Fortunata y Jacinta: (dos historias de casadas)

por B. Pérez Galdós




Parte primera




-I-

Juanito Santa Cruz




--i--


Las noticias más remotas que tengo de la persona que lleva este nombre
me las ha dado Jacinto María Villalonga, y alcanzan al tiempo en que
este amigo mío y el otro y el de más allá, Zalamero, Joaquinito Pez,
Alejandro Miquis, iban a las aulas de la Universidad. No cursaban todos
el mismo año, y aunque se reunían en la cátedra de Camús, separábanse en
la de Derecho Romano: el chico de Santa Cruz era discípulo de Novar, y
Villalonga de Coronado. Ni tenían todos el mismo grado de aplicación:
Zalamero, juicioso y circunspecto como pocos, era de los que se ponen en
la primera fila de bancos, mirando con faz complacida al profesor
mientras explica, y haciendo con la cabeza discretas señales de
asentimiento a todo lo que dice. Por el contrario, Santa Cruz y
Villalonga se ponían siempre en la grada más alta, envueltos en sus
capas y más parecidos a conspiradores que a estudiantes. Allí pasaban el
rato charlando por lo bajo, leyendo novelas, dibujando caricaturas o
soplándose recíprocamente la lección cuando el catedrático les
preguntaba. Juanito Santa Cruz y Miquis llevaron un día una sartén (no
sé si a la clase de Novar o a la de Uribe, que explicaba Metafísica) y
frieron un par de huevos. Otras muchas tonterías de este jaez cuenta
Villalonga, las cuales no copio por no alargar este relato. Todos ellos,
a excepción de Miquis que se murió en el 64 soñando con la gloria de
Schiller, metieron infernal bulla en el célebre alboroto de la noche de
San Daniel. Hasta el formalito Zalamero se descompuso en aquella ruidosa
ocasión, dando pitidos y chillando como un salvaje, con lo cual se ganó
dos bofetadas de un guardia veterano, sin más consecuencias. Pero
Villalonga y Santa Cruz lo pasaron peor, porque el primero recibió un
sablazo en el hombro que le tuvo derrengado por espacio de dos meses
largos, y el segundo fue cogido junto a la esquina del Teatro Real y
llevado a la prevención en una cuerda de presos, compuesta de varios
estudiantes decentes y algunos pilluelos de muy mal pelaje. A la sombra
me lo tuvieron veinte y tantas horas, y aún durara más su cautiverio, si
de él no le sacara el día 11 su papá, sujeto respetabilísimo y muy bien
relacionado.

¡Ay!, el susto que se llevaron D. Baldomero Santa Cruz y Barbarita no es
para contado. ¡Qué noche de angustia la del 10 al 11! Ambos creían no
volver a ver a su adorado nene, en quien, por ser único, se miraban y se
recreaban con inefables goces de padres chochos de cariño, aunque no
eran viejos. Cuando el tal Juanito entró en su casa, pálido y
hambriento, descompuesta la faz graciosa, la ropita llena de sietes y
oliendo a pueblo, su mamá vacilaba entre reñirle y comérsele a besos. El
insigne Santa Cruz, que se había enriquecido honradamente en el comercio
de paños, figuraba con timidez en el antiguo partido progresista; mas no
era socio de la revoltosa _Tertulia_, porque las inclinaciones
antidinásticas de Olózaga y Prim le hacían muy poca gracia. Su club era
el salón de un amigo y pariente, al cual iban casi todas las noches D.
Manuel Cantero, D. Cirilo Álvarez y D. Joaquín Aguirre, y algunas D.
Pascual Madoz. No podía ser, pues, D. Baldomero, por razón de afinidades
personales, sospechoso al poder. Creo que fue Cantero quien le acompañó
a Gobernación para ver a González Bravo, y éste dio al punto la orden
para que fuese puesto en libertad el revolucionario, el anarquista, el
descamisado Juanito.

Cuando el niño estudiaba los últimos años de su carrera, verificose en
él uno de esos cambiazos críticos que tan comunes son en la edad
juvenil. De travieso y alborotado volviose tan juiciosillo, que al mismo
Zalamero daba quince y raya. Entrole la comezón de cumplir
religiosamente sus deberes escolásticos y aun de instruirse por su
cuenta con lecturas sin tasa y con ejercicios de controversia y palique
declamatorio entre amiguitos. No sólo iba a clase puntualísimo y cargado
de apuntes, sino que se ponía en la grada primera para mirar al profesor
con cara de aprovechamiento, sin quitarle ojo, cual si fuera una novia,
y aprobar con cabezadas la explicación, como diciendo: «yo también me sé
eso y algo más». Al concluir la clase, era de los que le cortan el paso
al catedrático para consultarle un punto oscuro del texto o que les
resuelva una duda. Con estas dudas declaran los tales su furibunda
aplicación. Fuera de la Universidad, la fiebre de la ciencia le traía
muy desasosegado. Por aquellos días no era todavía costumbre que fuesen
al Ateneo los sabios de pecho que están mamando la leche del
conocimiento. Juanito se reunía con otros cachorros en la casa del chico
de Tellería (Gustavito) y allí armaban grandes peloteras. Los temas más
sutiles de Filosofía de la Historia y del Derecho, de Metafísica y de
otras ciencias especulativas (pues aún no estaban de moda los estudios
experimentales, ni el transformismo, ni Darwin, ni Haeckel eran para
ellos, lo que para otros el trompo o la cometa. ¡Qué gran progreso en
los entretenimientos de la niñez! ¡Cuando uno piensa que aquellos mismos
nenes, si hubieran vivido en edades remotas, se habrían pasado el tiempo
mamándose el dedo, o haciendo y diciendo toda suerte de boberías...!

Todos los dineros que su papá le daba, dejábalos Juanito en casa de
Bailly-Baillière, a cuenta de los libros que iba tomando. Refiere
Villalonga que un día fue Barbarita _reventando_ de gozo y orgullo a la
librería, y después de saldar los débitos del niño, dio orden de que
entregaran a este todos los mamotretos que pidiera, aunque fuesen caros
y tan grandes como misales. La bondadosa y angelical señora quería poner
un freno de modestia a la expresión de su vanidad maternal. Figurábase
que ofendía a los demás, haciendo ver la supremacía de su hijo entre
todos los hijos nacidos y por nacer. No quería tampoco profanar,
haciéndolo público, aquel encanto íntimo, aquel himno de la conciencia
que podemos llamar los _misterios gozosos_ de Barbarita. Únicamente se
clareaba alguna vez, soltando como al descuido estas entrecortadas
razones: «¡Ay qué chico!... ¡cuánto lee! Yo digo que esas cabezas tienen
algo, algo, sí señor, que no tienen las demás... En fin, más vale que le
dé por ahí».

Concluyó Santa Cruz la carrera de Derecho, y de añadidura la de
Filosofía y Letras. Sus papás eran muy ricos y no querían que el niño
fuese comerciante, ni había para qué, pues ellos tampoco lo eran ya.
Apenas terminados los estudios académicos, verificose en Juanito un
nuevo cambiazo, una segunda crisis de crecimiento, de esas que marcan el
misterioso paso o transición de edades en el desarrollo individual.
Perdió bruscamente la afición a aquellas furiosas broncas oratorias por
un más o un menos en cualquier punto de Filosofía o de Historia; empezó
a creer ridículos los sofocones que se había tomado por probar que _en
las civilizaciones de Oriente el poder de las castas sacerdotales era un
poquito más ilimitado que el de los reyes_, contra la opinión de
Gustavito Tellería, el cual sostenía, dando puñetazos sobre la mesa, que
lo era _un poquitín menos_. Dio también en pensar que maldito lo que le
importaba que _la conciencia fuera la intimidad total del ser racional
consigo mismo_, o bien otra cosa semejante, como quería probar,
hinchándose de convicción airada, Joaquinito Pez. No tardó, pues, en
aflojar la cuerda a la manía de las lecturas, hasta llegar a no leer
absolutamente nada. Barbarita creía de buena fe que su hijo no leía ya
porque había agotado el pozo de la ciencia.

Tenía Juanito entonces veinticuatro años. Le conocí un día en casa de
Federico Cimarra en un almuerzo que este dio a sus amigos. Se me ha
olvidado la fecha exacta; pero debió de ser esta hacia el 69, porque
recuerdo que se habló mucho de Figuerola, de la capitación y del derribo
de la torre de la iglesia de Santa Cruz. Era el hijo de D. Baldomero muy
bien parecido y además muy simpático, de estos hombres que se
recomiendan con su figura antes de cautivar con su trato, de estos que
en una hora de conversación ganan más amigos que otros repartiendo
favores positivos. Por lo bien que decía las cosas y la gracia de sus
juicios, aparentaba saber más de lo que sabía, y en su boca las
paradojas eran más bonitas que las verdades. Vestía con elegancia y
tenía tan buena educación, que se le perdonaba fácilmente el hablar
demasiado. Su instrucción y su ingenio agudísimo le hacían descollar
sobre todos los demás mozos de la partida, y aunque a primera vista
tenía cierta semejanza con Joaquinito Pez, tratándoles se echaban de ver
entre ambos profundas diferencias, pues el chico de Pez, por su ligereza
de carácter y la garrulería de su entendimiento, era un verdadero
botarate.

Barbarita estaba loca con su hijo; mas era tan discreta y delicada, que
no se atrevía a elogiarle delante de sus amigas, sospechando que todas
las demás señoras habían de tener celos de ella. Si esta pasión de madre
daba a Barbarita inefables alegrías, también era causa de zozobras y
cavilaciones. Temía que Dios la castigase por su orgullo; temía que el
adorado hijo enfermara de la noche a la mañana y se muriera como tantos
otros de menos mérito físico y moral. Porque no había que pensar que el
mérito fuera una inmunidad. Al contrario, los más brutos, los más feos y
los perversos son los que se hartan de vivir, y parece que la misma
muerte no quiere nada con ellos. Del tormento que estas ideas daban a su
alma se defendía Barbarita con su ardiente fe religiosa. Mientras oraba,
una voz interior, susurro dulcísimo como chismes traídos por el Ángel de
la Guarda, le decía que su hijo no moriría antes que ella. Los cuidados
que al chico prodigaba eran esmeradísimos; pero no tenía aquella buena
señora las tonterías dengosas de algunas madres, que hacen de su cariño
una manía insoportable para los que la presencian, y corruptora para las
criaturas que son objeto de él. No trataba a su hijo con mimo. Su
ternura sabía ser inteligente y revestirse a veces de severidad dulce.

¿Y por qué le llamaba todo el mundo y le llama todavía casi unánimemente
_Juanito_ Santa Cruz? Esto sí que no lo sé. Hay en Madrid muchos casos
de esta aplicación del diminutivo o de la fórmula familiar del nombre,
aun tratándose de personas que han entrado en la madurez de la vida.
Hasta hace pocos años, al autor cien veces ilustre de _Pepita Jiménez_,
le llamaban sus amigos y los que no lo eran, _Juanito_ Valera. En la
sociedad madrileña, la más amena del mundo porque ha sabido combinar la
cortesía con la confianza, hay algunos _Pepes, Manolitos_ y _Pacos_ que,
aun después de haber conquistado la celebridad por diferentes conceptos,
continúan nombrados con esta familiaridad democrática que demuestra la
llaneza castiza del carácter español. El origen de esto habrá que
buscarlo quizá en ternuras domésticas o en hábitos de servidumbre que
trascienden sin saber cómo a la vida social. En algunas personas, puede
relacionarse el diminutivo con el sino. Hay efectivamente Manueles que
nacieron predestinados para ser _Manolos_ toda su vida. Sea lo que
quiera, al venturoso hijo de D. Baldomero Santa Cruz y de doña Bárbara
Arnaiz le llamaban _Juanito_, y _Juanito_ le dicen y le dirán quizá
hasta que las canas de él y la muerte de los que le conocieron niño
vayan alterando poco a poco la campechana costumbre.

Conocida la persona y sus felices circunstancias, se comprenderá
fácilmente la dirección que tomaron las ideas del joven Santa Cruz al
verse en las puertas del mundo con tantas probabilidades de éxito. Ni
extrañará nadie que un chico guapo, poseedor del arte de agradar y del
arte de vestir, hijo único de padres ricos, inteligente, instruido, de
frase seductora en la conversación, pronto en las respuestas, agudo y
ocurrente en los juicios, un chico, en fin, al cual se le podría poner
el rótulo social de _brillante_, considerara ocioso y hasta ridículo el
meterse a averiguar si hubo o no un idioma único primitivo, si el Egipto
fue una colonia bracmánica, si la China es absolutamente independiente
de tal o cual civilización asiática, con otras cosas que años atrás le
quitaban el sueño, pero que ya le tenían sin cuidado, mayormente si
pensaba que lo que él no averiguase otro lo averiguaría... «Y por último
--decía--pongamos que no se averigüe nunca. ¿Y qué...?». El mundo
tangible y gustable le seducía más que los incompletos conocimientos de
vida que se vislumbran en el fugaz resplandor de las ideas _sacadas a la
fuerza_, chispas obtenidas en nuestro cerebro por la percusión de la
voluntad, que es lo que constituye el estudio. Juanito acabó por
declararse a sí mismo que más sabe el que vive _sin querer saber_ que el
que _quiere saber sin vivir_, o sea aprendiendo en los libros y en las
aulas. Vivir es relacionarse, gozar y padecer, desear, aborrecer y amar.
La lectura es vida artificial y prestada, el usufructo, mediante una
función cerebral, de las ideas y sensaciones ajenas, la adquisición de
los tesoros de la verdad humana por compra o por estafa, no por el
trabajo. No paraban aquí las filosofías de Juanito, y hacía una
comparación que no carece de exactitud. Decía que entre estas dos
maneras de vivir, observaba él la diferencia que hay entre comerse una
chuleta y que le vengan a contar a uno cómo y cuándo se la ha comido
otro, haciendo el cuento muy a lo vivo, se entiende, y describiendo la
cara que ponía, el gusto que le daba la masticación, la gana con que
tragaba y el reposo con que digería.




--ii--


Empezó entonces para Barbarita nueva época de sobresaltos. Si antes sus
oraciones fueron pararrayos puestos sobre la cabeza de Juanito para
apartar de ella el tifus y las viruelas, después intentaban librarle de
otros enemigos no menos atroces. Temía los escándalos que ocasionan
lances personales, las pasiones que destruyen la salud y envilecen el
alma, los despilfarros, el desorden moral, físico y económico.
Resolviose la insigne señora a tener carácter y a vigilar a su hijo.
Hízose fiscalizadora, reparona, entrometida, y unas veces con dulzura,
otras con aspereza que le costaba trabajo fingir, tomaba razón de todos
los actos del joven, tundiéndole a preguntas: «¿A dónde vas con ese
cuerpo?... ¿De dónde vienes ahora?... ¿Por qué entraste anoche a las
tres de la mañana?... ¿En qué has gastado los mil reales que ayer te
di?... A ver, ¿qué significa este perfume que se te ha pegado a la
cara?...». Daba sus descargos el delincuente como podía, fatigando su
imaginación para procurarse respuestas que tuvieran visos de lógica,
aunque estos fueran como fulgor de relámpago. Ponía una de cal y otra de
arena, mezclando las contestaciones categóricas con los mimos y las
zalamerías. Bien sabía cuál era el flanco débil del enemigo. Pero
Barbarita, mujer de tanto espíritu como corazón, se las tenía muy tiesas
y sabía defenderse. En algunas ocasiones era tan fuerte la acometida de
cariñitos, que la mamá estaba a punto de rendirse, fatigada de su
entereza disciplinaria. Pero, ¡quia!, no se rendía; y vuelta al ajuste
de cuentas, y al inquirir, y al tomar acta de todos los pasos que el
predilecto daba por entre los peligros sociales. En honor a la verdad,
debo decir que los desvaríos de Juanito no eran ninguna cosa del otro
jueves. En esto, como en todo lo malo, hemos progresado de tal modo, que
las barrabasadas de aquel niño bonito hace quince años, nos parecerían
hoy timideces y aun actos de ejemplaridad relativa.

Presentose en aquellos días al simpático joven la coyuntura de hacer su
primer viaje a París, adonde iban Villalonga y Federico Ruiz
comisionados por el Gobierno, el uno a comprar máquinas de agricultura,
el otro a adquirir aparatos de astronomía. A D. Baldomero le pareció
muy bien el viaje del chico, para que viese mundo; y Barbarita no se
opuso, aunque le mortificaba mucho la idea de que su hijo correría en la
capital de Francia temporales más recios que los de Madrid. A la pena de
no verle uníase el temor de que le sorbieran aquellos gabachos y
gabachas, tan diestros en desplumar al forastero y en maleficiar a los
jóvenes más juiciosos. Bien se sabía ella que allá hilaban muy fino en
esto de explotar las debilidades humanas, y que Madrid era, comparado en
esta materia con París de Francia, un lugar de abstinencia y
mortificación. Tan triste se puso un día pensando en estas cosas y tan
al vivo se le representaban la próxima perdición de su querido hijo y
las redes en que inexperto caía, que salió de su casa resuelta a
implorar la misericordia divina del modo más solemne, conforme a sus
grandes medios de fortuna. Primero se le ocurrió encargar muchas misas
al cura de San Ginés, y no pareciéndole esto bastante, discurrió mandar
poner de Manifiesto la Divina Majestad todo el tiempo que el niño
estuviese en París. Ya dentro de la Iglesia, pensó que lo del Manifiesto
era un lujo desmedido y por lo mismo quizá irreverente. No, guardaría el
recurso gordo para los casos graves de enfermedad o peligro de muerte.
Pero en lo de las misas sí que no se volvió atrás, y encargó la mar de
ellas, repartiendo además aquella semana más limosnas que de costumbre.

Cuando comunicaba sus temores a D. Baldomero, este se echaba a reír y le
decía: «El chico es de buena índole. Déjale que se divierta y que la
corra. Los jóvenes del día necesitan despabilarse y ver mucho mundo. No
son estos tiempos como los míos, en que no la corría ningún chico del
comercio, y nos tenían a todos metidos en un puño hasta que nos casaban.
¡Qué costumbres aquellas tan diferentes de las de ahora! La
civilización, hija, es mucho cuento. ¿Qué padre le daría hoy un par de
bofetadas a un hijo de veinte años por haberse puesto las botas nuevas
en día de trabajo? ¿Ni cómo te atreverías hoy a proponerle a un mocetón
de estos que rece el rosario con la familia? Hoy los jóvenes disfrutan
de una libertad y de una iniciativa para divertirse que no gozaban los
de antaño. Y no creas, no creas que por esto son peores. Y si me apuras,
te diré que conviene que los chicos no sean tan encogidos como los de
entonces. Me acuerdo de cuando yo era pollo. ¡Dios mío, qué soso era! Ya
tenía veinticinco años, y no sabía decir a una mujer o señora sino _que
usted lo pase bien_, y de ahí no me sacaba nadie. Como que me había
pasado en la tienda y en el almacén toda la niñez y lo mejor de mi
juventud. Mi padre era una fiera; no me perdonaba nada. Así me crié, así
salí yo, con unas ideas de rectitud y unos hábitos de trabajo, que ya
ya... Por eso bendigo hoy los coscorrones que fueron mis verdaderos
maestros. Pero en lo referente a sociedad, yo era un salvaje. Como mis
padres no me permitían más compañía que la de otros muchachones tan
ñoños como yo, no sabía ninguna suerte de travesuras, ni habla visto a
una mujer más que por el forro, ni entendía de ningún juego, ni podía
hablar de nada que fuera mundano y corriente. Los domingos, mi mamá
tenía que ponerme la corbata y encasquetarme el sombrero, porque todas
las prendas del día de fiesta parecían querer escapárseme del cuerpo. Tú
bien te acuerdas. Anda, que también te has reído de mí. Cuando mis
padres me hablaron... así, a boca de jarro, de que me iba a casar
contigo, ¡me corrió un frío por todo el espinazo...! Todavía me acuerdo
del miedo que te tenía. Nuestros padres nos dieron esto amasado y
cocido. Nos casaron como se casa a los gatos, y punto concluido. Salió
bien; pero hay tantos casos en que esta manera de hacer familias sale
malditamente... ¡Qué risa! Lo que me daba más miedo cuando mi madre me
habló de casarme, fue el compromiso en que estaba de hablar contigo...
No tenía más remedio que decirte algo... ¡Caramba, qué sudores pasé!
'Pero yo ¿qué le voy a decir, si lo único que sé es _que usted lo pase
bien_, y en saliendo de ahí soy hombre perdido...?'.

Ya te he contado mil veces la saliva amarga que tragaba ¡ay, Dios mío!,
cuando mi madre me mandaba ponerme la levita de paño negro para llevarme
a tu casa. Bien te acuerdas de mi famosa levita, de lo mal que me estaba
y de lo desmañado que era en tu presencia, pues no me arrancaba a decir
una palabra sino cuando alguien me ayudaba. Los primeros días me
inspirabas verdadero terror, y me pasaba las horas pensando cómo había
de entrar y qué cosas había de decir, y discurriendo alguna triquiñuela
para hacer menos ridícula mi cortedad... Dígase lo que se quiera, hija,
aquella educación no era buena. Hoy no se puede criar a los hijos de esa
manera. Yo ¡qué quieres que te diga!, creo que en lo esencial Juanito no
ha de faltarnos. Es de casta honrada, tiene la formalidad en la masa de
la sangre. Por eso estoy tranquilo, y no veo con malos ojos que se
despabile, que conozca el mundo, que adquiera soltura de modales...».

--No, si lo que menos falta hace a mi hijo es adquirir soltura, porque
la tiene desde que era una criatura... Si no es eso. No se trata aquí de
modales, sino de que me le coman esas bribonas...

--Mira, mujer, para que los jóvenes adquieran energía contra el vicio,
es preciso que lo conozcan, que lo caten, sí, hija, que lo caten. No hay
peor situación para un hombre que pasarse la mitad de la vida rabiando
por probarlo y no pudiendo conseguirlo, ya por timidez, ya por
esclavitud. No hay muchos casos como yo, bien lo sabes; ni de estos
tipos que jamás, ni antes ni después de casados, tuvieron trapicheos,
entran muchos en libra. Cada cual en su época. Juanito, en la suya, no
puede ser mejor de lo que es, y si te empeñas en hacer de él un
anacronismo o una rareza, un _non_ como su padre, puede que lo eches a
perder.

Estas razones no convencían a Barbarita, que seguía con toda el alma
fija en los peligros y escollos de la Babilonia parisiense, porque había
oído contar horrores de lo que allí pasaba. Como que estaba infestada la
gran ciudad de unas mujeronas muy guapas y elegantes que al pronto
parecían duquesas, vestidas con los más bonitos y los más nuevos arreos
de la moda. Mas cuando se las veía y oía de cerca, resultaban ser unas
tiotas relajadas, comilonas, borrachas y ávidas de dinero, que
desplumaban y resecaban al pobrecito que en sus garras caía. Contábale
estas cosas el marqués de Casa--Muñoz que casi todos los veranos iba al
extranjero.

Las inquietudes de aquella incomparable señora acabaron con el regreso
de Juanito. ¡Y quién lo diría! Volvió mejor de lo que fue. Tanto hablar
de París, y cuando Barbarita creía ver entrar a su hijo hecho una
lástima, todo rechupado y anémico, me le ve más gordo y lucio que
antes, con mejor color y los ojos más vivos, muchísimo más alegre, más
hombre en fin, y con una amplitud de ideas y una puntería de juicio que
a todos dejaba pasmados. ¡Vaya con París!... El marqués de Casa--Muñoz
se lo decía a Barbarita: «No hay que _involucrar_, París es muy malo;
pero también es muy bueno».




-II-

Santa Cruz y Arnaiz. Vistazo histórico sobre el comercio matritense




--i--


Don Baldomero Santa Cruz era hijo de otro D. Baldomero Santa Cruz que en
el siglo pasado tuvo ya tienda de paños del Reino en la calle de la Sal,
en el mismo local que después ocupó D. Mauro Requejo. Había empezado el
padre por la más humilde jerarquía comercial, y a fuerza de trabajo,
constancia y orden, el hortera de 1796 tenía, por los años del 10 al 15,
uno de los más reputados establecimientos de la Corte en pañería
nacional y extranjera. Don Baldomero II, que así es forzoso llamarle
para distinguirle del fundador de la dinastía, heredó en 1848 el copioso
almacén, el sólido crédito y la respetabilísima firma de D. Baldomero I,
y continuando las tradiciones de la casa por espacio de veinte años más,
retirose de los negocios con un capital sano y limpio de quince millones
de reales, después de traspasar la casa a dos muchachos que servían en
ella, el uno pariente suyo y el otro de su mujer. La casa se denominó
desde entonces _Sobrinos de Santa Cruz_, y a estos sobrinos, D.
Baldomero y Barbarita les llamaban familiarmente _los Chicos_.

En el reinado de D. Baldomero I, o sea desde los orígenes hasta 1848, la
casa trabajó más en géneros del país que en los extranjeros. Escaray y
Pradoluengo la surtían de paños, Brihuega de bayetas, Antequera de
pañuelos de lana. En las postrimerías de aquel reinado fue cuando la
casa empezó a trabajar en géneros _de fuera_, y la reforma arancelaria
de 1849 lanzó a D. Baldomero II a mayores empresas. No sólo realizó
contratos con las fábricas de Béjar y Alcoy para dar mejor salida a los
productos nacionales, sino que introdujo los famosos Sedanes para
levitas, y las telas que tanto se usaron del 45 al 55, aquellos
patencures, anascotes, cúbicas y chinchillas que ilustran la gloriosa
historia de la sastrería moderna. Pero de lo que más provecho sacó la
casa fue del ramo de capotes y uniformes para el Ejército y la Milicia
Nacional, no siendo tampoco despreciable el beneficio que obtuvo del
_artículo para capas_, el abrigo propiamente español que resiste a todas
las modas de vestir, como el garbanzo resiste a todas las modas de
comer. Santa Cruz, Bringas y Arnaiz el gordo, monopolizaban toda la
pañería de Madrid y surtían a los tenderos de la calle de Atocha, de la
Cruz y Toledo.

En las contratas de vestuario para el Ejército y Milicia Nacional, ni
Santa Cruz, ni Arnaiz, ni tampoco Bringas daban la cara. Aparecía como
contratista un tal Albert, de origen belga, que había empezado por
introducir paños extranjeros con mala fortuna. Este Albert era hombre
muy para el caso, activo, despabilado, seguro en sus tratos aunque no
estuvieran escritos. Fue el auxiliar eficacísimo de Casarredonda en sus
valiosas contratas de lienzos gallegos para la tropa. El pantalón blanco
de los soldados de hace cuarenta años ha sido origen de grandísimas
riquezas. Los _fardos de Coruñas y Viveros_ dieron a Casarredonda y al
tal Albert más dinero que a los Santa Cruz y a los Bringas los capotes y
levitas militares de Béjar, aunque en rigor de verdad estos comerciantes
no tenían por qué quejarse. Albert murió el 55, dejando una gran
fortuna, que heredó su hija casada con el sucesor de Muñoz, el de la
inmemorial ferretería de la calle de Tintoreros.

En el reinado de D. Baldomero II, las prácticas y procedimientos
comerciales se apartaron muy poco de la rutina heredada. Allí no se supo
nunca lo que era un anuncio en el Diario, ni se emplearon viajantes para
extender por las provincias limítrofes el negocio. El refrán de _el buen
paño en el arca se vende_ era verdad como un templo en aquel sólido y
bien reputado comercio. Los detallistas no necesitaban que se les
llamase a son de cencerro ni que se les embaucara con artes
charlatánicas. Demasiado sabían todos el camino de la casa, y las
metódicas y honradas costumbres de esta, la fijeza de los precios, los
descuentos que se hacían por pronto pago, los plazos que se daban, y
todo lo demás concerniente a la buena inteligencia entre vendedor y
parroquiano. El escritorio no alteró jamás ciertas tradiciones
venerandas del laborioso reinado de D. Baldomero I. Allí no se usaron
nunca estos copiadores de cartas que son una aplicación de la imprenta a
la caligrafía. La correspondencia se copiaba _a pulso_ por un empleado
que estuvo cuarenta años sentado en la misma silla delante del mismo
atril, y que por efecto de la costumbre casi copiaba la carta matriz de
su principal sin mirarla. Hasta que D. Baldomero realizó el traspaso, no
se supo en aquella casa lo que era un metro, ni se quitaron a la vara de
Burgos sus fueros seculares. Hasta pocos años antes del traspaso, no usó
Santa Cruz los sobres para cartas, y estas se cerraban sobre sí mismas.

No significaban tales rutinas terquedad y falta de luces. Por el
contrario, la clara inteligencia del segundo Santa Cruz y su
conocimiento de los negocios, sugeríanle la idea de que cada hombre
pertenece a su época y a su esfera propias, y que dentro de ellas debe
exclusivamente actuar. Demasiado comprendió que el comercio iba a sufrir
profunda transformación, y que no era él el llamado a dirigirlo por los
nuevos y más anchos caminos que se le abrían. Por eso, y porque ansiaba
retirarse y descansar, traspasó su establecimiento a los _Chicos_ que
habían sido deudos y dependientes suyos durante veinte años. Ambos eran
trabajadores y muy inteligentes. Alternaban en sus viajes al extranjero
para buscar y traer las _novedades_, alma del tráfico de telas. La
concurrencia crecía cada año, y era forzoso apelar al reclamo, recibir y
expedir viajantes, mimar al público, contemporizar y abrir cuentas
largas a los parroquianos, y singularmente a las parroquianas. Como los
_Chicos_ habían abarcado también el comercio de lanillas, merinos, telas
ligeras para vestidos de señora, pañolería, confecciones y otros
artículos de uso femenino, y además abrieron tienda al por menor y al
_vareo_, tuvieron que pasar por el inconveniente de las morosidades e
insolvencias que tanto quebrantan al comercio. Afortunadamente para
ellos, la casa tenía un crédito inmenso.

La casa del gordo Arnaiz era relativamente moderna. Se había hecho
pañero porque tuvo que quedarse con las existencias de Albert, para
indemnizarse de un préstamo que le hiciera en 1843. Trabajaba
exclusivamente en género extranjero; pero cuando Santa Cruz hizo su
traspaso a los Chicos, también Arnaiz se inclinaba a hacer lo mismo,
porque estaba ya muy rico, muy obeso, bastante viejo y no quería
trabajar. Daba y tomaba letras sobre Londres y representaba a dos
Compañías de seguros. Con esto tenía lo bastante para no aburrirse. Era
hombre que cuando se ponía a toser hacía temblar el edificio donde
estaba; excelente persona, librecambista rabioso, anglómano y solterón.
Entre las casas de Santa Cruz y Arnaiz no hubo nunca rivalidades; antes
bien, se ayudaban cuanto podían. El gordo y D. Baldomero tratáronse
siempre como hermanos en la vida social y como compañeros queridísimos
en la comercial, salvo alguna discusión demasiado agria sobre temas
arancelarios, porque Arnaiz había hecho la gracia de leer a Bastiat y
concurría a los _meetings_ de la Bolsa, no precisamente para oír y
callar, sino para echar discursos que casi siempre acababan en sofocante
tos. Trinaba contra todo arancel que no significara un simple recurso
fiscal, mientras que D. Baldomero, que en todo era templado, pretendía
que se conciliasen los intereses del comercio con los de la industria
española. «Si esos catalanes no fabrican más que adefesios --decía
Arnaiz entre tos y tos--, y reparten dividendos de sesenta por ciento a
los accionistas...».

--¡Dale!, ya pareció aquello--respondía don Baldomero--Pues yo te
probaré...

Solía no probar nada, ni el otro tampoco, quedándose cada cual con su
opinión; pero con estas sabrosas peloteras pasaban el tiempo. También
había entre estos dos respetables sujetos parentesco de afinidad, porque
doña Bárbara, esposa de Santa Cruz, era prima del gordo, hija de
Bonifacio Arnaiz, comerciante en pañolería de la China. Y escudriñando
los troncos de estos linajes matritenses, sería fácil encontrar que los
Arnaiz y los Santa Cruz tenían en sus diferentes ramas una savia común,
la savia de los Trujillos. «Todos somos unos--dijo alguna vez el gordo
en las expansiones de su humor festivo, inclinado a las sinceridades
democráticas--, tú por tu madre y yo por mi abuela, somos Trujillos
netos, _de patente_; descendemos de aquel Matías Trujillo que tuvo
albardería en la calle de Toledo allá por los tiempos del motín de capas
y sombreros. No lo invento yo; lo canta una escritura de juros que tengo
en mi casa. Por eso le he dicho ayer a nuestro pariente Ramón
Trujillo... ya sabéis que me le han hecho conde... le he dicho que
adopte por escudo un frontil y una jáquima con un letrero que diga:
_Pertenecí a Babieca_...».




--ii--


Nació Barbarita Arnaiz en la calle de Postas, esquina al callejón de San
Cristóbal, en uno de aquellos oprimidos edificios que parecen estuches o
casas de muñecas. Los techos se cogían con la mano; las escaleras había
que subirlas con el credo en la boca, y las habitaciones parecían
destinadas a la premeditación de algún crimen. Había moradas de estas, a
las cuales se entraba por la cocina. Otras tenían los pisos en declive,
y en todas ellas oíase hasta el respirar de los vecinos. En algunas se
veían mezquinos arcos de fábrica para sostener el entramado de las
escaleras, y abundaba tanto el yeso en la construcción como escaseaban
el hierro y la madera. Eran comunes las puertas de cuarterones, los
baldosines polvorosos, los cerrojos imposibles de manejar y las
vidrieras emplomadas. Mucho de esto ha desaparecido en las renovaciones
de estos últimos veinte años; pero la estrechez de las viviendas
subsiste.

Creció Bárbara en una atmósfera saturada de olor de sándalo, y las
fragancias orientales, juntamente con los vivos colores de la pañolería
chinesca, dieron acento poderoso a las impresiones de su niñez. Como se
recuerda a las personas más queridas de la familia, así vivieron y viven
siempre con dulce memoria en la mente de Barbarita los dos maniquís de
tamaño natural vestidos de mandarín que había en la tienda y en los
cuales sus ojos aprendieron a ver. La primera cosa que excitó la
atención naciente de la niña, cuando estaba en brazos de su niñera,
fueron estos dos pasmarotes de semblante lelo y desabrido, y sus
magníficos trajes morados. También había por allí una persona a quien la
niña miraba mucho, y que la miraba a ella con ojos dulces y cuajados de
candoroso chino. Era el retrato de Ayún, de cuerpo entero y tamaño
natural, dibujado y pintado con dureza, pero con gran expresión. Mal
conocido es en España el nombre de este peregrino artista, aunque sus
obras han estado y están a la vista de todo el mundo, y nos son
familiares como si fueran obra nuestra. Es el ingenio bordador de los
pañuelos de Manila, el inventor del tipo de rameado más vistoso y
elegante, el poeta fecundísimo de esos madrigales de crespón compuestos
con flores y rimados con pájaros. A este ilustre chino deben las
españolas el hermosísimo y característico chal que tanto favorece su
belleza, el mantón de Manila, al mismo tiempo señoril y popular, pues lo
han llevado en sus hombros la gran señora y la gitana. Envolverse en él
es como vestirse con un cuadro. La industria moderna no inventará nada
que iguale a la ingenua poesía del mantón, salpicado de flores,
flexible, pegadizo y mate, con aquel fleco que tiene algo de los enredos
del sueño y aquella brillantez de color que iluminaba las muchedumbres
en los tiempos en que su uso era general. Esta prenda hermosa se va
desterrando, y sólo el pueblo la conserva con admirable instinto. Lo
saca de las arcas en las grandes épocas de la vida, en los bautizos y en
las bodas, como se da al viento un himno de alegría en el cual hay una
estrofa para la patria. El mantón sería una prenda vulgar si tuviera la
ciencia del diseño; no lo es por conservar el carácter de las artes
primitivas y populares; es como la leyenda, como los cuentos de la
infancia, candoroso y rico de color, fácilmente comprensible y
refractario a los cambios de la moda.

Pues esta prenda, esta nacional obra de arte, tan nuestra como las
panderetas o los toros, no es nuestra en realidad más que por el uso; se
la debemos a un artista nacido a la otra parte del mundo, a un tal Ayún,
que consagró a nosotros su vida toda y sus talleres. Y tan agradecido
era el buen hombre al comercio español, que enviaba a los de acá su
retrato y los de sus catorce mujeres, unas señoras tiesas y pálidas como
las que se ven pintadas en las tazas, con los pies increíbles por lo
chicos y las uñas increíbles también por lo largas.

Las facultades de Barbarita se desarrollaron asociadas a la
contemplación de estas cosas, y entre las primeras conquistas de sus
sentidos, ninguna tan segura como la impresión de aquellas flores
bordadas con luminosos torzales, y tan frescas que parecía cuajarse en
ellas el rocío. En días de gran venta, cuando había muchas señoras en la
tienda y los dependientes desplegaban sobre el mostrador centenares de
pañuelos, la lóbrega tienda semejaba un jardín. Barbarita creía que se
podrían coger flores a puñados, hacer ramilletes o guirnaldas, llenar
canastillas y adornarse el pelo. Creía que se podrían deshojar y
también que tenían olor. Esto era verdad, porque despedían ese tufillo
de los embalajes asiáticos, mezcla de sándalo y de resinas exóticas que
nos trae a la mente los misterios budistas.

Más adelante pudo la niña apreciar la belleza y variedad de los abanicos
que había en la casa, y que eran una de las principales riquezas de
ella. Quedábase pasmada cuando veía los dedos de su mamá sacándolos de
las perfumadas cajas y abriéndolos como saben abrirlos los que comercian
en este artículo, es decir, con un desgaire rápido que no los estropea y
que hace ver al público la ligereza de la prenda y el blando rasgueo de
las varillas. Barbarita abría cada ojo como los de un ternero cuando su
mamá, sentándola sobre el mostrador, le enseñaba abanicos sin dejárselos
tocar; y se embebecía contemplando aquellas figuras tan monas, que no le
parecían personas, sino _chinos_, con las caras redondas y tersas como
hojitas de rosa, todos ellos risueños y estúpidos, pero muy lindos, lo
mismo que aquellas casas abiertas por todos lados y aquellos árboles que
parecían matitas de albahaca... ¡Y pensar que los árboles eran el té
nada menos, estas hojuelas retorcidas, cuyo zumo se toma para el dolor
de barriga...!

Ocuparon más adelante el primer lugar en el tierno corazón de la hija
de D. Bonifacio Arnaiz y en sus sueños inocentes, otras preciosidades
que la mamá solía mostrarle de vez en cuando, previa amonestación de no
tocarlos; objetos labrados en marfil y que debían de ser los juguetes
con que los ángeles se divertían en el Cielo. Eran al modo de torres de
muchos pisos, o barquitos con las velas desplegadas y muchos remos por
una y otra banda; también estuchitos, cajas para guantes y joyas,
botones y juegos lindísimos de ajedrez. Por el respeto con que su mamá
los cogía y los guardaba, creía Barbarita que contenían algo así como el
Viático para los enfermos, o lo que se da a las personas en la iglesia
cuando comulgan. Muchas noches se acostaba con fiebre porque no le
habían dejado satisfacer su anhelo de coger para sí aquellas monerías.
Hubiérase contentado ella, en vista de prohibición tan absoluta, con
aproximar la yema del dedo índice al pico de una de las torres; pero ni
aun esto... Lo más que se le permitía era poner sobre el tablero de
ajedrez que estaba en la vitrina de la ventana enrejada (entonces no
había escaparates), todas las piezas de un juego, no de los más finos, a
un lado las blancas, a otro las encarnadas.

Barbarita y su hermano Gumersindo, mayor que ella, eran los únicos hijos
de D. Bonifacio Arnaiz y de doña Asunción Trujillo. Cuando tuvo edad
para ello, fue a la escuela de una tal doña Calixta, sita en la calle
Imperial, en la misma casa donde estaba el Fiel Contraste. Las niñas con
quienes la de Arnaiz hacía mejores migas, eran dos de su misma edad y
vecinas de aquellos barrios, la una de la familia de Moreno, del dueño
de la droguería de la calle de Carretas, la otra de Muñoz, el
comerciante de hierros de la calle de Tintoreros. Eulalia Muñoz era muy
vanidosa, y decía que no había casa como la suya y que daba gusto verla
toda llena de unos pedazos de hierro _mu_ grandes, _del tamaño de la
caña de doña Calixta_, y tan pesados, tan pesados que ni cuatrocientos
hombres los podían levantar. Luego había un sin fin de martillos,
garfios, peroles _mu grandes, mu grandes_... «más anchos que este
cuarto». Pues, ¿y los paquetes de clavos? ¿Qué cosa había más bonita? ¿Y
las llaves que parecían de plata, y las planchas, y los anafres, y otras
cosas lindísimas? Sostenía que ella no necesitaba que sus papás le
comprasen muñecas, porque las hacía con un martillo, vistiéndolo con una
toalla. ¿Pues y las agujas que había en su casa? No se acertaban a
contar. Como que todo Madrid iba allí a comprar agujas, y su papá se
carteaba con el fabricante... Su papá recibía miles de cartas al día, y
las cartas olían a hierro... como que venían de Inglaterra, donde todo
es de hierro, hasta los caminos... «Sí, hija, sí, mi papá me lo ha
dicho. Los caminos están embaldosados de hierro, y por allí encima van
los coches echando demonios».

Llevaba siempre los bolsillos atestados de chucherías, que mostraba para
dejar bizcas a sus amigas. Eran tachuelas de cabeza dorada, corchetes,
argollitas pavonadas, hebillas, pedazos de papel de lija, vestigios de
muestrarios y de cosas rotas o descabaladas. Pero lo que tenía en más
estima, y por esto no lo sacaba sino en ciertos días, era su colección
de etiquetas, pedacitos de papel verde, recortados de los paquetes
inservibles, y que tenían el famoso escudo inglés, con la jarretiera, el
leopardo y el unicornio. En todas ellas se leía: Birmingham. «Veis...
este señor _Bermingán_ es el que se cartea con mi papá todos los días,
en inglés; y son tan amigos, que siempre le está diciendo que vaya allá;
y hace poco le mandó, dentro de una caja de clavos, un jamón ahumado que
olía como a chamusquina, y un pastelón así, mirad, del tamaño del
brasero de doña Calixta, que tenía dentro muchas pasas chiquirrininas, y
picaba como la guindilla; pero _mu_ rico, hijas, _mu_ rico».

La chiquilla de Moreno fundaba su vanidad en llevar papelejos con
figuritas y letras de colores, en los cuales se hablaba de píldoras, de
barnices o de ingredientes para teñirse el pelo. Los mostraba uno por
uno, dejando para el final el gran efecto, que consistía en sacar de
súbito el pañuelo y ponerlo en las narices de sus amigas, diciéndoles:
_goled_. Efectivamente, quedábanse las otras medio desvanecidas con el
fuerte olor de agua de Colonia o de los _siete ladrones_, que el pañuelo
tenía. Por un momento, la admiración las hacía enmudecer; pero poco a
poco íbanse reponiendo, y Eulalia, cuyo orgullo rara vez se daba por
vencido, sacaba un tornillo dorado sin cabeza, o un pedazo de talco, con
el cual decía que iba a hacer un espejo. Difícil era borrar la grata
impresión y el éxito del perfume. La ferretera, algo corrida, tenía que
guardar los trebejos, después de oír comentarios verdaderamente
injustos. La de la droguería hacía muchos ascos, diciendo: «¡Uy, cómo
apesta eso, hija, guarda, guarda esas ordinarieces!».

Al siguiente día, Barbarita, que no quería dar su brazo a torcer,
llevaba unos papelitos muy raros de pasta, todos llenos de garabatos
chinescos. Después de darse mucha importancia, haciendo que lo enseñaba
y volviéndolo a guardar, con lo cual la curiosidad de las otras llegaba
al punto de la desazón nerviosa, de repente ponía el papel en las
narices de sus amigas, diciendo en tono triunfal: «¿Y eso?». Quedábanse
Castita y Eulalia atontadas con el aroma asiático, vacilando entre la
admiración y la envidia; pero al fin no tenían más remedio que humillar
su soberbia ante el olorcillo aquel de la niña de Arnaiz, y le pedían
por Dios que las dejase catarlo más. Barbarita no gustaba de prodigar su
tesoro, y apenas acercaba el papel a las respingadas narices de las
otras, lo volvía a retirar con movimiento de cautela y avaricia,
temiendo que la fragancia se marchara por los respiraderos de sus
amigas, como se escapa el humo por el cañón de una chimenea. El tiro de
aquellos olfatorios era tremendo. Por último, las dos amiguitas y otras
que se acercaron movidas de la curiosidad, y hasta la propia doña
Calixta, que solía descender a la familiaridad con las alumnas ricas,
reconocían, por encima de todo sentimiento envidioso, que ninguna niña
tenía cosas tan bonitas como la de la tienda de Filipinas.




--iii--


Esta niña y otras del barrio, bien apañaditas por sus respectivas mamás,
peinadas a estilo de maja, con peineta y flores en la cabeza, y sobre
los hombros pañuelo de Manila de los que llaman de talle, se reunían en
un portal de la calle de Postas para pedir _el cuartito para la Cruz de
Mayo_, el 3 de dicho mes, repicando en una bandeja de plata, junto a una
mesilla forrada de damasco rojo. Los dueños de la casa llamada _del
portal de la Virgen_, celebraban aquel día una simpática fiesta y ponían
allí, junto al mismo taller de cucharas y molinillos que todavía
existe, un altar con la cruz enramada, muchas velas y algunas figuras de
nacimiento. A la Virgen, que aún se venera allí, la enramaban también
con yerbas olorosas, y el fabricante de cucharas, que era gallego, se
ponía la montera y el chaleco encarnado. Las pequeñuelas, si los mayores
se descuidaban, rompían la consigna y se echaban a la calle, en reñida
competencia con otras chiquillas pedigüeñas, correteando de una acera a
otra, deteniendo a los señores que pasaban, y acosándoles hasta obtener
el ochavito. Hemos oído contar a la propia Barbarita que para ella no
había dicha mayor que pedir para la Cruz de Mayo, y que los caballeros
de entonces eran en esto mucho más galantes que los de ahora, pues no
desairaban a ninguna niña bien vestidita que se les colgara de los
faldones.

Ya había completado la hija de Arnaiz su educación (que era harto
sencilla en aquellos tiempos y consistía en leer sin acento, escribir
sin ortografía, contar haciendo trompetitas con la boca, y bordar con
punto de marca el dechado), cuando perdió a su padre. Ocupaciones serias
vinieron entonces a robustecer su espíritu y a redondear su carácter. Su
madre y hermano, ayudados del gordo Arnaiz, emprendieron el inventario
de la casa, en la cual había algún desorden. Sobre las existencias de
pañolería no se hallaron datos ciertos en los libros de la tienda, y al
contarlas apareció más de lo que se creía. En el sótano estaban, muertos
de risa, varios fardos de cajas que aún no habían sido abiertos. Además
de esto, las casas importadoras de Cádiz, Cuesta y Rubio, anunciaban dos
remesas considerables que estaban ya en camino. No había más remedio que
cargar con todo aquel exceso de género, lo que realmente era una
contrariedad comercial en tiempos en que parecía iniciarse la
generalización de los abrigos _confeccionados_, notándose además en la
clase popular tendencias a vestirse como la clase media. La decadencia
del mantón de Manila empezaba a iniciarse, porque si los pañuelos
llamados de talle, que eran los más baratos, se vendían bien en Madrid
(mayormente el día de San Lorenzo, para la

_parroquia de la chinche_) y tenían regular salida para Valencia y
Málaga, en cambio el gran mantón, los ricos chales de tres, cuatro y
cinco mil reales se vendían muy poco, y pasaban meses sin que ninguna
parroquiana se atreviera con ellos.

Los herederos de Arnaiz, al inventariar la riqueza de la casa, que sólo
en aquel artículo no bajaba de cincuenta mil duros, comprendieron que se
aproximaba una crisis. Tres o cuatro meses emplearon en clasificar,
ordenar, poner precios, confrontar los apuntes de don Bonifacio con la
correspondencia y las facturas venidas directamente de Cantón o
remitidas por las casas de Cádiz. Indudablemente el difunto Arnaiz no
había visto claro al hacer tantos pedidos; se cegó, deslumbrado por
cierta alucinación mercantil; tal vez sintió demasiado _el amor al
artículo_ y fue más artista que comerciante. Había sido dependiente y
socio de la Compañía de Filipinas, liquidada en 1833, y al emprender por
sí el negocio de pañolería de Cantón, creía conocerlo mejor que nadie.
En verdad que lo conocía; pero tenía una fe imprudente en la perpetuidad
de aquella prenda, y algunas ideas supersticiosas acerca de la afinidad
del pueblo español con los espléndidos crespones rameados de mil
colores. «Mientras más chillones--decía--, más venta».

En esto apareció en el extremo Oriente un nuevo artista, un genio que
acabó de perturbar a D. Bonifacio. Este innovador fue Senquá, del cual
puede decirse que representaba con respecto a Ayún, en aquel arte
budista, lo que en la música representaba Beethoven con respecto a
Mozart. Senquá modificó el estilo de Ayún, dándole más amplitud,
variando más los tonos, haciendo, en fin, de aquellas sonatas graciosas,
poéticas y elegantes, sinfonías poderosas con derroche de vida,
combinaciones nuevas y atrevimientos admirables. Ver D. Bonifacio las
primeras muestras del estilo de Senquá y chiflarse por completo, fue
todo uno. «¡Barástolis!, ¡esto es la gloria divina--decía--; es mucho
chino este...!». Y de tal entusiasmo nacieron pedidos imprudentes y el
grave error mercantil, cuyas consecuencias no pudo apreciar aquel
excelente hombre, porque le cogió la muerte.

El inventario de abanicos, tela de nipis, crudillo de seda, tejidos de
Madrás y objetos de marfil también arrojaba cifras muy altas, y se hizo
minuciosamente. Entonces pasaron por las manos de Barbarita todas las
preciosidades que en su niñez le parecían juguetes y que le habían
producido fiebre. A pesar de la edad y del juicio adquirido con ella, no
vio nunca con indiferencia tales chucherías, y hoy mismo declara que
cuando cae en sus manos alguno de aquellos delicados campanarios de
marfil, le dan ganas de guardárselo en el seno y echar a correr.

Cumplidos los quince años, era Barbarita una chica bonitísima,
torneadita, fresca y sonrosada, de carácter jovial, inquieto y un tanto
burlón. No había tenido novio aún, ni su madre se lo permitía.
Diferentes moscones revoloteaban alrededor de ella, sin resultado. La
mamá tenía sus proyectos, y empezaba a tirar acertadas líneas para
realizarlos. Las familias de Santa Cruz y Arnaiz se trataban con amistad
casi íntima, y además tenían vínculos de parentesco con los Trujillos.
La mujer de don Baldomero I y la del difunto Arnaiz eran primas
segundas, floridas ramas de aquel nudoso tronco, de aquel albardero de
la calle de Toledo, cuya historia sabía tan bien el gordo Arnaiz. Las
dos primas tuvieron un pensamiento feliz, se lo comunicaron una a otra,
asombráronse de que se les hubiera ocurrido a las dos la misma cosa...
«ya se ve, era tan natural...» y aplaudiéndose recíprocamente,
resolvieron convertirlo en realidad dichosa. Todos los descendientes del
extremeño aquel de los aparejos borricales se distinguían siempre por su
costumbre de trazar una línea muy corta y muy recta entre la idea y el
hecho. La idea era casar a Baldomerito con Barbarita.

Muchas veces había visto la hija de Arnaiz al chico de Santa Cruz; pero
nunca le pasó por las mientes que sería su marido, porque el tal, no
sólo no le había dicho nunca media palabra de amores, sino que ni
siquiera la miraba como miran los que pretenden ser mirados. Baldomero
era juicioso, muy bien parecido, fornido y de buen color, cortísimo de
genio, sosón como una calabaza, y de tan pocas palabras que se podían
contar siempre que hablaba. Su timidez no decía bien con su corpulencia.
Tenía un mirar leal y cariñoso, _como el de un gran perro de aguas_.

Pasaba por la honestidad misma, iba a misa todos los días que lo mandaba
la Iglesia, rezaba el rosario con la familia, trabajaba diez horas
diarias o más en el escritorio sin levantar cabeza, y no gastaba el
dinero que le daban sus papás. A pesar de estas raras dotes, Barbarita,
si alguna vez le encontraba en la calle o en la tienda de Arnaiz o en la
casa, lo que acontecía muy pocas veces, le miraba con el mismo interés
con que se puede mirar una saca de carbón o un fardo de tejidos. Así es
que se quedó como quien ve visiones cuando su madre, cierto día de
precepto, al volver de la iglesia de Santa Cruz, donde ambas confesaron
y comulgaron, le propuso el casamiento con Baldomerito. Y no empleó para
esto circunloquios ni diplomacias de palabra, sino que se fue al asunto
con estilo llano y decidido. ¡Ah, la línea recta de los Trujillos...!

