LA TIERRA DE TODOS

VICENTE BLASCO IBANEZ

(NOVELA)

PROMETEO
Germanias, 33.--VALENCIA
1922.






#LA TIERRA DE TODOS#




#I#


Como todas las mananas, el marques de Torrebianca salio tarde de su
dormitorio, mostrando cierta inquietud ante la bandeja de plata con
cartas y periodicos que el ayuda de camara habia dejado sobre la mesa
de su biblioteca.

Cuando los sellos de los sobres eran extranjeros, parecia contento,
como si acabase de librarse de un peligro. Si las cartas eran de
Paris, fruncia el ceno, preparandose a una lectura abundante en
sinsabores y humillaciones. Ademas, el membrete impreso en muchas de
ellas le anunciaba de antemano la personalidad de tenaces acreedores,
haciendole adivinar su contenido.

Su esposa, llamada "la bella Elena", por una hermosura indiscutible,
que sus amigas empezaban a considerar historica a causa de su
exagerada duracion, recibia con mas serenidad estas cartas, como si
toda su existencia la hubiese pasado entre deudas y reclamaciones. El
tenia una concepcion mas anticuada del honor, creyendo que es
preferible no contraer deudas, y cuando se contraen, hay que pagarlas.

Esta manana las cartas de Paris no eran muchas: una del
establecimiento que habia vendido en diez plazos el ultimo automovil
de la marquesa, y solo llevaba cobrados dos de ellos; varias de otros
proveedores--tambien de la marquesa--establecidos en cercanias de la
plaza Vendome, y de comerciantes mas modestos que facilitaban a
credito los articulos necesarios para la manutencion y amplio
bienestar del matrimonio y su servidumbre.

Los criados de la casa tambien podian escribir formulando identicas
reclamaciones; pero confiaban en el talento mundano de la senora, que
le permitiria alguna vez salir definitivamente de apuros, y se
limitaban a manifestar su disgusto mostrandose mas frios y estirados
en el cumplimiento de sus funciones.

Muchas veces, Torrebianca, despues de la lectura de este correo,
miraba en torno de el con asombro. Su esposa daba fiestas y asistia a
todas las mas famosas de Paris; ocupaban en la avenida Henri Martin el
segundo piso de una casa elegante; frente a su puerta esperaba un
hermoso automovil; tenian cinco criados... No llegaba a explicarse en
virtud de que leyes misteriosas y equilibrios inconcebibles podian
mantener el y su mujer este lujo, contrayendo todos los dias nuevas
deudas y necesitando cada vez mas dinero para el sostenimiento de su
costosa existencia. El dinero que el lograba aportar desaparecia como
un arroyo en un arenal. Pero "la bella Elena" encontraba logica y
correcta esta manera de vivir, como si fuese la de todas las personas
de su amistad.

Acogio Torrebianca alegremente el encuentro de un sobre con sello de
Italia entre las cartas de los acreedores y las invitaciones para
fiestas.

--Es de mama--dijo en voz baja.

Y empezo a leerla, al mismo que una sonrisa parecia aclarar su rostro.
Sin embargo, la carta era melancolica, terminando con quejas dulces y
resignadas, verdaderas quejas de madre.

Mientras iba leyendo, vio con su imaginacion el antiguo palacio de los
Torrebianca, alla en Toscana, un edificio enorme y ruinoso circundado
de jardines. Los salones, con pavimento de marmol multicolor y techos
mitologicos pintados al fresco, tenian las paredes desnudas,
marcandose en su polvorienta palidez la huella de los cuadros celebres
que las adornaban en otra epoca, hasta que fueron vendidos a los
anticuarios de Florencia.

El padre de Torrebianca, no encontrando ya lienzos ni estatuas como
sus antecesores, tuvo que hacer moneda con el archivo de la casa,
ofreciendo autografos de Maquiavelo, de Miguel Angel y otros
florentinos que se habian carteado con los grandes personajes de su
familia.

Fuera del palacio, unos jardines de tres siglos se extendian al pie de
amplias escalinatas de marmol con las balaustradas rotas bajo la
pesadez de tortuosos rosales. Los peldanos, de color de hueso, estaban
desunidos por la expansion de las plantas parasitas. En las avenidas,
el boj secular, recortado en forma de anchas murallas y profundos
arcos de triunfo, era semejante a las ruinas de una metropoli
ennegrecida por el incendio. Como estos jardines llevaban muchos anos
sin cultivo, iban tomando un aspecto de selva florida. Resonaban bajo
el paso de los raros visitantes con ecos melancolicos que hacian volar
a los pajaros lo mismo que flechas, esparciendo enjambres de insectos
bajo el ramaje y carreras de reptiles entre los troncos.

La madre del marques, vestida como una campesina, y sin otro
acompanamiento que el de una muchacha del pais, pasaba su existencia
en estos salones y jardines, recordando al hijo ausente y
discurriendo nuevos medios de proporcionarle dinero.

Sus unicos visitantes eran los anticuarios, a los que iba vendiendo
los ultimos restos de un esplendor saqueado por sus antecesores.
Siempre necesitaba enviar algunos miles de liras al ultimo
Torrebianca, que, segun ella creia, estaba desempenando un papel
social digno de su apellido en Londres, en Paris, en todas las grandes
ciudades de la tierra. Y convencida de que la fortuna que favorecio a
los primeros Torrebianca acabaria por acordarse de su hijo, se
alimentaba parcamente, comiendo en una mesita de pino blanco, sobre el
pavimento de marmol de aquellos salones donde nada quedaba que
arrebatar.

Conmovido por la lectura de la carta, el marques murmuro varias veces
la misma palabra: "Mama... mama."

"Despues de mi ultimo envio de dinero, ya no se que hacer. iSi vieses,
Federico, que aspecto tiene ahora la casa en que naciste! No quieren
darme por ella ni la vigesima parte de su valor; pero mientras se
presenta un extranjero que desee realmente adquirirla, estoy dispuesta
a vender los pavimentos y los techos, que es lo unico que vale algo,
para que no sufras apuros y nadie ponga en duda el honor de tu nombre.
Vivo con muy poco y estoy dispuesta a imponerme todavia mayores
privaciones; pero ?no podreis tu y Elena limitar vuestros gastos, sin
perder el rango que ella merece por ser esposa tuya? Tu mujer, que es
tan rica, ?no puede ayudarte en el sostenimiento de tu casa?..."

El marques ceso de leer. Le hacia dano, como un remordimiento, la
simplicidad con que la pobre senora formulaba sus quejas y el engano
en que vivia. iCreer rica a Elena! iImaginarse que el podia imponer a
su esposa una vida ordenada y economica, como lo habia intentado
repetidas veces al principio de su existencia matrimonial!...

La entrada de Elena en la biblioteca corto sus reflexiones. Eran mas
de las once, y ella iba a dar su paseo diario por la avenida del
Bosque de Bolonia para saludar a las personas conocidas y verse
saludada por ellas.

Se presento vestida con una elegancia indiscreta y demasiado
ostentosa, que parecia armonizarse con su genero de hermosura. Era
alta y se mantenia esbelta gracias a una continua batalla con el
engrasamiento de la madurez y a los frecuentes ayunos. Se hallaba
entre los treinta y los cuarenta anos; pero los medios de conservacion
que proporciona la vida moderna le daban esa tercera juventud que
prolonga el esplendor de las mujeres en las grandes ciudades.

Torrebianca solo la encontraba defectos cuando vivia lejos de ella. Al
volverla a ver, un sentimiento de admiracion le dominaba
inmediatamente, haciendole aceptar todo lo que ella exigiese.

Saludo Elena con una sonrisa, y el sonrio igualmente. Luego puso ella
los brazos en sus hombros y le beso, hablandole con un ceceo de nina,
que era para su marido el anuncio de alguna nueva peticion. Pero este
fraseo pueril no habia perdido el poder de conmoverle profundamente,
anulando su voluntad.

--iBuenos dias, mi coco!... Me he levantado mas tarde que otras
mananas; debo hacer algunas visitas antes de ir al Bosque. Pero no he
querido marcharme sin saludar a mi maridito adorado... Otro beso, y me
voy.

Se dejo acariciar el marques, sonriendo humildemente, con una
expresion de gratitud que recordaba la de un perro fiel y bueno. Elena
acabo por separarse de su marido; pero antes de salir de la biblioteca
hizo un gesto como si recordase algo de poca importancia, y detuvo su
paso para hablar.

--?Tienes dinero?...

Ceso de sonreir Torrebianca y parecio preguntarle con sus ojos: "?Que
cantidad deseas?"

--Poca cosa. Algo asi como ocho mil francos.

Un modisto de la _rue de la Paix_ empezaba a faltarle al respeto por
esta deuda, que solo databa de tres anos, amenazandola con una
reclamacion judicial. Al ver el gesto de asombro con que su marido
acogia esta demanda, fue perdiendo la sonrisa pueril que dilataba su
rostro; pero todavia insistio en emplear su voz de nina para gemir con
tono dulzon:

--?Dices que me amas, Federico, y te niegas a darme esa pequena
cantidad?...

El marques indico con un ademan que no tenia dinero, mostrandole
despues las cartas de los acreedores amontonadas en la bandeja de
plata.

Volvio a sonreir ella; pero ahora su sonrisa fue cruel.

--Yo podria mostrarte--dijo--muchos documentos iguales a esos... Pero
tu eres hombre, y los hombres deben traer mucho dinero a su casa para
que no sufra su mujercita. ?Como voy a pagar mis deudas si tu no me
ayudas?...

Torrebianca la miro con una expresion de asombro.

--Te he dado tanto dinero... itanto! Pero todo el que cae en tus manos
se desvanece como el humo.

Se indigno Elena, contestando con voz dura:

--No pretenderas que una senora _chic_ y que, segun dicen, no es fea,
viva de un modo mediocre. Cuando se goza el orgullo de ser el marido
de una mujer como yo hay que saber ganar el dinero a millones.

Las ultimas palabras ofendieron al marques; pero Elena, dandose
cuenta de esto, cambio rapidamente de actitud, aproximandose a el para
poner las manos en sus hombros.

--?Por que no le escribes a la vieja?... Tal vez pueda enviarnos ese
dinero vendiendo alguna antigualla de tu caseron paternal.

El tono irrespetuoso de tales palabras acrecento el mal humor del
marido.

--Esa vieja es mi madre, y debes hablar de ella con el respeto que
merece. En cuanto a dinero, la pobre senora no puede enviar mas.

Miro Elena a su esposo con cierto desprecio, diciendo en voz baja,
como si se hablase a ella misma:

--Esto me ensenara a no enamorarme mas de pobretones... Yo buscare ese
dinero, ya que eres incapaz de proporcionarmelo.

Paso por su rostro una expresion tan maligna al hablar asi, que su
marido se levanto del sillon frunciendo las cejas.

--Piensa lo que dices... Necesito que me aclares esas palabras.

Pero no pudo seguir hablando. Ella habia transformado completamente la
expresion de su rostro, y empezo a reir con carcajadas infantiles, al
mismo tiempo que chocaba sus manos.

--Ya se ha enfadado mi coco. Ya ha creido algo ofensivo para su
mujer... iPero si yo solo te quiero a ti!

Luego se abrazo a el, besandole repetidas veces, a pesar de la
resistencia que pretendia oponer a sus caricias. Al fin se dejo
dominar por ellas, recobrando su actitud humilde de enamorado.

Elena lo amenazaba graciosamente con un dedo.

--A ver: isonria usted un poquito, y no sea mala persona!... ?De veras
que no puedes darme ese dinero?

Torrebianca hizo un gesto negativo, pero ahora parecia avergonzado de
su impotencia.

--No por ello te querre menos--continuo ella--. Que esperen mis
acreedores. Yo procurare salir de este apuro como he salido de tantos
otros. iAdios, Federico!

Y marcho de espaldas hacia la puerta, enviandole besos hasta que
levanto el cortinaje.

Luego, al otro lado de la colgadura, cuando ya no podia ser vista, su
alegria infantil y su sonrisa desaparecieron instantaneamente. Paso
por sus pupilas una expresion feroz y su boca hizo una mueca de
desprecio.

Tambien el marido, al quedar solo, perdio la efimera alegria que le
habian proporcionado las caricias de Elena. Miro las cartas de los
acreedores y la de su madre, volviendo luego a ocupar su sillon para
acodarse en la mesa con la frente en una mano. Todas las inquietudes
de la vida presente parecian haber vuelto a caer sobre el de golpe,
abrumandolo.

Siempre, en momentos iguales, buscaba Torrebianca los recuerdos de su
primera juventud, como si esto pudiera servirle de remedio. La mejor
epoca de su vida habia sido a los veinte anos, cuando era estudiante
en la Escuela de Ingenieros de Lieja. Deseoso de renovar con el propio
trabajo el decaido esplendor de su familia, habia querido estudiar una
carrera "moderna" para lanzarse por el mundo y ganar dinero, como lo
habian hecho sus remotos antepasados. Los Torrebianca, antes de que
los reyes los ennobleciesen dandoles el titulo de marques, habian sido
mercaderes de Florencia, lo mismo que los Medicis, yendo a las
factorias de Oriente a conquistar su fortuna. El quiso ser ingeniero,
como todos los jovenes de su generacion que deseaban una Italia
engrandecida por la industria, asi como en otros siglos habia sido
gloriosa por el arte.

Al recordar su vida de estudiante en Lieja, lo primero que resurgia en
su memoria era la imagen de Manuel Robledo, camarada de estudios y de
alojamiento, un espanol de caracter jovial y energia tranquila para
afrontar los problemas de la existencia diaria. Habia sido para el
durante varios anos como un hermano mayor. Tal vez por esto, en los
momentos dificiles, Torrebianca se acordaba siempre de su amigo.

iIntrepido y simpatico Robledo!... Las pasiones amorosas no le hacian
perder su placida serenidad de hombre equilibrado. Sus dos aficiones
predominantes en el periodo de la juventud habian sido la buena mesa y
la guitarra.

De voluntad facil para el enamoramiento, Torrebianca andaba siempre en
relaciones con una liejesa, y Robledo, por acompanarle, se prestaba a
fingirse enamorado de alguna amiga de la muchacha. En realidad,
durante sus partidas de campo con mujeres, el espanol se preocupaba
mas de los preparativos culinarios que de satisfacer el
sentimentalismo mas o menos fragil de la companera que le habia
deparado la casualidad.

Torrebianca habia llegado a ver a traves de esta alegria ruidosa y
materialista cierto romanticismo que Robledo pretendia ocultar como
algo vergonzoso. Tal vez habia dejado en su pais los recuerdos de un
amor desgraciado. Muchas noches, el florentino, tendido en la cama de
su alojamiento, escuchaba a Robledo, que hacia gemir dulcemente su
guitarra, entonando entre dientes canciones amorosas del lejano pais.

Terminados los estudios, se habian dicho adios con la esperanza de
encontrarse al ano siguiente; pero no se vieron mas. Torrebianca
permanecio en Europa, y Robledo llevaba muchos anos vagando por la
America del Sur, siempre como ingeniero, pero plegandose a las mas
extraordinarias transformaciones, como si reviviesen en el, por ser
espanol, las inquietudes aventureras de los antiguos conquistadores.

De tarde en tarde escribia alguna carta, hablando del pasado mas que
del presente; pero a pesar de esta discrecion, Torrebianca tenia la
vaga idea de que su amigo habia llegado a ser general en una pequena
Republica de la America del Centro.

Su ultima carta era de dos anos antes. Trabajaba entonces en la
Republica Argentina, hastiado ya de aventuras en paises de continuo
sacudimiento revolucionario. Se limitaba a ser ingeniero, y servia
unas veces al gobierno y otras a empresas particulares, construyendo
canales y ferrocarriles. El orgullo de dirigir los avances de la
civilizacion a traves del desierto le hacia soportar alegremente las
privaciones de esta existencia dura.

Guardaba Torrebianca entre sus papeles un retrato enviado por Robledo,
en el que aparecia a caballo, cubierta la cabeza con un casco blanco y
el cuerpo con un poncho. Varios mestizos colocaban piquetes con
banderolas en una llanura de aspecto salvaje, que por primera vez iba
a sentir las huellas de la civilizacion material.

Cuando recibio este retrato, debia tener Robledo treinta y siete anos:
la misma edad que el. Ahora estaba cerca de los cuarenta; pero su
aspecto, a juzgar por la fotografia, era mejor que el de Torrebianca.
La vida de aventuras en lejanos paises no le habia envejecido. Parecia
mas corpulento aun que en su juventud; pero su rostro mostraba la
alegria serena de un perfecto equilibrio fisico.

Torrebianca, de estatura mediana, mas bien bajo que alto, y enjuto de
carnes, guardaba una agilidad nerviosa gracias a sus aficiones
deportivas, y especialmente al manejo de las armas, que habia sido
siempre la mas predominante de sus aficiones; pero su rostro delataba
una vejez prematura. Abundaban en el las arrugas; los ojos tenian en
su vertice un fruncimiento de cansancio; los aladares de su cabeza
eran blancos, contrastandose con el vertice, que continuaba siendo
negro. Las comisuras de la boca caian desalentadas bajo el bigote
recortado, con una mueca que parecia revelar el debilitamiento de la
voluntad.

Esta diferencia fisica entre el y Robledo le hacia considerar a su
camarada como un protector, capaz de seguir guiandole lo mismo que en
su juventud.

Al surgir en su memoria esta manana la imagen del espanol, penso, como
siempre: "iSi le tuviese aqui!... Sabria infundirme su energia de
hombre verdaderamente fuerte."

Quedo meditabundo, y algunos minutos despues levanto la cabeza,
dandose cuenta de que su ayuda de camara habia entrado en la
habitacion.

Se esforzo por ocultar su inquietud al enterarse de que un senor
deseaba verle y no habia querido dar su nombre. Era tal vez algun
acreedor de su esposa, que se valia de este medio para llegar hasta
el.

--Parece extranjero--siguio diciendo el criado--, y afirma que es de
la familia del senor marques.

Tuvo un presentimiento Torrebianca que le hizo sonreir inmediatamente
por considerarlo disparatado. ?No seria este desconocido su camarada
Robledo, que se presentaba con una oportunidad inverosimil, como esos
personajes de las comedias que aparecen en el momento preciso?... Pero
era absurdo que Robledo, habitante del otro lado del planeta,
estuviese pronto a dejarse ver como un actor que aguarda entre
bastidores. No. La vida no ofrece casualidades de tal especie. Esto
solo se ve en el teatro y en los libros.

Indico con un gesto energico su voluntad de no recibir al desconocido;
pero en el mismo instante se levanto el cortinaje de la puerta,
entrando alguien con un aplomo que escandalizo al ayuda de camara.

Era el intruso, que, cansado de esperar en la antesala, se habia
metido audazmente en la pieza mas proxima.

Se indigno el marques ante tal irrupcion; y como era de caracter
facilmente agresivo, avanzo hacia el con aire amenazador. Pero el
hombre, que reia de su propio atrevimiento, al ver a Torrebianca
levanto los brazos, gritando:

--Apuesto a que no me conoces... ?Quien soy?

Le miro fijamente el marques y no pudo reconocerlo. Despues sus ojos
fueron expresando paulatinamente la duda y una nueva conviccion.

Tenia la tez obscurecida por la doble causticidad del sol y del frio.
Llevaba unos bigotes cortos, y Robledo aparecia con barba en todos sus
retratos... Pero de pronto encontro en los ojos de este hombre algo
que le pertenecia, por haberlo visto mucho en su juventud. Ademas, su
alta estatura... su sonrisa... su cuerpo vigoroso...

--iRobledo!--dijo al fin.

Y los dos amigos se abrazaron.

Desaparecio el criado, considerando inoportuna su presencia, y poco
despues se vieron sentados y fumando.

Cruzaban miradas afectuosas e interrumpian sus palabras para
estrecharse las manos o acariciarse las rodillas con vigorosas
palmadas.

La curiosidad del marques, despues de tantos anos de ausencia, fue mas
viva que la del recien llegado.

--?Vienes por mucho tiempo a Paris?--pregunto a Robledo.

--Por unos meses nada mas.

Despues de forzar durante diez anos el misterio de los desiertos
americanos, lanzando a traves de su virginidad, tan antigua como el
planeta, lineas ferreas, caminos y canales, necesitaba "darse un bano
de civilizacion".

--Vengo--anadio--para ver si los restoranes de Paris siguen mereciendo
su antigua fama, y si los vinos de esta tierra no han decaido. Solo
aqui puede comerse el Brie fresco, y yo tengo hambre de este queso
hace muchos anos.

El marques rio. iHacer un viaje de tres mil leguas de mar para comer y
beber en Paris!... Siempre el mismo Robledo. Luego le pregunto con
interes:

--?Eres rico?...

--Siempre pobre--contesto el ingeniero--. Pero como estoy solo en el
mundo y no tengo mujer, que es el mas caro de los lujos, podre hacer
la misma vida de un gran millonario yanqui durante algunos meses.
Cuento con los ahorros de varios anos de trabajo alla en el desierto,
donde apenas hay gastos.

Miro Robledo en torno de el, apreciando con gestos admirativos el
lujoso amueblado de la habitacion.

--Tu si que eres rico, por lo que veo.

La contestacion del marques fue una sonrisa enigmatica. Luego, estas
palabras parecieron despertar su tristeza.

--Hablame de tu vida--continuo Robledo--. Tu has recibido noticias
mias; yo, en cambio, he sabido muy poco de ti. Deben haberse perdido
muchas de tus cartas, lo que no es extraordinario, pues hasta los
ultimos anos he ido de un lugar a otro, sin echar raices. Algo supe,
sin embargo, de tu vida. Creo que te casaste.

Torrebianca hizo un gesto afirmativo, y dijo gravemente:

--Me case con una dama rusa, viuda de un alto funcionario de la corte
del zar... La conoci en Londres. La encontre muchas veces en tertulias
aristocraticas y en castillos adonde habiamos sido invitados. Al fin
nos casamos, y hemos llevado desde entonces una existencia muy
elegante, pero muy cara.

Callo un momento, como si quisiera apreciar el efecto que causaba en
Robledo este resumen de su vida. Pero el espanol permanecio
silencioso, queriendo saber mas.

--Como tu llevas una existencia de hombre primitivo, ignoras
felizmente lo que cuesta vivir de este modo... He tenido que trabajar
mucho para no irme a fondo, iy aun asi!... Mi pobre madre me ayuda con
lo poco que puede extraer de las ruinas de nuestra familia.

Pero Torrebianca parecio arrepentirse del tono quejumbroso con que
hablaba. Un optimismo, que media hora antes hubiese considerado
absurdo, le hizo sonreir confiadamente.

--En realidad no puedo quejarme, pues cuento con un apoyo poderoso. El
banquero Fontenoy es amigo nuestro. Tal vez has oido hablar de el.
Tiene negocios en las cinco partes del mundo.

Movio su cabeza Robledo. No; nunca habia oido tal nombre.

--Es un antiguo amigo de la familia de mi mujer. Gracias a Fontenoy,
soy director de importantes explotaciones en paises lejanos, lo que me
proporciona un sueldo respetable, que en otros tiempos me hubiese
parecido la riqueza.

Robledo mostro una curiosidad profesional. "iExplotaciones en paises
lejanos!..." El ingeniero queria saber, y acoso a su amigo con
preguntas precisas. Pero Torrebianca empezo a mostrar cierta
inquietud en sus respuestas. Balbuceaba, al mismo tiempo que su
rostro, siempre de una palidez verdosa, se enrojecia ligeramente.

--Son negocios en Asia y en Africa: minas de oro... minas de otros
metales... un ferrocarril en China... una Compania de navegacion para
sacar los grandes productos de los arrozales del Tonkin... En realidad
yo no he estudiado esas explotaciones directamente; me falto siempre
el tiempo necesario para hacer el viaje. Ademas, me es imposible vivir
lejos de mi mujer. Pero Fontenoy, que es una gran cabeza, las ha
visitado todas, y tengo en el una confianza absoluta. Yo no hago en
realidad mas que poner mi firma en los informes de las personas
competentes que el envia alla, para tranquilidad de los accionistas.

El espanol no pudo evitar que sus ojos reflejasen cierto asombro al
oir estas palabras.

Su amigo, dandose cuenta de ello, quiso cambiar el curso de la
conversacion. Hablo de su mujer con cierto orgullo, como si
considerase el mayor triunfo de su existencia que ella hubiese
accedido a ser su esposa.

Reconocia la gran influencia de seduccion que Elena parecia ejercer
sobre todo lo que le rodeaba. Pero como jamas habia sentido la menor
duda acerca de su fidelidad conyugal, mostrabase orgulloso de avanzar
humildemente detras de ella, emergiendo apenas sobre la estela de su
marcha arrolladura. En realidad, todo lo que era el: sus empleos
generosamente retribuidos, las invitaciones de que se veia objeto, el
agrado con que le recibian en todas partes, lo debia a ser el esposo
de "la bella Elena".

--La veras dentro de poco... porque tu vas a quedarte a almorzar con
nosotros. No digas que no. Tengo buenos vinos, y ya que has venido
del otro lado de la tierra para comer queso de Brie, te lo dare hasta
matarte de una indigestion.

Luego abandono su tono de broma, para decir con voz emocionada:

--No sabes cuanto me alegra que conozcas a mi mujer. Nada te digo de
su hermosura; las gentes la llaman "la bella Elena"; pero su hermosura
no es lo mejor. Aprecio mas su caracter casi infantil. Es caprichosa
algunas veces, y necesita mucho dinero para su vida; pero ?que mujer
no es asi?... Creo que Elena tambien se alegrara de conocerte... iLe
he hablado tantas veces de mi amigo Robledo!...

* * * * *




#II#


La marquesa de Torrebianca encontro "altamente interesante" al amigo
de su esposo.

Habia regresado a su casa muy contenta. Sus preocupaciones de horas
antes por la falta de dinero parecian olvidadas, como si hubiese
encontrado el medio de amansar a su acreedor o de pagarle.

Durante el almuerzo, tuvo Robledo que hablar mucho para responder a
las preguntas de ella, satisfaciendo la vehemente curiosidad que
parecian inspirarle todos los episodios de su vida.

Al enterarse de que el ingeniero no era rico, hizo un gesto de duda.
Tenia por inverosimil que un habitante de America, lo mismo la del
Norte que la del Sur, no poseyese millones. Pensaba por instinto, como
la mayor parte de los europeos, siendole necesaria una lenta reflexion
para convencerse de que en el Nuevo Mundo pueden existir pobres como
en todas partes.

--Yo soy todavia pobre--continuo Robledo--; pero procurare terminar
mis dias como millonario, aunque solo sea para no desilusionar a las
gentes convencidas que todo el que va a America debe ganar
forzosamente una gran fortuna, dejandola en herencia a sus sobrinos de
Europa.

Esto le llevo a hablar de los trabajos que estaba realizando en la
Patagonia.

Se habia cansado de trabajar para los demas, y teniendo por socio a
cierto joven norteamericano, se ocupaba en la colonizacion de unos
cuantos miles de hectareas junto al rio Negro. En esta empresa habia
arriesgado sus ahorros, los de su companero, e importantes cantidades
prestadas por los Bancos de Buenos Aires; pero consideraba el negocio
seguro y extraordinariamente remunerador.

Su trabajo era transformar en campos de regadio las tierras yermas e
incultas adquiridas a bajo precio. El gobierno argentino estaba
realizando grandes obras en el rio Negro, para captar parte de sus
aguas. El habia intervenido como ingeniero en este trabajo dificil,
empezado anos antes. Luego presento su dimision para hacerse
colonizador, comprando tierras que iban a quedar en la zona de la
irrigacion futura.

--Es asunto de algunos anos, o tal vez de algunos meses--anadio--.
Todo consiste en que el rio se muestre amable, prestandose a que le
crucen el pecho con un dique, y no se permita una crecida
extraordinaria, una convulsion de las que son frecuentes alla y
destruyen en unas horas todo el trabajo de varios anos, obligando a
empezarlo otra vez. Mientras tanto, mi asociado y yo hacemos con gran
economia los canales secundarios y las demas arterias que han de
fecundar nuestras tierras esteriles; y el dia en que el dique este
terminado y las aguas lleguen a nuestras tierras...

Se detuvo Robledo, sonriendo con modestia.

--Entonces--continuo--sere un millonario a la americana ?Quien sabe
hasta donde puede llegar mi fortuna?... Una legua de tierra regada
vale millones... y yo tengo varias leguas.

La bella Elena le oia con gran interes; pero Robledo, sintiendose
inquieto por la expresion momentaneamente admirativa de sus ojos de
pupilas verdes con reflejos de oro, se apresuro a anadir:

--iEsta fortuna puede retrasarse tambien tantos anos!... Es posible
que solo llegue a mi cuando me vea proximo a la muerte, y sean los
hijos de una hermana que tengo en Espana los que gocen el producto de
lo mucho que he trabajado y rabiado alla.

Le hizo contar Elena como era su vida en el desierto patagonico,
inmensa llanura barrida en invierno por huracanes frios que levantan
columnas de polvo, y sin mas habitantes naturales que las bandas de
avestruces y el puma vagabundo, que, cuando siente hambre, osa atacar
al hombre solitario.

Al principio la poblacion humana habia estado representada por las
bandas de indios que vivaqueaban en las orillas de los rios y por
fugitivos de Chile o la Argentina, lanzados a traves de las tierras
salvajes para huir de los delitos que dejaban a sus espaldas. Ahora,
los antiguos fortines, guarnecidos por los destacamentos que el
gobierno habia hecho avanzar desde Buenos Aires para que tomasen
posesion del desierto, se convertian en pueblos, separados unos de
otros por centenares de kilometros.

Entre dos poblaciones de estas, considerablemente alejadas, era donde
vivia Robledo, transformando su campamento de trabajadores en un
pueblo que tal vez antes de medio siglo llegase a ser una ciudad de
cierta importancia. En America no eran raros prodigios de esta clase.

Le escuchaba Elena con deleite, lo mismo que cuando, en el teatro o en
el cinematografo, sentia despertada su curiosidad por una fabula
interesante.

--Eso es vivir--decia--. Eso es llevar una existencia digna de un
hombre.

Y sus ojos dorados se apartaban de Robledo para mirar con cierta
conmiseracion a su esposo, como si viese en el una imagen de todas las
flojedades de la vida muelle y extremadamente civilizada, que
aborrecia en aquellos momentos.

--Ademas, asi es como se gana una gran fortuna. Yo solo creo que son
hombres los que alcanzan victorias en las guerras o los capitanes del
dinero que conquistan millones... Aunque mujer, me gustaria vivir esa
existencia energica y abundante en peligros.

Robledo, para evitar a su amigo las recriminaciones de un entusiasmo
expresado por ella con cierta agresividad, hablo de las miserias que
se sufren lejos de las tierras civilizadas. Entonces la marquesa
parecio sentir menos admiracion por la vida de aventuras, confesando
al fin que preferia su existencia en Paris.

--Pero me hubiera gastado--anadio con voz melancolica--que el hombre
que fuese mi esposo viviera asi, conquistando una riqueza enorme.
Vendria a verme todos los anos, yo pensaria en el a todas horas, e
iria tambien alguna vez a compartir durante unos meses su vida
salvaje. En fin, seria una existencia mas interesante que la que
llevamos en Paris; y al final de ella, la riqueza, una verdadera
riqueza, inmensa, novelesca, como rara vez se ve en el viejo mundo.

Se detuvo un instante, para anadir con gravedad, mirando a Robledo:

--Usted parece que da poca importancia a la riqueza, y si la busca es
por satisfacer su deseo de accion, por dar empleo a sus energias. Pero
no sabe lo que es ni lo que representa. Un hombre de su temple tiene
pocas necesidades. Para conocer lo que vale el dinero y lo que puede
dar de si, se necesita vivir al lado de una mujer.

Volvio a mirar a Torrebianca, y termino diciendo:

--Por desgracia, los que llevan con ellos a una mujer carecen casi
siempre de esa fuerza que ayuda a realizar sus grandes empresas a los
hombres solitarios.

Despues de este almuerzo, durante el cual solo se hablo del poder del
dinero y de aventuras en el Nuevo Mundo, el colonizador frecuento la
casa, como si perteneciese a la familia de sus duenos.

--Le has sido muy simpatico a Elena--decia Torrebianca--. iPero muy
simpatico!

Y se mostraba satisfecho, como si esto equivaliese a un triunfo, no
ocultando el disgusto que le habria producido verse obligado a escoger
entre su esposa y su companero de juventud, en el caso de mutua
antipatia.

Por su parte, Robledo se mostraba indeciso y como desorientado al
pensar en Elena. Cuando estaba en su presencia, le era imposible
resistirse al poder de seduccion que parecia emanar de su persona.
Ella le trataba con la confianza del parentesco, como si fuese un
hermano de su marido. Queria ser su iniciadora y maestra en la vida de
Paris, dandole consejos para que no abusasen de su credulidad de
recien llegado. Le acompanaba para que conociese los lugares mas
elegantes, a la hora del te o por la noche, despues de la comida.

La expresion maligna y pueril a un mismo tiempo de sus ojos
imperturbables y el ceceo infantil con que pronunciaba a veces sus
palabras hacian gran efecto en el colonizador.

--Es una nina--se dijo muchas veces--; su marido no se equivoca. Tiene
todas las malicias de las munecas creadas por la vida moderna, y debe
resultar terriblemente cara... Pero debajo de eso, que no es mas que
una costra exterior, tal vez existe solamente una mentalidad algo
simple.

Cuando no la veia y estaba lejos de la influencia de sus ojos, se
mostraba menos optimista, sonriendo con una admiracion ironica de la
credulidad de su amigo. ?Quien era verdaderamente esta mujer, y donde
habia ido Torrebianca a encontrarla?...

Su historia la conocia unicamente por las palabras del esposo. Era
viuda de un alto funcionario de la corte de los Zares; pero la
personalidad del primer marido, con ser tan brillante, resultaba algo
indecisa. Unas veces habia sido, segun ella, Gran Mariscal de la
corte; otras, simple general, y el que verdaderamente podia ostentar
una historia de heroicos antepasados era su propio padre.

Al repetir Torrebianca las afirmaciones de esta mujer, que le
inspiraba amor y orgullo al mismo tiempo, hacia memoria de un
sinnumero de personajes de la corte rusa o de grandes damas amantes de
los emperadores, todos parientes de Elena; pero el no los habia visto
nunca, por estar muertos desde muchos anos antes o vivir en sus
lejanas tierras, enormes como Estados.

Las palabras de ella tambien alarmaban a Robledo. Nunca habia estado
en America, y sin embargo, una tarde, en un te del Ritz, le hablo de
su paso por San Francisco de California, cuando era nina. Otras veces
dejaba rodar aturdidamente en el curso de su conversacion nombres de
ciudades remotas o de personajes de fama universal, como si los
conociese mucho. Nunca pudo saber con certeza cuantos idiomas poseia.

--Los hablo todos--contesto Elena en espanol un dia que Robledo le
hizo esta pregunta.

Contaba anecdotas algo atrevidas, como si las hubiese escuchado a
otras personas; pero lo hacia de tal modo, que el colonizador llego
algunas veces a sospechar si seria ella la verdadera protagonista.

"?Donde no ha estado esta mujer?...--pensaba--. Parece haber vivido
mil existencias en pocos anos. Es imposible que todo eso haya podido
ocurrir en los tiempos de su marido, el personaje ruso."

Si intentaba explorar a su amigo para adquirir noticias, la fe de este
en el pasado de su mujer era como una muralla de credulidad, dura e
inconmovible, que cortaba el avance de toda averiguacion. Pero llego a
adquirir la certeza de que su amigo solo conocia la historia de Elena
a partir del momento que la encontro por primera vez en Londres. Toda
su existencia anterior la sabia por lo que ella habia querido
contarle.

Penso que Federico, al contraer matrimonio, habria tenido
indudablemente conocimiento del origen de su esposa por los documentos
que exige la preparacion de la ceremonia nupcial. Luego se vio
obligado a desechar esta hipotesis. El casamiento habia sido en
Londres, uno de esos matrimonios rapidos como se ven en las cintas
cinematograficas, y para el cual solo son necesarios un sacerdote que
lea el libro santo, dos testigos y algunos papeles examinados a la
ligera.

Acabo el espanol por arrepentirse de tantas dudas. Federico se
mostraba contento y hasta orgulloso de su matrimonio, y el no tenia
derecho a intervenir en la vida domestica de los otros. Ademas, sus
sospechas bien podian ser el resultado de su falta de
adaptacion--natural en un salvaje--al verse en plena vida de Paris.

Elena era una dama del gran mundo, una mujer elegante de las que el no
habia tratado nunca. Solo al matrimonio de su amigo debia esta amistad
extraordinaria, que forzosamente habia de chocar con sus costumbres
anteriores. A veces hasta encontraba logico lo que momentos antes le
habia producido inmensa extraneza. Era su ignorancia, su falta de
educacion, la que le hacia incurrir en tantas sospechas y malos
pensamientos. Luego le bastaba ver la sonrisa de Elena y la caricia de
sus pupilas verdes y doradas para mostrar una confianza y una
admiracion iguales a las de Federico.

Vivia en un hotel antiguo, cerca del bulevar de los Italianos, por
haberlo admirado en otros tiempos como un lugar de paradisiacas
delicias, cuando era estudiante de escasos recursos y estaba de paso
en Paris; pero las mas de sus comidas las hacia con Torrebianca y su
mujer. Unas veces eran estos los que le invitaban a su mesa; otras los
invitaba el a los restoranes mas celebres.

Ademas, Elena le hizo asistir a algunos tes en su casa, presentandolo
a sus amigas. Mostraba un placer infantil en contrariar los gustos del
"oso patagonico", como ella apodaba a Robledo, a pesar de las
protestas de este, que nunca habia visto osos en la Argentina austral.
Como el abominaba de tales reuniones, Elena se valia de diversas
astucias para que asistiese a ellas.

Tambien fue conociendo a los amigos mas importantes de la casa en las
comidas de ceremonia dadas por los Torrebianca. La marquesa no
presentaba al espanol como un ingeniero que aun estaba en la parte
preliminar de sus empresas, la mas dificil y aventurada, sino como un
triunfador venido de una America maravillosa con muchisimos millones.

Decia esto a sus espaldas, y el no podia explicarse el respeto con que
le trataban los otros invitados y la simpatica atencion con que le
oian apenas pronunciaba algunas palabras.

Asi conocio a varios diputados y periodistas, amigos del banquero
Fontenoy, que eran los convidados mas importantes. Tambien conocio al
banquero, hombre de mediana edad, completamente afeitado y con la
cabeza canosa, que imitaba el aspecto y los gestos de los hombres de
negocios norteamericanos.

Robledo, contemplandole, se acordaba de el mismo cuando vivia en
Buenos Aires y habia de pagar al dia siguiente una letra, no teniendo
reunida aun la cantidad necesaria. Fontenoy ofrecia la imagen que se
forma el vulgo de un hombre de dinero, director de importantes
negocios en diversos lugares de la tierra. Todo en su persona parecia
respirar seguridad y conviccion de la propia fuerza. Pero a veces,
como si olvidase el presente inmediato, fruncia el ceno, quedando
pensativo y completamente ajeno a cuanto le rodeaba.

--Piensa alguna nueva combinacion maravillosa--decia Torrebianca a su
amigo--. Es admirable la cabeza de este hombre.

Pero Robledo, sin saber por que, se acordaba otra vez de sus
inquietudes y las de tantos otros alla en Buenos Aires, cuando habian
tomado dinero en los Bancos a noventa dias vista y era preciso
devolverlo a la manana siguiente.

Una noche, al salir de casa de los Torrebianca, quiso Robledo marchar
a pie por la avenida Henri Martin hasta el Trocadero, donde tomaria el
_Metro_. Iba con el uno de los invitados a la comida, personaje
equivoco que habia ocupado el ultimo asiento en la mesa, y parecia
satisfecho de marchar junto a un millonario sudamericano.

Era un protegido de Fontenoy y publicaba un periodico de negocios
inspirado por el banquero. Su acidez de parasito necesitaba
expansionarse, criticando a todos sus protectores apenas se alejaba de
ellos. A los pocos pasos sintio la necesidad de pagar la comida
reciente hablando mal de los duenos de la casa. Sabia que Robledo era
companero de estudios del marques.

--Y a su esposa, ?la conoce usted tambien hace mucho tiempo?...

El maligno personaje sonrio al enterarse de que Robledo la habia visto
por primera vez unas semanas antes.

--?Rusa?... ?Cree usted verdaderamente que es rusa?... Eso lo cuenta
ella, asi como las otras fabulas de su primer marido, Gran Mariscal de
la corte, y de toda su noble parentela. Son muchos los que creen que
no ha habido jamas tal marido. Yo no me atrevo a decir si es verdad o
mentira; pero puedo afirmar que en casa de esta gran dama rusa nunca
he visto a ningun personaje de dicho pais.

Hizo una pausa como para tomar fuerzas, y anadio con energia:

--A mi me han dicho gentes de alla, indudablemente bien enteradas, que
no es rusa. Eso nadie lo cree. Unos la tienen por rumana y hasta
afirman haberla visto de joven en Bucarest; otros aseguran que nacio
en Italia, de padres polacos. iVaya usted a saber!... iSi tuviesemos
que averiguar el nacimiento y la historia de todas las personas que
conocemos en Paris y nos invitan a comer!...

Miro de soslayo a Robledo para apreciar su grado de curiosidad y la
confianza que podia tener en su discrecion.

--El marques es una excelente persona. Usted debe conocerlo bien.
Fontenoy hace justicia a sus meritos y le ha dado un empleo importante
para...

Presintio Robledo que iba a oir algo que le seria imposible aceptar en
silencio, y como en aquel instante pasaba vacio un automovil de
alquiler, se apresuro a llamar a su conductor. Luego pretexto una
ocupacion urgente, recordada de pronto, para despedirse del maligno
parasito.

Siempre que hablaba a solas con Torrebianca, este hacia desviar la
conversacion hacia el asunto principal de sus preocupaciones: el mucho
dinero que se necesita para sostener un buen rango social.

--Tu no sabes lo que cuesta una mujer: los vestidos, las joyas;
ademas, el invierno en la Costa Azul, el verano en las playas
celebres, el otono en los balnearios de moda...

Robledo acogia tales lamentaciones con una conmiseracion ironica que
acababa por irritar a su amigo.

--Como tu no conoces lo que es el amor--dijo Torrebianca una tarde--,
puedes prescindir de la mujer y permitirte esa serenidad burlona.

El espanol palidecio, perdiendo inmediatamente su sonrisa. "?El no
habia conocido el amor?" Resucitaron en su memoria, despues de esto,
los recuerdos de una juventud que Torrebianca solo habia entrevisto de
un modo confuso. Una novia le habia abandonado tal vez, alla en su
pais, para casarse con otro. Luego el italiano creyo recordar mejor.
La novia habia muerto y Robledo juraba, como en las novelas, no
casarse... Este hombre corpulento, gastronomo y burlon llevaba en su
interior una tragedia amorosa.

Pero como si Robledo tuviera empeno en evitar que le tomasen por un
personaje romantico, se apresuro a decir escepticamente:

--Yo busco a la mujer cuando me hace falta, y luego continuo solo mi
camino. ?Para que complicar mi existencia con una compania que no
necesito?...

Una noche, al salir los tres de un teatro, Elena mostro deseos de
conocer cierto restoran de Montmartre abierto recientemente. Para sus
amigos era un lugar magico, a causa de su decoracion persa--estilo
_Mil y una noches_ vistas desde Montmartre--y de su iluminacion de
tubos de mercurio, que daba un tono verdoso a los salones, lo mismo
que si estuviesen en el fondo del mar, y una lividez de ahogados a sus
parroquianos.

Dos orquestas se reemplazaban incesantemente en la tarea de poblar el
aire de disparates ritmicos. Los violines colaboraban con desafinados
instrumentos de metal, uniendose a esta cencerrada bailable un
_claxon_ de automovil y varios artefactos musicales de reciente
invencion, que imitaban dos tablones que chocan, un fardo arrastrado
por el suelo, una piedra sillar que cae...

En un gran ovalo abierto entre las mesas se renovaban incesantemente
las parejas de danzarines. Los vestidos y sombreros de las
mujeres--espumas de diversos colores en las que flotaban briznas de
plata y oro--, asi como las masas blancas y negras del indumento
masculino, se esparcian en torno a las manchas cuadradas de los
manteles.

Con la musica estridente de las orquestas venia a juntarse un
estrepito de feria. Los que no estaban ocupados en bailar lanzaban por
el aire serpentinas y bolas de algodon, o insistian con un deleite
infantil en hacer sonar pequenas gaitas y otros instrumentos pueriles.
Flotaban en el aire cargado de humo esferas de caucho de distintos
colores que los concurrentes habian dejado escapar de sus manos. Los
mas, mientras comian y bebian, llevaban tocadas sus cabezas con gorros
de bebe, crestas de pajaro o pelucas de payaso.

Habia en el ambiente una alegria forzada y estupida, un deseo de
retroceder a los balbuceos de la infancia, para dar de este modo nuevo
incentivo a los pecados monotonos de la madurez. El aspecto del
restoran parecio entusiasmar a Elena.

--iOh, Paris! iNo hay mas que un Paris! ?Que dice usted de esto,
Robledo?

Pero como Robledo era un salvaje, sonrio con una indiferencia
verdaderamente insolente. Comieron sin tener apetito y bebieron el
contenido de una botella de champana sumergida en un cubo plateado,
que parecia repetirse en todas las mesas, como si fuese el idolo de
aquel lugar, en cuyo honor se celebraba la fiesta. Antes de que se
vaciase la botella, otra ocupaba instantaneamente su sitio, cual si
acabase de crecer del fondo del cubo.

La marquesa, que miraba a todos lados con cierta impaciencia, sonrio
de pronto haciendo senas a un senor que acababa de entrar.

Era Fontenoy, y vino a sentarse a la mesa de ellos, fingiendo sorpresa
por el encuentro.

Robledo se acordo de haber oido hablar a Elena repetidas veces del
banquero mientras estaban en el teatro, y esto le hizo presumir si se
habrian visto aquella misma tarde. Hasta se le ocurrio la sospecha de
que este encuentro en Montmartre estaba convenido por los dos.

Mientras tanto, Fontenoy decia a Torrebianca, rehuyendo la mirada de
la mujer de este:

--iUna verdadera casualidad!... Salgo de una comida con hombres de
negocios; necesitaba distraerme; vengo aqui, como podia haber ido a
otro sitio, y los encuentro a ustedes.

Por un momento creyo Robledo que los ojos pueden sonreir al ver la
expresion de jovial malicia que pasaba por las pupilas de Elena.

Cuando la botella de champana hubo resucitado en el cubo por tercera
vez, la marquesa, que parecia envidiar a los que daban vueltas en el
centro del salon, dijo con su voz quejumbrosa de nina:

--iQuiero bailar, y nadie me saca!...

Su marido se levanto, como si obedeciese una orden, y los dos se
alejaron girando entre las otras parejas.

Al volver a su asiento, ella protesto con una indignacion comica:

--iVenir a Montmartre para bailar con el marido!...

Puso sus ojos acariciadores en Fontenoy, y anadio;

--No pienso pedirle que me invite. Usted no sabe bailar ni quiere
descender a estas cosas frivolas... Ademas, tal vez teme que sus
accionistas le retiren su confianza al verle en estos lugares.

Luego se volvio hacia Robledo:

--?Y usted, baila?...

El ingeniero fingio que se escandalizaba. ?Donde podia haber aprendido
los bailes inventados en los ultimos anos? El solo conocia la _cueca_
chilena, que danzaban sus peones los dias de paga, o el _pericon_ y el
_gato_, bailados por algunos gauchos viejos acompanandose con el
retintin de sus espuelas.

--Tendre que aburrirme sin poder bailar... y eso que voy con tres
hombres. iQue suerte la mia!

Pero alguien intervino como si hubiese escuchado sus quejas.
Torrebianca hizo un gesto de contrariedad. Era un joven danzarin, al
que habia visto muchas veces en los restoranes nocturnos. Le inspiraba
una franca antipatia, por el hecho de que su mujer hablaba de el con
cierta admiracion, lo mismo que todas sus amigas.

Gozaba los honores de la celebridad. Alguien, para marear ironicamente
la altura de su gloria, lo habia apodado "el aguila del tango".
Robledo adivino que era un sudamericano por la soltura graciosa de sus
movimientos y su atildada exageracion en el vestir. Las mujeres
admiraban la pequenez de sus pies montados en altos tacones y el
brillo de la abultada masa de sus cabellos, echada atras y tan unida
como un bloque de laca.

Esta "aguila" bailarina, que se hacia mantener por sus parejas, segun
murmuraban los envidiosos de su gloria, se vio aceptada por la mujer
de Torrebianca, y los dos empezaron a danzar. El cansancio obligo a
Elena repetidas veces a volver a la mesa; pero al poco rato ya estaba
llamando con sus ojos al bailarin, que acudia oportunamente.

Torrebianca no oculto su disgusto al verla con este mozo antipatico.
Fontenoy permanecia impasible o sonreia distraidamente durante los
breves momentos que Elena empleaba en descansar.

Volvio a acordarse Robledo de la expresion de lejania que habia
observado en todos los que tienen un pagare de vencimiento proximo.
Pero este recuerdo paso rapidamente por su memoria.

Miro con mas atencion al banquero, y se dio cuenta de que ya no
pensaba en cosas invisibles. La insistencia de Elena en bailar con el
mismo jovenzuelo habia acabado por imprimir en su rostro un gesto de
descontento igual al que mostraba Torrebianca.

Siempre que pasaba ella en brazos de su danzarin, sonreia a Fontenoy
con cierta malicia, como si gozase viendo su cara de disgusto.

El espanol miro a un lado de la mesa, luego miro al lado opuesto, y
penso:

"Cualquiera diria que estoy entre dos maridos celosos."

* * * * *




#III#


En uno de los tes de la marquesa de Torrebianca conocio Robledo a la
condesa Titonius, dama rusa, casada con un noble escandinavo, el cual
parecia absorbido por su conyuge, hasta el punto de que nadie reparase
en su persona.

Era una mujer entre los cuarenta anos y los cincuenta, que todavia
guardaba vestigios algo borrosos de una belleza ya remota. Su obesidad
desbordante, blanca y flacida tenia por remate una cabecita de muneca
sentimental; y como gustaba de escribir versos amorosos, apresurandose
a recitarlos en el curso de las conversaciones, sus enemigas la habian
apodado "Cien kilos de poesia".

Se presentaba en plena tarde audazmente escotada, para lucir con
orgullo sus albas y gelatinosas superfluidades. Usaba joyas
gigantescas y barbaras, en armonia con una peluca rubia a la que iba
anadiendo todos los meses nuevos rizos.

Entre estas alhajas escandalosamente falsas, la unica que merecia
cierto respeto era un collar de perlas, que, al sentarse su duena,
venia a descansar sobre el globo de su vientre. Estas perlas
irregulares, angulosas y con raices se parecian a los dientes de
animal que emplean algunos pueblos salvajes para fabricarse adornos.
Los maldicientes aseguraban que eran recuerdos de amantes de su
juventud, a los que la condesa habia arrancado las muelas, no
quedandole otra cosa que sacar de ellos. Su sentimentalismo y la
libertad con que hablaba del amor justificaban tales murmuraciones.

Al saber por su amiga Elena que Robledo era un millonario de America,
lo miro con apasionado interes. Hablaron, con una taza de te en la
mano, o mas bien dicho, fue ella la que hablo, mientras el ingeniero
buscaba mentalmente un pretexto para escapar.

--Usted que ha viajado tanto y es un heroe, ilustreme con su
experiencia... ?Que opina usted del amor?

Pero la poetisa, a pesar de sus ojeadas tiernas y miopes, vio que
Robledo huia murmurando excusas, como si le asustase una conversacion
iniciada con tal pregunta.

Elena le rogo semanas despues que asistiese a una fiesta dada por la
condesa.

--Son reuniones muy originales. La duena de la casa invita a una
bohemia inquietante para que aplauda sus versos, y la mezcla con
gentes distinguidas que conocio en los salones. Algunos extranjeros
van de buena fe, creyendo encontrar autores celebres, y solo conocen
fracasados viejos y acidos. Tambien protege a ciertos jovenes que se
presentan con solemnidad, convencidos de una gloria que solo existe
entre sus camaradas o en las paginas de alguna revistilla que nadie
lee... Debe usted ver eso. Dificilmente encontrara en Paris una casa
semejante. Ademas, he prometido a la pobre condesa que asistira usted
a su fiesta, y me enfadare si no me obedece.

Por no disgustarla, se dirigio Robledo a las diez de la noche a la
avenida Kleber, donde vivia la condesa, despues de haber comido con
varios compatriotas en un restoran de los bulevares.

Dos servidores alquilados para la fiesta se ocupaban en recoger los
abrigos de los invitados. Apenas entro el ingeniero en el
recibimiento, se dio cuenta de la mezcolanza social descrita por
Elena. Llegaban parejas de aspecto distinguido, acostumbradas a la
vida de los salones, vestidas con elegancia, y revueltas con ellas vio
pasar a varios jovenes de abundosa cabellera, que llevaban frac lo
mismo que los otros invitados, pero se despojaban de paletos raidos o
con los forros rotos. Sorprendio la mirada ironica de los dos
servidores al colgar algunos de estos gabanes, asi como ciertos
abrigos de pieles con grandes calvas, pertenecientes a senoras que
ostentaban extravagantes tocados.

Un viejo con melenas de un blanco sucio y gran chambergo, que tenia
aspecto de poeta tal como se lo imagina el vulgo, se despojo de un
gabancito veraniego y dos bufandas de lana arrolladas a su cuerpo para
suplir la falta de abrigo. Retiro la pipa de su boca, golpeando con
ella la suela de uno de sus zapatos, y la metio luego en un bolsillo
del gaban, recomendando a los criados que lo guardasen cuidadosamente,
como si fuese prenda de gran valor.

El abrigo de pieles que llevaba Robledo atrajo el respeto de los dos
servidores. Uno de ellos le ayudo a despojarse de el, conservandolo
sobre sus brazos.

--Puede usted admirarlo; le doy permiso--dijo el ingeniero--. Lo
compre hace pocos dias. Una rica pieza, ?eh?...

Pero el criado, sin hacer caso de su tono burlon, contesto:

--Lo pondre aparte. Temo que a la salida se equivoque alguno y se lo
lleve, dejando el suyo al senor.

Y guino un ojo, senalando al mismo tiempo los gabanes de aspecto
lamentable amontonados en la antesala.

La noble poetisa mostro un entusiasmo ruidoso al verle en sus salones.
Apartando a los otros invitados, salio a su encuentro y le estrecho
ambas manos a la vez. Luego, apoyada en su brazo, lo fue llevando
entre los grupos para hacer la presentacion. Le acariciaba con los
ojos, como si fuese el principal atractivo de su fiesta; parecia
sentir orgullo al mostrarlo a sus amigas. Con razon el dia anterior le
habia dicho, burlandose, Elena: "iMucho ojo, Robledo! La condesa esta
locamente enamorada de usted, y la creo capaz de raptarle."

Expresaba la poetisa su entusiasmo con una avalancha de palabras al
hacer la presentacion del ingeniero.

--Un heroe; un superhombre del desierto, que alla en las pampas de la
Argentina ha matado leones, tigres y elefantes.

Robledo puso cara de espanto al oir tales disparates, pero la condesa
no estaba para reparar en escrupulos geograficos.

--Cuando me haya contado todas sus hazanas--continuo--, escribire un
poema epico, de caracter moderno, relatando en verso las aventuras de
su vida. A mi, los hombres solo me interesan cuando son heroes...

Y otra vez Robledo puso cara de asombro.

Como la condesa no veia ya cerca de ella mas invitados a quienes
presentar su heroe, lo condujo a un gabinete completamente solitario,
sin duda a causa de los olores que a traves de un cortinaje llegaban
de la cocina, demasiado proxima.

Ocupo un sillon amplio como un trono, e invito a sentarse a Robledo.
Pero cuando este buscaba una silla, la Titonius le indico un taburete
junto a sus pies.

--Asi lograremos que sea mayor nuestra intimidad. Parecera usted un
paje antiguo prosternado ante su dama.

No podia ocultar Robledo el asombro que le causaban estas palabras,
pero acabo por colocarse tal como ella queria, aunque el asiento le
resultase molesto, a causa de su corpulencia.

Copiaba la Titonius los gestos pueriles y el habla ceceante de su
amiga; pero estas imitaciones infantiles resultaban en ella
extremadamente grotescas.

--Ahora que estamos solos--dijo--, espero que hablara usted con mas
libertad, y vuelvo a hacerle la misma pregunta del otro dia: ?Que
opina usted del amor?

Quedo sorprendido Robledo, y al final balbuceo:

--iOh, el amor!... Es una enfermedad... eso es: una enfermedad de la
que vienen ocupandose las gentes hace miles de anos, sin saber en que
consiste.

La condesa se habia aproximado mucho a el, a causa de su miopia,
prescindiendo del auxilio de unos impertinentes de concha que guardaba
en su diestra. Inclinandose sobre el emballenado hemisferio de su
vientre, casi juntaba su cara con la del hombre sentado a sus pies.

--?Y cree usted--prosiguio--que un alma superior y mal comprendida,
como la mia, podra encontrar alguna vez el alma hermana que le
complete?...

Robledo, que habia recobrado su tranquilidad, dijo gravemente:

--Estoy seguro de ello... Pero todavia es usted joven y tiene tiempo
para esperar.

Tal fue su arrobamiento al oir esta respuesta, que acabo por acariciar
el rostro de su acompanante con los lentes que tenia en una mano.

--iOh, la galanteria espanola!... Pero separemonos; guardemos nuestro
secreto ante un mundo que no puede comprendernos. Leo en sus ojos el
deseo ardiente... icontengase ahora! Yo procurare que nuestras almas
vuelvan a encontrarse con mas intimidad. En este momento es
imposible... Los deberes sociales... las obligaciones de una duena de
casa...

