo permanecía inmóvil; el
otro, blanco, manchado de negro, se azotaba el lomo con la cola para
espantar las moscas que le hostigaban. En la parte posterior de la
carreta, sobre el barandal, descansaba la crinosa pica.

A mi paso, en todas las calles, en ventanas y puertas, veía yo rostros
que no eran nuevos para mí. Al contemplarlos yo como que se reproducían
vagamente, allá en los rincones más escondidos de mi memoria.

Hombres y mujeres me miraban con insistencia y examinaban atentamente mi
traje, sorprendidos del corte de mi ropa, del pantalón ceñido, entonces
al uso; de la americana cortita; de mi corbata roja (que los
villaverdinos decían de «chinacos»); de mi sombrero abombado, blanco,
salpicado de puntitos negros, como si me le hubieran asperjado de tinta.

Antaño los villaverdinos tenían en el extranjero que llegaba a su
pintoresca ciudad motivo de burla y diversión. Principiaban por reirse
del color de sus vestidos y de su manera de llevar el cabello.
Cuchicheaban de él en sus bigotes, le cortaban un sayo, y luego acababan
por imitar lo que censuraban,--y de la peor manera.

Hace mucho tiempo que no pongo los pies en Villaverde, y entiendo que
mis paisanos son ya más cultos, pues de allá me escriben, y me dicen que
ya no son así: que ya no gustan de presentarse mal vestidos; que adoptan
las modas acertadamente, y que en las sastrerías villaverdinas se
reciben figurines nuevos cada tres meses. Pero entonces, cuando
acaecieron los sucesos que voy a referir, era otra cosa. Los más guapos
usaban zapatones de gamuza; el traje de charro, mal hecho y peor
elegido, era el usual, y por eso los jinetes y cócoras de la vecina
Pluviosilla, donde siempre hubo, aun entre los obreros y gente del
campo, charros muy galanos, llamaban a los petimetres de Villaverde los
«charritos de barro».

En la plaza de la blasonada ciudad nada había variado: la Parroquia
estaba intacta, igual, como la dejé diez años antes, con su graciosa
cúpula de azulejos, su torre arruinada, abriéndose al peso de sus
campanas «ponderosas»,--como decía don Román--la yerba crecida en el
cementerio; el frontis del templo, festonado con espontáneos helechos
que a lo largo de las cornisas lucían sus palmas séricas, y coronaban
con gallardos plumajes el susodicho blasón que los villaverdinos ponen
en todas partes.

Arrimado a la torre, en su rollo grietado y leproso, el cascado reloj
virreinal, con su esfera de mármol y sus agujas doradas, invisibles para
quien las viese de lejos, porque las ocultaba el ramaje de soberbios
ahuehuetes, a cuya sombra se refugiaban los lechuguinos que cada
domingo, después de la misa de doce, se instalan allí para ver a las
muchachas que salen de misa muy emperifolladas y de ataque. En el
cuadrante un clérigo melancólico, pensativo, fumando, como un árabe
delante de su tienda; en el corredor baja de las Casas Municipales un
policía haraposo, con el fusil al hombro, paseándose; y allá por la
Calle Real, centro del miserable comercio villaverdino, una recua, un
pordiosero, y el doctor Sarmiento, muy de prisa, echado el sombrero
hacia la nuca; figura invariable, tipo eterno del médico de las
poblaciones cortas.

La plaza, mejor dicho el centro de ella, jardín en otro tiempo, gracias
a los empeños de un prefecto santanista, se conservaba como yo la dejé.
En medio la fuente secular, ancho pilón de ocho lados con surtidor de
granito, en forma de alcachofa, del cual salía poderosamente grueso
chorro de agua cristalina, que cuando el viento huracanado de invierno
le hacía pedazos inundaba las baldosas del contorno. La barda de cal y
canto estaba ruinosa y desconchada; los bancos derruidos y
desportillados; y los naranjos que circundaban la fuente, anémicos,
devorados por las hormigas. En un arriate, el único que parecía tal,
algunas plantas frondosas y lucientes, enflorecidas y galanas.

Atrajo mi atención al costado del templo, un edificio nuevo, una casa
magnífica, de brillante aspecto; magnífica para Villaverde y para
aquella plaza donde todo es mezquino y vulgar. Linda casa, de airoso
alero, de anchas y rasgadas ventanas, con rejas de hierro, vidrieras
elegantes y umbrales de mármol.

Las ventanas del salón estaban abiertas. El ajuar lujoso, los
cortinajes, los muros empapelados, los espejos, los grandes cuadros con
grabados finísimos que representaban escenas bíblicas (el casamiento de
Isaac, Ruth y Booz, Rebeca en el pozo), todo, todo indicaba la riqueza
de quienes allí vivían.

Sonaba brillantemente el soberbio piano. Manos habilísimas tocaban en él
una redoma muy aplaudida, «La caída de las hojas», música soñadora y
lánguida que delataba un ejecutante melancólico.

Me detuve cerca de una reja. Entonces pude columbrar el interior:
gracioso jardín, amplios y frescos corredores, pretiles llenos de
macetas con rosales, camelias y azaleas, jaulas y jaulitas, una pajarera
llena de canarios que cantaban regocijados.

En un espejo, frontero a la ventana, vi quién tocaba. Era una joven
rubia, ataviada con modesto traje blanco, uno de esos vestidos de
muselina de hilo, frescos, ligeros, vaporosos, que tanto sientan a las
muchachas núbiles: trajes que llevan con singular donaire las pollitas
de Villaverde y de Pluviosilla. ¡Qué gallarda caía en torno del taburete
la ondulante cola de aquella falda!

Concluída la redowa, la hermosa señorita siguió jugando en el teclado.
Primero, escalas rapidísimas, cuyas notas se desgranaban como las
cuentas de un collar; luego pasajes favoritos, temas predilectos,--un
fragmento melódico, arrullador y deleitoso.

De pronto, cuando menos lo esperaba yo, dejó su asiento la tocadora.
Cerró el piano y corrió a la ventana.

¡Linda, hechicera criatura! Pero ¡ay! no pude contemplarla. Seguí
adelante, y seguí dulcemente impresionado. Me parecía que oía yo detrás
de mí el ruido de la ondulante falda de muselina. No tuve valor para
volver el rostro.

¿Por qué en aquel momento pensé en Matilde, la dulce niña de mi primer
amor? ¡Ay! ¿por qué creí ver delante de mí un rostro apenado, lloroso y
dolorido, el rostro de Angelina?

Minutos después, al entrar en mi casa, salió a mi encuentro la gentil
doncella. Estaba radiante de alegría. Al mirarme, se encendió... y bajó
los ojos.




X


Andrés vino a visitarme. Le invité a dar un paseo por las orillas del
río, y entonces me declaró que mis tías estaban en la miseria. Para
sostenerme en el colegio, sin que nada me faltara, habían hecho toda
clase de sacrificios. Redujeron sus gastos a lo menos posible, y
trabajaban del día a la noche, cosiendo, confeccionando pastas y
conservas, y haciendo flores artificiales. En cierta época torcieron
cigarrillos para «El Puerto de Vigo». Pero el mejor día enfermó tía
Carmen. Una enfermedad, muy común en Villaverde a la entrada del verano,
la postró en el lecho. Pasó la disentería, pero la pobre anciana quedó
achacosa. Aunque aparentemente sana, estaba herida de incurable
enfermedad. Al principio se presentó un síntoma que no acertaron a
explicarse las buenas señoras:

Algo--decía la enferma--como hormigueo en la columna medular; algo que
descendía, rápido como relámpago, hacia las extremidades inferiores. En
ocasiones, vértigos que duraban un instante y que dejaban a la paciente
cansada y sin fuerzas. Así durante algunos meses. Después no volvieron
hormigueos ni vértigos, pero sobrevinieron convulsiones, muy fuertes en
el brazo izquierdo, el cual, pasado el acceso, quedaba débil y
entorpecido. Vino el doctor Sarmiento: recetó pomadas y bebidas tónicas;
prescribió alimentos sanos y nutritivos, ejercicio moderado por la
mañana y por la tarde, y durante las horas intermedias sosiego y reposo.

La anciana no quería estar mano sobre mano; pero tuvo que obedecer las
órdenes del médico en vista de los progresos de la enfermedad.

Desde entonces pesó sobre la tía Pepa todo el trabajo, el cual, como es
de suponerse, no bastó a las necesidades de aquella casa, ni para
sostener al sobrino, para sostenerme en el colegio. Tía Pepa dijo:

--«¡Que se venga! ¡Que no siga estudiando! Aquí le buscaremos un empleo,
cualquier destino en que se gane alguna cosa». Pero la enferma se opuso
a ello:

--«Que acabe el año,--replicó--¡Dios dirá! Acaso para entonces nos paguen
la pensión».

Y así pasó un año, y buena parte de otro. Nunca me faltó nada; nunca
dejé de recibir, con toda puntualidad, el dinero que desde un principio
me señalaron para atender a mis gastos. Sólo una vez, por mayo o junio,
no recibí el dinero en los primeros días del mes. Escribí; y vino orden
para que un villaverdino ricacho, de años atrás establecido en la
Capital, me diese veinticinco duros.

Por Andrés vine en conocimiento de que entonces vendieron la casita, la
hermosa casita en que nací, donde murió el abuelito, donde murieron mis
padres. Nunca fuimos ricos; teníamos lo necesario para pasar la vida;
pero todo se fué acabando poco a poco; aquello era lo último que nos
quedaba. En verdad que la tal casita no valía gran cosa; sin embargo, no
había en Villaverde otra mejor. Ninguna más amplia, ni más alegre, ni
mas cómoda. Tenía agua corriente, y un gran patio, que mis tías habían
convertido en hermoso jardín, donde se producían hermosas flores y
magníficas frutas; naranjas de China, como almíbar de dulces; aguacates,
muy afamados en Villaverde; chinenes, blancos como la leche y sin una
hebra; jinicuiles riquísimos, anchos, aromáticos, carnudos;
guayabas-manzanas deliciosas. Estas las daban unos árboles plantados por
el abuelito, quien trajo la simiente de las Antillas.

Vinieron las escaseces, la pobreza y la miseria. La enferma iba de mal
en peor. Las convulsiones eran diarias, y duraban dos o tres horas. El
brazo izquierdo no le servía para nada; las piernas fueron
debilitándose, y la buena señora no pudo caminar sin el auxilio de ajena
mano. A las amarguras de la pobreza se juntaron en mi pobre tía otras
mayores: las que le causaba ver que su hermana trabajaba del día a la
noche, sin que ella la pudiese ayudar. Tía Pepa hacía flores, cosía, y
daba lecciones de lectura y de catecismo a una veintena de niños.

No pudieron conseguir que la pensión fuese pagada. El gobierno no estaba
en condiciones de hacer esos gastos, decían; pero yo he creído siempre
que para quienes entonces estaban en privanza no fueron nunca simpáticas
las ideas de mi abuelo. ¡Qué entendían ellos de pelear en defensa de la
patria, en Tampico, en Veracruz y en Churubusco! ¡Qué les importaba a
ellos que se murieran de hambre unas pobres viejas!

Andrés acudió en auxilio de mis tías; hizo por ellas y por mí cuanto
pudo; pero el fiel servidor no tenía mucho: un tendejón insignificante,
y paremos de contar.

Mis tías conservaron siempre en su pobreza su amada dignidad. Nunca
pidieron ni un real a sus amigos, (y eso que los tenían muy ricos y
dispuestos a socorrerlas) y prefirieron imponerse las más duras
privaciones, antes que molestar a nadie. Se privaron de cuanto les
pareció superfluo,--y nada superfluo había en aquella casa,--y hasta de
lo más necesario. Me duele el corazón cuando lo recuerdo; se me
humedecen los ojos al apuntarlo aquí: mi tía Carmen se negó a
medicinarse para que no me faltase nada.

Con el dinero de la casita hubo para algunos meses. Saldaron un gran
adeudo de contribuciones, me proveyeron de ropa, y me adelantaron el
importe de mis gastos dos o tres meses.

Entonces vino Angelina a nuestra casa. La infeliz había quedado
huérfana. El sacerdote que la tomó bajo su protección la puso allí, al
verse obligado a desempeñar la cura de almas en un pueblo de la sierra,
que a la sazón estaba infestada de guerrilleros y bandidos.

Algún amigo de la familia habló de mis tías al párroco, y Angelina se
quedó con ellas. El sacerdote les pagaba una corta pensión. El cura era
pobre, y no podía derrochar el dinero así como quiera. Sin embargo,
sobradas pruebas dio de generosidad.

Era preciso renunciar a todo; prescindir de estudiar; no pensar en ser
médico o abogado, y perder la risueña esperanza de suceder al doctor
Sarmiento o de heredar la clientela del Sr. Lic. Castro Pérez, el más
ilustre jurisconsulto de Villaverde.

No había más que ponerse a trabajar. ¿En qué y cómo? Sólo Dios lo sabía.
¿Cuándo? Cuanto antes. Andrés se encargó de allanar el camino. El
desinteresado servidor me propuso que volviera yo a la Capital para
continuar los estudios.

Sacrificaré--me repitió--¡hasta el último medio!--Eso no era posible.
Convinimos en que hablaría con algunas personas de las más ricas de
Villaverde, particularmente al señor Castro Pérez, para que me
proporcionaran empleo. Cualquiera sería bueno, se ganara mucho, se
ganara poco. El caso era trabajar.

¿Seria yo capaz de aliviar de alguna manera la precaria situación de mi
familia? ¿Me sería dable corresponder a los sacrificios de aquellas
cariñosas ancianas que por verme dichoso habrían dado su vida? Confieso
que en aquellos momentos me faltó el valor. ¿Qué haría el inexperto
escolar, apenas salido del colegio, convertido en jefe de familia?
Respondía de su diligencia, de su abnegación; pero no fiaba en sus
aptitudes. Le alentaba saber que en Villaverde todos le conocían; que
allí, de tiempo atrás, todos los suyos merecieron consideraciones de los
más conspicuos villaverdinos. Le alentaba esto, pero al mismo tiempo
miraba en ello cierta dolorosa humillación ¡Valor! Ayúdate que Dios te
ayudará.




XI


Dejóme triste y abatido la conversación de Andrés. La generosidad de
aquel servidor, fiel en todo tiempo a sus amos, me llenó de admiración.
Andrés no tenía familia; no conoció a sus padres; le dejaron huérfano en
muy temprana edad, y pasó la infancia en el campo, desempeñando
rudísimas labores, al servicio de gentes que lo trataban mal. Solía
recordar las amarguras de esa época, y contaba minuciosamente sus
trabajos y sus penas; pero nunca le oímos quejarse de la aspereza de sus
primeros amos, ni jamás se le escapó una palabra en contra de ellos.

Mi padre le sacó del rancho donde vivía, le tomó a su servicio, y el
mancebo fué bien pronto digno del cariño de todos nosotros.

No quiso casarse.

--¿Para qué?--contestaba.--¿Para qué? No me hace falta la familia.
¡Ustedes son mi familia, ustedes son todo para mí!

Cuando la familia vino a menos, y mis tías no pudieron ya retribuir sus
servicios, Andrés, más por ser útil a nosotros que por deseos de medro,
nos dejó y fué a establecerse en un pueblo cercano. Con sus ahorros, ya
muy mermados por haber subvenido secretamente a las necesidades de la
familia, puso una tienda, y allí, a fuerza de trabajo y de economías
hizo un piquillo, que,--como decía,--le bastaba para vivir y auxiliar a
las señoritas.

Cayó enferma mi tía Carmen, y Andrés se dijo:--«¡A Villaverde! No debo
vivir lejos de la familia. Ahora más que nunca necesitan de mí. ¿De qué
sirve ir a verlas de cuando en cuando?»

Traspasó, malbarató el «changarro», lió el petate, y se vino a
Villaverde. En Pluviosilla hubiera estado mejor y habría medrado
fácilmente, pero como su objeto era vivir cerca de mis tías no vaciló en
trasladarse a la budística ciudad.

Mientras residió en Santa Rosa venía cada ocho días, sin faltar nunca,
así lloviera a cántaros. Entre ocho y nueve de la mañana, allí estaba
Andrés en su caballejo, muy cargado de frutas, semillas, y aves de
corral. Al irse, domingo por la tarde o lunes muy tempranito, no dejaba
de poner en el comedor cuatro o cinco duros; acaso buena parte de sus
ganancias.

De tiempo en tiempo recibía yo en el colegio algún regalo suyo:
magníficas frutas, mangos cordobeses, piñas amatecas, y naranjas-limas.
Algunas veces dinero, después que pasaba la cosecha del tabaco y del
café. Al recibir los diez o doce pesos me decía:--«¡Andrés está en
fondos!» Y me alegraba yo por él y por mis tías.

Cierta ocasión recibí una cajita de puros. Me la entregó Ricardo Tejeda.
Dentro de la carta de la tía Pepa venía una tira de papel, en la cual
escribió Andrés, con aquella su letra torpe y desgarbada: «Para que
chupes. Ya eres grandecito, y ya te gustarán los buenos puros. Decía mi
amo que un puro bien revoleado disimula la arranquera».

Entonces no me gustaba el tabaco. Ricardo se fumó todos los puros. El
domingo se me presentaba hecho un figurín:

--Rodolfo: ¡dame uno de aquellos de nuestra tierra!

El dio cuenta de los tabacos; él, que no tenía necesidad de disimular la
arranquera.

El fiel servidor, establecido en Villaverde, allá por el barrio de San
Antonio, en una tienda que se llamaba «La Legalidad», fué, como siempre,
una providencia para las tías. Desde luego resolvió que ellas le
asistieran, y por ello pagaba más de lo justo.

--¡Que nada falte;--repetía--veremos hasta dónde alcanza la pita!

Nada de esto me dijo; lo supe más tarde de boca de la tía Pepa. El buen
viejo se limitó a ofrecerme lo que acaso no le era dable hacer--gastarse
cuanto tenía.

Ni la salud de Andrés ni su «piquillo» resistirían cuatro años de
gastos, y cuatro años, cuando menos, me serían necesarios para que
tuviera yo un título y pudiera tratar de compañero al doctor Sarmiento o
al Lic. Castro Pérez.

Hube de conformarme con lo que la suerte me deparaba. Me resigné a dejar
los libros y a renunciar a las alegrías de la vida estudiantil, para
buscar en Villaverde lo que tal vez no faltaría: un destinejo que me
proporcionara cada mes algunos duros.

Confiaba yo en la bondad de mis paisanos, en la benevolencia de nuestros
amigos, para quienes no era un misterio la situación precaria de mis
tías. Me lisonjeaba la idea de que iban a cesar en aquella casa
dificultades y miserias. Tal vez, en lo futuro, gozaríamos de vida más
tranquila; y, a decir verdad, me halagaba ser el jefe de la casa. Con
más dinero la enferma sería mejor atendida, la veríamos aliviada, y
acaso recobraría la salud.

A nadie comuniqué mis proyectos. Procuré, no sin esfuerzo, que me vieran
alegre y contento. Estaba yo apenado y triste. No me creía yo extraño en
aquella casa, ni me sentía degradado al recibir de las pobres ancianas
cuanto me era necesario; no; porque el afecto filial con que las veía, y
el cariño maternal con que siempre me trataron, alejaban de mi ánimo
toda idea mezquina y todo pensamiento humillante. Durante varios días
estuve abatido. Por la noche, a buena horita, me encerraba yo en mi
cuarto, metíame en la cama, y me ponía a leer. Leía yo páginas y
páginas, sin parar mientes en los conceptos. En un vetusto armario me
hallé varios libros: una Historia de Napoleón; no recuerdo qué obra
clásica de arte militar, y ¡oh dicha! dos o tres volúmenes de Walter
Scott. Tomé uno, «La Novia de Lammermoor». En pocas noches le dí fin. Al
acabar la última página advertí que aquella lectura había sido inútil.
Mi cabeza no estaba para novelas.

Temprano, antes de que se despertaran mis tías, salía yo al patio. Allí
me lavaba yo en una gran jofaina que desde la víspera ponían para mí en
el borde de la fuente, entre los tiestos floridos, bajo la copa
aparasolada de un floripondio cuyas campanas de raso se columpiaban al
soplo vivífico de los vientos matinales, mientras en jaulas y ramajes
cantaban los pajarillos la incomparable alborada otoñal. El agua
retozaba en el surtidor y caía desbordante en el pilón. En la superficie
del cristalino líquido bogaban pétalos y flores caídos durante la noche.
Se me antojaban esquifes, gondolillas maravillosas en que bogaban seres
invisibles.

Volvía yo a mi cuarto. A poco principiaba Angelina su matinal faena.
Pronto resonaba en el corredor el ruido de su escoba. En los labios de
la joven susurraba alegre cancioncilla que parecía un eco suave, apenas
perceptible, de la que cantaban los alados músicos en su prisión de
cañas y en la copa de los naranjos ornados ya con amarillas pomas.

Al salir me detenía a conversar con la doncella. Tratábala yo como a una
hermana predilecta, y procuraba inspirarle confianza; pero ella se
mostraba siempre, reservada y asustadiza. Sin embargo, no tardé en
comprender que aquel airecillo gazmoño que tanto me chocó en Angelina el
primer día, no era más que timidez de bondad, muy en harmonía con su
carácter y su belleza, muy natural en quien había tenido tanto que
llorar.

La plática, iniciada con una frase lisonjera en elogio de su diligencia,
se iba enredando poco a poco, sin saber cómo, y más de una vez la tía
Pepilla vino a interrumpir nuestra charla.

¡Dulces instantes aquellos! Angelina, de pie cerca del pretil, envuelta
en el rebozo, caídos los brazos con placentera indolencia, entre las
manos la escoba perezosa. Yo a horcajadas en una silla, o puesto un pie
en el travesaño. Ella, escuchándome cariñosa; yo, bañado en la luz de
sus rasgados ojos.

A las veces, si algún ruido nos anunciaba que tía Pepa venía, sin
motivo, sin saber por qué, nos despedíamos de prisa, y salía yo con
rumbo a los barrios más distantes.

Volvía yo a la hora del desayuno. Ya la casa estaba lista: barrido el
corredor, arreglada la salita, dispuesta la mesa. La doncella solía
sentarse a mi lado. Me atendía y me servía como una hermana cariñosa al
chicuelo preferido, dispuesta a satisfacer todos mis deseos y caprichos,
adivinándome el pensamiento.

Mi tía parecía complacerse en aquella dulce y sencilla fraternidad.
Cualquiera que nos viese juntos a los tres, habría creído que éramos dos
hermanos, y que la anciana era nuestra madre.

El desayuno duraba frecuentemente una hora. Tía Pepa charlaba a su
sabor. Yo y Angelina no sentíamos correr el tiempo. La anciana se
levantaba para ir a sus quehaceres, y al pasar detrás de nosotros se
detenía y nos acariciaba; a mí, estrechando mi frente entre sus manos; a
ella, dándole una palmadita en cada mejilla.

Un campanillazo solía poner término a nuestra conversación. Era que tía
Carmen llamaba.

--¿Dónde está mi Angelina? ¿Qué hace mi Angelina que no viene?




XII


Entonces iba yo a saludar a la enferma. La pobrecilla pasaba muy malas
noches. Padecía insomnios, y ataques de convulsión que la obligaban a
dejar el lecho por algunas horas y a pasearse por el aposento, apoyada
en el brazo de Angelina.

--¡Es para mí una hermana de la Caridad!--me decía la tía
Carmen.--Conmigo no tiene la pobrecilla sueño tranquilo.

Y a Angelina:

--¡Pobre de tí! ¡Eres muy buena, muy buena! ¿Qué obligación tienes de
velar mi sueño? ¡Me da pena llamarte, sí, me da pena! Si lo hago es
porque no quiero despertar a Pepa. La infeliz cae rendida, ¡y ya no está
para eso!

En tanto que yo conversaba con la enferma, en el corredor más lejano se
reunían los discípulos: veinte o treinta niñitos de las principales
familias de Villaverde; un coro de querubines traviesos y mimados.

Pronto resonaba en el patio el rumor alegre del estudio. La buena señora
daba lección a cada niño, y luego se ponía al trabajo en una mesa larga
y angosta.

De manos de mi tía, hábiles por extremo, salían todos los ramilletes que
adornaban las iglesias de Villaverde. Flores de mil clases y colores.
Unas, fantásticas, de papel dorado y plateado; otras, las más bellas,
tan propias y bien dispuestas, que, a cierta distancia, nadie las
distinguiría de las naturales. Allí, torciendo alambres, enhebrando
capullos, acocando pétalos, pintando hojillas, se pasaba mi tía toda la
mañana, y toda la tarde. Sólo dejaba su labor para atender a los niños y
tomarles la lección.

La joven venía en ayuda de la anciana. La doncella se pintaba para
aquellas labores. De su mano recibían flores y ramilletes el último
toque. ¡Qué guirnaldas y qué festones aquellos! Gallardos, sueltos,
flexibles, como las guías de convólvulos y cabrifollos que sombreaban la
fuente. Las rosas... ¡ah! ¡las rosas! Lindas y espléndidas salían de
manos de la anciana; pero Angelina las embellecía al tocarlas. Un tallo
duro, una hoja rebelde, un pétalo sin gracia, todo recibía de la joven
singular hermosura. Parecía que a través de los ramilletes pasaba un
soplo primaveral que daba a las flores vida y lozanía.

Los niños, atraídos por tanta belleza, dejaban sus sillitas, y paso a
paso se iban colocando en torno de la florista. Con las manos detrás,
ocultando el libro, permanecían largo rato, embobados y boquiabiertos,
delante de tantas maravillas.

A las doce concluía la tarea. Los criados llegaban por los niños, y era
la hora de la lección. Mi tía se mostraba severa, fruncía el ceño,
reprendía, amenazaba. Los chicos preferían que Angelina les tomase la
lección. Ella, paciente y bondadosa, conseguía que los niños estuvieran
atentos, y con una mirada o una caricia ponía orden en aquella turba de
diablillos rubios, vestidos con faldellines de seda.

Angelina era una muchacha muy inteligente. Escribía con mucho primor.
Linda letra la suya; suelta, cursiva, elegantísima, sin que lo donairoso
de los trazos le hiciera perder esa suavidad del carácter femenil que no
sólo se manifiesta en el estilo, sino que trasciende a la forma de las
letras, siempre que la mujer no presume de sabia o gusta de llamar la
atención. Difícilmente se le escapaba una falta de ortografía. Escribía
como hablaba, con mucha naturalidad y sencillez, sin rebuscar frases ni
atildamientos, siguiendo el orden lógico de las ideas, ajena a la
calculada afectación, que hace del estilo epistolar una cosa
insoportable y ridícula. Mas no por eso caía en el extremo opuesto, en
las fórmulas de rito y en los conceptos de estampilla. Era muy dada a
los libros; pero sólo leía cuando se lo permitían sus quehaceres. Leía
todas las noches el «Año Cristiano», y se sabía al dedillo las vidas de
los santos.

Una noche le tocó leer la vida de Santa Teresa.

--¡Jesús!--exclamó.--Si ya me la sé de memoria. ¡Puedo repetirla del pe
al pa!

Y como tía Carmen dudara, Angelina refirió, con muy buen acuerdo y muy
donosamente, la vida de la mística.

Cosa rara en una joven; gustaba de los libros serios y se perecía por
los históricos. Había leído tres o cuatro veces la «Historia» de Alamán,
y solía atreverse contra los juicios del célebre escritor, no sin gran
disgusto de mi tía Pepa, para quien los dichos de don Lucas eran un
evangelio.

Discurría de historia patria con mucha donosura, sonriendo, sin
fatuidades ni alardes de saber. Valdría la pena consignar aquí el juicio
de Angelina acerca de algunos libros. Para ella no había mejor novelista
que Fernán Caballero, ni peor novelador que Pérez Escrich.

--Abrir un libro de esos, la «Mujer Adúltera», la «Esposa Mártir», y
tener sueño, ¡todo es uno! ¿Novelas? De Fernán Caballero. Sus personajes
me parecen vivitos, de carne y hueso. ¡Aquello sí que es verdad! Comen,
duermen.... ¡Si me parecen gentes a quienes trato todos los días! Yo no
entiendo de esas cosas.... pero los libros de Fernán me gustan porque
pintan la vida tal y como es. ¿Ha leído usted «La Gaviota?» «¿Elia?»
«¿Lágrimas?»

--¿Y de Cervantes, qué me dice usted, Angelina?

--¡Eso es aparte! «¿El Quijote?» Es algo que parece novela y acaso no lo
es....

--Pues entonces....

--No acierto a explicarme. Si, es una novela; pero algo hay en ese libro
que le pone por encima de todas las novelas.

Me pasaba largas horas conversando con Angelina. A pesar del estado de
mi ánimo y del abatimiento de mi espíritu, cuando tejía con ella la red
de viva plática, recobraba yo mi buen humor de otro tiempo, y me volvía
alegre y jovial, y me olvidaba de esas enervantes melancolías que han
sido, y acaso todavía lo son, nota sombría de mi carácter; de este
carácter mío soñador y lánguido, dado a la pereza y al fantaseo, al
delirio vago y a la meditación sin objeto. Perniciosa melancolía, nacida
tal vez en mi alma cuando viví lejos de mi familia, condenado a las
soledades de un colegio, cuyos claustros vetustos entenebrecieron mi
espíritu; melancolía que me arrastra a los campos y a la espesura de los
bosques, para extasiarme largas horas ante el espectáculo deslumbrador,
a orillas de laguna adormecida, escondido entre los juncos; o para
abismarme en la contemplación de una flor desconocida, modesta y rústica
beldad. Sentimiento tristísimo de la naturaleza que me hace odiosos el
mundo ruidoso y frívolo y los atractivos de una sociedad vanidosa;
sentimiento profundo de las bellezas del mundo físico, sentimiento que
desarrollan en mí los poetas y novelistas románticos. Por fortuna me he
redimido un tanto de las preocupaciones y falsas ideas del romanticismo,
y aunque no del todo exento de ellas, pues aun me queda en el alma
lamartiniana levadura, miro la vida de otro modo, no pretendo que todo
sea a mi gusto y a medida de mi deseo, y vivo tranquilo, como vive toda
buena persona, sin que me atormenten poéticos anhelos, ni me divaguen
devaneos inútiles, ni me amarguen delicadas sensiblerías.




XIII


A las diez de la mañana tomaba yo el sombrero y me iba a pasear por la
ciudad. Al principio preferí los arrabales, los callejones sombríos, las
márgenes pintorescas del Pedregoso o las plazoletas de la Alameda, vasto
cuadro sembrado de fresnos, al pie de la colina del Escobillar; alameda
sin flores y sin árboles copados, que por lo apacible y retirada me era
gratísima. A la sombra de un naranjo, el único crecido y frondoso, en
cuya copa anidaban bulliciosos pajarillos, pasaba yo la mañana. Allí, en
un asiento musgoso y desportillado, me entregaba yo a la lectura de mis
autores favoritos; allí leí la «Atala» y el «Renato»; el «Rafael» y la
«Graciela»; allí devoré el «Conde de Monte Cristo», y repasé, por mi
mal, algunas novelas de Jorge Sand, que acongojaron mi corazón y dejaron
en mi alma sedimentos de acíbar. Allí gusté de la poesía de Zorrilla.
¡Zorrilla! Le conocía yo; le había oído leer de un modo maravilloso sus
admirables versos, aquellas serenatas que eran, en labios del poeta,
miel de abejas, susurro de arboledas, cantos del agua en las acequias de
la Alhambra; música del cielo. Allí aprendí de memoria muchas
composiciones del incomparable soñador de Milly: «El Lago», «El
Crucifijo», «Las Estrellas». Aun las recuerdo, y suelo repetir:

Ainsi, toujours poussés vers de nouveaux rivages, Dans la nuit
éternelle emportés sans retour....

Y allí, preciso es que lo confiese, allí cometí un pecado mayúsculo, del
cual no me arrepentiré debidamente en los años que me restan de vida. Me
pasó lo que a los gastrónomos: principian por gustar de los buenos
platillos, y acaban por invadir la cocina y preparar ellos mismos los
guisos predilectos. A fuerza de leer versos me dió por hacerlos.
Malísimos salieron los míos, a juzgar por lo que dijo de ciertos sonetos
un periódico villaverdino. Publiqué los tales sonetos en «El Montañés»,
previa la aprobación de don Román, quien los tuvo por buenos y muy
buenos, antes y después de que «La Voz de Villaverde», «La Sombra de
Vega», y cierto periodiquín de Pluviosilla los hicieran trizas y
pusieran al autor como chupa de dómine. Por supuesto que no salieron con
mi firma. Firmélos: «Anteo», y el seudónimo sirvió para que mis críticos
extremaran la zumba. Entiendo que mi literatura poética no era inferior
a la muy aplaudida de los más afamadas poetas de Villaverde, el
«pomposísimo» y el Lic. Castro Pérez, quien, de tiempo en tiempo, tenía
sus dares y tomares con las esquivas deidades del Parnaso. Discípulo
aprovechado de don Román, criado en los clásicos, como él me dijo,
dióme,--a pesar de mis aficiones románticas,--por la poesía mitológica y
horaciana. Cantaba yo la vega villaverdina, el «sesgo» y «undívago»
Pedregoso, y la hermosura de mis paisanas. En el último soneto puse
sobre los cuernos de la luna a la dulce Angelina, oculta bajo el poético
nombre de Flérida.

Los rivales de mi maestro, Jacinto Ocaña, el director de la «Escuela del
Cura», y Agustín Venegas, el de la «Escuela Nacional», creyeron que el
sonetista era el «pomposísimo», y al domingo siguiente, cuando esperaba
yo elogios y aplausos, salió en «La Voz de Villaverde» un articulejo
desentonado y cáustico, en que ponían a don Román de oro y azul.

Corrí a verle:

--¿Ya leyó usted?--le dije al entrar.

--No, muchachito.... ¿Qué cosa?

--Lo que dice «La Voz».

--No; no quiero leer esos disparates. Ya me imagino lo que dirán.

Pero la curiosidad pudo más en el dómine que el desprecio con que miraba
a sus rivales. Después de un rato de silencio me dijo:

--¡Dame ese papasal!

El anciano se caló las gafas, se compuso en el asiento, y principió a
leer el artículo editorial.

--No, a la vuelta. Una crítica de los sonetitos aquellos....

--¿Y quién es Agustín Venegas para meterse a crítico?

--Lea usted.

Don Román estrujó el periódico y leyó.

A las pocas líneas se puso trémulo, pálido, balbuciente.

--Han creído que usted es el autor. Lamento lo que ha sapado. Nunca pude
imaginar....

--¡Bellacos! ¡Fátuos! ¡Presumidos!--exclamó.--¿Quiénes son ellos? ¿Qué
obra los acredita para darla de sabios y de críticos? Les perdono las
ofensas. Lo único que no puedo perdonar es la ingratitud. ¡No les temas!
¡No te asustes! Escribe, muchacho; ¡escribe, y que rabien! Tú harás algo;
al paso que ellos.... Así se quemen las pestañas años y años, cuanto
escriban servirá nada más para que envuelvan cominos en la casa de mi
compadre don Venancio.

--¿Contestamos?

--¡No! Eso se quieren ellos, que les den tela. Oye, oye un consejo.
Nunca salgas a defender tus escritos. La modestia... ya lo sabes....
¡Nada tengo que decirte! Conozco bien a esos necios. Por eso no he dado
a la estampa los sáficos aquellos que te gustaron tanto, la odita al
Pedregoso. Mira, Rodolfo: no hablemos más de esos bellacos.

Serenóse don Román, sacó la tabaquera, tomó un polvo, y, quitándose las
gafas, me dijo en tono cariñoso:

--Vamos: ¿qué piensas hacer? ¿Sigues los estudios, o te quedas en tu
tierra, y en tu casa, para buscarte la vida? Hablé ya con tus tías. Las
pobrecillas quisieran verte médico, abogado... ¡pero ya sé, ya sé que
las cosas andan malas, como yo me las figuraba! ¿Habló Andrés con Castro
Pérez? Mira: yo le veré esta noche. Allí puedes ganarte alguna cosa;
poco, poco, porque ya lo sabes, en Villaverde todo es roña; pero ¡algo es
algo! Por lo pronto.... ¡Después, ya veremos!.... Estoy cierto de que te
colocará; se lo pediré, y no ha de negármelo. Le recordaré que fué amigo
de tu padre.

Andrés había hablado ya con el abogado, pero nada obtuvo: promesas,
ofrecimientos.... Sólo Castro Pérez podía darme trabajo. El doctor
Sarmiento se interesó en favor mío, y prometió a mis tías arreglar el
asunto. Así las cosas, corrían los días y las semanas, y el empleo
deseado no venía. En verdad que la idea de alejarme de Villaverde no me
halagaba. No sólo me detenía en la budística ciudad el amor de los míos,
no; cuando me ocurría que acaso sería preciso ausentarme, pensaba yo con
tristeza en Angelina.

Había ya entre nosotros cierta intimidad fraternal, dulce y respetuosa,
que me hacía grata la vida en Villaverde. En ocasiones pensé: ¿si estaré
enamorado? No; hasta entonces aquello era una amistad afable, un afecto
sencillo que mi tía Pepa fomentaba a todas horas. Una vez la buena
señora, se dejó decir:

--¡Ay, Rorró! Si alguna vez piensas casarte... busca una mujer como
Angelina.

Estábamos solos. Mi tía trabajaba en sus flores, y yo, cerca de ella, me
entretenía oyéndola.

--¿Le gustaría a usted que me casara con Angelina?

--¡Cómo no!--exclamó alborozada.--¡Si es tan buena! ¡Si te quiere tanto!

No sé por qué se me encendió el rostro. Nunca pensé que Angelina pudiera
amarme. Y bien visto el caso ¿por qué no? Angelina era muy digna de ser
amada. Me ocurrió averiguar si alguien había puesto los ojos en ella.

--Y diga usted, tía: ¿No ha tenido novio Angelina?

--¡Por Dios, Rorró! ¡Desde el otro día estás con eso!.... No, señor.
Angelina es una niña muy juiciosa. Angelina no tendrá más novio que
aquel que llegue a ser su marido. No es ella capaz de jugar con el amor.

--Así lo creo, pero.... Dígame usted: ¿no ha tenido pretendientes?

--¡Ah! Eso es otra cosa. ¡Así!--y mi tía juntó los dedos de la mano
derecha, y los movió como para indicarme una multitud de personas.

--En Pluviosilla,--prosiguió--¡muchos! Un español rico; un mancebo de
botica muy burlón y endiantrado, capaz de reírse hasta de su sombra; un
colegial muy guapo, que le hacía versos; otros, y otros. Aquí...
aquí....

--¿Quién?

--Uno nada más.

--¿Quién?

--Amigo tuyo, condiscípulo tuyo....

--¿Pepe López?

--No.

--Diga usted, tía....

--Adivina.

--¿Eduardo, el hijo del alcalde?

--No. Eduardito es un pedazo de alcornoque. ¡El, el hijo del alcalde,
prendarse de una muchacha pobre? ¡Cuándo! El enamora a Gabrielita
Fernández....

--¿A la jovencita rubia, la que toca muy bien el piano?

--¿Ya la conoces?

--El otro día la vi en la reja.

--¡Guapa! ¿No es verdad?

--¡Reguapa! ¡Linda como un sol!

--Eduardo se perece por ella.

--Entonces, ¿quién es el pretendiente de Angelina?

--¡Adivina!

--¿Jacinto Ocaña?

--¡Dios nos libre!

--¿Agustín Venegas?

--¡Jesús me valga! ¿No te digo que es amigo tuyo?....

--¿Ricardo Tejeda?

--¡El mismo que viste y calza!

--¡No es rival temible!--dije para mí.




XIV


A veces iba yo a charlar en la botica de don Procopio Meconio. En aquel
famoso mentidero, centro recreativo de ociosos y desocupados, se reunían
a todas horas los jóvenes más guapos y los viejos más parlanchines de la
budística ciudad. En aquella botica concurrían: Venegas, espíritu
fuerte, liberal de la nueva echada, republicano incipiente, muy enconado
contra el malaventurado ensayo imperial; Jacinto Ocaña, monarquista
hasta la médula de los huesos, que siempre que hablaba de Maximiliano,
se descubría respetuosamente, y que a cada instante trababa disputas con
Venegas, sacando a bailar la Saratoga y el Tratado Mac-Lane; el doctor
don Crisanto Sarmiento, retrógrado por los cuatro costados, que vivía
suspirando por el régimen colonial, que se hacía lenguas de
Revillagigedo, que de buena gana viera restablecido en México el Santo
Tribunal de la Fe, y que cuando alguno hablaba de la Independencia,
decía, echándola de agudo:

--¡La maldita «india pendencia» que nos tiene hechos una lástima!