Aunque Barbarita era desenfadada en el pensar, pronta en el responder, y
sabía sacudirse una mosca que le molestase, en caso tan grave se quedó
algo mortecina y tuvo vergüenza de decir a su mamá que no quería maldita
cosa al chico de Santa Cruz... Lo iba a decir; pero la cara de su madre
pareciole de madera. Vio en aquel entrecejo la línea corta y sin curvas,
la barra de acero trujillesca, y la pobre niña sintió miedo, ¡ay qué
miedo! Bien conoció que su madre se había de poner como una leona, si
ella se salía con la inocentada de querer más o menos. Callose, pues,
como en misa, y a cuanto la mamá le dijo aquel día y los subsiguientes
sobre el mismo tema del casorio, respondía con signos y palabras de
humilde aquiescencia. No cesaba de sondear su propio corazón, en el cual
encontraba a la vez pena y consuelo. No sabía lo que era amor; tan sólo
lo sospechaba. Verdad que no quería a su novio; pero tampoco quería a
otro. En caso de querer a alguno, este alguno podía ser aquel.

Lo más particular era que Baldomero, después de concertada la boda, y
cuando veía regularmente a su novia, no le decía de cosas de amor ni una
miaja de letra, aunque las breves ausencias de la mamá, que solía
dejarles solos un ratito, le dieran ocasión de lucirse como galán. Pero
nada... Aquel zagalote guapo y desabrido no sabía salir en su
conversación de las rutinas más triviales. Su timidez era tan
ceremoniosa como su levita de paño negro, de lo mejor de Sedán, y que
parecía, usada por él, como un reclamo del buen género de la casa.
Hablaba de los reverberos que había puesto el marqués de Pontejos, del
cólera del año anterior, de la degollina de los frailes, y de las muchas
casas magníficas que se iban a edificar en los solares de los derribados
conventos. Todo esto era muy bonito para dicho en la tertulia de una
tienda; pero sonaba a cencerrada en el corazón de una doncella, que no
estando enamorada, tenía ganas de estarlo.

También pensaba Barbarita, oyendo a su novio, que la procesión iba por
dentro y que el pobre chico, a pesar de ser tan grandullón, no tenía
alma para sacarla fuera. «¿Me querrá?» se preguntaba la novia. Pronto
hubo de sospechar que si Baldomerito no le hablaba de amor
explícitamente, era por pura cortedad y por no saber cómo arrancarse;
pero que estaba enamorado hasta las gachas, reduciéndose a declararlo
con delicadezas, complacencias y puntualidades muy expresivas. Sin duda
el amor más sublime es el más discreto, y las bocas más elocuentes
aquellas en que no puede entrar ni una mosca. Mas no se tranquilizaba la
joven razonando así, y el sobresalto y la incertidumbre no la dejaban
vivir. «¡Si también le estaré yo queriendo sin saberlo!» pensaba. ¡Oh!,
no; interrogándose y respondiéndose con toda lealtad, resultaba que no
le quería absolutamente nada. Verdad que tampoco le aborrecía, y algo
íbamos ganando.

Y en este desabridísimo noviazgo pasaron algunos meses, al cabo de los
cuales Baldomero se soltó y despabiló algo. Su boca se fue desellando
poquito a poco hasta que rompió, como un erizo de castaña que madura y
se abre, dejando ver el sazonado fruto. Palabra tras palabra, fue
soltando las castañas, aquellas ideas elaboradas y guardadas con
religiosa maternidad, como esconde Naturaleza sus obras en gestación.
Llegó por fin el día señalado para la boda, que fue el 3 de Mayo de
1835, y se casaron en Santa Cruz, sin aparato, instalándose en la casa
del esposo, que era una de las mejores del barrio, en la plazuela de la
Leña.




--iv--


A los dos meses de casados, y después de una temporadilla en que
Barbarita estuvo algo distraída, melancólica y como con ganas de llorar,
alarmando mucho a su madre, empezaron a notarse en aquel matrimonio, en
tan malas condiciones hecho, síntomas de idilio. Baldomero parecía otro.
En el escritorio canturriaba, y buscaba pretextos para salir, subir a la
casa y decir una palabrita a su mujer, cogiéndola en los pasillos o
donde la encontrase. También solía equivocarse al sentar una partida, y
cuando firmaba la correspondencia, daba a los rasgos de la tradicional
rúbrica de la casa una amplitud de trazo verdaderamente grandiosa,
terminando el rasgo final hacia arriba como una invocación de gratitud
dirigida al Cielo. Salía muy poco, y decía a sus amigos íntimos que no
se cambiaría por un Rey, ni por su tocayo Espartero, pues no había
felicidad semejante a la suya. Bárbara manifestaba a su madre con gozo
discreto, que Baldomero no le daba el más mínimo disgusto; que los dos
caracteres se iban armonizando perfectamente, que él era bueno como el
mejor pan y que tenía mucho talento, un talento que se descubría donde
y como debe descubrirse, en las ocasiones. En cuanto estaba diez minutos
en la casa materna, ya no se la podía aguantar, porque se ponía
desasosegaba y buscaba pretextos para marcharse diciendo: «Me voy, que
está mi marido solo».

El idilio se acentuaba cada día, hasta el punto de que la madre de
Barbarita, disimulando su satisfacción, decía a esta: «Pero, hija, vais
a dejar tamañitos a los _Amantes de Teruel_». Los esposos salían a paseo
juntos todas las tardes. Jamás se ha visto a D. Baldomero II en un
teatro sin tener al lado a su mujer. Cada día, cada mes y cada año, eran
más tórtolos, y se querían y estimaban más. Muchos años después de
casados, parecía que estaban en la luna de miel. El marido ha mirado
siempre a su mujer como una criatura sagrada, y Barbarita ha visto
siempre en su esposo el hombre más completo y digno de ser amado que en
el mundo existe. Cómo se compenetraron ambos caracteres, cómo se formó
la conjunción inaudita de aquellas dos almas, sería muy largo de contar.
El señor y la señora de Santa Cruz, que aún viven y ojalá vivieran mil
años, son el matrimonio más feliz y más admirable del presente siglo.
Debieran estos nombres escribirse con letras de oro en los antipáticos
salones de la Vicaría, para eterna ejemplaridad de las generaciones
futuras, y debiera ordenarse que los sacerdotes, al leer la epístola de
San Pablo, incluyeran algún parrafito, en latín o castellano, referente
a estos excelsos casados. Doña Asunción Trujillo, que falleció en 1841
en un día triste de Madrid, el día en que fusilaron al general León,
salió de este mundo con el atrevido pensamiento de que para alcanzar la
bienaventuranza no necesitaba alegar más título que el de autora de
aquel cristiano casamiento. Y que no le disputara esta gloria Juana
Trujillo, madre de Baldomero, la cual había muerto el año anterior,
porque Asunción probaría ante todas las cancillerías celestiales que a
ella se le había ocurrido la sublime idea antes que a su prima.

Ni los años, ni las menudencias de la vida han debilitado nunca el
profundísimo cariño de estos benditos cónyuges. Ya tenían canas las
cabezas de uno y otro, y D. Baldomero decía a todo el que quisiera oírle
que amaba a su mujer _como el primer día_. Juntos siempre en el paseo,
juntos en el teatro, pues a ninguno de los dos le gusta la función si el
otro no la ve también. En todas las fechas que recuerdan algo dichoso
para la familia, se hacen recíprocamente sus regalitos, y para colmo de
felicidad, ambos disfrutan de una salud espléndida. El deseo final del
señor de Santa Cruz es que ambos se mueran juntos, el mismo día y a la
misma hora, en el mismo lecho nupcial en que han dormido toda su vida.

Les conocí en 1870. D. Baldomero tenía ya sesenta años, Barbarita
cincuenta y dos. Él era un señor de muy buena presencia, el pelo
entrecano, todo afeitado, colorado, fresco, más joven que muchos hombres
de cuarenta, con toda la dentadura completa y sana, ágil y bien
dispuesto, sereno y festivo, la mirada dulce, siempre la mirada aquella
de perrazo de Terranova. Su esposa pareciome, para decirlo de una vez,
una mujer guapísima, casi estoy por decir monísima. Su cara tenía la
frescura de las rosas cogidas, pero no ajadas todavía, y no usaba más
afeite que el agua clara. Conservaba una dentadura ideal y un cuerpo
que, aun sin corsé, daba quince y raya a muchas fantasmonas exprimidas
que andan por ahí. Su cabello se había puesto ya enteramente blanco, lo
cual la favorecía más que cuando lo tenía entrecano. Parecía pelo
empolvado a estilo Pompadour, y como lo tenía tan rizoso y tan bien
partido sobre la frente, muchos sostenían que ni allí había canas ni
Cristo que lo fundó. Si Barbarita presumiera, habría podido recortar muy
bien los cincuenta y dos años plantándose en los treinta y ocho, sin que
nadie le sacara la cuenta, porque la fisonomía y la expresión eran de
juventud y gracia, iluminadas por una sonrisa que era la pura miel...
Pues si hubiera querido presumir con malicia, ¡digo...!, a no ser lo
que era, una matrona respetabilísima con toda la sal de Dios en su
corazón, habría visto acudir los hombres como acuden las moscas a una de
esas frutas que, por lo muy maduras, principian a arrugarse, y les
chorrea por la corteza todo el azúcar.

¿Y Juanito? Pues Juanito fue esperado desde el primer año de aquel
matrimonio sin par. Los felices esposos contaban con él este mes, el que
viene y el otro, y estaban viéndole venir y deseándole como los judíos
al Mesías. A veces se entristecían con la tardanza; pero la fe que
tenían en él les reanimaba. Si tarde o temprano había de venir... era
cuestión de paciencia. Y el muy pillo puso a prueba la de sus padres,
porque se entretuvo diez años por allá, haciéndoles rabiar. No se dejaba
ver de Barbarita más que en sueños, en diferentes aspectos infantiles,
ya comiéndose los puños cerrados, la cara dentro de un gorro con muchos
encajes, ya talludito, con su escopetilla al hombro y mucha picardía en
los ojos. Por fin Dios le mandó en carne mortal, cuando los esposos
empezaron a quejarse de la Providencia y a decir que les había engañado.
Día de júbilo fue aquel de Septiembre de 1845 en que vino a ocupar su
puesto en el más dichoso de los hogares Juanito Santa Cruz. Fue padrino
del crío el gordo Arnaiz, quien dijo a Barbarita: «A mí no me la das tú.
Aquí ha habido matute. Este ternero lo has traído de la Inclusa para
engañamos... ¡Ah!, estos proteccionistas no son más que contrabandistas
disfrazados».

Criáronle con regalo y exquisitos cuidados, pero sin mimo. D. Baldomero
no tenía carácter para poner un freno a su estrepitoso cariño paternal,
ni para meterse en severidades de educación y formar al chico como le
formaron a él. Si su mujer lo permitiera, habría llevado Santa Cruz su
indulgencia hasta consentir que el niño hiciera en todo su real gana.
¿En qué consistía que habiendo sido él educado tan rígidamente por D.
Baldomero I, era todo blanduras con su hijo? ¡Efectos de la evolución
educativa, paralela de la evolución política! Santa Cruz tenía muy
presentes las ferocidades disciplinarias de su padre, los castigos que
le imponía, y las privaciones que le había hecho sufrir. Todas las
noches del año le obligaba a rezar el rosario con los dependientes de la
casa; hasta que cumplió los veinticinco nunca fue a paseo solo, sino en
corporación con los susodichos dependientes; el teatro no lo cataba sino
el día de Pascua, y le hacían un trajecito nuevo cada año, el cual no se
ponía más que los domingos. Teníanle trabajando en el escritorio o en el
almacén desde las nueve de la mañana a las ocho de la noche, y había de
servir para todo, lo mismo para mover un fardo que para escribir
cartas. Al anochecer, solía su padre echarle los tiempos por encender el
velón de cuatro mecheros antes de que las tinieblas fueran completamente
dueñas del local. En lo tocante a juegos, no conoció nunca más que el
mus, y sus bolsillos no supieron lo que era un cuarto hasta mucho
después del tiempo en que empezó a afeitarse. Todo fue rigor, trabajo,
sordidez. Pero lo más particular era que creyendo D. Baldomero que tal
sistema había sido eficacísimo para formarle a él, lo tenía por
deplorable tratándose de su hijo. Esto no era una falta de lógica, sino
la consagración práctica de la idea madre de aquellos tiempos, el
progreso. ¿Qué sería del mundo sin progreso?, pensaba Santa Cruz, y al
pensarlo sentía ganas de dejar al chico entregado a sus propios
instintos. Había oído muchas veces a los economistas que iban de
tertulia a casa de Cantero, la célebre frase _laissez aller, laissez
passer_... El gordo Arnaiz y su amigo Pastor, el economista, sostenían
que todos los grandes problemas se resuelven por sí mismos, y D. Pedro
Mata opinaba del propio modo, aplicando a la sociedad y a la política el
sistema de la medicina expectante. La naturaleza se cura sola; no hay
más que dejarla. Las fuerzas reparatrices lo hacen todo, ayudadas del
aire. El hombre se educa sólo en virtud de las suscepciones constantes
que determina en su espíritu la conciencia, ayudada del ambiente social.
D. Baldomero no lo decía así; pero sus vagas ideas sobre el asunto se
condensaban en una expresión de moda y muy socorrida: «el mundo marcha».

Felizmente para Juanito, estaba allí su madre, en quien se equilibraban
maravillosamente el corazón y la inteligencia. Sabía coger las
disciplinas cuando era menester, y sabía ser indulgente a tiempo. Si no
le pasó nunca por las mientes obligar a rezar el rosario a un chico que
iba a la Universidad y entraba en la cátedra de Salmerón, en cambio no
le dispensó del cumplimiento de los deberes religiosos más elementales.
Bien sabía el muchacho que si hacía novillos a la misa de los domingos,
no iría al teatro por la tarde, y que si no sacaba buenas notas en
Junio, no había dinero para el bolsillo, ni toros, ni excursiones por el
campo con Estupiñá (luego hablaré de este tipo) para cazar pájaros con
red o liga, ni los demás divertimientos con que se recompensaba su
aplicación.

Mientras estudió la segunda enseñanza en el colegio de Masarnau, donde
estaba a media pensión, su mamá le repasaba las lecciones todas las
noches, se las metía en el cerebro a puñados y a empujones, como se mete
la lana en un cojín. Ved por dónde aquella señora se convirtió en
sibila, intérprete de toda la ciencia humana, pues le descifraba al
niño los puntos oscuros que en los libros había, y aclaraba todas sus
dudas, allá como Dios le daba a entender. Para manifestar hasta dónde
llegaba la sabiduría enciclopédica de doña Bárbara, estimulada por el
amor materno, baste decir que también le traducía los temas de latín,
aunque en su vida había ella sabido palotada de esta lengua. Verdad que
era traducción libre, mejor dicho, liberal, casi demagógica. Pero Fedro
y Cicerón no se hubieran incomodado si estuvieran oyendo por encima del
hombro de la maestra, la cual sacaba inmenso partido de lo poco que el
discípulo sabía. También le cultivaba la memoria, descargándosela de
fárrago inútil, y le hacía ver claros los problemas de aritmética
elemental, valiéndose de garbanzos o judías, pues de otro modo no andaba
ella muy a gusto por aquellos derroteros. Para la Historia Natural,
solía la maestra llamar en su auxilio al león del Retiro, y únicamente
en la Química se quedaban los dos parados, mirándose el uno al otro,
concluyendo ella por meterle en la memoria las fórmulas, después de
observar que estas cosas no las entienden más que los boticarios, y que
todo se reduce a si se pone más o menos cantidad de agua del pozo.
Total: que cuando Juan se hizo bachiller en Artes, Barbarita declaraba
riendo que con estos teje-manejes se había vuelto, sin saberlo, una doña
Beatriz Galindo para latines y una catedrática universal.




--v--


En este interesante periodo de la crianza del heredero, desde el 45 para
acá, sufrió la casa de Santa Cruz la transformación impuesta por los
tiempos, y que fue puramente externa, continuando inalterada en lo
esencial. En el escritorio y en el almacén aparecieron los primeros
mecheros de gas hacia el año 49, y el famoso velón de cuatro luces
recibió tan tremenda bofetada de la dura mano del progreso, que no se le
volvió a ver más por ninguna parte. En la caja habían entrado ya los
primeros billetes del Banco de San Fernando, que sólo se usaban para el
pago de letras, pues el público los miraba aún con malos ojos. Se
hablaba aún de talegas, y la operación de contar cualquier cantidad era
obra para que la desempeñara Pitágoras u otro gran aritmético, pues con
los doblones y ochentines, las pesetas catalanas, los duros españoles,
los de veintiuno y cuartillo, las onzas, las pesetas columnarias y las
monedas macuquinas, se armaba un belén espantoso.

Aún no se conocían el sello de correo, ni los sobres ni otras conquistas
del citado progreso. Pero ya los dependientes habían empezado a
sacudirse las cadenas; ya no eran aquellos parias del tiempo de D.
Baldomero I, a quienes no se permitía salir sino los domingos y en
comunidad, y cuyo vestido se confeccionaba por un patrón único, para que
resultasen uniformados como colegiales o presidiarios. Se les dejaba
concurrir a los bailes de Villahermosa o de candil, según las aficiones
de cada uno. Pero en lo que no hubo variación fue en aquel piadoso
atavismo de hacerles rezar el rosario todas las noches. Esto no pasó a
la historia hasta la época reciente del traspaso a _los Chicos_.
Mientras fue D. Baldomero jefe de la casa, esta no se desvió en lo
esencial de los ejes diamantinos sobre que la tenía montada el padre, a
quien se podría llamar _D. Baldomero el Grande_. Para que el progreso
pusiera su mano en la obra de aquel hombre extraordinario, cuyo retrato,
debido al pincel de D. Vicente López, hemos contemplado con satisfacción
en la sala de sus ilustres descendientes, fue preciso que todo Madrid se
transformase; que la desamortización edificara una ciudad nueva sobre
los escombros de los conventos; que el Marqués de Pontejos adecentase
este lugarón; que las reformas arancelarias del 49 y del 68, pusieran
patas arriba todo el comercio madrileño; que el grande ingenio de
Salamanca idease los primeros ferrocarriles; que Madrid se _colocase_,
por arte del vapor, a cuarenta horas de París, y por fin, que hubiera
muchas guerras y revoluciones y grandes trastornos en la riqueza
individual.

También la casa de Gumersindo Arnaiz, hermano de Barbarita, ha pasado
por grandes crisis y mudanzas desde que murió D. Bonifacio. Dos años
después del casamiento de su hermana con Santa Cruz, casó Gumersindo con
Isabel Cordero, hija de D. Benigno Cordero, mujer de gran disposición,
que supo ver claro en el negocio de tiendas y ha sido la salvadora de
aquel acreditado establecimiento. Comprometido éste del 40 al 45, por
los últimos errores del difunto Arnaiz, se defendió con los _mahones_,
aquellas telas ligeras y frescas que tanto se usaron hasta el 54. El
género de China decaía visiblemente. Las galeras aceleradas iban
trayendo a Madrid cada día con más presteza las novedades parisienses, y
se apuntaba la invasión lenta y tiránica de los medios colores, que
pretenden ser signo de cultura. La sociedad española empezaba a presumir
de _seria_; es decir, a vestirse lúgubremente, y el alegre imperio de
los colorines se derrumbaba de un modo indudable. Como se habían ido las
capas rojas, se fueron los pañuelos de Manila. La aristocracia los cedía
con desdén a la clase media, y esta, que también quería ser aristócrata,
entregábalos al pueblo, último y fiel adepto de los matices vivos. Aquel
encanto de los ojos, aquel prodigio de color, remedo de la naturaleza
sonriente, encendida por el sol de Mediodía, empezó a perder terreno,
aunque el pueblo, con instinto de colorista y poeta, defendía la prenda
española como defendió el parque de Monteleón y los reductos de
Zaragoza. Poco a poco iba cayendo el chal de los hombros de las mujeres
hermosas, porque la sociedad se empeñaba en parecer grave, y para ser
grave nada mejor que envolverse en tintas de tristeza. Estamos bajo la
influencia del Norte de Europa, y ese maldito Norte nos impone los
grises que toma de su ahumado cielo. El sombrero de copa da mucha
respetabilidad a la fisonomía, y raro es el hombre que no se cree
importame sólo con llevar sobre la cabeza un cañón de chimenea. Las
señoras no se tienen por tales si no van vestidas de color de hollín,
ceniza, rapé, verde botella o pasa de corinto. Los tonos vivos las
encanallan, porque el pueblo ama el rojo bermellón, el amarillo tila, el
cadmio y el verde forraje; y está tan arraigado en la plebe el
sentimiento del color, que la _seriedad_ no ha podido establecer su
imperio sino transigiendo. El pueblo ha aceptado el oscuro de las capas,
imponiendo el rojo de las vueltas; ha consentido las capotas,
conservando las mantillas y los pañuelos chillones para la cabeza; ha
transigido con los gabanes y aun con el _polisón_, a cambio de las
toquillas de gama clara, en que domina el celeste, el rosa y el amarillo
de Nápoles. El crespón es el que ha ido decayendo desde 1840, no sólo
por la citada evolución de la _seriedad_ europea, que nos ha cogido de
medio a medio, sino por causas económicas a las que no podíamos
sustraernos.

Las comunicaciones rápidas nos trajeron mensajeros de la potente
industria belga, francesa e inglesa, que necesitaban mercados. Todavía
no era moda ir a buscarlos al África, y los venían a buscar aquí,
cambiando cuentas de vidrio por pepitas de oro; es decir, lanillas,
cretonas y merinos, por dinero contante o por obras de arte. Otros
mensajeros saqueaban nuestras iglesias y nuestros palacios, llevándose
los brocados históricos de casullas y frontales, el tisú y los
terciopelos con bordados y aplicaciones, y otras muestras riquísimas de
la industria española. Al propio tiempo arramblaban por los espléndidos
pañuelos de Manila, que habían ido descendiendo hasta las gitanas.
También se dejó sentir aquí, como en todas partes, el efecto de otro
fenómeno comercial, hijo del progreso. Refiérome a los grandes
acaparamientos del comercio inglés, debidos al desarrollo de su inmensa
marina. Esta influencia se manifestó bien pronto en aquellos humildes
rincones de la calle de Postas por la depreciación súbita del género de
la China. Nada más sencillo que esta depreciación. Al fundar los
ingleses el gran depósito comercial de Singapore, monopolizaron el
tráfico del Asia y arruinaron el comercio que hacíamos por la vía de
Cádiz y cabo de Buena Esperanza con aquellas apartadas regiones. Ayún y
Senquá dejaron de ser nuestros mejores amigos, y se hicieron amigos de
los ingleses. El sucesor de estos artistas, el fecundo e inspirado
King--Cheong se cartea en inglés con nuestros comerciantes y da sus
precios en libras esterlinas. Desde que Singapore apareció en la
geografía práctica, el género de Cantón y Shangai dejó de venir en
aquellas pesadas fragatonas de los armadores de Cádiz, los Fernández de
Castro, los Cuesta, los Rubio; y la dilatada travesía del Cabo pasó a la
historia como apéndice de los fabulosos trabajos de Vasco de Gama y de
Alburquerque. La vía nueva trazáronla los vapores ingleses combinados
con el ferrocarril de Suez.

Ya en 1840 las casas que traían directamente el género de Cantón no
podían competir con las que lo encargaban a Liverpool. Cualquier
mercachifle de la calle de Postas se proveía de este artículo sin ir a
tomarlo en los dos o tres depósitos que en Madrid había. Después las
corrientes han cambiado otra vez, y al cabo de muchos años ha vuelto a
traer España directamente las obras de King--Cheong; mas para esto ha
sido preciso que viniera la gran vigorización del comercio después del
68 y la robustez de los capitales de nuestros días.

El establecimiento de Gumersindo Arnaiz se vio amenazado de ruina,
porque las tres o cuatro casas cuya especialidad era como una herencia o
traspaso de la Compañía de Filipinas, no podían seguir monopolizando la
pañolería y demás artes chinescas. Madrid se inundaba de género a precio
más bajo que el de las facturas de D. Bonifacio Arnaiz, y era preciso
realizar de cualquier modo. Para compensar las pérdidas de la
_quemazón_, urgía plantear otro negocio, buscar nuevos caminos, y aquí
fue donde lució sus altas dotes Isabel Cordero, esposa de Gumersindo,
que tenía más pesquis que este. Sin saber pelotada de Geografía,
comprendía que había un Singapore y un istmo de Suez.

Adivinaba el fenómeno comercial, sin acertar a darle nombre, y en vez de
echar maldiciones contra los ingleses, como hacía su marido, se dio a
discurrir el mejor remedio. ¿Qué corrientes seguirían? La más marcada
era la de las _novedades_, la de la influencia de la fabricación
francesa y belga, en virtud de aquella ley de los grises del Norte,
invadiendo, conquistando y anulando nuestro ser colorista y romancesco.
El vestir se anticipaba al pensar y cuando aún los versos no habían sido
desterrados por la prosa, ya la lana había hecho trizas a la seda.

«Pues apechuguemos con las _novedades_» dijo Isabel a su marido,
observando aquel furor de modas que le entraba a esta sociedad y el afán
que todos los madrileños sentían de ser elegantes _con seriedad_. Era,
por añadidura, la época en que la clase media entraba de lleno en el
ejercicio de sus funciones, apandando todos los empleos creados por el
nuevo sistema político y administrativo, comprando a plazos todas las
fincas que habían sido de la Iglesia, constituyéndose en propietaria del
suelo y en usufructuaria del presupuesto, absorbiendo en fin los
despojos del absolutismo y del clero, y fundando el imperio de la
levita. Claro es que la levita es el símbolo; pero lo más interesante de
tal imperio está en el vestir de las señoras, origen de energías
poderosas, que de la vida privada salen a la pública y determinan hechos
grandes. ¡Los trapos, ay! ¿Quién no ve en ellos una de las principales
energías de la época presente, tal vez una causa generadora de
movimiento y vida? Pensad un poco en lo que representan, en lo que
valen, en la riqueza y el ingenio que consagra a producirlos la ciudad
más industriosa del mundo, y sin querer, vuestra mente os presentará
entre los pliegues de las telas de moda todo nuestro organismo
mesocrático, ingente pirámide en cuya cima hay un sombrero de copa; toda
la máquina política y administrativa, la deuda pública y los
ferrocarriles, el presupuesto y las rentas, el Estado tutelar y el
parlamentarismo socialista.

Pero Gumersindo e Isabel habían llegado un poco tarde, porque las
_novedades_ estaban en manos de mercaderes listos, que sabían ya el
camino de París. Arnaiz fue también allá; mas no era hombre de gusto y
trajo unos adefesios que no tuvieron aceptación. La Cordero, sin
embargo, no se desanimaba. Su marido empezaba a atontarse; ella a _ver
claro_. Vio que las costumbres de Madrid se transformaban rápidamente,
que esta orgullosa Corte iba a pasar en poco tiempo de la condición de
aldeota indecente a la de capital civilizada. Porque Madrid no tenía de
metrópoli más que el nombre y la vanidad ridícula. Era un payo con
casaca de gentil-hombre y la camisa desgarrada y sucia. Por fin el
paleto se disponía a ser señor de verdad. Isabel Cordero, que se
anticipaba a su época, presintió la traída de aguas del Lozoya, en
aquellos veranos ardorosos en que el Ayuntamiento refrescaba y
alimentaba las fuentes del Berro y de la Teja con cubas de agua sacada
de los pozos; en aquellos tiempos en que los portales eran sentinas y en
que los vecinos iban de un cuarto a otro con el pucherito en la mano,
pidiendo por favor un poco de agua para afeitarse.

La perspicaz mujer vio el porvenir, oyó hablar del gran proyecto de
Bravo Murillo, como de una cosa que ella había sentido en su alma. Por
fin Madrid, dentro de algunos años, iba a tener raudales de agua
distribuidos en las calles y plazas, y adquiriría la costumbre de
lavarse, por lo menos, la cara y las manos. Lavadas estas partes, se
lavaría después otras. Este Madrid, que entonces era futuro, se le
representó con visiones de camisas limpias en todas las clases, de
mujeres ya acostumbradas a mudarse todos los días, y de señores que eran
la misma pulcritud. De aquí nació la idea de dedicar la casa al género
blanco, y arraigada fuertemente la idea, poco a poco se fue haciendo
realidad. Ayudado por D. Baldomero y Arnaiz, Gumersindo empezó a traer
batistas finísimas de Inglaterra, holandas y escocias, irlandas y
madapolanes, _nansouk_ y cretonas de Alsacia, y la casa se fue
levantando no sin trabajo de su postración hasta llegar a adquirir una
prosperidad relativa. Complemento de este negocio _en blanco_, fueron la
damasquería gruesa, los cutíes para colchones y la mantelería de
Courtray que vino a ser _especialidad_ de la casa, como lo decía un
rótulo añadido al letrero antiguo de la tienda. Las puntillas y
encajería mecánica vinieron más tarde, siendo tan grandes los pedidos de
Arnaiz, que una fábrica de Suiza trabajaba sólo para él. Y por fin, las
crinolinas dieron al establecimiento buenas ganancias. Isabel Cordero,
que había presentido el Canal del Lozoya, presintió también el
miriñaque; que los franceses llamaban _Malakoff_, invención absurda que
parecía salida de un cerebro enfermo de tanto pensar en la dirección de
los globos.

De la pañolería y artículos asiáticos, sólo quedaban en la casa por los
años del 50 al 60 tradiciones religiosamente conservadas. Aún había
alguna torrecilla de marfil, y buena porción de mantones ricos de alto
precio en cajas primorosas. Era quizás Gumersindo la persona que en
Madrid tenía más arte para doblarlos, porque ha de saberse que doblar un
crespón era tarea tan difícil como hinchar un perro. No sabían hacerlo
sino los que de antiguo tenían la costumbre de manejar aquel artículo,
por lo cual muchas damas, que en algún baile de máscaras se ponían el
chal, lo mandaban al día siguiente, con la caja, a la tienda de
Gumersindo Arnaiz, para que este lo doblase según arte tradicional, es
decir, dejando oculta la rejilla de a tercia y el fleco de a cuarta, y
visible en el cuartel superior el dibujo central. También se conservaban
en la tienda los dos maniquís vestidos de mandarines. Se pensó en
retirarlos, porque ya estaban los pobres un poco tronados; pero
Barbarita se opuso, porque dejar de verlos allí haciendo juego con la
fisonomía lela y honrada del Sr. de Ayún, era como si enterrasen a
alguno de la familia; y aseguró que si su hermano se obstinaba en
quitarlos, ella se los llevaría a su casa para ponerlos en el comedor,
haciendo juego con los aparadores.




--vi--


Aquella gran mujer, Isabel Cordero de Arnaiz, dotada de todas las
agudezas del traficante y de todas las triquiñuelas económicas del ama
de gobierno, fue agraciada además por el Cielo con una fecundidad
prodigiosa. En 1845, cuando nació Juanito, ya había tenido ella cinco, y
siguió pariendo con la puntualidad de los vegetales que dan fruto cada
año. Sobre aquellos cinco hay que apuntar doce más en la cuenta; total,
diez y siete partos, que recordaba asociándolos a fechas célebres del
reinado de Isabel II. «Mi primer hijo--decía--nació cuando vino la tropa
carlista hasta las tapias de Madrid. Mi Jacinta nació cuando se casó la
Reina, con pocos días de diferencia. Mi Isabelita vino al mundo el día
mismo en que el cura Merino le pegó la puñalada a Su Majestad, y tuve a
Rupertito el día de San Juan del 58, el mismo día que se inauguró la
traída de aguas».

Al ver la estrecha casa, se daba uno a pensar que la ley de
impenetrabilidad de los cuerpos fue el pretexto que tomó la muerte para
mermar aquel bíblico rebaño. Si los diez y siete chiquillos hubieran
vivido, habría sido preciso ponerlos en los balcones como los tiestos, o
colgados en jaulas de machos de perdiz. El garrotillo y la escarlatina
fueron entresacando aquella mies apretada, y en 1870 no quedaban ya más
que nueve. Los dos primeros volaron a poco de nacidos. De tiempo en
tiempo se moría uno, ya crecidito, y se aclaraban las filas. En no sé
qué año, se murieron tres con intervalo de cuatro meses. Los que
rebasaron de los diez años, se iban criando regularmente.

He dicho que eran nueve. Falta consignar que de estas nueve cifras,
siete correspondían al sexo femenino. ¡Vaya una plaga que le había caído
al bueno de Gumersindo! ¿Qué hacer con siete chiquillas? Para guardarlas
cuando fueran mujeres, se necesitaba un cuerpo de ejército. ¿Y cómo
casarlas bien a todas? ¿De dónde iban a salir siete maridos buenos?
Gumersindo, siempre que de esto se le hablaba, echábalo a broma,
confiando en la buena mano que tenía su mujer para todo.
«Verán--decía--, cómo saca ella de debajo de las piedras siete yernos de
primera». Pero la fecunda esposa no las tenía todas consigo. Siempre que
pensaba en el porvenir de sus hijas se ponía triste; y sentía como
remordimientos de haber dado a su marido una familia que era un problema
económico. Cuando hablaba de esto con su cuñada Barbarita, lamentábase
de parir hembras como de una responsabilidad. Durante su campaña
prolífica, desde el 38 al 60, acontecía que a los cuatro o cinco meses
de haber dado a luz, ya estaba otra vez en cinta. Barbarita no se
tomaba el trabajo de preguntárselo, y lo daba por hecho. «Ahora--le
decía--, vas a tener un muchacho». Y la otra, enojada, echando pestes
contra su fecundidad, respondía: «Varón o hembra, estos regalos debieran
ser para ti. A ti debiera Dios darte un canario de alcoba todos los
años».

Las ganancias del establecimiento no eran escasas; pero los esposos
Arnaiz no podían llamarse ricos, porque con tanto parto y tanta muerte
de hijos y aquel familión de hembras la casa no acababa de florecer como
debiera. Aunque Isabel hacía milagros de arreglo y economía, el
considerable gasto cotidiano quitaba al establecimiento mucha savia.
Pero nunca dejó de cumplir Gumersindo sus compromisos comerciales, y si
su capital no era grande, tampoco tenía deudas. El _quid_ estaba en
colocar bien las siete chicas, pues mientras esta tremenda campaña
matrimoñesca no fuera coronada por un éxito brillante, en la casa no
podía haber grandes ahorros.

Isabel Cordero era, veinte años ha, una mujer desmejorada, pálida,
deforme de talle, como esas personas que parece se están desbaratando y
que no tienen las partes del cuerpo en su verdadero sitio. Apenas se
conocía que había sido bonita. Los que la trataban no podían
imaginársela en estado distinto del que se llama interesante, porque el
barrigón parecía en ella cosa normal, como el color de la tez o la
forma de la nariz. En tal situación y en los breves periodos que tenía
libres, su actividad era siempre la misma, pues hasta el día de caer en
la cama estaba sobre un pie, atendiendo incansable al complicado
gobierno de aquella casa. Lo mismo funcionaba en la cocina que en el
escritorio, y acabadita de poner la enorme sartén de migas para la cena
o el calderón de patatas, pasaba a la tienda a que su marido la enterase
de las facturas que acababa de recibir o de los avisos de letras.
Cuidaba principalmente de que sus niñas no estuviesen ociosas. Las más
pequeñas y los varoncitos iban a la escuela; las mayores trabajaban en
el gabinete de la casa, ayudando a su madre en el repaso de la ropa, o
en acomodar al cuerpo de los varones las prendas desechadas del padre.
Alguna de ellas se daba maña para planchar; solían también lavar en el
gran artesón de la cocina, y zurcir y echar un remiendo. Pero en lo que
mayormente sobresalían todas era en el arte de arreglar sus propios
perendengues. Los domingos, cuando su mamá las sacaba a paseo, en larga
procesión, iban tan bien apañaditas que daba gusto verlas. Al ir a misa,
desfilaban entre la admiración de los fieles; porque conviene apuntar
que eran muy monas. Desde las dos mayores que eran ya mujeres, hasta la
última, que era una miniaturita, formaban un rebaño interesantísimo que
llamaba la atención por el número y la escala gradual de las tallas.
Los conocidos que las veían entrar, decían: «ya está ahí doña Isabel con
el muestrario». La madre, peinada con la mayor sencillez, sin ningún
adorno, flácida, pecosa y desprovista ya de todo atractivo personal que
no fuera la respetabilidad, pastoreaba aquel rebaño, llevándolo por
delante como los paveros en Navidad.

¡Y que no pasaba flojos apuros la pobre para salir airosa en aquel papel
inmenso! A Barbarita le hacía ordinariamente sus confidencias. «Mira,
hija, algunos meses me veo tan agonizada, que no sé qué hacer. Dios me
protege, que si no... Tú no sabes lo que es vestir siete hijas. Los
varones, con los desechos de la ropa de su padre que yo les arreglo, van
tirando. ¡Pero las niñas!... ¡Y con estas modas de ahora y este
suponer!... ¿Viste la pieza de merino azul?, pues no fue bastante y tuve
que traer diez varas más. ¡Nada te quiero decir del ramo de zapatos!
Gracias que dentro de casa la que se me ponga otro calzado que no sea
las alpargatitas de cáñamo, ya me tiene hecha una leona. Para llenarles
la barriga, me defiendo con las patatas y las migas. Este año he
suprimido los estofados. Sé que los dependientes refunfuñan; pero no me
importa. Que vayan a otra parte donde los traten mejor. ¿Creerás que un
quintal de carbón se me va como un soplo? Me traigo a casa dos arrobas
de aceite, y a los pocos días... pif... parece que se lo han chupado las
lechuzas. Encargo a Estupiñá dos o tres quintales de patatas, hija, y
como si no trajera nada». En la casa había dos mesas. En la primera
comían el principal y su señora, las niñas, el dependiente más antiguo y
algún pariente, como Primitivo Cordero cuando venía a Madrid de su finca
de Toledo, donde residía. A la segunda se sentaban los dependientes
menudos y los dos hijos, uno de los cuales hacía su aprendizaje en la
tienda de blondas de Segundo Cordero. Era un total de diez y siete o
diez y ocho bocas. El gobierno de tal casa, que habría rendido a
cualquiera mujer, no fatigaba visiblemente a Isabel. A medida que las
niñas iban creciendo, disminuía para la madre parte del trabajo
material; pero este descanso se compensaba con el exceso de vigilancia
para guardar el rebaño, cada vez más perseguido de lobos y expuesto a
infinitas asechanzas. Las chicas no eran malas, pero eran jovenzuelas, y
ni Cristo Padre podía evitar los atisbos por el único balcón de la casa
o por la ventanucha que daba al callejón de San Cristóbal. Empezaban a
entrar en la casa cartitas, y a desarrollarse esas intrigüelas inocentes
que son juegos de amor, ya que no el amor mismo. Doña Isabel estaba
siempre con cada ojo como un farol, y no las perdía de vista un momento.
A esta fatiga ruda del espionaje materno uníase el trabajo de exhibir y
airear el muestrario, por ver si caía algún parroquiano o por otro
nombre, marido. Era forzoso _hacer el artículo_, y aquella gran mujer,
negociante en hijas, no tenía más remedio que vestirse y concurrir con
su _género_ a tal o cual tertulia de amigas, porque si no lo hacía,
ponían las nenas unos morros que no se las podía aguantar. Era también
de rúbrica el paseíto los domingos, en corporación, las niñas muy bien
arregladitas con cuatro pingos que parecían lo que no eran, la mamá muy
estirada de guantes, que le imposibilitaban el uso de los dedos, con
manguito que le daba un calor excesivo a las manos, y su buena
cachemira. Sin ser vieja lo parecía.

Dios, al fin, apreciando los méritos de aquella heroína, que ni un punto
se apartaba de su puesto en el combate social, echó una mirada de
benevolencia sobre el muestrario y después lo bendijo. La primera chica
que se casó fue la segunda, llamada Candelaria, y en honor de la verdad,
no fue muy lucido aquel matrimonio. Era el novio un buen muchacho,
dependiente en la camisería de la viuda de Aparisi. Llamábase Pepe
Samaniego y no tenía más fortuna que sus deseos de trabajar y su
honradez probada. Su apellido se veía mucho en los rótulos del comercio
menudo. Un tío suyo era boticario en la calle del Ave María. Tenía un
primo pescadero, otro tendero de capas en la calle de la Cruz, otro
prestamista, y los demás, lo mismo que sus hermanos, eran todos
horteras. Pensaron primero los de Arnaiz oponerse a aquella unión; mas
pronto se hicieron esta cuenta: «No están los tiempos para hilar muy
delgado en esto de los maridos. Hay que tomar todo lo que se presente,
porque son siete a colocar. Basta con que el chico sea formal y
trabajador».

Casose luego la mayor, llamada Benigna en memoria de su abuelito el
héroe de Boteros. Esta sí que fue buena boda. El novio era Ramón
Villuendas, hijo mayor del célebre cambiante de la calle de Toledo; gran
casa, fortuna sólida. Era ya viudo con dos chiquillos, y su parentela
ofrecía variedad chocante en orden de riqueza. Su tío D. Cayetano
Villuendas estaba casado con Eulalia hermana del marqués de Casa--Muñoz,
y poseía muchos millones; en cambio, había un Villuendas tabernero y
otro que tenía un tenducho de percales y bayetas llamado _El Buen
Gusto_. El parentesco de los Villuendas pobres con los ricos no se veía
muy claro; pero parientes eran y muchos de ellos se trataban y se
tuteaban.

La tercera de las chicas, llamada Jacinta, pescó marido al año
siguiente. ¡Y qué marido!... Pero al llegar aquí, me veo precisado a
cortar esta hebra, y paso a referir ciertas cosas que han de preceder a
la boda de Jacinta.





-III-

Estupiñá




--i--


En la tienda de Arnaiz, junto a la reja que da a la calle de San
Cristóbal, hay actualmente tres sillas de madera curva de Viena, las
cuales sucedieron hace años a un banco sin respaldo forrado de hule
negro, y este bando tuvo por antecesor a un arcón o caja vacía. Aquélla
era la sede de la inmemorial tertulia de la casa. No había tienda sin
tertulia, como no podía haberla sin mostrador y santo tutelar. Era esto
un servicio suplementario que el comercio prestaba a la sociedad en
tiempos en que no existían casinos, pues aunque había sociedades
secretas y clubs y cafés más o menos patrióticos, la gran mayoría de los
ciudadanos pacíficos no iba a ellos, prefiriendo charlar en las tiendas.
Barbarita tiene aún reminiscencias vagas de la tertulia en los tiempos
de su niñez. Iba un fraile muy flaco que era el padre Alelí, un señor
pequeñito con anteojos, que era el papá de Isabel, algunos militares y
otros tipos que se confundían en su mente con las figuras de los dos
mandarines.

Y no sólo se hablaba de asuntos políticos y de la guerra civil, sino de
cosas del comercio. Recuerda la señora haber oído algo acerca de los
primeros fósforos o mistos que vinieron al mercado, y aun haberlos
visto. Era como una botellita en la cual se metía la cerilla, y salía
echando lumbre. También oyó hablar de las primeras alfombras de moqueta,
de los primeros colchones de muelles, y de los primeros ferrocarriles,
que alguno de los tertulios había visto en el extranjero, pues aquí ni
asomos de ellos había todavía. Algo se apuntó allí sobre el billete de
Banco, que en Madrid no fue papel-moneda corriente hasta algunos años
después, y sólo se usaba entonces para los pagos fuertes de la banca.
Doña Bárbara se acuerda de haber visto el primer billete que llevaron a
la tienda como un objeto de curiosidad, y todos convinieron en que era
mejor una onza. El gas fue muy posterior a esto.

La tienda se transformaba; pero la tertulia era siempre la misma en el
curso lento de los años. Unos habladores se iban y venían otros. No
sabemos a qué época fija se referirían estos párrafos sueltos que al
vuelo cogía Barbarita cuando, ya casada, entraba en la tienda a
descansar un ratito, de vuelta de paseo o de compras: «¡Qué hermosotes
iban esta mañana los del _tercero de fusileros_ con sus pompones
nuevos!»... «El Duque ha oído misa hoy en las Calatravas. Iba con Linaje
y con San Miguel»...

«¿Sabe usted, Estupiñá, lo que dicen ahora? Pues dicen que los ingleses
proyectan construir barcos de _fierro_».

El llamado Estupiñá debía de ser indispensable en todas las tertulias de
tiendas, porque cuando no iba a la de Arnaiz, todo se volvía preguntar:
«Y Plácido, ¿qué es de él?». Cuando entraba le recibían con
exclamaciones de alegría, pues con su sola presencia animaba la
conversación. En 1871 conocí a este hombre, que fundaba su vanidad en
_haber visto toda la historia de España_ en el presente siglo. Había
venido al mundo en 1803 y se llamaba hermano de fecha de Mesonero
Romanos, por haber nacido, como este, el 19 de Julio del citado año. Una
sola frase suya probará su inmenso saber en esa historia viva que se
aprende con los ojos: «Vi a José I como le estoy viendo a usted ahora».
Y parecía que se relamía de gusto cuando le preguntaban: «¿Vio usted al
duque de Angulema, a lord Wellington?...». «Pues ya lo creo». Su
contestación era siempre la misma: «Como le estoy viendo a usted». Hasta
llegaba a incomodarse cuando se le interrogaba en tono dubitativo. «¡Que
si vi entrar a María Cristina!... Hombre, si eso es de ayer...». Para
completar su erudición ocular, hablaba del _aspecto que presentaba
Madrid_ el 1.º de Septiembre de 1840, como si fuera cosa de la semana
pasada. Había visto morir a Canterac; ajusticiar a Merino, «nada menos
que sobre el propio patíbulo», por ser él hermano de la Paz y Caridad;
había visto matar a Chico..., precisamente ver no, pero oyó los tiritos,
hallándose en la calle de las Velas; había visto a Fernando VII el 7 de
Julio cuando salió al balcón a decir a los milicianos que _sacudieran_ a
los de la Guardia; había visto a Rodil y al sargento García arengando
desde otro balcón, el año 36; había visto a O'Donnell y Espartero
abrazándose, a Espartero solo saludando al pueblo, a O'Donnell solo,
todo esto en un balcón, y por fin, en un balcón había visto también en
fecha cercana a otro personaje diciendo a gritos que se habían acabado
los Reyes. La historia que Estupiñá sabía estaba escrita en los
balcones.

La biografía mercantil de este hombre es tan curiosa como sencilla. Era
muy joven cuando entró de hortera en casa de Arnaiz, y allí sirvió
muchos años, siempre bien quisto del principal por su honradez
acrisolada y el grandísimo interés con que miraba todo lo concerniente
al establecimiento. Y a pesar de tales prendas, Estupiñá no era un buen
dependiente. Al despachar, entretenía demasiado a los parroquianos, y si
le mandaban con un recado o comisión a la Aduana, tardaba tanto en
volver, que muchas veces creyó D. Bonifacio que le habían llevado preso.
La singularidad de que teniendo Plácido estas mañas, no pudieran los
dueños de la tienda prescindir de él, se explica por la ciega confianza
que inspiraba, pues estando él al cuidado de la tienda y de la caja, ya
podían Arnaiz y su familia echarse a dormir. Era su fidelidad tan grande
como su humildad, pues ya le podían reñir y decirle cuantas perrerías
quisieran, sin que se incomodase. Por esto sintió mucho Arnaiz que
Estupiñá dejara la casa en 1837, cuando se le antojó establecerse con
los dineros de una pequeña herencia. Su principal, que le conocía bien,
hacía lúgubres profecías del porvenir comercial de Plácido, trabajando
por su cuenta.

Prometíaselas él muy felices en la tienda de bayetas y paños del Reino
que estableció en la Plaza Mayor, junto a la Panadería. No puso
dependientes, porque la cortedad del negocio no lo consentía; pero su
tertulia fue la más animada y dicharachera de todo el barrio. Y ved aquí
el secreto de lo poco que dio de sí el establecimiento, y la
justificación de los vaticinios de D. Bonifacio. Estupiñá tenía un vicio
hereditario y crónico, contra el cual eran impotentes todas las demás
energías de su alma; vicio tanto más avasallador y terrible cuanto más
inofensivo parecía. No era la bebida, no era el amor, ni el juego ni el
lujo; era la conversación. Por un rato de palique era Estupiñá capaz de
dejar que se llevaran los demonios el mejor negocio del mundo. Como él
pegase la hebra con gana, ya podía venirse el cielo abajo, y antes le
cortaran la lengua que la hebra. A su tienda iban los habladores más
frenéticos, porque el vicio llama al vicio. Si en lo más sabroso de su
charla entraba alguien a comprar, Estupiñá le ponía la cara que se pone
a los que van a dar sablazos. Si el género pedido estaba sobre el
mostrador, lo enseñaba con gesto rápido, deseando que acabase pronto la
interrupción; pero si estaba en lo alto de la anaquelería, echaba hacia
arriba una mirada de fatiga, como el que pide a Dios paciencia,
diciendo: «¿Bayeta amarilla? Mírela usted. Me parece que es angosta para
lo que usted la quiere». Otras veces dudaba o aparentaba dudar si tenía
lo que le pedían. «¿Gorritas para niño? ¿Las quiere usted de visera de
hule?... Sospecho que hay algunas, pero son de esas que no se usan
ya...».

Si estaba jugando al tute o al mus, únicos juegos que sabía y en los que
era maestro, primero se hundía el mundo que apartar él su atención de
las cartas. Era tan fuerte el ansia de charla y de trato social, se lo
pedía el cuerpo y el alma con tal vehemencia, que si no iban habladores
a la tienda no podía resistir la comezón del vicio, echaba la llave, se
la metía en el bolsillo y se iba a otra tienda en busca de aquel licor
palabrero con que se embriagaba. Por Navidad, cuando se empezaban a
armar los puestos de la Plaza, el pobre tendero no tenía valor para
estarse metido en aquel cuchitril oscuro. El sonido de la voz humana, la
luz y el rumor de la calle eran tan necesarios a su existencia como el
aire. Cerraba, y se iba a dar conversación a las mujeres de los puestos.
A todas las conocía, y se enteraba de lo que iban a vender y de cuanto
ocurriera en la familia de cada una de ellas. Pertenecía, pues, Estupiñá
a aquella raza de tenderos, de la cual quedan aún muy pocos ejemplares,
cuyo papel en el mundo comercial parece ser la atenuación de los males
causados por los excesos de la oferta impertinente, y disuadir al
consumidor de la malsana inclinación a gastar el dinero. «D. Plácido,
¿tiene usted pana azul?».--«¡Pana azul!, ¿y quién te mete a ti en esos
lujos? Sí que la tengo; pero es cara para ti». --«Enséñemela usted... y
a ver si me la arregla»... Entonces hacía el hombre un desmedido
esfuerzo, como quien sacrifica al deber sus sentimientos y gustos más
queridos, y bajaba la pieza de tela. «Vaya, aquí está la pana. Si no la
has de comprar, si todo es gana de moler, ¿para qué quieres verla?
¿Crees que yo no tengo nada qué hacer?».--«Lo que dije; estas mujeres
marean a Cristo. Hay otra clase, sí señora. ¿La compras, sí o no? A
veinte y dos reales, ni un cuarto menos».--«Pero déjela ver... ¡ay qué
hombre! ¿Cree que me voy a comer la pieza?»... «A veinte y dos
realetes». --«¡Ande y que lo parta un rayo!».--«Que te parta a ti, mal
criada, respondona, tarasca...».