Y despues de levantarse del sillon-trono con toda la pesadez de su
volumen, se alejo imitando la ligereza de una nina, no sin enviar
antes a Robledo un beso mudo con la punta de sus lentes.

Desconcertado por esta agresividad pasional, y ofendido al mismo
tiempo porque creia verse en una situacion grotesca, el ingeniero
abandono igualmente el solitario gabinete.

Al volver a los salones iba tan ofuscado, que casi derribo a un senor
de reducida estatura, y este, a pesar del golpe recibido, hizo una
reverencia murmurando excusas. Le vio despues yendo de un lado a otro,
timido y humilde, vigilando a los servidores con unos ojos que
parecian pedirles perdon, y cuidandose de volver a su sitio los
muebles puestos en desorden por los invitados. Apenas le hablaba
alguien, se apresuraba a contestar con grandes muestras de respeto,
huyendo inmediatamente.

La Titonius tenia en torno a ella un circulo de hombres, que eran en
su mayor parte los jovenes de aspecto "artista" vistos por Robledo en
la antesala. Muchas senoras se burlaban francamente de la condesa,
partiendo de sus grupos ironicas miradas hacia su persona. El viejo
que habia dejado sus bufandas y su pipa en el guardarropa dio varias
palmadas, siseo para imponer silencio, y dijo luego con solemnidad:

--La asistencia reclama que nuestra bella musa recite algunos de sus
versos incomparables.

Muchos aplaudieron, apoyando esta peticion con gritos de entusiasmo.
Pero la masa se mostro displicente y empezo a moverse en su asiento
haciendo signos negativos. Al mismo tiempo dijo con voz debil, como si
acabase de sentir una repentina enfermedad:

--No puedo, amigos mios... Esta noche me es imposible... Otro dia, tal
vez...

Volvio a insistir el grupo de admiradores, y la condesa repitio sus
protestas con un desaliento cada vez mas doloroso, como si fuese a
morir.

Al fin, los invitados la dejaron en paz, para ocuparse en cosas mas de
su gusto. Los grupos volvieron sus espaldas a la poetisa, olvidandola.
Un musico joven, afeitado y con largas guedejas, que pretendia imitar
la fealdad "genial" de algunos compositores celebres, se sento al
piano e hizo correr sus dedos sobre las teclas. Dos muchachas
acudieron con aire suplicante, poniendo sus manos sobre las del
pianista. Oirian despues con mucho gusto sus obras sublimes; pero por
el momento debia mostrarse bondadoso y al nivel del vulgo, tocando
algo para bailar. Se contentaban con un vals, si es que sus
convicciones artisticas le impedian descender hasta las danzas
americanas.

Varias parejas empezaron a girar en el centro del salon, y cuando iba
aumentando su numero y no quedaba quien se acordase de la condesa,
esta miro a un lado y a otro con asombro y se puso en pie:

--Ya que me piden versos con tanta insistencia, accedere al deseo
general. Voy a decir un pequeno poema.

Tales palabras esparcieron la consternacion. El pianista, por no
haberlas oido, continuo tocando; pero tuvo que detenerse, pues el
senor humilde y anonimo que iba de un lado a otro como un domestico se
acerco a el, tomandole las manos. Al cesar la musica, las parejas
quedaron inmoviles; y, finalmente, con una expresion aburrida,
volvieron a sus asientos. La condesa empezo a recitar. Algunos
invitados la oian con tina atencion dolorosa o una inmovilidad
estupida, pensando indudablemente en cosas remotas. Otros parpadeaban,
haciendo esfuerzos para repeler el sueno que corria hacia ellos
montado en el sonsonete de las rimas.

Dos senoras ya entradas en anos y de aspecto maligno fingian gran
interes por conocer los versos, y hasta se llevaban de vez en cuando
una mano a la oreja para oir mejor. Pero al mismo tiempo las dos
seguian conversando detras de sus abanicos. En ciertos momentos
dejaban estos sobre sus rodillas para aplaudir y gritar: "iBravo!";
pero volvian a recobrarlos y los desplegaban, riendo de la duena de la
casa bajo el amparo de su tela.

Robledo estaba detras de ellas, apoyado en el quicio de una puerta y
medio oculto por el cortinaje. Como la condesa declamaba con
vehemencia, las dos senoras se veian obligadas a elevar un poco el
tono de su voz, y el ingeniero, que era de oido sutil, pudo enterarse
de lo que decian.

--Seria preferible--murmuraba una de ellas--que en vez de regalarnos
con versos, preparase un _buffet_ mejor para sus invitados.

La otra protesto. En casa de la Titonius, la mesa era mas peligrosa
cuanto mas abundante. Se necesitaba un valor heroico para aceptar la
invitacion a sus comidas, que ella misma preparaba.

--A los postres hay que pedir por telefono un medico, y alguna vez
sera preciso avisar a la Agencia de pompas funebres.

Entre risas sofocadas, recordaban la historia de la duena de la casa.
Habia sido rica en otros tiempos; unos decian que por sus padres;
otros, que por sus amantes.

Para llegar a condesa se habia casado con el conde Titonius, personaje
arruinado e insignificante, que considero preferible esta humillacion
a pegarse un tiro. Ocupaba en la casa una situacion inferior a la de
los domesticos. Cuando la condesa tenia excitados los nervios por la
infidelidad de alguno de sus jovenes admiradores arrojaba escaleras
abajo las camisas y calzoncillos del conde, ordenandole como una reina
ofendida que desapareciese para siempre. Pero pasada una semana, al
organizar la poetisa una nueva fiesta, reaparecia el desterrado,
siempre humilde y melancolico, encogiendose como si temiese ocupar
demasiado espacio en los salones de su mujer.

--Yo no se--continuo una de las murmuradoras--para que da estas
fiestas estando arruinada. Fijese en la mesa que nos ofrecera luego.
Los grandes pasteles y las frutas ricas que adornan el centro son
alquiladas por una noche, lo mismo que sus domesticos. Todos lo saben,
y nadie se atreve a tocar esas cosas apetecibles por miedo a su
enfado. La gente se limita al te y las galletas, fingiendose
desganada.

Cesaron en sus murmuraciones para aplaudir a la poetisa, y esta,
enardecida por el exito, empezo a declamar nuevos versos.

Como a Robledo no le interesaba la maligna conversacion de las dos
senoras, y menos aun el talento poetico de la duena de la casa,
aprovecho un momento en que esta le volvia la espalda para saludar a
sus admiradores, y paso al gabinete donde habia estado antes.

El mismo senor humilde y obsequioso con el que se habia tropezado
repetidas veces estaba ahora medio tendido en un divan y fumando, como
un trabajador que al fin puede descansar unos minutos. Se entretenia
en seguir con los ojos las espirales del humo de su cigarrillo; pero
al ver que un invitado acababa de sentarse cerca de el, creyo
necesario sonreirle, preguntando a continuacion:

--?Se aburre usted mucho?...

El espanol le miro fijamente antes de responder:

--?Y usted?...

Contesto con un movimiento de cabeza afirmativo, y Robledo hizo un
gesto de invitacion que pretendia decirle: "?Quiere usted que nos
vayamos?..." Pero los ojos melancolicos del desconocido parecieron
contestar: "Si yo pudiese marcharme... ique felicidad!"

--?Es usted de la casa?--pregunto al fin Robledo.

Y el otro, abriendo los brazos con una expresion de desaliento, dijo:

--Soy su dueno; soy el marido de la condesa Titonius.

Despues de tal revelacion, creyo oportuno Robledo abandonar su
asiento, guardandose el cigarro que iba a encender.

Al volver a los salones vio que todos aplaudian ruidosamente a la
poetisa, convencidos de que por el momento habia renunciado a decir
mas versos. Estrechaba efusivamente las manos tendidas hacia ella, y
luego se limpiaba el sudor de su frente, diciendo con voz languida:

--Voy a morir. La emocion... la fiebre del arte... Me han matado
ustedes al obligarme con sus ruegos insistentes a recitar mis versos.

Miro a un lado y a otro como si buscase a Robledo, y al descubrirle,
fue hacia el.

--Deme su brazo, heroe, y pasemos al _buffet_.

La mayor parte del publico no pudo ocultar su regocijo al ver que se
abria la puerta de la habitacion donde estaba instalada la mesa.
Muchos corrieron, atropellando a los demas, para entrar los primeros.
La Titonius, apoyada en un brazo del ingeniero, le miraba de muy
cerca con ojos de pasion.

--?Se ha fijado en mi poema _La aurora sonrosada del amor_!...
?Adivina usted en quien pensaba yo al recitar estos versos?

El volvio el rostro para evitar sus miradas ardientes, y al mismo
tiempo porque temia dar libre curso a la risa que le cosquilleaba el
pecho.

--No he adivinado nada, condesa. Los que vivimos alla en el desierto,
inos criamos tan brutos!

Agolparonse los invitados en torno a la mesa, admirando los grandes
platos que ocupaban su centro, como algo imposible de conquistar. Eran
magnificos pasteles y piramides de frutas enormes, que se destacaban
majestuosos sobre otras cosas de menos importancia.

Los dos criados que estaban antes en el recibimiento y un _maitre
d'hotel_ con cadena de plata y patillas de diplomatico viejo parecian
defender el tesoro del centro de la mesa, dignandose entregar
unicamente lo que estaba en los bordes de ella. Servian tazas de te,
de chocolate, o copas de licor; y en cuanto a comestibles, solo
avanzaban los platos de emparedados y galletas.

El viejo de las bufandas, al que llamaba la condesa _cher maitre_, se
canso sin exito dirigiendo peticiones a un criado que no queria
entenderle. Avanzaba un plato vacio para obtener un pedazo de pastel o
una de las frutas, senalando ansiosamente el objeto de sus deseos.
Pero el domestico le miraba con asombro, como si le propusiese algo
indecente, acabando por volver la espalda, luego de depositar en su
plato una galleta o un emparedado.

Robledo quedo junto a la mesa, cerca de aquellas materias preciosas y
alquiladas defendidas por la servidumbre. La condesa abandono su brazo
para contestar a los que la felicitaban. Satisfecho de que la poetisa
le dejase en paz por unos instantes, fue examinando la mesa, con un
plato y un cuchillito en las manos. Como el _maitre d'hotel_ y sus
acolitos estaban ocupados en atender al publico, pudo avanzar entre
aquella y la pared, y corto tranquilamente un pedazo del pastel mas
majestuoso. Aun tuvo tiempo para tomar igualmente una de las frutas
vistosas, partiendola y mondandola. Pero cuando iba a comerla, la
duena de la casa, libre momentaneamente de sus admiradores, pudo
volver hacia el su rostro amoroso, y lo primero que vio fue el enorme
pastel empezado y la fruta despedazada sobre el platillo que el heroe
tenia en una mano.

Su fisonomia fue reflejando las distintas fases de una gran revolucion
interior. Primeramente mostro asombro, como si presenciase un hecho
inaudito que trastornaba todas las reglas consagradas; luego,
indignacion; y, finalmente, rencor. Al dia siguiente tendria que pagar
este destrozo estupido... iY ella que se imaginaba haber encontrado un
alma de heroe, digna de la suya!...

Abandono a Robledo, y fue al encuentro del pianista, que rondaba la
mesa, pasando de un criado a otro para repetir sus peticiones de
emparedados y de copas.

--Deme su brazo... Beethoven.

Al deslizarse entre dos grupos, dijo, mostrando al musico:

--Voy a escribir cualquier dia un libreto de opera para el, y entonces
la gente se vera obligada a hablar menos de Wagner.

Se lo llevo al gran salon, que estaba ahora desierto, y le hizo
sentarse al piano, empezando a recitar a toda voz, con acompanamiento
de arpegios. Pero las gentes no podian despegarse de la atraccion de
la mesa, y permanecieron sordas a los versos de la duena de la casa,
aunque fuesen ahora servidos con musica.

Los invitados de mas distincion formaban grupo aparte en la plaza
donde estaba instalado el _buffet_, manteniendose lejos de las otras
gentes reclutadas por la noble poetisa. Robledo vio en este grupo a
los marqueses de Torrebianca, que acababan de llegar con gran retraso,
por haber estado en otra fiesta. Elena hablaba con aire distraido,
pronunciando palabras faltas de ilacion, como si su pensamiento
estuviese lejos de alli. Adivinando el ingeniero que la molestaba con
su charla, fue en busca de Federico, pero este tampoco se fijo en su
persona, por hallarse muy interesado en describir a un senor los
importantes negocios que su amigo Fontenoy iba realizando en diversos
lugares de la tierra.

Aburrido, y no dandose cuenta aun de la causa del abandono en que le
dejaba la duena de la casa, se instalo en un sillon, e inmediatamente
oyo que hablaban a sus espaldas. No eran las dos senoras de poco
antes. Un hombre y una mujer sentados en un divan murmuraban lo mismo
que la otra pareja maldiciente, como si todos en aquella fiesta no
pudieran hacer otra cosa apenas formaban grupo aparte.

La mujer nombro a la esposa de Torrebianca, diciendo luego a su
acompanante:

--Fijese en sus joyas magnificas. Bien se conoce que a ella y al
marido les ha costado poco trabajo el adquirirlas. Todos saben que las
pago un banquero.

El hombre se creia mejor enterado.

--A mi me han dicho que esas joyas son falsas, tan falsas como las de
nuestra poetica condesa. Los Torrebianca se han quedado con el dinero
que dio Fontenoy para las verdaderas; o han vendido las verdaderas,
sustituyendolas con falsificaciones.

La mujer acogio con un suspiro el nombre de Fontenoy.

--Ese hombre esta proximo a la ruina. Todos lo dicen. Hasta hay quien
habla de tribunales y de carcel... iQue rusa tan voraz!

Sono una risa incredula del hombre.

--?Rusa?... Hay quien la conocio de nina en Viena, cantando sus
primeras romanzas en un _music-hall_. Un senor que pertenecio a la
diplomacia afirma por su parte que es espanola, pero de padre
ingles... Nadie conoce su verdadera nacionalidad; tal vez ni ella
misma.

Robledo abandono su asiento,. No era digno de el permanecer alli
escuchando silenciosamente tales cosas contra sus amigos. Pero antes
de alejarse sono a sus espaldas una doble exclamacion de asombro.

--iAhi llega Fontenoy--dijo la mujer--, el gran protector de los
Torrebianca! iQue extrano verle en esta casa, que nunca quiere
visitar, por miedo a que su duena le pida luego un prestamo!... Algo
extraordinario debe ocurrir.

El ingeniero reconocio a Fontenoy en el grupo de gente elegante
saludando a los Torrebianca. Sonreia con amabilidad, y Robledo no pudo
notar en su persona nada extraordinario. Hasta habia perdido aquel
gesto de preocupacion que evocaba la imagen de un pagare de proximo
vencimiento. Parecia mas seguro y tranquilo que otras veces. Lo unico
anormal en su exterior era la exagerada amabilidad con que hablaba a
las gentes.

Observandole de lejos, el espanol pudo ver como hacia una leve sena
con los ojos a Elena. Luego, fingiendo indiferencia, se separo del
grupo para aproximarse lentamente al gabinete solitario donde habian
estado al principio Robledo y la condesa.

Tomaba al paso distraidamente las manos que le tendian algunos,
deseosos de entablar conversacion. "Encantados de verle..." Y seguia
adelante.

Al pasar junto a Robledo le saludo con la cabeza, haciendo asomar a su
rostro la sonrisa de bondad protectora habitual en el; pero esta
sonrisa se desvanecio inmediatamente.

Los dos hombres habian cruzado sus miradas, y Fontenoy vio de pronto
en los ojos del otro algo que le hizo retirar el antifaz de su
sonrisa. Parecia que hubiese encontrado en las pupilas del espanol un
reflejo de su propio interior.

Tuvo el presentimiento Robledo de que se acordaria siempre de esta
mirada rapida. Apenas se conocian los dos, y sin embargo hubo en los
ojos de este hombre una expresion de abandono fraternal, como si le
librase toda su alma durante un segundo.

Vio al poco rato como Elena se dirigia tambien disimuladamente hacia
el gabinete, y sintio una curiosidad vergonzosa. El no tenia derecho a
entrometerse en los asuntos de estas dos personas. Pero al mismo
tiempo, le era imposible desinteresarse del suceso extraordinario que
se estaba preparando en aquellos momentos, y que su instinto le hacia
presentir.

Este hombre habia necesitado hablar a Elena con una urgencia
angustiosa; solo asi era explicable que se decidiese a buscarla en
casa de la condesa Titonius, ?Que estarian diciendose?...

Se atrevio a pasar, fingiendo distraccion, ante la puerta del
gabinete. Ella y Fontenoy hablaban de pie, con el rostro impasible y
muy erguidos. Sus labios se movian apenas, como si temieran dejar
adivinar en sus contracciones las palabras deslizadas suavemente.

Robledo se arrepintio de su curiosidad al ver la rapida mirada que le
dirigia Fontenoy, mientras continuaba hablando a Elena, puesta de
espaldas a la puerta.

Esta mirada volvio a emocionarle como la otra. El hombre que se la
dirigia estaba tal vez en el momento mas critico de su existencia.
Hasta creyo ver en sus ojos una reconvencion. "?Por que te intereso,
si nada puedes hacer por mi?..."

No se atrevio a pasar otra vez ante la puerta. Pero obedeciendo a una
fuerza obscura mas potente que su voluntad, se mantuvo cerca de ella,
aparentando distraccion y aguzando el oido. Reconocia que su conducta
era incorrecta. Estaba procediendo como cualquiera de aquellos
murmuradores a los que habia escuchado por casualidad. Sin duda, el
ambiente de esta casa empezaba a influir en el...

Era dificil enterarse de lo que decian las dos personas al otro lado
de la puerta abierta. Ademas, los invitados habian empezado a bailar
en los salones y el pianista golpeaba rudamente el teclado.

Unas palabras confusas llegaron hasta el. La pareja del gabinete
levantaba el tono de su conversacion a causa del ruido. Tal vez las
emociones de su dialogo les hacian olvidar tambien toda reserva.

Reconocio la voz de Fontenoy.

--?Para que frases dramaticas?... Tu no eres capaz de eso. Yo soy el
que se ira... En ciertos momentos es lo unico que puede hacerse.

La musica y el ruido del baile volvieron a obstruir sus oidos. Pero
todavia, al humanizar el pianista por unos instantes su tempestuoso
tecleo, pudo escuchar otra voz. Ahora era Elena la que hablaba, lejos,
imuy lejos! con un tono de inmenso desaliento:

--Tal vez tienes razon. iAy, el dinero!... Para los que sabemos lo
que puede dar de si, ique horrorosa la vida sin el!...

No quiso oir mas. La vergueenza de su espionaje acabo por vencer a la
malsana curiosidad que le habia dominado durante unos momentos. Debia
respetar el secreto que hacia buscarse a estas dos personas. Presintio
ademas que el tal misterio iba a ser de corta duracion. Tal vez durase
lo que la noche.

Cuando volvio a la pieza donde estaba el _buffet_, vio a su amigo
Federico que seguia conversando con el mismo personaje: un senor ya
viejo, con la roseta de la Legion de Honor en una solapa y el aspecto
de un alto funcionario retirado.

Ahora era este el que hablaba, despues que Torrebianca hubo terminado
la explicacion de los grandes negocios de Fontenoy.

--Yo no dudo de la honradez de su amigo, pero me abstendria de colocar
dinero en sus negocios. Me parece un hombre audaz, que situa sus
empresas demasiado lejos. Todo marchara bien mientras los accionistas
tengan fe en el. Pero, segun parece, empiezan a no tenerla; y el dia
que exijan realidades y no esperanzas, el dia que Fontenoy tenga que
presentar con claridad la verdadera situacion de sus negocios...
entonces...

* * * * *




#IV#


Robledo se levanto muy tarde; pero aun pudo admirar el suave esplendor
de un dia primaveral en pleno invierno. Una neblina ligera saturada de
sol extendia su toldo de oro sobre Paris.

--Da gusto vivir--penso al abandonar su hotel despues de haber
almorzado rapidamente en un comedor donde solo quedaban los criados.

Paseo toda la tarde por el Bosque de Bolonia, y poco antes del ocaso
volvio a los bulevares. Se proponia comer en un restoran, buscando
luego a los Torrebianca para pasar juntos una parte de la noche en
cualquier lugar de diversion.

Estando en la terraza de un cafe compro un diario, y antes de abrirlo
presintio que este papel recien impreso guardaba algo que podia
sorprenderle. Tuvo el obscuro aviso de que iba a conocer cosas hasta
entonces envueltas en el misterio... Y en el mismo instante sus ojos
tropezaron con un titulo de la primera pagina: "Suicidio de un
banquero."

Antes de leer el nombre del suicida estaba seguro de Conocerlo. No
podia ser otro que Fontenoy. Por eso no experimento sorpresa alguna
mientras continuaba su lectura. Los detalles del suicidio le
parecieron sucesos naturales y ordinarios, como si alguien se los
hubiese revelado previamente.

Fontenoy habia sido encontrado en su lujosa vivienda tendido en la
cama y guardando todavia en la diestra el revolver con que se habia
dado muerte.

Desde el dia anterior circulaba por los centros financieros la noticia
de su quiebra en condiciones tales que iba a atraer la intervencion de
la Justicia. Sus accionistas le acusaban de estafa, y el juez se
proponia registrar al dia siguienta su contabilidad, lo que hacia
esperar a muchos una prision inmediata del banquero.

El colonizador leyo por dos veces el final del articulo:

"La muerte de esta hombre deja visible el engano en que vivian los que
le confiaron su dinero. Sus empresas mineras e industriales en Asia y
en Africa son casi ilusorias. Estan todavia en los comienzos de un
posible desarrollo, y sin embargo, el las presento al publico como
negocios en plena prosperidad. Era un hombre que, segun afirman
algunos, tuvo mas de iluso que de criminal; pero esto no impide que
haya arruinado a muchas gentes. Ademas, parece que invirtio una parte
considerable del dinero de sus accionistas en gastos particulares. Su
tremenda responsabilidad alcanzara indudablemente a los que han
colaborado con el en la direccion de estas empresas enganosas."

"A ultima hora se habla de la probable prision de algunos personajes
conocidos que trabajaron a las ordenes del banquero."

Ceso de pensar en el suicida para ocuparse unicamente de su amigo.
"iPobre Federico! ?Que va a ser de el?..." Y tomo inmediatamente un
automovil para que le llevase a la avenida Henri Martin.

El ayuda de camara de Torrebianca le recibio con un rostro de funebre
tristeza, como si hubiese muerto alguien en la casa. El marques habia
salido a mediodia, asi que supo por telefono la noticia del suicidio,
y aun estaba ausente.

--La senora marquesa--continuo el criado--esta enferma, y no quiere
recibir a nadie.

Robledo, escuchandole, pudo darse cuenta del efecto que habia
producido en aquella casa la muerte del banquero. La disciplina
glacial y solemne de estos servidores ya no existia. Mostraban el
aspecto azorado de una tripulacion que presiente la llegada de la
tormenta capaz de tragarse su buque. Robledo oyo pasos discretos
detras de los cortinajes, con acompanamiento de susurros, y vio como
se levantaban aquellos levemente, dejando asomar ojos curiosos.

Sin duda, en las inmediaciones de la cocina se habia hablado mucho de
la posibilidad de ciertas visitas, y cada vez que llegaba alguien a la
casa temian todos que fuese la policia. El chofer preguntaba con sorda
colera a sus companeros:

--Se mato el capitan, y este barco se va a pique. ?Quien nos pagara
ahora lo que nos deben?...

Regreso el ingeniero al centro de la ciudad para comer en un restoran,
y tres veces llamo por telefono a la casa de Torrebianca. Cerca ya de
media noche le contestaron que el senor acababa de entrar, y Robledo
se apresuro a volver a la avenida Henri Martin.

Encontro a Federico en su biblioteca considerablemente avejentado,
como si las ultimas horas hubiesen valido para el anos enteros. Al ver
entrar a Robledo lo abrazo, buscando instintivamente un apoyo para
sostener su cuerpo desalentado.

Le parecia asombroso que pudieran soportarse tantas emociones en tan
poco tiempo. Por la manana habia sentido la misma impresion de
felicidad y confianza que Robledo ante la hermosura del dia. iDaba
gusto vivir!... Y de pronto el llamamiento por telefono, la terrible
noticia, la marcha apresurada al domicilio de Fontenoy, el cadaver del
banquero tendido en la cama y arrebatado despues por los que
intervienen en esta clase de muertes para hacer su autopsia.

Aun le habia causado una impresion mas dolorosa ver el aspecto de las
oficinas de Fontenoy. El juez estaba en ellas como unico amo,
examinando papeles, colocando sellos, procediendo a un registro sin
piedad, apreciandolo todo con ojos frios, recelosos e implacables. El
secretario del banquero, que habia llamado a Torrebianca por telefono,
hacia esfuerzos para ocultar su turbacion, y acogio la presencia de
este con gestos pesimistas.

--Creo que vamos a salir mal de esta aventura. El patron debia
habernos prevenido...

Paso Torrebianca el resto del dia buscando a otras personas de las que
habian colaborado con Fontenoy, cobrando grandes sueldos por figurar
como automatas en los Consejos de Administracion de sus empresas.
Todos se mostraban igualmente pesimistas, con un miedo feroz capaz de
toda clase de mentiras y vilezas contra los otros para conseguir la
propia salvacion.

Se quejaban de Fontenoy, al que habian alabado hasta pocas horas antes
para que les proporcionase nuevos sueldos. Algunos le llamaban ya
"bandido". Los hubo que, necesitando atacar a alguien para
justificarse, insinuaron sus primeras protestas contra Torrebianca.

--Usted ha dicho en sus informes que los negocios eran magnificos.
Debe haber visto con sus propios ojos lo que existe en aquellas
tierras lejanas, pues de otro modo no se comprende como puso su firma
en unos documentos tecnicos que sirvieron para infundirnos confianza
en los negocios de ese hombre.

Y Torrebianca empezo a darse cuenta de que todos necesitaban una
victima escogida entre los vivos, para que cargase con las tremendas
responsabilidades evitadas por el banquero al refugiarse entre los
muertos.

--Tengo miedo, Manuel--dijo a su camarada--. Yo mismo no comprendo
ahora como firme esos papeles, sin darme cuenta de su importancia...
?Quien pudo aconsejarme una fe tan ciega en los negocios de Fontenoy?

Robledo sonrio tristemente. Podia darle el nombre de la persona que le
habia aconsejado; pero considero inoportuno aumentar con tal
revelacion el desaliento de su amigo.

Aun en medio de sus preocupaciones, Torrebianca pensaba en su mujer.

--iPobre Elena! He hablado con ella hace un momento... Crei que iba a
sufrir un accidente al contarle yo como habia visto el cadaver de
Fontenoy. Este suceso ha perturbado de tal modo su sistema nervioso,
que temo por su salud.

Pero Robledo sintio tal impaciencia ante sus lamentaciones, que dijo
brutalmente:

--Piensa en tu situacion y no te ocupes de tu mujer. Lo que te amenaza
es mas grave que un ataque de nervios.

Los dos hombres, despues de hablar largamente de esta catastrofe,
acabaron por sentir cierto optimismo, como todos los que se
familiarizan con la desgracia. iQuien podia conocer la verdad exacta
mientras los asuntos del banquero no fuesen puestos en claro por el
juez!... Fontenoy era mas iluso que criminal; esto lo reconocian hasta
sus mayores enemigos. Muchos de los negocios ideados por el acabarian
siendo excelentes. Su defecto habia consistido en pretender hacerlos
marchar demasiado aprisa, enganando al publico sobre su verdadera
situacion. Tal vez unos administradores prudentes sabrian hacerlos
productivos, reconociendo los informes de Fontenoy como exactos y
declarando que Torrebianca no habia cometido ningun delito al
aprobarlos.

--Bien puede ser asi--dijo Robledo, que necesitaba mostrarse
igualmente optimista.

Le habia infundido al principio una gran inquietud el desaliento de su
amigo, y preferia ayudarle a recobrar cierta confianza en el porvenir.
Asi pasaria mejor la noche.

--Veras como todo se arregla, Federico. No concedas demasiado valor a
lo que dicen los antiguos parasitos de Fontenoy, aconsejados por el
miedo.

Al dia siguiente lo primero que hizo el espanol al levantarse fue
buscar los periodicos. Todos se mostraban pesimistas y amenazadores en
sus articulos sobre este suicidio, que tomaba la importancia de un
gran escandalo parisien, augurando que la Justicia iba a meter en la
carcel a personalidades muy conocidas antes de que hubiesen
transcurrido cuarenta y ocho horas. Hasta creyo adivinar en uno de los
periodicos vagas alusiones a los informes de cierto ingeniero
protegido de Fontenoy.

Cuando volvio a encontrar a Federico en su biblioteca, todavia le vio
mas viejo y mas desalentado que en la noche anterior. Sobre una mesa
estaban los mismos diarios que habia leido el.

--Quieren llevarme a la carcel--dijo con voz doliente--. Yo, que nunca
he hecho mal a los demas, no comprendo por que se encarnizan de tal
modo conmigo.

En vano intento Robledo consolarle.

--iQue vergueenza!-siguio diciendo--. Jamas he temido a nadie, y sin
embargo, no puedo sostener la mirada de los que me rodean. Hasta
cuando me habla mi ayuda de camara bajo los ojos, temiendo ver los
suyos... iQue diran de mi en mi propia casa!

Luego anadio, encogido y humilde, como si hubiese retrocedido a los
anos de su infancia:

--Tengo miedo de salir. Tiemblo solo de pensar que puedo ver a las
mismas personas que he encontrado tantas veces en los salones, y me
sera preciso explicarles mi conducta, sufrir sus miradas ironicas, sus
palabras de falsa lastima.

Callo, para anadir poco despues con admiracion:

--Elena es mas valiente. Esta manana, despues de leer los periodicos,
pidio el automovil para ir no se donde. Debe estar haciendo visitas.
Me dijo que era preciso defenderse... Pero ?como voy a defenderme si
es verdad que he autorizado con mi firma esos informes sobre negocios
que no conozco?... Yo no se mentir.

Robledo intento en vano infundirle confianza, como en la noche
anterior. Su optimismo carecia ya de fuerzas para rehacerse.

--Tambien mi mujer cree, como tu, que esto puede arreglarse. Ella se
siente tan segura de su influencia, que nunca llega a desesperar.
Tiene en Paris muchas amistades; le quedan muchas relaciones de
familia. Se ha ido esta manana jurando que conseguira desbaratar las
tramas de mis enemigos... Porque ella supone que tenemos muchos
enemigos y esos son los que intentan perderme, buscando un pretexto en
la quiebra de Fontenoy... Elena sabe de todo mas que yo, y no me
extranaria que consiguiese hacer cambiar la opinion de los periodicos
y la del mismo juez, desvaneciendo esas amenazas disimuladas de
proceso y de carcel.

Se estremecio al pronunciar la ultima palabra.

--iLa carcel!... ?Ves tu, Manuel, a un Torrebianca en la carcel?...
Antes de que eso ocurra, apelare al medio mas seguro para evitar tal
vergueenza.

Y recobraba su antigua energia vibrante y nerviosa, como si en su
interior resucitasen todos sus antepasados, ofendidos por la amenaza.

Robledo se alarmo al ver la luz azulenca que pasaba por las pupilas de
su amigo, igual al resplandor fugaz de una espada cimbreante.

--Tu no puedes hacer ese disparate--dijo--. Vivir es lo primero.
Mientras uno vive, todo puede arreglarse bien o mal. Con la muerte si
que no hay arreglo posible... Ademas, iquien sabe!... Tal vez no te
equivocas en lo que se refiere a tu mujer, y ella pueda llegar a
influir en el arreglo de tu situacion. Cosas mas dificiles se han
visto.

Al salir de la biblioteca encontro Robledo a varias personas sentadas
en el recibimiento y aguardando pacientemente. El ayuda de camara, con
una confianza extemporanea y molesta para el, murmuro:

--Esperan a la senora marquesa... Les he dicho que el senor habia
salido.

No anadio mas el criado; pero la expresion maliciosa de sus pupilas le
hizo adivinar que los que esperaban eran acreedores.

El suicidio del banquero habia dado fin al escaso credito que aun
gozaban los Torrebianca. Todas aquellas gentes debian saber que
Fontenoy era el amante de la marquesa. Por otra parte, la quiebra de
su Banco privaba al marido de los empleos que servian aparentemente
para el sostenimiento de una vida lujosa.

Comprendio ahora que su amigo tuviese miedo y vergueenza de ver a los
que le rodeaban en su propia casa y permaneciese aislado en su
biblioteca.

A media tarde hablo por telefono con el. Elena acababa de regresar de
su correria por Paris, mostrandose satisfecha de sus numerosas
visitas.

--Me asegura que por el momento ha parado el golpe, y todo se ira
arreglando despues--dijo Torrebianca, no queriendo mostrarse mas
expansivo en una conversacion telefonica.

Cerrada la noche, volvio Robledo a la avenida Henri Martin. Habia
leido en un cafe los diarios vespertinos, no encontrando en ellos nada
que justificase la relativa tranquilidad de su amigo. Continuaban las
noticias pesimistas y las alusiones a una probable prision de las
personas comprometidas en la escandalosa quiebra.

Vio otra vez sobre una mesa de la biblioteca los mismos periodicos que
el acababa de leer, y se explico el desaliento de su amigo,
quebrantado por el vaiven de los sucesos, saltando en el curso de unas
pocas horas de la confianza a la desesperacion. Era rudo el contraste
entre su voz fria y reposada y el crispamiento doloroso de su rostro.
Indudablemente, habia adoptado una resolucion, y persistia en ella,
sin mas esperanza que un suceso inesperado y milagroso, unico que
podia salvarle. Y si no llegaba este prodigio... entonces...

Miro Robledo a todos lados, fijandose en la mesa y otros muebles de la
biblioteca. iNo poder adivinar donde estaba guardado el revolver que
era para su amigo el ultimo remedio!...

--?Hay gente ahi fuera?--pregunto Torrebianca.

Como parecia conocer las visitas molestas que durante el dia habian
desfilado por el recibimiento, Robledo no pidio una aclaracion a esta
pregunta, limitandose a contestarla con un movimiento negativo.
Entonces el hablo de aquella invasion de acreedores que llegaba de
todos los extremos de Paris.

--Huelen la muerte--dijo-, y vienen sobre esta casa como bandas de
cuervos... Cuando entro Elena a media tarde, el recibimiento estaba
repleto... Pero ella posee una magia a la que no escapan hombres ni
mujeres, y le basto hablar para convencerlos a todos. Creo que hasta
le habrian hecho nuevos prestamos de pedirselos ella...

Ensalzaba con orgullo el poder seductor de su esposa; pero la realidad
se sobrepuso muy pronto a esta admiracion.

--Volveran--dijo con tristeza--. Se han ido, pero volveran manana...
Tambien Elena ha visto a ciertos amigos poderosos que inspiran a los
periodicos o tienen influencia sobre los jueces. Todos le han
prometido servirla; pero iay! cuando ella esta lejos, cuando no la
ven, su poder ya no es el mismo... Le han dicho que arreglaran las
cosas, y no dudo que asi sera por el momento; pero ?que puede una
mujer contra tantos enemigos?... Ademas, no debo consentir que mi
esposa vaya de un lado a otro defendiendome, mientras yo permanezco
aqui encerrado. Se a lo que se expone una mujer cuando va a solicitar
el apoyo de los hombres. No... Eso seria peor que la carcel.

Y por las pupilas de Torrebianca, que mostraba a veces un temor pueril
y a continuacion una gran energia, paso cierto resplandor agresivo al
pensar en los peligros a que podia verse expuesta la fidelidad de
Elena durante las gestiones hechas para salvarle.

--La he prohibido que continue las visitas, aunque sean a viejos
amigos de su familia. Un hombre de honor no puede tolerar ciertas
gestiones cuando se trata de su mujer... Confiemonos a la suerte, y
ocurra lo que Dios quiera. Solo el cobarde carece de solucion cuando
llega el momento decisivo.

Robledo, que le habia escuchado sin dar muestras de impaciencia, dijo
con voz grave:

--Yo tengo una solucion mejor que la tuya, pues te permitira vivir...
Vente conmigo.

Y lentamente, con una frialdad metodica, como si estuviera exponiendo
un negocio o un proyecto de ingenieria, le explico su plan.

Era absurdo esperar que se arreglasen favorablemente los asuntos
embrollados por el suicidio de Fontenoy, y resultaba peligroso seguir
viviendo en Paris.

--Te advierto que adivino lo que piensas hacer manana o tal vez esta
misma noche, si consideras tu situacion sin remedio. Sacaras tu
revolver de su escondrijo, tomaras una pluma y escribiras dos cartas,
poniendo en el sobre de una de ellas: "Para mi esposa"; y en el sobre
de la otra: "Para mi madre". iTu pobre madre que tanto te quiere, que
se ha sacrificado siempre por ti, y a cuyos sacrificios corresponderas
yendote del mundo antes de que ella se marche!...

El tono de acusacion con que fueron dichas estas palabras conmovio a
Torrebianca. Se humedecieron sus ojos y bajo la frente, como
avergonzado de una accion innoble. Sus labios temblaron, y Robledo
creyo adivinar que murmuraban levemente: "iPobre mama!... iMama mia!"

Sobreponiendose a la emocion, volvio a levantar Federico su cabeza.

--?Crees tu--dijo--que mi madre se considerara mas feliz viendome en
la carcel?

El espanol se encogio de hombros.

--No es preciso que vayas a la carcel para seguir viviendo. Lo que
pido es que te dejes conducir por mi y me obedezcas, sin hacerme
perder tiempo.

Despues de mirar los periodicos que estaban sobre la mesa, anadio:

--Como creo dificilisima tu salvacion, manana mismo salimos para la
America del Sur. Tu eres ingeniero, y alla en la Patagonia podras
trabajar a mi lado... ?Aceptas?

Torrebianca permanecio impasible, como si no comprendiese esta
proposicion o la considerase tan absurda que no merecia respuesta.
Robledo parecio irritarse por su silencio.

--Piensa en los documentos que firmaste para servir a Fontenoy,
declarando excelentes unos negocios que no habias estudiado.

--No pienso en otra cosa--contesto Federico--, y por eso considero
necesaria mi muerte.

Ya no contuvo su indignacion el espanol al oir las ultimas palabras, y
abandonando su asiento, empezo a hablar con voz fuerte.

--Pero yo no quiero que mueras, grandisimo majadero. Yo te ordeno que
sigas viviendo, y debes obedecerme... Imaginate que soy tu padre... Tu
padre no, porque murio siendo tu nino... Hazte cuenta que soy tu
madre, tu vieja mama, a la que tanto quieres, y que te dice: "Obedece
a tu amigo, que es lo mismo que si me obedecieses a mi."

La vehemencia con que dijo esto volvio a conmover a Torrebianca, hasta
el punto de hacerle llevar las manos a los ojos. Robledo aprovecho su
emocion para decir lo que consideraba mas importante y dificil.

--Yo te sacare de aqui. Te llevare a America, donde puedes encontrar
una nueva existencia. Trabajaras rudamente, pero con mas nobleza y mas
provecho que en el viejo mundo; sufriras muchas penalidades, y tal vez
llegues a ser rico... Pero para todo eso necesitas venir conmigo...
solo.

Se incorporo el marques, apartando las manos de su rostro. Luego miro
a su amigo con una extraneza dolorosa. ?Solo?... ?Como se atrevia a
proponerle que abandonase a Elena?... Preferia morir, pues de este
modo se libraba del sufrimiento de pensar a todas horas en la suerte
de ella.

Como Robledo estaba irritado, y en tal caso, siempre que alguien se
oponia a sus deseos, era de un caracter impetuoso, exclamo
ironicamente:

--iTu Elena!... Tu Elena es...

Pero se arrepintio al fijarse en el rostro de Federico, procurando
justificar su tono agresivo.

--Tu Elena es... la culpable en gran parte de la situacion en que
ahora te encuentras. Ella te hizo conocer a Fontenoy, ?No es asi?...
Por ella firmaste documentos que representan tu deshonra profesional.

Federico bajo la cabeza; pero el otro todavia quiso insistir en su
agresividad.

--?Como conocio tu mujer a Fontenoy?... Me has dicho que era amigo
antiguo de su familia... y eso es todo lo que sabes.

Aun se contuvo un momento, pero su colera le empujo, pudiendo mas que
su prudencia, que le aconsejaba callar.

--Las mujeres conocen siempre nuestra historia, y nosotros solo
sabemos de ellas lo que quieren contarnos.

El marques hizo un gesto como si se esforzase por comprender el
sentido de tales palabras.

--Ignoro lo que quieres decir--dijo con voz sombria--; pero piensa que
hablas de mi mujer. No olvides que lleva mi nombre. iY yo la amo
tanto!...

Despues quedaron los dos en silencio. Segun transcurrian los minutos
parecia agrandarse la separacion entre ambos. Robledo creyo
conveniente hablar para el restablecimiento de su amistosa
cordialidad.

--Alla, la vida es dura, y solo se conocen de muy lejos las
comodidades de la civilizacion. Pero el desierto parece dar un bano de
energia, que purifica y transforma a los hombres fugitivos del viejo
mundo, preparandolos para una nueva existencia. Encontraras en aquel
pais naufragos de todas las catastrofes, que han llegado lo mismo que
los que se salvan nadando, hasta poner el pie en una isla
bienaventurada. Todas las diferencias de nacionalidad, de casta y de
nacimiento desaparecen. Alla solo hay hombres. La tierra donde yo vivo
es... la tierra de todos.

Como Torrebianca permanecia impasible, creyo oportuno recordarle otra
vez su situacion.

--Aqui te aguardan la deshonra y la carcel, o lo que es peor, la
estupida solucion de matarte. Alla, conoceras de nuevo la esperanza,
que es lo mas precioso de nuestra existencia... ?Vienes?

El marques salio de su estupefaccion, iniciando el esperado movimiento
afirmativo; pero Robledo le contuvo con un ademan para que esperase, y
anadio energicamente:

--Ya sabes mis condiciones. Alla hay que ir como a la guerra: con
pocos bagajes; y una mujer es el mas pesado de los estorbos en
expediciones de este genero... Tu esposa no va a morir de pena porque
tu la dejes en Europa. Os escribireis como novios; una ausencia larga
reanima el amor. Ademas, puedes enviarla dinero para el sostenimiento
de su vida. De todos modos, haras por ella mucho mas que si te matas o
te dejas llevar a la carcel... ?Quieres venir?

Quedo pensativo Torrebianca largo rato. Despues se levanto e hizo una
sena a Robledo para que esperase, saliendo de la biblioteca.

No permanecio mucho tiempo solo el espanol. Le parecio oir muy lejos,
como apagadas por las colgaduras y los tabiques, voces que casi eran
gritos. Luego sonaron pasos mas proximos, se levanto violentamente un
cortinaje y entro Elena en la biblioteca seguida de su esposo.

Era una Elena transformada tambien por los acontecimientos. Robledo
creyo que para ella las horas habian sido igualmente largas como anos.
Parecia mas vieja, pero no por eso dejaba de ser hermosa. Su belleza
ajada era mas sincera que la de los dias risuenos. Tenia el
melancolico atractivo de un ramo de flores que empiezan a marchitarse.
Habian transcurrido veinticuatro horas sin que pudiera ella dedicarse
a los cuidados de su cuerpo, y se hallaba ademas bajo la influencia de
incesantes emociones, unas dolorosas y otras irritantes para su amor
propio. Mas que en la suerte de su marido, pensaba en lo que estarian
diciendo a aquellas horas las numerosas amigas que tenia en Paris.

Arrojo violentamente a sus espaldas el cortinaje, y fue avanzando por
la biblioteca como una invasion arrolladora. Sus ojos parecieron
desafiar a Robledo.

--?Que es lo que me cuenta Federico?--dijo con voz aspera--. ?Quiere
usted llevarselo y que deje abandonada a su mujer entre tantos
enemigos?...

Torrebianca, que al marchar detras de ella sentia de nuevo su poder de
dominacion, creyo del caso protestar para convencerla de su fidelidad.

--Yo no te abandonare nunca... Se lo he dicho a Manuel varias veces.

Pero Elena no lo escuchaba, y continuo avanzando hacia Robledo.

--iY yo que le tenia a usted por un amigo seguro!... iMal sujeto!
iQuerer arrebatar a una mujer el apoyo de su esposo, dejandola
sola!...

Al hablar miraba fijamente los ojos del espanol, como si pretendiese
contemplarse en ellos. Pero debio ver tales cosas en estas pupilas,
que su voz se hizo mas suave, y hasta acabo por fingir un mohin
infantil de disgusto, amenazando al hombre con un dedo. El colonizador
permanecio impasible, encontrando, sin duda, inoportunas estas gracias
pueriles, y Elena tuvo que continuar hablando con gravedad.

--A ver expliquese usted. Digame cuales son sus planes para sacar a mi
marido de aqui, llevandolo a esas tierras lejanas donde vive usted
como un senor feudal.

Insensible a la voz y a los ojos de ella, hablo Robledo friamente, lo
mismo que si expusiese un trabajo de ingenieria.

Habia discurrido, mientras conversaba con Federico, la manera de
sacarlo de Paris. Buscaria al dia siguiente un automovil para el, como
si se le hubiese ocurrido de pronto emprender un viaje a Espana. Era
oportuno tomar precauciones. Torrebianca aun estaba libre, pero bien
podia ser que lo vigilase preventivamente la policia mientras el juez
estudiaba su culpabilidad. Aunque la frontera de Espana estaba lejos,
la pasarian antes de que la Justicia hubiese lanzado una orden de
prision. Ademas, el tenia amigos en la misma frontera, que les
ayudarian en caso de peligro para que pudiesen llegar los dos a
Barcelona, y una vez en este puerto era facil encontrar pasaje para la
America del Sur.

Elena le escucho frunciendo su entrecejo y moviendo la cabeza.

--Todo esta bien pensado--dijo--; pero en ese plan, ?por que ha de
incluir usted solamente a mi esposo? ?Por que no puedo marcharme yo
tambien con ustedes?

Torrebianca quedo sorprendido por la proposicion. Horas antes, al
volver Elena a casa, habia mostrado una gran confianza en el porvenir
para animar a su marido y tal vez para enganarse a si misma. Venia de
visitar a hombres que conocia de larga fecha y de recoger grandes
promesas, dadas con la galanteria melancolica y protectora que
inspiran los recuerdos lejanos de amor. Como no veia otro remedio a su
situacion que estas palabras, habia necesitado creer en ellas,
forjandose ilusiones sobre su eficacia; pero ahora, al conocer el plan
de Robledo, todo su optimismo acababa de derrumbarse.

Las promesas de sus amistades no eran mas que dulces mentiras; nadie
haria nada por ellos al verlos en la desgracia; la Justicia seguiria
su curso. Su marido iria a la carcel, y ella tendria que empezar otra
vez... iotra vez! en un mundo extremadamente viejo, donde le era
dificil encontrar un rincon que no hubiese conocido antes... Ademas,
itantas amigas deseosas de vengarse!...

Robledo vio pasar por sus ojos una expresion completamente nueva. Era
de miedo: el miedo del animal acosado. Por primera vez percibio en la
voz de Elena un acento de verdad.

--Usted es el unico, Manuel, que ve claramente nuestra situacion; el
unico que puede salvarnos... Pero lleveme a mi tambien. No tengo
fuerzas para quedarme... Primero mendigar en un mundo nuevo.

Y habia tal tristeza y tal mansedumbre en esta suplica, que el espanol
la compadecio, olvidando todo lo que pensaba contra ella momentos
antes.

Torrebianca, como si adivinase la repentina flaqueza de su amigo, dijo
energicamente:

--O te sigo con ella, o me quedo a su lado, sin miedo a lo que ocurra.

Aun dudo Robledo unos momentos; pero al fin hizo con su cabeza un
gesto de aceptacion. Inmediatamente se arrepintio, como si acabase de
aprobar algo que le parecia absurdo.

Empezo a reir Elena, olvidando con una facilidad asombrosa las
angustias del presente.

--Yo siempre he adorado los viajes--dijo con entusiasmo--. Montare a
caballo, cazare fieras, arrostrare grandes peligros. Voy a vivir una
existencia mas interesante que la de aqui; una vida de heroina de
novela.

El espanol la miro como espantado de su inconsciencia. Ya no se
acordaba de Fontenoy. Parecia haber olvidado igualmente que aun estaba
en Paris, y de un momento a otro la policia podia entrar en la casa
para llevarse a su marido.

Le alarmo tambien la enorme distancia entre la existencia real de los
que colonizan las soledades de America y las ilusiones novelescas que
se forjaba esta mujer.

Torrebianca les interrumpio con palabras de desaliento, como si
juzgase imposible la realizacion del plan de su amigo.

--Para marcharnos, necesitamos pagar antes lo que debemos. ?Donde
encontrar dinero?...

Su esposa volvio a reir, haciendo al mismo tiempo gestos de estraneza.

--iPagar!... ?Quien piensa en eso? Los acreedores esperaran. Yo
encuentro siempre una palabra oportuna para ellos... Ya les pagaremos
desde America cuando tu seas rico.

Obsesionado por sus escrupulos, el marques insistio en ellos con una
tenacidad caballeresca.

--No saldre de aqui sin que hayamos pagado a lo menos nuestra
servidumbre. Ademas, necesitamos dinero para el viaje.

Hubo un largo silencio; y el marido, que seguia pensativo, dijo de
pronto, como si hubiese encontrado una solucion:

--Por suerte, tenemos tus joyas. Podemos venderlas antes de
embarcarnos.

Miro Elena ironicamente el collar y las sortijas que llevaba en aquel
momento.

--No llegaran a dar dos mil francos por estas ni por las otras que
guardo. Todas falsas, absolutamente falsas.

--Pero ?y las verdaderas?--pregunto, asombrado, Torrebianca--. ?Y las
que compraste con el dinero que te enviaron muchas veces de tus
propiedades en Rusia?

Robledo creyo oportuno intervenir para que no se prolongase este
dialogo peligroso.

--No quieras saber demasiado, y hablemos del presente... Yo pagare a
tus domesticos; yo costeare el viaje de los dos.

Elena le tomo ambas manos, murmurando palabras de agradecimiento.
Torrebianca, aunque conmovido por esta generosidad, insistia en no
aceptarla; pero el espanol corto sus protestas.

--Vine a Paris con dinero para seis meses, y me ire a las cuatro
semanas; eso es todo.

Despues anadio con una desesperacion comica:

--Me privare de conocer unos cuantos restoranes nuevos y de apreciar
varias marcas de vinos famosos... Ya ves que el sacrificio nada tiene
de extraordinario.

Federico le estrecho la diestra silenciosamente, al mismo tiempo que
Elena le abrazaba y besaba con un impudor entusiastico. Todas sus
palabras eran ahora para un pais desconocido, en el que no pensaba
horas antes y que admiraba ya como un paraiso.

--iQue ganas tengo de verme en aquella tierra nueva, que, como dice
usted, es la tierra de todos!...

Y mientras los esposos hablaban de sus preparativos para emprender al
dia siguiente un viaje que en realidad, era una fuga, Robledo, puestos
sus ojos en ella, se dijo mentalmente:

"iQue disparate acabo de hacer!... iQue terrible regalo voy a llevar a
los que viven alla lejos, duramente... pero en paz!"

* * * * *




#V#


Unos trabajadores aragoneses que habian emigrado a la Argentina,
llevando una guitarra como lo mas precioso de su bagaje para acompanar
las coplas "sacadas de su cabeza", al verla pasar a caballo dedicaron
una cancion a "la Flor de Rio Negro".

Este apodo primaveral se difundio inmediatamente por el pais, y todos
llamaron asi a la hija del dueno de la estancia de Rojas; pero su
verdadero nombre era Celinda.

Tenia diez y siete anos, y aunque su estatura parecia inferior a la
correspondiente a su edad, llamaba la atencion por sus agiles miembros
y la energia de sus ademanes.

Muchos hombres del pais, que admiraban lo mismo que los orientales la
obesidad femenil, considerando una exuberancia de carnes como el
acompanamiento indispensable de toda hermosura, hacian gestos de
indiferencia al escuchar los elogios que dedicaban algunos a la nina
de Rojas. Admitian su rostro gracioso y picaresco, con la nariz algo
respingada, la boca de un rojo sangriento, los dientes muy blancos y
puntiagudos, y unos ojos enormes, aunque demasiado redondos. Pero
aparte de su carita... inada de mujer! "Es igualmente lisa por
delante y por el reves--decian--. Parece un muchacho."

Efectivamente, a cierta distancia la tomaban por un hombrecito, pues
iba vestida siempre con traje masculino, y montaba caballos bravos a
estilo varonil. A veces agitaba un lazo sobre su cabeza lo mismo que
un peon, persiguiendo alguna yegua o novillo de la hacienda de su
padre, don Carlos Rojas.

Este, segun contaban en el pais, pertenecia a una familia antigua de
Buenos Aires. De joven habia llevado una existencia alegre en las
principales ciudades de Europa. Luego se caso; pero su vida domestica
en la capital de la Argentina resultaba tan costosa como sus viajes de
soltero por el viejo mundo, perdiendo poco a poco la fortuna heredada
de sus padres en gastos de ostentacion y en malos negocios. Su esposa
habia muerto cuando el empezaba a convencerse de su ruina. Era una
senora enfermiza y melancolica, que publicaba versos sentimentales,
con un seudonimo, en los periodicos de modas, y dejo como recuerdo
poetico a su hija unica el nombre de Celinda.

El senor Rojas tuvo que abandonar la estancia heredada de sus padres,
cerca de Buenos Aires, cuyo valor ascendia a varios millones. Pesaban
sobre ella tres hipotecas, y cuando los acreedores se repartieron el
producto de su venta no quedo a don Carlos otro recurso que alejarse
de la parte mas civilizada de la Argentina, instalandose en Rio Negro,
donde era poseedor de cuatro leguas de tierra compradas en sus tiempos
de abundancia, por un capricho, sin saber ciertamente lo que adquiria.

Muchos hombres arruinados ven de pronto en la agricultura un medio de
rehacer sus negocios, a pesar de que ignoran lo mas elemental para
dedicarse al cultivo de la tierra. Este criollo, acostumbrado a una
vida de continuos derroches en Paris y en Buenos Aires, creyo poder
realizar el mismo milagro. El, que nunca habia querido preocuparse de
la administracion de una estancia cerca de la capital, con inagotables
prados naturales en los que pastaban miles de novillos, tuvo que
llevar la vida dura y sobria del jinete rustico que se dedica al
pastoreo en un pais inculto. Lo que sus abuelos habian hecho en los
ricos campos inmediatos a Buenos Aires, donde el cielo derrama su
lluvia oportunamente, tuvo que repetirlo Rojas bajo el cielo de bronce
de la Patagonia, que apenas si deja caer algunas gotas en todo el ano
sobre las tierras polvorientas.

El antiguo millonario sobrellevaba con dignidad su desgracia. Era un
hombre de cincuenta anos, mas bien bajo que alto, la nariz aguilena y
la barba canosa. En medio de una existencia ruda conservaba su
primitiva educacion. Sus maneras delataban a la persona nacida en un
ambiente social muy superior al que ahora le rodeaba. Como decian en
el inmediato pueblo de la Presa, era un hombre que, vistiese como
vistiese, tenia aire de senor. Llevaba casi siempre botas altas, gran
chambergo y poncho. Pendiente de su diestra se balanceaba el pequeno
latigo de cuero, llamado rebenque.

Los edificios de su estancia eran modestos. Los habia construido a la
ligera, con la esperanza de mejorarlos cuando aumentase su fortuna;
pero, como ocurre casi siempre en las instalacion es campestres, estas
obras provisionales iban a durar mas anos tal vez que las levantadas
en otras partes como definitivas. Sobre las paredes de ladrillo
cocido, sin revoque exterior, o de simples adobes, se elevaban las
techumbres hechas con planchas de cinc ondulado. En el interior de la
casa del dueno los tabiques solo llegaban a cierta altura, dejando
circular el aire por toda la parte alta del edificio. Las
habitaciones eran escasas en muebles. La pieza que servia de salon,
despacho y comedor, donde don Carlos recibia a sus visitas, estaba
adornada con unos cuantos rifles y pieles de pumas cazados en las
inmediaciones. El estanciero pasaba gran parte del dia fuera de la
casa, inspeccionando los corrales de ganado mas inmediatos. De pronto
ponia al galope su caballejo incansable, para sorprender a los peones
que trabajaban en el otro extremo de su propiedad.

Una manana sintio impaciencia al ver que habia pasado la hora habitual
de la comida sin que Celinda volviese a la estancia.

No temia por ella. Desde que su hija llego a Rio Negro, teniendo ocho
anos, empezo a vivir a caballo, considerando la planicie desierta como
su casa.

--Es peligroso ofenderla--decia el padre con orgullo--. Maneja
revolver y tira mejor que yo. Ademas, no hay persona ni animal que se
le escape cuando tiene un lazo en la mano. Mi hija es todo un hombre.

La vio de pronto corriendo por la linea que formaban la llanura y el
cielo al juntarse. Parecia un pequeno jinete de plomo escapado de una
caja de juguetes. Delante de su caballito corria un toro en miniatura.
El grupo galopador fue creciendo con una rapidez maravillosa. En esa
llanura inmensa, todo lo que se movia cambiaba de tamano sin
gradaciones ordenadas, desorientando y aturdiendo los ojos todavia no
acostumbrados a los caprichos opticos del desierto.

Llego la joven dando gritos y agitando el lazo para excitar la marcha
de la res que venia persiguiendo, hasta que la obligo a refugiarse en
un cercado de maderos. Luego echo pie a tierra y fue a encontrarse con
su padre; pero este, despues de recibir un beso de ella, la repelio,
mirando con severidad el traje varonil que llevaba.