Y no sé cuántos más, entre quienes figuraba el dueño de la botica, el
invariable don Procopio, jugador desenfrenado, que había convertido
aquel templo de Galeno en un santuario de Birján. Solíamos ver allí al
P. Solís. Venía de tarde en tarde, a la hora en que había menos
tertulios; se leía de cabo a rabo los periódicos, y luego... ¡a charlar
con Sarmiento y con Venegas! Mientras don Procopio jugaba adentro con
sus cofrades, afuera, delante del mostrador, en presencia de los
compradores, se enredaban pláticas que frecuentemente se convertían en
disputa. Venegas se complacía en atacar al caído Imperio; Sarmiento le
defendía acalorado y lleno de brío. El republicano se ensañaba contra el
Catolicismo; el médico decía pestes del partido liberal. El pedagogo,
muy encariñado con el «Catecismo Político» de Pizarro Suárez, alegaba no
sé qué razones, en favor de la tolerancia de cultos, y oponía a los
dichos de su contrario algunos de aquellos argumentos protestantes tan
usados por los periódicos a fines del 56 y principios del 57. El médico
montaba en Júpiter; sacaba a relucir sus argumentos en forma, su ciencia
de seminarista, y, por último, a los desahogos de Sarmiento contestaba
con dicterios.

El P. Solís, reflexivo y cachazudo, se estaba quedo; oía y callaba,
hasta que para calmar los ánimos, terciaba en la disputa. Primero, tal
era su táctica--se iba derecho hacia el doctor; le concedía la razón,
pero censurándole acremente sus exageraciones de monarquista.

--Iturbide, (a quien el Acta de Independencia llama: «un genio superior
a todo elogio») hizo una tontería. En nuestro tiempo nadie se improvisa
rey ni emperador. Papel tan alto sólo cuadra a quién fué mecido en regia
cuna, a quien nació en las gradas de un trono. Un pueblo no se da a sí
propio, sólo «porque así lo quiere», un buen gobierno y buenas
instituciones. Es preciso que se los busque de acuerdo con sus
tradiciones; es necesario que tenga en cuenta las enseñanzas de su
historia; es preciso que las instituciones y la Forma de gobierno le
vengan apropiadas, como a mí la sotana, a usted la levita, y a este
joven el saquito corto. Ahí tiene usted explicado lo efímero del imperio
de Maximiliano.

Luego, pasando a la cuestión religiosa, decía sereno y reposado:

--Amigo, amigo don Crisanto: entiendo que la Iglesia no patrocina ni
monarquías ni repúblicas. Para ella, cualquiera forma de gobierno es
buena... ¡cuándo es buena! Poco le importa que el jefe de un Estado se
llame rey o presidente o emperador. No, amigo; no hay que pretender eso
que usted quiere. Nada de identificar la cuestión política con la
cuestión religiosa.

En seguida cerraba contra Venegas. Era de oirle cuando, en un estilo
conciso, breve, incisivo, ponía en la picota los dislates del pedagogo
que nada sabía a derechas y todo se volvía palabras sonoras y
retumbantes. Se burlaba de él; se reía a más y mejor de sus conclusiones
luteranas, y después rebatía, con mucho acierto, los errores del mozo.

--¡Joven! ¡joven!--prorrumpía en tono de sermón.--Esta Constitución que
usted pone por las nubes, no ha sido hecha de acuerdo con las
necesidades del país. Hago punto omiso de cuanto hay en ella contra la
Religión. Pugna contra nuestras costumbres. Nuestro prelado no está
educado para esas libertades. Dígame usted: si yo para contestar una
demanda tendría que consultar con Castro Pérez, o con cualquier
tinterillo, ¿qué haré si un día llego a diputado y tengo que legislar? Y
cualquiera puede llegar a diputado: usted, el doctor, ese indio que va
por allí, muy cargado con su soberanía, yo.... No, yo no, porque soy
sacerdote, ministro de un culto, y por ende no soy ciudadano más que a
medias. Pues ¡claro! o no sabrían ustedes lo que habrían de hacer, y
votarían a la buena de Dios, o lo que es más seguro a la buena del
Diablo. Ahora, cuanto a las perrerías esas que ha vomitado usted contra
la Santa Madre Iglesia, vamos al grano, señor y amigo mío: no sabe usted
lo que se dice. ¡Ya se ve! Toda su ciencia de usted está en el Catecismo
de Nicolás Pizarro. Vamos, joven: beba usted en fuentes más limpias, y
no hable por ahora de cosas que no entiende. ¡Y aquí paz, y después
gloria! Y ¡adiós, amigos! Me voy; no he rezado el oficio, y es la horita
del chocolate. ¿Ustedes gustan?

El exclaustrado se iba; Sarmiento se componía la chistera y tomaba el
portante, y Venegas se marchaba diciendo pestes de frailes y
retrógrados.

Nosotros nos quedábamos comentando la conversación de los tertulios,
hasta que a las seis me iba yo a instalar en un asiento de la Plaza,
para oir tocar a la señorita Fernández.

Conviene saber que la familia Fernández era mal vista en la ciudad. Su
cultura chocaba a los buenos budistas de Villaverde. Cuando compró la
hacienda de Santa Clara, el señor Fernández vino a vivir a mi ciudad
natal, y procuró relacionar a los suyos con lo mejor de Villaverde.

Pero éstos no hicieron relaciones con nadie; mejor dicho: los
villaverdinos no correspondieron a los deseos de la señora y señorita
Fernández. Sólo intimaron éstas, con Sarmiento y el P. Solís, pues
aunque visitaron a las principales familias de la ciudad, mis buenas
paisanas no dieron muestras de estimación por las recién llegadas.

Las gentes de Villaverde, las mujeres particularmente, no veían con
agrado los usos y costumbres de la familia Fernández. Murmuraban de
ella, susurraban acerca de la señorita tonterías y burlas, y, como es
natural, a la simpática y elegante pollita nada de esto le agradó.

--¿Gabriela Fernández? ¡Más orgullosa! ¡Más frívola! ¡Qué pagada de sí!
¡Qué entonada! ¿Qué se estará creyendo? Si creerá que en Villaverde no
hemos visto lujo ni elegancia.... Sí, sí, ya sabemos que dice que esta
población es una hacienda grande.... Creerá que viene a deslumbrarnos
con sus exterioridades y sus trajes. ¿Y todo por qué? Porque sabe tocar
el piano. Allí está Luisita Castro Pérez que toca tan bien como ella, y
sin embargo es modesta y humilde. Pues se engaña; no hemos de visitarla
ni por una de estas nueve cosas. ¡Que gocen de su lujo y de su dinero!
¡Que luzca Gabrielita sus trapos caros! Para nada necesitamos de ella.
¡Qué gusto!--repetían las envidiosas.--¡Qué gusto! ¡Todos los muchachos
de aquí salen con cajas destempladas! ¡Mejor! ¡Mejor! ¡Quién les manda
enamorar marquesitas! Y bien visto, ¿quiénes son los enamorados?
Eduardito... ¡sólo Eduardito! El muy tonto, como tiene dinero, como su
padre es rico, está seguro de que le hará caso.

Mis paisanos no tardaron en advertir que, tarde a tarde me pasaba yo las
horas oyendo tocar a Gabrielita. Una noche, al entrar en la botica, oí
que hablaban de la señorita Fernández, y que decían algo de mí. Pronto
supe que en todos los corrillos, en todos los mentideros, en cada casa,
decían y repetían que estaba yo enamorado; que me bebía los vientos por
la hija del acaudalado dueño de Santa Clara.




XV


Una tarde recibí una cartita de don Román, una esquela muy punticomada,
escrita gallardamente, con aquella la excelente letra de Palomares que
años atrás dió a mi maestro fama de habilísimo pendolista.

«Muy querido discípulo y amigo:

«Como te lo ofrecí anteayer, estuve anoche a visitar al señor Lic.
Castro Pérez para hablarle acerca de tí, y de lo útil que podías serle
en el despacho. Díjele cuanto me pareció oportuno: le hablé de tus
buenas prendas, de tu buen carácter, de tu índole laboriosa, de tu
instrucción sólida y bien dirigida, y de la dificultad en que te
hallabas para seguir los estudios y la carrera tan brillantemente
iniciada, así como de la necesidad en que te veías de buscar algo
productivo. Oyóme de buena voluntad (lo cual me pareció de buen agüero)
y me prometió ocuparse en el asunto a la mayor brevedad. Juzgo necesario
que le hagas una visita, cuanto antes, y te recomiendo que trates a mi
amigo (que lo fué también, y muy íntimo, del señor tu abuelo) con tu
genial y característica bondad, con la cortesía que te distingue. Castro
Pérez se paga mucho de exterioridades, y para tenerle propicio es
necesario halagarle. Es maniático, y la menor cosa le contraría. Ya te
dejo preparado el campo. A tí te corresponde lo demás.

«Ven por acá. El hígado me tiene desde ayer molesto y «achicopalado».
Ven, charlaremos, y te enseñaré algo que te gustará mucho; unos
exámetros que forjé anoche contra esos «sabios» de «La Sombra» y de «La
Voz».

«Ya sabes cuánto te quiere este tu maestro y amigo

Román López».

Me dió mala espina la esquelita de mi señor maestro. Desde luego pensé
que iba yo a tratar con un hombre de mal carácter. Esto me puso
disgustado. Me imaginé que Castro Pérez era uno de esos abogados viejos,
peritísimos en cuestiones de Jurisprudencia, pero en lo demás unos
ignorantes de tomo y lomo; un señorón de aldea, pagado de su fama y de
su ciencia, de esos que suspiran por todo lo antiguo, y que siempre
están mal dispuestos para todo lo nuevo; un fantasmón iracundo, gruñón,
de esos que ven con desconfianza a los jóvenes, y que se complacen en
censurar a todas horas la educación enciclopédica de estos tiempos, la
cual, si bien no produce sabios a granel no cría fátuos, como tantos
viejos que yo conocía, encastillados en su saber hipotético, muy
vanidosos y engreídos con su ciencia; ciencia exígua y mezquina que les
conquista en el pópulo vil admiradores y monaguillos de amén que
aprueban cuanto dicen los Sócrates de aldea, así suelten éstos el mayor
disparate. En una palabra: me imaginé que Castro Pérez era uno de esos
abogados viejos, repletos de latines, que se saben de memoria las
Partidas, que tienen pujos de canonistas, y que escriben errar con «h»;
«teólogos de capote», como los llamaron «in illo témpore»; peritos en
las triquiñuelas jurídicas, pero vacuos de todo lo demás; habilísimos
para ocultar su ignorancia, y desdeñosos de cuanto no entienden; que
miran a todo el mundo con aire de protección, y que apareciendo graves y
sesudos, mostrándose inaccesibles y huraños pasan por unos portentos y
vienen a ser, en pueblos y ciudades como Villaverde, señores de vidas y
haciendas.

Nada sacaréis de ellos si no os mostráis humildes, sumisos,
incondicionales admiradores de sus personas. ¡Ay de vosotros si no os
acercáis a tan excelsos caballeros, aparentando que todo lo esperáis de
ellos! ¡Ay de quién no les rinda parias! De seguro que nada obtendrá;
de fijo que a todo le contestarán con monosílabos, y saldrá de allí
colérico y desesperado.

Me repugnaba seguir los consejos de mi maestro. Entendí muy bien lo que
éste me quería decir con aquello de «te recomiendo que trates a mi amigo
con tu genial y característica bondad»; pero me chocaba presentarme
tímido y meticuloso como un donado, aparentando una estimación que no
pasaba en mí de los límites de un respeto vulgar y corriente, como el
que concedemos a todos por razones de urbanidad y cortesía. ¿Qué hacer?
Me dispuse a seguir los consejos del «pomposísimo Cicerón», y de
tardecita, poco antes de que sonara el «Angelus», me encaminé a la casa
de Castro Pérez. Vivía a espaldas de la Parroquia, en un caserón vetusto
y sombrío.

Cuando llegué al zaguán me ví tentado de retroceder e ir a charlar a
casa de don Procopio. Hice de tripas corazón y avancé hasta la puerta
del despacho.

--¡Adentro!--dijo una voz atiplada.

--¿El señor Castro Pérez?

--¡Adentro!--repitió la voz de falsete.

Era el escribiente. Mala impresión me causó tan delicada personilla. Era
un muchacho pálido, ojeroso, exangüe y consumido por el trabajo; un
infeliz, condenado, sin duda, a prisión perpetua en aquel mundo de
legajos y mamotretos; siempre inclinado sobre aquella mesita cubierta
con un tapete de bayeta verde, delante de aquel tintero de plomo lleno
de tinta espesa y natosa.

--¿El señor Castro Pérez?

--¡En la otra pieza!--me contestó el covachuelista.

--¿Puedo pasar?

--Pase usted.

Me colé de rondón. Mi hombre, casi tendido en una poltrona, cerca de la
ventana, revisaba un legajo. Al sentirme se incorporó contrariado, dejó
el asiento, y fué a cerrar la puerta, acaso para que no pudiese oirnos
el escribiente.

--¿Qué mandaba usted?--me dijo frunciendo el entrecejo.

--Mi maestro, el señor don Román López, me ha recomendado....

El rostro de Castro Pérez cambió de expresión.

--Vamos, joven,--murmuró levantándose, y ofreciéndome un asiento,--aquí
tiene usted una silla.

Mi hombre volvió a su poltrona, y luego, por sobre los anteojos, me miró
de pies a cabeza.

--¿Qué se ofrece? ¡Ah! ¡Ya recuerdo! ¿Es usted el joven que desea entrar
de amanuense en esta casa?

--Sí, señor.

--Pues bien.... Veremos, veremos si es usted útil. Aquí tenemos mucho
trabajo. Ya sabe usted: mi clientela es numerosísima, y por ende no
falta quehacer. Si quiere usted trabajar....

--Es lo que deseo...--murmuré, bajando la vista, mientras el abogado me
miraba de hito en hito.

--Pues bien, así lo quiero, trabajadorcito. Diez amanuenses he cambiado
en este año, y, a decir verdad, ninguno me ha dejado contento. ¡El mejor
no valía tres caracoles!

--No pretendo valer mucho; pero... procuraré, bajo tan buena dirección,
aprender en poco tiempo cuanto sea necesario.

Castro Pérez sonrió, y a dos manos, juntando el pulgar y el índice se
compuso los anteojos, y luego, dándose palmaditas en el abdómen, echóse
atrás y me interrumpió.

--¡Nada de lisonjas, joven! Nada merezco de cuanto dicen de mí....

Hablaba lenta y pausadamente, oyéndose.

--Es usted por extremo modesto...--¡Aquí!--me dije.--¡Aquí del
incienso!--¿Quién no tiene noticia de los talentos de usted, de su saber
profundo, de su fama, de su acrisolada honradez?

Estos elogios me sonrojaban.

--¡Bien! ¡Bien! Veremos si obtiene usted lo que desea. Está usted
eficazmente recomendado por Román. Me dice que fué usted su discípulo, y
de los más aventajados....

--El señor mi maestro me quiere mucho, y es conmigo demasiado benévolo.
Deseo trabajar, y estoy seguro de adelantar al lado de persona tan
recomendable. ¡Quién no sabe que es usted el primer abogado del Estado
de Veracruz!

Castro Pérez se hinchó como un pavo, se meció en la poltrona, fingió
sonrojarse, y me dijo:

--¡Al grano! ¡Al grano! ¿Conoce usted el ramo?

--No, señor.

--Pues entonces, ¿cómo solicita usted una ocupación que le es
desconocida? Tengo buenas noticias de usted. Ya Román me dijo que es
usted un muchachito inteligente, que sabe usted hacer bonitos versos....
Pero, es cosa sabida: no son los mejores empleados los que se andan todo
el día a caza de consonantes....

Me dieron ganas de estrangular al viejo.

--Señor:--repliqué--es cierto que hago versos; pero no vivo entregado a
tan grata ocupación. Además, tengo entendido que usted... suele
hacerlos... ¡y muy hermosos!

--¡Gracias, joven! ¡Restos de mis aficiones juveniles! En verdad que la
poesía suele cautivarme, pero sólo de tiempo en tiempo. ¡Bien, bien,
bien!

Esta era su muletilla.

--Espero que usted en memoria de mi abuelo.... Ya don Román le hablaría
de las circunstancias en que me encuentro. No puedo volver a México; no
puedo seguir los estudios, y estoy obligado a buscarme un pedazo de
pan....

--¡Bien! ¡Bien! ¡Bien! Así lo hace un joven delicado. Veremos, veremos
si me sirve usted. Pero debo advertirle que... hasta dentro de una
semana no podré resolverlo. Mañana veré si puedo conciliar varias cosas.
Vuelva usted por acá, viernes o sábado.... Y.. diga usted. ¿Tiene usted
buena letra?

--Regular, señor licenciado.

--Vamos, vamos. Allí tiene usted lo necesario.

Obscurecía. En la mesa había un candelero con una bujía.

--¿No ve usted? Pues encienda la vela y escriba lo que guste.

Obedecí. Tomé la pluma y escribí: «Si el señor Licenciado Castro Pérez
se digna recibirme en su casa, procuraré servirle con toda fidelidad».

Me acerqué al abogado, llevando la hoja y la bujía. Mi hombre se acomodó
en su poltrona, se compuso con ambas manos las gafas, y leyó lo escrito.

--¡Bien! ¡Bien! ¡Bien! ¡Conforme! Prefiero la antigua y gallarda letra
española.... Pero, en fin, la de usted es clara y hermosa. ¡Esta letra
inglesa tan amanerada y presumida!

Y después de un rato de silencio:

--Ya sabe usted: viernes o sábado....

--Vendré por acá....

--No; yo le llamaré a usted.

Entiendo que no le caí mal a Castro Pérez. Así me lo dijo dos días
después el bueno de don Román.

--La cosa es segura, muchacho. ¡Has clavado una pica en Flandes!




XVI


Estábamos a fines de octubre, mediaba el otoño, y los campos
reverdecidos por las lluvias hacían gala de sus follajes. Las mañanas
eran límpidas, frescas, pródigas de luz; los crepúsculos breves,
espléndidos, incomparables.

Me placía vagar por los alrededores de Villaverde. Cien veces recorrí
las márgenes del Pedregoso, y otras tantas ví, desde lo más alto de la
colina del Escobillar, la puesta del sol. Mi sitio favorito, a donde iba
yo todas las tardes, era una roca casi plana, que parecía derrumbada del
último picacho, y que ladeada sobre un peñasco, me brindaba cómodo
asiento que circundaban buvardias coralíneas, cebadillas de suave
fragancia, helechos maravillosos y vaporosas gramíneas que, mecidas por
el viento, esparcían el pardo plumón de sus espigas maduras.

¡Qué panorama tan hermoso! A mis pies las primeras calles de la ciudad,
como extendidas en una alfombra de felpa amarillenta; la alameda de
Santa Catalina; los edificios apiñándose a proporción que se acercaban a
la Plaza; el poblado dividido por el río, y a orillas de éste el
convento franciscano, lúgubre y sombrío, desolado y triste, como si
llorara la ausencia de sus mendigos.

Del lado del Norte, las lomas de San Antonio; los potreros del
Escobillar; las casucas del Barrio-Alto, ocultas en la espesura de los
jinicuiles y de los naranjales.

Al Oriente, lo más pintoresco de la vega. A derecha e izquierda las
montañas de Mata-Espesa, cubiertas con la exuberante vegetación de las
tierras calientes; el cerro de los Otates que, visto desde el punto en
que yo estaba, parece un camello que postrado en la arena aguarda el
soplo abrasador de los desiertos.

Entre ambas alturas el llano entenebrecido; el cielo dividido en dos
fajas horizontales y paralelas: la superior cerúlea y transparente; la
inferior teñida de color de violeta. Sobre esta zona se dibujaban los
perfiles suaves y ondulados de lejana cordillera, y la arrogante cúpula
de la iglesia del Cristo, domo correcto y presumido, rematado con una
cruz de hierro, en torno de la cual trazaban círculos interminables
algunas docenas de rezagadas golondrinas.

En el cénit cúmulos níveos flecados de plata; celajes de tul; girones de
gasa incendiados por la luz poniente; retales de brocado que ardían
enrojecidos; cintas nacaradas; aves de fuego; serpientes de gualda que
se retorcían y se alargaban; esquifes con velas de encaje, que bogaban
como cisnes en el inmenso zafirino piélago.

El sol iba ocultándose lento y majestuoso en un abismo de oro, entre
montañas de brillantes nubes, a través de las cuales pasaban las últimas
ráfagas que subían divergentes a perderse en los espacios, o bajaban a
iluminar con misteriosa claridad purpúrea las solitarias dehesas, los
gramales de las laderas, los plantíos de caña sacarina, los carrizales
cenicientos del río, las arboledas que dividen las heredades, y el
tupido bosque de una aldea cercana, cuyo campanil recién enjalbegado
surgía de la espesura como un pilar ruinoso.

Y aquí, y allá, y más allá, y por todas partes, en sabanas, vertientes y
rastrojos, áureo centelleo de amarillas flores, precursoras de los días
lúgubres y melancólicos de la primera semana de noviembre.

Los últimos fuegos del moribundo sol fulguraban en la tranquila ciudad,
en los azulejos de las cúpulas, y de los campanarios, y espejeaban en
las vidrieras, y prestaban brillos argentados al Pedregoso. Las aves
volvían raudas a sus nidos, millares de pajarillos cantaban en los
matorrales de la colina, y el viento susurraba en las gramíneas.

Me abismaba yo en la contemplación de aquel espectáculo encantador. Se
despertaban en mi mente dulces memorias, y estremecían mi corazón
sentimientos y ternuras del amor primero. De mis labios se escapaban las
más bellas estrofas de mi poeta favorito; mi mano trazaba en la tierra
rojiza un nombre amado, y entre las sombras que bajaban en tropel hacia
la llanura creía yo ver la silueta donairosa de gentil doncella.

A tales delirios,--que delirios eran, y nada más,--sucedía en mi alma
cierta melancolía dolorosa que me arrancaba suspiros y humedecía mis
ojos. Y buscaba yo, entre las mil casas de Villaverde, la humilde casita
de mis tías. Ahí estaban las buenas ancianas que tanto me querían; ahí
estaba Angelina, la pobre huérfana objeto de mi amor. Quedito, muy
quedito, temeroso de que alguno me oyera, decía yo el nombre de la
dulce niña, como si ella estuviera cerca de mí y pudiera escucharme y
fuese yo a decirle: ¡Angelina; te amo, te amo! ¡Ámame! ¿Eres
desgraciada? Yo también soy desgraciado. Vivamos uno para el otro;
seamos, como dice el poeta:

Dos almas con un mismo pensamiento Y palpitando acorde el corazón.

Confieso que al ir copiando estas páginas, escritas hace cuatro lustros,
y tanto tiempo olvidadas, torna y se apodera de mi alma árida y triste
aquella plácida melancolía de mi penosa juventud; confieso que al copiar
los capítulos de esta historia amorosa, viene a mi memoria el recuerdo
de aquellos días, y de mis ojos, que ya no saben llorar, rueda una
lágrima....

Y sin embargo, me río de mis tonterías juveniles, de mis locuras de
enamorado, de aquel fantasear de mi mente que malogró en mí fuerzas y
energías que debieron ser útiles a los demás. Pero no me burlo de mis
ensueños juveniles impunemente; cuando me río de ellos me duele el
corazón.

Ahora vivo la vida prosáica de quien no fía en humanos afectos, de quien
llama las cosas por sus nombres, de quien sólo gusta de la poesía en
teatros y academias, y no quiere que el mundo y la sociedad sean como
los pintaban los novelistas de antaño, los soñadores lamartinianos, los
grandes ingenios de la legión romántica. ¡Ay de mí que malgasté en vanas
imaginaciones las energías de mi alma, y despilfarré los más nobles
sentimientos, y cansé mi fantasía, y dejé en los zarzales del camino
pedazos del corazón!

A las veces renuncio a copiar estas páginas envejecidas en la gaveta, y
que acaso no serán entendidas de la generación presente, que ha de
leerlas deprisa en el folletín de un periódico. Me ocurre echarlas al
fuego para entretenerme en ver las llamas que las devorarían en pocos
minutos; pero me es imposible resistir al deseo de que sean conocidas
estas memorias, escritas por un pobre muchacho, admirador incondicional
de aquellos escritores gallardos y de aquellos poetas amables y sentidos
que fueron delicia de nuestros padres. He dado en creer que su lectura
será provechosa para la actual generación.

Me ocurre preguntar: ¿Será interesante para ella este modesto libro que
acaso peca de indiscreto? ¿No será acogido con menosprecio y risas
burlonas? Yo quiero que los muchachos que ahora empiezan a vivir, sepan
cómo sentían y pensaban los jóvenes de aquel tiempo. Sea como fuere,
prosigamos la tarea, y que la mocedad de hoy, agitada y turbulenta,
tristemente precoz, falta de nobles ideales, prematuramente envejecida y
nunca saciada de placeres, sepa cómo eran, qué pensaban y qué sentían
los jóvenes de entonces.

Permanecía yo en mi sitio predilecto hasta que las sombras invadían la
ciudad, hasta que se apagaban en los horizontes y en las cimas los
últimos reflejos del sol, y Villaverde encendía sus luces, y Véspero, el
amado Véspero, bañaba la vega en apacible y misteriosa claridad.
Entonces, apoyado en nudoso tallo, cortado a la subida, bajaba yo
lentamente, cargado de flores: irídeas de subido escarlata, que a
millares crecen entre las piedras de la vertiente; «patas de león»,
simpáticas moradoras de las umbrías; buvardias que se me antojan
talladas en coral; helechos que parecen tiras de raso; musgos raros;
frutos desconocidos; guías enflorecidas de cierta campánula blanquecina
que huele a miel virgen.

Ya sabía yo que Angelina me saldría al encuentro. Al llegar me la
encontraba yo en la puerta, cariñosa, sonriente, como toda niña delante
de aquél a quien ama, cuando sospecha que es amada.

--¿Qué me trae usted?

--Lo más hermoso que pude hallar.

La huérfana recibía las flores y corría a examinarlas. Mirábalas una a
una, aspiraba su aroma, y en la corola de la más bella, en el ramillete
más lindo, dejaba un beso silencioso que yo me apresuraba a recoger.

Por aquel beso hubiera yo subido entonces, en busca de flores, hasta lo
más encumbrado de la sierra; ahora no caminaría yo cien metros en busca
de una rosa, así fuese para obsequiar a la mujer más bella. Llamo a un
jardinero, le encargo un ramillete, y... ¡listo!




XVII


De noche me quedaba en casa, conversando con la enferma o charlando con
Angelina. Ella y tía Pepa hacían sus flores, y yo hojeaba un libro o
leía para mí.

--¡Lea usted en voz alta!--solía decirme la doncella.--Lea usted algo
bonito....

--¿La vida del santo del día?

--¡No!--contestaba en tonillo suplicatorio, haciéndome un mohín de niña
mimada.

Traía yo un tomo de versos, generalmente de Zorrilla. Angelina se
encantaba con las leyendas del afamado poeta: «A buen juez, mejor
testigo», «La Pasionaria», «Margarita la Tornera». Con ésta, sobre todo,
que era para ella lo más hermoso de la poesía moderna.

Me parece que veo a la anciana y a la joven muy diligentes y afanosas,
oyendo atentamente los sonoros versos.

Aquella mesita baja y larga, cubierta con un mantel viejo, iluminada por
un quinqué con pantalla verde, y llena de cajitas, ruedas de alambre y
rollos de papel, se me antojaba, a veces, como un arriate engalanado con
todos los primores de un jardín. Mi tía acocaba sépalos sobre la
rodilla; Angelina, pincel en mano, delante de un gran plato, y cercano
el papelillo de arrebol, pintaba pétalos de rosa. Empapábalos primero en
agua acidulada, los enjugaba después entre los pliegues de una toballa y
luego les aplicaba la tinta. Al poner el pincel en el húmedo paquetillo,
aparecía una mancha carminada, de tono intenso, que poco a poco se
desvanecía sin llegar a los bordes. Entonces la joven sumergía las
hojuelas en una solución de alumbre muy ligera, para fijar el color. Yo
seguía leyendo; pero en ocasiones la doncella demandaba mi auxilio.

--Rorró;--así me decía ya, sin que este nombre cariñoso llamara la
atención de mi tía.--¡Rorró, deje usted el libro y ayúdeme!

Se trataba de separar los pétalos uno a uno, sin estropearlos, con la
punta de un alfiler, para que la tela no perdiese el barniz que traía de
la fábrica y sacaran las flores un brillo natural. Iba yo despegando
las hojas y colocándolas cuidadosamente, en filas paralelas, sobre una
servilleta. Esta operación era muy larga.

Una noche la tía se quedó dormida. Advirtiólo Angelina, y me hizo seña
para que habláramos en voz baja, y quedito, muy quedito, mientras
oprimía con la punta de los dedos los empapados paquetillos y los
apartaba en el borde del plato, me dijo:

--Esta mañana estuve en la Conferencia.... Tuvimos una discusión muy
acalorada.

--¿Por qué?

--¡Cosas de las gentes! No piensan con juicio ni entienden las cosas a
derechas.

--¿Quiénes?

--Eso sí no diré; pero es el caso que una señora que usted conoce....

--¿Quién es ella?

--¡Curioso!

--Despierta usted mi curiosidad y....

--¡Ya dije que no lo he de decir!

--Bueno. ¿Qué pasó?

--Propuso una compañera que diéramos socorros a una familia que está en
la miseria. Todas aceptamos; pero entonces esa señora dijo que no; que
no era justo quitar a verdaderos necesitados, auxilios y socorros que no
abundan, para darlos a unas muchachas muy emperifolladas y que tienen
novio.

--La verdad es que....

--No, Rodolfo, qué verdad, ni qué verdad! No es cierto que esas
infelices anden emperifolladas. Suelen vestir bien, es cierto, pero no
porque despilfarran en trapos y moños lo poco que ganan. Andan
arregladas y aseaditas. ¡Eso no es un pecado! Si a veces llevan un
bonito traje es porque se los da una alma caritativa. Y en cuanto a lo
del novio, ¡eso es cosa que a nadie le interesa! Así lo dije yo. Pero la
señora insistió, y entonces una señorita, una señorita muy guapa que
estaba allí, (también la conoce usted) se mostró muy contrariada, y dijo
que aquello no le gustaba; que era muy feo eso de averiguar vidas
ajenas. ¡Y tuvo razón; sí, señor, mucha razón! ¿Verdad que eso no es
caridad? ¿Qué es eso? No, señor; si esa familia es pobre y necesita del
auxilio de la Conferencia, pues darlo, si es posible, si lo hay; o
negarlo si no alcanzan para ello los recursos; pero ¿a qué tales
averiguaciones? La señora no cedía, y entonces la señorita no pudo más,
y exclamó con mucha gracia: «En cuanto a eso de los novios, señora,
piense usted que esas pobres muchachas no se han de quedar para vestir
santos, y recordemos que asunto es eso en el cual nada tienen que hacer
las Conferencias. Si alguna vez ve usted a esas niñas con vestidos
buenos, es decir, con vestidos que no parecen de pobre, es porque yo,
(sólo porque es preciso lo digo), se los he regalado.» Y esto lo dijo
encendida y muy apenada.

--Y ¿quién es esa señorita?

--Después hablaremos de ella.

--Y ¿en qué paró la discusión?

--¡En qué había de parar! En lo que era debido; en que la presidenta
dijo que teníamos razón; que se dieran los auxilios, y que no se
volviera a hablar de eso. La señora se fué mohina, y nosotras salimos
muy contentas.

--Bien hecho, Angelina. Tenían ustedes razón.

--Ahora, vamos a otra cosa. ¿Sabe usted lo que me dijeron esta mañana,
al salir de la Conferencia?

--Si usted no me lo dice.... Veamos, ¿quién y qué?

--¡Ah!--exclamó, sonriendo, dejando ver toda la hermosura de sus
hoyueladas mejillas.--Es algo que a usted se refiere.

--¿A mí?

--Sí.

--¿Quién fué?

--Un pajarito.

--¿Un pajarito?

--Sí.

--¿De qué color? ¿Azul, como el de los cuentos?

Angelina no me contestó, y como si creyera que había dicho algo
inconveniente siguió hablando de otra cosa: ¡de la obra que tenían
empezada, de no sé qué!...

Yo me complacía en mirar los ojos de la doncella, aquellos ojos
soberbios, negros, rasgados, sombreados por la rizada pestaña y la negra
y arqueada ceja. Advirtió Angelina que la miraba yo con interés de
amante, y se encendió al igual de los pétalos que llenaban el plato.

--Angelina... ¿qué dijo el pájaro azul?

Sonrió dulcemente, y me respondió, bajando la mirada:

--Que.... ¡Es usted muy curioso!

--No tengo yo la culpa. Usted despertó mi curiosidad.

--No fué pajarito, que fué pajarita. ¿Dice usted que azul? Pues azul; no
se equivoca usted. Azul y oro... porque es rubia y estaba vestida de
color de cielo.

--¿Qué dijo?

--Pues... dijo, (no crea usted, que lo invento yo, eh?) me dijo...
que.... ¡No; es mejor no poner tentaciones!

Aunque la joven inclinaba la cabeza sobre el plato, pude observar que se
había puesto pálida, sumamente pálida. Velaba su rostro una sombra de
repentina tristeza.

--Angelina...--supliqué--¿qué dijo y quién es esa pajarita? Será una
golondrina de las que anidan en la torre....

--¡Adiós! Las golondrinas no son rubias, ni visten de azul.

--¿Y a qué viene eso de las tentaciones?

--A nada. ¡Cosas mías! Por decir algo... por avivar la curiosidad del
caballero....

--Seriamente. Dígame usted todo. Sin duda que me ha de interesar....

--¡Ah! ¡Y sí que sí!

--Pues... oigo.

--Es el caso....

--Dígame usted todo....

--Todo. Es el caso que una señorita muy guapa, muy elegante, y además
muy rica, la misma que se puso tan seria y abogó por esas pobres
muchachas que pedían socorro a las Conferencias, me tomó del brazo...
y....

--Bien, tomó a usted del brazo... ¿y qué?

--Y salimos.

--Salieron... ¿y qué más?

--Y me preguntó con mucho interés, con «demasiado» interés, quien era un
joven recién llegado a Villaverde, que vive en esta casa, y que tarde a
tarde, se pasa las horas muertas, en un asiento de la Plaza, de codos en
la baranda, y vuelto hacia....

--Hacia la casa del señor Fernández. ¿No es eso?--concluí riendo.

Ella prosiguió:

--Y oyendo tocar a una señorita que vive allí.

Angelina me miraba atentamente, procurando observar el efecto que sus
palabras producían en mí.

--Pues Angelina: ¡diga usted a esa señorita que ese joven soy yo, y que
paso muy gratas horas, oyéndola tocar!

--¡No! ¡Yo no le diré nada! Pero.... ¡Con razón dicen las gentes que
está usted enamorado de Gabriela!--exclamó apenada, trémula el labio,
húmedos los ojos.

--¿Enamorado de esa niña? ¡Ni por pienso! ¡Murmuración villaverdina!

--¿Murmuración? Vale más. Ya dieron en decirlo, y seguirán....

--Créame usted, Angelina; créame usted: la señorita es guapa, sí que es
guapa, linda como un ramo de rosas; pero el joven que se complace en
oirla tocar no ha puesto en ella los ojos, ¡ni los pondrá jamás!

Mi voz despertó a tía Pepa. Yo estaba separando el último pétalo.

La anciana se volvió a dormir, y entonces siguió la interrumpida
conversación, e interrumpida de tal modo que nos dejó turbados, como si
fuéramos dos amantes sorprendidos en furtivo coloquio.

--Usted dirá lo que quiera, Rodolfo. ¡Buenos son los hombres para eso!
No me doy por engañada. ¡El tiempo lo dirá!

--Le juro a usted que hasta hoy supe su nombre. Oía yo: ¡la señorita
Fernández... por aquí; la señorita Fernández... por allá!

--¿Conque no sabía usted el nombre de esa niña?

--No.

--¿No?

--No.

--¿Conque no?

--¡No, y no!

--Pues ya lo sabe usted: se llama Gabriela.

Angelina me veía y sonreía como si dudara de mi dicho, como si quisiera
sorprender en mis ojos la verdad.

--No, Angelina: sería una locura eso de que yo pusiera los ojos en esa
señorita. Sí, una locura, y por mil razones. La primera, la principal, y
que vale por todas, es ésta: porque soy pobre.

La doncella suspiró como si quedase libre de un gran peso.

--Algún día, acaso no muy lejano, sabrá usted, Angelina, a quien amo yo.

Díjele esto fijos mis ojos en los suyos. Ella me dirigió una mirada
profunda, intensa, llena de infinita ternura, dulcemente alegre.

Tía Pepa despertó.

--¿De qué hablaban, Rorró?

Angelina se apresuró a responder:

--De que Rodolfo se ha estado un siglo para separar esos pétalos.

--Y diga usted también que decía que estoy prendado de la señorita
Fernández.

--¡Qué es eso, Rorró!--exclamó mi tía.

--Señora, eso cuentan por ahí....

--¿Usted lo cree, tía?

--No, muchacho; ni sería de mi agrado. A Carmen sí que le gustaría. La
otra tarde me dijo: «¡Ay, Pepa! ¡A mí la única muchacha que me gusta para
Rodolfo es Gabrielita! ¡Qué bonita pareja harían los dos!»

El rostro de la joven se entristeció de súbito, como esos manantiales de
agua purísima cuando pasajera nube les roba por un instante los rayos
del sol.




XVIII


Angelina se mostró conmigo muy reservada y desdeñosa. Ya no me esperaba
en el corredor a la hora en que lavaba las jaulas y regaba las flores, y
si allí la sorprendía yo parecía más atenta a los quehaceres domésticos
que a mi conversación.

--¿A dónde va usted?--me decía.--Ya es tarde ¡Pronto, pronto! ¡A pasear!
Si ha de volver usted para desayunar... ¡a la calle!

Así me despedía. Tomaba yo el portante, y cuando salía muy contrariado y
mohino, al detenerme en la puerta para quitar la aldabilla, sentía yo
en pos de mí las miradas de la huérfana. Más de una vez me volví
rápidamente, y siempre logré sorprenderla en momentos en que me veía con
cariñosa curiosidad.

Después de vagar una o dos horas por los callejones o en la alameda de
Santa Catalina, volvía yo a casa. La mesa estaba lista, y la tía
aguardándome. Andrés, a quien diariamente mandaban desayuno y comida a
su «changarro» del Barrio Alto, solía almorzar con nosotros. Me place
recordar aquellos desayunos. ¡Qué de veces, en el comedor de fastuoso
banquero, he pensado, con triste alegría, en aquellas horas dichosas!
Tía Pepa en un extremo; yo a su derecha, y enfrente de mí Angelina.
Andrés tomaba asiento lejos de nosotros, en la otra cabecera, siempre
distante de sus amos, sin igualarse a ellos, sin confundirse con las
personas que creía superiores a él. En vano le instábamos para que se
acercara; en vano pretendimos que ocupara a nuestro lado el lugar
merecido. Andrés no era un extraño que por clase y condición debía vivir
de manera distinta que nosotros. Siempre le vimos como pariente nuestro,
como individuo de la familia, igual a mí, igual a mis tías; pero el
honrado viejo nunca quiso aceptar tales distinciones; nunca accedió a
nivelarse con aquellos que consideraba sus amos.

--¡Aquí estoy bien, Rodolfo!--me contestaba,--aquí estoy bien.

Y sin sentirse humillado, sin desdeñar lo que tanto merecía, se quedaba
en el sitio acostumbrado.

¡Cómo si le tuviera yo delante! Me parece que le veo. Hace tiempo que
bajó al sepulcro, y no he podido olvidarle.