Era muy fino con las señoras de alto copete. Su afabilidad tenía tonos
como este: «¿La cúbica? Sí que la hay. ¿Ve usted la pieza allá arriba?
Me parece, señora, que no es lo que usted busca... digo, me parece; no
es que yo me quiera meter... Ahora se estilan rayaditas: de eso no
tengo. Espero una remesa para el mes que entra. Ayer vi a las niñas con
el Sr. D. Cándido. Vaya, que están creciditas. ¿Y cómo sigue el señor
mayor? ¡No le he visto desde que íbamos juntos a la bóveda de San
Ginés!»... Con este sistema de vender, a los cuatro años de comercio se
podían contar las personas que al cabo de la semana traspasaban el
dintel de la tienda. A los seis años no entraban allí ni las moscas.
Estupiñá abría todas las mañanas, barría y regaba la acera, se ponía los
manguitos verdes y se sentaba detrás del mostrador a leer el _Diario de
Avisos_. Poco a poco iban llegando los amigos, aquellos hermanos de su
alma, que en la soledad en que Plácido estaba le parecían algo como la
paloma del arca, pues le traían en el pico algo más que un ramo de
oliva, le traían la palabra, el sabrosísimo fruto y la flor de la vida,
el alcohol del alma, con que apacentaba su vicio... Pasábanse el día
entero contando anécdotas, comentando sucesos políticos, tratando de tú
a Mendizábal, a Calatrava, a María Cristina y al mismo Dios, trazando
con el dedo planes de campaña sobre el mostrador en extravagantes líneas
tácticas; demostrando que Espartero debía ir necesariamente por aquí y
Villarreal por allá; refiriendo también sucedidos del comercio, llegadas
de tal o cual género; lances de Iglesia y de milicia y de mujeres y de
la corte, con todo lo demás que cae bajo el dominio de la bachillería
humana. A todas estas el cajón del dinero no se abría ni una sola vez,
y a la vara de medir, sumida en plácida quietud, le faltaba poco para
reverdecer y echar flores como la vara de San José. Y como pasaban meses
y meses sin que se renovase el género, y allí no había más que maulas y
vejeces, el trueno fue gordo y repentino. Un día le embargaron todo, y
Estupiñá salió de la tienda con tanta pena como dignidad.




--ii--


Aquel gran filósofo no se entregó a la desesperación. Viéronle sus
amigos tranquilo y resignado. En su aspecto y en el reposo de su
semblante había algo de Sócrates, admitiendo que Sócrates fuera hombre
dispuesto a estarse siete horas seguidas con la palabra en la boca.
Plácido había salvado el honor, que era lo importante, pagando
religiosamente a todo el mundo con las existencias. Se había quedado con
lo puesto y sin una mota. No salvó más mueble que la vara de medir. Era
forzoso, pues, buscar algún modo de ganarse la vida. ¿A qué se
dedicaría? ¿En qué ramo del comercio emplearía sus grandes dotes?
Dándose a pensar en esto, vino a descubrir que en medio de su gran
pobreza conservaba un capital que seguramente le envidiarían muchos: las
relaciones. Conocía a cuantos almacenistas y tenderos había en Madrid;
todas las puertas se le franqueaban, y en todas partes le ponían buena
cara por su honradez, sus buenas maneras y principalmente por aquella
bendita labia que Dios le había dado. Sus relaciones y estas aptitudes
le sugirieron, pues, la idea de dedicarse a corredor de géneros. D.
Baldomero Santa Cruz, el gordo Arnaiz, Bringas, Moreno, Labiano y otros
almacenistas de paños, lienzos o novedades, le daban piezas para que las
fuera enseñando de tienda en tienda. Ganaba el 2 por 100 de comisión por
lo que vendía. ¡María Santísima, qué vida más deliciosa y qué bien hizo
en adoptarla, porque cosa más adecuada a su temperamento no se podía
imaginar! Aquel correr continuo, aquel entrar por diversas puertas,
aquel saludar en la calle a cincuenta personas y preguntarles por la
familia era su vida, y todo lo demás era muerte. Plácido no había nacido
para el presidio de una tienda. Su elemento era la calle, el aire libre,
la discusión, la contratación, el recado, ir y venir, preguntar,
cuestionar, pasando gallardamente de la seriedad a la broma. Había
mañana en que se echaba al coleto toda la calle de Toledo de punta a
punta, y la Concepción Jerónima, Atocha y Carretas.

Así pasaron algunos años. Como sus necesidades eran muy cortas, pues no
tenía familia que mantener ni ningún vicio como no fuera el de gastar
saliva, bastábale para vivir lo poco que el corretaje le daba. Además,
muchos comerciantes ricos le protegían. Este, a lo mejor, le regalaba
una capa; otro un corte de vestido; aquel un sombrero o bien comestibles
y golosinas. Familias de las más empingorotadas del comercio le sentaban
a su mesa, no sólo por amistad sino por egoísmo, pues era una diversión
oírle contar tan diversas cosas con aquella exactitud pintoresca y aquel
esmero de detalles que encantaba. Dos caracteres principales tenía su
entretenida charla, y eran: que nunca se declaraba ignorante de cosa
alguna, y que jamás habló mal de nadie. Si por acaso se dejaba decir
alguna palabra ofensiva, era contra la Aduana; pero sin individualizar
sus acusaciones.

Porque Estupiñá, al mismo tiempo que corredor, era contrabandista. Las
piezas de Hamburgo de 26 hilos que pasó por el portillo de Gilimón,
valiéndose de ingeniosas mañas, no son para contadas. No había otro como
él para atravesar de noche ciertas calles con un bulto bajo la capa,
figurándose mendigo con un niño a cuestas. Ninguno como él poseía el
arte de deslizar un duro en la mano del empleado fiscal, en momentos de
peligro, y se entendía con ellos tan bien para este fregado, que las
principales casas acudían a él para desatar sus líos con la Hacienda. No
hay medio de escribir en el Decálogo los delitos fiscales. La moral del
pueblo se rebelaba, más entonces que ahora, a considerar las
defraudaciones a la Hacienda como verdaderos pecados, y conforme con
este criterio, Estupiñá no sentía alboroto en su conciencia cuando ponía
feliz remate a una de aquellas empresas. Según él, lo que la Hacienda
llama suyo no es suyo, sino de la nación, es decir, de Juan Particular,
y burlar a la Hacienda es devolver a Juan Particular lo que le
pertenece. Esta idea, sustentada por el pueblo con turbulenta fe, ha
tenido también sus héroes y sus mártires. Plácido la profesaba con no
menos entusiasmo que cualquier caballista andaluz, sólo que era de
infantería, y además no quitaba la vida a nadie. Su conciencia, envuelta
en horrorosas nieblas tocante a lo fiscal, manifestábase pura y luminosa
en lo referente a la propiedad privada. Era hombre que antes de guardar
un ochavo que no fuese suyo, se habría estado callado un mes.

Barbarita le quería mucho. Habíale visto en su casa desde que tuvo el
don de ver y apreciar las cosas; conocía bien, por opinión de su padre y
por experiencia propia, las excelentes prendas y lealtad del hablador.
Siendo niña, Estupiñá la llevaba a la escuela de la rinconada de la
calle Imperial, y por Navidad iba con él a ver los nacimientos y los
puestos de la plaza de Santa Cruz. Cuando D. Bonifacio Arnaiz enfermó
para morirse, Plácido no se separó de él ni enfermo ni difunto hasta
que le dejó en la sepultura. En todas las penas y alegrías de la casa
era siempre el partícipe más sincero. Su posición junto a tan noble
familia era entre amistad y servidumbre, pues si Barbarita le sentaba a
su mesa muchos días, los más del año empleábale en recados y comisiones
que él sabía desempeñar con exactitud suma. Ya iba a la plaza de la
Cebada en busca de alguna hortaliza temprana, ya a la Cava Baja a
entenderse con los ordinarios que traían encargos, o bien a Maravillas,
donde vivían la planchadora y la encajera de la casa. Tal ascendiente
tenía la señora de Santa Cruz sobre aquella alma sencilla y con fe tan
ciega la respetaba y obedecía él, que si Barbarita le hubiera dicho:
«Plácido, hazme el favor de tirarte por el balcón a la calle», el
infeliz no habría vacilado un momento en hacerlo.

Andando los años, y cuando ya Estupiñá iba para viejo y no hacía
corretaje ni contrabando, desempeñó en la casa de Santa Cruz un cargo
muy delicado. Como era persona de tanta confianza y tan ciegamente
adicto a la familia, Barbarita le confiaba a Juanito para que le llevase
y le trajera al colegio de Massarnau, o le sacara a paseo los domingos y
fiestas. Segura estaba la mamá de que la vigilancia de Plácido era como
la de un padre, y bien sabía que se habría dejado matar cien veces antes
que consentir que nadie tocase al _Delfín_ (así le solía llamar) en la
punta del cabello. Ya era este un polluelo con ínfulas de hombre cuando
Estupiñá le llevaba a los Toros, iniciándole en los misterios del arte,
que se preciaba de entender como buen madrileño. El niño y el viejo se
entusiasmaban por igual en el bárbaro y pintoresco espectáculo, y a la
salida Plácido le contaba sus proezas taurómacas, pues también, allá en
su mocedad, había echado sus quiebros y pases de muleta, y tenía traje
completo con lentejuelas, y toreaba novillos por lo fino, sin olvidar
ninguna regla... Como Juanito le manifestara deseos de ver el traje,
contestábale Plácido que hacía muchos años su hermana la sastra (que de
Dios gozaba) lo había convertido en túnica de un Nazareno, que está en
la iglesia de Daganzo de Abajo.

Fuera del platicar, Estupiñá no tenía ningún vicio, ni se juntó jamás
con personas ordinarias y de baja estofa. Una sola vez en su vida tuvo
que ver con gente de mala ralea, con motivo del bautizo del chico de un
sobrino suyo, que estaba casado con una tablajera. Entonces le ocurrió
un lance desagradable del cual se acordó y avergonzó toda su vida; y fue
que el pillete del sobrinito, confabulado con sus amigotes, logró
embriagarle, dándole subrepticiamente un Chinchón capaz de marear a una
piedra. Fue una borrachera estúpida, la primera y última de su vida; y
el recuerdo de la degradación de aquella noche le entristecía siempre
que repuntaba en su memoria. ¡Infames, burlar así a quien era la misma
sobriedad! Me le hicieron beber con engaño evidente aquellas nefandas
copas, y después no vacilaron en escarnecerle con tanta crueldad como
grosería. Pidiéronle que cantara la Pitita, y hay motivos para creer que
la cantó, aunque él lo niega en redondo. En medio del desconcierto de
sus sentidos, tuvo conciencia del estado en que le habían puesto, y el
decoro le sugirió la idea de la fuga. Echose fuera del local pensando
que el aire de la noche le despejaría la cabeza; pero aunque sintió
algún alivio, sus facultades y sentidos continuaban sujetos a los más
garrafales errores. Al llegar a la esquina de la Cava de San Miguel, vio
al sereno; mejor dicho, lo que vio fue el farol del sereno, que andaba
hacia la rinconada de la calle de Cuchilleros. Creyó que era el Viático,
y arrodillándose y descubriéndose, según tenía por costumbre, rezó una
corta oración y dijo: «¡que Dios le dé lo que mejor le convenga!». Las
carcajadas de sus soeces burladores, que le habían seguido, le volvieron
a su acuerdo, y conocido el error, se metió a escape en su casa, que a
dos pasos estaba. Durmió, y al día siguiente como si tal cosa. Pero
sentía un remordimiento vivísimo que por algún tiempo le hacía suspirar
y quedarse meditabundo. Nada afligía tanto su honrado corazón como la
idea de que Barbarita se enterara de aquel chasco del Viático.
Afortunadamente, o no lo supo, o si lo supo no se dio nunca por
entendida.




--iii--


Cuando conocí personalmente a este insigne hijo de Madrid, andaba ya al
ras con los sesenta años; pero los llevaba muy bien. Era de estatura
menos que mediana, regordete y algo encorvado hacia adelante. Los que
quieran conocer su rostro, miren el de Rossini, ya viejo, como nos le
han transmitido las estampas y fotografías del gran músico, y pueden
decir que tienen delante el divino Estupiñá. La forma de la cabeza, la
sonrisa, el perfil sobre todo, la nariz corva, la boca hundida, los ojos
picarescos, eran trasunto fiel de aquella hermosura un tanto burlona,
que con la acentuación de las líneas en la vejez se aproximaba algo a la
imagen de Polichinela. La edad iba dando al perfil de Estupiñá un cierto
parentesco con el de las cotorras.

En sus últimos tiempos, del 70 en adelante, vestía con cierta
originalidad, no precisamente por miseria, pues los de Santa Cruz
cuidaban de que nada le faltase, sino por espíritu de tradición, y por
repugnancia a introducir novedades en su guardarropa. Usaba un sombrero
chato, de copa muy baja y con las alas planas, el cual pertenecía a una
época que se había borrado ya de la memoria de los sombreros, y una capa
de paño verde, que no se le caía de los hombros sino en lo que va de
Julio a Septiembre. Tenía muy poco pelo, casi se puede decir ninguno;
pero no usaba peluca. Para librar su cabeza de las corrientes frías de
la iglesia, llevaba en el bolsillo un gorro negro, y se lo calaba al
entrar. Era gran madrugador, y por la mañanita con la fresca se iba a
Santa Cruz, luego a Santo Tomás y por fin a San Ginés. Después de oír
varias misas en cada una de estas iglesias, calado el gorro hasta las
orejas, y de echar un parrafito con beatos o sacristanes, iba de capilla
en capilla rezando diferentes oraciones. Al despedirse, saludaba con la
mano a las imágenes, como se saluda a un amigo que está en el balcón, y
luego tomaba su agua bendita, fuera gorro, y a la calle.

En 1869, cuando demolieron la iglesia de Santa Cruz, Estupiñá pasó muy
malos ratos.

Ni el pájaro a quien destruyen su nido, ni el hombre a quien arrojan de
la morada en que nació, ponen cara más afligida que la que él ponía
viendo caer entre nubes de polvo los pedazos de cascote. Por aquello de
ser hombre no lloraba. Barbarita, que se había criado a la sombra de la
venerable torre, si no lloraba al ver tan sacrílego espectáculo era
porque estaba volada, y la ira no le permitía derramar lágrimas. Ni
acertaba a explicarse por qué decía su marido que D. Nicolás Rivero era
una gran persona. Cuando el templo desapareció; cuando fue arrasado el
suelo, y andando los años se edificó una casa en el sagrado solar,
Estupiñá no se dio a partido. No era de estos caracteres acomodaticios
que reconocen los hechos consumados. Para él la iglesia estaba siempre
allí, y toda vez que mi hombre pasaba por el punto exacto que
correspondía al lugar de la puerta, se persignaba y se quitaba el
sombrero.

Era Plácido hermano de la Paz y Caridad, cofradía cuyo domicilio estuvo
en la derribada parroquia. Iba, pues, a auxiliar a los reos de muerte en
la capilla y a darles conversación en la hora tremenda, hablándoles de
lo tonta que es esta vida, de lo bueno que es Dios y de lo ricamente que
iban a estar en la gloria. ¡Qué sería de los pobrecitos reos si no
tuvieran quien les diera un poco de jarabe de pico antes de entregar su
cuello al verdugo!

A las diez de la mañana concluía Estupiñá invariablemente lo que
podríamos llamar su jornada religiosa. Pasada aquella hora, desaparecía
de su rostro rossiniano la seriedad tétrica que en la iglesia tenía, y
volvía a ser el hombre afable, locuaz y ameno de las tertulias de
tienda. Almorzaba en casa de Santa Cruz o de Villuendas o de Arnaiz, y
si Barbarita no tenía nada que mandarle, emprendía su tarea para
_defender el garbanzo_, pues siempre hacía el papel de que trabajaba
como un negro. Su afectada ocupación en tal época era el corretaje de
dependientes, y fingía que los colocaba mediante un estipendio. Algo
hacía en verdad, mas era en gran parte pura farsa; y cuando le
preguntaban si iban bien los negocios, respondía en el tono de
comerciante ladino que no quiere dejar clarear sus pingües ganancias:
«Hombre, nos vamos defendiendo; no hay queja... Este mes he colocado lo
menos treinta chicos... como no hayan sido cuarenta...».

Vivía Plácido en la Cava de San Miguel. Su casa era una de las que
forman el costado occidental de la Plaza Mayor, y como el basamento de
ellas está mucho más bajo que el suelo de la Plaza, tienen una altura
imponente y una estribación formidable, a modo de fortaleza. El piso en
que el tal vivía era cuarto por la Plaza y por la Cava séptimo. No
existen en Madrid alturas mayores, y para vencer aquellas era forzoso
apechugar con ciento veinte escalones, _todos de piedra_, como decía
Plácido con orgullo, no pudiendo ponderar otra cosa de su domicilio. El
ser _todas de piedra_, desde la Cava hasta las bohardillas, da a las
escaleras de aquellas casas un aspecto lúgubre y monumental, como de
castillo de leyendas, y Estupiñá no podía olvidar esta circunstancia que
le hacía interesante en cierto modo, pues no es lo mismo subir a su
casa por una escalera como las del Escorial, que subir por viles
peldaños de palo, como cada hijo de vecino.

El orgullo de trepar por aquellas gastadas berroqueñas no excluía lo
fatigoso del tránsito, por lo que mi amigo supo explotar sus buenas
relaciones para abreviarlo. El dueño de una zapatería de la Plaza,
llamado Dámaso Trujillo, le permitía entrar por su tienda, cuyo rótulo
era _Al ramo de azucenas_. Tenía puerta para la escalera de la Cava, y
usando esta puerta Plácido se ahorraba treinta escalones.

El domicilio del hablador era un misterio para todo el mundo, pues nadie
había ido nunca a verle, por la sencilla razón de que D. Plácido no
estaba en su casa sino cuando dormía. Jamás había tenido enfermedad que
le impidiera salir durante el día. Era el hombre más sano del mundo.
Pero la vejez no había de desmentirse, y un día de Diciembre del 69 fue
notada la falta del grande hombre en los círculos a donde solía ir.
Pronto corrió la voz de que estaba malo, y cuantos le conocían sintieron
vivísimo interés por él. Muchos dependientes de tiendas se lanzaron por
aquellos escalones de piedra en busca de noticias del simpático enfermo,
que padecía de un reuma agudo en la pierna derecha. Barbarita le mandó
en seguida su médico, y no satisfecha con esto, ordenó a Juanito que
fuese a visitarle, lo que el Delfín hizo de muy buen grado.

Y sale a relucir aquí la visita del Delfín al anciano servidor y amigo
de su casa, porque si Juanito Santa Cruz no hubiera hecho aquella
visita, esta historia no se habría escrito. Se hubiera escrito otra, eso
sí, porque por do quiera que el hombre vaya lleva consigo su novela;
pero esta no.




--iv--


Juanito reconoció el número 11 en la puerta de una tienda de aves y
huevos. Por allí se había de entrar sin duda, pisando plumas y
aplastando cascarones. Preguntó a dos mujeres que pelaban gallinas y
pollos, y le contestaron, señalando una mampara, que aquella era la
entrada de la escalera del 11. Portal y tienda eran una misma cosa en
aquel edificio característico del Madrid primitivo. Y entonces se
explicó Juanito por qué llevaba muchos días Estupiñá, pegadas a las
botas, plumas de diferentes aves. Las cogía al salir, como las había
cogido él, por más cuidado que tuvo de evitar al paso los sitios en que
había plumas y algo de sangre. Daba dolor ver las anatomías de aquellos
pobres animales, que apenas desplumados eran suspendidos por la cabeza,
conservando la cola como un sarcasmo de su mísero destino. A la
izquierda de la entrada vio el Delfín cajones llenos de huevos, acopio
de aquel comercio. La voracidad del hombre no tiene límites, y sacrifica
a su apetito no sólo las presentes sino las futuras generaciones
gallináceas. A la derecha, en la prolongación de aquella cuadra lóbrega,
un sicario manchado de sangre daba garrote a las aves. Retorcía los
pescuezos con esa presteza y donaire que da el hábito, y apenas soltaba
una víctima y la entregaba agonizante a las desplumadoras, cogía otra
para hacerle la misma caricia. Jaulones enormes había por todas partes,
llenos de pollos y gallos, los cuales asomaban la cabeza roja por entre
las cañas, sedientos y fatigados, para respirar un poco de aire, y aun
allí los infelices presos se daban de picotazos por aquello de _si tú
sacaste más pico que yo... si ahora me toca a mí sacar todo el
pescuezo_.

Habiendo apreciado este espectáculo poco grato, el olor de corral que
allí había, y el ruido de alas, picotazos y cacareo de tanta víctima,
Juanito la emprendió con los famosos peldaños de granito, negros ya y
gastados. Efectivamente, parecía la subida a un castillo o prisión de
Estado. El paramento era de fábrica cubierta de yeso y este de rayas e
inscripciones soeces o tontas. Por la parte más próxima a la calle,
fuertes rejas de hierro completaban el aspecto feudal del edificio. Al
pasar junto a la puerta de una de las habitaciones del entresuelo,
Juanito la vio abierta y, lo que es natural, miró hacia dentro, pues
todos los accidentes de aquel recinto despertaban en sumo grado su
curiosidad. Pensó no ver nada y vio algo que de pronto le impresionó,
una mujer bonita, joven, alta... Parecía estar en acecho, movida de una
curiosidad semejante a la de Santa Cruz, deseando saber quién demonios
subía a tales horas por aquella endiablada escalera. La moza tenía
pañuelo azul claro por la cabeza y un mantón sobre los hombros, y en el
momento de ver al Delfín, se infló con él, quiero decir, que hizo ese
característico arqueo de brazos y alzamiento de hombros con que las
madrileñas del pueblo se agasajan dentro del mantón, movimiento que les
da cierta semejanza con una gallina que esponja su plumaje y se ahueca
para volver luego a su volumen natural.

Juanito no pecaba de corto, y al ver a la chica y observar lo linda que
era y lo bien calzada que estaba, diéronle ganas de tomarse confianzas
con ella.

--¿Vive aquí--le preguntó--el Sr. de Estupiñá?

--¿D. Plácido?... en lo _más último de arriba_ --contestó la joven,
dando algunos pasos hacia fuera.

Y Juanito pensó: «Tú sales para que te vea el pie. Buena bota»...
Pensando esto, advirtió que la muchacha sacaba del mantón una mano con
mitón encarnado y que se la llevaba a la boca. La confianza se
desbordaba del pecho del joven Santa Cruz, y no pudo menos de decir:

--¿Qué come usted, criatura?

--¿No lo ve usted? --replicó mostrándoselo--Un huevo.

--¡Un huevo crudo! Con mucho donaire, la muchacha se llevó a la boca por
segunda vez el huevo roto y se atizó otro sorbo.

--No sé cómo puede usted comer esas babas crudas--dijo Santa Cruz, no
hallando mejor modo de trabar conversación.

--Mejor que guisadas. ¿Quiere usted?--replicó ella ofreciendo al Delfín
lo que en el cascarón quedaba.

Por entre los dedos de la chica se escurrían aquellas babas gelatinosas
y transparentes. Tuvo tentaciones Juanito de aceptar la oferta; pero no;
le repugnaban los huevos crudos.

--No, gracias. Ella entonces se lo acabó de sorber, y arrojó el
cascarón, que fue a estrellarse contra la pared del tramo inferior.
Estaba limpiándose los dedos con el pañuelo, y Juanito discurriendo por
dónde pegaría la hebra, cuando sonó abajo una voz terrible que dijo:
_¡Fortunaaá!_ Entonces la chica se inclinó en el pasamanos y soltó un
_yia voy_ con chillido tan penetrante que Juanito creyó se le desgarraba
el tímpano. El _yia_ principalmente sonó como la vibración agudísima de
una hoja de acero al deslizarse sobre otra. Y al soltar aquel sonido,
digno canto de tal ave, la moza se arrojó con tanta presteza por las
escaleras abajo, que parecía rodar por ellas. Juanito la vio
desaparecer, oía el ruido de su ropa azotando los peldaños de piedra y
creyó que se mataba. Todo quedó al fin en silencio, y de nuevo emprendió
el joven su ascensión penosa. En la escalera no volvió a encontrar a
nadie, ni una mosca siquiera, ni oyó más ruido que el de sus propios
pasos.

Cuando Estupiñá le vio entrar sintió tanta alegría, que a punto estuvo
de ponerse bueno instantáneamente por la sola virtud del contento. No
estaba el hablador en la cama sino en un sillón, porque el lecho le
hastiaba, y la mitad inferior de su cuerpo no se veía porque estaba
liado como las momias, y envuelto en mantas y trapos diferentes. Cubría
su cabeza, orejas inclusive, el gorro negro de punto que usaba dentro de
la iglesia. Más que los dolores reumáticos molestaba al enfermo el no
tener con quién hablar, pues la mujer que le servía, una tal doña
Brígida, patrona o ama de llaves, era muy displicente y de pocas
palabras. No poseía Estupiñá ningún libro, pues no necesitaba de ellos
para instruirse. Su biblioteca era la sociedad y sus textos las palabras
calentitas de los vivos. Su ciencia era su fe religiosa, y ni para rezar
necesitaba breviarios ni florilogios, pues todas las oraciones las
sabía de memoria. Lo impreso era para él música, garabatos que no sirven
de nada. Uno de los hombres que menos admiraba Plácido era Guttenberg.
Pero el aburrimiento de su enfermedad le hizo desear la compañía de
alguno de estos habladores mudos que llamamos libros. Busca por aquí,
busca por allá, y no se encontraba cosa impresa. Por fin, en polvoriento
arcón halló doña Brígida un mamotreto perteneciente a un exclaustrado
que moró en la misma casa allá por el año 40. Abriolo Estupiñá con
respeto, ¿y qué era? El tomo undécimo del _Boletín Eclesiástico de la
Diócesis de Lugo_. Apechugó, pues, con aquello, pues no había otra cosa.
Y se lo atizó todo, de cabo a rabo, sin omitir letra, articulando
correctamente las sílabas en voz baja a estilo de rezo. Ningún tropiezo
le detenía en su lectura, pues cuando le salía al encuentro un latín
largo y oscuro, le metía el diente sin vacilar. Las pastorales,
sinodales, bulas y demás entretenidas cosas que el libro traía, fueron
el único remedio de su soledad triste, y lo mejor del caso es que llegó
a tomar el gusto a manjar tan desabrido, y algunos párrafos se los
echaba al coleto dos veces, masticando las palabras con una sonrisa, que
a cualquier observador mal enterado le habría hecho creer que el tomazo
era de Paul de Kock.

«Es cosa muy buena» dijo Estupiñá, guardando el libro al ver que Juanito
se reía.

Y estaba tan agradecido a la visita del Delfín, que no hacía más que
mirarle recreándose en su guapeza, en su juventud y elegancia. Si
hubiera sido veinte veces hijo suyo, no le habría contemplado con más
amor. Dábale palmadas en la rodilla, y le interrogaba prolijamente por
todos los de la familia, desde Barbarita, que era el número uno, hasta
el gato. El Delfín, después de satisfacer la curiosidad de su amigo,
hízole a su vez preguntas acerca de la vecindad de aquella casa en que
estaba. «Buena gente--respondió Estupiñá--; sólo hay unos inquilinos que
alborotan algo por las noches. La finca pertenece al Sr. de Moreno Isla,
y puede que se la administre yo desde el año que viene. Él lo desea; ya
me habló de ello tu mamá, y he respondido que estoy a sus órdenes...
Buena finca; con un cimiento de pedernal que es una gloria... escalera
de piedra, ya habrás visto; sólo que es un poquito larga. Cuando
vuelvas, si quieres acortar treinta escalones, entras por el _Ramo de
azucenas_, la zapatería que está en la Plaza. Tú conoces a Dámaso
Trujillo. Y si no le conoces, con decir: «voy a ver a Plácido» te dejará
pasar.

Estupiñá siguió aún más de una semana sin salir de casa, y el Delfín iba
todos los días a verle ¡todos los días!, con lo que estaba mi hombre
más contento que unas Pascuas, pero en vez de entrar por la zapatería,
Juanito, a quien sin duda no cansaba la escalera, entraba siempre por el
establecimiento de huevos de la Cava.




-IV-

Perdición y salvamento del Delfín




--i--


Pasados algunos días, cuando ya Estupiñá andaba por ahí restablecido
aunque algo cojo, Barbarita empezó a notar en su hijo inclinaciones
nuevas y algunas mañas que le desagradaron. Observó que el Delfín, cuya
edad se aproximaba a los veinticinco años, tenía horas de infantil
alegría y días de tristeza y recogimiento sombríos. Y no pararon aquí
las novedades. La perspicacia de la madre creyó descubrir un notable
cambio en las costumbres y en las compañías del joven fuera de casa, y
lo descubrió con datos observados en ciertas inflexiones muy
particulares de su voz y lenguaje. Daba a la _elle_ el tono arrastrado
que la gente baja da a la _y_ consonante; y se le habían pegado modismos
pintorescos y expresiones groseras que a la mamá no le hacían maldita
gracia. Habría dado cualquier cosa por poder seguirle de noche y ver con
qué casta de gente se juntaba. Que esta no era fina, a la legua se
conocía.

Y lo que Barbarita no dudaba en calificar de encanallamiento, empezó a
manifestarse en el vestido. El Delfín se encajó una capa de esclavina
corta con mucho ribete, mucha trencilla y pasamanería. Poníase por las
noches el sombrerito pavero, que, a la verdad, le caía muy bien, y se
peinaba con los mechones ahuecados sobre las sienes. Un día se presentó
en la casa un sastre con facha de sacristán, que era de los que hacen
ropa ajustada para toreros, chulos y matachines; pero doña Bárbara no le
dejó sacar la cinta de medir, y poco faltó para que el pobre hombre
fuera rodando por las escaleras. «¿Es posible--dijo a su niño, sin
disimular la ira--, que se te antoje también ponerte esos pantalones
ajustados con los cuales las piernas de los hombres parecen zancas de
cigüeña?». Y una vez roto el fuego, rompió la señora en acusaciones
contra su hijo por aquellas maneras nuevas de hablar y de vestir. Él se
reía, buscando medios de eludir la cuestión; pero la inflexible mamá le
cortaba la retirada con preguntas contundentes. ¿A dónde iba por las
noches? ¿Quiénes eran sus amigos? Respondía él que los de siempre, lo
cual no era verdad, pues salvo Villalonga, que salía con él muy puesto
también de capita corta y pavero, los antiguos condiscípulos no
aportaban ya por la casa. Y Barbarita citaba a Zalamero, a Pez, al chico
de Tellería. ¿Cómo no hacer comparaciones? Zalamero, a los veintisiete
años, era ya diputado y subsecretario de Gobernación, y se decía que
Rivero quería dar a Joaquinito Pez un Gobierno de provincia. Gustavito
hacía cada artículo de crítica y cada estudio sobre los Orígenes de tal
o cual cosa, que era una bendición, y en tanto él y Villalonga ¿en qué
pasaban el tiempo?, ¿en qué?, en adquirir hábitos ordinarios y en
tratarse con zánganos de coleta. A mayor abundamiento, en aquella época
del 70 se le desarrolló de tal modo al Delfín la afición a los toros,
que no perdía corrida, ni dejaba de ir al apartado ningún día y a veces
se plantaba en la dehesa. Doña Bárbara vivía en la mayor intranquilidad,
y cuando alguien le contaba que había visto a su ídolo en compañía de un
individuo del arte del cuerno, se subía a la parra y... «Mira, Juan,
creo que tú y yo vamos a perder las amistades. Como me traigas a casa a
uno de esos tagarotes de calzón ajustado, chaqueta corta y botita de
caña clara, te pego, sí, hago lo que no he hecho nunca, cojo una escoba
y ambos salís de aquí pitando»... Estos furores solían concluir con
risas, besos, promesas de enmienda y reconciliaciones cariñosas, porque
Juanito se pintaba solo para desenojar a su mamá.

Como supiera un día la dama que su hijo frecuentaba los barrios de
Puerta Cerrada, calle de Cuchilleros y Cava de San Miguel, encargó a
Estupiñá que vigilase, y este lo hizo con muy buena voluntad llevándole
cuentos, dichos en voz baja y melodramática: «Anoche cenó en la
pastelería del sobrino de Botín, en la calle de Cuchilleros... ¿sabe la
señora? También estaba el Sr. de Villalonga y otro que no conozco, un
tipo así... ¿cómo diré?, de estos de sombrero redondo y capa con
esclavina ribeteada. Lo mismo puede pasar por un _randa_ que por un
señorito disfrazado».

--¿Mujeres...?--preguntó con ansiedad Barbarita.

--Dos, señora, dos--dijo Plácido corroborando con igual número de dedos
muy estirados lo que la voz denunciaba--. No les pude ver las estampas.
Eran de estas de mantón pardo, delantal azul, buena bota y pañuelo a la
cabeza... en fin, un par de reses muy bravas.

A la semana siguiente, otra delación:

«Señora, señora...».

--¿Qué? --Ayer y anteayer entró el niño en una tienda de la Concepción
Jerónima, donde venden filigranas y corales de los que usan las amas de
cría...

--¿Y qué? --Que pasa allí largas horas de la tarde y de la noche. Lo sé
por Pepe Vallejo, el de la cordelería de enfrente, a quien he encargado
que esté con mucho ojo.

--¿Tienda de filigranas y de corales?

--Sí, señora; una de estas platerías de puntapié, que todo lo que tienen
no vale seis duros.

No la conozco; se ha puesto hace poco; pero yo me enteraré. Aspecto de
pobreza. Se entra por una puerta vidriera que también es entrada del
portal, y en el vidrio han puesto un letrero que dice: _Especialidad en
regalos para amas_... Antes estaba allí un relojero llamado Bravo, que
murió de miserere.

De pronto los cuentos de Estupiñá cesaron. A Barbarita todo se le volvía
preguntar y más preguntar, y el dichoso hablador no sabía nada. Y
cuidado que tenía mérito la discreción de aquel hombre, porque era el
mayor de los sacrificios; para él equivalía a cortarse la lengua el
tener que decir: «no sé nada, absolutamente nada». A veces parecía que
sus insignificantes e inseguras revelaciones querían ocultar la verdad
antes que esclarecerla. «Pues nada, señora; he visto a Juanito en un
simón, solo, por la Puerta del Sol... digo... por la Plaza del Ángel...
Iba con Villalonga... se reían mucho los dos... de algo que les hacía
gracia...». Y todas las denuncias eran como estas, bobadas,
subterfugios, evasivas... Una de dos: o Estupiñá no sabía nada, o si
sabía no quería decirlo por no disgustar a la señora.

Diez meses pasaron de esta manera, Barbarita interrogando a Estupiñá, y
este no queriendo o no teniendo qué responder, hasta que allá por Mayo
del 70, Juanito empezó a abandonar aquellos mismos hábitos groseros que
tanto disgustaban a su madre. Esta, que lo observaba atentísimamente,
notó los síntomas del lento y feliz cambio en multitud de accidentes de
la vida del joven. Cuánto se regocijaba la señora con esto, no hay para
qué decirlo. Y aunque todo ello era inexplicable llegó un momento en que
Barbarita dejó de ser curiosa, y no le importaba nada ignorar los
desvaríos de su hijo con tal que se reformase. Lentamente, pues,
recobraba el Delfín su personalidad normal. Después de una noche que
entró tarde y muy sofocado, y tuvo cefalalgia y vómitos, la mudanza
pareció más acentuada. La mamá entreveía en aquella ignorada página de
la existencia de su heredero, amores un tanto libertinos, orgías de mal
gusto, bromas y riñas quizás; pero todo lo perdonaba, todo, todito, con
tal que aquel trastorno pasase, como pasan las indispensables crisis de
las edades. «Es un sarampión de que no se libra ningún muchacho de estos
tiempos--decía--. Ya sale el mío de él, y Dios quiera que salga en bien.

Notó también que el Delfín se preocupaba mucho de ciertos recados o
esquelitas que a la casa traían para él, mostrándose más bien temeroso
de recibirlos que deseoso de ellos. A menudo daba a los criados orden de
que le negaran y de que no se admitiera carta ni recado. Estaba algo
inquieto, y su mamá se dijo gozosa: «Persecución tenemos; pero él parece
querer cortar toda clase de comunicaciones. Esto va bien». Hablando de
esto con su marido, D. Baldomero, en quien lo progresista no quitaba lo
autoritario (emblema de los tiempos), propuso un plan defensivo que
mereció la aprobación de ella. «Mira, hija, lo mejor es que yo hable hoy
mismo con el Gobernador, que es amigo nuestro. Nos mandará acá una
pareja de orden público, y en cuanto llegue hombre o mujer de malas
trazas con papel o recadito, me lo trincan, y al Saladero de cabeza».

Mejor que este plan era el que se le había ocurrido a la señora. Tenían
tomada casa en Plencia para pasar la temporada de verano, fijando la
fecha de la marcha para el 8 o el 10 de Julio. Pero Barbarita, con
aquella seguridad del talento superior que en un punto inicia y ejecuta
las resoluciones salvadoras, se encaró con Juanito, y de buenas a
primeras le dijo: «Mañana mismo nos vamos a Plencia».

Y al decirlo se fijó en la cara que puso. Lo primero que expresó el
Delfín fue alegría. Después se quedó pensativo. «Pero deme usted dos o
tres días. Tengo que arreglar varios asuntos...».

--¿Qué asuntos tienes tú, hijo? Música, música. Y en caso de que tengas
alguno, créeme, vale más que lo dejes como está.

Dicho y hecho. Padres e hijo salieron para el Norte el día de San Pedro.
Barbarita iba muy contenta, juzgándose ya vencedora, y se decía por el
camino: «Ahora le voy a poner a mi pollo una calza para que no se me
escape más». Instaláronse en su residencia de verano, que era como un
palacio, y no hay palabras con qué ponderar lo contentos y saludables
que todos estaban. El Delfín, que fue desmejoradillo, no tardó en
reponerse, recobrando su buen color, su palabra jovial y la plenitud de
sus carnes. La mamá se la tenía guardada. Esperaba ocasión propicia, y
en cuanto esta llegó supo acometer la empresa aquella de la calza, como
persona lista y conocedora de las mañas del ave que era preciso
aprisionar. Dios la ayudaba sin duda, porque el pollo no parecía muy
dispuesto a la resistencia.

«Pues sí--dijo ella, después de una conversación preparada con gracia--.
Es preciso que te cases. Ya te tengo la mujer buscada. Eres un
chiquillo, y a ti hay que dártelo todo hecho. ¡Qué será de ti el día en
que yo te falte! Por eso quiero dejarte en buenas manos... No te rías,
no; es la verdad, yo tengo que cuidar de todo, lo mismo de pegarte el
botón que se te ha caído, que de elegirte la que ha de ser compañera de
toda tu vida, la que te ha de mimar cuando yo me muera. ¿A ti te cabe en
la cabeza que pueda yo proponerte nada que no te convenga?... No. Pues a
callar, y pon tu porvenir en mis manos. No sé qué instinto tenemos las
madres, algunas quiero decir. En ciertos casos no nos equivocamos; somos
infalibles como el Papa».

La esposa que Barbarita proponía a su hijo era Jacinta, su prima, la
tercera de las hijas de Gumersindo Arnaiz. ¡Y qué casualidad! Al día
siguiente de la conferencia citada, llegaban a Plencia y se instalaban
en una casita modesta, Gumersindo e Isabel Cordero con toda su caterva
menuda. Candelaria no salía de Madrid, y Benigna había ido a Laredo.

Juan no dijo que sí ni que no. Limitose a responder por fórmula que lo
pensaría; pero una voz de su alma le declaraba que aquella gran mujer y
madre tenía tratos con el Espíritu Santo, y que su proyecto era un
verdadero caso de infalibilidad.




--ii--


Porque Jacinta era una chica de prendas excelentes, modestita, delicada,
cariñosa y además muy bonita. Sus lindos ojos estaban ya declarando la
sazón de su alma o el punto en que tocan a enamorarse y enamorar.
Barbarita quería mucho a todas sus sobrinas; pero a Jacinta la adoraba;
teníala casi siempre consigo y derramaba sobre ella mil atenciones y
miramientos, sin que nadie, ni aun la propia madre de Jacinta, pudiera
sospechar que la criaba para nuera. Toda la parentela suponía que los
señores de Santa Cruz tenían puestas sus miras en alguna de las chicas
de Casa--Muñoz, de Casa--Trujillo o de otra familia rica y titulada.
Pero Barbarita no pensaba en tal cosa. Cuando reveló sus planes a D.
Baldomero, este sintió regocijo, pues también a él se le había ocurrido
lo mismo.

Ya dije que el Delfín prometió pensarlo; mas esto significaba sin duda
la necesidad que todos sentimos de no aparecer sin voluntad propia en
los casos graves; en otros términos, su amor propio, que le gobernaba
más que la conciencia, le exigía, ya que no una elección libre, el
simulacro de ella. Por eso Juanito no sólo lo decía, sino que parecía
como que pensaba, yéndose a pasear solo por aquellos peñascales, y se
engañaba a sí mismo diciéndose: «¡qué pensativo estoy!». Porque estas
cosas son muy serias, ¡vaya!, y hay que revolverlas mucho en el magín.
Lo que hacía el muy farsante era saborear de antemano lo que se le
aproximaba y ver de qué manera decía a su madre con el aire más grave y
filosófico del mundo: «Mamá, he meditado profundísimamente sobre este
problema, pesando con escrúpulo las ventajas y los inconvenientes, y la
verdad, aunque el caso tiene sus más y sus menos, aquí me tiene usted
dispuesto a complacerla».

Todo esto era comedia, y querer echárselas de hombre reflexivo. Su madre
había recobrado sobre él aquel ascendiente omnímodo que tuvo antes de
las trapisondas que apuntadas quedan, y como el hijo pródigo a quien los
reveses hacen ver cuánto le daña el obrar y pensar por cuenta propia,
descansaba de sus funestas aventuras pensando y obrando con la cabeza y
la voluntad de su madre.

Lo peor del caso era que nunca le había pasado por las mientes casarse
con Jacinta, a quien siempre miró más como hermana que como prima.
Siendo ambos de muy corta edad (ella tenía un año y meses menos que él)
habían dormido juntos, y habían derramado lágrimas y acusádose
mutuamente por haber secuestrado él las muñecas de ella, y haber ella
arrojado a la lumbre, para que se derritieran, los soldaditos de él.
Juan la hacía rabiar, descomponiéndole la casa de muñecas, ¡anda!, y
Jacinta se vengaba arrojando en su barreño de agua los caballos de Juan
para que se ahogaran... ¡anda! Por un rey mago, negro por más señas,
hubo unos dramas que acabaron en leña por partida doble, es decir, que
Barbarita azotaba alternadamente uno y otro par de nalgas como el que
toca los timbales; y todo porque Jacinta le había cortado la cola al
camello del rey negro; cola de cerda, no vayan a creer... «Envidiosa».
«Acusón»... Ya tenían ambos la edad en que un misterioso respeto les
prohibía darse besos, y se trataban con vivo cariño fraternal. Jacinta
iba todos los martes y viernes a pasar el día entero en casa de
Barbarita, y esta no tenía inconveniente en dejar solos largos ratos a
su hijo y a su sobrina; porque si cada cual en sí tenía el desarrollo
moral que era propio de sus veinte años, uno frente a otro continuaban
en la _edad del pavo_, muy lejos de sospechar que su destino les
aproximaría cuando menos lo pensasen.

El paso de esta situación fraternal a la de amantes no le parecía al
joven Santa Cruz cosa fácil. Él, que tan atrevido era lejos del hogar
paterno, sentíase acobardado delante de aquella flor criada en su
propia casa, y tenía por imposible que las cunitas de ambos, reunidas,
se convirtieran en tálamo. Mas para todo hay remedio menos para la
muerte, y Juanito vio con asombro, a poco de intentar la metamorfosis,
que las dificultades se desleían como la sal en el agua; que lo que a él
le parecía montaña era como la palma de la mano, y que el tránsito de la
fraternidad al enamoramiento se hacía _como una seda_. La primita,
haciéndose también la sorprendida en los primeros momentos y aun la
vergonzosa, dijo también que aquello debía pensarse. Hay motivos para
creer que Barbarita se lo había hecho pensar ya. Sea lo que quiera, ello
es que a los cuatro días de romperse el hielo ya no había que enseñarles
nada de noviazgo. Creeríase que no habían hecho en su vida otra cosa más
que estar picoteando todo el santo día. El país y el ambiente eran
propicios a esta vida nueva. Rocas formidables, olas, playa con
caracolitos, praderas verdes, setos, callejas llenas de arbustos,
helechos y líquenes, veredas cuyo término no se sabía, caseríos rústicos
que al caer de la tarde despedían de sus abollados techos humaredas
azules, celajes grises, rayos de sol dorando la arena, velas de
pescadores cruzando la inmensidad del mar, ya azul, ya verdoso, terso un
día, otro aborregado, un vapor en el horizonte tiznando el cielo con su
humo, un aguacero en la montaña y otros accidentes de aquel admirable
fondo poético, favorecían a los amantes, dándoles a cada momento un
ejemplo nuevo para aquella gran ley de la Naturaleza que estaban
cumpliendo.

Jacinta era de estatura mediana, con más gracia que belleza, lo que se
llama en lenguaje corriente una mujer _mona_. Su tez finísima y sus ojos
que despedían alegría y sentimiento componían un rostro sumamente
agradable. Y hablando, sus atractivos eran mayores que cuando estaba
callada, a causa de la movilidad de su rostro y de la expresión
variadísima que sabía poner en él. La estrechez relativa en que vivía la
numerosa familia de Arnaiz, no le permitía variar sus galas; pero sabía
triunfar del amaneramiento con el arte, y cualquier perifollo anunciaba
en ella una mujer que, si lo quería, estaba llamada a ser elegantísima.
Luego veremos. Por su talle delicado y su figura y cara porcelanescas,
revelaba ser una de esas hermosuras a quienes la Naturaleza concede poco
tiempo de esplendor, y que se ajan pronto, en cuanto les toca la primera
pena de la vida o la maternidad.

Barbarita, que la había criado, conocía bien sus notables prendas
morales, los tesoros de su corazón amante, que pagaba siempre con creces
el cariño que se le tenía, y por todo esto se enorgullecía de su
elección. Hasta que ciertas tenacidades de carácter que en la niñez eran
un defecto, agradábanle cuando Jacinta fue mujer porque no es bueno que
las hembras sean todas miel, y conviene que guarden una reserva de
energía para ciertas ocasiones difíciles.

La noticia del matrimonio de Juanito cayó en la familia Arnaiz como una
bomba que revienta y esparce, no desastres y muertes, sino esperanza y
dichas. Porque hay que tener en cuenta que el Delfín, por su fortuna,
por sus prendas, por su talento, era considerado como un ser bajado del
cielo. Gumersindo Arnaiz no sabía lo que le pasaba; lo estaba viendo y
aún le parecía mentira; y siendo el amartelamiento de los novios
bastante empalagoso, a él le parecía que todavía se quedaban cortos y
que debían entortolarse mucho más. Isabel era tan feliz que, de vuelta
ya en Madrid, decía que le iba a dar algo, y que seguramente su
empobrecida naturaleza no podría soportar tanta felicidad. Aquel
matrimonio había sido la ilusión de su vida durante los últimos años,
ilusión que por lo muy hermosa no encajaba en la realidad. No se había
atrevido nunca a hablar de esto a su cuñada, por temor de parecer
excesivamente ambiciosa y atrevida.

Faltábale tiempo a la buena señora para dar parte a sus amigas del feliz
suceso; no sabía hablar de otra cosa, y aunque desmadejada ya y sin
fuerzas a causa del trabajo y de los alumbramientos, cobraba nuevos
bríos para entregarse con delirante actividad a los preparativos de
boda, al equipo y demás cosas. ¡Qué proyectos hacía, qué cosas
inventaba, qué previsión la suya! Pero en medio de su inmensa tarea, no
cesaba de tener corazonadas pesimistas, y exclamaba con tristeza: «¡Si
me parece mentira!... ¡Si yo no he de verlo!...». Y este presentimiento,
por ser de cosa mala, vino a cumplirse al cabo, porque la alegría
inquieta fue como una combustión oculta que devoró la poca vida que allí
quedaba. Una mañana de los últimos días de Diciembre, Isabel Cordero,
hallándose en el comedor de su casa, cayó redonda al suelo como herida
de un rayo. Acometida de violentísimo ataque cerebral, falleció aquella
misma noche, rodeada de su marido y de sus consternados y amantes hijos.
No recobró el conocimiento después del ataque, no dijo esta boca es mía,
ni se quejó. Su muerte fue de esas que vulgarmente se comparan a la de
_un pajarito_. Decían los vecinos y amigos que había _reventado de
gusto_. Aquella gran mujer, heroína y mártir del deber, autora de diez y
siete españoles, se embriagó de felicidad sólo con el olor de ella, y
sucumbió a su primera embriaguez. En su muerte la perseguían las fechas
célebres, como la habían perseguido en sus partos, cual si la historia
la rondara deseando tener algo que ver con ella. Isabel Cordero y D.
Juan Prim expiraron con pocas horas de diferencia.




-V-

Viaje de novios




--i--


La boda se verificó en Mayo del 71. Dijo D. Baldomero con muy buen
juicio que pues era costumbre que se largaran los novios, acabadita de
recibir la bendición, a correrla por esos mundos, no comprendía fuese de
rigor el paseo por Francia o por Italia, habiendo en España tantos
lugares dignos de ser vistos. Él y Barbarita no habían ido ni siquiera a
Chamberí, porque en su tiempo los novios se quedaban donde estaban, y el
único español que se permitía viajar era el duque de Osuna, D. Pedro.
¡Qué diferencia de tiempos!... Y ahora, hasta Periquillo Redondo, el que
tiene el bazar de corbatas al aire libre en la esquina de la casa de
Correos había hecho su viajecito a París... Juanito se manifestó
enteramente conforme con su papá, y recibida la bendición nupcial,
verificado el almuerzo en familia sin aparato alguno a causa del luto,
sin ninguna cosa notable como no fuera un conato de brindis de Estupiñá,
cuya boca tapó Barbarita a la primera palabra; dadas las despedidas, con
sus lágrimas y besuqueos correspondientes, marido y mujer se fueron a la
estación. La primera etapa de su viaje fue Burgos, a donde llegaron a
las tres de la mañana, felices y locuaces, riéndose de todo, del frío y
de la oscuridad. En el alma de Jacinta, no obstante, las alegrías no
excluían un cierto miedo, que a veces era terror. El ruido del ómnibus
sobre el desigual piso de las calles, la subida a la fonda por angosta
escalera, el aposento y sus muebles de mal gusto, mezcla de desechos de
ciudad y de lujos de aldea, aumentaron aquel frío invencible y aquella
pavorosa expectación que la hacían estremecer. ¡Y tantísimo como quería
a su marido!... ¿Cómo compaginar dos deseos tan diferentes; que su
marido se apartase de ella y que estuviese cerca? Porque la idea de que
se pudiera ir, dejándola sola, era como la muerte, y la de que se
acercaba y la cogía en brazos con apasionado atrevimiento, también la
ponía temblorosa y asustada. Habría deseado que no se apartara de ella,
pero que se estuviera quietecito.

Al día siguiente, cuando fueron a la catedral, ya bastante tarde, sabía
Jacinta una porción de expresiones cariñosas y de íntima confianza de
amor que hasta entonces no había pronunciado nunca, como no fuera en la
vaguedad discreta del pensamiento que recela descubrirse a sí mismo. No
le causaba vergüenza el decirle al otro que le idolatraba, así, así,
clarito... al pan pan y al vino vino... ni preguntarle a cada momento si
era verdad que él también estaba hecho un idólatra y que lo estaría
hasta el día del Juicio final. Y a la tal preguntita, que había venido a
ser tan frecuente como el pestañear, el que estaba de turno contestaba
_Chí_, dando a esta sílaba un tonillo de pronunciación infantil. El
_Chí_ se lo había enseñado Juanito aquella noche, lo mismo que el decir,
también en estilo mimoso, _¿me quieles?_, y otras tonterías y
chiquilladas empalagosas, dichas de la manera más grave del mundo. En la
misma catedral, cuando les quitaba la vista de encima el sacristán que
les enseñaba alguna capilla o preciosidad reservada, los esposos
aprovechaban aquel momento para darse besos a escape y a hurtadillas,
frente a la santidad de los altares consagrados o detrás de la estatua
yacente de un sepulcro. Es que Juanito era un pillín, y un goloso y un
atrevido. A Jacinta le causaban miedo aquellas profanaciones; pero las
consentía y toleraba, poniendo su pensamiento en Dios y confiando en que
Este, al verlas, volvería la cabeza con aquella indulgencia propia del
que es fuente de todo amor.

Todo era para ellos motivo de felicidad. Contemplar una maravilla del
arte les entusiasmaba y de puro entusiasmo se reían, lo mismo que de
cualquier contrariedad. Si la comida era mala, risas; si el coche que
les llevaba a la Cartuja iba danzando en los baches del camino, risas;
si el sacristán de las Huelgas les contaba mil papas, diciendo que la
señora abadesa se ponía mitra y gobernaba a los curas, risas. Y a más de
esto, todo cuanto Jacinta decía, aunque fuera la cosa más seria del
mundo, le hacía a Juanito una gracia extraordinaria. Por cualquier
tontería que este dijese, su mujer soltaba la carcajada. Las crudezas de
estilo popular y aflamencado que Santa Cruz decía alguna vez,
divertíanla más que nada y las repetía tratando de fijarlas en su
memoria. Cuando no son muy groseras, estas fórmulas de hablar hacen
gracia, como caricaturas que son del lenguaje.