--Te he dicho muchas veces que no quiero verte asi. Los pantalones se
han hecho para los hombres, icreo yo!... y las "polleras" para las
mujeres. No puedo tolerar que una hija mia vaya como esas comicas que
aparecen en las vistas del biografo.

Celinda recibio la reprimenda bajando los ojos con graciosa
hipocresia. Prometio obedecer a su padre, conteniendo al mismo tiempo
su deseo de reir. Precisamente pensaba a todas horas en las amazonas
con pantalones que figuran en los _films_ de los Estados Unidos, y
habia echado largas galopadas para ir hasta Fuerte Sarmiento, el
pueblo mas inmediato, donde los cinematografistas errabundos
proyectaban sobre una sabana, en el cafe de su unico hotel, historias
interesantes que le servian a ella para estudio de las ultimas modas.

Durante la comida le pregunto don Carlos si habia estado cerca de la
Presa y como marchaban los trabajos en el rio.

Una esperanza de volver a ser rico, cada vez mas probable, hacia que
el senor Rojas, antes melancolico y desesperanzado, sonriese desde los
ultimos meses. Si los ingenieros del Estado conseguian cruzar con un
dique el rio Negro, los canales que estaban abriendo un espanol
llamado Robledo y otro socio suyo fecundarian las tierras compradas
por ellos junto a su estancia, y el podria aprovechar igualmente dicha
irrigacion, lo que aumentaria el valor de sus campos en proporciones
inauditas.

Le escucho Celinda con la indiferencia que muestra la juventud por los
asuntos de dinero. Ademas, don Carlos tuvo que privarse del placer de
continuar haciendo suposiciones sobre su futura riqueza al ver a una
mestiza de formas exuberantes, carrilluda, con los ojos oblicuos y una
gruesa trenza de cabello negro y aspero que se conservaba sobre sus
enormes prominencias dorsales para seguir descendiendo.

Al entrar en el comedor dejo junto a la puerta un saco lleno de ropa.
Luego se abalanzo sobre Celinda, besandola y mojando su rostro con
frecuentes lagrimones.

--iMi patroncita preciosa!... iMi nina, que la he querido siempre como
una hija!...

Conocia a Celinda desde que esta llego al pais y entro ella en la
estancia como domestica. Le resultaba doloroso separarse de la
senorita, pero no podia transigir mas tiempo con el caracter de su
padre.

Don Carlos era violento en el mandar y no admitia objeciones de las
mujeres, sobre todo cuando ya habian pasado de cierta edad.

--El patron aun esta muy verde--decia Sebastiana a sus amigas--; y
como una ya va para vieja, resulta que otras mas tiernas son las que
reciben las sonrisas y las palabras lindas, y para mi solo quedan los
gritos y el amenazarme con el rebenque.

Despues de besuquear a la joven, miro Sebastiana a don Carlos con una
indignacion algo comica, anadiendo:

--Ya que el patron y yo no podemos avenirnos, me voy a la Presa, a
servir donde el contratista italiano.

Rojas levanto los hombros para indicar que podia irse donde quisiera,
y Celinda acompano a su antigua criada hasta la puerta del edificio.

A media tarde, cuando don Carlos hubo dormido la siesta en una
mecedora de lona y leido varios periodicos de Buenos Aires, de los que
traia el ferrocarril a este desierto tres veces por semana, salio de
la casa.

Atado a un poste del tejadillo sobre la puerta, estaba un caballo
ensillado. El estanciero sonrio satisfecho al darse cuenta de que la
silla era de mujer. Celinda aparecio vestida con falda de amazona.
Envio a su padre un beso con la punta del rebenque, y sin apoyarse en
el estribo ni pedir ayuda a nadie, se coloco de un salto sobre el
aparejo femenil, haciendo salir su caballo a todo galope hacia el rio.

No fue muy lejos. Se detuvo en el lado opuesto de un grupo de sauces,
donde encontro atado otro caballo con silla de hombre, el mismo que
montaba en la manana. Celinda, echando pie a tierra, se despojo de su
traje femenil, apareciendo con pantalones, botas de montar, camisa y
corbata varoniles. Sonreia de su desobediencia al "viejo", pues asi
llamaba ella a su padre, segun costumbre del pais.

Temia la posible extraneza de otro hombre y deseaba evitarla. Este
hombre la habia conocido siempre vestida de muchacho, tratandola a
causa de ello con una confianza amistosa. iQuien sabe si al verla con
faldas, lo mismo que una senorita, experimentaria cierta timidez,
mostrandose ceremonioso y evitando finalmente nuevos encuentros con
ella!...

Dejo su traje femenil sobre el caballo que la habia traido y monto
alegremente en el otro, oprimiendole los flancos con sus piernas
nerviosas, al mismo tiempo que echaba en alto el lazo atado a la
silla, formando una espiral de cuerda sobre su cabeza.

Galopo por la orilla del rio, junto a los anosos sauces que encorvaban
sus cabelleras sobre el deslizamiento de la corriente veloz. Este
camino liquido, siempre solitario, que venia de los ventisqueros de
los Andes junto al Pacifico, para derramarse en el Atlantico, habia
recibido su nombre, segun algunos, a causa de las plantas obscuras
que cubren su lecho, dando un color verdinegro a las aguas hijas de
las nieves.

El milenario rodar de su curso habia ido cortando la meseta con una
profunda hondonada de una legua o dos de anchura. El rio corria por
esta profundidad entre dos aceras formadas con los aportes de su
legamo durante las grandes inundaciones. Estas dos orillas desiguales
eran de tierra fertil y suelta, prodiga para el cultivo alli donde
recibia la humedad de las aguas inmediatas. Mas lejos se levantaba el
suelo, formando el acantilado amarillento de dos murallas sinuosas que
se miraban frente a frente. La de la izquierda era el ultimo limite de
la Pampa. En la orilla opuesta empezaba la meseta patagonica, de frios
glaciales, calores asfixiantes, huracanes crueles y aspera vegetacion,
que solo permite alimentarse a los rebanos cuando disponen de
extensiones enormes.

Toda la vida del pais estaba reconcentrada en la ancha hendidura
abierta por las aguas que forma la linea fronteriza entre la Pampa y
la Patagonia. Las dos cintas de terreno de sus orillas representaban
miles de kilometros de suelo fertil aportado por el rio en su viaje de
los Andes al mar. En una seccion de este barranco inmenso era donde
trabajaban los hombres para elevar el nivel de las aguas unos cuantos
metros, fecundando los campos proximos.

Celinda daba gritos para excitar al caballo, como si necesitase
comunicarle su alegria. Iba al encuentro de lo que mas le interesaba
en todo el pais. Al seguir una revuelta del rio se abrio la superficie
de este ante sus ojos, formando una laguna tranquila y desierta. En
ultimo termino, donde se estrechaban sus orillas aprisionando y
alborotando las aguas, vio los ferreos perfiles de varias maquinas
elevadoras, asi como las techumbres de cinc o de paja de una
poblacion. Era el antiguo campamento de la Presa, que se transformaba
rapidamente en un pueblo. Todas sus construcciones parecian aplastadas
sobre el suelo, sin una torrecilla, sin un doble piso que animase su
platitud monotona.

Como la curiosidad de la joven no llegaba hasta el pueblo, refreno la
velocidad de su caballo y marcho al paso hacia unos grupos de hombres
que trabajaban lejos del rio, casi en el sitio donde empezaba a
remontarse la llanura, iniciando la ladera de la altiplanicie
correspondiente a la Pampa.

Estos peones, unos de origen europeo, otros mestizos, removian y
amontonaban la tierra, abriendo pequenos canales para la irrigacion.
Dos maquinas, acompanadas por el mugido de sus motores, excavaban
igualmente el suelo para facilitar el trabajo humano.

Miro Celinda en torno a ella con ojos de exploradora, y volviendo su
espalda a las cuadrillas de trabajadores, se dirigio hacia un hombre
aislado en una pequena altura. Este hombre ocupaba un catrecillo de
lona ante una mesa plegadiza. Iba vestido con traje de campo y botas
altas. Tenia un gran sombrero caido a sus pies y apoyaba la frente en
una mano, estudiando los papeles puestos sobre la mesilla.

Era un joven rubio, de ojos claros. Su cabeza hacia recordar las de
los atletas griegos tales como las ha eternizado la escultura, tipo
que reaparece con una frecuencia inexplicable en las razas nordicas de
Europa: la nariz recta, la cabellera de cortos rizos invadiendo la
frente baja y ancha, el cuello vigoroso. Se hallaba tan ensimismado en
el estudio de sus papeles, que no vio llegar a Flor de Rio Negro.

Esta habia desmontado sin abandonar su lazo. Con la astucia y la
ligereza de un indio empezo a marchar a gatas por la suave pendiente,
sin que el mas leve ruido denunciase su avance. A pocos metros de
aquel hombre se incorporo, riendo en silencio de su travesura,
mientras hacia dar vueltas al lazo con vigorosa rotacion, dejandolo
escapar al fin. El circulo terminal de la cuerda cayo sobre el joven,
estrechandose hasta sujetarlo por mitad de sus brazos, y un ligero
tiron le hizo vacilar en su asiento.

Miro enfurecido en torno e hizo un ademan para defenderse; pero su
colera se troco en risuena sorpresa al mismo tiempo que llegaba a sus
oidos una carcajada fresca e insolente.

Vio a Celinda que celebraba su broma tirando del lazo; y para no ser
derribado, tuvo que marchar hacia la amazona. Esta, al tenerle junto a
ella, dijo con tono de excusa:

--Como no nos vemos hace tanto tiempo, he venido para capturarle. Asi
no se me escapara mas.

El joven hizo gestos de asombro y contesto con una voz lenta y algo
torpe, que estropeaba las silabas, dandolas una pronunciacion
extranjera:

--iTanto tiempo!... ?No nos hemos visto esta manana?

Ella remedo su acento al repetir sus palabras:

--iTanto tiempo!... Y aunque asi sea, gringo desagradecido, ?le parece
a usted poca cosa no haberse visto desde esta manana?

Los dos rieron con un regocijo infantil.

Habian retrocedido hasta donde aguardaba el caballo, y Celinda se
apresuro a montar en el, como si se considerase humillada y desarmada
permaneciendo a pie. Ademas, "el gringo", a pesar de su alta estatura,
quedaba de este modo con la cabeza al nivel de su talle, lo que
proporcionaba a Flor de Rio Negro la superioridad de poder mirarlo de
arriba abajo.

Como aun tenia el extranjero el circulo de cuerda alrededor de su
busto, Celinda quiso libertarle de tal opresion.

--Oiga, don Ricardo; ya estoy cansada de que sea mi esclavo. Voy a
dejarle libre, para que trabaje un poquito.

Y saco el lazo por encima de sus hombros; pero al ver que el joven
permanecia inmovil, como si en su presencia perdiese toda iniciativa,
le presento la mano derecha con una majestad comica:

--Bese usted, mister Watson, y no sea mal educado. Aqui en el desierto
va usted perdiendo las buenas maneras que aprendio en su Universidad
de California.

Rio el ingeniero del tono solemne de la muchacha y acabo por besar su
mano. Pero la miraba con la bondad protectora de las personas mayores
que se complacen celebrando las malicias de una nina traviesa, y esto
parecio contrariar a la hija de Rojas.

--Acabare por renir con usted. Se empena en tratarme como una
muchachita, cuando soy la primera dama del pais, la princesa dona Flor
de Rio Negro.

Continuaba Watson sus risas, y esta insistencia vencio finalmente la
fingida gravedad de la joven. Los dos unieron sus carcajadas; pero la
senorita Rojas mostro a continuacion un interes maternal, que le hizo
enterarse minuciosamente de la vida que llevaba su amigo.

--Trabaja usted demasiado, y yo no quiero que se canse, ?sabe,
gringuito?... Es mucho quehacer para un hombre solo. ?Cuando viene su
amigo Robledo?... De seguro que estara divirtiendose alla en Paris.

Watson hablo tambien con seriedad al oir el nombre de su asociado.
Estaba ya de regreso y llegaria de un momento a otro. En cuanto a su
trabajo, no lo consideraba anonadador. El habia hecho cosas mas
dificiles y penosas en otras tierras. Mientras los ingenieros del
gobierno no terminasen el dique, lo que trabajaban Robledo y el era
unicamente para ganar tiempo, pues los canales de nada podian servir
sin el agua del rio.

Habian empezado a caminar, e insensiblemente se dirigieron hacia el
pueblo. Ricardo marchaba a pie, con una mano apoyada en el cuello del
caballo y los ojos en alto, para ver a Celinda mientras hablaba. Los
peones, dando por terminado el trabajo, recogian sus herramientas.
Como los dos querian evitar un encuentro con los grupos que regresaban
al pueblo, siguieron avanzando lejos del rio, por donde empezaba a
elevarse el terreno, formando la pendiente de la altiplanicie pampera.

Al subir la hinchazon de un contrafuerte de esta muralla que se perdia
de vista, contemplaron a sus pies todo el antiguo campamento
convertido en pueblo y la amplitud lacustre formada por el rio ante el
estrecho donde iba a construirse el dique.

El campamento era un conglomerado de viviendas levantadas sin orden:
chozas hechas de adobes con cubierta de paja, casas de ladrillo con
techos de ramaje o de cinc, tiendas de lona. Las construcciones mas
comodas eran de madera y desarmables, estando ocupadas por los
ingenieros, los capataces y otros empleados. Por encima de todas las
viviendas emergia una casa de madera montada sobre pilotes, con una
galeria exterior ante sus cuatro fachadas: un _bengalow_ desembarcado
en Bahia Blanca semanas antes por encargo del italiano Pirovani,
contratista de las obras del dique.

Asi que empezaba a anochecer, las calles de este pueblo improvisado,
desiertas durante el dia, se poblaban instantaneamente con la variada
muchedumbre de los peones. Los grupos, al volver de los diversos
lugares donde habian estado trabajando, se encontraban y se
confundian, siguiendo la misma direccion.

Una casa de madera, que por su tamano era la unica que podia
compararse con la del contratista, los iba atrayendo a todos. Sobre su
puerta habia un rotulo, hecho en letras caligraficas: "Almacen del
Gallego". Este gallego era, en realidad, andaluz; pero todos los
espanoles que van a la Argentina deben ser forzosamente gallegos. Al
mismo tiempo que despacho de bebidas era tienda de los mas diversos
articulos comestibles y suntuarios. Su dueno se ofendia cuando las
gentes llamaban "boliche" a lo que el daba el titulo de "almacen";
pero todos en el pueblo seguian designando al establecimiento con el
nombre primitivo de su modesta fundacion.

Un grupo de parroquianos fieles ocupaba por derecho propio las
cercanias del mostrador. Unos eran emigrantes de Europa que habian
rodado por las tres Americas, desde el Canada a la Tierra del Fuego.
Otros, mestizos o blancos, vueltos al estado primitivo despues de
largos anos de existencia en el desierto: hombres de perfil aguileno,
gran barba y luenga cabellera, tocados con amplios chambergos y
llevando un cinturon de cuero adornado con monedas de plata, dentro
del cual ocultaban, a medias nada mas, el revolver y el cuchillo.

Fuera del boliche--ahora almacen--, unas en espera de sus maridos para
que no bebiesen demasiado, y otras al atisbo de los companeros de sus
noches, estaban las bellezas mas notables de la Presa, mestizas de tez
de canela y ojos de brasa, con cabelleras duras de color de tinta y
dientes de luminosa blancura, unas exageradamente gordas; otras
absurdamente flacas, como si acabasen de salir de una poblacion
sitiada por hambre o como si una llama interior devorase sus jugos.

Empezaron a brillar luces en las casas, perforando con sus rojas
punzadas la gasa violeta del crepusculo. Celinda y su acompanante
contemplaban el pueblo y el rio silenciosamente, como si temieran
cortar con sus voces la calma melancolica del ocaso.

--Vayase, senorita Rojas--dijo el de pronto, repeliendo la dulce
influencia del ambiente--. Va a cerrar la noche y su estancia se halla
lejos.

Se resistio Celinda a reconocer la posibilidad de un peligro para
ella. Ni los hombres ni la noche podian inspirarle miedo. Pero al fin
se despidio de Watson y puso su caballo al galope.

Entro Ricardo en la Presa por un descampado que sus habitantes
consideraban como la calle principal; aunque en esta poblacion
reciente, todas las vias resultaban principales a causa de su enorme
amplitud.

El gobierno previsor de Buenos Aires no toleraba que los pueblos
surgidos en el desierto tuviesen calles de menos de veinte metros de
anchura. iQuien podia adivinar si serian algun dia grandes
ciudades!... Y mientras llegaba esto, las viviendas bajas y de un solo
piso permanecian separadas de las de enfrente por un espacio enorme
que barrian en linea recta los huracanes glaciales o entoldaban con su
niebla las columnas de polvo. Unas veces el sol hacia arder el suelo,
levantando ante el paso del transeunte nubes rumorosas de moscas;
otras, los charcos de las rarisimas lluvias obligaban a los habitantes
a marchar con agua hasta la rodilla para ver al vecino de enfrente.

Segun avanzaba Watson entre las dos filas de viviendas, fue
encontrando a los principales personajes del pueblo. Primeramente vio
al senor de Canterac, un frances, antiguo capitan de artilleria, que,
segun afirmaban muchos que se decian amigos suyos, se habia visto
obligado a marcharse de su patria a consecuencia de ciertos asuntos
de indole privada. Ahora servia como ingeniero al gobierno argentino,
en obras remotas y penosas de las que huian sus colegas hijos del
pais.

Era un hombre de cuarenta anos, enjuto de cuerpo, con el pelo y el
bigote algo canosos, pero conservando un aspecto juvenil. Tenia al
andar cierto aire marcial, como si aun vistiese uniforme, y se
preocupaba de la elegancia de su indumento, a pesar de que vivia en el
desierto.

Habia entrado a caballo por la llamada calle principal, vistiendo un
elegante traje de jinete y cubierta la cabeza con un casco blanco. Al
ver a Watson echo pie a tierra para caminar junto a el, sosteniendo a
su caballo de las riendas, al mismo tiempo que examinaba unos dibujos
del americano.

--?Y Robledo, cuando vuelve?--pregunto.

--Creo que llegara de un momento a otro. Tal vez ha desembarcado hoy
en Buenos Aires. Vienen con el unos amigos.

El frances siguio examinando los planos del joven, sin dejar de andar,
hasta que llegaron frente a la pequena casa de madera que le servia de
alojamiento. Alli entrego las riendas con una brusquedad de cuartel a
su criado mestizo, y antes de meterse en su vivienda dijo a Ricardo:

--Creo que solo nos faltan seis meses para terminar la primera presa
en el rio, y Robledo y usted podran regar inmediatamente una parte de
sus tierras.

Continuo Watson la marcha hacia su casa; pero a los pocos pasos hizo
alto para responder al saludo de un hombre todavia joven, vestido con
traje de ciudad, y que tenia el aspecto especial de los oficinistas.
Llevaba anteojos redondos de concha, y sostenia bajo un brazo muchos
cuadernos y papeles sueltos. Parecia uno de esos empleados laboriosos,
pero rutinarios, incapaces de iniciativas ni de grandes ambiciones,
que viven satisfechos y como pegados a su mediocre situacion.

Se llamaba Timoteo Moreno y era nacido en la Republica Argentina, de
padres espanoles. El Ministerio de Obras Publicas lo habia enviado
como representante administrativo a las obras de la Presa, y el era el
encargado de pagar al contratista Pirovani las sumas debidas por el
gobierno.

Despues que saludo a Watson se dio una palmada en la frente y quiso
retroceder, mirando al mismo tiempo sus papeles.

--He olvidado dejar en casa del capitan Canterac el cheque sobre Paris
que le entrego todos los meses.

Luego hizo un movimiento de hombros y continuo andando junto al
norteamericano.

--Se lo dare cuando vuelva a mi casa. De todos modos, no tenemos
correo hasta pasado manana.

Estaban frente al _bengalow_ habitado por el hombre mas rico del
campamento, y vieron como salia este y se acodaba en la barandilla de
una de las galerias. Luego, al reconocerlos, bajo apresuradamente la
escalinata de madera.

El italiano Enrico Pirovani habia llegado a la Argentina como obrero
diez anos antes, y era tenido ya por uno de los hombres mas ricos del
territorio patagonico que se extiende desde Bahia Blanca a la frontera
andina de Chile. Todos los Bancos respetaban su firma. No pasaba de
los cuarenta anos; llevaba el rostro afeitado; era grande y musculoso,
pero empezaba a mostrar la blandura naciente de los organismos
invadidos por la grasa. Tenia el aspecto del trabajador manual que ha
hecho fortuna y no puede ocultar cierta tosquedad reveladora de su
origen. Lucia numerosas sortijas, asi como una gran cadena de reloj, y
su traje siempre era flamante.

Estrecho las manos de los dos y dirigio a continuacion una mirada de
interes a los papeles que traia Moreno. El contratista y el empleado
del gobierno se veian todas las semanas para hablar de los trabajos.

Insistio el italiano en invitar a Ricardo a que entrase en su casa
para beber una copa.

--Aunque soy viudo y estoy solo, procuro que mi vivienda tenga cierto
_confort_, lo mismo que una de Buenos Aires. Entre a verla. He
comprado nuevas cosas. La ultima vez no la visito usted toda.

Watson tuvo que seguirle, convencido de que daria un disgusto al
contratista si no admiraba una vez mas su casa. Subieron los peldanos
de madera y entraron en el comedor, cuyos muebles elegantes resultaban
demasiado pesados y vistosos.

Pirovani los enseno con vanidad, golpeandolos para ensalzar los
meritos del roble y elevando los ojos al techo mientras aludia a sus
precios. Luego les mostro el salon--amueblado igualmente con exceso,
pues habia que marchar tortuosamente entre tantos sillones y
mesillas--y un dormitorio, que parecia pertenecer por lo vistoso a una
hembra de vida galante.

En todas estas piezas se notaba el rudo contraste entre la suntuosidad
abrumadora de los muebles y la modestia de los tabiques, cubiertos de
un papel ordinario.

--iLo que me ha costado todo esto!--dijo el contratista con un orgullo
pueril--. Pero usted, don Ricardo, que es un joven de buena familia y
ha visto mucho, ?no es verdad que lo encuentra muy... _chic_?

Al volver al comedor, una criadita indigena, con larga trenza
colgando sobre la espalda, puso en la mesa botellas y copas.

--Ahora--continuo el italiano--voy a tomar como "gobernanta" a
Sebastiana, la de la estancia de Rojas. Esta casa exige una mujer
inteligente que se encargue de dirigirla.

Watson no quiso aceptar una segunda copa. Debia irse para que aquellos
hombres hablasen de los trabajos por cuenta del Estado.

Al salir de la casa habia cerrado ya la noche, y toda la vida del
antiguo campamento parecia reconcentrarse en el boliche. Su doble
puerta extendia sobre el suelo dos rectangulos rojos, que eran la
iluminacion mas fuerte del pueblo.

Los parroquianos venerables bebian de pie junto al mostrador, un
espanol tocaba el acordeon y otros trabajadores europeos bailaban con
las mestizas valses y polcas. Abundaban los chilenos, venidos del otro
lado de la Cordillera, para escapar despues de unos cuantos dias de
trabajo, arrastrados por su eterna mania ambulatoria. Eran gentes
inquietantes por la facilidad con que tiraban del cuchillo, sin dejar
por eso de sonreir y hablar melosamente. En otro grupo estaban los
hombres del pais, con barbas, poncho y grandes espuelas, jinetes
errabundos que nadie sabia de que vivian ni tampoco donde eran
nacidos. Imitaban a los antiguos gauchos, llevando el ancho cinturon
de cuero adornado con arabescos de monedas de plata, que les servia
para guardar sus armas.

Todos estos americanos aceptaban con despectivo silencio el acordeon y
los bailes de _gallegos_ y de _gringos_, hasta que al fin cualquiera
de su clase reclamaba a gritos los bailes de la tierra. Esta
exigencia, hecha con tono amenazador, obligaba a retirarse a las
parejas que danzaban agarradas, a estilo europeo. Unas veces era el
_pericon_ o el _gato_, antiguos bailes argentinos, lo que danzaban los
hijos del pais; pero las mas de las noches la _cueca_ chilena
enardecia horas enteras, con su palmoteo y sus gritos, al publico del
boliche.

El dueno del establecimiento entregaba dos guitarras, guardadas
cuidadosamente debajo del mostrador. Los guitarristas iban a sentarse
en el suelo; pero inmediatamente acudia una mestiza para ofrecerles,
como sillones honorificos, dos craneos de caballo.

Eran los mejores asientos de la casa. Habia tambien un par de sillas
para cuando llegaba el comisario de policia o alguna otra autoridad,
pero algo desvencijadas e inseguras. Los esqueletos abandonados en el
campo proporcionaban asientos mas solidos y durables.

Al son de las guitarras empezaban a formarse las parejas de la danza
chilena. Las bailarinas tenian un panuelo en una mano, y con la otra
levantaban un poco su falda para dar vueltas lentamente. Los hombres
ostentaban tambien en su diestra un panuelo de color, comunicandole un
movimiento rotatorio al mismo tiempo que bailaban en torno a la mujer.
Era una repeticion de la danza de las epocas primitivas; la eterna
historia del macho persiguiendo a la hembra. Ellas bailaban trazando
pequenos circulos para huir del hombre, y este las acosaba y envolvia
girando en una orbita mas amplia.

Las mestizas que no habian salido a bailar palmoteaban incesantemente,
acompanando el runruneo de las guitarras. De vez en cuando una de
ellas entonaba la copla de la _cueca_, y los hombres daban alaridos,
arrojando sus sombreros.

Un jinete desmonto frente al boliche, atando su caballo a un poste del
sombraje. Al entrar recibio su rostro la luz roja de los quinques que
colgaban del techo, y muchos hombres le saludaron respetuosamente.

Llevaba el poncho y las grandes espuelas de los jinetes del pais. Su
perfil aguileno y su tez hacian recordar a los arabes de origen puro.
La barba y la cabellera eran en el luengas, negras y rizosas. Este
hombre, cuya edad no parecia mas alla de los treinta anos, podia ser
tenido por hermoso; pero su rostro se contraia algunas veces con un
gesto repelente, y sus grandes ojos obscuros brillaban con una
expresion imperiosa y cruel. Le apodaban _Manos Duras_, nombre famoso
en el pais y resultaba un vecino inquietante, pues vivia de vender
reses, y nadie lograba averiguar donde habia hecho antes sus compras.

Algunos viejos, conocedores de su origen, lo declaraban nacido en la
Pampa Central. Sus padres, sus abuelos, toda su familia, habian sido
personas excelentes, "gauchos buenos", que vivian de la crianza de la
propia "hacienda". Pero Manos Duras habia nacido para ser "gaucho
malo", ladron de reses y maton. En vano su padre, hombre de bien, le
daba buenos consejos y sanos ejemplos.

Un antiguo parroquiano del boliche resumia con gravedad filosofica la
ineficacia de estos esfuerzos valiendose de un refran del pais:

"Al que nace barrigon, es en balde que lo fajen."

El dueno del almacen, al verle entrar, le presento un vaso de ginebra,
y los gauchos de peor catadura se llevaron una mano al sombrero para
saludarle, como si fuese su jefe. Los trabajadores europeos le miraron
con curiosidad, repitiendo su nombre, y las mestizas fueron hacia el,
sonriendo como esclavas.

Manos Duras acogio este recibimiento con cierta altivez. Una de las
mujeres se apresuro a ofrecerle un asiento de honor, y trajo otro
craneo de caballo. Se acomodo el terrible gaucho en el, teniendo en
torno a los demas parroquianos sentados en el suelo.

Continuo la _cueca_, interrumpida un momento por la aparicion de Manos
Duras, y no ceso al entrar un nuevo personaje, acogido con grandes
reverencias por el dueno del establecimiento desde el otro lado del
mostrador.

Era don Roque, comisario de policia de la Presa y unico representante
de la autoridad argentina en el pueblo y sus alrededores. El
gobernador del territorio de Rio Negro vivia en una poblacion a
orillas del Atlantico, para llegar a la cual era preciso un viaje de
doce dias a caballo; seis veces mas de lo que se necesitaba para
trasladarse a Buenos Aires por ferrocarril. A causa de esto, el
comisario disfrutaba de la mejor de las independencias: la del olvido.
El gobernador vivia demasiado lejos para mandarle. Su jefe mas
inmediato era el ministro del Interior, residente en la capital de la
Republica; pero se hallaba demasiado alto para ocuparse de su
existencia.

En realidad, no abusaba de su poder, ni disponia tampoco de medios
para hacerlo sentir exageradamente a los demas. Era un senor grueso,
bondadoso, de trato campechano: un burgues de Buenos Aires venido a
menos que habia pedido un empleo para poder vivir, resignandose a
aceptarlo en la Patagonia. Llevaba traje de ciudad, pero con el
aditamento de botas altas y gran sombrero, creyendo haber conseguido
con esto el aspecto que exigia su cargo. Un revolver bien a la vista
de todos, sobre el chaleco, era la unica insignia de su autoridad.

Se desprendio el espanol de la mejor silla de su establecimiento,
guardada detras del mostrador para las visitas extraordinarias, y el
comisario fue a colocarse junto a Manos Duras. Este saludo quitandose
el sombrero, pero sin moverse del craneo que le servia de asiento.

Los dos hombres conversaron, mientras continuaba el baile. Don Roque
empezo a fumar un gran cigarro, ofrecido por el gaucho con ademanes de
gran senor.

--Hay quien asegura--dijo en voz baja--que eres tu el que robo la
semana pasada tres novillos en la estancia de Pozo Verde. Eso no esta
en mi jurisdiccion, pues pertenece a Rio Colorado; pero mi companero
el comisario de alla sospecha que eres tu el del robo.

Manos Duras siguio fumando en silencio, escupio, y dijo al fin:

--Calumnias de los que desean que no venda carne al campamento de la
Presa.

--Le han dicho tambien al gobernador del territorio que eres tu el que
mato hace meses a los dos comerciantes turcos.

El gaucho levanto los hombros y contesto con frialdad, como si
quisiera dar fin a este dialogo:

--iMe han atribuido tantos crimenes, sin poder probarme ninguno!...

Continuo el baile en el "Almacen del Gallego" hasta las diez de la
noche. En un pais donde todos se levantaban con el alba, equivalia
esta hora a las de la madrugada, en que terminan las fiestas de las
grandes ciudades.

Los personajes mas importantes del campamento tampoco dormian. Estaban
con la pluma en la mano y el pensamiento muy lejos.

El ingeniero Canterac, apoyando un codo en su mesa y con los ojos
entornados, creia ver el remoto Paris y en el una casa vecina al Campo
de Marte, cuyo quinto piso estaba ocupado por su esposa y sus hijos.

Era una senora de aspecto triste, con el pelo canoso y el rostro
todavia fresco. A sus lados estaban sentadas dos ninas. Un muchacho de
catorce anos, su hijo mayor, de pie ante ella, escuchaba sus
palabras... Y la madre acababa por mostrarles sobre el canape de su
modesto salon un retrato que representaba a Canterac joven, con
uniforme militar. El amueblado de las habitaciones, lo mismo que los
trajes de todos ellos, revelaban una existencia modesta pero ordenada,
digna y con cierta distincion.

Conmovido el ingeniero por las visiones que el mismo iba creando, hizo
un esfuerzo para arrancarse a ellas, y siguio escribiendo la carta que
tenia empezada sobre la mesa:

"Pronto volvere a veros. Las deudas de honor que me obligaron a
alejarme de Paris quedaran saldadas en breve, gracias a ti, valerosa
companera de mi vida, que has sabido manejar habilmente los ahorros
que te envie. iComo deseo verte en mis brazos para decirte una vez mas
mi amor y mi gratitud!... iComo ansio ver a nuestros hijos, despues de
tan larga separacion..."

Quedo el ingeniero con la diestra inmovil y la pluma en alto. Habia
perdido su rigida impasibilidad de hombre autoritario. Tenia los ojos
humedos a causa de su emocion y se paso una mano por ellos. Hizo un
esfuerzo para reconcentrar su voluntad y siguio escribiendo el final
de su carta:

"iAdios a ti, esposa mia! iAdios, hijos mios! Hasta el proximo
correo.--_Roger de Canterac._"

Pero cuando iba a doblar el pliego, anadio una posdata:

"Adjunto te remito el cheque de este mes. El proximo cheque sera mas
importante que todos los que llevas recibidos, pues espero cobrar,
ademas de mi sueldo, las retribuciones atrasadas de varios trabajos
particulares hechos en los dos ultimos anos."

Pirovani tambien estaba en su despacho, a la misma hora pluma en mano
y con los ojos vagorosos, como si contemplase interiormente una vision
ideal.

Su pensamiento le conducia hasta un colegio de Italia donde estaba su
hija unica; un colegio dirigido por monjas y cuyas alumnas eran en su
mayor parte de apellido aristocratico, lo que proporcionaba grandes
satisfacciones a la vanidad pueril del contratista.

Parecia ennoblecerse su rostro con la sonrisa dirigida a esta vision.
Avanzo los labios cual si pretendiese enviar un beso a su hija por
encima de tres mil leguas de tierras y mares. Luego siguio
escribiendo:

"Estudia mucho, Ida mia; aprende todo lo que necesita saber una senora
del gran mundo, ya que tu padre, despues de tantas privaciones y
trabajos, ha podido juntar una fortuna que le permite darte una buena
educacion... Yo fui menos dichoso que tu, y nacido en la pobreza tuve
que abrirme paso en el mundo, sin apoyo alguno, arrastrando el fardo
de mi ignorancia. Para evitarte molestias no quise casarme otra vez...
iQue no hare yo por ti, Ida mia!"

"El ano proximo pienso dar por terminados mis negocios en America, y
volvere a nuestra patria, y comprare un castillo del que seras tu la
reina; y tal vez se enamore de ti algun noble oficial de caballeria
con apellido ilustre, y tu pobrecito papa tendra celos... imuchos
celos!..."

Mientras Pirovani escribia las ultimas palabras, su rostro empezo a
dilatarse con una sonrisa bondadosa.

Moreno, el argentino, no enviaba su pensamiento tan lejos. Escribia en
la casita de madera donde estaba instalada su oficina, bajo la luz de
un quinque de petroleo; pero su imaginacion, siguiendo la linea del
ferrocarril, se detenia, a dos dias de marcha, en un pueblo cercano a
Buenos Aires.

Tambien al levantar por un momento la cabeza para quitarse los
anteojos y limpiarlos, contemplaba, como los otros, una vision
familiar. Su esposa, una mujer joven, de rostro dulce, estaba con una
criatura de pechos en el regazo, entre dos ninos y una nina algo
mayores; pero ninguno de ellos pasaba de los siete anos. La habitacion
modesta ofrecia un aspecto fresco y gracioso. Aquella madre de
familia, al mismo tiempo que atendia a la prole, se preocupaba del
buen orden de su casa.

"A todas horas me acuerdo de ti y de los ninos. De seguir los deseos
de mi corazon, os traeria a todos inmediatamente a Rio Negro; pero
temo que nuestros pequenos sufran demasiado en este desierto. La vida
que yo llevo no es para que la soporten nuestros hijitos ni tampoco
tu, animosa companera de mi existencia."

Contemplo Moreno un retrato puesto sobre la mesa, en el que aparecia
su esposa y sus cuatro hijos. Beso la fotografia con emocion y volvio
a escribir:

"Afortunadamente, en el Ministerio me aprecian un poco por mi
laboriosidad, y espero que antes de un ano me trasladaran a Buenos
Aires. El mes proximo solicitare un permiso para ir a veros. El viaje
es caro, pero no puedo sufrir mas tiempo esta ausencia dolorosa."

Ricardo Watson no escribia cartas, pero ensonaba despierto como los
otros.

Sentado ante un tablero de dibujo en el que habia clavada una hoja
grande de papel, iba trazando los contornos de un canal. Pero el
dibujo se esfumo poco a poco para ser reemplazado por una vision de la
realidad ordinaria. Las lineas rojas y azules se convirtieron en un
rio orlado de sauces, en terrenos yermos y caminos polvorientos.

Este paisaje liliputiense ofrecia la vista completa de las tierras que
rodeaban el pueblo de la Presa, pero en escala tan reducida que todas
cabian en el tablero. Y a traves de la diminuta planicie vio de pronto
galopar a un jinete no mas grande que una mosca, que iba saltando con
alegre soltura; la senorita Rojas, vestida de hombre y moviendo el
lazo sobre la cabeza.

Watson se llevo una mano a los ojos, restregandoselos para ver mejor.
iFalsas ilusiones de la noche!

Luego agito sus dedos sobre el papel, como si lo abanicase para
ahuyentar el enganoso panorama, y reaparecio el trazado de los
canales, con sus lineas rojas y azules.

Se sumio otra vez el joven en su monotona labor de dibujante lineal;
pero a los pocos instantes sus ojos volvieron a levantarse del papel.
Ahora creyo ver en el fondo de la habitacion a Celinda montada a
caballo; pero no como una amazona pigmea, sino con su talla ordinaria.

La muchacha le arrojo de lejos su lazo, riendo con aquella risa que
ponia al descubierto su dentadura juvenil, y el norteamericano,
maquinalmente, bajo la cabeza para librarse de la cuerda opresora.

"Estoy sonando--penso--. Esta noche no puedo trabajar. Vamonos a la
cama."

Pero antes de domirse vio el pueblo entero como lo habia contemplado a
la puesta del sol, desde una altura, en compania de Celinda.

Ahora la tierra estaba en la obscuridad, y sobre el telon azul del
horizonte, acribillado de luz, se imagino ver el crecimiento de una
inmensa aparicion: una mujer de grave hermosura, coronada de estrellas
y con una tunica negra de bordados igualmente siderales, que abria
sus brazos gigantescos, arrancando de los jardines del infinito las
flores del ensueno, para derramarlas como una lluvia de petalos
fosforescentes sobre el mundo dormido.

Era la Noche, divinidad misericordiosa que hacia ver a los desterrados
en este rincon del planeta todos los seres amados por ellos.

Como Ricardo Watson estaba solo en el mundo, la Noche escogia para el
la flor mas primaveral... Y el joven, antes de cerrar los ojos, empezo
a conocer la dulce melancolia que acompana siempre al primer amor.

* * * * *




#VI#


Un grupo de chicuelos ceso de jugar en la llamada calle principal,
lanzando gritos de asombro al ver el aspecto extraordinario del
carruaje que, tres veces por semana, o sea los dias de tren, iba y
volvia de la Presa a la estacion de Fuerte Sarmiento.

La misma diversidad etnica de los habitantes del pueblo se notaba en
este grupo infantil, compuesto de distintas razas. Los ninos blancos
parecian como perdidos dentro de pantalones viejos de sus padres y sus
pies se movian sueltos en el interior de enormes zapatos. Los
indigenas llevaban una simple camisita o iban con la barriga al aire,
resaltando sobre su curva achocolatada el amplio boton del ombligo.

Como todos ellos estaban acostumbrados a que los viajeros que llegaban
a la Presa no llevasen otro equipaje que la llamada "lingera", saco de
lona donde guardaban su ropa, se asombraron al ver la cantidad de
baules y maletas del coche-correo, vieja diligencia tirada por cuatro
caballos huesudos y sucios de lodo.

Una gran parte de dicho equipaje iba amontonado en el techo del
vehiculo, y al avanzar este rechinando sobre los profundos relejes
abiertos en el polvo, se inclinaba con un balanceo comico o
inquietante, como si fuese a volcar.

En la puerta del boliche se agolparon los hombres libres de trabajo,
atraidos por tal novedad. Se detuvo el coche ante la casa de madera
habitada por Watson, y este se mostro rodeado de su servidumbre.

Corrieron hombres y mujeres, lanzando exclamaciones al ver que bajaba
del carruaje el ingeniero Robledo. Muchos se abalanzaron para
estrechar su mano confianzudamente, con la camaraderia de la vida en
el desierto. Despues todos parecieron olvidar al espanol, a causa de
la curiosidad que les inspiraban los desconocidos salidos del coche.

Primeramente echo pie a tierra el marques de Torrebianca para dar la
mano a su esposa. Esta vestia un lujoso abrigo de viaje, cuya
originalidad chocaba violentamente con todo lo que existia en torno de
ella.

Se mostraba muy seria, con el gesto duro de sus malos momentos. Miraba
a un lado y a otro con extraneza y disgusto. A pesar del amplio velo
que defendia su cara, el polvo rojizo del camino habia cubierto sus
facciones y su cabellera. Sus ojos delataban una gran desesperacion y
todo en su persona parecia gritar: "?Donde he venido a caer?"

--Ya llegamos--dijo Robledo alegremente--. Dos dias y dos noches de
ferrocarril desde Buenos Aires y un par de horas de coche a traves de
una tempestad de polvo, no es mucho. Mas lejos esta el fin del mundo.

Varios hombres de los que habian saludado a Robledo dandole la mano
empezaron a descargar espontaneamente las maletas amontonadas en el
techo y el interior de la diligencia.

Una doncella de la marquesa habia enviado de Paris a Barcelona este
equipaje, que representaba los ultimos restos del gran naufragio de
los Torrebianca.

En torno a Elena se fue formando un corro de chiquillos y pobres
mujeres, en su mayor parte mestizas, contemplandola todos con asombro
y admiracion, como si fuese un ser de otro planeta que acababa de caer
en la tierra. Algunas muchachitas tocaron disimuladamente la tela de
su vestido, para apreciar mejor su finura.

Fueron acudiendo, atraidos por el suceso, los principales personajes
del campamento, y el espanol hizo la presentacion de sus amigos
Canterac, Pirovani y Moreno.

Al ver Watson que los hombres que habian cargado con los equipajes los
metian en su vivienda, busco a Robledo apresuradamente.

--Pero ?esa senora tan elegante va a vivir con nosotros?...

--Esa senora--contesto el espanol--es la esposa de un companero que
viene a participar de nuestra suerte. No vamos a construir un palacio
para ella.

Le fue imposible a la recien llegada ocultar su desaliento al recorrer
las diversas piezas de la casa de los dos ingenieros, que iba a ser en
adelante la suya. Las paredes eran de madera, los muebles pocos y
rusticos, y mezclados con ellos vio sillas de montar, aparatos de
topografia, sacos de comestibles. Todo estaba revuelto y sucio en esta
vivienda dirigida por hombres distraidos a todas horas por las
preocupaciones de su trabajo.

Torrebianca sonreia con una amabilidad humilde, aceptando las
explicaciones de su amigo. Todo lo que este hiciese le parecia bien y
digno de agradecimiento.

--He aqui nuestra servidumbre--dijo Robledo.

Y presento a una mestiza gorda y entrada en anos, la criada principal,
dos pequenos mestizos descalzos, que llevaban los recados, y un
espanol rustico, encargado de la caballeriza. Esta gente mal pergenada
fue manifestando con sonrisas interminables la admiracion que sentia
ante la hermosa senora, y Elena acabo por reir tambien, nerviosamente,
al recordar los domesticos que habia dejado en Paris.

Despues de la cena, Robledo, que deseaba enterarse de la marcha de los
trabajos, hablo a solas con su consocio. Este le fue ensenando los
planos y otros papeles.

--Antes de seis meses--anadio Watson--podremos regar nuestras tierras,
segun afirma Canterac, y dejaran de ser una llanura esteril.

Robledo mostro su contento.

--Un verdadero paraiso va a surgir, gracias a nuestro trabajo, de este
suelo que solo produce ahora matorrales. Miles de personas encontraran
aqui una existencia mejor que en el viejo mundo. Usted y yo, querido
Ricardo, vamos a ser enormemente ricos y haremos al mismo tiempo un
gran bien. La vida es asi. Para que se realice un progreso, es
necesario que este progreso empiece por enriquecer a alguien
egoistamente.

Quedaron los dos silenciosos, con la mirada vaga, como si contemplasen
en su imaginacion el aspecto que iban a ofrecer las tierras yermas
despues de varios anos de riego. Vieron campos eternamente verdes,
canales rumorosos en los que el agua parecia reir, caminos orlados de
altos arboles, casitas blancas... Watson pensaba en los jardines
frutales de California, y Robledo en la huerta de Valencia.

El norteamericano fue el primero que salio de esta abstraccion,
senalando mudamente la pieza inmediata, donde se habian instalado los
recien llegados.

Dormitaba Torrebianca en ella ocupando un sillon de lona. Su esposa,
sentada en otro sillon, tenia la frente entre las manos, en una
actitud tragica. Persistia en su pensamiento la misma pregunta
desesperada: "?Donde he venido a caer?..."

Durante los dias pasados en Buenos Aires, encontro tolerable su
destierro. Era una gran ciudad a la europea, en la que habia que
buscar tenazmente algun rincon de la antigua vida colonial para
convencerse de que se habia llegado a America. Experimentaba la
extraneza de vivir en un hotel mediocre y carecer de automovil. Aparte
de esto, su existencia no habia experimentado ningun sacudimiento...
iPero el viaje, despues, por llanuras interminables, en las que el
tren marchaba horas y horas sin encontrar una persona ni una casa,
como sobre si la superficie del mundo se hubiese creado el vacio!...
iLa llegada a esta tierra remota, en la que la rueda o el pie
levantaban al avanzar nubes de polvo, y los organos respiratorios se
obstruian con la tierra disuelta en el aire, y todas las gentes tenian
un aspecto de abandono, lo que no evitaba que tratasen a los demas con
molesto companerismo, como si se considerasen iguales, al vivir lejos
de los otros grupos humanos!... iAy! iDonde habia venido a caer!...

Robledo, adivinando el pensamiento de Watson, contesto a su muda
pregunta:

--Mi amigo nos ayudara como ingeniero. No debe usted preocuparse de
el. Yo le dare una participacion en nuestro negocio, pero sera de lo
que a mi me corresponde.

El joven, despues de escuchar el relato de las desgracias de
Torrebianca, tales como Robledo creyo prudente darlas a conocer, se
limito a decir:

--Ya que el amigo de usted viene a trabajar con nosotros, exijo que su
parte se saque por igual de lo que nos corresponde a usted y a mi. Me
parece una persona excelente y quiero ayudarle. Ademas, su esposa me
da lastima.

Le estrecho la mano Robledo, agradeciendo su generosa resolucion, y ya
no hablaron mas de este asunto.

Desde la manana siguiente, Elena, que tenia cierta facilidad para
adaptarse a las diversas situaciones de su existencia, se mostro
laboriosa y emprendedora. Quiso conquistar la admiracion de aquellos
hombres por sus talentos domesticos, lo mismo que semanas antes
pretendia distinguirse en los salones por otros meritos menos
humildes. Vistiendo un traje de corte sastre que ella habia desechado
en Paris y asombraba aqui a todos por su elegancia, se dedico con los
guantes puestos a la limpieza y arreglo de la casa, marchando al
frente de la mestiza gorda y sus dos acolitos.

Cuando intentaba predicarles con el ejemplo, se hacia visible
inmediatamente su torpeza para esta clase de trabajos. Otras veces
quedaba vacilante, no sabiendo como se hacia lo que acababa de
ordenar, y era indispensable una intervencion de la mestiza para
sacarla del apuro.

En la cocina, una gran lampara, alimentada con la misma esencia de los
motores que perforaban el suelo, servia para los guisos. Elena,
animada por la facilidad con que podia apagarse y encenderse este
fogon, quiso intervenir en los preparativos culinarios. Pero hubo de
resignarse igualmente a reconocer la superioridad de la domestica
cobriza, riendo al fin de su ineptitud para los trabajos domesticos.

Queriendo hacer algo, se quito los guantes e intento lavar los platos;
pero inmediatamente volvio a ponerselos temiendo que el agua fria
perjudicase la finura de sus dedos y el brillo de sus unas.
Precisamente, en los momentos de desesperacion por su nueva
existencia, lo unico que le proporcionaba cierto alivio era contemplar
melancolicamente sus manos.

Torrebianca, vistiendo un traje de campo, fue con Watson y Robledo a
visitar los canales, enterandose del curso de los trabajos, hablando
familiarmente con los peones, examinando el funcionamiento de las
maquinas perforadoras.

Poco despues estaba sucio de polvo de la cabeza a los zapatos, y sus
manos sintieron una comezon dolorosa al empezar a curtirse; pero
conocio al mismo tiempo la alegre confianza del que cuenta con un
medio seguro de ganar su vida.

Cerrada ya la noche, volvian diariamente los tres ingenieros a su
vivienda, donde encontraban la mesa puesta. Al principio se lamento
Elena de la rusticidad de los platos y los cubiertos. Por iniciativa
suya, trajo la mestiza del "Almacen del Gallego" varios objetos
baratos, procedentes de Buenos Aires. Con esto y unas cuantas hierbas
ligeramente floridas, que los dos pajes cobrizos iban a buscar en la
ribera del rio, la mesa presentaba cada vez mejor aspecto. Se iba
notando en la casa la presencia de una mujer hermosa y elegante.

Una noche, mientras la cocinera traia el primer guiso, Elena se
despojo de una salida de teatro, que por ser algo vieja prestaba
servicios de bata. Al desprenderse de esta envoltura aparecio
descotada, con un traje de fiesta un poco ajado, pero todavia
brillante, recuerdo de sus tiempos felices.

Watson la miro con asombro, y Robledo hizo un gesto disimulado,
llevandose un dedo a la frente para indicar que la creia algo loca.

El marques permanecio impasible, como si nada de su mujer pudiera
causarle extraneza.

--Siempre he comido con traje descotado--dijo Elena--, y no veo la
razon de modificar aqui mis costumbres. Seria para mi un tormento.

Despues de la cena se desarrollaban largas conversaciones, en las
cuales la parte mayor correspondia a Robledo. Este hablaba con
predileccion de los hombres de vida interesante que habia visto
desfilar por "la tierra de todos". Muchos de ellos llevaban corrido
casi todo el planeta antes de llegar a la Patagonia; otros acababan de
huir de Europa, ansiosos de aventuras, para forjarse una nueva
existencia.

Al desembarcar en Buenos Aires les salian al encuentro los mismos
obstaculos del mundo que dejaban a sus espaldas. La gran ciudad era ya
vieja para ellos; abundaban los pobres en sus tugurios llamados
"conventillos"; resultaba tan dificil ganarse la vida en esta
metropoli como en Europa. Algunas veces aun era mayor la dificultad
que en el antiguo continente, por la gran concurrencia de
profesionales llegados de todas partes... Y se esparcian hacia los
sitios mas apartados de la Republica, invadiendo los territorios
todavia desiertos, donde se estaban realizando obras preparatorias
para la instalacion de las inmigraciones futuras.

--iLos tipos que he visto pasar por aqui en pocos anos!--continuaba
Robledo--. Una vez me interese por cierto peon que tenia la nariz roja
de los alcoholicos, pero guardaba en su persona un no se que revelador
de un pasado interesante.

Era una ruina humana; pero igual a los palacios en escombros, cuya
historia se presiente por un fragmento de estatua o de capitel
descubierto entre los muros derrumbados, este hombre, que robaba a sus
camaradas y quedaba en el suelo como muerto despues de sus
borracheras, tenia siempre en su decaida persona un ademan o una
palabra que hacian adivinar su origen.

--Un dia vi como por broma peinaba a uno de nuestros capataces y le
arreglaba los bigotes en punta, a estilo del kaiser Guillermo. Mande
que le diesen de beber todo lo que quisiera. Es el medio mas seguro de
que esos hombres hablen, y el hablo. El borracho, avejentado
prematuramente, era un baron de Berlin, antiguo capitan de la Guardia
imperial, que habia perdido al juegos sumas importantes confiadas por
sus superiores. En vez de matarse, como lo exigia su familia, se vino
a America, rodando hasta lo mas bajo. Empezo siendo general en el
Nuevo Mundo, y acabo de peon ebrio y mal trabajador.

Al ver que Elena se interesaba por el personaje, Robledo continuo
modestamente:

-Este aleman fue general en una de las revoluciones de Venezuela. Yo
tambien he sido general en otra Republica y hasta ministro de la
Guerra durante veinte dias; pero me echaron por parecerles demasiado
cientifico y no saber manejar el machete como cualquiera de mis
ayudantes.

Despues hablo de otro peon igualmente ebrio, pero silencioso y triste,
que habia venido a morir en la Presa y estaba enterrado cerca del rio.
Robledo encontro papeles interesantes en el fondo de la "lingera" de
este vagabundo piojoso. Habia sido en su juventud un gran arquitecto
de Viena. Tambien encontro la vieja fotografia de una dama con peinado
romantico y largos pendientes, semejante a la asesinada emperatriz de
Austria. Era su esposa, y habia muerto en Khartoum, hecha pedazos por
los fanaticos del Sudan, capitaneados por el Madhi, cuando su marido
iba con el general Gordon. Otra fotografia representaba a un hermoso
oficial austriaco, con la levitilla blanca muy ajustada al talle: el
hijo de aquel mendigo.

--Y es inutil--continuo Robledo--querer levantar a estos vagabundos.
Se les limpia, se les proporciona una existencia mejor, se les
sermonea para que beban menos y recobren sus facultades de hombres
inteligentes. Cuando ya estan repuestos y parecen felices, se
presentan una manana con el saco al hombro: "Me voy, patron; arregleme
la cuenta." Nada se consigue haciendoles preguntas. Estan contentos,
no tienen de que quejarse, pero se van. Apenas se sienten bien, el
demonio que los empuja para que rueden por la tierra entera vuelve a
acordarse de ellos. Saben que mas alla de la linea del horizonte se
levantan los Andes, y detras de la cordillera de los Andes esta Chile,
y despues la inmensidad del Pacifico con sus numerosas islas, y
todavia mas lejos, los interesantes paises del macizo asiatico...
Sienten el tiron de su mania ambulatoria que despierta. "Vamos a ver
todo eso." Y se echan la "lingera" al hombro, para volver a sufrir
hambres y fatigas, para morir en un hospital o abandonados en un
desierto... Y cuando no mueren y pueden seguir marchando detras de la
Ilusion que revolotea junto a sus ojos, vuelven por segunda vez a este
pais; pero es despues de haber dado la vuelta entera a la tierra.

Algunas noches los dos ingenieros hablaban de su propia existencia.
Watson tenia poco que contar. Educado en California, habia empezado su
vida profesional en las minas de plata de Mejico, donde aprendio el
espanol, continuandola despues en las del Peru. Finalmente habia
pasado a Buenos Aires, conociendo en esta ciudad a Robledo y
asociandose a el para la empresa de Rio Negro.

El espanol no gustaba de recordar su existencia antes de establecerse
en la Argentina. Habia intervenido en revoluciones que despreciaba,
mezclandose en ellas unicamente por una necesidad de accion. Habia
emprendido tambien prodigiosos negocios, viendose al final enganado y
robado, unas veces por sus companeros, otras por los gobiernos. Rudos
vaivenes de fortuna le habian hecho pasar de una abundancia absurda a
una miseria de vagabundo. Pero evitaba hablar de sus aventuras en
otros paises y sus relatos eran siempre sobre la vida que habia
llevado en Patagonia.

No podia olvidar un horrible sed sufrida en aquella altiplanicie que
empezaba al borde de la cortadura del rio Negro, extendiendose hasta
el estrecho de Magallanes. Fue cuando renuncio a servir al gobierno
argentino, lanzandose como ingeniero particular a la exploracion de
estas tierras solitarias, en busca de un buen negocio. Para evitarse
gastos habia emprendido la travesia del desierto con un solo peon
indigena y una tropilla de seis caballos del pais, capaces de
alimentarse con lo que encontrasen, sufridos animales que se iban
relevando en la tarea de llevar sobre sus lomos a los dos viajeros.

Contaba Robledo con el auxilio de un plano hecho por otros
exploradores, en el cual se marcaban las "aguadas", unicos lugares
donde los expedicionarios podian detenerse.

Los anos anteriores habian sido de gran sequia. Al llegar a un pozo
encontro que el liquido era extremadamente salobre. El estaba
acostumbrado al agua de sal, que por un optimismo de los viajeros del
desierto figura como agua potable; pero la de este pozo resultaba
inadmisible para su estomago y el del mestizo acompanante.

Continuaron su marcha, confiando en la aguada que encontrarian al dia
siguiente. Este pozo no tenia agua salobre, pero era porque estaba
completamente seco... Y se habian visto obligados a seguir avanzando a
traves de una llanura siempre inmensa, siempre igual, guiandose por la
brujula y sufriendo una sed de naufragos, que les hacia marchar con
la boca jadeante, los ojos desorbitados y una expresion de locura en
ellos.

Por respeto a Elena, aludia Robledo voladamente a los recursos de que
se habian valido el mestizo y el para no perecer, bebiendo sus propios
liquidos renales y los de sus caballos.

--Una mania atormentadora se apodero de mi. Intente recordar todas las
veces que me habian invitado a beber en un cafe sin que yo quisiera
admitir el liquido que me ofrecian: cerveza, aguas gaseosas, helados.
Hacia memoria, igualmente, de todas las fiestas a que habia asistido
pasando con indiferencia ante una gran mesa llena de jarros y
botellas... Y yo me decia, perturbado por la fiebre, sin dejar de
marchar: "Si entonces hubieses tomado todos los _bocks_ de cerveza,
todos los refrescos gaseosos, todos los helados que te ofrecieron y tu
despreciaste, tendrias ahora en tu cuerpo una reserva liquida
importante, pudiendo resistir mejor la sed." Y este calculo absurdo me
atormentaba como un remordimiento, hasta el punto de sentir deseos de
abofetearme por mi torpeza.