En este momento creo verle aquí, del otro lado de la mesa en que
escribo, muy sencillote y franco, muy recatado y pudoroso para cualquier
acto de generosidad, y nunca más tímido que cuando quería averiguar si
necesitábamos algo. Paréceme que estoy viendo aquel rostro moreno, tipo
hermoso de la raza indígena, afinado por el cruzamiento en dos o tres
generaciones: obscuro, muy obscuro del color; estrecha la frente; alto
el cráneo; salientes los pómulos; la barba escasa, escasísima; los ojos
pequeñitos, negros, negros y vivos; la mirada franca; el aire resuelto,
como en todo aquel que no tiene en su vida acción que le avergüence, que
a nadie teme y de nadie es temido; que así se enternece a la vista de
ajenos dolores como rechaza sereno, con dura franqueza, con valerosa
resolución, a quien le ofende o desconfía de él. Robusto, ancho de
espaldas, dobladote como se dice vulgarmente, tenía una fuerza y un
vigor hercúleos. A su edad nadie alardea de vigoroso y fuerte, y Andrés
dejaba atónitos a los mozos más fornidos en eso de echarse a cuestas un
fardo y levantar y poner en el mostrador un barril de aguardiente. Bajo
aquella blusa azul, bajo aquella camisa sin almidones ni planchados ni
añiles presuntuosos, se abrigaban una musculatura de acróbata y un
corazón de oro. Cada visita de Andrés tenía por objeto hacer bien a la
familia de sus amos;--a sus amas,--mis tías;--al amito,--yo.

De ordinario, acabado el desayuno, mientras señora Juana retiraba los
platos, Andrés se levantaba y se iba a la cocina:

--Señora Juana: vaya usted por allá; tengo muy buen arroz. Vaya usted,
que ahora está todo muy bueno en el changarro. Hay una mantequilla
que... ¡qué ya verá usted cómo se chupa los labios el amito!

Volvía, tomaba asiento, y conversaba un rato. Al pasar por la cocina
hablaba en voz baja con señora Juana; encendía un puro, y se iba. Jamás
se atrevió a fumar delante de mis tías.

Angelina, tan desdeñosa conmigo cuando estábamos solos, en presencia de
mis tías se mostraba amable y obsequiosa. Cuando yo no la veía me
miraba; cuando yo clavaba en ella los ojos volvía el rostro encendida y
ruborosa.

¿Me amaría la doncella? Sí; clarito, clarito que me lo decían su
aparente desdén, su cauteloso empeño en mirarme cuando yo parecía
distraído y muy atento a la conversación de la anciana.

Después, como de costumbre, seguía la charla con la enferma. Angelina se
ponía a coser. A las veces terciaba en la conversación, pero aparentando
indiferencia, sin alzar los ojos. Cuando tía Carmen estaba muy débil me
costaba trabajo entenderla. Como entonces su voz era trémula y apagada,
la enferma se veía obligada a repetir las frases, y no lo hacía sin dar
muestras de impaciencia. La doncella, habituada a oirla, se apresuraba a
decirme lo que yo no había entendido, y apuraba el ingenio para no
entristecer a la anciana.

Ocurrióseme una vez tratar de las muchachas más lindas de Villaverde.
Tía Carmen se prestó a la conversación, y estuvo ese día de muy buen
humor. En ocasiones como aquella, se complacía en charlar como una polla
y en agotar el frívolo y gastado tema de noviazgos y bodas. No dejamos
de nombrar a ninguna de las niñas casaderas. ¡Ninguna fué del agrado de
mi tía. Unas le parecían tontas, coquetas, feas, sin gracia; otras,
aunque bellas, superficiales y vanas; algunas, buenas muchachas, pero de
«mala rama»,--como decía la enferma,--esto es, de familias
desconceptuadas e incorrectas; cuales simpáticas, pero de mala
educación; cuales bien educaditas, pero vanidosas y muy pagadas de su
letra menuda. ¡La educación!--decía--¡la educación antes que nada!

Llegamos a la señorita Fernández.

--¡Esa sí!--exclamó la buena señora.--¡Esa sí me gusta! ¡Tan bonita, tan
inteligente, tan buena, tan sencilla! Es rica, y tiene la sencillez de
una pobre; es inteligente e instruída, y no hace alarde de ello; es
hermosa, y no está pagada de su belleza. ¡Ay Rorró!--agregó después de
elogiar con mucho entusiasmo a la niña.--Es una perla. Así quiero una
mujer para tí. El otro día se lo dije a Pepa: ¡para Rodolfo, solamente
Gabrielita! No temas, no temas; yo sé lo que te digo. Ya sabes que para
esas cosas tengo yo buenos ojos. Eres pobre... ¡cierto! pues estoy
segura de que Gabrielita te preferiría a cualquier villaverdino, así la
pretendiera Ricardo Tejeda, tu amigote, o el hijo de don Basilio, ese
muchacho que es un bobo, que no sirve más que para contar a todo el
mundo cuánto vale el traje que lleva, y cuánto el caballo en que montará
dentro de pocos días. ¿No es verdad, Angelina? ¿No es verdad que para
Rorró, sólo Gabriela?

La doncella clavó la aguja en el lienzo, y pálida como una muerta,
arrasados en lágrimas los ojos, contestó, sonriente:

--Señora... ¡quién sabe! Es buena, muy buena... pero las Tejedas no la
quieren; ni tampoco las Castros; ni las Martínez, ni otras. ¡Y yo no sé
por qué! Será porque esa señorita es más elegante que ellas, y más
bonita, y de muy buen trato. En cuanto a eso.... ¡No hay en Villaverde
otra como Gabrielita! Pero yo creo que Rodolfo merece otra muchacha
mejor.

--¿Mejor la quieres?

--Sí, porque ninguna me parece digna de él.

¿Era aquello un arranque de soberbia? ¿Era ironía? Me volví para ver a
la doncella. Seguía hilvanando.

Tía Carmen prosiguió dulcemente:

--Mira, Rorró: tú eres un buen muchacho, y por eso te queremos mucho.
Mira: nosotras deseamos tu felicidad; siempre has oído nuestros
consejos... pues oye ahora uno: no seas como tantos otros muchachos
de tu edad, que andan, como mariposillas, de flor en flor.... Yo
comprendo muy bien que los jóvenes se entusiasmen con las muchachas
bonitas. ¡Es natural! ¡La edad lo quiere así! Pero, vamos, hijo mío:
¿por qué engañar a tantas, por qué engañar a tantas antes de fijarse en
aquella que ha de ser su esposa? El amor no es un juego; con el amor no
hay que jugar. Es cosa muy seria. Para una persona de buenos
sentimientos y de alma noble y elevada, no hay más que un amor, sólo
uno. En la vida no se ama de veras más que una vez.

La voz de la anciana se iba poniendo trémula. Acaso el recuerdo de un
amor malogrado le oprimía el corazón. Observé que por sus mejillas
exangües y marchitas rodaban gruesas lágrimas, dos lágrimas seniles, de
esas que no se pueden contener. La enferma buscó un pañuelo que tenía en
el regazo, y levantándolo difícilmente, con la única mano que tenía
expedita, se enjugó los ojos.

--Sí, Rorró,--prosiguió conmovida--así entendía estas cosas tu papá; así
las entendía tu abuelito. Mira; oye mis consejos, que no te irá mal.
Aunque eres pobre te casarás, sí, porque no te has de quedar soltero,
como don Román, tu maestro, ni has de ser sacerdote. Te casarás, y...
¡cuánto le pedimos a Dios que hagas buena elección! Cuando busques
esposa atiende a encontrarla fina, bien educada, modesta, prudente, de
buena familia. Atiende, sobre todo, a la educación; mira que por falta
de ella se pierden muchos matrimonios. Lo sé bien, lo sé bien; yo sé lo
que te digo. Ante todo la educación y la prudencia. Una mujer prudente
es la bendición del Cielo para su esposo, y la educación suele hacer
veces de la prudencia. Por eso Gabriela me gusta para tí. ¿Te ríes? Ya
lo veo; te ríes tristemente. Ya te entiendo; piensas que eres pobre, y
que por eso no puedes aspirar a ser amado de esa niña. Pues bien, si hoy
eres pobre, acaso mañana serás rico. ¡Y aunque no lo seas! Pobre, muy
pobre, más pobre de lo que eres, por tu familia, por tu educación, por
todo, eres muy digno de ser esposo de Gabriela.

Me sonrojé, pero no quise interrumpir a mi tía.

--No te rías así; mira que tu risa la siento aquí, en el corazón. No te
rías; ya sé lo que me vas a contestar; no hables, te lo diré yo. Vas a
decirme que eres pobre, y que aunque descendieras de un rey, aunque
fueras un sabio, y el primero por lo guapo y buen mozo, de nada te
serviría todo esto, de nada, si no tenías dinero....

--¡Eso, tía!

--Tienes razón. Pero, dime: ¿serías el primero que sin poseer caudales
se casaba con una rica? No. Pues ya lo ves.

--Sí, tía; pero no siempre en esos casos queda a salvo la dignidad.

--Te engañas: muchos pobres se han casado con ricas, y se han casado sin
que su nombre pierda lo más mínimo....

--Tal vez; pero la sociedad murmura....

--Ya lo sé. ¿Crees tú que yo no sé los males que causa la murmuración?
Hijo mío: el mundo murmura de todo. Procura que tu conciencia esté
tranquila, y deja que el mundo diga lo que quiera. No engañes a ninguna
muchacha. ¡A qué mentir amores a quien no será tu esposa!

Angelina seguía cosiendo. Las campanas de la Parroquia soltaron en ese
momento alegre repique.

--¡Ah!--prorrumpió la joven.--¡La fiesta de Todos Santos! ¡Ni quien se
acordara!

Levantóse y salió.

Cuando quedamos solos tía Carmen me dijo:

--Ven, acércate.

Y mirándome tristemente agregó:

--No seas causa de que una mujer llore un desengaño; no, Rodolfo, ¡no
hagas eso! No puedes imaginar qué de males ocasiona un hombre cuando
miente amor. Mira, lo sé por experiencia. Cásate con quien quieras....

--Tía: yo no lo haré nunca movido por el interés y la codicia....

--Muy bien. Apruebo ese modo de pensar. Pero si te es posible conciliar
(por supuesto que sin mengua de tu decoro) el amor y la conveniencia,
¿por qué desdeñar a una mujer rica? Por eso te decía yo que
Gabrielita....

--Sí, tía, sí; tiene usted razón; pero, créame usted: si algún día
pienso en casarme, no consultaré más que a mi corazón.




XIX


Charlé media hora en la botica de Meconio. Allí estaban los pedagogos,
el P. Solís y don Crisanto.

Adentro, como de costumbre, se tributaba culto a Birján. Oficiaba su
gran pontífice don Procopio, y entre los cofrades ví, con sorpresa, al
piadoso y manso don Basilio. Era muy aficionado a las cuarenta el señor
alcalde; pero nunca pasaban de un duro sus apuestas. Sólo
jugaba--palabras textuales--para matar el tiempo.

Célebre ciudad de jugadores fué Villaverde allá en los tiempos
coloniales, y sotas, caballos y reyes, se llevaron de allí más dineros
que de la Veracruz los piratas de Lorencillo.

Ahora, es decir, en los tiempos en que acaecieron los sucesos que voy
narrando, contaba Birján pocos oratorios, pero aun tenía culto en muchos
sitios.

Antiguamente se jugaba en todas partes, en trastiendas, talleres,
boticas, mentideros, y hasta en la Plaza, durante la segunda quincena de
Diciembre. Al anuncio de las «rifas» se regocijaban mis paisanos, y huía
de Villaverde la budística tristeza que de ordinario la consume. Monte,
ruletas, dados, polacas y lotería de cartones, congregaban todas las
noches en la Plaza a los piadosos villaverdinos, que allí dejaban los
cuartos para que los ediles nivelaran con el producto de las «rifas» el
presupuesto municipal siempre deficiente.

No sé lo que ahora sucede en Villaverde. A ser ciertas algunas noticias
que de allí recibo, aun son fieles los villaverdinos a su dios; el culto
ha decaído, pero la devoción vive, y vivirá en ellos por los siglos de
los siglos.

La tertulia languidecía; los pedagogos estaban displicentes y mal
humorados; el doctor disertaba de farmacología indígena, y el P. Solís
leía con avidez cierto periódico conservador, el primero que saltó a la
palestra después de la catástrofe imperial.

Viendo que los tertulios no reían ni disputaban, me decidí a pasar la
velada en la casa del dómine. Además me era insoportable la presencia de
los periodistas, desde el día en que me ajustaron las cuentas y pusieron
en solfa mis sonetos. Me repugnaba el trato de mis críticos, solamente
soportables para mí cuando discutían y se peleaban, cada cual en defensa
de sus «ideales».

Nada más triste que Villaverde al fin del día; nada más horrendo que mi
ciudad natal después de obscurecer. Todo el mundo se mete en casita, y
si el aburrido no acude a cualquier mentidero, es cosa de morirse de
fastidio. Las calles desiertas, obscuras, lóbregas, silenciosas. Ni un
organillo que alegre aquella espantosa soledad. Casi todas las casas
están cerradas. ¿Qué se hacen a esa hora las dulces y modosas
villaverdinas? Sábelo Dios. Ahí se están en la sala, acurrucadas en el
sofá, columpiándose en las mecedoras, soñolientas y aburridas, en espera
del novio, atisbando el momento oportuno para pelar la pava.

Me lancé a la calle. Iba yo perdido en las tinieblas, tropezando a cada
paso. Camino de la casa de mi maestro, pasé por la plaza, delante de la
morada de Gabriela. La hermosa señorita estaba en el piano. La
pobrecilla, para entretener sus fastidios villaverdinos, repasaba el
repertorio en boga. No me detuve a escucharla. Me pareció que cometía yo
una infidelidad.

La plaza estaba casi a obscuras. Ardían los cinco faroles, pero con luz
tan débil y escatimada, que apenas dejaban ver los árboles, la fuente y
el barandal. Salían del templo algunos hermanos de la Vela Perpétua;
los vicarios departían en el cuadrante con los campaneros, y en la
esquina opuesta una vendedora de frutas secas dormitaba en espera de
marchantes, a la luz de un farolillo de papel. En un ángulo del
cementerio una «garnachera» condimentaba sus fritadas. El airecillo
nocturno llevaba calle abajo el picante olor de la cebolla y el hedor de
la manteca requemada.

Salí de la botica contagiado de tristeza pedagógica. Pensé en mi
situación; me puse a cavilar en mi suerte; en que era yo pesada carga
para mis tías, las cuales me habían sostenido por tantos años a costa de
extremos sacrificios. Aquello no podía seguir así. Y bien, ¿por qué sólo
de tarde en tarde me detenía yo a considerar mi penosa situación? Esto
fué el tema constante de mis meditaciones en los primeros días, pero
luego puse toda mi atención en la belleza de los campos de Villaverde,
en las puestas de sol, en la galanura de mis poetas favoritos, en las
visitas de mi maltrecha musa, en el amor de Angelina. ¡Mente maldita la
mía, tan divagada e inestable, inquieta como una giraldilla, encariñada
con todas las cosas inútiles y frívolas!

Habían pasado los ocho días de plazo señalados por Castro Pérez, y mi
hombre no daba señales de vida. Se me cerró el mundo, y me ví solo en
él, sin dinero, sin esperanza. Me dieron ganas de morir, un deseo vago y
dulce de morir, que entonces, como ahora, surge en mi corazón, no
solamente en momentos de angustia, sino también cuando me considero
feliz: grata inclinación al suicidio, en la cual no he parado mientes
hasta después de cumplir los treinta años, y, que,--como digo para mí,
riendo tristemente,--es la nota trágica de mi carácter, de este carácter
mío, llevadero, resignado, benévolo y complaciente.

Acaso bebí el germen pesimista en las fuentes románticas: en algunas
páginas de Chateaubriand, en el Werther, en las cartas de Fósculo, que
repasé mil y mil veces; en los melancólicos versos de mis poetas
favoritos. Después he leído las obras de Leopardi, de Schopenháuer y de
Hártman, y confieso que me son simpáticos, aunque no acepto sus ideas.
Este mundo es un valle de lágrimas, pero la vida del hombre es
pasajera, y «algo divino llevamos aquí dentro». No hay grandes
caracteres, ni almas grandes, sino a condición de ser templadas en el
fuego del dolor. Sin él, ¿qué seria el hombre? Algo así como la planta
que vive y muere sin darse cuenta de su existencia; algo como la piedra
que reposa en la cantera o rueda en el camino. Conservo íntegras las
creencias en que fuí criado; guardo incólume la fe de mis padres, y ella
ha sido para mí, en mis horas negras, en mis días tristes, fuente de
consuelo, faro salvador; ella alivió mis dolores y restañó siempre las
heridas más hondas de mi corazón con el bálsamo de las eternas
esperanzas.

--Tenga usted paciencia, Rorró,--me decía Angelina,--vaya usted a la
iglesia y pídale a la Virgen amparo y protección.

Entonces recordé estas palabras de la doncella, palabras que resonaron
detrás de mí como si ella me hablase al oído.

Enfrente estaba el templo. Desde la calle veía yo la humilde lamparita
del Sagrario. Me encaminé hacia la iglesia. Entré en ella. Estaba
obscura. Cuatro individuos, de rodillas, con sendos cirios delante,
rezaban el rosario. Busqué el rincón más retirado, y allí oré, oré con
fervor de mujer, con sencillez de niño. Pero a poco me di a considerar
lo augusto del templo, la majestad del edificio, lo suntuoso del altar;
el efecto que producían en muros y columnas las luces de los hachones;
las sombras que al titilar de las flamas bailaban en las pilastras una
danza de endriagos espantables y trémulos, y hasta me reí de la grotesca
figura de los devotos, del sonsonete de sus rezos, de un estornudo
inoportuno que vino a interrumpir una oración solemnemente principiada.

Y después, por una de esas volubilidades de la fantasía, me imaginé que
era el amanecer; que el altar estaba adornado con rosas blancas; que
resplandecía iluminado con centenares de luces; y que una joven, en
traje de boda, oraba en un reclinatorio; una joven elegantísima, no sé
si Angelina o Gabriela, cubierta graciosamente con el velo nupcial.
Cerca de ella estaba el caballero que iba a ser su esposo.

Entregado a tales fantasías, no advertí que los devotos se habían ido,
hasta que el sacristán pasó cerca de mí, sacudiendo un manojo de llaves.

Salí, y a poco estaba yo en la casa de don Román. El anciano se disponía
a cenar.

--¿Quieres chocolate? No es de lo mejor; pero te le ofrezco de buena
voluntad. ¿Recibiste mi esquelita?

--No.

--Pues todo queda arreglado. Lee.

Sacó del bolsillo una carta y me la dio. Principié a leerla. A cada
palabra, una falta de ortografía. No dejé de sonreirme.

--¿De qué te ríes muchacho? ¡Ah! Ya me lo imagino.... De los disparates
de Castro. Pues no te rías. Castro Pérez es un hombre muy instruido.

--Lo será; pero no sabe una palabra de....

--¡Hijo! ¡Defectos de la educación antigua! Pero, mira: prefiero mil
veces estos abogados que no saben escribir con propiedad y corrección a
esos sabios de nuevo cuño, como Venegas y Ocaña.

Don Román engullía sopas y sopas.

--Bueno: ¿estás contento?

--Sí, señor.

--Pues ya lo sabes; mañana, a las nueve, te presentas en la casa de
Castro.

--¿Mañana?

--No, tienes razón; mañana es día de fiesta, y pasado mañana día de
Difuntos. Ya irás. Poco vas a ganar, muchacho; pero, ¡algo es algo! Ya
veremos si después encontramos cosa mejor.

Castro Pérez había despedido a su escribiente, y en atenta carta avisaba
a mi maestro que el empleo estaba a mi disposición. Hacía grandes
elogios de mí, y se prometía encontrar en el nuevo amanuense un joven
«inteligente, activo y útil»....

Yo dije para mí, cuando leí el párrafo:

--¡Y que gane poco!




XX


Salí de allí muy alegre y regocijado. Angelina salió a encontrarme.

--Doña Carmelita ha tenido un ataque horroroso, ¡como nunca! Hace mucho
tiempo que estaba bien: comía con apetito, dormía tranquilamente.... Es
cierto que iba perdiendo las fuerzas, pero no tenía esos ataques, esas
convulsiones que a mí me asustan....

Corrí al cuarto de la enferma. Halléla sosegada; había tomado alimento y
parecía dormitar. ¿Y quién me aseguraba que aquel sosiego no era síntoma
de suma gravedad?

La anciana había sufrido uno de esos ataques que caracterizaron el
principio de su enfermedad; una convulsión general, mayor en un brazo, y
una inquietud que no la dejaba queda cinco minutos. Ni en la cama, ni en
el sillón estaba a gusto; era preciso traerla y llevarla de aquí para
allá. A cada instante se quejaba, diciendo:

--¡Esta convulsión interior que me mata!

A poco despertó, y quiso levantarse y caminar por la habitación, apoyada
en Angelina y en mi tía Pepa. Iba y venía, pero sin fuerza, casi
arrastrando los píes. Las extremidades inferiores eran más débiles cada
día, la pobre temía caerse, y su angustia aumentaba al considerar que
sus enfermeras no podrían sostenerla. Acudí a relevar a mi tía,
esperando que la anciana segura de mi vigor, se mostrara más decidida y
animosa, pero todo fué inútil.

--Tú no sabes llevarme.

--Sí, tía.

--No, déjame.... Voy mejor con Pepa.

Insistí, rogué, supliqué.... ¡En vano! Quise imponerme dulcemente,
fingiendo que no acertaba yo a comprender por qué rehusaba mi ayuda.

--¡Déjame! ¡déjame!--decía angustiada, sollozando.--¡En el sillón! ¡En
el sillón!

Era su voz tan débil que apenas la oíamos. En nuestra congoja creímos
por momentos que iba a expirar.

En esto llegó el doctor.

--¿Qué tenemos de nuevo? Vamos, vamos.... ¿Qué tal, mi señora? ¡Esos
nervios! ¡Esos nervios!

Sentóse cerca de mi tía, y mientras conversaba con nosotros y bromeaba
con Angelina estuvo observando a la enferma.

--No hay cuidado....--repetía.--¡Esto pasará, pasará!.... Es un accidente
penoso, pero que no debe preocuparnos. Vamos, mi señora doña Carmen:
¡ánimo, ánimo, que ya todo pasó! ¿Dónde está ese valor famoso? Veamos
esa lengua.... ¿Y el apetito? ¿Bien? Pues ¡calma, y valor, valor!

Y dirigiéndose a la joven:

--Vaya, niña: una tacita de té de hojas de naranjo, con unas gotas de
éter.

La enferma parecía no poner atención a los dichos del médico, y me
miraba dolorosamente, como si quisiera decirme. «¡Ya lo ves! ¡No creo en
nada de esto!»

Recetó Sarmiento unas cucharadas y una pomada. Le acompañé hasta el
zaguán.

--Doctor; dígame la verdad.... ¿Cómo ve usted a mi tía?

--¡Mal muchacho, muy mal! Pero no te aflijas; esto va largo, a menos que
cualquier día sobrevenga otra cosa.... La enfermedad sigue su curso....
Es una enfermedad orgánica, y, como lo comprenderás, incurable.

--¿Volverá usted mañana?

--No es preciso. Que observe el régimen que tengo prescrito: reposo,
distracción, buenos alimentos, una copita de vino en cada comida, y
¡adelante! Que no esté sentada todo el día; que camine; que se mueva; que
salga por aquí, que vaya a la salita. La inmovilidad es perjudicial; que
ande, que camine hasta donde pueda. Pronto será completa la parálisis.

Don Crisanto me vió tan apenado, que me puso una mano en el hombro y me
dijo cariñosamente:

--Muchacho, no te asustes, no te acongojes.... Y, vamos, dime: ¿qué tal
andamos de dinero?

--¡Mal, doctor! Precisamente iba yo a decirle a usted que no podemos
pagarle la visita....

Don Crisanto frunció el ceño, manifestando disgusto.

--¿Pagarme la visita?--prorrumpió casi colérico--¿pagarme la visita? ¡Ni
ésta, ni cien, ni mil más! ¡Ninguna! ¿Cuándo he cobrado yo en tu casa
por mis servicios? Soy amigo viejo de tu familia, fuí condiscípulo de tu
padre.... Oyelo bien: ¿sabes a quién debo la carrera? Pues a tu abuelo.
Ya verás que no puedo venir a esta casa por interés. Mira, muchacho: no
vuelvas a hablarme de eso.

--Pero, doctor....

--¡Qué pero ni qué peras!

¡Cuánto agradecí al facultativo su desinterés! Bien sabe Dios que nunca
he olvidado tanta generosidad; pero esa noche me sonrojé, me dio
vergüenza aceptar los servicios del médico, sin retribuirlos
debidamente.

--Vamos...--prosiguió don Crisanto, en tono afable,--¿ya te resolvió
Castro Pérez? ¿Vas a servirle de amanuense?

--El martes estaré por allá. No entiendo nada de esas cosas....

--Bueno; pero todo se aprende. Hijo: ¡eso es el huevo de Juanelo!
¿Cuánto vas a ganar?

--No lo sé todavía.... De seguro que será poco.

Sonrió Sarmiento, me hizo una caricia, y me dijo en voz baja, casi al
oído:

--¡Ten paciencia! Yo te buscaré algo mejor. Más bien dicho, ya tengo
para tí una colocación. No todo sale a medida del deseo, y no podremos
contar con el destino hasta dentro de dos meses, a principios de año.
Fernández necesita un empleado en su hacienda de Santa Clara. Allí
ganarás un poco más.

--Temo una cosa....

--¿Cuál? ¿No servir para el caso?

--Sí... ¡qué entiendo yo de cosas de campo!

--Aprenderás, muchacho. No seas tímido, porque nunca harás letra.
Estarás allí muy contento. Fernández es persona muy fina. Trata muy bien
a sus empleados. Y aunque así no fuera, estás obligado a no perder la
oportunidad.... ¡Adiós, muchacho! Tengo por ahí un enfermo de suma
gravedad, un ranchero, que va que vuela para el otro mundo.

Tendióme la mano, y agregó:

--Nada digas a Castro Pérez de eso del empleo en Santa Clara. ¿Eh? Ya
estás advertido. ¡Chitón! No te apenes al ver a tu tía. ¡Eso no es nada!

La enferma estaba tranquila, el acceso había pasado. Sin embargo, la
noche fué penosa. Angelina y mi tía se la pasaron en claro. Desde mi
cuarto las oía yo que iban y venían.

Entonces comprendí toda la abnegación de la doncella. Cuidaba a la
anciana dulce y cariñosamente, con afecto de hija. Fina y bondadosa con
todos, con ella extremaba sus delicadezas. La mimaba; todos sus deseos
eran mandatos para Angelina, y sufría resignada desagrados y
reprensiones, el mal humor caprichoso de los enfermos, que de nada
están contentos, y que se impacientan sin motivo.

--Esta niña--me conversaba tía Pepa--es un ángel; creo que por eso le
pusieron Angelina. No tiene sueño tranquilo; cada noche se levanta dos o
tres veces para ver a Carmen y darle el alimento y la medicina. A mí no
me gusta eso, porque no tiene obligación de velar a tu tía. Eso me toca
a mí. Ya se lo he dicho; pero ella no dejaría, por nada de este mundo,
que me levantara yo a deshora. El otro día, como le dijera que iba yo a
velar a Carmen, me contestó un poco mohina, como impaciente y molesta:
«No, señora. ¡Si yo lo hago con mucho gusto! Usted ya no está para eso.
De día tiene usted mucho que trabajar. No, no; el día que yo no quiera
hacerlo, no lo hago». Mira, Rorró: yo creo que Angelina ha de parar en
hermana de la Caridad. Un día que hablábamos de eso salió diciéndome:
«Sí, señora, ¿por qué no?» Y es muy capaz de ser un modelo de hermanas
de la Caridad; lo mismo para enseñar a los niños, que para cuidar a los
enfermos. El señor Cura dijo el otro día, en casa de don Román, que no
hay en las Conferencias de San Vicente otra socia como Angelina. Ahora
es secretaria de la conferencia de la Parroquia, y todos están muy
contentos. No sé si Angelina habrá nacido para ser casada, pero, la
verdad, Rorró, si te casaras con Angelina a mí me daría mucho gusto,
mucho, mucho; sí, porque la quiero tanto como a tí, como ella se lo
merece; porque así todo quedaría en casa; porque a esa niña la miro como
algo nuestro, como persona de la familia.




XXI


Villaverde se regocija de cuando en cuando, y tiene sus fiestas y sus
paseos populares. No siempre ha de estar triste y malhumorada.

El día tres de Mayo acuden los villaverdinos a la herbosa alameda de
Santa Catalina. Pasan la mañana en los callejones del Escobillar,
recorren todo el barrio, se reúnen en los «solares», y allí comen el
tradicional mole de guajolote, y los tamales de frijol, a la sombra de
los naranjos y de los «jinicuiles» rumorosos. Por la tarde, hombres y
mujeres, ancianos, jóvenes y niños, suben a la colina del Escobillar,
donde un viejo borrachín, ya medio loco por el aguardiente, y muy
conocido de mis paisanos, clava una gran cruz de madera en una roca de
la vertiente oriental, al son de las músicas, al estallido de los
petardos, y al disparar de los morteretes.

Pero el paseo más hermoso es el dos de Noviembre, en un pueblecillo
cercano situado en el borde izquierdo de la Barranca de Mata Espesa, no
lejos del punto en que rápido y espumante se despeña el Pedregoso,
formando pintoresca cascada.

Recorred ese día las calles de Villaverde y las veréis desiertas. Todo
el mundo está de gira; el pobre lo mismo que el rico. Vánse con sus
familias, muy de mañana, antes que el sol caliente, después de oír dos o
tres misas por los difuntos.

Allí, en las húmedas y boscosas calles de Barrio Viejo, encontraréis a
todos los villaverdinos: unos a caballo, luciendo el potro rijoso y bien
enjaezado, el pantalón ceñido, el sombrero suntuoso y el zarape de mil
colores; otros, en viejos y desvencijados carruajes; los más, caballeros
en el corcel de San Francisco.

Desde la entrada del pueblo principian los puestos,--las «vendimias»,
como dicen en Villaverde--las fondas y los figones, improvisados bajo un
toldo de manta, o a la sombra de una enramada. Por todas partes
vendedores de frutas, de torrados, de cacahuates, de «tepache», de
bizcochos y de dulces. Helados, refrescos, aguardientes, todo tiene allí
salida. Hay allí cosas para todos los gustos. Desde lejos percibiréis el
olor del mole que hierve en grandes cazuelas, y os dejarán aturdidos el
incesante vocerío de los vendedores, el gritar de los chicos, y el
cantar báquico de los artesanos que han cogido la «zorra». Los
habitantes del pueblo, indígenas viciosos y haraganes, ven invadidas sus
casas por la multitud, y los indizuelillos andan asustados en los
cafetales o se asoman a través de los vallados de hierba para mirar a
los transeúntes. Llamadlos, y al punto echarán a correr como gamos
perseguidos. En los jarales huele a copal quemado, y de la calle a la
puerta de las cabañas un reguero de «cempaxóchiles» os guiará hasta el
lugar en que estuvo la «ofrenda» dedicada a las almas de los que dejaron
para siempre este mundo de dolor.

Es curioso notar que mis paisanos, los budistas villaverdinos, nunca se
alegran y regocijan como en día tan lúgubre y de tan penosas memorias.
No podía suceder de otra manera en la ciudad de las «almas tristes».

¡Cómo suspiré en el Colegio por aquella fiesta y aquel paseo! Así es que
al ver que tía Carmen seguía bien me encaminé hacia Barrio Viejo. La
tarde era espléndida, una linda tarde de otoño, fresca y luminosa.
Hormigueaba la multitud en la ancha calle; puertas y ventanas estaban
cuajadas de muchachas bonitas, y era aquello un conjunto de gentes
festivas y alegres, tan pintoresco y hermoso, que no le olvidaré jamás.
Unas que iban bulliciosas y parlanchinas; otras, que volvían cansadas,
arrepentidas, cargando el cesto de la comida. Mozos encandilados por el
alcohol, que se detenían para requebrar a las chicas; honrados padres de
familia que bregaban con la prole máxima, mientras la esposa traía en
brazos al mocoso rebelde y llorón. Más allá, un viejo, de capote antes
negro y ahora tornasol, cofrade de la Vela Perpétua, hermano de la
Tercera Orden de San Francisco; el panadero de flamante azulada camisa,
faja purpúrea, flecada de blanco, y sombrero a lo terne; unos rancheros,
muy orondos con la calzonera de pana y el sombrero galoneado; unas
lavanderas, que hacían ruido de huracán con sus enaguas tiesas; unos
gachupincillos, vendedores de ropa o dependientes de «El Puerto de
Vigo», inocentones, recién llegados, toscos de pies, mirando a todos con
airecillo protector; una media docena de pisaverdes villaverdinos,
jinetes en buenos caballos, y al fin, solo, en el overo acabado de
comprar, el hijo del alcalde.

Esa tarde pude admirar la hermosura de las muchachas más lindas de
Villaverde. Sencillas, vestiditas modestamente, ajenas a las modas y a
los figurines de París; modositas, tímidas, pacatas, tristes, como si a
los quince años empezaran a envejecer; niñas grandes, que me parecían
sin ilusiones ni esperanza, y para quienes el mundo se reducía a la
silenciosa ciudad nativa. Las mas aristocráticas,--que también tiene
aristocracia Villaverde--avanzaban lentamente. No irían hasta Barrio
Viejo ni visitarían la cascada; se quedarían a medio camino, en la casa
de cualquier amigo: allí les darían asiento, e instaladas en la acera
alfombrada de césped se divertirían con los paseantes.

Los carruajes pasaban dando tumbos mortales, y los jinetes sacando
chispas del empedrado, al caracolear de la escarceadora caballería. De
trecho en trecho, un mozo de cordel, un artesano o algún hortera,
pasaditos del fuerte, dando mayatazos.

Ni una nube en el cielo. El cielo de un hermoso azul; el sol poniéndose
detrás de la colina del Escobillar, y al Noroeste soberbias montañas, el
pie nevado del Citlaltépetl.

Avanzaba yo entretenido con el espectáculo de aquella regocijada
multitud, cuando columbré a Castro Pérez. Venía cansadísimo, fatigado,
como perro jadeante, apoyándose en el bastón de puño de oro, arrollada
sobre los hombros la española capa, echado hacia la nuca el sombrero de
copa. Había ido a pasear por los callejones de Barrio Viejo su esponjada
prosopeya.

Al verme se detuvo:

--Amiguito: ¿va usted a donde todos, no es eso? ¡Vengo medio muerto!

--¿Llegó usted hasta la cascada?

--¡Guárdeme el Cielo! No pasé de la puerta, y ya no puedo con mi
humanidad.

Echóse para atrás, y mirándome por sobre las gafas agregó:

--Ayer escribí a López.... Tendré mucho gusto en darle a usted el
empleo. Me gustan los jóvenes como usted. ¡Ya veremos! Ya veremos si
encuentro en mi nuevo amanuense lo que deseo y he buscado siempre: un
joven «inteligente, activo y útil...»

--Mañana me tendrá usted por allá.

--¡Bien! ¡Bien! A las nueve.... ¡A las nueve en punto!... Me gusta mucho
la exactitud.

Iba yo a seguir la conversación; pero el abogado me interrumpió
bruscamente y tendiéndome la mano me dijo:

--¡Adiós! ¡Que usted se divierta!

No bien me separé de Castro Pérez, cuando oí a mi espalda un ruido de
carruaje ligero. No sonaba como los otros vehículos de Villaverde, como
carro viejo o diligencia desvencijada. Resonaba con ese ruido uniforme,
compacto, de los trenes suntuosos, que nos hacen presentir mujeres
hermosas y en privanza. Volví la vista y me encontré con un carruaje
abierto, nuevo, flamante, de ruedas altas y ligeras en las cuales
centelleaba el sol.

Ocupaban el coche un caballero de noble aspecto, de barba gris, y una
señorita que atraía las miradas de la multitud por su hermosura y la
elegancia de su traje. Vestía de color obscuro y llevaba cubierta la
cabeza con un gorro de blondas sobre las cuales resaltaba una rosa de
Alejandría. Un grupo de galanos jinetes se detuvo para saludarla. Era
Gabrielita. El coche pasó como un relámpago. Me detuve un instante, y
seguí con mirada curiosa a la encantadora señorita, deslumbrado a veces
por el reflejo del sol poniente que centelleaba en las brillantes ruedas
del carruaje.




XXII


Acudí con toda puntualidad a la cita del abogado. Aguardé en la esquina
próxima la hora señalada, y al sonar ésta en el reloj de la Parroquia me
presenté en el despacho. El jurisperito, gran madrugador, había vuelto
de misa y del acostumbrado paseo por la alameda de Santa Catalina, o sea
el Bosque Pancracio de la Vega, y muy instalado en su poltrona aguardaba
la llegada de su nuevo amanuense.

--¡Adelante, joven!--dijo en alta voz.--¡Adelante! ¡Bien! ¡Bien! ¡Me
place la exactitud! Tome usted asiento. Voy a decirle cuáles son aquí
sus obligaciones. No hay aquí mucho trabajo, pero bueno es que sepa
usted, amigo mío, ¡que aquí no se pierde el tiempo!

--Puede usted ordenar lo que guste...--respondí, sentándome en una
silla de ojo de perdiz, muy vieja y vacilante.

--Vendrá usted a las ocho de la mañana, en punto, como ahora. A las
ocho... ¿me entiende usted? ¡En punto! Saldrá usted a la una, hora de ir a
comer. Por la tarde, a las tres. ¡En punto de las tres! Trabajaremos
hasta las cinco. A esa hora puede usted retirarse. Cuando tengamos algo
extraordinario trabajaremos hasta concluir. Pero esto no sucede más que
de tarde en tarde. ¿Está usted conforme? ¿Sí? Pues bien, ¡quedamos
arreglados! Si al llegar ve usted cerrado el despacho, señal es de que
aun no vuelvo o de que estoy durmiendo la siesta. Entonces pide usted
las llaves a las niñas, y abre usted. Ahora, a otro punto. No quiero
retribuir el trabajo de usted como a los demás, de una manera eventual,
a lo que caiga. Así lo hice con otros; pero con usted será otra cosa. Le
estimo a usted, y a su familia, y me complazco en proteger a los jóvenes
listos y de porvenir, por lo cual he decidido señalar a usted un sueldo
fijo. Así no quedará usted expuesto a contingencias nocivas para sus
intereses.

Hizo una pausa, me vió de arriba abajo, y agregó:

--Tendrá usted quince pesos mensuales. Me parece que para empezar es una
cantidad... ¡muy decente!...

Era una miseria, sin duda, pero, dadas mis circunstancias, aquella
cantidad me pareció el premio gordo. En los términos más corteses
contesté que agradecía el favor, y que procuraría corresponder a la
confianza que se me dispensaba.

Castro Pérez me interrumpió:

--Joven: me prometo hallar en usted lo que tanto he deseado, lo que
hasta hoy no pude conseguir: un escribiente activo, inteligente y útil.
No perdamos el tiempo. En aquella habitación encontrará usted lo
necesario para escribir. Vamos a despachar, antes de que principien a
llegar los clientes. Ya verá usted. ¡Esto es atroz! No paro en todo el
día. Esto parece un jubileo.

Se levantó, y fuimos a la pieza contigua.

--Tome usted asiento. ¡En facha! Voy a dictar un escrito.

Me puse en «facha». Castro Pérez se caló una gorra de terciopelo verde
bordada de oro, a manera de fez, con una gran borla que colgaba hacia
atrás y se balanceaba como un péndulo. Mi hombre se compuso las gafas, y
con las manos atrás, ocultas bajo los faldones de la pringosa levita,
principió a pasearse, mientras yo, con el papel delante y lista la
pluma, me disponía a escribir.

Después de largo silencio, durante el cual el jurisperito recogió sus
ideas, y tosió y se sonó con el inmenso pañuelo de hierbas, habló en
tono muy enfático:

--Ciudadano Juez.... ¡Dos puntos!

Y yendo, y viniendo, Castro Pérez dictó larguísimo alegato, en estilo
pesado, difuso, verdaderamente fatigador, empedrado de latines y citas
de las Partidas, (mi hombre se las sabía al dedillo), y lleno de los mil
primores y maravillas de la jerga jurídica.

Castro Pérez alardeaba de ser un «dictador» de primera fuerza, como
César, Isabel de Inglaterra, Napoleón y el Arzobispo Munguía. Es verdad
que dictaba sin tropiezos ni vacilaciones, sin que fuera preciso
repetirle la frase anterior, sin que el amanuense le hiciera eco,
murmurando entre dientes la última silaba de la palabra final; pero así
salía aquello. Compadecí de todo corazón al infeliz magistrado que
tendría que echarse al coleto el indigesto fárrago, y temí que de puro
aburrido sentenciara en contra de los patrocinados por Castro Pérez.