El tiempo se pasa sin sentir para los que están en éxtasis y para los
enamorados. Ni Jacinta ni su esposo apreciaban bien el curso de las
fugaces horas. Ella, principalmente, tenía que pensar un poco para
averiguar si tal día era el tercero o el cuarto de tan feliz existencia.
Pero aunque no sepa apreciar bien la sucesión de los días, el amor
aspira a dominar en el tiempo como en todo, y cuando se siente
victorioso en lo presente, anhela hacerse dueño de lo pasado, indagando
los sucesos para ver si le son favorables, ya que no puede destruirlos y
hacerlos mentira. Fuerte en la conciencia de su triunfo presente,
Jacinta empezó a sentir el desconsuelo de no someter también el pasado
de su marido, haciéndose dueña de cuanto este había sentido y pensado
antes de casarse. Como de aquella acción pretérita sólo tenía leves
indicios, despertáronse en ella curiosidades que la inquietaban. Con los
mutuos cariños crecía la confianza, que empieza por ser inocente y va
adquiriendo poco a poco la libertad de indagar y el valor de las
revelaciones. Santa Cruz no estaba en el caso de que le mortificara la
curiosidad, porque Jacinta era la pureza misma. Ni siquiera había tenido
un novio de estos que no hacen más que mirar y poner la cara afligida.
Ella sí que tenla campo vastísimo en que ejercer su espíritu crítico.
Manos a la obra. No debe haber secretos entre los esposos. Esta es la
primera ley que promulga la curiosidad antes de ponerse a oficiar de
inquisidora.

Porque Jacinta hiciese la primera pregunta llamando a su marido _Nene_
(como él le había enseñado), no dejó este de sentirse un tanto molesto.
Iban por las alamedas de chopos que hay en Burgos, rectas e inacabables,
como senderos de pesadilla. La respuesta fue cariñosa, pero evasiva. ¡Si
lo que la _nena_ anhelaba saber era un devaneo, una tontería...!, cosas
de muchachos. La educación del hombre de nuestros días no puede ser
completa si este no trata con toda clase de gente, si no echa un vistazo
a todas las situaciones posibles de la vida, si no toma el tiento a las
pasiones todas. Puro estudio y educación pura... No se trataba de amor,
porque lo que es amor, bien podía decirlo, él no lo había sentido nunca
hasta que le hizo tilín la que ya era su mujer.

Jacinta creía esto; pero la fe es una cosa y la curiosidad otra. No
dudaba ni tanto así del amor de su marido; pero quería saber, sí señor,
quería enterarse de ciertas aventurillas. Entre esposos debe haber
siempre la mayor confianza, ¿no es eso? En cuanto hay secretos, adiós
paz del matrimonio. Pues bueno; ella quería leer de cabo a rabo ciertas
paginitas de la vida de su esposo antes de casarse. ¡Como que estas
historias ayudan bastante a la educación matrimonial! Sabiéndolas de
memoria, las mujeres viven más avisadas, y a poquito que los maridos se
deslicen... ¡tras!, ya están cogidos.

«Que me lo tienes que contar todito... Si no, no te dejo vivir».

Esto fue dicho en el tren, que corría y silbaba por las angosturas de
Pancorvo. En el paisaje veía Juanito una imagen de su conciencia. La vía
que lo traspasaba, descubriendo las sombrías revueltas, era la
indagación inteligente de Jacinta. El muy tuno se reía, prometiendo, eso
sí, contar luego; pero la verdad era que no contaba nada de sustancia.

«¡Sí, porque me engañas tú a mí!... A buena parte vienes... Sé más de lo
que te crees. Yo me acuerdo bien de algunas cosas que vi y oí. Tu mamá
estaba muy disgustada, porque te nos habías hecho muy chu... la... pito;
eso es».

El marido continuaba encerrado en su prudencia; mas no por eso se
enfadaba Jacinta. Bien le decía su sagacidad femenil que la obstinación
impertinente produce efectos contrarios a los que pretende. Otra habría
puesto en aquel caso unos morritos muy serios; ella no, porque fundaba
su éxito en la perseverancia combinada con el cariño capcioso y
diplomático. Entrando en un túnel de la Rioja, dijo así:

«¿Apostamos a que sin decirme tú una palabra, lo averiguo todo?».

Y a la salida del túnel, el enamorado esposo, después de estrujarla con
un abrazo algo teatral y de haber mezclado el restallido de sus besos al
mugir de la máquina humeante, gritaba:

«¿Qué puedo yo ocultar a esta mona golosa?... Te como; mira que te como.
¡Curiosona, fisgona, feúcha! ¿Tú quieres saber? Pues te lo voy a contar,
para que me quieras más».

--¿Más? ¡Qué gracia! Eso sí que es difícil.

--Espérate a que lleguemos a Zaragoza.

--No, ahora. --¿Ahora mismo?

--_Chí_.

--No... en Zaragoza. Mira que es historia larga y fastidiosa.

--Mejor... Cuéntala y luego veremos.

--Te vas a reír de mí. Pues señor... allá por Diciembre del año
pasado... no, del otro... ¿Ves?, ya te estás riendo.

--Que no me río, que estoy más seria que el Papamoscas.

--Pues bueno, allá voy... Como te iba diciendo, conocí a una mujer...
Cosas de muchachos. Pero déjame que empiece por el principio. Érase una
vez... un caballero anciano muy parecido a una cotorra y llamado
Estupiñá, el cual cayó enfermo y... cosa natural, sus amigos fueron a
verle... y uno de estos amigos, al subir la escalera de piedra, encontró
una muchacha que se estaba comiendo un huevo crudo... ¿Qué tal?...




--ii--


--Un huevo crudo... ¡qué asco!--exclamó Jacinta escupiendo una
salivita--. ¿Qué se puede esperar de quien se enamora de una mujer que
come huevos crudos?...

--Hablando aquí con imparcialidad, te diré que era guapa. ¿Te enfadas?

--¡Qué me voy a enfadar, hombre! Sigue...

Se comía el huevo, y te ofrecía y tú participaste...

--No, aquel día no hubo nada. Volví al siguiente y me la encontré otra
vez.

--Vamos, que le caíste en gracia y te estaba esperando.

No quería el Delfín ser muy explícito, y contaba a grandes rasgos,
suavizando asperezas y pasando como sobre ascuas por los pasajes de
peligro. Pero Jacinta tenía un arte instintivo para el manejo del
gancho, y sacaba siempre algo de lo que quería saber. Allí salió a
relucir parte de lo que Barbarita inútilmente intentó averiguar...
¿Quién era la del huevo?... Pues una chica huérfana que vivía con su
tía, la cual era huevera y pollera en la Cava de San Miguel. ¡Ah!
¡Segunda Izquierdo!... por otro nombre la _Melaera_, ¡qué basilisco!...
¡qué lengua!... ¡qué rapacidad!... Era viuda, y estaba liada, así se
dice, con un picador. «Pero basta de digresiones. La segunda vez que
entré en la casa, me la encontré sentada en uno de aquellos peldaños de
granito, llorando».

--¿A la tía? --No, mujer, a la sobrina. La tía le acababa de echar los
tiempos, y aún se oían abajo los resoplidos de la fiera... Consolé a la
pobre chica con cuatro palabrillas y me senté a su lado en el escalón.

--¡Qué poca vergüenza!

--Empezamos a hablar. No subía ni bajaba nadie. La chica era
confianzuda, inocentona, de estas que dicen todo lo que sienten, así lo
bueno como lo malo. Sigamos. Pues señor... al tercer día me la encontré
en la calle. Desde lejos noté que se sonreía al verme. Hablamos cuatro
palabras nada más; y volví y me colé en la casa; y me hice amigo de la
tía y hablamos; y una tarde salió el picador de entre un montón de
banastas donde estaba durmiendo la siesta, todo lleno de plumas, y
llegándose a mí me echó la zarpa, quiero decir, que me dio la manaza y
yo se la tomé, y me convidó a unas copas, y acepté y bebimos. No
tardamos Villalonga y yo en hacernos amigos de los amigos de aquella
gente... No te rías... Te aseguro que Villalonga me arrastraba a
aquella vida, porque se encaprichó por otra chica del barrio, como yo
por la sobrina de Segunda.

--¿Y cuál era más guapa?

--¡La mía!--replicó prontamente el Delfín, dejando entrever la fuerza de
su amor propio--, la mía... un animalito muy mono, una salvaje que no
sabía leer ni escribir. Figúrate, ¡qué educación! ¡Pobre pueblo!, y
luego hablamos de sus pasiones brutales, cuando nosotros tenemos la
culpa... Estas cosas hay que verlas de cerca... Sí, hija mía, hay que
poner la mano sobre el corazón del pueblo, que es sano... sí, pero a
veces sus latidos no son latidos, sino patadas... ¡Aquella infeliz
chica...! Como te digo, un animal; pero buen corazón, buen corazón...
¡pobre _nena_!

Al oír esta expresión de cariño, dicha por el Delfín tan
espontáneamente, Jacinta arrugó el ceño. Ella había heredado la
aplicación de la palabreja, que ya le disgustaba por ser como desecho de
una pasión anterior, un vestido o alhaja ensuciados por el uso; y
expresó su disgusto dándole al pícaro de Juanito una bofetada, que para
ser de mujer y en broma resonó bastante.

«¿Ves?, ya estás enfadada. Y sin motivo. Te cuento las cosas como
pasaron... Basta ya, basta de cuentos».

--No, no. No me enfado. Sigue, o te pego otra.

--No me da la gana... Si lo que yo quiero es borrar un pasado que
considero infamante; si no quiero tener ni memoria de él... Es un
episodio que tiene sus lados ridículos y sus lados vergonzosos. Los
pocos años disculpan ciertas demencias, cuando de ellas se saca el honor
puro y el corazón sano. ¿Para qué me obligas a repetir lo que quiero
olvidar, si sólo con recordarlo paréceme que no merezco este bien que
hoy poseo, tú, niña mía?

--Estás perdonado--dijo la esposa, arreglándose el cabello que Santa
Cruz le había descompuesto al acentuar de un modo material aquellas
expresiones tan sabias como apasionadas--. No soy impertinente, no exijo
imposibles. Bien conozco que los hombres la han de correr antes de
casarse. Te prevengo que seré muy celosa si me das motivo para serlo;
pero celos retrospectivos no tendré nunca.

Esto sería todo lo razonable y discreto que se quiera suponer; pero la
curiosidad no disminuía, antes bien aumentaba. Revivió con fuerza en
Zaragoza, después que los esposos oyeron misa en el Pilar y visitaron la
Seo.

«Si me quisieras contar algo más de aquello...» indicó Jacinta, cuando
vagaban por las solitarias y románticas calles que se extienden detrás
de la catedral.

Santa Cruz puso mala cara. «¡Pero qué tontín! Si lo quiero saber para
reírme, nada más que para reírme. ¿Qué creías tú, que me iba a
enfadar?... ¡Ay, qué bobito!... No, es que me hacen gracia tus
calaveradas. Tienen un _chic_. Anoche pensé en ellas, y aun soñé un
poquitito con la del huevo crudo y la tía y el mamarracho del tío. No,
si no me enojaba; me reía, créelo, me divertía viéndote entre esa
aristocracia, hecho un caballero, una persona decente, vamos, con el
pelito sobre la oreja. Ahora te voy a anticipar la continuación de la
historia. Pues señor... le hiciste el amor por lo fino, y ella lo
admitió por lo basto. La sacaste de la casa de su tía y os fuisteis los
dos a otro nido, en la Concepción Jerónima».

Juanito miró fijamente a su mujer, y después se echó a reír. Aquello no
era adivinación de Jacinta. Algo había oído sin duda, por lo menos el
nombre de la calle. Pensando que convenía seguir el tono festivo, dijo
así:

«Tú sabías el nombre de la calle; no vengas echándotelas de zahorí... Es
que Estupiñá me espiaba y le llevaba cuentos a mamá».

--Sigue con tu conquista. Pues señor...

--Cuestión de pocos días. En el pueblo, hija mía, los procedimientos son
breves. Ya ves cómo se matan. Pues lo mismo es el amor. Un día le dije:
«Si quieres probarme que me quieres, huye de tu casa conmigo». Yo pensé
que me iba a decir que no.

--Pensaste mal... sobre todo si en su casa había... leña.

--La respuesta fue coger el mantón, y decirme _vamos_. No podía salir
por la Cava. Salimos por la zapatería que se llama _Al ramo de
azucenas_. Lo que te digo; el pueblo es así, sumamente ejecutivo y
enemigo de trámites.

Jacinta miraba al suelo más que a su marido.

--Y a renglón seguido la consabida palabrita de casamiento--dijo
mirándole de lleno y observándole indeciso en la respuesta.

Aunque Jacinta no conocía personalmente a ninguna víctima de las
palabras de casamiento, tenía una clara idea de estos pactos diabólicos
por lo que de ellos había visto en los dramas, en las piezas cortas y
aun en las óperas, presentados como recurso teatral, unas veces para
hacer llorar al público y otras para hacerle reír. Volvió a mirar a su
marido, y notando en él una como sonrisilla de hombre de mundo, le dio
un pellizco acompañado de estos conceptos, un tanto airados:

«Sí, la palabra de casamiento con reserva mental de no cumplirla, una
burla, una estafa, una villanía. ¡Qué hombres!... Luego dicen... ¿Y esa
tonta no te sacó los ojos cuando se vio chasqueada?... Si hubiera sido
yo...».

--Si hubieras sido tú, tampoco me habrías sacado los ojos.

--Que sí... pillo... granujita. Vaya, no quiero saber más, no me cuentes
más.

--¿Para qué preguntas tú? Si te digo que no la quería, te enfadas
conmigo y tomas partido por ella... ¿Y si te dijera que la quería, que
al poco tiempo de sacarla de su casa, se me ocurría la simpleza de
cumplir la palabra de casamiento que le di?

--¡Ah, tuno!--exclamó Jacinta con ira cómica, aunque no enteramente
cómica--. Agradece que estamos en la calle, que si no, ahora mismo te
daba un par de repelones y de cada manotada me traía un mechón de
pelo... Con que casarte... ¡y me lo dices a mí!... ¡a mí!

La carcajada lanzada por Santa Cruz retumbó en la cavidad de la
plazoleta silenciosa y desierta con ecos tan extraños, que los dos
esposos se admiraron de oírla. Formaban la rinconada aquella vetustos
caserones de ladrillo modelado a estilo mudéjar, en las puertas
gigantones o salvajes de piedra con la maza al hombro, en las cornisas
aleros de tallada madera, todo de un color de polvo uniforme y
tristísimo. No se veían ni señales de alma viviente por ninguna parte.
Tras las rejas enmohecidas no aparecía ningún resquicio de maderas
entornadas por el cual se pudiera filtrar una mirada humana.

«Esto es tan solitario, hija mía--dijo el marido, quitándose el
sombrero y riendo--, que puedes armarme el gran escándalo sin que se
entere nadie».

Juanito corría. Jacinta fue tras él con la sombrilla levantada. «Que no
me coges». --«A que sí».--«Que te mato...». Y corrieron ambos por el
desigual pavimento lleno de yerba, él riendo a carcajadas, ella
coloradita y con los ojos húmedos. Por fin, ¡pum!, le dio un
sombrillazo, y cuando Juanito se rascaba, ambos se detuvieron jadeantes,
sofocados por la risa.

«Por aquí» dijo Santa Cruz señalando un arco que era la única salida.

Y cuando pasaban por aquel túnel, al extremo del cual se veía otra
plazoleta tan solitaria y misteriosa como la anterior, los amantes, sin
decirse una palabra, se abrazaron y estuvieron estrechamente unidos,
besuqueándose por espacio de un buen minuto y diciéndose al oído las
palabras más tiernas.

«Ya ves, esto es sabrosísimo. Quién diría que en medio de la calle podía
uno...».

--Si alguien nos viera... --murmuró Jacinta ruborizada, porque en
verdad, aquel rincón de Zaragoza podía ser todo lo solitario que se
quisiese, pero no era una alcoba.

--Mejor... si nos ven, mejor... Que se aguanten el gorro.

Y vuelta a los abracitos y a los vocablos de miel.

--Por aquí no pasa un alma... --dijo él--. Es más, creo que por aquí no
ha pasado nunca nadie. Lo menos hay dos siglos que no ha corrido por
estas paredes una mirada humana...

--Calla, me parece que siento pasos.

--Pasos... ¿a ver?... --Sí, pasos. En efecto, alguien venía. Oyose, sin
poder determinar por dónde, un arrastrar de pies sobre los guijarros del
suelo. Por entre dos casas apareció de pronto una figura negra. Era un
sacerdote viejo. Cogiéronse del brazo los consortes y avanzaron
afectando la mayor compostura. El clérigo, al pasar junto a ellos, les
miró mucho.

«Paréceme--indicó la esposa, agarrándose más al brazo de su marido y
pegándose mucho a él--, que nos lo ha conocido en la cara».

--¿Qué nos ha conocido?

--Que estábamos... tonteando.

--Psch... ¿y a mí, qué?

--Mira--dijo ella cuando llegaron a un sitio menos desierto--, no me
cuentes más historias. No quiero saber más. Punto final.

Rompió a reír, a reír, y el Delfín tuvo que preguntarle muchas veces la
causa de su hilaridad para obtener esta respuesta:

«¿Sabes de qué me río? De pensar en la cara que habría puesto tu mamá si
le entras por la puerta una nuera de mantón, sortijillas y pañuelo a la
cabeza, una nuera que dice _diquiá luego_ y no sabe leer».




--iii--


«Quedamos en que no hay más cuentos».

--No más... Bastante me he reído ya de tu tontería. Francamente, yo creí
que eras más avisado... Además, todo lo que me puedas contar me lo
figuro. Que te aburriste pronto. Es natural... El hombre bien criado y
la mujer ordinaria no emparejan bien. Pasa la ilusión, y después ¿qué
resulta? Que ella huele a cebolla y dice palabras feas... A él... como
si lo viera... se le revuelve el estómago, y empiezan las cuestiones. El
pueblo es sucio, la mujer de clase baja, por más que se lave el palmito,
siempre es pueblo. No hay más que ver las casas por dentro. Pues lo
mismo están los benditos cuerpos.

Aquella misma tarde, después de mirar la puerta del Carmen y los
elocuentes muros de Santa Engracia, que vieron lo que nadie volverá a
ver, paseaban por las arboledas de Torrero. Jacinta, pesando mucho sobre
el brazo de su marido, porque en verdad estaba cansadita, le dijo:

«Una sola cosa quiero saber, una sola. Después punto en boca. ¿Qué casa
era esa de la Concepción Jerónima...?».

--Pero, hija, ¿qué te importa?... Bueno, te lo diré. No tiene nada de
particular. Pues señor... vivía en aquella casa un tío de la tal,
hermano de la huevera, buen tipo, el mayor perdido y el animal más
grande que en mi vida he visto; un hombre que lo ha sido todo,
presidiario y revolucionario de barricadas, torero de invierno y
tratante en ganado. ¡Ah! ¡José Izquierdo!... te reirías si le vieras y
le oyeras hablar. Este tal le sorbió los sesos a una pobre mujer, viuda
de un platero y se casó con ella. Cada uno por su estilo, aquella pareja
valía un imperio. Todo el santo día estaban riñendo, de pico se
entiende... ¡Y qué tienda, hija, qué desorden, qué escenas! Primero se
emborrachaba él solo, después los dos a turno. Pregúntale a Villalonga;
él es quien cuenta esto a maravilla y remeda los jaleos que allí se
armaban. Paréceme mentira que yo me divirtiera con tales escándalos. ¡Lo
que es el hombre! Pero yo estaba ciego; tenía entonces la manía de lo
popular.

--¿Y su tía, cuando la vio deshonrada, se pondría hecha una furia,
verdad?

--Al principio sí... te diré...--replicó el Delfín buscando las
callejuelas de una explicación algo enojosa--. Pero más que por la
deshonra se enfurecía por la fuga. Ella quería tener en su casa a la
pobre muchacha, que era su machacante. Esta gente del pueblo es atroz.
¡Qué moral tan extraña la suya!, mejor dicho, no tiene ni pizca de
moral. Segunda empezó por presentarse todos los días en la tienda de la
Concepción Jerónima, y armar un escándalo a su hermano y a su cuñada.
«Que si tú eres esto, si eres lo otro...». Parece mentira; Villalonga y
yo, que oíamos estos _jollines_ desde el entresuelo, no hacíamos más que
reírnos. ¡A qué degradación llega uno cuando se deja caer así! Estaba yo
tan tonto, que me parecía que siempre había de vivir entre semejante
chusma. Pues no te quiero decir, hija de mi alma... un día que se metió
allí el picador, el querindango de Segunda. Este caballero y mi amigo
Izquierdo se tenían muy mala voluntad... ¡Lo que allí se dijeron!... Era
cosa de alquilar balcones.

--No sé cómo te divertía tanto salvajismo.

--Ni yo lo sé tampoco. Creo que me volví otro de lo que era y de lo que
volví a ser. Fue como un paréntesis en mi vida. Y nada, hija de mi alma,
fue el maldito capricho por aquella hembra popular, no sé qué de
entusiasmo artístico, una demencia ocasional que no puedo explicar.

--¿Sabes lo que estoy deseando ahora?--dijo bruscamente Jacinta.

--Que te calles, hombre, que te calles. Me repugna eso. Razón tienes; tú
no eras entonces tú. Trato de figurarme cómo eras y no lo puedo
conseguir. Quererte yo y ser tú como a ti mismo te pintas son dos cosas
que no puedo juntar.

--Dices bien, quiéreme mucho, y lo pasado pasado. Pero aguárdate un
poco: para dejar redondo el cuento, necesito añadir una cosa que te
sorprenderá. A las dos semanas de aquellos dimes y diretes, de tanta
bronca y de tanto escándalo entre los hermanos Izquierdo, y entre
Izquierdo y el picador, y tía y sobrina, se reconciliaron todos, y se
acabaron las riñas y no hubo más que finezas y apretones de manos.

--Sí que es particular. ¡Qué gente!

--El pueblo no conoce la dignidad. Sólo le mueven sus pasiones o el
interés. Como Villalonga y yo teníamos dinero largo para _juergas_ y
cañas, unos y otros tomaron el gusto a nuestros bolsillos, y pronto
llegó un día en que allí no se hacía más que beber, palmotear, tocar la
guitarra, _venga de ahí_, comer magras. Era una orgía continua. En la
tienda no se vendía; en ninguna de las dos casas se trabajaba. El día
que no había comida de campo había cena en la casa hasta la madrugada.
La vecindad estaba escandalizada. La policía rondaba. Villalonga y yo
como dos insensatos...

--¡Ay, qué par de apuntes!... Pero hijo, está lloviendo... a mí me ha
caído una gota en la punta de la nariz... ¿Ves?... Aprisita, que nos
mojamos.

El tiempo se les puso muy malo, y en todo el trayecto hasta Barcelona no
cesó de llover. Arrimados marido y mujer a la ventanilla, miraban la
lluvia, aquella cortina de menudas líneas oblicuas que descendían del
Cielo sin acabar de descender. Cuando el tren paraba, se sentía el
gotear del agua que los techos de los coches arrojaban sobre los
estribos. Hacía frío, y aunque no lo hiciera, los viajeros lo tendrían
sólo de ver las estaciones encharcadas, los empleados calados y los
campesinos que venían a tomar el tren con un saco por la cabeza. Las
locomotoras chorreaban agua y fuego juntamente, y en los hules de las
plataformas del tren de mercancías se formaban bolsas llenas de agua,
pequeños lagos donde habrían podido beber los pájaros, si los pájaros
tuvieran sed aquel día.

Jacinta estaba contenta, y su marido también, a pesar de la melancolía
llorona del paisaje; pero como había otros viajeros en el vagón, los
recién casados no podían entretener el tiempo con sus besuqueos y
tonterías de amor. Al llegar, los dos se reían de la formalidad con que
habían hecho aquel viaje, pues la presencia de personas extrañas no les
dejó ponerse babosos. En Barcelona estuvo Jacinta muy distraída con la
animación y el fecundo bullicio de aquella gran colmena de hombres.
Pasaron ratos muy dichosos visitando las soberbias fábricas de Batlló y
de Sert, y admirando sin cesar, de taller en taller, las maravillosas
armas que ha discurrido el hombre para someter a la Naturaleza. Durante
tres días, la historia aquella del huevo crudo, la mujer seducida y la
familia de insensatos que se amansaban con orgías, quedó completamente
olvidada o perdida en un laberinto de máquinas ruidosas y ahumadas, o en
el triquitraque de los telares. Los de Jacquard con sus incomprensibles
juegos de cartones agujereados tenían ocupada y suspensa la imaginación
de Jacinta, que veía aquel prodigio y no lo quería creer. ¡Cosa
estupenda! «Está una viendo las cosas todos los días, y no piensa en
cómo se hacen, ni se le ocurre averiguarlo. Somos tan torpes, que al ver
una oveja no pensamos que en ella están nuestros gabanes. ¿Y quién ha de
decir que las chambras y enaguas han salido de un árbol? ¡Toma, el
algodón! ¿Pues y los tintes? El carmín ha sido un bichito, y el negro
una naranja agria, y los verdes y azules carbón de piedra. Pero lo más
raro de todo es que cuando vemos un burro, lo que menos pensamos es que
de él salen los tambores. ¿Pues, y eso de que las cerillas se saquen de
los huesos, y que el sonido del violín lo produzca la cola del caballo
pasando por las tripas de la cabra?».

Y no paraba aquí la observadora. En aquella excursión por el campo
instructivo de la industria, su generoso corazón se desbordaba en
sentimientos filantrópicos, y su claro juicio sabía mirar cara a cara
los problemas sociales. «No puedes figurarte--decía a su marido, al
salir de un taller--, cuánta lástima me dan esas infelices muchachas
que están aquí ganando un triste jornal, con el cual no sacan ni para
vestirse. No tienen educación, son como máquinas, y se vuelven tan
tontas... más que tontería debe de ser aburrimiento... se vuelven tan
tontas digo, que en cuanto se les presenta un pillo cualquiera se dejan
seducir... Y no es maldad; es que llega un momento en que dicen: 'Vale
más ser mujer mala que máquina buena'».

--Filosófica está mi mujercita.

--Vaya... di que no me he lucido... En fin, no se habla más de eso. Di
si me quieres, sí o no... pero pronto, pronto.

Al otro día, en las alturas de Tibidabo, viendo a sus pies la inmensa
ciudad tendida en el llano, despidiendo por mil chimeneas el negro
resuello que declara su fogosa actividad, Jacinta se dejó caer del lado
de su marido y le dijo:

«Me vas a satisfacer una curiosidad... la última».

Y en el momento que tal habló arrepintiose de ello, porque lo que
deseaba saber, si picaba mucho en curiosidad, también le picaba algo el
pudor. ¡Si encontrara una manera delicada de hacer la pregunta...!
Revolvió en su mente todo lo que sabía y no hallaba ninguna fórmula que
sentase bien en su boca. Y la cosa era bastante natural. O lo había
pensado o lo había soñado la noche anterior; de eso no estaba segura;
mas era una consecuencia que a cualquiera se le ocurre sacar. El orden
de sus juicios era el siguiente: ¿Cuánto tiempo duró el enredo de mi
marido con esa mujer?, no lo sé. Pero durase más o durase menos, bien
podría suceder que... hubiera nacido algún chiquillo». Esta era la
palabra difícil de pronunciar, _¡chiquillo!_, Jacinta no se atrevía, y
aunque intentó sustituirla con _familia, sucesión_, tampoco salía.

--No, no era nada. --Tú has dicho que me ibas a preguntar no sé qué.

--Era una tontería; no hagas caso.

--No hay nada que más me cargue que esto... decirle a uno que le van a
preguntar una cosa y después no preguntársela. Se queda uno confuso y
haciendo mil cálculos. Eso, eso, guárdalo bien... No le caerán moscas.
Mira, hija de mi alma, cuando no se ha de tirar no se apunta.

--Ya tiraré... tiempo hay, hijito.

--Dímelo ahora... ¿Qué será, qué no será?

--Nada... no era nada. Él la miraba y se ponía serio. Parecía que le
adivinaba el pensamiento, y ella tenía tal expresión en sus ojos y en su
sonrisilla picaresca, que casi casi se podía leer en su cara la palabra
que andaba por dentro. Se miraban, se reían, y nada más. Para sí dijo la
esposa: «a su tiempo maduran las uvas. Vendrán días de mayor confianza,
y hablaremos... y sabré si hay o no algún _hueverito_ por ahí».




--iv--


Jacinta no tenía ninguna especie de erudición. Había leído muy pocos
libros. Era completamente ignorante en cuestiones de geografía
artística; y sin embargo, apreciaba la poesía de aquella región costera
mediterránea que se desarrolló ante sus ojos al ir de Barcelona a
Valencia. Los pueblecitos marinos desfilaban a la izquierda de la vía,
colocados entre el mar azul y una vegetación espléndida. A trozos, el
paisaje azuleaba con la plateada hoja de los olivos; más allá las viñas
lo alegraban con la verde gala del pámpano. La vela triangular de las
embarcaciones, las casitas bajas y blancas, la ausencia de tejados
puntiagudos y el predominio de la línea horizontal en las
construcciones, traían al pensamiento de Santa Cruz ideas de arte y
naturaleza helénica. Siguiendo las rutinas a que se dan los que han
leído algunos libros, habló también de Constantino, de Grecia, de las
barras de Aragón y de los pececillos que las tenían pintadas en el lomo.
Era de cajón sacar a relucir las colonias fenicias, cosa de que Jacinta
no entendía palotada, ni le hacía falta. Después vinieron Prócida y las
Vísperas Sicilianas, D. Jaime de Aragón, Roger de Flor y el Imperio de
Oriente, el duque de Osuna y Nápoles, Venecia y el marqués de Bedmar,
Massanielo, los Borgias, Lepanto, D. Juan de Austria, las galeras y los
piratas, Cervantes y los padres de la Merced.

Entretenida Jacinta con los comentarios que el otro iba poniendo a la
rápida visión de la costa mediterránea, condensaba su ciencia en estas o
parecidas expresiones: «¿Y la gente que vive aquí, será feliz o será tan
desgraciada como los aldeanos de tierra adentro, que nunca han tenido
que ver con el Gran Turco ni con la capitana de D. Juan de Austria?
Porque los de aquí no apreciarán que viven en un paraíso, y el pobre,
tan pobre es en Grecia como en Getafe».

Agradabilísimo día pasaron, viendo el risueño país que a sus ojos se
desenvolvía, el caudaloso Ebro, las marismas de su delta, y por fin, la
maravilla de la región valenciana, la cual se anunció con grupos de
algarrobos, que de todas partes parecían acudir bailando al encuentro
del tren. A Jacinta le daban marcos cuando los miraba con fijeza. Ya se
acercaban hasta tocar con su copudo follaje la ventanilla; ya se
alejaban hacia lo alto de una colina; ya se escondían tras un otero,
para reaparecer haciendo pasos y figuras de minueto o jugando al
escondite con los palos del telégrafo.

El tiempo, que no les había sido muy favorable en Zaragoza y Barcelona,
mejoró aquel día. Espléndido sol doraba los campos. Toda la luz del
cielo parecía que se colaba dentro del corazón de los esposos. Jacinta
se reía de la danza de los algarrobos, y de ver los pájaros posados en
fila en los alambres telegráficos. «Míralos, míralos allí. ¡Valientes
pícaros! Se burlan del tren y de nosotros».

--Fíjate ahora en los alambres. Son iguales al pentagrama de un papel de
música. Mira cómo sube, mira cómo baja. Las cinco rayas parece que están
grabadas con tinta negra sobre el cielo azul, y que el cielo es lo que
se mueve como un telón de teatro no acabado de colgar.

--Lo que yo digo--expresó Jacinta riendo--Mucha poesía, mucha cosa
bonita y nueva; pero poco que comer. Te lo confieso, marido de mi alma;
tengo un hambre de mil demonios. La madrugada y este fresco del campo,
me han abierto el apetito de par en par.

--Yo no quería hablar de esto para no desanimarte. Pronto llegaremos a
una estación de fonda. Si no, compraremos aunque sea unas rosquillas o
pan seco... El viajar tiene estas peripecias. Ánimo chica, y dame un
beso, que las hambres con amor son menos.

--Allá van tres, y en la primera estación, mira bien, hijo, a ver si
descubrimos algo. ¿Sabes lo que yo me comería ahora?

--¿Un bistec? --No. --¿Pues qué? --Uno y medio. --Ya te contentarás con
naranja y media.

Pasaban estaciones, y la fonda no parecía. Por fin, en no sé cuál
apareció una mujer, que tenía delante una mesilla con licores,
rosquillas, pasteles adornados con hormigas y unos... ¿qué era aquello?
«¡Pájaros fritos!--gritó Jacinta a punto que Juan bajaba del vagón--.
Tráete una docena... No... oye, dos docenas».

Y otra vez el tren en marcha. Ambos se colocaron rodillas con rodillas,
poniendo en medio el papel grasiento que contenía aquel _montón de
cadáveres_ fritos, y empezaron a comer con la prisa que su mucha hambre
les daba.

«¡Ay, qué ricos están! Mira qué pechuga... Este para ti, que está muy
gordito».

--No, para ti, para ti. La mano de ella era tenedor para la boca de él,
y viceversa. Jacinta decía que en su vida había hecho una comida que más
le supiese.

«Este sí que está de buen año... ¡pobre ángel! El infeliz estaría ayer
con sus compañeros posado en el alambre tan contento, tan guapote,
viendo pasar el tren y diciendo «allá van esos brutos»... hasta que vino
el más bruto de todos, un cazador y... ¡prum!... Todo para que nosotros
nos regaláramos hoy. Y a fe que están sabrosos. Me ha gustado este
almuerzo.

--Y a mí. Ahora veamos estos pasteles. El ácido fórmico es bueno para la
digestión.

--¿El ácido qué...?

--Las hormigas, chica. No repares, y adentro. Mételes el diente. Están
riquísimos.

Restauradas las fuerzas, la alegría se desbordaba de aquellas almas. «Ya
no me marean los algarrobos--decía Jacinta--; bailad, bailad. ¡Mira qué
casas, qué emparrados! Y aquello, ¿qué es?, naranjos. ¡Cómo huelen!».

Iban solos. ¡Qué dicha, siempre solitos! Juan se sentó junto a la
ventana y Jacinta sobre sus rodillas. Él le rodeaba la cintura con el
brazo. A ratos charlaban, haciendo ella observaciones cándidas sobre
todo lo que veía. Pero después transcurrían algunos ratos sin que
ninguno dijera una palabra. De repente volviose Jacinta hacia su marido,
y echándole un brazo alrededor del cuello, le soltó esta:

«No me has dicho cómo se llamaba».

--¿Quién? --preguntó Santa Cruz algo atontado.

--Tu adorado tormento, tu... Cómo se llamaba o cómo se llama... porque
supongo que vivirá.

--No lo sé... ni me importa. Vaya con lo que sales ahora.

--Es que hace un rato me dio por pensar en ella. Se me ocurrió de
repente. ¿Sabes cómo? Vi unos refajos encarnados puestos a secar en un
arbusto. Tú dirás que qué tiene que ver... Es claro, nada; pero vete a
saber cómo se enlazan en el pensamiento las ideas. Esta mañana me acordé
de lo mismo cuando pasaban rechinando las carretillas cargadas de
equipajes. Anoche me acordé, ¿cuándo creerás? Cuando apagaste la luz. Me
pareció que la llama era una mujer que decía ¡ay!, y se caía muerta. Ya
sé que son tonterías, pero en el cerebro pasan cosas muy particulares.
¿Con que, _nenito_, desembuchas eso, sí o no?

--¿Qué? --El nombre. --Déjame a mí de nombres.

--¡Qué poco amable es este señor!--dijo abrazándole--. Bueno, guarda el
secretito, hombre, y dispensa. Ten cuidado no te roben esa preciosidad.
Eso, eso es, o somos reservados o no. Yo me quedo lo mismo que estaba.
No creas que tengo gran interés en saberlo. ¿Qué me meto yo en el
bolsillo con saber un nombre más?

--Es un nombre muy feo... No me hagas pensar en lo que quiero
olvidar--replicó Santa Cruz con hastío--No te digo una palabra, ¿sabes?


--Gracias, amado pueblo... Pues mira, si te figuras que voy a tener
celos, te llevas chasco. Eso quisieras tú para darte tono. No los tengo
ni hay para qué.

No sé qué vieron que les distrajo de aquella conversación. El paisaje
era cada vez más bonito, y el campo, convirtiéndose en jardín, revelaba
los refinamientos de la civilización agrícola. Todo era allí nobleza, o
sea naranjos, los árboles de hoja perenne y brillante, de flores
olorosísimas y de frutas de oro, árbol ilustre que ha sido una de las
más socorridas muletillas de los poetas, y que en la región valenciana
está por los suelos, quiero decir, que hay tantos, que hasta los poetas
los miran ya como si fueran cardos borriqueros. Las tierras labradas
encantan la vista con la corrección atildada de sus líneas. Las
hortalizas bordan los surcos y dibujan el suelo, que en algunas partes
semeja un cañamazo. Los variados verdes, más parece que los ha hecho el
arte con una brocha, que no la Naturaleza con su labor invisible. Y por
todas partes flores, arbustos tiernos; en las estaciones acacias
gigantescas que extienden sus ramas sobre la vía; los hombres con
zaragüelles y pañuelo liado a la cabeza, resabio morisco; las mujeres
frescas y graciosas, vestidas de indiana y peinadas con rosquillas de
pelo sobre las sienes.

«¿Y cuál es --preguntó Jacinta deseosa de instruirse--el árbol de las
chufas?».

Juan no supo contestar, porque tampoco él sabía de dónde diablos salían
las chufas. Valencia se aproximaba ya. En el vagón entraron algunas
personas; pero los esposos no dejaron la ventanilla. A ratos se veía el
mar, tan azul, tan azul, que la retina padecía el engaño de ver verde el
cielo.

¡Sagunto! ¡Ay, qué nombre!, cuando se le ve escrito con las letras
nuevas y acaso torcidas de una estación, parece broma. No es de todos
los días ver envueltas en el humo de las locomotoras las inscripciones
más retumbantes de la historia humana. Juanito, que aprovechaba las
ocasiones de ser sabio sentimental, se pasmó más de lo conveniente de la
aparición de aquel letrero.

«Y qué, ¿qué es?--preguntó Jacinta picada de la novelería--. ¡Ah!
Sagunto, ya... un nombre. De fijo que hubo aquí alguna marimorena. Pero
habrá llovido mucho desde entonces. No te entusiasmes, hijo, y tómalo
con calma. ¿A qué viene tanto _¡ah!, ¡oh!_...? Todo porque aquellos
brutos...».

--¿Chica, qué estás ahí diciendo?

--Sí, hijo de mi alma, porque aquellos brutos... no me vuelvo atrás...
hicieron una barbaridad. Bueno, llámalos héroes si quieres, y cierra
esa boca que te me estás pareciendo al Papamoscas de Burgos.

Vuelta a contemplar el jardín agrícola en cuyo verdor se destacaban las
cabañas de paja con una cruz en el pico del techo. En los bardales vio
Jacinta unas plantas muy raras, de vástagos escuetos y pencas enormes,
que llamaron su atención. «Mira, mira, qué esperpento de árbol. ¿Será el
de los higos chumbos?».

--No, hija mía, los higos chumbos los da esa otra planta baja, compuesta
de unas palas erizadas de púas. Aquello otro es la pita, que da por
fruto las sogas.

--Y el esparto, ¿dónde está?

--Hasta eso no llega mi sabiduría. Por ahí debe de andar.

El tren describía amplísima curva. Los viajeros distinguieron una gran
masa de edificios cuya blancura descollaba entre el verde. Los grupos de
árboles la tapaban a trechos; después la descubrían. «Ya estamos en
Valencia, chiquilla; mírala allí».

Valencia era, la ciudad mejor situada del mundo, según dijo un agudo
observador, por estar construida en medio del campo. Poco después, los
esposos, empaquetados dentro de una tartana, penetraban por las calles
angostas y torcidas de la ciudad campestre. «¡Pero qué país, hijo!... Si
esto parece un biombo... ¿A dónde nos lleva este hombre?».--«A la fonda
sin duda».

A media noche, cuando se retiraron fatigados a su domicilio después de
haber paseado por las calles y oído media _Africana_ en el teatro de la
Princesa, Jacinta sintió que de repente, sin saber cómo ni por qué, la
picaba en el cerebro el gusanillo aquel, la idea perseguidora, la penita
disfrazada de curiosidad. Juan se resistió a satisfacerla, alegando
razones diversas. «No me marees, hija... Ya te he dicho que quiero
olvidar eso...».

--Pero el nombre, _nene_, el nombre nada más. ¿Qué te cuesta abrir la
boca un segundo?... No creas que te voy a reñir, tontín.

Hablando así se quitaba el sombrero, luego el abrigo, después el cuerpo,
la falda, el _polisón_, y lo iba poniendo todo con orden en las butacas
y sillas del aposento. Estaba rendida y no veía las santas horas de dar
con sus fatigadas carnes en la cama. El esposo también iba soltando
ropa. Aparentaba buen humor; pero la curiosidad de Jacinta le
desagradaba ya. Por fin, no pudiendo resistir a las monerías de su
mujer, no tuvo más remedio que decidirse. Ya estaban las cabezas sobre
las almohadas, cuando Santa Cruz echó perezoso de su boca estas
palabras:

«Pues te lo voy a decir; pero con la condición de que en tu vida más...
en tu vida más me has de mentar ese nombre, ni has de hacer la menor
alusión... ¿entiendes? Pues se llama...».

--Gracias a Dios, hombre. Le costaba mucho trabajo decirlo. La otra le
ayudaba.

--Se llama _For_...

--_For_... _narina_.

--No. _For_... _tuna_...

--_Fortunata_.

--Eso... Vamos, ya estás satisfecha.

--Nada más. Te has portado, has sido amable. Así es como te quiero yo.

Pasado un ratito, dormía como un ángel... dormían los dos.




--v--


«¿Sabes lo que se me ha ocurrido?--dijo Santa Cruz a su mujer dos días
después en la estación de Valencia--. Me parece una tontería que vayamos
tan pronto a Madrid. Nos plantaremos en Sevilla. Pondré un parte a
casa».

Al pronto Jacinta se entristeció. Ya tenía deseos de ver a sus hermanas,
a su papá y a sus tíos y suegros. Pero la idea de prolongar un poco
aquel viaje tan divertido, conquistó en breve su alma. ¡Andar así,
llevados en las alas del tren, que algo tiene siempre, para las almas
jóvenes, de dragón de fábula, era tan dulce, tan entretenido...!

Vieron la opulenta ribera del Júcar, pasaron por Alcira, cubierta de
azahares, por Játiva la risueña; después vino Montesa, de feudal
aspecto, y luego Almansa en territorio frío y desnudo. Los campos de
viñas eran cada vez más raros, hasta que la severidad del suelo les dijo
que estaban en la adusta Castilla. El tren se lanzaba por aquel campo
triste, como inmenso lebrel, olfateando la vía y ladrando a la noche
tarda, que iba cayendo lentamente sobre el llano sin fin. Igualdad,
palos de telégrafo, cabras, charcos, matorrales, tierra gris, inmensidad
horizontal sobre la cual parecen haber corrido los mares poco ha; el
humo de la máquina alejándose en bocanadas majestuosas hacia el
horizonte; las guardesas con la bandera verde señalando el paso libre,
que parece el camino de lo infinito; bandadas de aves que vuelan bajo, y
las estaciones haciéndose esperar mucho, como si tuvieran algo bueno...
Jacinta se durmió y Juanito también. Aquella dichosa Mancha era un
narcótico. Por fin bajaron en Alcázar de San Juan, a media noche,
muertos de frío. Allí esperaron el tren de Andalucía, tomaron chocolate,
y vuelta a rodar por otra zona manchega, la más ilustre de todas, la
Argamasillesca.

Pasaron los esposos una mala noche por aquella estepa, matando el frío
muy juntitos bajo los pliegues de una sola manta, y por fin llegaron a
Córdoba, donde descansaron y vieron la Mezquita, no bastándoles un día
para ambas cosas. Ardían en deseos de verse en la sin par Sevilla...
Otra vez al tren. Serían las nueve de la noche cuando se encontraron
dentro de la romántica y alegre ciudad, en medio de aquel idioma ceceoso
y de los donaires y chuscadas de la gente andaluza. Pasaron allí creo
que ocho o diez días, encantados, sin aburrirse ni un solo momento,
viendo los portentos de la arquitectura y de la Naturaleza, participando
del buen humor que allí se respira con el aire y se recoge de las
miradas de los transeúntes. Una de las cosas que más cautivaban a
Jacinta era aquella costumbre de los patios amueblados y ajardinados, en
los cuales se ve que las ramas de una azalea bajan hasta acariciar las
teclas del piano, como si quisieran tocar. También le gustaba a Jacinta
ver que todas las mujeres, aun las viejas que piden limosna, llevan su
flor en la cabeza. La que no tiene flor se pone entre los pelos
cualquier hoja verde y va por aquellas calles vendiendo vidas.

Una tarde fueron a comer a un bodegón de Triana, porque decía Juanito
que era preciso conocer todo de cerca y codearse con aquel originalísimo
pueblo, artista nato, poeta que parece pintar lo que habla, y que
recibió del Cielo el don de una filosofía muy socorrida, que consiste en
tomar todas las cosas por el lado humorístico, y así la vida, una vez
convertida en broma, se hace más llevadera. Bebió el Delfín muchas
cañas, porque opinaba con gran sentido práctico que para asimilarse a
Andalucía y sentirla bien en sí, es preciso introducir en el cuerpo toda
la manzanilla que este pueda contener. Jacinta no hacía más que probarla
y la encontraba áspera y acídula, sin conseguir apreciar el olorcillo a
_pero de Ronda_ que dicen que tiene aquella bebida.

Retiráronse de muy buen humor a la fonda, y al llegar a ella vieron que
en el comedor había mucha gente. Era un banquete de boda. Los novios
eran españoles anglicanizados de Gibraltar. Los esposos Santa Cruz
fueron invitados a tomar algo, pero lo rehusaron; únicamente bebieron un
poco de Champagne, por que no dijeran. Después un inglés muy pesado, que
chapurraba el castellano con la boca fruncida y los dientes apretados,
como si quisiera mordiscar las palabras, se empeñó en que habían de
tomar unas cañas. «De ninguna manera... muchas gracias». --«¡Ooooh!,
sí»... El comedor era un hervidero de alegría y de chistes, entre los
cuales empezaban a sonar algunos de gusto dudoso. No tuvo Santa Cruz más
remedio que ceder a la exigencia de aquel maldito inglés, y tomando de
sus manos la copa, decía a media voz: «Valiente _curdela_ tienes tú».
Pero el inglés no entendía... Jacinta vio que aquello se iba poniendo
malo. El inglés llamaba al orden, diciendo a los más jóvenes con su
boquita cerrada que tuvieran _fundamenta_. Nadie necesitaba tanto como
él que se le llamase al orden, y sobre todo, lo que más falta le hacía
era que le recortaran la bebida, porque aquello no era ya boca, era un
embudo. Jacinta presintió la jarana, y tomando una resolución súbita,
tiró del brazo a su marido y se lo llevó, a punto que este empezaba a
tomarle el pelo al inglés.

«Me alegro--dijo el Delfín, cuando su mujer le conducía por las
escaleras arriba--; me alegro de que me hubieras sacado de allí, porque
no puedes figurarte lo que me iba cargando el tal inglés, con sus
dientes blancos y apretados, con su amabilidad y su zapatito bajo... Si
sigo un minuto más, le pego un par de trompadas... Ya se me subía la
sangre a la cabeza...».

Entraron en su cuarto, y sentados uno frente a otro, pasaron un rato
recordando los graciosos tipos que en el comedor estaban y los equívocos
que allí se decían. Juan hablaba poco y parecía algo inquieto. De
repente le entraron ganas de volver abajo. Su mujer se oponía.
Disputaron. Por fin Jacinta tuvo que echar la llave a la puerta.

«Tienes razón--dijo Santa Cruz dejándose caer a plomo sobre la
silla.--Más vale que me quede aquí... porque si bajo, y vuelve el
_mister_ con sus finuras, le pego... Yo también sé _boxear_».

Hizo el ademán del _box_, y ya entonces su mujer le miró muy seria.

--Debes acostarte--le dijo. --Es temprano... Nos estaremos aquí de
tertulia... sí... ¿tú no tienes sueño? Yo tampoco. Acompañaré a mi cara
mitad. Ese es mi deber, y sabré cumplirlo, sí señora. Porque yo soy
esclavo del deber...

Jacinta se había quitado el sombrero y el abrigo. Juanito la sentó sobre
sus rodillas y empezó a saltarla como a los niños cuando se les hace el
caballo. Y dale con la tarabilla de que él era esclavo de su deber, y de
que lo primero de todo es la familia. El trote largo en que la llevaba
su marido empezó a molestar a Jacinta, que se desmontó y se fue a la
silla en que antes estaba. Él entonces se puso a dar paseos rápidos por
la habitación.

--Mi mayor gusto es estar al lado de mi adorada _nena_--decía sin
mirarla--. _Te amo con delirio_ como se dice en los dramas. Bendita sea
mi madrecita... que me casó contigo...

Hincósele delante y le besó las manos. Jacinta le observaba con atención
recelosa, sin pestañear, queriendo reírse y sin poderlo conseguir. Santa
Cruz tomó un tono muy plañidero para decirle:

«¡Y yo tan estúpido que no conocí tu mérito!, ¡yo que te estaba mirando
todos los días, como mira el burro la flor sin atreverse a comérsela! ¡Y
me comí el cardo!... ¡Oh!, perdón, perdón... Estaba ciego, encanallado;
era yo muy _cañí_... esto quiere decir _gitano_, vida mía. El vicio y la
grosería habían puesto una costra en mi corazón... llamémosle
_garlochín_... Jacintilla, no me mires así. Esto que te digo es la pura
verdad. Si te miento, que me quede muerto ahora mismo. Todas mis faltas
las veo claras esta noche. No sé lo que me pasa; estoy como inspirado...
tengo más espíritu, créetelo... te quiero más, cielito, paloma, y te voy
a hacer un altar de oro para adorarte».

«¡Jesús, qué fino está el tiempo!--exclamó la esposa que ya no podía
ocultar su disgusto--. ¿Por qué no te acuestas?».

--Acostarme yo, yo... cuando tengo que contarte tantas cosas,
_chavala_!--añadió Santa Cruz, que cansado ya de estar de rodillas,
había cogido una banqueta para sentarse a los pies de su mujer--.
Perdona que no haya sido franco contigo. Me daba vergüenza de revelarte
ciertas cosas. Pero ya no puedo más: mi conciencia se vuelca como una
urna llena que se cae... así, así; y afuera todo... Tú me absolverás
cuando me oigas, ¿verdad? Di que sí... Hay momentos en la vida de los
pueblos, quiero decir, en la vida del hombre, momentos terribles, alma
mía. Tú lo comprendes... Yo no te conocía entonces. Estaba como la
humanidad antes de la venida del Mesías, a oscuras, apagado el gas...
sí. No me condenes, no, no, no me condenes sin oírme...

Jacinta no sabía qué hacer. Uno y otro se estuvieron mirando breve rato,
los ojos clavados en los ojos, hasta que Juan dijo en voz queda:

«¡Si la hubieras visto...! Fortunata tenía los ojos como dos estrellas,
muy semejantes a los de la Virgen del Carmen que antes estaba en Santo
Tomás y ahora en San Ginés. Pregúntaselo a Estupiñá, pregúntaselo si lo
dudas... a ver... Fortunata tenía las manos bastas de tanto trabajar, el
corazón lleno de inocencia...

Fortunata no tenía educación; aquella boca tan linda se comía muchas
letras y otras las equivocaba. Decía _indilugencias, golver, asín._ Pasó
su niñez cuidando el _ganado_. ¿Sabes lo que es el ganado? Las gallinas.
Después criaba los palomos a sus pechos. Como los palomos no comen sino
del pico de la madre, Fortunata se los metía en el seno, ¡y si vieras tú
qué seno tan bonito!, sólo que tenía muchos rasguños que le hacían los
palomos con los garfios de sus patas. Después cogía en la boca un buche
de agua y algunos granos de algarroba, y metiéndose el pico en la
boca... les daba de comer... Era la paloma madre de los tiernos
pichoncitos... Luego les daba su calor natural... les arrullaba, les
hacía _rorrooó_... les cantaba canciones de nodriza... ¡Pobre
Fortunata, pobre _Pitusa_!... ¿Te he dicho que la llamaban la _Pitusa_?
¿No?... pues te lo digo ahora. Que conste... Yo la perdí... sí... que
conste también; es preciso que cada cual cargue con su
responsabilidad... Yo la perdí, la engañé, le dije mil mentiras, le hice
creer que me iba a casar con ella. ¿Has visto?... ¡Si seré pillín!...
Déjame que me ría un poco... Sí, todas las papas que yo le decía, se las
tragaba... El pueblo es muy inocente, es tonto de remate, todo se lo
cree con tal que se lo digan con palabras finas... La engañé, le
_garfiñé_ su honor, y tan tranquilo. Los hombres, digo, los señoritos,
somos unos miserables; creemos que el honor de las hijas del pueblo es
cosa de juego... No me pongas esa cara, vida mía. Comprendo que tienes
razón; soy un infame, merezco tu desprecio; porque... lo que tú dirás,
una mujer es siempre una criatura de Dios, ¿verdad?... y yo, después que
me divertí con ella, la dejé abandonada en medio de las calles...
justo... su destino es el destino de las perras... Di que sí».