Robledo acababa describiendo su arribo--cuando los caballos ya no
podian avanzar mas--a un pozo de agua salobre, que fue el mas
delicioso de los liquidos bebidos en toda su existencia... Y al final
de este viaje no encontro nada. Los datos que le habian hecho creer en
un gran negocio eran equivocados. Asi habia que ir a la conquista de
la fortuna en America, cuando se llegaba a ella con medio siglo de
retraso y todos los terrenos ricos, de facil explotacion, estaban ya
ocupados, quedando unicamente los remotos y asperos, que, algunas
veces, representaban la ruina y la muerte.

--De todos modos--continuo--, los hombres seguiran viniendo a este
rincon del mundo. Aqui vive para ellos la esperanza, sin la cual
resulta intolerable la existencia... No hay mas que hacer memoria de
nuestro origen: usted es rusa, Federico italiano, Watson de los
Estados Unidos, yo espanol. Fijese tambien en la procedencia de
nuestros habituales visitantes: cada uno es de una nacionalidad
distinta. Lo que yo digo: esta es la tierra de todos.

La casa de los dos ingenieros era visitada diariamente, despues de la
cena, por los mas grandes personajes del campamento. El primero en
presentarse era Canterac, con sus ropas de corte militar, pero se
notaba en su persona mayor acicalamiento que antes de la llegada de
los Torrebianca. Luego venia Moreno, mostrando cierta turbacion
emotiva al saludar a Elena, enredandose la lengua y pronunciando
balbuceos, en vez de palabras. Finalmente llegaba Pirovani, con un
traje nuevo cada dos noches y llevando algun obsequio a la senora de
la casa.

Canterac reia de el por lo bajo, afirmando que habia frotado
largamente sus sortijas, su cadena de reloj y hasta los gemelos de sus
punos, antes de salir del _bengalow_, para deslumbrarlos a todos con
su brillo.

Una noche se presento Pirovani vistiendo un traje de colores
detonantes que acababa de recibir de Bahia Blanca, y con un manojo de
rosas enormes.

--Me las han traido hoy de Buenos Aires, senora marquesa, y me
apresuro a entregarselas.

Canterac miro al italiano hostilmente, y dijo por lo bajo a Robledo:

--Mentira; las ha encargado por telegrafo, segun afirma Moreno, que lo
sabe todo. Esta tarde envio un hombre a todo galope a la estacion,
para traerlas a tiempo.

La criada mestiza, ayudada por los dos muchachos, quitaba la mesa, y
la habitacion con tabiques de madera iba tomando el mismo aire que si
Elena diese una fiesta. Los tres visitantes, al hablarla, repetian con
cierto arrobamiento la palabra "marquesa", como si les llenase de
orgullo verse amigos de una mujer de tan alta clase.

Elena no ocultaba cierta predileccion por Canterac. Los dos habian
vivido en Paris, en mundos distintos, aunque muy proximos. No se
habian encontrado nunca, pero acababan por recordar ciertas amistades
que les eran comunes.

Mientras ellos hablaban, Moreno fumaba resignadamente, cruzando
algunas palabras con Watson, y Pirovani conversaba con Robledo y
Torrebianca. El italiano no prestaba gran atencion a sus propias
palabras, espiando con ojos inquietos a la "senora marquesa" y su
acompanante.

La tertulia cambio totalmente de aspecto despues que Pirovani se
presento con sus rosas.

En la noche siguiente estaban los cuatro sentados a la mesa y mas
silenciosos que otras veces. Elena se habia puesto para la cena uno de
sus trajes mas vistosos, que hasta resultaba algo audaz alla en Paris.
Los tres ingenieros guardaban aun sus ropas de campo y parecian
cansadisimos del trabajo de la jornada. Robledo bostezo repetidas
veces, haciendo esfuerzos para mantenerse despierto. El marques se
habia adormecido en su silla, dando ligeras cabezadas. Elena miraba
fijamente a Ricardo, como si no lo hubiese visto bien hasta entonces,
y el evitaba el encuentro con sus ojos.

Entro Pirovani llevando un gran paquete y vistiendo otro traje nuevo,
cuadriculado de diversos colores, como la piel de un reptil.

--Senora marquesa: un amigo mio de Buenos Aires me ha enviado estos
caramelos. Permitame usted que se los regale. Tambien van en el
paquete unos cigarrillos egipcios...

Elena miro risuenamente el nuevo traje del contratista, agradeciendo
al mismo tiempo su regalo con remilgos y coqueterias.

A continuacion se presento Moreno luciendo zapatos de charol, chaque
de largos faldones y sombrero duro, lo mismo que si estuviera en la
capital y fuese a visitar al ministro.

Robledo, que se habia despabilado, mostro una admiracion ironica.

--iQue elegante!...

--Tuve miedo--contesto el oficinista--de que el chaque se me
apolillase en el cofre, y lo he sacado a tomar el aire.

Despues se acerco con timidez a Elena. "iBuenas noches, senora
marquesa!" Y le beso la mano, imitando la actitud de los personajes
elegantes admirados por el en comedias y libros.

Ya no quiso separarse de la duena de la casa, iniciando una
conversacion aparte, que parecio indignar a Pirovani. Al fin este se
levanto de su silla, necesitando protestar de tan descomedido
acaparamiento, y dijo a Robledo:

--iHa visto usted como viene vestido ese muerto de hambre!...

No habian terminado aun las sorpresas de aquella noche: faltaba la mas
extraordinaria.

Se abrio la puerta para dar paso a Canterac; pero este permanecio
inmovil en el quicio algunos momentos, deseoso de que todos le viesen
bien.

Iba vestido de _smoking_, con pechera dura y brillante, y mostraba
cierta indolencia aristocratica al andar, lo mismo que si entrase en
un salon de Paris. Saludo a los hombres con un movimiento de cabeza
ceremonioso y protector, besando despues la mano a Elena.

--Yo tambien, marquesa, siento ahora la necesidad de vestirme cuando
llega la noche, lo mismo que en otros tiempos.

Agradecida la Torrebianca a este homenaje, volvio la espalda a Moreno
y ofrecio una silla al recien llegado, junto a ella. Toda la noche
hablo preferentemente con el frances, mientras Pirovani permanecia en
un rincon, no ocultando su colera, y mostrandose al mismo tiempo
anonadado por la elegancia de Canterac.

Transcurrieron cuatro noches sin que el contratista se presentase en
la casa. Despues de la primera, Moreno se sintio interesado por tal
ausencia, y fue al domicilio de Pirovani para hacer averiguaciones.
Por la noche dio la noticia a Robledo:

--Tomo el tren para Bahia Blanca sin avisar a nadie. Debe traer entre
manos algun negocio gordo.

Y continuaron las tertulias sin otra novedad. El frances, siempre
vestido de _smoking_, era el preferido por Elena en sus
conversaciones. Moreno, al llegar la noche, se ponia el chaque, sin
otro resultado que dialogar con Torrebianca. Este acabo por salir una
noche de su cuarto vestido tambien de _smoking_, y al hacer Robledo
gestos de extraneza, se excuso senalando a su esposa.

Cuando en la quinta noche entro Moreno, se apresuro a hablar.

--iGran noticia! Pirovani ha vuelto al anochecer. Creo que le veremos
aqui de un momento a otro.

Como el contratista era la novedad de esta velada, todos esperaron su
aparicion.

Al abrir la puerta quedo inmovil en el quicio unos momentos--lo mismo
que habia hecho el otro--, para darse cuenta del efecto producido por
su llegada. Iba vestido de frac; pero un frac extraordinario y
deslumbrante, cuyas solapas estaban forradas con seda labrada de
gruesas y tortuosas venas, iguales a las de la madera, y llevaba,
ademas, un chaleco blanco ricamente bordado. En una solapa lucia una
gardenia. Sobre la pechera ostentaba una perla enorme, ademas de la
ancha cinta sostenedora de un monoculo inutil.

Su aspecto era solemne y magnifico, como el de un director de circo o
un prestidigitador celebre. Hacia esfuerzos por mantenerse sereno y
que nadie adivinase su emocion. Saludo a los hombres con varonil
altivez y se inclino ante la "senora marquesa", besandole una mano.

Los ojos de ella brillaron con una sorpresa ironica. Todo lo de
Pirovani la hacia sonreir. Pero acabo por agradecer esta
transformacion realizada en su honor, y acogio al contratista con
grandes muestras de afecto, haciendole sentar a su lado.

Canterac se aparto, visiblemente ofendido por esta predileccion.

Moreno hablaba a Robledo como escandalizado, senalando el frac de
Pirovani:

--iY para ese gran negocio emprendio su viaje con tanto misterio!...

El espanol se alejo de el para hablar con Watson. Este parecia
aturdido aun por la entrada teatral del italiano, y le admiraba
conteniendo su risa.

--Despues del _smoking_, el frac--murmuro Robledo--. El Carnaval se
extiende por el desierto, y esta mujer va a volvernos locos a todos.

Miro el traje del norteamericano, que era igual al suyo: un traje de
campo, util para los trabajos al aire libre, e hizo una comparacion
muda con el aspecto que presentaban los demas.

Luego penso:

"iQue perturbacion una hembra como esta cayendo entre hombres que
viven solos y trabajan!... Y aun ocurriran tal vez cosas peores.
iQuien sabe si acabaremos matandonos por su culpa!... iQuien sabe si
esta Elena sera igual a la Elena de Troya!..."

* * * * *




#VII#


--?Otro matecito, comisario?

Don Carlos Rojas estaba en la habitacion principal de su estancia,
sentado a la mesa con don Roque, el comisario de Policia del pueblo.
Una muchachita mestiza se mantenia erguida junto a ellos, mirandolos
con sus ojos oblicuos, en espera de ordenes.

Los dos tenian en su diestra la calabacita llena de mate, y chupaban
el liquido oloroso con un canuto de plata llamado "bombilla". Apenas
se daba cuenta la mestiza por el burbujeo de los canutos de que
escaseaba el liquido, corria a un fogon inmediato, trayendo la
"Paris", tetera de agua hirviente, para llenar a chorro las dos
calabacitas repletas de hierba mate.

Hablaban lentamente, interrumpiendo sus palabras para chupar. Rojas
hacia esfuerzos por contener su colera. El dia anterior le habian
robado un novillo, y el atribuia esta mala hazana a Manos Duras,
ganoso de apropiarse los animales ajenos para venderlos en la Presa.
Este robo le perjudicaba doblemente, pues ademas de ganadero era
abastecedor de carne del pueblo, considerando dicha venta como uno de
los mejores rendimientos de su estancia.

Al presentarse el comisario, llamado por el para que conociese el
robo, habia vuelto a recontar sus novillos. Era indudable que le
faltaba uno. Y se enardecia al hablar con don Roque, lamentandose de
la audacia de Manos Duras y afirmando que en Rio Negro no habia
justicia.

--Tres veces lo he enviado preso a la capital del territorio--dijo el
comisario con desaliento--, y siempre vuelve libre, por falta de
pruebas. ?Que podemos hacer nosotros?... Nadie quiere declarar contra
el.

Como Rojas insistiese en sus protestas, don Roque anadio para
calmarle:

--Voy a ver si esta vez consigo probar su delito. Le "garanto", don
Carlos, que hare cuanto pueda.

Y se lamento de los escasos medios coercitivos de que podia disponer.
Toda la tropa a sus ordenes eran cuatro policias indolentes, con
uniformes viejos y sin mas armas que largos sables de caballeria. Los
habitantes del pais, mejor pertrechados, les prestaban sus carabinas
cuando habian de perseguir a algun bandolero. Sus caballos eran los
mas flacos y peor alimentados de toda la comarca.

--Vivimos en una nacion federal--siguio diciendo el comisario--, y
unicamente las provincias, por ser autonomas, tienen bien organizada
su policia. Las autoridades de los territorios dependemos del gobierno
de Buenos Aires, y al vivir tan lejos nos olvidan, y solo podemos
contar con aquello que improvisamos.

La critica del abandono en que vivian los territorios llevo
insensiblemente a los dos argentinos a ensalzar por comparacion las
grandezas del resto de su pais.

--Aqui estamos olvidados y hechos unos salvajes--continuo don Roque--;
pero esto no es mas que la Patagonia, y hace unos anos nada mas que
empezo en ella la civilizacion. En cambio, companero, icomo ha
adelantado el resto de nuestro pais en menos de medio siglo!...
iPucha! iQue cosa barbara!

Acabaron por olvidar sus preocupaciones inmediatas para no ver mas que
la parte de la Republica que habia progresado vertiginosamente. Al
final alabaron del mismo modo la tierra en que vivian. Don Roque,
patriota optimista y de un entusiasmo receloso, presentia enemigos en
todas partes.

--Esta Patagonia, ahora desierta, vera usted que linda se nos pone
dentro de unos anos, cuando sus tierras sean regadas. Fue una
verdadera suerte que su aspecto pareciese tan feo a los de Europa. Por
eso es nuestra aun y no nos la han robado.

Y contaba a Rojas lo que habia leido en periodicos y libros.

--Hace anos, un gringo muy mentado, al que llamaban don Carlos Darwin
(el mismo que descubrio que todos venimos del mono), anduvo por estos
pagos. Era joven y habia desembarcado en Bahia Blanca de una fragata
de guerra inglesa que daba la vuelta al mundo. Queria estudiar las
plantas y los animales de aqui; pero encontro poco que hacer, pues no
abundaban entonces las unas ni los otros. Al fin parece que se marcho
desesperado, y dio a este pais el titulo de "Tierra de la
Desolacion"... Nos hizo un favor el gringo. Si llega a enterarse de lo
que es esta tierra cuando la riegan, nos la roban los ingleses, como
nos robaron las islas Malvinas, que ellos llaman de Falkland.

Rojas tambien evocaba el pasado, para lamentar la ceguera de sus
abuelos y sus padres. Habian tenido el defecto de ser ricos en la
epoca que aun no se habian creado las fortunas mas grandes de la
Argentina.

Fue esto despues de 1870, cuando el gobierno de Buenos Aires, cansado
de tolerar las rapinas de los indios salvajes y ladrones casi a las
puertas de su capital, habia completado la obra conquistadora de los
antiguos espanoles enviando al desierto una expedicion militar, que se
ensenoreo de veinte mil leguas de terreno, casi todo el laborable.

--El gobierno daba la legua a quinientos pesos, y el peso de entonces
solo valia unos centavos. Ademas, concedia varios anos de plazo para
el pago, y hasta insertaba en el diario oficial el nombre del
comprador, declarandolo benemerito de la patria. Los soldados de la
expedicion recibieron tambien, como recompensa, leguas de terreno,
cuyo titulo de propiedad vendian despues a los bolicheros a cambio de
ginebra o comestibles. Y estas tierras son las que ahora surten de
trigo y de carne a medio mundo y han visto levantarse sobre ellas
tantos pueblos y ciudades. La legua que costo unos centavos vale hoy
millones. Muchos de los que poseen esas tierras no han tenido otro
merito que guardarlas improductivas, sin querer venderlas, esperando
la inmigracion europea que las hiciese prosperar. Como mis
ascendientes eran ricos antiguos en aquella epoca y poseian una gran
estancia, no quisieron adquirir campos nuevos. iQue desgracia!...

Olvidaba Rojas sus despilfarres, que habian consumido la mejor parte
de la herencia paternal, para acordarse unicamente de la fortuna
enorme que podian haber improvisado sus ascendientes aprovechando,
como tantos otros, la rapida expansion del pais.

Una visita vino a interrumpir la platica de los dos argentinos.
Celinda entro en la habitacion con falda de amazona, dio un beso a su
padre y saludo a don Roque. Aprovechando este los breves momentos en
que desaparecio el estanciero para volver con una caja de cigarros,
dijo a la joven, mirando maliciosamente su falda:

--Por el campo va usted vestida de otro modo.

Sonrio Celinda, amenazandole despues con un ademan gracioso para que
guardara silencio.

--Callese--dijo--, no sea que le oiga mi viejito.

Mientras los dos hombres encendian sus cigarros, volviendo a hablar de
Manos Duras y la necesidad de perseguirlo, Celinda abandono la
estancia, montando un caballo con silla femenil.

Media hora despues galopaba por las inmediaciones del rio, pero en
otro caballo y vestida de hombre. Vio un grupo de jinetes que venian
hacia ella y se detuvo para reconocerlos.

El ingeniero Canterac, deseoso de inspirar mayor interes a la marquesa
de Torrebianca, la habia invitado a un paseo por las inmediaciones del
rio, para que conociese las obras realizadas bajo su direccion. En
este paseo podria apreciar Elena su importancia de primer jefe del
campamento, viendo ademas como era obedecido por centenares de
hombres.

Ella y el frances hacian trotar sus cabalgaduras a la cabeza del
grupo. Detras venia Pirovani, manteniendose mal sobre su caballo y
esforzandose por introducirlo entre los caballos de los dos. Cerraban
la marcha el marques, Watson y Moreno.

Al pasar Elena y Canterac frente a Celinda, las dos mujeres se
miraron. La marquesa sonrio a la otra, como si quisiera entablar
conversacion; pero la joven permanecio cenuda y con ojos severos.

--Es una nina--dijo el ingeniero--muy traviesa y juguetona, y aunque
tiene cierto aspecto de muchacho, la creo capaz de trastornar la
cabeza a cualquier hombre. Muchos la llaman Flor de Rio Negro.

Elena, ofendida por la actitud de la hija de Rojas, la miraba ahora
orgullosamente.

--Tal vez sea una flor--dijo--, pero demasiado silvestre.

Y siguio adelante, escoltada por sus dos admiradores.

Esta breve conversacion fue en frances, y Celinda solo pudo comprender
algunas palabras; pero adivino que la otra habia dicho algo contra
ella, e hizo una mueca de desprecio asomando su lengua entre los
labios.

Pasaron a continuacion los jinetes del segundo grupo. El marques
saludo ceremoniosamente a la joven. Moreno no se fijo en ella, pues
solo tenia ojos para vigilar el lejano grupo en que iba la marquesa.

Ricardo Watson fingio no entender los gestos de Celinda, indicandole
con sus ademanes que se veia obligado a seguir a los demas.

Le dejo ella marcharse haciendo un mohin de contrariedad; pero
arrepentida luego, tiro de las riendas a su caballo, obligandole a dar
una vuelta en redondo para seguir al grupo.

Al mismo tiempo que trotaba busco con su diestra en el delantero de la
silla el rollo del lazo, arrojando este contra su amigo. Despues fue
recobrando la cuerda, y Watson, para no verse derribado, tuvo que
detenerse y acabo por retroceder, mientras sus dos companeros seguian
adelante, sin darse cuenta del incidente.

Llego Ricardo adonde estaba la joven, teniendo aun el lazo apretado
sobre sus hombros. Podia haberse desprendido de el, continuando su
camino; pero se mostraba indignado por semejante broma y preferia
hablar inmediatamente a la revoltosa muchacha.

--Venga usted aqui--dijo ella sonriendo, mientras recogia dulcemente
casi toda la cuerda--. ?Como se atreve a ir con esa... mujer, sin
pedirme antes permiso?

El ingeniero contesto con una voz hostil:

--Usted no tiene ningun derecho sobre mi, senorita Rojas, y yo puedo
ir con quien quiera.

Palidecio Celinda al notar el tono inesperado con que le hablaba el
joven; pero se repuso de esta mala impresion, recobrando su
jovialidad. Despues dijo, imitando la voz grave del otro:

--Senor Watson: yo tengo sobre usted el derecho indiscutible de que su
persona me interesa, y no puedo tolerar que vaya mal acompanado.

El norteamericano, vencido por la comica seriedad con que dijo ella
estas palabras, acabo por reir. Celinda rio tambien.

--Ya conoce usted mi caracter, gringuito... No me da la gana que vaya
con esa mujer. Ademas, es demasiado vieja para usted... Jureme que me
obedecera. Solo asi puedo dejarle libre.

Watson juro solemnemente con una mano en alto, mientras hacia
esfuerzos por mantenerse serio, y ella le saco el lazo de los hombros.
Despues guiaron sus caballos en direccion opuesta a la que habian
seguido Elena y su cortejo de jinetes.

A partir del dia en que el ingeniero frances mostro a la marquesa las
obras realizadas en el rio, haciendo alarde de su autoridad sobre los
trabajadores, Pirovani se sintio humillado y deseoso de tomar el
desquite.

Una manana, acodado en la barandilla exterior de su vivienda, creyo
haber descubierto el medio de vencer a su rival.

Media hora despues llego frente a la casa un capataz de los que
Pirovani tenia a su servicio y al que confiaba siempre las misiones
dificiles.

Era un chileno avispado y muy agil para salir de apuros, al que sus
compatriotas apodaban el _Fraile_ por haber sido sus maestros los
dominicos de Valparaiso. El _Fraile_ poseia sus letras y mostraba
cierta aficion al empleo de palabras raras, acentuandolas
arbitrariamente, segun las reglas de su capricho. Tenia la voz melosa,
el ademan extremadamente cortes, gustaba de ingerir frases poeticas en
su conversacion, y habia huido de la tierra natal por dos cuchilladas
mortales dadas a un amigo.

Llego a caballo, adivinando que el aviso del patron debia ser para un
viaje largo. Desmonto, y Pirovani fue a su encuentro, dandole
palmaditas en la espalda para hacer patente de este modo la confianza
afectuosa que ponia en el. Unas veces le llamaba "chileno" con tono
carinoso; otras, "roto", denominacion ironica que se da a si mismo el
populacho de Chile.

--Oye, roto; vas a ir a todo galope a la estacion. El tren para Buenos
Aires pasara antes de dos horas, y es preciso que no lo pierdas.

El _Fraile_, siempre impasible y sonriente, no pudo reprimir un gesto
de asombro al enterarse de que lo enviaban a Buenos Aires.

--Cuando llegues alla--continuo Pirovani--, entregaras esta lista a
don Fernando, mi representante. Tu lo conoces. Dile que haga las
compras en seguidita, que te entregue los paquetes, y tomas el tren
unas horas despues. Te doy cinco dias para ir y volver.

Puso el chileno un rostro grave al escuchar estas ordenes. Debia ser
una mision de gran importancia la que le confiaba su patron, y se
sintio orgulloso de que hubiese pensado en el.

Pirovani le entrego un punado de billetes de Banco para los gastos de
viaje y le dijo adios, volviendo la espalda con la gallardia de un
general que acaba de dictar la orden decisiva del triunfo.

Bajo el _Fraile_ los escalones, frunciendo su entrecejo con expresion
pensativa:

"Debe ser un pedido de herramientas muy urgentes para el trabajo...
Tambien es posible que me envie por dinero..."

Al ver que Pirovani se habia metido en su casa, no quiso buscar
mentalmente nuevas explicaciones y abrio el sobre que acababa de
recibir, empezando a leer su contenido en medio de la calle.

Sus ojos pasaron por varios renglones, sin comprenderlos.

"Una docena de frascos de "Jardin Encantado".

"Idem idem de "Ninfas y Ondinas".

"Seis docenas de cajas de jabon "Claro de Luna".

El capataz continuo la lectura de las diversas hojas que componian el
cuaderno. Al fin empezo a entender su texto, y esta comprension sirvio
para aumentar su asombro, iY para eso le enviaban a Buenos Aires, con
orden de volver inmediatamente!...

--iPadre San Francisco!--murmuro--. Esto no puede ser para una sola
hembra. Esto es para todo el haren del Gran Turco.

Pero como le placia el viaje a Buenos Aires, aunque solo quedase alla
unas horas, monto a caballo alegremente, saliendo a todo galope para
no llegar tarde a la estacion.

De todos los que visitaban por la noche a la marquesa de Torrebianca,
el mas tranquilo en apariencia era Moreno. Como sus trabajos
administrativos solo le ocupaban verdaderamente una vez por semana,
pasaba el resto de ella leyendo en la casita de madera donde tenia su
oficina. Era un lector avido e incansable, capaz de tragarse una
novela cada veinticuatro horas, y a veces dos. Su aficion a los
relatos novelescos de todas clases era antigua; pero se habia
exacerbado en la Presa a causa de las largas horas de soledad. Todos
se iban a trabajar en las inmediaciones del pueblo, dejandolo solo en
su rustico despacho.

Despues de la llegada de los marqueses de Torrebianca sus
predilecciones literarias, indeterminadas hasta entonces, se
concretaron en pro de las fabulas que se desarrollan en un ambiente
aristocratico, teniendo por heroes a personajes del llamado gran
mundo.

El podia juzgar ahora idoneamente de la verosimilitud de tales
historias, pues se rozaba con personas de la mas alta sociedad de
Paris.

Algunas veces cesaba de leer y ponia su mirada en el techo con una
expresion de extasis. El deseo parecia cantar dentro de su craneo:

"iSer heroe de novela!... iVerse amado por una gran senora!"

Una tarde, cuando menos lo esperaba, Moreno vio llegar frente a su
casa al ingeniero Canterac montado a caballo. A tales horas estaba
siempre vigilando las obras del dique. Algo muy importante debia
ocurrir para que el capitan viniera a buscarle.

Se acerco el jinete a la ventana junto a la cual leia el oficinista y
dio la mano a este inclinandose sobre su montura. Teniendo por
inutiles los preambulos, dijo inmediatamente, con una sequedad
militar:

-He venido a verle cuanto antes para que pueda aprovechar el correo de
hoy... Quiero hacer un obsequio a la marquesa. La pobre carece de todo
en este desierto, y como usted recordara, nos hablo hace poco de lo
que sufre por no tener aqui perfumeria de Paris.

El ingeniero saco de un bolsillo varios papeles para darselos a
Moreno.

--Es un extracto de todos los catalogos de Buenos Aires que ha podido
proporcionarme el gallego del boliche. Por cierto que tardo mucho en
encontrarlos. Debia habermelos entregado hace tres dias, para que
usted aprovechase el otro tren... Pero, en fin, vamos a lo que
importa. Como usted tiene tantas amistades en Buenos Aires, escriba
alla para que envien todo eso, y descuenteme su importe de mi sueldo
de este mes.

Moreno tomo los papeles, haciendo signos afirmativos.

--Creo--siguio diciendo el ingeniero--que no se me adelantara en este
obsequio el tal Pirovani, que cada vez resulta mas insufrible.

Al marcharse Canterac hacia las obras del dique, Moreno empezo a
examinar los papeles. Sus ojos se dilataron de asombro, tomando casi
la misma forma circular de las gafas con montura de concha que los
cubrian.

Era una larguisima lista, no solo de perfumes y jabones, sino de toda
clase de objetos de tocador. El capitan habia entrado por las paginas
de los catalogos como en tierra recien descubierta, haciendo suyo lo
que encontraba al paso.

--Hay aqui por valor de mas de mil pesos--se dijo el oficinista--, y
el ingeniero solo cobra seiscientos al mes.

Su austeridad de hombre de numeros, metodico y prudente, le hizo
indignarse contra esta falta de equilibrio entre los ingresos y los
gastos. Pero acabo por sonreir, encontrando natural el despilfarro.
iLa marquesa era tan interesante!... Ademas, una senora de su alcurnia
no podia llevar la misma vida de privaciones de las mujeres del vulgo.

Paso Moreno el resto de la tarde inquieto y pensativo. Varias veces
intento reanudar la lectura de la novela que traia entre manos, pero
el volumen acababa siempre por caer sobre su mesa, cubierta de papeles
administrativos. Al fin busco entre estos papeles un pliego de carta,
y frunciendo el ceno con la expresion recelosa de un nino que teme ser
cogido en plena mentira, empezo a escribir:

"Mi morocha linda: Enviame lo antes posible, en un paquete, el traje
de fraque que me hice cuando nos casamos. La vida ha cambiado aqui
completamente. Grandes personajes nos visitan con frecuencia, hay
muchas fiestas, y yo deseo presentarme con un aspecto bien como el que
mas. Esto puede ayudarme en mi carrera y..."

Se detuvo Moreno para rascarse la cabeza con el mango de la pluma.
Luego siguio escribiendo, con el mismo gesto infantil de inquietud y
remordimiento, hasta llenar las cuatro paginas de la carta.

Todas las noches, en la tertulia de la marquesa, mostraba ahora
Pirovani el gesto preocupado del que desea proponer algo y cuando va a
hablar se siente enmudecido por la emocion.

Despues de una semana de dudas se decidio a formular su deseo,
precisamente la noche en que el oficinista esperaba conseguir el mayor
exito de su vida.

Elena llevaba uno de sus trajes descotados, a los que agregaba o
quitaba adornos para que diesen diariamente una impresion de novedad.
El ingeniero frances y Torrebianca iban puestos de _smoking_ y
Pirovani seguia ostentando su majestuoso frac... Pero ya no era el
unico en lucir esta prenda. Moreno se habia presentado a ultima hora
con el frac enviado por su mujer, pieza modesta que revelaba tener
algunos anos de vida. Pero de todos modos era un frac, y el del
contratista habia perdido el privilegio de ser unico, lo que puso
nervioso a su poseedor, dandole nuevos animos para expresar sus
deseos.

Watson y Robledo vestian trajes obscuros. Los dos se habian visto
obligados a cambiar de ropa todas las noches, para no parecer
"inarmonicos"--como decia el espanol--en medio de esta elegancia
absurda creada por la presencia de Elena.

Como el norteamericano estaba fatigado de su trabajo en los canales,
tuvo que sofocar numerosos bostezos, y al fin se levanto para
retirarse a su dormitorio. Elena le miraba ahora con interes, y no
oculto su despecho al ver que desaparecia, saludandola friamente, como
si nada le importase alejarse de ella.

El aquel momento Canterac estaba retenido por su conversacion con el
marques, Moreno hablaba con Robledo, y a Pirovani le parecio oportuno
no dejar que transcurriese mas tiempo sin exponer a Elena lo que
pensaba.

--Temia hablar, senora marquesa; pero al fin me decido, y ialla va!...
Este marco es indigno de su hermosura y su elegancia.

Y el contratista abarco con una mirada de desprecio la habitacion y
todos sus muebles.

--Si usted quiere, desde manana puede instalarse en mi casa. Suya es.
Yo me alojare en la vivienda de uno de mis empleados.

No mostro Elena gran asombro. Parecia que esperase desde mucho antes
esta proposicion, como si ella misma se la hubiese sugerido lentamente
al contratista. Pero no por ello dejo de hacer gestos de protesta, al
mismo tiempo que sonreia y acariciaba con sus ojos a Pirovani.

Finalmente parecio ablandarse, y prometio que estudiaria la
proposicion, consultando a su esposo antes de decidirse.

Esta consulta fue al dia siguiente, mientras Robledo y Watson se
hallaban en las obras de los canales.

Torrebianca, a pesar de la sumision con que acogia ordinariamente las
proposiciones de su mujer, se mostro escandalizado. Le era imposible
aceptar la generosidad de Pirovani.

--?Que pensara la gente al ver que nos cede una casa que es su
orgullo?...

Y movia su cabeza con energicas negativas. Surgio en su interior una
repulsion de casta, al pensar que pudiera protegerle aquel compatriota
de gustos ordinarios. No le era antipatico; pero nunca le admitiria
como un igual.

Elena acabo por irritarse, cansada de sus protestas.

--Tu amigo Robledo nos protege, y sin embargo no se te ocurre por eso
que pueda murmurar la gente... ?Que tiene de extraordinario que un
amigo nuevo nos demuestre su simpatia cediendonos su casa?

Estaba tan acostumbrado Torrebianca a obedecer a su esposa, que
bastaron las ultimas palabras de ella para quebrantar su resistencia.
Sin embargo, aun insistio en sus negativas, y Elena anadio para
convencerle:

--Comprendo tus escrupulos, si la casa fuese regalada; pero es
simplemente alquilada. Asi se lo he dicho a Pirovani. Tu le pagaras el
alquiler cuando la empresa dirigida por Robledo retribuya tus
trabajos.

El marques lo acepto todo al fin, con un gesto de resignacion. Parecia
mas viejo y mas desalentado, como si le royese lentamente una dolencia
moral.

--Hagase lo que tu quieras. Mi unico deseo es verte feliz.

Al dia siguiente visito su esposa la casa de Pirovani, para conocerla
por entero antes de proceder a su instalacion en ella.

La recibio el contratista en lo alto de la escalinata, acompanandola
despues por las diversas habitaciones, palido de emocion al verse a
solas con la "senora marquesa". Esta, para darse aires de duena,
ordeno inmediatamente a la servidumbre que cambiase algunos muebles de
sitio. El italiano elogio su buen gusto de gran dama, guinando un ojo
a la mestiza, su ama de llaves, para que se uniese a esta admiracion.

Llegaron al dormitorio que habia sido del italiano y en adelante seria
de ella. Encima de todos los muebles habia grandes paquetes en papel
fino, atados y sellados de los que se desprendian gratos olores. Los
fue abrienddo el contratista, y quedaron visibles docenas de frascos
de esencias y de cajas de jabon, asi como otros articulos de tocador;
todo el encargo enorme hecho a Buenos Aires, que parecia acariciar los
ojos con el brillo de sus botellitas de cristal tallado, de sus
estuches con forros de seda y pieles finas, de sus etiquetas de oro,
al mismo tiempo que cosquilleaban el olfato unos perfumes de jardin
sobrenatural.

Ella iba de asombro en asombro, y acabo por reir, lanzando
exclamaciones alegres e ironicas.

--iQue generosidad!... Hay para poner una tienda de perfumista.

Pirovani, cada vez mas palido, enardecido por esta sonrisa y por la
soledad, intento aproximar su boca a la de ella, besandola. Pero como
Elena esperaba desde mucho antes este ataque, le fue facil repelerlo
avanzando sus dos manos energicamente, a la vez que decia:

--Eso equivale a quererme hacer pagar el alquiler de la casa, como un
vil comerciante. En tal caso, ya no hay regalo. iY yo que le creia a
usted un _gentleman_!...

Sintio cierta lastima al darse cuenta de la confusion de Pirovani. El
pobre temia no haber procedido con el tacto de un hombre elegante.
Para consolarlo puso su mano derecha junto a la boca de el.

--Contentese con esto--dijo.

El italiano beso la mano con entusiasmo, y fueron tan repetidos sus
besos, que al fin tuvo ella que retirarla, amenazandole con un dedo
para que guardase prudencia.

Luego continuo la visita de la casa, llevando al contratista tras de
sus pasos. Parecia arrepentido de su audacia y arrepentido al mismo
tiempo de la docilidad con que habia obedecido a aquella mujer.

Pero por encima de tan opuestos sentimientos paladeaba una sensacion
de triunfo al recordar el contacto de aquella mano fina y olorosa.
Esto le hizo persistir mentalmente en su opinion:

"iOh, las grandes senoras!... No hay mujeres como ellas."

* * * * *




#VIII#


El aspecto de la casa de Pirovani cambio mucho al instalarse en ella
los Torrebianca.

Las ventanas lucian ahora, a traves de sus vidrios, unas cortinas
flamantes. Ya no se mostraban en las galerias exteriores las
domesticas mal vestidas y realizando al aire libre ciertos trabajos de
limpieza. La presencia de aquella senora tan hermosa y elegante habia
impuesto a la servidumbre nuevos cuidados personales. Hasta la gorda
Sebastiana iba vestida todos los dias "de domingo", como decian sus
amigas.

Otra novedad conocio el vecindario de la Presa con la instalacion de
Elena en la casa del contratista. El salon de Pirovani tenia un piano
de media cola, que habia permanecido cerrado hasta entonces. Lo compro
el italiano en Buenos Aires por complacer a un compatriota suyo, dueno
de un almacen de instrumentos de musica. Ademas le habian dicho que un
salon "distinguido" no esta completo si carece de un piano, pero con
cuerdas horizontales y la tapa a medio levantar. Y compro el valioso
instrumento, sin esperanza de que llegase a la Presa un visitante
capaz de utilizarlo.

Elena, que en sus horas de soledad era una fumadora insaciable, cuando
se cansaba de ir con el cigarrillo en la boca de una a otra pieza
examinando los adornos y comodidades de su nueva casa, abria el piano,
dejando que sus dedos corriesen sobre las teclas. Asi pasaba las
horas, recordando romanzas de su juventud, casi ignoradas por la
generacion que habia seguido a la suya, o repitiendo la musica que era
de moda cuando ella huyo de Paris.

Muchas veces, entusiasmada por estas evocaciones del pasado, sentia la
necesidad de unir su voz a la del instrumento. Sus cantos hacian que
Sebastiana y las otras criadas abandonasen los trabajos en el corral,
avanzando lentamente hacia el interior de la casa con la expresion de
amansamiento de las bestias subyugadas por la voz y la lira de Orfeo.

Una parte del vecindario sentia igualmente esta atraccion. Apenas
cerrada la noche, cuando los trabajadores habian terminado su cena,
muchos chiquillos y mujeres se encaminaban a la casa de Pirovani,
sentandose en el suelo a alguna distancia de ella, para contemplar las
ventanas, levemente tenidas de rojo. Si algunos ninos impacientes
empezaban a perseguirse en sus juegos, las madres les imponian
silencio:

--iCallad, malditos, que la senora va a cantar!...

Y se estremecian con una emocion religiosa al oir los sonidos del
piano y la voz de Elena. Era como la melodia de un mundo lejanisimo
que iba llegando a traves de las paredes de madera hasta esta
muchedumbre simple de gustos, que en punto a musica llevaba varios
anos sin oir otra que la de las guitarras del boliche.

Algunos hombres venian a unirse al publico rudo, enardecidos por un
sentimiento en el que se mezclaban la admiracion y el deseo. Los
mismos que habian mirado con indiferencia a la nina de la estancia de
Rojas por parecerles un muchacho, se entusiasmaban viendo pasar a
caballo, con falda de amazona, a la marquesa de Torrebianca.

--Eso es una mujer... iVaya unas curvas!

Y al oir su canto, quedaban como embobados por una delicia voluptuosa.
Segun ellos, solo una mujer de gran hermosura podia cantar asi.

Una semana despues de haberse instalado los Torrebianca en la nueva
vivienda anuncio Sebastiana a sus amigas que la senorona, a partir de
aquella noche, iba a recibir diariamente a sus amistades, lo mismo que
hacian las damas ricas de Buenos Aires. Este anuncio sirvio para que
las comadres de la Presa se imaginasen algo nunca visto; y despues de
la cena empezaron a formarse grupos de curiosos frente a las ventanas
iluminadas. Algunas mujeres se ponian una mano junto al oido pura
escuchar mejor, imponiendo silencio a las companeras con sus codazos.
Elena, sentada al piano, cantaba romanzas sentimentales mientras iban
llegando sus invitados.

Los primeros en presentarse fueron el ingeniero frances y Moreno. Este
ultimo, para completar el frac, oculto bajo su gaban, habia creido
necesario ponerse un sombrero de copa. El no era como Pirovani, que se
presentaba vistiendo traje de etiqueta y tocado con un sombrero
flexible. La senora marquesa, por ser dama del gran mundo, debia
haberse fijado, indudablemente, en estas faltas de elegancia.

Canterac, al pisar el primer peldano de madera, se detuvo para decir a
su companero:

--No debia entrar. Esta casa pertenece al intrigante Pirovani, hombre
que aborrezco... Pero temo que la marquesa se queje si no me ve en su
reunion.

Moreno, que era amigo de todos y no llegaba a enfadarse
verdaderamente con nadie, creyo necesario defender al ausente.

--iSi ese italiano es una buena persona!... Tengo la certeza de que le
quiere a usted mucho.

Pero Canterac no podia admitir palabras conciliadoras.

--Es un hombre falto de tacto, que se empena en atravesarse en mi
camino... Esto acabara mal para el.

Entraron en la casa, y el marques vino a saludarles en el
recibimiento. Luego pasaron al salon, quedando los tres inmoviles,
mientras Elena continuaba su canto como si no los hubiese oido llegar.

Otros dos invitados se encontraron frente a la casa: Robledo y
Pirovani. Este llevaba un gaban de pieles nuevo sobre el frac y se
cubria con un sombrero de copa no menos flamante, pedido a Bahia
Blanca por telegrafo, como si un duende familiar le hubiese avisado
los malos comentarios de su amigo Moreno.

De los grupos de curiosos, medio ocultos en la sombra, partieron risas
y cuchicheos. Unos se burlaban del tubo de seda brillante que el
contratista se habia puesto en la cabeza; otros lo admiraban con
orgullo egoista, como si el tal sombrero aumentase la importancia de
la vida en el desierto.

--Vengo de visita a mi propia casa--dijo Pirovani con el deseo de que
el otro admirase su generosidad.

--Ha hecho usted mal en cederla--se limito a contestar Robledo.

El italiano tomo un aire de hombre superior.

--Convendra usted en que su casa no era la mas adecuada para que
viviese en ella tan gran senora. Yo, aunque no he estudiado, conozco
los deberes de un hombre de buena educacion, y por eso...

Robledo levanto los hombros y siguio adelante, como si no quisiera
escucharlo. El contratista marcho detras de el, y, senalando una de
las ventanas iluminadas, dijo con entusiasmo:

--iQue voz de angel!... iQue alma de artista!

Volvio Robledo a levantar los hombros, y los dos entraron en la casa.

Al llegar al salon se unieron a los tres varones que escuchaban
inmoviles y apenas Elena hubo lanzado la ultima nota de su romanza, el
italiano empezo a aplaudir y a dar gritos de entusiasmo. Canterac y el
oficinista, por no ser menos, prorrumpieron igualmente en
manifestaciones de admiracion, expresandolas cada uno con arreglo a su
caracter.

En la nueva casa las reuniones iban a ser menos simples y austeras que
en el alojamiento de Robledo. Sebastiana, que solo creia en el mate,
remedio, segun ella, de toda clase de enfermedades y suprema delicia
del paladar tuvo que servir a los invitados, ayudada por dos criaditas
mestizas, varias tazas de agua caliente con una cosa llamada te.

Fingiendo ocuparse de la buena marcha del servicio, evoluciono Elena
entre aquellos tres hombres que la seguian avidamente con los ojos,
mientras vacilaban las tazas en sus manos, derramando a veces su
contenido sobre los platillos. Los tres admiradores intentaron
repetidas veces conversar con ella; pero era tan habil para repelerlos
dulcemente, que acababan por dialogar con su marido. En cambio, la
marquesa buscaba al unico hombre que no habia mostrado interes en
hablarla. Al fin consiguio en una de sus evoluciones sentarse a un
extremo del salon, con Robledo al lado de ella.

--Indudablemente, Watson no ha querido venir--dijo al espanol--. Cada
vez estoy mas convencida de que no le soy simpatica a el... ni tampoco
a usted.

Robledo se defendio de esta acusacion con gestos mas que con palabras;
pero como ella insistiese en presentarse cual una victima de la
injusta antipatia de los dos asociados, el ingeniero acabo por
contestar:

--Watson y yo somos amigos de su marido, y nos da miedo ver la
ligereza con que hace concebir usted ciertas esperanzas, tal vez
equivocadas, a los que la visitan.

Elena empezo a reir, como si la regocijasen las palabras de Robledo y
el tono de gravedad con que las habia dicho.

--No tema usted. Una mujer que no ha nacido ayer y conoce el mundo,
como yo lo conozco, no va a comprometerse y a hacer locuras por esos.

Y abarco en una mirada ironica a sus tres pretendientes, que seguian
al lado del marques.

--Yo no supongo nada--dijo Robledo en el mismo tono--. Veo lo
presente, como vi otras cosas en Paris... y me da miedo el porvenir.

Quedo indecisa Elena mirando a su interlocutor, como si dudase entre
continuar riendo o mostrarse enfadada. Al fin hablo con el tono grave
de una persona ofendida:

--No me considero mejor ni peor que otras. Soy simplemente una mujer
que nacio para vivir en la abundancia y en el lujo, y jamas ha
encontrado un companero capaz de darle lo que le corresponde.

Se miraron en silencio largo rato, y ella anadio:

--Los que me desearon no pudieron proporcionarme cuanto necesito para
mi vida, y los que hubieran podido satisfacer mis deseos nunca se
fijaron en mi.

Bajo la cabeza como desalentada, murmurando contra su destino.

--Usted no sabe que vida ha sido la mia. Necesito la riqueza; es algo
indispensable para mi existencia, y he pasado lo mejor de mi juventud
corriendo inutilmente tras de ella. Cuando imagine tenerla entre mis
manos, la vi desvanecerse, para reaparecer mas lejos, obligandome a
una nueva carrera... iY asi ha sido siempre!

Callo un instante, concentrando su pensamiento, para anadir con el
mismo tono que si hiciera una confesion:

--Los hombres no pueden comprender las angustias y las ambiciones de
las mujeres de ahora. Necesitamos para vivir muchisimo mas que las
hembras de otros tiempos. El automovil y el collar de perlas son el
uniforme de la mujer moderna. Sin ellos, toda la que reflexiona un
poco y puede darse cuenta de su situacion se siente infeliz... Yo los
tuve algunas veces, pero sin tranquilidad, "sin solidez", temiendo
perderlos al dia siguiente. Como todos necesitamos escuchar, para
seguir viviendo, la cancion de la esperanza, espero ahora que mi
marido ganara aqui una fortuna, ino se cuando!... y esto me hace
soportar el horrible destierro.

Luego continuo con tristeza:

--?Y que ganara?... Centavos tal vez, cuando usted lleve ya ganados
miles y miles de pesos... iAy! Yo merecia otro hombre.

Volvio a levantar la cabeza para sonreir melancolicamente mirando al
espanol.

--Tal vez mi felicidad hubiese sido encontrar un companero como usted:
animoso, energico, capaz de domar a la fortuna rebelde... Y a usted,
para ser un verdadero triunfador, le ha faltado una mujer que le
inspirase entusiasmo.

Robledo sonrio a su vez con aire bonachon.

--Ya es tarde para hablar de esas cosas...

Pero ella le miro fijamente, al mismo tiempo que protestaba de su
desaliento. Nunca es tarde en la vida para nada. Los hombres
energicos son como ciertas tierras exuberantes del tropico, en las que
se conoce la muerte pero no la vejez, renovandose sobre ellas una
primavera incansable. Disponen de la voluntad que manda a la
imaginacion, y la imaginacion es un pintor loco que anima con los
colores de su paleta el lienzo gris de la realidad.

Elena, al hablar asi, habia aproximado su rostro al de el. Sus ojos
parecian querer penetrar en los ojos de Robledo. Este, por un momento,
sintio cierta turbacion; pero se repuso en seguida, haciendo un gesto
negativo.

--Muy interesante lo que usted dice, amiga mia, pero los hombres
verdaderamente energicos no gustan de resucitar falsas primaveras, por
las complicaciones que esto trae.

Continuaron hablando. Ella quiso recordar otra vez su pasado.

--iSi yo le contase mi historia!... Todas las mujeres tienen la
pretension de que su vida ha sido una novela, que solo necesita ser
contada con cierta habilidad para que interese al mundo entero. Yo no
aspiro a que mi pasado sea interesante; unicamente lo creo triste, por
la desproporcion que siempre hubo en el, entre lo que yo creo merecer
y lo que la vida ha querido darme.

Se detuvo un momento, como si acabara de ocurrirsele una idea penosa.

--No crea usted que soy una de esas advenedizas hambrientas de goces y
comodidades, por lo mismo que no los conocieron nunca. En mi ocurre lo
contrario: necesito el lujo y el dinero para vivir porque me rodearon
al nacer. Fui rica en mi infancia y pobre en mi juventud. iLo que he
luchado para ocupar otra vez mi antiguo rango y vivir de acuerdo con
mi primera educacion!... Y la lucha continua... y las catastrofes se
repiten... y cada vez me veo mas lejos del punto de donde parti.
Ahora estoy en uno de los rincones mas olvidados de la tierra,
llevando una existencia casi igual a la de las gentes que vivieron en
los primeros tiempos de la Historia. iY todavia me censura usted!...

Robledo se excuso.

--Yo soy su amigo, el amigo de su marido, y lo unico que hago es
avisarla al verla marchar en mala direccion. Considero peligroso el
juego que se permite usted con esos hombres.

Y senalo a los tres personajes de la Presa, que seguian hablando con
Torrebianca.

--Ademas, antes de su llegada, la vida era aqui un poco monotona, pero
tranquila y fraternal. Ahora, con su presencia, los hombres parecen
haber cambiado; se miran hostilmente, y temo que sus rivalidades,
hasta el presente algo pueriles, terminen de un modo tragico. Usted
olvida que vivimos lejos de los demas grupos humanos, y este
aislamiento nos hace retroceder poco a poco a la vida barbara.
Nuestras pasiones, domesticadas por la existencia en las ciudades,
pierden aqui su educacion y saltan en libertad. Mucho cuidado con
ellas; es peligroso tomarlas con motivo de juego.

Elena rio de sus temores, y hubo en su risa cierto desprecio, no
pudiendo comprender tal pusilanimidad en un hombre fuerte.

--Dejeme que tenga mi corte. Necesito estar rodeada de admiradores,
como les ocurre a los grandes artistas vanidosos. ?Que seria de mi si
me faltase el placer de la coqueteria?...

Luego anadio, frunciendo el ceno y con voz irritada:

--?Que otra cosa puedo hacer aqui? Ustedes tienen el trabajo que les
distrae, sus luchas con el rio, las exigencias de los obreros. Yo me
aburro durante el dia; hay tardes que pienso en la posibilidad de
matarme; y unicamente cuando llega la noche y se presentan mis
admiradores encuentro un poco tolerable mi destierro... En otro sitio
tal vez me hiciesen reir esos hombres; pero aqui me interesan.
Resultan un verdadero hallazgo en esta soledad.

Miro con una ironia risuena hacia donde estaban sus tres solicitantes,
y continuo:

--No tema usted, Robledo, que pierda la cabeza por ellos. Me doy
cuenta de mi situacion.

Se comparaba con un viajero de la altiplanicie patagonica que no
llevase mas que un cartucho en su revolver y se viera atacado por un
grupo de vagabundos de los que merodean cerca de la Cordillera. De
hacer fuego, solo podia derribar a un enemigo, arrojandose los otros
sobre el al verle indefenso. Era preferible prolongar la situacion
amenazandolos a todos, pero sin disparar.

--Me causa risa el pensamiento de que yo pudiera decidirme por uno de
ellos. No son estos hombres los que me haran perder la cabeza. Pero
aunque alguno de los tres me interesase, guardaria mi prudencia,
temiendo lo que harian o dirian los demas al verse desahuciados. Es
mejor mantenerlos a todos en la inquieta felicidad de la esperanza.

Y notando que su larga conversacion con el espanol producia malestar y
escandalo en los otros visitantes, se levanto para ir hacia ellos.

--?Quien de ustedes me da un cigarrillo?...

Los tres salieron a su encuentro a la vez, ofreciendo sus pitilleras,
y la rodearon como si quisieran disputarse a golpes sus palabras y sus
gestos.

La primera tertulia de la marquesa de Torrebianca termino despues de
media noche, hora inusitada en aquel destierro. Solamente ciertos
sabados, en que los trabajadores recibian la paga de medio mes,
llegaban a horas tan avanzadas las fiestas en el boliche del Gallego.

Toda la manana siguiente anduvo Sebastiana adormecida y con los pies
torpes por haberse levantado al amanecer, como era su costumbre,
despues de mantenerse despierta hasta que se marcharon los invitados.

Estaba en una de las galerias exteriores, rinendo con voz queda a las
criaditas mestizas para que no despertasen con los ruidos de la
limpieza a la duena de la casa, cuando repentinamente parecio olvidar
su colera, poniendose una mano sobre los ojos para ver mejor. Un
jinete encabritaba su caballo en mitad de la calle, agitando al mismo
tiempo un brazo para saludarla.

--iMi senorita linda!... Siempre me cuesta el conocerla con su traje
de varoncito. ?Como le va?...

Y bajo apresuradamente los escalones de madera, atravesando la calle
para ir al encuentro de Celinda Rojas.

No se habian visto desde el dia que Sebastiana abandono la estancia; y
ahora, por odio a don Carlos, creyo conveniente la mestiza enumerar
las magnificencias de su nueva situacion.

--Una gran casa, senorita, sea dicho sin ofender a la suya. La plata
corre como agua de acequia. Ademas, la patrona, una gringa bien,
nacio, segun dicen, marquesa alla en su tierra. El italiano, que es un
demonio para roerles la plata a los trabajadores, en cuanto se trata
de esta senorona parece medio zonzo, y se cuida de que no la falte
nada. Anoche hubo reunion con musica. Yo pense en usted, nina linda, y
me dije: "iComo le gustaria a mi patroncita oir cantar a esta
marquesa!"

La amazona escuchaba haciendo signos afirmativos, como si su
curiosidad se excitase al oir este relato.

Para aumentar su admiracion, fue Sebastiana enumerando todas las
personas que habian estado en la fiesta.

--?Y no te olvidas de alguno mas?--pregunto Celinda al terminar ella
su lista--. ?No estuvo don Ricardo, ese que trabaja con don Manuel, el
de los canales?

Movio su cabeza la mestiza negativamente.

--En toda la noche vi a ese gringo.

Luego empezo a reir, dandose sonoras palmadas en uno de sus muslos de
relieve elefantiaco, lo que marco su enorme redondez bajo la ligera
faldamenta.

--Ya lo se, mi nina, ya lo se... Me han hablado de que usted y el
gringo van siempre juntos a caballo por esos pagos, y no pasa dia sin
que se encuentren... Si alguna vez se dan un beso, busquen un lugar
donde nadie los vea. Mire que la gente de aqui es muy habladora y no
quiere otra cosa. Ademas, los que mandan en eso de las obras del rio
tienen unos anteojos muy largos que lo descubren todo de lejos...

Celinda se ruborizo, al mismo tiempo que intentaba protestar.

--iSi me parece muy bien!--siguio diciendo la mestiza--. Ese don
Ricardo es un buen mozo y excelente persona. Un gran marido para
usted, si es que don Carlos, con el geniazo que Dios le ha dado, no se
opone. Los gringos de America, cuando no beben, son buenazos. Yo tengo
una amiga que se caso con uno que es maquinista, y lo lleva de la
nariz adonde quiere. Conozco otra que...

Pero la amazona no sentia interes por tales historias, y la
interrumpio:

--Entonces, don Ricardo no vino anoche.

--Ni anoche ni las otras noches. Entoavia no ha aparecido por aqui.

La miro Sebastiana con malicia, al mismo tiempo que una sonrisa
bondadosa dilataba su rostro carrilludo y cobrizo.

--?Ya tiene celos, nina?... No se ponga colorada por eso. A todas nos
pasa lo mismo cuando queremos a un hombre. Lo primero que pensamos es
que alguna nos lo va a quitar... Pero aqui no hay motivo. Usted es una
perla, patroncita. Esa senorona tambien es hermosa, principalmente
cuando acaba de peinarse y se ha puesto en la cara tantas cosas que
huelen bien, traidas de la capital. Pero comparada con usted... ique
esperanza!... A mi nina casi la he visto yo nacer, y la marquesa no
debe acordarse ya de cuando vino al mundo.

Luego, pensando en si misma, creyo necesario anadir:

--A decir verdad, la marquesa no debe tener muchos anos... Pero ?quien
no resulta vieja al lado de usted, preciosura?... No todas podemos ser
un boton de rosa.

Callo un momento para mirar a un lado y a otro; y despues, bajando la
voz y empinandose sobre las puntas de los pies para estar mas cerca
del rostro de Celinda, dijo con la alegria de una comadre que puede
chismorrear libremente:

--Sepa, lindura, que muchos van detras de ella; pero ninguno es don
Ricardo. Al pobre gringo le basta con quererla a usted, ramito de
jazmin. Los otros andan como avestruces detras de la marquesa: el
capitan, el italiano, el empleado del gobierno que lleva los papeles;
itodos locos, y mirandose como perros!... Y el marido no ve nada; y
ella se rie de ellos y se divierte en hacerlos sufrir... Yo creo que
ningun hombre de los que vienen a la casa le gusta.

Celinda no parecia tranquilizarse con tales palabras. Antes bien,
protesto de ellas mentalmente, pensando: "Watson no puede ser
comparado con los otros."

Necesito exteriorizar su pensamiento, y dijo a Sebastiana:

--Sera verdad que no le gustan los demas; pero don Ricardo es mas
joven que todos ellos; y estas mujeres que han corrido el mundo y
empiezan a ponerse viejas, iresultan a veces tan... caprichosas!

* * * * *




#IX#


El famoso Manos Duras vivia al borde de la altiplanicie, del lado de
la Pampa, viendo enfrente el limite de la Patagonia, y a sus pies la
amplia y tortuosa cortadura del rio y un extremo de la estancia de
Rojas.

Su casa, hecha de adobes, tenia alrededor otras construcciones aun mas
miseras y unos corrales de viejos maderos hincados en el suelo, que
solo de tarde en tarde guardaban algun animal.

Todos en el pais conocian la situacion del llamado "rancho de Manos
Duras"; pero pocos iban a el, por ser lugar de mala fama. Algunas
veces, los que pasaban con cierta inquietud por sus inmediaciones solo
conseguian tranquilizarse al notar su soledad. No ladraban ni salian
al camino los perros de hirsuto pelaje, ojos sangrientos y agudos
colmillos acompanantes del gaucho. Tampoco se veian sus caballos
pastando la hierba rala de los alrededores.

Manos Duras se habia ido. Tal vez merodeaba por las orillas del rio
Colorado, donde era mas abundante la ganaderia que en el rio Negro;
tal vez vagaba por las estribaciones de los Andes, para visitar a sus
amigos del valle del Bolson--poblado en gran parte por aventureros
chilenos--, o a los que habitaban las riberas de los lagos andinos.
Estas excursiones a la Cordillera eran, segun afirmaban muchos, para
vender en Chile animales robados en la Argentina.

En otras ocasiones, el rancho de Manos Duras aparecia
extraordinariamente poblado. Gauchos errantes se instalaban en las
chozas de adobes durante unas semanas, sin que nadie supiese con
certeza cual era su procedencia ni adonde irian al marcharse de alli.

El comisario de la Presa empezaba a sentirse inquieto por estas
visitas y a vivir mal, temiendo todas las mananas la denuncia de algun
robo... Pero transcurrian los dias sin que se alterase la paz del
pueblo y sus alrededores. En el rancho de Manos Duras se mataban y
desollaban reses, vendiendo carne el gaucho a toda la comarca. Y como
no llegaba ninguna queja, don Roque se abstenia de averiguar la lejana
procedencia de aquellos animales.