Leí en alta voz el alegato. Mi hombre quedó satisfecho.

--¡Bien! ¡Bien!--exclamó.--¡Mucha lógica! Veamos esos latines.

No les puso tacha. Entonces le hice observar, muy delicadamente, que se
le había escapado una concordancia gallega, una de aquellas
concordancias por las cuales nos castigó tantas veces don Román.

--No, joven,--replicó disgustado Castro Pérez--¡así está bien! En eso sí
que ninguno me enmienda la plana, amiguito. ¡Así está bien! ¡Así debe
ser! Recuerde usted aquella reglita del Nebrija....

Y no la dijo.

Mi hombre prosiguió:

--Amigo: ¡sepa usted que en esa materia no le temo a nadie, ni a López su
maestro de usted, que lo vale, lo vale para eso de los tiquismiquis
gramaticales! Larga y erudita polémica tuvimos él y yo. Escribimos más
que el Tostado. Román decía que debe decirse «villaverdino»; yo, que
debemos decir «vilarverdino». La victoria fué para mí.

Efectivamente, en Villaverde todos decían y escribían «villaverdino»,
hasta que, en mala hora, se le ocurrió a un periodista dudar de la
acertada formación de la palabreja. Se alborotó el cotarro: salió a
contender el «pomposísimo»; saltó a la palestra Castro Pérez; charlaron
los pedagogos a su sabor; la cosa llegó al Cabildo, y los ediles
tuvieron asunto para varias sesiones. Villaverde se dividió en dos
bandos; «villaverdinos» el uno, «vilaverdino» el otro, y se armó la de
Dios es Cristo. El dómine y el abogado se dijeron mil perrerías; el
periodista se metió en cabaña, y la budística ciudad estuvo mucho tiempo
entretenida con la polémica.

Por fin, el Gobierno del Estado puso término a las disputas. Expidió una
circular que cayó como bomba en Villaverde. Con la tal circular sancionó
el Ejecutivo la opinión de Castro Pérez.

Desde entonces en mi querida ciudad natal todo el mundo dice y escribe
«vilaverdino», menos don Román que no se da por vencido.

Firmó el jurisconsulto su alegato, se quitó el bordado fez, tomó el
sombrero y el bastón, y se fué a la calle.

Apenas salió el jurisconsulto me puse a examinar el despacho. Era el
despacho típico de los abogados de provincia.

Dos piezas. En una, la que estaba destinada al amanuense, unos estantes
con papeles y legajos polvorientos, comidos de la polilla, folletos y
periódicos, en paquetes atados con hilo de Campeche; una mesa secular,
cubierta con una carpeta de paño verde, manchada de tinta; gran tintero
de plomo, una marmajera del mismo metal, dos plumas dignas del gabinete
de un arqueólogo, y un retal de casimir negro para limpiar las plumas,
procedente, sin duda, de algún pantalón viejo del abogado. Enfrente de
la mesa, un banco conventual y tres sillas desvencijadas, para los
clientes que esperaban audiencia. Las paredes blanqueadas con cal, el
piso ladrillado y sucio. ¡Qué falta hacían allí unas escupideras!

Tenía mejor aspecto el gabinete de Castro Pérez. Paredes, piso y techo
iguales a los de la otra pieza. Aseado, en cuanto era posible, dada la
incuria de su dueño, el tal gabinete mereció toda mi atención.

Daba frío, el frío polar que sentirán los que pierden un pleito, y se
arruinan, y se quedan a un pan pedir por culpa de un patrono ignorante,
o torpe, o desidioso.

Muebles: dos estantes de cedro, con alambrera, llenos de libros viejos,
infolios monumentales, añosos pergaminos que nadie tocaba, en los cuales
ninguno ponía mano, y que estarían hechos polvo. Y cuenta que, según me
dijo cierto día Castro Pérez, valían mucho, mucho, ¡mucho!

--¡Nada, joven!--repetía el abogado acariciándose el abdomen.--En esos
libros está la ciencia. Todo lo que ahora priva lo encuentra usted allí.
En esos librotes que ve usted allí, tan desdeñados por los eruditos a la
violeta, es donde beben los sabios de hoy cuanto hay de bueno en sus
flamantes teorías, que es poco. ¡Y luego nos presentan sus novedades,
muy orondos y pagados de sí! Aquí viene muy a pelo lo que dijo un músico
célebre de un innovador. En todas esas sabidurías de los abogados de hoy
no falta lo nuevo, ni lo bueno.... Pero... ¡ni lo bueno es nuevo, ni lo
nuevo es bueno! Sí, joven; no hay que tomarlo a broma o a engreimiento
mío con las cosas antiguas: en esos pesados volúmenes está la ciencia,
la verdadera ciencia.

Casi en el centro del gabinete, una mesa, una gran mesa con su cubierta
de paño verde, que caía hasta cerca del suelo, dejando ver los pies del
mueble, unas garras de león o de grifo que hincaban en sendas esferillas
las pujantes uñas, como en mísera presa famélico milano.

Cargada de legajos y mamotretos, aquella mesa característica no tenía
espacio libre en su ancha superficie. Detalle fastuoso de aquel cerro de
papeles: valioso tintero de plata, (sin uso, porque Castro Pérez se
servía de uno de plomo) un verdadero tintero colonial, de oidor
enriquecido, o de canónigo próximo a obispar, con una campanilla que le
servía de tapa.

De entre aquella cordillera de olvidados expedientes, de los cuales
hasta sus dueños habían perdido el recuerdo, y aglomerados allí por la
contumaz procrastinación del ilustre Papiniano villaverdino; de entre
aquella balumba de papeles amarillentos y polvorosos surgía un
crucifijo, un cristo de talla, hecho en Guatemala, al decir de don Juan.
La divina imagen, fija en el madero con cuatro clavitos de plata, se me
antojó, en tal sitio, oportuno signo de resignación. Desencajadas las
facciones, pálido el rostro, amoratadas las sienes, afilada la nariz,
los ojos mortecinos, los labios entreabiertos por la agonía, me pareció
que dirigía a los mamotretos echados en olvido, dolorosa mirada de
extraña compasiva piedad.

El único mueble moderno que allí había era una poltrona de caoba,
obsequio de algún cliente agradecido. En ella se arrellanaba el
jurisperito con gravedad de obispo en misa pontifical.

Cerca de la ventana, sobre un tapete empalidecido, dos «butaques»
medellineros, de cuero resobado y lustroso, y un gran sillón,
incomparable para dormir la siesta. Los visillos de la vidriera, en un
tiempo blancos, tenían hoy color de ceniza húmeda, y en sus pliegues
eran visibles los estragos de la polilla.

Frontero a la ventana, encima de una mesa, entre dos jarrones de
porcelana, un reloj de cristal, una lira, con la esfera de cobre dorado
y las cifras esmaltadas de azul, bajo roto fanal cuyas partes estaban
cogidas con lañas de papel. La forma de aquel reloj recordaba las
aficiones poéticas del jurisperito. Parado, siempre mudo, siempre
señalando la misma hora, me parecía aterrador como la eternidad.

Entre un estante y la pared estaba otro reloj de pesas, en larga y
estrecha caja de ébano, siempre andando, siempre arreglado. Previo un
sordo gruñido de sus intestinos de cobre, soltaba un repique de cien
campanillas de timbre agudo y disonante, y luego con voz grave y solemne
daba la hora: ¡tón! ¡tón! ¡tón!...

Yo, al ver aquellos relojes me decía: Uno para los clientes, el de
pesas; otro, el de cristal, para el señor licenciado.

A la derecha, junto a la ventana, un cuadro atribuído a Cabrera: San
Juan Nepomuceno, vestido como un canónigo angelopolitano, presentando,
asida con el pulgar y el índice de la mano derecha, una cosita, roja
como fresa estival, la lengua sanguinolenta, acabadita de cortar. El
rostro del mártir me causaba risa; era una carita de tonto, pálida,
risueña, sin majestad, sin nobleza, sin la expresión augusta que
corresponde a santo tan ilustre.

A la izquierda, en un marco dorado, bajo un cristal verdoso y orlado de
oro sobre fondo negro, un retrato de don Antonio López de Santa-Anna,
de gran uniforme, al cuello la cruz de Guadalupe.

Uno igual había en mi casa. La buena de mi tía Pepa le relegó al cuarto
del baño.

--¡Allí está bien!--decía, cuando le hacíamos notar la
profanación.--¡Allí, allí está bien! ¡A ese maldito viejo debemos todas
nuestras desgracias!

A eso de las diez comenzaron a llegar los clientes. Primero, una logrera
irascible que se fué echando chispas, muy quejosa del abogado; después
unos indios que entraron tímidos y respetuosos, con el sombrero entre
las manos, vestidos de limpio, al hombro el zarape purpúreo.

Traían para don Juan un par de pavos. ¡Qué pavos! ¡Que ni de encargo para
un mole en los callejones de Barrio Viejo el día de Difuntos!

Habló el más listo.

--«Aquí te lo trais el guajolotito de la ofrenda para el siñor
licenciado»....

Alguien me dijo después que aquellos hijos de Motecuhzoma eran ediles de
un pueblo cercano, clientes de don Juan en un lite de quince años, para
recuperar una dehesa y una faja de monte.




XXIII


Grato pasatiempo diario fué para mí la tertulia que se reunía todas las
tardes, dadas las cinco, en el despacho del jurisconsulto. Concurrían de
ordinario en aquel sitio, el doctor Sarmiento (a menos que los deberes
de su profesión se lo impidieran), don Cosme Linares, y el escribano
Quintín Porras. Este era el alma de la tertulia por lo bullicioso y
decidor. Inteligente, instruído, perspicaz, oportuno, hacía que le
oyéramos sin darnos cuenta de las horas que pasaban. Recibió el título a
mediados del 67; había estudiado en Villaverde, en Pluviosilla y en
México. Leía mucho, y aunque joven, y al parecer ligero, tenía grande
afición a los estudios serios; gustaba de las ciencias eclesiásticas, y
siempre andaba a vueltas con la Moral y la Teología. Había que
escucharle cuando soltaba la sin hueso. Le dominaban dos pasiones: la de
controvertir y disputar, y otra, muy dulce y pacífica, el tresillo
nocturno en casa de Sarmiento, con el P. Solís, don Cosme, y algunos
más. Baltronero como el mejor, a causa de la vehemencia de su carácter,
cuando tomaba la palabra era imposible cortarle la hebra del discurso.
Cuando él peroraba nadie metía baza; era capaz de discutir con el lucero
del alba, y hasta con los moradores de ultra-tumba. Cierta vez,--así lo
cuentan en Villaverde,--el amigo Porras fué llevado a un círculo
espiritista, con visos de lógia masónica, fundado recientemente por don
Juan Jurado, un «huizachero» de Pluviosilla. El gran círculo, centro de
teósofos y de libres pensadores, formando al uso del liberalismo más
avanzado, era por aquellos días piedra de escándalo para los piadosos
timoratos villaverdinos, y dió quehacer y congojas al Cura y a sus
vicarios, y mucha tela para sermones al bueno del P. Solís; y, qué más,
hasta puso en manos del «pomposísimo» la pluma gloriosa del apologista.
Los individuos de la sociedad católica fundaron un periódico, «La Era
Cristiana», que, sea dicho de paso, y repitiendo las palabras del
dómine, «es el papel que habla más alto en favor de la cultura
villaverdina». Le redactaba don Román, ayudado por el exclaustrado y por
Castro Pérez. Porras no pudo refrenar sus bríos, y se metió a
periodista, y publicó en «La Era» unos articulillos con mucha sal y
pimienta y mucho sí señor, enderezados a impugnar las nuevas y
perniciosas doctrinas. Mucho me dieron que reír los articulitos de
Porras, quien, bajo el seudónimo de «Canta Claro», hizo gala de sus
saberes y dió cada felpa a los ardorosos discípulos de Allán-Kardec, que
Dios tocaba a juicio.

Los del bando espiritista no se quedaron callados, y a su vez sacaron un
papel, rotulado «La Nueva Revelación», en el cual trataron a los de «La
Era» poco menos que como a cafres o negritos del Congo. Porras, especie
de Veuillot villaverdino, cobró alientos, apuró su ciencia, y extremó
sus sátiras contra los que él llamaba «destructores de la unidad
religiosa de la blasonada Ciudad». Se armó el zípizape; Villaverde tuvo
con qué entretenerse cada domingo, y las cosas subieron a tal punto que
a poco se llegan a las manos los exaltados contendientes. El Cura,
persona muy juiciosa y prudente, puso paz en ambos ejércitos, y la
budística población volvió a su calma y tranquilidad habituales.

Antes de que las cosas llegaran a tal altura, Venegas, presidente del
nigromántico senado, supo o sospechó que «Canta Claro» era mi amigo
Porras, y acometió la empresa de llevarle al círculo para que
presenciara las maravillas que allí se «producían». Sacó el cuerpo mi
don Quintín; pretextó ocupaciones; se negó a tratar del asunto, como no
fuera en los periódicos; pero Agustín perseveró en la empresa, y... la
curiosidad pudo más en el ánimo del improvisado escritor que las
censuras de la Iglesia. Porras fué llevado a una reunión extraordinaria,
especialmente convocada para que el incrédulo «Canta Claro» saliera de
allí vencido «por los hechos». Así lo dijo en varios corrillos el
sabihondo Jurado que era el más fanático de la cohorte nigromántica.

Allí tuvo que habérselas mi amigo con el mismísimo Voltaire. El célebre
escritor no tardó en acudir al llamado de la pitonisa, y ésta escribió
bajo la influencia del evocado espíritu, en castellano de gacetilla, y
en estilo difuso y pesado, semejante al de los redactores de «La Nueva
Revelación», no sé cuántas perrerías luteranas, contra la confesión
auricular.

Es fama que al oirlas saltó Porras en el asiento, como lanzado por un
resorte, y pidió la palabra para decirle a Voltaire cuanto era del caso.
Echóle en cara su mala fe, las contradicciones de sus escritos y su
desprecio para con la nación francesa; citó textos del mismo Voltaire
que decían de la confesión cosas muy distintas de las que ahora repetía,
y acabó, con grandísimo escándalo de los sectarios, por negar que fuese
Voltaire quien hablaba por boca de la pitonisa.

--¡No!--exclamó.--¡Voltaire era un gran escritor! ¡Cómo pocos! Yo no sé
si poseía el castellano, pero si así era, como supongo, no escribiría
tan mal la hermosa lengua de Guillén de Castro, de Lope de Vega y de
Ruiz de Alarcón. Sin duda, caballeros, que un espíritu chocarrero se
está burlando de todos nosotros.

Y dijo, y tomó el sombrero, y se retiró, sin que nadie pudiera
detenerle.

Mucho se habló en Villaverde del incidente. Desde entonces, si mentáis
al escribano, os dirán todos:

--¿Porras? ¡Si es capaz de disputar con los difuntos!

Correctamente vestido de negro, albeándole la camisa, desaliñado el
calzado y muy peinada y brillante la profusa barba, era un tipo de los
más simpáticos; pero más simpática aún era su charla. Conocía muy bien a
Castro Pérez; se complacía en hacerle rabiar, y cuando éste iba
poniéndose mohino le calmaba con un chiste o con una frase halagadora.

Los primeros días me le encontraba yo en la esquina, y pasaba sin
saludarme; después solía decirme, entre afable y sereno: «¡Adiós, joven!»
Más tarde, cuando conversé con él en el despacho, se mostró conmigo
cariñoso y sincero. Le oí, y quedé encantado de su charla. Por gozar de
ella procuraba yo retardar el trabajo, aquellas copias de los alegatos
de Castro Pérez, difusos, cansados y fastidiosos, que me tenían por
largas horas pegado a la mesa. Castro no dejaba salir de su casa un
escrito suyo si no iba puesto en limpio por el amanuense. Tengo
entendido que sabedor de que sus conocimientos gramaticales eran pocos,
temía soltar una faltilla ortográfica que hiciera reir a sus enemigos y
amenguara su bien sentada reputación de sabio y profundo conocedor de
las humanas letras.

Volvamos a mi amigo Quintín. No tenía humos ni vanidades, y lo mismo
trataba al rico que al pobre, al discreto que al tonto. Llegaba, y
parado en la puerta, bajo el carcomido dintel, se detenía atusándose el
bigotazo. Al verle yo, se inclinaba, quitándose el sombrero, me dirigía
correcto saludo, siempre acompañado de una picante alusión a la disputa
de la víspera, y luego, en voz baja me decía:

--¿Está el tío?

El tío era el abogado. Así llamaba a un superior cuando hablaba de él
con quienes le estaban sometidos.

Tomaba asiento en el banco monacal. A poco, después de ofrecerme un
tuxteco y de encender el suyo, se soltaba:

--¿No ha venido Linares? ¿No ha venido el gran tartufo? ¿Qué dice el
doctor? ¿No pasó por aquí esta mañana? ¡Tal para cual! El uno,
hipocondriaco, quejándose todos los días de una nueva enfermedad; el
otro, listo para recetar y sacar los pesos al don Cosme. Entre los
tacaños, Linares.... ¡Las tenazas de Nicodemus!

Porras era maldiciente; pero tenía una cualidad muy rara en los
murmuradores: no calumniaba ni ofendía. Por lo menos nadie se daba por
lastimado. Con una gracia particular y cierto no sé qué donoso y
chispeante, provocaba a reir, por mucho que de ordinario alzaran ámpulas
sus censuras. La víctima reía y quedaba desarmada, y ni replicaba mohina
ni respondía disgustada.

Pronto estimé a Porras en cuanto valía; no tardé en medir, aquella
nobleza de corazón, aquella sencillez de alma que parecía opuesta a toda
acritud, y que, sin embargo, era ingente en mi amigo; sencillez ingenua,
infantil, que se manifestaba a cada minuto en burlas y censuras de
cuanto parecía injusto y merecedor de vituperio. Quintín decía cada
verdad que temblaba la tierra, cada verdad tamaña como un templo, y ni
sus amigos ni las personas a quienes tenía en subida estimación
escapaban de sus filosas tijeras. Tenía algo, mucho, del amigo ingenuo
que nos ha pintado a maravilla Edmundo de Amicis en uno de sus libros
más hermosos; de ese cruel amigo que nos domina desde el primer día, que
nos subyuga, que nos hace sus esclavos, sin que nos sea dable rebelarnos
en contra de él; que con una frase nos parte medio a medio, y que,
riendo, del modo más natural, en presencia de todos, sin discreción ni
consideraciones de ninguna especie, nos dice lo que no queremos que
nadie nos diga, o que a propósito de una debilidad o de un afecto que
ocultamos con el mayor empeño, nos lanza un chiste que penetra en
nuestro corazón como la hoja de un puñal; amigo contra el cual no
podemos alzarnos indignados por duro que sea con nosotros, ya porque
somos impotentes para replicarle de modo que nos asegure el triunfo, ya
porque, a pesar de todo, le estimamos y le amamos por sus muchas
cualidades. Quintín Porras,--no le venía mal el apellido--poseía el don
de penetrar con la mirada en lo más hondo de la conciencia ajena. Caía
en ella como el buzo en el mar, como buzo que se sumerge hasta
apoderarse de la concha. La asía, no la soltaba, y salía luego a flote,
pregonando su victoria. Sin pararse en pelillos descubría el secreto
sorprendido, haciendo de él fisga y chacota. En ocasiones nos sacaba los
colores al rostro. Ganas daban de contestarle con un revés o con un
insulto atroz; pero Quintín tenía siempre una sonrisa, un chiste, una
frase cariñosa para calmar la tempestad. Paraba el golpe, y no había más
remedio que tomar a broma el incidente, reir, dar un abrazo a quien
momentos antes hubiéramos estrangulado de muy buena gana, y seguir
oyéndole.

Nadie como Porras para dar un buen consejo; ninguno mas discreto y
atinado para el arreglo de un asunto grave; nadie como mi amigo para
hacer un beneficio, sencilla y noblemente, del modo más natural, sin lo
repugnante y forzado que tienen en Villaverde la abnegación y el
desprendimiento.

Buen contraste hacía Porras con Castro Pérez y con don Cosme. El
primero: un pavo vanidoso, engreído con su fama, pagado de su saber, de
su crédito y de su dinero, atascado en el pantano de su prosopopeya
jurídica; el segundo: larguirucho, cetrino, amojamado, con aspecto de
sacristán, célibe por egoismo, alardeando a todas horas de timorato y
concienzudo, discreto y medido, paciente y culto. ¡Paréceme que le veo
sentado en el «butaque», con la pierna cruzada, preso en la estrecha y
perdurable levita, puesto en las rodillas el gran pañuelo de algodón, de
color indefinible. A nadie contrariaba; con nadie reñía; tenía el
talento de saber callar, siempre temeroso de que le conocieran, empeñado
en ser un arcano para todos, sonriendo, poniendo paz, tratando de
conciliar sus deseos y sus malas pasiones con los preceptos de la moral
más severa, el cumplimiento de la ley divina con la utilidad y
conveniencia propias. El rostro de suaves líneas; los labios delgados;
la nariz afilada; el mentón saliente y azuloso; la voz fina, aguda, de
timbre dulzarrón. Esto le pinta maravillosamente: se cuenta en
Villaverde, que nombraron albacea de un clérigo rico, que dejó largos
los cien mil del águila, desempeñó con singular actividad el pesado
encargo. Dicen todos los villaverdinos que el piadoso clérigo señaló una
fuerte suma para que su albacea mandara decir mil misas. Mil pesos legó
para ello el testador y Linares se dijo:--«Aquí mil misas me costarían
mil pesos. Haré que las digan en Italia. En Roma es corto el estipendio,
una lira...»--y así lo hizo, y se aplicó el sobrante en pago de sus
buenos servicios.

Era de ver cómo se divertía con él y con Castro Pérez el amigo Porras.
Los viejos se instalaban en los «butaques». Quintín permanecía de pie,
moviéndose de aquí para allá, atusándose la barba o retorciéndose el
bigote con beatífica dulzura. Solía poner a discusión un punto teológico
o una cuestión de Derecho; a veces refería un cuento carminado. Si era
lo primero, luego saltaba el abogado, que se decía muy fuerte en tales
asuntos, y allí era aquello de citar autores y el oponer razones que
Porras desbarataba de un soplo. Solían ser de aquellas que algunos
llaman de «porque si», y había que oír al escribano. Si eran buenas, mi
amigo argumentaba con sofismas que sus compañeros no acertaban nunca a
distinguir; si eran vacías y fuera de propósito, Porras recurría a la
sátira para quemar a los buenos señores.

Los cuentecillos venían al fin. Castro Pérez no se alarmaba, antes
parecía oirlos con interés; pero Linares montaba en Júpiter, o movía la
cabeza como repitiendo:--«¡Qué cosas! ¡Qué cosas! ¡Es usted atroz!»

Yo, desde la pieza contigua, lo oía todo, me reía a carcajadas y gozaba
de la tertulia lo que no es dado imaginar.

A las seis me iba yo a la plaza para oír a la señorita Fernández; pero
cuando la discusión se prolongaba hasta las siete, me hacía yo el sueco
y me quedaba oyéndola.

Un día Quintín estaba de vena. Se hablaba de las costumbres de
Villaverde. Porras las censuraba con la mayor acritud; el abogado las
defendía, y Linares decía que habían variado mucho, y que él no se
explicaba el cambio de ellas.

--Veamos claro;--decía lleno de fuego el amigo Quintín,--veamos, don
Cosme; veamos claro, don Juan: ¿se quejan ustedes de que hay en nuestra
tierra muchos jóvenes holgazanes? Tienen ustedes razón; los hay, y son
más de los que ustedes suponen. ¿Lamentan ustedes la corrupción de los
«villaverdinos» («villaverdinos» con perdón de usted), que crece más y
más cada día? Pues voy a explicar la causa de todo eso. ¡En dos
palabras! ¡En dos palabras! No; en dos palabras no; pero veré de
explicarlo brevemente.

Encendió el apagado puro, tomó aliento, se pasó la mano por los
bigotazos, y prosiguió en tono dulce, persuasivo, apacible, como si
quisiera agradar a sus interlocutores:

--Vean ustedes: el mundo siempre ha sido mundo; corrupción la hubo
siempre; por algo mandó Dios el Diluvio. ¿Quién se atreve a tirar la
primera piedra? ¿Vamos, quien? ¿Usted, Licenciado? ¿Usted, mi señor don
Cosme?

Y los miraba de hito en hito. El abogado se acariciaba el abdómen con
cierta complacencia de epulón, y Linares bajaba los ojos humildemente, y
enclavijaba las manos larguiluchas y exangües, como diciendo:--«¡Soy un
gran pecador!»

--Pues bien: corrupción siempre la hubo, aquí en esta levítica ciudad, y
en Pluviosilla, y... vamos, ¡en todas partes! Vagos y ociosos no faltan
en parte alguna. Ahora bien: ¿por qué son tantos en Villaverde?

Don Cosme movía la cabecilla y hacía un gesto de duda, para decir:--«¡No
lo sé!» Castro Pérez se componía las gafas.

--Voy a decirlo, ¡porque en esta tierra no tiene porvenir la juventud!
¡Porque los horizontes son obscuros! Y todos, usted, don Juan; y usted,
Linares; y yo; todos los villaverdinos, sin excepción alguna, nos
empeñamos en cerrar a los jóvenes el camino de la prosperidad. ¡Esto es
lo cierto!

¿Dudan de ello? Vamos al grano; dígame usted, mi señor don Juan, hágame
el favor de decirme: ¿cuánto gana ese muchacho que tiene usted aquí, y
que trabaja de la mañana a la noche? Veinte pesos al mes. ¡Y me parece
mucho! ¿Cree usted que con eso pueda vivir?

Don Juan iba a contestar:

--Pero, amigo don Quintín....

Este le quitó la palabra:

--¿Tendrá con eso lo suficiente para comer, vestir, pagar casa, y
subvenir a las necesidades de su familia? No, ¡claro que no! Con esos
veinte pesos, o quince, o diez, o menos, que eso ganará, porque usted no
peca de pródigo, no le alcanzará para comprarse un par de botines.
Cuando más para sostener ese lujo de corbatas chillonas con las cuales
anda tan majo, rondando la casa de la señorita Fernández....

Le oía yo desde la otra pieza, y sin embargo, me sonrojé. Me pareció que
tomaban a prodigalidad que gastara yo corbatas bonitas, como si eso me
hiciera merecedor de castigo. Lo de que rondaba yo la casa de Gabriela
Fernández me hizo reir. Todos lo decían en Villaverde, pero no era
verdad. Me gustaba la rubia, a qué negarlo, pero nada más; mi corazón
era de Angelina.

--Pues bien,--continuó Porras--y ¿qué tiene eso de extraño? Gasta lindas
corbatas.... ¡Es natural! ¡No había de usar harapos de seda, como ese
pañuelo raído y sempiterno que lleva usted al cuello, a manera de dogal,
amigo don Cosme! No hay que divagar. Sigamos con el capítulo primero.
Pregunto: ¿de qué viva ese joven? ¡Pues de lo que en su casa le dan!

Sentí ganas de entrar en el gabinete de Castro Pérez y estrangular al
escribano, el cual siguió diciendo:

--¡No puedo hacer otra cosa! ¿En qué puede ganar más un chico que acaba
de salir del colegio, y que vive, acaso por necesidad, en esta ilustre y
magnífica Villaverde? Pues así como Rodolfo viven todos los muchachos
villaverdinos. Muchos no tiene en qué ocuparse. Los que gozan de un
empleo ganan poco, tal vez quien trabaja más tiene sueldo más corto.
Usted, don Juan, no se dejaría ahorcar por diez o doce mil duros; tiene
usted magníficas entradas, porque los pleitos y los chismes producen la
plata, pues, bien, así fuera usted más rico que el mismísimo Creso, no
le subiría el sueldo a ese pobre muchacho. Eso que hace usted es lo que
hacen todos aquí, ¡todos! Cuántos conozco yo, personas ricas, podridas en
plata, que reciben en su casa a ésto o al otro joven.... De meritorios,
por supuesto que de meritorios, y en dos o tres años no les pagan un
real. No les dan nada, nada, no señor, que bastante tienen los infelices
con el honor de servirlos. Pero al cabo llega un día en que la víctima
ya no quiere trabajar de balde, se aburre de hacer méritos, y tímida y
temerosa solicita respetuosamente que le señalen sueldo, sueldo, aunque
sea corto. Entonces, ¿saben ustedes lo que sucede? Pues entonces con
cualquier pretexto le despiden, o le ponen en condiciones tales que le
obligan a tomar el portante. ¿Se va? ¡No hay cuidado! ¿Hace falta el
meritorio, que era muy útil y muy cuidadoso de los intereses de su jefe?
¡No importa! Ya caerá en la red otro meritorio, otro infeliz, otra
victima.... El pobre mancebo que sirvió fielmente dos a tres años se va
a la calle. Necio de él, que, en su candorosa necedad, creyó que alguna
vez serían recompensados sus trabajos, si no con dinero, ¡sí con
estimación y cariño! ¡Pobre tonto que tuvo la esperanza de encontrar
allí brillante y risueño porvenir, trabajo para toda la vida, modesto
bienestar! Se va.... ¡Quiera Dios que salga de allí con la reputación
intacta! El jefe, para evitar hablillas y censuras, se disculpará
fácilmente. ¿Saben ustedes cómo? Dirá que el pobre meritorio metía la
mano en el cajón; que vestía bien, que frecuentaba los teatros.... ¡Qué
ironía! ¡Los ¡teatros de Villaverde! ¿De dónde salía dinero para todo
esto? ¡Pues ya lo sabe todo el mundo! ¡Del cajón! Hay otro medio más
expedito. ¿Cuál? No hablar del asunto. ¿Preguntan por qué se fué el
meritorio? Pues no hay más que hacer un gesto intencionado, fingir una
sonrisa despreciativa, discretamente maliciosa, que lo diga todo.
¡Mentira y calumnia! La madre y las hermanas del pobre meritorio
trabajaban para vestir al muchacho. ¡Cómo había de ir al establecimiento
hecho un pordiosero! Esta es la verdad: creían, como el muchacho, que el
mancebo estaba en camino de ganar el oro y el moro. «¡Cómo el jefe lo
quiere tanto--dirían pronto le señalará sueldo, y buen sueldo! Entonces
será otra cosa».

--Pero....--repuso Castro Pérez.

--¡Por Dios, Don Quintín!--exclamó don Cosme.

--¡No hay pero que valga!--continuó el escribano.--¡Esa es la verdad!
¡La pura verdad! ¡Eso pasa todos los días! No se alarmen ustedes, ¡que
falta lo mejor! Sale el pobre muchacho de aquella casa, y sale con el
crédito perdido, y, como es del caso, no halla empleo. Espera
encontrarle más tarde, pero el dichoso día, no llega nunca, y como ya se
acostumbró a que le mantengan los suyos, y perdió el ánimo y toda
esperanza de medro, se echa a vagar, a vivir de ocioso; se envicia, se
corrompe, se resuelve a entrar en cualquier establecimiento donde
trabajará mucho y ganará una miseria, casi nada, y entonces, ¡entonces
sí que no responde de su conducta! Ahora vamos al punto segundo ¿Sabe
usted, don Cosme, por qué los jóvenes de Villaverde no son un modelo de
buenas costumbres? Pues... por la sencilla razón de que aquí no hay
trato social; porque aquí ni los hombres tratan a las mujeres ni las
mujeres a los hombres. Viven separados los sexos. Nada más a propósito
para que se corrompan las costumbres que la soledad y la tristeza
«villaverdinas», (con perdón de usted); nada más a propósito que la
separación cenobítica de los sexos. Por la noche nadie sabe qué hacer de
su persona. ¿Hay aquí bailes, tertulias, teatros? ¿Reciben las familias?
¡Qué han de recibir! A las ocho de la noche se encierran a piedra y
lodo, y las que no lo hacen.... Pase usted, y verá cómo están las niñas
durmiéndose en la sala, muriéndose de fastidio y desesperación. ¡Separe
usted los sexos, y ya verá usted, ya lo verá! Por lo pronto se llevará
Satanás a los del género masculino.... Después.... ¡Omito el cuadro!
¿Una boda? ¡Cada veinte años...! ¡Y con razón! Si los chicos y las
chicas ni se conocen ni se tratan. Los muchachos no tienen en qué
pensar, y como no han de ir a jugar tresillo con nosotros, se van por
esos mundos de Dios, o del Diablo, y... ¡ustedes saben lo que sigue!...
Y he dicho y preguntado más que Ripalda, y aquí paz y después ¡gloria!
Amén.

Gruñó el reloj de pesas, y soltó el repique de sus campanas disonantes.
Eran las siete de la noche. Tomé el sombrero y me dispuse a salir antes
de que acabara la tertulia. Al irme oí que Porras decía:

--Vamonos. Ya estamos en tinieblas, y el buen amigo don Juan es tan
avaro que no quiere gastar en una vela; por eso nos tiene a obscuras.
¡Viva el obscurantismo!




XXIV


Mi entrada en el despacho de Castro Pérez fué para mi tía Pepa el colmo
de la dicha, no sólo porque allí ganaría algunos duros su pobre sobrino,
sino porque creía, en su candorosa sencillez, que dados el crédito y la
buena posición del abogado, éste aseguraría mi porvenir. Se mostraba
contentísima la buena señora e iba diciendo por todas partes:

--¿Ya saben ustedes? ¿No lo saben? ¡Estamos muy contentas! Rodolfita
está colocado en el bufete del señor don Juan. ¡Ahora sí que se acabaron
las penas y las dificultades! ¡Ya el sobrino tiene un buen sueldo, y, si
Dios quiere, me quitaré de lidiar con la chiquillería!

Pero la enferma veía las cosas de otro modo.

--Estoy contenta; sí, porque de algo a nada... ¡algo es algo! Tú mereces
más, mucho mas. ¡No es justo que trabajes así, todo el santo día, por tan
poco dinero! Pero, ¡qué quieres! Así es todo en Villaverde. Digámoslo
claro: todos quieren que los demás les sirvan de balde. Confórmate,
Rorró, y procura cumplir con tus obligaciones, para que si mañana es
necesario que te ocupes en algo que te produzca más, no tenga Castro que
decir de tí lo que yo le he oído decir de otros muchachos.

Desde el día en que entré a servir al jurisconsulto me propuse vivir
aislado, lejos de los chismes villaverdinos que ya comenzaban a
disgustarme, así es que a las horas de descanso me encerraba en casa, a
leer o a conversar con Angelina, y únicamente los domingos por la tarde
me echaba a vagar por los callejones, o me iba a pasar dos o tres horas
en las orillas del Pedregoso o en las verdes laderas del Escobillar, de
donde volvía cargado de helechos y flores campesinas.

Angelina se mostraba amable y cariñosa conmigo, pero pronto pude
observar que no gustaba de quedarse sola a mi lado, antes, por el
contrario, huía de mí como temerosa de un peligro. Sin duda obedecía
prudentes consejos de su confesor el buen P. Solís. Aquel despego de la
hermosa niña avivaba en mi alma, de un modo terrible, la pasión que la
belleza y las cualidades de la joven habían encendido en mi, y que mi
tía Pepa procuraba fomentar.

Cuando por las mañanas, al salir de mi cuarto, buscaba yo a la gentil
doncella, y esperaba encontrarla en el comedor, me hallaba yo a Juana,
muy engestada, y mohina.

--¿Qué hace usted aquí?

--¡Estoy barriendo! Esto no es de mi obligación, pero como la niña no
quiere hacer este quehacer, aquí me tiene usted....

Por la noche, en torno de la mesa, mientras mi tía Pepa y Angelina
hacían aquellas hermosas flores que han dejado perdurable fama en
Villaverde, me instalaba yo, triste y contrariado, en un sillón, cerca
de ellas, y sin decir palabra me engolfaba en la lectura de un libro
ameno. La enferma estaba ya en el lecho, y la anciana y la joven
trabajaban hasta media noche.

--¿Qué te pasa?--solía decirme tía Pepa.--¿Qué tienes que así estás como
pajarillo en muda?

--Nada tía. Este libro que me tiene interesado y lleno de curiosidad.

Angelina conversaba de cosas indiferentes, pero a cada instante clavaba
en mí una mirada llena de ternura. Yo habría deseado decirle: «Angelina,
mi dulce Angelina, óyeme: ¿por qué huyes de mí? ¿por qué te muestras
indiferente y desdeñosa con quien te ama? Antes no eras así; antes....
Te amo, Angelina, te amo. No puedo ofrecerte una fortuna, no puedo
brindarte riquezas.... Nadie sabe mejor que tú que soy pobre y
desgraciado. Tú has sido desdichada también. Pues amémonos, amémonos,
pero no como dos hermanos. Tus ojos, esos hermosos y brillantes ojos,
húmedos por las amargas lágrimas de la orfandad, me dicen que me amas.
En vano pretendes ocultarme que vives para mí; es inútil que te empeñes
en esconder así ese secreto de tu corazón. ¿No ves que a cada momento te
traicionan tus miradas? El cielo nos ha reunido bajo el mismo techo,
como para decirnos: ¡Amaos! ¡Amaos! Y te amo, dulce y buena niña; te amo
con la plácida ternura de los primeros años de la vida. ¿Temes? ¿Por
qué, mi dulce niña? ¿Sabes acaso que hace mucho tiempo me robó el
corazón una chiquilla graciosa y bella? ¡Ah! Piensa que ese amor fué un
delirio... un sueño fugitivo, algo así como esos alcázares de nubes,
palacios de plata que forma el viento de la noche en la serena
inmensidad de los cielos, brillantes edificios que duran un instante, y
luego se desvanecen, dejándonos ver un reguero de astros. Mira: ese
amor, alegría venturosa de mis primeros años juveniles, pasó para
siempre. La que despertó en mi alma eso sentimiento, es ahora esposa y
madre; es feliz, y su felicidad me tiene contento y satisfecho. Acepta
el amor que te ofrezco, Angelina; noble, sencillo, puro, ese amor
renueva en mí la plácida ilusión de los quince años, tímida flor de
pélalos embalsamados que se abre al rayo apacible de tus miradas, regada
con el llanto de tempranos infortunios. ¿Eres desgraciada? Yo también lo
soy. ¿Eres huérfana? También soy huérfano. El cariño maternal no ungió
nuestra frente con sus besos envidiables. Ámame. Nada puedo ofrecerte de
cuanto el mundo codicia y aplaude, ni riquezas, ni poder, ni gloria.
Pongo en tus manos mi corazón, mi pobre corazón trémulo de amor.

Al dejar el libro en que leía yo, levanté los ojos para mirar a la
doncella. ¡Nunca más hermosa! Vestía ligero traje de muselina, y estaba
graciosamente envuelta en un rebozo que cruzándose flojo y llena de
pliegues en el pecho de la joven dejaba caer hacia atrás, sobre los
hombros, las flecadas puntas. La luz de la lámpara daba de lleno en el
rostro de la doncella, en aquel rostro pálido y melancólico, doblemente
interesante bajo los negros cabellos. Angelina armaba un ramillete de
fantásticas flores de papel de plata, de esas que presentan tan buen
aspecto en los altares, y que son, desde hace algunos años,
indispensables en toda fiesta religiosa, en toda función clásica.
Visitad en Pluviosilla la iglesia de Santa Marta, y veréis qué aspecto
tan hermoso presenta el templo con esos adornos, con esa floración
metálica que parece robada de los jardines de los gnomos. La joven iba
disponiendo los tallos floridos en una varilla larga y flexible. En el
extremo superior un grupo de azucenas rodeado de espigas; abajo de
éstas, a cada lado, grandes malváceas de anchos pétalos, y en seguida
estupendas rosas de apretado seno, capullos vigorosos, hojas de lirio
gráciles y flexibles.

Cuando Angelina hizo el último nudo y cortó el haz de pita floja, y lió
el tallo con una tirilla de papel de China, alargó el brazo para
observar a la distancia el efecto del ramillete. Miróle largo rato, y
luego compuso las flores que no le parecían bien colocadas, encorvando
los alambres, o dando con breve toque de sus afilados dedos, gallardía
y expresión a las corolas.

--¡Vaya!--exclamó.--¡Hemos concluido! El P. Solís quedará contento.

Y volviéndose cautelosamente para ver si estábamos solos, agregó:

--¿No lee usted ya?

--Ha tiempo que cerré el libro.

--¿Qué hacía usted?

--Verla a usted.

--¿Verme?

--Sí; admirar tanta belleza....

--¿Tanta belleza? Parece que el señor don Rodolfo se ha vuelto
galante....