--vi--


Jacinta estaba alarmadísima, medio muerta de miedo y de dolor. No sabía
qué hacer ni qué decir. «Hijo mío--exclamó limpiando el sudor de la
frente de su marido--, ¡cómo estás...! Cálmate, por María Santísima.
Estás delirando».

--No, no; esto no es delirio, es arrepentimiento--añadió Santa Cruz,
quien, al moverse, por poco se cae, y tuvo que apoyar las manos en el
suelo--. ¿Crees acaso que el vino...? ¡Oh! no, hija mía, no me hagas ese
disfavor. Es que la conciencia se me ha subido aquí al cuello, a la
cabeza, y me pesa tanto, que no puedo guardar bien el equilibrio...
Déjame que me prosterne ante ti y ponga a tus pies todas mis culpas para
que las perdones... No te muevas, no me dejes solo, por Dios... ¿A dónde
vas? ¿No ves mi aflicción?

--Lo que veo... ¡Oh! Dios mío. Juan, por amor de Dios, sosiégate; no
digas más disparates. Acuéstate. Yo te haré una taza de té.

--¡Y para qué quiero yo té, desventurada!...--dijo el otro en un tono
tan descompuesto, que a Jacinta se le saltaron las lágrimas--. ¡Té...!,
lo que quiero es tu perdón, el perdón de la humanidad, a quien he
ofendido, a quien he ultrajado y pisoteado. Di que sí... Hay momentos en
la vida de los pueblos, digo, en la vida de los hombres, en que uno
debiera tener mil bocas para con todas ellas a la vez... expresar la,
la, la... Sería uno un coro... eso, eso... Porque yo he sido malo, no me
digas que no, no me lo digas...

Jacinta advirtió que su marido sollozaba. ¿Pero de veras sollozaba o
era broma?

«Juan, ¡por Dios!, me estás atormentando».

--No, niña de mi alma --replicó él sentado en el suelo sin descubrir el
rostro, que tenía entre las manos--. ¿No ves que lloro? Compadécete de
este infeliz... He sido un perverso... Porque la _Pitusa_ me
idolatraba... Seamos francos.

Alzó entonces la cabeza, y tomó un aire más tranquilo.

--Seamos francos; la verdad ante todo... me idolatraba. Creía que yo no
era como los demás, que era la caballerosidad, la hidalguía, la
decencia, la nobleza en persona, el acabose de los hombres... ¡Nobleza,
qué sarcasmo! Nobleza en la mentira; digo que no puede ser... y que no,
y que no. ¡Decencia porque se lleva una ropa que llaman levita!... ¡Qué
humanidad tan farsante! El pobre siempre debajo; el rico hace lo que le
da la gana. Yo soy rico... di que soy inconstante... La ilusión de lo
pintoresco se iba pasando. La grosería con gracia seduce algún tiempo,
después marca... Cada día me pesaba más la carga que me había echado
encima. El picor del ajo me repugnaba. Deseé, puedes creerlo, que la
_Pitusa_ fuera mala para darle una puntera... Pero, quia... ni por
esas... ¿Mala ella? a buena parte... Si le mando echarse al fuego por
mí, ¡al fuego de cabeza! Todos los días jarana en la casa. Hoy acababa
en bien, mañana no... Cantos, guitarreo... José Izquierdo, a quien
llaman _Platón_ porque comía en un plato como un barreño, arrojaba
chinitas al picador... Villalonga y yo les echábamos a pelear o les
reconciliábamos cuando nos convenía... La _Pitusa_ temblaba de verlos
alegres y de verlos enfurruñados... ¿Sabes lo que se me ocurría? No
volver a aportar más por aquella maldita casa... Por fin resolvimos
Villalonga y yo largamos con viento fresco y no volver más. Una noche se
armó tal gresca, que hasta las navajas salieron, y por poco nadamos
todos en un lago de sangre... Me parece que oigo aquellas finuras:
«¡indecente, cabrón, _najabao, randa, murcia_...! No era posible
semejante vida. Di que no. El hastío era ya irresistible. La misma
_Pitusa_ me era odiosa, como las palabras inmundas... Un día dije
_vuelvo_, y no volví más... Lo que decía Villalonga: cortar por lo
sano... Yo tenía algo en mi conciencia, un hilito que me tiraba hacia
allá... Lo corté... Fortunata me persiguió; tuve que jugar al escondite.
Ella por aquí, yo por allá... Yo me escurría como una anguila. No me
cogía, no. El último a quien vi fue Izquierdo; le encontré un día
subiendo la escalera de mi casa. Me amenazó; díjome que la _Pitusa_
estaba _cambrí_ de cinco meses... _¡Cambrí de cinco meses...!_ Alcé los
hombros... Dos palabras él, dos palabras yo... alargué este brazo, y
plaf... Izquierdo bajó de golpe un tramo entero... Otro estirón, y
plaf... de un brinco el segundo tramo... y con la cabeza para abajo...

Esto último lo dijo enteramente descompuesto. Continuaba sentado en el
suelo, las piernas extendidas, apoyado un brazo en el asiento de la
silla. Jacinta temblaba. Le había entrado mortal frío, y daba diente con
diente. Permanecía en pie en medio de la habitación, como una estatua,
contemplando la figura lastimosísima de su marido, sin atreverse a
preguntarle nada ni a pedirle una aclaración sobre las extrañas cosas
que revelaba.

«¡Por Dios y por tu madre! --dijo al fin movida del cariño y del
miedo--, no me cuentes más. Es preciso que te acuestes y procures
dormirte. Cállate ya».

--¡Que me calle!... ¡que me calle! ¡Ah!, esposa mía, esposa adorada,
ángel de mi salvación... Mesías mío... ¿Verdad que me perdonas?... di
que sí.

Se levantó de un salto y trató de andar... No podía. Dando una rápida
vuelta fue a desplomarse sobre el sofá, poniéndose la mano sobre los
ojos y diciendo con voz cavernosa: «¡Qué horrible pesadilla!». Jacinta
fue hacia él, le echó los brazos al cuello y le arrulló como se arrulla
a los niños cuando se les quiere dormir.

Vencido al cabo de su propia excitación, el cerebro del Delfín caía en
estúpido embrutecimiento. Y sus nervios, que habían empezado a calmarse,
luchaban con la sedación. De repente se movía, como si saltara algo en
él y pronunciaba algunas sílabas. Pero la sedación vencía, y al fin se
quedó profundamente dormido. A media noche pudo Jacinta con no poco
trabajo llevarle hasta la cama y acostarle. Cayó en el sueño como en un
pozo, y su mujer pasó muy mala noche, atormentada por el desagradable
recuerdo de lo que había visto y oído.

Al día siguiente Santa Cruz estaba como avergonzado. Tenía conciencia
vaga de los disparates que había hecho la noche anterior, y su amor
propio padecía horriblemente con la idea de haber estado ridículo. No se
atrevía a hablar a su mujer de lo ocurrido, y esta, que era la misma
prudencia, además de no decir una palabra, mostrábase tan afable y
cariñosa como de costumbre. Por último, no pudo mi hombre resistir el
afán de explicarse, y preparando el terreno con un sin fin de
zalamerías, le dijo:

«Chiquilla, es preciso que me perdones el mal rato que te di anoche...
Debí ponerme muy pesadito... ¡Qué malo estaba! En mi vida me ha pasado
otra igual. Cuéntame los disparates que te dije, porque yo no me
acuerdo».

--¡Ay! fueron muchos; pero muchos... Gracias que no había más público
que yo.

--Vamos, con franqueza... estuve inaguantable.

--Tú lo has dicho... --Es que no sé... En mi vida, puedes creerlo, he
cogido una turca como la que cogí anoche. El maldito inglés tuvo la
culpa y me la ha de pagar. ¡Dios mío, cómo me puse!... ¿Y qué dije, qué
dije?... No hagas caso, vida mía, porque seguramente dije mil cosas que
no son verdad. ¡Qué bochorno! ¿Estás enfadada? No, si no hay para qué...

--Cierto. Como estabas... Jacinta no se atrevió a decir «borracho». La
palabra horrible negábase a salir de su boca.

--Dilo, hija. Di _ajumao_, que es más bonito y atenúa un poco la
gravedad de la falta.

--Pues como estabas _ajumaíto_, no eras responsable de lo que decías.

--Pero qué, ¿se me escapó alguna palabra que te pudiera ofender?

--No; sólo una media docena de voces elegantes, de las que usa la alta
sociedad. No las entendí bien. Lo demás bien clarito estaba, demasiado
clarito. Lloraste por tu _Pitusa_ de tu alma, y te llamabas miserable
por haberla abandonado. Créelo, te pusiste que no había por dónde
cogerte.

--Vaya, hija, pues ahora con la cabeza despejada, voy a decirte dos
palabritas para que no me juzgues por peor de lo que soy.

Se fueron de paseo por las Delicias abajo, y sentados en solitario
banco, vueltos de cara al río, charlaron un rato. Jacinta se quería
comer con los ojos a su marido, adivinándole las palabras antes de que
las dijera, y confrontándolas con la expresión de los ojos a ver si eran
sinceras. ¿Habló Juan con verdad? De todo hubo. Sus declaraciones eran
una verdad refundida como las comedias antiguas. El amor propio no le
permitía la reproducción fiel de los hechos. Pues señor... al volver de
Plencia ya comprometido a casarse y enamorado de su novia, quiso saber
qué vuelta llevó Fortunata, de quien no había tenido noticias en tanto
tiempo. No le movía ningún sentimiento de ternura, sino la compasión y
el deseo de socorrerla si se veía en un mal paso. _Platón_ estaba fuera
de Madrid y su mujer en el otro mundo. No se sabía tampoco a dónde
diantres había ido a parar el picador; pero Segunda había traspasado la
huevería y tenía en la misma Cava un poco más abajo, cerca ya de la
escalerilla, una covacha a que daba el nombre de _establecimiento_. En
aquella caverna habitaba y hacía el café que vendía por la mañana a la
gente del mercado. Cuatro cacharros, dos sillas y una mesa componían el
ajuar. En el resto del día prestaba servicios en la taberna del
_pulpitillo_. Había venido tan a menos en lo físico y en lo económico,
que a su antiguo tertulio le costó trabajo reconocerla.

«¿Y la otra?...». porque esto era lo que importaba.




--vii--


Santa Cruz tardó algún tiempo en dar la debida respuesta. Hacía rayas en
el suelo con el bastón. Por fin se expresó así:

«Supe que en efecto había...».

Jacinta tuvo la piedad de evitarle las últimas palabras de la oración,
diciéndolas ella. Al Delfín se le quitó un peso de encima.

«Traté de verla..., la busqué por aquí y por allá... y nada... Pero qué,
¿no lo crees? Después no pude ocuparme de nada. Sobrevino la muerte de
tu mamá. Transcurrió algún tiempo sin que yo pensara en semejante cosa,
y no debo ocultarte que sentía cierto escozorcillo aquí, en la
conciencia... Por Enero de este año, cuando me preparaba a hacer
diligencias, una amiga de Segunda me dijo que la _Pitusa_ se había
marchado de Madrid. ¿A dónde? ¿Con quién? Ni entonces lo supe ni lo he
sabido después. Y ahora te juro que no la he vuelto a ver más ni he
tenido noticias de ella».

La esposa dio un gran suspiro. No sabía por qué; pero tenía sobre su
alma cierta pesadumbre, y en su rectitud tomaba para sí parte de la
responsabilidad de su marido en aquella falta; porque falta había sin
duda. Jacinta no podía considerar de otro modo el hecho del abandono,
aunque este significara el triunfo del amor legítimo sobre el criminal,
y del matrimonio sobre el amancebamiento... No podían entretenerse más
en ociosas habladurías, porque pensaban irse a Cádiz aquella tarde y era
preciso disponer el equipaje y comprar algunas chucherías. De cada
población se habían de llevar a Madrid regalitos para todos. Con la
actividad propia de un día de viaje, las compras y algunas despedidas,
se distrajeron tan bien ambos de aquellos desagradables pensamientos,
que por la tarde ya estos se habían desvanecido.

Hasta tres días después no volvió a rebullir en la mente de Jacinta el
gusanillo aquel. Fue cosa repentina, provocada por no sé qué, por esas
misteriosas iniciativas de la memoria que no sabemos de dónde salen. Se
acuerda uno de las cosas contra toda lógica, y a veces el encadenamiento
de las ideas es una extravagancia y hasta una ridiculez. ¿Quién creería
que Jacinta se acordó de Fortunata al oír pregonar las _bocas de la
Isla_? Porque dirá el curioso, y con razón, que qué tienen que ver las
bocas con aquella mujer. Nada, absolutamente nada.

Volvían los esposos de Cádiz en el tren correo. No pensaban detenerse ya
en ninguna parte, y llegarían a Madrid de un tirón. Iban muy gozosos,
deseando ver a la familia, y darle a cada uno su regalo. Jacinta, aunque
picada del gusanillo aquel, había resuelto no volver a hablar de tal
asunto, dejándolo sepultado en la memoria, hasta que el tiempo lo
borrara para siempre. Pero al llegar a la estación de Jerez, ocurrió
algo que hizo revivir inesperadamente lo que ambos querían olvidar. Pues
señor... de la cantina de la estación vieron salir al condenado inglés
de la noche de marras, el cual les conoció al punto y fue a saludarles
muy fino y galante, y a ofrecerles unas cañas. Cuando se vieron libres
de él, Santa Cruz le echó mil pestes, y dijo que algún día había de
tener ocasión de darle el _par de galletas_ que se tenía ganadas. «Este
danzante tuvo la culpa de que yo me pusiera aquella noche como me puse y
de que te contara aquellos horrores...».

Por aquí empezó a enredarse la conversación hasta recaer otra vez en el
_punto negro_. Jacinta no quería que se le quedara en el alma una idea
que tenía, y a la primera ocasión la echó fuera de sí.

«¡Pobres mujeres! --exclamó--. Siempre la peor parte para ellas».

--Hija mía, hay que juzgar las cosas con detenimiento, examinar las
circunstancias... ver el medio ambiente... --dijo Santa Cruz preparando
todos los chirimbolos de esa dialéctica convencional con la cual se
prueba todo lo que se quiere.

Jacinta se dejó hacer caricias. No estaba enfadada. Pero en su espíritu
ocurría un fenómeno muy nuevo para ella. Dos sentimientos diversos se
barajaban en su alma, sobreponiéndose el uno al otro alternativamente.
Como adoraba a su marido, sentíase orgullosa de que este hubiese
despreciado a otra para tomarla a ella. Este orgullo es primordial, y
existirá siempre aun en los seres más perfectos. El otro sentimiento
procedía del fondo de rectitud que lastraba aquella noble alma y le
inspiraba una protesta contra el ultraje y despiadado abandono de la
desconocida. Por más que el Delfín lo atenuase, había ultrajado a la
humanidad. Jacinta no podía ocultárselo a sí misma. Los triunfos de su
amor propio no le impedían ver que debajo del trofeo de su victoria
había una víctima aplastada. Quizás la víctima merecía serlo; pero la
vencedora, no tenía nada que ver con que lo mereciera o no, y en el
altar de su alma le ponía a la tal víctima una lucecita de compasión.

Santa Cruz, en su perspicacia, lo comprendió, y trataba de librar a su
esposa de la molestia de complacer a quien sin duda no lo merecía. Para
esto ponía en funciones toda la maquinaria más brillante que sólida de
su raciocinio, aprendido en el comercio de las liviandades humanas y en
someras lecturas. «Hija de mi alma, hay que ponerse en la realidad. Hay
dos mundos, el que se ve y el que no se ve. La sociedad no se gobierna
con las ideas puras. Buenos andaríamos... No soy tan culpable como
parece a primera vista; fíjate bien. Las diferencias de educación y de
clase establecen siempre una gran diferencia de procederes en las
relaciones humanas. Esto no lo dice el Decálogo; lo dice la realidad. La
conducta social tiene sus leyes que en ninguna parte están escritas;
pero que se sienten y no se pueden conculcar. Faltas cometí, ¿quién lo
duda?, pero imagínate que hubiera seguido entre aquella gente, que
_hubiera cumplido mis compromisos_ con la _Pitusa_... No te quiero decir
más. Veo que te ríes. Eso me prueba que hubiera sido un absurdo, una
locura recorrer lo que, visto de allá, parecía el camino derecho. Visto
de acá, ya es otro distinto. En cosas de moral, lo recto y lo torcido
son según de donde se mire. No había, pues, más remedio que hacer lo que
hice, y salvarme... Caiga el que caiga. El mundo es así. Debía yo
salvarme, ¿sí o no? Pues debiendo salvarme, no había más remedio que
lanzarme fuera del barco que se sumergía. En los naufragios siempre hay
alguien que se ahoga... Y en el caso concreto del abandono, hay también
mucho que hablar. Ciertas palabras no significan nada por sí. Hay que
ver los hechos... Yo la busqué para socorrerla; ella no quiso parecer.
Cada cual tiene su destino. El de ella era ese: no parecer cuando yo la
buscaba».

Nadie diría que el hombre que de este modo razonaba, con arte tan sutil
y paradójico, era el mismo que noches antes, bajo la influencia de una
bebida espirituosa, había vaciado toda su alma con esa sinceridad brutal
y disparada que sólo puede compararse al vómito físico, producido por un
emético muy fuerte. Y después, cuando el despejo de su cerebro le hacía
dueño de todas sus triquiñuelas de hombre leído y mundano, no volvió a
salir de sus labios ni un solo vocablo soez, ni una sola espontaneidad
de aquellas que existían dentro de él, como existen los trapos de
colorines en algún rincón de la casa del que ha sido cómico, aunque sólo
lo haya sido de afición. Todo era convencionalismo y frase ingeniosa en
aquel hombre que se había emperejilado intelectualmente, cortándose una
levita para las ideas y planchándole los cuellos al lenguaje.

Jacinta, que aún tenía poco mundo, se dejaba alucinar por las dotes
seductoras de su marido. Y le quería tanto, quizás por aquellas mismas
dotes y por otras, que no necesitaba hacer ningún esfuerzo para creer
cuanto le decía, si bien creía por fe, que es sentimiento, más que por
convicción. Largo rato charlaron, mezclando las discusiones con los
cariños discretos (por que en Sevilla entró gente en el coche y no había
que pensar en la _besadera_), y cuando vino la noche sobre España, cuyo
radio iban recorriendo, se durmieron allá por Despeñaperros, soñaron con
lo mucho que se querían, y despertaron al fin en Alcázar con la idea
placentera de llegar pronto a Madrid, de ver a la familia, de contar
todas las peripecias del viaje (menos la escenita de la noche aquella) y
de repartir los regalos.

A Estupiñá le llevaban un bastón que tenía por puño la cabeza de una
cotorra.




-VI-

Más y más pormenores referentes a esta ilustre familia




--i--


Pasaban meses, pasaban años, y en aquella dichosa casa todo era paz y
armonía. No se ha conocido en Madrid familia mejor avenida que la de
Santa Cruz, compuesta de dos parejas; ni es posible imaginar una
compatibilidad de caracteres como la que existía entre Barbarita y
Jacinta. He visto juntas muchas veces a la suegra y a la nuera, y por
Dios que se manifestaba muy poco en ellas la diferencia de edades.
Barbarita conservaba a los cincuenta y tres años una frescura
maravillosa, el talle perfecto y la dentadura sorprendente. Verdad que
tenía el cabello casi enteramente blanco; el cual más parecía empolvado
conforme al estilo Pompadour, que encanecido por la edad. Pero lo que la
hacía más joven era su afabilidad constante, aquel sonreír gracioso y
benévolo con que iluminaba su rostro.

De veras que no tenían por qué quejarse de su destino aquellas cuatro
personas. Se dan casos de individuos y familias a quienes Dios no les
debe nada; y sin embargo, piden y piden.

Es que hay en la naturaleza humana un vicio de mendicidad; eso no tiene
duda. Ejemplo los de Santa Cruz, que gozaban de salud cabal, eran ricos,
estimados de todo el mundo y se querían entrañablemente. ¿Qué les hacía
falta? Parece que nada. Pues alguno de los cuatro pordioseaba. Es que
cuando un conjunto de circunstancias favorables pone en las manos del
hombre gran cantidad de bienes, privándole de uno solo, la fatalidad de
nuestra naturaleza o el principio de descontento que existe en nuestro
barro constitutivo le impulsan a desear precisamente lo poquito que no
se le ha otorgado. Salud, amor, riqueza, paz y otras ventajas no
satisfacían el alma de Jacinta; y al año de casada, más aún a los dos
años, deseaba ardientemente lo que no tenía. ¡Pobre joven! Lo tenía
todo, menos chiquillos.

Esta pena, que al principio fue desazón insignificante, impaciencia tan
sólo convirtiose pronto en dolorosa idea de vacío. Era poco cristiano,
al decir de Barbarita, desesperarse por la falta de sucesión. Dios, que
les diera tantos bienes, habíales privado de aquel. No había más remedio
que resignarse, alabando la mano del que lo mismo muestra su
omnipotencia dando que quitando.

De este modo consolaba a su nuera, que más le parecía hija; pero allá en
sus adentros deseaba tanto como Jacinta la aparición de un muchacho que
perpetuase la casta y les alegrase a todos. Se callaba este ardiente
deseo por no aumentar la pena de la otra; mas atendía con ansia a todo
lo que pudiera ser síntoma de esperanzas de sucesión. ¡Pero quia! Pasaba
un año, dos, y nada; ni aun siquiera esas presunciones vagas que hacen
palpitar el corazón de las que sueñan con la maternidad, y a veces les
hacen decir y hacer muchas tonterías.

«No tengas prisa, hija --decía Barbarita a su sobrina--. Eres muy joven.
No te apures por los chiquillos, que ya los tendrás, te cargarás de
familia, y te aburrirás como se aburrió tu madre, y pedirás a Dios que
no te dé más. ¿Sabes una cosa? Mejor estamos así. Los muchachos lo
revuelven todo y no dan más que disgustos. El sarampión, el
garrotillo... ¡Pues nada te quiero decir de las amas!... ¡qué
calamidad!... Luego estás hecha una esclava... Que si comen, que si se
indigestan, que si se caen y se abren la cabeza. Vienen después las
inclinaciones que sacan. Si salen de mala índole... si no estudian...
¡qué sé yo!...».

Jacinta no se convencía. Quería canarios de alcoba a todo trance, aunque
salieran raquíticos y feos; aunque luego fueran traviesos, enfermos y
calaveras; aunque de hombres la mataran a disgustos. Sus dos hermanas
mayores parían todos los años, como su madre. Y ella nada, ni
esperanzas. Para mayor contrasentido, Candelaria, que estaba casada con
un pobre, había tenido dos de un vientre. ¡Y ella, que era rica, no
tenía ni siquiera medio!... Dios estaba ya chocho sin duda.

Vamos ahora a otra cosa. Los de Santa Cruz, como familia respetabilísima
y rica, estaban muy bien relacionados y tenían amigos en todas las
esferas, desde la más alta a la más baja. Es curioso observar cómo
nuestra edad, por otros conceptos infeliz, nos presenta una dichosa
confusión de todas las clases, mejor dicho, la concordia y
reconciliación de todas ellas. En esto aventaja nuestro país a otros,
donde están pendientes de sentencia los graves pleitos históricos de la
igualdad. Aquí se ha resuelto el problema sencilla y pacíficamente,
gracias al temple democrático de los españoles y a la escasa vehemencia
de las preocupaciones nobiliarias. Un gran defecto nacional, la
empleomanía, tiene también su parte en esta gran conquista. Las oficinas
han sido el tronco en que se han injertado las ramas históricas, y de
ellas han salido amigos el noble tronado y el plebeyo ensoberbecido por
un título universitario; y de amigos, pronto han pasado a parientes.
Esta confusión es un bien, y gracias a ella no nos aterra el contagio de
la guerra social, porque tenemos ya en la masa de la sangre un
socialismo atenuado e inofensivo. Insensiblemente, con la ayuda de la
burocracia, de la pobreza y de la educación académica que todos los
españoles reciben, se han ido compenetrando las clases todas, y sus
miembros se introducen de una en otra, tejiendo una red espesa que
amarra y solidifica la masa nacional. El nacimiento no significa nada
entre nosotros, y todo cuanto se dice de los pergaminos es conversación.
No hay más diferencias que las esenciales, las que se fundan en la buena
o mala educación, en ser tonto o discreto, en las desigualdades del
espíritu, eternas como los atributos del espíritu mismo. La otra
determinación positiva de clases, el dinero, está fundada en principios
económicos tan inmutables como las leyes físicas, y querer impedirla
viene a ser lo mismo que intentar beberse la mar.

Las amistades y parentescos de las familias de Santa Cruz y Arnaiz
pueden ser ejemplo de aquel feliz revoltijo de las clases sociales; mas,
¿quién es el guapo que se atreve a formar estadística de las ramas de
tan dilatado y laberíntico árbol, que más bien parece enredadera, cuyos
vástagos se cruzan, suben, bajan y se pierden en los huecos de un
follaje densísimo? Sólo se puede intentar tal empresa con la ayuda de
Estupiñá, que sabe al dedillo la historia de todas las familias
comerciales de Madrid, y todos los enlaces que se han hecho en medio
siglo. Arnaiz el gordo también se pirra por hablar de linajes y por
buscar parentescos, averiguando orígenes humildes de fortunas
orgullosas, y haciendo hincapié en la desigualdad de ciertos
matrimonios, a los cuales, en rigor de verdad, se debe la formación del
terreno democrático sobre que se asienta la sociedad española. De una
conversación entre Arnaiz y Estupiñá han salido las siguientes noticias:




--ii--


Ya sabemos que la madre de D. Baldomero Santa Cruz y la de Gumersindo y
Barbarita Arnaiz eran parientes y venían del Trujillo extremeño y
albardero. La actual casa de banca _Trujillo_ y _Fernández_, de una
respetabilidad y solidez intachables, procede del mismo tronco.
Barbarita es, pues, pariente del jefe de aquella casa, aunque su
parentesco resulta algo lejano. El primer conde de Trujillo está casado
con una de las hijas del famoso negociante Casarredonda, que hizo
colosal fortuna vendiendo fardos de _Coruñas_ y _Viveros_ para vestir a
la tropa y a la Milicia Nacional. Otra de las hijas del marqués de
Casarredonda era duquesa de Gravelinas. Ya tenemos aquí, perfectamente
enganchadas, a la aristocracia antigua y al comercio moderno.

Pero existe en Cádiz una antigua y opulenta familia comercial que sirvió
como ninguna para enredar más la madeja social. Las hijas del famoso
Bonilla, importador de pañolería y después banquero y extractor de
vinos, casaron: la una con Sánchez Botín, propietario, de quien vino la
generala Minio, la marquesa de Tellería y Alejandro Sánchez Botín, la
otra con uno de los Morenos de Madrid, co-fundador de los Cinco Gremios
y del Banco de San Fernando, y la tercera con el duque de Trastamara, de
donde vino Pepito Trastamara. El hijo único de Bonilla casó con una
Trujillo.

Pasemos ahora a los Morenos, procedentes del valle de Mena, una de las
familias más dilatadas y que ofrecen más desigualdades y contrastes en
sus infinitos y desparramados miembros. Arnaiz y Estupiñá disputan, sin
llegar a entenderse, sobre si el tronco de los Morenos estuvo en una
droguería o en una peletería. En esto reina cierta oscuridad, que no se
disipará mientras no venga uno de estos averiguadores fanáticos que son
capaces de contarle a Noé los pelos que tenía en la cabeza y el número
de _eses_ que hizo cuando cogió la primera _pítima_ de que la historia
tiene noticia. Lo que sí se sabe es que un Moreno casó con una
Isla--Bonilla a principios del siglo, viniendo de aquí la Casa de giro
que del 19 al 35 estuvo en la subida de Santa Cruz junto a la iglesia, y
después en la plazuela de Pontejos. Por la misma época hallamos un
Moreno en la Magistratura, otro en la Armada, otro en el Ejército y otro
en la Iglesia. La Casa de banca no era ya _Moreno_ en 1870, sino
_Ruiz--Ochoa_ y _Compañía_, aunque uno de sus principales socios era don
Manuel Moreno--Isla. Tenemos diferentes estirpes del tronco remotísimo
de los Morenos. Hay los Moreno--Isla, los Moreno--Vallejo y los
Moreno--Rubio, o sea los Morenos ricos y los Morenos pobres, ya tan
distantes unos de otros que muchos ni se tratan ni se consideran afines.
Castita Moreno, aquella presumida amiga de Barbarita en la escuela de la
calle Imperial, había nacido en los Morenos ricos y fue a parar, con los
vaivenes de la vida, a los Morenos pobres. Se casó con un farmacéutico
de la interminable familia de los Samaniegos, que también tienen su
puesto aquí. Una joven perteneciente a los Morenos ricos casó con un
Pacheco, aristócrata segundón, hermano del duque de Gravelinas, y de
esta unión vino Guillermina Pacheco a quien conoceremos luego. Ved ahora
cómo una rama de los Morenos se mete entre el follaje de los
Gravelinas, donde ya se engancha también el ramojo de los Trujillos, el
cual venía ya trabado con los Arnaiz de Madrid y con los Bonillas de
Cádiz, formando una maraña cuyos hilos no es posible seguir con la
vista.

Aún hay más. D. Pascual Muñoz, dueño de un acreditadísimo
establecimiento de hierros en la calle de Tintoreros, progresista de
inmenso prestigio en los barrios del Sur, verdadera potencia electoral y
política en Madrid, casó con una Moreno de no sé qué rama, emparentada
con Mendizábal y con Bonilla, de Cádiz. Su hijo, que después fue marqués
de Casa--Muñoz, casó con la hija de Albert, el que daba la cara en las
contratas de paños y lienzos con el Gobierno. Eulalia Moreno, hija
también del D. Pascual y hermana del actual marqués, se unió a D.
Cayetano Villuendas, rico propietario de casas, progresista rancio.
Dejamos sueltos estos cabos para tomarlos más adelante.

Los Samaniegos, oriundos, como los Morenos, del país de Mena también son
ciento y la madre. Ya sabemos que la hija segunda de Gumersindo Arnaiz,
hermana de Jacinta, casó con Pepe Samaniego, hijo de un droguista
arruinado de la Concepción Jerónima... Hay muchos Samaniegos en el
comercio menudo, y leyendo el instructivo libro de los rótulos de
tiendas, se encuentra la _Farmacia de Samaniego_ en la calle del Ave
María (cuyo dueño era el marido de Castita Moreno), y la _Carnicería de
Samaniego_ en la de las Maldonadas. Sin rótulo hay un Samaniego
prestamista y medio curial, otro cobrador del Banco, otro que tiene
tienda de sedas en la calle de Botoneras y, por fin, varios que son
horteras en diferentes tiendas. El Samaniego agente de Bolsa es primo de
estos.

La hija mayor de Gumersindo Arnaiz se casó con Ramón Villuendas, ya
viudo con dos hijos, célebre cambiante de la calle de Toledo, la casa de
Madrid que más trabaja en el negocio de moneda. Un hermano de este casó
con la hija de la viuda de Aparisi, dueño de la camisería en que fue
dependiente Pepe Samaniego. El tío de ambos, D. Cayetano Villuendas,
progresistón y riquísimo casero, era el esposo de Eulalia Muñoz, y su
gran fortuna procedía del negocio de curtidos en una época anterior a la
de Céspedes. Ya se ató el cabo que quedara pendiente poco ha.

Ahora se nos presentan algunos ramos que parecen sueltos y no lo están.
¿Pero quién podrá descubrir su misterioso enlace con los revueltos y
cruzados vástagos de esta colosal enredadera? ¿Quién puede indagar si
Dámaso Trujillo, el que puso en la Plaza Mayor la zapatería _Al ramo de
azucenas_, pertenece al genuino linaje de los Trujillos antes
mencionados? ¿Cuál será el averiguador que se lance a poner en claro si
el dueño de _El Buen gusto_, un tenducho de mantas de la calle de la
Encomienda, es pariente indudable de los Villuendas ricos? Hay quien
dice que Pepe Moreno Vallejo, el cordelero de la Concepción Jerónima, es
primo hermano de D. Manuel Moreno--Isla, uno de los Morenos que atan
perros con longaniza; y se dice que un Arnaiz, empleado de poco sueldo,
es pariente de Barbarita. Hay un Muñoz y Aparisi, tripicallero en las
inmediaciones del Rastro, que se supone primo segundo del marqués de
Casa--Muñoz y de su hermana la viuda de Aparisi; y por fin, es preciso
hacer constar que un cierto Trujillo, jesuita, reclama un lugar en
nuestra enredadera, y también hay que dársele al Ilustrísimo Obispo de
Plasencia, fray Luis Moreno--Isla y Bonilla. Asimismo lleva en su árbol
el nombre de Trujillo, la mujer de Zalamero, subsecretario de
Gobernación; pero su primer apellido es Ruiz Ochoa y es hija de la
distinguida persona que hoy está al frente de la banca de Moreno.

Barbarita no se trataba con todos los individuos que aparecen en esta
complicada enredadera. A muchos les esquivaba por hallarse demasiado
altos; a otros apenas les distinguía por hallarse muy bajos. Sus
amistades verdaderas, como los parentescos reconocidos, no eran en gran
número, aunque sí abarcaban un círculo muy extenso, en el cual se
entremezclaban todas las jerarquías. En un mismo día, al salir de paseo
o de compras, cambiaba saludos más o menos afectuosos con la de Ruiz
Ochoa, con la generala Minio, con Adela Trujillo, con un Villuendas
rico, con un Villuendas pobre, con el pescadero pariente de Samaniego,
con la duquesa de Gravelinas, con un Moreno Vallejo magistrado, con un
Moreno Rubio médico, con un Moreno Jáuregui sombrerero, con un Aparisi
canónigo, con varios horteras, con tan diversa gente, en fin, que otra
persona de menos tino habría trocado los nombres y tratamientos.

La mente más segura no es capaz de seguir en su laberíntico enredo las
direcciones de los vástagos de este colosal árbol de linajes
matritenses. Los hilos se cruzan, se pierden y reaparecen donde menos se
piensa. Al cabo de mil vueltas para arriba y otras tantas para abajo, se
juntan, se separan, y de su empalme o bifurcación salen nuevos enlaces,
madejas y marañas nuevas. Cómo se tocan los extremos del inmenso ramaje
es curioso de ver; por ejemplo, cuando Pepito Trastamara, que lleva el
nombre de los bastardos de D. Alfonso XI, va a pedir dinero a Cándido
Samaniego, prestamista usurero, individuo de la _Sociedad protectora de
señoritos necesitados_.




--iii--


Los de Santa Cruz vivían en su casa propia de la calle de Pontejos,
dando frente a la plazuela del mismo nombre; finca comprada al difunto
Aparisi, uno de los socios de la Compañía de Filipinas. Ocupaban los
dueños el principal, que era inmenso, con doce balcones a la calle y
mucha comodidad interior. No lo cambiara Barbarita por ninguno de los
modernos hoteles, donde todo se vuelve escaleras y están además abiertos
a los cuatro vientos. Allí tenía número sobrado de habitaciones, todas
en un solo andar desde el salón a la cocina. Ni trocara tampoco su
barrio, aquel _riñón de Madrid_ en que había nacido, por ninguno de los
caseríos flamantes que gozan fama de más ventilados y alegres. Por más
que dijeran, el barrio de Salamanca es _campo_... Tan apegada era la
buena señora al terruño de su arrabal nativo, que para ella no vivía en
Madrid quien no oyera por las mañanas el ruido cóncavo de las cubas de
los aguadores en la fuente de Pontejos; quien no sintiera por mañana y
tarde la batahola que arman los coches correos; quien no recibiera a
todas horas el hálito tenderil de la calle de Postas, y no escuchara por
Navidad los zambombazos y panderetazos de la plazuela de Santa Cruz;
quien no oyera las campanadas del reloj de la Casa de Correos tan claras
como si estuvieran dentro de la casa; quien no viera pasar a los
cobradores del Banco cargados de dinero y a los carteros salir en
procesión. Barbarita se había acostumbrado a los ruidos de la vecindad,
cual si fueran amigos, y no podía vivir sin ellos.

La casa era tan grande, que los dos matrimonios vivían en ella
holgadamente y les sobraba espacio. Tenían un salón algo anticuado, con
tres balcones. Seguía por la izquierda el gabinete de Barbarita, luego
otro aposento, después la alcoba. A la derecha del salón estaba el
despacho de Juanito, así llamado no porque este tuviese nada que
despachar allí, sino porque había mesa con tintero y dos hermosas
librerías. Era una habitación muy bien puesta y cómoda. El gabinetito de
Jacinta, inmediato a esta pieza, era la estancia más bonita y elegante
de la casa y la única tapizada con tela; todas las demás lo estaban con
colgadura de papel, de un arte dudoso, dominando los grises y tórtola
con oro. Veíanse en esta pieza algunas acuarelas muy lindas compradas
por Juanito, y dos o tres óleos ligeros, todo selecto y de regulares
firmas, porque Santa Cruz tenía buen gusto dentro del gusto vigente. Los
muebles eran de raso o de felpa y seda combinadas con arreglo a la moda,
siendo de notar que lo que allí se veía no chocaba por original ni
tampoco por rutinario. Seguía luego la alcoba del matrimonio joven, la
cual se distinguía principalmente de la paterna en que en esta había
lecho común y los jóvenes los tenían separados. Sus dos camas de
palosanto eran muy elegantes, con pabellones de seda azul. La de los
padres parecía un andamiaje de caoba con cabecera de morrión y columnas
como las de un sagrario de Jueves Santo. La alcoba _de los pollos_ se
comunicaba con habitaciones de servicio, y le seguían dos grandes piezas
que Jacinta destinaba a los niños... cuando Dios se los diera.
Hallábanse amuebladas con lo que iba sobrando de los aposentos que se
ponían de nuevo, y su aspecto era por demás heterogéneo. Pero el arreglo
definitivo de estas habitaciones vacantes existía completo en la
imaginación de Jacinta, quien ya tenía previstos hasta los últimos
detalles de todo lo que se había de poner allí cuando el caso llegara.

El comedor era interior, con tres ventanas al patio, su gran mesa y
aparadores de nogal llenos de finísima loza de China, la consabida
sillería de cuero claveteado, y en las paredes papel imitando roble,
listones claveteados también, y los bodegones al óleo, no malos, con la
invariable raja de sandía, el conejo muerto y unas ruedas de merluza que
de tan bien pintadas parecía que olían mal. Asimismo era interior el
despacho de D. Baldomero.

Estaban abonados los de Santa Cruz a un landó. Se les veía en los
paseos; pero su tren era de los que _no llaman la atención_. Juan solía
tener por temporadas un faetón o un tílburi, que guiaba muy bien, y
también tenía caballo de silla; mas le picaba tanto la comezón de la
variedad que a poco de montar un caballo, ya empezaba a encontrarle
defectos y quería venderlo para comprar otro. Los dos matrimonios se
daban buena vida; pero sin presumir, huyendo siempre de señalarse y de
que los periódicos les llamaran _anfitriones_. Comían bien; en su casa
había muy poca etiqueta y cierto patriarcalismo, porque a veces se
sentaban a la mesa personas de clase humilde y otras muy decentes que
habían venido a menos. No tenían cocinero de estos de gorro blanco, sino
una cocinera antigua muy bien amañada, que podía medir sus talentos con
cualquier _jefe_; y la ayudaban dos _pinchas_, que más bien eran
alumnas.

Todos los primeros de mes recibía Barbarita de su esposo mil duretes. D.
Baldomero disfrutaba una renta de veinticinco mil pesos, parte de
alquileres de sus casas, parte de acciones del Banco de España y lo
demás de la participación que conservaba en su antiguo almacén. Daba
además a su hijo dos mil duros cada semestre para sus gastos
particulares, y en diferentes ocasiones le ofreció un pequeño capital
para que emprendiera negocios por sí; pero al chico le iba bien con su
dorada indolencia y no quería quebraderos de cabeza. El resto de su
renta lo capitalizaba D. Baldomero, bien adquiriendo más acciones cada
año, bien amasando para hacerse con una casa más. De aquellos mil duros
que la señora cogía cada mes, daba al Delfín dos o tres mil reales, que
con esto y lo que del papá recibía estaba como en la gloria; y los diez
y siete mil reales restantes eran para el gasto diario de la casa y para
los de ambas damas, que allá se las arreglaban muy bien en la
distribución, sin que jamás hubiese entre ellas el más ligero pique por
un duro de más o de menos. Del gobierno doméstico cuidaban las dos, pero
más particularmente la suegra, que mostraba ciertas tendencias al
despotismo ilustrado. La nuera tenía el delicado talento de respetar
esto, y cuando veía que alguna disposición suya era derogada por la
autócrata, mostrábase conforme. Barbarita era administradora general de
puertas adentro, y su marido mismo, después que religiosamente le
entregaba el dinero, no tenía que pensar en nada de la casa, como no
fuese en los viajes de verano. La señora lo pagaba todo, desde el
alquiler del coche a la peseta de _El Imparcial_, sin que necesitara
llevar cuentas para tan complicada distribución, ni apuntar cifra
alguna. Era tan admirable su tino aritmético, que ni una sola vez pasó
más allá de la indecisa raya que tan fácilmente traspasan los ricos;
llegaba el fin de mes y siempre había un _superávit_ con el cual
ayudaba a ciertas empresas caritativas de que se hablará más adelante.
Jacinta gastaba siempre mucho menos de lo que su suegra le daba para
menudencias; no era aficionada a estrenar a menudo, ni a enriquecer a
las modistas. Los hábitos de economía adquiridos en su niñez estaban tan
arraigados que, aunque nunca le faltó dinero, traía a casa una costurera
para hacer trabajillos de ropa y arreglos de trajes que otras señoras
menos ricas suelen encargar fuera. Y por dicha suya, no tenía que
calentarse la cabeza para discurrir el empleo de sus sobrantes, pues
allí estaba su hermana Candelaria, que era pobre y se iba cargando de
familia. Sus hermanitas solteras también recibían de ella frecuentes
dádivas; ya los sombreritos de moda, ya el _fichú_ o la manteleta, y
hasta vestidos completos acabados de venir de París.

El abono que tomaron en el Real a un turno de palco principal fue idea
de D. Baldomero quien no tenía malditas ganas de oír óperas, pero quería
que Barbarita fuera a ellas para que le contase, al acostarse o después
de acostados, todo lo que había visto en el _Regio coliseo_. Resultó que
a Barbarita no la llamaba mucho el Real; mas aceptó con gozo para que
fuera Jacinta. Esta, a su vez, no tenía verdaderamente muchas ganas de
teatro; pero alegrose mucho de poder llevar al Real a sus hermanitas
solteras, porque las pobrecillas, si no fuera así, no lo catarían nunca.
Juan, que era muy aficionado a la música, estaba abonado a diario, con
seis amigos, a un palco alto de proscenio.

Las de Santa Cruz no llamaban la atención en el teatro, y si alguna
mirada caía sobre el palco era para las pollas colocadas en primer
término con simetría de escaparate. Barbarita solía ponerse en primera
fila para echar los gemelos en redondo y poder contarle a Baldomero algo
más que cosas de decoraciones y del argumento de la ópera. Las dos
hermanas casadas, Candelaria y Benigna, iban alguna vez, Jacinta casi
siempre; pero se divertía muy poco. Aquella mujer mimada por Dios, que
la puso rodeada de ternura y bienandanzas en el lugar más sano, hermoso
y tranquilo de este valle de lágrimas, solía decir en tono quejumbroso
que _no tenía gusto para nada_. La envidiada de todos, envidiaba a
cualquier mujer pobre y descalza que pasase por la calle con un mamón en
brazos liado en trapos. Se le iban los ojos tras de la infancia en
cualquier forma que se le presentara, ya fuesen los niños ricos,
vestidos de marineros y conducidos por la institutriz inglesa, ya los
mocosos pobres, envueltos en bayeta amarilla, sucios, con caspa en la
cabeza y en la mano un pedazo de pan lamido. No aspiraba ella a tener
uno solo, sino que quería verse rodeada de una _serie_, desde el pillín
de cinco años, hablador y travieso, hasta el rorró de meses que no hace
más que reír como un bobo, tragar leche y apretar los puños. Su
desconsuelo se manifestaba a cada instante, ya cuando encontraba una
bandada que iba al colegio, con sus pizarras al hombro y el lío de
libros llenos de mugre, ya cuando le salía al paso algún precoz mendigo
cubierto de andrajos, mostrando para excitar la compasión sus carnes sin
abrigo y los pies descalzos, llenos de sabañones. Pues como viera los
alumnos de la Escuela Pía, con su uniforme galonado y sus guantes, tan
limpios y bien puestos que parecían caballeros chiquitos, se los comía
con los ojos. Las niñas vestidas de rosa o celeste que juegan a la rueda
en el Prado y que parecen flores vivas que se han caído de los árboles;
las pobrecitas que envuelven su cabeza en una toquilla agujereada; los
que hacen sus primeros pinitos en la puerta de una tienda agarrándose a
la pared; los que chupan el seno de sus madres mirando por el rabo del
ojo a la persona que se acerca a curiosear; los pilletes que enredan en
las calles o en el solar vacío arrojándose piedras y rompiéndose la ropa
para desesperación de las madres; las nenas que en Carnaval se visten de
chulas y se contonean con la mano clavada en la cintura; las que piden
para la Cruz de Mayo; los talluditos que usan ya bastón y ganan premios
en los colegios, y los que en las funciones de teatro por la tarde
sueltan el grito en la escena más interesante, distrayendo a los
actores y enfureciendo al público... todos, en una palabra, le
interesaban igualmente.




--iv--


Y de tal modo se iba enseñoreando de su alma el afán de la maternidad,
que pronto empezó a embotarse en ella la facultad de apreciar las
ventajas que disfrutaba. Estas llegaron a ser para ella invisibles, como
lo es para todos los seres el fundamental medio de nuestra vida, la
atmósfera. ¿Pero qué hacía Dios que no mandaba uno siquiera de los
chiquillos que en número infinito tiene por allá? ¿En qué estaba
pensando su Divina Majestad? Y Candelaria, que apenas tenía con qué
vivir, ¡uno cada año!... Y que vinieran diciendo que hay equidad en el
Cielo... Sí; no está mala justicia la de arriba... sí... ya lo estamos
viendo... De tanto pensar en esto, parecía en ocasiones monomaniaca, y
tenía que apelar a su buen juicio para no dar a conocer el desatino de
su espíritu, que casi casi iba tocando en la ridiculez. ¡Y le ocurrían
cosas tan raras...! Su pena tenía las intermitencias más extrañas, y
después de largos periodos de sosiego se presentaba impetuosa y aguda,
como un mal crónico que está siempre en acecho para acometer cuando
menos se le espera. A veces, una palabra insignificante que en la calle
o en su casa oyera o la vista de cualquier objeto le encendían de súbito
en la mente la llama de aquel tema, produciéndole opresiones en el pecho
y un sobresalto inexplicable.

Se distraía cuidando y mimando a los niños de sus hermanas, a los cuales
quería entrañablemente; pero siempre había entre ella y sus sobrinitos
una distancia que no podía llenar. No eran suyos, no los había _tenido_
ella, no se los sentía unidos a sí por un hilo misterioso. Los
verdaderamente unidos no existían más que en su pensamiento, y tenía que
encender y avivar este, como una fragua, para forjarse las alegrías
verdaderas de la maternidad. Una noche salió de la casa de Candelaria
para volverse a la suya poco antes de la hora de comer. Ella y su
hermana se habían puesto de puntas por una tontería, porque Jacinta
mimaba demasiado a Pepito, nene de tres años, el primogénito de
Samaniego. Le compraba juguetes caros, le ponía en la mano, para que las
rompiera, las figuras de china de la sala y le permitía comer mil
golosinas. «¡Ah!, si fueras madre de verdad no harías esto...». --«Pues
si no lo soy, mejor... ¿A ti qué te importa?». --«A mí nada. Dispensa,
hija, ¡qué genio!». --«Si no me enfado...».--«¡Vaya, que estás
mimadita!».

Estas y otras tonterías no tenían consecuencias, y al cuarto de hora se
echaban a reír, y en paz. Pero aquella noche, al retirarse, sentía la
Delfina ganas de llorar. Nunca se había mostrado en su alma de un modo
tan imperioso el deseo de tener hijos. Su hermana la había humillado, su
hermana se enfadaba de que quisiera tanto al sobrinito. ¿Y aquello qué
era sino celos?... Pues cuando ella tuviera un chico, no permitiría a
nadie ni siquiera mirarle... Recorrió el espacio desde la calle de las
Hileras a la de Pontejos, extraordinariamente excitada, sin ver a nadie.
Llovía un poco y ni siquiera se acordó de abrir su paraguas. El gas de
los escaparates estaba ya encendido, pero Jacinta, que acostumbraba
pararse a ver las novedades, no se detuvo en ninguna parte. Al llegar a
la esquina de la plazuela de Pontejos y cuando iba a atravesar la calle
para entrar en el portal de su casa, que estaba enfrente, oyó algo que
la detuvo. Corriole un frío cortante por todo el cuerpo; quedose parada,
el oído atento a un rumor que al parecer venía del suelo, de entre las
mismas piedras de la calle. Era un gemido, una voz de la naturaleza
animal pidiendo auxilio y defensa contra el abandono y la muerte. Y el
lamento era tan penetrante, tan afilado y agudo, que más que voz de un
ser viviente parecía el sonido de la prima de un violín herida
tenuemente en lo más alto de la escala. Sonaba de esta manera:
_miiii_... Jacinta miraba al suelo; porque sin duda el quejido aquel
venía de lo profundo de la tierra. En sus desconsoladas entrañas lo
sentía ella penetrar, traspasándole como una aguja el corazón.

Busca por aquí, busca por allá, vio al fin junto a la acera por la parte
de la plaza una de esas hendiduras practicadas en el encintado, que se
llaman _absorbederos_ en el lenguaje municipal, y que sirven para dar
entrada en la alcantarilla al agua de las calles. De allí, sí, de allí
venían aquellos lamentos que trastornaban el alma de la Delfina,
produciéndole un dolor, una efusión de piedad que a nada pueden
compararse. Todo lo que en ella existía de presunción materna, toda la
ternura que los éxtasis de madre soñadora habían ido acumulando en su
alma se hicieron fuerza activa para responder al _miiiii_ subterráneo
con otro _miiii_ dicho a su manera.

¿A quién pediría socorro? «Deogracias» gritó llamando al portero.
Felizmente, el portero estaba en la esquina de la calle de la Paz
hablando con un conductor del coche-correo, y al punto oyó la voz de su
señorita. En cuatro trancos se puso a su lado.

«Deogracias... eso... que ahí suena... mira a ver...» dijo la señorita
temblando y pálida.

El portero prestó atención; después se puso de cuatro pies, mirando a su
ama con semblante de marrullería y jovialidad.

«Pues... esto... ¡Ah!, son unos gatitos que han tirado a la
alcantarilla».

--¡Gatitos!... ¿estás seguro... pero estás seguro de que son gatitos?

--Sí, señorita; y deben ser de la gata de la librería de ahí enfrente,
que parió anoche y no los puede criar todos...

Jacinta se inclinó para oír mejor. El _miiii_ sonaba ya tan profundo que
apenas se percibía. «Sácalos» dijo la dama con voz de autoridad
indiscutible.

Deogracias se volvió a poner en cuatro pies, se arremangó el brazo y lo
metió por aquel hueco. Jacinta no podía advertir en su rostro la
expresión de incredulidad, casi de burla. Llovía más, y por el
absorbedero empezaba a entrar agua, chorreando dentro con un ruido de
freidera que apenas permitía ya oír el ahilado _miiii_. No obstante, la
Delfina lo oía siempre bien claro. El portero volvió hacia arriba, como
quien invoca al Cielo, su cara estúpida, y dijo sonriendo:

«Señorita, no se puede. Están muy hondos... pero muy hondos».