Luego huian de pronto los companeros de Manos Duras, y este continuaba
su vida solitaria, o desaparecia igualmente de su rancho por algun
tiempo, con gran satisfaccion del comisario.

Ahora vivia con tres companeros malcarados y parcos en palabras, que,
segun se murmuraba en el boliche del Gallego, procedian de un valle de
la Cordillera.

--Tres hombres de bien que se han desgraciado--dijo el gaucho hablando
de ellos--; tres compadres que han venido a vivir a mi rancho hasta
que las gentes malas se cansen de calumniarlos.

Un dia de gran calor, Manos Duras monto a caballo para ir al pueblo a
hacer unas compras. Era en las primeras horas de la tarde.

Los habitantes europeos de la Presa, al mirar el almanaque, pensaban
en la nieve y los frios huracanes de sus paises, que estaban todavia
en pleno invierno. Aqui reinaba el verano, un verano patagonico,
violento y ardoroso, sobre una tierra que rara vez conoce las lluvias
y en la cual todas las estaciones son extremadas, descendiendo el
termometro durante el invierno muchas unidades por debajo de cero.

La tierra yerma parecia temblar bajo el sol. Era una reverberacion que
ondulaba las lineas rectas, cambiando los contornos de colinas,
edificios y personas. Estos caprichos de la luz hacian ver tambien los
objetos dobles e invertidos, como si estuviesen al margen del agua,
fingiendo lagos inmensos en un pais extremadamente seco. Eran los
espejismos del desierto que por sus formas variables e inesperadas
llamaban la atencion harta de los hijos del pais, acostumbrados a toda
clase de ilusiones opticas.

En el ultimo termino de la gigantesca cortadura abierta por el rio,
casi al ras de la linea del horizonte, se deslizaba un largo gusano
negro con una pequena vedija de algodon en la cabeza.

Manos Duras se detuvo para ver mejor. Aquel dia no era de correo de
Buenos Aires.

"Debe ser un tren de carga que viene de Bahia Blanca", se dijo.

Resultaba visible estando aun a muchos kilometros de la Presa, y
pasaria otros tantos kilometros mas alla, para no detenerse hasta
Fuerte Sarmiento. En esta tierra los ojos adquirian un poder visual
mas grande; la retina abarcaba mayores extensiones; las distancias
parecian valer menos que en otros paises.

El gaucho, despues de contemplar unos momentos el remoto avance del
tren, continuo su galope. Para ganar terreno solia meterse por la
estancia de Rojas, atravesando una parte avanzada de dicha propiedad
interpuesta entre su rancho y el lejano pueblo. Con la indiferencia
de la costumbre, dejo que su caballo avanzase por un tortuoso sendero
marcado apenas entre los asperos matorrales.

Al poco rato tuvo un mal encuentro. Don Carlos Rojas iba tambien a
aquella hora visitando su estancia y haciendo calculos sobre el
porvenir.

Continuarian siempre sus tierras altas en la pobreza actual, no
pudiendo dar alimento mas que a un numero reducido de animales. Sus
novillos eran "criollos", como el decia con cierto tono de desprecio;
bestias de mucho hueso, pezuna dura, grandes cuernos y enjutas de
carnes; aptas para nutrirse con un pasto silvestre y poco abundante;
herederos degenerados del ganado que aclimataron siglos antes los
colonizadores espanoles, trayendolo en sus pequenos buques a traves
del Atlantico.

Recordaba con remordimiento los animales de lujo de la estancia de su
padre, novillos enormes, con el lomo plano como una mesa, casi sin
cuernos, de reducido esqueleto y exuberantes carnes, verdaderas
"montanas de biftecs", como el decia... Luego pensaba en los milagros
de la irrigacion, cuando las tierras bajas de su estancia quedasen
fecundadas por las aguas del rio. Creceria en ellas la alfalfa con una
prodigalidad semejante a la de la tierra de Canaan, y le seria posible
repetir al borde del rio Negro las milagrosas crianzas de los
estancieros vecinos a Buenos Aires, sustituyendo el aspero y flaco
ganado criollo con animales valiosos, producto del cruzamiento de las
mejores razas de la tierra.

Iba don Carlos imaginandose esta maravillosa transformacion, con el
deleite de un artista que pule en su mente la obra futura, cuando vio
venir un jinete hacia el.

Se puso una mano sobre los ojos para examinarlo mejor, y no pudo
contener la indignacion que le produjo este encuentro.

--iHijo de la gran... tal!... iEs el ladron de Manos Duras!

Al pasar el gaucho junto a el, se llevo una mano al sombrero para
saludarle, espoleando luego su cabalgadura.

Don Carlos, despues de breve indecision, salio tambien al galope,
hasta que puso su caballo delante del de Manos Duras, cortandole el
paso y obligandole a detenerse.

--?Con licencia de quien atravesas vos mi campo?--pregunto con voz
temblona y aflautada por la colera.

Manos Duras no intento contestar mirandole con una insolencia
silenciosa y amenazadora, como hacia con los demas. Sus ojos atrevidos
evitaron cruzarse con los del estanciero, y respondio en voz baja,
como excusandose. No ignoraba que carecia de derecho para pasar por
alli sin permiso del dueno del campo; pero de este modo acortaba
camino, evitandose un largo rodeo para llegar a la Presa. Luego
anadio, como si emplease un argumento supremo:

--Usted, don Carlos, deja pasar a todos.

--A todos menos a ti--contesto Rojas agresivamente--. Si te encuentro
otra vez en mi estancia, te saludare a balazos.

Esta amenaza acabo con el hipocrita respeto del gaucho. Miro a Rojas
despectivamente, y dijo con lentitud:

--Es usted un viejo, y por eso me habla asi.

Don Carlos saco de su cintura un revolver, apuntandolo contra el pecho
de Manos Duras.

--Y tu un ladron de novillos, al que todos tienen miedo no se por que.
Pero si vuelves a robarme uno de mis animales, este viejo se
encargara de hacerte justicia.

Como el estanciero le seguia apuntando con el revolver y la expresion
de su rostro no permitia duda sobre la posibilidad del cumplimiento de
sus amenazas, el gaucho no oso echar mano a sus armas. Estaba seguro
de recibir un balazo apenas intentase un movimiento agresivo. Despues
de mirarle con ojos rencorosos, se limito a decir:

--Volveremos a encontrarnos, patron, y hablaremos mas despacito.

Y tras esta amenaza dio con las espuelas a su caballo y salio al
galope, sin volver la cabeza, mientras don Carlos permanecia con el
revolver en su diestra.

Cerca del rio tuvo el gaucho un encuentro mas agradable. Vio venir
hacia el un grupo de tres jinetes, e hizo alto para reconocerlos. Era
la marquesa de Torrebianca, vestida de amazona y escoltada por
Canterac y Moreno.

Habia tenido ella que aceptar una nueva invitacion para ver los
adelantos realizados en las obras del dique. Le era imposible negarse
a este paseo. Necesitaba para su tranquilidad restablecer el
equilibrio entre Pirovani y el ingeniero frances. Este, ya que no
podia regalar una casa, deseaba hacer ver a Elena una vez mas la
superioridad que tenia como ingeniero director de las obras sobre
aquel italiano, sometido muchas veces a sus decisiones.

El oficinista, contento de la invitacion y molestado al mismo tiempo
por el caracter de hombre tranquilo que le atribuian, marchaba a
caballo detras de Elena, sin que esta hiciese caso de su persona.
Unicamente parecia acordarse de el cuando Canterac se mostraba
demasiado vehemente en sus ademanes, tendiendo una mano de caballo a
caballo para estrechar la suya o permitirse otras osadias disimuladas.

--Moreno--ordenaba la marquesa--, avance y pongase a mi izquierda,
para que el capitan quede lejos. No me gustan los militares; son muy
atrevidos.

Los tres cesaron de conversar para fijarse en Manos Duras, que
permanecia inmovil a un lado del camino. Moreno dio el nombre del
gaucho, y Elena mostro tal interes al saber quien era, que acabo por
hablarle.

--?Usted es el famoso Manos Duras, de quien tantas cosas he oido
decir?...

El rustico jinete se mostraba turbado por las palabras y la sonrisa de
aquella dama. Primeramente se quito el sombrero con reverencia, "como
si estuviese delante de una imagen milagrosa", penso Moreno. Luego
dijo, con cierta expresion teatral que en el era espontanea:

--Yo soy ese desgraciado, senora, y este es el momento mejor de mi
vida.

La miraba el gaucho con ojos ardientes de adoracion y deseo, y ella
sonrio, satisfecha del barbaro homenaje. Canterac, que encontraba
ridicula esta conversacion, hizo ademanes de impaciencia y murmuro
protestas para reanudar la marcha; pero ella no quiso escucharle y
continuo hablando al gaucho con sonriente interes.

--Dicen de usted cosas terribles. ?Son verdaderamente ciertas?...
?Cuantas muertes lleva usted hechas?

--iCalumnias, senora!--contesto Manos Duras, mirandola fijamente--.
Pero si usted me lo pide, hare cuantas muertes quiera.

Elena se mostro complacida por esta respuesta, y dijo, mirando a
Canterac:

--iQue hombre tan galante... a su modo! No me negara usted que es
grato oir tales ofrecimientos.

Pero el ingeniero parecia cada vez mas irritado por este dialogo
familiar de Elena y el cuatrero. Varias veces intento introducir su
caballo entre las cabalgaduras de los dos, dando fin de tal modo al
dialogo; pero Elena le detenia siempre con un gesto de contrariedad.

Al ver que ella continuaba su conversacion con Manos Duras, se volvio
hacia Moreno, necesitando manifestar a alguien su enfado.

--Ese gaucho es un atrevido, y habra que darle una leccion.

El oficinista acepto sin reserva lo referente al atrevimiento, pero
levanto los hombros al oir hablar de leccion. ?Que podian hacer ellos
contra este vagabundo temible, si hasta el comisario de policia
mostraba por el cierto respeto?...

--Debe usted conseguir--continuo el ingeniero--que no le compren mas
carne en el campamento ni acepten nada de lo que ofrezca.

Moreno contesto con signos afirmativos. Si no era mas que eso lo que
deseaba, facilmente podia hacerse.

Al fin Elena reanudo su marcha despues de saludar al gaucho con cierta
coqueteria, satisfecha de su emocion y del deseo hambriento que
reflejaban sus ojos.

--iPobre hombre!... iUn tipo interesante!

Mientras los tres jinetes se alejaban, Manos Duras siguio inmovil
junto al camino. Deseaba ver algunos momentos mas a aquella mujer.
Tenia en su rostro una expresion grave y pensativa, como si
presintiese que este encuentro iba a influir en su existencia. Pero al
desaparecer Elena con sus acompanantes detras de un monticulo arenoso,
el gaucho, no sintiendo ya el deslumbramiento de su presencia, sonrio
con cinismo. Varias imagenes salaces desfilaron por su pensamiento,
desvaneciendo sus dudas y devolviendole su antigua audacia.

"?Por que no?--se dijo--. Lo mismo es esta que las que bailan en el
boliche del Gallego. iTodas mujeres!"

Continuaron su paseo por la orilla del rio la marquesa y sus dos
acompanantes. De pronto, ella se levanto un poco sobre la silla para
ver mas lejos.

En una pradera orlada de pequenos sauces por la parte del rio habia
dos caballos sueltos y ensillados. Un hombre y un muchaco habian
descendido de ellos y parecian divertirse tirando un lazo por el aire.
Era un lazo de cuerda, ligero y facil de manejar, aunque de menos
resistencia que los verdaderos lazos de cuero usados por los jinetes
del pais.

Reconocio Elena al muchacho, con su instinto de mujer mas que con sus
ojos. Era Flor de Rio Negro, que ensenaba a tirar el lazo a Watson,
riendo de la torpeza del _gringo_. Como Torrebianca iba todos los dias
puntualmente a dirigir les trabajos de los canales, Ricardo gozaba de
mas libertad, empleandola en seguir a la nina de Rojas en sus
correrias.

Haciendo un signo a sus acompanantes para que no la siguiesen, se fue
aproximando Elena a la pradera donde estaban los dos jovenes.

Celinda la vio llegar antes que el ingeniero, y haciendo un gesto
hostil volvio la espalda. Al mismo tiempo ordeno a Watson que le
ajustase al pie una de sus espuelas, que pretendia llevar suelta.

El joven, despues de haberse arrodillado, quiso levantarse, convencido
de la inutilidad de esta orden. Celinda tenia bien sujeta esa espuela.
Pero ella insistio para mantenerlo en dicha posicion.

--?No le digo, gringuito, que voy a perderla?... Fijese bien.

Y solo accedio a reconocer su error y a permitir que se levantase
cuando la otra hizo volver grupas a su caballo. Elena se alejaba
ofendida, dandose cuenta de su estratagema y de sus gestos hostiles.

Poco antes de la puesta del sol llegaron los tres jinetes a la calle
central del pueblo. Frente a la casa de Pirovani, considerada ya por
la marquesa como suya, bajo esta del caballo, apoyandose en Moreno,
que se habia anticipado al otro para gozar de agradables contactos.

Saludo el frances con una brusquedad militar, alejandose, mientras
Elena entraba en su casa. iUn dia perdido!... Estaba furioso contra el
mismo y contra los demas.

Aparecio Pirovani en una bocacalle, y al ver que Moreno se dirigia a
su alojamiento, corrio a encontrarse con el. Ansiaba conocer los
episodios de una excursion a la que no habia sido invitado. Temia, con
la credulidad del celoso, que Canterac hubiese conseguido un gran
avance sobre el durante el corto paseo.

Sonrio con una alegria pueril al contarle el oficinista como varias
veces la "senora marquesa" le habia pedido que se colocase entre ella
y el ingeniero frances para mantenerlo a gran distancia.

--iSi yo se que no lo puede sufrir!--dijo el italiano--. Me consta...
Pero como es el jefe de los trabajos y ayuda en ciertas ocasiones a
Robledo y a su marido, no se atreve a decir lo que piensa de el.

Luego su alegria se nublo, segun le fue contando el oficinista el
encuentro con Manos Duras y la confianza del gaucho al hablar a la
senora marquesa.

Esto ultimo fue lo que indigno mas al contratista.

--Aqui todos nos creemos iguales, porque vivimos juntos en el
desierto--dijo, escandalizado--. Cualquier dia, ese gaucho cuatrero
pretendera ir por la noche a las reuniones de la marquesa, lo mismo
que uno de nosotros... iCosa barbara!

--El capitan--anadio Moreno--quiere que no se le compre mas carne a
Manos Duras ni se acepte ningun negocio propuesto por el, eso usted
puede hacerlo mejor que Canterac.

Pirovani contesto con vehementes signos de asentimiento

--Asi se hara; dice muy bien ese hombre. Es la primera vez, en mucho
tiempo, que estoy de acuerdo con el.

* * * * *




#X#


Pocos meses despues de haber empezado los trabajos en el campamento de
la Presa, los habitantes de las diversas colonias establecidas a
orillas del rio Negro hablaron con admiracion del nuevo boliche del
Gallego, apreciandolo como el establecimiento mas hermoso de la
comarca. El dueno habia embellecido su interior con una novedad tan
instructiva como interesante.

Uno de los primeros que acudieron al campamento en busca de trabajo
fue un ingles que llevaba muchos anos vagando de un extremo a otro de
la America del Sur. La ultima etapa de su existencia aventurera habia
sido en el corazon del Paraguay, comerciando con las tribus salvajes;
trafico que no parecia haberle hecho rico. Como recuerdo de su vida en
las selvas, llevo a Buenos Aires cuatro cocodrilos del gran rio
Paraguay, llamados _yacares_ con el caparazon relleno de paja, y una
serpiente boa de varios metros de lorgitud, cuyo vientre habia sido
atiborrado de hierbas por los disectores indigenas.

En la capital de la Argentina le hablaron de los grandes trabajos que
se realizaban junto al rio Negro, haciendo necesario el enganche de
numerosos jornaleros, y alla se fue con toda su coleccion de animales
empajados, saltando de la temperatura torrida del Paraguay y el Brasil
inferior al invierno rudo de la Patagonia.

A las pocas semanas murio de _delirium tremens_, por haber abierto un
credito demasiado amplio el dueno del boliche del Gallego; y como este
honrado industrial creia firmemente en el santo derecho de cobrar las
deudas y poseia ademas cierto instinto de la decoracion oportuna para
atraer a los parroquianos, se apropio los cuatro yacares y la boa,
adornando con ellos el techo de su tienda.

En realidad, Antonio Gonzalez, que era andaluz de nacimiento, aunque
lo apodaban todos el _Gallego_, no podia mirar sin cierta aprension
hereditaria el enorme reptil que, semejante a una maroma de barco,
pendia formando curvas de los cuchillos de la techumbre. Pero a los
ebrios mas consecuentes del establecimiento les placia beber debajo de
este adorno extraordinario, y un comerciante debe sacrificar sus
preocupaciones y sus miedos para mejor servicio del publico.

El ofidio de pellejo arrugado, cubierto de moscas, que formaban sobre
el un forro negro inquieto y rumoroso, se extendia por la mitad del
techo, de punta a punta, agitandose como si reviviese cada vez que se
abria la puerta y entraba un chorro de aire. Esta corriente
atmosferica hacia caer a veces en los vasos de los parroquianos moscas
secas procedentes del verano anterior, escamas de pellejo del culebron
y un polvillo sutil, mezcla de su relleno vegetal y del arsenico
empleado por sus preparadores para impedir que se pudriese. En los
angulos del techo se balanceaban, pendientes de cuerdas, los cuatro
cocodrilos, negros y rugosos por el dorso, y mostrando al publico el
color amarillo de sus vientres y las plantas de sus patas.

Las gentes del pais, cuando pasaban por la Presa, creian necesario
detenerse a beber un vaso en el boliche para admirar tales novedades.
Las aguas del rio Negro jamas habian conocido cocodrilos, y en cuanto
a reptiles, no habia en toda la Patagonia mas que ciertas viboras de
mordedura mortal, cabezudas, cortas y gruesas, como el signo
ortografico llamado coma.

El dueno del boliche, con la autoridad de un hombre que ha visto lo
que cuenta, explicaba a sus parroquianos las costumbres de los fieros
animales que se balanceaban sobre sus cabezas, y hasta daba a entender
que habia tomado cierta parte en tan peligrosa caza. Pero al poco
tiempo noto que estos adornos, gloria del establecimiento, si
enorgullecian a muchos de los habitantes de la colonia, contribuian
igualmente al alejamiento de otros. Los habia que eran andaluces como
el Gallego y no tenian las mismas razones utilitarias de esta para
sobreponerse a sus preocupaciones. Tambien los habia italianos o de
otras tierras, que, reconociendo la excelencia de los generos
expendidos en el boliche, no osaban, sin embargo, penetrar en su
interior. Beber bajo la panza amarilla y las cuatro patas extendidas
de un cocodrilo, ipase!... Pero levantar los ojos al empinar el vaso y
ver aquel serpenton que expelia moscas, mostrando a trechos el
cuadriculado repelente de su piel, ieso nunca!

Los mas atrevidos solo se decidian a entrar con la diestra cerrada y
avanzando el dedo indice y el menique en forma de cuernos, para
conjurar la mala suerte.

--iLagarto! ilagarto!--murmuraban, entornando los ojos para no ver lo
que estaba sobre sus cabezas.

Otros, ni aun valiendose de este conjuro se atrevian a pasar adelante,
y en pleno invierno, con las manos en la faja y echando chorros de
vapor por la boca, preferian mantenerse fuera, esperando que
Friterini, el criado del boliche, les sacase los vasos.

Se sacrifico el dueno una vez mas, ganoso de evitar molestias a su
publico. La boa fue descolgada para ser vendida a una taberna de La
Boca, en el puerto de Buenos Aires, frecuentada por marineros, y
quedaron por unico adorno los cuatro yacares, que se balanceaban en el
techo como lamparas funerarias apagadas.

Otro atractivo del establecimiento eran las banderas que en dias de
fiesta patriotica ondeaban sobre su techumbre y el resto del ano
adornaban su interior. Todos los rectangulos de colores inventados por
los hombres ansiosos de formar grupo aparte para distanciarse de sus
semejantes figuraban en este rincon de la Patagonia: banderas de
naciones existentes; banderas de naciones que habian muerto y deseaban
revivir; banderas de naciones que no habian existido nunca y pugnaban
por nacer. No quedaba un trabajador en esta "tierra de todos" que no
tuviese un trapo patriotico en el boliche. Antonio Gonzalez habia
conocido antes que las cancillerias de Europa las banderas que anos
despues iban a ser consagradas por los trastornos de la gran guerra.
Todas las admitia: desde la de Irlanda libre a la de la Republica
sionista que debia establecerse en Jerusalen. Solamente se habia
disputado una vez con ciertos compatriotas, procedentes de Barcelona,
que pretendian imponerle la bandera catalana.

--Yo la admito--dijo con solemnidad diplomatica--. Lo unico que
discuto es sus dimensiones.

Y acabo por aceptarla en su "museo banderistico", como el decia, pero
exigiendo que su tamano no pasase de la cuarta parte de la bandera
espanola.

En dias de fiesta patriotica, ayudado por Friterini, procedia al
embanderamiento de la techumbre, dando explicaciones al comisario,
unico representante de la autoridad. Se expresaba como un jefe de
protocolo llamado a consulta por el presidente del gobierno.

--Usted, don Roque, conoce muchas cosas; pero en esto de las banderas
yo se mejor con que bueyes aro. Primeramente hay que colocar la
bandera argentina, mas alta que todas. Luego, a su derecha, la de
Espana. iQue nadie me lo discuta! En esta tierra, despues de los
argentinos, somos nosotros. Ya sabe usted... Isabel la Catolica...
Solis... don Pedro de Mendoza... don Juan de Garay...

Iba lanzando nombres de navegantes y descubridores, a su capricho,
mientras examinaba desde abajo el metodo con que el camarero italiano
colocaba las banderas.

?Ya estaba puesta la de la Argentina, y a su derecha, bien clavada, la
de Espana?... iMuy bien!...

--Ahora, Friterini, _mio caro_, ve colocando banderas a tu gusto... ia
lo que salga! pues todos somos iguales, y esta es "la tierra de
todos", como dice don Manuel.

En verano las moscas invadian en proporciones inauditas el interior
algo lobrego del boliche, huyendo de la atmosfera ardorosa de una
tierra siempre sedienta. De noche, la luz rojiza de los quinques
mantenia en agresivo insomnio a estas nubes de insectos. Eran moscas
lentas, tenaces, de una torpeza pegajosa. Caian en los platos y en los
vasos, nadaban en las salsas y las bebidas alcoholicas. Al abrirse las
bocas, se metian inmediatamente en sus cavidades; cosquilleaban las
orejas, se introducian por los orificios de las narices. Toda cuchara,
al ir del plato a los labios, veia inmediatamente, en tan corto viaje,
posarse sobre sus bordes algunas de estas intrusas, que se estiraban,
alargando las patas y agitando las alas.

Se dejaban matar; pero eran tantas, itantas! que los hombres desistian
de atacarlas, transigiendo con ellas por cansancio, y unicamente las
repelian con el aliento o escupiendolas cuando se colaban en su boca
y sus narices.

Otros parasitos asaltaban igualmente las viviendas de este pueblo
perdido en la soledad. En el boliche, por ser mayor la concurrencia,
parecian mas numerosas las plagas. Del techo y las paredes de madera
se desprendian insectos sanguinarios sobre las curtidas epidermis,
para perforarlas y chupar su jugo. Otras veces surgian del suelo,
remontandose por las gruesas botas. En invierno, el boliche, por estar
con las puertas cerradas, conservaba una atmosfera densa de humo de
tabaco, que olia a ginebra, a vino agrio, a ropa mojada y a cuero de
zapato. El criterio mas absurdo, falto completamente de economia y de
logica, parecia guiar la marcha comercial del establecimiento. Apenas
habia sillas en el. Los guitarristas colocaban sus posaderas en
craneos de caballo; una parte del publico se dejaba caer en el suelo
al sentir cansancio, y al mismo tiempo, en la anaqueleria, detras del
mostrador, se renovaban todas las semanas las filas de botellas de
champana. Cuando los jornaleros cobraban su quincena, el Gallego tenia
que atender a las mas disparatadas orgias. Los que, faltos de familia,
podian gastar todo el dinero ganado en su propia persona, imaginaban
banquetes babilonicos, pidiendo latas de sardinas de Espana para
remojarlas con varias botellas de Pomery Greno. Muchas veces escaseaba
el pan en la Presa; pero el parroquiano, obligado a comer galleta
dura, conocia el gusto del _foie gras_ y cuanto cuesta una botella de
Moeet-Chandon. En las noches transcurridas entre dos pagas, el _whisky_
y la ginebra apagaban la sed silenciosa de unos y daban nuevas fuerzas
a otros para seguir hablando.

El principal tema de conversacion era adivinar cuando se detendria el
tren en la Presa regularmente. Las locomotoras solo hacian alto alli
cuando descargaban maquinaria para las obras del dique.

A los del campamento les parecia una injusticia que pasasen los
vagones de largo hasta la estacion de Fuerte Sarmiento, con el
pretexto de que aun no habian terminado las obras en el rio ni las
tierras inmediatas estaban regadas, sin lo cual era imposible su
colonizacion.

En el viejo mundo se creaban al principio las poblaciones, y despues
se construian para ellas los ferrocarriles. En esta tierra nueva
ocurria lo contrario. Primeramente se habian tendido los rieles a
traves del desierto; despues, de cincuenta en cincuenta kilometros, se
creaba una estacion, formandose un pueblo en torno a ella.

--?Por que no ha de existir una estacion aqui, en la Presa, donde
vivimos cerca de mil personas?--clamaba Antonio Gonzalez, el dueno del
boliche--. En cambio, el tren se detiene en muchos sitios donde solo
hay un caballo atado a un poste para llevarse la correspondencia.
Debiamos enviar una comision a Buenos Aires.

Mientras tanto, los concurrentes se limitaban a hacer suposiciones
sobre la fecha en que el tren empezaria a detenerse alli con
regularidad, apostando cajones de botellas de champana a favor de un
mes o de otro.

Ciertos grupos conversaban aparte, sin sentirse atraidos por el baile
ni por las mujeres agregadas al establecimiento del Gallego, en el que
se vendian lo mismo el alcohol y el amor. Iban hablando con arreglo a
sus gustos y a los azares de su profesion.

Los roturadores de tierras mencionaban el alpataco, odioso arbusto del
pais, que yergue sobre el suelo una cabellera vegetal de escasa
altura, y en cambio avanza sus raices hasta una distancia de treinta
metros. Su madera era dura como el bronce y hacia rebotar las hachas,
rompiendolas muchas veces. Uno de estos arbustos exigia varios hombres
y un dia entero para ser arrancado, y cuando los roturadores a destajo
lo encontraban, prorrumpian en lamentaciones y juramentos.

El camarero apodado _Friterini_, joven palido, de cabellera echada
atras, ojos febriles y brazos arremangados, cuando dejaba de servir a
los concurrentes iba a una mesa ocupada por varios trabajadores
espanoles, a los que describia la belleza de su ciudad natal en un
lenguaje de italiano llegado dos anos antes al pais.

--Yo non dico que Brescia sia una grande cita: questo no; ma cuando
llega la noche los covenes salen con mandolinos a hacer serenatas, y
cada uno tiene su amor... Algo mas hermoso que aqui... iAh,
Brescia!...

Acodado el Gallego en el mostrador escuchaba a los parroquianos mas
viejos, jinetes del pais que habian cabalgado de los Andes al
Atlantico y del rio Colorado al estrecho de Magallanes como guias de
los compradores de "hacienda" o explorando el desierto para descubrir
aguadas y nuevos pastos. Su paciencia desafiaba al tiempo, apreciando
las semanas y los meses de viaje como si fuesen simples dias.

Uno de ellos gustaba de relatar su ultima excursion por las
estribaciones de los Andes del Sur, visitando los lagos mas
solitarios. En este viaje habia servido de guia o "baquiano" a un
sabio de Europa, recomendado por otro sabio al que presto el mismo
servicio veinte anos antes. Durante la primera expedicion, fueron
encontrando restos de animales monstruosos pertenecientes a los
periodos prehistoricos; esqueletos gigantescos que eran etiquetados y
encajonados para que los reconstituyesen despues en los museos del
viejo mundo.

Su ultimo viaje habia sido mas original. Este segundo sabio buscaba
los animales de la epoca prehistorica, pero vivos. Entre los escasos
habitantes acampados al pie de la Cordillera, se heredaba la
conviccion de que existen aun en ciertos lugares del desierto
patagonico bestias enormes y de formas nunca vistas, ultimos vestigios
de la fauna que surgio al principiar la vida en el planeta.

Algunos juraban sinceramente haber visto de muy lejos al plesiosaurio
hundiendose en el muerto cristal de los lagos andinos o pastando en la
vegetacion de sus riberas. Pero veian esto al anochecer, cuando la
Cordillera extendia su inmensa sombra violeta sobre la llanura. Los
incredulos afirmaban que la tal vision surgia siempre cuando el
observador regresaba de algun boliche lejanisimo llevando muchas copas
en el cuerpo.

Despues de exponer el pro y el contra del asunto, el viejo "baquiano"
terminaba asi:

--En un ano no tropezamos con ninguno de esos animales, y fuimos de
lago en lago desde el Nahuel Huapi hasta cerca de Magallanes. Pero yo
he visto con mis ojos huellas en la tierra mas grandes que patas de
elefante, que nos ensenaban las gentes del pais. He visto tambien,
junto a un lago, unos montones de excremento seco tan altos como mi
persona, que no podian ser de ningun animal conocido... Y mi sabio
callaba cuando yo le hacia preguntas, como un hombre que no se decide
ni por unos ni por otros. iQuien sabe lo que hubieramos visto si
seguimos alla mas tiempo! Tal vez cuando aumente la gente en aquellos
pagos sera descubierta alguna de esas bestias solitarias.

Gustaba tambien el dueno del boliche de hacer preguntas a sus
parroquianos mas viejos sobre ciertos hombres misteriosos que habian
pasado por esta tierra anos antes, cuando acababan de ser expulsados
los indios y se iniciaba la colonizacion. Eran personajes de vida
novelesca, nacidos en palacios reales, y que, a semejanza de muchos
santos que abandonaron la casa rica de sus padres para sufrir
privaciones, renunciaban a todas las comodidades de su origen,
despojandose de su nombre para ser un vagabundo mas y conocer el
aspero placer de la libertad salvaje. El nombre de Juan Ort lo
repetian familiarmente los habitantes mas antiguos del territorio.

Habia leido el Gallego su historia en libros y periodicos. Este Juan
Ort era un archiduque de Austria que abandonaba su alto grado en la
marina de guerra y sus honores en la corte, bajo la influencia de una
misantropia poetica y vagabunda, hereditaria en su familia. Luego de
renunciar al titulo de archiduque, para llamarse simplemente Juan Ort,
corria los mares en un lujoso yate, acompanado de hermosas mujeres y
de musicos.

Un dia circulaba la noticia de que el buque se habia perdido, con
todos sus tripulantes, en el cabo de Hornos, al pasar de una costa a
otra de la America del Sur. Pero Juan Ort no habia muerto; este
naufragio fingido o real iba a servirle para descender aun mas a
traves de las capas sociales, conviviendo con los que estaban en lo
mas hondo.

--Yo lo conoci--decia otro viejo de la Presa--. Era ni mas ni menos
que vos o que yo: un hombre como todos los que llegan con su lingera
al hombro en busca de trabajo. Este gringo, alto y rubio, siempre
estaba serio y bebia sin companeros. A nadie dijo que se llamaba Juan
Ort, pero todos lo sabiamos. Ademas, llevaba en su lingera un vaso de
plata con unos escudos de su familia real, y le gustaba beber en el a
solas en su ranchito, porque era el vaso de cuando iba a la escuela.

De pronto este vagabundo habia desaparecido. Algunos lo supusieron
oculto en los peores barrios de Buenos Aires; otros aseguraban haberlo
encontrado de fotografo en Paysandu. Nadie sabia donde habia muerto.

--iMacanas!--decian los incredulos al escuchar tales relatos--. Todos
los gringos que vienen por aca y no quieren trabajar la echan de Juan
Ort, para que les admiren los zonzos.

Antonio Gonzalez, lector incansable de novelas en varios tomos, creia
en Juan Ort y otros personajes igualmente interesantes que venian a
acabar su existencia en una tierra donde a nadie le preguntan su
pasado. Mientras los parroquianos no se escapasen sin pagar, el
Gallego estaba dispuesto a reconocerles una historia maravillosa,
viendo en todos ellos a un hijo o sobrino de emperador descontento de
su origen y ganoso de cambiar de postura.

Otros tertulianos, los de aspecto mas acomodado, se ocupaban del
porvenir de este pueblo naciente. La suerte de el iba unida a la de
Gonzalez. Ahora estaba con el peludo pecho al aire, despeinado, sucio
de polvo, y unos redondeles elasticos sujetaban las mangas de su
camisa para dejar mas libres sus manos. Su camarero ofrecia mejor
aspecto; pero el guardaba ahorrados algunos miles de pesos en el Banco
Espanol de Bahia Blanca, y ademas era dueno de mil hectareas de tierra
cerca del pueblo. Lo unico que le traia disgustado era la mala
educacion y la ignorancia de su clientela, que se empenaba en llamar a
su establecimiento "boliche", como en los primeros dias de su
fundacion, sin querer reconocer los engrandecimientos importantes
realizados por su dueno, ni el rotulo de "almacen" que figuraba sobre
la puerta.

Pero... ?que valia su prosperidad actual comparada con los millones
de pesos que iban a caer en sus manos el dia que la Presa, simple
campamento de trabajadores en la actualidad, se convirtiese en una
poblacion importante, y su almacen en un establecimiento rico como los
de Buenos Aires, y las tierras polvorientas que el habia adquirido en
un sinnumero de "chacras", por las que le pagarian importantes
arrendamientos colonos espanoles e italianos?... Podria volver
entonces a su patria, para instalarse en Madrid, circulando por sus
calles y paseos en el automovil mas lujoso y mas grande que pudiera
encontrar; y las gentes de su pueblo natal, agradecidas a sus
donativos, tal vez le hiciesen diputado o senador; y un ministro lo
presentaria al rey de Espana, cuyo retrato en colores estaba clavado
sobre un tabique de madera debajo de un cocodrilo... iQuien sabe si
hasta lo harian vizconde o marques, como otros tantos "bolicheros"
enriquecidos en America!...

Luego cortaba el curso de sus ambiciosos pensamientos para volver a la
aspera realidad en que aun vivia. Con otros parroquianos interesados
en el regadio de esta tierra, iba describiendo su aspecto presente,
para hacer mas violento el contraste con su futura prosperidad.

--?Que hay aqui ahora, aparte de las personas que vivimos en la
Presa?... Avestruces y pumas nada mas.

Sus oyentes sonreian al acordarse de las bandas de avestruces que
bajaban de la altiplanicie a la cuenca del rio, atraidos, sin duda,
por la novedad de los trabajos que iban realizando los hombres junto
al agua. La senorita de la estancia de Rojas se divertia acosando a
estos rebanos zancudos, que escapaban, abriendo el compas de sus rudas
patas, y eran alcanzados algunas veces por el lazo de la amazona.

El puma, con el empujon del hambre, tambien descendia en invierno de
las alturas para rondar en torno a los ranchos y casitas de la Presa.

Al ser mencionado el puma, algunos volvian a sonreir torciendo sus
ojos hacia Friterini. Un amanecer, al salir el camarero al corral del
boliche, habia visto saltar del fondo de un tonel vacio a una especie
de tigre con la piel a redondeles y del tamano de un perro. Era un
puma que se habia encogido para dormir en este refugio, dando una
sorpresa formidable al nostalgico evocador de las serenatas de
Brescia.

--Cuando tengamos agua y las tierras se rieguen--continuaba
Gonzalez--viviran aqui miles y miles de familias.

El y sus rusticos parroquianos tomaban espontaneamente una entonacion
casi lirica al hablar de los prodigios del agua. Mas alla de la Presa
estaba Fuerte Sarmiento, adonde iban todos para tomar el tren. Este
pueblo se habia formado junto a un fortin, en la epoca de la expulsion
de los indios. El ejercito de ocupacion pudo abrir facilmente un
pequeno canal, aprovechando el declive del rio, y este curso liquido
hacia del pueblo un oasis prodigioso en medio de las secas tierras
colindantes. Alamos enormes formaban murallas defensivas de las
huertas. La vina, toda clase de hortalizas y de arboles frutales
crecian con la prodigalidad de una tierra vigorosa que empieza a
procrear despues de miles y miles de anos de inaccion. Su riqueza aun
resultaba mas sorprendente por contraste con el desierto que se
extendia mas alla de los tentaculos de sus ultimas acequias.

Pero los tertulianos admiraban mas otro oasis, a varias leguas de
distancia, aguas abajo, en un lagar donde el rio, por tener un
desnivel natural, podia ser sangrado para el riego.

Un vasco habia abierto facilmente canales, regando leguas y leguas
plantadas de alfalfa. Las excelencias de este pasto eran un motivo de
admiracion en el boliche. Todos adoraban, con el fervor del creyente,
los milagros de la alfalfa con riego. En el territorio de Rio Negro
esta planta de origen asiatico solo necesitaba ser sembrada una vez.
Los alfalfares, cuando tenian agua, resultaban perpetuos. En Fuerte
Sarmiento los habia que databan de poco despues de la expulsion de los
indios, y con treinta y tantos anos de existencia estaban mejor que el
dia en que los sembraron. Segun los cortaban crecian mas fuertes y
lozanos.

--Si el hombre pudiese comer alfalfa--declaraba sentenciosamente el
Gallego--quedaria resuelto para siempre el problema social, al haber
en el mundo comida de sobra para todos.

Por desgracia, solo los animales podian asimilarse este alimento
maravilloso. Las ovejas que el vasco apacentaba en sus alfalfares eran
como bestias de otro planeta, donde una nutricion maravillosa diese a
los seres proporciones exageradas.

--Parecen animales vistos con anteojos de aumento--decia el bolichero.

Su rico compatriota el vasco, orgulloso de sus prados infinitos y de
sus ovejas enormes como mastines, se complacia en decir a algun
vagabundo que pasaba junto a su propiedad:

--Si llegas a cargarte esa oveja, te la regalo.

Pero el hombre, despues de grandes esfuerzos, no lograba echarse a la
espalda el pesado animal. Cuando recibia a algun huesped, lo
obsequiaba con un pavo puesto en el asador. Y el invitado se confundia
al verlo sobre la mesa, creyendo que esta ave, nutrida con alfalfa,
era un corderillo asado.

La abundancia que rodeaba al tal espanol le permitia ser tolerante
con la miseria ajena y perdonar el robo. No podia transigir con Manos
Duras y otros aficionados al cuatrerismo, porque se llevaban los
animales enteros.

--Que me roben toda la carne que quieran--decia--; yo he sido pobre y
se lo que es el hambre. Pero a lo menos, ipucha! que me dejen los
cueros.

Mas de una vez, al recorrer a caballo su enorme propiedad, prorrumpia
en maldiciones viendo junto a un canal las entranas y otros restos de
una oveja. Pero algunos pasos mas alla encontraba la piel todavia
fresca puesta sobre una alambrada, y esto le hacia sonreir.

--Asi me gusta; que haya decencia y solo se lleven lo que sirve para
matar el hambre.

El dueno del boliche sonaba con alcanzar algun dia la riqueza de su
compatriota, poseyendo inmensos alfalfares. Y hablando del celebre
pasto con otros que eran duenos igualmente de tierras yermas y
esperaban el momento del riego, no sentian el paso de las horas
nocturnas. Experimentaban las mismas emociones de los ninos mientras
escuchan en la velada el relato de un cuento prodigioso.

--iCuando llegara el dia que veamos la tierra de nuestros campos roja
y cubierta de agua, lo mismo que si fuesemos a hacer ladrillos con
ella!

Quedaban como extaticos al pensar en esto. Despues miraban el reloj.
Era tarde, y habia que ir a la cama para levantarse con el alba. Todos
al abandonar el boliche volvian sus ojos instintivamente hacia el rio
obscuro que se deslizaba sordamente, durante miles y miles de anos,
entre tierras yermas, negandolas su caricia gestadora de tantas
maravillas.

Mientras llegaba la hora de ser millonario gracias a la irrigacion,
una de las mejores ganancias del dueno del boliche consistia en
organizar los domingos corridas de caballos. Para esto necesitaba el
permiso de don Roque, y no le era facil conseguirlo.

El comisario tenia miedo a sus superiores. El gobierno federal habia
prohibido esta fiesta en los territorios de vida primitiva, por ser
causa de borracheras y peleas. Pero el antiguo vecino de Buenos Aires,
para vivir resignadamente en la Patagonia, necesitaba una compensacion
mayor que el sueldo dado por el gobierno; y a causa de esto, siempre
que el dueno del boliche le hablaba a solas, conseguia vencer sus
escrupulos.

--Por Dios, no anuncies mucho, Gallego, que va a haber
corridas--suplicaba el comisario--. No haga el demonio, che, que
tengamos una desgracia y lo sepan alla en Buenos Aires... Que sea
unicamente para los que habitan el campamento.

Pero el negocio exigia, por el contrario, una gran publicidad, y de
muchas leguas a la redonda iban llegando, a partir del sabado por la
tarde, numerosos jinetes.

En el pais no abundaban las fiestas, y habia que aprovechar las
corridas de la Presa. La poblacion del campamento parecia triplicarse.
El boliche expendia en veinticuatro horas la provision de bebidas
hecha para un mes.

Manos Duras saludaba a numerosos jinetes que vivian en ranchos
lejanisimos y le habian ayudado algunas veces en sus negocios. Todos
iban montados en sus mejores caballos, a los que llamaban "fletes",
para tomar parte en las carreras.

Los premios dados por el Gallego no eran gran cosa: un billete de
veinte pesos, panuelos de vistosos colores, un tarro de ginebra; pero
los gauchos, orgullosos de sus espuelas, de su cinturon y de su
cuchillo con mango de plata, venian a triunfar por el honor y la
gloria, regresando a sus ranchos satisfechos de haber demostrado su
guapeza ante los _gringos_ trabajadores, incapaces de montar un
caballo bravo.

Rara vez se volvian en la misma tarde. Consideraban necesario quedarse
para celebrar el triunfo, y las primeras horas nocturnas del domingo
eran las de mayor ganancia para el boliche. Tambien resultaban las mas
temibles para don Roque, y su recuerdo lo hacia vacilar en la
concesion de nuevos permisos, aun a riesgo de perder lo que le daba en
cambio el Gallego.

Como el publico no cabia dentro del establecimiento, formaba corros
fuera de el; y Friterini, ayudado por las mujeres, entraba y salia
incesantemente con botellas y vasos. Sonaban las guitarras,
acompanando los gritos y los palmoteos de la gente amontonada en torno
a los bailarines. El comisario se mantenia a distancia con sus cuatro
soldados de largos sables, sabiendo que su presencia, las mas de las
veces, servia para excitar los animos en vez de calmarlos.

Los que mas le preocupaban eran los peones chilenos. En las fiestas
ordinarias, cuando estaban con sus camaradas de trabajo, su embriaguez
resultaba metodica y su humor no sufria sobresaltos. Acostumbrados al
trato con los peones europeos, cantaban y bailaban la _cueca_ sin que
se turbase la paz. Unicamente su patriotismo agresivo iba creciendo
segun aumentaba la cantidad de bebida consumida.

--iViva Chile!--gritaban a coro entre una _cueca_ y otra.

Alguno, mas entusiasta, completaba la aclamacion, lanzandola con toda
su pureza clasica, como lo hacen los _rotos_ en las fiestas
patrioticas o en la guerra al cargar a la bayoneta: "iViva Chile,
m...!"

Mas en las tardes de carreras, la presencia de gentes extranas, y
especialmente a aquellos jinetes de aire arrogante, orgullosos de sus
sillas chapeadas de plata, de sus armas y de los adornos metalicos de
sus trajes, parecia esparcir un malestar provocativo, mezcla de odio y
de envidia, entre los _rotos_ que iban a pie.

De pronto cesaban de sonar las guitarras y habia un rumor de disputa.
Chillaban las mujeres; sobre sus chillidos se destacaba un grito
mortal; luego venia un silencio profundo. Y la gente se apartaba,
dejando sitio a un hombre con ojos de loco y la diestra roja de
sangre.

--iAbran cancha, hermanos, que me he desgraciao!...

Todos le abrian paso; nadie pretendia detenerle, ni aun el comisario,
que procuraba estar lejos.

Hubiera sido un atentado contra las leyes establecidas por los
antiguos, mas conocedores de la vida que los hombres del presente. El
hermano del herido o del muerto solo atendia al que estaba en el
suelo, sin preocuparse de atajar a su agresor. Tiempo le quedaba de ir
en busca del que se habia "desgraciado", alla donde estuviese, para
"desgraciarse" a su vez, ejerciendo el derecho de la venganza.

Cuando ocurria uno de estos incidentes, don Roque, olvidando las
larguezas de Gonzalez, se mostraba indignado.

--?No te decia yo que esto acabaria mal, Gallego?... Ahora veremos lo
que dicen de Buenos Aires. En una de estas, che, voy a perder mi
puesto.

Pero ni de Buenos Aires hablaban, ni don Roque perdia su cargo. Como
era la unica autoridad y estaba de acuerdo con su colega de Fuerte
Sarmiento, se procedia al entierro del difunto, cuando lo habia, y si
solamente era un herido, este se dejaba curar, asegurando no haber
visto jamas al que le dio la cuchillada y anadiendo que no le
reconoceria aunque se lo pusieran delante.

Transcurrian algunos meses sin que don Roque se ablandase. "iChe,
Gallego: no me pillaras otra vez!..." Pero la generosidad del
bolichero acababa con sus temores, y de nuevo se anunciaba una corrida
de caballos.

Si la fiesta habia terminado sin peleas, Gonzalez, triunfante, renia
al comisario.

--?Lo ve usted?... Este es un pueblo que progresa, y puede uno tener
confianza en su decencia. Lo de la otra vez fue un pequeno incidente.

Para no verse el bolichero desmentido por los hechos, ensanchaba su
largueza hasta Manos Duras, dandole algun billete de Banco a cambio de
que mantuviese la paz, valiendose de sus amistades con unos y del
temor que inspiraba a otros.

Un sabado, al anochecer, entro Robledo por la calle central, de vuelta
de sus canales. Al pasar ante la casa de Pirovani miro al lado opuesto
y acelero la marcha de su caballo, por temor a que Elena abriese una
ventana, llamandole. Iban transcurridos muchos dias sin que el hubiese
vuelto a visitarla. Sentia esos temores vagos que anuncian la cercania
del peligro, pero sin dejar adivinar de que parte viene.

El campamento de la Presa le parecia ahora distinto al de algunas
semanas antes. Su aspecto exterior era el mismo, pero su vida interna
se transformaba de un modo inquietante. Iban perdiendose la dulzura
monotona y la confianza algo grosera con que se trataban todos
siempre.

"Gualicho", el terrible demonio de la Pampa expulsado al mismo tiempo
que los indigenas, habia vuelto a estas tierras que fueron suyas,
reconquistandolas. Robledo se acordo de como los indios solian
combatir a dicho genio del mal apenas iban notando su presencia entre
ellos.

Cuando sus expediciones para robar ganado o sorprender a las tribus
vecinas empezaban a fracasar; cuando iban en aumento las enfermedades
en sus tolderias y las amenazas de hambre, todos los jinetes se
armaban y salian al campo para vencer al maldito Gualicho. Esgrimian
contra el enemigo invisible sus lanzas y sus mazas llamadas "macanas",
arrojaban sus boleadoras, correas terminadas por dos esferas de piedra
que volteaban en el aire para envolver al adversario, acompanaban con
aullidos sus botes, tajos y estocadas, y las mujeres y los
pequenuelos, marchando a pie, se unian a esta ofensiva general dando
palos y punetazos al aire. Alguno de sus innumerables golpes habia de
tocar forzosamente al mal espiritu, obligandolo a huir; y cuando, al
fin, caian todos en tierra extenuados, la tranquilidad volvia a ellos,
convencidos de que el enemigo estaba ya lejos de su campamento.

El espanol creia notar ahora en la Presa la presencia de Gualicho, el
diablo pampero, maligno y enredador. Empujaba a los hombres unos
contra otros. Todos se miraban con hostilidad, como si se viesen
diferentes a como eran antes... ?Tendria, al fin, que juntarse el
pueblo en masa para ahuyentar a golpes al oculto enemigo?...

Iba pensando en esto, cuando su caballo se estremecio, deteniendose
con tal brusquedad que casi le hizo salir disparado por encima de sus
orejas. En el mismo instante sonaron varios tiros de revolver y vio
como saltaban hechos pedazos los vidrios de las ventanas y de las dos
puertas del boliche.

Surgieron por estas aberturas, lo mismo que proyectiles, botellas,
vasos, y hasta un craneo de caballo. A continuacion aparecieron
algunos gauchos amigos de Manos Duras, que marchaban de espaldas
disparando sus revolveres. Varios trabajadores del pueblo salieron a
su vez del establecimiento, atacandolos igualmente a tiros. Otros que
ya habian agotado sus cartuchos avanzaban cuchillo en mano.

Cayo un herido y empezo a arrastrarse por el polvo. Luego el ingeniero
vio desplomarse a otro hombre. Gonzalez aparecio en mangas de camisa,
como siempre, con dos elasticos sobre los biceps. Elevaba los brazos,
profiriendo suplicas, voces de mando y maldiciones, todo mezclado. Las
mestizas anexas al boliche, que completaban la venta del alcohol con
el ofrecimiento de sus gracias, salieron tambien, asustadas y dando
gritos, para huir hacia los extremos de la calle.

Robledo saco su revolver, y espoleando a su caballo se fue metiendo
entre los contendientes, apuntando a unos y a otros, al mismo tiempo
que gritaba, exigiendo orden. Ayudado por los vecinos que iban
llegando, muchos de ellos con rifles, pudo restablecer una paz
momentanea. Huyeron los gauchos, perseguidos por los obreros del
dique, y acudieron las mujeres, lo mismo las danzarinas del
establecimiento que las pertenecientes a las familias del pueblo, para
rodear a los dos heridos y levantarlos.

Gonzalez, que protestaba a gritos, sin que nadie le escuchase, hizo un
gesto de alegria al reconocer a Robledo, como si este pudiera
arreglarlo todo.

--Son los amigos de Manos Duras--dijo--, que vienen a armar bochinche
porque a ese gaucho malo le quitan el suministro de la carne y le
impiden hacer otros negocios. Como manana teniamos carreras de
caballos, Manos Duras me ha querido perjudicar, provocando esta
batalla. Parece como que el demonio ande suelto ahora, don Manuel.
iTan en paz que viviamos antes!...

Sudoroso y emocionado aun por el combate, siguio balbuciendo
explicaciones. Reconocia que los chilenos provocaban peleas algunas
veces; pero era de tarde en tarde y a consecuencia de excesos en la
bebida. Ahora no habia que imputarles ninguna responsabilidad. iPobres
_rotos_!... Eran los del pais los que habian procedido insolentemente,
como si obedeciesen una orden, provocando a los trabajadores para
perturbar la tranquilidad del pueblo.

--Y esto va a durar, don Manuel; conozco a Manos Duras. Si quisiera
dinero, habria venido a pedirmelo, y no seria la primera vez... Pero
debe haber de por medio algo que no adivino, y que le hace buscar el
escandalo, sea como sea.

Acababan de ser recogidos los heridos, y la gente los metia en el
boliche. Un hombre a caballo salio en busca del medico de Fuerte
Sarmiento, que solo visitaba la Presa dos veces por semana. Varias
mujeres corrieron para traer antes a cierto peon siciliano que gozaba
fama de gran curandero. Los curiosos entraban en el almacen para
enterarse de la gravedad de las heridas. En medio de la calle, unas
comadres hablaban a gritos contra Manos Duras y sus camaradas.

Robledo volvio a emprender la marcha hacia su casa, con aire
pensativo. Gonzalez tenia razon: el demonio andaba suelto. Alguien
habia trastornado profundamente la vida de la Presa.

Al otro dia noto tambien un gran cambio en los grupos que trabajaban
junto al rio. Los obreros dependientes del contratista estaban
sentados en el suelo, fumando o dormitando. Algunos de origen espanol
canturreaban, tocando palmas y mirando a lo lejos, como si
contemplasen la patria lejana.

El contramaestre chileno apodado el _Fraile_ iba de un grupo a otro
protestando de esta inercia, pero solo conseguia que los trabajadores
riesen de el. Uno de los mas viejos le contesto insolentemente:

--Tu no esperaras heredar al italiano... ?por que tienes, entonces,
mas interes que el en obligarnos a trabajar? Hace muchos dias que no
viene por aqui.

Otro jornalero mas joven anadio, con una risa bestial:

--Anda como un perro detras de esa gringa hermosota que huele tan bien
y a la que llaman "la marquesa". Yo tambien, si pudiera...

Y anadio algunas palabrotas que hicieron reir a muchos con expresion
salvaje de deseo. De pronto, un muchacho, un aprendiz, que estaba
sobre una pequena altura vigilando los alrededores, lanzo el grito de
alarma:

--iUn ingeniero!

Inmediatamente todos dieron un salto, buscando sus herramientas, y
empezaron a simular un trabajo ardoroso, mientras el espanol iba
avanzando entre los grupos al paso lento de su caballo.

Miraban de reojo a Robledo, y segun este se iba alejando, dejaban caer
sus herramientas, sentandose otra vez. Volvio repetidas veces su
cabeza el ingeniero, y se dijo, como el dia anterior, que un poder
oculto habia trastornado la vida de la colonia. Gualicho andaba
realmente por todas partes, y hasta hacia sentir su influencia fuera
del pueblo, desorganizando el trabajo de los hombres.

Dejo a sus espaldas los numerosos peones de Pirovani, llegando al
lugar donde sus propios obreros abrian los canales.

Estos trabajadores no permanecian en perezoso descanso. Torrebianca
los dirigia y vigilaba, dandoles ejemplo con su actividad. Al ver a
Robledo lo llevo aparte, como si tuviera que comunicarle una mala
noticia.

--El perverso ejemplo de los obreros del dique empieza a perturbar a
los demas. Nuestra gente quiere menos horas de trabajo, como los
otros... No comprendo en que piensa ese pobre Pirovani. Tiene
completamente abandonadas sus obras.

Le miro fijamente Robledo, guardando silencio, mientras Torrebianca
continuaba dandole noticias.

--Anoche me dijo Moreno que Pirovani y Canterac empiezan a hacerse la
guerra. El uno se resiste a aprobar como ingeniero los trabajos que
hace el otro como contratista. Desea perjudicarle, retardando de este
modo los pagos del gobierno... Pirovani dice que suspendera las obras
y se ira a Buenos Aires, donde tiene muchos amigos, a quejarse del
ingeniero.

Estas palabras hicieron salir al espanol de su indiferencia
silenciosa.

--Y mientras discuten--dijo con ira--llegara el invierno, crecera el
rio antes de que el dique este terminado, las aguas destruiran y
arrastraran el trabajo de varios anos, y todo habra que volverlo a
empezar.

El marques, que parecia pensativo, exclamo de pronto:

--iEsos dos hombres eran antes tan amigos!... Algo, indudablemente,
debe haberse interpuesto entre ellos...

Robledo hizo un esfuerzo para que sus ojos no transparentasen lastima
ni asombro, y movio la cabeza afirmativamente.

* * * * *




#XI#


Poco despues de la salida del sol abandono Moreno su casa, por haberle
llamado Canterac urgentemente.

Al entrar en el alojamiento del ingeniero encontro a este paseando con
impaciencia. Se habia puesto ya las botas altas y el pantalon de
montar. Un cinturon con revolver y su blusa estaban sobre una silla.

Con las mangas de la camisa recogidas y la pechera abierta, mostraba
aun las frescas senales de su ablucion matinal. Su rostro era mas duro
y autoritario que otros dias. Una idea tenaz y molesta parecia colgar
de su fruncido entrecejo. Sobre los muebles y en los rincones habia
numerosos paquetes envueltos en papel fino, atados y sellados
elegantemente.

Se adivinaba que el ingeniero habia dormido mal, por culpa de aquella
idea que deseaba exponer a Moreno. Este tomo asiento, preparandose a
oir. Canterac se mantuvo de pie para seguir paseando, y dijo al
oficinista:

-Ese Pirovani, a pesar de su ordinariez, me vence siempre. iComo es
rico!...

Luego senalo los numerosos paquetes que ocupaban una parte de la
habitacion.

--Ahi tiene todos los perfumes que encargamos a Buenos Aires iCompra
inutil! Los del italiano llegaron antes.

Moreno se apresuro a disculparse. Habia hecho lo necesario para que el
encargo viniese con rapidez; pero el otro, en vez de hacer el pedido
por carta, enviaba un mensajero a la capital.

Canterac quiso mostrarse bondadoso y acepto las excusas del
oficinista, dandole unas palmaditas en la espalda.

--No he podido dormir en toda la noche, querido Moreno. Tengo un
proyecto y quiero consultarlo con usted. Necesito aplastar a ese
intrigante que se atreve a medirse conmigo... Aqui todos se consideran
iguales, como si se hubiesen suprimido en el mundo las jerarquias.
Hasta es posible que ese contratista se crea superior a mi, que soy su
jefe; todo porque tiene mas plata.

Sonrio Canterac con una expresion cruel, y siguio hablando.