--¡Ay, Angelina!--exclamé poniéndome en pie.--¡Es preciso que esto tenga
término!...

La joven comprendió al punto lo que iba yo a decirle, y se puso trémula,
asustada, roja como una amapola. Me acerqué de puntillas, y apoyado en
el respaldar del sillón, me incliné, y en voz baja le dije al oído:

--Angelina: ¡la amo a usted! ¡Me muero de amor!...

No me contestó; llevóse las manos al pecho, y fijó la mirada en una
cestilla que tenía delante.

--Angelina...--supliqué.

¡Silencio! ¡Silencio horrible! La emoción la ahogaba. Oía yo los latidos
de su corazón.

--Angelina, una palabra.... ¡Una palabra, por piedad!

--No quiero hablar,--me dijo tristemente,--no quiero hablar; ¿no lee
usted en mis ojos más de lo que mis labios pudieran decirle? ¡A qué
negar lo que ya sabe usted! ¡A qué ocultar, Rodolfo, que hace mucho
tiempo que le amo! ¡A qué negar lo que mis ojos le han dicho tantas
veces!

Apartó los ramilletes que tenía delante, y ocultó el rostro entre las
manos.

Sonaban en aquel momento las doce en el viejo reloj de la sala, y tía
Pepa, que andaba en las piezas interiores, se presentó en la habitación.

--¿Acabaste ya?

--¡Ya! Vea usted....

--Mañana, hijita. Es preciso madrugar. ¿No dices que quieres ir a las
misas de aguinaldo? ¡Yo también, yo también quiero ir!

--¡Ni quien se acordara de eso!

--¡Rodolfo no irá!--prosiguió la anciana.--¡Bueno es él para levantarse
tan temprano! Si tú quisieras, Rorró, irías con nosotras.... Yo no
pierdo nunca esas misas; me gustan mucho, mucho. Me parece que soy
muchacha. El abuelito nos levantaba tempranito. Con él íbamos todos,
menos Carmen, porque siempre fué muy floja. ¡Ya se ve! ¡Se acostaba a
las mil y quinientas! ¿Vas con nosotras? Ya no te acordarás de cómo son
las misas de aguinaldo.... No son como antes, ¡cuándo! pero verás cómo
te gustan. ¿Qué allá en México no hay misas así?

Mientras mi tía hablaba, Angelina puso en orden las cosas de las mesas;
cerró cajas y cajitas; las alineó en un extremo, recogió los alambrillos
dispersos y tapó el cacito del engrudo para que los ratones no hicieran
de las suyas en él. Charlaba la anciana, y yo, más atento a la joven que
a la conversación de mi tía, me gozaba en los rubores de la doncella
que, medio envuelta en el rebozo, huía de mis miradas como si hubiera
cometido un delito. Colocaba Angelina sus ramilletes en una gran cesta y
los cubría con un lienzo, cuando mi tía, tocándome en el hombro, exclamó
impaciente:

--¡Pero, muchacho, estás ido, o qué te pasa que no oyes lo que te digo!

--Usted dispense, tía--contesté avergonzado, temeroso de que
sorprendiera el secreto que me tenía distraído.--¿Misas de aguinaldo?
Las hay en todos los templos, y con pitos, sonajas y música de
cuerda... mas no para los colegiales sujetos a rigoroso reglamente,
condenados a perenne clausura, como si fueran monjitas capuchinas. En el
oratorio había misa, pero muy silenciosa y triste. La oíamos soñolientos
y desesperados, tiritando de frío. Ahora iré con Angelina y con usted a
todas, a todas, para acordarme de mis buenos tiempos. ¿Se acuerda usted,
tía Pepilla, de cuando me llevaba usted a las misas de aguinaldo que
decía en el Cristo el P. Artega?

--No me hables de eso, hijo mío, ni me recuerdes a ese infeliz que se
hizo hereje, protestante, apóstata....

Y desdeñando la conversación cortó la hebra de su charla.

--Vamos, Angelina.... ¡A dormir, que es muy tarde! Carmen te está
esperando. La pobrecilla quiere cambiar de postura....

En tanto que Angelina cerraba la puerta de la sala me dirigí a mi
recamarita. El viento inundaba la habitación con los mil aromas del
jardín, y el amor derramaba en mi alma el perfume embriagante de los
años juveniles.

Apagué la bujía, y de codos en la ventana me puse a contemplar el cielo.

Era yo feliz, muy feliz. Mis labios quisieron pronunciar el nombre de
Angelina, y sólo dijeron: ¡Matilde!

La dulce niña de mi primer amor ocupaba todavía un lugar en mi corazón.




XXV


Aquel recuerdo me llenó de tristeza. Vinieron a mi memoria las alegrías
de los quince años, las fugitivas amarguras del primer pesar, la tortura
congojosa del primer desengaño.

¡Mísera humanidad en la cual todo pasa y perece! En ella no persisten ni
dichas ni dolores; la más intensa alegría se disipa como la niebla; el
afecto de hoy se ve traicionado por el afecto de ayer, afecto que
creíamos muerto, y que de pronto revive en el alma fuerte y activo. El
dolor, con el cual llegamos a encariñarnos, del cual nos abrazamos
perdida toda esperanza de volver a la dicha, deseosos de vivir para él,
sólo para él, pasa y se va, huye y no vuelve, nos deja para que brisas
de ventura, de una ventura fugaz y efímera también, venga a refrescar
nuestra frente y a reanimar el desmayado corazón.

La noche era magnífica, una de esas noches de Villaverde, tibias y
benignas, sin nubes ni celajes, en que los astros centellean como
diamantes, en que los vientos traen a la ciudad el rumor de los campos
adormecidos, los cantares del perezoso río y los gratos perfumes del
valle. El agua corría dulcemente por el sumidero del pilón, y en la
espesura del jardincillo el «huele de noche» embalsamaba el espacio con
el penetrante aroma de sus flores tardías. Al pie de los muros y en
torno de la fuente las últimas maravillas prodigaban, como en las noches
otoñales, la esencia suavísima de sus caducas corolas. Orión fulguraba
espléndido; Sirio brillaba apacible como una lágrima de oro; Aldebarán
ardía purpúreo; la cerúlea Capella parpadeaba melancólica, y allá por el
Sud, joya sin par de las regiones australes, resplandecía Canopo con
irradiaciones azules, blancas y rojas. En suma, hermosísima noche, una
de esas noches ante las cuales se dilata el alma y se ensancha el
corazón; en que el pensamiento vuela de estrella en estrella, y en que,
olvidados de las miserias de la triste vida terrena, quisiéramos volar y
subir hasta más allá de los últimos astros, para perdernos y abismarnos
en las soledades misteriosas del éter.

Me puse de codos en el alféizar, y allí pasé la noche, solo con mi dicha
y mis recuerdos. El constelado firmamento hacía gala de sus pálidos
fuegos, la tierra dormía silenciosa, y de cuando en cuando se oía a lo
lejos el ladrido de un perro o el canto de un gallo.

Recordé cosas y sucesos pasados; evoqué memorias dolorosas de la niñez,
pesares y amarguras infantiles; los tristes días de colegio, las
melancolías del primer amor. Uno a uno desfilaron delante de mí
parientes cariñosos, fieles servidores, amigos nunca olvidados. Al
repasar las páginas del librillo de mi vida me pareció que iba yo
recorriendo larguísima y desolada calle, entre dos hileras de tumbas que
aquí y allá blanqueaban a la sombra de los sauces y de los cipreses.

La felicidad y bienestar de mi familia en tiempos mejores vino a
sonreirme, a lastimar con sus alegres memorias mi dolorido corazón.
Antes abundancia, respetos, halagos, lisonjas. Ahora, pobreza,
desconfianza, menosprecio, olvido.... ¿Dónde estaban los amigos de mis
padres? No quedaban más que dos: el bondadoso médico y el desgraciado
dómine....

Me dí a pensar en los días felices de mi primer amor. Entonces surgió
ante mis ojos blanca figura de mujer. Esbelta, pálida, vaporosa, ideal,
aquella imagen querida venía a recordarme olvidados juramentos, promesas
no cumplidas. Triste, doliente, llorosa, parecía decirme:--«Me ofreciste
tu alma y tu vida; me ofreciste tu corazón, y se los diste a otra....
¡Ingrato!»

Y aquella voz tenía el timbre de la voz de Angelina. La visión
desapareció arrebatada por una ráfaga del viento matinal que pasó
estremeciendo las copas de los naranjos y columpiando los floripondios.

¡Locuras de muchacho! ¡Delirios de ardorosa fantasía! ¡Presentimientos
de una alma tímida, de un corazón inconstante!

Sentí anhelo infinito de que aquel amor que llenaba mi alma fuese el
último de mi vida; deseo firmísimo de vivir sólo para Angelina, sólo
para ella; deseo vehemente de ser bueno para merecer el amor de la
modesta niña; para gozar, como de cosa propia, de la hermosura de aquel
cielo tachonado de luceros, de las mil y mil bellezas que la noche tenía
cubiertas con sus velos, y que dentro de breves horas, al clarear el
alba, aparecerían en toda su magnificencia; que sólo a condición de ser
bueno me sería dable gozar del supremo espectáculo de la naturaleza, de
modo que se me revelaran todos sus encantos, y no fueran arcanos para mí
la dulce melancolía de una tarde de otoño, ni la risueña alegría de una
alborada de Mayo, ni la serenidad abrasadora de un día canicular, ni la
terrífica majestad de la tormenta, cuando, desatada en las alturas,
incendia con cárdenos fulgores las cumbres de la sierra.

Creía yo entonces--¡pobre muchacho soñador!--que un orto de fuego sería
opaco y brumoso para el malvado; que los lirios del río no tendrían
aromas para el perverso; que las selvas acallarían sus músicas y
enmudecerían medrosas cuando pasaran bajo sus arcadas, bajo sus bóvedas
de follaje, corazones manchados. Creía yo que el verdadero amor era
premio y palma de la bondad, y que para amar y ser amados, con amor tan
alto como yo le sentía y alcanzaba a comprenderle, elevación sublime,
anhelo incesante de perfección, aspiración interminable a lo absoluto,
era preciso que el alma se asemejase, por lo inmaculada y pura, a la
flor que coronada de rocío abre su intacta corola al soplo cariñoso de
los céfiros.

Pasé la noche en la ventana. Orión descendía hacia el ocaso, y el Carro
iba ocultando sus estrellas en las profundidades de luctuosa nube que
subía lenta y creciente en los húmedos valles de Pluviosilla.

Permanecí largo rato con el rostro entre las manos. El sueño entornaba
mis párpados, e iba yo a recogerme, cuando grave y majestuosa sonó la
campana mayor del templo parroquial. Tañido, misterioso y solemne que
anuncia la llegada del día; que repetido de montaña en montaña dice a
los moradores de la serranía que Villaverde ha despertado.

A los ecos del sagrado bronce contestan el río, la selva, los huertos y
las aves. Las corrientes del Pedregoso cambian de ritmo; hay en las
espesuras preludios corales, amorosos aleteos, y principia por todas
partes el movimiento y la vida.

Diríase que los vientos se apresuran a derramar por los valles el aroma
de las flores que se abrieron durante la noche.

Los toques de la campana eran pesados y lentos.... Cesaron, y, un
instante después, estalló en todas las torres un repique bullicioso y
plácido, retozón e infantil, como si convocara turbas escolares, como si
los tañedores fuesen angelillos traviesos escapados del cielo.

¡Las misas de aguinaldo!




XXVI


Oí ruido en la habitación contigua. Tía Pepilla se había levantado, y no
tardó en llamarme. Daba golpes en la puerta, y al contestarle yo decía:

--¡Vamos perezoso! Ya está amaneciendo.... ¡Arriba! ¡Ya es hora!... Si
has de ir con nosotras, ¡levántate! ¿No has oído el repique?

Y la buena señora reía y bromeaba como una chiquilla.

Aun no cesaba la música de las mil campanas villaverdinas. Las de la
Parroquia, graves, solemnes, como un arcediano cuando entona el prefacio
en la misa de Corpus; las de San Francisco seriotas, sonando en ritmo
circular, rotundo el toque, como en los domingos de cuerda; las de San
Juan desafinadas y chillonas; el campanario de la iglesita de San
Antonio armaba una algazara sin igual, como en una orquesta platillos y
chinesco; en la espadaña del convento de Santa Teresa se volvían locas
las campanillas, y el esquilón rajado del Cristo resonaba presumido y
vanidoso, a semejanza de un tenor cascado que no quiere retirarse del
teatro.

El conjunto era singularmente bello. Aquel repicar vario y caprichoso,
sin unidad ni medida, tan distinto del otro con que se anuncian los días
solemnes y las fiestas clásicas, tenía algo de la maravillosa música
moderna en que parece que los instrumentos van libres, de su cuenta,
campando por sus respetos, desdeñando compás y disciplina, huyendo los
unos de los otros, pero que de pronto se unen y concuerdan en rara e
incomparable harmonía que primero sorprende, luego subyuga, y, por
último, nos hace ver bosques silenciosos, regiones celestes sin nubes ni
celajes, cerúleos adormecidos mares.

La música de los campanarios caía sobre la ciudad en frescas oleadas y
se difundía por el valle, a manera de río desbordado que quisiera
escaparse por los barrancos. Allí se detenía un instante, y luego como
que se levantaba ansiosa de volver a las alturas, para remontarse a los
cielos en pos de los astros que iban palideciendo y borrándose en la
ténue claridad del crepúsculo.

¡Qué bien se harmonizaba aquel vibrante vocerío con el despertar de
valles y montañas, con los preludios del pueblo alado, con el susurro de
las arboledas, con el canto idílico del Pedregoso, con el centellear de
los luceros, y con el mugir de las vacadas en el cercano ejido!

No sé por qué temí que la tía Pepilla supiera que no había yo probado el
sueño. Deshice el intacto lecho, revolviendo sábanas y colchas; tomé el
sombrero y el gabán, y salí al corredor. La anciana y Angelina me
aguardaban allí. Tía Pepa muy rebozada con el pañolón; la doncella,
caído sobre los hombros el abrigo, dejaba ver su hermosa frente.

--¡Buenos días!--me dijo tímida y medrosa.

Seguro estoy de que se puso roja como una amapola al estrechar mi mano.

--¡Vamos, muchacho... vamos! ¿Qué aguardas? Y tú Angelina: ¿despertaste
a señora Juana para que se quede con Carmen?

--Sí, señora.

--Pues vámonos, Rorró, que de aquí a San Antonio ya tenemos que andar.
Está lejos, pero allá iremos,--repetía--que allí hay pisos, y sonajas,
y panderos, y música de cuerda que toca sones y piezas alegres, y la
misa no es larga.... ¡Cómo que la dice el P. Solís!

Tomamos calle arriba, por una acera angosta y desigual. Había que subir
penosísima cuesta. La capilla de San Antonio está en el Barrio Alto.
Desde allí se goza de un hermoso panorama.

Los farolillos ardían con mortecina luz. Los serenos apagaban sus
linternas, y grupos de mujeres y niños iban apresurados hacia el templo.
Las madres regañaban a los chicos porque sonaban sus pitos y sus
panderetas, como temerosas de que a la hora precisa unos y otras se les
quedaran mudos.

Ofrecí mi brazo a la anciana.

--No,--me contestó--¡voy mejor sola! Dáselo a la señorita....

Angelina no le rehusó, pero comprendí que le aceptaba por compromiso. De
pronto se detuvo tía Pepa y, sonriendo, nos dijo:

--¡Bonita figura! ¡La vieja siguiendo a los galanes!

Angelina quiso desenlazar su brazo; pero yo no lo permití.

Encontramos nuevos grupos que iban a toda prisa, sin duda para ganar
puesto en la capilla. En una esquina topamos con unos «nacateros» que se
dirigían al mercado, muy cargados con grandes piezas de carne
sanguinolenta. Al llegar a la plazuela pasó delante de nosotros un
lechero, jinete en un caballejo, a cada lado un cántaro. Nos saludó
respetuosamente. Era joven; bien claro nos lo dijo su fresca y limpia
voz:

--Es Mauricio....--dijo Angelina.

--Es el lechero de Santa Clara.... De la hacienda del señor
Fernández....--agregó la anciana, dirigiéndose a mí.

Cuando subimos la escalinata vimos que las gentes se agolpaban en la
puerta. Aun no abrían los sacristanes, y todos pugnaban por colocarse en
buen sitio para entrar los primeros.

La capilla de San Antonio, el «santuario», como la llaman los viejos
villaverdinos, es una iglesita de estilo churrigueresco, muy bien
dispuesta y situada en lo más alto de una loma desde la cual se domina
toda la ciudad.

El cementerio está acotado con una verja que tiene sendas puertas en los
tres lados. Cuatro añosos cipreses dan al sitio un aspecto fúnebre,
verdadero aspecto de cementerio.

Tía Pepilla no quiso llegar hasta el punto donde los devotos bregaban
para abrirse paso, y tomó asiento en el último peldaño de la escalinata.

Reían los mozos, charlaban las doncellas, regañaban las viejas, y la
chiquillería iba de un lado para otro, con incesante ruido de cascabeles
y de pitos de agua que remedaban a maravilla los gorjeos de un coro de
alondras.

Angelina y yo nos acercamos a la verja, vueltos hacia la ciudad. Ya no
repicaban en las torres. En cada una de ellas una campanita atiplada,
urgente y chillona, llamaba a los fieles.

Aun no despuntaba el día. Los faroles de Villaverde brillaban en las
calles obscuras y por encima de los tejados como un enjambre de cocuyos.
El cielo menguaba en luces, y una apacible claridad glauca, pura como la
atmósfera y plácida como el fresco vientecillo que mecía los cipreses,
iba inundando el firmamento. Orión se hundía entre los picos de la
cordillera, y la Osa Mayor descendía hacia los valles de Pluviosilla. En
la región opuesta vagos albores anunciaban la aurora. La vega toda
revivía; el Pedregoso corría gárrulo y cantante, como si sus ondas
repitieran quedito la extraña harmonía de los repiques.

El cielo límpido de aquella noche casi invernal perdía poco a poco su
inmensa serenidad. Del vago albor que clareaba en las cimas orientales,
de las suaves tintas glaucas que todo lo invadían, brotaron lentamente,
primero indecisos e indefinibles, luego distintos y bien perfilados,
celajes y nubecillas de color de violeta, a través de las cuales vimos
que desaparecían las estrellas entre ráfagas de fuego. Las campanitas
seguían llamando a misa, el río seguía cantando, y susurraban las
arboledas, y venía de las selvas y de las cañadas algo como rumor de
lejanas orquestas misteriosas que ejecutaban, allá en la sierra, en lo
más recóndito de la cordillera, inaudita sinfonía.

Abrióse, por fin, la puerta de la capilla, y la multitud se precipitó en
el sagrado recinto.

De codos en la verja contemplábamos nosotros el espectáculo arrobador de
aquel espléndido crepúsculo, el panorama de Villaverde alumbrado por los
rojos fulgores del naciente día que incendiaba con reflejos de hornaza
los celajes que bogaban en el horizonte.

--Angelina:--exclamé, estrechando la mano de la doncella--¿me amarás
siempre, siempre, como yo te amo?

--¡Siempre!--contestó estremecida.--¡Como hoy, como mañana, hasta después
de muerta!

A la incierta luz de la aurora, que bañaba en celestes claridades el
rostro de Angelina, vi que lloraba, que dos lágrimas rodaban por sus
mejillas.

--¡Niña!--gritó mi tía desde los umbrales del templo.--¿Qué haces? ¡Ya
empezó la misa!

La joven corrió hacia la iglesia. Las torres soltaron el último repique;
el órgano desató sus raudales de místicas harmonías, y a sus acordes
solemnes se unió festivo coro de infantiles voces, de gorjeadores pitos,
de ruidosas y tintinantes panderetas. La misa principiaba.... El P.
Solís entonaba con su vocecilla devota y simpática:

«¡Gloria in excelsis Deo!»




XXVII


De mi casa al despacho de Castro Pérez. Terminado el trabajo, a eso de
las cinco, nada de tertulia en la botica, nada de oir tocar a la
señorita Fernández. A mi casita, a mi pobre casita, que me parecía un
alcázar. Si acaso, y eso de cuando en cuando, a visitar al dómine o a
charlar con Andrés. Los domingos, de vuelta de misa, a conversar con las
tías y con Angelina, a leer, a escribir....

Por la tarde al patio. La doncella y yo regábamos las plantas, y luego
nos instalábamos al pie del naranjo. Cortábamos violetas y rosas, y nos
entreteníamos en hacer ramilletes, empeñado cada uno en que el suyo
fuese el mejor. Angelina solía tejer unas guirnaldas en que mezclaba los
helechos de un modo maravilloso. Gran variedad hay de ellos en
Villaverde, y en nuestro jardincillo crecían de los más lindos. Cerca de
la fuente, en las piedras, y en los troncos viejos, se daban algunos que
parecían plumas, cintas de seda, tiras de raso.

Concluída la obra, corríamos a oir el fallo de las señoras. Para la
enferma eran mejores los míos; para tía Pepa los de Angelina eran los
más bonitos. El premio de aquellos certámenes florales consistía en un
abrazo cariñoso de la infeliz anciana, la cual apenas podía alargar la
mano para acariciar al vencedor. Pero siempre había para la joven una
frase tierna, un halago de aquellos labios trémulos, a las veces
contraídos por una sonrisa de dolor.

Los ramilletes servían después para decorar el altarcito de la Virgen,
ante la cual ardía a todas horas una mariposilla. Colocada la ofrenda
volvíamos al patio. Entonces Angelina hacía otro ramillete, un
ramilletín muy cuco, para que alegrara mi recámara, puesto en una copa
de cristal en que nunca faltaban, diamelas, capullos carminados o
heliotropos fragantes.

Mientras la joven disponía las flores, fiados en que las tías no podían
escucharnos y en que señora Juana había salido, hablábamos de nuestro
amor. Las misas de aguinaldo nos dieron ocasión de conversar muy a
gusto. Salíamos: tía Pepa nos dejaba atrás, yo daba el brazo a la
doncella, y desde la casa hasta la iglesia charlábamos que era una
gloria.

Más de una vez supliqué a mi tía que me contara la historia de Angelina;
le pedí con insistencia que me refiriera cómo había quedado bajo la
protección del P. Herrera, un anciano que a la sazón apacentaba en un
pueblecillo de la sierra numerosa grey de labradores; pero la señora
callaba, sin que ni ruegos ni súplicas le hicieran abrir los labios.

--Pero, tía:--decíale yo--recuerde usted que a mi llegada, hablando de
Angelina, me dijo usted: «yo te diré»....

--¡Para qué!--contestaba.--Es una historia muy triste....

No me causaba extrañeza la singular discreción de mis tías. Así fueron
siempre todos los de la familia.

De ciertas cosas no se hablaba en mi casa. Esta reserva les fué
perjudicial en ciertas ocasiones. Hasta que cumplí los veinticinco años
no supe que mi tío Alberto, un bravo militar que murió en Yucatán
víctima del vómito, no era hermano de mi madre.

Mis abuelos le recogieron no sé dónde; le dieron crianza, nombre y
carrera, y todos le creían hermano de mis tías. Nadie me contó esa
historia. Súpela casualmente. Registrando un estante arrumbado me
encontré varios documentos, cartas del abuelito y una copia de su
testamento. En ellos leí la historia de mi tío, y pude estimar el alma
nobilísima del testador, generosa y desinteresada como pocas. ¡Y vaya si
el anciano militar era bueno! ¡Y vaya si era inteligente! ¡Qué cartas
tan bien escritas! Tan claros los conceptos como aquella su letra
española serena y gallarda.

A decir lo cierto, deseaba yo saber la historia da Angelina, pero no me
atreví nunca a hablarle de esto. Ella se adelantó a mis deseos, y una
tarde, sentada al pie del naranjo, mientras disponía sobre sus rodillas
un haz de violetas, separando las que estaban marchitas y comidas de
gusanos, cercenándoles el tallo y hacinándolas en grupos, me dijo:

--Mira, mi Rorró: quiéreme mucho, mucho, como te quiere tu Angelina. Te
amo con el amor más grande que puede abrigarse en corazón de mujer; como
saben amar los pobres y los desgraciados. ¿Nunca te han contado las
desdichas de mi vida? ¿Nunca? Pues si no las sabes, si tus tías no han
querido referirte mi historia, óyela de mis labios. Acaso debí
contártela antes de dar oídos a tu amor, antes de confesarte mi cariño.
Muchas veces he querido hablarte de eso; pero o no he tenido valor para
hacerlo, o tú, con tus palabras amorosas, has distraído mi pensamiento.
Bueno es que lo sepas todo. Así no podrás decir nunca que te engañé. Yo
sé muy bien cuánto vales; que, por mil motivos, eres digno de una mujer
que te honre, sin que la historia de su familia, o el origen de la que
llegue a ser tu esposa sea obstáculo a tu felicidad; yo bien sé, Rorró,
que tu tía, doña Carmelita, desea para tí una mujer de brillante cuna,
elegante, hermosa... rica. Nada de esto tengo yo. No sé si soy buena o
si soy mala. Me basta saber que te quiero, y que te quiero tanto, que
por tí, bien mío, seré capaz del mayor sacrificio. Si te conformas con
eso, hoy, mañana, cuando quieras, cuando cambie tu suerte, o en
cualquier tiempo, que yo a todo me avengo y no busco riquezas ni lujos,
y sólo vivo para amarte, dame tu nombre, seré tu esposa, y viviremos
felices. ¿No es cierto, mi Rorró, que basta muy poco para que dos que se
aman como nosotros sean dichosos? Oyeme: ¡no te apenes si ves que lloro,
y déjame, déjame que te cuente todas las tristezas de mi vida!

Quise ahorrarle aquella pena, y le pedí que habláramos de otra cosa; le
rogué que no me atormentara, con aquella narración dolorosa. ¡A qué
saber la historia de Angelina! ¿No me bastaba saber que vivía para mí?

--¡No! ¡Me oirás! ¡Me oirás, Rorró! Sé muy bien que voy a darte una
pena... pero, óyeme...--Y fingiendo disgusto y como amenazándome, tomó una
violeta de larguísimo tallo, y con ella me azotó el rostro
cariñosamente, agregando:--Me oirá usted, señor mío, o.... ¡No vuelvo a
mirarte así, como a tí te gusta! Así....

Y clavó en mis ojos una mirada apasionada y profunda.

--Te oiré, alma mía,--repuse--si así lo quieres....

La doncella suspiró, quedóse pensativa largo rato, bajó los ojos abatida
y triste, y sin mirarme dijo con inmensa ternura:

--¡Así te quiero!

Y siguió sin decir palabra, separando flores y cortando tallos. Le
arrebaté las tijeras y el ovillo.

--Habla, Angelina....

--¡Quiera Dios,--replicó--que mi historia no sea para tí causa de pena!

En seguida agregó, variando de tono.

--Dame las tijeras y el ovillo.... Mira que si no me los das no tendrás
flores en tu mesa... ¡flores puestas por mí!

Le dí lo que pedía. Al dárselo observé que tenía los ojos arrasados en
lágrimas. Quedó silenciosa largo rato, hasta que al fin logró dominar su
emoción, y riendo, o fingiendo que reía, como un niño que va a contar un
cuento, principió:

--«Está usted para bien saber y yo para mal contar...»




XXVIII


--«Está usted para, bien saber, y... yo para mal contar»... que era yo
chirriquitina... así... como ese rosal. Tengo buena memoria, de todo
me acuerdo, pero me parece que veo las cosas de ese tiempo como entre
sombras, como en el fondo de una calle obscura.... ¡Hace ya tantos años!
Recuerdo que vivíamos en una ciudad muy grande, no sé si en Puebla o en
México. Acaso en México, porque los edificios eran hermosos y altos, y
veía yo desde el balcón muchos coches que iban y venían.

Estábamos, sin duda en la miseria; algunas veces pedía yo pan y no había
pan para mí. Mi madre, Dios la tenga en el cielo, me abrazaba y se
echaba a llorar: «Linilla,--me decía--Dios nos dará pan; vamos a
pedírselo». Y me ponía de rodillas, y me hacía rezar, con las manos
juntas sobre el pecho, como un angelito de esos que vimos el otro día en
la capilla de San Antonio.

Mi padre era militar, andaba siempre en la guerra, o en conspiraciones,
y por eso sus enemigos, los del partido contrario, le perseguían de
muerte.

No lo ví más que una sola vez. Habían triunfado los suyos y vino a
vernos. Trajo mucho dinero, y nos compró ropa y muebles, y a mí dulces y
juguetes, y un rorro muy lindo, de cabellos rubios y ojos azules, que
decía «papá y mamá». No he olvidado a mi padre: era un caballero alto,
de ojos muy hermosos, con unos bigotes muy retorcidos. Me abrazaba
cariñosamente, me besaba, y alzándome exclamaba:--«¡Lina! ¡Linilla!
¿Quién es mi encanto? ¿Quién es mi presea? ¿A quién quiero yo mucho,
mucho... ¡mu... cho!»

Pero un día se fué a la guerra.... ¡Siempre la guerra y las
revoluciones! Se fué muy de mañana, e iban con él oficiales y soldados.
Salimos a decirle adiós. Me tomó en brazos, me besó los ojos, abrazó a
mi madre, luego montó a caballo, y nos dijo: «¡Hasta la vista!...» y
partió. No volvimos a verle. Tres años duró esa guerra. El estaba en no
sé qué Estado lejano, y nosotras nos quedamos esperando su vuelta.

Un día recibió mi madre una carta. Mi padre nos llamaba. Fué preciso
obedecerle, y después de vender cuanto teníamos, muebles, ropa, todo lo
que había en la casa, emprendimos el viaje, solitas, en un carruaje que
daba muchos tumbos y que hacía mucho ruido al rodar en los empedrados.
Caminábamos de día y de noche, y sólo nos deteníamos en las posadas para
dormir y descansar unas cuantas horas. Antes de amanecer, otra vez al
carruaje, otra vez a los caminos desiertos, temerosas de los ladrones.
Solíamos pasar por algunos pueblos. El coche se detenía, bajábamos para
ir a la fonda, comíamos, y vuelta a caminar. Un día mi mamá se quejó
diciendo que le dolía la cabeza. Tenía fiebre, y fué preciso quedarnos
en un pueblo, en un mesón. Dormía yo con ella, y recuerdo que ardía en
calentura, que su cuerpo quemaba como una brasa. Despertaba yo a media
noche, y decía yo: ¡Mamá! ¡Mamá! Y no contestaba, permanecía como
muerta. Una vez, viendo que no me respondía, me eché a llorar....
Entonces mi mamá volvió en sí, y me arropó diciendo cosas que yo no
entendí, cosas muy raras. Papá me ha contado que mi madre tenía tifo. La
mesonera llamó al señor cura, y cuando éste llegó la enferma había
perdido el conocimiento. Vino el médico del pueblo y declaró que ya era
tarde, ¡que la agonía estaba próxima!

--No vivirá una hora...--dijo.--Padre, ¡póngale los óleos!

--Esta criatura no debe estar aquí...--respondió el sacerdote,
poniéndose la estola--¡que la lleven a mi casa!

Yo no quería separarme de allí. Resistí, lloré, sollocé... pero ¡en
vano! Era yo una chiquitina de siete años, y, sin embargo, comprendí lo
que pasaba: que no volvería a ver a mi madre. Lloraba yo y mis lágrimas
eran lágrimas de inmenso dolor. Mi madre se moría; no había de verme
más. Me llevaron a la casa cural. Allí nada me divertía ni me consolaba;
pasé el día sin comer, huraña, renuente a las atenciones del padre y a
los obsequios de una anciana, ama de gobierno de aquella modesta casa.
Me acurruqué en el sofá, y allí me rindió el sueño, y de allí me
llevaron a la cama. A media noche desperté, llorando, llamando a mi
mamá. La anciana vino a verme, me arropó y se estuvo acariciándome hasta
que me quedé dormida. A la mañana, apenas abrí los ojos, pregunté por mi
madre. Me dijeron que estaba en el cielo. La anciana me lavó, me vistió,
y me dió el desayuno. Para distraerme me llevaron a la sala, y me dieron
juguetes, muñecos de nacimiento, pastores y pastoras, cabras, ovejas,
una casita de cartón, un molino, con su rueda que daba vueltas movida
por un chorro de arena.

Cuando el sacerdote volvió de la iglesia me sentó a su lado y me hizo
muchas preguntas: «¿Cómo te llamas? ¿Cómo se llama tu mamá? ¿Tienes
papá?» No sé lo que respondí.... El señor cura dice que de mis
respuestas sacó lo bastante para saber quiénes éramos, quién era mi
padre. Encontró en el baúl cartas y papeles, documentos que le dieron
noticias acerca de la residencia de mi padre. Le escribió
inmediatamente, dándole la fatal noticia; pero la carta no llegó a sus
manos. Volvió a escribir y no recibió contestación. El autor de mis días
había muerto también. Pereció en una escaramuza. Su cadáver fué
arrastrado y paseado como trofeo de gloria, al son de músicas
victoriosas, por una soldadesca ebria que celebraba un triunfo
inesperado. El señor cura se dirigió entonces a unos parientes míos, los
cuales se negaron a recogerme... «No queremos niños»;--le
contestaron--«no queremos huérfanos; son ingratos, tarde o temprano dan
el pago».

Me han contado que cuando el santo anciano recibió la carta de mis
parientes, exclamó: «¡Corazones de piedra! ¡Dios los perdone? ¿El trajo
esta niña a mi casa? Pues mía es». Luego me llamó, y tomando entre sus
manos mi cabeza, me dijo dulcemente: «Muñeca: desde ahora yo soy tu
padre; ¡yo soy tu papá!» «Papá le llamo desde entonces; desde entonces me
llama «muñeca». Algunas veces me dice «Linilla», como mis padres me
decían.

Angelina había terminado el ramillete, un ramillete de violetas, y me le
acercó para que aspirara yo el suave aroma de las flores.

--¿Linilla? ¿Linilla te decían? ¡Pues Linilla he de llamarte yo! Siga el
cuento....

--¿Cuento? ¡Historia de dolor!

--Prosigue.

--Así, de ese modo, fui a la casa del padre; padre ha sido para mí, y
muy tierno y cariñoso. Lo demás ya lo sabes; te lo habrán dicho tus
tías....

--¿Y esa es la triste historia de tu vida? ¿A qué decirme, Linilla
mía,--repuse--todo esto que me apena y aflige? ¿A qué poner en duda mi
cariño, que en duda le has puesto cuando me desgarrabas el corazón,
diciendo que no eras digna de mí? ¿Indigna de mi amor, Linilla mía? ¿Por
qué? ¿Porque has sido desgraciada, porque eres huérfana? Al contrario,
niña mía: ¿qué mayores motivos para ser amada?

Angelina se quedó cabizbaja, como atormentada por un triste
presentimiento, como temerosa de decir algo que la avergonzaba.

--¡Habla!... ¡Contéstame!...

La huérfana callaba, baja la frente, mientras abría con la punta de los
dedos el apretado seno de una rosa pálida.

--Linilla... ¡no seas cruel!

Suspiró penosamente, sacudió la cabeza para echar hacia atrás una trenza
que le caía sobre el hombro, y murmuró bajito, bajito, tal vez deseosa
de no ser oída:

--Aun no he dicho todo... y debo decirlo. ¡Oyeme, por piedad! No quiero
decirlo... pero el corazón me grita: ¡Habla! ¡Habla!

--Pues, dímelo!

--Sí, Rodolfo: no soy digna de tí. Tú mismo lo has dicho muchas veces,
delante de tus tías, delante de mí.

--¿Yo, Angelina?

--Sí.

--¿Yo?

--Sí, y... ¡cómo me has hecho llorar!

--¿Yo, Angelina?

--Muchas veces. ¡Para qué viniste! ¡Para qué te conocí! Rodolfo: ¿porqué
me amas? ¿Porqué te amo yo? ¡Qué de lágrimas me cuesta tu cariño! Mira:
si no merezco que me ames, olvídame, olvídame; me iré de aquí,
llorando, sí, llorando... pero me iré, a la Sierra, a cualquiera
parte.... Tú puedes ser feliz. Apenas empiezas a vivir.... El corazón
humano es mudable; llegará día en que me olvides.... ¡Amarás a otra, y
serás amado, y serás dichoso!

--Angelina:--repliqué suplicante--¿a qué viene todo eso?

Oyeme: este pobre corazón mío, no había amado nunca: llegué a esta casa
y me hablaron de tí; me dijeron que eras huérfano, huérfano como yo, y
me fuiste simpático; y me dijeron que eras bueno, muy bueno, y me
interesé por tí; leí tus cartas, vi tu retrato, y hallé que eras como yo
te había soñado; viniste, y me estremecí al oir tu voz; me hablaste...
¿te acuerdas?... y se ahogó la voz en mi garganta, y palpitó mi corazón
trémulo de amor. Después... ¡a qué decirlo!... Me dijiste: «te amo», y
quise callar, y no pude; y cuando intente matar tu cariño con una
palabra desdeñosa, se abrieron mis labios, y dijeron: «¡yo también te
amo!»

--Sí, te amo, Angelina!...

--Oyeme. Me has lastimado el corazón; has entristecido mi alma.... Pero
te perdono, te perdono, porque lo has hecho sin saber lo que hacías....
Estoy segura de ello.

--¿Cuándo y cómo?

--Dijiste una vez... y lo has repetido muchas veces... «jamás me
casaré con quien no sea digna de mí; y no es digna de ser esposa de un
hombre honrado aquélla cuyos padres...» Lo diré de una vez.... La unión
de los míos no tuvo la bendición del Cielo.

--¡Perdón!...--murmuré.

La huérfana calló, y de sus ojos húmedos se desprendieron dos lágrimas
que cayeron en las violetas como dos gotas de rocío.

--¡Perdón!--repetí, estrechando a la joven entre mis brazos, y atrayendo
su gallarda cabeza.--¡Perdóname, Linilla!

Y sobrecogida de espanto me apartó dulcemente.

--¡Cómo no perdonarte! Si te amo con toda el alma.... Ya sabes quien
soy.... En mi vida no hay nada que me avergüence... pero en los
míos.... ¡Ya lo sabes todo!... Te hice sufrir, ¿verdad? Sí, porque estás
llorando.... ¡Perdóname!... Era preciso.. Más tarde habrías dicho que
yo te había engañado.

Tomé las manos de la joven y las llevé a mis labios. Ella, sonriendo,
las retiró, diciéndome graciosamente:

--«Y el cuento que entró por un caminito de plata salió por un caminito
de oro».




XXIX


La revelación de Angelina me dejó triste, abatido, avergonzado. Entonces
me dí cuenta de ciertas melancolías de la niña, cuando yo hablaba de
bodas y noviazgos. Me propuse calmar el ánimo de la doncella, quitarle,
en cuanto fuera posible, la mala impresión que mi ligereza y mis
imprudentes palabras le habían causado, y lo conseguí. Le hice ver que
mi poca reflexión no debía ser motivo de disgusto, y puse todo mi empeño
en que comprendiera que cuanto yo había dicho no era más que la
repetición de opiniones leídas en no sé qué libro, oídas a no sé qué
personas. Nunca pensé que hería a Angelina en lo más vivo; jamás pude
imaginar que la pobre niña supiese la historia de su infeliz madre. Yo
también la ignoraba, por culpa de mi tía, quien siempre se rehusó a
contarme cómo y de qué manera fué Angelina a la casa del P. Herrera, del
cariñoso anciano, del santo sacerdote que veía, y con razón, en su hija
adoptiva, un ángel bajado del cielo para alegrar las tristes horas de su
vida rural. Y no me costó poco trabajo conseguir que mi amada olvidara
mis dichos inoportunos y crueles. Fallos, juicios y opiniones oímos en
el mundo que nos parecen atinados y justos, y los acogemos ligeramente,
los repetimos, los hacemos nuestros, y suele suceder que más tarde
caemos en la cuenta de que hemos repetido una tontería.

Linilla--así la llamé en lo de adelante--no volvió a tocar el punto, y
siempre se mostró conmigo afable y satisfecha. No salía yo a la calle
más que a las horas de trabajo, y al volver del despacho me pasaba las
horas al lado de la huérfana, cada día más enamorado de ella. Una o dos
veces, en toda la temporada, fui a las rifas de Navidad, que
congregaban todas las noches en la Plaza a los pacíficos habitantes de
Villaverde. Ni juegos ni músicas me eran gratos; no paraba yo atención
en la hermosura de mis paisanas, ni en la elegancia y gallardía de
Gabriela.