--¿Y no se puede levantar esta baldosa?--indicó ella, pisando fuerte en
ella.

--¿Esta baldosa?--repitió Deogracias, poniéndose de pie y mirando a su
ama como se mira a la persona de cuya razón se duda--. Por poderse...
avisando al Ayuntamiento... El teniente alcalde Sr. Aparisi, es vecino
de casa... Pero...

Ambos aguzaban su oído. «Ya no se oye nada --observó Deogracias,
poniéndose más estúpido--. Se han ahogado...».

No sabía el muy bruto la puñalada que daba a su ama con estas palabras.
Jacinta, sin embargo, creía oír el gemido en lo profundo. Pero aquello
no podía continuar. Empezó a ver la inmensa desproporción que había
entre la grandeza de su piedad y la pequeñez del objeto a que la
consagraba. Arreció la lluvia, y el absorbedero deglutaba ya una onda
gruesa que hacía gargarismos y bascas al chocar con las paredes de aquel
gaznate... Jacinta echó a correr hacia la casa y subió. Los nervios se
le pusieron tan alborotados y el corazón tan oprimido, que sus suegros y
su marido la creyeron enferma; y sufrió toda la noche la molestia
indecible de oír constantemente el _miiii_ del absorbedero. En verdad
que aquello era una tontería, quizás desorden nervioso; pero no lo podía
remediar. ¡Ah! Si su suegra sabía por Deogracias lo ocurrido en la calle
¡cuánto se había de burlar! Jacinta se avergonzaba de antemano,
poniéndose colorada, sólo de considerar que entraba Barbarita
diciéndole con su maleante estilo: «Pero hija, ¿conque es cierto que
mandaste a Deogracias meterse en las alcantarillas para salvar unos
niños abandonados...?».

Sólo a su marido, _bajo palabra de secreto_, contó el lance de los
gatitos. Jacinta no podía ocultarle nada, y tenía un gusto particular en
hacerle confianza hasta de las más vanas tonterías que por su cabeza
pasaban referentes a aquel tema de la maternidad. Y Juan, que tenía
talento, era indulgente con estos desvaríos del cariño vacante o de la
maternidad sin hijo. Aventurábase ella a contarle cuanto le pasaba, y
muchas cosas que a la luz del día no osara decir, decíalas en la
intimidad y soledad conyugales, porque allí venían como de molde, porque
allí se decían sin esfuerzo cual si se dijeran por sí solas, porque, en
fin, los comentarios sobre la sucesión tenían como una base en la
renovación de las probabilidades de ella.




--v--


Hacía mal Barbarita, pero muy mal, en burlarse de la manía de su hija.
¡Como si ella no tuviera también su manía, y buena! Por cierto que
llevaba a Jacinta la gran ventaja de poder satisfacerse y dar realidad a
su pensamiento. Era una viciosa que se hartaba de los goces ansiados,
mientras que la nuera padecía horriblemente por no poseer nunca lo que
anhelaba. La satisfacción del deseo _chiflaba_ a la una tanto como a la
otra la privación del mismo.

Barbarita tenía la _chifladura_ de las compras. Cultivaba el arte por el
arte, es decir, la compra por la compra. Adquiría por el simple placer
de adquirir, y para ella no había mayor gusto que hacer una excursión de
tiendas y entrar luego en la casa cargada de cosas que, aunque no
estaban demás, no eran de una necesidad absoluta. Pero no se salía nunca
del límite que le marcaban sus medios de fortuna, y en esto precisamente
estaba su magistral arte de marchante rica.

El vicio aquel tenía sus depravaciones, porque la señora de Santa Cruz
no sólo iba a las tiendas de lujo, sino a los mercados, y recorría de
punta a punta los cajones de la plazuela de San Miguel, las pollerías de
la calle de la Caza y los puestos de la ternera fina en la costanilla de
Santiago. Era tan conocida _doña Barbarita_ en aquella zona, que las
placeras se la disputaban y armaban entre sí grandes ciscos por la
preferencia de una tan ilustre parroquiana.

Lo mismo en los mercados que en las tiendas tenía un auxiliar
inestimable, un ojeador que tomaba aquellas cosas cual si en ello le
fuera la salvación del alma. Este era Plácido Estupiñá. Como vivía en
la Cava de San Miguel, desde que se levantaba, a la primera luz del día,
echaba una mirada de águila sobre los cajones de la plaza. Bajaba cuando
todavía estaba la gente tomando la mañana en las tabernas y en los cafés
ambulantes, y daba un vistazo a los puestos, enterándose del cariz del
mercado y de las cotizaciones. Después, bien embozado en la pañosa, se
iba a San Ginés, a donde llegaba algunas veces antes de que el sacristán
abriera la puerta. Echaba un párrafo con las beatas que le habían cogido
la delantera, alguna de las cuales llevaba su chocolatera y cocinilla, y
hacía su desayuno en el mismo pórtico de la iglesia. Abierta esta, se
metían todos dentro con tanta prisa como si fueran a coger puesto en una
función de gran lleno, y empezaban las misas. Hasta la tercera o la
cuarta no llegaba Barbarita, y en cuanto la veía entrar, Estupiñá se
corría despacito hasta ella, deslizándose de banco en banco como una
sombra, y se le ponía al lado. La señora rezaba en voz baja moviendo los
labios. Plácido tenía que decirle muchas cosas, y entrecortaba su rezo
para irlas desembuchando.

«Va a salir la de D. Germán en la capilla de los Dolores... Hoy reciben
congrio en la casa de Martínez; me han enseñado los despachos de
Laredo... llena eres de gracia; el Señor es contigo... coliflor no hay,
porque no han venido los arrieros de Villaviciosa por estar perdidos los
caminos... ¡Con estas malditas aguas...!, y bendito es el fruto de tu
vientre, Jesús...».

Pasaba tiempo a veces sin que ninguno de los dos chistara, ella a un
extremo del banco, él a cierta distancia, detrás, ora de rodillas, ora
sentados. Estupiñá se aburría algunas veces por más que no lo declarase,
y le gustaba que alguna beata rezagada o beato sobón le preguntara por
la misa: «¿Se alcanza esta?». Estupiñá respondía que sí o que no de la
manera más cortés, añadiendo siempre en el caso negativo algo que
consolara al interrogador: «Pero esté usted tranquilo; va a salir en
seguida la del padre Quesada, que es una pólvora...». Lo que él quería
era ver si saltaba conversación.

Después de un gran rato de silencio, consagrado a las devociones,
Barbarita se volvía a él diciéndole con altanería impropia de aquel
santo lugar:

«Vaya, que tu amigo el Sordo nos la ha jugado buena».

--¿Por qué, señora?

--Porque te dije que le encargaras medio solomillo, y ¿sabes lo que me
mandó?, un pedazo enorme de contrafalda o babilla y un trozo de
espaldilla, lleno de piltrafas y tendones... Vaya un modo de portarse
con los parroquianos. Nunca más se le compra nada. La culpa la tienes
tú... Ahí tienes lo que son tus _protegidos_...

Dicho esto, Barbarita seguía rezando y Plácido se ponía a echar pestes
mentalmente contra el Sordo, un tablajero a quien él... No le protegía;
era que _le había recomendado_. Pero ya se las cantaría él muy claras al
tal Sordo. Otras familias a quienes le recomendara, quejáronse de que
les había dado _tapa del cencerro_, es decir, pescuezo, que es la carne
peor, en vez de tapa verdadera. En estos tiempos tan desmoralizados no
se puede recomendar a nadie. Otras mañanas iba con esta monserga: «¡Cómo
está hoy el mercado de caza! ¡Qué perdices, señora! Divinidades,
verdaderas divinidades».

--No más perdiz. Hoy hemos de ver si Pantaleón tiene buenos cabritos.
También quisiera una buena lengua de vaca, _cargada_, y ver si hay
ternera fina.

--La hay tan fina, señora, que parece _talmente_ merluza.

--Bueno, pues que me manden un buen solomillo y chuletas riñonadas. Ya
sabes; no vayas a descolgarte con las agujas cortas del otro día.
Conmigo no se juega.

--Descuide usted... ¿Tiene la señora convidados mañana?

--Sí; y de pescados ¿qué hay?

--He _apalabrado_ el salmón por si viene mañana... Lo que tenemos hoy es
peste de langosta.

Y concluidas las misas, se iban por la calle Mayor adelante en busca de
emociones puras, inocentes, logradas con la oficiosidad amable del uno y
el dinero copioso de la otra. No siempre se ocupaban de cosas de comer.
Repetidas veces llevó Estupiñá cuentos como este:

«Señora, señora, no deje de ver las cretonas que han recibido los
_chicos_ de Sobrino... ¡Qué divinidad!».

Barbarita interrumpía un _Padrenuestro_ para decir, todavía con la
expresión de la religiosidad en el rostro: «¿Rameaditas?, sí, y con
golpes de oro. Eso es lo que se estila ahora».

Y en el pórtico, donde ya estaba Plácido esperándola, decía: «Vamos a
casa de los _chicos_ de Sobrino».

Los cuales enseñaban a Barbarita, a más de las cretonas, unos satenes de
algodón floreados que eran la gran novedad del día; y a la viciosa le
faltaba tiempo para comprarle un vestido a su nuera, quien solía pasarlo
a alguna de sus hermanas.

Otra embajada: «Señora, señora, esta ya no se alcanza; pero pronto va a
salir la del sobrino del señor cura, que es otro padre Fuguilla por lo
pronto que la despacha. Ya recibió Pla los quesitos aquellos... no
recuerdo cómo se llaman».

--Ahora y en la hora de nuestra muerte... sí, ya... ¡Si son como las
rosquillas inglesas que me hiciste comprar el otro día y que olían a
viejo...! Parecían de la boda de San Isidro.

A pesar de este regaño, al salir iban a casa de Pla con ánimo de no
comprar más que dos libras de pasas de Corinto para hacer un pastel
inglés, y la señora se iba enredando, enredando, hasta dejarse en la
tienda obra de ochocientos o novecientos reales. Mientras Estupiñá
admiraba, de mostrador adentro, las grandes novedades de aquel Museo
universal de comestibles, dando su opinión pericial sobre todo, probando
ya una galleta de almendra y coco, que parecía _talmente_ mazapán de
Toledo, ya apreciando por el olor la superioridad del té o de las
especias, la dama se tomaba por su cuenta a uno de los dependientes, que
era un Samaniego, y... adiós mi dinero. A cada instante decía Barbarita
que no más, y tras de la colección de purés para sopas, iban las _perlas
del Nizán_, el _gluten de la estrella_, las salsas inglesas, el _caldo
de carne de tortuga de mar_, la docena de botellas de Saint--Emilion,
que tanto le gustaba a Juanito, el bote de _champignons extra_, que
agradaban a D. Baldomero, la lata de anchoas, las trufas y otras
menudencias. Del portamonedas de Barbarita, siempre bien provisto, salía
el importe, y como hubiera un pico en la suma, tomábase la libertad de
suprimirlo _por pronto pago_.

--Ea, chicos, que lo mandéis todo al momento _a casa_--decía con
despotismo Estupiñá al despedirse, señalando las compras.

--Vaya, quedaos con Dios--decía doña Barbarita, levantándose de la silla
a punto que aparecía el principal por la puerta de la trastienda, y
saludaba con mil afectos a su parroquiana, quitándose la gorra de seda.

--Vamos pasando hijo... ¡Ay, que _ladronicio_ el de esta casa!... No
vuelvo a entrar más aquí... Abur, abur.

--_Hasta mañana_, señora. A los pies de usted... Tantas cosas a D.
Baldomero... Plácido, Dios le guarde.

--Maestro... que haya salud. Ciertos artículos se compraban siempre al
por mayor, y si era posible de primera mano. Barbarita tenía en la
médula de los huesos la fibra de comerciante, y se pirraba por sacar el
género _arreglado_. Pero, ¡cuán distantes de la realidad habrían quedado
estos intentos sin la ayuda del espejo de los corredores, Estupiñá el
Grande! ¡Lo que aquel santo hombre andaba para encontrar huevos frescos
en gran cantidad...! Todos los polleros de la Cava le traían en
palmitas, y él se daba no poca importancia, diciéndoles: «o tenemos
formalidad o no tenemos formalidad. Examinemos el artículo, y después se
discutirá... calma, hombre, calma». Y allí era el mirar huevo por huevo
al trasluz, el sopesarlos y el hacer mil comentarios sobre su probable
antigüedad. Como alguno de aquellos tíos le engañase, ya podía
encomendarse a Dios, porque llegaba Estupiñá como una fiera amenazándole
con el teniente alcalde, con la inspección municipal y hasta con la
horca.

Para el vino, Plácido se entendía con los vinateros de la Cava Baja, que
van a hacer sus compras a Arganda, Tarancón o a la Sagra, y se ponía de
acuerdo con un medidor para que le tomase una partida de tantos o
cuantos cascos, y la remitiese por conducto de un carromatero ya
conocido. Ello había de ser género de confianza, _talmente_ moro. El
chocolate era una de las cosas en que más actividad y celo desplegaba
Plácido, porque en cuanto Barbarita le daba órdenes ya no vivía el
hombre. Compraba el cacao superior, el azúcar y la canela en casa de
Gallo, y lo llevaba todo a hombros de un mozo, sin perderlo de vista, a
la casa del que hacía las tareas. Los de Santa Cruz no transigían con
los chocolates industriales, y el que tomaban había de ser hecho a
brazo. Mientras el chocolatero trabajaba, Estupiñá se convertía en
mosca, quiero decir que estaba todo el día dando vueltas alrededor de la
tarea para ver si se hacía _a toda conciencia_, porque en estas cosas
hay que andar con mucho ojo.

Había días de compras grandes y otros de menudencias; pero días sin
comprar no los hubo nunca. A falta de cosa mayor, la viciosa no entraba
nunca en su casa sin el par de guantes, el imperdible, los polvos para
limpiar metales, el paquete de horquillas o cualquier chuchería de los
bazares de _todo a real_. A su hijo le llevaba regalitos sin fin,
corbatas que no usaba, botonaduras que no se ponía nunca. Jacinta
recibía con gozo lo que su suegra llevaba para ella, y lo iba
trasmitiendo a sus hermanas solteras y casadas, menos ciertas cosas cuyo
traspaso no le permitían. Por la ropa blanca y por la mantelería tenía
la señora de Santa Cruz verdadera pasión. De la tienda de su hermano
traía piezas enteras de holanda finísima, de batistas y madapolanes. D.
Baldomero II y D. Juan I tenían ropa para un siglo.

A entrambos les surtía de cigarros la propia Barbarita. El primero
fumaba puros, el segundo papel. Estupiñá se encargaba de traer estos
peligrosos artículos de la casa de un truchimán que los vendía de
_ocultis_, y cuando atravesaba las calles de Madrid con las cajas debajo
de su capa verde, el corazón le palpitaba de gozo, considerando la
trastada que le jugaba a la Hacienda pública y recordando sus hermosos
tiempos juveniles. Pero en los liberalescos años de 71 y 72 ya era otra
cosa... La policía fiscal no se metía en muchos dibujos. El temerario
contrabandista, no obstante, hubiera deseado tener un mal encuentro para
probar al mundo entero que era hombre capaz de arruinar la _Renta_ si se
lo proponía. Barbarita examinaba las cajas y sus marcas, las regateaba,
olía el tabaco, escogía lo que le parecía mejor y pagaba muy bien.
Siempre tenía D. Baldomero un surtido tan variado como excelente, y el
buen señor conservaba, entre ciertos hábitos tenaces del antiguo
hortera, el de reservar los cigarros mejores para los domingos.




-VII-

Guillermina, virgen y fundadora




--i--


De cuantas personas entraban en aquella casa, la más agasajada por toda
la familia de Santa Cruz era Guillermina Pacheco, que vivía en la
inmediata, tía de Moreno Isla y prima de Ruiz--Ochoa, los dos socios
principales de la antigua banca de Moreno. Los miradores de las dos
casas estaban tan próximos, que por ellos se comunicaba doña Bárbara con
su amiga, y un toquecito en los cristales era suficiente para establecer
la correspondencia.

Guillermina entraba en aquella casa como en la suya, sin etiqueta ni
cumplimiento alguno. Ya tenía su lugar fijo en el gabinete de Barbarita,
una silla baja; y lo mismo era sentarse que empezar a hacer media o a
coser. Llevaba siempre consigo un gran lío o cesto de labor, calábase
los anteojos, cogía las herramientas, y ya no paraba en toda la noche.
Hubiera o no en las otras habitaciones gente de cumplido, ella no se
movía de allí ni tenía que ver con nadie. Los amigos asiduos de la casa,
como el marqués de Casa--Muñoz, Aparisi o Federico Ruiz, la miraban ya
como se mira lo que está siempre en un mismo sitio y no puede estar en
otro. Los de fuera y los de dentro trataban con respeto, casi con
veneración, a la ilustre señora, que era como una figurita de
nacimiento, menuda y agraciada, la cabellera con bastantes canas, aunque
no tantas como la de Barbarita, las mejillas sonrosadas, la boca
risueña, el habla tranquila y graciosa, y el vestido humildísimo.

Algunos días iba a comer allí, es decir, a sentarse a la mesa. Tomaba un
poco de sopa, y en lo demás no hacía más que picar. D. Baldomero solía
enfadarse y le decía: «Hija de mi alma, cuando quieras hacer penitencia
no vengas a mi casa. Observo que no pruebas aquello que más te gusta. No
me vengas a mí con cuentos. Yo tengo buena memoria. Te oí decir muchas
veces en casa de mi padre que te gustaban las codornices, y ahora las
tienes aquí y no las pruebas. ¡Que no tienes gana!... Para esto siempre
hay gana. Y veo que no tocas el pan... Vamos, Guillermina, que perdemos
las amistades...».

Barbarita, que conocía bien a su amiga, no machacaba como D. Baldomero,
dejándola comer lo que quisiese o no comer nada. Si por acaso estaba en
la mesa el gordo Arnaiz, se permitía algunas cuchufletas de buen género
sobre aquellos antiquísimos estilos de santidad, consistentes en no
comer. «Lo que entra por la boca no daña al alma. Lo ha dicho San
Francisco de Sales nada menos». La de Pacheco, que tenía buenas
despachaderas, no se quedaba callada, y respondía con donaire a todas
las bromas sin enojarse nunca. Concluida la comida, se diseminaban los
comensales, unos a tomar café al despacho y a jugar al tresillo, otros a
formar grupos más o menos animados y chismosos, y Guillermina a su
sillita baja y al teje maneje de las agujas. Jacinta se le ponía al lado
y tomaba muy a menudo parte en aquellas tareas, tan simpáticas a su
corazón. Guillermina hacía camisolas, calzones y chambritas para sus
ciento y pico de hijos de ambos sexos.

Lo referente a esta insigne dama lo sabe mejor que nadie Zalamero, que
está casado con una de las chicas de Ruiz--Ochoa. Nos ha prometido
escribir la biografía de su excelsa pariente cuando se muera, y
entretanto no tiene reparo en dar cuantos datos se le pidan, ni en
rectificar a ciencia cierta las versiones que el criterio vulgar ha
hecho correr sobre las causas que determinaron en Guillermina, hace
veinticinco años, la pasión de la beneficencia. Alguien ha dicho que
amores desgraciados la empujaron a la devoción primero, a la caridad
propagandista y militante después. Mas Zalamero asegura que esta opinión
es tan tonta como falsa. Guillermina, que fue bonita y aun un poquillo
presumida, no tuvo nunca amores, y si los tuvo no se sabe absolutamente
nada de ellos. Es un secreto guardado con sepulcral reserva en su
corazón. Lo que la familia admite es que la muerte de su madre la
impresionó tan vivamente, que hubo de proponerse, como el otro, _no
servir a más señores que se le pudieran morir_. No nació aquella sin
igual mujer para la vida contemplativa. Era un temperamento soñador,
activo y emprendedor; un espíritu con ideas propias y con iniciativas
varoniles. No se le hacía cuesta arriba la disciplina en el terreno
espiritual; pero en el material sí, por lo cual no pensó nunca en
afiliarse a ninguna de las órdenes religiosas más o menos severas que
hay en el orbe católico. No se reconocía con bastante paciencia para
encerrarse y estar todo el santo día bostezando el _gori gori_, ni para
ser soldado en los valientes escuadrones de Hermanas de la Caridad. La
llama vivísima que en su pecho ardía no le inspiraba la sumisión pasiva,
sino actividades iniciadoras que debían desarrollarse en la libertad.
Tenía un carácter inflexible y un tesoro de dotes de mando y de
facultades de organización que ya quisieran para sí algunos de los
hombres que dirigen los destinos del mundo. Era mujer que cuando se
proponía algo iba a su fin derecha como una bala, con perseverancia
grandiosa sin torcerse nunca ni desmayar un momento, inflexible y
serena. Si en este camino recto encontraba espinas, las pisaba y
adelante, con los pies ensangrentados.

Empezó por unirse a unas cuantas señoras nobles amigas suyas que habían
establecido asociaciones para socorros domiciliarios, y al poco tiempo
Guillermina sobrepujó a sus compañeras. Estas lo hacían por vanidad, a
veces de mala gana; aquella trabajaba con ardiente energía, y en esto se
le fue la mitad de su legítima. A los dos años de vivir así, se la vio
renunciar por completo a vestirse y ataviarse como manda la moda que se
atavíen las señoras. Adoptó el traje liso de merino negro, el manto,
pañolón oscuro cuando hacía frío, y unos zapatones de paño holgados y
feos. Tal había de ser su empaque en todo el resto de sus días.

La asociación benéfica a que pertenecía no se acomodaba al ánimo
emprendedor de Guillermina, pues quería ella picar más alto, intentando
cosas verdaderamente difíciles y tenidas por imposibles. Sus talentos de
fundadora se revelaron entonces, asustando a todo aquel señorío que no
sabía salir de ciertas rutinas. Algunas amigas suyas aseguraron que
estaba loca, porque demencia era pensar en la fundación de un asilo
para huerfanitos, y mayor locura dotarle de recursos permanentes. Pero
la infatigable iniciadora no desmayaba, y el asilo _fue hecho_,
sosteniéndose en los tres primeros años de su difícil existencia con
parte de la renta que le quedaba a Guillermina y con los donativos de
sus parientes ricos. Pero de pronto la institución empezó a crecer; se
hinchaba y cundía como las miserias humanas, y sus necesidades subían en
proporciones aterradoras. La dama pignoró los restos de su legítima;
después tuvo que venderlos. Gracias a sus parientes, no se vio en el
trance fatal de tener que mandar a la calle a los asilados a que
pidieran limosna para sí y para la fundadora. Y al propio tiempo
repartía periódicamente cuantiosas limosnas entre la gente pobre de los
distritos de la Inclusa y Hospital; vestía muchos niños, daba ropa a los
viejos, medicinas a los enfermos, alimentos y socorros diversos a todos.
Para no suspender estos auxilios y seguir sosteniendo el asilo era
forzoso buscar nuevos recursos. ¿Dónde y cómo? Ya las amistades y
parentescos estaban tan explotados, que si se tiraba un poco más de la
cuerda, era fácil que se rompiera. Los más generosos empezaban a poner
mala cara, y los cicateros, cuando se les iba a cobrar la cuota, decían
que no estaban en casa.

«Llegó un día --dijo Guillermina, suspendiendo su labor, para contar el
caso a varios amigos de Barbarita--, en que las cosas se pusieron muy
feas. Amaneció aquel día, y los veintitrés pequeñuelos de Dios que yo
había recogido y que estaban en una casucha baja y húmeda de la calle de
Zarzal, aposentados como conejos, no tenían qué comer. Tirando de aquí y
de allá, podían pasar aquel día; pero ¿y el siguiente? Yo no tenía ya ni
dinero ni quien me lo diera. Debía no sé cuántas fanegas de judías, doce
docenas de alpargatas, tantísimas arrobas de aceite; no me quedaba que
empeñar o que vender más que el rosario. Los primos, que me sacaban de
tantos apuros, ya habían hecho los imposibles... Me daba vergüenza de
volver a pedirles. Mi sobrino Manolo, que solía ser mi paño de lágrimas,
estaba en Londres. Y suponiendo que mi primo Valeriano me tapase mis
veintitrés bocas (y la mía veinticuatro) por unos cuantos días, ¿cómo me
arreglaría después? Nada, nada, era indispensable arañar la tierra y
buscar cuartos de otra manera y por otros medios.

»El día aquel fue día de pruebas para mí. Era un viernes de Dolores, y
las siete espadas, señores míos, estaban clavadas aquí... Me pasaban
como unos rayos por la frente. Una idea era lo que yo necesitaba, y más
que una idea, valor, sí, valor para lanzarme... De repente noté que
aquel valor tan deseado entraba en mí, pero un valor tremendo, como el
de los soldados cuando se arrojan sobre los cañones enemigos... Trinqué
la mantilla y me eché a la calle. Ya estaba decidida, y no crean,
alegre como unas Pascuas, porque sabía lo que tenía que hacer. Hasta
entonces yo había pedido a los amigos; desde aquel momento pediría a
todo bicho viviente, iría de puerta en puerta con la mano así... Del
primer tirón me planté en casa de una duquesa extranjera, a quien no
había visto en mi vida. Recibiome con cierto recelo; me tomó por una
trapisondista; pero a mí, ¿qué me importaba? Diome la limosna y, en
seguida, para alentarme y apurar el cáliz de una vez, estuve dos días
sin parar subiendo escaleras y tirando de las campanillas. Una familia
me recomendaba a otra, y no quiero decir a ustedes las humillaciones,
los portazos y los desaires que recibí. Pero el dichoso maná iba cayendo
a gotitas a gotitas... Al poco tiempo vi que el negocio iba mejor de lo
que yo esperaba. Algunos me recibían casi con palio; pero la mayor parte
se quedaban fríos, mascullando excusas y buscando pretextos para no
darme un céntimo. 'Ya ve usted, hay tantas atenciones... no se cobra...
el Gobierno se lo lleva todo con las contribuciones...'. Yo les
tranquilizaba. 'Un

_perro chico_, un _perro chico_ es lo que me hace falta'. Y aquí me
daban el _perro_, allá el duro, en otra parte el billetito de cinco o
de diez... o nada. Pero yo tan campante. ¡Ah!, señores, este oficio
tiene muchas quiebras. Un día subí a un cuarto segundo, que me había
recomendado no sé quién. La tal recomendación fue una broma estúpida.
Pues señor, llamo, entro, y me salen tres o cuatro tarascas... ¡Ay, Dios
mío, eran mujeres de mala vida!... Yo, que veo aquello... lo primero que
me ocurrió fue echar a correr. 'Pero no--me dije--, no me voy. Veremos
si les saco algo'. Hija, me llenaron de injurias, y una de ellas se fue
hacia dentro y volvió con una escoba para pegarme. ¿Qué creen ustedes
que hice? ¿Acobardarme? Quia. Me metí más adentro y les dije cuatro
frescas... pero bien dichas... ¡bonito genio tengo yo...! ¡Pues creerán
ustedes que les saqué dinero! Pásmense, pásmense... la más
desvergonzada, la que me salió con la escoba fue a los dos días a mi
casa a llevarme un napoleón.

»Bueno... pues verán ustedes. La costumbre de pedir me ha ido dando esta
bendita cara de vaqueta que tengo ahora. Conmigo no valen desaires ni sé
ya lo que son sonrojos. He perdido la vergüenza. Mi piel no sabe ya lo
que es ruborizarse, ni mis oídos se escandalizan por una palabra más o
menos fina. Ya me pueden llamar _perra judía_; lo mismo que si me
llamaran _la perla de Oriente_; todo me suena igual... No veo más que mi
objeto, y me voy derechita a él sin hacer caso de nada. Esto me da
tantos ánimos que me atrevo con todo. Lo mismo le pido al Rey que al
último de los obreros. Oigan ustedes este golpe: Un día dije: 'Voy a
ver a D. Amadeo'. Pido mi audiencia, llego, entro, me recibe muy serio.
Yo imperturbable, le hablé de mi asilo y le dije que esperaba algún
auxilio de su real munificencia. '¿Un asilo de ancianos?'--me preguntó.
'No señor, de niños'. --'¿Son muchos?'. Y no dijo más. Me miraba con
afabilidad. ¡Qué hombre!, ¡qué bocaza! Mandó que me dieran seis mil
_guealés_... Luego vi a doña María Victoria, ¡qué excelente señora!
Hízome sentar a su lado; tratábame como su igual; tuve que darle mil
noticias del asilo, explicarle todo... Quería saber lo que comen los
pequeños, qué ropa les pongo... En fin, que nos hicimos amigas...
Empeñada en que fuera yo allá todos los días... A la semana siguiente me
mandó montones de ropa, piezas de tela y suscribió a sus niños por una
cantidad mensual.

»Con que ya ven ustedes cómo así, a lo tonto a lo tonto, ha venido sobre
mi asilo el pan de cada día. La suscripción fija creció tanto que al año
pude tomar la casa de la calle de Alburquerque, que tiene un gran patio
y mucho desahogo. He puesto una zapatería para que los muchachos
grandecitos trabajen, y dos escuelas para que aprendan. El año pasado
eran sesenta y ya llegan a ciento diez. Se pasan apuros; pero vamos
viviendo. Un día andamos mal y al otro llueven provisiones. Cuando veo
la despensa vacía, _me echo a la calle_, como dicen los revolucionarios,
y por la noche ya llevo a casa la libreta para tantas bocas. Y hay días
en que no les falta su extraordinario, ¿qué creían ustedes? Hoy les he
dado un arroz con leche, que no lo comen mejor los que me oyen. Veremos
si al fin me salgo con la mía, que es un grano de anís, nada menos que
levantarles un edificio de nueva planta, un verdadero palacio con la
holgura y la distribución convenientes, todo muy propio, con
departamento de esto, departamento de lo otro, de modo que me quepan
allí doscientos o trescientos huérfanos, y puedan vivir bien y educarse
y ser buenos cristianos».




--ii<sc/>-


«Un edificio _ad hoc_» dijo con incredulidad el marqués de Casa--Muñoz,
que era uno de los presentes.

--_Ad... hoc_, sí señor--replicó Guillermina, acentuando las dos
palabras latinas--. Pues está usted adelantado de noticias. ¿No sabe que
tengo el terreno y los planos, y que ya me están haciendo el vaciado?
¿Sabe usted el sitio? Más abajo del que ocupan las _Micaelas_, esas que
recogen y corrigen las mujeres pérdidas. El arquitecto y los delineantes
me trabajan gratis. Ahora no pido sólo dinero, sino ladrillo recocho y
pintón. Con que a ver...

--¿Tiene usted ya la memoria de cantería?

--preguntó con vivo interés Aparisi, que era hombre fuerte en negocio de
berroqueña.

--Sí, señor. ¿Me quiere usted dar algo?

--Le doy a usted--dijo Aparisi, acompañando su generosidad de un gesto
imperial--, la friolera de sesenta metros cúbicos de piedra sillar que
tengo en la Guindalera.

--¿A cómo? --preguntó Guillermina, mirándole con los ojos guiñados y
apuntándole con la aguja de media.

--A nada... La piedra es de usted. --Gracias, Dios se lo pague. Y el
marqués, ¿qué me da?

--Pues yo... ¿Quiere usted dos vigas de hierro de doble T que me
sobraron de la casa de la Carrera?

--¿Pues no las he de querer? Yo lo tomo todo, hasta una llave vieja,
para cuando se acabe el edificio. ¿Saben ustedes lo que me llevé ayer a
casa? Cuatro azulejos de cocina, un grifo y tres paquetitos de argollas.
Todo sirve, amigos. Si en algún tejar me dan cuatro ladrillos, los
acepto y a la obra con ellos. ¿Ven ustedes cómo hacen los pájaros sus
nidos? Pues yo construiré mi palacio de huérfanos cogiendo aquí una
pajita y allá otra. Ya se lo he dicho a Bárbara, no ha de tirar ni un
clavo, aunque esté torcido, ni una tabla, aunque esté rota. Los sellos
de correo se venden, las cajas de cerillas también... ¿Con qué creen
ustedes que he comprado yo el gran lavabo que tenemos en el asilo? Pues
juntando cabos de vela y vendiéndolos al peso. El otro día me ofrecieron
una petaca de cuero de Rusia. «¿Para qué le sirve eso?» dirán estos
señores. Pues me sirvió para hacer un regalo a uno de los delineantes
que trabajan en el proyecto... ¿Ven ustedes a este marqués de
Casa--Muñoz, que me está oyendo y me ha ofrecido dos vigas de doble T?
Bueno: ¿cuánto apuestan a que le saco algo más? ¿Pues qué, creen ustedes
que el señor marqués tiene sus grandes yeserías de Vallecas para ver
estos apuros míos y no acudir a ellos?

--Guillermina--dijo Casa--Muñoz algo conmovido--, cuente usted con
doscientos quintales, y del blanco, que es a nueve reales.

--¿Qué dije yo? Bueno. Y este señor de Ruiz ¿qué hará por mí?

--Hija de mi alma, yo no tengo ni un clavo ni una astilla, pero le juro
a usted por mi salvación que un domingo me salgo por las afueras y robo
una teja para llevársela a usted... robaré dos, tres, una docena de
tejas... Y hay más. Si quiere usted mis dos comedias, mis folletos
sobre la _Unión ibérica_ y sobre la _Organización de los bomberos en
Suiza_, mi obra de los _Castillos_, todo está a su disposición. Diez
ejemplares de cada cosa para que hagan lotes en una _tómbola_.

--¿Lo ven ustedes? Cae el maná, cae. Si en estas cosas no hay más que
ponerse a ello... Mi amigo Baldomero también dará algo.

--Las campanas--dijo el insigne comerciante--, y si me apuran, el
pararrayos y las veletas. Quiero concluir el edificio, ya que el amigo
Aparisi lo quiere empezar.

--La primera piedra no hay quien me la quite--expresó Aparisi con toda
la hinchazón de su amor propio.

--Algo más daremos, ¿verdad Baldomero?--apuntó Barbarita--, por ejemplo,
toda la capilla, con su órgano, altares, imágenes...

--Todo lo que tú quieras, hija. Y eso que las _Micaelas_ nos han llevado
un pico. Les hemos hecho casi la mitad del edificio. Pero ahora le toca
a Guillermina. Ya sabe ella dónde estamos.

El grupo que rodeaba a la fundadora se fue disolviendo. Algunos,
creyendo sin duda que lo que allí se trataba más era broma que otra
cosa, se fueron al salón a hablar _seriamente_ de política y negocios.
D. Baldomero, que deseaba echar aquella noche una partida de mus, el
juego clásico y tradicional de los comerciantes de Madrid, esperó a que
entrase Pepe Samaniego, que era maestro consumado, para armar la
partida. Durante un largo rato no se oía en el salón más que _envido a
la chica... envido a los pares... órdago_.

Las tres señoras estuvieron un momento solas, hablando de aquel proyecto
de Guillermina, que seguía cose que te cose, ayudada por Jacinta. Hacía
algún tiempo que a esta se le había despertado vivo entusiasmo por las
empresas de la Pacheco, y a más de reservarle todo el dinero que podía,
se picaba los dedos cosiendo para ella durante largas horas. Es que
sentía un cierto consuelo en confeccionar ropas de niño y en suponer que
aquellas mangas iban a abrigar bracitos desnudos. Ya había hecho dos
visitas al asilo de la calle de Alburquerque y acompañado una vez a
Guillermina en sus excursiones a las miserables zahúrdas donde viven los
pobres de la Inclusa y Hospital.

Había que oírla cuando volvió a aquella su primera visita a los barrios
del Sur. «¡Qué desigualdades!--decía, desflorando sin saberlo el
problema social--. Unos tanto y otros tan poco. Falta equilibrio y el
mundo parece que se cae. Todo se arreglaría si los que tienen mucho
dieran lo que les sobra a los que no poseen nada. ¿Pero qué cosa
sobra?... Vaya usted a saber». Guillermina aseguraba que se necesita
mucha fe para no acobardarse ante los espectáculos que la miseria
ofrece. «Porque se encuentran almas buenas, sí--decía--; pero también
mucha ingratitud. La falta de educación es para el pobre una desventaja
mayor que la pobreza. Luego la propia miseria les ataca el corazón a
muchos y se lo corrompe. A mí me han insultado; me han arrojado puñados
de estiércol y tronchos de berza; me han llamado _tía bruja_...».

A Barbarita le daba aquella noche por hablar de arquitectura y no perdía
ripio. Entró a la sazón Moreno Isla, y le recibieron con exclamaciones
de alegría. Llamole la señora y le dijo: «¿Tiene usted cascote?».

Las tres se reían viendo la sorpresa y confusión de Moreno, que era una
excelente persona, como de cuarenta y cinco años, célibe y riquísimo, de
aficiones tan inglesas que se pasaba en Londres la mayor parte del año;
alto, delgado y de muy mal color porque estaba muy delicado de salud.

«Que si tengo cascote. ¿Es para usted?».

--Usted conteste y no sea como los gallegos, que cuando se les hace una
pregunta hacen otra. Puesto que está usted de derribo, ¿tiene cascote,
sí o no?

--Sí que lo tengo... y pedernal magnífico. A sesenta reales el carro,
todo lo que usted quiera. El cascote a ocho reales... ¡Ah, tonto de mí!
Ya sé de qué se trata. La santurrona les está embaucando con las
fantasmagorías del asilo que va a edificar... Cuidado, mucho cuidado con
los timos. Antes de que ponga la primera piedra, nos llevará a todos a
San Bernardino.

--Cállate, que ya saben todos lo avariento que eres. Si no te pido nada,
roñoso, cicatero.

Guárdate tus carros de pedernal, que ya te los pondrán en la balanza el
día del gran saldo final, ya sabes, cuando suenen las trompetas
aquellas, sí, y entonces, cuando veas que la balanza se te cae del lado
de la avaricia, dirás: «Señor, quítame estos carros de piedra y cascote
que me hunden en el Infierno», y todos diremos: «no, no, no... échenle
carga, que es muy malo».

--Con poner en el otro platillo los perros grandes y chicos que me has
sacado, me salvo--díjole Moreno riendo y manoseándole la cara.

--No me hagas carantoñas, sobrinillo. Si crees que eso te vale, gran
miserable, usurero, recocho en dinero--repitió Guillermina con tono y
sonrisa de chanza benévola--. ¡Qué hombres estos! Todavía quieres más, y
estás derribando una manzana de casas viejas para hacer casas
domingueras y sacarles las entrañas a los pobres.

--No hagan ustedes caso de esta _rata eclesiástica_--indicó Moreno,
sentándose entre Barbarita y Jacinta--. Me está arruinando. Voy a tener
que irme a un pueblo porque no me deja vivir. Es que no me puedo
descuidar. Estoy en casa vistiéndome... siento un susurro, algo así como
paso de ladrones; miro, veo un bulto, doy un grito... Es ella, la rata
que ha entrado y se va escurriendo por entre los muebles. Nada; por
pronto que acudo, ya mi querida tía me ha registrado la ropa que está en
el perchero y se ha llevado todo lo que había en el bolsillo del
chaleco.

La fundadora, atacada de una hilaridad convulsiva, se reía con toda su
alma.

--Pero ven acá, pillo--dijo secándose las lágrimas que la risa había
hecho brotar de sus ojos--, si contigo no valen buenos medios. Anda,
hijo, el que te roba a ti..., ya sabes el refrán... el que te roba a ti
se va al Cielo derecho.

--A donde vas tú a ir es al _Modelo_...

--Cállate la boca, bobón, y no me denuncies, que te traerá peor
cuenta...

No siguió este diálogo, que prometía dar mucho juego, porque del salón
llamaron a Moreno con enérgica insistencia. Oíase desde el gabinete
rumor de un hablar vivo, y la mezclada agitación de varias voces, entre
las cuales se distinguían claramente las de Juan, Villalonga y Zalamero,
que acababan de entrar.

Moreno fue allá, y Guillermina, que aún no había acabado de reír, decía
a sus amigas.

«Es un angelón... No tenéis idea de la pasta celestial de que está
formado el corazón de este hombre».

Barbarita no tenía sosiego hasta no enterarse del por qué de aquel
tumulto que en el salón había. Fue a ver y volvió con el cuento:

«Hijas, que el rey se marcha».

--¡Qué dices, mujer!

--Que D. Amadeo, cansado de bregar con esta gente, tira la corona por la
ventana y dice: «Vayan ustedes a marcar al Demonio».

--¡Todo sea por Dios! --exclamó Guillermina dando un suspiro y volviendo
imperturbable a su trabajo.

Jacinta pasó al salón, más que por enterarse de las noticias, por ver a
su marido que aquel día no había comido en casa.

«Oye--le dijo en secreto Guillermina, deteniéndola, y ambas se miraban
con picardía;--con veinte duros que le sonsaques hay bastante».




--iii--


«En Bolsa no se supo nada. Yo lo supe en el Bolsín a las diez--dijo
Villalonga--. Fui al Casino a llevar la noticia. Cuando volví al Bolsín,
se estaba haciendo el consolidado a 20.

--Lo hemos de ver a 10, señores --dijo el marqués de Casa--Muñoz en tono
de Hamlet.

--¡El Banco a 175...! --exclamó D. Baldomero pasándose la mano por la
cabeza, y arrojando hacia el suelo una mirada fúnebre.

--Perdone usted, amigo --rectificó Moreno Isla--. Está a 172, y si usted
quiere comprarme las mías a 170, ahora mismo las largo. No quiero más
papel de la querida patria. Mañana me vuelvo a Londres.

--Sí--dijo Aparisi poniendo semblante profético--; porque la que se va a
armar ahora aquí, será de órdago.

--Señores, no seamos impresionables--indicó el marqués de Casa--Muñoz,
que gustaba de dominar las situaciones con mirada alta--. Ese buen señor
se ha cansado; no era para menos; ha dicho: «ahí queda eso». Yo en su
caso habría hecho lo mismo. Tendremos algún trastorno; habrá su poco de
República; pero ya saben ustedes que las naciones no mueren...

--El golpe viene de fuera --manifestó Aparisi--. Esto lo veía yo venir.
Francia...

--No _involucremos_ las cuestiones, señores --dijo Casa--Muñoz poniendo
una cara muy parlamentaria--. Y si he de hablar ingenuamente, diré a
ustedes que a mí no me asusta la República, lo que me asusta es el
republicanismo.

Miró a todos para ver qué tal había caído esta frase. No podía dudarse
de que el murmullo aquel con que fue acogida era laudatorio.

«Señor Marqués --declaró Aparisi picado de rivalidad--, el pueblo
español es un pueblo digno... que en los momentos de peligro, sabe
ponerse...».

--¿Y qué tiene que ver una cosa con otra?...--saltó el marqués incómodo,
anonadando a su contrario con una mirada--. No _involucre_ usted las
cuestiones.

Aparisi, propietario y concejal de oficio, era un hombre que se preciaba
de _poner los puntos sobre las íes_; pero con el marqués de Casa--Muñoz
no le valía su suficiencia, porque este no toleraba imposiciones y era
capaz de poner puntos sobre las haches. Había entre los dos una
rivalidad tácita, que se manifestaba en la emulación para lanzar
observaciones sintéticas sobre todas las cosas. Una mirada de profunda
antipatía era lo único que a veces dejaba entrever el pugilato
espiritual de aquellos dos atletas del pensamiento. Villalonga, que era
observador muy picaresco, aseguraba haber descubierto entre Aparisi y
Casa--Muñoz un antagonismo o competencia en la emisión de palabras
escogidas. Se desafiaban a cuál hablaba más por lo fino, y si el marqués
daba muchas vueltas al _involucrar_, al _ad hoc_, al _sui generis_ y
otros términos latinos, en seguida se veía al otro poniendo en prensa el
cerebro para obtener frases tan selectas como _la concatenación de las
ideas_. A veces parecía triunfante Aparisi, diciendo que tal o cual cosa
era el _bello ideal_ de los pueblos; pero Casa--Muñoz tomaba arranque y
diciendo _el desiderátum_, hacía polvo a su contrario.

Cuenta Villalonga que hace años hablaba Casa--Muñoz disparatadamente, y
sostiene y jura haberle oído decir, cuando aún no era marqués, que las
_puertas estaban herméticamente_ _ abiertas_; pero esto no ha llegado a
comprobarse. Dejando a un lado las bromas, conviene decir que era el
marqués persona apreciabilísima, muy corriente, muy afable en su trato,
excelente para su familia y amigos. Tenía la misma edad que D.
Baldomero; mas no llevaba tan bien los años. Su dentadura era artificial
y sus patillas teñidas tenían un viso carminoso, contrastando con la
cabeza sin pintar. Aparisi era mucho más joven, hombre que presumía de
pie pequeño y de manos bonitas, la cara arrebolada, el bigote castaño
cayendo a lo chino, los ojos grandes, y en la cabeza una de esas calvas
que son para sus poseedores un diploma de talento. Lo más característico
en el concejal perpetuo era la expresión de su rostro, semejante a la de
una persona que está oliendo algo muy desagradable, lo que provenía de
cierta contracción de los músculos nasales y del labio superior. Por lo
demás, buena persona, que no debía nada a nadie. Había tenido almacén de
maderas, y se contaba que en cierta época les puso los puntos sobre las
íes a los pinares de Balsain. Era hombre sin instrucción, y... lo que
pasa... por lo mismo que no la tenía gustaba de aparentarla. Cuenta el
tunante de Villalonga que hace años usaba Aparisi el _e pur si muove_
de Galileo; pero el pobrecito no le daba la interpretación verdadera, y
creía que aquel célebre dicho significaba _por si acaso_.

Así, se le oyó decir más de una vez: «Parece que no lloverá; pero sacaré
el paraguas _e pur si muove_».

Jacinta trincó a su marido por el brazo y le llevó un poquito aparte:

«Y qué, _nene_, ¿hay barricadas?».

--No, hija, no hay nada. Tranquilízate.

--¿No volverás a salir esta noche?... Mira que me asustaré mucho si
sales.

--Pues no saldré... ¿Qué... qué buscas?

Jacinta, riendo, deslizaba su mano por el forro de la levita, buscando
el bolsillo del pecho.

--¡Ay!, yo iba a ver si te sacaba la cartera sin que me sintieses...

--Vaya con la descuidera... --¡Quia!, si no sé... Esto quien lo hace
bien es Guillermina, que le saca a Manolo Moreno las pesetas del
bolsillo del chaleco sin que él lo sienta... A ver...

Jacinta, dueña ya de la cartera, la abrió.

--¿Te enfadarías si te quito este billete de veinte duros? ¿Te hace
falta?

--No por cierto. Toma lo que quieras.

--Es para Guillermina. Mamá le dio dos, y le falta un pico para poder
pagar mañana el trimestre del alquiler del asilo.

Contestole el Delfín apretándole con mucha efusión las dos manos y
arrugando el billete que estaba en ellas.

En cuanto Guillermina pescó lo que le faltaba para completar su
cantidad, dejó la costura y se puso el manto. Despidiéndose brevemente
de las dos señoras, atravesó el salón a prisa.

«¡A esa, a esa! --gritó Moreno--, sin duda se lleva algo. Caballeros,
vean ustedes si les falta el reloj. Bárbara, que debajo de la mantilla
de _la rata eclesiástica_ veo un bulto... ¿No había aquí candeleros de
plata?».

En medio de la jovial algazara que estas bromas producían, salió
Guillermina, esparciendo sobre todos una sonrisa inefable que parecía
una bendición.

En seguida, cebáronse todos con furia en el tema suculento de la partida
del Rey, y cada cual exponía sus opiniones con ínfulas de profecía, como
si en su vida hubieran hecho otra cosa que vaticinar acertando.
Villalonga estaba ya viendo a D. Carlos entrar en Madrid, y el marqués
de Casa--Muñoz hablaba de

_las exageraciones liberticidas_ de la demagogia roja y de la demagogia
blanca como si las estuviera mirando pintadas en la pared de enfrente;
el ex-subsecretario de Gobernación, Zalamero, leía clarito en el
porvenir el nombre del Rey Alfonso, y el concejal decía que _el
alfonsismo estaba aún en la nebulosa de lo desconocido_. El mismo
Aparisi y Federico Ruiz profetizaron luego en una sola cuerda... ¡Qué
demonio! Ellos no se asustaban de la República. Como si lo vieran... no
iba a pasar nada. Es que aquí somos muy impresionables, y por cualquier
contratiempo nos parece que se nos cae el Cielo encima. «Yo les aseguro
a ustedes --decía Aparisi, puesta la mano sobre el pecho--, que no
pasará nada, pero nada. Aquí no se tiene idea de lo que es el pueblo
español... Yo respondo de él, me atrevo a responder con la cabeza,
vaya...». Moreno no vaticinaba; no hacía más que decir: «Por si vienen
mal dadas, me voy mañana para Londres». Aquel ricacho soltero alardeaba
de carecer en absoluto del sentimiento de la patria, y estaba tan
extranjerizado que nada español le parecía bueno. Los autores dramáticos
lo mismo que las comidas, los ferrocarriles lo mismo que las industrias
menudas, todo le parecía de una inferioridad lamentable. Solía decir que
aquí los tenderos no saben envolver en un papel una libra de cualquier
cosa. «Compra usted algo, y después que le miden mal y le cobran caro,
el envoltorio de papel que le dan a usted se le deshace por el camino.
No hay que darle vueltas; somos una raza inhábil hasta no poder más».

Don Baldomero decía con acento de tristeza una cosa muy sensata: «¡Si D.
Juan Prim viviera...!». Juan y Samaniego se apartaron del corrillo y
charlaban con Jacinta y doña Bárbara, tratando de quitarles el miedo. No
habría tiros, ni jarana... no sería preciso hacer provisiones... ¡Ah!
Barbarita soñaba ya con hacer provisiones. A la mañana siguiente, si no
había barricadas, ella y Estupiñá se ocuparían de eso.

Poco a poco fueron desfilando. Eran las doce. Aparisi y Casa--Muñoz se
fueron al Bolsín a saber noticias, no sin que antes de partir dieran una
nueva muestra de su rivalidad. El concejal de oficio estaba tan
excitado, que la contracción de su hocico se acentuaba, como si el olor
aquel imaginario fuera el de la aza fétida. Zalamero, que iba a
Gobernación, quiso llevarse al Delfín; pero este, a quien su mujer tenía
cogido del brazo, se negó a salir... «Mi mujer no me deja».

--Mi tocaya--dijo Villalonga--, se está volviendo muy
anticonstitucional.

Por fin se quedaron solos los de casa. Don Baldomero y Barbarita besaron
a sus hijos y se fueron a acostar. Esto mismo hicieron Jacinta y su
marido.




-VIII-

Escenas de la vida íntima




--i--


A poco de acostarse notó Jacinta que su marido dormía profundamente.
Observábale desvelada, tendiendo una mirada tenaz de cama a cama. Creyó
que hablaba en sueños... pero no; era simplemente quejido sin
articulación que acostumbraba a lanzar cuando dormía, quizá por causa de
una mala postura. Los pensamientos políticos nacidos de las
conversaciones de aquella noche, huyeron pronto de la mente de Jacinta.
¿Qué le importaba a ella que hubiese República o Monarquía, ni que D.
Amadeo se fuera o se quedase? Más le importaba la conducta de aquel
ingrato que a su lado dormía tan tranquilo. Porque no tenía duda de que
Juan andaba algo distraído, y esto no lo podían notar sus padres por la
sencilla razón de que no le veían nunca tan cerca como su mujer. El
pérfido guardaba tan bien las apariencias, que nada hacía ni decía _en
familia_ que no revelara una conducta regular y correctísima. Trataba a
su mujer con un cariño tal, que... vamos, se le tomaría por enamorado.
Sólo allí, de aquella puerta para adentro, se descubrían las trastadas;
sólo ella, fundándose en datos negativos, podía destruir la aureola que
el público y la familia ponían al glorioso Delfín. Decía su mamá que era
el marido modelo. ¡Valiente pillo! Y la esposa no podía contestar a su
suegra cuando le venía con aquellas historias... Con qué cara le diría:
«Pues no hay tal modelo, no señora, no hay tal modelo, y cuando yo lo
digo, bien sabido me lo tendré».

Pensando en esto, pasó Jacinta parte de aquella noche, atando cabos,
como ella decía, para ver si de los hechos aislados lograba sacar alguna
afirmación. Estos hechos, valga la verdad, no arrojaban mucha luz que
digamos sobre lo que se quería demostrar. Tal día y a tal hora Juan
había salido bruscamente, después de estar un rato muy pensativo, pero
muy pensativo. Tal día y a tal hora Juan había recibido una carta, que
le había puesto de mal humor. Por más que ella hizo, no la había podido
encontrar. Tal día y a tal hora, yendo ella y Barbarita por la calle de
Preciados, se encontraron a Juan que venía deprisa y muy abstraído. Al
verlas, quedose algo cortado; pero sabía dominarse pronto. Ninguno de
estos datos probaba nada; pero no cabía duda: su marido se la estaba
pegando.