--Yo hare que tenga menos. Hasta ahora le habia tolerado ciertas cosas
al aprobar sus obras. En adelante perdera muchos miles de pesos y se
vera obligado a rescindir su contrato, yendose de aqui.

Luego se aproximo a Moreno para hablar en voz baja, como si temiese
ser oido.

--Quiero hacer algo extraordinario, algo que ese emigrante sin
educacion no pueda discurrir. Anoche lo he pensado. En el primer
momento crei que era un disparate, pero despues de reflexionar largas
horas reconozco que es algo original y digno de realizarse, si resulta
posible... Pirovani ha ofrecido una casa a la marquesa. Yo la ofrecere
un parque... un parque que hare surgir en pleno desierto patagonico.
?Que le parece mi idea, amigo Moreno?

El oficinista le escuchaba con interes y asombro, pero no supo que
contestar. Necesitaba mas explicaciones, y el otro siguio hablando.

--En ese parque dare una fiesta, una _garden-party_, en honor de
nuestra amiga la marquesa, y hasta me proporcionare la venganza de
invitar a ese rustico enriquecido, para que se muera de envidia. Usted
me hara el favor de dirigirlo todo. Aqui tiene las instrucciones; las
escribi anoche, aprovechando mi falta de sueno.

Tomo el argentino el papel que le ofrecia Canterac, y luego de leerlo
miro al ingeniero con extraneza, como si dudase de su razon.

--Comprendo su asombro... Resultara caro, lo se; pero no importa.
Gaste sin miedo. Acabo de cobrar unos cuantos miles de pesos que
pensaba remitir a Paris. Prefiero asombrar a la marquesa con mi
parque. Ya ganare otra plata mas adelante: tengo confianza en el
porvenir.

Y dijo esto de buena fe, con el dulce optimismo de los que se sienten
enamorados.

Al dia siguiente era domingo, y Watson fue por la manana a la antigua
casa de Pirovani para ver a Torrebianca. Necesitaba hablarle de un
asunto relacionado con los trabajos de los canales. Robledo se habia
marchado dos dias antes a Buenos Aires para pedir a los Bancos un
nuevo credito que le permitiese continuar sus obras, y tambien para
vender ciertos terrenos que poseia en la Pampa central.

Subio el joven con cierta inquietud la escalinata de madera, despues
de mirar disimuladamente a las ventanas. Llamo a la puerta con recato,
como si no quisiera ser oido por todos los habitantes de la casa, y
sonrio al ver que era Sebastiana la que salia a abrirle.

--El senor no esta: se fue con don Canterac a Fuerte Sarmiento esta
manana. ?Y don Robledo, esta bueno?...

La mestiza, como muchas gentes del pais, aplicaba el don
indistintamente a los nombres y los apellidos.

Iba Watson a retirarse, cuando se levanto un portier del recibimiento,
dejando visible una mano blanca rematada por una pulsera de reloj.
Esta mano le hacia senas cual si pretendiese atraerlo. Despues
aparecio Elena por entero, invitandole con palabras y sonrisas a pasar
adelante. Cohibido por su presencia, no tuvo fuerzas Ricardo para
negarse, y la siguio al salon, bajando los ojos al tomar asiento.

--Al fin le veo en mi casa... Debo serle muy antipatica, pues nunca
quiere visitarme.

Watson se excuso. Habia estado dos veces por la noche en compania de
Robledo. No podia asistir diariamente a su tertulia, como los otros
visitantes: se levantaba mas pronto que todos ellos. Por ser de menos
edad que su asociado, debia encargarse de los trabajos mas penosos.

Ella fingio no escuchar estas explicaciones que desviaban el curso de
la conversacion. Queria decir algo y necesitaba decirlo cuanto antes.

--Tal vez le han hablado mal de mi. No se esfuerce en negarlo: nada
tiene de raro que me traten de ese modo... iLas mujeres estamos tan
expuestas a la calumnia!... iNos creamos tantos enemigos al no querer
acceder a ciertos deseos!

Elena habia tomado un tono de dulce ingenuidad al formular sus quejas,
como si estuviese bajo el peso de las mas injustas persecuciones. Se
aproximo a Ricardo, hablandole sin ningun recato femenil, como si
fuese un companero de su infancia; y el joven empezo a sentir la
turbacion que esparce el perfume de una carne sana y bien cuidada, la
proximidad de una mujer hermosa.

--Soy muy infeliz, Watson--siguio diciendo--. Deseaba una ocasion
oportuna para manifestarselo, y aprovecho este raro momento en que
podemos hablar a solas y tal vez no volvera a repetirse nunca... Me ve
usted rodeada de hombres que me hacen la corte y yo parece que
coqueteo con ellos. iError!... Es unicamente por aturdirme, por
olvidar el vacio de mi vida. Hace anos que me siento sola, como si no
existiese en el mundo otro ser que yo.

Ricardo habia olvidado su inquietud de momentos antes, para escucharla
con un interes credulo, aceptando todas sus palabras.

--Pero ?y su marido?...

Una lucecita ironica parecio temblar en los ojos de ella al oir esta
pregunta inocente. Pero contuvo su burlona admiracion, para contestar
con tristeza:

--No hablemos de el. Es un hombre buenisimo, pero no el esposo que
necesita una mujer como yo. Nunca ha sabido comprenderme. Ademas, es
un debil en la batalla de la vida; y yo, que he nacido para altos
destinos, estoy donde estoy por su falta de condiciones, habiendo
venido a parar a una tierra casi salvaje.

Miro intensamente a Ricardo, que bajaba los ojos, no sabiendo que
decir, y anadio con expresion pensativa:

--Crea usted que un hombre joven y energico hubiera ido muy lejos
teniendo a su lado una mujer como yo.

Sorprendido Watson por estas palabras, levanto su mirada, pero volvio
a fijarla en sus pies, cual si temiera seguir viendo los ojos de ella.
Sonrio Elena levemente de su temor, al mismo tiempo que susurraba con
una vocecita melancolica:

--La vida es asi; se fijan en nosotras los hombres que no deseamos, y
en cambio aquellos que nos interesan huyen casi siempre.

Al oir esto volvio el joven a levantar su cabeza, mirandola sin miedo
alguno, con una expresion interrogante... ?Que es lo que intentaba
decir aquella mujer?

El no conocia la vida directamente; ademas, como hombre de accion,
amaba poco la lectura, y le habia sido imposible adivinar la
existencia a traves de los libros; pero guardaba en el fondo de su
memoria ciertos recuerdos de novelas simplistas e ingenuas, abundantes
en aventuras, leidas para combatir el aburrimiento durante los viajes
en ferrocarril o las travesias maritimas. Tambien llevaba vistas un
centenar de historias cinematograficas, y lo mismo en las paginas de
los libros que sobre las pantallas de los cinemas habia conocido el
tipo de la "mujer fatal", la mujer hermosa de cuerpo y enrevesada y
maligna de espiritu, que tienta a los hombres, consiguiendo hacerlos
salir del camino del honor, y acaba perturbando la felicidad tranquila
y dulcemente monotona que debe proporcionarse todo joven, casandose y
formando una familia. ?Si seria esta marquesa su mujer fatal? Robledo
no mostraba mucha simpatia por ella...

Pero a continuacion penso en todas las protagonistas calumniadas y
perseguidas que habia encontrado igualmente en los libros y las
aventuras cinematograficas, siendo tan enormes sus tormentos, que el,
a pesar de su fortaleza viril, sentia humedecerse sus ojos. En el
mundo abundaban tal vez las victimas de dicha especie. Unicamente de
este modo podia el explicarse la frecuencia con que aparecen en las
novelas.

Siguio mirando a la Torrebianca para darse cuenta de si era una mujer
fatal o una mujer perseguida injustamente; pero ella habia bajado los
ojos, diciendo con triste modestia:

--He sufrido mucho al ver que usted huia de mi. Rodeada de hombres
egoistas y de un grosero materialismo, necesito una amistad noble y
pura, un amigo desinteresado, un companero que me aprecie por mi alma
y no por mis atractivos corporales.

Watson movio la cabeza instintivamente. Este movimiento era un reflejo
de la aprobacion que daba en su interior a tales palabras. Iba
formandose ya una opinion sobre aquella mujer.

--Siempre crei--continuo ella--que este amigo ideal podia serlo usted,
que parece tan bueno... Pero iay! usted me detesta, usted huye de mi,
creyendome tal vez una mujer temible, como hay tantas en el mundo,
cuando en realidad no soy mas que una infeliz.

Para expresar Ricardo con mas vehemencia su protesta, se puso de pie,
llevandose una mano al pecho. El no habia sentido nunca antipatia por
ella, ni deseaba huir de su trato. Era un _gentleman_ que pensaba
siempre con el mayor respeto de la esposa de su companero Torrebianca.
Pero confesaba que hasta ahora no la habia conocido bien.

--Esto no es extraordinario. A veces las personas se hablan anos y
anos y creen conocerse, hasta que un dia, de pronto, se conocen en
realidad y se ven muy distintas de como se habian imaginado. Yo,
despues de lo que acabo de oir...

No dijo mas, pero su silencio y sus ojos dieron a entender la emocion
que habian producido en el las palabras de Elena...

Esta se levanto igualmente, aproximandose a Watson para tenderle una
mano.

--Entonces, ?acepta usted ser ese amigo que tanto necesito para
continuar mi existencia?... ?Quiere servirme de apoyo y de guia?...

Turbado por la mirada de ella, balbuceo el joven palabras truncadas,
estrechando al mismo tiempo la mano femenina que se mantenia dentro de
la suya. La marquesa acogio esta vaga aceptacion con un regocijo
infantil.

--iQue felicidad! Me visitara usted todos los dias, me acompanara en
mis paseos a caballo, y ya no me vere seguida por esos suspirantes
pegajosos que me molestan continuamente.

Mostrose sorprendido Ricardo por la alegria de la Torrebianca. El no
habia prometido nada de esto; pero no se atrevio a protestar.

Como si no tuviese ya duda de que el joven iba a ser su acompanante,
Elena empezo a reir con una risa algo maliciosa.

--Ademas, en nuestros paseos me ensenara usted a tirar el lazo. iComo
deseo poseer esa habilidad!...

Se dio cuenta inmediatamente de lo inoportunas que resultaban sus
palabras. Watson habia entornado los ojos, al mismo tiempo que su
frente parecia obscurecerse, pasando por ella la sombra de un desfile
de lejanas imagenes. Recordo la tarde en que Elena los habia
sorprendido cerca del rio, a el y a Celinda, mientras esta le ensenaba
a tirar el lazo.

Elena, para repeler tal recuerdo, se aproximo mas al joven, apoyando
sus manos en las solapas de su blusa. Parecia querer mirarse en sus
pupilas, al mismo tiempo que concentraba en los propios ojos todo su
poder de seduccion.

--?Amigos de veras?...--pregunto con una voz susurrante--. ?Amigos
para siempre?... ?Amigos por encima de la calumnia y de la envidia?

El joven se sintio vencido por el contacto y los perfumes de aquella
mujer. El recuerdo de la ribera del rio y las alegres lecciones de
Celinda fue desvaneciendose. Hubo algo dentro de el que intento
resistirse todavia a esta influencia. Paso por su memoria el recuerdo
de las heroinas fatales de los libros. Hizo un movimiento como si
fuese a decir "no", y llevo sus manos a las manos de ella para
despegarlas de su pecho. Pero sus dedos, al sentir el contacto de la
epidermis femenina, se inmovilizaron en voluptuoso desmayo para
oprimir despues, acariciadores, las manos de ella. Y como los ojos de
Elena parecian implorar una respuesta a sus recientes preguntas, el
hizo un movimiento con su cabeza: "Si".

A partir de este dia Watson fue el unico acompanante de la esposa de
Torrebianca en sus paseos a caballo. Frente a la antigua casa de
Pirovani se situaba un mestizo encargado de la caballeriza del
contratista, teniendo de las riendas a una yegua blanca con silla
femenil.

Llegaba Ricardo a caballo, aparecia en lo alto de la escalinata Elena,
vestida de amazona, y en el mismo instante se presentaba en la calle
el contratista, como si hubiese estado oculto esperando una
oportunidad para mostrarse. Tambien iba a caballo, pero la "senora
marquesa" se negaba a aceptar su compania.

--Vaya usted a sus negocios, senor Pirovani. Mi marido dice que los
descuida usted mucho, y eso me entristece... El senor Watson esta mas
libre ahora y me acompanara.

Acababa el italiano por aceptar tales palabras, con cierto
agradecimiento. iComo se interesaba por sus negocios esta mujer! No
podia mostrar con mas claridad la simpatia por todo lo referente a su
persona. Ademas, el acompanamiento de Watson no podia inspirarle
celos. Todos le tenian en el pais por novio de la nina de Rojas... Y
finalmente se retiraba, aunque de mal talante, para ir a visitar las
obras del dique.

Otras veces, cuando ya estaba Elena en la silla, se presentaba
Canterac, tambien a caballo, con el deseo de acompanarla. Pero Elena
le acogia con signos negativos de su latiguillo.

--Ya le he dicho varias veces que no quiero mas acompanante que mister
Watson--le contesto ella una manana--. Usted, capitan, vayase a
trabajar en esa misteriosa y enorme sorpresa que me esta preparando.

Tambien Canterac aceptaba al ingeniero norteamericano como acompanante
de la marquesa. Le parecia mas tolerable que el odiado Pirovani.

Vio como se alejaban los dos jinetes, y aunque sentia un enojo
sombrio, como siempre que le rechazaba Elena, procuro disimularlo,
encaminandose despues a la casa de Moreno.

Estaba el oficinista leyendo una novela junto a su ventana, y al ver a
Canterac se acodo en el alfeizar para hablarle de los trabajos
realizados.

--Hay cerca de doscientos hombres y cuarenta carretas que ganan plata
en lo del parque.

El ingeniero, siempre a caballo, escucho las explicaciones que le fue
dando Moreno desde su ventana.

--Le he quitado estos hombres a Pirovani ofreciendoles doble jornal.
Ademas, me he llevado todas las carretas que el italiano tiene
contratadas y las que hay en Fuerte Sarmiento. Esto va a retrasar un
poco los trabajos del dique; pero luego, usted por una parte y el
contratista por otra, procuraran ganar el tiempo perdido.

Los hombres trabajaban a cinco leguas de alli, rio abajo, en un lugar
algo pantanoso, donde las crecidas habian hecho surgir un bosque de
alamos y otros arboles. Apartaban los peones la tierra inmediata a los
troncos, dejando al descubierto sus raices. Luego cortaban estas e
inclinaban el arbol, haciendole caer en una carreta de bueyes, que
emprendia lentamente su marcha a lo largo de la ribera, necesitando
toda una jornada para llevar su carga hasta la Presa.

--Un trabajo largo y dificil--siguio diciendo Moreno--. Ayer estuve
alla para verlo todo por mis ojos, y crea usted que la gente gana bien
su plata.

Cerca de la Presa, en una planicie vecina al rio, limpia de
vegetacion, otros peones abrian hoyos en el suelo. Al llegar las
carretas con los arboles, levantaban estos y los metian en los hoyos,
amontonando tierra en torno para que se mantuviesen erguidos.

--Son arboles de algunos metros nada mas, pero resultaran
extraordinarios en este desierto donde no hay otros que puedan servir
de comparacion. Tengo la seguridad, capitan, de que la sorpresa va a
ser enorme. Eso no lo puede discurrir el italiano.

Canterac aprobo con un sonrisa de satisfaccion las ultimas palabras.

--Va usted a gastar toditos sus miles de pesos--continuo Moreno--, y
hasta puede ocurrir que al final falte algo de plata; pero tendra
usted su parque... Es verdad que el tal parque no le producira nuevos
gastos, pues al dia siguiente de la fiesta los arboles tal vez esten
secos y muertos.

Y el oficinista rio de la inutilidad de un gasto tan enorme, admirando
y compadeciendo a la vez al ingeniero.

Mientras tanto, Elena y Watson marchaban lentamente a caballo por la
orilla del rio. Ella mantenia cogida una mano de el, hablandole
afectuosamente, con una expresion maternal.

--Veo, Ricardo, por lo que me cuenta, que Robledo lo dirige todo y
usted es a modo de un empleado suyo... No debia mezclarme en sus
asuntos, pero todo lo que se refiere a usted ime inspira tanto
interes!... Yo no digo que el espanol cometa indelicadezas al
repartir las ganancias del negocio; eso no. Robledo es hombre
correcto, pero abusa un poco de la condicion de tener mas anos. Debe
emanciparse usted de esa tutela, o no hara el camino que le
corresponde hacer por si mismo, sin necesidad de tutores.

Ricardo habia defendido la persona de su asociado desde las primeras
insinuaciones; pero acabo por acoger, pensativo y cenudo, sin una
palabra de protesta, el ultimo consejo de Elena.

Mientras los dos conversaban, balanceandose ligeramente con el paso
lento de sus caballos, un jinete aparecio y se oculto repetidas veces
en el fondo del paisaje, pasando de la orilla del rio a las dunas de
arena que las inundaciones habian dejado tierra adentro. Este jinete
que se aproximaba o se alejaba en un galope caprichoso era Celinda
Rojas.

Elena fue la primera en darse cuenta de sus evoluciones, y sonrio
malignamente.

--Creo que alguien le busca--dijo a Ricardo.

Este miro hacia donde ella senalaba, y al reconocer a la amazona, no
pudo disimular cierta turbacion.

--Es la senorita de Rojas--contesto, ruborizandose ligeramente--; una
nina todavia, con la que tengo alguna amistad. Es como una hermana
menor; mejor dicho, un companero. No vaya usted a imaginarse...

La Torrebianca sonreia ironicamente, como si no creyese en sus
protestas, y acabo por decir, con una frialdad que apeno al joven:

--Vaya usted a saludarla, para que no nos moleste mas con su
vigilancia, y venga luego a juntarse conmigo.

Despues de estas palabras, dichas con el tono de una orden, hizo
trotar a su caballo tierra adentro, por entre los asperos matorrales,
que se rompieron lanzando crujidos de lena seca. Inmediatamente,
Celinda dejo de evolucionar a lo lejos, llegando a todo galope al
encuentro de Ricardo. Cuando estuvo junto a el le amenazo con un dedo,
pretendiendo imitar la expresion cenuda de un maestro que rine a su
discipulo. Luego hablo con una gravedad comica:

--?No le he dicho mas de cien veces, mister Watson, que no quiero
verle con esa... mujer? Paso ahora los dias enteros corriendo el campo
inutilmente, y cuando al fin consigo tropezarme con el senor, lo veo
siempre en mala compania.

Pero Watson era ahora otro hombre y no acogio con risas su fingido
enfado. Muy al contrario, parecio ofenderse por el tono de broma con
que hablaba ella, y repuso secamente.

--Puedo ir con quien quiera, senorita. Solo hay entre nosotros una
buena amistad, a pesar de lo que algunos suponen equivocadamente. Ni
usted es mi prometida, ni yo tengo obligacion de privarme de mis
relaciones para obedecer sus caprichos.

Celinda quedo absorta por la sorpresa y el se aprovecho de esto para
saludarla con brusquedad, alejandose despues en la misma direccion que
habia seguido Elena. La nina de Rojas, al convencerse de que el
norteamericano huia verdaderamente, hizo un gesto de colera, al mismo
tiempo que lanzaba palabras suplicantes:

--iNo se vaya, gringuito!... Oiga, don Ricardo; no se ofenda... Mire
que esto solo ha sido para reir, lo mismo que otras veces.

Como Watson fingia no oirla y continuaba su trote, acabo ella por
echar mano al lazo que guardaba en el delantero de la silla, y lo
deslio para arrojarlo sobre el fugitivo.

--iVenga usted aqui, desobediente!

El lazo cayo sobre Ricardo con exacta precision, aprisionandolo, pero
cuando Celinda empezaba a tirar de el, saco el ingeniero un pequeno
cuchillo, cortando la cuerda. Tan rapido fue este acto, que la joven,
preocupada unicamente en tirar de su lazo, casi cayo del caballo al
faltarle de pronto el apoyo de la resistencia.

Watson se alejo, sacandose el fragmento de cuerda que envolvia aun sus
hombros. Luego la arrojo, sin volver la vista atras. Mientras tanto,
la nina de Rojas seguia recogiendo su lazo, que se arrastraba
blandamente por el suelo.

Al llegar a sus manos el final de la cuerda, contemplo tristemente su
extremo cortado. Las lagrimas enturbiaron su vision. Luego, la hija de
la estancia palidecio de colera mirando hacia las dunas, detras de las
cuales habia desaparecido el norteamericano.

--iQue el demonio te lleve, gringo desagradecido! No quiero verte
mas... Ya no te echare mi lazo, y si alguna vez deseas verme, seras tu
el que tengas que echarmelo a mi... isi es que sabes!

Y no pudiendo resistirse mas tiempo a la crueldad de su decepcion, la
nina de Rojas hundio la cara entre las manos, para que aquella tierra
arenisca y aquel rio impetuoso y solitario que tantas veces la habian
visto reir no la viesen ahora llorar.

* * * * *




#XII#


Llego el dia de la gran sorpresa preparada por Canterac. Los
trabajadores, bajo la direccion de Moreno, colocaron los ultimos
arboles en la llanura inmediata al rio.

Grupos de curiosos admiraban desde lejos este bosque improvisado. De
Fuerte Sarmiento y hasta de la capital del territorio de Neuquen iban
llegando gentes atraidas por la novedad de tal fiesta. Algunos obreros
tendian de tronco a tronco guirnaldas de follaje y clavaban grupos de
banderolas.

Friterini, elevado a la categoria de _maitre d'hotel_, habia sacado de
su maleta un frac algo apolillado, recuerdo de los tiempos en que
prestaba servicio como camarero auxiliar en hoteles de Europa y de
Buenos Aires. Preocupandose de la integridad de su pechera dura y su
corbata blanca, daba ordenes a una tropa de mestizas del boliche que
se habian convertido en servidoras y preparaban las mesas para la
fiesta de la tarde.

Don Antonio "el Gallego" tambien se habia transformado exteriormente.
Iba vestido de negro, con una gruesa cadena de oro de bolsillo a
bolsillo de su chaleco. El era de los invitados, tenia derecho a
figurar entre los vecinos mas notables de la Presa representando al
alto comercio; pero como la merienda habia sido encargada a su
establecimiento, creyo del caso trasladarse al lugar de la fiesta
desde las primeras horas de la tarde, para convencerse de que todos
los preparativos se desenvolvian con regularidad.

Entre los mirones situados al otro lado de una cerca de alambre se
veian algunos gauchos, siendo uno de ellos el famoso Manos Duras.
Despues de la batalla ocurrida en el boliche, habia vuelto
tranquilamente al campamento para dar explicaciones. No negaba que
algunos de los provocantes fuesen amigos suyos, pero todos eran
mayores de edad y no iba a responder de sus actos, como si fuese su
padre. El estaba lejos del campamento al ocurrir el choque; ?por que
intentaban mezclarlo en hechos de los que no tenia culpa alguna?...

El comisario hubo de conformarse con estas justificaciones; el dueno
del boliche las acepto igualmente, creyendo que era mejor tenerlo por
amigo que por adversario, y alli estaba Manos Duras contemplando con
una atencion algo burlona los preparativos de la fiesta. Los otros
gauchos, igualmente silenciosos, parecian reir interiormente de tales
labores. Los _gringos_ trasladaban los arboles del sitio donde los
habia hecho nacer Dios: iy todo por una mujer!...

Las gentes del pueblo eran mas atrevidas en sus juicios, formulandolos
a gritos. Algunas mujeres, las mejor vestidas, censuraban a la
marquesa:

--iLa grandisima... tal! iLas cosas que los hombres hacen por ella!

Enumeraban los regalos del contratista Pirovani, tan regateador y duro
para los trabajadores. Todos los dias de tren le llegaban a la
marquesa paquetes de Buenos Aires o Bahia Blanca, pagados por el
italiano. Ademas, un carro con tonel no hacia otro trabajo que llevar
agua del rio a la casa. Aquella senorona necesitaba banarse cada
veinticuatro horas.

--Eso no es natural. Debe tener en la carne algo que no quiere
irse--afirmaban sentenciosamente algunas mujeres.

Para todas ellas, obligadas a ir varias veces al dia con un cantaro a
cuestas de su vivienda al rio, el carro del tonel representaba el mas
inaudito de los lujos. iUn bano diario en aquel pais, donde el menor
soplo de viento levantaba columnas de tierra suelta, tan enormes y
violentas, que obligaban a encorvarse para resistir mejor su
empuje!... Como muchas de estas mujeres llevaban aun en sus cabelleras
y en los dobleces de sus ropas el polvo de semanas antes, las
enfurecia tal derroche de agua, como una injusticia social.

Una, para consolarse, recordo malignamente al ingeniero Torrebianca.

--iY sera capaz de venir esta tarde con los queridos de su mujer!...
Parece imposible que un hombre sea tan... ciego. Deben marchar de
acuerdo los dos.

Todos los que no estaban invitados a la fiesta y pretendian verla de
lejos, apoyados en la alambrada, se consolaban de su pretericion
hablando contra la Torrebianca, sus amigos y su marido.

Paso Celinda a caballo, entre los grupos, lentamente y mirando con
hostilidad el parque improvisado. Luego, para no oir los escandalosos
comentarios de aquellas mujeres, se alejo hacia el pueblo.

Gonzalez, sin perder de vista la preparacion de las mesas, hablaba a
unos parroquianos de su establecimiento, mostrandoles el rio. Era
propicia la ocasion para repetir, con una gravedad doctoral, muchas
cosas oidas a su compatriota Robledo.

Los indios habian dado a este rio su nombre de Negro por los
sufrimientos que les costaba remontarlo, a causa de su rapida
corriente. Los descubridores espanoles lo titularon rio de los Sauces,
por la gran cantidad de arboles de esta especie que cubria sus
orillas. Habian disminuido mucho ahora, pero aun representaban el
mayor obstaculo para su navegacion, pues los troncos y raigones
impulsados por la corriente batian como arietes a los barcos,
quebrantandolos. Durante dos siglos habia permanecido inexplorado,
creyendo los descubridores espanoles--a causa de los informes de los
indigenas--en la posibilidad de navegar por el hasta Chile, lo que
haria del rio de los Sauces un canal entre el Atlantico y el Pacifico
menos lejano que el estrecho de Magallanes.

Un misionero ingles intentaba su exploracion para que su patria se
apoderase de este paso, lo que la permitiria atacar comodamente las
colonias de Espana situadas al borde del Pacifico.

--Entonces fue cuando los espanoles, que habian tenido tantas cosas en
que ocuparse, por ser duenos de la mayor parte de America, creyeron
necesario explorar el rio.

Era un alferez de la Armada, llamado Villarino, el que acometia esta
empresa dificil y de escasa resonancia en el ultimo tercio del siglo
XVIII, cuando ya casi toda la tierra de America estaba descubierta y
colonizada.

--Don Manuel--siguio diciendo el dueno del boliche--llama a Villarino
el ultimo representante del heroismo descubridor de los espanoles.

Con cuatro barcas pesadisimas e inadecuadas para tal viaje, habia
salido de Carmen de Patagones, en la costa atlantica, llevando por
tripulacion unos sesenta hombres. Este punado de marineros se
internaban en un pais totalmente inexplorado, en el que vivian los
indios mas irreductibles y feroces. De las margenes del rio Negro
partian las invasiones indigenas contra las tierras civilizadas del
virreinato de la Plata: los _malones_ de jinetes cobrizos ansiosos de
robar ganados a los estancieros de Buenos Aires. Los cuatro barcos de
uno o dos palos iban a navegar centenares de leguas entre orillas
donde les esperaban en acecho los Aucas, tenidos por los indios mas
sanguinarios e indomables.

--Solo los que conocemos la corriente de este rio podemos comprender
lo que represento aquella expedicion, curso arriba y con buques de
vela. Llevaban quince caballos para sirgar los barcos por la orilla en
los pasos dificiles. Cuatro veces los huracanes rompieron las
arboladuras de las embarcaciones. Con Villarino brillo por ultima vez,
como dice don Manuel, la gloria de los conquistadores espanoles. La
expedicion duro muchos meses, y como no tenia baquiano del pais que la
guiase, se extravio con frecuencia, metiendose en rios afluentes para
retroceder despues... Buscaban el mar que los indios aseguraban haber
visto con sus ojos, y efectivamente, al final del Limay, continuacion
del rio Negro, se desemboca en un mar que es simplemente el lago
Nahuel Huapi... Lo cierto es que ahora nadie navega por este rio
mientras no lo limpien, y ninguno de los exploradores actuales, aun
contando con las embarcaciones modernas, ha querido repetir el viaje
del alferez Villarino hace siglo y medio.

Llevado por su entusiasmo patriotico, seguia Gonzalez mencionando todo
lo que habia oido a Robledo, pero sus oyentes eran cada vez mas
escasos. Se alejaban, atraidos por los preparativos de la merienda,
prefiriendo la contemplacion de las mesas a la del antiguo rio de los
Sauces y a escuchar el relato de las hazanas del joven oficial de la
marina espanola.

Iban aumentando considerablemente los grupos. Una banda de musica,
compuesta de unos cuantos italianos vecinos de Nenquen, empezo a
rasgar el aire con las estridencias de sus instrumentos de metal.
Inmediatamente se lanzaron a danzar algunas parejas. Don Antonio vio
en esto una falta de respeto al organizador de la fiesta.

--No los dejes bailar mientras no llegue la marquesa--ordeno a
Friterini--. La ceremonia es para ella, y de seguro que le parecera
muy mal al senor de Canterac que empiece antes de tiempo.

Pero musicos y bailarines no hicieron caso alguno de sus escrupulos y
continuo el baile.

Elena estaba mientras tanto en el salon de su casa, lujosamente
vestida para asistir a la fiesta. Tenia el rostro obscurecido por un
gesto de enfado.

"Esto solo me ocurre a mi--pensaba--. Llegar esta noticia precisamente
hoy... iY aun hay quien niega los caprichos de la fatalidad!"

Aquel dia era de tren, y al empezar la tarde llego el correo, recogido
en Fuerte Sarmiento.

Torrebianca, con el rostro consternado, fue en busca de su mujer para
mostrarle una carta.

--Lee lo que acabo de recibir. Es del notario de mi familia.

Esta carta, llegada de Italia, le daba cuenta de la muerte de su
madre. "Desde que usted se marcho a America, la salud de la senora
marquesa quedo tan profundamente quebrantada, que todos esperabamos
tal desgracia de un momento a otro. Ha muerto pensando en usted. Su
nombre fue lo ultimo que balbuceo en su agonia. Adjunto le envio
algunos datos sobre su herencia, que desgraciadamente no es..."

Suspendio Elena tal lectura para mirar a su marido con ojos
interrogantes; pero este tenia la cabeza inclinada, como anonadado
por la noticia. Dudo ella en hablar, y como transcurria el tiempo sin
que el otro saliese de su actitud silenciosa, dijo lentamente:

--Supongo que este suceso, que nada tiene de inesperado, pues tu mismo
lo has presentido muchas veces, no va a privarnos de asistir a la
fiesta.

Levanto Torrebianca el rostro para mirarla con ojos de asombro.

--?Que es lo que dices?... Piensa que es mi madre la que ha muerto.

Ella fingio cierta confusion, mientras decia bondadosamente:

--Siento mucho la muerte de la pobre senora. Era tu madre, y esto
basta para que la llore... Pero piensa que en realidad no la vi nunca,
y ella, por su parte, solo me conocio por mis retratos. Ten serenidad
y un poco de logica... Por esa desgracia, ocurrida al otro lado de la
tierra, no vamos a privarnos de asistir a una fiesta que representa
enormes gastos para el amigo que la ha organizado.

Se aproximo a su esposo, diciendole con voz insinuante, al mismo
tiempo que le acariciaba el rostro con una mano:

--Hay que saber vivir. Nadie conoce esta desgracia. Figurate que la
carta no ha llegado hoy y solo puedes recibirla en el correo de pasado
manana... Quedamos en eso; aun ignoras la noticia y me acompanas esta
tarde. ?Que adelantas con acordarte ahora? Tiempo te queda para pensar
en ese suceso triste.

El marques hizo signos negativos. Luego se llevo una mano a los ojos,
y apoyando sus codos en las rodillas gimio sordamente:

--Era mi madre... iMi pobre mama, que tanto me queria!

Hubo un largo silencio. Torrebianca, como si no quisiera mostrar su
dolor en presencia de su mujer, se refugio en una habitacion
inmediata. Elena, cenuda y malhumorada, le oyo gemir y pasearse al
otro lado de la puerta.

Asi transcurrio mucho tiempo. Ella miro el reloj: las tres. Habia que
decidirse. Hizo un gesto cruel y levanto los hombros. Luego fue hasta
la puerta por donde habia desaparecido su esposo:

--Quedate, Federico; no te ocupes de mi. Ire sola, e inventare un
pretexto para excusar tu ausencia. iHasta luego, alma mia! Cree que si
te dejo es unicamente por no molestar a nuestros amigos. iAy, las
exigencias sociales! iQue tormento!...

Tomaba su voz inflexiones de piadoso carino, al mismo tiempo que las
comisuras de su boca se dilataban en un rictus de colera.

Se puso el sombrero y salio. Desde lo alto de la escalinata pudo ver
la calle enteramente solitaria.

Toda la gente del pueblo estaba en los alrededores del parque
improvisado. Canterac y el contratista, cada uno por su parte, habian
declarado festivo aquel dia, imponiendo el descanso a sus obreros.

Frente a la casa habia un carruajito de cuatro ruedas, cuidado por un
mestizo. Este dormia en el pescante, con un cigarro paraguayo entre
sus labios gruesos y azules, mientras un enjambre de moscas zumbaba en
torno al rostro sudoroso.

Elena penso en sus admiradores, que estarian esperandola, impacientes.
Se habian abstenido de venir a buscarla, porque el dia anterior les
manifesto su deseo de presentarse sin otro acompanamiento que el de su
esposo. Una senora debe evitar que la maledicencia se cebe en sus
actos.

Cuando se dirigia hacia el carruajito, dejando a sus espaldas la casa,
oyo el ruido de un galope. Un jinete acababa de surgir de una
callejuela inmediata. Era Flor de Rio Negro.

Por una afinidad misteriosa que mas bien era una repulsion, Elena
adivino su presencia antes de verla con sus ojos. Sin esperar a que el
caballo hiciese alto, la intrepida amazona se deslizo de la silla.
Luego fue aproximandose, con la torpeza del jinete que extrana el
contacto del suelo:

--Senora, una palabra nada mas.

Y se interpuso entre ella y la estribera del carruaje, cerrandola el
paso.

A pesar de su arrogancia, Elena se sintio emocionada por los ojos
hostiles de la muchacha. Fingio, sin embargo, altivez, y parecio
preguntar con un gesto: "?Es realmente a mi a quien busca?..."

Celinda la entendio, contestando con un movimiento afirmativo. La
marquesa hizo otro ademan indicando que podia hablar, y la nina de
Rojas dijo con expresion agresiva:

--?No tiene usted bastante con todos esos hombres a los que trae
locos?... ?Todavia necesita robar los que pertenecen a otras mujeres?

La respuesta de Elena fue mirarla de pies a cabeza. Pretendia
confundirla con sus gestos de superioridad.

--Joven, no la conozco--dijo--. Ademas, sospecho que existen entre
nosotras grandes diferencias de categoria y educacion, que nos impiden
seguir hablando.

Intento apartarla para que le dejase libre el paso; pero Celinda,
irritada por su aire despectivo, levanto el rebenque que llevaba en la
diestra.

--iAh, demonio con faldas!

Dirigio un golpe contra el rostro de Elena, pero esta se puso en
actitud defensiva, agarrando el brazo enemigo. Su cara quedo
intensamente palida, con los ojos agrandados por la sorpresa y un
resplandor felino en las pupilas. Luego hablo con una voz algo ronca:

--Muy bien, joven, no se moleste. Doy por recibido el golpe. Este
regalo es de los que no se olvidan nunca, y correspondere a el cuando
lo considere oportuno.

Solto el brazo de Celinda, y como esta parecia haber desahogado ya
toda su colera, lo dejo caer, quedando inmovil y como avergonzada de
su agresion.

Aprovecho Elena este desaliento momentaneo para subir al cochecito,
tocando en un hombro a su conductor. El mestizo habia estado
adormecido hasta entonces, con el cigarro en la boca, sin enterarse de
lo que acababa de ocurrir junto a su vehiculo.

Apenas salieron del pueblo, vio Elena a lo lejos el parque improvisado
y la muchedumbre que rebullia en torno a el.

Un jinete paso al trote en direccion contraria, regresando del lugar
de la fiesta, y se quito el sombrero para saludarla. Elena reconocio a
Manos Duras, sonriendo maquinalmente a su respetuoso saludo. Luego,
sin darse exacta cuenta de lo que hacia, le llamo con una mano. El
gaucho hizo dar vuelta a su cabalgadura y se aproximo al carruaje,
marchando junto a sus ruedas.

--?Como le va, senora marquesa?... ?Por que esta tan palida?

Elena hizo un esfuerzo para serenarse. Debia guardar aun en su rostro
las huellas de la reciente emocion, y ella necesitaba llegar a la
fiesta tranquila y sonriente, de modo que nadie adivinase el insulto
que habia recibido.

Como si quisiera terminar cuanto antes su conversacion con Manos
Duras, le pregunto con forzada alegria:

--Usted me dijo una vez que me aprecia mucho y esta dispuesto a hacer
lo que yo le mande, por terrible que sea.

Se llevo Manos Duras una mano al sombrero para saludar, y sonrio,
mostrando sus dientes de lobo.

--Ordene lo que quiera, senora. ?Desea que mate a alguien?

Y al mismo tiempo la miraba con ojos de deseo. Ella hizo un falso
gesto de susto:

--Matar, no... ique horror! ?Por quien me toma?... El servicio que tal
vez le pida sera muy dulce para usted... Ya hablaremos.

Temiendo que el gaucho prolongase sus palabras de despedida, le indico
con un ademan energico que debia retirarse. Ya estaba cerca del sitio
de la fiesta, y no era conveniente llegar sin su marido y con tal
acompanamiento.

Manos Duras contuvo su caballo mientras se alejaba el carruaje,
Durante algunos minutos siguio con los ojos a aquella mujer, la mas
extraordinaria que habia encontrado en su vida; y al dejar de verla,
su mirada de mastin sumiso volvio a recobrar una dureza agresiva.

Iban entrando los invitados en el parque artificial, bajo la
curiosidad envidiosa del populacho, mantenido mas alla de la alambrada
por la vigilancia del comisario y sus cuatro hombres. Estos invitados
eran comerciantes espanoles e italianos establecidos en las
poblaciones mas cercanas y algunos venidos de la lejana isla de
Choele-Choel, lugar hasta donde llegan los escasos barcos que pueden
remontar el rio Negro. Tambien los capataces y mecanicos de las obras
acudian con sus mujeres, que habian sacado a luz los vestidos de
fiesta, usados unicamente cuando iban a Bahia Blanca o a Buenos Aires.

Robledo paseaba por las cortas avenidas de este parque admirando
ironicamente la absurda creacion de Canterac. Moreno le iba mostrando
con cierto orgullo todas las particularidades de la obra dirigida por
el.

--Lo mas notable es una especie de cenador, o mejor dicho, de
santuario de verdura que hay al final de la arboleda. Seguramente que
el capitan querra llevar alli a la marquesa. Pero ella es lista y sabe
escurrirse.

Guinaba un ojo maliciosamente al hablar de los propositos de Canterac,
y a continuacion se mostraba grave para afirmar la cordura de la
marquesa, que "no era la mujer que se imaginaban muchos".

Se disponia a mostrar al espanol el famoso "santuario de verdura",
cuando le abandono repentinamente, mascullando excusas, para correr
hacia la entrada del parque. Elena acababa de llegar. Lo mismo que
Moreno, corrieron a su encuentro los otros solicitantes; pero ella,
despues de saludar a los tres, mostro su predileccion por Watson, que
tambien habia salido a recibirla. Converso con los demas, pero sin
apartar de Ricardo sus ojos acariciadores. Robledo, que examinaba al
grupo desde lejos, se entero inmediatamente de esta predileccion.

Contrariado por su descubrimiento, fue aproximandose para saludar a la
Torrebianca. Luego invito a Watson, con ademanes y palabras en voz
baja, a que se fuese con el; pero el joven fingia no entenderle. Al
fin, el ingeniero frances, que por ser el autor de la fiesta mostraba
una superioridad absorbente, se interpuso entre Elena y los demas
hombres, ofreciendola el brazo para ensenarle todas las bellezas de su
invencion forestal. Robledo aprovecho esto para tocar a Ricardo en la
espalda, invitandole a dar un paseo por la arboleda. Apenas quedaron
solos, el espanol se expreso con un tono bondadoso, senalando a la
mujer que se alejaba apoyada en un brazo de Canterac.

--Tenga usted cuidado, Ricardo. Creo que esa Circe tambien desea
someterlo a sus encantamientos.

Watson, que siempre le habia escuchado con deferencia, le miro ahora
altivamente.

--Tengo bastantes anos para marchar solo--contesto con sequedad--; y
en cuanto a consejos, demelos cuando yo se los pida.

Y murmurando otras palabras ininteligibles, le volvio la espalda para
ir en busca de Elena.

Quedo el espanol asombrado por la brusca respuesta de su socio.
Despues sintio indignacion.

"iEsa mujer!--penso--. iHasta va a quitarme el mejor de mis
amigos!..."

Empezaba la parte mas interesante de la fiesta para muchos de los
invitados. Friterini dio voces, dirigiendo a las mestizas encargadas
del servicio. Sobre las mesas, hechas con tablas y caballetes y que
tenian por manteles sabanas recien lavadas, fueron apareciendo los
manjares mas ricos y extraordinarios del "Almacen del Gallego" y otros
despachos de bebidas y alberguerias existentes en las colonias
inmediatas al rio Negro. Eran manjares de Europa y de la America del
Norte, que tenian un sabor a largo encierro, a estano y a hojalata:
carnes de cerdo de Chicago, salchichas de Francfort, _foie gras_
frances, sardinas de Galicia, pimientos de la Rioja, aceitunas de
Sevilla, todo venido, a traves del Oceano, en botes metalicos o
cubiletes de madera.

Lo mas extraordinario eran las bebidas. Solo algunos _gringos_
procedentes de los llamados "paises latinos" buscaban las botellas de
vino tinto. Los demas, especialmente los hijos del pais, consideraban
los liquidos de color de sangre como una bebida ordinaria, apreciando
la claridad y el tono blanco de los vinos como signo de aristocracia.
Resonaban continuamente los taponazos del champana. Algunos bebian el
vino espumoso como si fuese agua del rio.

--Esto es caro en Europa--decia un ruso de pelo largo y grasiento--;
pero aqui, icon la diferencia del cambio!...

Moreno, hombre de orden, consideraba con inquietud la sed creciente de
los invitados. Al mismo tiempo hacia recomendaciones de parquedad y
prudencia en el servicio al entusiasta Friterini con palabras
deslizadas al paso y misteriosos ademanes.

"iCon tal que alcancen los pesos de Canterac!--pensaba--.Empiezo a
creer que no tendremos bastante para pagarlo todo."

Mientras tanto, el ingeniero frances avanzaba entre los arboles con
Elena o se detenia para mostrarle los ejemplares mas corpulentos.

--Esto no es el parque de Versalles, bella marquesa--dijo imitando los
ademanes galantes de otros siglos--, pero representa, a pesar de su
modestia, el gran interes que tiene un hombre en serle agradable.

Pirovani, fingiendose distraido, iba detras de ellos a cierta
distancia. Le era imposible ocultar el despecho que le producia esta
fiesta ideada por su adversario. Reconocia que nunca hubiera sabido
inventar el algo semejante, iLo mucho que sirve haber estudiado!...

Segun iba avanzando por el bosque artificial, procuraba empujar
disimuladamente los arboles mas proximos para hacerlos caer. Pero este
mal deseo resultaba inutil. Todos se mantenian firmes. Aquel imbecil
de Moreno habia hecho bien las cosas al ayudar a Canterac.

Sintio frio en sus extremidades y que toda la sangre se le agolpaba al
corazon viendo como se ocultaba la pareja en un tupido cenador de
ramaje, al final de una avenida. Era el famoso "santuario" del
oficinista.

--La reina puede sentarse en su trono--dijo Canterac.

Y mostro a Elena un banco rustico rematado por una especie de doselete
hecho con guirnaldas de follaje y flores de papel.

Excitado el frances por la soledad, hablo con gran vehemencia de su
amor y de los grandes sacrificios que estaba dispuesto a hacer por
Elena. Muchas veces habia dicho lo mismo, pero ahora estaban solos y
aquella fiesta parecia haber aumentado su agresividad pasional.

Ella, que se habia sentado en el banco rustico, teniendo cerca al
ingeniero, mostro cierta inquietud, aunque sin perder por esto su
sonrisa tentadora. Canterac le cogio ambas manos e inmediatamente
quiso besarla en la boca. Como la Torrebianca esperaba la agresion, se
defendio a tiempo, haciendo esfuerzos por repelerle.

Se hallaban en esta lucha, cuando aparecio el contratista en la
entrada del cenador. Pero ninguno de los dos pudo verle. Canterac
seguia ocupado en su tenaz proposito de besarla; y ella, olvidando sus
remilgos de coqueta, lo repelia violentamente.

--Esto no es leal--dijo con voz jadeante--. Debo estar despeinada...
Va usted a romper mi sombrero... iEstese quieto! Si insiste usted, le
abandono.

Viose al fin obligada a defenderse con tal brusquedad, que Pirovani
creyo llegado el momento de intervenir, avanzando resueltamente dentro
del cenador. El ingeniero, al verle, abandono a Elena, poniendose de
pie, mientras la mujer reparaba el desorden de su peinado y sus ropas.
Los dos hombres se miraron fijamente, y el italiano considero
necesario hablar.

--Muestra usted mucha prisa--dijo con ironia--en cobrarse los gastos
de su fiesta.

Resultaba tan inaudito para Canterac que un simple contratista se
atreviese a insultarle alli mismo, en el costoso parque inventado por
el, que permanecio algunos momentos sin poder hablar. Luego, su colera
de hombre autoritario estallo con fria llamarada.

--?Con que derecho me habla usted?... Debi abstenerme de invitar a un
emigrante sin educacion, que ha hecho su dinero nadie sabe como.

Se enfurecio Pirovani, pero con una colera ardiente, al recibir tal
insulto en presencia de Elena. Y como su violencia de sanguineo
necesitaba pasar a la accion, por toda respuesta se arrojo sobre el
ingeniero, abofeteandole. Inmediatamente los dos hombres se agarraron,
luchando a brazo partido, mientras la Torrebianca, perdida la
serenidad, empezaba a dar voces de espanto.

Acudieron los invitados, siendo de los primeros en presentarse Robledo
y Watson, cada cual por un lado distinto. El ingeniero y el
contratista, estrechamente agarrados, rodaban por el suelo, derribando
gran parte del "santuario de verdura".

Pirovani, mas carnudo y vigoroso que Canterac, lo sofocaba con su
peso. La colera le hacia olvidar todo lo que sabia de espanol, y
lanzaba blasfemias en italiano, aludiendo a la Virgen y a la mayor
parte de los habitantes del cielo. Ademas, pedia a los que intentaban
separarlos que le dejasen comerse tranquilamente los higados de su
rival. Habia vuelto en unos segundos los anos de su adolescencia,
cuando se aporreaba con los companeros de pobreza en alguna
_trattoria_ del puerto de Genova.

A fuerza de tirones y algun que otro punetazo, varios hombres de buena
voluntad consiguieron separar a sus dos jefes. Watson, despreciando a
los combatientes, habia corrido hacia la marquesa, colocandose
delante de ella en actitud defensiva, como si le amenazase algun
peligro.

Robledo miro a los dos adversarios. Contenido cada uno de ellos por un
grupo, se insultaban de lejos, con los ojos inyectados de sangre y la
lengua estropajosa. Ambos habian olvidado de repente el espanol, y
cada uno barboteaba las peores palabras de su respectivo idioma.

Luego contemplo a la marquesa de Torrebianca, que suspiraba como una
nina, apoyandose en Watson.

"iSolo nos faltaba semejante escandalo!--se dijo--. Temo que alguien
va a morir por culpa de esta mujer."

* * * * *




#XIII#


Acabaron su cena silenciosamente Watson y Robledo, preocupados por lo
que habia ocurrido horas antes en el parque inventado por Canterac.

Un obstaculo invencible parecia haberse levantado entre los dos.
Watson tenia el rostro sombrio y evitaba mirar a Robledo. Este, al
poner de vez en cuando los ojos en su asociado, sonreia con una
expresion amarga. Pensaba en Elena, dominadora y malvada, que tal vez
habia aconsejado a Ricardo contra el.

Se levanto el joven de la mesa, saludando con algunas palabras
confusas, y tomo el sombrero para salir.

"Va a verla--se dijo el espanol--. Ya no vive tranquilo si no esta a
su lado."

En la calle central encontro Watson muchos grupos discutiendo
acaloradamente. Los rectangulos rojos que proyectaban sobre el suelo
las puertas del boliche eran eclipsados con frecuencia por las sombras
de los que entraban y salian. Adivino que todos disputaban sobre lo
ocurrido aquella tarde, tomando partido por el ingeniero o por el
contratista.

Al llegar a la casa de Elena, salio a recibirle Sebastiana en lo alto
de la escalinata. La mestiza tambien se mostraba preocupada por los
sucesos de la tarde.

Miro a Ricardo con severidad, pensando sin duda en la nina de la
estancia. iAy, los hombres! Hasta este _gringo_ que ella creia buenazo
resultaba tan perverso como los otros.

Paso adelante el joven, sin fijarse en tal mirada, y encontro en el
salon a Elena que parecia esperarle.

Quiso ocupar una butaca, pero la marquesa se opuso.

--No; aqui, a mi lado. Asi nadie podra oirnos.

Y lo obligo a sentarse en el sofa, junto a ella.

Tenia el rostro palido y la mirada dura, como si aun estuviese
conmovida por recientes y desagradables impresiones. La pelea de
Pirovani y Canterac habia pasado a segundo termino en su memoria. Le
molestaba mas, haciendola estremecerse de colera, la imagen de Celinda
con el latigo levantado.

Pero olvido su rencor al ver que Ricardo acudia puntualmente,
atendiendo el ruego que ella le habia hecho al anochecer para que
pasase la velada en su casa. Al notar que Watson miraba con inquietud
las puertas del salon, creyo oportuno tranquilizarlo.

--Nadie vendra. Mi marido esta en su cuarto, quebrantado por una mala
noticia que ha recibido de Europa... Una desgracia de familia que
esperabamos hace tiempo; algo que en realidad no me interesa mucho.

Luego cambio de gesto y de voz, para continuar hablando.

--iCuanto agradezco que haya usted venido!... Temblaba ante la idea de
pasar sola estas horas de la noche. iMe aburro tanto aqui!... Por eso
le suplique hoy, cuando nos separamos, que no me abandonase...

Y al decir esto tomo una mano de Watson, contemplandole al mismo
tiempo con ojos acariciadores.

El joven se sintio halagado en su vanidad masculina por esta mirada,
pero surgio en su memoria inmediatamente el recuerdo de lo ocurrido
aquella tarde.

--?Por que han renido esos dos hombres?... ?Fue por usted?...

Quedo ella indecisa; y al fin, entornando los ojos, contesto con
cierto abandono:

--Tal vez; pero yo los desprecio a los dos. Para mi solo existe usted,
Ricardo.

Puso sus manos en los hombros de el, y al hacer esto, parecio
estirarse con felina ondulacion, aproximando su rostro.

--Sospecho--murmuro--que vamos a ir tal vez mas alla de los limites de
una simpatia amistosa. iMe interesa usted tanto!...

Excitados por la soledad, sentian ambos en su interior la audacia de
un deseo vehemente. Iban a correr en breves minutos un camino que a
el, en su inexperiencia, le habia parecido siempre que exigiria
larguisimas jornadas. Elena penso en la amazona juvenil que habia
querido golpearla. Su vanidad ultrajada y el deseo de vengarse le
hicieron adoptar mentalmente cinicas resoluciones, celebrandolas con
una risa oculta que parecio reflejarse en sus ojos.

"Ya que eres celosa--pensaba--, debes serlo con motivo. Yo te
devolvere el latigazo."

Ademas, al recordar como aquellos dos hombres se habian golpeado en su
presencia, sin que esto le causase profunda emocion, creyo, con un
ilogismo propio de su cerebro desordenado, que el medio mas seguro
para restablecer la paz entre ambos era que ella se entregase a un
tercero, mas digno de su interes.

Watson, por su parte, consideraba a esta mujer mas hermosa y
apetecible despues que dos hombres habian intentado matarse a causa de
ella. Una sensacion de orgullo varonil, de vanidad sexual, se
mezclaba con las emociones que iban despertando en su interior las
palabras de la Torrebianca y el contacto de su cuerpo.

Al descansar ella las manos sobre sus hombros, habia acabado por
juntarlas, y poco a poco el joven se sintio aprisionado por unos
brazos adorables. Algo se reanimo en su pensamiento, como una llama
moribunda que resucita. Creyo ver el rostro noble y triste de su
companero Torrebianca, e inmediatamente quiso hacer un movimiento
negativo y echarse atras, repeliendo a Elena... No podia traicionar a
un camarada. Era innoble proceder asi, estando bajo el mismo techo que
el otro y separado de el solamente por unos tabiques. Luego se vio a
si mismo y vio a Celinda, cuando marchaban los dos alegremente por el
campo. Quiso mover otra vez su cabeza negativamente y parpadeo con una
expresion angustiosa, pretendiendo defenderse y teniendo al mismo
tiempo la certidumbre de que le seria imposible.

"iPobrecita Flor de Rio Negro!", penso.

Los brazos que rodeaban su cuello le oprimieron dulcemente y tiraron
de su cabeza, inclinandola poco a poco hacia el rostro femenil que
avanzaba unos labios avidos y audaces. Las dos bocas acabaron por
unirse, y Ricardo penso que ese beso iba a ser interminable.

Experimentaba la sorpresa del que al entrar en un palacio maravilloso
ve francas las puertas de un segundo salon todavia mas admirable, y
luego penetra en un tercero que le parece superior, perdiendose en
lontananza la sucesion de habitaciones deslumbradoras abiertas ante
el. Cuando se imaginaba haber poseido por entero aquella boca, los
labios se entreabrian con un bostezo de fiera, dejandole avanzar para
revelarle ineditos contactos de estremecedora voluptuosidad. Creia ya
agotadas todas las sensaciones ocultas entre aquellas dos valvas
carnosas, suaves y humedas, y nuevos escalofrios de placer bajaban
verticalmente por el dorso de su cuerpo.

Penso confusamente, en aquel momento, lo mismo que todos los
personajes simples de la Presa que corrian enloquecidos detras de la
Torrebianca: "Esta es la verdadera mujer. Solo merecen admiracion las
hembras que han conocido la vida elegante."

Vagaron las manos de el sobre los relieves del cuerpo adorable,
intentando libertarlos del encierro de las ropas...

De pronto se repelieron los dos con el empellon de la sorpresa,
procurando al mismo tiempo reparar el desorden externo de sus
personas. Al otro lado de la puerta, Sebastiana golpeaba la madera con
los nudillos, pidiendo licencia para entrar. La mestiza era demasiado
bien criada para abrir una puerta sin permiso; pero antes de
solicitarlo, creia oportuno siempre mirar un poco por el ojo de la
cerradura. Cuando asomo al fin la cabeza entre las dos hojas de
madera, dijo bajando sus ojos maliciosos:

--Mi antiguo patron don Pirovani quiere ver a la senora. Parece que
trae prisa.

Ricardo se levanto para irse y Elena le rogo que se quedase,
prometiendo despedir en un momento al intruso. Pero el joven se habia
serenado, dandose cuenta del peligro que acababa de correr, y quiso
aprovechar esta ocasion para marcharse, antes de quedar otra vez a
solas con ella. Casi tropezo en la puerta con el contratista, que
entraba saludando desde lejos a la "senora marquesa". Estrecho su mano
y desaparecio inmediatamente.

Elena no quiso ocultar la colera que le habia producido esta visita
inoportuna, y recibio al italiano con visible mal humor.

Se mantuvo de pie para hacerle comprender que su entrevista debia ser
corta; pero el otro, distraido por sus preocupaciones, pidio permiso
para sentarse, y antes de que ella respondiese ocupo un sillon. La
Torrebianca se limito a apoyar su cuerpo en el borde de una mesa.

--Mi marido esta algo enfermo--dijo--, y necesito atenderle... No es
cosa de cuidado: la emocion por una desgracia de familia. Pero
hablemos de usted: ?que le trae aqui a estas horas?...

Tardo Pirovani en contestar, para que de este modo sus palabras
resultasen mas solemnes.

--El senor de Canterac cree que debamos batirnos a muerte despues de
lo de esta tarde.

Ella, que solo pensaba en Watson y estaba nerviosa por la presencia
del hombre que lo habia ahuyentado, hizo un leve gesto revelador de
que la noticia no le interesaba. Luego procuro disimular su
indiferencia, diciendo:

--No encuentro extraordinaria la proposicion. Si yo fuese hombre,
haria lo mismo que el.

Pirovani, que vacilaba hasta poco antes por creer disparatado el reto
de Canterac, se levanto de su sillon con aire resuelto.

--Entonces--dijo--, si a usted le parece bien, no hay mas que hablar.
Me batire con el frances y me batire si es preciso con medio mundo,
para que usted se convenza de que soy digno de su estimacion.

Al hablar asi habia tomado una mano de Elena, pero esta mano le
parecio tan blanda y muerta, que tuvo que soltarla, descorazonado.
Ella hizo un gesto de cansancio mirando hacia el interior de la casa,
donde estaba su marido. Este gesto indico a Pirovani que debia
marcharse, y el contratista se apresuro a obedecerla; pero mientras se
dirigia hacia la puerta todavia la atormento con palabras y gestos de
enamorado que desea inspirar admiracion por su heroismo.