--¿No vas a las rifas?--decían mis tías.

--No me divierto; prefiero quedarme en casa, leyendo o conversando con
ustedes.

--¡No pareces muchacho, Rorró!...--replicaba la enferma.

--Todos los jóvenes de tu edad se perecen por ir allá;--decía tía
Pepa--sólo tú, como un viejo chocho, te estás entre las cuatro paredes.

Allí estaba yo bien, cerca de Angelina. No me cansaba de mirarla: cada
palabra suya era para mí un poema. Era yo muy dichoso. ¡Qué mayor
ventura que no separarme de su lado!

Uno de los boticarios puso a mi disposición todos sus libros, doscientos
o trescientos volúmenes de versos y novelas. Entonces leí mucho, en voz
alta, mientras trabajaban Angelina y mi tía; entonces hice muchos
versos, muchos, diariamente. Angelina era en ellos celebrada con un
calor y un entusiasmo tales que la buena niña se sonrojaba al oírlos.

--No digas esas cosas, Rorró,--solía decirme,--porque no las creo. ¡Si
me pintas hermosa y gallarda como una virgen de Murillo! Dime en prosa,
aquí, hablándome, que me amas mucho, mucho, y me tendrás contenta,
satisfecha y feliz.

Angelina no era hermosa como una virgen de Murillo, pero sí lo era como
alguna de Rafael, como la Madona de la silla. No puedo ver el famoso
cuadro sin recordar a la doncella. Idéntico el óvalo del rostro, y la
sonrisa, y la mirada, y los labios dulcemente expresivos.

A las veces, después de pasar en mi cuarto largas horas, salía yo con el
papel en la mano, aprovechando el momento en que Angelina se quedaba
sola.

--¿Versos? ¿Versos para mí, no es eso?

Y me los arrebataba; los leía en voz baja, sonriente y ruborosa,
mientras yo, colocado a su espalda, la iba siguiendo en la lectura.

--¡Bonitos!--exclamaba.--Pero todas estas cosas me gustan más cuando me
las dices sin pensarlas. No sé por qué, pero los versos me parecen
siempre ¡graciosas mentiras!

Doblaba la hoja, se la guardaba, y me señalaba un asiento:

--Aquí, cerca de mí. Dime, Rorró: ¿me quieres así, tanto como dices,
como yo te quiero a tí?

Comenzaba la conversación, y seguía, y pasaba el tiempo, y no sentíamos
correr las horas, felices, dichosos, con la dicha de los que aman y son
amados.

Nos dio por la jardinería. Preparamos los cuadros y sembramos rosales,
claveles, lirios, azucenas, que nos prometían para la próxima primavera
abundantes flores. Plantamos en torno de la fuente la flor preferida, la
encantadora florecilla azul, la dulce myosotis, tan querida de los
enamorados.

¡Qué cuidado con nuestras plantas! ¡Qué deseo de que florecieran pronto!
Dividimos los arriates en dos partes. Linilla sembraba una, yo la otra.

--¿Dónde brotará la primera flor? ¿En mis cuadros o en los tuyos?

--En los míos, porque ¡yo te quiero más que tú a mí!

--No; en los tuyos no será porque no me quieres como yo te quiero....

--Ya lo verás.

--Ya lo veremos.

El amor y la dicha de ser amada embellecían a la joven. Nunca más
hermosa. Su pálido rostro tomó suaves tintas de rosa; sus labios, antes
descoloridos, se encendieron, y sus negros y brillantes ojos fulguraban,
húmedos y alegres. Ella, siempre tan modesta y enemiga de galas, se
tornó presumidilla. Peinaba graciosamente sus cabellos, y solía
adornarse con alguna flor; de ordinario con entreabierto capullo de
rosa, purpúreo o blanco, que hacía parecer más intensa la negrura de
aquel pelo sedoso, negro como las alas del cuervo. Todas las noches, al
despedirnos, le decía yo:

--Linilla: esa flor....

Angelina desprendía de sus cabellos la deseada flor, y me la ofrecía por
alto, como se ofrece a un niño el incitante fruto acabado de cortar.

Yo me fingía enfadado:

--¿Así, señorita?

--¡Así, caballero!

--No; como tú sabes....

Linilla sonreía, besaba la flor, y me la daba. ¡Inolvidables besos!
¡Dulces besos recogidos en la corola de una rosa!




XXX


Tuvimos una fiesta de Navidad muy alegre, como nadie se la esperaba.
Andrés vino y dijo a mis tías:

--Señoras; es preciso que tengamos fiesta. En años pasados la Noche
Buena estuvo para nosotros muy triste.... Ahora no ha de ser así, no,
señor, porque quiero que el amito esté contento. Todo corre de mi
cuenta. A ustedes les tocará lo más penoso, disponerla, y hacer los
buñuelos. ¡Sin buñuelos no hay Noche Buena! ¡Allá usted, Angelina, usted
que se pinta para todo eso! Pondremos la mesa en la sala, y usted, doña
Carmelita, cenará con nosotros. No habrá nacimiento.... ¿Quién nos mete
en dificultades? Yo bien quisiera, para que el amito se acordara de
cuando era «coconete». ¿Te acuerdas? Pues ahí, en la bodega, en un
cajón, están guardadas las casitas, y los pastores, y los rebaños, y el
portal, ¡y todo! Si tus tías quieren, hasta nacimiento habrá, Rodolfito.

Tía Carmen, con su buen humor de siempre, se soltó hablando:

--¿Pues sí, por qué no? Mañana nos ponemos a la obra, y la fiesta saldrá
muy lucida. Programa: cena a las ocho de la noche; después acostaremos
al niño, y luego: ¡a la misa del gallo! La madrina será....

--¿Quién?--preguntó Andrés.--¿Gentes de fuera? ¡No, no, que todo quede en
casa! Pero, en fin, que Rodolfo decida....

--Gente de la casa,--contesté--como quiere Andrés; pero, de cualquiera
manera, vendrá mi maestro.

--¿Don Román?--exclamó tía Pepilla.--¡No vendrá, Rorró, no vendrá.... El
pobrecillo no está para esas cosas!

--Le traeré yo, si no está con el reuma; le traeré yo, y estará muy
contento, y para que no tenga que salir a la calle a media noche dormirá
aquí. Angelina y él serán los padrinos.... ¿Se aprueba lo que propongo?
¿Sí? Pues.... ¡Aprobado!

¡Qué gratamente que pasamos la noche! A medio día ya estaba listo el
nacimiento. El cariño de las tías había conservado mis juguetes, y con
ellos bastó y sobró para el nacimiento. Me sentí un chiquillo, como si
tuviera yo seis años, a la vista de objetos que fueron para mí, en
mejores días, motivo de fiesta y diversión. Con qué cuidado saqué de la
gran caja, uno por uno, temeroso de romperlos, aquella multitud de
zagalas y rabadanes que tejían danzas cerca del portal, y aquellos magos
que seguidos de criados y soldados, tan suntuosos de vestidos como sus
señores, y jinetes en caballos, elefantes y camellos, debían ser lo más
lindo de aquel belén que tendría chozas y palacios, caminos de hierro y
barcos de vapor, volcanes nevados, cascadas de brea, lagunas de cristal
pobladas de ánades y garzas, catedrales y mezquitas, feroces beduinos y
apuestos charros mexicanos que perseguían con el lazo al aire las reses
montaraces. El portal.... ¡Qué portal! ¡Una maravilla!

Fué obra de tía Carmen: era un portal lindísimo, de cristal, con
estrellas, soles y cometas, y ángeles, y serafines, y arcángeles que
tenían en las manos bandas de seda con letreros dorados que decían:
«Gloria in excelsis Deo». Mi tía Carmen le hizo con prismas y candeleros
de cristal, y fué el encanto de cuantos le vieron. La enferma no pudo
esta vez ponerse a la obra, pero la dirigió, y todo salió a medida del
deseo. Desde su sillón atendió a todo. Todo estaba listo al fin del día,
y el regocijo era general. Desde tía Carmen hasta señora Juana todos
parecían niños en aquella casita. Angelina estaba atareada, friendo los
buñuelos, y tía Pepilla iba y venía más alegre que una sonaja. De cuando
en cuando nos asaltaba el temor de que la enferma tuviera un ataque, y
esto malograra nuestra fiesta, pero felizmente no sucedió así. A las
seis salí en busca de don Román. El pobre viejo se envolvió en su raída
capa, se apoyó en mi brazo, y, pian pianito, hasta la casa. El
pobrecillo vino muy cargado: traía algunas libras de confites, para
obsequiarnos. Era el padrino, y debía hacerlo.

A las ocho ya estábamos en la mesa. La enferma accedió a nuestro deseo y
vino a presidir el banquete. Al lado de ella se colocó don Román, en el
otro tía Pepilla y Andrés. Angelina y yo ocupamos el lugar acostumbrado.
Pocos platillos: rica sopa de almendra, «sopa de la pelea pasada», como
decía don. Román; un plato de pescado, el afamado «bobo» de los ríos
veracruzanos, con la ensalada del día: lechuga con aceite y vinagre y
algunos rabanillos, los precoces purpurados de la hortaliza,
chiquitines, rechonchos, enredándose en los anillos de la bien
desflemada cebolla; fríjoles, (cómo habían de faltar) buñuelos de arroz,
los más exquisitos a juicio de las tías, y una tacita de té. No faltó el
vino, un par de botellas, obsequio del doctor Sarmiento, escondidas dos
o tres años en el fondo de una cómoda.

Reiamos, charlamos, recordaron los viejos sus buenos tiempos, hablamos
los jóvenes de nuestra dicha, y la velada se pasó del modo más alegre.

A las diez y media, cuando los campanarios de Villaverde soltaron el
primer repique, encendimos el nacimiento, y los padrinos acostaron el
niño en su lecho de pajas. Andrés quemó en el patio una docena de
cohetes, y el pomposísimo distribuyó sus cucuruchos de confites.

--Ustedes perdonarán la cortedad... pero... ¡los tiempos no están para
lujos!

Y agregaba:

--Dios pagará a ustedes este buen rato.... ¡De veras, de veras, si me
parece que tengo veinte años!

Angelina y tía Pepilla nos dejaron para atender a la anciana que ya
suspiraba por su lecho; don Román buscó el suyo, y Andrés se quedó
conmigo en espera de Angelina y de mi tía que irían con nosotros a la
misa del gallo. No tardaron en volver.

--¡Vámonos, vámonos,--murmuraba la anciana--que pronto darán las doce!
¡A misa, niños! ¡A misa, Andrés!.... ¡Fiesta completa!

¡Inolvidable Noche Buena! ¡Qué poco necesita el hombre para ser feliz!




XXXI


Por aquellos días recibió Angelina una carta del P. Herrera. En ella le
anunciaba que pasadas las fiestas de Navidad le tendría en Villaverde.

«Allá voy, muñeca;--le decía--es justo que después de los trabajos y
fatigas del Adviento me dé yo mis verdes. Viejo y enfermo, este pobre
cura todavía tiene ganas de subir y bajar. Además, ¡me muero por ver a mi
Linilla! Buena falta me haces aquí. Francisca ya no sirve para nada;
cada día está más chocha, y todo se le va en gruñir y regañar. Ni yo me
escapo. El otro día me echó una loa que ni aquellas con que los inditos
te hicieron reir tanto en la fiesta de Xochiapan. La pobre Francisca
está más vieja que yo, y ya es tiempo de ello; tiene largos los setenta
y cinco, y ha trabajado mucho. Ya es fuerza que descanse. Si tú
estuvieras aquí sería otra cosa; ya sabes cuánto te quiere; habría menos
gruñidos y menos regaños; los altares tendrían manteles limpios, y las
albas menos rasgones; me leerías algo todas las noches, aunque fuera
para que los libros no se estuvieran arrumbados en el armario;
jugaríamos un partido de ajedrez, y la vida de este cura sería menos
fastidiosa en este destierro. Por aquí todo está tranquilo; ni asaltos,
ni robos, ni temores de «bola». Me quieren mucho «ciertos bichos» que tú
sabes, y no hay temor de que me den un mal rato. Tan seguro estoy de
ello, que casi, casi me resuelvo a que te vengas al pueblo. Pienso en
ello mucho; seguiré pensándolo, y ¡Dios dirá! Por ahora ve disponiéndome
el cuartito; no te metas en lavaduras de suelo, y mientras nos vemos y
te doy un abrazo recibe la bendición de este pobre viejo».

Cuando Angelina leyó esta carta se puso pensativa y triste.

--Temo separarme de tí, Rorró. Pero ¡qué he de hacer! No necesito que él
me lo diga; comprendo muy bien que hago falta. ¿Te figuras cómo estará
aquella casa? Ya me la imagino, desaseada, inmunda. Señora Francisca ya
no está para fiestas, y mi deber, mi obligación es estar allá, con el
santo anciano que tanto necesita de quien le vea y le mime. Bueno, es
cierto, hago falta allá... pero... aquí ¿quién cuidará de tu tia?
¿Doña Pepita? La pobrecita ya no puede.... Sólo de pensar en eso me
apeno y me aflijo. Yo sé muy bien que si le digo al señor cura que no
quiero ir, no me lo exige, pero....

--Haz lo que él te diga.

--¿Y te dejo, y me separo de tí? ¿Quieres que me vaya?

--No, Linilla mía; pero lo primero es lo primero.

--¡Si no puedo creer en esta separación! ¡Si nunca pensé en ella!... La
vida lejos de tí no será vida, no, sino agonía lenta, horrible,
desesperante.... Pienso que puedo separarme de tí, y siento que se me
hace pedazos el corazón.

--Piensa que tu deber es cuidar del pobre anciano. ¿No te dice claro en
esa carta, que si tú estuvieras allá su vida sería más alegre? Pues
obedécele sin chistar. ¡No temas por tía Carmen!... Cuanto a mí...
cualquier día, el mejor día, tendré que dejarlas....

-Razón de más para que no me separe de ellas....

--No, Linilla; yo te lo agradezco, ganas mucho en mi cariño, pero antes
que yo y que mis tías está tu protector, tu padre, que padre ha sido
para tí ese buen anciano.

--¡Tienes razón. Será lo que Dios quiera, lo que Dios quiera! Ya no me
verás triste. Si el señor cura dice: vámonos,--me iré, y me separaré de
tí muy contenta, muy alegre. Ya lo verás: no lloraré; ni una lágrima
saldrá de mis ojos, y eso que parezco una chiquitina, y por cualquiera
cosa ya estoy llorando.... ¿Me escribirás? Cada semana, todos los días
si es posible.... Yo también te escribiré.... ¿Me darás tu retrato?
¿Irás a verme? ¡Con qué ansia he de esperar tus cartas! Y las leeré
muchas veces, muchas, hasta que me las aprenda de memoria....

--Y yo, Linilla, no baré más que pensar en ti; pensar en la muñequita,
que estará triste, tristísima, porque ¡vive lejos de su Rodolfo!

--Y no pensarás en otra, y no verás a otras muchachas, porque yo lo
sabré.... Y no irás a la Plaza a oir a Gabrielita....

--¡Linilla! No pienses mal de mí....

--Gabriela es guapa, elegante, y qué cosa más fácil que tú....

--¡Me enojo, Linilla!...

--¡No; es pura chanza!... Pero, seriamente: ¿verdad que no pensarás en
otra, aunque sea linda, hermosa, mejor que yo?

--Te lo juro, Angelina....

Un campanillazo la separó de mí, y yo tomé el sombrero y me fuí a la
casa de Castro Pérez.

Aun no llegaba el jurisperito. En la puerta estaban, las señoritas.
Salían de arreglar el despacho. Al verme se detuvieron a charlar
conmigo.

--Tarde viene usted....

--¿Tarde? Acaban de dar las nueve....

--No, no es tarde;--me dijo la menor, Teresa, una rubia desabrida y
vana,--nunca es tarde para los enamorados....

--¡Cállate! ¡Cállate mujer!--¡Qué dirá el señor!--exclamó su hermana, la
pianista, una morena vivaracha y parlera.

--Déjela usted, Luisa.... ¡Que diga lo que quiera!... Veamos: ¿a qué
viene eso de los enamorados?

Me pareció que habían adivinado mi secreto, lo cual, aunque en cierto
modo me contrariaba, tenía para mí algo halagador.

--¿Quiere usted--replicó la rubia--que le endulcemos el oído?

--¡Jesús, mujer!--volvió a exclamar hipócritamente la morena.--¡Qué
libertades gastas!

La chiquilla se echó a reir.

--Yo no quiero nada, señorita...--respondí.

A lo cual contestó:

--Como al señor le ha dado por la música.... ¡Así lo cuenta en todo
Villaverde!

--¡Cuentan en Villaverde tantas cosas! Sí; me gusta la música... desde
que oí tocar a Luisa.

La morena se sonrojó. Teresa se soltó diciendo:

--¡Adiós! Pues ¡no sé cómo, porque ésta toca muy mal! Tocar bien, como
una profesora.... Venga usted acá,--y me sacó hasta el zaguán--venga.

--¿Ve usted aquella casa, aquella, la nueva, la que está pintada de
gris? Pues ahí vive una persona que toca mejor que Luisa.... ¿No lo
sabía usted?

--¡Ah! Sí, la señorita Fernández.

--¡Sí! ¡Esa!...--murmuró maliciosamente la parlanchina.

--¿Y qué?

--¿Qué?

--La señorita Fernández...--repitió con mucha sorna la morena.

--¿Por qué lo niega usted?--dijo la rubia.--¿Qué tiene eso de malo?

--Señoritas, ¡si yo no niego, ni afirmo!...

--¡Sí niega!--exclamaron a una.

--No acierto a comprender a ustedes....

La parlanchina me miró de hito en hito, hasta que no pudo más, y riendo
me dijo:

--Vaya, pues, como usted no ha de confesarlo, se lo diré: ya sabemos que
usted es novio de Gabriela Fernández.

--Están ustedes engañadas....

--Vea usted que nos lo dijo persona que lo sabe.

--¡Pues no es verdad!

Iba a contestarme cuando apareció al fin de la calle mi señor don Juan.
Vióle la rubia y dió el grito de alarma:

--¡Ahí viene papá!

Y las muchachas echaron a correr.




XXXII


Despidióse el año, como suele despedirse en Villaverde y en la vecina
Pluviosilla, con nieblas y brumas. Montañas y valles permanecen velados
durante algunas semanas, y sólo de cuando en cuando, de mañanita, asoma
el sol su rostro paliducho a través de las gasas, como para decir a los
villaverdinos que no ha muerto, que ya le tendrán, el mejor día, muy
guapo y rozagante.

Acabó Diciembre, nos dijo adiós, y se fué, casi sin ser visto, mientras
la gente corría hacia los templos a dar gracias, a pedir mercedes para
el año nuevo, o se entretenía, alegre y divertida, jugándose los cuartos
en polacas y loterías. Desde la noche de Navidad no fuí a la Plaza. No
tardaría en llegar el P. Herrera, y, como era posible que Angelina se
fuera con él, quería yo gozar de los pocos días de felicidad que me
quedaban. La pobre niña no volvió a hablar de viaje. Se apresuró a
disponer la recámara de su protector. Convinimos en que mi habitación
era la más cómoda, y, aunque las tías se empeñaron en dejarle la suya,
decidióse que el huésped ocupara la mía. En dos por tres quedó arreglada
y lista, con su cama que alheaba, y su escritorio, y su lavabo, y cuanto
era indispensable. Nada faltaba allí, ni el reclinatorio. El P. Solís
nos prestó uno muy elegante, con un crucifijo muy devoto.

--Venga a cualquiera hora;--decía la joven--¡que venga, que todo está
listo!

Linilla sonreía alegremente, pensando en la próxima llegada de su
protector; pero no podía disimular su tristeza. A cada rato bajaba los
ojos, y se ponía pensativa y suspiradora. La atormentaba, sin duda, la
idea de que iba a separarse de la enferma, y como si quisiera dejarle
grato recuerdo de sus cuidados, la pobre niña se extremaba en todo
cuanto a la anciana se refería.

--¿No lo ves, Rorró?--solía decirme al oído la tía Pepa.--¿No lo ves?
¡Esta niña es un ángel! ¡Mira, mira cómo atiende a tu tía!... ¡Qué mimos!
¡Qué paciencia!

No sólo Angelina estaba triste; yo lo estaba también. Sólo de recordar
que se iba se me oprimía el corazón, se me obscurecía el mundo. ¿Qué
haría yo sin ella? ¿Qué sería de mí sin la palabra consoladora de
Angelina? Ella era la única que poseía el secreto de mis tristezas; sólo
ella sabía darme aliento y ánimo.

Frecuentemente me encerraba yo en mi recámara para dar rienda suelta a
mis cavilaciones y melancolías. Allí pasaba yo horas y horas.

--¿Estás enfermo?--me preguntaban las tías.--Di que tienes....

«¡Vaya si soy desgraciado!--pensaba yo, tendido en el lecho.--Llegué a
mi casa descorazonado y abatido, y cuando creía encontrar aquí dichas y
alegrías, no hallé más que penas y tristezas. Angelina ha sido para mí
como un ángel salvador. A ella he confiado mis pesares; en ella he
puesto mi cariño; me amó, me ama, y cuando su amor iluminaba mi alma con
celestes claridades; cuando de ella recibía mi corazón vigor y
fortaleza, se va, y me deja.... Se irá, y en esta casa se acabará toda
alegría.... ¡Adiós amorosas platicas! ¡Adiós gratas lecturas! Las
plantas que los dos hemos sembrado prosperarán, se cubrirán de follaje,
se llenarán de flores.... ¡Y Linilla no las verá!...» Y volviendo a mi
manía poética me daba yo a repetir aquello de nuestro Carpio:

«De qué me sirven los jacintos rojos, el lirio azul y el loto de la
fuente....

Pero Angelina no se olvidará de mí; ni yo la olvidaré; me escribirá, y
le escribiré, cada semana... ¡todos los días! Pero ¡ay! no la veré en
muchos meses, tal vez en muchos años, porque al P. Herrera no le gusta
separarse de su parroquia. Puede suceder que Linilla no me escriba; no
habrá quién traiga las cartas, y pasarán días y más días, y yo... ¡sin
saber de Angelina!»

A decir verdad, estaba yo enamorado como un loco. No era mi amor aquel
amor de niño, tímido, vago, ensoñador, que me inspiró Matilde; cariño
melancólico, nacido en un juego, alimentado por las predilecciones de
una chiquilla graciosa y admirada, y breve y fugitivo en sus anhelos;
dulce amor que dulcificó la vida del pobre estudiante; pálido fulgor de
la aurora juvenil que inundó de reflejos primaverales los claustros
solitarios de un colegio sombrío; amor que no conseguí arrancar de mi
alma en muchos años; que aun suele estremecer mi corazón, porque ni
atrevidos devaneos, lograron aniquilarle en mí. Ahora todavía, después
de tantos años, suspiro a veces por la donairosa niña, objeto de mi
primer amor. Matilde ha sido, viva y muerta, temida rival para cuantas
me amado. Su nombre se me ha escapado de los labios, involuntariamente,
cuando iba yo a decir el de otra mujer, y acaso sea el último que salga
de mi boca a la hora de morir.

El amor que Angelina me inspiraba no era ese que nos promete dichas y
venturas, lisonjeando nuestra vanidad, halagando nuestro orgullo, y
despertando risueñas esperanzas; ni ese otro abrasador, apasionado, que
nos encadena a las plantas de soberbia beldad, sumisos a su capricho,
esclavos de su hermosura, desesperados si nos desdeña, locos de
felicidad si nos favorece con una sonrisa. No; era purísimo y
desinteresado afecto; sentimiento de profundo dolor que sólo parece
traer desgracias, que sólo nace y vive para llorar, y que libre de
sensuales impurezas es una eterna aspiración al cielo. Amaba yo a
Angelina, la amaba con toda el alma, y no por hermosa, sino por buena y
desgraciada. Creía yo que mi madre bendecía desde el cielo aquellos
amores sencillos, puros, inmaculados como el lirio silvestre que abre su
nítida corola al borde de un abismo, entre los iris de espumosa cascada,
allí donde no ha de tocarle la mano del hombre. Amaba yo a Angelina, y
quería yo ser digno de ella, para que la pobre huérfana compartiera
conmigo sus desgracias y su orfandad, y tuviera en mí un amigo, un
hermano, un compañero de infortunios. Acaso algún día, andando el
tiempo, se mudaría mi suerte, y me sería dable ofrecerle cuanto el
hombre gusta de poner a los pies de la mujer amada.

Pero hasta allá no iban mis deseos sino vagamente. Amor, abnegación,
sacrificio; estos eran los móviles de mi cariño, nobilísimos sin duda, y
que no han vuelto a conmover mi corazón. Después... he amado, he amado
muchas veces, pero nunca, como entonces, me he sentido capaz de tamaños
heroismos.

¡Romanticismo! ¡Locura!--exclamarán muchos al leer estas
páginas.--¡Idealismo!--dirán los desengañados, los hijos de esta
generación egoísta y sensual. Pero aquellos que hace cinco lustros eran
jóvenes, esos dirán que los mozos de entonces eran más felices que los
de ahora; que aquella juventud aparentemente melancólica, plañidera y
sentimental, valía más por la pureza del sentimiento y la hidalguía del
corazón, que ésta de los actuales tiempos, tan alegre al parecer, y en
realidad tan triste y desconsoladora, precozmente envejecida y
prematuramente codiciosa.




XXXIII


Le ví desde la ventana del despacho, a eso de las diez, jinete en una
soberbia mula de magnífico andar. ¡Qué bien que se sostenía el anciano
en su caballería! De fijo que el P. Herrera fué todo un charro allá en
sus mocedades. ¡Vaya con el simpático viejecillo! Al verle con su blusa
blanca que dejaba ver los pliegues de la recogida sotana, con el
sombrero de jipi, el paño de sol y el abierto paraguas, se me antojó el
tipo más hermoso del cura de aldea. Pálido y expresivo el rostro,
naricilla aguileña y muy dulces los azules ojos, el buen sacerdote me
cayó en gracia. Seguíale, a guisa de caballerango, un muchacho trigueño,
guapo y bien dispuesto, de pantalón ceñido y jarano galoneado, que, por
lo arrestado y vigoroso, contrastaba singularmente con el aspecto manso
y bondadoso del clérigo.

Iban lentamente. Tal vez habían pernoctado en alguna hacienda, de donde
salieron a la madrugada, para llegar temprano a Villaverde. Atravesaron
la Plaza con dirección a la Parroquia. No tardé en oír una campanilla
que llamaba a misa.

Hasta entonces, fuera porque eso halagaba mis deseos, fuera porque la
carta del P. Herrera no era terminante, me había parecido mentira el
temido viaje de la joven; pero al ver al clérigo me dio un vuelco el
corazón, como si alguno me dijera: «¡Tu Linilla se va!...» Se iría, sin
duda. El cura estaba ya muy viejo, no le faltarían los achaques de la
edad, y nada más justo que Angelina estuviese a su lado. Tiré la pluma,
crucé los brazos sobre la mesa, y me puse a pensar, desalentado y
triste, en la partida de la joven. Por fortuna llegó Castro Pérez, y fué
preciso ponerse a trabajar. Dos o tres veces escribí una palabra por
otra; eché a perder una hoja de papel sellado, y estaba yo a punto de
decir: «¡No sigo escribiendo! ¡Estoy enfermo!...» cuando dio la una.

Corrí a la casa. El P. Herrera conversaba en la sala con mis tías, y
Angelina arreglaba la mesa en el comedor.

No me sintió al llegar; me tenía a su lado y no me había visto. Me
acerqué de puntillas y le tapé el rostro con mi pañuelo.

--¡Jesús!--exclamó.--¡Qué susto me has dado! Ya vino papá... ya
vino... y....

--¿Y qué?--pregunté ansioso.

--Dice que viene por mí; que está enfermo; que señora Francisca está
más chocha cada día.... En fin, que el viernes nos iremos....

--Y tú... ¡contenta como una sonaja!... ¿no es verdad?

--¿Contenta yo? Sí; tienes razón. Quiero irme para no verte, para
olvidarte... porque te odio, ¡te aborrezco!...

Luego, agregó en tono de regaño:

--Vaya usted a la sala: vaya usted a saludar al señor cura. Ya preguntó
por usted.

--¿Preguntó por mí?

--Sí; quiere conocer esta buena alhaja.

Y cambiando de acento, festiva y urgente:

--¡Anda, anda! Te verían entrar y dirán que estás aquí, charlando
conmigo. Déjame, que deseo acabar.

Fuí a la sala. Allí estaban mis tías. Después de la presentación oí con
espanto que Angelina no me había engañado. El anciano tenía resuelto
llevársela. Lamentaba la separación, porque, al fin, la «muñeca» estaba
allí muy bien. Pero hacía falta, hacía falta en la casa cural.

--Ya estoy viejo,--repetía el sacerdote--el mejor día me da un
supiritaco y no tengo quien me vea.... Pancha está peor que yo....

Mis tías lamentaban la ida de la joven, pero no se atrevieron a
contrariar al padre. Se limitaron a rogarle que la trajese de cuando en
cuando.

El buen señor me trató con mucho cariño. Cuando supo que no volvería yo
al colegio, exclamó:

--¡Qué se ha de hacer! ¡Conformarse con la voluntad de Dios! ¿Cuándo me
mandan ustedes a este muchacho?... Que vaya a pasar conmigo algunos
días. Le mandamos la mula; sale temprano de aquí, y en la noche estará
con nosotros.

Acepté la invitación.

--Cualquier día, señor cura... tendré mucho gusto....

Angelina se presentó en la sala.

--¡A comer, papá! ¡Vamos, que sólo tiene usted en el estómago una taza de
té!

--Vamos, «muñeca», vamos;--contestó lentamente, levantándose del
sillón--dame tu brazo.... Ya tu papá está muy cascado.... ¡Ha trabajado
mucho!... Los años no pasan así, como quiera, sin estropear a uno....

Entre tía Pepa y yo llevamos a la enferma a su cuarto. No quiso ir al
comedor.

--No estoy para eso.... ¿No ven que he vuelto a la primera edad y que
tengo que comer por mano ajena?

Angelina parecía haberse olvidado de mí; no me dirigía la palabra, no me
miraba, como temerosa de que el anciano sorprendiera nuestro amor.
Charlaba alegremente, con ingenuidad de chiquilla, hacía reir al
sacerdote, y no cesaba de recordarle cosas y sucesos de otro tiempo.

--Digo bien, digo bien, «muñeca»: cuando estés allá voy a ser otro....
Tendré con quien hablar, con quien reir.... ¡Ya verás que alegría en
aquella mesa! Allá no faltará un buen mozo, algún ranchero rico, y te
casaré. Don Rodolfo,--agregó, dirigiéndose a mí y desplegando la
servilleta, mientras Angelina servía la humeante sopa,--¡queda usted
invitado a la boda!

La joven se encendió. El anciano levantó la cara para verla, y continuó:

¡--Nada más que allí no se estilan vestiditos blancos, ni velos, ni
coronas de azahares.

Angelina hizo un mohín.

--¿Me quiere usted tener contenta? Pues no le diga usted a su «muñeca»
todas esas cosas....

--¡Vaya, vaya! ¿Enojadita estás? Pues, ¡chitón por ahora! Allá, cuando te
cases, (que te casarás, porque ya no hay conventos, y tú no tienes cara
de monja) no le faltarán al señor cura de San Sebastián algunos durillos
para que vayas al altar hecha una princesa. Cuando para hacer rabiar a
Pancha le hablo de esto, gruñe no sé qué perrerías, y dice: «¿Casarse la
niña? ¡Dios nos ampare! ¡Si no hay gandul que se la merezca!...» ¿Tú qué
dices de eso?

--Pues yo digo,--replicó Angelina con viveza,--¡que lo que señora
Francisca quiere, es que su Linilla se quede para vestir santos!

Reía el señor cura y reíamos todos. Tía Pepa observaba en mi rostro el
efecto que me causaba aquella conversación. Angelina me vió, como
diciéndome con los ojos:

--Y tú ¿qué dices?




XXIV


Cayóme en gracia el viejecito. Fino, afable, cortés, jovial, sin
llanezas ni bromas de mal gusto, de fácil palabra y amena conversación,
el P. Herrera, a pesar de sus años, parecía un mozo por la frescura de
sentimientos. Le hallé tal como Angelina me le pintara.

--Ya le conocerás--me decía la joven--es muy sencillo, muy locuaz. A
veces tiene cosas de chiquillo. Por eso le quieren tanto sus feligreses.
Y mira que los indios son insufribles. Dicen: «por aquí, esto, lo otro»,
y no hay manera de que entren en razón. Papá los sobrelleva de un modo
que a las dos palabras ya están sumisos y obedientes. Dicen que San
Sebastián era antes un pueblo perdido, un pueblo de haraganes y de
borrachos. Allí sólo las mujeres trabajaban.... ¡Ahora es otra cosa!
Papá consiguió que le oyeran, y hoy todo anda a las mil maravillas. Ha
puesto escuelas; una de niños y otra de niñas. La iglesia no es ya la
que encontramos, fría, húmeda, pavorosa. Papá la ha puesto como una
tacita de plata. Yo quisiera que tú la vieras.... Los altares
lindísimos; el púlpito magnífico, nuevo, de madera muy rica, digno de un
obispo; las imágenes muy buenas.... Una Virgen de los Dolores, que es
una perla; un San Sebastián que da gusto verle. Todavía quedan algunas
imágenes feas... pero... ¡imposible! Papá dice que con el tiempo todo
se consigue, y que él acabará con esos santos que parecen hechos para
asustar chiquillos. Ya tú sabes lo que son los indios. Y todos quieren
mucho a su cura. Una vez dijeron allá que se iba; que le mandaban a otro
curato, y todo el pueblo, todito, se juntó en la plaza, para pedirle que
no los dejara. Papá les dijo que no, que estuvieran tranquilos; pero
ellos no hicieron caso, y más de cien fueron a Jalapa, y se le
presentaron al señor Obispo. Ahora, ¡si tú vieras a mi papa!... ¡No
para, no para! Temprano dice misa. Después, ¡un rato al jardincito, una
huerta muy bonita, con muchos árboles frutales, con hortaliza, y un
gallinero, ¡qué gallinero! Luego, a la iglesia, a oír confesiones, a
bautizar, a cuanto se ofrece. Lástima me daba verle. En ocasiones
llueve a cántaros, como llueve por allá, y vienen por él, para ir a una
confesión.... Y allá va el pobrecillo, en su mula, a subir y bajar
cerros, porque allí todo es subir y bajar. De regreso descansa un
ratito, y a las escuelas, a enseñar a los muchachos, a dar lección de
catecismo a las inditas. Y en la tarde: rosario, sermón. En Mayo... mes
de María, y ¡qué altar! ¡qué flores! ¡Para flores... la Sierra! Ahora,
si vieras ¡qué bueno y qué bondadoso es con todos!... Nunca se
impacienta, nunca está malhumorado. Para una cosa si es terrible, para
el arreglo de la casa. No puede ver nada fuera de su sitio. La mesa ha
de estar bien puesta, sin que falte nada. ¡Cuidadito! El dice que en las
casas bien arregladas no dura mucho la tristeza; que en una mesa bien
servida, aunque no haya en ella ricos manjares, ni perdices, ni
lampreas, no falta la alegría. Ya tú verás, hay que andar listas. ¡Que
lo diga señora Francisca!...

Era muy ilustrado el P. Herrera, muy instruído, sabía de muchas cosas, y
se perecía por la Botánica. Era de oírle cuando se soltaba hablando del
movimiento religioso en Inglaterra y en los Estados Unidos. Estaba al
tanto de los progresos científicos, y sin pedantería ni vanidades, así,
como quien no quiere la cosa, discurría como un sabio, de Filosofía y de
ciencias físicas y naturales, dando innumerables muestras de su claro
talento y de su copiosa erudición. ¡Buenos ratos me pasé oyéndole hablar
de religión! ¡Qué mansedumbre! ¡Qué dulzura! ¡Nada de vanos escrúpulos
ni de ridículas gazmoñerías!

Tres días estuvo con nosotros; al cuarto se fué a Pluviosilla, con
objeto de arreglar algunos negocios, y asistir a no sé qué fiesta
solemnísima en el templo de Santa Marta. Estuvo por allá una semana. El
día veinte de Febrero ya le teníamos de regreso.

El viaje de Angelina quedó resuelto. Se iría, y no la volveríamos a ver
hasta que pasara la Semana Mayor. ¡Qué amargo fué para mí aquel mes de
Febrero! Y para todos. Mis tías ocultaban su tristeza. Tía Pepa, siempre
tan parladora, enmudeció como los pajarillos del corredor, silenciosos y
tristes a la sazón por el cambio de pluma; la enferma nos parecía más
abatida que de ordinario, y Angelina salía y entraba, arreglando los
equipajes, mustia y cabizbaja.

No sé cómo pude trabajar durante ese tiempo. Para colmo de males tuvimos
quehacer de sobra en el despacho. Castro Pérez traía entre manos un
negocio muy difícil, y se le iban las horas hojeando librotes y dictando
alegatos. La tarea terminaba a las mil y quinientas, volvía yo a casa
entre nueve y diez de la noche, y apenas podía conversar con Linilla
unos cuantos minutos, y eso delante de las tías o del P. Herrera....

La víspera del viaje no hubo que ir al despacho. Era domingo, y me
estuve en casa todo el día. El P. Herrera se fué a comer con su grande y
buen amigo el P. Solís; tía Pepa no se apartó de la enferma en toda la
tarde, y Angelina y yo nos la pasamos en el jardincillo, sentados al pie
de los naranjos.

--Este--me decía la doncella, haciendo un ramillete--será el último....
¿Quién asegura que nos volvamos a ver? ¿Quién me asegura que volveré a
esta casa, donde he pasado los días más felices de mi vida? Me separo de
tí, y no me sorprende la separación. Así la esperé, así la temí, no sólo
porque debía yo volver al lado de mi papá, sino porque desde niña me
persigue la desgracia. He aprendido en la escuela del dolor que toda
dicha, toda felicidad es pasajera, fugitiva y efímera. Te amo y te amaré
hasta la hora de morir, ¡hasta después de la muerte! Pues bien, no fío en
tu cariño.... Acaso me olvides: ojos que no ven, corazón que no
siente.... Todos los sentimientos son mudables, y el amor que yo te he
inspirado, amor que hoy te parece firme y duradero, mañana, cuando ya no
me tengas cerca de tí, cuando la pena que hoy te abate se disipe, ese
amor irá languideciendo poco a poco, se extinguirá, y aunque conserves
de tu Linilla gratos recuerdos, será preciso que pongas tus ojos y tu
corazón en otra mujer. Pero, óyelo, óyelo: ninguna te amará como yo;
ninguna tendrá para tí este amor que encadena mi alma a la tuya; amor
que es mi dicha y desgracia. Se ha hecho dueño de mi corazón, le ha
dominado por completo, y ahora, y siempre, será objeto de todos mis
anhelos, consuelo mío en todas las horas de dolor.

--Angelina, ¡no hables así!... ¡Mira que me atormentas!

--Apura hasta las heces el cáliz del dolor. Padeces, sí, padeces; lo sé
muy bien; tus ojos están húmedos.... Llora; no te avergüences de llorar;
pero no llores porque me voy; llora porque me has de olvidar. Miras el
porvenir triste y sombrío, y te dices: «¡No hay esperanza!» ¿Y quién te
asegura que esa obscuridad no se tornará mañana en espléndido día?
Aunque crees que en la vida no hay más que tinieblas, la idea de plácido
crepúsculo te hace sonreir, y cuando sueñas con días mejores, ya no
piensas en tu Linilla, en la huérfana desventurada.... ¿A qué negarlo?
¿No es verdad que a solas, en la soledad de tu pensamiento, miras
luminosos días de incomparable felicidad? Sí, y entonces... ¡no piensas
en mí! Tienes razón. A qué pensar en la infeliz muchacha a quien tanto
amas, porque me amas, ¡sí, me amas con toda tu alma!... ¿A qué pensar en
esta huérfana que no puede satisfacer tus ambiciones, ni corresponder a
ese porvenir con que sueñas a todas horas? Rorró: no olvides lo que te
digo hoy, en vísperas de separarme de tí: me olvidarás, y acaso muy
pronto;--¡yo no te olvidaré!--Ya sé lo que vas a contestarme, ya lo sé;
pero no lo digas, óyelo de mis labios: «Pues si estás segura de que te
olvidaré, ¿por qué no rompes ahora mismo los lazos que nos unen?»