De vez en cuando estas cavilaciones cesaban, porque Juan sabía
arreglarse de modo que su mujer no llegase a cargarse de razón para
estar descontenta. Como la herida a que se pone bálsamo fresco, la pena
de Jacinta se calmaba. Pero los días y las noches, sin saber cómo,
traíanla lentamente otra vez a la misma situación penosa. Y era muy
particular; estaba tan tranquila, sin pensar en semejante cosa, y por
cualquier incidente, por una palabra sin interés o referencia trivial,
le asaltaba la idea como un dardo arrojado de lejos por desconocida mano
y que venía a clavársele en el cerebro. Era Jacinta observadora,
prudente y sagaz. Los más insignificantes gestos de su esposo, las
inflexiones de su voz, todo lo observaba con disimulo, sonriendo cuando
más atenta estaba, escondiendo con mil zalamerías su vigilancia, como
los naturalistas esconden y disimulan el lente con que examinan el
trabajo de las abejas. Sabía hacer preguntas capciosas, verdaderas
trampas cubiertas de follaje. ¡Pero bueno era el otro para dejarse
coger!

Y para todo tenía el ingenioso culpable palabras bonitas: «La luna de
miel perpetua es un contrasentido, es... hasta ridícula. El entusiasmo
es un estado infantil impropio de personas normales. El marido piensa en
sus negocios, la mujer en las cosas de su casa, y uno y otro se tratan
más como amigos que como amantes. Hasta las palomas, hija mía, hasta las
palomas cuando pasan de cierta edad, se hacen cariños así... de una
manera sesuda». Jacinta se reía con esto; pero no admitía tales
componendas. Lo más gracioso era que él se las echaba de hombre ocupado.
¡Valiente truhán! ¡Si no tenía absolutamente nada que hacer más que
pasear y divertirse...! Su padre había trabajado toda la vida como un
negro para asegurar la holgazanería dichosa del príncipe de la casa...
En fin, fuese lo que fuese, Jacinta se proponía no abandonar jamás su
actitud de humildad y discreción. Creía firmemente que Juan no daría
nunca escándalos, y no habiendo escándalo, las cosas irían pasando así.
No hay existencia sin gusanillo, un parásito interior que la roe y a sus
expensas vive, y ella tenía dos: los apartamientos de su marido y el
desconsuelo de no ser madre. Llevaría ambas penas con paciencia, con tal
que no saltara algo más fuerte.

Por respeto a sí misma, nunca había hablado de esto a nadie, ni al mismo
Delfín. Pero una noche estaba este tan comunicativo, tan bromista, tan
pillín, que a Jacinta se le llenó la boca de sinceridad, y palabra tras
palabra, dio salida a todo lo que pensaba. «Tú me estás engañando, y no
es de ahora, es de hace tiempo. Si creerás que soy tonta... El tonto
eres tú».

La primera contestación de Santa Cruz fue romper a reír. Su mujer le
tapaba la boca para que no alborotase. Después el muy tunante empezó a
razonar sus explicaciones, revistiéndolas de formas seductoras. ¡Pero
qué huecas le parecieron a Jacinta, que en las dialécticas del corazón
era más maestra que él por saber amar de veras! Y a ella le tocó reír
después y desmenuzar tan livianos argumentos... El sueño, un sueño dulce
y mutuo les cogió, y se durmieron felices... Y ved lo que son las cosas,
Juan se enmendó, o al menos pareció enmendarse.

Tenía Santa Cruz en altísimo grado las triquiñuelas del artista de la
vida, que sabe disponer las cosas del mejor modo posible para
sistematizar y refinar sus dichas. Sacaba partido de todo, distribuyendo
los goces y ajustándolos a esas misteriosas mareas del humano apetito
que, cuando se acentúan, significan una organización viciosa. En el
fondo de la naturaleza humana hay también, como en la superficie social,
una sucesión de modas, periodos en que es de rigor cambiar de apetitos.
Juan tenía temporadas. En épocas periódicas y casi fijas se hastiaba de
sus correrías, y entonces su mujer, tan mona y cariñosa, le ilusionaba
como si fuera la mujer de otro. Así lo muy antiguo y conocido se
convierte en nuevo. Un texto desdeñado de puro sabido vuelve a interesar
cuando la memoria principia a perderle y la curiosidad se estimula.
Ayudaba a esto el tiernísimo amor que Jacinta le tenía, pues allí sí que
no había farsa, ni vil interés ni estudio. Era, pues, para el Delfín
una dicha verdadera y casi nueva volver a su puerto después de mil
borrascas. Parecía que se restauraba con un cariño tan puro, tan leal y
tan suyo, pues nadie en el mundo podía disputárselo.

En honor de la verdad, se ha de decir que Santa Cruz amaba a su mujer.
Ni aun en los días que más viva estaba la marea de la infidelidad, dejó
de haber para Jacinta un hueco de preferencia en aquel corazón que tenía
tantos rincones y callejuelas. Ni la variedad de aficiones y caprichos
excluía un sentimiento inamovible hacia su compañera por la ley y la
religión. Conociendo perfectamente su valer moral, admiraba en ella las
virtudes que él no tenía y que según su criterio, tampoco le hacían
mucha falta. Por esta última razón no incurría en la humildad de
confesarse indigno de tal joya, pues su amor propio iba siempre por
delante de todo, y teníase por merecedor de cuantos bienes disfrutaba o
pudiera disfrutar en este bajo mundo. Vicioso y discreto, sibarita y
hombre de talento, aspirando a la erudición de todos los goces y con
bastante buen gusto para espiritualizar las cosas materiales, no podía
contentarse con gustar la belleza comprada o conquistada, la gracia, el
donaire, la extravagancia; quería gustar también la virtud, no
precisamente vencida, que deja de serlo, sino la pura, que en su pureza
misma tenía para él su picante.




--ii--


Por lo dicho se habrá comprendido que el Delfín era un hombre
enteramente desocupado. Cuando se casó, hízole proposiciones don
Baldomero para que tomase algunos miles y negociara con ellos, ya
jugando a la Bolsa, ya en otra especulación cualquiera. Aceptó el joven,
mas no le satisfizo el ensayo, y renunció en absoluto a meterse en
negocios que traen muchas incertidumbres y desvelos. D. Baldomero no
había podido sustraerse a esa preocupación tan española de que los
padres trabajen para que los hijos descansen y gocen. Recreábase aquel
buen señor en la ociosidad de su hijo como un artesano se recrea en su
obra, y más la admira cuanto más doloridas y fatigadas se le quedan las
manos con que la ha hecho.

Conviene decir también que el joven aquel no era derrochador. Gastaba,
sí, pero con pulso y medida, y sus placeres dejaban de serlo cuando
empezaban a exigirle algo de disipación. En tales casos era cuando la
virtud le mostraba su rostro apacible y seductor. Tenía cierto respeto
ingénito al bolsillo, y si podía comprar una cosa con dos pesetas, no
era él seguramente quien daba tres. En todas las ocasiones, el
desprenderse de una cantidad fuerte le costaba siempre algún trabajo, al
contrario de los dadivosos que cuando dan parece que se les quita un
peso de encima. Y como conocía tan bien el valor de la moneda, sabía
emplearla en la adquisición de sus goces de una manera prudente y casi
mercantil. Ninguno sabía como él _sacar el jugo_ a un billete de cinco
duros o de veinte. De la cantidad con que cualquier manirroto se
proporciona un placer, Juanito Santa Cruz sacaba siempre dos.

A fuer de hábil financiero, sabía pasar por generoso cuando el caso lo
exigía. Jamás hizo locuras, y si alguna vez sus apetitos le llevaron a
ciertas pendientes, supo agarrarse a tiempo para evitar un resbalón. Una
de las más puras satisfacciones de los señores de Santa Cruz era saber a
ciencia cierta que su hijo no tenía trampas, como la mayoría de los
hijos de familia en estos depravados tiempos.

Algo le habría gustado a D. Baldomero que el Delfín diera a conocer sus
eximios talentos en la política. ¡Oh!, si él se lanzara, seguramente
descollaría. Pero Barbarita le desanimaba. «¡La política, la política!
¿Pues no estamos viendo lo que es? Una comedia. Todo se vuelve
habladurías y no hacer nada de provecho...». Lo que hacía cavilar algo a
D. Baldomero II era que su hijo no tuviese la firmeza de ideas que él
tenía, pues él pensaba el 73 lo mismo que había pensado el 45; es decir,
que debe haber mucha libertad y mucho palo, que la libertad hace muy
buenas migas con la religión, y que conviene perseguir y escarmentar a
todos los que van a la política a hacer chanchullos.

Porque Juan era la inconsecuencia misma. En los tiempos de Prim,
manifestose entusiasta por la candidatura del duque de Montpensier. «Es
el hombre que conviene, desengañaos, un hombre que lleva al dedillo las
cuentas de su casa, un modelo de padre de familia». Vino D. Amadeo, y el
Delfín se hizo tan republicano que daba miedo oírle. «La Monarquía es
imposible; hay que convencerse de ello. Dicen que el país no está
preparado para la República; pues que lo preparen. Es como si se
pretendiera que un hombre supiera nadar sin decidirse a entrar en el
agua. No hay más remedio que pasar algún mal trago... La desgracia
enseña... y si no, vean esa Francia, esa prosperidad, esa inteligencia,
ese patriotismo... esa manera de pagar los cinco mil millones...». Pues
señor, vino el 11 de Febrero y al principio le pareció a Juan que todo
iba a qué quieres boca. «Es admirable. La Europa está atónita. Digan lo
que quieran, el pueblo español tiene un gran sentido». Pero a los dos
meses, las ideas pesimistas habían ganado ya por completo su ánimo.
«Esto es una pillería, esto es una vergüenza. Cada país tiene el
Gobierno que merece, y aquí no puede gobernar más que un hombre que esté
siempre con una estaca en la mano». Por gradaciones lentas, Juanito
llegó a defender con calor la idea alfonsina. «Por Dios, hijo--decía D.
Baldomero con inocencia--, si eso no puede ser» y sacaba a relucir los
_jamases_ de Prim. Poníase Barbarita de parte del desterrado príncipe, y
como el sentimiento tiene tanta parte en la suerte de los pueblos, todas
las mujeres apoyaban al príncipe y le defendían con argumentos sacados
del corazón. Jacinta dejaba muy atrás a las más entusiastas por D.
Alfonso. «¡Es un niño!»... Y no daba más razón.

Teníase a sí mismo el heredero de Santa Cruz por una gran persona.
Estaba satisfecho, cual si se hubiera creado y visto que era bueno.
«Porque yo--decía esforzándose en aliar la verdad con la modestia--, no
soy de lo peorcito de la humanidad. Reconozco que hay seres superiores a
mí, por ejemplo, mi mujer; pero ¡cuántos hay inferiores, cuántos!». Sus
atractivos físicos eran realmente grandes, y él mismo lo declaraba en
sus soliloquios íntimos: «¡Qué guapo soy! Bien dice mi mujer que no hay
otro más salado. La pobrecilla me quiere con delirio... y yo a ella lo
mismo, como es justo. Tengo la gran figura, visto bien, y en modales y
en trato me parece... que somos algo». En la casa no había más opinión
que la suya; era el oráculo de la familia y les cautivaba a todos no
sólo por lo mucho que le querían y mimaban, sino por el sortilegio de su
imaginación, por aquella bendita labia suya y su manera de insinuarse.
La más subyugada era Jacinta, quien no se hubiera atrevido a sostener
delante de la familia que lo blanco es blanco, si su querido esposo
sostenía que es negro. Amábale con verdadera pasión, no teniendo poca
parte en este sentimiento la buena facha de él y sus relumbrones
intelectuales. Respecto a las perfecciones morales que toda la familia
declaraba en Juan, Jacinta tenía sus dudas. Vaya si las tenía. Pero
viéndose sola en aquel terreno de la incertidumbre, llenábase de
tristeza y decía: «¿Me estaré quejando de vicio? ¿Seré yo, como
aseguran, la más feliz de las mujeres, y no habré caído en ello?».

Con estas consideraciones azotaba y mortificaba su inquietud para
aplacarla como los penitentes vapulean la carne para reducirla a la
obediencia del espíritu. Con lo que no se conformaba era con no tener
chiquillos, «porque todo se puede ir conllevando --decía--, menos eso.
Si yo tuviera un niño, me entretendría mucho con él, y no pensaría en
ciertas cosas». De tanto cavilar en esto, su mente padecía alucinaciones
y desvaríos. Algunas noches, en el primer periodo del sueño, sentía
sobre su seno un contacto caliente y una boca que la chupaba. Los
lengüetazos la despertaban sobresaltada, y con la tristísima impresión
de que todo aquello era mentira, lanzaba un ¡ay!, y su marido le decía
desde la otra cama: «¿Qué es eso, nenita?... ¿pesadilla?».--«Sí, hijo,
un sueño muy malo». Pero no quería decir la verdad por temor de que Juan
lo tomara a risa.

Los pasillos de su gran casa le parecían lúgubres, sólo porque no sonaba
en ellos el estrépito de las pataditas infantiles. Las habitaciones
inservibles destinadas a la chiquillería, _cuando la hubiera_,
infundíanle tal tristeza, que los días en que se sentía muy tocada de la
manía, no pasaba por ellas. Cuando por las noches veía entrar de la
calle a D. Baldomero, tan bondadoso y jovial, siempre con su cara de
Pascua, vestido de finísimo paño negro y tan limpio y sonrosado, no
podía menos de pensar en los nietos que aquel señor debía tener para que
hubiera lógica en el mundo, y decía para sí: «¡Qué abuelito se están
perdiendo!».

Una noche fue al teatro Real de muy mala gana. Había estado todo el día
y la noche anterior en casa de Candelaria que tenía enferma a la niña
pequeña. Mal humorada y soñolienta, deseaba que la ópera se acabase
pronto; pero desgraciadamente la obra, como de Wagner, era muy larga,
música excelente según Juan y todas las personas de gusto, pero que a
ella no le hacía maldita gracia. No lo entendía, vamos. Para ella no
había más música que la italiana, mientras más clarita y más de
organillo mejor. Puso su muestrario en primera fila, y se colocó en la
última silla de atrás. Las tres pollas, Barbarita II, Isabel y Andrea,
estaban muy gozosas, sintiéndose flechadas por mozalbetes del paraíso y
de palcos por asiento. También de butacas venía algún anteojazo bueno.
Doña Bárbara no estaba. Al llegar al cuarto acto, Jacinta sintió
aburrimiento. Miraba mucho al palco de su marido y no le veía. ¿En dónde
estaba? Pensando en esto, hizo una cortesía de respeto al gran Wagner,
inclinando suavemente la graciosa cabeza sobre el pecho. Lo último que
ovó fue un trozo descriptivo en que la orquesta hacía un rumor semejante
al de las trompetillas con que los mosquitos divierten al hombre en las
noches de verano. Al arrullo de esta música, cayó la dama en sueño
profundísimo, uno de esos sueños intensos y breves en que el cerebro
finge la realidad como un relieve y un histrionismo admirables. La
impresión que estos letargos dejan suele ser más honda que la que nos
queda de muchos fenómenos externos y apreciados por los sentidos.
Hallábase Jacinta en un sitio que era su casa y no era su casa... Todo
estaba forrado de un satén blanco con flores que el día anterior había
visto ella y Barbarita en casa de Sobrino... Estaba sentada en un _puff_
y por las rodillas se le subía un muchacho lindísimo, que primero le
cogía la cara, después le metía la mano en el pecho. «Quita, quita...
eso es caca... ¡qué asco!... cosa fea, es para el gato...». Pero el
muchacho no se daba a partido. No tenía más que la camisa de finísima
holanda, y sus carnes finas resbalaban sobre la seda de la bata de su
mamá. Era una bata color _azul gendarme_ que semanas antes había
regalado a su hermana Candelaria... «No, no, eso no... quita...
caca...». Y él insistiendo siempre, pesadito, monísimo. Quería
desabotonar la bata, y meter mano. Después dio cabezadas contra el seno.
Viendo que nada conseguía, se puso serio, tan extraordinariamente serio
que parecía un hombre. La miraba con sus ojazos vivos y húmedos,
expresando en ellos y en la boca todo el desconsuelo que en la humanidad
cabe. Adán, echado del paraíso, no miraría de otro modo el bien que
perdía. Jacinta quería reírse; pero no podía porque el pequeño le
clavaba su inflamado mirar en el alma. Pasaba mucho tiempo así, el
niño-hombre mirando a su madre, y derritiendo lentamente la entereza de
ella con el rayo de sus ojos. Jacinta sentía que se le desgajaba algo en
sus entrañas. Sin saber lo que hacía soltó un botón... Luego otro. Pero
la cara del chico no perdía su seriedad. La madre se alarmaba y... fuera
el tercer botón... Nada, la cara y la mirada del nene siempre adustas,
con una gravedad hermosa, que iba siendo terrible... El cuarto botón,
el quinto, todos los botones salieron de los ojales haciendo gemir la
tela. Perdió la cuenta de los botones que soltaba. Fueron ciento, puede
que mil... Ni por esas... La cara iba tomando una inmovilidad
sospechosa. Jacinta, al fin, metió la mano en su seno, sacó lo que el
muchacho deseaba, y le miró segura de que se desenojaría cuando viera
una cosa tan rica y tan bonita... Nada; cogió entonces la cabeza del
muchacho, la atrajo a sí, y que quieras que no le metió en la boca...
Pero la boca era insensible, y los labios no se movían. Toda la cara
parecía de una estatua. El contacto que Jacinta sintió en parte tan
delicada de su epidermis, era el roce espeluznante del yeso, roce de
superficie áspera y polvorosa. El estremecimiento que aquel contacto le
produjo dejola por un rato atónita, después abrió los ojos, y se hizo
cargo de que estaban allí sus hermanas; vio los cortinones pintados de
la boca del teatro, la apretada concurrencia de los costados del
paraíso. Tardó un rato en darse cuenta de dónde estaba y de los
disparates que había soñado, y se echó mano al pecho con un movimiento
de pudor y miedo. Oyó la orquesta, que seguía imitando a los mosquitos,
y al mirar al palco de su marido, vio a Federico Ruiz, el gran melómano,
con la cabeza echada hacia atrás, la boca entreabierta, oyendo y
gustando con fruición inmensa la deliciosa música de los violines con
sordina. Parecía que le caía dentro de la boca un hilo del clarificado
más fino y dulce que se pudiera imaginar. Estaba el hombre en un puro
éxtasis. Otros melómanos furiosos vio la dama en el palco; pero ya había
concluido el cuarto acto y Juan no parecía.




--iii--


Si todo lo que les pasa a las personas superiores mereciera una
efeméride, es fácil que en una hoja de calendario americano,
correspondiente a Diciembre del 73, se encontrara este parrafito: «Día
_tantos_: fuerte catarro de Juanito Santa Cruz. La imposibilidad de
salir de casa le pone de un humor de doscientos mil diablos». Estaba
sentado junto a la chimenea, envuelto de la cintura abajo en una manta
que parecía la piel de un tigre, gorro calado hasta las orejas, en la
mano un periódico, en la silla inmediata tres, cuatro, muchos
periódicos. Jacinta le daba bromas por su forzada esclavitud, y él,
hallando distracción en aquellas guasitas, hizo como que le pegaba, la
cogió por un brazo, le atenazó la barba con los dedos, le sacudió la
cabeza, después le dio bofetadas, terribles bofetadas, y luego
muchísimos porrazos en diferentes partes del cuerpo, y grandes pinchazos
o estocadas con el dedo índice muy tieso. Después de bien cosida a
puñaladas, le cortó la cabeza segándole el pescuezo, y como si aún no
fuera bastante sevicia, la acribilló con cruelísimas e inhumanas
cosquillas, acompañando sus golpes de estas feroces palabras: «¡Qué
_guasoncita_ se me ha vuelto mi nena!... Voy yo a enseñar a mi payasa a
dar bromitas, y le voy a dar una solfa buena para que no le queden ganas
de...».

Jacinta se desbarataba de risa, y el Delfín hablando con un poco de
seriedad, prosiguió: «Bien sabes que no soy callejero... A fe que te
puedes quejar. Maridos conozco que cuando ponen el pie en la calle, del
tirón se están tres días sin parecer por la casa. Estos podrían tomarme
a mí por modelo».

--Mariquita date tono--replicó Jacinta secándose las lágrimas que la
risa y las cosquillas le habían hecho derramar--. Ya sé que hay otros
peores; pero no pongo yo mi mano en el fuego porque seas el número uno.

Juan meneó la cabeza en señal de amenaza. Jacinta se puso lejos de su
alcance, por si se repetían las bárbaras cosquillas.

«Es que tú exiges demasiado» dijo el marido, deplorando que su mujer no
le tuviese por el más perfecto de los seres creados.

Jacinta hizo un mohín gracioso con fruncimiento de cejas y labios, el
cual quería decir: «No me quiero meter en discusiones contigo, porque
saldría con las manos en la cabeza». Y era verdad, porque el Delfín
hacía las prestidigitaciones del razonamiento con muchísima habilidad.

«Bueno--indicó ella--. Dejémonos de tonterías. ¿Qué quieres almorzar?».

--Eso mismo venía yo a saber --dijo doña Bárbara apareciendo en la
puerta--. Almorzarás lo que quieras; pero pongo en tu conocimiento, para
tu gobierno, que he traído unas calandrias riquísimas. _Divinidades_,
como dice Estupiñá.

--Tráiganme lo que quieran, que tengo más hambre que un maestro de
escuela.

Cuando salieron las dos damas, Santa Cruz pensó un ratito en su mujer,
formulando un panegírico mental. ¡Qué ángel! Todavía no había acabado él
de cometer una falta, y ya estaba ella perdonándosela. En los días
precursores del catarro, hallábase mi hombre en una de aquellas etapas o
mareas de su inconstante naturaleza, las cuales, alejándole de las
aventuras, le aproximaban a su mujer. Las personas más hechas a la vida
ilegal sienten en ocasiones vivo anhelo de ponerse bajo la ley por poco
tiempo. La ley las tienta como puede tentar el capricho. Cuando Juan se
hallaba en esta situación, llegaba hasta desear permanecer en ella; aún
más, llegaba a creer que seguiría. Y la Delfina estaba contenta. «Otra
vez ganado--pensaba--. ¡Si la buena durara!... ¡si yo pudiera ganarle de
una vez para siempre y derrotar en toda la línea a las
_cantonales_...!».

Don Baldomero entró a ver a su hijo antes de pasar al comedor. «¿Qué es
eso, chico? Lo que yo digo: no te abrigas. ¡Qué cosas tenéis tú y
Villalonga! ¡Pararse a hablar a las diez de la noche en la esquina del
Ministerio de la Gobernación, que es otra punta del diamante! Te vi.
Venía yo con Cantero de la Junta del Banco. Por cierto que estamos
desorientados. No se sabe a dónde irá a parar esta anarquía. ¡Las
acciones a 138!... Pase usted, Aparisi... Es Aparisi que viene a
almorzar con nosotros».

El concejal entró y saludó a los dos Santa Cruz.

--¿Qué periódicos has leído?--preguntó el papá calándose los quevedos,
que sólo usaba para leer--. Toma _La Época_ y dame _El Imparcial_...
Bueno, bueno va esto. ¡Pobre España! Las acciones a 138... el
consolidado a 13.

--¿Qué 13?... Eso quisiera usted--observó el eterno concejal--. Anoche
lo ofrecían a 11 en el Bolsín y no lo quería nadie. Esto es el diluvio.

Y acentuando de una manera notabilísima aquella expresión de oler una
cosa muy mala, añadió que todo lo que estaba pasando lo había previsto
él, y que los sucesos no discrepaban ni tanto así de lo que _día por
día_ había venido él profetizando. Sin hacer mucho caso de su amigo, D.
Baldomero leyó en voz alta la noticia o estribillo de todos los días.
«La partida tal entró en tal pueblo, quemó el archivo municipal, se
racionó, y volvió a salir... La columna tal perseguía activamente al
cabecilla cual, y después de racionarse...».

«Ea--dijo sin acabar de leer--, vamos a racionarnos nosotros. El marqués
no viene. Ya no se le espera más».

En esto entró Blas, el criado de Juan con la mesita, ya puesta, en que
había de almorzar el enfermo. Poco después apareció Jacinta trayendo
platos. Después de saludarla, Aparisi le dijo:

«Guillermina me ha dado un recado para usted... Hoy no hay _odisea
filantrópica_ a la _parroquia de la chinche_, porque anda en busca de
ladrillo portero para cimientos. Ya tiene hecho todo el vaciado del
edificio... y por poco dinero. Unos carros trabajando a destajo, otros
de limosna, aquel que ayuda medio día, el otro que va un par de horas,
ello es que no le sale el metro cúbico ni a cinco reales. Y no sé qué
tiene esa mujer. Cuando va a examinar las obras, parece que hasta las
mulas de los carros la conocen y tiran más fuerte para darle gusto...
Francamente, yo que siempre creí que el tal edificio no era _factible_,
voy viendo...

«Milagro, milagro» apuntó D. Baldomero en marcha hacia el comedor.

--¿Y tú?--preguntó Juan a su consorte al quedarse solos--. ¿Almuerzas
aquí o allá?

--¿Quieres que aquí? Almorzaré en las dos partes. Dice tu mamá que te
estoy mimando mucho.

--Toma, golosa--le dijo él alargándole un pedazo de tortilla en el
tenedor.

Después de comérselo, la Delfina corrió al comedor. Al poco rato volvió
riendo.

«Aquí te tengo reservada esta pechuga de calandria. Toma, abre la
boquita, nena».

La nena cogió el tenedor, y después de comerse la pechuga, volvió a
reír.

--¡Qué alegre está el tiempo!

--Es que ha llegado el marqués, y desde que se sentó en la mesa
empezaron Aparisi y él a tirotearse.

--¿Qué han dicho? --Aparisi afirmó que la Monarquía no era _factible_, y
después largó un _ipso facto_, y otras cosas muy finas.

Juan soltó la carcajada. «El marqués estará furioso».

--Come en silencio, meditando una venganza. Te contaré lo que ocurra.
¿Quieres pescadilla?, ¿quieres bistec?

--Tráeme lo que quieras con tal que vengas pronto.

Y no tardó en volver, trayendo un plato de pescado.

«Hijo de mi vida, le mató».

--¿Quién?

--El marqués a Aparisi... le dejó en el sitio.

--Cuenta, cuenta. --Pues de primera intención soltole a su enemigo un
_delirium tremens_ a boca de jarro, y después, sin darle tiempo de
respirar, un _mane tegel fare_. El otro se ha quedado como atontado por
el golpe. Veremos con lo que sale.

--¡Qué célebre! Tomaremos café juntos--dijo Santa Cruz--. Vente pronto
para acá. ¡Qué coloradita estás!

--Es de tanto reírme. --Cuando digo que me estás haciendo tilín...

--Al momento vuelvo... Voy a ver lo que salta por allá. Aparisi está
indignado con Castelar, y dice que lo que le pasa a Salmerón es porque
no ha seguido sus consejos...

--¡Los consejos de Aparisi! --Sí, y al marqués lo que le tiene con el
alma en un hilo es que se levante _la masa obrera_.

Volvió Jacinta al comedor, y el último cuento que trajo fue este:

«Chico, si estás allí te mueres de risa. ¡Pobre Muñoz! El otro se ha
rehecho y le está soltando unos primores... Figúrate. Ahora está
contando que ha visto un proyectil de los que tiran los carcas, y el
fusil Berdan... No dice agujeros, sino _orificios_. Todo se vuelve
_orificios_, y el marqués no sabe lo que le pasa...».

No pudo seguir, porque entró Muñoz, fumando un gran puro, a saludar al
enfermo.

«Hola, Juanín... ¿Estamos _exclaustrados_?... ¿Y qué es?... ¿coriza? Eso
es bueno, y cuando la mucosa necesita eliminar, que elimine... En fin,
yo me...». Iba a decir _me largo_; pero al ver entrar a Aparisi (tal
creyeron Jacinta y su marido), dijo: «me ausento».

A eso de las tres, marido y mujer estaban solos en el despacho, él en el
sillón leyendo periódicos, ella arreglando la habitación que estaba algo
desordenada. Barbarita había salido a comprar. El criado anunció a un
hombre que quería hablar con el _señor joven_.

--Ya sabes que no recibe--dijo la señorita, y tomando de manos de Blas
una tarjeta que este traía leyó: _José Ido del Sagrario, corredor de
publicaciones nacionales y extranjeras_.

--Que entre, que entre al instante --ordenó Santa Cruz, saltando en su
asiento--. Es el loco más divertido que puedes imaginar. Verás cómo nos
reímos... Cuando nos cansemos de oírle, le echamos. ¡Tipo más
célebre...! Le vi hace días en casa de Pez, y nos hizo morir de risa.

Al poco rato entró en el despacho un hombre muy flaco, de cara enfermiza
y toda llena de lóbulos y carúnculas, los pelos bermejos y muy tiesos,
como crines de escobillón, la ropa prehistórica y muy raída, corbata
roja y deshilachada, las botas muertas de risa. En una mano traía el
sombrero que era un _claque_ del año en que esta prenda se inventó, el
primogénito de los _claques _ sin género de duda, y en la otra un lío de
carteras-prospectos para hacer suscriciones a libros de lujo, las cuales
estaban tan sobadas, que la mugre no permitía ver los dorados de la
pasta. Impresionó penosamente a la compasiva Jacinta aquella estampa de
miseria en traje de persona decente, y más lástima tuvo cuando le vio
saludar con urbanidad y sin encogimiento, como hombre muy hecho al trato
social.

«Hola, Sr. de Ido... ¡cuánto gusto de verle!--le dijo Santa Cruz con
fingida seriedad--. Siéntese, y dígame qué le trae por aquí».

--Con permiso... ¿Quiere usted _Mujeres célebres_?

Jacinta y su marido se miraron. --O _Mujeres de la Biblia_--prosiguió
Ido, enseñando carteras--. Como el Sr. de Santa Cruz me dijo el otro día
en casa del Sr. de Pez que deseaba conocer las publicaciones de las
casas de Barcelona que tengo el honor de representar... ¿O quiere usted
_Cortesanas célebres, Persecuciones religiosas, Hijos del Trabajo,
Grandes inventos, Dioses del Paganismo_...?





--iv--


Basta, basta, no cite usted más obras ni me enseñe más carteras. Ya le
dije que no me gustan libros por suscrición. Se extravían las entregas,
y es volverse loco... Prefiero tomar alguna obra completa. Pero no tenga
prisa. Estará usted cansado de tanto correr por ahí. ¿Quiere tomar una
copita?

--Muchísimas gracias. Nunca bebo.

--¿No?, pues el otro día, cuando nos vimos en casa de Joaquín, decía
este que estaba usted algo peneque... se entiende, un poco alegre...

--Perdone usted, Sr. de Santa Cruz --replicó Ido avergonzado--. Yo no me
embriago; no me he embriagado jamás. Algunas veces, sin saber cómo ni
por qué, me entra cierta excitación, y me pongo así, nervioso y como
echando chispas... me pongo eléctrico. ¿Ven ustedes?... ya lo estoy.
Fíjese usted, Sr. D. Juan, y observe cómo se me mueve el párpado
izquierdo y el músculo este de la quijada en el mismo lado. ¿Lo ve
usted...?, ya está la función armada. Francamente, así no se puede
vivir. Los médicos me dicen que coma carne. Como carne y me pongo peor.
Ea, ya estoy como un muelle de reloj... Si usted me da su permiso me
retiro...

--Hombre, no, descanse usted. Eso se le pasará. ¿Quiere usted un vaso de
agua?

Jacinta sintió que no le dejase marchar, porque la idea de que el hombre
aquel iba a caer allí con una pataleta le inspiraba repugnancia y miedo.
Como Juan insistiese en lo del vaso de agua, díjole a su esposa por lo
bajo: «Este infeliz lo que tiene es hambre».

--A ver, Sr. de Ido--indicó la dama--, ¿se comería usted una chuletita?

Don José respondió tácitamente, con la expresión de una incredulidad
profunda. Cada vez parecía más extraño su mirar y más acentuado el
temblor del párpado y la mejilla.

--Perdóneme usted, señora... Como la cabeza se me va, no puedo hacerme
cargo de nada. Usted ha dicho que si me comería yo una...

--Una chuletita. --Mi cabeza no puede apreciar bien... Padezco de
olvidos de nombres y cosas. ¿A qué llama usted una chuleta?--añadió
llevándose la mano a las erizadas crines, por donde se le escapaba la
memoria y le entraba la electricidad--. ¿Por ventura, lo que usted
llama... no sé cómo, es un pedazo de carne con un rabito que es de
hueso?

--Justo. Llamaré para que se la traigan.

--No se moleste, señora. Yo llamaré.

--Que le traigan dos--dijo el señorito gozando con la idea de ver comer
a un hambriento.

Jacinta salió, y mientras estuvo fuera Ido hablaba de su mala suerte.

«En este país, Sr. D. Juanito, no se protege a las letras. Yo que he
sido profesor de primera enseñanza, yo que he escrito obras de amena
literatura tengo que dedicarme a correr publicaciones para llevar un
pedazo de pan a mis hijos... Todos me lo dicen: si yo hubiera nacido en
Francia, ya tendría _hotel_...».

--Eso es indudable. ¿No ve usted que aquí no hay quien lea, y los pocos
que leen no tienen dinero?...

--Naturalmente--decía Ido a cada instante, echando ansiosas miradas en
redondo por ver si aparecía la chuleta.

Jacinta entró con un plato en la mano. Tras ella vino Blas con el mismo
velador en que había almorzado el señorito, un cubierto, servilleta,
panecillo, copa y botella de vino. Miró estas cosas Ido con estupor
famélico, no bien disimulado por la cortesía, y le entró una risa
nerviosa, señal de hallarse próximo a la plenitud de aquel estado que
llamaba eléctrico. La Delfina se volvió a sentar junto a su marido y
miraba entre espantada y compasiva al desgraciado D. José. Este dejó en
el suelo las carteras y el _claque_, que no se cerraba nunca, y cayó
sobre las chuletas como un tigre... Entre los mascullones salían de su
boca palabras y frases desordenadas: «Agradecidísimo... Francamente,
habría sido falta de educación desairar... No es que tenga apetito,
naturalmente... He almorzado fuerte... ¿pero cómo desairar?
Agradecidísimo...».

--Observo una cosa, querido D. José--dijo Santa Cruz.

--¿Qué? --Que no masca usted lo que come. --¡Oh!, ¿le interesa a usted
que masque?

--No, a mí no. --Es que no tengo muelas... Como como los pavos.
Naturalmente... así me sienta mejor.

--¿Y no bebe usted? --Media copita nada más... El vino no me hace
provecho; pero muy agradecido, muy agradecido...--y a medida que iba
comiendo, le bailaban más el párpado y el músculo, que parecían ya
completamente declarados en huelga. Notábase en sus brazos y cuerpo
estremecimientos muy bruscos, como si le estuvieran haciendo cosquillas.

«Aquí donde le ves--dijo Santa Cruz--, se tiene una de las mujeres más
guapas de Madrid».

Hizo un signo a Jacinta que quería decir: «Espérate, que ahora viene lo
bueno».

--¿Es de veras? --Sí. No se la merece. Ya ves que él es feo adrede.

--Mi mujer... Nicanora... --murmuró Ido sordamente, ya en el último
bocado--, la Venus de Médicis... carnes de raso...

--¡Tengo unas ganas de conocer a esa célebre hermosura...!--afirmó Juan.

Don José no había dejado nada en el plato más que el hueso. Después
exhaló un hondísimo suspiro, y llevándose la mano al pecho, dejó escapar
con bronca voz estas palabras:

--La hermosura exterior nada más... sepulcro blanqueado... corazón lleno
de víboras.

Su mirada infundió tanto terror a Jacinta, que dijo por señas a su
marido que le dejara salir. Pero el otro, queriendo divertirse un rato,
hostigó la demencia de aquel pobre hombre para que saltara.

«Venga acá, querido D. José. ¿Qué tiene usted que decir de su esposa, si
es una santa?».

--¡Una santa!, ¡una santa! --repitió Ido, con la barba pegada al pecho y
echando al Delfín una mirada que en otra cara habría sido feroz--. Muy
bien, señor mío. ¿Y usted en qué se funda para asegurarlo sin pruebas?

--La voz pública lo dice. --Pues la voz pública se engaña--gritó Ido
alargando el cuello y accionando con energía--. La voz pública no sabe
lo que se pesca.

--Pero cálmese usted, pobre hombre--se atrevió a expresar Jacinta--. A
nosotros no nos importa que su mujer de usted sea lo que quiera.

--¡Que no les importa!... --replicó Ido con entonación trágica de actor
de la legua--. Ya sé que estas cosas a nadie le importan más que a mí,
al esposo ultrajado, al hombre que sabe poner su honor por encima de
todas las cosas.

--Es claro que a él le importa principalmente--dijo Santa Cruz
hostigándole más--. Y que tiene el genio blando este señor Ido.

--Y para que usted, señora --añadió el desgraciado mirando a Jacinta de
un modo que la hizo estremecer--, pueda apreciar la justa indignación de
un hombre de honor, sepa que mi esposa es... ¡adúuultera!

Dijo esta palabra con un alarido espantoso, levantándose del asiento y
extendiendo ambos brazos como suelen hacer los bajos de ópera cuando
echan una maldición. Jacinta se llevó las manos a la cabeza. Ya no podía
resistir más aquel desagradable espectáculo. Llamó al criado para que
acompañara al desventurado corredor de obras literarias. Pero Juan,
queriendo divertirse más, procuraba calmarle.

«Siéntese, Sr. D. José, y no se excite tanto. Hay que llevar estas cosas
con paciencia».

--¡Con paciencia, con paciencia! --exclamó Ido, que en su estado
eléctrico repetía siempre la última frase que se le decía, como si la
mascase, a pesar de no tener muelas.

--Sí, hombre; estos tragos no hay más remedio que irlos pasando. Amargan
un poco; pero al fin el hombre, como dijo el otro, se va _jaciendo_.

--¡Se va _jaciendo_! ¿Y el honor, señor de Santa Cruz?...

Y otra vez hincaba la barba en el pecho, mirando con los ojos medio
escondidos en el casco, y cerrándolos de súbito, como los toros que
bajan el testuz para acometer. Las carúnculas del cuello se le
inyectaban de tal modo, que casi eclipsaban el rojo de la corbata.
Parecía un pavo cuando la excitación de la pelea con otro pavo le
convierte en animal feroz.

--El honor--expresó Juan--. ¡Bah!, el honor es un sentimiento
convencional...

Ido se acercó paso a paso a Santa Cruz y le tocó en el hombro muy
suavemente, clavándole sus ojos de pavo espantado. Después de una larga
pausa, durante la cual Jacinta se pegó a su marido como para defenderle
de una agresión, el infeliz dijo esto, empezando muy bajito como si
secreteara, y elevando gradualmente la voz hasta terminar de una manera
estentórea: «Y si usted descubre que su mujer, la Venus de Médicis, la
de las carnes de raso, la del cuello de cisne, la de los ojos cual
estrellas... si usted descubre que esa divinidad, a quien usted ama con
frenesí, esa dama que fue tan pura; si usted descubre, repito, que falta
a sus deberes y acude a misteriosas citas con un duque, con un grande de
España, sí señor, con el mismísimo duque de Tal».

--Hombre, eso es muy grave, pero muy grave--afirmó Juan, poniéndose más
serio que un juez--. ¿Está usted seguro de lo que dice?

--¡Que si estoy seguro!... Lo he visto, lo he visto.

Pronunció esto con oprimido acento, como quien va a romper en llanto.

--Y usted, Sr. D. José de mi alma--dijo Santa Cruz fingiéndose, no ya
serio sino consternado--, ¿qué hace que no pide una satisfacción al
duque?

--¡Duelos... duelitos a mí!--replicó Ido con sarcasmo--. Eso es para los
tontos. Esas cosas se arreglan de otro modo.

Y vuelta a empezar bajito, para concluir a gritos:

«Yo haré justicia, se lo juro a usted... Espero cogerlos _in fraganti_
otra vez, _in fraganti_, Sr. D. Juan. Entonces aparecerán los dos
cadáveres atravesados por una sola espada... Esta es la venganza, esta
es la ley... por una sola espada... Y me quedaré tan fresco, como si tal
cosa. Y podré salir por ahí mostrando mis manos manchadas con la sangre
de los adúlteros y decir a gritos: 'Aprended de mí, maridos, a defender
vuestro honor. Ved estas manos justicieras, vedlas y besadlas...'. Y
vendrán todos... toditos a besarme las manos. Y será un besamanos,
porque hay tantos, tantísimos...».

Al llegar a este grado de su lastimoso acceso, el infeliz Ido ya no
tenía atadero. Gesticulaba en medio de la habitación, iba de un lado
para otro, parábase delante de los esposos sin ninguna muestra de
respeto, daba rápidas vueltas sobre un tacón y tenía todas las trazas
de un hombre completamente irresponsable de lo que dice y hace. El
criado estaba en la puerta riendo, esperando que sus amos le mandasen
poner a aquel adefesio en la calle. Por fin, Juan hizo una seña a Blas;
y a su mujer le dijo por lo bajo: «dale un par de duros». Dejose
conducir hasta la puerta el pobre D. José sin decir una palabra, ni
despedirse. Blas le puso en la cabeza el primogénito de todos los
_claques_, en una mano las mugrientas carteras, en otra los dos duros
que para el caso le dio la señorita; la puerta se cerró y oyose el
pesado, inseguro paso del hombre eléctrico por las escaleras abajo.

--A mí no me divierte esto --opinó Jacinta--. Me da miedo. ¡Pobre
hombre! La miseria, el no comer le habrán puesto así.

--Es lo más inofensivo que te puedes figurar. Siempre que va a casa de
Joaquín, le pinchamos para que hable de la adúuultera. Su demencia es
que su mujer se la pega con un grande de España. Fuera de eso, es
razonable y muy veraz en cuanto habla. ¿De qué provendrá esto, Dios mío?
Lo que tú dices, el no comer. Este hombre ha sido también autor de
novelas, y de escribir tanto adulterio, no comiendo más que judías, se
le reblandeció el cerebro.

Y no se habló más del loco. Por la noche fue Guillermina, y Jacinta, que
conservaba la mugrienta tarjeta con las señas de Ido, se la dio a su
amiga para que en sus excursiones le socorriese. En efecto, la familia
del corredor de obras (Mira el Río 12), merecía que alguien se
interesara por ella. Guillermina conocía la casa y tenía en ella muchos
parroquianos. Después de visitarla, hizo a su amiguita una pintura muy
patética de la miseria que en la madriguera de los Idos reinaba. La
esposa era una infeliz mujer, mártir del trabajo y de la inanición,
humilde, estropeadísima, fea de encargo, mal pergeñada. Él ganaba poco,
casi nada. Vivía la familia de lo que ganaban el hijo mayor, cajista, y
la hija, polluela de buen ver que aprendía para peinadora.

Una mañana, dos días después de la visita de Ido, Blas avisó que en el
recibimiento estaba el hombre aquel de los pelos tiesos. Quería hablar
con la señorita. Venía muy pacífico. Jacinta fue allí, y antes de llegar
ya estaba abriendo su portamonedas.

--Señora--le dijo Ido al tomar lo que se le daba--, estoy agradecidísimo
a sus bondades; pero ¡ay!, la señora no sabe que estoy desnudo... quiero
decir, que esta ropa que llevo se me está deshaciendo sobre las
carnes... Y naturalmente, si la señora tuviera unos pantaloncitos
desechados del señor D. Juan...

--¡Ah! Sí... buscaré. Vuelva usted.

--Porque la señora doña Guillermina, que es tan buena, nos socorrió con
bonos de carne y pan, y a Nicanora le dio una manta, que nos viene como
bendición de Dios, porque en la cama nos abrigábamos con toda mi ropa y
la suya puesta sobre las sábanas...

--Descuide usted, Sr. del Sagrario; yo le procuraré alguna prenda en
buen uso. Tiene usted la misma estatura de mi marido.

--Y a mucha honra... Agradecidísimo, señora; pero créame la señora, se
lo digo con la mano puesta en el corazón: más me convendría ropa de
niños que ropa de hombre, porque no me importa estar desnudo con tal que
mis chicos estén vestidos. No tengo más que una camisa, que Nicanora,
naturalmente, me lava ciertas y determinadas noches mientras duermo,
para ponérmela por la mañana... pero no me importa. Anden mis niños
abrigados, y a mí que me parta una pulmonía.

--Yo no tengo niños--dijo la dama con tanta pena como el otro al decir
«no tengo camisa».

Maravillábase Jacinta de lo muy razonable que estaba el corredor de
obras. No advirtió en él ningún indicio de las extravagancias de marras.

«La señora no tiene hijos... ¡Qué lástima!--exclamó Ido--. Dios no sabe
lo que se hace... Y yo pregunto: si la señora no tiene niños, ¿para
quién son los niños? Lo que yo digo... ese señor Dios será todo lo sabio
que quieran; pero yo no le paso ciertas cosas».

Esto le pareció a la Delfina tan discreto, que creyó tener delante al
primer filósofo del mundo; y le dio más limosna.

«Yo no tengo niños --repitió--, pero ahora me acuerdo. Mis hermanas los
tienen...».

--Mil y mil cuatrillones de gracias, señora. Algunas prendas de abrigo,
como las que repartió el otro día doña Guillermina a los chicos de mis
vecinos, no nos vendrían mal.

--¿Doña Guillermina repartió a los vecinos y a usted no?... ¡Ah!,
descuide usted; ya le echaré yo un buen réspice.

Alentado por esta prueba de benevolencia, Ido empezó a tomar confianza.
Avanzó algunos pasos dentro del recibimiento, y bajando la voz dijo a la
señorita:

«Repartió doña Guillermina unos capuchoncitos de lana, medias y otras
cosas; pero no nos tocó nada. Lo mejor fue para los hijos de la señá
Joaquina y para el _Pitusín_, el niño ese... ¿no sabe la señora?, ese
chiquillín que tiene consigo mi vecino Pepe Izquierdo... un hombre de
bien, tan desgraciado como yo... No le quiero quitar al _Pitusín_ la
preferencia. Comprendo que lo mejor debe caerle a él por ser de la
familia.

--¿Qué dice usted, hombre? ¿De quién habla usted?--indicó Jacinta
sospechando que Ido se electrizaba. Y en efecto, creyó notar síntomas de
temblor en el párpado.

«El _Pitusín_--prosiguió Ido tomándose más confianza y bajando más la
voz--, es un nene de tres años, muy mono por cierto, hijo de una tal
Fortunata, mala mujer, señora, muy mala... Yo la vi una vez, una vez
sola. Guapetona; pero muy loca. Mi vecino me ha enterado de todo...

Pues como decía, el pobre _Pitusín_ es muy salado... ¡más listo que
Cachucha y más malo...! Trae al retortero a toda la vecindad. Yo le
quiero como a mis hijos. El señor Pepe le recogió no sé dónde, porque su
madre le quería tirar...».

Jacinta estaba aturdidísima, como si hubiera recibido un fuerte golpe en
la cabeza. Oía las palabras de Ido sin acertar a hacerle preguntas
terminantes. ¡Fortunata, el _Pitusín_!... ¿No sería esto una nueva
extravagancia de aquel cerebro novelador?

«Pero, vamos a ver...--dijo la señorita al fin, comenzando a
serenarse--. Todo eso que usted me cuenta, ¿es verdad o es locura de
usted?... Porque a mí me han dicho que usted ha escrito novelas, y que
por escribirlas comiendo mal, ha perdido la chaveta».

--Yo le juro a la señora que lo que le he dicho es el Santísimo
Evangelio--replicó Ido poniéndose la mano sobre el pecho--. José
Izquierdo es persona formal. No sé si la señora lo conocerá. Tuvo
platería en la Concepción Jerónima, un gran establecimiento...
especialidad en regalos para amas... No sé si fue allí donde nació el
_Pitusín_; lo que sí sé es que, naturalmente, es hijo de su esposo de
usted, el señor D. Juanito de Santa Cruz.

--Usted está loco --exclamó la dama con arranque de enojo y despecho--.
Usted es un embustero... Márchese usted.

Empujole hacia la puerta mirando a todos lados por si había en el
recibimiento o en los pasillos alguien que tales despropósitos oyera. No
había nadie. D. José se deshizo en reverencias; pero no se turbó porque
le llamaran loco.

«Si la señora no me cree --se limitó a decir--, puede enterarse en la
vecindad...».

Jacinta le retuvo entonces. Quería que hablase más.

«Dice usted que ese José Izquierdo... Pero no quiero saber nada. Váyase
usted».

Ido había traspasado el hueco de la puerta, y Jacinta cerró de golpe, a
punto que él abría la boca para añadir quizás algún pormenor interesante
a sus revelaciones. Tuvo la dama intenciones de llamarle. Figurábase que
al través de la madera, cual si esta fuera un cristal, veía el párpado
tembloroso de Ido y su cara de pavo, que ya le era odiosa como la de un
animal dañino. «No, no abro... --pensó--. Es una serpiente... ¡Qué
hombre! Se finge el loco para que le tengan lástima y le den dinero».
Cuando le oyó bajar las escaleras volvió a sentir deseos de más
explicaciones. En aquel mismo instante subían Barbarita y Estupiñá
cargados de paquetes de compras. Jacinta les vio por el ventanillo y
huyó despavorida hacia el interior de la casa, temerosa de que le
conocieran en la cara el desquiciamiento que aquel condenado hombre
había producido en su alma.




--v--


¡Cómo estuvo aquel día la pobrecita! No se enteraba de lo que le decían,
no veía ni oía nada. Era como una ceguera y sordera moral, casi física.
La culebra que se le había enroscado dentro, desde el pecho al cerebro,
le comía todos los pensamientos y las sensaciones todas, y casi le
estorbaba la vida exterior. Quería llorar; ¿pero qué diría la familia al
verla hecha un mar de lágrimas? Habría que decir el motivo... Las
reacciones fuertes y pasajeras de toda pena no le faltaban, y cuando
aquella marca de consuelo venía, sentía breve alivio. ¡Si todo era un
embuste, si aquel hombre estaba loco...! Era autor de novelas de brocha
gorda y no pudiendo ya escribirlas para el público, intentaba llevar a
la vida real los productos de su imaginación llena de tuberculosis. Sí,
sí, sí: no podía ser otra cosa: tisis de la fantasía. Sólo en las
novelas malas se ven esos hijos de sorpresa que salen cuando hace falta
para complicar el argumento. Pero si lo revelado podía ser una papa,
también podía no serlo, y he aquí concluida la reacción de alivio. La
culebra entonces, en vez de desenroscarse, apretaba más sus duros
anillos.

Aquel día, el demonio lo hizo, estaba Juan mucho peor de su catarro. Era
el enfermo más impertinente y dengoso que se pudiera imaginar. Pretendía
que su mujer no se apartara de él, y notando en ella una tristeza que no
le era habitual, decíale con enojo: «¿Pero qué tienes, qué te pasa,
hija? Vaya, pues me gusta... Estoy yo aquí hecho una plasta, aburrido y
pasando las de Caín, y te me vienes tú ahora con esa cara de juez.
Ríete, por amor de Dios». Y Jacinta era tan buena, que al fin hacía un
esfuerzo para aparecer contenta. El Delfín no tenía paciencia para
soportar las molestias de un simple catarro, y se desesperaba cuando le
venía uno de esos rosarios de estornudos que no se acaban nunca.
Empeñábase en despejar su cabeza de la pesada fluxión sonándose con
estrépito y cólera.

«Ten paciencia, hijo--le decía su madre--. Si fuera una enfermedad
grave, ¿qué harías?».

--Pues pegarme un tiro, mamá. Yo no puedo aguantar esto. Mientras más me
sueno, más abrumada tengo la cabeza. Estoy harto de beber aguas.
¡Demonio con las aguas! No quiero más brebajes. Tengo el estómago como
una charca. ¡Y me dicen que tenga paciencia! Cualquier día tengo yo
paciencia. Mañana me echo a la calle.

--Falta que te dejemos. --Al menos ríanse, cuéntenme algo,
distráiganme. Jacinta, siéntate a mi lado. Mírame.

--Si ya te estoy mirando. Estás muy guapito con tu pañuelo liado en la
cabeza, la nariz colorada, los ojos como tomates...

--Búrlate; mejor. Eso me gusta... Ya te daría yo mi constipado. No, si
no quiero más caramelos. Con tus caramelos me has puesto el cuerpo como
una confitería. Mamá...