Cuando Elena se vio sola, llamo a gritos a Sebastiana. La mestiza
tardo en presentarse. Habia tenido que ir hasta la puerta de la calle,
acompanando a su antiguo patron.

--Vea si puede alcanzar al senor Watson--ordeno Elena
apresuradamente--. No debe estar lejos; digale que vuelva.

La mestiza sonrio, bajando sus ojos para decir con fingida
simplicidad:

--No es facil alcanzarlo. Salio disparado, como si huyese del demonio.

Al abandonar su antigua casa, se dirigio Pirovani a la de Robledo.
Este leia un libro apoyandolo en la lampara de petroleo que ocupaba el
centro de su mesa. Al ver entrar al contratista, le saludo con gestos
y exclamaciones de reproche.

--Pero ?que ha sido eso?... Un hombre de su edad y de su caracter...
iNi que fuese usted un muchacho de quince anos que se pelea por la
novia!...

El italiano repelio con altivo ademan esta admonicion, juzgandola
tardia, y dijo solemnemente, como si le enorgulleciesen sus propias
palabras:

--Me bato a muerte con el capitan Canterac, y vengo a buscarle para
que usted y Moreno sean mis padrinos.

Prorrumpio Robledo en exclamaciones de escandalo, al mismo tiempo que
levantaba las manos para hacer mas patente su protesta.

--?Usted cree que yo voy a mezclarme en sus disparates y a parecer tan
falto de juicio como usted o como el otro?...

Y siguio hablando contra la absurda peticion de Pirovani, pero este
movia la cabeza con tenacidad haciendo signos negativos. Estaba
resuelto a todo despues de haber oido a Elena.

--Yo soy un hombre de origen humilde--dijo--, un hombre que solo
conoce el trabajo, y necesito demostrar que no le tengo miedo a ese
senor acostumbrado al manejo de las armas.

Robledo se encogio de hombros al oir unas palabras que consideraba
absurdas. Al fin se canso de protestar en vano.

--Veo que es inutil querer infundirle un poco de sentido comun...
Bueno; accedo a representarle, pero con la condicion de que sera para
arreglar el asunto logicamente, evitando el duelo.

El contratista tomo una actitud caballeresca, como si acabase de
recibir una ofensa.

--No; el duelo lo quiero a muerte. Yo no soy un cobarde ni he venido
en busca de arreglos.

Luego expreso lo que verdaderamente pensaba.

--Aunque no he recibido una educacion brillante, se lo que hay que
hacer en casos como el presente. Conozco, ademas, la opinion de
personas muy altamente colocadas. Debo batirme, y me batire.

Dijo esto con tal sinceridad, que Robledo penso en Elena al oirle
mencionar las "altas personas" que le habian aconsejado. Le miro con
lastima, manifestando a continuacion, de un modo brusco, que se negaba
a apadrinarle.

Convencido Pirovani de que nada conseguiria, se despidio de el,
dirigiendose a la casa de Moreno.

Al dia siguiente, en las primeras horas de la manana, don Carlos Rojas
recibio una visita. Estaba en la puerta del edificio principal de su
estancia, cuando vio llegar a un jinete vestido como es de uso en las
ciudades y sobre un caballejo que le hizo sonreir. Era el oficinista.

--?Adonde va montado en ese mancarron?... Eche pie a tierra. ?No le
parece que tomemos un mate, amigazo?...

Entraron los dos en aquella pieza que servia de salon y despacho a don
Carlos, y mientras una criadita preparaba el mate, vio el oficinista
por una puerta entreabierta a la hija de Rojas sentada en una butaca
de mimbres, con aire pensativo y triste. Llevaba traje femenil, y al
abandonar las ropas masculinas parecia haber perdido su audacia alegre
de muchacho revoltoso.

La saludo Moreno desde el otro lado de la puerta, y ella contesto a su
saludo melancolicamente.

--Ahi la tiene usted--dijo el padre--; parece otra. Cualquiera creeria
que esta enferma. Son cosas de los pocos anos.

Sonrio Celinda con indolencia, haciendo un signo negativo al oir la
suposicion de su enfermedad. Despues abandono aquella habitacion,
demasiado inmediata al despacho, para que los dos hombres pudieran
hablar libremente.

Cuando hubieron tomado el primer mate, Rojas oficio un cigarro a
Moreno para que "pitase", y encendiendo el suyo se preparo a escuchar.

--?Que le trae por estos pagos, tinterillo?... Porque usted no es
hombre de a caballo, y cuando echa una galopada debe ser por algo.

El oficinista, al que apodaba "tinterillo" el estanciero, siguio
fumando con la calma de un oriental que considera conveniente excitar
la curiosidad de su interlocutor antes de emprender la conversacion.

--Usted, don Carlos--dijo al fin--, fue en su juventud hombre de
armas. Me han contado que cuando vivia en Buenos Aires tuvo varios
duelos por asuntos de hembras.

Miro Rojas a un lado y a otro, por si la nina andaba cerca y podia
oirle. Luego sonrio con la vanidad que sienten los hombres entrados en
anos al recordar las audacias y desafueros de su juventud, y dijo con
una falsa modestia:

--iBah! iQuien se acuerda de eso! Muchachadas, che; cosas que se
usaban entonces.

Creyo necesario Moreno hacer una larga pausa, y anadio:

--El ingeniero Canterac y el contratista Pirovani se batiran manana en
duelo... Pero el duelo es a muerte.

Don Carlos mostro sinceramente su estraneza.

--?Pero aun estan de moda esas cosas?... iY aqui! ien pleno desierto!

Moreno hizo gestos afirmativos y quedo silencioso. Callo tambien el
estanciero, mirandolo interrogativamente. ?Y que tenia que ver el con
todo esto?... ?Acaso habia hecho el viaje por el simple placer de
darle tal noticia?...

--Canterac--dijo el oficinista--tiene por padrinos al marques de
Torrebianca y al gringo Watson. Como los dos son ingenieros, no pueden
negar un servicio tan importante a un camarada.

A Rojas le parecio esto muy natural. Pero ?que podia importarle a el
que los padrinos fuesen unos o fuesen otros?

--Pirovani solo cuenta conmigo--siguio diciendo Moreno--, y yo vengo a
buscarle, don Carlos, para que me saque del apuro como hombre de
armas, y sea tambien padrino del italiano.

Protesto el estanciero con vehemencia.

--iDejese de macanas, che!... ?Por que voy a mezclarme en esos
entreveros de las gentes del campamento, cuando todos son amigos mios?
Ademas, ya estoy viejo para meterme en tales cosas y no quiero hacer
un papelon.

Insistio Moreno, y durante algunos minutos discutieron los dos
hombres. Al fin don Carlos parecio ablandarse seducido por el misterio
que creia entrever en este duelo inesperado. Valiendose de su
condicion de padrino, tal vez averiguaria cosas muy graciosas e
interesantes.

--Bueno, che; sera como usted quiere. iQue no me hara hacer este
tinterillo!

Luego sonrio picarescamente, golpeando al oficinista en una pierna, al
mismo tiempo que le preguntaba bajando la voz:

--?Y por que quieren matarse? ?Cuestion de mujeres?... De seguro que
anda de por medio esa marquesa que a toditos los trae locos.

Tomo Moreno una actitud misteriosa, al mismo tiempo que se llevaba un
dedo a los labios para imponerle silencio.

--Prudencia, don Carlos. Piense que el marques tratara con nosotros
como padrino, y por ser experto en esto de los duelos tal vez dirija
el combate.

El estanciero empezo a reir, dando nuevos golpes en las piernas de su
amigo. Fue tal su risa, que en ciertos momentos se llevo una mano a la
garganta como si temiera ahogarse.

--Pero ique lindo, che!... Y es el marido el que va a dirigir el
desafio... Y los otros dos se pelean por su mujer... Pero ique gringos
tan sabrosos! Me gustara ver eso... iCosa barbara!

Luego anadio, serenandose:

--Si que acepto el ser padrino. Eso vale mas que una comedia en Buenos
Aires o una de esas historias del biografo que traen loca a mi nina.

A media tarde, luego de haber almorzado en la estancia de Rojas,
volvio Moreno a la Presa y echo pie a tierra frente a la antigua casa
de Pirovani.

Torrebianca se paseaba por la habitacion que le servia de despacho.
Iba vestido de luto y su aspecto era aun mas triste y desalentado que
en los dias anteriores. Al pasearse se detenia algunas veces junto a
su mesa, donde estaba abierta una caja de pistolas. Habia pasado una
parte de la tarde limpiando estas armas o contemplandolas pensativo,
como si su vista evocase lejanos recuerdos. Cuando olvidaba las
pistolas miraba una fotografia puesta sobre la misma mesa y que era la
de su madre. Esta contemplacion humedecia sus ojos.

Moreno, despues de saludarle, se apresuro a decir que ya habia
encontrado companero y venia autorizado plenamente por el para la
discusion de los preparativos del combate. El marques aprobo con un
saludo ceremonioso y luego le fue mostrando sus pistolas.

--Las traje de Europa, y han servido varias veces en lances tan graves
como el nuestro. Examinelas bien; no tenemos otras, y deben ser
aceptadas por las dos partes.

El oficinista manifesto que tenia por inutil este examen, aceptando
todo lo que hiciese el otro.

Siguio hablando el marques con una dignidad caballeresca que
impresionaba a Moreno.

"Este pobre senor--penso--no conoce su verdadera situacion. Y es un
hombre bueno y pundonoroso: un caballero que ignora los actos de su
mujer y el triste papel que va a representar."

Mientras el argentino le miraba con simpatica conmiseracion,
Torrebianca siguio hablando.

--Como ninguno de los dos quiere dar explicaciones, y las injurias son
de indiscutible gravedad, el duelo lo concertaremos a muerte. ?No
opina usted asi, senor?...

El oficinista, que se habia puesto muy serio al darse cuenta de la
importancia de esta conversacion, aprobo silenciosamente con
movimientos de cabeza.

--Mi representado--continuo el marques--no se contenta con menos de
tres tiros a veinte pasos, pudiendo apuntar durante cinco segundos.

Parpadeo Moreno para expresar el asombro que le producian tales
condiciones, y quiso negarse a admitirlas; pero se acordo de una
segunda conversacion que habia tenido con Pirovani aquella manana,
antes de ir a la estancia de Rojas.

Parecia transfigurado el italiano por un entusiasmo belicoso.
Celebraba esta ocasion que le iba a permitir mostrarse ante la "senora
marquesa" en la misma actitud de un heroe de novela.

"Acepto todas las condiciones--habia dicho a Moreno--por terribles que
sean. Quiero hacer ver que, aunque empece como un simple trabajador,
soy mas valiente y mas caballero que ese capitan."

Acabo el oficinista por mover otra vez su cabeza afirmativamente.

--Esta noche--continuo el marques--nos reuniremos los cuatro padrinos
en casa de Watson para fijar por escrito las condiciones, y manana a
primera hora sera el encuentro.

Manifesto el representante de Pirovani que don Carlos Rojas no podria
asistir a tal reunion, por haber ido a Fuerte Sarmiento en busca de un
medico que presenciase el duelo; pero el suscribiria todos los
documentos necesarios en nombre de su amigo. Y los dos padrinos dieron
por terminada su entrevista.

Al salir Moreno de la casa vio al comisario de policia junto a la
escalinata, como si estuviera esperandole. Don Roque se expreso con
indignacion.

--Ustedes se figuran que pueden hacer lo que quieran, como si en esta
tierra no hubiese autoridad, ni ley, ni nada, y aun mandasen en ella
los indios. Yo soy el comisario de policia, ?sabe, che? y mi
obligacion es impedir que los demas hagan locuras. Digame cuando sera
eso del duelo... Necesito saberlo.

Moreno se resistio a hacer tal revelacion, y el comisario, en vista de
su rebeldia, fue dulcificando el tono de su voz.

--Digamelo y no sea cachafaz. Piensen todos ustedes que no esta bien
que ocurran aqui tales cosas hallandome yo presente. Digame cuando
sera eso... para marcharme antes.

Le hablo al oido el padrino, y el estrecho su mano agradeciendo la
confidencia. Luego fue en busca de su caballo, que estaba cerca, y al
poner el pie en el estribo, dijo en voz baja:

--Voy a pasar la noche en Fuerte Sarmiento, y no volvere hasta manana
por la tarde... Hagan lo que quieran. Yo lo ignoro todo.

* * * * *




#XIV#


Empezaban a retirarse los parroquianos mas trasnochadores del boliche,
cuando llego Robledo ante la casa ocupada por Elena.

Subio con pasos quedos la escalinata, llamando discretamente a la
puerta despues de unos instantes de vacilacion. La puerta se abrio al
poco rato, asomando a ella Sebastiana, sorprendida por este
llamamiento cuando iba a acostarse.

Llevaba la dura cabellera dividida en numerosas trenzas, cada una con
un lacito en la punta, y procuraba taparse con la enorme redondez de
sus brazos una parte del pecho cobrizo, no menos exuberante, puesto al
descubierto por el desabrochado corpino. Sus ojos iracundos y
anunciadores del chaparron de malas palabras con que pensaba acoger al
importuno se dulcificaron viendo a Robledo, y antes de que este
hablase, dijo ella con amabilidad:

--La patrona esta en su dormitorio y el marques ha salido con su
maldita caja de pistolas. Yo creia que estaba donde usted... Entre,
don Robledo; voy a avisar a la senora.

El ingeniero sabia bien que Torrebianca estaba en su casa con los
otros padrinos; pero necesitaba hablar a Elena urgentemente. A pesar
de su deseo, retrocedio al ver que Sebastiana le abria toda la puerta
invitandole a pasar adelante. Tuvo miedo de encontrarse a solas con la
marquesa en el salon. Su entrevista debia ser breve. Ademas, podia
llegar el marido y le seria dificil explicar su presencia alli, cuando
momentos antes habia hablado con el en su propia vivienda.

--Es poca cosa lo que quiero decir a tu patrona... Sera mejor que se
asome a la ventana de su dormitorio.

Cerro la mestiza la puerta, y Robledo avanzo por la galeria exterior,
pasando ante diversas ventanas. Al poco rato se abrio una de estas y
aparecio en ella la marquesa con la cabellera suelta y una bata
colocada negligentemente sobre sus hombros, dejando al descubierto
gran parte de sus brazos y de su pecho.

Se habia vestido precipitadamente, parecia asustada, y antes de que
Robledo la saludase, pregunto con ansiedad:

--?Le ha ocurrido alguna desgracia a Watson?... ?Por que viene usted a
estas horas?...

Sonrio Robledo ironicamente antes de contestar.

--Watson esta bien; y si vengo a tales horas, es para hablarle de
otro.

Luego la miro con severidad, anadiendo lentamente:

--Al salir el sol, dos hombres van a matarse. Esto es un horrible
disparate que me quita el sueno, y he venido a decirle: "Elena, evite
usted tal desgracia."

Convencida ya de que no se trataba de Watson, respondio con mal humor:

--?Que quiere usted que haga? Pueden batirse, si es su gusto... Para
eso nacieron hombres.

Acogio Robledo con un gesto de asombro estas palabras crueles.

--Aunque soy mujer--continuo ella--, no me asustan esos combates.
Federico se batio una vez por mi, cuando estabamos recien casados.
Alla en mi pais, varios hombres expusieron su vida por serme
agradables, y jamas intervine para evitarlo.

Hizo una mueca de desprecio y anadio:

--?Pretende usted que vaya a rogar a esos dos senores que no
arriesguen sus preciosas vidas, para que despues cada uno de ellos me
exija algo a cambio de su obediencia?... Ademas, si intervengo en ese
asunto, los dos van a creer, cada uno por su parte, que me inspiran
gran interes, y ninguno de los dos me importa nada... Si se tratase de
otro hombre, tal vez accederia a su ruego.

El espanol hizo un movimiento de cabeza al oir la palabra "otro", y
vio por un instante la imagen de su asociado. Elena le miraba ahora
con ojos compasivos.

--Duerma tranquilo, Robledo, como yo voy a dormir. Deje que esos dos
vanidosos anuncien que se van a matar. Vera como no ocurre nada grave.

Intento retirarse de la ventana por miedo a los "jejenes" y otros
insectos sanguinarios que, atraidos por las apetitosas carnes,
empezaron a zumbar en torno a sus hombros, obligandola a repelerlos
con incesantes manotazos mientras hablaba.

--Si ve a Watson, digale que le he estado esperando todo el dia. Con
esto del duelo es imposible hablarle... Hasta manana, y pase usted una
noche tranquila.

Cerro la ventana, fingiendo un miedo pueril a los mosquitos, y Robledo
tuvo que retirarse desalentado.

A la misma hora el ingeniero Canterac escribia en su mesa de trabajo,
terminando una larga carta con estas palabras:

"... y tal es mi ultima voluntad, que espero cumplireis. iAdios,
esposa mia! iAdios, hijos mios! Perdonadme."

Doblo el pliego para meterlo en un sobre, y luego puso este en el
bolsillo interior de una levita colgada cerca de el.

"Si caigo manana--penso--, encontraran esta carta sobre mi pecho.
Encargare a Watson, antes del duelo, que en caso de muerte la envie a
mi familia."

Una hora despues su adversario entraba en la casa de Moreno. El
oficinista habia vuelto, momentos antes, de su reunion con los
padrinos de Canterac. Pirovani le hablo lentamente, esforzandose por
ocultar su emocion.

Acababa de dejar sobre la mesa de Moreno dos cartas, una de ellas muy
abultada, con el sobre abierto, mostrando su interior repleto de
papeles. Habia estado escribiendo una parte de la noche en su
alojamiento, para condensar en estas dos cartas todos sus asuntos.
Senalo la mas delgada y dijo:

--Esta es para mi hija. Se la enviara usted, si es que muero.

El argentino quiso reir, como si dudase de la posibilidad de su
muerte, acogiendo tales palabras con gestos alegres... Pero desistio
de su fingido regocijo al ver que el contratista continuaba hablando
con voz grave.

--En el sobre mas abultado encontrara usted una autorizacion en regla
para que pueda cobrar sin dificultades lo que me debe el gobierno, asi
como las sumas que tengo depositadas en los Bancos. A un hombre habil
como lo es usted, le sera facil enterarse, despues de examinar estos
papeles, del estado de mis negocios y del medio mejor de liquidarlos.
Tambien dejo un testamento en el que le nombro tutor de mi hija. Usted
es el unico que me inspira confianza. Aunque alguna vez se ha
inclinado mas del lado de mi adversario que del mio, eso no importa.
Se que es usted un joven "honesto", y le confio mi hija y mi fortuna:
todo lo que poseo en la tierra.

Moreno se conmovio de tal modo por esta muestra de confianza, que hubo
de llevarse una mano a los ojos. Luego se levanto para oprimir
fuertemente la diestra del italiano y con palabras entrecortadas fue
expresando su voluntad de cumplir fielmente todo lo que le encargase.
Juraba dedicarse al cuidado de la hija y la fortuna de su amigo si
este moria al dia siguiente.

--Pero usted no morira--anadio golpeandose el pecho--. Me lo dice el
corazon.

Poco despues de salir el sol, varios hombres fueron reuniendose en una
pradera de hierba rala vecina al rio. Tenia por limite unos sauces
viejos y con las raices medio descubiertas, que se inclinaban
moribundos sobre la corriente, como si de un momento a otro fueran a
dejarse caer en ella.

El lugar era triste. Como la luz se extendia a esta hora
horizontalmente, casi al ras del suelo, las sombras de las personas y
los arboles se prolongaban con un estiramiento irreal.

Primeramente llego Pirovani escoltado por Moreno y don Carlos, todos
vestidos de negro, pero el contratista se distinguia de sus
acompanantes por una levita nueva y solemne. La habia recibido de
Buenos Aires la semana anterior, a gusto de un sastre famoso, a quien
encargo un vestuario completo igual a los que poseyesen los
millonarios mas elegantes de la ciudad.

Detras de este grupo avanzo un viejo alto, enjuto de carnes, con la
nariz violacea y granujienta de los alcoholicos y una caja de cirugia
bajo el brazo. Era el medico que Rojas habia ido a buscar la noche
anterior en el pueblo mas proximo.

Pasados unos minutos llegaron a la pradera Canterac, Torrebianca y
Watson. El capitan y el marques vestian largas levitas, menos
flamantes que la de Pirovani, y corbatas negras: lo mismo que si
asistiesen a un entierro. Watson llevaba simplemente un traje obscuro.

Luego de saludar Canterac ceremoniosamente desde lejos a su adversario
y a los padrinos de este, empezo a pasearse por la orilla del rio.
Fingia divertirse siguiendo con sus ojos el revuelo de los pajaros
matinales o arrojando piedras a la corriente. El contratista, que
deseaba no ser menos que el, imitandole en todo, se paseo tambien
junto a los sauces, mirando al rio. Y asi continuaron ambos, yendo y
viniendo cada uno por la parte de la orilla que se habia asignado,
como si fuesen dos automatas.

Torrebianca, al que todos cedian el primer lugar por su experiencia en
estos lances, empezo a disponer los preparativos del combate. Pidio a
Watson dos bastones que este llevaba a prevencion, y clavo uno en el
suelo. Luego miro hacia el sol con una mano sobre los ojos, para darse
cuenta exacta de que lado venia la luz, y empezo a marchar, contando
sus pasos.

--Veinte--dijo clavando en el suelo el segundo baston.

Al reunirse otra vez con los padrinos saco una moneda, y luego de
escuchar a Moreno la arrojo en alto. Cuando cayo la pieza, el
oficinista dijo a Rojas:

--Hemos ganado, don Carlos, y podemos elegir el sitio.

El marques, que habia traido bajo un brazo su celebre caja de
pistolas, la dejo abierta sobre la hierba. Cargo las dos armas con
minuciosa lentitud, sacando a luz de nuevo la misma moneda para que el
azar decidiese por segunda vez. Al caer la rodaja de metal, se inclino
el oficinista para verla y dijo al estanciero:

--La suerte esta con nosotros. Tambien podemos tomar la pistola que
mas nos guste.

Despues los padrinos de Pirovani fueron en busca de este para
colocarlo junto a uno de los bastones escogido por ellos. El marques y
Watson condujeron a su apadrinado al lugar que marcaba el segundo
baston.

Mientras tanto, el medico procedia con cierto azoramiento a sus
preparativos. Era la primera vez que presenciaba un duelo. Habia
abierto su caja de cirugia, y con una rodilla en tierra empezo a
desenvolver vendajes, abrir frascos y examinar el buen funcionamiento
de sus aparatos.

Quedaron frente a frente los adversarios. Canterac estaba rigido, con
rostro grave pero inexpresivo, lo mismo que un soldado que espera la
voz de mando. Pirovani tenia los ojos ardientes, miraba con
agresividad, parecia furioso. Cuando se acerco Moreno con una pistola
para entregarsela, le dijo en voz baja:

--Va usted a ver como lo mato. Me lo avisa el corazon.

Pero olvido su optimismo homicida, para anadir con cierta angustia:

--Lo que yo deseo es que me expliquen bien el tiempo de que puedo
disponer para apuntar. No quiero equivocarme, y que me tomen luego por
un ordinario, incapaz de comprender estas cosas.

Conservaron sus pistolas los dos enemigos, con el canon en alto.
Moreno se cuido de abrochar los botones de la levita de Pirovani que
estaban sueltos. Luego le subio el cuello, para que no se viese el
blanco de su camisa. Torrebianca examino por su parte a Canterac.
Estaba correctamente abrochado como un militar, pero su padrino le
subio tambien el cuello de la levita. Los dos, antes de tomar su arma,
se habian quitado el sombrero, entregandolo a uno de los padrinos.

Colocandose el marques entre ambos, saco un papel y empezo a leerlo
con grave lentitud.

"...Segundo. El director del combate dara tres palmadas, y los
combatientes podran apuntar y hacer fuego a voluntad entre la primera
y la tercera palmada."

"Tercero. Si alguno de los dos hace fuego despues de la tercera
palmada, sera declarado felon y descalificado inmediatamente."

Pirovani, con la pistola en alto, avanzaba la cabeza y entornaba los
ojos para oir mejor, acogiendo con movimientos afirmativos cada
palabra de Torrebianca. Canterac permanecia impasible, como un hombre
que esta escuchando algo que conoce sobradamente.

Siguio leyendo el marques, y al fin guardo su papel, para hablar a los
adversarios.

--Mi deber es dirigir a todos un llamamiento en pro de la concordia.
?Es posible todavia una explicacion entre caballeros?... ?Quiere
alguno de los dos presentar sus excusas al otro?...

Movio Pirovani con violencia su cabeza, haciendo signos negativos. El
ingeniero permanecio inmovil, sin que se alterase una linea de su
rostro sombrio.

El marques volvio a hablar, quitandose su sombrero con triste
cortesia.

--Entonces, que empiece el lance y cada uno cumpla como caballero.

Retrocedio unos pasos, pero de espaldas, sin perder de vista a los
combatientes. Luego levanto una mano, preguntando si estaban listos.
Pirovani hizo un movimiento afirmativo. Su adversario continuaba mudo
o inmovil. Separo el marques sus manos para dar la primera palmada.
Todo esto lo hizo con una lentitud que daba a sus movimientos cierta
solemnidad tragica.

Los otros padrinos, colocados a alguna distancia de el, miraban con
una emocion mal disimulada. El medico, que seguia arrodillado junto a
su caja, levanto la cabeza con los ojos muy abiertos.

Torrebianca fue aproximando las manos y dijo lentamente:

--iFuego!... Una...

Los dos bajaron a un tiempo sus pistolas.

Pirovani, que solo tenia en aquel momento la preocupacion de no hacer
fuego despues de la tercera palmada, se apresuro a tirar. Su enemigo
guino ligeramente un ojo y contrajo levemente la mejilla del mismo
lado, como si hubiese sentido el roce del proyectil. Pero recobro
inmediatamente su impasible fosquedad y siguio apuntando.

Volvio el marques a dar una palmada, diciendo lentamente: "Dos."

Al ver Pirovani que no habia herido a su adversario y quedaba
desarmado ante el, paso por su rostro, como una nube veloz, la emocion
del miedo; pero fue por un momento nada mas. Luego, mirando a Canterac
que le seguia apuntando, cruzo sus brazos, apoyo en el pecho la
pistola inutil y presento de frente todo su cuerpo, con loca
jactancia, cual si desafiase a la muerte.

Moreno se agarro a un hombro de Rojas, obligado por su ansiedad a
buscar un apoyo. El estanciero apretaba los labios.

--iPucha!... Lo va a matar--dijo entre dientes.

Dio otra palmada el director del combate. "Tres." Un momento antes
Canterac habia hecho fuego.

Todos corrieron en una misma direccion, menos el capitan, que
permanecio inmovil, con el brazo caido y la pistola todavia humeante
en su diestra.

El contratista estaba de bruces en el suelo como una masa inerte. Los
que corrian hacia el vieron en primer termino la cuspide de su cabeza,
y saliendo de ella un hilo de sangre que serpenteaba entre la hierba.
Inmediatamente esta cabeza quedo invisible, pues todos se agolparon
en torno al cuerpo caido, inclinandose para escuchar al medico, que lo
examinaba con una rodilla en tierra.

Momentos despues alzo este su rostro para decir con balbuceos de
emocion:

--Nada queda que hacer... iMuerto!

Viendo que Canterac se aproximaba al grupo para saber lo ocurrido,
Torrebianca salio a su encuentro, cerrandole el paso. El gesto triste
del marques, antes que sus palabras, revelaron al ingeniero la verdad.

Su padrino juzgo necesario llevarselo de alli, y le dijo
imperiosamente que le siguiese. Al otro lado de las dunas aguardaba un
carruaje, el mismo que habia llevado a Elena la tarde de la fiesta.

Cuando este vehiculo los dejo frente a la antigua casa del muerto, los
dos quedaron con los pies vacilantes. Torrebianca no podia invitar a
Canterac a que entrase en un edificio que era de Pirovani. El otro
tampoco osaba dar un paso.

Estaban los dos inmoviles, sin saber que decirse, cuando aparecio
Robledo. Debia estar rondando desde mucho antes por las inmediaciones
de la casa para adquirir noticias. Al reconocer a Canterac le miro con
una expresion interrogante.

--?Y el otro?...

Inclino la cabeza Canterac y el marques hizo un gesto doloroso que
revelo a Robledo todo lo ocurrido.

Permanecieron los tres en silencio. Luego el frances dijo en voz baja:

--Mi carrera perdida; mi familia abandonada... iY lo mas horrible es
que no siento odio alguno al pensar en ese infeliz!... ?Que sera de
mi?

Robledo era el unico de los tres capaz de una resolucion energica en
aquel momento.

--Lo primero es huir, Canterac. Este asunto hara mucho ruido, y no
puede taparse como una rina de boliche. Pase los Andes cuanto antes;
al otro lado esta Chile, y alli puede usted esperar... En el mundo
todo se arregla, bien o mal; pero todo se arregla.

El frances hablo con desaliento. No tenia dinero; lo habia gastado
todo en aquella fiesta, que ahora le parecia un disparate. ?Como vivir
en Chile, donde no conocia a nadie?...

Le tomo un brazo el espanol para tirar de el afectuosamente,
llevandoselo de alli.

--Lo primero es huir--dijo otra vez--. Yo le dare los medios de
hacerlo. Vamonos.

Canterac se resistia a obedecerle, mirando al mismo tiempo a
Torrebianca.

--Quisiera antes de irme--murmuro--decir adios a la marquesa.

Fue tan suplicante el tono con que hizo esta peticion, que provoco en
Robledo una sonrisa de lastima. Luego le fue empujando con una
superioridad paternal.

--No perdamos tiempo--dijo--. Preocupese de usted nada mas. La
marquesa tiene otras cosas en que pensar.

Y se lo llevo a su casa.

Durante todo el dia el suceso mantuvo en continuo bullicio a los
habitantes del pueblo. Muchos lo aprovecharon como un motivo para
abandonar el trabajo. En la calle central se formaron numerosos grupos
de hombres y mujeres, hablando acaloradamente, al mismo tiempo que
miraban con hostilidad la casa que habia sido de Pirovani. Los nombres
de Torrebianca y su mujer sonaban tanto como los de los adversarios
que se habian batido.

Entre las gentes del pueblo pasaron algunos gauchos amigos de Manos
Duras, como si el reciente suceso hubiese extinguido completamente la
hostilidad que existia entre ellos y los habitantes de la Presa.

A media tarde atraveso la calle central el mismo Manos Duras, mirando
con interes hacia la casa. Algunas mestizas le hablaron, manifestando
su indignacion contra aquella senorona que perturbaba a los hombres.
Pero el famoso gaucho encogio sus hombros, sonriendo despectivamente,
y siguio adelante.

En el boliche le esperaban tres amigos suyos que vivian la mayor parte
del ano al pie de los Andes y habian venido a pasar unos dias en su
rancho. Don Roque, en otras circunstancias, se hubiese alarmado al
conocer esta visita. Tal vez preparaban algun robo importante de
"hacienda" para llevar las reses al otro lado de la Cordillera y
venderlas en Chile. Pero ahora los personajes importantes de la Presa
daban mas que hacer al comisario que los gauchos dedicados al
abigeato.

Al entrar Manos Duras en el "Almacen del Gallego", vio que el publico
era mas numeroso que las otras tardes de trabajo, hablandose en todos
los corros de la muerte del contratista. Mientras bebia de pie junto
al mostrador, fue oyendo los comentarios de los parroquianos.

--Esa hembra--gritaba uno--es la que ha tenido la culpa de todo. iQue
mala p...!

Manos Duras se acordo de la tarde en que habia visto a la marquesa por
primera vez. Este recuerdo hizo que mirase con ojos agresivos al que
acababa de hablar, lo mismo que si le hubiese dirigido una injuria.

--Dos hombres se han peleado a muerte por esa senora; ?y que?... Yo
tambien estoy dispuesto a pelar mi facon y a matarme con el primero
que la insulte. A ver si hay un guapo que quiera pisarme el poncho.

Esta invitacion a "pisarle el poncho" era un reto a estilo gaucho
para el combate; pero despues de un corto silencio los parroquianos
empezaron a hablar de otra cosa.

Se asomo Torrebianca, al atardecer, a una de las ventanas de su casa,
mirando con extraneza los grupos reunidos en la calle. Su numero habia
aumentado. El comisario de policia, que acababa de regresar de Fuerte
Sarmiento, iba entre ellos, hablando a unos y a otros para que se
retirasen. Al ver al marques en la ventana le saludo quitandose el
sombrero.

Hombres y mujeres quedaron mirando al esposo de Elena fijamente, con
una curiosidad hostil, pero nadie oso una demostracion contra el.

Torrebianca no pudo ocultar su sorpresa ante la mirada inquietante de
tantos ojos fijos en su persona. Luego se dio cuenta de una
impopularidad que juzgaba inexplicable, y acabo cerrando las vidrieras
con triste altivez.

Pasados algunos minutos abrio Sebastiana la puerta de la casa,
apoyandose en una baranda de la galeria exterior. Habia sentido la
atraccion de aquella afluencia de grupos, en los que reconocio a
muchas amigas antiguas. Pero al verla las mujeres que estaban en la
calle, empezaron a gesticular y a insultarla a gritos.

Ella, irritada por tan incomprensible acogida, acabo por responder en
el mismo tono; pero abrumada al fin por la superioridad numerica de
sus adversarias y viendo ademas que muchos hombres las ayudaban con
sus risas y palabrotas, tuvo que retirarse. Al reflexionar luego en la
cocina, fue columbrando la verdad. Todas las mujeres del pueblo, sin
exceptuar las que eran comadres suyas, irian contra ella porque estaba
al servicio de la marquesa.

A la misma hora del anochecer entro Watson en el pueblo. Despues del
terrible suceso de la manana habia tenido que preocuparse del cadaver
de Pirovani, acompanando a los padrinos de este y al medico.
Primeramente lo guardaron en un rancho ruinoso cercano al rio. Luego
resolvieron trasladarlo a Fuerte Sarmiento, ya que debia ser enterrado
finalmente en el cementerio de dicho pueblo. Asi evitaban las
manifestaciones que podian surgir en la Presa si el cadaver era
llevado alla.

Regresaba Watson de Fuerte Sarmiento y habia dejado a sus espaldas las
primeras casas del pueblo, cuando se encontro con Canterac.

Este iba tambien a caballo, con sombrero y poncho iguales a los que
usaban los jinetes del pais, y llevando ademas un saco de ropa y de
viveres en el delantero de la silla.

Al reconocerlo, el joven se detuvo para estrechar su mano. Adivino que
no le veria mas, pues su aspecto era el de un viajero que se dispone a
cruzar la desierta llanura patagonica.

Canterac, respondiendo a su pregunta, senalo el horizonte, en el que
empezaban a brillar las primeras estrellas por la parte de los Andes
invisibles. Luego le manifesto su proposito de pasar la noche en una
estancia cerca de Fuerte Sarmiento, para continuar la marcha apenas
apuntase el dia.

--Adios, Watson--dijo--. Habria sido un bien para todos nosotros que
esa mujer no viniese nunca a esta tierra. Ahora veo las cosas bajo una
nueva luz; pero iay! ya es tarde.

Por unos momentos miro con indecision a Ricardo, pero al fin dijo
resueltamente:

--Oiga el consejo de un desgraciado, y no se ofenda porque se lo doy
sin que usted me lo pida... No se separe nunca de Robledo: es un alma
noble. Gracias a su bondad puedo marcharme... Todo lo que va conmigo
le pertenece... Desconfie de los que le hablen mal de el...

Sus ojos tristes miraron intencionadamente al joven mientras decia las
ultimas palabras. Antes de alejarse aun se atrevio a darle un nuevo
consejo:

--Y no olvide por ninguna otra mujer a esa senorita que llaman Flor de
Rio Negro.

Le apreto la diestra, hizo un signo de adios, y bajando la cabeza
espoleo a su caballo, perdiendose en la noche, que empezaba a nacer.

* * * * *




#XV#


Marcho Watson hacia el pueblo, sintiendo en su interior la comezon de
una conciencia que empieza a perder su tranquilidad.

Recordaba con remordimiento aquel breve dialogo en el parque
improvisado, durante el cual hablo duramente a Robledo. "iY por esa
mujer--pensaba--que lleva los hombres a la muerte, he maltratado al
mejor de mis amigos!"

Luego, el rostro triste y lloroso de Celinda sucedia en su imaginacion
a la cara bondadosa de Robledo.

"iPobre Flor de Rio Negro!--siguio diciendose--. Debo ir manana a
implorar su perdon, si es que se digna escucharme."

Entro en la Presa ensimismado, dejandose llevar por el instinto de su
cabalgadura; pero de pronto noto que esta queria detenerse, y al
levantar su cabeza se dio cuenta de que estaba ante la casa de la
Torrebianca.

El comisario de policia, ayudado por dos de sus hombres, empujaba con
suavidad al ultimo grupo de curiosos, llevandoselo por delante entre
paternales exhortaciones.

Se alejo don Roque, e iba Ricardo a continuar su marcha, cuando noto
que en la casa se entreabria una ventana, asomando a ella una mano de
mujer, que le hacia senas para que se acercase. Watson permanecio
insensible al llamamiento y la ventana se abrio completamente,
apareciendo Elena vestida de negro, como si guardase luto, pero
llevando estas ropas funebres con cierta coqueteria.

Tuvo Ricardo que aproximarse a la casa, y se quito el sombrero para
responder a sus afectuosos ademanes.

--iTanto tiempo sin verle!... Entre en seguida.

El hizo con la cabeza un signo negativo, mirandola con severa
expresion.

--?No me pregunta por quien voy de luto?--continuo ella--. Ha muerto
la madre de mi esposo, una senora que yo amaba muchisimo. Estoy muy
triste... iComo necesito en estos momentos la conversacion de un buen
amigo!...

Pretendia dar a sus palabras un tono doloroso y al mismo tiempo le
invitaba a subir con ademanes de seduccion. Pero Ricardo insistio en
sus signos negativos y dijo al fin:

--Vendre a visitarla cuando viva en otra casa y este presente su
esposo. Ahora no puedo.

Y se alejo sin volver el rostro, mientras ella iba pasando de la
sorpresa a la colera, cerrando finalmente su ventana con violencia.

Cuando Watson, despues de la cena, intento disculparse con Robledo,
pidiendo que le perdonase su rudeza, el espanol le hizo callar.

--No hablemos del pasado; tan amigos como antes: lo nuestro resulta un
incidente sin importancia. Lo verdaderamente terrible es lo del pobre
Pirovani y la situacion en que se ve Canterac... Comprendo la
impresion que han producido en usted sus palabras. iPobre hombre!
Unicamente quiso aceptar de mi lo mas preciso para su viaje a traves
de la Cordillera. Dice que en Chile esperara mis noticias. Pienso
buscarle algunas recomendaciones entre mis amigos de Buenos Aires...
iQue catastrofe! iY todo por una mujer!

Robledo quedo pensativo, para afirmar despues optimistamente:

--Yo no la creo mala por completo. Es una hembra impulsiva, con las
pasiones sin educar, que siembra el mal ignorandolo muchas veces, pues
toda su atencion la pone en ella misma, creyendose el centro de lo
existente. Si fuese rica tal vez seria buena; pero no conoce la
modestia y es incapaz de aceptar el sacrificio. iDesea tantas cosas y
tiene tan pocas!...

Sonrio melancolicamente e hizo una pausa, para continuar diciendo:

--Por suerte, no todas las mujeres son iguales. Ella misma me dijo un
dia que, en nuestra epoca, la hembra que piensa un poco se considera
infeliz y odia todo lo que la rodea si no posee un collar de perlas,
que es como el uniforme de la mujer moderna... Hay un ser mas temible,
querido Ricardo, que la mujer que busca a todo trance el collar de
perlas: es la que lo tuvo, lo perdio, y quiere volver a conquistarlo
sea como sea.

El recuerdo de Gualicho, diablo enredador que perturbaba a los indios
con sus tretas, obligandolos a montar a caballo para perseguirlo a
lanzadas y golpes de boleadora, paso por su memoria. De continuar
Elena en el mundo viejo, hubiese sido una de tantas mujeres temibles
que se ven refrenadas y neutralizadas por la vecindad de otras
semejantes a ellas. Pero aqui, rodeada de hombres que la admiraban, y
en un ambiente primitivo que la hacia resaltar como si fuese de
esencia superior, habia ejercido sin quererlo una influencia tan
nefasta como la del demonio cobrizo temido en otros tiempos por los
jinetes errantes de la Pampa.

Ella misma habia sido victima de este ambiente de soledad al
enamorarse de Watson. Creia poder jugar con los hombres,
despreciandoles. Asi se lo habia manifestado una noche a Robledo,
mirando con lastima a sus solicitantes. Pero Ricardo era la juventud,
la frescura varonil, el hombre adorado por el primer amor de una
adolescente y que por esto mismo representa una tentacion para la
coqueta madura, ganosa de quitarselo a la otra mujer. Sentia la
necesidad de convencerse a si misma de que aun guardaba su antiguo
poder de seduccion, trastornando la existencia del joven ingeniero...
Y ahora debia sufrir cruelmente en su vanidad, al verse despreciada
por el unico hombre que habia llegado a interesarle en este desierto.

Robledo acabo por compadecer a la esposa de Torrebianca con una
conmiseracion algo despectiva.

--Cree haber nacido para vivir en lo mas alto, y la desgracia se
complace en hacerla caer... Nada tiene de extrano que sea mala,
faltandole el consuelo de la modestia y la resignacion.

Parecio asustarse el espanol al considerar lo que probablemente podia
ocurrir en la Presa despues del suceso de aquella manana.

--El contratista muerto... el ingeniero director fugitivo... Habra que
suspender los trabajos... Van a retrasarse las obras del dique, y
llegaran las crecidas sin que las tengamos terminadas. iQue situacion!
Hay que ir a Buenos Aires en busca de remedio.

Y paso gran parte de la noche sin poder dormir, desvelado por estas
preocupaciones.

Watson monto a caballo la manana siguiente, pero en vez de dirigirse
al lugar donde se abrian los canales, se encamino a la estancia de
Rojas. Mientras el gobierno no enviase un nuevo director para la
terminacion del dique, los trabajos de la empresa ideada por Robledo
resultarian inutiles y era prudente suspenderlos.

Al llegar cerca de la estancia quiso descender de su caballo para
abrir una "tranquera", armazon de palos que servia de puerta,
obstruyendo el camino; pero vio junto a ella un pequeno mestizo, de
diez anos, gordinflon, con ojos aterciopelados de antilope y una tez
lustrosa de color chocolate claro, que le contemplaba sonriente,
metiendose un dedo en la nariz.

--Esta manana--dijo--salio disparado el patron... Anoche nos robaron
una vaca.

Pero Ricardo le pregunto algo que consideraba mas interesante.

--?Donde esta tu patroncita, Cachafaz?

El llamado _Cachafaz_, a causa de sus diabluras, saco el indice que
tenia en la nariz para senalar a lo lejos.

--Ahorita mismo acaba de dirse. La encontrara ahi cerquita no mas.

Y con el dedo fue senalando toda la linea del horizonte.

Comprendio Watson que para el amigo Cachafaz, hijo del desierto,
"ahorita mismo" significaba una hora, dos o tal vez tres, y "ahi
cerquita" algo asi como un par de leguas. Pero necesitaba ver a
Celinda, estaba resuelto a buscarla, y empezo a galopar por el campo,
confiandose a su buena suerte.

Lo que el pequeno mestizo no quiso decir era que la patroncita estaba
enferma, segun opinion de su madre, india vieja que habia venido a
reemplazar a Sebastiana como primera criada de la estancia, pero sin
tener su buen humor ni su garbo para el trabajo. Iba a todas horas con
un cigarro paraguayo en un extremo de sus labios azulencos y
chorreantes de nicotina, y cuando don Carlos no estaba presente,
empleaba para tomar mate su misma calabacita de finas labores y su
bombilla de plata.

Las gentes de la estancia miraban con un respeto supersticioso a la
madre de Cachafaz, por creerla bruja y en oculto trato con los
espiritus que aullan y giran dentro de las columnas de arena, altas
como torres, levantadas por el huracan en la altiplanicie. Al ver la
melancolia de Celinda y sorprenderla otras veces llorando, la india
movia su cabeza, como si esto confirmase sus opiniones.

--Usted lo que tiene, nina, es que esta enferma, y yo se de que
enfermedad.

Un abuelo suyo habia sido gran hechicero cuando los indios acampaban
aun sobre esta tierra como duenos unicos. Los jefes de las tribus le
hacian llamar al sentirse enfermos. Su padre heredo este tesoro de
ciencia, pero por desgracia, solo le habia transmitido a ella una
infima parte.

--A usted los que le hacen dano son los ayacuyas, y hay que curarla de
sus flechas.

Ella conocia perfectamente a los "ayacuyas", duendes indios tan
minusculos, que una docena de ellos caben sobre una una, armados con
arcos y flechas, y a cuyas heridas hay que atribuir la mayor parte de
las enfermedades.

No los habia visto nunca, por ser una misera ignorante; pero su abuelo
y su padre, grandes "machis", o sea curanderos magicos, tenian
frecuente trato con estos demonios pequenisimos. Solo los sabios
indigenas podian conocerlos. Algunos medicos _gringos_ pretendian
haber los visto igualmente, dandoles en su lengua el apodo de
"microbios", pero ique sabian ellos!...

Cuando se les habian acabado las flechas para herir a los humanos, los
atacaban con sus dientes y sus unas. Lo importante era saber extraer,
sajando o chupando las carnes del enfermo, las astillitas de flecha o
las unitas y dientecillos que los diablos invisibles dejaban en el
cuerpo.

--Yo le buscare un machi que la ponga buena, nina, sacandole esa
tristeza que le han dado los ayacuyas. iPero que no lo sepa el
patron!...

Celinda sonreia de los remedios propuestos por la madre de Cachafaz, y
cuando se cansaba de permanecer encerrada en la estancia iba en busca
de su caballo para correr el campo sin objeto. Ya no se vestia de
muchacho. Parecia abominar de este traje, a causa de los recuerdos que
despertaba en ella. Preferia montar con faldas y olvidaba el lazo, que
era antes su mayor diversion.

Llevaba esta manana mas de una hora de galope por las tierras de su
padre, cuando vio sobre una altura a un jinete, inmovil y
empequenecido por la distancia, semejante a un soldadito de plomo.

Se detuvo al notar que este jinete minusculo, como si la hubiese
reconocido, se echaba cuesta abajo, galopando hacia ella. Dejo de
verlo algun tiempo y luego reaparecio, considerablemente agrandado, en
el borde de una hondonada proxima. Al convencerse de que era Watson,
el primer impulso de ella fue huir. Despues se arrepintio de esta
fuga, por considerarla una cobardia, quedando inmovil, en actitud
desdenosa.

Llego Ricardo y se quito el sombrero, bajando los ojos humildemente.
Queria hablar, pero no encontraba las palabras. Ademas, ella no le dio
tiempo para expresarse.

--?Que busca usted?--dijo con dureza--. ?Es que le ha despedido su
gringa? Aqui no se admiten puchos de otra.

E hizo dar vuelta a su caballo para marcharse. Ricardo pretendio
enternecerla con su voz suplicante:

--iCelinda! Vengo a manifestar mi arrepentimiento... Vengo en busca de
mi Flor de Rio Negro.

Ella parecio conmoverse al notar la humildad infantil con que el
moceton decia estas palabras, pero inmediatamente recobro su dureza.

--iPerdone por Dios, hermano, y siga viaje!... Hoy no puedo hacer
limosnas.

Empezo a alejarse, pero todavia se detuvo para anadir con una crueldad
de nina mimada:

--No me gustan los hombres que piden perdon. Ademas, jure que solo
volveria a verle si me echaba el lazo... Pero no podra echarmelo
nunca. Usted no es mas que un gringo chapeton, y ademas de torpe
desagradecido.

Y metiendo espuelas a su caballo salio a todo galope, no sin hacer
antes a Ricardo un gesto de desprecio. Quedo este avergonzado por la
cruel despedida de la amazona y sin deseos de seguirla. Despues su
vanidad se alboroto, y quiso alcanzarla para que reconociese que no
era un "chapeton", un torpe, como ella creia.

Los dos empezaron a evolucionar por las tierras de la estancia,
persiguiendose a traves de alturas y hondonadas. De vez en cuando,
Celinda, que llevaba siempre una gran ventaja sobre su perseguidor,
detenia la velocidad de su caballo como si quisiera dejarse vencer por
Watson; pero al verle cerca volvia a salir a todo galope, insultandolo
con las mismas palabras que inventaron los gauchos en otros tiempos
para burlarse de la torpeza de los europeos en los usos del pais y de
su inferioridad como jinetes.

--iGringo chapeton!... iMaturrango que no sabe tenerse sobre el
caballo!

Conservaba Ricardo en el delantero de su silla un lazo de cuerda que
le habia regalado Flor de Rio Negro. Mientras galopaba lo desenrollo,
para arrojarlo sobre ella cada vez que estaba proxima. El lazo caia
siempre en el vacio, lejos de Celinda, y esta celebraba con ironicas
carcajadas la torpeza del ingeniero; pero su risa fue transformandose
y cada vez se hizo mas alegre, como si no expresase ya desprecio por
su falta de habilidad, sino regocijo. Watson reia tambien,
presintiendo que una risa comun acabaria por unirlos con mas rapidez
que su lazo inutil.

En estas evoluciones se fueron aproximando a la estancia. Celinda hizo
que su caballo saltase una barrera de troncos, y desaparecio. Watson
no pudo obligar al suyo a que diese otro salto igual, e hizo un largo
rodeo para entrar por una tranquera abierta.

Asi llego hasta el edificio de la estancia con calculada lentitud,
deseando que saliese alguien a quien hablar. Celinda permanecia
invisible, y el no osaba presentarse en la puerta de la casa, por
miedo a que la hija de Rojas le recibiese hostilmente.

Otra vez el pequeno Cachafaz aparecio junto a las patas de su caballo,
con una oportunidad providencial.

--Dile a la senorita Celinda si puedo entrar a saludarla.

Se alejo el duende mestizo rascandose por debajo de la suelta camisa
el grueso boton de su panza achocolatada. Poco despues volvio a
aparecer, y con su vocecita cantarina y melosa de indio anuncio a
Watson:

--Mi patroncita dice que se vaya, y que no quiere verle mas, porque es
usted... porque es usted muy feo.

Quedo riendo Cachafaz de sus propias palabras, mientras Watson miraba
con tristeza hacia la casa. Luego hizo dar vuelta a su cabalgadura y
se alejo relativamente consolado, por una resolucion que acababa de
adoptar.

"Volvere manana...--se dijo--. Volvere todos los dias, hasta que me
perdone."

Aquella tarde la paso Elena sola en su salon. Varias veces tomo un
libro, pero sus ojos se deslizaban sobre las paginas sin comprender el
sentido de una sola linea.

Permanecio largo rato pensativa en el sofa, fumando cigarrillos. Luego
fue a situarse junto a una ventana, mirando a traves de sus vidrios la
calle central, de modo que no la viesen desde fuera.

En realidad solo podia ser vista por dos de los cuatro policias de la
Presa que habia colocado don Roque cerca de la casa, para evitar que
se reuniesen grupos, como el dia anterior. La gente parecia haber
olvidado por el momento la antigua vivienda de Pirovani. Nadie se
detenia ante ella y resultaba inutil la precaucion del comisario.
Ademas, muchos de los trabajadores del dique habian ido a Fuerte
Sarmiento para asistir al entierro del contratista. Los otros estaban
en el "Almacen del Gallego" o formaban corros en las afueras del
pueblo, discutiendo acaloradamente sobre la posibilidad de que se
suspendiesen en breve los trabajos, quedando todos sin ocupacion.

Algunos, mas optimistas, creian que en el primer tren iba a llegar un
nuevo ingeniero director, como si al gobierno de Buenos Aires le fuese
imposible vivir si no reanudaba los trabajos inmediatamente. El
Gallego y otros espanoles hacian apuestas sosteniendo que su
compatriota don Manuel Robledo, al que respetaban como una gloria
nacional, seria el designado para la nueva direccion.

Ciertos peones viejos que habian rodado por todas las obras publicas
del pais levantaban los hombros con una expresion fatalista.

--La carreta se ha atascado, y vereis el tiempo que pasa antes que
vuelva a rodar.

Mientras Elena, de pie junto a los vidrios, contemplaba la calle
solitaria, iba repasando mentalmente todas las dificultades de su
actual situacion. Pirovani muerto; el otro huido; la casa que ella
ocupaba no sabiendo aun de quien iba a ser... Ademas penso en lo que
estaria diciendo Robledo y en la hostilidad repentina de aquel Watson,
unica persona cuya presencia parecia esparcir cierto interes
sentimental sobre la vida monotona que llevaba alli. Tal vez a aquella
misma hora Ricardo iba en busca de la muchachuela que habia intentado
golpearla con su latigo...

Nunca, en el curso de su complicada historia, que ella sola conocia
exactamente, se habia encontrado en peor situacion. Hasta aquella
muchedumbre heterogenea--en la que habia muchos con un pasado europeo
repleto de delitos--se atrevia a dirigirle reproches, obligando a la
autoridad de la Presa a guardarla con aquellos dos hombres apoyados en
sus sables que veia desde su ventana. iY ella habia atravesado el
Oceano y venido a instalarse en una tierra casi salvaje, para
encontrarse finalmente en tal situacion!...

Siempre habia conseguido un remedio en los mayores apuros de su vida;
siempre lograba salir de los conflictos bien o mal; pero ahora no
podia acertar con la solucion necesaria... ?Irse de alli? ?Como
lograrlo? Eran pobres lo mismo que al llegar; mas aun, pues Robledo no
iba a pagarles igualmente su viaje de regreso. ?Adonde dirigirse, si
su esposo habia huido de Paris y alla le esperaba la Justicia?

Penso con miedo en la prolongacion de su vida en la Presa. Habia
resultado tolerable hasta el presente por las larguezas de Pirovani y
la rivalidad de este con los otros. Mas iay! el italiano habia muerto,
y ella tendria que abandonar esta casa que era como un palacio
dominador de todo el pueblo. Nadie vendria en adelante a desearla y
admirarla, esforzandose por hacer agradable su vida. Unicamente
quedaba Robledo: un enemigo... Quedaba tambien Watson, que podia haber
representado para ella una solucion; pero ieste hombre habia cambiado
tanto!...

Cruzo por su pensamiento una idea que la habia halagado en los ultimos
dias, cuando el joven la acompanaba en sus paseos. Ella podia
abandonar a Torrebianca, que era un naufrago incapaz de salir a la
orilla, e irse con Watson por el mundo. Un hombre energico y algo
inocente como este joven, aconsejado por una mujer experta, podia
acabar triunfando en cualquier pais. En su vida anterior tenia Elena
episodios mas arriesgados... Pero inmediatamente sentia la fiebre del
odio al convencerse de que era imposible esta solucion.

Ricardo habia huido de ella para siempre. Ya no podia dudar de este
alejamiento, despues de haberle hablado desde su ventana la tarde
anterior. Tal vez le seria facil su reconquista viendolo a solas; pero
el otro, como si presintiese el peligro, habia dicho que solo volveria
a visitarla en otra casa y en presencia de su esposo. La voz con que
afirmo esto y su mirada revelaban una voluntad inconmovible.

Como Elena no podia sospechar el cambio de ideas que se habia
realizado en Canterac despues del duelo, ni tampoco la breve
conversacion de este con Watson al marcharse, atribuia dicho trastorno
en la actitud del joven a la influencia de Celinda.

"Me lo ha tomado otra vez--penso--. Esa muchachuela rustica me cierra
el unico camino que podia seguir. iAy! icomo la odio!"

Durante sus reflexiones se sintio agitada por diversos y encontrados
pensamientos, como si se hubiese partido interiormente en dos
personalidades distintas. La imagen de Watson la confortaba todavia en
estos momentos angustiosos. Era el hombre joven, el dominador, que
surge en el ocaso de toda mujer acostumbrada a jugar cruel y friamente
con los deseos de los hombres. Ella, que los habia buscado en otros
tiempos por ambicion o por codicia, necesitaba ahora a Watson. No lo
deseaba solamente porque era capaz de hacerla salir de su critica
situacion, sino por el mismo; porque era la juventud, la fuerza y la
ingenuidad, todo lo que puede dar apoyo a una vida fatigada. Sentia
ademas el dolor de los celos; unos celos de mujer vanidosa y algo
madura que se ve arrebatar la ultima esperanza de felicidad por una
adversaria que casi puede ser su hija.

A la par que sufria este tormento debia preocuparse de su tragica
situacion, creada por la rivalidad amorosa de dos hombres que la
habian deseado, y defenderse tambien del odio de todo un pueblo.

"?Que hacer?--siguio pensando--. iAy! ?En donde me he metido?"

Unos golpecitos en la puerta del salon la hicieron abandonar sus
pensamientos. Entro Sebastiana con expresion timida e indecisa,
manoseando una punta de su delantal. Al mismo tiempo sonreia mirando a
la senora, como si buscase palabras para dar forma al deseo que la
habia traido hasta alli.

Elena la animo a que hablase, y entonces la mestiza dijo
resueltamente:

--Yo estaba al servicio del finado don Pirovani, y como ya es
difunto... por lo que todos sabemos, debo irme.

Manifesto la senora su extraneza ante tal decision. Podia quedarse;
ella estaba contenta de sus servicios. La muerte del italiano no era
motivo suficiente para que se marchase. En alguna parte debia servir,
y Elena preferia que fuese en su casa. Pero la mestiza insistio,
moviendo la cabeza negativamente:

--Debo irme. Si me quedo, tengo amigas aqui que me sacaran los ojos.
iMuchas gracias! Quiero estar bien con los mios... y ?por que no
decirlo? la senora cuenta con pocas simpatias en el pueblo.