--¡Sí, Linilla, eso digo!

--¿Por qué? Porque tu amor es mi vida, y quiero vivir, quiero vivir,
para amarte, para verte dichoso. ¿Quieres que yo misma aumente mis
penas? ¿Quieres que te olvide? ¡Si no puedo, si no puedo!... Déjame
vivir engañada; deja que tu Angelina se crea dichosa. Presiento el
desengaño, lo veo venir. ¡Qué negro! Pero no quiero que llegue, y busco
en tus ojos luz de amor perenne, amor que no acabe, ¡amor que viva
siempre!... Una cosa voy a pedirte.... No una, dos.

--¡Cuánto quieras, Linilla!

--Primero: que si un día me olvidas, procures guardar en lo más hondo de
tu corazón; allí donde no haya nada de otra mujer, un poquito de cariño
para mí, un poquito nada más... para que cuando padezcas y llores
puedas decir pensando en mí: «¡Angelina, consuélame!»

--¿Y qué otra cosa?

--Otra...--me respondió, sonriendo con inmensa tristeza:--Esto....

Y poniendo su trémula mano en mi cabeza, alisó mis desordenados
cabellos, y mostrándome unas tijeritas me dijo dulcemente, en voz baja,
como si temiese ser oída:

--¿Corto?

--Corta.




XXXV


En vano charló el P. Herrera esa noche. Nos contó memorias de su vida
estudiantil; pero no consiguió alegrarnos, y cuenta que el buen anciano
tenía mucha gracia para conversar. Todos estábamos tristes. El mismo, en
cierto modo, participaba de nuestra tristeza. La enferma llamó a
Angelina, y le dijo:

--Niña: ven a platicar conmigo; mañana te vas, y acaso no volverás a
verme, porque, desengáñate, hija, ¡mi mal no tiene remedio! El doctor
dice que nervios; ¡pero yo no creo nada de eso! El mejor día sabrás que
me he muerto.... Pero, niña, no hablemos de eso; siéntate aquí, a mi
lado. Voy a pedirte un favor. Mañana no te despidas de mí. Si Dios
quiere darme algunos meses de vida, cuando vengas, después de Semana
Santa, me verás. Y ya lo sabes, no irás a otra parte, no, porque nos
darías un pesar muy grande. Ya sabes que esta es tu casa. Nosotras te
queremos mucho, mucho, y vivimos muy agradecidas a tus bondades. Porque,
dime, ¿qué necesidad tenías tú de convertirte en enfermera para cuidar
de esta vieja achacosa? No, ya se lo dije al señor Cura, que cuando
vuelvan a Villaverde vengan a esta casa, a esta pobre casa que es suya.
Nosotras te queremos mucho, y Rodolfo lo mismo,--me lo ha dicho muchas
veces--te quiere como a una hermana.

Y cuando llegó la hora de recogerse le dijo:

--¿Cerraste ya los baúles? ¿No? Pues mira: toma la llave, y abre mi
ropero para que saques una cosa. Lleva la vela; yo te diré lo que
quiero....

Angelina la obedeció.

--¿No hay allí una cajita de laca, una cajita negra?... Pues, sácala.
Abrela, aquí, delante de mí. En ella encontrarás un paquete de retratos.

Angelina hizo lo que deseaba la tía Carmen.

Era una colección de retratos de familia.

--Ahora, niña, toma uno mío, otro de Pepa, y otro de Rodolfo. De Rodolfo
hay uno que no quiero darte, uno que ya conoces, de cuando era chiquito,
uno en que está jugando con un aro.... Ese no. De los demás el que tú
quieras.

Después le regaló unos pañuelos de seda y un abanico de laca.

--Este abanico no es de moda, lo sé bien, pero dicen que es una pieza de
mucho mérito, legítima de China. Consérvalo como un recuerdo de
nosotras. Nos escribirás de cuando en cuando, ¿no es verdad? Nosotras
también. Cuando Pepa no esté para eso lo hará Rorró. Ahora, dame un
abrazo, y acuéstate. Llama a Pepa. Me parece que el señor Cura ya está
en su cuarto.

El sacerdote se había retirado a su habitación. Debía salir muy de
mañana y no quería desvelarse.

Salí al corredor. Espléndida noche, una noche invernal por lo serena,
limpia de nubes y pródiga en luceros, semejante a aquella que pareció
participar de mi dicha después de que la joven me confesó su amor.

Sentado en un viejo sillón, que perteneció a mi abuelo, pensaba yo en
Angelina. No la veríamos más en aquel patio ni en aquellos corredores,
ni cuidaría de los pajarillos y de las plantas. Galanas, frondosas, al
llegar la primavera, nuestras flores queridas, las que nosotros
plantamos, de las cuales esperábamos Linilla y yo pruebas maravillosas
de amorosa fidelidad, no lucirían para mi amada sus perfumadas corolas;
ninguna de ellas adornaría los negros cabellos de la niña. ¡Adiós
alegría! ¡Se iba con ella, y acaso para no volver más! Nos quedaríamos
llorosos, abatidos, malhumorados, echando de menos a la pobre huérfana,
cuya hermosa y modesta juventud había sido para nuestra pobre casa,
siempre triste y sombría, como un rayo de sol.

Silbaban los insectos nocturnos en lo más escondido de los follajes;
los floripondios, mecidos por el viento, columpiaban pesadamente sus
campanas de raso; el «huele de noche» no tenía aromas, y el agua corría
silenciosa por el sumidero del pilón. De pronto arreció el viento, me
estremecí de frío, y cerré los ojos.

No sé cuánto tiempo estuve así, adormecido, abrumado de pesar. Me dolía
el corazón...--Sentí que me tocaban en el hombro, y que me decían
quedito, muy quedito:

--¡Rodolfo!... ¡Rodolfo!

Era Linilla.

--Ya todos se han recogido,--murmuró--y he venido a decirte adiós,
porque no quiero verte mañana.

--¿No quieres verme?

--¡No; me sería imposible salir de aquí!... ¡No podría contener mis
lágrimas! Finge que estás dormido; que estás enfermo; que no quieres
levantarte, lo que sea mejor, ¡pero no salgas!

--Siéntate aquí, a mi lado, en esta silla....

--No, Rorró. Me voy, y no sé cuándo volveré. ¿Irás a verme? Sí... ¿no
es verdad? Me escribirás.... Llevo tu retrato, y lo miraré a todas
horas, y leeré tus cartas hasta que me las sepas de memoria. No dejes de
escribirme, te lo ruego, y ¡ámame, ámame como yo te amo! Piensa que he
sido muy desgraciada; que estoy sola, casi sola en el mundo, porque el
santo anciano, que ha sido para mí un verdadero padre, vivirá poco, y el
día que me falte.... Antes de conocerte él era mi único amor, y me decía
yo: mientras mi papá viva yo viviré, después... ¿para qué? Ahora pienso
en eso, y quiero vivir, quiero vivir para tí, ¡para amarte, para ser
amada! Te dije que me olvidarías, que me olvidarás.... ¡No, Rodolfo, no
me olvides! ¡No me olvidarás... porque no debes, no puedes olvidarme!
¡Tu amor ha sido la única felicidad de mi vida, y no puedo perderlo!...
¡Siquiera eso para esta pobre huérfana! No; el cielo no permitirá que me
olvides.... ¿Verdad que no es posible? ¡Piensa en mí; habla de mí, a
todas horas, con tus tías, con señora Juana, con cualquiera!... Quiero
estar siempre en tu corazón; quiero estar a todas horas en tu
pensamiento; ir contigo a todas partes. Piensa en mí cuando trabajes,
cuando leas, cuando reces.... ¡Hasta cuando duermas!... ¡Sueña conmigo,
sueña con tu Linilla!...

No pudo más. El llanto la ahogaba. Se echó en mis brazos, y reclinó su
cabeza sobre la mía. Sollozaba.... Quiso hablar y no pudo. Tomó mi mano,
la estrechó fuertemente, y me la besó con efusión infantil.

Después de largo rato de silencio hizo un esfuerzo, y fatigada, como si
le oprimieran el pecho, me dijo, alargándome un objeto que sacó del
bolsillo del delantal:

--Toma: es una medallita; la he llevado al cuello desde niña; me la puso
mi madre, y me la he quitado para dártela.... Ahora, ¡dime adiós, y
perdona si mi cariño es causa de amarguras para tí!...

Iba yo a detenerla. Me apartó dulcemente, y se retiró paso a paso.




XXXVI


Volví entonces a mis paseos favoritos, todas las mañanas y todas las
tardes, antes y después de ir al despacho del jurisconsulto. Recorrí
otra vez las orillas del Pedregoso, y subí cien veces a la colina del
Escobillar. En todos los álamos del río grabé las iniciales de Linilla,
o una sola letra, una «L», para que me recordaran a cada paso el nombre
de mi amada. Pero mi sitio predilecto era la peña más alta de la colina.
Desde allí descubría yo las cumbres más elevadas de la Sierra. Detrás de
una de ellas estaba el pueblo de San Sebastián donde moraba la pobre
niña. Me pasaba yo largas horas en aquel sitio, siguiendo con mirada
curiosa las nubes o los jirones de niebla que iban hacia allá impulsados
por el viento, y me complacía en contemplar cómo se apagaban, poco a
poco, en los picos de aquellas montañas, las últimas luces del moribundo
día. De noche me echaba yo a vagar por las últimas calles de la ciudad,
o iba a sentarme en el cementerio de San Antonio, al pie de un ciprés,
cerca del lugar en que Angelina me dijo, cuando le pregunté si me amaría
siempre:

--¡Cómo hoy, como mañana, hasta después de muerta!

Desde allí se domina toda la parte meridional del valle, limitado por
las montañas de la Sierra, sobre las cuales desplegaba el cielo de
invierno sus incomparables constelaciones: Orión, el Can, y el Navío
entre cuyos mástiles centelleaba el soberbio Canopo. Pero las noches
obscuras eran más hermosas para mí. Volaba mi pensamiento a través de
las sombras en busca de la humilde casa cural; me imaginaba yo que
estaba allí, en la modesta salita, cerca del sacerdote, y al lado de
Angelina. Asistía yo a la partida de ajedrez, y a la sesión de lectura.
El anciano en su sillón; Angelina a un lado, cerca de la mesa, a la luz
de una lámpara, con un libro en las manos. Si hasta me parecía oír
aquella voz argentina, insinuante, sugestiva, que sonaba en mis oídos
como el canto de un arpa eólica.

Algunas noches cuando la tempestad alumbraba con cárdenos reflejos las
cumbres de la serranía, me complacía yo en admirar los fuegos de la
tormenta, los relámpagos que se sucedían sin cesar con el estrépito de
mil truenos que, repetidos por los ecos, aumentaban la grandeza de aquel
espectáculo celeste, como si a toda carrera cruzaran por el cielo cien
trenes de guerra, al estallido de mil y mil cañones.

Se alejaba la tempestad; se despejaba el firmamento; asomaba la luna, y
las nubes, antes aterradoras y negras, se convertían en blancos celajes
orlados de plumas, de blondas, de argentados flecos; en veleros
esquifes; en góndolas de nácar; en cisnes maravillosos de cuello
enhiesto y alas erguidas, que bogaban en un golfo de aguas límpidas
salpicado de estrellas.

¡Quién estuviera allí! ¡Quién bogara como ellos hacia esos valles
perdidos en los repliegues de la cordillera! ¡Quién pudiera seguirlos en
sus giros misteriosos! A esa hora dormían las aves, callaban los
vientos, y sólo se oirían en las vertientes, en los barrancos, en los
desfiladeros, el aliento de las selvas, el pavoroso respirar de los
bosques.

Una mañana se presentó en casa el doctor Sarmiento; iba muy de prisa,
muy de prisa; llamó a la puerta, y dijo a señora Juana:

--¿Rodolfo? ¿No está en casa? Pues ¡ea! decirle que le espero esta
noche... que le necesito... ¿eh?

No me hice esperar. El facultativo estaba en su gabinete, hojeando no sé
qué libracos.

--Vaya, muchacho, llegas a buena hora. Cenarás conmigo. Tengo buenas
noticias para ti.... Vamos, siéntate, charlaremos un rato. ¿Cómo están
por allá? Pasando, ¿no es eso? Mal vamos, hijo; doña Carmen anda mal,
muy mal; la ida de esa chiquilla nos va a dar un disgusto. Ya lo sabes:
alegría, distracción....

--¿Alegría?

--Sí, alegría!...

--En mi casa no puede haber eso....

--Pues mira lo que haces. Dile a tu tía Pepa que procure distraer a su
hermana. El otro día llegué, y me las encontré llorando, llorando a
lágrima viva. ¿Qué pasa?--pregunté.--«Nada: ¡que Angelina se fué!...»
Pero ya verás, muchacho, ¡como todo eso pasa! Lo que es ahora, cuando
llegues... ya verás.... ¡Buen rato vas a darles!

--¿Por qué, doctor?

--Ya vino Fernández... hablé con él, y me dijo que el quince de Abril
te espera en la hacienda. Mañana saldrá para allá con toda la
familia.... Es cosa hecha; allí tendrás una colocación muy regular....
Avisa a Castro.... ¡No más alegatos! ¡No más chismes ni pleitos! Ya dije
a ese caballero que no entiendes jota del negocio, pero que aprenderás.
¡Buena persona! ¡Muy buena persona! Procura verle mañana, antes de medio
día; le darás esta tarjeta... y... ¡listo! Ahora: ¡al comedor!...

Cuando llegué a mi casa me dio un vuelco el corazón. Entré, y tía
Pepilla salió a mi encuentro:

--¡Rorró! ¡Rorró! Mira...--y me enseñaba una carta.

--¿Qué es eso?

--Mira... ¡una carta!

--¿De Angelina?

--¡De Angelina!... Vamos a ver qué te dice....

--Sí, tía; pero después de que yo la lea....

--¡Cómo tú quieras, Rorró!--contestó sonriendo.

Corrí a mi cuarto, encendí el quinqué, y, presa de hondísima emoción,
leí la carta.

Mi tía pretendía en vano disimular su impaciencia.

--¿Qué dice?...

--¡Vamos, tía, calma, calma! Voy a leerla; pero que tía Carmen la oiga
también....

Linilla había previsto el caso, y escribió dos cartas: una para que
pudiera yo leerla delante de mis tías; la otra para mí.... ¡Sólo para
mí!

¡Con qué alegría recibieron las buenas ancianas la carta de la joven!
Cuando acabé la lectura estaban llorando.

Quería yo estar solo, y corrí a mi cuarto.... ¿Decirles que tenía yo
empleo en la hacienda de Santa Clara? ¡Quién pensaba en eso!

La carta de Angelina decía así:




XXXVII


«Rorró:

Ya me imagino que estarás muy enojado conmigo porque no te escribí,
luego, luego, como tú deseabas. Pero, mira: no fué por culpa mía:
Llegamos muy tarde, y yo muy cansada, cansadísima, que toda ponderación
es corta. Estos caminos son muy bonitos, lindísimos, y... ¡muy pesados!
¡Qué cuestas! ¡Qué desfiladeros! Pero... ¡qué paisajes! Tú, que eras
tan afecto a todas estas cosas, quedarías encantado. Por todas partes
espesos bosques.... Parece que no los ha tocado la mano del hombre. Por
todas partes siembras, ranchos y cabañas. Y de flores, ni se diga! He
visto unas en los troncos de los árboles, y otras, enredaderas, que son
para alabar a Dios. Y eso que estamos todavía en invierno. ¿Qué será en
Abril y Mayo?

Al otro día me puse a arreglar la casa. ¡Estaba atroz! Francisca no
sirve para nada. La pobre está vieja y enferma. No la saques de la
cocina, porque no hará nada. Ya sabes que no soy perezosa; digo a
trabajar, y... ¡a trabajar! Ha quedado la casa lindísima, lindísima,
porque el orden y el aseo todo lo embellecen. Cuando llegamos toda
estaba triste y sombrío. Lo que es ahora da gusto pasear por estas
piezas. Sólo yo no lo tengo para nada, porque la tristeza me mata.... A
cada rato me dan ganas de llorar. Me escapo, me voy al jardín, o a la
iglesia, y allí, solita, sin que nadie me vea, lloro y lloro por tí. A
veces creo que estoy sola en el mundo; que nadie me quiere; que tú ya no
piensas en mí, en tu pobre Linilla.... Pero tengo ratos de alegría, muy
dulces, cuando pienso en que me quieres mucho, mucho, y en que estarás
taciturno, cabizbajo, melancólico y apesadumbrado por mi separación. Y
me digo: «¡Mejor! ¡Mejor! ¡Que se apene! ¡Que padezca! ¡Eso será señal
de que me quiere y piensa en mi!» Perdóname. El amor es egoísta.
Deseamos la dicha de la persona amada, y, sin embargo, nos complace que
padezca y llore como nosotros. ¿Verdad que estás triste, y que hasta
tienes ganas de llorar, porque no estoy allí, a tu lado, y no me ves, ni
oyes mi voz? Yo si te veo, te veo a todas horas, y no en retrato.
Entorno los ojos, y luego apareces delante de mi, igualito, como
eres.... Y te hablo, y me hablas, y eres conmigo muy cariñoso, muy
tierno! Y me miras, y te miro.... Entonces soy dichosa, muy dichosa, y
siento que soy la más feliz de las mujeres. Pero cuando me pongo triste
y con ganas de llorar, entonces cierro los ojos y... ¡no te veo! He
dado en pensar, cuando esto me pasa, que en esos momentos no me quieres;
que no piensas en mí; que me has olvidado; que soy un cadáver en tu
memoria. Y esto me aflige, me acongoja, me llena de amargura. ¿Será
cierto que a veces te olvidas de tu Linilla? Pues tu Linilla no te
olvida, ni te aparta un momento de su memoria. ¿Será cierto que en
algunos momentos vives para... otra? ¿Verdad que no? ¿Verdad que sólo
vives para mí?

Anteayer en la tarde salimos de paseo por las orillas del pueblo, que
todas son laderas. Papá tomó asiento en una roca, y se puso a rezar el
oficio, y yo, entretanto, me eché por aquellos vericuetos, y subí y
subí, hasta un picacho desde el cual se ve algo de los valles de
Pluviosilla y de Villaverde. Llegué a la cima, y llegué fatigadísima. Es
cierto que desde allí se dominan los campos de Pluviosilla; pero ¡ay!
sólo un poquito, muy poquito, los cerros de Villaverde; nada más la
punta del Escobillar. ¡Cuánto hubiera yo dado por ver, aunque fuera
desde tan lejos, esa peña en la cual te sientas a contemplar la puesta
del sol. Estaba el cielo muy limpio y despejado; ni una nube en esa
región; y yo me decía: ¡quién fuera pajarito para volar hacia allá, y
volar, y volar en busca de Rorró, de mi Rorró! Sentada allí, entre el
follaje, estuve pensando en tí; pero con muchas ganas de llorar.... Era
ya muy tarde; bajé, y a la bajada, corté muchas flores, y como no puedo
mandártelas, elegí un helecho que va dentro de esta carta. Lleva una
cosita... ¿a qué adivinas? Te acuerdas que la noche, cuando nos
despedíamos, me pedías las flores que tenía yo en la cabeza? ¿Te
acuerdas qué me decías?... Me da vergüenza escribirlo; pero ¡tú me
entiendes!... Escríbeme, Rorró. Escríbeme, alma mía; mira que si no me
pones cuatro letras, aunque sean cuatro letras nada más, me voy a morir
de pena. No seas perezoso, Rorró. Tú eres muy perezoso, y aunque me
quieres mucho, como yo a tí, eres capaz de no escribirme a tiempo, y el
mozo vendrá, y no me traerá carta tuya, y tendré que esperar ocho días,
¡ocho días, que serán para mí ocho siglos! Escríbeme; mira que estoy
dispuesta a ir hasta el rancho de los Cedros a encontrar al mozo, para
que me dé las cartas y los encargos. ¡Imagínate qué pena tendré si tú no
me escribes!

Ya es muy tarde: acaban de dar en el reloj de la sala las doce de la
noche, y no puedo seguir escribiendo. Ya escribí la otra carta, para que
no te veas en el compromiso de leer ésta delante de tus tías, y así será
en lo de adelante. Dos cartitas: una para tí y para todos, otra para...
«mi Rodolfo».

Cuida mucho de tus tías, particularmente de doña Carmelita. Piensa que
la pobre está muy enferma, muy nerviosa, y necesita cariño y amor. Ya
les escribo cuatro renglones. Dile a doña Pepilla que si tiene entre
manos alguna obra grande, que me mande los avíos; que yo la ayudaré
aquí; que tengo mucho gusto en ayudarla; que me sobra tiempo y puedo
emplearlo en eso.

Dime lo que haces, y en qué pasas el tiempo cuando sales del escritorio;
dime si piensas en mí; si te acuerdas de tu Linilla que te quiere mucho,
mucho, mucho, y sólo vive para amarte. ¡Adiós!

Angelina.

P. D.--¡Cuidadito con no escribir! Te castigo: no vuelvo a pensar en
tí.»




XXXVIII


La carta de Angelina fué para mi alma entristecida como el rayo del sol
que disipa en valles y riberas las brumas que dejó la tempestad. Me
sentí dichoso y feliz, feliz y orgulloso de ser amado. Algo como un
soplo de primaverales vientos inundó mi alma y vino a reanimar mi
desmayado corazón.

No quise recogerme sin escribir antes a Linilla. Todo reposaba en torno
mío. Por la ventana, abierta de par en par, entraban los aromas del
jardín; el agua corría silenciosa por el sumidero del pilón, y de cuando
en cuando, anunciador de la estación florida, preludiaba un jilguero su
amorosa serenata.

A media noche dejé la pluma, y leí, y releí mi carta: seis pliegos
escritos por las cuatro carillas. Presa de un desaliento inexplicable
metí los pliegos en el sobre. No; no decían aquellas páginas lo que
sentía mi corazón. En vano me empeñé en transmitir al papel las
impresiones que en mí produjo aquella carta; en vano luché por expresar
la emoción de mi alma hondamente conmovida, la emoción sublime que
señoreada de mi espíritu anudaba mi lengua, humedecía mis ojos y
paralizaba mi pensamiento.

Desalentado, rendido de cansancio, me tendí en el lecho. A la
incomparable alegría de un instante sucedió en mí cierto estado penoso,
y procuré dormir.

Alguien ha dicho que el sueño es un anticipo que nos hace la muerte.
Dulce y reparador después del trabajo; consolador y benéfico cuando el
dolor hinca en nuestro pecho sus garras de milano; rico en imágenes y
fantasías cuando está con nosotros la esperanza, suele ser esquivo,
desdeñoso, cruel, si cuando la felicidad nos sonríe le pedimos, para
completar nuestra dicha, un ramo de su corona de adormideras.

El sueño tardó mucho en venir. En tanto me dí a pensar en que
próximamente tendría yo que separarme de aquella casa para ir a ganar
entre desconocidos y extraños un pedazo de pan.

¿Qué harían sin mí las pobres ancianas? ¿Qué harían si yo me iba?
Tendrían más dinero, es cierto, pero se quedarían solas, como
abandonadas, sin más amigos que un viejo servidor trabajado y achacoso;
un médico tan pobre como ellas, y un dómine que se moría de tristeza
y... ¡de hambre!

Al irse Angelina fué preciso buscar una criada que viniera en auxilio de
mi tía Pepa y de señora Juana. Pero, ¿con qué pagarle sus servicios? Mi
sueldo, no siempre pagado con puntualidad, a causa de la mala memoria de
Castro Pérez y de mi timidez para reclamárselo, lo que ganaba mi tía con
sus flores y sus chiquillos, y lo que Andrés nos daba, era lo único que
teníamos. Resolvimos suprimir un platillo en la mesa, y eso que la
nuestra no era, por cierto, mesa de banqueros ni de príncipes.

Iba yo a ganar un buen sueldo; no sabía yo cuanto; pero, en fin, no
sería tan exíguo como el que me pagaba el jurisperito. Tendría yo en la
hacienda casa y comida; los tiempos mejoraban, y era del caso aprovechar
la buena suerte; pero la idea de abandonar a mis tías, aunque fuese para
atender a sus necesidades de un modo más amplio, me atormentaba, me
llenaba de angustia, y no dejaba de aterrorizarme el pensamiento de que
en el prometido empleo me sería necesario tratar con personas que no me
estimaran, que acaso no me conocían, y de las cuales tendría yo que
sufrir menosprecio y maltrato. Cuando se habla de la pretendida
felicidad de los ricos, y se elogia la abundancia en que viven, el lujo
que gastan, las comodidades de que disfrutan y el bienestar que los
rodea, nadie acierta a señalar lo único que a los mimados de la fortuna
da verdadera superioridad sobre aquéllos que viven de un trabajo diario,
penoso y mal retribuído. No; no está su envidiable superioridad en los
respetos sociales, ni en la estimación pública, que, aunque aparente y
mentida, es poderoso elemento de felicidad, porque hace que todos les
guarden consideraciones y respetos; ni está en la tranquilidad de una
vida sin afanes,--que también los tiene el rico, y grandes y
terribles,--sino en la noble entereza que les da el dinero para rechazar
los ultrajes, para no pedir a nadie favores ni indulgencia con mengua
del propio decoro. La pobreza rebaja de ordinario los caracteres, abate
el espíritu, envilece el alma, la nivela con lo más abyecto, y sólo
espíritus muy levantados, espíritus de sublime temple, salen ilesos de
la prueba. Cuando solemos encontrarnos con seres mezquinos, con almas
degradadas, para las cuales el respeto propio es vana palabra, que si
llega a los oídos no conmueve el corazón, ni tiñe de rojo las mejillas,
decimos: «¡Alma de esclavo!» Y sin quererlo pensamos en una vida de
miseria que envileció el carácter y encanalló el espíritu. Dígase lo que
se quiera, esa nobleza es la única felicidad de los ricos. Por ella,
sólo por ella, los admira el mundo. Todo lo demás que en ellos envidia
la multitud es como la corona de oropel que ciñe la frente del
comediante. ¡Noble dignidad, dignidad envidiable que pone a salvo las
prendas más altas del corazón!

Observad a todos aquéllos que vivieron una niñez miserable; en cuyo
hogar faltó muchas veces el pan; que no tuvieron ropas para cubrir el
demacrado cuerpo; que imploraron avergonzados la caridad pública, y no
como el mendigo, con serena franqueza, sino ocultando la demanda en una
frase lisonjera; que pasaron, poco a poco, de la timidez bochornosa a la
súplica sonriente; de la petición insinuante a la explotación
vergonzosa, y de allí... a la tolerancia interesada, y veréis cómo,
aunque estén en la opulencia, aunque la sociedad los mime y la fortuna
los haya indemnizado de cuanto en un tiempo les negó, aun tienen en lo
más escondido del corazón el vinagre y la hiel de la miseria. La pobreza
desesperanzada imprime carácter, y en su seno se crían la soberbia
hipócrita, la modestia burlona, la astucia dolosa, que tienen
flexibilidades de víbora; la ruindad intrigante, la maledicencia
ponzoñosa, y la envidia exangüe que todo lo codicia y que todo lo afea.

En pos de esa noble dignidad corren todas las almas levantadas, alto el
pensamiento, alto el corazón: el estudiante que se afana por
conquistarse digno puesto en la sociedad; el mercader que gasta en el
trabajo los años mejores de la vida; el menestral que lucha por
conseguir vida independiente. El deseo de alcanzarla es la única
disculpa que tiene la avaricia.

Mi padre quiso darme esa codiciada felicidad; no pudo lograr sus
propósitos; pero de él heredé ese instinto de soberbia altivez con la
cual rechacé en todo tiempo, de niño, de mozo, y de hombre maduro, la
humillación indigna, la reprensión inmotivada, el atropello brutal de
quien se consideraba superior a mí. De mi madre heredé plácida dulzura
para la debilidad, sumisión respetuosa para todo acto de justicia,
tendencia irresistible para compadecerme del ajeno dolor, y cierta
delicadeza femenil que me ha causado muchas amarguras.

Entregado a estas meditaciones pasé una hora. Vino el sueño, y vino
dulce y halagador, como un amigo cariñoso que acude a nuestro llamado
para darnos consuelo, para reanimar el abatido corazón; como una hermana
compasiva que se acerca a nuestro lecho, acaricia nuestra frente,
entorna nuestros ojos, y nos invita a reposar porque sabe que padecemos
y necesitamos descanso.




XXXIX


Al día siguiente, después del desayuno, dije a mis tías lo que pasaba.

--¡Y te vas!--exclamó mi tía Pepa.--¿Te vas y nos dejas?

--Es preciso. Comprendo que esto ha de ser muy penoso para ustedes....
Lo comprendo, ya he pensado en ello, pero ¿qué hacer?

--¡Ahora que estamos solas, cuando Angelina acaba de irse... cuando
después de tantos años de ausencia has vuelto a nuestro lado!

--Sí, tía, me iré; y no por gusto. ¡Bien sabe Dios cuánto me duele esta
separación!... Pero no se aflija usted. Es necesario.... Estoy obligado
a....

--¡A vivir con tus tías!--exclamó interrumpiéndome.

--Estoy obligado a subvenir a las necesidades de ustedes.

--¿Y no te basta con lo que ganas en la casa de Castro Pérez? ¿Te
pedimos algo que no puedas darnos?

--No, tía; pero no puedo mirar tranquilamente la vida de trabajo que
lleva usted. Andrés hace por nosotros cuanto puede, y el pobre puede
poco. No me avergüenzo de aceptar sus favores; pero eso no debe seguir
así, indefinidamente.... Ya sabe usted que en la casa de Castro Pérez
gano poco, y que no es posible ganar más.

--Pues yo creo que allí está tu porvenir....

No pude menos de sonreir al escuchar a mi pobre tía.

--¿Mi porvenir?

--Sí.

--No, tía; yo no me pasaré la vida escribiendo alegatos. Ese trabajo me
mata. No porque sea rudo, sino porque es insuficiente. Prefiero las
faenas agrícolas y la vida agitada de los campos que dan salud y buen
humor.

La enferma permanecía silenciosa. Tía Pepa trató de convencerme de que
no debía yo dejarlas. Discutimos largamente el punto; ella, viva,
nerviosa, desatando todas las dificultades; yo, aparentando una
serenidad que no tenía. Ni la anciana quería rendirse ni yo conseguía
convencerla.

--¡Vamos,--exclamé--que resuelva mi madrina!

--Sí, hijo mío:--contestó la anciana--¡eso me toca a mí! Pepa te quiere
mucho y se le hace duro que nos dejes. Piensa tú, Pepa, que no estará
muy lejos de nosotras; piensa que vendrá frecuentemente, y considera que
aquí, con Castro Pérez, no hará nada. Te irás, Rodolfo, te irás, y nos
quedaremos muy contentas. No hablemos más. Vístete, que como te veo te
juzgo, vístete y vete a la casa de Fernández. No saldrás descontento, es
una persona muy fina. ¿No es verdad, Pepa?

--Así lo haré, tía.

--Después, te vas a la casa de Castro Pérez, y le avisas que dentro de
veinte días, o los que sean, según lo convenido, tendrás que separarte
de allí, y ¡ya está!

Y agregó un poco trémula y conmovida:

--Mira: siento que nos dejes; pero la razón me dicta que te deje ir; que
no te impidamos lo que vas a hacer. Yo el mejor día me iré también, y no
quiero que a la hora de morir me atormente la idea de que por culpa
nuestra has perdido un bienestar que nosotras no podemos darte....

La voz de la anciana iba siendo más débil cada día, y a la menor emoción
se le apagaba hasta hacerse imperceptible. Para calmar a la enferma y
dejarla tranquila le dí un abrazo y la besé en la frente.

--No, madrina, ¡no hay que afligirse! Vendré a ver a ustedes cada ocho
días. Además, la hacienda de Santa Clara no está en el fin del mundo....
¡Ya, ya verá usted a su sobrino, qué majo y qué gallardo que viene,
vestidito de charro, en un caballo soberbio! ¡Ya verá usted, tía Pepa,
qué elegante y guapo estaré con el pantalón ceñido, el jarano galoneado,
la chaquetilla airosa y la pistola al cinto! ¡Y «taca, taca, taca»! ¡Ahí
está el ranchero! ¡Ya llegó! Y entrará Juana, diciendo: «¡Señora... ya
vino el charro!» Y usted, tía Pepilla, usted saldrá corriendo a
recibirme y abrazarme, o se asomará usted a la ventana para verme
llegar, y ver a todas las muchachas que han de mirarme con tamaños ojos,
como diciendo: «¡Qué reguapo!» Y entraré, sonando las espuelas, y
ustedes se pondrán muy alegres. Y... ¡chas! ¡Ahí está el chorro de
pesos!

Sonreía la enferma, sonreía tía Pepilla, y yo me paseaba por la
estancia, afectando la gallarda apostura de un jinete admirable.

Una hora después salía yo de la casa del señor Fernández. Presenté la
tarjeta del doctor y fuí recibido perfectamente. El hacendado me hizo
pasar a su despacho, una pieza elegantemente ajuarada. En dos por tres
quedamos arreglados.

--Le espero a usted el día quince. Vendrán por usted. Mandaré un criado.
¿Tiene usted costumbre de montar a caballo?

--No, señor, debo hacerlo como un colegial....

Sonrió el hacendado, y me dijo:

--Amiguito: ¡ya veremos!... Cabalgando se aprende....

Después se habló de mi familia, de mis tías, de la enfermedad de mi
madrina, de mi abuelo, a quien había tratado en no sé qué parte, y
luego, en dos palabras me despidió.

--Bien:--dijo--¡asunto arreglado! Usted me perdonará... ¡estamos de
viaje!... ¿Gusta usted de almorzar?

Y se levantó y me condujo a la puerta.

En esos momentos apareció la señorita.

--¡Papá!

Sonrojóse al verme, y murmuró tímidamente:

--Usted dispense....

--¿Qué quieres, Gabriela?--le preguntó el caballero.

--¿A qué hora hemos de salir?

--Después de comer... a menos que tú quieras salir más tarde....

Saludé, y me fuí. ¡Linda criatura! Aun me parece que la veo con aquel
vestido azul que parecía un jirón de cielo; esbelta, donairosa,
elegante, sencilla, húmedos los rubios cabellos, que, atados con una
cinta de seda, caían hacia la espalda sobre una toalla anchísima. ¡Nunca
me pareció más bella!




XL


Cuando llegué al despacho me encontré con el jurisperito. Salía para ir
al Juzgado.

--Amigo:--me dijo muy gestudo y mohino--ya me cansé de esperar.... ¿Qué
le ha pasado? ¿Por qué viene usted a esta hora? Recuerde usted que el
deber es lo primero. Déjese usted los amoríos para los ratos de huelga.

Me sentí herido, y murmuré una disculpa, que no calmó la cólera de don
Juan, sino que, por lo contrario, le impacientó, porque, interrumpiendo
mis excusas, agregó en tono despreciativo:

-¡Bien! ¡Bien! ¡Que no se repita esto!... Me voy al juzgado. Avise usted
a las muchachas que no me esperen.... Volveré entre cuatro y cinco. Ahí
en mi bufete está un escrito.... ¡Cópiele usted!

Se compuso el sombrero, y se fué. A poco, cuando principiaba yo a
escribir, oí en el zaguán voces femeniles que distrajeron mi atención.
Luisa y Teresa, (no eran otras las que hablaban) aparecieron en la
puerta del escritorio. Venían muy majas y de ataque.

--¡Papá!--gritó la rubia, asomando su vivaracha cabecita.--¡Papá! ¡Ya
estamos de vuelta!

Luego que supieron que don Juan había salido, y que no volvería hasta la
tarde, las dos muchachas se colaron de rondón en el despacho, y tomaron
asiento en la banca de los clientes. Se abanicaban furiosamente, y se
miraban y sonreían como deseosas de decir algo que no les cabía en el
cuerpo.

--¿No le robamos el tiempo?--preguntó la morena.

--No, señorita.

--¿De veras?--dijo la rubia.

--No.

--Pues entonces,--prorrumpió Luisa,--deje la pluma y charlemos un rato.

--Como ustedes gusten.

--¿A qué no sabe usted de dónde venimos?

--De la iglesia; de las tiendas; vendrán de comprar perendengues y
moños.

--¡No!--exclamaron a una.

--No acierto....

--¡Adivine usted!...--dijo la morena.

--¡Adivine usted!...--repitió la rubia.

--No acierto, señoritas....

--¿Oyes, Luisa? ¡No acierta! Pues nosotras sabemos dónde estuvo usted
hace media hora....

--¡Ah! No es difícil saberlo. Acabo de llegar, y ustedes me verían salir
de casa..

--¿Oyes, Tere? ¡De... casa!

--Pues de allá salí hace una hora.

--¿Conque de casa, eh?--murmuró la morena.--¡De casa!

Se miraron discretamente, y sonrieron.

Luisa, para lucir sus lindas manos, se compuso el peinado, afirmando las
horquillas con la punta de los dedos. Teresa se acomodó en el asiento
dejándome ver los pies, primorosamente calzados; luego, cerró de un
golpe el abanico, fingió que arreglaba las varillas, bajó los ojos, y
después de un rato de silencio, repitió, viéndome de hito en hito:

--¿Conque de casa, eh?

Me eché a reír. Aquel «conque» era la muletilla de las señoritas Castro
Pérez, y en Villaverde cuando de ellas se hablaba, todos decían «las
niñas Castro Conque».

--¿De qué se ríe usted?--preguntó contrariada la rubia.

--De nada. Son ustedes muy maliciosas....

--¡Conque de casa!--volvió a decir.--No sabíamos que vivía usted allí,
en el ¡«pa... la... cio» de la marquesita! ¿Por qué no avisa usted
cuando muda de casa?

La tormenta estaba encima.

--Son ustedes muy maliciosas. Es cierto que estuve en la casa del señor
Fernández..., ¿y qué?

--¡Vaya! ¡Vaya! Confiesa usted...--exclamó Luisa, abanicándose.

--Nada tiene de extraño. Ya saben ustedes que los negocios.... Fuí a
recoger una firma.

--¡Puede! Si nosotras estábamos allí.... Fuimos a pagar la visita. Ya
nos daba vergüenza ver a Gabriela. Figúrese usted que hace más de un año
que vino acá. Papá decía a cada rato: «Niñas... ¿ya pagaron esa
visita?» Nosotras no queríamos ir... porque... la verdad....

--¡No la digas;--interrumpió la morena--no la digas, que Rodolfo es de
los interesados!

--¡Adiós! ¿Y por qué no? Una es muy dueña de decir lo que quiera....

--Sí; pero... ¡no a todo el mundo! ¿No ves que Rodolfo....?

--¡Diga usted, Teresa, diga usted!

--¡No, Tere!--suplicó Luisa.

--¡Pues lo he de decir!... Pues, ¡vaya, que... esa señorita nos...
choca!

--¿Y por qué?

--¡Friolera!--exclamó Luisa.--¿No la ve usted tan pagada de sí, y tan
orgullosa, que a todos desprecia, y que dice que todas las vilaverdinas
somos unas payas..., unas ridículas.

--Vean ustedes, señoritas: pienso que esa niña no es orgullosa, ni está
pagada de sí; pienso que no desprecia a nadie, y que, por lo contrario,
es muy amable con todos; y de seguro que es incapaz de decir eso que
ustedes le atribuyen....

--¡Usted qué ha de decir!... Usted la defiende porque... ¡vaya! ¡porque
está usted enamorado de ella!

--¿Yo, Teresa?

--Sí.

--¿Quién ha dicho eso?

--¡Todo el mundo! ¡Todo el mundo lo dice!

--Pues «todo el mundo» dice mentira.

--¿Mentira? ¡Que me azoten en la plaza, y que no lo sepan en mi casa!
Usted dirá lo que guste... pero si no es verdad eso que cuentan, usted
tiene la culpa de todo, porque le hace usted unos osos terribles....
Noche a noche va usted a oirla tocar.... Allí se está usted horas y
horas, en la baranda de la Plaza. Y por eso Gabriela, que sabe que
tiene... «au... ditorio», no se quita del piano.... Y por cierto
que... (¡no se enoje usted!) ¡por cierto que la pobrecilla lo hace bien
mal!... ¿Verdad, Luisa?

--¡Por Dios, Tere!--exclamó la morena.

--¡Cállate tú! Ahora verá usted, Rodolfo: le dijimos que tocara, y tocó
la «Sonámbula» de Talberg. ¡Jesús nos asista! ¡Qué «Sonámbula»!