--¿Qué? --¿Estaré bueno mañana? Por Dios, tengan compasión de mí,
háganme llevadera esta vida. Estoy en un potro. Me carga el sudar. Si me
desabrigo, toso; si me abrigo, echo el quilo... Mamá, Jacinta,
distraedme; tráiganme a Estupiñá para reírme un rato con él.

Jacinta, al quedarse otra vez sola con su marido, volvió a sus
pensamientos. Le miró por detrás de la butaca en que sentado estaba.
«¡Ah, cómo me has engañado!...». Porque empezaba a creer que el loco,
con serlo tan rematado, había dicho verdades. Las inequívocas
adivinaciones del corazón humano decíanle que la desagradable historia
del _Pitusín_ era cierta. Hay cosas que forzosamente son ciertas, sobre
todo siendo cosas malas. ¡Entrole de improviso a la pobrecita esposa una
rabia...! Era como la cólera de las palomas cuando se ponen a pelear.
Viendo muy cerca de sí la cabeza de su marido, sintió deseos de tirarle
del cabello que por entre las vueltas del pañuelo de seda salía. «¡Qué
rabia tengo! --pensó Jacinta apretando sus bonitísimos dientes--, por
haberme ocultado una cosa tan grave... ¡Tener un hijo y abandonarlo
así!»... Se cegó; vio todo negro. Parecía que le entraban convulsiones.
Aquel _Pitusín_ desconocido y misterioso, aquella hechura de su marido,
sin que fuese, como debía, hechura suya también, era la verdadera
culebra que se enroscaba en su interior... «¿Pero qué culpa tiene el
pobre niño...? --pensó después transformándose por la piedad--. ¡Este,
este tunante...!». Miraba la cabeza, ¡y qué ganas tenía de arrancarle
una mecha de pelo, de pegarle un coscorrón!... ¿Quién dice uno?... dos,
tres, cuatro coscorrones muy fuertes para que aprendiera a no engañar a
las personas.

«Pero mujer, ¿qué haces ahí detrás de mí?--murmuró él sin volver la
cabeza--. Lo que digo, hoy parece que estás lela. Ven acá, hija».

--¿Qué quieres? --Niña de mi vida, hazme un favorcito.

Con aquellas ternuras se le pasó a la Delfina todo su furor de
coscorrones. Aflojó los dientes y dio la vuelta hasta ponérsele delante.

«Hazme el favorcito de ponerme otra manta. Creo que me he enfriado
algo».

Jacinta fue a buscar la manta. Por el camino decía: «En Sevilla me contó
que había hecho diligencias por socorrerla. Quiso verla y no pudo. Murió
mamá, pasó tiempo; no supo más de ella... Como Dios es mi padre, yo he
de saber lo que hay de verdad en esto, y si... (se ahogaba al llegar a
esta parte de su pensamiento) si es verdad que los hijos que no le nacen
en mí le nacen en otra...».

Al ponerle la manta le dijo: «Abrígate bien, infame»; y a Juanito no se
le ocultó la seriedad con que lo decía. Al poco rato volvió a tomar el
acento mimoso:

«Jacintilla, niña de mi corazón, ángel de mi vida, llégate acá. Ya no
haces caso del sinvergüenza de tu maridillo».

--Celebro que te conozcas. ¿Qué quieres?

--Que me quieras y me hagas muchos mimos. Yo soy así. Reconozco que no
se me puede aguantar. Mira, tráeme agua azucarada... templadita, ¿sabes?
Tengo sed.

Al darle el agua, Jacinta le tocó la frente y las manos.

«¿Crees que tengo calentura?».

--De pollo asado. No tienes más que impertinencias. Eres peor que los
chiquillos.

--Mira, hijita, cordera; cuando venga _La Correspondencia_, me la
leerás. Tengo ganas de saber cómo se desenvuelve Salmerón. Luego me
leerás _La Época_. ¡Qué buena eres! Te estoy mirando y me parece mentira
que tenga yo por mujer a un serafín como tú. Y que no hay quien me quite
esta ganga... ¡Qué sería de mí sin ti... enfermo, postrado...!

--¡Vaya una enfermedad! Sí; lo que es por quejarte no quedará...

Doña Bárbara entró diciendo con autoridad: «A la cama, niño, a la cama.
Ya es de noche y te enfriarás en ese sillón».

--Bueno, mamá; a la cama me voy. Si yo no chisto, si no hago más que
obedecer a mis tiranas... Si soy una malva. Blas, Blas..., ¿pero dónde
se mete este condenado hombre?

María Santísima, lo que bregaron para acostarle. La suerte de ellas era
que lo tomaban a broma. «Jacinta, ponme un pañuelo de seda en la
garganta... Chica, no aprietes tanto que me ahogas... Quita, quita, tú
no sabes. Mamá, ponme tú el pañuelo... No, quitádmelo; ninguna de las
dos sabe liar un pañuelo. ¡Pero qué gente más inútil!».

Pasa un ratito. «Mamá, ¿ha venido _La Correspondencia_?».

--No, hijo. No te desabrigues. Mete estos brazos. Jacinta, cúbrele los
brazos.

--Bueno, bueno, ya están metidos los brazos. ¿Los meto más? Eso es, se
empeñan en que me ahogue. Me han puesto un baúl mundo encima. Jacinta,
quita _jierro_, que el peso me agobia... Pero, chica, no tanto; sube más
arribita el edredón... tengo el pescuezo helado. Mamá... lo que digo,
hacen las cosas de mala gana. Así no me pongo nunca bueno. Y ahora se
van a comer. ¿Y me voy a quedar solo con Blas?

--No, tonto, Jacinta comerá aquí contigo.

Mientras su mujer comía, ni un momento dejó de importunarla: «Tú no
comes, tú estás desganada; a ti te pasa algo; tú disimulas algo... A mí
no me la das tú. Francamente, nunca está uno tranquilo... pensando
siempre si te nos pondrás mala. Pues es preciso comer; haz un
esfuerzo... ¿Es que no comes para hacerme rabiar?... Ven acá, tontuela,
echa la cabecita aquí. Si no me enfado, si te quiero más que a mi vida,
si por verte contenta, firmaba yo ahora un contrato de catarro
vitalicio... Dame un poquito de esa camuesa... ¡Qué buena está! Déjame
que te chupe el dedo...».

Iban llegando los amigos de la casa que solían ir algunas noches.

«Mamá, por las llagas y por todos los clavos de Cristo, no me traigas
acá a Aparisi... Ahora le da porque todo ha de ser _obvio... obvio_ por
arriba, _obvio_ por abajo. Si me le traes le echo a cajas destempladas».

--Vaya, no digas tonterías. Puede que entre a saludarte; pero saldrá en
seguida. ¿Quién ha entrado ahora?... ¡Ah!, me parece que es Guillermina.

--Tampoco la quiero ver. Me va a aburrir con su edificio. ¡Valiente
chifladura! Esa mujer está loca. Anoche me dio la gran jaqueca, con que
si sacó las maderas de _seis_ a treinta y ocho reales, y las _carreras
de pie y cuarto _ a diez y seis reales pie. Me armó un triquitraque de
pies que me dejó la cabeza pateada. No me la entren aquí. No me importa
saber a cómo valen el ladrillo pintón y las alfargías... Mamá, ponte de
centinela y aquí no me entra más que Estupiñá. Que venga Placidito, para
que me cuente sus glorias, cuando iba al portillo de Gilimón a meter
contrabando, y a la bóveda de San Ginés a abrirse las carnes con el
zurriago... Que venga para decirle: «lorito, daca la pata».

--¡Pero, qué impertinente! Ya sabes que el pobre Plácido se acuesta
entre nueve y diez. Tiene que estar en planta a las cinco de la mañana.
Como que va a despertar al sacristán de San Ginés, que tiene un sueño
muy pesado.

--Y porque el sacristán de San Ginés sea un dormilón, ¿me he de
fastidiar yo? Que entre Estupiñá y me dé tertulia. Es la única persona
que me divierte.

--Hijo, por amor de Dios, mete esos brazos.

--Ea, pues si no viene Rossini, no los meto y saco todo el cuerpo fuera.

Y entraba Plácido y le contaba mil cosas divertidas, que siento no
poder reproducir aquí. No contento con esto, quería divertirse a costa
de él, y recordando un pasaje de la vida de Estupiñá que le habían
contado, decíale:

«A ver, Plácido, cuéntanos aquel lance tuyo cuando te arrodillaste
delante del sereno, creyendo que era el Viático...».

Al oír esto, el bondadoso y parlanchín anciano se desconcertaba.
Respondía torpemente, balbuciendo negativas y «¿quién te ha contado esa
paparrucha?». A lo mejor, saltaba Juan con esto: «¿Pero di, Plácido, tú
no has tenido nunca novia?».

--Vaya, vaya, este Juanito --decía Estupiñá levantándose para
marcharse--, tiene hoy ganas de comedia.

Barbarita, que tanto apreciaba a su buen amigo, estaba, como suele
decirse, al quite de estas bromas que tanto le molestaban. «Hijo, no te
pongas tan pesado... deja marchar a Plácido. Tú, como te estás durmiendo
hasta las once de la mañana, no te acuerdas del que madruga».

Jacinta, entre tanto, había salido un rato de la alcoba. En el salón vio
a varias personas, Casa--Muñoz, Ramón Villuendas, D. Valeriano
Ruiz--Ochoa y alguien más, hablando de política con tal expresión de
terror, que más bien parecían conspiradores. En el gabinete de Barbarita
y en el rincón de costumbre halló a Guillermina haciendo obra de media
con hilo crudo. En el ratito que estuvo sola con ella, la enteró del
plan que tenía para la mañana siguiente. Irían juntas a la calle de Mira
el Río, porque Jacinta tenía un interés particular en socorrer a la
familia de aquel pasmarote que hace las suscriciones. «Ya le contaré a
usted; tenemos que hablar largo». Ambas estuvieron de cuchicheo un buen
cuarto de hora, hasta que vieron aparecer a Barbarita.

«Hija, por Dios, ve allá. Hace un rato que te está llamando. No te
separes de él. Hay que tratarle como a los chiquillos».

«Pero mujer, te marchas y me dejas así... ¡qué alma tienes!--gritó el
Delfín cuando vio entrar a su esposa--. Vaya una manera de cuidarle a
uno. Nada... Lo mismo que a un perro».

--Hijo de mi alma, si te dejé con Plácido y tu mamá... Perdóname, ya
estoy aquí.

Jacinta parecía alegre, Dios sabría por qué... Inclinose sobre el lecho
y empezó a hacerle mimos a su marido, como podría hacérselos a un niño
de tres años.

--¡Ay, qué mañosito se me ha vuelto este nene!... Le voy a dar azotes...
Toma, este por tu mamá, este por tu papá y este grande... por tu
parienta...

--¡Rica! --Si no me quieres nada. --Anda, zalamera... quien no me
quiere nada eres tú.

--Nada en gracia de Dios. --¿Cuánto me quieres?

--Tanto así. --Es poco. --Pues como de aquí a la Cibeles... no al
Cielo... ¿Estás satisfecho?

--_Chí_.

Jacinta se puso seria. «Arréglame esta almohada».

--¿Así? --No, más alta. --¿Estás bien? --No, más bajita... Magnífico.
Ahora, ráscame aquí, en la paletilla.

--¿Aquí? --Más abajito... más arribita... ahí... fuerte... ¡Ay, niña de
mi vida, eres la gloria eterna!... ¡Qué dicha la mía en poseerte!...

«Cuando estás malo es cuando me dices esas cosas... Ya me las pagarás
todas juntas».

--Sí, soy un pillo... Pégame.

--Toma, toma. --Cómeme... --Sí, que te como, y te arranco un bocado...

--¡Ay! ¡ay!, no tanto, caramba. ¡Si alguien nos viera!...

--Creería que nos habíamos vuelto tontos rematados--observó Jacinta
riéndose con cierta melancolía.

--Estas simplezas no son para que las vea nadie...

--¿Cierras los ojos? Duérmete, a... rorró...

--Eso es, quieres que me duerma para echar a correr a darle cuerda a esa
maniática de Guillermina. Tú eres responsable de que se chifle por
completo, porque le fomentas el tema del edificio... Ya estás deseando
que cierre yo los ojos para irte. Más que estar conmigo te gusta el
palique. ¿Sabes lo que te digo? Que si me duermo, te tienes que estar
aquí, de centinela, para cuidar de que no me destape.

--Bueno, hombre, bueno; me estaré.

Quedose aletargado; pero en seguida abrió los ojos, y lo primero que
vieron fue los de Jacinta, fijos en él con atención amante. Cuando se
durmió de veras, la centinela abandonó su puesto para correr al lado de
Guillermina con quien tenía pendiente una interesantísima conferencia.




-IX-

Una visita al Cuarto Estado




--i--


Al día siguiente, el Delfín estaba poco más o menos lo mismo. Por la
mañana, mientras Barbarita y Plácido andaban por esas calles de tienda
en tienda, entregados al deleite de las compras precursoras de Navidad,
Jacinta salió acompañada de Guillermina. Había dejado a su esposo con
Villalonga, después de enjaretarle la mentirilla de que iba a la Virgen
de la Paloma a oír una misa que había prometido. El atavío de las dos
damas era tan distinto, que parecían ama y criada. Jacinta se puso su
abrigo, sayo o _pardessus_ color de pasa, y Guillermina llevaba el traje
modestísimo de costumbre.

Iba Jacinta tan pensativa, que la bulla de la calle de Toledo no la
distrajo de la atención que a su propio interior prestaba. Los puestos a
medio armar en toda la acera desde los portales a San Isidro, las
baratijas, las panderetas, la loza ordinaria, las puntillas, el cobre de
Alcaraz y los veinte mil cachivaches que aparecían dentro de aquellos
nichos de mal clavadas tablas y de lienzos peor dispuestos, pasaban ante
su vista sin determinar una apreciación exacta de lo que eran. Recibía
tan sólo la imagen borrosa de los objetivos diversos que iban pasando, y
lo digo así, porque era como si ella estuviese parada y la pintoresca
vía se corriese delante de ella como un telón. En aquel telón había
racimos de dátiles colgados de una percha; puntillas blancas que caían
de un palo largo, en ondas, como los vástagos de una trepadora, pelmazos
de higos pasados, en bloques, turrón en trozos como sillares que
parecían acabados de traer de una cantera; aceitunas en barriles
rezumados; una mujer puesta sobre una silla y delante de una jaula,
mostrando dos pajarillos amaestrados, y luego montones de oro, naranjas
en seretas o hacinadas en el arroyo. El suelo intransitable ponía
obstáculos sin fin, pilas de cántaros y vasijas, ante los pies del
gentío presuroso, y la vibración de los adoquines al paso de los carros
parecía hacer bailar a personas y cacharros. Hombres con sartas de
pañuelos de diferentes colores se ponían delante del transeúnte como si
fueran a capearlo. Mujeres chillonas taladraban el oído con pregones
enfáticos, acosando al público y poniéndole en la alternativa de comprar
o morir. Jacinta veía las piezas de tela desenvueltas en ondas a lo
largo de todas las paredes, percales azules, rojos y verdes, tendidos de
puerta en puerta, y su mareada vista le exageraba las curvas de aquellas
rúbricas de trapo. De ellas colgaban, prendidas con alfileres, toquillas
de los colores vivos y elementales que agradan a los salvajes. En
algunos huecos brillaba el naranjado que chilla como los ejes sin grasa;
el bermellón nativo, que parece rasguñar los ojos; el carmín, que tiene
la acidez del vinagre; el cobalto, que infunde ideas de envenenamiento;
el verde de panza de lagarto, y ese amarillo tila, que tiene cierto aire
de poesía mezclado con la tisis, como en la _Traviatta_. Las bocas de
las tiendas, abiertas entre tanto colgajo, dejaban ver el interior de
ellas tan abigarrado como la parte externa, los horteras de bruces en el
mostrador, o vareando telas, o charlando. Algunos braceaban, como si
nadasen en un mar de pañuelos. El sentimiento pintoresco de aquellos
tenderos se revela en todo. Si hay una columna en la tienda la revisten
de corsés encarnados, negros y blancos, y con los refajos hacen
graciosas combinaciones decorativas.

Dio Jacinta de cara a diferentes personas muy ceremoniosas. Eran
maniquís vestidos de señora con tremendos _polisones_, o de caballero
con terno completo de lanilla. Después gorras muchas gorras, posadas y
alineadas en percheros del largo de toda una casa; chaquetas ahuecadas
con un palo, zamarras y otras prendas que algo, sí, algo tenían de seres
humanos sin piernas ni cabeza. Jacinta, al fin, no miraba nada;
únicamente se fijó en unos hombres amarillos, completamente amarillos,
que colgados de unas horcas se balanceaban a impulsos del aire. Eran
juegos de calzón y camisa de bayeta, cosidas una pieza a otra, y que
así, al pronto, parecían personajes de azufre. Los había también
encarnados. ¡Oh!, el rojo abundaba tanto, que aquello parecía un pueblo
que tiene la religión de la sangre. Telas rojas, arneses rojos,
collarines y frontiles rojos con madroñaje arabesco. Las puertas de las
tabernas también de color de sangre. Y que no son ni tina ni dos.
Jacinta se asustaba de ver tantas, y Guillermina no pudo menos de
exclamar: «¡Cuánta perdición!, una puerta sí y otra no, taberna. De aquí
salen todos los crímenes».

Cuando se halló cerca del fin de su viaje, la Delfina fijaba
exclusivamente su atención en los chicos que iba encontrando. Pasmábase
la señora de Santa Cruz de que hubiera tantísima madre por aquellos
barrios, pues a cada paso tropezaba con una, con su crío en brazos, muy
bien agasajado bajo el ala del mantón. A todos estos ciudadanos del
porvenir no se les veía más que la cabeza por encima del hombro de su
madre. Algunos iban vueltos hacia atrás, mostrando la carita redonda
dentro del círculo del gorro y los ojuelos vivos, y se reían con los
transeúntes. Otros tenían el semblante mal humorado, como personas que
se llaman a engaño en los comienzos de la vida humana. También vio
Jacinta no uno, sino dos y hasta tres, camino del cementerio. Suponíales
muy tranquilos y de color de cera dentro de aquella caja que llevaba un
tío cualquiera al hombro, como se lleva una escopeta.

«Aquí es» dijo Guillermina, después de andar un trecho por la calle del
Bastero y de doblar una esquina. No tardaron en encontrarse dentro de un
patio cuadrilongo. Jacinta miró hacia arriba y vio dos filas de
corredores con antepechos de fábrica y pilastrones de madera pintada de
ocre, mucha ropa tendida, mucho refajo amarillo, mucha zalea puesta a
secar, y oyó un zumbido como de enjambre. En el patio, que era casi todo
de tierra, empedrado sólo a trechos, había chiquillos de ambos sexos y
de diferentes edades. Una zagalona tenía en la cabeza toquilla roja con
agujeros, o con _orificios_, como diría Aparisi; otra, toquilla blanca,
y otra estaba con las greñas al aire. Esta llevaba zapatillas de orillo,
y aquella botitas finas de caña blanca, pero ajadas ya y con el tacón
torcido. Los chicos eran de diversos tipos. Estaba el que va para la
escuela con su cartera de estudio, y el pillete descalzo que no hace más
que vagar. Por el vestido se diferenciaban poco, y menos aún por el
lenguaje, que era duro y con inflexiones dejosas.

«Chicooo... mia éste... Que te rompo la cara... ¿sabeees...?».

--¿Ves esa farolona?--dijo Guillermina a su amiga--, es una de las hijas
de Ido... Esa, esa que está dando brincos como un saltamontes... ¡Eh!,
chiquilla... No oyen... venid acá.

Todos los chicos, varones y hembras, se pusieron a mirar a las dos
señoras, y callaban entre burlones y respetuosos, sin atreverse a
acercarse. Las que se acercaban paso a paso eran seis u ocho palomas
pardas, con reflejos irisados en el cuello; lindísimas, gordas. Venían
muy confiadas meneando el cuerpo como las chulas, picoteando en el suelo
lo que encontraban, y eran tan mansas, que llegaron sin asustarse hasta
muy cerca de las señoras. De pronto levantaron el vuelo y se plantaron
en el tejado. En algunas puertas había mujeres que sacaban esteras a que
se orearan, y sillas y mesas. Por otras salía como una humareda: era el
polvo del barrido. Había vecinas que se estaban peinando las trenzas
negras y aceitosas, o las guedejas rubias, y tenían todo aquel matorral
echado sobre la cara como un velo. Otras salían arrastrando zapatos en
chancleta por aquellos empedrados de Dios, y al ver a las forasteras
corrían a sus guaridas a llamar a otras vecinas, y la noticia cundía, y
aparecían por las enrejadas ventanas cabezas peinadas o a medio peinar.

«¡Eh!, chiquillos, venid acá» repitió Guillermina; y se fueron
acercando escalonados por secciones, como cuando se va a dar un ataque.
Algunos, más resueltos, las manos a la espalda, miraron a las dos damas
del modo más insolente. Pero uno de ellos, que sin duda tenía instintos
de caballero, se quitó de la cabeza un andrajo que hacía el papel de
gorra y les preguntó que a quién buscaban. «¿Eres tú del señor de Ido?».
El rapaz respondió que no, y al punto destacose del grupo la niña de las
zancas largas, de las greñas sueltas y de los zapatos de orillo,
apartando a manotadas a todos los demás muchachos que se enracimaban ya
en derredor de las señoras.

«¿Está tu padre arriba?». La chica respondió que sí, y desde entonces
convirtiose en individuo de Orden Público. No dejaba acercar a nadie;
quería que todos los granujas se retiraran y ser ella sola la que guiase
a las dos damas hasta arriba. «¡Qué pesados, qué sobones!... En todo
quieren meter las narices... Atrás, gateras, atrás... Quitarvos de en
medio; dejar paso».

Su anhelo era marchar delante. Habría deseado tener una campanilla para
ir tocando por aquellos corredores a fin de que supieran todos qué gran
visita venía a la casa.

«Niña, no es preciso que nos acompañes--dijo Guillermina que no gustaba
de que nadie se sofocase tanto por ella--. Nos basta con saber que están
en casa».

Pero la zancuda no hacía caso. En el primer peldaño de la escalera
estaba sentada una mujer que vendía higos pasados en una sereta, y por
poco no la planta el zapato de orillo en mitad de la cara. Y todo porque
no se apartaba de un salto para dejar el paso libre... «¡Vaya dónde se
va usted a poner, tía bruja!... Afuera o la reviento de una patada...».

Subieron, no sin que a Jacinta le quedaran ganas de examinar bien toda
la pillería que en el patio quedaba. Allá en el fondo había divisado dos
niños y una niña. Uno de ellos era rubio y como de tres años. Estaban
jugando con el fango, que es el juguete más barato que se conoce.
Amasábanlo para hacer tortas del tamaño de _perros grandes_. La niña,
que era de más edad, había construido un hornito con pedazos de
ladrillo, y a la derecha de ella había un montón de panes, bollos y
tortas, todo de la misma masa que tanto abundaba allí. La señora de
Santa Cruz observó este grupo desde lejos. ¿Sería alguno de aquellos? El
corazón le saltaba en el pecho y no se atrevía a preguntar a la zancuda.
En el último peldaño de la escalera encontraron otro obstáculo: dos
muchachuelas y tres nenes, uno de estos en mantillas, interceptaban el
paso. Estaban jugando con arena _fina_ de fregar. El mamón estaba fajado
y en el suelo, con las patas y las manos al aire, berreando, sin que
nadie le hiciera caso. Las dos niñas habían extendido la arena sobre el
piso, y de trecho en trecho habían puesto diferentes palitos con
cuerdas y trapos. Era el secadero de ropa de las Injurias, propiamente
imitado.

«¡Qué tropa, Dios! --exclamó la zancuda con indignación de celador de
ornato público, que no causó efecto--. Cuidado donde se van a poner...
¡Fuera, fuera!... y tú, _pitoja_, recoge a tu hermanillo, que le vamos a
espachurrar». Estas amonestaciones de una autoridad tan celosa fueron
oídas con el más insolente desdén. Uno de los mocosos arrastraba su
panza por el suelo, abierto de las cuatro patas; el otro cogía puñados
de arena y se lavaba la cara con ella, acción muy lógica, puesto que la
arena representaba el agua. «Vamos, hijos, quitaos de en medio--les dijo
Guillermina a punto que la zancuda destruía con el pie el lavadero,
gritando--: Sinvergüenzonas, ¿no tenéis otro sitio donde jugar? ¡Vaya
con la canalla esta...!». y echó adelante resuelta a destruir cualquier
obstáculo que se pusiera al paso. Las otras chiquillas cogieron a los
mocosos, como habrían cogido una muñeca, y poniéndoselos al cuadril,
volaron por aquellos corredores.

«Vamos--dijo Guillermina a su guía--, no las riñas tanto, que también tú
eres buena...».




--ii--


Avanzaron por el corredor, y a cada paso un estorbo. Bien era un brasero
que se estaba encendiendo, con el tubo de hierro sobre las brasas para
hacer tiro; bien el montón de zaleas o de ruedos, ya una banasta de
ropa; ya un cántaro de agua. De todas las puertas abiertas y de las
ventanillas salían voces o de disputa, o de algazara festiva. Veían las
cocinas con los pucheros armados sobre las ascuas, las artesas de lavar
junto a la puerta, y allá en el testero de las breves estancias la
indispensable cómoda con su hule, el velón con pantalla verde y en la
pared una especie de altarucho formado por diferentes estampas, alguna
lámina al cromo de prospectos o periódicos satíricos, y muchas
fotografías. Pasaban por un domicilio que era taller de zapatería, y los
golpazos que los zapateros daban a la suela, unidos a sus cantorrios,
hacían una algazara de mil demonios. Más allá sonaba el convulsivo
tiquitique de una máquina de coser, y acudían a las ventanas bustos y
caras de mujeres curiosas. Por aquí se veía un enfermo tendido en un
camastro, más allá un matrimonio que disputaba a gritos. Algunas vecinas
conocieron a doña Guillermina y la saludaban con respeto. En otros
círculos causaba admiración el empaque elegante de Jacinta. Poco más
allá cruzáronse de una puerta a otra observaciones picantes e
irrespetuosas. «Señá Mariana, ¿ha visto que nos hemos traído el sofá en
la rabadilla? ¡Ja, ja, ja!».

Guillermina se paró, mirando a su amiga: «Esas chafalditas no van
conmigo. No puedes figurarte el odio que esta gente tiene a los
_polisones_, en lo cual demuestran un sentido... ¿cómo se dice?, un
sentido _estético_ superior al de esos haraganes franceses que inventan
tanto pegote estúpido».

Jacinta estaba algo corrida; pero también se reía, Guillermina dio dos
pasos atrás, diciendo: «Ea, señoras, cada una a su trabajo, y dejen en
paz a quien no se mete con ustedes».

Luego se detuvo junto a una de las puertas y tocó en ella con los
nudillos.

«La señá Severiana no está--dijo una de las vecinas--. ¿Quiere la señora
dejar recado?...».

--No; la veré otro día.

Después de recorrer dos lados del corredor principal, penetraron en una
especie de túnel en que también había puertas numeradas; subieron como
unos seis peldaños, precedidas siempre de la zancuda, y se encontraron
en el corredor de otro patio, mucho más feo, sucio y triste que el
anterior. Comparado con el segundo, el primero tenía algo de
aristocrático y podría pasar por albergue de familias _distinguidas_.

Entre uno y otro patio, que pertenecían a un mismo dueño y por eso
estaban unidos, había un escalón social, la distancia entre eso que se
llama _capas_. Las viviendas, en aquella segunda _capa_, eran más
estrechas y miserables que en la primera; el revoco se caía a pedazos, y
los rasguños trazados con un clavo en las paredes parecían hechos con
más saña, los versos escritos con lápiz en algunas puertas más necios y
groseros, las maderas más despintadas y roñosas, el aire más viciado, el
vaho que salía por puertas y ventanas más espeso y repugnante. Jacinta,
que había visitado algunas casas de corredor, no había visto ninguna tan
tétrica y mal oliente. «¿Qué, te asustas, niña bonita?--le dijo
Guillermina--. ¿Pues qué te creías tú, que esto era el Teatro Real o la
casa de Fernán--Núñez? Ánimo. Para venir aquí se necesitan dos cosas:
caridad y estómago».

Echando una mirada a lo alto del tejado, vio la Delfina que por encima
de este asomaba un tenderete en que había muchos cueros, tripas u otros
despojos, puestos a secar. De aquella región venía, arrastrado por las
ondas del aire, un olor nauseabundo. Por los desiguales tejados
paseábanse gatos de feroz aspecto, flacos, con las quijadas angulosas,
los ojos dormilones, el pelo erizado. Otros bajaban a los corredores y
se tendían al sol; pero los propiamente salvajes, vivían y aun se
criaban arriba, persiguiendo el sabroso ratón de los secaderos.

Pasaron junto a las dos damas figuras andrajosas, ciegos que iban dando
palos en el suelo, lisiados con montera de pelo, pantalón de soldado,
horribles caras. Jacinta se apretaba contra la pared para dejar paso
franco. Encontraban mujeres con pañuelo a la cabeza y mantón pardo,
tapándose la boca con la mano envuelta en un pliegue del mismo mantón.
Parecían moras; no se les veía más que un ojo y parte de la nariz.
Algunas eran agraciadas; pero la mayor parte eran flacas, pálidas,
tripudas y envejecidas antes de tiempo.

Por los ventanuchos abiertos salía, con el olor a fritangas y el
ambiente chinchoso, murmullo de conversaciones dejosas, arrastrando
toscamente las sílabas finales. Este modo de hablar de la tierra ha
nacido en Madrid de una mixtura entre el deje andaluz, puesto de moda
por los soldados, y el dejo aragonés, que se asimilan todos los que
quieren darse aires varoniles.

Nueva barricada de chiquillos les cortó el paso. Al verles, Jacinta y
aun Guillermina, a pesar de su costumbre de ver cosas raras, quedáronse
pasmadas, y hubiérales dado espanto lo que miraban, si las risas de
ellos no disiparan toda impresión terrorífica. Era una manada de
salvajes, compuesta de dos tagarotes como de diez y doce años, una niña
más chica, y otros dos _chavales_, cuya edad y sexo no se podía saber.
Tenían todos ellos la cara y las manos llenas de chafarrinones negros,
hechos con algo que debía de ser betún o barniz japonés del más fuerte.
Uno se había pintado rayas en el rostro, otro anteojos, aquél bigotes,
cejas y patillas con tan mala maña, que toda la cara parecía revuelta en
heces de tintero. Los pequeñuelos no parecían pertenecer a la raza
humana, y con aquel maldito tizne extendido y resobado por la cara y las
manos semejaban micos, diablillos o engendros infernales.

«Malditos seáis... --gritó la zancuda, cuando vio aquellas fachas
horrorosas--. ¡Pero cómo os habéis puesto así, sinvergüenzones,
indecentes, puercos, marranos...!».

--En el nombre del Padre... --exclamó Guillermina persignándose--. ¿Pero
has visto...?

Contemplaban ellos a las damas, mudos y con grandísima emoción, gozando
íntimamente en la sorpresa y terror que sus espantables cataduras
producían en aquellas señoriticas tan requetefinas. Uno de los pequeños
intentó echar la zarpa al abrigo de Jacinta; pero la zancuda empezó a
dar chillidos: «Quitarvos allá, desapartaísos, gorrinos asquerosos...
que mancháis a estas señoras con esas manazas».

«¡Bendito Dios!... Si parecen caníbales... No nos toquéis... La culpa
no tenéis vosotros, sino vuestras madres, que tal os consienten...

Y si no me engaño, estos dos gandulones son tus hermanos, niña».

Los dos aludidos, mostrando al sonreír sus dientes blancos como la leche
y sus labios más rojos que cerezas entre el negro que los rodeaba,
contestaron que sí con sus cabezas de salvaje. Empezaban a sentirse
avergonzados y no sabían por dónde tirar. En el mismo instante salió una
mujeraza de la puerta más próxima, y agarrando a una de las niñas
embadurnadas, le levantó las enaguas y empezó a darle tal solfa en salva
la parte, que los castañetazos se oían desde el primer patio. No tardó
en aparecer otra madre furiosa, que más que mujer parecía una loba, y la
emprendió con otro de los mandingas a bofetada sucia, sin miedo a
mancharse ella también. «Canallas, cafres, ¡cómo se han puesto!». Y al
punto fueron saliendo más madres irritadas. ¡La que se armó! Pronto se
vieron lágrimas resbalando sobre el betún, llanto que al punto se volvía
negro. «Te voy a matar, grandísimo pillo, ladrón...». Estos son los
condenados charoles que usa la señá Nicanora. Pero, ¡re--Dios!, señá
Nicanora, ¿para qué deja usté que las criaturas...?».

Una de las mujeres que más alborotaban se aplacó al ver a las dos damas.
Era la señora de Ido del Sagrario, que tenía en la cara sombrajos y
manchurrones de aquel mismo betún de los caribes, y las manos
enteramente negras.

Turbose un poco ante la visita: «Pasen las señoras... Me encuentran
hecha una compasión».

Guillermina y Jacinta entraron en la mansión de Ido, que se componía de
una salita angosta y de dos alcobas interiores más oprimidas y lóbregas
aún, las cuales daban el _quién vive_ al que a ellas se asomaba. No
faltaban allí la cómoda y la lámina del Cristo del _Gran Poder_, ni las
fotografías descoloridas de individuos de la familia y de niños muertos.
La cocina era un cubil frío donde había mucha ceniza, pucheros volcados,
tinajas rotas y el artesón de lavar lleno de trapos secos y de polvo. En
la salita, los ladrillos tecleaban bajo los pies. Las paredes eran como
de carbonería, y en ciertos puntos habían recibido bofetadas de cal, por
lo que resultaba un claro-oscuro muy fantástico. Creeríase que andaban
espectros por allí, o al menos sombras de linterna mágica. El sofá de
Vitoria era uno de los muebles más alarmantes que se pueden imaginar. No
había más que verle para comprender que no respondía de la seguridad de
quien en él se sentase. Las dos o tres sillas eran también muy
sospechosas. La que parecía mejor, seguramente la pegaba. Vio Jacinta,
salteados por aquellos fantásticos muros, carteles de publicaciones
ilustradas, de librillos de papel de fumar y cartones de almanaques
americanos que ya no tenían hojas. Eran años muertos.

Pero lo que mayormente excitó la curiosidad de ambas señoras fue un gran
tablero que en el centro de la estancia había, cogiéndola casi toda; una
mesa armada sobre bancos como la que usan los papelistas, y encima de
ella grandes paquetes o manos de pliegos de papel fino de escribir. A un
extremo los cuadernillos apilados formaban compactas resmas blancas; a
otro las mismas resmas ya con bordes negros, convertidas en papel de
luto.

Ido extendía sobre el tablero los pliegos de papel abiertos. Una
muchacha, que debía de ser Rosita, contaba los pliegos ya enlutados y
formaba los cuadernillos. Nicanora pidió permiso a las señoras para
seguir trabajando. Era una mujer más envejecida que vieja, y bien se
conocía que nunca había sido hermosa. Debió de tener en otro tiempo
buenas carnes, pero ya su cuerpo estaba lleno de pliegues y abolladuras
como un zurrón vacío. Allí, valga la verdad, no se sabía lo que era
pecho, ni lo que era barriga. La cara era hocicuda y desagradable. Si
algo expresaba era un genio muy malo y un carácter de vinagre; pero en
esto engañaba aquel rostro como otros muchos que hacen creer lo que no
es. Era Nicanora una infeliz mujer, de más bondad que entendimiento,
probada en las luchas de la vida, que había sido para ella una batalla
sin victorias ni respiro alguno. Ya no se defendía más que con la
paciencia, y de tanto mirarle la cara a la adversidad debía de
provenirle aquel alargamiento de morros que la afeaba
considerablemente. La _Venus de Médicis_ tenía los párpados enfermos,
rojos y siempre húmedos, privados de pestañas, por lo cual decían de
ella que _con un ojo lloraba a su padre y con otro a su madre_.

Jacinta no sabía a quién compadecer más, si a Nicanora por ser como era,
o a su marido por creerla Venus cuando se _electrizaba_. Ido estaba muy
cohibido delante de las dos damas. Como la silla en que doña Guillermina
se sentó empezase a exhalar ciertos quejidos y a hacer desperezos,
anunciando quizás que se iba a deshacer, D. José salió corriendo a traer
una de la vecindad. Rosita era graciosa, pero desmedrada y clorótica, de
color de marfil. Llamaba la atención su peinado en sortijillas, batido,
engomado y puesto con muchísimo aquel.

«¿Pero qué hace usted, mujer, con esa pintura?» preguntó Guillermina a
Nicanora.

_--Soy lutera_.

--Somos _luteranos_--dijo Ido sonriendo, muy satisfecho por tener
ocasión de soltar aquel chiste que era viejo y había sido soltado sin
número de veces.

--¡Qué dice este hombre! --exclamó la fundadora horrorizada.

--Cállate tú y no disparates--replicó Nicanora--. Yo soy _lutera_, vamos
al decir, pinto papel de luto. Cuando no tengo otro trabajo, me traigo a
casa unas cuantas resmas, y las enluto mismamente como las señoras ven.
El almacenista paga un real por resma. Yo pongo el tinte, y trabajando
todo el día, me quedan seis o siete reales. Pero los tiempos están
malos, y hay poco papel que teñir. Todas las luteras están paradas,
señora... porque, naturalmente, o se muere poca gente, o no les echan
papeletas... Hombre--dijo a su marido, haciéndole estremecer--, ¿qué
haces ahí con la boca abierta? _Desmiente_.

Ido, que estaba oyendo a su mujer, como se oye a un orador brillante,
despertó de su éxtasis y se puso a _desmentir_. Llaman así al acto de
colocar los pliegos de papel unos sobre otros, escalonados, dejando
descubierta en todos una fajita igual, que es lo que se tiñe. Como
Jacinta observaba atentamente el trabajo de D. José, este se esmeró en
hacerlo con desusada perfección y ligereza. Daba gusto ver aquellos
bordes, que por lo iguales parecían hechos a compás. Rosita apilaba
pliegos y resmas sin decir una palabra. Nicanora hizo a Jacinta, mirando
a su marido, una seña que quería decir: «Hoy está bueno». Después empezó
a pasar rápidamente la brocha sobre el papel, como se hace con los
estarcidos.

--Y las suscriciones de entregas --preguntó Guillermina--, ¿dan algo que
comer?

Ido abrió la boca para emitir pronta y juiciosa respuesta a esta
pregunta; pero su mujer tomó rápidamente la palabra, quedándose él un
buen rato con la boca abierta.

--Las suscripciones--declaró la _Venus de Médicis_--, son una calamidad.
_Aquí José_ tiene poca suerte... es muy honrado y le engaña
cualisquiera. El público es cosa mala, señoras, y suscritor hay que no
paga ni aunque le arrastren. Luego, como el mes pasado perdió _aquí_
(este aquí era D. José) un billete de cuatrocientos reales, el encargado
de las obras se lo va cobrando, descontándole de las primas que le
tocan. Por eso, naturalmente, nos hemos atrasado tanto, y lo poco que se
apaña se lo birla el casero.

Ido, desde que se dijo aquello del billete perdido, no volvió a levantar
los ojos de su trabajo. Aquel descuido que tuvo le avergonzaba como si
hubiera sido un delito.

«Pues lo primero que tienen ustedes que hacer--indicó la Pacheco--, es
poner una escuela a esos dos tagarotes y a la berganta de su niña
pequeña».

--No los mando, porque me da vergüenza de que salgan a la calle con
tanto pingajo.

--No importa. Además, esta amiguita y yo daremos a ustedes alguna ropa
para los muchachos. Y el mayor, ¿gana algo?

--Me gana cinco reales en una imprenta.

Pero no tiene formalidad. Cuando le parece deja el trabajo, y se va a
las becerradas de Getafe o de Leganés, y no parece en tres días. Quiere
ser torero y nos trae crucificados. Se va al matadero por las tardes,
cuando degüellan, y en casa, dormido, habla de que si puso las
banderillas a _porta-gayola_...

--Y usted--preguntó Jacinta a Rosita--, ¿en qué se ocupa?

Rosita se puso muy encarnada. Iba a contestar; pero su madre, que
llevaba la palabra por toda la familia, respondió:

«Es peinadora... Está aprendiendo con una vecina maestra. Ya tiene
algunas parroquianas. Pero no le pagan, naturalmente... Es una sosona, y
como no le pongan los cuartos en la mano, no hay de qué. Yo le digo que
no sea _panoli_ y que tenga genio; pero... ya usted la ve. Como su
padre, que el día que no le engaña uno le engañan dos».

Guillermina, después de sacar varios bonos, como billetes de teatro, y
dar a la infeliz familia los que necesitaba para proveerse de garbanzos,
pan y carne por media semana, dijo que se marchaba. Pero Jacinta no se
conformó con salir tan pronto. Había ido allí con determinado fin, y por
nada del mundo se retiraría sin intentar al menos realizarlo. Varias
veces tuvo la palabra en la boca para hacer una pregunta a D. José, y
este la miraba como diciendo: «estoy rabiando porque me pregunte usted
por el _Pituso_». Por fin, decidiose la dama a romper el silencio sobre
punto tan capital, y levantándose dio algunos pasos hacia donde Ido
estaba. Este no necesitó más que verla venir; y saliendo rápidamente del
cuarto, volvió al poco con una criatura de la mano.




--iii--


«¡El Dulce Nombre!...» exclamó la Pacheco viendo entrar aquel adefesio,
y todos los demás lanzaron una exclamación parecida al mirar al niño,
con la cara tan completamente pintada de negro que no se veía el color
de su carne por parte alguna. Sus manos chorreaban betún, y en el traje
se habían limpiado las suyas asquerosísimas los otros muchachos. El
_Pitusín_ tenía el cabello negro. Sus labios rojos sobre aquel chapapote
superaban al coral más puro. Los dientecillos le brillaban cual si
fueran de cristal. La lengua que sacaba, por tener la creencia de que
todo negrito, para ser tal negrito, debe estirar la lengua todo lo más
posible, parecía una hoja de rosa.

«¡Qué horror!... ¡Ah!, tunantes... ¡Bendito Dios!, ¡cómo le han
puesto!... Anda, ¡que apañado estás!...». Las vecinas se enracimaban en
las puertas riendo y alborotando. Jacinta estaba atónita y apenada.
Pasáronle por la mente ideas extrañas; la mancha del pecado era tal, que
aun a la misma inocencia extendía su sombra; y el maldito se reía detrás
de su infernal careta, gozoso de ver que todos se ocupaban de él, aunque
fuera para escarnecerle. Nicarona dejó sus pinturas para correr detrás
de los bergantes y de la zancuda, que también debía de tener alguna
parte en aquel desaguisado. La osadía del negrito no conocía límites, y
extendió sus manos pringadas hacia aquella señora tan maja que le miraba
tanto. «Quita allá, demonio... quita allá esas manos» le gritaron.
Viendo que no le dejaban tocar a nadie, y que su facha causaba risa, el
chico daba patadas en medio del corro, sacando la lengua y presentando
sus diez dedos como garras. De este modo tenía, a su parecer, el aspecto
de un bicho muy malo que se comía a la gente, o por lo menos que se la
quería comer.

Oyose el pie de paliza que Nicarona, hecha una veneno, estaba dando a
sus hijos, y el gemir de ellos. El _Pituso_ empezó a cansarse pronto de
su papel de mico, porque eso de no poder pegarse a nadie tenía poca
gracia. Lo mejor que podía hacer en su situación desairada, era meterse
los dedos en la boca; pero sabía tan mal aquel endiablo potaje negro,
que pronto los hubo de retirar.

«¿Será veneno eso? --observó Jacinta, alarmada--. Que lo laven, ¿por qué
no lo lavan?».

--Pues estás bonito, Juanín--díjole Ido--. ¡Y esta señora que te quería
dar un beso!

Ávida de tocarle, la Delfina le agarró un mechón de cabello, lo único en
que no había pintura. «¡Pobrecito, cómo está!...». De repente le
entraron a Juanín ganas de llorar. Ya no enseñaba la lengua; lo que
hacía era dar suspiros.

«¿Pero ese Sr. Izquierdo, no está?--preguntó a Ido Jacinta llevándole
aparte--. Yo tengo que hablar con él. ¿Dónde vive?».

--Señora--replicó D. José con finura--, la puerta de su domicilio está
cerrada... herméticamente, muy herméticamente.

--Pues quiero verle, quiero hablar con él.

--Yo lo pondré en su conocimiento--repuso el corredor de obras, que
gustaba de emplear formas burocráticas cuando la ocasión lo pedía.

--Ea, vámonos, que es tarde --dijo impaciente Guillermina--. Otro día
volveremos.

--Sí, volveremos... Pero que lo laven... ¡pobre niño! Debe de estar en
un martirio horrible con ese emplasto en la cara. Di, tontín, ¿quieres
que te laven?

El _Pituso_ dijo que sí con la cabeza. Su aflicción crecía, y poco le
faltaba para romper a llorar. Todas las vecinas reconocieron la
necesidad de lavarle; pero unas no tenían agua y otras no querían
gastarla en tal objeto. Por fin una mujer agitanada y con faldas de
percal rameado, el talle muy bajo, un pañuelo caído por los hombros, el
pelo lacio y la tez crasa y de color de _terra-cotta_, se pareció por
allí de repente, y quiso dar una lección a las vecinas delante de las
señoras, diciendo que ella tenía agua de sobra para _despercudir_ y
_chovelar_ a aquel ángel. Se le llevaron en burlesca procesión, él
delante, aislado por su propio tizne, y ya con la dignidad tan por los
suelos, que empezaba a dar _jipíos_; los chicos detrás haciendo una
bulla infernal, y la tarasca aquella del moño lacio amenazándolos con
_endiñarles_ si no se quitaban de en medio. Desapareció la comparsa por
una puerquísima y angosta escalera que del ángulo del corredor partía.
Jacinta hubiera querido subir también; pero Guillermina la sofocaba con
sus prisas. «¿Hija, sabes tú la hora que es?».

«Sí, nos iremos... Lo que es por mí, ya estamos andando» decía la otra
sin moverse del corredor, mirando a la techumbre, en la cual no veía
otra cosa que el horrible tinglado donde colgaban los cueros puestos a
secar. Entre tanto, la fundadora, a pesar de su mucha prisa, entablaba
una rápida conversación con D. José.

«¿No tiene usted ya nada que hacer en casa?».

--Absolutamente nada, señora. Ya están _desmentidas_ las últimas resmas.
Pensaba yo ahora irme a dar una vuelta y a tomar el aire.

--Le conviene a usted el ejercicio... perfectamente. Pues oiga usted, al
mismo tiempo que se orea un poco, me va a hacer un servicio.

--Estoy a disposición de la señora.

--Se sale usted a la Ronda... tira usted para abajo, dejando a la
izquierda la fábrica del gas. ¿Entiende usted?... ¿Sabe usted la
estación de las Pulgas? Bueno, pues antes de llegar a ella hay una casa
en construcción... Está concluida la obra de fábrica y ahora están
armando una chimenea muy larga, porque va a ser _sierra mecánica_... ¿Se
va usted enterando? No tiene pérdida. Pues entra usted y pregunta por el
guarda de la obra, que se llama Pacheco... lo mismito que yo. Usted le
dice: «Vengo por los ladrillos de doña Guillermina». Ido repitió, como
los chicos que aprenden una lección:

«Vengo por los ladrillos, etc...».

--El dueño de esa fábrica me ha dado unos setenta ladrillos, lo único
que le sobra... poca cosa, pero a mí todo me sirve... Bueno; coge usted
los ladrillos y me los lleva a la obra... son para mi obra.

--¿A la obra?... ¿Qué obra?

--Hombre, en Chamberí... mi asilo... ¿Está usted lelo?

--¡Ah! perdone la señora... cuando oí la obra, creí al pronto que era
una obra literaria.

--Si no puede usted de un viaje, emplee dos.

--O tres, o cuatro... tantísimo gusto en ello... Si necesario fuese,
naturalmente, tantos viajes como ladrillos...

--Y si me hace bien el recado, cuente con un hongo casi nuevo... Me lo
han dado ayer en una casa, y lo reservo para los amigos que me ayudan...
¿Con que lo hará usted? Hoy por ti y mañana por mí. Vaya, abur, abur.

Ido y su mujer se deshacían en cumplidos y fueron escoltando a las
señoras hasta la puerta de la calle. En la calle de Toledo tomaron ellas
un simón para ganar tiempo, y el bendito Ido se fue a cumplir el encargo
que la fundadora le había hecho. No era una misión _delicada_
ciertamente, como él deseara; pero el principio de caridad que entrañaba
aquel acto lo trocaba de vulgar en sublime. Toda la santa tarde estuvo
mi hombre ocupado en el transporte de los ladrillos, y tuvo la
satisfacción de que ni uno solo de los setenta se le rompiera por el
camino. El contento que inundaba su alma le quitaba el cansancio, y
provenía su gozo casi exclusivamente de que Jacinta, en aquel ratito en
que le llevó aparte, le había dado un duro. No puso él la moneda en el
bolsillo de su chaleco, donde la habría descubierto Nicanora, sino en la
cintura, muy bien escondida en una faja que usaba pegada a la carne para
abrigarse la boca del estómago. Porque conviene fijar bien las cosas...
aquel duro, dado aparte, lejos de las miradas famélicas del resto de la
familia, era exclusivamente para él. Tal había sido la intención de la
señorita, y D. José habría creído ofender a su bienhechora
interpretándola de otro modo. Guardaría, pues, su tesoro, y se valdría
de todas las trazas de su ingenio para defenderlo de las miradas y de
las uñas de Nicanora... porque si esta lo descubría, ¡Santo Cristo de
los Guardias...!

Pasó la noche en grandísima intranquilidad. Temía que su mujer
descubriese con ojo perspicaz el matute que él encerraba en su cintura.
La maldita parecía que olía la plata. Por eso estaba tan azorado y no se
daba por seguro en ninguna posición, creyendo que al través de la ropa
se le iba a ver la moneda. Durante la cena estuvieron todos muy alegres;
tiempo hacía que no habían cenado tan bien. Pero al acostarse volvió Ido
a ser atormentado por sus temores, y no tuvo más remedio que estar toda
la noche hecho un ovillo, con las manos cruzadas en la cintura, porque
si en una de las revueltas que ambos daban sobre los accidentados
jergones la mano de su mujer llegaba a tocar el duro, se lo quitaba, tan
fijo como tres y dos son cinco. Durmió, pues, tan mal que en realidad
dormía con un ojo y velaba con el otro, atento siempre a defender su
contrabando. Lo peor fue que viéndole su mujer tan retortijado y hecho
todo una _ese_, creyó que tenía el dolor espasmódico que le solía dar; y
como el mejor remedio para eso eran las friegas, Nicanora le propuso
dárselas, y al oír tal proposición, tembláronle a Ido las carnes,
viéndose descubierto y perdido. «Ahora sí que la hemos hecho buena»
pensó. Pero su talento le sugirió la respuesta, y dijo que no tenía ni
pizca de dolor, sino frío, y sin más explicaciones se volvió contra la
pared, pegándose a ella como un engrudo, y haciéndose el dormido. Llegó
por fin el día y con él la calma al corazón de Ido, quien se acicaló y
se lavó casi toda la cara, poniéndose la corbata encarnada con cierta
presunción.

Eran ya las diez de la mañana, porque con aquello de lavarse _bien_ se
había ido bastante tiempo. Rosita tardó mucho en traer el agua, y
Nicanora se había dado la inmensa satisfacción de ir a la compra. Todos
los individuos de la familia, cuando se encontraban uno frente a otro,
se echaban a reír, y el más risueño era D. José, porque... ¡si
supieran...




--iv--


Echose mi hombre a la calle, y tiró por la de Mira el Río baja, cuya
cuesta es tan empinada que se necesita hacer algo de volatines para no
ir rodando de cabeza por aquellos pedernales. Ido la bajó, casi como la
bajan los chiquillos, de un aliento, y una vez en la explanada que
llaman el _Mundo Nuevo_, su espíritu se espació, como pájaro lanzado a
los aires. Empezó a dar resoplidos, cual si quisiera meter en sus
pulmones más aire del que cabía, y sacudió el cuerpo como las gallinas.
El picorcillo del sol le agradaba, y la contemplación de aquel cielo
azul, de incomparable limpieza y diafanidad, daba alas a su alma
voladora. Candoroso e impresionable, D. José era como los niños o los
poetas de verdad, y las sensaciones eran siempre en él vivísimas, las
imágenes de un relieve extraordinario. Todo lo veía agrandado
hiperbólicamente o empequeñecido, según los casos. Cuando estaba alegre,
los objetos se revestían a sus ojos de maravillosa hermosura; todo le
_sonreía_, según