Despues de tales palabras no juzgo prudente Elena seguir la
conversacion, limitandose a mostrar una triste conformidad.

--iSi a usted le da miedo seguir aqui!...

Esta tristeza conmovio a Sebastiana.

--Yo con gusto me quedaria; la senora me es simpatica y no me ha hecho
nunca dano... Pero la gente es como es, y yo ipobre de mi! no voy a
pelearme con todas las mujeres de la Presa. Si puedo servir en otra
cosa a la senora, mandeme...

Se retiro al fin, luego de insistir en sus deseos de ser util a Elena
y en la tristeza que le causaba abandonar su servicio. Cerca de la
puerta se detuvo para contestar a la marquesa, que le pregunto por su
marido.

--No se. Salio esta manana y aun no ha vuelto. Tal vez ha ido a Fuerte
Sarmiento con don Moreno para el entierro de mi pobrecito patron.

Al quedar sola, Elena empezo a preocuparse de su esposo, personaje
olvidado que parecia resurgir con nueva importancia. Estaba
acostumbrada a considerarlo como un ser falto de voluntad, pronto a
aceptar todas sus ideas y creyendo lo que ella quisiera hacerle creer.
Pero el ultimo episodio de su vida resultaba extremadamente violento.
En una gran capital hubiera tenido menos resonancia, imas aqui, en un
pueblo de vida monotona, donde rara vez ocurria algo extraordinario, y
en presencia de una muchedumbre aventurera predispuesta a insultar a
las personas de clase superior!...

Sintio cada vez mayor inquietud al pensar en la posibilidad de que
Torrebianca descubriese el verdadero motivo del odio de aquellos dos
hombres cuyo duelo a muerte habia concertado. Fue repasando en su
memoria todo lo ocurrido entre ella y su esposo desde el dia anterior.
Federico, al volver a casa, le habia contado el triste fin del
combate, pero con ciertas precauciones, como si temiese la emocion que
podia causarle esta noticia. Luego, al atardecer, parecia otro hombre.
Rehuyo hablar, contestandola siempre con monosilabos, y por dos veces
sorprendio su mirada fija en ella con una expresion que nunca habia
conocido. Despues de cerrar su ventana Torrebianca, molestado por la
curiosidad de la muchedumbre, se habia ocultado en su dormitorio para
no salir hasta la manana siguiente muy temprano, antes de que Elena
despertase. El dia tocaba a su fin y Federico aun no habia vuelto.
?Que debia pensar ella de todo esto?...

Pero su inquietud no tardo en desvanecerse. Estaba tan acostumbrada al
dominio absoluto de su marido, que acabo por considerar sin fundamento
sus sospechas y temores. Ademas, aunque tales inquietudes resultasen
ciertas, ella conseguiria apaciguarlo y convencerlo, como lo habia
hecho muchas veces.

La vista de un transeunte que pasaba lentamente ante la casa mirando a
las ventanas sirvio para hacerla olvidar a su esposo. Era Manos Duras.
Una hora antes, cuando estaba ella, lo mismo que en el presente
momento, de pie junto a los vidrios, habia creido ver por dos veces al
gaucho asomandose a la esquina de una callejuela proxima. El rustico
jinete iba a pie, vagando por el pueblo, como un trabajador en dia de
descanso. Al columbrar a la marquesa detras de los visillos la saludo
quitandose el sombrero y ensenando su dentadura de lobo.

Era el primer saludo sonriente que recibia Elena despues de la muerte
de Pirovani. Adivino en este hombre al unico admirador que le
quedaba, y esto le parecio tan comico que casi la hizo reir. En
adelante solo podria contar con el enamoramiento de un gaucho medio
bandido.

Quedo pensativa, con la frente apoyada en los cristales, mirando la
avenida solitaria. Manos Duras habia desaparecido en la callejuela
inmediata, y hasta los dos policias, juzgando inutil su vigilancia, se
iban alejando hacia el boliche.

Otra vez sono la puerta del salon bajo los discretos llamamientos de
Sebastiana. Ahora entro mas resueltamente, pero hablando en voz baja y
sonriendo con una expresion confidencial.

--?Ha venido el senor?--pregunto Elena.

--No; es otra cosa... Estaba yo en el corral, hace un momento, cuando
ese gaucho que llaman Manos Duras aparecio en la puerta trasera y
dijo...

Hizo esfuerzos de memoria para repetir las mismas palabras del hombre.
Le habia encargado que manifestase a la senora marquesa como el estaba
alli, a sus ordenes, para lo que quisiera mandar. En los malos
momentos se conoce a los amigos; y ahora que tantos en el pueblo y
fuera de el hablaban contra la senora por pura envidia, Manos Duras
tenia el gusto de repetir que era el de siempre.

--Decidle vos a tu patrona que no me doy la vuelta como muchos otros,
y que ella siempre sera la mesma para mi, porque yo soy de los de "me
rompo pero no me dueblo"... Eso me ha dicho Manos Duras para que yo se
lo diga a la senora.

Elena acogio estas palabras con una sonrisa. iPobre hombre! iY aun
decian que era un bandido!... Para ella resultaba en aquellos momentos
el varon mas interesante del pais, el unico caballero que se atrevia a
hacer frente al populacho ofreciendola su apoyo.

Cuando la mestiza se marcho, aun se mantuvo Elena junto a la ventana
viendo a los transeuntes, cada vez mas numerosos, segun avanzaba el
ocaso. Se aparto de los vidrios al pasar algunos grupos de
trabajadores a caballo u ocupando carruajes alquilados en Fuerte
Sarmiento. Volvian indudablemente del entierro del contratista. Todos,
antes de alejarse, miraban de reojo la casa.

Cerca del anochecer vio pasar a un jinete solo, que bajaba la cabeza
obstinadamente. Era Ricardo Watson. Se dio cuenta, por su traje
cubierto de polvo y por el aspecto de su cabalgadura, que no venia del
entierro como los otros. Debia haber pasado el dia en el campo;
indudablemente, en la estancia de Rojas o vagando por las
inmediaciones del rio en compania de aquella muchacha del latigo. "iY
yo aqui--penso--, encerrada como una fiera, huyendo de los insultos de
un populacho injusto!... iY luego se asombran de que una mujer sea
mala!"

Permanecio inmovil, con los ojos entornados, mientras las sombras del
crepusculo, surgiendo de los rincones, venian a confundir sus
lobregueces en el centro de la habitacion. Solo una debil claridad
exterior daba cierta fluorescencia azul a los vidrios, destacandose
sobre ellos la silueta inmovil de Elena.

Cerrada ya la noche, cuando dio un grito para que acudiese Sebastiana,
esta contesto adivinando sus deseos:

--iAlla voy con la lampara!...

Y aparecio llevando un gran quinque, que puso sobre la mesa, en mitad
del salon.

Iba a retirarse, creyendo que lo habia hecho todo, cuando la detuvo la
senora.

--?Usted sabe donde podra estar en este momento ese Manos Duras de que
me hablo antes?

La mestiza, siempre predispuesta a la charla desarrollo un largo
preambulo antes de dar una contestacion precisa. Manos Duras iba ahora
a todas partes con unos amigos suyos de la Cordillera que estaban
alojados en su rancho: gente mala y poco temerosa de Dios. iA saber lo
que traerian entre manos!... Tambien le habia indicado, en su dialogo
a la puerta del corral, que tal vez hiciese pronto un largo viaje, y
esta era la razon de haber venido a molestar a la senora por si queria
mandarle algo.

--Yo creo--termino--que si no se ha vuelto a su rancho lo pillare a
esta hora donde el Gallego.

--Vaya a buscarle--dijo Elena--y avisele de mi parte que a la diez en
punto este frente a la casa... Nada mas. Pero digaselo con habilidad;
que nadie se entere.

Sebastiana, que habia acogido las primeras palabras como si las
escuchase mal, por parecerle inauditas, al oir que le recomendaban ser
discreta, olvido su asombro para afirmar vehementemente que la patrona
podia estar tranquila en cuanto a la prudencia con que ella
acostumbraba a cumplir los encargos.

Salio de la casa, marchando a toda prisa hacia el boliche. Si no
encontraba alli al gaucho, era que se habria ido del pueblo.

Ante la puerta del establecimiento se detuvo para mirar a su interior.
Por ser ya la hora de la cena, el publico habia menguado. Los mas de
los parroquianos estaban en sus viviendas, sentados a la mesa, y
solamente una hora despues volverian a agolparse junto al mostrador.
Un gaucho viejo tocaba la guitarra mirando la panza de un cocodrilo de
los que pendian del techo. Los tres huespedes de Manos Duras
escuchaban atentamente. Este, sentado en un craneo de caballo y con la
espalda apoyada en la pared, fumaba pensativo.

Como el dueno del boliche estaba ausente, Friterini, detras del
mostrador, imitaba el aire del patron, mientras leia con arrobamiento
un periodico italiano, viejo y sucio.

Levanto Manos Duras sus ojos, avisado por una tos discreta, y vio en
la puerta a la mestiza, que le hacia senas para que saliese. A
espaldas del boliche le dio Sebastiana el recado con voz misteriosa,
llevandose un dedo a los labios varias veces en el curso de su
mensaje. Ademas guino un ojo para que el gaucho "no la tuviese por
zonza", dando a entender que sospechaba en que pararia su aviso.

Cuando la mestiza se hubo marchado, Manos Duras tardo en volver al
boliche. Preferia estar solo y en la obscuridad, por parecerle que asi
podia saborear mejor su satisfaccion. Entraba en su regocijo una gran
parte de asombro. ?Como podia el imaginarse aquella tarde, al vagar
ante la vivienda de la senorona, que esta le enviaria un recado para
que fuese a verla a solas en la misma noche?...

Al hacer su ofrecimiento a Sebastiana en el corral de la casa, habia
obedecido a los impulsos de una caballerosidad a su manera. Deseaba
aparecer ante la marquesa como un individuo distinto a los demas
habitantes del pueblo y habia ofrecido su proteccion sin esperanza de
que ella la aceptase... Y unas horas despues le buscaba. ?Que desearia
pedirle?...

Luego desecho las dudas que empezaban a enturbiar su gozo, sintiendose
fortalecido por un orgullo varonil. El, aunque fuese un pobre rustico,
era un hombre como los demas, mejor que los demas, pues todos le
tenian miedo... iy estas _gringas_ venidas del otro mundo resultaban a
veces tan caprichosas!... Acabo por sonreir vanidosamente.

"Lo que yo pienso--se dijo--: itodas son unas!... iTodas iguales!"

Y volvio al boliche para sentarse entre sus amigos, en espera de la
hora.

Robledo y Watson acababan en aquel momento de cenar, y oyeron que
alguien llamaba a la puerta de su vivienda.

Se sorprendio un poco el espanol al ver entrar a Torrebianca vestido
con un traje negro de ciudad y una corbata de luto, pero todo cubierto
de polvo, de tal modo que sus ropas parecian grises y su cabeza y sus
bigotes completamente blancos.

--Vengo de Fuerte Sarmiento, de enterrar al pobre Pirovani... Me ha
traido Moreno en su coche.

Le invito Robledo a sentarse a la mesa.

--Puedes cenar aqui, si no quieres ir en seguida a tu casa.

Torrebianca hizo un movimiento negativo.

--No pienso volver a mi casa.

Dijo esto con tal energia, que Robledo quedo mirandole fijamente.
Mostraba una excitacion que hacia temblar sus manos y atropellaba el
curso de sus palabras.

--He comido algo con Moreno antes de salir de alla... Pero comere otra
vez... iAy, la muerte! iPobre Pirovani!... Tambien bebere un poco.

A pesar de que hablaba de su hambre, apenas toco los distintos platos
que le fue ofreciendo la criada de la casa. En cambio bebio mucho
vino, pero de un modo maquinal, sin saber ciertamente lo que bebia.

El espanol habia creido percibir, desde la entrada de su amigo, cierto
olor de ginebra. Indudablemente el y Moreno habian tomado algunas
copas de este licor antes de emprender su regreso. Tal vez esto era el
motivo de su excitacion, por no estar acostumbrado a las bebidas
alcoholicas.

Watson, que habia terminado de cenar, se fijo en la tenacidad con que
le miraba Torrebianca. Parecia indicarle con los ojos que su presencia
era inoportuna.

--?Moreno se ha quedado en su casa?--pregunto.

Y se fue, pretextando la conveniencia de hablar con el oficinista para
saber lo que pensaba escribir al gobierno sobre la necesidad de
reanudar las obras.

Cuando Robledo y Torrebianca quedaron solos, este parecio otro hombre.
Se fue desvaneciendo su excitacion, bajo los ojos, y el espanol creyo
que se empequenecia en su asiento, como algo blando que se desplomaba,
falto de sosten interior. Toda la falsa energia del alcohol habia
desaparecido de golpe, y Torrebianca estaba alli, ante su vista, con
un aspecto que hacia recordar el de una envoltura de goma subitamente
deshinchada.

--Necesito que me oigas--dijo levantando hacia su amigo unos ojos
humildes e implorantes--. Tu eres lo unico que me queda en el mundo,
la sola persona que me quiere... y por lo mismo me debes la verdad.
Hoy, mientras enterraban al infeliz Pirovani, no pensaba en otra cosa.
"Es preciso que vea a Robledo. El me dira lo que debo creer de todo
esto..." Pero aun no te he dicho que "todo esto" es lo que noto en
torno de mi desde ayer, las miradas de la gente, los gestos de
antipatia, las palabrotas que creo adivinar y que despues me resisto a
haber adivinado... iAy! iEs tan horrible todo eso!

Cada vez mas desalentado y humilde, apoyo Torrebianca su frente en las
manos. Robledo quiso decir algunas palabras para infundirle energia,
pero el le interrumpio.

--Luego hablaras. Es preciso que oigas primeramente cosas que no sabes
o que yo te conte y has olvidado. Pero antes necesito hacerte una
pregunta. ?Tu crees que mi mujer me engana?...

Quedo el espanol sorprendido por tales palabras y transcurrieron
algunos segundos sin que pretendiese responder a ellas. Su amigo
parecio sentir de pronto un gran temor a que el otro contestase, y
para evitarlo empezo a relatar su propia historia desde que conocio a
Elena.

Una parte la habia oido ya Robledo en Paris: como se encontraron el y
ella en Londres, la nobleza de su familia alla en Rusia, la alta
posicion de su marido en la corte de los zares. Pero ahora el tono del
narrador era otro, y Torrebianca parecia dudar de aquel pasado que
siempre habia admitido de buena fe, exhibiendolo con orgullo.

Ademas, entre las lineas generales de esta historia Federico iba
revelando a su amigo nuevos episodios. Parecia ver con mayor relieve
las cosas pasadas, fijandose en detalles hasta entonces inadvertidos.
Siempre habia frecuentado su casa un amigo intimo, un amigo favorito,
al que trataba su mujer con gran confianza, asegurando que lo conocia
de los tiempos en que era soltera y vivia con su noble familia. El
marques se habia batido dos veces por su esposa, viendola calumniada
repentinamente por hombres que hasta poco antes frecuentaban sus
salones. Aun se acordaba con remordimiento de cierto amigo suyo al que
hirio gravemente en uno de tales lances.

--Te he contado--siguio diciendo--toda mi historia con esa mujer, todo
lo que se con certeza de su vida. Lo demas es ella quien lo dice, e
ignoro si debo creerlo... Hasta dudo ahora de su nacionalidad y de su
nombre. Yo le di francamente todo mi pasado, y ella tal vez no me ha
devuelto mas que mentiras.

Miro otra vez a Robledo con angustia, esperando que este le infundiese
alguna fe en la incierta historia de su mujer. Parecia un naufrago
buscando algo solido donde agarrarse. Pero Robledo bajo la cabeza
haciendo un gesto ambiguo.

--Desde hace unas horas--continuo Torrebianca--parece que veo las
cosas con otros ojos. iAy, las miradas crueles de esas pobres gentes
cuando abri ayer mi ventana!... Y hoy, durante el entierro, ique
tormento!... Yo que nunca temi a nadie, no he podido afrontar los ojos
hostiles o burlones de muchos trabajadores... El pobre Moreno me llevo
aparte varias veces o hablaba alto para que yo no pudiese oir los
comentarios que sonaban a mis espaldas. El no sabe que me di cuenta de
todo lo que hizo por evitarme molestias... Me he sentido tan
acobardado, que ademas de pensar en ti pense en mi pobre madre, como
si aun fuese un nino. iElla que se privo de todo para que su hijo
conservase el honor de sus ascendientes!... Y su hijo ha acabado por
ser la irrision de un campamento de emigrantes en un rincon
incivilizado de la tierra... iQue vergueenza!

Se tapo los ojos con las manos, como si pretendiese defenderlos de
crueles visiones, y asi se mantuvo algun tiempo. Luego levanto el
rostro, para anadir con una ansiedad interrogante:

--Tu que eres mi unico amigo y conociste de cerca mi vida en Paris,
?crees que Fontenoy era el amante de mi mujer?...

El espanol hizo otro gesto ambiguo, no sabiendo que contestar.
Torrebianca, con una voz cada vez mas angustiada, formulo otra
pregunta:

--Y esos dos hombres, ?crees que fueron a batirse ayer por Elena?

Ahora ni siquiera hizo Robledo el gesto vago de antes y se limito a
bajar los ojos. Este silencio lo interpreto el marques como una
respuesta afirmativa, y dijo con desesperacion, ocultando otra vez su
cara entre las manos:

--iY fui yo, el marido, quien dirigio el combate para que se
matasen!...

Hubo un largo silencio. Mantuvo el marques oculto el rostro entre sus
manos, mientras Robledo le contemplaba con ojos de conmiseracion. De
pronto se irguio, y dijo con lentitud, restregandose los parpados:

--No puedo seguir aqui. Me da vergueenza arrostrar la mirada de las
gentes... Tampoco debo marcharme con ella. Ya no me podria dominar con
nuevas mentiras. La mirare de frente, y al ver la falsedad de sus ojos
y de su sonrisa, la matare... tengo la certeza de que la matare.

Su amigo creyo llegado el momento de aconsejarle.

--No te acuerdes mas de esa mujer, y por el momento procura descansar.
Manana buscaremos el medio mas oportuno para que te libres de ella.
Empieza por quedarte aqui esta noche. Yo pensare lo que podemos hacer.
Ella se ira; no se como llegare a conseguirlo, pero se ira, y tu
quedaras conmigo.

Paso una mano por la espalda de Torrebianca, acariciandole con
expresion paternal, mientras el marques conservaba oculto el rostro.

Aborrecia ahora a su esposa, pero al mismo tiempo experimentaba un
inexplicable malestar pensando que iba a separarse de ella para
siempre.

* * * * *




#XVI#


Agitada por su curiosidad femenil, espero la mestiza con impaciencia
la hora de la cita.

Estaba en la cocina de la casa, situada en el corral, bajo un
cobertizo. Sobre una mesa tenia un reloj despertador, y varias veces
aproximo a el su quinque para saber la hora. Poco antes de las diez se
quito los zapatos, atravesando descalza el corral, para seguir a
continuacion una de las galerias exteriores.

Asi llego, con paso silencioso, al angulo del edificio mas inmediato a
la ventana del dormitorio de Elena. Luego se sento en el suelo de
tablas, encogiendose para escuchar sin ser vista.

Distinguio al poco rato en la obscuridad a Manos Duras, que iba
aproximandose a la casa. Vio como se quitaba las espuelas,
guardandolas en el cinto, y subia cautelosamente los peldanos de la
escalinata. Se abrio poco despues la ventana del dormitorio de la
senora, y aparecio esta, haciendo signos al recien llegado para que
hablase en voz baja.

Sebastiana se esforzo por oir, pero la ventana estaba tan lejos, que
solo reconcentrando su atencion pudo alcanzar fragmentariamente
algunas palabras. Estas palabras eran dichas con voces tan tenues, que
no pudo tener una certeza absoluta de su exactitud. Le parecio oir
"Celinda" y "Flor de Rio Negro". Poco despues creyo que era esto un
error de sus sentidos.

"?Que tiene que ver--se dijo--mi antigua patroncita con los enredos de
esta gente?"

Avanzando su cabeza fuera de la esquina, alcanzaba a ver a Manos Duras
y a la senora. El gaucho oia a esta con movimientos de aprobacion.
Otras veces era el quien hablaba, pero brevemente, apoyando sus
palabras con gestos afirmativos. Hubo un momento en que pretendio
coger las manos de ella, pero Elena se echo atras con una retraccion
que denotaba al mismo tiempo repugnancia y altivez. Inmediatamente
parecio arrepentirse, y dijo en voz mas alta, con tono de promesa:

--De eso hablaremos manana u otro dia, cuando haya hecho usted mi
encargo. Ya sabe lo que hemos convenido.

Y se despidio de el con cierta coqueteria, aunque procurando
mantenerse a gran distancia de sus manos.

El gaucho, al ver cerrada la ventana, bajo los escalones, y una vez en
la calle, se detuvo.

Sebastiana, que se habia incorporado para verle mejor, creyo que
murmuraba con expresion alegre:

--En vez de una, van a ser dos.

Pero tampoco estaba segura de haber oido esto exactamente, y al fin se
retiro a la casucha del corral, donde tenia su camastro, algo
decepcionada por el insignificante resultado de su acecho.

Lo unico que persistio en ella, quitandole el sueno, fue la duda de si
verdaderamente aquellas dos personas hablan nombrado en su
conversacion a la senorita de Rojas. Y volvio a preguntarse muchas
veces: "?Que tendran esas gentes que decir de mi nina?..."

Robledo paso igualmente una noche agitada. Habia instalado a
Torrebianca en la misma habitacion que ocupo este con su mujer cuando
llegaron a la Presa. Fatigado por sus emociones, el marques habia
accedido al fin a quedarse en la casa de su amigo.

Dos veces durante la noche desperto el espanol, avanzando su oido para
escuchar mejor. Llegaban hasta el gemidos y palabras balbucientes
desde la habitacion proxima, ocupada por Torrebianca.

--Federico, ?deseas algo?...

Su amigo Federico le contestaba con voz debil y humilde, procurando a
continuacion mantenerse silencioso.

Desperto Robledo por tercera vez, pero ahora la luz del dia marcaba
con lineas de claridad las rendijas de su ventana. Un ruido habia
cortado su sueno, obligandole a echarse de la cama con sobresalto.

Al salir a la sala comun, que servia al mismo tiempo de comedor, vio
en ella a Watson inclinado sobre una silla y acabando de calzarse las
espuelas. La caida de esta silla, ocurrida poco antes, era lo que
habia despertado a Robledo. Este, al ver a su socio, dijo alegremente:

--iComo madruga usted!... Y eso que anoche le oi entrar muy tarde.

Watson parecia triste, y se limito a contestar:

--Como hoy no trabajamos, voy a dar unos galopes por el campo.

Al marcharse el joven acabo Robledo de vestirse, paseando despues por
el comedor. Cuando en sus evoluciones pasaba ante la puerta de la
pieza ocupada por Torrebianca, sentia la tentacion de entrar. Deseaba
ver a su amigo. Un vago presentimiento le infundia cierta inquietud.

"Vamos a enterarnos de como ha pasado la noche", se dijo.

Abrio la puerta, miro al interior de la habitacion, e hizo un gesto
de asombro. No habia nadie en ella; la cama, con sus ropas en
desorden, estaba vacia. El espanol quedo pensativo. Primeramente se
imagino que Federico, no pudiendo dormir en toda la noche, habria
salido a dar un paseo al apuntar el alba.

Instintivamente empezo a mirar en torno de el, examinando la
habitacion. Vio sobre la mesa varios papeles, todos con una linea o
dos de letra de Torrebianca. Eran cartas empezadas por este y que
habia juzgado inutil continuar.

Leyo uno de los papeles: "Agradezco tus esfuerzos, pero no puedo
mas..." Lo escrito en otro decia asi: "La unica mujer que me amo
verdaderamente fue mi madre, y ha muerto. iSi yo tuviese la seguridad
de volver a encontrarla!..."

Robledo siguio examinando los demas papeles. Solo contenian renglones
borrados o palabras ininteligibles. Torrebianca habia querido
escribir, desistiendo al fin de tal esfuerzo. Se imagino ver a su
amigo, en las altas horas de la noche, arrojando la pluma--que el
acababa de descubrir caida en el suelo--y diciendo con la indiferencia
del que se considera ya por encima de las preocupaciones terrenales:
"iPara que!..."

Permanecio absorto, con estos papeles en una mano. Despues le reanimo
un pensamiento optimista. Tal vez su amigo estaba vagando por las
inmediaciones del pueblo. Aquellos escritos sin terminar mostraban su
falta de voluntad.

Examino el suelo fuera de su casa, e hizo un gesto de satisfaccion al
distinguir entre las huellas recientes del caballo de Watson el
contorno de un pie humano, que debia ser de su camarada. El habia
aprendido de los rastreadores del pais que estudian las huellas
perdidas en el desierto.

Las senales de los pies de Torrebianca le hicieron seguir una
callejuela abierta entre su casa y la inmediata, que venia a dar en el
campo. Pero una vez fuera del pueblo perdio el rastro, por ser
numerosas las pisadas de los que habian salido al amanecer.

Instintivamente marcho hacia el rio, siguiendo su ribera curso arriba.
Miraba las aguas deslizarse uniformemente, sin que el menor objeto
alterase su superficie. Al fin se canso de este examen sin mas guia ni
justificacion que un presentimiento.

"Este Federico--se dijo--me ha perturbado con sus desgracias. ?Por que
pienso cosas absurdas?... Volvamos a casa. Me avisa el corazon que lo
voy a encontrar cuando llegue. Habra estado paseando por el otro lado
del pueblo."

Y regreso a la Presa, sintiendo sin embargo una ansiedad que le hacia
marchar apresuradamente.

A la misma hora, cerca de la estancia de Rojas, estaba Manos Duras con
sus tres camaradas de la Cordillera hablando al amparo de unos
matorrales.

Habian desmontado y tenian sus caballos de las riendas. Uno de los
hombres iba vestido de modo diferente a sus camaradas, y mas que
jinete del campo parecia un trabajador de la Presa. Manos Duras le
daba explicaciones, que el otro iba aceptando en silencio,
aprobandolas con leves parpadeos. Este hombre monto a caballo, y Manos
Duras y sus dos companeros le siguieron con los ojos hasta que
desaparecio entre los grupos de aspera vegetacion.

--El viejito va a ver lo que le cuesta amenazarme dijo el gaucho con
una sonrisa rencorosa.

Uno de los cordilleranos, apodado _Piola_, que por su edad y sus
ademanes autoritarios parecia ejercer cierta influencia sobre sus dos
acompanantes, movio la cabeza como si dudase de tales palabras. El
plan de Manos Duras le parecia excelente, pero no encontraba aceptable
que se quedase en el pais un dia o dos luego de dar el golpe. Era
mejor emprender todos juntos e inmediatamente la retirada hacia la
Cordillera.

--Dejeme, compadre; yo me entiendo--contesto el gaucho--. Necesito
antes de irme cobrar algo que me han prometido. Tal vez sea esta misma
noche, y manana me junto con ustedes.

Contaba con su caballo, del que hizo grandes elogios, y que le
permitiria obtener una gran ventaja sobre sus camaradas, alcanzandolos
en el camino. El podia correr con mis ligereza al ir solo, y sus
amigos marcharian embarazados por el bagaje.

Mientras tanto, su enviado galopaba hacia la estancia de Rojas. Al
llegar a una tranquera la abrio, continuando su marcha por los campos
de don Carlos.

Cerca del edificio principal salio a su encuentro Cachafaz, avisado
por los ladridos de unos perros que daban saltos ante las patas del
caballo, pretendiendo morderle. Los espanto el pequeno con sus gritos,
escuchando despues con la gravedad de una persona mayor lo que le dijo
el emisario.

Fue tanta su alegria al recibir el recado, que olvidando al jinete
corrio hacia la estancia.

Don Carlos estaba en su comedor tomando el decimo mate de la manana.
Celinda, con vestido femenino, ocupaba un sillon de junco y parecia
entregada a melancolicos pensamientos. El mestizo entro gritando:

--Patron, el comisario dice que vaya ahorita mismo al pueblo. Han
tomado preso al que robo nuestra vaca.

Regocijado el estanciero por la noticia siguio a Cachafaz, sin soltar
por esto la calabacita del mate, chupando, mientras marchaba, la
bombilla de plata. Queria que el "chasque" o emisario llegado a todo
correr de su caballo le diese mas explicaciones sobre este aviso.

Al salir de su casa quedo perplejo viendo que el jinete habia
desaparecido. Corrio Cachafaz la tierra inmediata, asi como los
corrales, dando gritos, sin poder descubrir al "chasque". Finalmente,
Rojas se encogio de hombros, y contento por la noticia, quiso
explicarse esta desaparicion. Don Roque, para darle el aviso con mas
prontitud, se lo habia enviado con algun viandante que tenia que hacer
un largo rodeo en su marcha y deseaba no perder tiempo. El tampoco
debia perderlo, y como juzgaba conveniente ir a la Presa para hablar
con el comisario, monto a caballo, prometiendo a Celinda estar de
vuelta antes de la comida de mediodia.

Manos Duras y sus tres amigos, tendidos en el suelo, le vieron pasar a
lo lejos con direccion al pueblo. Teniendo sus caras junto a las
raices de los matorrales, hablaron y rieron con frio cinismo.

--Va en busca de la vaca que nos comimos ayer--dijo Piola.

Y Manos Duras anadio, acompanando sus palabras con un mueca impudica:

--Veremos que dice cuando nos hayamos llevado su vaquillona...

Ricardo Watson, que corria el campo, deseoso de aproximarse a la
estancia y temiendo al mismo tiempo irritar a Celinda con su
presencia, vio tambien pasar a lo lejos al senor Rojas con direccion a
la Presa.

Esto parecio infundirle animo. Celinda quedaba sola en su casa, y el
podia visitaria con cualquier pretexto. Pero a continuacion sintio
miedo. No osaba acercarse a la estancia, temiendo que fuese Cachafaz
el unico que saliese a recibirle. Era mejor vagar por el campo. Tal
vez la hija de Rojas, aburrida de su soledad, se decidiese a montar a
caballo.

Estaba dispuesto a esperar hasta que el sol se ocultase. Llevaba a
precaucion, en una bolsa de su montura, algunos comestibles. Ademas,
como todos los enamorados, olvidaba que los hombres nacen con la
enfermedad mortal del hambre y unicamente pueden seguir viviendo si se
curan de ella dos veces al dia. Otras cosas le preocupaban en aquel
momento, mas importantes para el.

Mientras tanto, su amigo Robledo vagaba cabizbajo por la calle central
de la Presa. Venia de su casa y no estaba en ella Torrebianca. La
criada le habia esperado en vano con el desayuno pronto. ?Donde
encontrar a este hombre?...

En mitad de la calle oyo voces amigas y levanto su rostro. El
estanciero Rojas hablaba vehementemente al comisario del pueblo, que
le respondia con gestos de extraneza. Atraido por el saludo de los
dos, Robledo se aproximo.

--Un chasque--dijo don Carlos--ha venido a mi estancia para avisarme
que el comisario habia encontrado la vaca que me robaron... Y don
Roque no ha enviado a nadie, ni sabe una palabra. ?Ha visto usted que
historia tan sin gracia? ?Quien sera el hijo de... tal que ha querido
darme esta broma?

Robledo escucho algunos momentos, fingiendo interes por el asunto, y
continuo su marcha. Unicamente le preocupaba el paradero de su amigo
Torrebianca, creyendo reconocerlo en todos los hombres que veia a lo
lejos.

"Es lastima que Ricardo saliese tan temprano--penso--. El me hubiera
ayudado en esta busca."

Watson, indeciso entre su timidez y el deseo de ver a Celinda, se
habia ido aproximando a la estancia; pero al llegar a cualquiera de
las tranqueras que cerraban la cerca de alambres permanecia indeciso.
?Como explicar su presencia dentro de la propiedad de Rojas, cuando
Flor de Rio Negro le habia ordenado rencorosamente que no volviese
mas?

La vista de una tranquera abierta le infundio animo.

"Diga ella lo que diga, iadelante!--penso--. Necesito verla, aunque
sea para recibir insultos."

Y fue avanzando con lentitud por los caminos de la estancia.

De pronto su caballo se mostro inquieto, avivando el paso y
deteniendose a continuacion, como si pretendiera encabritarse.

Vio el joven los cuerpos de dos mastines muertos sin duda
recientemente, pues tenian sus cabezas destrozadas sobre un charco de
sangre. Siguio avanzando, y a pocos pasos de la casa encontro a un
hombre tendido en mitad del camino.

Tambien estaba muerto. Era un peon de Rojas, un mestizo al que creia
haber visto algunas veces, a pesar de que su rostro estaba ahora
destrozado a balazos. Una de sus orbitas habia quedado vacia, colgando
de este orificio del craneo algunas piltrafas de la masa cerebral. En
torno a el, la tierra bebia sangre avidamente, cubriendose de moscas.

Se echo abajo del caballo, y con el revolver en la diestra avanzo
hacia la casa. Al asomarse a su puerta y ver que no habia nadie en la
gran pieza que servia de sala y comedor, empezo a dar gritos.

Un sillon de junco, que era el preferido por Celinda, estaba volcado
en el suelo. Se fijo tambien en el tapete de la gran mesa, que parecia
haber sufrido un rudo tiron y estaba igualmente en el suelo, con
todos los papeles y los objetos que descansaban sobre el
ordinariamente revueltos o rotos.

Fueron tales sus gritos y repitio tanto su nombre para inspirar
confianza, que al fin sonaron pasos en el interior del edificio y
asomo a una puertecita el rostro arrugado y cobrizo de la madre de
Cachafaz. Otras criadas y peones de la estancia, todos mestizos,
fueron surgiendo de sus escondites, balbuceando respuestas
ininteligibles o persistiendo en un silencio de terror.

Salio Watson de la casa a tiempo para ver como el pequeno Cachafaz
venia de los corrales, mirando inquieto a un lado y a otro. De pronto,
todos a la vez quisieron relatar al ingeniero lo ocurrido, pero el
pequeno se les adelanto con cierta autoridad.

El estaba junto a la patroncita y lo habia visto todo. Tres hombres
llegaron a todo galope. Cachafaz habia salido de la casa atraido por
los ladridos de los mastines y oyo los tiros que les daban muerte.
Luego vio a un peon que corria hacia los jinetes, sin duda para
preguntarles por que invadian de este modo la estancia. Los tres
dispararon sus revolveres contra el y rodo por el suelo.

--Yo me meti corriendo en la casa--continuo el pequeno--. La
patroncita fue a salir para ver que pasaba, pero llegaron los tres
hombres malos y le echaron un poncho por la cabeza. Me escondi debajo
de una mesa; luego me asome, y vi como montaban y se llevaban a la
patroncita, que hacia con sus brazos asi... asi, debajo del poncho. Y
no se mas.

Los otros deseaban contar igualmente sus impresiones, aunque en
realidad no habian visto gran cosa, pues se escondieron al caer muerto
el peon, permaneciendo ocultos hasta la llegada de Watson. Este,
mientras se defendia de tantas personas que le hablaban a la vez,
penso con remordimiento en aquella indecision que le habia hecho vagar
junto a las alambradas de la estancia. iNo haber entrado media hora
antes, para estar al lado de Celinda y defenderla!...

Adivino en los ojos de antilope de Cachafaz que callaba otras cosas y
queria decirselas a el, pero a solas. Sonreia el pequeno con desprecio
al escuchar como los otros daban senas contradictorias describiendo a
los asaltantes. Todos creian conocerlos y cada uno los habia visto de
distinto modo. Watson lo llevo aparte, y empinandose Cachafaz sobre la
punta de sus pies, le dijo en voz baja:

--Es Manos Duras el que ha robado a la patroncita. Yo se donde la
tiene.

Acosado por las preguntas de Ricardo, fue explicandose. Ninguno de los
tres hombres que se llevaron a Celinda era Manos Duras. Pero el
pequeno, al abandonar su escondrijo, se habia deslizado hasta un
corral inmediato, trepando a lo mas alto de una piramide de alfalfa
seca, guardada para la alimentacion de las vacas en invierno. Su
cuspide era un lugar de observacion, desde el cual podia abarcarse
enorme espacio de terreno. Oculto en esta atalaya habia visto como los
tres jinetes se juntaban a gran distancia con otro que parecia
aguardarles, y era indudablemente Manos Duras. Luego, los cuatro
galopaban en la misma direccion, llevando uno de ellos a la prisionera
sobre el delantero de su silla.

Tambien habia visto desde la colina de alfalfa como llegaba Watson,
pero tal era su recelo, que no quiso bajar hasta convencerse de su
identidad.

Estas noticias conmovieron a Ricardo tan profundamente, que tardo
algun tiempo en poder coordinar sus ideas. Lo primero que penso fue en
la urgencia de buscar a Celinda para libertarla, sin considerar la
enorme desproporcion de fuerzas entre el y aquellos bandidos.
Disponia de un auxiliar, el pequeno Cachafaz, conocedor del sitio
donde guardaban oculta a la joven. Esto era lo importante. Recobrarla
a mano armada corria de su cuenta. Y con la arrogancia absurda de los
enamorados que no reconocen la valia exacta de los obstaculos, monto a
caballo e hizo una sena al pequeno para que le acompanase.

De un salto se encaramo Cachafaz en la grupa, agarrandose a las ropas
de Watson, y este metio espuelas a la cabalgadura, haciendola salir al
galope.

Creyendo adivinar Ricardo lo que pensaba el pequeno, asi que hubo
pasado la alambrada de la estancia se dirigio hacia el rancho de Manos
Duras, que muchas veces habia visto de lejos.

--Lleva mal rumbo, patroncito--dijo Cachafaz. Y senalando lo mas alto
de la cortadura que daba sobre el rio por la parte de la Pampa,
anadio:

--Vamos para alla, al rancho de la India Muerta.

Este rancho en ruinas, llamado de "la India Muerta", era celebre en la
comarca, y sin embargo, muy pocos lo habian visitado, pues unicamente
servia de refugio a vagabundos deseosos de continuar su marcha sin ser
vistos por las gentes del pais.

--Alli los encontraremos...--volvio a decir--si es que no han seguido
viaje.

Una sorpresa no menos desagradable que la de Watson cuando llego a la
estancia de Rojas fue la que experimento Robledo casi a la misma hora,
al regresar a su vivienda, cansado de la inutil busca de su amigo.

Vio sentada en el umbral de su puerta a Sebastiana, que parecia
aguardarle, a juzgar por el gesto de satisfaccion con que le acogio.
El, por su parte, no tuvo menos contento al encontrarla, imaginandose
que la enviaba Federico para darle explicaciones sobre su huida. Tal
vez este hombre debil habia vuelto al lado de su mujer creyendo una
vez mas en sus mentirosas explicaciones.

--?La envia su patron?... ?Trae alguna carta de el?

Sebastiana acogio estas preguntas con una extraneza que hizo dilatarse
sus ojos oblicuos.

--?Que patron?... ?El marques?... No se nada de el. Yo creia que
estaba aqui. Vengo por otra cosa.

Se habia incorporado, suspirando fatigosamente al colocar su
corpulencia en sentido vertical, y dijo bajando el tono de su voz:

--No he podido dormir en toda la noche, y aqui estoy, don Manuel,
aguardandole para que me conteste una preguntita.

Acogio el ingeniero con una paciencia algo ironica esta consulta; pero
apenas la mestiza empezo a hablar, su rostro se transformo, prestando
una atencion reconcentrada a todas sus palabras.

Cuando hubo terminado el relato de lo visto y oido por ella en la
noche anterior, siguio diciendo:

--?Por que esa senorona y Manos Duras hablaron de mi antigua
patroncita?... ?Que tiene que ver con ellos mi paloma inocente?...
Como yo soy una zonza, que no puede entender muchas cosas, me he
dicho: "Voy a ver a don Robledo, el ingeniero, que lo sabe todo. El me
dira..."

Pero Robledo no la escuchaba. Parecia abstraido, y de pronto hizo un
gesto de asombro y de inquietud, como si acabase de descubrir una
temible verdad. Volvio la espalda a Sebastiana y anduvo velozmente
hacia el sitio de donde habia venido.

Quedo asombrada la mestiza viendo correr al ingeniero, cada vez mas
apresuradamente, como si sus palabras le hiciesen temer que podia
llegar tarde. Robledo, desde lejos, empezo a hacer signos y a dar
voces avisando a don Carlos y al comisario, que aun seguian su
conversacion en el mismo lugar. Los dos se miraron asombrados al oirle
decir con voz jadeante:

--iA caballo! Lo del aviso de la vaca fue una astucia de Manos Duras
para que usted abandonase su estancia. Me temo que algo malo puede
ocurrir a Celinda, y debemos ir alla cuanto antes. iCon tal que no
lleguemos tarde!...

Estas palabras y otras del ingeniero esparcieron la alarma despues de
los primeros momentos de estupefaccion.

Don Roque fue corriendo a su casa para armarse y montar a caballo. Sus
cuatro hombres, avisados por el, hicieron todo lo posible para
seguirle, pero solo tres lograron encontrar montura lista y armas de
fuego prestadas por algunos vecinos, abandonando sus sables inutiles.

Mientras Robledo, vuelto a su vivienda, daba prisa al servidor espanol
para que le preparase su caballo y se cenia el revolver con una canana
llena de cartuchos, envio aviso a los capataces de sus obras que
vivian cerca y tenian armas. Ademas, pidio al dueno del boliche un
magnifico rifle americano que guardaba oculto debajo de su mostrador.

Otra preocupacion de Robledo en aquel momento era impedir que se
escapase don Carlos Rojas. Le habia obligado a venir con el hasta su
casa, aconsejandole prudencia.

--Porque usted llegue alla media hora antes no va a evitar lo que haya
ocurrido. En cambio, si va solo puede verse a merced de esos
bandoleros. Un poco de paciencia y saldremos todos juntos.

El estanciero recibia sus consejos con grunidos impacientes, temblando
al mismo tiempo de colera y de inquietud. Se aparto Robledo unos
instantes de la puerta de su casa para ir al encuentro de algunos
hombres convocados por el y explicarles lo que debian hacer. Se
presento tambien el dueno del boliche con el rifle americano,
entregandolo solemnemente a su compatriota como si le confiase toda su
familia.

Aprovecho don Carlos este alejamiento momentaneo de Robledo, y
saltando sobre su caballo lo hizo salir a todo galope, sin prestar
atencion a los gritos que acompanaron su fuga.

Despues de este acto del impaciente Rojas, se fue organizando la
expedicion, compuesta de una docena de jinetes, todos con carabinas, y
al frente de los cuales se colocaron el ingeniero y el comisario.

La noticia habia circulado por el pueblo y acudieron grupos de mujeres
y chiquillos para ver la salida de la tropa montada. Cuando el peloton
de jinetes fue pasando ante la casa que habia sido de Pirovani,
Robledo miro sus ventanas con cierta inquietud.

"iSi iremos--se dijo--al encuentro de otra desgracia proporcionada por
esa mujer!"

En aquel momento Watson abandonaba su caballo y seguido de Cachafaz
empezo a arrastrarse entre asperos matorrales. El mesticillo le habia
conducido a una altura arenosa, en el borde de la altiplanicie, desde
la cual podian verse casi verticalmente las ruinas del rancho de la
India Muerta.

El conocia de fama este sitio. Veinte anos antes estaba habitado por
gentes que hacian pastar sus ovejas en los campos inmediatos. Pero el
capricho de los huracanes los habia cubierto de pronto con una gruesa
capa de arena. Ademas, el pozo del rancho, que proporcionaba un agua
relativamente dulce, no ofrecia ya mas que sal liquida. Los hombres
habian huido, arruinandose con rapidez las construcciones de adobes.
Unicamente los vagabundos buscaban el abrigo de sus techos rotos.

Watson sintio cierto asombro al poder avanzar a gatas entre el ramaje
de la colina arenosa sin que el ladrido de ningun perro avisase su
presencia. Esto le hizo temer que Cachafaz se hubiera equivocado en
sus deducciones y el rancho estuviese desierto. Pero el pequeno
mestizo, que avanzaba delante de el, se detuvo entre dos matorrales y
luego volvio el rostro, haciendo un gesto para que se aproximase.

Metio su cabeza igualmente entre las ramas, y pudo ver, veinte metros
mas abajo, una explanada arenosa, en el centro de la cual estaban las
ruinas del rancho. Dos caballos iban de un lado a otro con paso tardo,
buscando las hierbas ralas para mascarlas, y un hombre estaba sentado
en el suelo teniendo un rifle sobre las rodillas.

Cachafaz le hablo al oido tenuemente.

--Es uno de los que se llevaron a la patroncita.

Por mas que miro Watson estirando su cuello, no pudo ver a otra
persona. Retrocedio a rastras, abandonando su observatorio, y al
llegar al pie de la colina saco de un bolsillo un lapiz y una carta
olvidada, de la que arranco una hoja. Cachafaz le miro mientras
escribia, con sus ojos de animalejo astuto, como si adivinase lo que
iba a encargarle.

Le entrego Ricardo el papel, senalando a continuacion el lugar donde
habia dejado su caballo.

--Corre al pueblo y da esta carta al senor Robledo el ingeniero, o al
comisario... Al primero que encuentres.

Quiso anadir nuevas explicaciones, pero el duende cobrizo ya no podia
escucharlas. Se habia lanzado cuesta abajo, y poco despues saltaba
sobre el caballo, desapareciendo al galope.

Volvio otra vez Ricardo a subir la ladera arenosa para observar lo que
pasaba en el rancho. Ahora vio a dos hombres: el mismo de antes, que
continuaba sentado en el suelo con su carabina sobre las rodillas, y
frente a el, de pie y sin otras armas que las del cinto, un gaucho al
que reconocio inmediatamente, pues era Manos Duras. Hablaban los dos,
pero no pudo oir sus palabras por ser grande la distancia que le
separaba de ellos. Esto hacia inutil su observacion por el momento.
Tampoco pudo pensar en atacarlos, ni aun valiendose de la sorpresa.
Solo eran dos los enemigos que tenia a la vista, pero indudablemente
los otros dos estaban en el interior de las ruinas, tal vez durmiendo.

"?Donde guardaran a Celinda?", penso el joven.

Arrastrandose siempre entre los matorrales, empezo a seguir el
contorno de la loma de arena, para poder ver las ruinas por el lado
opuesto. Los dos bandoleros continuaron hablando, sin sospechar que
sobre el borde de la pendiente que tenian junto a ellos se deslizaba
un hombre espiandolos.

El acompanante de Manos Duras, que era el llamado Piola, le hablo con
tono de reconvencion.

--Bien sabes vos que no me gustan negocios en que hay hembras de por
medio. Casi nunca terminan bien, y ademas arman un bochinche de los
demonios. Mejor era habernos ido a tomar "hacienda" en el Limay, para
luego venderla en la Cordillera. Mejor tambien habernos llevado las
vacas del viejo Rojas y convertirlas en plata, en vez de entretenernos
como unos muchachos en robarle su vaquillona.

Manos Duras contesto con un gesto de hombre superior que no considera
necesario explicar la conveniencia de sus actos. Piola continuo:

--Tal vez tengas vos tus razones para eso. Nosotros te ayudamos como
hermanos, pero si te han dado plata por llevarte a esa senorita,
debias partirtela con nosotros.

El gaucho tomo una actitud altiva.

--Nada de plata. Te explique que esto es venganza; la peor para ese
viejito que me insulto... Ya sabes tambien nuestro trato. Me la
guardais, y luego, cuando estemos en la Cordillera, sera para
vosotros.

Piola sonrio con una alegria repugnante al oir mencionar este
convenio.

--Bueno; te la guardaremos--dijo--. Tu seras el primero... si es que
vuelves a juntarte con nosotros no mas lejos que manana. Si tardas no
la encontraras entera... Pero ?por que no emprendes viaje ahora con
nosotros? ?Que tienes que hacer en la Presa esta noche, que nos
abandonas?

--Un cobro--contesto Manos Daras, con petulancia--. Quiero dejar mis
cuentas bien arregladas antes de irme.

Como el otro no podia explicarse el optimismo de su companero, empezo
a hacer calculos. Tal vez a aquellas horas ya se sabia en el pueblo lo
ocurrido en la estancia de Rojas. Y si aun lo ignoraban, lo sabrian
antes de que transcurriese mucho tiempo, o sea tan pronto como
volviese don Carlos a su casa despues del inutil viaje a la Presa. ?No
temia Manos Duras que el comisario y las demas gentes del pueblo le
atribuyesen el rapto de la muchacha?

--Puede que sea asi--contesto el gaucho--, ipero me han supuesto
tantas cosas, sin llegar a probarme ninguna!... Si me ven en el
pueblo, acabaran por creer que no he tenido parte en este negocio.
Ninguno de la estancia me ha visto. Ademas, me ire primeramente a mi
rancho, por si alguien se allega por alla, y solo a la tardecita
entrare en la Presa, como otras veces... Creo que a media noche habre
terminado mi negocio y podre salir para alcanzaros.

Guino un ojo Piola, senalando al mismo tiempo con su diestra el rancho
inmediato.

--?Que dice ella?

--Cree que nos la hemos llevado para pedirle dinero al viejo. No
adivina lo que le aguarda... Es una muchacha "guapa", y no parece
tener mucho miedo ahora que se le ha pasado el primer susto. iPucha,
lo que me dio que hacer cuando la traia en mi flete!... La tengo ahi
dentro con las manos atadas, pues de no estar asi se defiende y habra
que pegarla como a un hombre.

Manos Duras quedo pensativo, anadiendo luego con una sonrisa cinica:

--No he querido quedarme ahi drento, porque vos comprenderas, hermano,
que es muy expuesto estar a solas con una buena moza asi... Te dire
que hay otra que me gusta mas, y espero verla muy pronto. Pero esta
tambien es de aprecio, y si uno esta solo con ella, sopla el diablo,
se empiezan a hacer cosas por entretenerse no mas, pierde uno la
razon, y no sabe cuando y como terminara. Ahora estamos en tierra
enemiga, y no hay que olvidarse de ello ni perder el tiempo... La
fiesta me la reservo para manana. Hoy tengo otras cosas que hacer para
que mi juego resulte completo... En cuanto vuelvan los companeros nos
decimos adios. Vosotros seguis viaje con la vaquillona, yo me vuelvo a
mi rancho, y hasta manana si Dios quiere.

Ricardo se arrastro inutilmente entre los matorrales, no viendo mas
que a los dos hombres enfrascados en su conversacion y el rancho
ruinoso, que por el lado opuesto tenia cerrada su unica entrada con
unos maderos mal unidos. Empezo a dudar si los raptores de Celinda la
habrian ocultado alli, o estaria la joven en un escondite mas dificil
de descubrir, bajo la guarda de los otros dos cordilleranos.

Al fin, cansado de una observacion sin exito, se deslizo por la colina
de arena, viniendo a sentarse en el lugar donde Cachafaz habia montado
su caballo. Asi permanecio mucho tiempo, deseando que transcurriesen
las horas con prodigiosa rapidez y terminase el suplicio de una espera
impotente, viendo aparecer a lo lejos el auxilio que habia pedido a
sus amigos.

Sus ojos, que examinaban el horizonte, sin ver en el nada
extraordinario, se animaron de pronto al distinguir un pequeno jinete
que iba agrandandose en el avance de su galope continuo. Minutos
despues pudo reconocerlo con facilidad, por haberle visto aquella
misma manana. Era don Carlos Rojas.

Aunque venia hacia el, considero prudente salir a su encuentro y echo
a correr con toda la velocidad que le permitia el suelo arenisco
surcado por las raices de los matorrales, que el viento habia dejado
descubiertas, y en las que se enredaban sus pies, haciendole dar
violentos tropezones.

Viendole surgir a un lado del camino, don Carlos encabrito su caballo,
sacando al mismo tiempo el revolver del cinto. Despues, al
reconocerlo, echo pie a tierra.

No llegaba a explicarse Watson esta aparicion del estanciero, pues el
habia dirigido su aviso a los amigos de la Presa. Ademas, le veia
llegar solo.

--?Donde estan los otros?--pregunto--.?Ha visto usted a Robledo?

La respuesta de don Carlos fue evasiva.

El ingeniero y el comisario tal vez vendrian detras de el o tal vez
tardasen horas.

--Yo no he querido aguardarlos. Son algo... cachazudos; a saber cuando
llegaran. Me falto paciencia y aqui estoy.

Luego fue explicando como en mitad de su camino, cuando iba
directamente hacia el rancho de Manos Duras, sin pasar por su
estancia, vio venir hacia el un jinete que galopaba a rienda suelta.
Saco el revolver para detenerle, pero no hizo uso del arma al fijarse
en su aspecto.

--Era como una mona sobre un caballo, y reconoci en esta mona a
Cachafaz. Me conto que usted estaba aqui, me enseno su papel, y yo le
dije que avisase a los que vienen detras para que no pierdan tiempo
pasando por mi estancia y que el les sirva de baquiano, trayendolos
directamente... ?Que es lo que ocurre?

Marcharon los dos entre matorrales, siguiendo las huellas que habia
dejado Watson al salirle al encuentro. Rojas llevaba su caballo de las
riendas, y lo dejo en el mismo sitio donde Ricardo habia dejado antes
el suyo. Luego subieron de rodillas y apoyandose en las manos la
pendiente arenosa desde cuyo filo podian observar el rancho de la
India Muerta.

Al asomarse entre el ramaje, vieron a Piola sentado en el suelo, lo
mismo que antes, pero solo, pues Manos Duras habia desaparecido.

Este hombre fumaba, mirando en torno inquietamente, como si sus
sentidos, aguzados por la vida aventurera en el desierto, le avisasen
la cercania oculta del enemigo.

De vez en cuando estiraba el cuello, mirando a lo lejos con el deseo
de ver la llegada de alguien.

--Ataquemosle--dijo en voz baja don Carlos.

Nada le importaba que el cordillerano tuviese su carabina pronta
sobre las rodillas. El y Watson contaban con sus revolveres.

--No hay que olvidar al otro que esta oculto--contesto el ingeniero.

--?Y que? Seran dos, y nosotros tambien somos dos... Voy a voltear a
ese bandido.

Tiro de su revolver con la idea de hacer fuego desde alli, sin tener
en cuenta la distancia; pero Watson le contuvo con su diestra,
murmurando al mismo tiempo junto a uno de sus oidos:

--Hay dos hombres mas, que no se donde estan. Esperemos a que lleguen
nuestros companeros.

Permanecieron en un estado de dolorosa indecision, fluctuando entre la
espera prudente o la loca aventura de atacar a unos enemigos cuyo
numero exacto ignoraban.

No tardo Watson en saber donde se habian ocultado los otros dos
camaradas del gaucho. Sonaron lejanos los furiosos ladridos de varios
perros. Piola dio un grito y Manos Duras salio del rancho, asomandose
a la esquina de adobes y quedando visible por unos momentos para los
que espiaban tendidos entre los matorrales.

Eran los cordilleranos que llegaban. Despues del rapto se habian
dirigido al rancho de Manos Duras para traer la tropilla de caballos
que debia acompanarles en su viaje a los Andes, asi como los viveres y
demas objetos necesarios en tan larga expedicion. Los perros del
rancho se hablan incorporado a la tropilla.

Algun tiempo despues fueron entrando en la arenosa explanada los dos
jinetes, armados con carabinas, y seis caballos en libertad que
formaban un grupo compacto, sosteniendo sobre sus lomos sacos y fardos
sujetados con cuerdas. Los tres perros de Manos Duras, despues de
saltar junto a las ruinas saludando con alegres ladridos a su amo
invisible, se mostraron inquietos y empezaron a husmear en torno a
ellos. Luego prorrumpieron en aullidos feroces. Babeando de rabia y
con los colmillos amenazantes intentaban subir la arenosa cuesta,
retrocediendo a continuacion para avisar a los gauchos la presencia
del enemigo oculto.

Los dos jinetes, que aun no habian desmontado, despues de silbarles
inutilmente participaron de su inquietud, mirando con ojos hostiles
los matorrales de la altura proxima.

--Nos han descubierto--murmuro el estanciero--. Mejor: asi acabaremos
de una vez.

El norteamericano, reconociendo la imposibilidad de hacer otra cosa,
le siguio ladera abajo hasta donde estaba el caballo. Monto en el don
Carlos despues de examinar si su revolver salia facilmente de la
funda. Watson marcho a pie, apoyandose en una pierna de Rojas, y de
este modo avanzaron los dos francamente hacia el rancho.

Cuando llegaron a el, siguiendo a los tres perros, que retrocedian sin
dejar de mostrarles sus colmillos y ladrando furiosos, vieron a los
dos cordilleranos todavia a caballo, y a Piola, con su carabina
apoyada en el pecho, pronto a hacer fuego. Don Carlos se dirigio a el
como si fuese el jefe.

--?Donde esta mi hija?--pregunto impetuosamente.

Le escucho el gaucho andino con rostro impasible, como si no le
comprendiese.

--Nada de palabras inutiles--continuo el estanciero--. Si lo que
quereis es plata, hablemos, y puede que nos entendamos.

Piola permanecio silencioso. Mientras tanto, obedeciendo tal vez a una
sena de el, los dos hombres montados se alejaron, examinando el
horizonte. Solo volvio uno de ellos, y al echar pie a tierra dijo
algunas palabras en voz baja. No se veia a nadie en los alrededores.

Los perros seguian ladrando, yendo inquietos de un lado a otro, pero
esta alarma no debia ser mas que una continuacion de la anterior.
Aquellos dos hombres indudablemente habian llegado solos.

Rojas hizo nuevos ofrecimientos, al mismo tiempo que se esforzaba por
contener su indignacion, dando a su voz una exagerada melosidad.

--No se de que me habla, senor--contesto