--No, hija, no; no digas eso.... Ella toca sin expresión, sin compás...
pero en cuanto a ejecutar... ¡ejecuta mucho! Ya quisieran muchos, de
esos que se llaman profesores, ejecutar como Gabriela.

--Pues, mira, Luisa; ¡yo ni eso le concedo! ¿Qué chiste tiene eso de
aporrear el piano? Si aquello me parecía un pleito de perros.

Y la rubia se tapó las orejas.

--Teresa, por Dios: ¡ten caridad!--dijo en tono compasivo la morena.--No
hables así; dirán que decimos eso por... ¡envidia!

--¿Envidia yo? ¿Y de qué? ¿Yo? ¡Gracias a Dios que no toco el piano!

--No; pero pensarán que tú no haces más que repetir lo que yo digo.

--Y dirán la verdad. Quién me dijo ahora, al salir de allá: «¿Viste,
oiste? ¡Eso no es tocar! ¡Lástima de piano!» ¿No fuiste tú? Pues
entonces ¿de qué te espantas? Yo diré lo que me dé la gana. Ya lo sabes:
¡tan fea como tan franca!

Me indignaba la murmuración de aquellas niñas tan mal educadas y tan
cursis.

--¿Fea? ¡Nada de eso! ¿Quién ha dicho que es usted fea? No lo digo yo,
ni lo dice nadie, y menos... Ricardo Tejeda.

Encendióse la rubia al oír este nombre. Ricardo había sido su novio, lo
sabía yo muy bien, él mismo me lo dijo en el Colegio, y Teresa no le
perdonaba a mi amigo que, a poco de «terminar» con ella, hubiera visto
con demasiado interés a la elegante y encantadora señorita. De aquí el
odio a Gabriela; de aquí que murmurase de su hermosura; de aquí el que
afeara todo en la señorita Fernández.

--Sí;--contestó vivamente Teresa--ya sé que en Ricardo tiene usted un
rival....

La maldiciente polluela estaba enamorada de amigo; le quería, a su
manera, le amaba como loca, y no podía olvidarle.

--Sí, ya sé que Ricardo está enamorado de Gabriela, lo sé; y sé también
que por eso no habla con usted, ni le busca como antes. ¡Antes tan
amigos! ¡Ahora enemigos a muerte!

--¿Enemigos? ¿Quién ha dicho eso?

--Sí, se pasan pero no se tragan.... Pero esté usted tranquilo, Rodolfo;
Ricardo no es temible... ¡no es temible!

--Vea usted, señorita: si Ricardo está creyendo que yo pretendo a
Gabriela, es porque alguno le ha engañado.... ¡Alguno que ha querido
burlarse de nosotros...!

Luisa nos escuchaba atentamente, jugaba con el abanico, y sonreía al
oirme. Teresa se quedó un instante pensativa.

--Oiga usted, Rodolfo: ¿me quiere usted hacer un favor?

--Veamos, ¿cuál?...

--¿Tiene usted amores con esa señorita?

--No.

--¿De veras?

--De veras.

--Pues, enamórela usted; enamórela usted. Yo conozco muy bien a las
mujeres, como que soy del sexo. ¡Enamórela usted! ¡Yo le aseguro que en
dos por tres se arreglan ustedes!

--¿Y Ricardo?--pregunté con mucha seriedad.

--¿Ricardo? ¡Qué rabie! ¡Quién le manda ser tonto!

Las muchachas se levantaron, chacharearon dos o tres minutos, y se
fueron. Ya en la puerta se detuvieron. Teresa se volvió hacia mí, y con
tono entre suplicante y malicioso me dijo:

--Rodolfo: ¡enamórela usted!




XLI


Castro Pérez llegó un poco antes de las cinco. Entró silencioso, dejó en
su mesa el sombrero y el bastón, y luego, paso a paso, se dirigió a la
mía:

--¿Acabó usted la copia?

--Aquí está.

Leyó el alegato, firmó, y volvió a su pieza. Yo le seguí.

--Deseo hablar con usted dos palabritas.

--¿De qué se trata?

Díjele que iba yo a separarme; que a ello me veía obligado por la
necesidad; mis gastos iban siendo mayores cada día, y lo que allí ganaba
no me era suficiente para atender a mi familia.

--Vamos:--me interrumpió--¿a qué viene todo eso? Está usted disgustado
porque esta mañana....

--No;--me apresuré a contestar--dí motivo para que usted me reprendiera.
Tiene usted razón; el deber es lo primero. No, señor: le aseguro que no
es esa la causa de mi separación. No gano aquí cuanto necesito, y, como
es natural, estoy obligado a procurar que mis tías no carezcan de nada.
Tengo empleo en otra parte.... Allí ganaré más.

Encendióse el jurisperito, se irguió en la poltrona, se compuso las
gafas, y mirándome por encima de los cristales me dijo desdeñosamente:

--¡Bien! ¡Bien! Y... sepamos, ¿qué empleo es ese? ¿Va usted a meterse a
maestro de escuela?

--No, señor.

--Pues, entonces?

--Voy a la hacienda de Santa Clara....

--¡Ya me lo imaginaba! ¡Lo de siempre! ¡Ese Fernández se ha empeñado en
quitarme los escribientes! ¡Bien! ¡Bien! Haga usted lo que guste; haga
usted lo que mejor le convenga; pero no diga que aquí ha estado usted
mal retribuído, ¡porque no es verdad! Nadie ha ganado aquí más que usted.
No diré que le pago un capital, ni mucho menos, porque el dinero no cae
con la lluvia, pero... es usted soltero, no tiene usted familia, ni
obligaciones.... Con lo que tiene usted aquí... ¡le basta y le sobra!
¡Bien! ¡Bien!

Quise replicar, pero me pareció inútil toda aclaración. Castro Pérez
prosiguió:

--No estará usted contento en Santa Clara. Lo anuncio desde ahora. Allí,
según noticias, se trabaja mucho, ¡mucho!... Usted no tiene costumbre de
matarse así, de sol a sol, como un gañán. Aquí está usted mejor; tiene
usted tiempo libre para todo.... ¡Hasta para hacer versos! ¡Bien! ¡Bien!
¿Y cuándo se va usted?

--Dentro de quince días.

--¡Eso sí está malo, malísimo! ¡Bien! Se irá usted cuando guste. Hoy
mismo llamaré al sustituto. ¡Queda usted libre desde hoy!

--Yo contaba con seguir aquí, al servicio de usted, hasta el día en que
debo estar en la hacienda, y he querido....

--No, joven, no; lo que ha de ser tarde que sea temprano.

Me sentí humillado, y callé.

--Vea usted, joven;--agregó con dulzura--quédese usted conmigo.... Le
aumentaré los emolumentos; le daré cinco pesos más. ¡Creo que con eso no
tendrá usted dificultades!

--¡Imposible, señor! Acepté ya el destino, y no me parece conveniente
rehusarle ahora.

--Tiene usted razón. ¡Bien! ¡Bien!

Abrió el cajón de la mesa, sacó un puñado de monedas, me hizo la cuenta,
a tanto por día, como a un criado, y me dió unos cuantos duros. De buena
gana me hubiera yo negado a recibirlos, a pretexto de generoso
desprendimiento, pero aquel dinero me era necesario; era pan y vida
alegre para algunos días.

¡Triste condición la del pobre!--pensé.--¡Triste condición la de quién
está obligado a servir a otro! Y entonces recordé, uno por uno, todos
los malos ratos que había pasado yo en la casa del jurisperito, y en los
cuales no reparé nunca, aunque no fueron pocos. Recelos, malos modos,
despótico trato, reprensiones inmotivadas, correcciones estúpidas,
alardes de ciencia que tenían por objeto mantener un crédito cimentado
en arena, y, sobre todo, esa desconfianza ofensiva, insultante, que hay
en algunos ricos para con el desgraciado que les sirve y gana poco, de
quien se teme todo lo malo, y a quien se puede ultrajar impunemente,
pues se sabe que el ultrajado tendrá que callar, porque si habla y
replica, y rechaza con noble energía la infame sospecha, se quedará sin
el mendrugo diariamente ganado a costa de un trabajo penoso.

Hasta entonces paré mientes en que el pobre, el que vive de un sueldo
mezquino, está a merced de quienes le pagan. ¿Qué hará si le echan a la
calle? ¿Qué hará, si, lastimado en su honradez y en su dignidad,
protesta de su inocencia, y toma el sombrero, y se va? «¡No hará
tal!--dice el amo.--¿Qué come mañana? Tiene hijos, esposa...» Y fiado
en esto le ultraja y atropella sin piedad.

Pero entonces no había caído en mi corazón ni una gota de hiel. La
juventud es generosa, es buena, y no cree, no quiere creer que los demás
son o pueden ser malos; piensa que sólo hay corazones nobles y almas
bondadosas.

No olvido ni olvidaré jamás que cierto día, en el despacho de Castro
Pérez, recibí una buena cantidad en metálico; conté y volví a contar las
monedas, las revisé con el mayor cuidado, y estaban completas. Contólas
después el jurisperito, y le faltó una. No tardó en salir trémulo y
colérico.

--¡Aquí falta dinero!...--prorrumpió en voz alta, delante de Porras y
Linares.

Volví a contar el dinero en presencia de todos. ¡Cabalito!

--¡Tiene usted razón!--murmuró don Juan.--¡Usted dispense!

Don Cosme no se dió cuenta de lo que pasaba. Porras me detuvo al paso,
y, poniendo sus manos en mis hombros, me dijo dulcemente:

--¡Este hombre no tiene remedio! ¿Quién le manda a usted gastar esas
corbatas... tan bonitas¡ ¡Paciencia, joven! ¡Paciencia!

Dieron las seis, recogí algunos papeles que tenía yo en el cajón de la
mesa, dí las gracias a Castro Pérez por sus bondades para conmigo, y me
lancé a la calle.




XLII


Aquellos veinte días fueron muy amargos para mí. ¡Más de medio mes sin
ganar un peso! Nuestros gastos habían subido considerablemente; hubo que
pagar a una criada, y fué preciso comprar no sé qué medicinas muy caras
que recetó Sarmiento, y vino de suprema clase para la enferma. Andrés,
generoso como siempre, acudió en mi auxilio.

--No te aflijas,--me decía,--el tenducho da para mucho. ¡Toma!

Y puso en mis manos un rollo de pesos.

Mi salida de la casa de Castro Pérez, salida que además de enojosa me
pareció ofensiva para mi buen nombre, me puso abatido y desalentado.

Todos aquéllos que me veían en la calle, sin ocupación ni empleo, y que
antes me vieron en el despacho del abogado, pensarían, sin duda, que
Castro Pérez me había despedido por algo vergonzoso. Dime a cavilar en
esto, y me resolví a no salir de casa. Me pasaba yo el día leyendo,
escribiendo y cuidando del jardín. Las plantas que Angelina y yo
habíamos sembrado prosperaban a maravilla; los rosales recobraban su
lozano follaje; las violetas macollaban que era una gloria, y el cuadro
de «no me olvides» parecía una alfombra de felpa.

Cierto día, aburrido de pasar el tiempo entre cuatro paredes, tomé el
sombrero y me fuí de tertulia a la casa de don Procopio. Allí estaban
los pedagogos y el P. Solís. No bien me vieron mis críticos se pusieron
a sonreir como si de mí se burlaran, como si recordaran que me habían
puesto de oro y azul en sus periódicos. Los mancebos que trabajaban
detrás del mostrador, el uno triturando cierta sustancia fétida, y el
otro copiando una receta, se miraron, se hicieron una seña de
inteligencia, que no pasó inadvertida para mí, y de buenas a primeras me
preguntaron por qué causa me «había despedido» el jurisconsulto. Dominé
la cólera que en mí provocó aquel ataque, que ataque era, y muy audaz,
puesto que la palabreja usada era ofensiva, y en pocas palabras, con
mucha cortesía, expliqué los motivos de mi separación. Ocaña y Venegas
me oyeron con indiferencia, casi con desprecio, pero los boticarios
dieron muestras de que se interesaban por mí.

--¡Ya!--exclamó el más parlachín.--¡Ya me lo imaginaba yo! Así son las
cosas. Se lo dije a éste y a don Procopio. Me alegro de saber la verdad
del caso. Ahora ya no daremos crédito a Ricardo ni a don Juan.

De seguro que uno y otro contaban a su manera lo sucedido, y en
perjuicio mío. Pronto supe todo; los chicos de la botica no me ocultaron
nada. Ricardito les dijo que el jurisconsulto me había despedido por
abuso de confianza; «no lo aseguraba... así lo decían... algo habría
de cierto; el dinero es pegajoso; no es difícil que al contarlo se le
pasen a uno dos o tres monedas falsas, o, lo que es más fácil todavía,
que le falten a uno cinco o... más duros». Pero Ricardo repetía que era
yo persona honradísima, incapaz de faltar a la confianza que depositaran
en mí; éramos condiscípulos, amigos, y él me defendería contra viento y
marea.

Me irritó la maldad de mi amigo, me indignó su hipocresía; pero no había
remedio, no le había, era justo que agradeciera yo a mi condiscípulo
defensa tan brillante.

Don Juan, interrogado en la botica acerca de la causa de mi separación,
se limitó a decir:

--Es muchacho inteligente, trabajador, tiene bonita letra, muy bonita, y
aunque de cuando en cuando se le escapan algunas faltas de ortografía,
escribe bien, muy bien! No sabía nada cuando entró en mi despacho, y
pronto se puso al corriente.

--Bueno,--le replicaron.--¿Entonces... por qué se ha separado de la
casa de usted?

Castro no respondió, hizo un gesto, y después de un rato de silencio
murmuró:

--¡No me convenía tenerle en casa!...

Todos callaron, y nadie se atrevió a inquirir el motivo de mi
separación. Unos pensaron que, sin duda, no veía yo con malos ojos a
Teresa o a Luisa; otros que, acaso, no cumplía yo con mis deberes; y
todos que.... ¡No me atrevo a repetirlo! Todavía, después de tantos
años, ahora que de nadie necesito, ahora que si no soy rico, por lo
menos vivo cómoda y decentemente, sin pensar en el dinero para el día de
mañana, cuando recuerdo la hipócrita calumnia de Ricardo y las
reticencias de don Juan, siento que me ahoga la sangre.

Me retiré de la botica triste y afligido. ¿Y si la calumnia aquella,
corriendo de boca en boca, llegaba a oídos del señor Fernández? Este me
cerraría las puertas de su casa, me negaría el empleo, ordenaría que me
vigilasen los demás empleados.... ¿Y si la calumnia llegaba hasta mis
tías?... ¡Las pobrecillas se morirían de pena!

Es la calumnia como los miasmas de los pantanos: se levantan del fango
en leve, imperceptible burbuja; se extienden, se difunden, envenenan
los aires, y llevan la muerte a todas partes. En todas partes nos
acechan: en el aire, en el agua, en los frutos incitantes que esmaltan
los follajes, hasta en el aroma de las flores.

Muere el calumniado, pero la calumnia sobrevive, como para perseguir a
la víctima hasta más allá de la tumba. La calumnia es la fetidez de las
almas corrompidas. El corazón del calumniador es un esterquilinio.

Corrí a mi casa, me encerré en mi cuarto, y me tendí en la cama. Mis
sienes ardían; el corazón se me hacía pedazos. Volviéndome y
revolviéndome en mi lecho pasé dos o tres horas. ¡Odio, odio terrible,
deseos insaciables de venganza, que era preciso satisfacer!... Las
pasiones más horrendas se agitaban en mi alma; las tinieblas del mal se
agrupaban en torno mío, y al entornar los ojos percibía yo fulgores
rojizos, relámpagos de sangre. Aborrecí la vida; maldije de ella; pedí
la muerte, quise morir, morir, y no para escapar de mis enemigos, sino
para libertarme de aquellas pasiones tempestuosas que entenebrecían mi
espíritu y batallaban dentro de mí como legiones de irritados demonios.
Pensé con alegría en la muerte. Dulce, amable, consoladora, surgió ante
mis ojos como una doncella pálida, de rostro tristemente risueño.... Sin
darme cuenta de lo que hacía yo, mis labios repetían estos versos de
Leopardi, leídos, pocos días antes, en las notas de un libro francés:

«Solo aspettar sereno Quel di ch'io pieghi addormentato il volto
Nel tuo virgineo seno.




XLIII


Entró la noche, llegó la hora de la cena, y tía Pepilla vino en busca
mía.

--Muchacho: ¿qué tienes? ¿estás enfermo?

Tocóme en la frente y en las mejillas para ver si tenía yo calentura, y
acariciándome dulcemente prosiguió:

--¿Qué te pasa? Dímelo, muchacho, dímelo.... No hay en tu rostro la
serenidad de siempre. Algo ha pasado que te apena.... Tú padeces....
¡Habla, Rorró, habla por Dios! ¿Con quién has de quejarte si no es con
nosotras?

--¡Nada, tía, nada!... He dormido toda la tarde, y la modorra me tiene
así. ¡Vamos a la mesa!

Salté de la cama, ofrecí mi brazo a la anciana, y paso a paso nos
dirigimos al comedor. Afectando la más alta corrección, como la de
apuesto caballero que asiste y corteja en un baile a gentilísima dama,
bromeaba yo con mi tía:

--Señorita... ¡es usted encantadora! Dígnese usted escucharme. Ya no
puedo, ni debo callar.... ¡Amo a usted!... ¡La adoro!

La anciana reía, reía a su sabor, y contestaba a mis requiebros con
frases entrecortadas, como si fuera presa de profunda emoción. Al entrar
en el comedor, exclamó, deteniéndose y separándose de mí:

--¡Basta! ¡Basta! ¡Eres atroz! Ni de muchacha, hice yo esto.... ¡Suelta!
¡Suelta!

Al sentarme a la mesa oí la voz de Andrés el cual conversaba con la
enferma. Hablaba de mi y de mi separación. No tardó en venir a charlar
conmigo.

--¿Te vas, no? ¿Cosa decidida?--me dijo ocupando su asiento.--¿Te vas?
¡Me alegro! ¡Me alegro! ¡Mejor! No habías de pasarte lo mejor de la
vida escribiendo papelotes en casa de don Juan. En la hacienda estarás
muy bien; ganarás buen sueldo, porque ese señor sabe pagar a los que le
sirven; vendrás a vernos cada quince días, y todos estaremos muy
contentos.

Tía Pepa entraba y salía. En momentos en que no podía oírnos me dijo
Andrés:

--Las señoras están muy tristes porque te vas, tan tristes que ni el sol
las calienta. Pero no tengas cuidado; no tengas cuidado.... Ya se les
pasará la aflicción.

Luego prosiguió en alta voz:

--Oye: ¿y tú no sabes montar a caballo, verdad? Ya me parece que te veo.
¡Qué figura! Como la del P. Solís cuando se va a la dominica.... Mira:
procura salir buen charro; tu papá se pintaba para eso, y les daba
cartilla a muchos de esos que se la echan de buenos cuando no son más
que unos «cachaletes». ¡Cuidado, Rorró! ¡Cuidado, amito! ¡No dejes mal
puesto el pabellón! Aprende a sentarte bien en la silla; para que no
parezcas colegial o sacristán que va diciendo: «¡Para la misa de
doce!».... Pon cuidado; te sientas a plomo, naturalmente, sin echarte ni
para atrás ni para adelante; nada de estirar las piernas como un gringo,
sueltas, sueltas.... Ya veremos. Si lo haces mal me voy a reír de tí, y
te harán burla las muchachas. Procura que si las obras son malas la
facha sea buena. ¡Siquiera la facha! ¡Ya me imagino al charro! ¡Ja, ja,
ja, ja!

El buen servidor gustaba de bromearse conmigo; se complacía en tratarme
como a un niño en quien conviene apagar las llamaradas de una vanidad
jactanciosa. Acaso no cuadraban con el carácter de Andrés, grave,
formal, modesto, casi adusto, ciertas genialidades y ligerezas del mío.
Muy parlachín y comunicativo hasta los diez años, volvíme después
huraño, reservadísimo y melancólico. Ya he dicho que la vida del
Colegio, áspera, fría, monótona, entenebreció mi espíritu; ahora es
bueno apuntar que la excesiva severidad de mis maestros, no siempre
oportuna y atinada, me hizo desconfiado y receloso. Recelo y
desconfianza inútiles y que nunca me salvaron del egoísmo y de las
arterías de amigos y extraños. Me creía yo persona de experiencia,
conocedor del mundo, y descubría a todos mi corazón, a nadie ocultaba yo
mis sentimientos, y así era yo víctima de todos.

Confieso que el buen servidor con sus burlas y fisgas me hizo rabiar
muchas veces. Hería mi vanidad en lo más vivo, lastimaba mi amor propio,
y provocaba mi cólera. Sólo el cariño me hacía callar, que si no, habría
recibido de su «amito» muy dura reprensión. ¡Pobrecillo! Le hubiera yo
matado.

--Bueno;--me dijo ese día, al acabar la cena,--acompáñame. Toma tu
sombrero y vente conmigo. Tengo que decirte muchas cosas.

Caminando hacia el Barrio Alto, Andrés a la derecha, yo a la izquierda,
conté al buen viejo cuanto me pasaba; los dichos de Castro Pérez, la
hipócrita calumnia de Ricardo, y por último, le hablé de mis
esperanzas.

--No te apenes;--me decía conmovido--no te apenes que no hay para qué;
eso es cosa diaria y corriente en Villaverde. Mira, yo podría estar muy
bien en cualquiera parte; entiendo de tabaquería, y muchas veces han
querido destinarme... pero no, no quiero, en el tendajón estoy mejor;
allí mando yo; y como Juan Palomo, yo me lo guiso y yo me lo como.
¿Crees tú que todos los amos son como tu padre y tu abuelo? No hagas
caso de esos falsos testimonios; no, muchacho, no hagas caso de esas
cosas; desprecialas, desprecialas, porque nadie ha de creer en ellas. Y
vete, vete a Santa Clara, que allí estarás muy bien. Y, oye: ya que de
eso hablamos: ¿tienes plata?

--¿Plata?

--Sí, ¿qué si tienes dinero?

--¿Dinero? Para esta semana, y... ¡nada más! Yo contaba con ganar algo
en estos quince días... pero ya lo sabes.... Castro Pérez me obligó....

--Hiciste bien. ¡Bien hecho! ¿De modo que necesitarás algo?

--¡La verdad... sí!--respondí sonrojado.

--No te apures, Rorró. Mientras ganas en tu nuevo destino, no te apures.
Además... creo que necesitas ropa para ir a la hacienda. No has de ir
vestido de catrín. Ahora arreglaremos eso.

En esto llegamos a la tienda de «La Legalidad». Andrés, abrió la puerta,
me hizo pasar, encendió una lámpara, me dejó un rato, y volvió con un
rollo de pesos.

--Toma, aquí tienes cuarenta grullos. Con esto basta para que te hagas
dos trajes de charro, y para que te compres un sombrero jarano. La
ropa.... Mira: de dril. El dril es fresco, y se lava. El sombrero...
sencillito. No querias lujos. Para que la ropa salga buena, bien
cortada, te recomiendo al sastre que vive aquí, a la vuelta, frente a la
iglesia; trabaja bien y es baratero. Yo te daré una pistola para que
vayas armado. ¿Entiendes de eso de armas? ¿No? Pues yo te enseñaré.
Ahora, en cuanto a tus tías... ¡yo me encargo de todo! Después te tocará
a tí. Por ahora, ¡déjame, déjame a mí! Y no vuelvas a pensar en esos
chismes. Vete a la hacienda, ya verás. Luego que el señor Fernández te
conozca te ha de querer mucho, mucho, porque tú te lo mereces todo. Me
das lástima; ¡da lástima que vayas a servir en casa ajena! Yo siempre le
pedí a Dios que te librara de eso... pero, ya lo ves, ¡no hay remedio!
El dispone otra cosa.


Y esto me lo decía impulsándome a salir, y abriendo la puerta.

--Vete; ya es muy tarde.... Tengo que madrugar.... Mientras tú estás
roncando... yo tengo que trabajar en el changarro.

Me despedí del buen anciano, y tomé calle arriba, hasta el cementerio de
San Antonio. Subí la escalinata, y de codos en la verja me puse a
contemplar la ciudad. La noche estaba obscura; negras nubes ocultaban el
horizonte. Apenas se descubrían los picachos de la Sierra, dibujándose
sobre un claro de cielo, en el cual centellaban con pálidos fulgores
unas cuantas estrellas.

Mi pensamiento voló en busca de mi Angelina.




XLIV


Me levanté muy de mañana, y me pasé las primeras horas en el
jardincillo. En los rosales, muy hermosos con su nuevo follaje, aun no
brotaban los capullos; pero en el cuadro de «no me olvides», sembrado
por Angelina, se abrían las primeras flores.

Había triunfado el amor de la pobre huérfana. Mis plantas, lánguidas y
tristes, no florecerían en muchos meses, hasta fines de Abril o
principios de Mayo. Las de mi niña pronto estarían engalanadas con todos
los primores de la próxima primavera.

De repente me sentí acometido de profunda tristeza. Contemplaba yo las
cerúleas florecillas, frescas, lozanas, salpicadas de rocío, y pensaba
yo en lo efímero de las esperanzas del hombre. Acaso aquel amor que
subyugaba mi alma, aquel sentimiento inefable que ennoblecía mi espíritu
y dirigía mis pensamientos hacia los propósitos más nobles, sería
pasajero como la vida de aquellas flores que no bien fueran arrancadas
del tallo se doblarían pálidas y mustias. ¡Sería cierto que el amor de
Angelina estaba destinado a vivir eternamente! ¿Sería verdad lo que me
dijo la joven, que pronto la olvidaría?... No, que la amaba yo con todo
mi corazón, con toda la energía de mi alma. Pero ¡ay! así amé a Matilde,
y aunque no había muerto en mi memoria, y aun vivía en mí su recuerdo
dulcísimo, ya no era ¡ay! para el pobre mancebo, que le había jurado
amor eterno, el ángel benéfico que a todas partes le seguía, que
señoreado de su espíritu fué luz en todas las tinieblas, rumor de fuente
en la soledad, iris de bonanza que anuncia, a través del nublado, que la
tormenta se aleja, que ha cesado la tempestad. No; Angelina vivía para
mi, yo vivía para ella; la desgracia y el amor habían unido nuestras
almas, almas hermanas, nacidas una para otra, creadas para formar una
sola:

«Dos almas con un mismo pensamiento Y palpitando acorde el
corazón».

Sentado al pie de aquel naranjo, mudo testigo de nuestro amor, pensaba
yo en Angelina, cuando llamaron a la puerta.

Presentí que alguien me traía noticias de mi amada y acudí presuroso. No
me había engañado el corazón. Era el caballerango del P. Herrera.

--Aquí tiene usted...--me dijo, sin bajarse del caballo,--esta cajita y
estas cartas. Volveré mañana por la contestación. ¡Cartas de Angelina!
Una para mis tías; otra para mí.

Corrí a mi cuarto y cerré la puerta. Deseaba estar solo, solo....

«Ya comprenderás--me decía la niña--cuan grata fué tu carta para mí.
¡Qué ansia! ¡Qué impaciencia! Toda la noche estuve pensando en la
llegada del mozo, hasta que al fín me quedé dormida. ¡Soñé contigo! Soñé
que estaba yo en Villaverde, en tu casa y cerca de tí. Tú leías y yo
estaba pintando pétalos de rosa. De pronto cerraste el libro, lo pusiste
en la mesa, y pasito a pasito te acercaste a mí, hasta reclinarte en el
respaldo del sillón.... Entonces... (como aquella noche ¿te acuerdas?)
me dijiste quedito: «¡Angelina.... Angelina... te amo!» Y desperté.
Desperté llorosa y apenada, como si ya no me quisieras, como si no
hubiera de verte más. Pero ¿verdad que no me olvidas; verdad que a todas
horas piensas en mí? ¿No es cierto que estoy siempre en tu memoria? La
semana pasada salimos a pasear. La tarde estaba lindísima.... ¡Qué
cielo! ¡Qué nubes! ¡Qué celajes! ¡Qué colores tan hermosos los del
horizonte al ponerse el sol! Papá me dijo: «Muñeca: ¿quieres venir
conmigo?» Lo dije que sí. Salimos hasta el principio de la cuesta, y
allí, en una sabanita, nos detuvimos. Abrió papá el breviario y se puso
a rezar maitines. Yo me fui a lo largo de una milpa. Crecen entre los
surcos ciertas plantas que dan unas flores como margaritas, y yo corté
muchas, muchas, tantas que ya no me cabían en el delantal; luego me
senté en una roca, y, acordándome de un poema que tú me leíste, me
entretuve en preguntar a las flores si me querías. Deshojé todas, y
todas me decían, con el último pétalo, que me quieres... «¡mucho!»...
«¡mucho!» Ya no tengo ratos de tristeza, ya no. Estoy muy contenta y muy
segura de tu cariño. Perdóname; perdóname si alguna vez he dudado de tu
constancia y de tu fidelidad.

«Pero a todo esto no te he dicho cómo recibí tu carta. No pude ir hasta
el rancho de los Ocotes para encontrar al mozo y me conformé con
aguardarle en el corredor. Yo esperaba que papá, no estuviera presente,
pero sí estuvo. ¡Qué miedo, Rorro! ¡Qué miedo!. El mozo que llega, y
papá que sale. El recibió el paquete, lo abrió, tomó sus cartas y me dio
las mías, sin decir palabra. Después no me preguntó nada. Yo me apresuré
a leer la carta de doña Pepita. ¡Qué larga se me hizo la velada! Al fin
me vi sola en mi cuarto, y entonces leí, y releí, y volví a leer tu
cartita. ¿Por qué eres tan perezoso a tu Linilla? ¡Seis plieguitos! ¿No
es cierto que ahora será más? Si no es así, voy a castigarte. Y ya
verás: una hojita... y... ¡será mucho!

«Te quiero con toda el alma, Rodolfo mío; no vivo más que para tí, y me
duele mucho que me digas esas cosas tan tristes. ¿A qué hablar de la
muerte cuando somos tan dichosos? Tú dices que la muerte debe ser
deseada en los momentos de felicidad, y entonces más que en las horas de
dolor. ¿Dónde has aprendido eso? Dime: ¿dónde? Tienes unas cosas muy
raras. Hay en tí no sé qué muy lúgubre; cierta tristeza y cierto
desconsuelo que no me gustan, que me hacen padecer, que me hacen
llorar. No parece sino que tienes poco amor a la vida. Pues óyeme: yo no
pienso así, no. ¡Dios me libre de ello! La vida, por amarga que sea, es
muy hermosa y amable; si tiene penas y dolores, tiene también dichas y
alegrías, muchas, y yo quiero vivir, vivir para ti, mi Rorró; para ser
dichosa si eres dichoso; para amar lo que tú ames y aborrecer lo que tú
aborrezcas; para padecer si tú padeces, que en eso cifro mi dicha mayor.
¿No es verdad que tú no aborreces a nadie? No, estoy segura de ello.
Rodolfo mío: es preciso que cambies de modo de pensar; que apartes de tí
esas ideas tan raras y tan negras, y que ames la vida; que la ames como
yo la amo, como un don del cielo. ¿Dices que la vida no es más que
dolor? No es cierto. Cuando dices que me amas, cuando recuerdas que eres
amado, eres dichoso, y entonces amas la vida. ¿No te sientes feliz
cuando haces algo bueno, cuando socorres a un necesitado, cuando enjugas
una lágrima o das una palabra de consuelo? Pues yo sí, y tú también, tú
también, porque eres bueno. Por eso te quiero, por eso te amo.

«La última parte de tu cartita me dejó muy contenta de tí. Así te
quiero, así te soñé, así debes ser siempre con tu Linilla.

«Tengo aquí en el corazón una cosa que me apena, y quiero decírtela;
pero me falta tiempo para escribir. Pablo ha de salir a las tres, son
las doce y media, aun no he visto si la mesa está lista, y ya sabes que
mi papá come a la una en punto; suena el reloj, y no bien acaba de dar
la hora ya le tienes en el comedor, dando palmadas y pidiendo la sopa.

«Pablo te entregará una cajita; en ella va un pañuelo; he bordado el
monograma en los ratos desocupados. Dice papá que está muy bonito; le ha
gustado mucho, y creo que a tí te parecerá lo mismo.

«Cuida mucho de tus tías, principalmente de doña Carmelita; mira que le
gusta mucho que la mimen. ¿La ves así, que es tan seca y adusta? Pues
sin cariño no puede vivir.

«Vivo por tí y... sólo para tí, tu

Linilla».




XLV


Estuvo escribiendo hasta después de media noche. A esa hora salí al
patio y corté los ramos más lindos de «myosotis» para meterlos en mi
carta y que llegaran a manos de Angelina.

«Ahí van--escribí--esas flores de color de cielo, tan amadas de mi
Linilla. Son las primeras que brotaron en el cuadro que tú sembraste.
Está lindísimo; parece llovido de chispas de zafiro. Me encanto
mirándole y pensando en tí.

«Linilla mía: me has ganado la apuesta. Tus plantas han florecido antes
que las mías; pero eso no es porque tú me quieras tanto como yo te
quiero a tí. Las mías no dan ni esperanzas, pero ya florecerán, y se
pondrán más hermosas que las tuyas, lo cual será prueba de que yo te
amaré toda mi vida.

«He tenido un gran disgusto en estos últimos días; un disgusto que me ha
causado gran pena. Bien vista la cosa no era para tanto, y acaso he
pasado días muy amargos sin que hubiese motivo para ello. El día que nos
veamos te contaré todo. ¿A qué perder el tiempo en referir cosas
desagradables? No te pongas a cavilar en esto. Chismes villaverdinos...
y ¡nada más!

«Debo decirte que hace tres días me separé de la casa de don Juan. El
doctor me ha conseguido un empleo, muy bueno, en la hacienda de Santa
Clara, que, como tú sabes, es del señor Fernández, el papá de
Gabrielita, tu compañera de Conferencia. Estuve en la casa de ese
caballero que es muy buena persona; me recibió con mucha cortesía, como
a un amigo, no como a empleado, nos arreglamos en un dos por tres, y el
día 15 salgo para la hacienda. Yo siento mucho separarme de mis tías;
pero, hija mía, no hay más remedio, ¡Qué hacer! No entiendo de campo,
pero aprenderé; cosas más difíciles he aprendido. Me apena el pensar que
voy a vivir lejos de tí, y que en mucho tiempo no he de verte, pues no
me sera posible ir a San Sebastián como se lo ofrecí a tu papá. Lo
siento, lo siento mucho; pero, como tú comprenderás, no debo perder la
colocación que el pobre don Crisanto me ha buscado. Con lo que gane yo
en Santa Clara habrá lo necesario en esta casa para que tía Pepilla no
tenga que trabajar en sus flores, ni con la chiquillería. ¡Gracias a
Dios! Voy a subvenir a todos los gastos de la casa, y acaso este destino
será para tu Rorró el principio de una vida laboriosa, sí, muy
laboriosa, pero bien retribuida. Ya te digo que no entiendo de cosas de
campo; y que no sé de eso ni una jota. Aprenderé todo, aunque, según
entiendo, mi ocupación estará en el escritorio. Procuraré ser útil y
hasta necesario. Haré que el señor Fernández estime mi empeño y mi
laboriosidad; y, si mis ilusiones no se malogran, este empleo será el
medio más apropiado para conseguir la felicidad; es decir, para que
pueda yo unir mi suerte a la tuya. No deseo más, no aspiro a otra cosa,
y en ello cifro toda mi dicha.

«¿Por qué me echas en cara mis tristezas y melancolías? Piensa que he
sido muy desgraciado, y que padezco de murrias y fastidios. Tienes
razón: la vida es amable, amabilísima, a pesar de que el dolor,
inherente a la naturaleza humana, nos persigue por todas partes y a
todas horas. Tienes razón: cuando el hombre ama y es amado la vida es
amable. Hacemos mal en aborrecerla; si la empleáramos en hacer el bien,
en aliviar los dolores ajenos, en consolar al triste y socorrer al
necesitado, no pensaríamos que la vida es dura y que mejor sería no
tenerla. ¡Perdóname, Linilla mía, perdóname! Es cierto que mi carácter
es un poco sombrío y taciturno; lo conozco y no puedo remediarlo. ¡Qué
quieres! Así soy, así me he vuelto en estos últimos años, y aunque tu
amor y tu cariño alegran mi existencia; aunque tú eres para mi alma
desmayada luz y regocijo, en ciertos momentos se entenebrece mi alma y
me complazco en alimentar mi pena, hundiéndome voluntariamente en la
tristeza. Sé tú mi redentora; disipa esas tinieblas que suelen nublar mi
alma, y torna en plácida aurora las noches de mi espíritu.

«Tienes razón: la vida es amable; debo amar la vida como un don del
cielo; debo amarla para hacer el bien, y... ¡para amarte mucho, mucho,
como tú mereces ser amada!

«¿Me dices que las margaritas de los maizales te han dicho que te amo?
No te han engañado como a la heroína del poema. ¡Sí; te amo, te amo,
Linilla mía! Yo no consulto eso con las flores, que suelen ser engañosas
y lagoteras, sino con mi corazón que es todo tuyo.

«Imagínate un hombre que hubiera vivido muchos años en la obscuridad de
un calabozo, y que de pronto, cuando tenía perdida toda esperanza de
libertad, le sacaran a la luz. ¡Cómo amaría la claridad del cielo, los
celajes veladores, los horizontes límpidos y serenos! Pues así te amo
yo, así, ni más ni menos.

«Sé justa. ¿No es verdad que ese hombre recordaría con placer, acaso con
incomparable alegría, las sombras del calabozo en que vivió tantos años?
¿No es cierto que algunas veces suspiraría amorosamente al recordar su
prisión, el estrecho recinto que fué para él casa, patria y mundo? Pues
así vuelven a mí las tristezas y melancolías de ayer, cuando aun no me
amabas, cuando la luz de tu cariño no iluminaba mi alma. A las veces no
creo, no puedo creer que me amas, que te amo, y que soy dichoso. Así te
explicarás eso que tú llamas «cosas mías muy raras». Así te explicarás
esa lúgubre tristeza, ese desconsuelo que has observado en mí, y que te
hace padecer. Imploro tu perdón, Linilla mía. Perdóname; no volveré a
pensar en eso, y si pienso en esas cosas no te las diré. ¿No es verdad
que me perdonas? ¿Verdad que sí?

«El pañuelo está lindísimo; el monograma es soberbio, muy elegante, y
muy sencillo, como dibujado y bordado por tí. Saluda a tu papá, si crees
oportuno hacerlo, de modo que no sospeche nuestros amores. Acaso no los
apruebe, y sea el recuerdo mío motivo de disgusto para tí y para él.

Ya me dirás eso que te apena, Linilla, Linilla mía, dime: ¿tienes
secretos para mí? Dímelo, dímelo. Ya me imagino lo que es: alguna
niñería....

No dirás ahora que no te escribo como tú deseas. El día que tú no me
escribas como sabes hacerlo, yo, a mi vez, te he de castigar, y ¡pobre
de tí!

«¡Adiós, bien mío!

Rodolfo.»




XLVI


Rara vez salía yo de casa, y sólo para visitar a don Román. Me pasaba la
mañana en mi cuarto, y la tarde en el jardincillo, entregado a mis
poetas favoritos.

--¿Qué libro lees ahora?--solía preguntarme el «pomposísimo», cuando iba
a verle.--¿Lamartine? ¿Víctor Hugo? ¿Novelitas de Dumas?

Contestaba yo afirmativamente, y el buen anciano hacía un gesto, gruñía,
y agregaba mohino:

--¡Uf! No, niño; no pierdas el tiempo. ¡Los clásicos! ¡Los grandes
autores del siglo de Augusto! Virgilio... ¡el dulce Virgilio!
Horacio.... Y si no tienes muy firmes tus latines, los clásicos
españoles.... Fr. Luis de León, Herrera.... Déjate de los románticos;
son intemperantes y monstruosos.... ¿Qué ha dicho Víctor Hugo que no
esté superado por los poetas latinos? ¿En qué han sobrepujado él y tu
Zorrilla, tu gran Zorrilla, a Lope y a Calderón? Vamos, muchacho,
¿quieres tener buen gusto? Pues deja de la mano esos mamarrachos. Si tú,
a quien yo inicié en las grandes bellezas de la literatura clásica,
gustas de las novedades esas, ¿qué harán los discípulos de Venegas y
Ocaña? ¡Así anda todo! ¡Así andan las letras patrias!... ¡Por eso ya no
hay Carpios ni Pesados!

Pero yo no escuchaba los consejos de don R